CHAPTER 15
CAPÍTULO XV.
La plaza de Agaña.—La iglesia.—El monte de Santa Rosa.—La atalaya.—El reloj de Agaña.—Faro original.—Vida en Marianas.—Casas, huertas, cultivos, ríos.—Vegetación de Oriente.—El árbol del pan, y el dug-dug.—Cageles.—La isla de Pagan.—Riqueza perdida.—Desconocimiento del país.—Reputaciones usurpadas.—En tierra de ciegos..—Hormigas coloradas y ratas.—Los caballos y las auroras.
A poco de pasar el viajero el pequeño puente de madera de Asang, y dejar á su espalda la tajada roca, por cuyo granítico plano vierten los vecinos montes cristalinas aguas, que la previsión del natural detiene en tanques de piedra, se divisan las primeras casas de la ciudad de Agaña, presentando su entrada una espaciosa calle formada en su mayoría de pequeños edificios de tabla y teja, entre los cuales sobresalen algunos de piedra y otros de cogon y palma.
El conjunto de la ciudad que se encuentra enclavada entre los arrecifes de la playa, y el extenso monte de verdura que corre de Norte á Sur, á cuya falda termina la línea de construcción es limpio y alegre.
Siguiendo la igual y espaciosa calle que tiene por continuidad el camino del puerto, se llega á la plaza, en la cual, y tomando á la derecha se encuentran en línea, la casa-administración, el presidio, el llamado palacio, ó sea morada del Gobernador, el parque y los almacenes de la plaza; todos estos edificios son espaciosos y de sólidos materiales. La banda de la izquierda la componen pequeñas casas y edificios en construcción, que según supimos se destinan para Tribunal y Escuela.
El frente de la plaza, siguiendo la dirección que hemos tomado, lo ocupa en primer término la iglesia, el cementerio y la casa parroquial; cerrando el perímetro, el Colegio de San Juan de Letrán, con las escuelas y dependencias.
La plaza de Agaña, compendia la vida de Marianas; el dolor tiene su morada, como lo tiene el poder, la religión y el saber. Allí, la cruz que se alza entre la revuelta maleza que crece en el misterioso mundo de los muertos, recuerda la memoria de pasadas generaciones; las sombrías rejas del presidio, señalan en sus dobles hierros, la satisfacción que da á la tranquilidad individual, la pública vindicta; la campana que á la oración de la tarde, pesadamente dobla sus bronceados ecos, indica en la religión, el más allá que enseña el santo suelo sobre el que se eleva el pardusco torreón, á cuyos cimientos se aquilata la pequeñez de la vida, en la amarga verdad de una tumba que carcome el tiempo, y una cruz que pudren las aguas, únicos y miserables girones de los recuerdos, que cual el sér que cubrieron, bien pronto pasarán al polvo y al olvido.
La iglesia que está contigua al cementerio, es tan modesta como poco espaciosa, la compone tres pequeñas naves, el coro y una tribuna cerrada de reciente construcción. Lo que constituye la dotación del culto externo, mas que pobre, es escaso; la ornamentación es churrigueresca, y el busto estatuario, tanto en líneas, como en expresión y detalles, es detestable.
Contigua á la iglesia, y comunicando con el altar mayor, está la sacristía, en la cual hay un retrato del Padre San Vítores, y otro del lego Bustillos.
Como edificios, no recordamos ningún otro de los enunciados, que merezca la pena de ser citado, pues si bien hay en el cerro de Santa Rosa, y en la entrada del canal, pequeños fuertes, estos, ni por su fábrica, ni por las máquinas que resguardan tienen nada de particular, á no ser el pintoresco y bellísimo paisaje que desde ellos se domina.
En lo que se llama la Atalaya, vigilan cuatro hombres de la dotación el desierto mar, al par que son los encargados de comunicar al pueblo la hora en que vive.
La falta de máquinas supliendo la abundancia de brazos.
El engranaje del reloj de Agaña lo constituye un complicadísimo servicio, y una vigilancia á prueba de segundos.
Analicemos la máquina.
El Gobernador de Marianas tiene, es decir, es de presumir tenga reloj, pues si no lo tuviera no hay caso, en la época que estuvimos allí lo había porque lo tenía: dicho reloj daba sus campanadas regulares, llegando difícilmente al oído de un centinela que perennemente está bajo el bronce de la esquila, para que otro minutero viviente, que incesantemente escucha desde la Atalaya, diga al pueblo de Agaña en el bronce de una campana, mayor que la que le da el aviso. Caballeros, según me acaba de decir mi compañero de abajo, son las ocho en el reloj del Gobernador.
Excusamos manifestar los conflictos que pueden originar el día en que el ama de llaves, deje de usar la destinada á la alimentación del reloj municipal.
El Gobierno, no solamente da la hora, sino que también la dirección á las bancas y botes.
Y aquí necesitamos dar otra explicación.
Una tarde en que paseaba con mi buen amigo el Padre Ibáñez, por delante de la línea de verdura que se extiende desde el colegio á la administración, observé que el Padre, siempre que pasábamos frente al Gobierno, miraba con detención el hueco del balcón que media el edificio. En una de las vueltas, la impaciencia fué mayor; se paró, y enfadado hasta donde se puede enfadar el buen Padre, exclamó:—¡Caramba con D. Luís, que se empeña en no encender el faro!—Gracias á Dios—exclamé,—que ya he oído algo que corresponda al pomposo título de ciudad que lleva Agaña;—mas al observar que por ningún lado veía torre ni torreón, no pude menos de interrogar al Padre, á fin de que me mostrara dónde estaba situado el aparato.—El aparato—me replicó con tono amargo mi compañero de paseo,—que no es ninguna vulgaridad, está allí;—y me señaló el hueco de la ventana.—No veo nada,—repliqué.—Pues porque no ve V. nada, es por lo que dije que D. Luís no encendía el faro, y el faro, hijo mío, no es más ni menos que un farol que se cuelga en aquella ventana, que como V. ve corresponde con el puerto.
El cigarro que fumaba se me cayó de la mano, y yo no sé cómo no me caí de espaldas. ¡Un faro de cuatro tinsines que viven muriendo tras las telarañas que adornan los vidrios de un farol!
Lo del faro de Agaña y lo del reloj es preciso ponerse serio para que lo crean; pero qué quieren ustedes, la verdad nunca puede ser más que una, y aunque las verdades respecto á Marianas, las que se saben lo son de seis á seis meses en Manila y en Madrid quizás nunca, de aquí la incredulidad que á nuestros lectores despertarán nuestras líneas.
Sigamos describiendo la isla de Guajan.
La población de Agaña ya hemos dicho es espaciosa y limpia; el estar enclavada en terreno arenisco y gozar de las vertientes del monte á cuya falda se asienta, constituyen una de las condiciones que determinan el aseo que en ella predomina; el monte suministra en las aguas que vierte cantidad bastante para ahogar el polvo, no originando sucios charcos el suelo por su esencia arenisca al par que la compacta superficie que lo forma.
En uno de los extremos de la ciudad, pasado el Colegio, hay unos terrenos pantanosos llamados Cienaga, de donde nace un pequeño arroyo que serpentea por la misma playa y del cual se sirven los naturales. Sobre este arroyo hay un sólido puente de piedra que pone en comunicación la playa con el pueblo. Todas las casas de este tienen entre sí una proporcional separación dividida por empalizadas de caña.
Estas empalizadas resguardan árboles arbustos y malezas, y en algunas que el dueño es cuidadoso se ven verdaderos huertos, en que al lado del rústico cenador crece la parra, á cuyo tronco trepan los tallos de las sandías con las que se mezclan las doradas hojas de la piña y las mazorcas del maíz.
La horticultura, tanto en Marianas como en todo el Archipiélago filipino, podría ser mucho más completa de lo que es. Una buena inteligencia combinada con un suelo virgen y una atmósfera impregnada periódicamente y por horas de humedad y calor, no es posible dejara de encontrar en raros productos verdaderas fuentes de riqueza.
En pequeño hemos tenido ocasión de ver más de una vez realizada la verdad que las anteriores líneas encierran, contemplando algunos cuadros convenientemente abonados y preparados, dar resultado gran variedad de semillas de Europa; es verdad que para esto se necesita cuidado y conocimiento; pues es probado que la primera semilla es la que fructifica con todos los caracteres que distinguen sus frutos, los cuales desmerecen visiblemente á medida que las semillas son de frutos ya criados en el país. La sucesión de cosechas y el uso de sus semillas si no se reemplazan, concluyen por matar el producto nativo, sustituyéndolo por otro que ni en sabor, formas, ni dimensiones se le asemeja.
En los cercos de Agaña y en los pueblos limítrofes, como en sus barrios de Anigua, Asang y Tepungang, hemos visto cultivarse algunas hortalizas con buenos resultados. El éxito de la fructificación, sobre todo en pequeñas plantas, es debido sin duda alguna á las magníficas condiciones de su cielo, combinadas con la manera de ser de su suelo. Las alturas de la isla de Guajan, por su aislamiento en medio del Océano, son un punto de atracción al cual afluyen las nubes vertiendo sus aguas los frecuentes chubascos que se forman en aquellas latitudes. La constante al par que pasajera caída de aguas, mezclada con la fuerza de calórico, originan en el suelo un flujo y reflujo de absorciones y emanaciones acuosas, altamente convenientes para la semilla y el tallo. La latente humedad que originan las intermitencias de calórico y agua es sumamente sensible dando las observaciones higrométricas un resultado apenas concebible; humedad que parece imposible no quebrante la salud, lo que se explica únicamente recordando las brisas que refrescan la isla de playa á playa y que moderan la percepción del calórico que marcan los termómetros. La columna del centígrado fluctúa entre los 14 á los 33°, siendo la ordinaria situación la de 22 á 28.
La frecuente caída de aguas tienen en curso una porción de riachuelos que salpican la isla, sobre todo en su parte Sur, que es la más baja. Pueden citarse entre aquellos por la bondad de las aguas que encauzan en un lecho de menuda arena, los nombrados Asang, Margüe, Mazo, Agat, Finili, Talasfac, Bili, Paparguan, Dandan y otros muchos, sobresaliendo entre todos, tanto por la cantidad de agua como por sus permanentes corrientes, los nombrados Tarafofo, Ilic y Pago, los cuales y principalmente el primero merece el nombre de río, pues los demás, atendiendo á su nacimiento y al caudal de sus corrientes, más que ríos son verdaderas vertientes de las cordilleras que accidentan la isla.
De las muchas corrientes de aguas dulces filtradas por las masas de caliza, arena y piedra pomez, elementos que con la greda constituyen el componente del suelo de Guajan, se proveen las necesidades de sus habitantes, los cuales se precaven de las sequías con pozos de estanque, á los cuales se baja por rampas ó escaleras abiertas en la misma materia caliza que forma la base de la isla, según se ve á los pocos golpes de piqueta.
Las hojas que constantemente caen de los árboles forman al mezclarse con la arcilla y la greda el humus, excelente abono, semejante en sus fuertes materias fructificantes al guano de ciertas regiones americanas.
Todo cuanto digamos de la vegetación intertropical será pálido, es preciso verla para comprender su belleza en todo su valor; apropósito de esto, recordaremos lo que ha tiempo decíamos á un amigo querido de la Península. En la vegetación de estas regiones, decíamos, es donde se verifica la alegoría pagana del terrible castigo de Prometeo, ó mejor dicho, donde se admira la magnífica realización de la mitológica fuente Canatos, donde Juno recobraba la virginidad; aquí, añadíamos, la hoja del árbol no cae seca y marchita; aquí se rinde por el tiempo, mas no por falta de lozanía, dejando en su caída, no un tallo seco y mustio, sino una hermosa gemela, heredera de su juventud, de sus brillantes colores, de su pureza y de su jugo.
Esta es la vegetación en el Oriente.
Las masas de hojas que incesantemente arremolinan á su pie la diversidad de árboles, plantas y arbustos, forman en muchos parajes de la isla gran abundancia de humus que se aprovecha convenientemente, por más que se preste á una explotación más viva y positiva que la que se le da en la actualidad.
Sin embargo de las excelencias de la vegetación de Marianas, es de notar la escasez de árboles de grandes proporciones, pudiéndose citar como los únicos susceptibles de dar regulares piezas, el ifil y el palo-maría, figurando en segunda escala el yoga el yagunlago, el fago, el chopag, el puting, el pengua, el balinago y algunos otros, los cuales producen resinas, materias colorantes, cuerdas, aceites, tejidos y hasta mortíferos jugos, que emplean los carolinos para envenenar sus armas.
Los verdaderos árboles de importancia positiva en el día, son la rima y el dug-dug; ambos son de grandes dimensiones, criándose con una prodigalidad y abundancia asombrosa; no requieren gran cuidado, elevándose lo mismo en las grietas de la peña que en los abonados campos del llano.
La fruta de la rima se asemeja al melón, es sana, nutritiva, agradable al paladar y susceptible de larga conservación con solo cocerla y guardarla en lugar seco. A la rima se la conoce con el nombre del árbol del pan, y no se puede dar un calificativo más adecuado y preciso. El fruto del dug-dug es un variante del de la rima, diferenciándose en el tamaño, que es más chico, y en el sabor, en que sobresale el mucho dulce que contienen sus jugos, razón por la que, y por tener la rima materias farináceas mucho más nutritivas que las de aquel, la hacen preferible. Ambos árboles suministran en sus troncos piezas para toda clase de construcciones.
Para completar los productos del suelo, no podemos menos de recordar la variedad de cageles, de los cuales los hay de unas proporciones exorbitantes, siendo dignos de citarse asimismo los algodoneros. De estos últimos se va generalizando su plantación: hemos visto muestras de algodones de Guajan y nos han parecido inmejorables. En la fecha en que escribimos, se espera el resultado de una pequeña exportación de aquel artículo que como prueba se remitió á Barcelona y al Japón. Según datos que hemos podido reunir de colonos del país, pasan de millón y medio de troncos los que hoy existen de algodón, procedentes en su generalidad de semillas importadas de las islas Sandwich; notándose en la plantación de este artículo un aumento notable, puesto que según los estados de la riqueza agrícola de Marianas, hechos el año 1843, por su Gobernador D. Gregorio Santa María, solo había unos 60.000 troncos.
Maíz,palay, mongos, añil, plátanos, piñas, sibucao, abacá, tabaco, resinas, materias colorantes y caña dulce, completan el cuadro de la riqueza de aquellas islas, riqueza que como ya hemos dicho, ni tiene estímulo en su fomento ni en su cultivo, por luchar con los inconvenientes de la distancia, la falta de transacciones y la casi nula exportación, por causa de lo caro del flete y escasez de comunicaciones.
El suelo de Guajan mineralógicamente considerado, presenta poquísima importancia: sin embargo, algunos pozos se han abierto ante la presencia de capas carboníferas de mineral bastante bueno. La explotación minera, aunque desde luego podemos asegurar, sin temor de equivocarnos, teniendo en cuenta la constitución de su suelo que sería casi nula, está circunscrita como todo lo que se refiere á Marianas á ligerísimos ensayos.
Entre la diversidad de animales que se crían en las islas, figura en primer término el venado; el número que de estos se matan al cabo del año, es verdaderamente fabuloso; su carne se aprovecha no solamente en fresco, sino que también, en preparadas salazones, llamadas tapas, de las que se hace mucho consumo.
La vaca, el carabao, la cabra, el jabalí de monte, el casero y el llamado mantequero, abundan bastante en aquellas regiones; habiendo asimismo jabalíes y venados en grandísimo número, en las islas del Norte, principalmente en Agrigan y Saipan, en donde se comprende perfectamente su fomento, teniendo en cuenta lo escaso de la persecución, y los millones de cocos que la falta de beneficio deja en abandono, cayendo de la palma al empuje de otra cosecha, que á su vez caerá como la primera en fuerza de la madurez ó de los fuertes vientos, para servir de alimento á los animales ó para pudrirse con el tiempo y las aguas.
La isla de Pagan creemos podría sujetarse á una productiva especulación, pues son tantísimos los cocales sin beneficio que se crían, que toda la isla es un bosque de aquella palma.
Dicha isla está deshabitada, como todas las demás que se extienden hasta el peñón de las Urracas, y no nos extraña dejen de aprovecharse las magníficas salazones que podrían sacarse de los venados y jabalíes de Saipan, como las miles de pipas de aceite que podrían cosecharse en la de Pagan y el sinnúmero de limones que suministran los bosques de Tinian, puesto que, habrá muy poquísimos mortales que conozcan, no los nombres de aquellas islas, sino siquiera el que existan los expresados centros de riqueza.
Las islas Marianas han sido muy poco visitadas; tanto es así, que un individuo de los más conocedores del Archipiélago, no ha mucho nos aseguraba con gran formalidad, que las formaban tres pequeños islotes. Cuando dicho individuo que se cree una eminencia, y que lleva en el país veinte años, no conoce ni aun el nombre de una de aquellas islas, los demás no están en el caso de saber que hay limones en Tinian, cocos en Pagan, y venados en Saipan.
Cuando hacemos ciertas reflexiones y consideramos algunas eminencias, no podemos menos de recordar una célebre frase de un chispeante escritor: decía este, refiriéndose á un amigo suyo, que el mejor negocio que podía hacerse, sería comprarlo por lo que valía, y luego venderlo por lo que él se creía valer; á ser posible semejante transacción mercantil, la pondríamos en planta en Filipinas, en donde mejor que en parte alguna se habían de encontrar productivas facturas.
Sirva de modelo y aunque de escaleras abajo, la siguiente anécdota:
No há muchas noches que mi espíritu observador me llevó á la puerta de un establecimiento de refrescos; tomé asiento, y no bien había saboreado los primeros sorbos de una limonada, escuché el siguiente diálogo que salía de un grupo próximo adonde yo estaba.
—Vamos, D. Juan, ¿cómo van esos ensayos?
—Así, así; quise hacer el Sí de las niñas, pero razones especiales me lo han impedido; después he principiado los ensayos del Don Simón y otras zarzuelitas, para las cuales tengo encargada una caviteña que da la hora.
—Sí, ¿eh? con que una caviteña, dijo uno, y ¿quién es? replicó otro, y por supuesto, que será maestra, añadió un tercero.
—Ya lo creo, dijo el D. Juan ahuecando la voz y haciendo un gesto muy pronunciado, como que gasta botitas, canta villancicos y sabe algún que otro cundiman; verdad es que no es bonita, que no tiene accionado, que no sé si ha trabajado en toda su vida, y que habla muy incorrectamente el español; pero ¡qué demonio! tengo dama, y sobre todo, caballeros, no me lleva como la que se ha ido, cincuenta pesos por función, contentándose solo con veinticinco.
No quise oir más, dí una moneda y ni aun esperé el cambio, ¡¡¡Veinticinco pesos por gastar botitas y no hablar español!!! ¡¡¡Veinticinco pesos por noche!!! Lo que no ganaba ese gran genio de la escena, esa colosal figura de las tablas, esa encarnación del pensamiento de Shakespeare y Ventura de la Vega, joya del arte que con su muerte se llevó á la tumba el Sullivan y El hombre de mundo, obras que jamás volverán á interpretarse cual lo hacía Julián Romea.
A la turquesa á que se adaptan las anteriores reflexiones, se relacionan la generalidad de las vivientes hechuras que andan por esas calles de Dios respirando ciencia y saber.
La pícara afición á las digresiones, más de una vez nos lleva fuera de Marianas, bien es cierto que aquellas islas son parte integrante de Filipinas y escribimos á la sombra de las conchas de su capital.
Volvamos á las Marianas.
El suelo de Guajan en relación con el mundo animal, tiene una verdadera especialidad digna de llamar la atención, cual es no ser conocida ninguna clase de culebras; esto da al natural una gran seguridad en la vida de campo, como asimismo hace innecesarias en los que recorren las islas ciertas precauciones propias de los países en que se crían aquellos reptiles. La hormiga colorada y las ratas, en cambio son muy abundantes, siendo verdaderos enemigos de los productos del suelo; á pesar de esto no se crean las extravagancias y exageraciones que respecto á las ratas de Marianas se cuentan, pues la abundancia á que aludimos podrá ser un mal, mas no una calamidad de las proporciones dadas por algunos.
Aquí hemos de hacer una pequeña parada, pues en lo de las ratas sucede lo mismo que con otras muchas cosas de aquellas islas. A nuestra salida para Marianas, gran número de amigos y algunos que no lo son, pues en eso de encargar no hay peligro, por más que uno se reserve la filosofía del tú pitarás del cuento, me pidieron les trajera caballos y auroras; llegue á Guajan, y francamente, creía que los caballos andarían precio de ramal y las auroras á coste de paseo, pero … ¡que si quieres! en toda la isla había solamente dos caballos de los que pedían, y estos traídos á alto precio de América; en cuanto á auroras me dijeron que si esperaba al mes de Julio, es posible, aunque no respondían, que por unos doscientos pesos se podría comprar algún par.
Esto me decían en Marianas; en cambio en Manila se cree todo lo contrario, no solamente respecto á la adquisición de esos bonitos ejemplares de la conchología, llamados en el lenguaje vulgar por su color rosado, auroras [4] sino que también refiriéndose á un sinnúmero de costumbres, cosas y objetos que luego resultan completamente inexactas.