LAS TORRES DE LA ALHAMBRA

Más allá de la torre de Comares,

De la Alhambra rëal siguiendo el muro,

Recuerdo de los blancos alminares

De Damasco y esbelto cual seguro,

Dominando alamedas seculares

De frescas sombras y de ambiente puro,

Se alza un torreoncillo de arabesco

Estilo, aéreo, blanco y pintoresco.

Su cabeza gentil no se levanta

Coronada de sólidas almenas,

Ni su robusta construcción espanta

Con aspilleras de espingardas llenas.

Defiéndenle no más soledad santa

Y quietud misteriosa, y bien ajenas

De apariencia marcial, siempre cerradas

Sus celosías con primor caladas.

Tal vez despide al despuntar el día

En espirales mil humo de aromas

Cual pebete oriental su celosía:

Tal vez los ecos de las verdes lomas

Despierta por la noche la harmonía

De los cantos que exhala, y las palomas

Y aves, á quienes place su murmullo,

La aduermen con sus trinos y su arrullo.

Es esta torrecilla solitaria

Un sagrado alminar, y su clausura

Destinada no más á la plegaria

De la mañana, goza el aura pura

Del valle y la extensión y vista varia

De la vega feraz desde su altura.

Es el mirab del Rey do sólo él ora,

Y tal vez la mujer que le enamora.

Hoy, con escarnio de la Fe, le habita,

Transformando en harén de sus amores

El alminar de la oración bendita

Y en camarín de sueños tentadores,

Zoraya, la insolente favorita:

Destinando sus áureos miradores

De su ocioso mirar para recreo,

Para atalaya de su vil deseo.

Alcánzase desde ellos la sombría

Torre que guarda á la rival Sultana,

Y ella afanosa sin cesar espía

Desde allí la prisión de la Africana.

Por eso ocupa el mirador que impía

Con su presencia criminal profana:

Mas Dios á su rival tendió la mano

Y ya, libre Boabdil, la espía en vano.

Sobre campo y ciudad el delicioso

Mirab descuella como erguida palma;

Y es en verdad lugar maravilloso

Para elevar al Criador el alma,

Ya del alba temprana en el reposo,

Ya de la noche en la apacible calma:

Y el Moro y el Judío y el Cristiano

Ten desde allí del Criador la mano.

¡Quién no te cree, Señor, quién no te adora

Cuando, á la luz del sol en que amaneces,

Ve esta rica ciudad de raza mora

Salir de entre los lóbregos dobleces

De la nocturna sombra, y á la aurora

Abriendo sus moriscos ajimeces

Ostentar á tus pies lozana y pura,

Perfumada y radiante su hermosura!

Yo te adoro, Señor, cuando la admiro

Dormida en el tapiz de su ancha vega;

Yo te adoro, Señor, cuando respiro

Su aura salubre que entre flores juega:

Yo te adoro, Señor, desde el retiro

De esta torre oriental que el Dauro riega;

Y aquí tu omnipotencia revelada,

Yo te adoro, Señor, sobre Granada.

¡Bendita sea la potente mano

Que llenó sus colinas de verdura,

De agua los valles, de arboleda el llano,

De amantes ruiseñores la espesura,

De campesino aroma el aire sano,

De nieve su alta sierra, de frescura

Sus noches pardas, de placer sus días

Y todo su recinto de harmonías!

Yo te conozco ¡oh Dios! en los rumores

Que á este árabe balcón me trae el viento

Perfumado entre pámpanos y flores,

Y harmonizado con el grato acento

De las aves de Abril. Tantos primores

Producto son de tu divino aliento;

Porque á tu aliento creador se aliña

Con sus mejores galas la campiña.

Tú soplas ¡oh Señor! desde la altura

Y saltan los collados de alegría,

Y se cubre de flores la llanura,

Y se llenan los bosques de harmonía,

Y se aduermen las aguas en la hondura,

Y sin nublados resplandece el día:

Que en tus ojos la vida reverbera

Y es tu aliento, Señor, la primavera.

Y no hay región recóndita en el mundo

En donde más tu majestad se ostente,

Donde sea tu aliento mas fecundo,

Ni la tierra en tu prez mas diligente.

Señor, tú estás aquí; tú en lo profundo

Brillas aquí del corazón creyente;

Tú estas aquí; tu trono y tu morada,

Tras este cielo azul, sobre Granada.

Dame ¡oh Señor! de querubín aliento,

Porque pueda esta vida transitoria

Emplear en cantar con digno acento

En medio de este edén tu inmensa gloria:

Y al lanzar desde aquí mi voz al viento

Dando á Granada su oriental historia,

Purifique, Señor, mi arpa cristiana

El impúdico harén de una Sultana.