III
Todas estas consideraciones que yo me hago por el momento, y de las cuales nunca he de arrepentirme, pues que nadie me obliga á ello, serán seguramente las que se hayan hecho los americanos y ningún juicio favorable tendrán de nosotros al ver los instintos de ferocidad que se despertaron contra los que estaban caídos y completamente indefensos. Los más rudimentarios principios de humanidad mandan á que se respeten los dolores agenos y nosotros hemos debido respetar el de los españoles.
Se me objetará seguramente, que los españoles del elemento oficial emplearon con nosotros los tormentos inquisitoriales, y esta es una verdad que no se puede negar, pues de ello hablan bien claro los ominosos tiempos en que gobernaron la Isla los execrables sátrapas Sanz, Palacio, Lasso, Dabán y Marin, los más funestos que han venido á estas tierras, para descrédito de la hidalga nación Española.
Pues si es una verdad innegable que el látigo, los palillos[[1]] y el sable de la odiosa guardia civil, flajeló nuestros cuerpos, actos fueron de verdadera cobardía que no debemos imitar nosotros, pues sería colocarnos á su mismo nivel, tratando de tomar venganza de acontecimientos, que cuando se desarrollaban, no tuvimos el valor de repeler con la fuerza, aunque hubiera sido marchando al sacrificio, pues cuando los pueblos no quieren soportar la vida afrentosa, se suicidan y la historia los disculpa.
[1] El componte.
El hecho de lanzarse por pueblos y campos, deponiendo autoridades y arriando y subiendo banderas, sin que nadie les hubiera concedido autoridad para llevarlo á cabo, viene á constituir un verdadero abuso y la prueba de ello, es la correctísima conducta que han observado los americanos, reponiendo los funcionarios que injustamente fueron lanzados de sus puestos, por quienes no tenían autoridad para ello.
No se puede dar desaprobación más expresa y seguramente que así lo entenderán los autores de aquellos hechos.
Si antes he calificado de abusos el lanzamiento de funcionarios públicos y otros desmanes, no he de ser tan benigno al calificar los incendios del Coto del Laurel y otros que se han sucedido y se están sucediendo en la isla, así como los apedreos de establecimientos públicos, actos estos que nos avergüenzan y que nos han colocado en la categoría de pueblo verdaderamente salvaje y con instintos de ferocidad.
Para justificar los hechos bárbaros de que me vengo ocupando, seguramente que se traerá á colación las salvajadas que se dice han cometido en Ciales por las tropas y voluntarios españoles, que no niego ni afirmo, pero que desde luego condeno con toda mi alma y pido para sus autores la maldición del Cielo, ya que no ha de alcanzarles la justicia de la tierra, y digo que no ha de alcanzarles la justicia de la tierra, porque la de los americanos, no podía llegar á pueblos que estaban todavía ocupados por las tropas españolas.
De estas salvajadas, y de las víctimas que ellas trajeron consigo, no son responsables más que los impacientes, que sin elementos de fuerza bastante y sin autoridad ninguna, fueron á cometer allí donde había guarnición española, los mismos abusos y desmanes que cometieron en Santa Isabel, Yauco, Sabana Grande y otros. La fiera acorralada y herida les salió al encuentro, y cuando repartió zarpazos, no reparó al que cojía.
En la ciudad de New-York existe una colonia compuesta de más de 60,000 españoles con grandes capitales y grandes establecimientos de todas clases, y que seguramente habían contribuido con sus recursos para el sostenimiento de la guerra con los Estados Unidos, lo que es lógico que supongan los americanos, y sin embargo, pueblo civilizado y culto, tanto como el que más lo sea, no se les ocurrió tirárseles encima y destrozarlos en un momento dado, cosa que les hubiera sido muy fácil.
La escuadrilla española mandada por el Contra-almirante Cervera, combatió con la escuadra americana mandada por el Almirante Sampson, y una vez que la segunda venció á la primera, desde el Almirante hasta el último grumete, se descubrieron respetuosamente y saludaron al vencido, tendiéndole la mano, y recibiéndolo en la cubierta de su buque con todos los honores militares que corresponden á su gerarquía.
Todos los Jefes, oficiales y tripulantes de la destruida escuadra, fueron llevados en calidad de prisioneros á la ciudad de New-York, y la seriedad de aquel pueblo, no permitió el más mínimo desmán ni las silvas y gritos que se iniciaron en el nuestro con los infelices prisioneros, que en cumplimiento de su deber, tuvieron la desgracia de serlo en el combate de Coamo.
Si para evitar estas silvas y estas impropias manifestaciones, hubo necesidad de tomar medidas ¿qué concepto podrán formar los americanos de un pueblo que parece no abrigar en su seno ninguna clase de sentimientos de nobleza ni de generosidad, para el vencido, que en todas partes es objeto de toda clase de consideraciones?
Hemos debido inspirar nuestra conducta en la que observaron los americanos con los ingleses cuando hicieron su independencia por la fuerza de las armas, y que en tono de mesurada y enérgica protesta, ha tenido ocasión de recordar el General insurrecto Calixto Garcia, al suponer el General Americano Shafter, que las tropas de Yara pudieran cometer desmanes contra los españoles residentes en Santiago de Cuba.
El incendiario que pega una tea, sabe donde empieza su crimen pero no puede calcular las consecuencias y alcances que tiene y se le puede considerar como aquel revolucionario, que al tratar de pegar fuego á un edificio, le hicieron saber que se trataba de una biblioteca pública y contestó que él no sabía leer.
El que en plena paz hace uso de la tea para destruir la propiedad creada, á fuerza de trabajo y de afanes, es un ser desgraciado que no cabe en ninguna sociedad, ni ha tenido nunca nada, ni espera vivir más que de la holganza, pues si tuviera la virtud del trabajo, no destruiría la propiedad que se lo ha de proporcionar.
La destrucción y la ruina que no sembraron los potentes cañones de la armada y ejército americano, han venido á sembrarla en plena paz los que debieran ser más interesados en que no se agotaron las fuentes del trabajo, y esto da una tristísima idea de lo que podemos esperar, y de aquí el pesimismo desconsolador que desalienta mi alma, pues observo con pesar, que más veces nos hemos presentado en extremo serviles y otras como verdaderos salvajes.
No hay que olvidar ni por un momento que las autoridades militares que hoy nos rigen, han de ser las que informen de nuestro estado de cultura al Gobierno de Washington y esta será la norma en aquel se inspire para nuestro futuro gobierno, que en mi concepto, seremos por mucho tiempo colonia gobernada militarmente, pues antes de la llegada de los americanos, con el ensayo de autonomía que tuvimos y después que ellos llegaron, con esperanzas de más libertades, hemos probado en cien ocasiones, que carecemos de educación político-social y que estamos inhábiles para vivir la vida de los pueblos libres.
Esta es mi opinión franca y sincera, que si ruda y desagradable, se me perdonará en gracia de la honradez con que la expongo en bien del pueblo de cuyo seno procedo.
Recapacite nuestro pueblo á fin de que se enmiende de pasados errores, que de repetirse, pueden hacernos dar un paso atrás y ser de fatales consecuencias para el porvenir: vuelva sobre ellos y piense que por la senda emprendida no se va más que al descrédito de nuestra personalidad, que puede ser anulada para todo, en tanto que la de los españoles, en breve tiempo tendrán aquí su representante, y como extranjeros, disfrutarán de la misma consideración, del mismo respeto, y de la misma seguridad personal para ellos y para sus intereses, que disfrutan en New-York y otras ciudades de la Unión, donde son acojidos como elementos valiosos de la sociedad, por sus hábitos de trabajo y de economía.
Si en esta nueva evolución nos estacionamos ó retrocedemos, se puede asegurar que seremos arrollados, mientras que si la actividad y el trabajo es nuestra norma, nos tenderán la mano para sacarnos adelante y llevarnos en su compaña.
Hoy es necesario olvidarse de lo pasado y tener muy presente que en la batalla de la vida nos han asaltado las fuerzas de una raza superior á la nuestra, y en vez de perder el tiempo en ruines venganzas y en mezquinas rencillas, es necesario disponer el ánimo y emprender resueltamente la lucha por la existencia, á fin de que si en ella sucumbimos, que sea cumpliendo el deber.