HONORES FUNEBRES.
El Domingo á las 11 de la mañana fueron llevados al Cementerio del Norte los restos mortales del Dr. D. Vicente Lopez.
Seguía al ataud una larga fila de carruages conduciendo lo mas distinguido de esta sociedad, que espontáneamente acudia á rendir el último tributo de respeto ó de amistad al ilustre finado.
Terminadas las preces religiosas el Dr. D. Juan Maria Gutierrez pronunció sobre la tumba el bello y sentido discurso que insertamos en seguida. El Sr. D. Mariano Varela dijo en seguida algunas palabras muy oportunas, y otro caballero tomó tambien la palabra para hacer el elojio del varon justo que despues de tantos servicios á la Patria, ha ido á descansar en el seno de su Creador.
(El Orden del 14 de Octubre de 1856.)
Discurso
Pronunciado por el Dr. D. Juan M. Gutierrez, en el sepulcro del Doctor Don Vicente Lopez.
Señores!!
La muerte no ha completado su triunfo sobre el hombre que aquí yace. La tierra ha caido sobre sus restos, pero no el olvido. Las jeneraciones argentinas al sucederse unas á otras, trasmitirán á la mas remota posteridad el nombre, las virtudes, el patriotismo y el claro talento del Sr. Dr. D. Vicente Lopez y Planes.
El que narrase la vida tan llena y completa de este varon benemérito, haria á la vez la historia laboriosa de nuestra patria desde los primeros años de este siglo. El fué uno de esos séres privilejiados que recibieron de la Providencia las dotes necesarias para emprender la obra de la rejeneracion de América. El pertenece á esa jeneracion denodada que en los campos de batalla, en las asambleas, en los consejos del gobierno, por medio de la accion y de la palabra, estaba destinada por Dios para transformar una colonia en una nacion independiente.
En diferentes climas de este mundo, mi corazon se conmovió siempre, como el corazon de un hijo cuando una de esas almas bien templadas remontaba al cielo. En este momento yo lamento la pérdide de uno de los padres de mi patria y tambien de mi inteligencia. A este último título, escusadme, señores, si ante esos lábios elocuentes que ha enmudecido el sueño eterno, se atreven á abrirse los mios. Yo no soy capaz ni siquiera de comprender todo el valor moral de ese republicano segun el evangelio; de ese justo acrisolado por la filosofia; de esa cabeza escojida é indagadora que tras las huellas de Newton sabia seguir el curso de los astros, y cantar inspirado como Fr. Luis de Leon sus misterios y sus armonias reveladas por el sentimiento de lo infinito.
Señores, somos argentinos: somos hombres de amor, de sentimiento y de entusiasmo. Estas magnificas cualidades hervian ardientes en el alma del Dr. Lopez: él fué nuestro compatriota por escelencia. Nuestro amor debe derramarse á torrentes sobre su tumba como nuestras lágrimas.
Las fuerzas morales tuvieron para él en las dificultades de la vida, dos fuertes columnas de apoyo la relijion de sus padres y la relijion de la Patria.
Le habeis conocido, Señores: Aquel manso filósofo, cuya palabra escojida, mesurada, armoniosa, acariciaba amorosamente el oido de quien la escuchaba; aquel cristiano que amaba al prójimo como á si mismo; aquel hombre de paz que estudió por inclinacion la ciencia de distribuir la justicia,—ese mismo fué un guerrero intrépido y audaz cuando el peligro de la patria puso una espada en sus manos de ciudadano. Las insignias de maestro en leyes, le fueron colocadas en la Universidad de Chuquisaca sobre el uniforme de capitan de Patricios con que se habia distinguido en las famosas acciones de guerra de 1806 y 1807, en las calles y suburbios de la ciudad que tanto amó.
Bautizado por los peligros en la religion de la gloria, la gloria estará siempre desvelada sobre su tumba.
El Dr. Lopez fué una de esas criaturas á quienes Dios tanto ama, que los identifica con su patria, dándoles un instante de inspiracion para que en él reasuman y den forma al instinto característico de esa mísma patria en toda su prolongada duracion.
La noble igualdad de la democracia; el presentimiento de la realidad de la independencia en el albor de la lucha que habia de conquistarla; la fé en la libertad, todas estas aspiraciones realizades mas tarde á fuerza de sangre y de heroismo, él las impuso como de fé á su pueblo y al mundo, desde los primeros dias de nuestra revolucion en las magníficas estrofas de la marcha nacional argentina. Himno sagrado que repetimos en las grandes conmemoraciones patrias, puestos en pié y con la cabeza descubierta por respeto á la santidad de los conceptos y á la sangre de nuestros mártires:—¿Cuánto no habrá contribuido á alentar el esfuerzo de nuestros viejos soldados desde las márjenes del Plata hasta los torrentes del Ecuador? Vosotros, señores, conoceis las emociones que en la niñez y en la edad madura produce en todo pecho argentino ese himno para nosotros inmortal. Yo he comprendido todo su poder y toda su influencia cuando me he sentado á la orilla del Maipú y á las faldas del Pichincha. El agua que corria, la brisa que pasaba por mis cabellos, me traia los versos patrios del poeta como si saliesen de las tumbas de nuestros guerreros que pelearon allí por la libertad de dos republicas hermanas. Ah! señores, el molde en donde se vaciaron tan sublimes y armoniosos pensamientos tiene ya en esa fria tierra la almohada de la noche sin dia siguiente.
Ah! y cuán sin vanidad era en medio de una gloria tan envidiable! El prémio de merecerla, consistia, para él, por bendicion del cielo, en encontrarse estimulado para obrar bien, para amar mas, y para sentirse impelido hácia la juventud en quien miró siempre la prolongacion de la patria. El estudiaba para enseñar, y enseñaba no solo para cultivar la mente sino para elevar los sentimientos del corazon sobre el orgullo del espíritu tan propenso á sublevarse en la edad de la inexperiencia. El alma del Dr. Lopez era de aquellas que buscan el estudio como medio de perfeccion moral: la encendia en el fuego de la ciencia para que se levantase hácia arriba como una llama. Esa alma de poeta jamás se materializó al investigar las leyes del mundo físico y al someter esas mismas leyes al cálculo matemático. La fuerza atrayente de su moral, subordinaba en ella todo lo creado de que tenia conciencia y conocimiento, y armonizando lo que se palpa con lo que únicamente se concibe, lo devolvia á Dios en un himno cuya sintesis segun él mismo se encerraba en estas tan sublimes como sencillas espresiones: hágase, señor, tu voluntad así en la tierra como en el cielo.[18]
Su voluntad se ha realizado—un justo mas está á su diestra....
Adios, mi venerado compatriota! Adios para siempre, maestro y amigo mio! Permitidme que al separarme de vuestro sepulcro, diga para vos, lo que dijisteis elocuentemente en este mismo sitio sobre la tumba de otro sabio y virtuoso porteño: “Adornemos tu sepulcro con rosas y siempre-vivas y mientras existan tus discípulos y amigos, y mientras haya amantes de la gloria literaria de Buenos Aires, serás nombrado y alabado como un digno modelo.
Semper honos, nomenque tuum laudesque manebunt.”[19]
Eneid. lib. 1, v. 609.