CAPÍTULO XX

Primer viaje de Colón.—Incidentes más importantes que ocurrieron durante el viaje.—Disgusto de algunos marineros.—El 11 de octubre de 1492.—Rodríguez Bermejo es el primero que grita ¡Tierra!—Guanahaní (San Salvador), Santa María de la Concepción, Fernandina, Isabela (Saometo), Cuba (Juana) y Española (Haití).—El cacique Guacanagari.—Fuerte de Navidad.—Vuelta de Colón a España.—Colón en Lisboa y en Palos.—Colón en Sevilla y en Barcelona.—Breves de Alejandro VI.—Castilla y Aragón en el Descubrimiento.

Consideremos la primera expedición de Cristóbal Colón. En la mañana del 3 de agosto de 1492, después de oir misa en la iglesia de Palos, se dirigieron los expedicionarios a las naves, acompañados de sus familias y de los religiosos de la Rábida, y seguidos de muchos vecinos del pueblo, como también de Moguer y de Huelva. La bandera de la Santa María llevaba la imagen de Nuestro Señor Jesucristo clavado en la cruz[417]. En el nombre de Jesús mandó Cristóbal Colón desplegar las velas de sus naves[418]. Cuando levaron anclas[419] y las tres carabelas comenzaron a alejarse, no pocos de los que quedaban en el puerto se mofaban del futuro Almirante de las Indias y pensaban que ni él ni ninguno de los expedicionarios regresarían del viaje. Era aquél un cortejo de luto más bien que una reunión de alegres personas que despedían a sus deudos y amigos para feliz viaje. Las madres, las esposas, las hijas y las hermanas de los marineros maldecían en voz baja a ese funesto extranjero que había engañado con sus palabras a los reyes. Todo lo que se adelanta a la humanidad, lleva consigo la reprobación de los contemporáneos[420].

Sin embargo de las importantes expediciones que se habían hecho en el siglo xvi y muy especialmente los viajes de Enrique el Navegante, todavía del mar Tenebroso, como de antiguo se llamó al Atlántico, circulaban en aquella centuria preocupaciones, consejas y patrañas, capaces de infundir terror en gentes supersticiosas e incultas.

Los tripulantes de la Santa María eran 70, los de la Pinta 30 y los de la Niña 24[421]. Además de Cristóbal Colón, Almirante, que montaba la Santa María; de Martín Alonso Pinzón, natural de Palos, capitán de la Pinta, y de Vicente Yáñez Pinzón, de Palos, que mandaba la Niña, se hallaban de la familia de los Pinzones los siguientes:

Diego Martín Pinzón, el viejo, de Palos.

Bartolomé Martín Pinzón, de Palos.

Francisco Martín Pinzón, de Palos.

Arias Martín Pinzón, de Palos.

Juan Niño, natural de Moguer, dueño y maestre de la carabela Niña.

Pero Alonso Niño, de Moguer, hermano de Juan y piloto de dicha carabela.

Alonso Niño, de Moguer, hijo de Juan y maestre de la misma carabela.

Andrés Niño, de Moguer.

Francisco Niño, de Moguer.

Cristóbal Niño, de Moguer.

Bartolomé Pérez Niño, de Moguer.

Alonso Pérez Niño, de Moguer.

Diego de Arana, natural de Córdoba, alguacil mayor de la Armada.

Rodrigo de Escobedo, natural de Segovia, escribano de la Armada.

Pero Gutiérrez, repostero de estrados de los Reyes Católicos.

Alonso, de Moguer, físico.

Luis de Torres, intérprete de la expedición, que había vivido con el Adelantado de Murcia y era judío converso, conocedor del hebreo, caldeo, árabe y de otras lenguas.

Jacome el Rico, genovés.

Juan de la Cosa, de Santoña, maestre de la Santa María.

Gomes Rascón y

Cristóbal Quintero, ambos de Palos y dueños de la carabela Pinta.

García Hernandez, de Palos, físico.

Juan de Umbría y

Cristóbal García Xalmiento, ambos de Palos y pilotos de la Pinta.

García Hernández, de Huelva, despensero de dicha carabela.

Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos en tierra de Sevilla.

Rodrigo de Triana.

Juan Quintero, de Palos, llamado el plateador, piloto.

Juan Pérez Vizcaíno, de Palos, calafate.

Diego Rodríguez, de Palos.

Pedro de Soria, de Palos.

Francisco de Huelva.

Andrés de Huelva.

López, calafate.

Diego Lorenzo, de Huelva.

Pedro de Lepe, vecino de Redondela.

Domingo de Lequeitio.

Juan de Lequeitio.

Martín de Urtubia, vizcaíno.

Alonso de Morales, de Moguer.

Francisco García Vallejo, de Moguer.

Rodrigo Sánchez, de Segovia.

Maestre Diego.

Rodrigo de Xerez, de Ayamonte.

Alonso Pérez Roldán, piloto de Palos.

Pedro Terreros, maestresala del Almirante.

Pedro de Saucedo, paje de Colón.

Gil Pérez.

Pero Bermúdez, de Palos.

Rodrigo Monge, de Palos.

Hernán Pérez, de Palos.

Bartolomé Pérez, piloto de Palos.

Bartolomé Colín, de Palos.

Alonso Gutiérrez Querido, de Palos.

Juan Ortiz, de Huelva.

Sancho Ruiz, piloto de Palos.

Pedro de Villa, del Puerto de Santa María.

Bartolomé García, de Palos.

Vicente Eguía.

García Alonso, de Palos.

Pedro de Arcos, de Palos.

Juan de Xerez, de Palos.

Juan de Sevilla.

Francisco García Gallegos, de Palos.

Alonso Medel, de Palos.

Juan Bermúdez, de Moguer.

Juan de Triana, de Moguer.

Juan de Moguer.

Pedro Arráez.

Fernández.

El primer día, impelidas las carabelas por favorable ventolina, tenían la proa Sudoeste cuarto sud.

El día siguiente, sábado, todo continuó bien.

El domingo, 5 de Agosto, anduvieron 40 leguas.

El lunes, 6 de Agosto, zarparon de la isla de Hierro, la más occidental de las Canarias[422]. El viaje fué feliz. El mar estaba tranquilo, el cielo sereno y los vientos del Oeste empujaban las naves. Sin embargo, no habían transcurrido tres días desde que Cristóbal Colón salió de Palos, y ya desencajóse el gobernalle de la carabela Pinta, que era de Cristóbal Quintero y de Gómez Rascón, porque les pesaba ir aquel viaje, obligando a retrasar la expedición para poder adobar el timón en la Gomera. Después de reparar dicha carabela y de cambiar por velas cuadradas el velamen triangular de la Niña; después de renovar la provisión de agua y leña, y de tomar víveres frescos, continuaron su marcha el jueves, 6 de septiembre; pero una calma chicha les hizo estacionarse en las aguas de la Gomera. Situación tan triste duró desde el jueves por la mañana hasta el crepúsculo del sábado, 8 de dicho mes. Desde el día 9 de septiembre dispuso el Almirante contar menos leguas de las que andaba, para que la gente no se espantase ni desmayase, teniendo que reñir muchas veces a los marineros porque gobernaban mal.

Consideremos los incidentes más notables que ocurrieron a la expedición. El primero fué la llegada al mar de las Hierbas o de Sargaso; pero la turbación de los tripulantes se desvaneció fácilmente por las explicaciones dadas por los jefes. El segundo ocurrió a primera noche del 13 de septiembre y consistió en que habiendo apuntado la brújula hasta entonces al Noreste, declinó de cinco a seis grados al Noroeste, cuya declinación aumentó la mañana del día siguiente y los días sucesivos. Aunque esto asustó a los pilotos, Colón les hizo notar que «al tomar la altura de la estrella polar era preciso tener en cuenta su movimiento horario, y que la brújula se dirigía a mi punto invisible, al Oeste del polo del mundo.» Colón, pues, había descubierto la declinación occidental de la aguja. Desde el comienzo del viaje, aquella fué la primera vez que se hizo semejante observación. Pronto el temor se iba a convertir en alegría.

El 14 de septiembre dijeron los de la carabela Niña que habían visto un garjao y un rabo de junco; el 16 también pudieron ver bastante porción de hierba, porción de hierba que aumentó el 17, y en la cual encontró un cangrejo vivo, diciendo entonces el Almirante que aquellas señales eran del Poniente, «donde espero en aquel alto Dios, en cuyas manos están todas las victorias, que muy pronto nos dará tierra.» En aquella misma mañana vió un rabo de junco, ave que no suele dormir en la mar. El 18, Martín Alonso desde la Pinta, que era gran velera dijo a Colón que había visto muchas aves dirigirse al Poniente, esperando aquella noche ver tierra. El 19 vino a la nao un alcatraz o pelícano, y por la tarde los marineros vieron otro; el 20 vinieron a la nao cuatro alcatraces, un garjao y dos o tres pajaritos de tierra; el 21 vieron un alcatraz y una ballena. El 22 de septiembre distinguieron otras aves. Dice el Almirante: «Mucho me fué necesario este viento contrario, porque mi gente andaban muy estimulados que pensaban que no ventaban estos mares vientos para volver a España.»

Registremos el incidente más importante que ocurrió durante la travesía, y sobre el cual no están acordes los historiadores. El 23 de septiembre la gente continuó murmurando del largo viaje, y murmurando continuó diez y siete días más; pero el Almirante dióles buenas esperanzas de los provechos que podrían haber. El mismo Colón escribió con fecha 14 de febrero de 1493, esto es, a su regreso, «que había tenido que sufrir mucho a la ida a causa de su gente, porque todos a una voz estaban determinados de se volver y alzarse contra él haciendo protestaciones»[423]. Pedro Mártir de Anglería, en su obra De rebus Oceanis, dice lo que a continuación copiamos: «Los españoles de la expedición empezaron a comunicarse su descontento en secreto, y luego se congregaron públicamente, amenazando arrojar al mar a su jefe, porque el genovés los había engañado y conducido a su perdición.»

Washington Irving, el conde Roselly de Lorgues y otros, refieren que una sublevación de los marinos contra Colón estuvo a punto de echar por tierra el descubrimiento del Nuevo Mundo. Dicen que, contagiados del miedo, los Pinzones amenazaron con la muerte al Almirante si no volvía las proas de los barcos hacia Castilla. Los tres hermanos, el mayor sobre todo, le habían tratado con cierta rudeza y aun altanería. Pero el Diario de Colón, relato oficial de cuantos sucesos ocurrían, no refiere así los hechos. Entre las declaraciones relacionadas con el famoso motín de las tripulaciones, encontramos la de García Vallejo, que se hallaba en la carabela de Martín Alonso. «Capitanes, dijo el Almirante, ¿qué faremos que mi gente muestra mucha queja? ¿que vos parece, señores, que fagamos? Y que entonces dijo Vicente Yáñez: Andemos, señor, fasta dos mil leguas, e si aquí non falláremos lo que vamos a buscar, de allí podremos dar buelta.» Y entonces respondió Martín Alonso Pinzón, que iba por capitán así principal: «Cómo, señor: ¿agora partimos de la villa de Palos y ya vuesa merced se va enojando? Avante, señor, que Dios nos dará victoria que descubramos tierra, que nunca Dios querrá que con tal vergüenza volvamos.» Entonces respondió el dicho Almirante Don Cristóbal: «Bienaventurados seáis.» Nosotros creemos que la rebelión se redujo a murmurar y pretender el regreso algunos expedicionarios, siendo disuadidos fácilmente por Colón y los Pinzones. La rebelión, pues, careció de importancia[424].

¿Por qué murmuraron contra Cristóbal Colón los tripulantes de la Santa María? ¿Por qué no murmuraron los marineros de las otras dos naos? Las causas quedan reducidas a dos: la primera, que Colón era extranjero; la segunda, que los marineros habían emprendido el viaje, no por la confianza que les inspiraba Colón, sino por la consideración y afecto que tenían a los Pinzones. Pudo también influir en que el Almirante era altivo y orgulloso o «de recia y dura condición,» como escribe Garibay, lo cual le llevó a tratar con despego y aun con desdén a sus subordinados, pues nunca supo conquistarse el cariño de la gente de mar española.

El viernes, 5 de octubre, aparecieron señales de la proximidad de la tierra. «A Dios muchas gracias sean dadas», exclamó el Almirante. Cada vez se agitaban en el aire mayor número de aves. Continuaba siendo fácil la navegación y corrían presurosas las tres carabelas. El domingo, día 7, se creyó haber descubierto tierra. El lunes, día 8, dice Colón: «Gracias a Dios: los aires muy dulces como en abril a Sevilla, qué placer estar a ellos, tan olorosos son.» El martes, día 9, cambió algo el viento, siendo preciso mudar varias veces de rumbo. El miércoles, día 10 de octubre, la escuadrilla andaba diez millas por hora, e hizo 59 leguas durante el día y la noche. Continuaban vientos favorables; pero cuando menos se pensaba, se alborotó el mar y se levantaron oleadas inmensas que impelían con fuerza las carabelas. Anunció Colón la proximidad de la tierra, aunque su vista nada descubría a la sazón. «Aquí—según el extracto hecho por Las Casas del Diario del primer viaje—la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del largo viaje; pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo dándoles buena esperanza de los provechos que podían haber.» Y terminaba así: «que por demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con ayuda de nuestro Señor.»

Las esperanzas dadas por Cristóbal Colón a su gente se vieron realizadas en la noche del jueves, 11 de octubre de 1492. Ibase a descubrir el Nuevo Mundo, convirtiéndose en realidad los sueños del intrépido italiano [(Apéndice J)]. Cuando el reló de la Santa María marcaba las dos de la madrugada, salió de la carabela Pinta el grito mágico de ¡Tierra! dado seguramente por el afortunado marinero Juan Rodríguez Bermejo, según las declaraciones de varios testigos[425]. Sin embargo—escribe Sales y Ferré—se adjudicó Colón la pensión vitalicia de diez mil maravedís que se había ofrecido como premio al primero que viese tierra, y que pertenecía de derecho a Juan Rodríguez Bermejo[426]. Nuevo y triste testimonio de lo mucho que podía la sed de oro en el ánimo de Colón[427]. Dejamos al Sr. Sales y Ferré la responsabilidad de sus últimas palabras, de las cuales huelga decir que no estamos conformes. Washington Irving ha dicho—también en nuestro sentir con poco acierto—que no era digno y noble para Colón «el haber disputado la recompensa a un pobre marinero»[428]. Despechado Juan Rodríguez Bermejo—según se cuenta—de que la renta de diez mil maravedís se hubiese adjudicado a Colón, pasó al Africa, donde se hizo musulmán, creyendo encontrar más justicia entre los hijos del Profeta que entre los cristianos[429].

En nuestros días se ha publicado un impreso sumamente curioso acerca del particular[430]. D. F. Rivas Puigcerver, de México, cuenta que Rodrigo de Triana era judío converso y fué el primero que en lengua hebrea, dijo: ¡tierra! ¡tierra!, en la noche del 11 de octubre de 1492. Con Colón iban no pocos judíos y moriscos, forzados por los decretos de expulsión de los Reyes Católicos. Añade el Sr. Rivas que Rodrigo de Triana, cuando se adjudicó a Colón la pensión ofrecida al que primero viera tierra, pasó el Estrecho renunciando religión y patria[431].

Continuando nuestra interrumpida narración, afirmaremos que la alegría que sintieron los marineros después de sesenta y nueve días de navegación, fué inmensa. No es de extrañar que los tripulantes de la Pinta (que era la carabela más velera y siempre llevaba la delantera a las otras dos), contemplaran, cuantos iban sobre cubierta, el encantador panorama de Guanahani, isla que llamó Colón San Salvador, distante quince leguas de la que los ingleses llaman Cat (o del Gato) y una de las que forman el archipiélago de las Lucayas. D. Juan Bautista Muñoz en el derrotero de las Antillas, publicado en Madrid, año de 1890, dijo lo siguiente (pág. 805): «La isla Watling o San Salvador, que reúne las mayores probabilidades de ser la primera tierra que pisó Colón en el Nuevo Mundo...»

En la carta de Juan de la Cosa, hábil piloto que hizo con Cristóbal Colón los dos primeros viajes, y del cual hablaremos varias veces en esta obra, se ve claramente que la isla de Guanahani es al presente la de Watling. Es, pues, evidente, que la isla Guanahani, San Salvador y Watling es una misma; pero no todos han opinado lo mismo. Washington Irving creyó que San Salvador era la isla Cat (o del Gato)[432] y siguen su opinión el alemán Humboldt, el cubano D. José María de la Torre y otros. Nuestro sabio marino Navarrete[433], quiso que Colón hubiera ido a parar nada menos que a una de las Turcas. De Varnhagen, que censuró a Navarrete por su equivocación, sostuvo[434] que San Salvador era la conocida posteriormente con el nombre de Mayaguana, y hoy con el de Mariguana. Mr. G. V. Fox dijo[435], que Guanahani debió ser la isla Samaná o Cayo Atwood.

Por el rumbo que llevaba el Almirante, debió fondear cerca de la punta Suroeste de ella. Y antes de pasar adelante trasladaremos aquí las palabras que Francisco López de Gomara dijo al emperador Carlos V.

«La mayor cosa, después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y Muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las Indias.» [(Apéndice L)].

Respecto a la descripción de la citada isla, habremos de manifestar que a corta distancia de la espuma de las olas se extendían en forma de gradería hasta las alturas de la isla muchos y majestuosos bosques de árboles. Trechos sin árboles dejaban penetrar la luz en los citados bosques, viéndose allí habitaciones diseminadas que parecían grandes colmenas por su forma cilíndrica y por sus techos de hojas secas: las chimeneas asomaban por encima del arbolado y en distintos puntos. Grupos de hombres, de mujeres y de niños aparecían medio desnudos entre los troncos de los árboles más próximos a la costa, adelantándose un poco, retirándose después, y expresando siempre con sus gestos y actitudes más admiración y curiosidad que temor y miedo. Colón se dirigió con una chalupa hacia la playa, tomando posesión de la isla en nombre de los Reyes Católicos. Sobrecogidos los indígenas al ver hombres con trajes de brocado y con armas que reverberaban la luz, habían concluído por acercarse, como si secreta fascinación les empujara hacia ellos. Los españoles, a su vez, quedaban sorprendidos al no encontrar en los americanos ninguno de los caracteres físicos de las razas europeas, africanas y asiáticas. Su tinte cobrizo, su fina cabellera que se extendía sobre sus hombros, sus ojos apagados, sus femeniles miembros, su rostro confiado y sin expresión, su desnudez y los dibujos que adornaban su piel, denunciaban una raza distinta de las esparcidas por el Viejo Mundo, la cual conservaba aún la sencillez y la dulzura de la infancia. Persuadido Colón que aquella isla era un apéndice del mar de las Indias, hacia las cuales creía navegar, llamó a sus habitantes indios[436].

En el Diario de Colón, fuente única de la cual proceden todas las opiniones acerca de las primeras tierras descubiertas en el Nuevo Mundo, encontramos la siguiente noticia: «... Pusiéronse a la corda (al pairo), temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta de los lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahani... está Lesteoueste con la isla de Hierro... Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes y muchas aguas, y una laguna en medio muy grande» (sábado 13 de octubre).

El día 14 de octubre por la noche salió el Almirante de Guanahaní, llegando el 15 a las islas de Santa María de la Concepción (hoy Concepción y Cayo Rum). El 16 de octubre, ya cerca del mediodía, dejó el Almirante la isla de la Concepción y fué a fondear cerca de la punta SE. de la isla Fernandina, que es la Cat de los ingleses. El miércoles 17 salió Colón costeando la isla Fernandina y fondeó al obscurecer del 18 en la punta del SE. (Punta de Colón). El viernes 19, al amanecer, levantó anclas y a las tres horas de navegación vió la isla llamada Saometo por los indios y que él puso el nombre de Isabela. También a la Isabela se le dió el nombre de Larga. Desde el 20 de octubre que fondeó en dicha isla, hasta el 24, se ocupó en reconocerla. Refiere el mismo Colón que el 21 salió con sus capitanes a ver la isla; «que si las otras ya vistas—dice—son muy fermosas y verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledas y muy verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arbolado en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes y las yerbas como en el Abril en el Andalucía; y el cantar de los pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los papagayos que obscurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras, que es maravilla...» Más adelante añade: «También andando en busca de muy buena agua fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente della, como nos sintieron dieron todos a fugir, y dejaron las casas y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte; yo no dejé tomar nada ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a nos unos hombres dellos y uno se llegó del todo aquí: yo di unos cascabeles y unas cuentecillas de vidrio, y quedó muy contento y muy alegre, y porque la amistad creciese más y los requiriese algo le hice pedir agua, y ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas llenas, y folgaron mucho de dárnosla, y yo les mandé dar otro remalejo de cuentecillas de vidrio, y dijeron que de mañana venían acá.» Después de adquirir noticias de los isleños, los cuales le dijeron que hacia el Sudoeste encontraría una isla muy grande que se llamaba Cuba[437], en la cual abundaba el oro y especerías y naos grandes y mercaderes, levantó las anclas. Desde la media noche del 24 hasta la tarde del 25 se mantuvo Colón a la vela, huyendo de los peligros y costeando los bajos, que son muchos en aquellos lugares. El 27 del dicho mes de octubre dirigió sus naves al Sudoeste y vió tierra al anochecer del mismo día, entrando el 28 por la mañana en un río muy hermoso y muy sin peligro de bajas ni de otros inconvenientes, y recalando—según todas las señales—en el puerto de Gibara (Cuba)[438]. Permaneció algunos días y recorrió varios puntos de la isla de Cuba, a la que él dió el nombre de Juana, por honor—como se dijo en el capítulo XVIII—al príncipe D. Juan, primogénito de los reyes.

El día 5 de diciembre llegó a la isla Haití, que él denominó la Española y que también lleva el nombre de Santo Domingo. El 14 de diciembre salió del Puerto de la Concepción y llegó a la Isla de la Tortuga que—según Colón—«es tierra muy alta, pero no montañosa, y es muy hermosa y muy poblada de gente como la de la Isla Española, y la tierra así toda labrada, que parecía ser la campiña de Córdoba». Refiriéndose a la Isla Española escribe Colón lo siguiente: «Era cosa de maravilla ver aquellos valles y los rios y buenas aguas, y las tierras para pan, para ganado de toda suerte...» Cariñoso fué el recibimiento que el cacique Guacanagari, que mandaba en aquellas costas, hizo a Colón. Envióle Guacanagari una grande canoa llena de gente, y en ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que fuese con los navíos a su tierra y que le daría cuanto tuviese. Más adelante Cristóbal Colón se dirigía a los Reyes Católicos en esta forma: «Crean vuestras Altezas que en el mundo todo no puede haber mejor gente, ni más mansa; deben tomar vuestras Altezas grande alegría porque luego los harán cristianos, y los habrán enseñado buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser, y la gente y la tierra en tanta cantidad que yo no sé cómo lo escriba; porque yo he hablado en superlativo grado la gente y la tierra de la Juana, a que ellos llaman Cuba; mas hay tanta diferencia dellos y della a esta en todo como del día a la noche; ni creo que otro ninguno que esto hoviese visto hoviese hecho ni dijese menos de lo que yo tengo dicho, y digo que es verdad que es maravilla las cosas de acá y los pueblos grandes de esta isla Española, la que así la llamé, y ellos la llaman Bohío, y todos de muy singularísimo tracto amoroso y habla dulce, no como los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se tiñen, algunos de negro y otros de otro color, y los más de colorado. He sabido que lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal, y las casas y lugares tan hermosos, y con señorío en todos, como Juez o señor dellos, y todos le obedecen que es maravilla, y todos estos señores son de pocas palabras y muy lindas costumbres, y su mando es lo más con hacer señas por la mano, y luego es entendido que es maravilla.»

Cuando el Almirante se disponía a dirigirse a un lugar de la isla donde encontraría oro en abundancia, por negligencia o ignorancia de un grumete se encalló (noche del 24 de diciembre o mañana del 25) la carabela, salvándose toda la gente por el oportuno auxilio de la Niña y de las canoas de los indígenas. «El (Cacique) con todo el pueblo lloraban tanto—dice el Almirante—: son gente de amor y sin cudicia, y convenibles para toda cosa, que certifico a vuestras Altezas que en el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen un habla la más dulce del mundo, y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron. Mas crean vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas, y el Rey muy maravilloso estado, de una cierta manera tan continente ques placer de verlo todo, y la memoria que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué.» También el Cacique, además del socorro que prestó a Colón con sus canoas, le dió algún oro. El Almirante, al encontrarse solo con la Niña—pues la Pinta se había alejado con Alonso Pinzón—, se decidió a dar la vuelta a España[439].

¡Qué contraste—exclama Lamartine—entre el estado en que se hallaban estos pueblos en el momento en que los europeos les trajeron el espíritu y el genio del Viejo Mundo y el estado a que llegaron años después de haber conocido a sus pretendidos civilizadores! «¿Por qué misterio la Providencia envió a Colón a ese nuevo hemisferio, que creía favorecer con la virtud y la vida, y no sembró en él más que la tiranía y la muerte?»[440]. Decidido Colón a dar la vuelta a España, dejó en la Isla Española parte de sus marineros. Contaba con la buena amistad del cacique Guacanagari, cuyos súbditos le ayudaron a hacer pequeña fortaleza de tierra y madera, sirviéndose del tablaje y poniendo los cañones del buque Santa María. El fuerte se llamó de Navidad. Encargóles Colón que fuesen buenos cristianos, obedeciesen a su capitán, respetaran a Guacanagari y no hicieran violencia a hombre ni mujer. También les encargó que no mostrasen codicia y que aprendieran la lengua de los indígenas[441]. Su amigo Arana, deudo de la cordobesa Beatriz, recibió la jefatura de la improvisada fortaleza.

Despidióse del cacique Guacanagari y se dispuso a volver a España. Se habían desvanecido las ilusiones de muchos tripulantes, que soñaban con encontrar una tierra rica, la famosa tierra de Marco Polo, cuajada de oro y sembrada de piedras preciosas. Hallaron, sí, montañas tapizadas de verdura, extensos bosques con árboles gigantescos, huertas con plantas de varias clases y pájaros de vivos colores. En lugar de grandes ciudades, encontraron miserables aldeas; en lugar de grandes casas, pequeñas chozas; en lugar de grandiosos templos, piedras propias para la construcción de Iglesias. Según el mismo Almirante, en lugar de poderosos sacerdotes, groseros fetiches; en lugar de gentes civilizadas, tribus desnudas y salvajes, y, lo que fué peor, en lugar de oro y piedras preciosas, pelotas de algodón hilado y azagayas y papagayos domesticados. Después de recorrer varias islas, encontraron algo, muy poco oro; ninguna piedra preciosa. Cansados de recorrer diferentes pueblos cosechando desengaño tras desengaño, pues el oro no parecía por ninguna parte, se decidieron a abandonar las Indias.

El 16 de enero de 1493 emprendió Colón la vuelta a España sin incidente alguno notable. El mar se hallaba tranquilo, el viento era excelente y la temperatura suave. El 21 de enero el viento refrescó mucho, y luego el cielo perdió su transparencia. Las provisiones disminuían, no quedando ya más que patatas, galleta y vino. El viernes, 25 de enero, sobrevino gran calma. En este día los marineros lograron coger un atún y un tiburón. El 4 de febrero se puso lluvioso y frío el tiempo: el Almirante mandó gobernar al Este. El 8 de dicho mes se cambió de rumbo, tomando al Sudeste cuarto al Este. El 12 de febrero el Almirante comenzó a tener grande mar y tormenta, aumentando el 13 el peligro. El 14 por la noche, cuando ya se hallaba cerca de las costas de Europa, creció el viento y se desencadenó furioso temporal, que separó a las dos carabelas. La Pinta fué a fondear en Bayona de Galicia y la Niña arribó a Santa María, la isla meridional de las Azores. El 4 de marzo llegó a Lisboa, después de nuevas tormentas. Escribió al rey de Portugal, quien se hallaba nueve leguas de allí, diciéndole que los reyes de Castilla le habían mandado que no dejase de entrar en los puertos lusitanos y pedir, mediante sus dineros, lo que necesitase, añadiendo que solicitaba permiso para ir con la carabela a Lisboa, pues temía que algunos, creyendo que traía mucho oro, estando en puerto despoblado, intentasen robarle, como también para que se supiera que no venía de Guinea, sino de las Indias. El 8 de marzo recibió Colón carta del rey de Portugal invitándole a que se llegase adonde él estaba, y daba órdenes para que se diese generosamente al Almirante todo lo que necesitara. Colón, el 9 de dicho mes, salió de Sacanbeu, teniendo la señalada honra de presentarse ante el Monarca, que se encontraba en el valle del Paraíso, por la noche de aquel día. El 11 se despidió del Rey y marchó a Villafranca con el objeto de ver a la Reina, que permanecía en el monasterio de San Antonio. En seguida volvió a emprender su camino y se fué a dormir a Llandra. El 12, estando para salir de Llandra, recibió la visita de un escudero del Rey, quien le ofreció, en nombre de su Monarca, toda clase de medios, dado que prefiriera ir a Castilla por tierra. Cristóbal Colón desde Lisboa, y Pinzón desde Bayona, cinglaron (13 de marzo) a Palos, entrando los dos el día 15, el Almirante por la mañana y Martín Alonso por la tarde. Pinzón no llegó a entrar en la villa y se trasladó a una casa de campo, en donde se agravó su enfermedad, siendo llevado al convento de la Rábida y falleciendo a los pocos días. «Y porque en breves días murió—escribe el P. Las Casas—no me ocurrió más que de él pudiera decir.»

Por el contrario, la fortuna se mostró propicia con el Almirante, como lo indicaba entusiástica carta que desde Lisboa, con fecha 13 de marzo de 1493, escribió al magnífico Sr. Rafael Sánchez, tesorero de los Reyes Católicos. [(Apéndice M)]. El día 15 del mismo mes entró en Palos.

Carta de los Sres. Reyes Católicos a D. Cristóbal Colón, complaciéndose del buen suceso de su primer viaje; encargándole que acelere su ida a la corte, y que deje dadas las disposiciones convenientes para volver luego a las tierras que había descubierto[442].

Marzo 30 de 1493.

El Rey e la Reyna: D. Cristóbal Colón. Nuestro Almirante del Mar Océano, e Visorrey y Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias: Vimos vuestras letras y hobimos mucho placer en saber lo que por ellas nos escribisteis y de haberos dado Dios tan buen fin en vuestro trabajo, y encaminado bien en lo que comenzaste, en que El será mucho servido, y Nosotros asimismo y Nuestros Reinos recibir tanto provecho. Placera a Dios que demás de lo que en esto le servides, por ello recibiréis de Nos muchas mercedes, las cuales creed que se vos harán como vuestros servicios e trabajos lo merecen: y porque queremos que lo que habeis comenzado con el ayuda de Dios se continúe y lleve adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego; por ende por servicio Nuestro, que dedes la mayor priesa que pudieredes en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es menester, y porque como vedes el verano es entrado, y no se pase el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que habeis hallado; y escribidnos luego con ese correo que ha de volver presto, porque luego se provea como se haga, en tanto que acá vos venís y tornais; de manera que cuando volvieredes de acá, esté todo aparejado. De Barcelona a treinta días de marzo de noventa y tres.==Yo el Rey.==Yo la Reina.==Por mandado del Rey e de la Reina, Fernando Alvarez.==En el sobrescrito decía: Por el Rey e la Reina.==A D. Cristóbal Colón, su Almirante del Mar Océano, e Visorrey e Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias.

Acerca del recibimiento de Colón en Sevilla y Barcelona, Andrés Bernáldez, que alojó en su casa al Almirante, refiere lo que a continuación copiamos: «Descubierta la tierra, se vino Colón a Castilla... entró en Sevilla con mucha honra a 31 de marzo, Domingo de Ramos, donde le fué hecho buen recibimiento; trajo diez indios, de los cuales dejó en Sevilla cuatro, y llevó a Barcelona a enseñar a la Reina y al Rey seis, donde fué muy bien recibido, y el Rey y la Reina le dieron gran crédito y le mandaron aderezar otra armada mayor y volver con ella».

Cuéntase que cierto día en que fué invitado a la mesa de los reyes, uno de los convidados, envidioso de los honores que se tributaban a modesto extranjero, le hubo de preguntar que si él (Colón) no hubiese nacido, ¿hubiera algún otro descubierto el nuevo hemisferio? El Almirante no le respondió; pero cogiendo un huevo entre sus manos se dirigió a todos los comensales invitándoles a que colocasen el huevo de modo que el punto de contacto fuera el extremo exterior del diámetro más largo. Ninguno pudo conseguirlo. Entonces Colón lo rompió por uno de sus extremos, y haciendo que se mantuviera recto sobre la mesa probó a los envidiosos de su gloria, que no existía mérito alguno en realizar una idea; pero el que la realizaba antes que los demás podía reclamar para él los derechos de la primacía. Este apólogo ha sido desde entonces la respuesta que los inventores y descubridores han dado a sus semejantes. Ellos no habrán sido los más grandes; pero fueron los más favorecidos por la inspiración[443]. El banquete fué—según otros escritores—ofrecido a Cristóbal Colón por Don Pedro González de Mendoza, gran cardenal de España. A la divulgación del imaginario banquete ha contribuído seguramente y no poco la conocida estampa de Teodoro Bry, y respecto a lo que se llama El huevo de Colón, ha probado Navarrete que es una leyenda más entre las muchas que adornan el descubrimiento de las Indias.

Como se creyese por todos que las tierras descubiertas eran como una parte del continente asiático, se les dió el nombre de Indias Occidentales, para distinguirlas de las Orientales, y se llamó indios a los naturales del Nuevo Mundo.

Quisieron los Reyes Católicos, aunque para esto no tuviesen necesidad, como dice Oviedo, fortalecer su derecho con la sanción pontificia[444]. En su virtud, después del primer viaje de Cristóbal Colón, se apresuraron a obtener el beneplácito de Alejandro VI para los descubrimientos hechos y los sucesivos, pensando, ya en la propagación del cristianismo, ya con el objeto de precaver las pretensiones y reclamaciones de los reyes de Portugal, a los cuales los Papas, mediante diferentes Breves, les habían concedido el monopolio de todas las tierras descubiertas y por descubrir lo mismo en Africa que en la India[445]. Los dos Breves de Alejandro VI llevan la fecha del 3 y 4 de mayo de 1493, y comienzan designando como objeto principal y obra agradable a Dios la predicación de la doctrina cristiana entre los indios. Dice en seguida en el primer Breve: «Como Colón ha descubierto ciertas islas y continentes lejanos y que hasta hoy eran ignorados[446], concedemos de nuestro libre impulso, sin ser solicitados por vos[447], ni por otra persona alguna, de nuestra propia autoridad apostólica, a vos y a todos vuestros sucesores todas estas islas y tierras firmes recientemente descubiertas y por descubrir, en cuanto no pertenezcan ya a algún otro rey cristiano, y prohibimos a todos los demás, bajo pena de excomunión, ir a aquellas tierras y traficar allí sin vuestro permiso.» [(Apéndice N)].

Considerando el Pontífice que los términos en que se hallaba redactado el citado Breve eran demasiado generales, publicó otro al día siguiente, señalando las regiones respectivas, donde España y Portugal, sin temor de exponerse a colisiones, podían hacer sus descubrimientos. En el Breve, pues, del día 4, se fijó una línea de demarcación «que a la distancia de 100 leguas al Oeste de las Azores y de las islas de Cabo Verde pasaba por los dos polos como meridianos y dividía el planeta en dos mitades.» El hemisferio occidental pertenecía a España, y el oriental a Portugal. Al trazar dicha línea de demarcación Alejandro VI, debió tener presente las ideas manifestadas por el Almirante, quien todavía en el año 1498 consignaba lo siguiente: «Me acuerdo que cuantas veces fui a la India cambió la temperatura a 100 leguas al Oeste de las Azores, y esto sucedía en todos los puntos desde Norte a Sur.» Añade más adelante: «Cuando navegaba de España a las Indias, encontré, tan pronto como había pasado 100 leguas al Oeste de las Azores, un grandísimo cambio en el cielo y en los astros, en el ambiente y en el agua del mar, y estos fenómenos los tengo observados con gran cuidado. Noté, cuando había pasado las citadas 100 leguas más allá de las mencionadas islas, tanto en el Norte como en el Sur, que las agujas de marear, que hasta allí declinaban hacia Nordeste, giraban todo un cuarto de viento (igual a 11° y cuarto de la brújula) hacia Noroeste, y esto acontecía desde el instante que llegaba a aquella línea. Al propio tiempo se presentaba otro fenómeno, como si en aquel punto fuese más elevada la superficie de la tierra, porque encontré el mar cubierto completamente de yerbas semejantes a ramas de abeto y con frutos parecidos a los del alfónsigo, siendo estas yerbas tan espesas que en mi primer viaje creí que allí había bajíos que harían encallar los buques. Tan pronto como llegamos a aquella línea a nuestro regreso, no se encontró rama alguna. También observé que el mar estaba en este punto tranquilo y unido, y casi nunca agitado por vientos, y que desde aquella línea al Oeste era la temperatura muy suave, distinguiéndose muy poco verano e invierno»[448].

«Este pasaje—dice el barón de Humboldt en su Cosmos—contiene las ideas de Cristóbal Colón y sus observaciones sobre la Geografía física; la influencia de las longitudes, la declinación de la aguja magnética, la inflexión de las líneas isotérmicas entre las costas occidentales del Mundo Antiguo y las orientales del Nuevo, la situación del gran banco de Sargazos o plantas ficoideas en el Atlántico, y sobre las relaciones que existen entre esta parte del mar y su atmósfera. Los pocos conocimientos matemáticos de Cristóbal Colón y sus observaciones equivocadas del movimiento de la estrella polar cerca de las islas Azores, indujeron a este descubridor a admitir una irregularidad en la forma esférica de la tierra. Creía que el hemisferio occidental era más elevado, más hinchado que el otro; que los buques al llegar a esta parte donde la aguja magnética señala el Norte verdadero, estaban más próximos al cielo; y que esta elevación era la causa de la temperatura más fresca. Si a esto se agrega que Colón de regreso de su primer viaje tuvo la idea de ir a Roma para referir personalmente al Papa todo cuanto había descubierto (se entiende en cuanto se relacionaba con la religión, la mayor proximidad del cielo, etc.); si, por otra parte, se tiene presente la importancia que se daba en tiempo de Colón al descubrimiento de una línea nueva magnética, en la cual la aguja se mantiene constante, se me dará razón cuando el primero sostuve que el Almirante en los momentos de mayor favor en la corte, trabajó para transformar la línea divisoria física que había encontrado en la línea divisoria política.»

En el Breve del día 4 se fijó la línea de demarcación a 100 leguas al Oeste de cualquiera (qualibet), isla de las Azores o de las de Cabo Verde, sin fijar ninguna isla determinada, ni a un grupo de ellas, ignorando que la más occidental de Cabo Verde se halla casi 6° más al Este que la más occidental de las Azores. Explícase esta ignorancia porque los cosmógrafos en aquellos tiempos no podían, por falta de medios, determinar exactamente las longitudes.

También por entonces (28 mayo 1493) se concedió a Colón un escudo de armas, en el cual figuraban, además de las suyas o de familia, las de Castilla y León en campo verde, y unas islas doradas en ondas de mar [(Apéndice O)].

En el correr de los tiempos se colocó en su sepulcro un letrero que decía:

A Castilla y a León.

Nuevo Mundo dió Colón.

Los detractores del Almirante y defensores de Pinzón transformaron el dístico en la siguiente forma:

A Castilla y a León

Nuevo Mundo dió Pinzón.

Pareciéndoles después que habían cometido una injusticia, creyeron arreglarlo todo diciendo:

Por Castilla, con Pinzón,

Nuevo Mundo halló Colón.

Con espíritu más levantado vinieron otros que admitieron el mote de esta manera:

Por Castilla y Aragón

Nuevo Mundo halló Colón.

Desde la cátedra del Ateneo de Madrid propuso D. Víctor Balaguer que si algún día se intentaba variar el dístico, debía ser del siguiente modo:

Por la española nación

Nuevo Mando halló Colón.

El ilustre escritor norteamericano Charles F. Lummis, en su pequeño libro intitulado Los exploradores españoles del siglo XVI, ha dicho lo siguiente: «A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nación fué España.»

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España»[449].

Colocada en este punto la cuestión que nosotros resolveríamos con Balaguer y Lummis, no queremos, sin embargo, pasar en silencio las atinadas observaciones del Sr. Sánchez Moguel. Tales son las palabras del Catedrático de la Universidad de Madrid: «El conquistador de Granada, en su testamento, otorgado el 20 de enero de 1516, al instituir heredera de sus reinos de la corona de Aragón a su hija doña Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas y tierra firme del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo». Sin duda, no pertenecía, ni en todo ni en parte, a su corona aragonesa, cuando no lo menciona. No cabe atribuirlo a olvido, porque no los hay de tanta monta, ni menos aún en documentos de esta clase. En cambio, su egregia esposa, la magnánima Reina de Castilla, en su testamento, fechado en Medina del Campo el 12 de octubre de 1504, habla de las islas y tierra firme del mar Océano como parte integrante de sus reinos de Castilla. Y ¿por qué? Sea la gloriosa Reina quien nos responda: «Por quanto... fueron descubiertas e conquistadas a costa destos Reynos e con sus naturales dellos»[450].

No creemos que la cuestión tenga mucha importancia. Sin embargo, colocados en la obligación de dar nuestra opinión, diremos que la parte que tomó Castilla en el descubrimiento del Nuevo Mundo fué mayor, como mayor fué el apoyo que prestó a Colón la reina Isabel. Conviene no olvidar lo que dice Guicciardini, Embajador de la Señoría de Florencia en la Corte del Rey Católico: «los negocios pertenecientes a Castilla se gobernaban, principalmente, por su mediación y autoridad (de Isabel)». Se ha dicho también que D. Fernando mandó librar de la Tesorería de Aragón—y esto lo afirman los defensores de D. Fernando—la cantidad necesaria para la empresa del descubrimiento, a causa de la pobreza del Erario castellano, disponiendo después que del primer oro que viniese de las tierras descubiertas se diera parte a Aragón, que se empleó, por cierto, en dorar el artesonado de la Aljafería de Zaragoza; pero el catalán Bofarull no halló entre los papeles de la citada Tesorería orden ni registro de semejante libramiento, y el aragonés Nougués y Secall ha mostrado que el dorado de la Sala mayor de la Aljafería es anterior a la vuelta de Colón de su primer viaje. Si pudiese haber todavía alguna duda, habremos de recordar que Alejandro VI concedió las tierras descubiertas a los reyes de Castilla y sólo a los reyes de Castilla.