CAPÍTULO III
Relaciones entre América y Europa durante la Edad Media.—Los vascos españoles y franceses.—Los ingleses o irlandeses.—La Islandia.—Escritores modernos.—Los Sagas.—Las crónicas.—El irlandés Gunnbjorn.—Erico el Rojo en Groenlandia.—Biarne en Groenlandia.—Leif en Helluland, Markland y Virland.—Thorwall: sus expediciones; su muerte.—Expedición de Thorstein y Thorfinn.—Thorfinnsbudi.—Lucha entre groenlandeses y esquimales.—¿Eran las mismas regiones las visitadas por Leif y Thorfinn?—Gudrid en Roma.—Expedición de Freydisa el 1011.—Otras expediciones.—Autenticidad de los Sagas.—La religión católica en el Nuevo Mundo.—Los obispos.—Los diezmos de los colonos de Vinlandia.—Las colonias.—Interrupción de las relaciones entre normandos y americanos: sus causas.—Correspondencia de lugares antiguos con los modernos.—Estatua erigida en Boston a Leif.—Trabajos arqueológicos.—Casas descubiertas en Cambridge.—Leif y Colón, según Fastenrath.
Dáse en nuestros días como cosa cierta la comunicación de América con Europa durante los Tiempos Medios. Cuéntase que los vascos españoles y franceses, persiguiendo a la ballena en los mares del Norte, descubrieron las islas y costas de la América Septentrional. Creen Gaffarel y Marmette que la nomenclatura castellana de Labrador y Tierra de labor, patentiza su hallazgo por vascos españoles, y respecto a Terranova, muchos nombres geográficos de dicha isla acusan origen éuskaro. Rognouse se asemeja a Orrongne, villa situada cerca de San Juan de Luz; Cabo Raye, quizás proceda del vocablo arráico; Cabo Bretón, es el nombre de un pueblo inmediato a Bayona; la palabra Gratz (promontorio), se deriva de la voz Grata. Vlicillo, ophoportu, portuchna y otras revelan su origen vascongado. Las muchas denominaciones geográficas de procedencia vasca que se conservan en Terranova y en la región francesa del Canadá, algunos determinados rasgos de sus moradores, la circunstancia, por demás importante, del largo tiempo que en los citados países se habló la lengua vascongada, y cierta simpatía entre los colonos franceses de aquellas comarcas y los españoles, hacen sospechar, con fundamento, si pescadores vascos y franceses, allá en tiempos lejanos, visitaron y poblaron alguna parte de la América Septentrional[129].
Los ingleses o los irlandeses, ¿poblaron las Indias del Norte? Dice Hornio que los ingleses, a causa de las guerras civiles en la Inglaterra Occidental, abandonaron el país (por el año 1170, o por el 1190), y llegaron al Canadá. En otra parte, el mismo Hornio refiere que los ingleses, cuando los sajones se apoderaron del territorio en que ellos vivían, pasaron a las Indias y las poblaron. También han presumido algunos autores que los indios descienden de irlandeses. Cotejando las lenguas y costumbres de algunos pueblos del Norte de América con las de los ingleses e irlandeses, se ha venido a deducir que las diferencias no son muchas ni importantes[130]. Fijándonos en los irlandeses, nada tendría de particular que fueran al Nuevo Mundo, no sólos, sino después de su estancia más o menos larga en Islandia, y formando parte de las expediciones de los irlandeses. Las islas británicas, y en particular Irlanda, la verde Erin, gozaron siempre fama de pueblos aventureros y marítimos. Las costas de Hvitramannaland, que algunos llaman Irland-it Mikla, fueron pobladas—según algunos autores—por irlandeses. Dicho lugar está colocado al poniente de Irlanda e Islandia, esto es, en dirección de América. Rafn, en sus Antiquitates americanæ, escribe: Hanc putant esse Hvitramannaland (Terra Hominum alborum) sive Irlandiam Magnam. Al paso que Rafn colocaba a Irland-it-Mikla en la parte meridional de los Estados Unidos, tal vez en la Florida, Beauvois declara, sin duda alguna con más acierto, que la verdadera posición de dicho país se halla mucho más al Norte, ya en la isla de Terranova, ya sobre la orilla de San Lorenzo.
Comenzaremos haciendo notar, pues es asunto importante, que, ya monjes de la iglesia anglo-latina e hijos de San Patricio de Irlanda, ya religiosos de la iglesia cristiana fundada por San Colomba de Escocia, llegaron (siglos vii y viii) a las islas bañadas por el Atlántico y conocidas con los nombres de Hébridas[131], Oreadas[132], Shetland[133], Feroe[134] e Islandia[135]. Todo esto debe ser cierto, por cuanto parece probado que los normandos, antes de colonizar a Islandia, vieron allí hombres que llamaban Papas, tal vez cristianos, los cuales vinieron por el mar de las comarcas de Occidente. Los citados normandos, al llegar a Islandia, encontraron libros irlandeses, campanas, cruces y otros muchos objetos, pudiendo deducirse que eran vestmannos, esto es, hombres occidentales[136].
La Islandia de Olaus Magnus (1539).
Algunos autores, después de estudiar la proximidad de Islandia (grande isla dinamarquesa de Europa, en el Océano Glacial Ártico) con Groenlandia (vasta comarca insular al Norte de América), han creído que en los tiempos cuaternarios se comunicaban el Antiguo y el Nuevo Mundo, por la parte de Occidente. Nosotros tenemos como cosa probada, que Europa estuvo en relaciones con América durante el siglo x y comienzos del xi. Si el doctor D. Diego Andrés Rocha, oidor de la Real Audiencia de Lima, escribió, en el año 1681, curioso libro, afirmando que entre los nombres indígenas del Perú antiguo y los de varios pueblos de Europa, existían muchas y notables semejanzas, en nuestros días se han escrito obras de reconocido mérito que tratan de la misma materia. A Francia se debe la de Mr. Beauvois, intitulada Decouvertes de Scandinaves en Amérique du Xe au XIIIe siècle, 1859; la de Mr. Gravier, Decouverte de l'Amérique par les Normands au Xe siècle, 1874, y la de Mr. Gaffarel, profesor de la Facultad de Letras de Dijon, y cuyo título es Histoire de la decouverte de l'Amérique, depuis les origenes jusq'a la mort de Cristophe Colomb, 1892. Llaman la atención, entre los norteamericanos, Eben Norton Horsford, Discovery of América by Northmen, 1888, y The problem of the Northmen; B. F. de Costa, Decouverte de l'Amérique avant C. Colomb par les hommes du Nord, 1869, y The Icelandic Discoverers of América, 1888.
En la Edad Media—según unos escritores en el siglo xii y según otros en el xiii—se escribieron los Sagas[137], relaciones históricas y a veces legendarias de la antigua Escandinavia (hoy Dinamarca, Suecia y Noruega), que los poetas y cantores recitaban en las reuniones públicas y en el seno de las familias. Recordaremos que en la segunda mitad del siglo ix, cuando el terrible Haroldo Haarfager, después de vencer en la famosa batalla de Hafursfiord, reunió bajo su cetro la Noruega, muchos nobles y distinguidas familias se retiraron a Islandia (Isla del hielo), buscando una libertad que no encontraban en su desgraciado país. Organizóse en Islandia un gobierno republicano dotado de instituciones religiosas y políticas, análogas a las de la metrópoli. Respecto a la cultura no huelga decir que la lengua danesa alcanzó extraordinario desarrollo, la poesía se cultivó con entusiasmo, las letras y las artes llegaron a un verdadero estado de perfección. Adoptaron, como era natural, los mismos usos y costumbres que habían existido en su antigua patria antes de la tiránica dominación de Haroldo.
Del mismo modo que los normandos visitaron a Islandia,—isla que, por su posición geográfica, es más americana que europea,—también, en pequeños barquichuelos, recorrieron las costas occidentales y meridionales de Europa, no sin decir orgullosos en sus cantos que el huracán estaba a su servicio y los arrojaría donde ellos quisiesen hacer rumbo.
Con la emigración de Noruega a Islandia aumentó en este último país la afición a las tradiciones maravillosas. Los islandeses, recorriendo anualmente las costas del Báltico y de Noruega, ora para recoger en su antigua patria una herencia, ora por gusto de visitar a sus parientes o amigos, renovaban la memoria de sus tradiciones. A su vez, el mercader noruego iba a Islandia a vender los productos de su suelo natal y a comprar las lanas y el pescado de los mares islandeses. Llegaba en el otoño y no se volvía hasta la nueva estación. Durante su estancia era acogido en una cabaña (bar) islandesa, y allí, durante las largas noches de invierno, refería sus viajes y peligros en los mares, y también las hazañas de los héroes noruegos. Por su parte, el islandés que salía de su patria, después de recorrer dilatados países, regresaba a su ahumada choza, donde, rodeado de sus compatriotas, contaba lo que había visto y admirado. También, cuando llegaba un barco, acudían todos, deseosos de saber noticias de Noruega, o de Dinamarca y Suecia. «De modo que las tradiciones de toda la Escandinavia se depositaban todos los años, como en un archivo de familia, revistiéndose de aquella vaguedad e idealismo que les comunicaba la distancia, y conservando, aun con mucha posterioridad, aquel carácter primitivo, que se hallaba alterado en el continente por el roce con los pueblos alemanes»[138].
Dichas tradiciones dieron origen a otros sagas o canciones históricas, recogidas por cantores de país en país, ya en la choza del pescador y ya en la tienda del guerrero, ora en la casa del magnate y ora en el palacio del príncipe. Tales cantores, aunque no gozaron de la fama de los bardos[139], se les acogía, sin embargo, cariñosamente en todas partes. Los sagas, sencillos en la forma y en el fondo, transmitidos de padres a hijos o de vecino a vecino, son—según Torfeo—187. Pueden considerarse como el libro de las familias. El islandés, a la luz de la lámpara alimentada por la grasa de la ballena, y rodeado de su familia y criados, leía los Sagas, acompañando la lectura con explicaciones y comentarios. La joven lechera los leía durante el invierno en los establos, y cuando asomaba la primavera en las dehesas. Las paredes de las casas, las entalladuras en madera o en acero, y los bordados de los tapices, reproducían escenas de los Sagas[140]. Refiere Marmier, que hallándose estudiando en Reykiavit el Saga, de Nial, le sorprendió la hija de un pescador, la cual le dijo: «Ah, yo conozco ese libro que he leído muchas veces cuando era niña», y al punto dió noticia de los pasajes más bellos de la obra. Tiene razón Marmier al exclamar: «¿Sería posible encontrar una artesana de París que conociese, por ejemplo, la crónica de Saint Denis?» Prueba todo esto que los islandeses conservaron sus tradiciones y las transmitieron oralmente, hasta que las escribieron y emplearon con ellas los caracteres romanos.
Nosotros, después de haber leído los libros modernos que tratan del asunto, como también las crónicas de Adam de Bremen (1043-1072), Ari Thorgilson (m. 1148), el Ladnama y Nicolás de Thingeyre, somos de opinión que los normandos islandeses fueron los primeros europeos que visitaron la América.
Por el año 920, el islandés Gunnbjorn descubrió unas islas situadas entre Islandia y Groenlandia, las cuales tomaron el nombre de su descubridor y que desaparecieron en 1456 a causa de erupciones volcánicas. En el mapa de Ruysch (1508), se lee la siguiente leyenda: «Insula hec in anno Domini 1456 fuit totaliter combusta»[141]. Erico el Rojo, desterrado de Islandia por haber cometido un homicidio, se lanzó, por el año 985 o 986, a descubrir tierras, siguiendo los pasos de Gunnbjorn: logró percibir la costa oriental de Groenlandia en el grado 64 de latitud septentrional, continuó su viaje por el Sur, dobló el cabo que los antiguos islandeses denominaban Hvarf, y hoy llamamos Farewell, viniendo, por último, a fijar su residencia sobre la costa occidental, en el fiord[142] de Igaliskko, que denominó, para perpetuar el nombre de su persona, Eriksfiord. Allí comenzó la construción de vasto edificio, adosado a una roca, y que llamó Brattahlida. Volvió Erico el Rojo a Islandia con objeto de estimular a sus compatriotas que le siguiesen hacia el país que él denominaba Tierra Verde, que no otra cosa significa Groenlandia[143]. En el mismo año que Erico regresaba a Brattahlida, 35 navíos islandeses se dirigían a Groenlandia, llegando a su destino sólo 14, pues los restantes se habían perdido a causa de las tempestades y borrascas del Océano. Con los islandeses que lograron salvarse fundó Erico una colonia, la cual, dos siglos después, contaba con 8.400 individuos, y según otros, con 10.000, distribuídos en 280 establecimientos.
Por el año 986—cuentan los Sagas del Códice Flateyense el intrépido joven Biarne, hijo de Heriulf, salió de Noruega en busca de su padre, que moraba en Islandia. Cuando al llegar a Islandia recibió la noticia de que su padre había marchado con Erik hacia las regiones occidentales, sin descargar la nave, emprendió el mismo camino, encontrando al poco tiempo una tierra donde se levantaban pequeñas colinas y se hallaban bastantes selvas. A las veinticuatro horas de navegación divisó una llanura poblada de árboles, pasados tres días pudo distinguir una isla cubierta de nieve y grandes masas de hielo, y, últimamente, a los cuatro días, tuvo la dicha de llegar a Groenlandia, siendo recibido con grandes muestras de cariño por su padre y por Erik.
Regresó Biarne a Noruega, y si damos crédito a modernos escritores, especialmente a Yeclercq, las comarcas recorridas por el famoso marino debieron ser las de Nantuket, Nueva Escocia y Terranova. Gravier afirma que fueron las cuatro comarcas de Nueva Inglaterra, Nueva Escocia, Terranova y golfo de Maine; y Geffroy, no sólo declara que llegó a las costas de América, sino que descubrió el río San Lorenzo. Parece verosímil que el continente encontrado por Biarne y sus compañeros fuese, ya las costas del Labrador, ya las de los modernos Estados Unidos, y por lo que respecta a la isla, podría corresponder, según la autorizada opinión de Gaffarel, a Terranova o a cualquiera de las situadas en los Estrechos de Davis y de Hudson. Dedúcese todo esto por el probable derrotero del viaje, y también por la posición y caracteres de las tierras indicadas[144]. Llegase o no Biarne a las costas americanas o del Nuevo Mundo, su nombre figurará siempre entre los intrépidos navegantes.
El nunca bastante alabado Leif Erikson, hijo de Erico el Rojo y que vivió en la corte de Olaf u Olaw I de Noruega (996-1000) fué el continuador de la obra de Biarne. Cuando la mayor parte de las naciones o pueblos de Europa se hallaban sobrecogidos de espanto y de terror porque se aproximaba el año 1000, tristísimo año 1000, que llevaba consigo el fin o acabamiento del mundo y, por consiguiente, la muerte de la humanidad; cuando el rey Olaf, recién convertido al cristianismo, hacía difundir su religión por todos sus Estados, el marino Leif acometió la empresa desde las regiones más septentrionales de Europa, de buscar, surcando el Atlántico, los países que sus predecesores Gunnbiorn, Erico el Rojo y Biarne habían descubierto, pero no explorado. Leif, en un barco que compró y seguido de 35 hombres, se lanzó al Océano, y después de grandes trabajos, llegó a una región llana, pedregosa, desolada y cubierta en muchas partes por montañas de nieve, a las cuales dió el nombre de Helluland (Tierra pedregosa) y habiendo encontrado luego inmensas y dilatadas selvas, llamó aquella tierra Markland (Tierra de los bosques). A los dos días de navegación llegaron los normandos a una isla, separada del continente por peligroso estrecho. Descubríanse en la parte continental corrientes aguas, saliendo de tranquilo lago. Decididos a permanecer en aquellos lugares durante el invierno, levantaron barracas de madera, a las que dieron el nombre de Leifsbudir (Casas de Leif). El clima era dulce, la tierra se hallaba alfombrada de hierba, y en el río y el lago abundaban salmones. Cuando terminaron los modestos trabajos de edificación, los inmigrantes se dedicaron a reconocer el país, con cuyo objeto salían en grupos, no sin que el jefe les ordenara la vuelta al acercarse la noche. Tardó un día más de lo justo uno de los expedicionarios, alemán de origen, llamado Tyrker, amigo desde la niñez de Leif. Como el citado jefe reprendiese su tardanza, contestó Tyrker lo que sigue: «No me fuí tan lejos como suponéis; en cambio os traigo algo nuevo, porque he encontrado viñas cargadas de uvas.» Por esta razón Leif puso al país el nombre de Vinland (Tierra del vino). Llegada la primavera, Leif determinó regresar a su patria, cargando la nave de pieles, maderas y uvas. Todos sus compatriotas alababan el valor y la fortuna de Leif[145].
Fototipia Lacoste—Madrid.
Leif Erikson.
Cuando corría el año de 1002, Thorwald, otro de los hijos de Erico, aceptando los consejos de su valeroso hermano Leif, acompañado de 30 hombres, se lanzó a la mar y llegó a las barracas de Leifsbudir, donde pasó el invierno. Durante la primavera se dedicó a recorrer la parte meridional de Vislandia, encontrando pequeñas y pintorescas islas, siendo la mayor de todas la que a la sazón llamamos Longisland. Durante el otoño regresaron a Leifsbudir. En el verano siguiente Thorwald y algunos de los suyos emprendieron la exploración de las costas septentrionales. En la costa y sobre la arena hallaron tres canoas de mimbres y en cada una de ellas tres hombres, los cuales ocho perecieron a manos de los normandos, logrando sólo escapar uno. Irritados los esquimales con semejante crueldad, cayeron sobre Thorwald y los suyos, teniendo el jefe de los normandos la desgracia de morir de un flechazo, habiendo antes encargado a sus compañeros que le enterrasen en aquel sitio y pusiesen dos cruces sobre su tumba; en lo futuro el cabo se llamaría Krossanes (Promontorio de las cruces). Thorwald fué el primer europeo que murió a manos de los americanos.
Los compañeros de Thorwald, temiendo mayores venganzas de los esquimales, y habiendo cumplido las órdenes que les había dado el difunto jefe, abandonaron, en el año 1005, aquellos lugares, y, cargando el barco de productos del país, volvieron a la patria, donde contaron los sucesos que les habían ocurrido, y muy especialmente la muerte del valeroso caudillo.
Poco después un hermano de Thorwald, llamado Thorstein, acompañado de su mujer, la inteligente Gudrid, y de 25 marinos, organizó la tercera expedición, que fué más desgraciada que las anteriores. Contrarios vientos les desviaron de su camino, y hasta la entrada del invierno no pudieron arribar a Lysufiord, donde los recibió con generosa hospitalidad un cierto Svart, en cuya casa cayó enfermo y murió Thorstein, siendo sus cenizas trasladadas en el buque por la viuda y Svart hasta Eriksfiord: allí tuvieron cristiana sepultura.
Por entonces (1002) llegó a Groenlandia rico noruego, descendiente de reyes, que se llamaba Thorfinn o Karlsefn—pues con ambos nombres se le conoce—el cual, con beneplácito de Leif, se hospedó en Brattahlida, y por cierto, que habiéndose enamorado de Gudrid, contrajo con ella matrimonio. Thorfinn hizo armar una flotilla de tres naves, dotadas de 160 individuos, algunos de ellos mujeres, varios animales domésticos y abundantes provisiones. En la primavera del año 1007 partieron de Eriksfiord, y, ayudados por favorables vientos, lograron divisar a las veinticuatro horas de navegación los picos de Helluland, llegando a Markland, país de exuberante vegetación; recorrieron en vano varios sitios buscando la tumba de Thorwald, pasaron el cabo Kialarnés, encontrando luego dilatada extensión de dunas, vastos desiertos y estrechas riberas, a cuyas playas llamaron Jurdustrandir (Playas maravillosas)[146]. Luego que Thorfinn tuvo la satisfacción de que dos de sus compañeros que habían salido a recorrer las costas volviesen con grandes racimos de uvas y espigas de trigo silvestre, penetró en una bahía grande y en seguida en una isla abundante de plumas y huevos de eiders (ánades), que llamó Straumey (Isla de las corrientes). En la citada bahía, que denominaron Staumfiord (Bahía de las corrientes), fundaron una colonia. Cuando llegó la primavera se dedicaron a cultivar los campos, a la pesca y muy especialmente a la construcción de barracas que les sirvieran de alojamiento.
Tipo esquimal (Estrecho de Behring).
Grave contrariedad fué que les sorprendiese el invierno desprovistos de caza y de pesca; pero la dificultad mayor consistió en el disentimiento y enemiga entre el marino Thorhall, piloto de una de las embarcaciones, y Thorfinn. Cada uno tomó diferente camino. Thorhall, deseando volver a su patria, tomó rumbo hacia Europa, arribando a las costas de Irlanda, donde—según dicen—murió en esclavitud. Thorfinn continuó sus exploraciones, en busca siempre de Leifsbudir, llegando, no sin muchos trabajos y estableciéndose enfrente de la colonia de Leif, con cuyo objeto levantaron diferentes casas, que por el nombre de su fundador recibieron el de Thorfinnsbudir.
A los quince días de establecerse en aquel país, apareció la bahía cubierta de botes tripulados por esquimales. Dichos esquimales bajaron a la costa y luego que contemplaron a los hombres blancos, se retiraron. Volvieron en la primavera de 1008 y eran tantos los que tripulaban las muchas canoas, que la bahía parecía hallarse cubierta de carbón. Groenlandeses y esquimales entablaron relaciones de comercio; los primeros dieron a los segundos vistosas telas encarnadas y vasos de leche, en cambio de pieles, cestas de mimbre y otras cosas. Pronto—por causas que desconocemos—la guerra sucedió a la paz. Ya Thorfinn había tenido un hijo de Gudrid y ya los normandos vivían tranquilos en sus posesiones de Vinlandia. Entonces, los skrelings, se lanzaron a la lucha, y aunque al principio lograron algunas ventajas, fueron al fin vencidos y se retiraron de Vinlandia.
Enojosa iba siendo a Thorfinn y los suyos la estancia en Vinlandia. El deseo de volver a la patria, las cuestiones surgidas entre los mismos normandos y la oposición de los naturales del país, obligaron a Thorfinn a dar la vuelta a Groenlandia, no sin que en la travesía explorase nuevos países y cogiera dos muchachos al pasar por las costas de Markland. Dijeron los jóvenes skrelings, que más allá del sitio en que fueron cogidos, había un país habitado por hombres que vestían túnicas blancas y acostumbraban llevar pedazos de tela fijos en largas varas. Estos pedazos de tela, según algunos críticos, eran estandartes o banderas. Se sospecha con algún fundamento que tales noticias debían referirse al territorio del Hvitramannaland.
En este estado nuestra narración, antes de pasar adelante, preguntamos: pero, las regiones visitadas por los ilustres viajeros Leif y Thorfinn, ¿eran las mismas? Dúdanlo con más o menos razones algunos escritores. Recordaremos, a este propósito, que el francés Nicolás Denys, lugarteniente por Inglaterra de Nueva Escocia a mediados de la centuria xvii, dió exacta noticia de la riqueza forestal del país, añadiendo que las uvas eran tan grandes como nueces moscadas y algo ácidas, porque crecían silvestres. Opinaba que si se tuviese más cuidado en la elaboración del vino, éste sería de mejor calidad o de mayor gusto. De la misma manera el trigo nacía espontáneamente en la parte sur de Escocia y también era susceptible de mejoramiento.
No tenemos duda en que lo mismo Leif que Thorfinn encontraron uvas en aquellas lejanas tierras; pero el trigo silvestre, que el segundo de aquellos navegantes halló, no debió ser tal trigo, sino arroz indiano (Tizania aquatica), producto mencionado por los viajeros que se ocupan de las plantas de la tierra de la Nueva Escocia. También puede afirmarse que Leif no vió indígenas, y Thorfinn tuvo que luchar con los skrelings, que, como antes se dijo, pertenecían al grupo esquimal.
Conviene no olvidar que de las tres naves que en 1007 hizo armar Thorffinn, y que salieron de Eriksfiord, pronto quedaron dos: una de ellas, bajo el mando de Biarne, hubo de naufragar, logrando salvarse pequeña parte de la tripulación en las costas de Irlanda[147]. En la otra nave, después de tantos trabajos, Thorffinn y su familia pudieron arribar a Groenlandia en el año 1011, trasladándose al poco tiempo a su patria, «llevando consigo tan considerable número de objetos, traídos de Vinlandia, que, según creencia de aquellos tiempos, jamás apareció en las costas escandinavas embarcación mejor provista y cargada»[148].
La noble Gudrid, al contraer matrimonio su hijo Snorre, matrimonio que le llenó de alegría, salió de Islandia y se dirigió a Roma, donde seguramente hubo de dar noticia de los descubrimientos de los normandos en las regiones ultraoceánicas. La corte Pontificia oyó con interés las curiosas e importantes narraciones de Gudrid, tal vez para aprovecharse de ellas tiempo adelante. Al regresar a Islandia la buena viuda de Thorffinn, formó el propósito de consagrar a la religión los últimos días de su vida, retirándose con este objeto a un monasterio que su hijo Snorre había hecho construir.
En el año de 1011, la célebre Freydisa, hermana de Leif, deseosa de riqueza más que de gloria, después de convencer a su débil marido Thorvard, organizó una expedición, saliendo de Groenlandia con una nave de su propiedad y las de dos ricos islandeses, en busca de las tierras que se proponían visitar. Desdichada fué la expedición, como lo fueron otras de europeos hacia las playas americanas, llamando la atención el silencio que guardan de ellas los Sagas islandeses. Probado se halla que un tal Hervador, a mediados del siglo xi, salió de Vinlandia para trasladarse a las tierras de Hvitramannaland, «y queriendo—como escribe Valle—invernar en ellas, remontó un río, deteniéndose luego al pie de espumosas cascadas, que denominó Hridsoerk; paraje que, según algunos, permite asegurar que los normandos prolongaron sus exploraciones bastante al Sur de la América Septentrional, hasta descubrir la bahía de Chesapeake, los ríos que allí desembocan y los naturales despeñaderos de aguas que se observan en Potomac, por encima de Washington»[149].
No cabe duda alguna que en el año 1135 tres groenlandeses, apasionados de aventuras atrevidas y peligrosas, se internaron en los Estrechos que a la sazón llamamos de Davis y de Baffin, llegando a la isla Kingiktorsoak o de las Mujeres, en la latitud boreal de 72° 55', en cuyo punto grabaron sobre una piedra la noticia de su estancia. Refieren los Sagas que por el año 1266 tres sacerdotes de la diócesis de Gardar, llamado uno de ellos Halldor, siguiendo la misma dirección que los anteriores, fueron sorprendidos por furiosa tempestad, consiguiendo arribar a un punto donde el sol, en el 25 de julio y día de Santiago, no se ocultaba en el horizonte, permaneciendo muy alto durante la noche y muy bajo en las horas correspondientes al día. Dichos navegantes, ¿alcanzarían el paralelo 75° 46' un poco al Norte del Estrecho de Barrow, como han pensado algunos sabios de nuestros días? Halldor y sus compañeros, ¿habrán precedido a Parry, Ross, Franklin y demás viajeros de las regiones boreales? Casi a los veinte años (1285), dos sacerdotes islandeses, Adalbrando y Thorwald Helgason, se embarcaron para Markland, llegando a un país que llamaron Nyja Land o Terranova, nombre que tiene a la sazón. Tan naturales y corrientes debieron ser esta clase de viajes, que habiendo recibido Ivar Bardson en 1347 el encargo de visitar y describir los establecimientos de los normandos en América, publicó su obra, y como cosa corriente y sabida dió noticia de aquellas regiones. Dicha obra, de inestimable valor, la publicó, primero Rafn en sus Antiquitates americanæ[150], y después Major en el año 1873[151]. Por último, viene a confirmar con toda claridad lo que decimos el siguiente hecho: también en el año 1347 llegó a Islandia una nave, con 18 hombres, procedente del país de Markland, no llamando a nadie la atención las noticias que dieron del citado país, pues eran harto conocidas y sabidas de todos.
Creemos que nadie puede poner en duda los viajes de los normandos desde últimos del siglo x o comienzos del xi en las regiones septentrionales de América. Si algunos escritores, con poco sentido histórico, han llegado a decir que los Sagas son monumentos únicamente legendarios o poéticos, les contestaremos que la crítica moderna los considera documentos de inestimable valor, lo mismo por su fondo, casi siempre verdadero, como por su sencillez y claridad.
No deja de tener también no poca fuerza, que sabios como Humboldt, Rafn, Magnussen, Kohl, Horsford, Costa, Brown, Schmidt, Loffler, Beauvois, Gravier, Gaffarel y otros, hayan declarado la autoridad histórica de los Sagas, siguiendo el mismo camino la Sociedad Real de Anticuarios del Norte, y, últimamente, el Congreso de Copenhague, celebrado el 1883.
Acerca de si los establecimientos normandos fueron o no verdaderas colonias, nada habremos de decir, como tampoco hace al caso discutir sobre el fruto de las citadas expediciones; pero lo cierto es que Europa se estuvo comunicando con América durante más de tres siglos.
Como si todos los datos expuestos fueran poco, debe consignarse que la Iglesia Romana no olvidó a aquellos lejanos países, sobre los cuales extendió la luz del Evangelio. Ora porque la famosa Gudrid diese a conocer en la corte pontificia la existencia de los citados territorios, ora porque los Papas desearan progresar y difundir la Religión cristiana en países que conocían por otros medios, lo cierto es que, desde mediados de la centuria xi, los obispos de Noruega e Islandia, y poco después el establecido en Gardar, capital de la Groenlandia, consideraron las posesiones del Vinland como una parroquia alejada de su diócesis, que frecuentemente iban a visitar.
No habremos de pasar en silencio que el obispo Jon (Juan), en el año 1059, habiendo ido desde Islandia a los territorios americanos a predicar el Evangelio, los infieles le hicieron sufrir cruel martirio. Corría el año 1121, cuando el islandés Erico Vpsi, al considerar la situación religiosa de Vinlandia, renunció a la silla de Gardar, dedicándose por completo a fortalecer a sus nuevos fieles en la doctrina de Cristo. Tal vez con este asunto tenga relación la demanda que en 1124 hicieron los colonos groenlandeses reunidos en Asamblea general para que se hiciese el nombramiento de Obispo de Gardar a favor de un cierto Arnaldo[152]. Desconocemos el resultado de las predicaciones del Obispo Erico en Vinlandia; tal vez—como dice Gaffarel—tengan su origen en las ceremonias religiosas de aquellos tiempos ciertas costumbres que persisten en algunos puntos de la América del Norte.
Del mismo modo, a nadie debe extrañar que la Iglesia procurara proporcionarse recursos, lo mismo en las próximas que lejanas diócesis, para el mantenimiento de las necesidades del culto y del clero. Es cierto que allá por el año 1276, el arzobispo Jon, con la autoridad del Santo Padre, delegaba sus funciones en tercera persona, la que había de recoger el producto de los diezmos; y el Papa Nicolás III (1277-1280), en carta escrita en Roma el 31 de enero de 1279, ratificó los plenos poderes conferidos por el Arzobispo al mencionado anónimo colector[153]. Pasados tres años, el mandatario llegó a Noruega con los diezmos de los colonos de Vinlandia, que consistían, no en metales preciosos como hubiera deseado la corte pontificia, sino en pieles, dientes de morsa y barbas de ballena. Habiendo el Arzobispo consultado al Papa lo que debía hacerse con tales cosas, contestó Martín IV (1280-1285) que se enajenasen.
Veinticinco años después, los tributos eclesiásticos de Vinlandia figuraban en la suma de las collectas y se vendieron en 1315 al flamenco Juan de Pré.
Pasamos a estudiar la organización de los normandos en Vinlandia. Hallábanse constituídos en colonias, según la respetabilísima opinión de Humboldt, de Gravier, de Eben Norton Horsford y de E. Reclus. Formaban los citados establecimientos normandos una especie de república, bajo la protección nominal de los reyes de Noruega; los colonos mantenían con la metrópoli, especialmente con Groenlandia e Islandia, relaciones frecuentes. Cambiaban las riquezas del país (maderas finas, pieles de animales, dientes de morsa y aceite o barbas de ballena), por el hierro y las armas que necesitaban; dedicábanse también la mayor parte del tiempo—pues era para ellos el medio de vida principal—a las ocupaciones de la pesca.
Desde el siglo xiv llegaron a interrumpirse o se interrumpieron del todo las relaciones entre los normandos y americanos. Contribuyeron a ello, sin duda, además de otras causas, los frecuentes ataques de los esquimales, refractarios a la civilización europea, quienes se atrevieron a atacar a los normandos en sus mismas fortificaciones. Adquirió carácter tan cruel la lucha en el siglo xv, y tantas fueron las lamentaciones de los colonos, que Nicolás V hubo de dirigir famosa Bula—en el año 1448—a los obispos islandeses para que ellos proveyesen a las necesidades de los cristianos perseguidos en Groenlandia. Señalan también los historiadores otra causa, y fué la peste negra que por entonces, habiendo ya causado numerosas víctimas en Asia y en Europa, se extendió por América y despobló a Groenlandia e Islandia, no siendo de extrañar que las últimas posesiones dejasen de enviar expedicionarios o colonos a Markland y Vinland[154]. Por último, no faltaron escritores que sostuvieron haberse interrumpido las comunicaciones marítimas entre los países septentrionales de Europa y los de América, por la formación de inmensos témpanos de hielo en la parte superior del Atlántico.
Pero dejando estos asuntos que carecen de valor histórico, diremos las dos opiniones principales acerca de lo que es hoy la antigua Helluland. Beauvois, Gravier, d'Avezac, Horsford y Gaffarel sostienen su correspondencia con la isla de Terranova; pero Humboldt, Loffler y Reclus estiman preferible referir el Helluland a la tierra de Labrador[155]. Markland fué considerada idéntica a la moderna Acadia, que los anglo-sajones pusieron el nombre de Nueva Escocia; participan de esta opinión d'Avezac, Rafn, Beauvois, Gravier, Loffler, Gaffarel y otros. De la misma manera geógrafos e historiadores asimilaron el suelo de Vinlandia a determinadas porciones del de Massachusetts (Estados Unidos); pero por lo que respecta a este particular, modernamente Loffler ha sostenido que sería más conveniente referirla a la actual Virginia. Más o menos acertadas tales correspondencias de lugares, lo único que puede afirmarse de cierto es que en la bahía de Massachusetts hicieron prolongado asiento Leif, Torwald y Thorffinn. Las casas edificadas por Leif debieron estar, según Rafn, en la desembocadura del Pocasset-River; pero el escritor contemporáneo Gaffarel las supone en el mismo sitio donde hoy se levanta la capital Nueva York. La isla descubierta por Torwald debe ser, si aceptamos la opinión de Gravier, la que llamamos Long-Island; las playas que se observaron hacia el Sur deben ser las de New-Jersey, Dellaware, Maryland y tal vez las de Virginia y Carolina. Torwald reconoció dos promontorios: el Kialarnés y el Krossanes o el de las Cruces; el primero corresponde al Cabo Cod, o Nauset de los indios, y el segundo al que lleva hoy, según Gaffarel, el nombre de Sable en la extremidad meridional de Nueva Escocia, o más bien, como afirma Gravier, el Cabo de Gurnet. Las playas maravillosas que encontró Thorffinn en su expedición, deben estar colocadas—pues esta es la opinión de Rafn y Gravier—al Sur del citado Cabo Cod, si bien afirma Gaffarel que se hallan en las costas de Nueva Escocia, donde abundan fenómenos de espejismo, como los que admiraron a los antiguos normandos; la bahía circular, famosa por sus corrientes, debe ser la de Buzzard; la isla tan abundante de huevos de liders, también pudiera ser la de Marta's Vineyard; y las casas que bajo la dirección de Thorffinn se levantaron enfrente de las de Leif, debieron estar en el sitio que los indios llamaron Mount-Haup, cerca de Taunton River. Nada, pues, tiene de particular que en Boston, ciudad próxima a los parajes citados, se haya erigido, a últimos del siglo xix, una estatua que recuerda la memoria del ilustre Leif. Debe consignarse que Eben Norton Horsford, uno de los más decididos propagandistas para que se levantase un monumento a Leif, dijo a este propósito que «no por ello se amengua en nada la gloria de Colón, que trató de resolver el problema de la redondez de la tierra», y añadiendo «que la misma ciudad de Boston patrocinará con gusto la idea de levantarle una estatua en 1892.»
Por lo que se refiere a la antigua Marklandia, en el mapa del cosmógrafo Martín Waldseemüller, cerca de la Illaverde (Groenlandia, según Storm), aparece una isla pequeña casi circular, que supone el mismo Storm sea la citada Marklandia. Por tanto, al Sur de Groenlandia se halla Hellulandia, después Marklandia y en seguida Vinlandia; las dos últimas se hallan separadas por el mar.
No contentos historiadores y críticos con las pruebas aducidas para mostrar las relaciones entre noruegos e irlandeses con americanos, pretendieron robustecer dicha teoría con demostraciones arqueológicas. En el estado de Massachusets, condado de Bristol, a la orilla oriental del Taunton-River, se levanta una roca de color rojo de 4 metros de base y 1,70 de altura, llamada Dighton Writing Rock, en cuya superficie se distinguen toscas figuras e inscripciones con caracteres misteriosos. Después de interpretaciones varias, los anticuarios daneses Rafn y Magnussen, como también Lelewell y Gravier, pretendieron descubrir caracteres rúnicos, llegando a sostener que las figuras representaban a Thorffinn, a su mujer Gudrid y al niño Snorre, que había rasgos de un navío defendiéndose del viento, un escudo blanco y marineros luchando con enemigos (skrelings). Gravier llegó a decir que los trozos escritos decían lo siguiente: «131 hombres han ocupado este país con Thorffinn.» Al paso que Gaffarel opinó que el grabado y los caracteres eran indescifrables, Horsford declaró que la crítica rechaza dicho testimonio. Lo mismo puede decirse de las ruinas de Newport, las cuales indican un edificio en forma de rotonda, hecho con piedras de granito, unidas por argamasa, y que consta de diferentes arcos, descansando sobre ocho columnas. El edificio de Newport, descubierto en Rhode-Island, se ha dicho que era de procedencia normanda, sin tener en cuenta que Benito Arnoldo, uno de los primeros colonos que vinieron, desde 1638 a 1678, mencionó en su testamento dicho edificio con las siguientes palabras: «El molino de piedra que he construído.» Por último, Horsford cree haber hallado vestigios arqueológicos de los noruegos en América (en Cambridge, población de Massachusets), los cuales consistían en restos de dos grandes casas con cinco chozas a dichas casas unidas; las primeras estaban destinadas al jefe y personas de su familia, y las segundas a los criados.
Recordaremos, pues, las siguientes palabras de Mr. Vivien de Saint Martin: «Es indudable que desde el siglo xi, cerca de quinientos años antes de Colón y de Cabot, los colonos noruegos de Islandia y de Groenlandia conocieron algunas partes de las costas del NE. de América»[156].
No habremos de terminar este capítulo sin trasladar aquí la opinión de Reclus: «Aun en la misma patria de Cristóbal Colón y de Amerigo Vespuci no hay quien ponga en duda que fueron los normandos los descubridores de la América del Norte»[157].
Dice que a fines del año 1000 descubrió Leif el Virland o País del vino. «Sea lo que fuere—añade—los escandinavos fundaron en tierra firme del Nuevo Mundo colonias regulares en un período que, según la tradición, abarca de ciento veinte a ciento treinta años. Después de haber tomado posesión del país y encendido grandes hogueras, cuyo resplandor llevara a lo lejos la noticia de su llegada, marcaron con signos los árboles y las rocas, clavaron sus lanzas en los promontorios y construyeron cabañas y recintos fortificados. Los sagas hablan del nacimiento de niños en aquellas colonias y refieren asimismo combates, en los que sucumbieron guerreros. Entre ruinas de antiguas construcciones atribuídas a los escandinavos, se han encontrado sepulcros. Los piratas normandos, como los invasores de todas las naciones de Europa que les sucedieron, asesinaron a los indígenas y lo hicieron por el sólo gusto de verter sangre: la obra de exterminio comenzó a la llegada de los blancos»[158].
Citaremos, por último, el siguiente párrafo del sabio geógrafo: «En vista de los descubrimientos hechos por las gentes del Norte en aquellas latitudes, los navegantes de la Europa meridional debieron buscar nuevas tierras hacia las regiones templadas y cálidas del otro lado del mar. Además, nunca llegó a perderse del todo el recuerdo de las primeras expediciones, o mejor, confundíase este recuerdo con tradiciones diversas. Lo mismo que los galos y los islandeses, los árabes relatan la historia de sus heróicos navegantes, los ocho almagrurim o «hermanos errantes» que salieron del puerto de Lisboa en el año 1170, jurando no regresar sin haber desembarcado en las lejanas islas de Ultramar: otros «hermanos» o compañeros, los frisones, que embarcados en Brema, llegaron hasta la Groenlandia; después, a fines del siglo xiv, dos venecianos visitaron las mismas tierras, por ellos llamadas Engroneland, y los detalles que dan, así como ciertas indicaciones hechas en sus cuadernos de navegación, dejan pocas dudas acerca de la realidad de este viaje. En fin, un polaco, Juan de Izkolno, en el año 1476, fué directamente enviado a la Groenlandia con el objeto de restablecer las comunicaciones, desde largo tiempo interrumpidas»[159].
La comunicación entre Escandinavia y las Indias durante la Edad Media, y entre España y dichas Indias en los comienzos de la Edad Moderna, recuérdanos las siguientes palabras de D. Juan Fastenrath, literato e hispanófilo alemán: «Dios ha dado Leif a la raza escandinava; pero dió Colón a la raza latina y a la humanidad entera. ¡Apreciemos y admiremos a los dos, a Leif y a Colón»[160].