CAPÍTULO XVII.
Población.—Razas.—La providencia del salvaje.—Los carolinos.—Gastos é ingresos.—Milicias urbanas.—El chamorro.—Sus inclinaciones, su moral, sus trajes y costumbres.—Ilustración.—El Padre Ibáñez y D. Felipe de la Corte.—Cuatro palabras por vía de epílogo.
La actual población de las islas Marianas que como ya hemos dicho se compone de 7.138 almas, distribuídas en Guajan, Rota y Saipan, forman un conjunto de castas y razas dignas de estudio. El indio, propiamente dicho, puede decirse es desconocido, predominando la raza mezclada de chamorro y americano y de español y chamorro, viéndose muy frecuentemente fisonomías muy acentuadas que recuerdan las invernadas de los norte-americanos, los cuales, no solamente plantaron su raza, sino que también sus usos, costumbres y lengua, tanto que el inglés lo entienden casi todos los chamorros. [6] A más de mestizos ingleses, hay algunos de estos últimos casados y establecidos en el país, como también hay portugueses, españoles, filipinos, franceses, japoneses y carolinos.
Esta población tan heterogénea, á decir verdad, no sabríamos cómo vive, á no recordar la prodigalidad del suelo y la abundancia de carne que suministra el sinnúmero de venados que recorren sus bosques; venados, cuya carne, como todo lo demás que representa una necesidad ó una superfluidad, hay que buscarlo en la vecindad, pues allí, á pesar de no haber mercado ni tienda abierta, puede asegurarse que, salvas poquísimas excepciones, todos son comerciantes, vendiendo unos lo que les sobra de sus pacotillas y ranchos, aprovechando la falta de otros.
Respecto á industria, está resumida á algunos ensayos, que luchan con la indolencia del natural y la escasez del numerario.
Alcoholes se destilan, pero tienen que limitarse al consumo de las islas, puesto que la exportación y todas las eventualidades que trae en pos de sí la fabricación al por menor, está fuera de la competencia con la que se adquiere en grande escala y en plazas comerciales.
En la riqueza del suelo predomina, por su variedad y abundancia, el coco. Siempre hemos mirado este árbol como un gran recurso; pero, francamente, hasta que no hemos estudiado de cerca al salvaje, hasta que en nuestra estancia en Marianas no hemos vivido entre las primitivas costumbres del carolino, nunca pudimos comprender las varias y múltiples aplicaciones que tiene el coco, llamándosele, con toda propiedad, la riqueza de la floresta y la providencia del salvaje.
Entre las distintas razas de carolinos que en la actualidad habitan las islas Marianas en completo estado primitivo, nos hemos persuadido que el coco resume la satisfacción de lo necesario y de lo supérfluo, siempre en relación con el estado del que lo consume. En el hueco del fruto, encuentra alimento y bebida; en la cáscara que lo envuelve, herramientas, utensilios de todo uso y objetos de adorno; en la palma que lo embellece, cubiertas para sus casas, cuerdas y tejidos; en el pono que lo sostiene, batangas, pilares y empalizadas; en la savia que le da vida, medicinas, colores, resinas y bebidas espirituosas, y por último, en las materias fibrosas de su bonote, tejidos y cuerdas de gran consistencia.
El coco podría ser la base de la riqueza de Marianas.
Los rendimientos que producen al Estado las islas Marianas en todos sus conceptos ascienden á unas 17.000 pesetas.
Los ingresos que se recaudan en las cajas de propios y arbitrios para atender á las perentorias necesidades locales, ascienden á la suma de 10 á 10.500 pesetas.
Los chamorros no conocen el impuesto del tributo, no sucediendo lo mismo con el servicio personal, que casi en su totalidad es redimible, siendo tal concepto la verdadera cantidad positiva que constituye las cajas comunales.
El chamorro está obligado también á formar parte del batallón de Milicias urbanas al servicio de las islas, cubriendo plazas á medida que vacan. Hemos visto maniobrar dicho batallón, y nos ha llamado la atención lo preciso de sus movimientos, siendo cierta la fama que tienen sus individuos de hábiles tiradores; tanto es así, que con sus imperfectos y primitivos fusiles de chispa, salen al campo confiando tanto en su destreza, que generalmente no llevan más munición que el tiro que contiene el cañón del fusil, siendo muy rara la pieza que se escapa, pasando al alcance del plomo; verdad es que el uso de la caza es constante, dándose un ejemplo de fecundidad asombrosa en los venados, de los cuales se mata al cabo del año una cantidad tan exorbitante que apenas se concibe.
El mantenimiento de las islas Marianas cuesta al Erario doscientas mil ochenta y nueve pesetas, que son distribuídas entre personal y material, servicio de las dos expediciones del correo entre Manila y aquellas islas y demás atenciones. Entre los ingresos y los gastos hay una diferencia de ciento ochenta y tres mil ochenta y nueve pesetas, [7] déficit que, á nuestro juicio, se podría, si no hacerlo desaparecer por completo, nivelando las atenciones con los ingresos, reducirlo considerablemente.
El correo, que se hace por casas particulares y que cuesta al Erario 25.000 pesetas al año, según tipo de contrata, es una cantidad que sería negativa tan luego se estudiaran las primeras necesidades de las islas, que son las comunicaciones. Bajo la garantía de los fondos locales y á plazos más ó menos largos, hay muchas compañías norte-americanas que venderían á las islas Marianas un modesto barco que podría ocuparse, no solamente en el servicio del correo, sino que también tener en comunicación Rota, Saipan y Guajan.
El destino permanente de un barco para aquellas regiones, no solamente es una economía, sino que constituye una imprescindible necesidad, que á todos se les ocurre con decirles que las eventualidades y vicisitudes de aquel suelo, en relación con el resto del mundo, está circunscrito á los cuarenta días que forma en dos épocas del año las estadías del barco-correo, el cual al levar anclas echa la llave á aquella prisión, de la cual están sus moradores incomunicados, cerca de once meses, de los doce del año [8].
Si este trabajo se limitara á un expediente justificativo sobre el asunto que nos ocupa, demostraríamos hasta la evidencia la posibilidad de realizarse la adquisición de la nave sin gravar al Erario, como su mantenimiento con solo emplear una mediana inteligencia en su ocupación y viajes.
Para el pequeño movimiento de caudales que originan las islas, creemos se podrían borrar del presupuesto de gastos los sueldos de administrador é interventor de Hacienda, intervención ó administración que dada su poca entidad podían estar asumidas en una dependencia del Gobierno, el que, por estar ocupado por un Coronel, cuando por su importancia debía ser lo más de Capitán, origina los consiguientes gastos de Ayudante mayor, y cuantas cargas traen en pos de sí Gobiernos que se conceptúan de primera clase.
La ciudad de Agaña está clasificada como plaza fuerte, originándose con esto gastos de personal y material que podrían reducirse, sin quitar á aquella población las prerrogativas de corresponder á los saludos que las escasísimas banderas extranjeras pudieran hacer al ponerse á la vista de la que ondea en el pequeño fuerte de Agaña [9].
No siendo, como no lo es, plaza fuerte, por más que así se denomine, puesto que solo atestigua su arrogante calificativo débiles muros que resguardan escasas máquinas de guerra, que la más perfecta no corresponde á la más imperfecta de las que marchan en la línea de los grandes adelantos, no creemos precisos los gastos y atenciones que tal nombre origina, y una dotación insignificante y una asignación de unas cuantas libras de pólvora por conceptos de salvas para el caso improbable de visitar aquellos mares un barco de guerra, harían lo mismo que acontece en la actualidad con parque, dotación y almacenes, con las ventajas de la reducción del presupuesto.
Por algunos se nos dirá: todo lo que tienda á reducir personal y material de guerra, es una imprudencia en un siglo en que todos los pueblos tienden al aumento de hombres y perfeccionamiento de armas. Esto sería cierto, y el temor sería fundado, si la isla de Guajan constituyera por condiciones de situación un punto avanzado ó una atalaya estratégica, que en el bronce de sus cañones residiera el comprimir deteniendo, y en las plataformas de sus fuertes el comprimir avisando, dando con su campana de rebato la señal de peligro, ó en el estruendo del cañón la voz de alarma, previsores alertas, cuyos ecos, dada la situación de Guajan no tendría otra contestación que el mugir de las olas que se deshacen en los senos madrepóricos de caliza y coral, y el rebramar de los duros Nordestes que reinan en aquellas regiones.
Como cuestión de anclaje, por razón de avería, descanso ó punto avanzado, tampoco sería un obstáculo Guajan, puesto que al Norte y al Sur tienen escuadras enteras, puertos seguros pertenecientes á islas deshabitadas, en las cuales no solamente podrían descansar y aguardar consignas, sino que reponer averías, refrescar aguadas y hacer víveres en la gran abundancia de puercos de monte, cageles, venados, cocos y otros productos que hay en la cordillera de islas que corren al Norte de Guaján en un trayecto de más de 10º y las que hay al Sur formando las Carolinas.
En el presupuesto eclesiástico también cabe su reducción, pues si no estamos equivocados, son cinco los sacerdotes que hay solamente en la isla de Guaján, la cual á más de su poquísima extensión solo contiene, como ya dijimos, una población de 7.138 almas, contando rancherías de carolinos, que viven en sus costumbres, usos y religión.
Con las economías que dejamos apuntadas, cuya realización demostraríamos más detalladamente, si necesario fuere, con la creación de un mercado público en que la pública licitación señalara las transacciones, y con ellas, los rendimientos de patentes que hoy apenas existen por el contrabandeo que envuelve toda mercancía que se expende no á puerta de calle, sino al sigilo del hogar y ventanas adentro; con la imposición del tributo, y sobre todo con facilitar de algún modo las comunicaciones, bien por un barco que se adquiriera en las condiciones que dejarnos dicho, ó en otras, bien porque lo diera el Estado, ó bien porque se facultara á que se hiciera en las islas Marianas, puesto que elementos materiales y periciales hay en ellas, estamos seguros que si no desaparecían en todo, lo haría en gran parte el déficit que hoy resulta para nivelar los ingresos con los gastos; siendo estos los únicos medios de que las islas se contengan un poco en el grandísimo decaimiento en que hoy están sumidas, principalmente por la casi nulidad de comunicaciones, base de todo aumento, y principio necesario para el movimiento, riqueza y desenvolvimiento de los pueblos.
El chamorro en su generalidad es indolente, cualidad predominante en todo pueblo en que las necesidades que le son conocidas son tan pocas como fáciles de cubrir. Con alargar la mano tienen la rima, y con socavar un poco la tierra con el fociño, raíces farináceas tan nutritivas como sanas. Con estos dos agentes atienden á las primeras necesidades, completando aquellas otras que se rozan con el pudor ó la vanidad, con unas cuantas varas de pintadas telas que adquieren á un subido precio y con las cuales cubren y adornan sus cuerpos. El traje de la chamorra y del chamorro varía poco del que usan los indígenas en Filipinas, si embargo de que son menos lujosos, advirtiéndose la carencia del tapis en la mujer, que acostumbra á llevar saya suelta, sujetando la camisa y candonga en la cintura; la chinela también varía, pues que la llevan cerrada por el talón. Una especie de chambra de cortas y anchas mangas, el relicario, un rosario y el pañuelo completan el traje.
La superfluidad en el vestir es muy parca en Marianas; allí el lujo y la moda son divinidades á las cuales ni se les rinde culto, ni se les queman inciensos, circunscribiéndose tanto el hombre como la mujer á usar prendas tan sencillas como escasas en número.
El chamorro es de genio afable, predominando algo el recuerdo del orgullo de sus antepasados; es honrado como pocos pueblos, y tan sufrido en lo que cree justo, como díscolo en lo que no lo cree; es de tesón y poco olvidadizo.
La ilustración en las islas Marianas, con relación á pueblos de sus mismas condiciones, está á una grandísima altura, pudiéndose asegurar que un 80 á 90 por 100 de población sabe leer y escribir.
Esto merece una explicación.
Ya hemos visto cómo el jesuíta Diego San Vítores, una vez instalado en las islas de los Ladrones, logró excitar el celo y caridad de Doña Mariana de Austria, bien por cartas, ó bien por elocuentes frases del Padre Nitarht; siendo lo cierto que consiguió de aquella reina el título de ciudad para el pueblo de Agaña, y una donación de 3.000 pesos anuales para al establecimiento de un colegio y escuelas que atendieran á la cultura de los habitantes de aquellas islas, que hoy llevan su nombre, el cual le fué puesto por estos y otros beneficios que aquellas recibieron de la esposa de D. Felipe IV. Merced á tan piadosa institución que hoy tiene cuantiosos fondos y se la conoce por San Juan de Letrán, se ha construido un espacioso colegio en Agaña y escuelas en todos los barrios, cuidando los encargados de las cabecerías que ningún niño ó niña deje de concurrir á aquellos modestos templos de enseñanza.
La instrucción en Marianas se puede conceptuar por lo tanto como obligatoria.
Al llegar aquí seríamos poco imparciales, pecando de sobrado olvidadizos, si no nos detuviéramos un momento á consagrar un recuerdo á uno de esos infatigables soldados de la fe, á uno de esos seres que hacen abnegación de su vida, consagrándola á la de los demás, secando la lágrima del que arrastra su existencia por el frío arenal de la desgracia, remediando todo mal y proporcionando todo bien; el sér á que nos referimos es el vicario foráneo, al par que director de la instrucción en Marianas, Fray Aniceto Ibáñez.
Ningún elogio podemos hacer mejor de este Padre que decir lleva encerrado en aquella peña madrepórica veinte años. El que ha estado en Marianas es el único que puede comprender en toda su extensión lo que significa esa existencia de veinte años.
Al celo infatigable del Padre Ibáñez y á la protección que siempre dispensó á la instrucción D. Felipe de la Corte, Gobernador que fué de aquellas islas, las cuales eternamente le recordarán con gratitud, se debe el que sin temor de equivocarnos digamos que hay un 90 por 100 de sus habitantes que están impuestos en los primeros elementos del saber.
Aquí hacemos punto en este modesto trabajo que probablemente vendrá á ser el prólogo de otro más extenso que nos proponemos publicar. Mucho, muchísimo hay que hacer en Filipinas y mucho falta por decir de aquella riquísima colonia susceptible á dar cuantiosos caudales. Haga Dios que este pobre trabajo despierte en otras inteligencias la afición á escribir. Mucho campo tiene para ello el Archipiélago bajo cualquier tema que se le mire. La leyenda, la historia y las costumbres son minas inagotables que constantemente se presentan en el camino del observador.