SECTION I
¡Qué triste es un día sin sol!
Cuanta melancolía lleva al alma uno de esos breves crepúsculos en que el astro del día desciende oculto tras los inmensos pliegues de brumas, que forma el insondable manto de los cielos.
¡Qué momentos tan llenos de sentimiento los que se mezclan con los pausados ecos de la oración de la tarde!
La esquila que en el sombrío torreón produce los sonidos de la oración vespertina, vibra en el mundo del sentimiento con una forma extraña; tiene un no sé qué indefinido, misterioso, incalificable.
Las campanadas que siguen al crepúsculo son el sublime canto funeral que el cristianismo creó á la muerte del día.
El alegre volteo de la campana cede en esos cortos momentos sus bulliciosos ecos á las tristes, melancólicas y pausadas notas que se desprenden del bronce, yendo á mezclarse con el Ángelus que murmura la lengua y el recuerdo que despierta la mente.
En el misterioso archivo de la memoria recorre el eco de la campana todas las más sublimes páginas; páginas que á la voz de los recuerdos llegan al santuario del alma, evocando realidades del ayer y creando fantasmas para el mañana.
El toque de la muerte del día siempre me parece nuevo, siempre creo oírlo por primera vez.
Su primera campanada produce en mi organismo una sacudida magnética, creyendo percibir en su monótono tañir la voz querida de la mujer amada.
Años hace que el ángel de mis sueños oyó, desde el mundo de la luz, mi triste plegaria y el funeral doblar que escribe en el libro de la vida la última letra, al confundirse con el ruido de la piqueta que abre la fosa y el martillazo que cierra el ataúd; últimos adiós que se elevan desde el fondo de la tumba á los que quedan esperando en el teatro del mundo la realidad de la muerte.
¡Qué triste está hoy el día!
La madeja rubia que reparte la luz á los mundos en sus puras hebras, perezosamente ha corrido el firmamento envuelta entre pardas nubes. Un fuerte Noroeste ha hecho gemir á la naturaleza que me rodea.
¡Hoy no hay crepúsculo!
Hoy muere el día sin que el astro que lo alienta y vivifica haya reanimado mi ser.
¡La noche bate sus negras alas en el cementerio de los vivos…!
Abstraído en mis profundas reflexiones, no he notado que la luz artificial ha sustituído á la luz del día.
¡Suena la oración!
Recemos por los que fueron…
* * * * *
Las anteriores líneas, ¿cuándo han sido escritas? No lo recuerdo, solo puedo decir que las leí entre las notas de mi cartera, encabezadas con dos renglones que decían: «Recuerdos de Filipinas.» De cómo no es verdad que las mujeres no aman, los pájaros no cantan y las flores no huelen.
La lectura de semejantes conclusiones me hicieron leer y releer lo que seguía, y por más que refrescaba mi memoria, no encontraba la relación de lo escrito con su epígrafe. ¡Bah!—dije por último tirando la cartera sobre la mesa—sea de ello lo que quiera, es lo cierto que Ratelán, [6] á quien cariñosamente saludo, tiene razón en muchas de sus brillantes y poéticas apreciaciones.
—Ratelán tiene razón—dije distraído en voz alta.
La india puede poetizar el amor, es más, lo poetiza.—¿Lo poetiza?—¿Sí ó no?—le dije en tono de buen humor á mi buen Quico, antiguo veterano de la guerra de Cochinchina, más mudo que Grimeau y más fiel que un perro de Terranova.
Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo—no entiendo, señor.
—Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en puro querer á un hombre.
—Puede más, señor.
—¡Caramba! Puede más.
—Seguro, más.
—¿Has visto tú alguna india en esas noches en que la luna asoma su blanca faz por allí—y le señalé los picachos del vecino Banajao—que haya cantado muy bajito, muy bajito, canciones que al que las escuchaba le dieran ganas de llorar?
—Sabe, señor.
—¿Si será cierto que la india podrá llegar al paroxismo del amor, á la idealidad del querer, á la poética fusión de dos almas, á parodiar á Julieta, á sacrificar su vida, á morir en fin, de amor?
—Muere también—dijo Quico, interrumpiendo mi crescendo.
—¡Que muere has dicho!
—Muere, señor—contestó aquel con esa gravedad cómica del indio.—Pregunte V. á su amiga X … y ella contará á V. la historia de El puente del suspiro.
Diez minutos después de la anterior conversación, y bajo un cielo cubierto de pesados nubarrones, cosa habitual en los horizontes que cierran las elevadas cumbres del Banajao, cabalgaba camino del pintoresco pueblo de Lucban, donde vive mi amiga, en busca de la misteriosa historia de El puente del suspiro.