SECTION XI

Aquella noche, Hasay no pareció por su casa. A la mañana siguiente se encontró el cadáver de la niña bajo el puente.

Entre las frescas campanillas de los frondosos suspiros descansaba el cuerpo de Hasay.

¿La mató el rayo del sentimiento que hace estallar el corazón ó la última resolución del suicida? ¡Dios y la muda y poética naturaleza, únicos testigos, solo lo saben!

—Y bien—dije á mi amiga,-¿por qué murió Hasay?

—Murió—me dijo muy bajito—de amor; al día siguiente al en que se encontró el cadáver de Hasay, debía Lola casarse con López Ródenas.

Hasay estaba enamorada de Ródenas.

¡Amaba sin esperanza!…

Mi amiga, al pronunciar la última frase de la leyenda del puente, cuyo nombre del suspiro se debe sin duda á las flores que crecen á su alrededor, vertió una lágrima á la memoria de Hasay, lágrima que se deslizó al blanco teclado del piano, sobre el que maquinalmente apoyaba sus dedos.

La voz calló, mas el piano fué alentado por el genio de mi buena amiga, arrancando de sus cuerdas uno de los más sublimes nocturnos.

Las últimas notas se confundieron con el gorjeo de un precioso pájaro, de plumaje tan bello como armonioso era su canto, que alojaba una dorada jaula pendiente de uno de los huecos de la caída.

—¿Ese pájaro es de China?—dije á mi amiga.

—No, me contestó con la mayor naturalidad—nace allí,—dijo señalándome las alturas del Balete, y se llama el pájaro del sol. [9]