XXIV.

Tenia mi padre gran fuerza de voluntad y absoluto dominio sobre sí mismo; pero no pudo dominar su emocion en el momento de volverme á ver en su casa y por tan doloroso motivo. Nos abrazamos llorando: él fué el primero que se repuso y volvió á la prosáica realidad de la vida.—«Vienes muy cansado:—me dijo—no agravemos el mal que no tiene ya remedio. Come y reposa: la naturaleza es un tirano irresistible: tenemos tánto tiempo como razones para contristarnos; pero en este instante nuestro dolor está endulzado por la alegría, y no podemos ni alegrarnos ni condolernos, sin asustarnos de nuestra alegría como de nuestra pena.»

Y era verdad; los recuerdos alegres de la niñez que poblaban aquella casa, la satisfaccion de volver á respirar en aquellos aposentos, la vista de aquellos muebles tan conocidos, el servicio de aquellos antiguos criados tan leales, y la presencia, en fin, de mi padre, tan firme, tan erguido y tan vigoroso, que iba y venia dando á aquellos las órdenes necesarias, me tenian en un estado de arrobamiento que me impedia darme cuenta de mí mismo; me sentia tan impulsado á llorar como á reir; y la imágen de mi madre muerta se me ocultaba y casi desaparecia tras de mi padre vivo. Acompañóme éste durante un ligero almuerzo que preparado me tenia; me habló del estado en que habia hallado sus viñas, de las mejoras que habia hecho en el cultivo de los viñedos y de las que necesitaba la casa; ni una palabra de mi madre; ni la más leve alusion á mi vida pasada: ni la más mínima esperanza para el porvenir. Yo volvia á casa de mi padre, no á la mia; así lo habia yo entendido, y volvia resuelto á respetar todos los derechos y á acatar todas las disposiciones de mi padre, sin permitirme la más nimia observacion: puesto que al abandonar á mi familia en 1836, habia yo renunciado á todos mis derechos de hijo y de heredero, dando á mi padre el de hacer de su hacienda lo que más á cuenta le viniere, como si Dios le hubiera quitado por muerte natural el hijo que civilmente murió, al fugarse del paterno hogar en brazos de su locura. Tal era mi respeto por mi padre, tales la justicia y las facultades omnímodas con que yo mismo le habia investido; y si le hubiera dado por ser jugador y vicioso, yo me hubiera empeñado y vendido á Satanás por pagar sus deudas ó mantener sus concubinas. Yo no le pedia, al volver á mi casa, más que un poco de cariño y el perdon de aquellos dramas y leyendas mias, por los cuales habia tirado por la ventana las Pandectas y las Novelas de Justiniano.

Y fueron transcurriendo los dias, y fuéme él llevando á ver las bodegas y los plantíos; y mostróme deseos de adquirir unos solares de casas quemadas por los franceses, que lindaban con la nuestra por Mediodía y Poniente, con lo cual se la añadiria un amplio jardin cercado, logrando hacer de ella la mejor y más cómoda de muchas leguas á la redonda; y como me diese á entender que las dos cosas que le hacian desistir de la adquisicion de aquellos solares eran, la primera, que yo no querria venir á vivir allí nunca, y la segunda, que él no estaria ya nunca sobrado de dineros; porque el laboreo de las fincas y algunos atrasos contraidos en sus seis años de emigracion absorberian todas sus rentas, ofrecíle yo la suma de que menester hubiese; asegurándole que mi única ambicion era la de vivir allí con él y hacerle lo más agradable posible aquella mansion, con la cual habia soñado siempre, y la cual me habia siempre imaginado como un oasis de reposo en el desierto de mi vida de trabajo y de abnegacion.

No creí, me dijo, que tal pensaras; pero si es como dices, voy á decirte lo que sé y pienso: ni los dueños de esos solares, ni nosotros, que queremos adquirirlos, sabemos bien, ellos lo que van á vender y nosotros lo que vamos á comprar. Escucha.

Fuí yo uno de los jefes del batallon de estudiantes Palentinos que contra los franceses se levantó á fines de 1808. Una noche, sabiendo que avanzaba una division, nos emboscamos en el puente con aquella audacia inconsciente que nos hizo hacer lo que á pensarlo y comprenderlo no hubiéramos hecho. Al amanecer apareció una descubierta de coraceros, que con aquella confianza petulante que perdió á los franceses de Napoleon en España, entró sin precauciones en el largo y tortuoso puente de veintiseis ojos, que enlaza las dos riberas del rio y el camino real con esta villa. La vanguardia venia aún muy léjos, veiamos apenas el polvo que levantaba. Los coraceros y sus caballos nos sintieron debajo de ellos ántes de haber podido vernos enfrente; y encabritándose los caballos y empujando nosotros por los piés á los ginetes, calzados con grandes é inflexibles botas, los arrojamos al agua desequilibrándoles con el peso de sus cascos y sus corazas. Algunos de los últimos, que volvieron grupas, dieron la alarma á los de la vanguardia; pero cuando llegaron al puente, no hallaron más que algunos muertos y apercibieron en el agua algunos ahogados, cuyos cadáveres arrastraba la corriente. Los estudiantes montados en sus caballos y armados con sus carabinas, entrábamos en el páramo sin temor de que nos siguiesen.

Pero pegaron fuego á Torquemada; y ese terreno elevado que desde el balcon estás viendo, cubre los escombros de cinco casas, cuyos cimientos y primer piso eran de piedra labrada, que nadie ha desenterrado.

Hay además cegados cinco pozos de los cinco corrales á cada casa anejos; y entónces todo castellano que huia al monte, echaba al pozo la poca plata y alhajas que poseia; no habrá ahí riquezas, pero sí plata y piedra para indemnizar el desembolso del comprador.

No podia yo permanecer en Torquemada, y al cabo de un mes volví á Madrid. Acababa de establecerse en la corte la sociedad editorial La Publicidad, de la cual era uno de los directores D. Joaquin Francisco Pacheco, quien ya he dicho que con Donoso Cortés y Pastor Diaz habia sido mi primer amigo y amparador. Propuse la compra de la propiedad de mi Granada; y en dos mil duros por tomo, cerré y firmé el contrato, debiendo presentar mi manuscrito por medios tomos y cobrar mil duros por cada mitad.

Empecé á enviar dinero á mi padre, que con él compró los solares, pero no los tocó; intactos los hallé yo al verano siguiente, cuando invitado por él fuí con mi mujer á hacerle compañía.

Mi padre ofreció á ésta las llaves y el gobierno de la casa; yo me opuse diciéndole que su ama de llaves y sus criados eran de su completa confianza, y que mi mujer y yo no éramos más que unos huéspedes por aquel verano.

Pagóse mi padre y más su servidumbre de aquella confianza nuestra; comencé yo á convertir el corral en jardin, y gozaba mi padre viéndome cavar y trasplantar frutales, y abrir arriates para las flores. No hice yo de aquel corralon de lugar un jardin de Falerina; pero al ménos veíase desde los balcones algo muy diferente del muladar en que convierten sus corrales los labriegos descuidados de nuestra mal cuidada Castilla.

Fuimos y volvimos dos veces de Torquemada á Madrid y de Madrid á Torquemada, y en la corte volví á poner casa por consejo de Tarancon, á quien su cargo de senador volvió á traer á Madrid.

La sociedad de La Publicidad se extendió mucho y no pudo abarcar tánto; llevaba yo presentado tomo y medio de mi poema, y habíanme dado, por órden de Pacheco, hasta setenta y dos mil reales; pero husmeando la liquidacion próxima, y no queriendo que mi manuscrito pasara á manos desconocidas, suspendí la entrega de original, con la intencion de rescatar la propiedad de mi manuscrito, por una transaccion ventajosa, cuando la liquidacion llegara.

Extendia entre tanto sus negocios el editor Gullon; y habiéndome pedido un libro de la Vírgen, consultado el caso con Tarancon, y fiado en sus consejos, ofrecí á Gullon el poema de María en seis meses y en treinta y dos mil reales; pero siendo Madrid el punto del Universo en que más tiempo se pierde y más holgazanes encuentra con quienes malgastarlo el hombre que lo necesita, tomé en el Pardo y en la Casa de Infantes un aposento, que empapelé y amueblé, y retiréme á trabajar en aquella arbolada y jabalinesca soledad. Pasábame allí las semanas enteras: los sábados me enviaban mi mujer y mi primo los caballos, y venia á pasar á Madrid los domingos. Escribíame poco mi padre, porque tenia gota y mal pulso y costábale mucho el llevar la pluma; y escribíale yo tambien muy poco, porque estaba muy cansado de tener entre los dedos contínuamente la mia. Sabia él de mí que trabajaba en un libro de la Vírgen; sabia yo de él que la gota le tenia en descuido de la hacienda que habia en parte arrendado, y en el endiablado humor en que la podagra pone á quien la padece; y sabia de ambos el bueno de Tarancon, porque de ambos se ocupaba y á mi padre escribia, miéntras yo algunas veces le visitaba; y así corrió el invierno de 48, preguntando yo á mi padre si necesitaba de mí, y contestándome él que no valia su mal la pena de que yo interrumpiera mi trabajo.

Conservaba yo roto, y así de él me servia, aquel malhadado espejo de mi necessaire que se me rompió en París, y cuya rotura dió tánto á Freyre que rezungar; pero habiéndose desprendido uno de los dos trozos de su cristal por un costado, adherido sólo al carton en que encuadrado estaba por su parte superior, hacíase ya tan engorroso como arriesgado el servicio del tal espejo; y como conservábale yo roto por mero recuerdo del mal dia en que se rompió y no por supersticioso empeño, que Dios, en quien solamente á puño cerrado creo, me ha librado de creer en agüeros ni supersticiones de ninguna especie, determiné al fin renovar el espejo, ya que el necessaire era en verdad prenda que merecia tenerse completa. Vivia yo en las casas de Santa Catalina de la calle del Prado, y hallábase establecida una fábrica de espejos en donde hoy lo está el Casino Cervantes; llevó mi mujer misma el carton en que el roto estaba encuadrado, y en él la pusieron otro espejo de la exacta medida, prometiéndosele para el lunes: pero no se lo llevaron hasta el martes. El azogado cristal nuevo encajaba perfectamente en el hueco para él hecho en el fondo de la tapa del necessaire; coloquéle en su lugar, púsele encima la almohadilla que le garantizaba contra choques y movimientos, y cerrado el necessaire, forcé la tapa para hacer girar la llave: pero al forzarla, sentí crugir algo dentro; el espejo se habia vuelto á romper; yo habia dejado por debajo del cristal uno de los pasadores que por arriba le sujetaban.

Resignéme á tenerlo roto y me volví á mi escondite del Pardo, y volví á emprenderla con el libro de la Vírgen. Era un martes. Mi familia no iba nunca á verme al Pardo; yo la pedia ó ella me enviaba los caballos ó un carruaje, pero nunca en dia de entre semana, sinó en sábado ó en domingo. El jueves habia yo concluido un capítulo; hacia un tiempo delicioso y salí á hacer ejercicio ántes de comer, en compañía de un guarda que en tales casos me servia de cicerone. A mi vuelta hallé un coche en el patio de la casa y á mi mujer esperándome en mi aposento. Volvia yo contento de mi paseo, porque lo estaba de mi trabajo, y alegremente abracé á mi mujer y á la persona de su familia que la acompañaba.

La mesa estaba puesta: sentíame con apetito, y comencé tranquilamente á dar cuenta solo de mi pitanza, de que los recien venidos rehusaron participar, y pasé distraido las primeras cucharadas de la caliente sopa: pero al notar de repente el silencio tan sombrío como desusado de mi familia, asaltóme un siniestro presentimiento, y exclamé inquieto:

«¡Dios mio! ¿Qué sucede, que venís tan tristes y tan pronto?

—Nada, pero es preciso que vengas con nosotros.

—¿Por qué?

—Porque... ha llegado una carta de Torquemada...—y al decir esto, mi buena mujer rompió á llorar sin poderse contener.

No recuerdo si el del espejo roto fué lo que excitó en mi mente la tremenda idea: «¡Ha muerto mi padre!»—exclamé angustiado.

—No, todavía no—se arriesgó á decir mi mujer; pero como esto, por vulgar que sea, es lo primero que suele ocurrir á todo el mundo decir en casos semejantes... no me quedó ya duda de mi desventura, y otra idea más tremenda envolvió mi espíritu en las tinieblas de otra duda que sumia mi alma en la más impía desesperacion.

«¡Mis padres mueren, me dije á mí mismo, sin llamarme en su última hora! ¡Dios me deja sobre la tierra sin el último abrazo y sin la bendicion de mis padres!... ¿Qué le he hecho yo á Dios? ¿Están malditos mis pobres versos?»

Recogí los que llevaba escritos de la Vírgen y me volví á Madrid y á casa de Tarancon, á quien ya no hallé: hacia dos dias que habia salido para su diócesis.