SECTION III
Hasay, era allá por los años de 1845, una hermosa dalaga que contaba unos quince, desde que su madre, india en toda su pureza, lanzó el último aliento al arrancar de sus entrañas un pedazo de su alma en su hija Hasay.
La primera lágrima de Hasay, cayó sobre los inmóviles restos de su madre.
Hasay jamás supo quién fué su padre.
¡Infeliz expósita!…
La niñez de la huérfana fué todo lo laboriosa que era consiguiente á una pobre que no la habían legado más que un padrón de deshonra su padre, y una ardiente lágrima, que en un beso supremo antes de espirar, depósito en su frente su desgraciada madre.
Ha dicho no sé quién—creo que Selgas—que se conocen los niños que se crían sin madre.
¡Qué cierto es esto!
¡Cuántas veces en mi querida España, en las templadas tardes del Otoño, he admirado en los jardines del Parterre, aquellas bandadas de alegres niños entretenidos en sus juegos! ¡Cuántas otras, al caer cerca de mí un volante ó llegar rodando un aro, he detenido al pequeño ser que lo buscaba! Al ver una de aquellas rubias cabecitas cuidadosamente peinadas, formando bucles; al distinguir entre los blanquísimos pliegues de la batista una pequeñita Virgen de los Dolores; al apreciar aquellas ligeras falditas, tan minuciosamente inspeccionadas, sin faltarles ni una cinta, ni un pliegue, ni el más ligero detalle, no he podido menos de exclamar. Esa niña tiene madre. Nadie, nadie más que una madre sabe vestir á su hija.
¡Significa tanto el nombre de madre!
Por el contrario, cuando ha llegado hasta mi vista una niña de faz macilenta, con el peinado descuidado, el vestido aunque rico, manchado, sustituyendo algunos botones con alfileres puestos á la ligera, no la he mirado al sonrosado y puro seno, pues estaba seguro que cual en la anterior no descansaría la pequeña imagen símbolo del dolor. Al ver á estas niñas, siempre he dicho: ¡pobrecitas! ¡vosotras no tenéis madre!
Una madre para su hija, es como el rocío de la mañana para la flor; encerrar esta en una estufa, privarla de los primeros besos de la fresca aurora y palidecerá triste y mustia.
Un niño sin madre es cual la flor.
¡Saben tantas cosas las madres! ¡Tiene tanto calor el seno de la que nos dió el ser!
¡Hasay, estaba en el número de las niñas que no tienen madre! ¡Era la flor de la estufa!
En la misteriosa cadena de todo lo creado se destacan dos eslabones; la sensitiva y la madre: en la primera concluye el vegetal; en el amor de la segunda, se establece el lazo de unión entre lo inmortal y lo mortal, entre lo infinito y lo finito. La Reina de los Angeles, antes de ser la Señora de los cielos, fué la amantísima madre del Salvador.
Con la proverbial caridad de Filipinas, afortunadamente no se ha llegado á escribir todavía en estas playas el filosófico pareado que inspiró un infanticidio á el autor de El Rey se divierte, al exclamar:
«Amor, contra el honor, te dió la vida.
Honor, contra el amor, te dió la muerte.»
Pensamiento sublime encerrado en dos versos, que en su laconismo expresan y revelan todo un mundo de pasión el primero, todo un infierno no descrito tras el terrible lasciate del Dante, el segundo.
¡Qué negra será la existencia de la madre que ahoga al hijo de sus entrañas!
Imposible es que la oración dé consuelo, el sol alegría, ni el tiempo olvido, á la que no conmovió la inocencia del niño, que en vez de encontrar los amantes brazos que le dan vida y calor, solo halló, al alargar sus manitas, el frío hierro de la reja del refugio, ó sintió sobre su sonrosada faz el duro viento que se estrella contra las macizas puertas del templo, ante cuyo dintel lo abandonó el crimen para que lo recoja la caridad.
En Filipinas, donde no se conoce esa monstruosidad del corazón, tampoco se conoce el que un ser quede abandonado en el mundo.
Hasay fué recogida por unas vecinas de su madre, y aunque con trabajos, llegó á los seis años, en que una casualidad hizo la conociese Doña Luisa, excelente y buenísima mujer, que en los veinticinco años que llevaba de país, no había olvidado la hidalguía castellana.
La protectora de la niña, era lavandera de la casa de Doña Luisa, y un día en que Hasay llevaba sobre su cabecita un lío de ropa, la vió aquella.
Desde aquel día, la vida de Hasay tomó un nuevo aspecto.