CAPÍTULO XXIII

Cuarto y último viaje de Colón.—Muerte de Bobadilla, Roldán y otros en alta mar.—Conducta de Ovando con Colón.—Ovando en Xaragua.—Anacaona: su muerte y crueldad de los españoles.—Colón en las playas de Jamaica.—Diego Méndez y Bartolomé Fieschi.—Escobar en auxilio de Colón.—Conducta de Ovando con Colón y de la Reina con los indios.—Repartimientos de indios.—Colón en España.—Insurrección de los indígenas.—Diego Colón en la Española.—Injustas censuras a la política de Cristóbal Colón en Santo Domingo.

Deseaba Colón hacer su cuarto y último viaje. «Es muy probable—como escribe el Dr. Sophus Ruge—que le aguijoneasen a esta nueva empresa los grandes resultados obtenidos entonces por los portugueses en la verdadera India, porque mientras estaba todavía luchando con el rebelde Roldán en Haití, había vuelto de la India Vasco de Gama, en septiembre de 1499. De regreso Colón a España, se había informado, naturalmente, con vivo interés de las empresas portuguesas, y adquiridas ya todas las noticias posibles sobre la India, y convencidísimo de que había encontrado en Cuba y en la tierra de Paria las orillas orientales del Asia, habiendo, además, otros descubridores particulares como Ojeda, Vespucio y Pinzón, reconocido nuevos trechos de costa del continente más allá de Paria, no dudó que pasando entre Cuba y Paria, y dirigiéndose al Oeste llegaría a la India de los portugueses. La poderosa corriente marítima que se lanza impetuosa en la costa de la América del Sur, hacia el Oeste, era para él segura señal de que se dirigía a un estrecho desconocido e inexplorado que conducía al mar Indico; al mar más allá del Ganges, como se llamaba desde la antigüedad. Esta idea fué la base de su nueva empresa, recibida y aprobada por los soberanos de España con benevolencia»[507]. [(Apéndice Q)].

Decidida su marcha, redactó una memoria para su hijo mayor don Diego; en ella consignaba sus derechos y enumeraba sus títulos. Temía de que en su ausencia o después de su muerte, si acaecía en lejanas tierras, le robasen sus títulos y privilegios, y por eso los confió a sus amigos los religiosos, depositándolos por copia o por duplicado en sus conventos. Escribió, además, a los reyes recomendándoles a sus hijos y a sus hermanos, en el caso de que muriese durante aquel viaje. El 14 de marzo contestaron D. Fernando y D.ª Isabel prometiéndole hacer más en su favor que lo especificado en los privilegios, y le renovaban la promesa de que, después de él, pondrían a D. Diego en posesión de sus títulos, cargos y dignidades. Como si todo esto fuera poco, confió a Nicolás Oderico, legado del Gobierno genovés cerca de los Reyes Católicos, copia de todos sus privilegios y también de la carta del 14 de marzo que acababa de recibir de los reyes. Para colocar «esos privilegios querría mandar hacer una caja de corcho enforrada de cera»[508].

Hechas todas las cosas que acabamos de contar, se ocupó con actividad en sus preparativos de viaje, «bien que él sea el más noble y provechoso»[509]. Emprendió Cristóbal Colón su cuarto y último viaje con cuatro carabelas pequeñas[510] y 150 hombres de mar, saliendo del puerto de Cádiz el 11 de mayo de 1502. Le acompañaban su hermano Bartolomé y su hijo Fernando, de edad de trece años. En la Instrucción que los reyes dieron al Almirante le decían lo siguiente: «Habeis de ir vuestro viaje derecho, si el tiempo no os feciese contrario, a descubrir las islas é Tierra Firme que son en las Indias en la parte que cabe a Nos, y si a Dios pluguiere que descubrais ó falleis las dichas islas habeis de surgir con los navíos que levais y entrar en las dichas Islas é Tierra Firme que así descubriéredes, y habeis de informaros del grandor de las dichas islas é facer memoria de todas las dichas islas, y de la gente que en ellas hay y de la calidad que son, para que todo nos traigais entera relacion. Habeis de ver en estas islas y Tierra Firme que descubriéredes, qué oro é plata é perlas é piedras é especería, é otras cosas hobiere, é en qué cantidad é cómo es el nascimiento de ellas, é facer de todo ello relacion por ante nuestro escribano é oficial que nos mandamos ir con vos para ello, para que sepamos de todas las cosas quen las dichas islas é Tierra Firme hobiere»[511].

Desde las Canarias escribió Colón al fraile cartujo Gaspar Gorricio, su amigo y consejero en Sevilla, las palabras que a continuación copiamos: «Agora será mi viaje en nombre de la Santa Trinidad y espero della victoria»[512]. Tardó diez y nueve días de las Canarias a la Martinica. Desde la Martinica navegó a lo largo de las otras pequeñas Antillas más septentrionales, y de la costa meridional de Puerto Rico hasta Santo Domingo. Necesitando el Almirante reparar algunas averías de sus buques y tomar agua, se dirigió a la Española, a cuya vista llegó el 29 de junio, hallándose todavía anclada en el puerto de Santo Domingo la flota que debía conducir a Bobadilla a España. Cristóbal Colón quiso entrar en el puerto, a lo cual se opuso Ovando, comenzando con ello a mostrar su ojeriza al inmortal descubridor del Nuevo Mundo. En los primeros días del mes de julio del citado año salió la armada que conducía al comendador Bobadilla, a Francisco Roldán, jefe de la sublevación contra el Almirante y a otros. Como la flota se fué, a poco de salir del puerto, a pique, ahogándose Bobadilla, Roldán y la mayor parte de los pasajeros, esto dió ocasión a Hernando Colón para escribir lo siguiente: «Yo tengo por cierto que esto fué providencia divina, porque si arribaran a Castilla jamás serían castigados según merecían sus delitos, antes bien, porque eran favorecidos del obispo, hubieran recibido muchos favores y gracias.» Llama la atención que entre los pocos buques, entre los muy pocos que se salvaron, se encuentre uno pequeño, gastado, malo, llamado el Aguja, el cual, como escribe Herrera «traía todo el caudal del Almirante, que consistía en cuatro mil pesos, y fué el primero que llegó a España, como por permiso de Dios»[513]. La mar se había tragado a los enemigos de Colón y a las inmensas riquezas que ellos habían reunido. El cronista Oviedo y Valdés, que residió en la isla y habló del suceso con testigos oculares, dice en su Historia natural y general de las Indias «que se perdieron (las naves) por no haber creído ni tomado consejo del Almirante.» Del mismo modo el milanés Benzoni, que vivió en la Española cuarenta años después del citado hecho, ve la justicia de Dios en la destrucción de la escuadra[514].

Si censurable—aunque otra cosa digan apasionados cronistas—fué la conducta de Bobadilla como gobernador de la Isla Española, mayores censuras merece la de Ovando. Cuando llegó Ovando a la isla apenas había unos 300 españoles, repartidos en cuatro poblaciones: Santo Domingo, Concepción, Santiago y Bonao; pero el mismo huracán que echó a pique la flota que debía conducir a Bobadilla, destruyó casi completamente la población de Santo Domingo, cuyas casas eran de madera y paja. El Comendador tuvo el poco acierto de hacerla reedificar en un sitio menos higiénico, cual fué al otro lado del río, esto es, a la derecha del Ozama. En cambio, estuvo muy acertado haciendo construir varios edificios de mampostería, como La Fortaleza, residencia de la primera autoridad, el convento de San Francisco, el hospital de San Nicolás y otros que proyectó, y después se fueron haciendo. Reedificada la villa de Santo Domingo, hizo edificar la que llamó Puerto de Plata, en la costa Norte de la isla, y algunas más en otros lugares. Más preocupaban otros asuntos al comendador de Lares. Había traído consigo unos 2.500 hombres, más deseosos de riquezas que de trabajar. Preferían el oro y la plata de las minas más que los productos de aquellas fértiles comarcas. Cuando vieron que para extraer aquellos ricos metales se necesitaba rudo y peligroso trabajo, regresaron a Santo Domingo hambrientos, desnudos y cargados de deudas. En lugar de las inmensas riquezas que esperaban, las enfermedades y la peste se cebaron en ellos, llegando a 1.000 el número de víctimas. Socorrió Ovando—según sus fuerzas—a tantos desgraciados. También hubiera querido no recargar con onerosos tributos a los que trabajaban en las minas; pero no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de los reyes. Sabía, además, que la bondad de los gobernadores en España estaba en relación con el oro que mandaban. Eran buenos si remitían mucho oro, y malos si poco. Toda la prudencia que mostró Ovando con los españoles, se convertía en despotismo y crueldad cuando de los indios se trataba. No pudiendo resistir tantos vejámenes y tropelías los indios de la provincia de Higuey, huyeron a las montañas y cavernas, huída que calificaban los españoles de sublevación. Ovando mandó a Juan de Esquivel, al frente de unos 300 o 400 hombres, para que hiciese la guerra a Cotubanamá, uno de los caciques más poderosos de la isla. Crueles fueron los españoles con los infelices indígenas. El delito—si lo hubo—fué insignificante; el castigo terrible. Pacificado el Higuey, Juan de Esquivel dejó una guardia de nueve hombres mandados por Martín de Villaman, ya para que vigilasen a los indios, ya para que cobrasen los tributos que los isleños se habían comprometido a satisfacer.

Sometida casi por completo la Isla Española, la parte más occidental, el Estado de Xaragua, equidistante de la Isabela y de Santo Domingo unas 60 leguas, conservaba su independencia. Desde que los españoles se habían llevado al fiero Caonabó, su mujer Anacaona, que en el idioma indígena quiere decir flor de oro fino, se retiró al lado de su hermano Behechio, dueño a la sazón del Estado de Xaragua. Vamos a relatar una historia legendaria. Era Anacaona—dicen—mujer de mucho talento y de extraordinaria hermosura. Su inspiración poética le había granjeado generales simpatías. Los areytos o romances de su invención se convertían en nacionales y sus dulces composiciones poéticas eran el encanto de todos los soberanos indios de la isla. Llamaba la atención por su elegancia la etiqueta de su corte: sus usos y costumbres, sus flores, sus adornos y muebles se pusieron de moda. Su palacio estaba lleno de objetos elegantes y de lindas obras del arte indígena. Tales objetos consistían en hamacas aéreas, en canastillas formando variados relieves o pinturas, vistosos abanicos, máscaras con adornos de oro y de conchas. Tenía magnífico servicio de mesa, manteles finos de algodón adornados con flores y a manera de servilletas lienzos de hojas olorosas. Hallábase su mencionado palacio lleno de jóvenes y alegres doncellas, de hermosos pájaros de todas clases; perfumado con los aromas más delicados; centro de toda cultura literaria y artística. Cuando la visitó Bartolomé Colón para concertar tributos, tanto ella como su hermano Behechio dispensaron a los españoles entusiástica acogida, agasajándoles con lo mejor que tenían. Cuéntase que cuando los españoles estuvieron cerca de la capital de Xaragua, los oficiales de la corte y empleados, con sus respectivos trajes, se presentaron ante ellos, llevando delante encantadores grupos de jóvenes, que servían de comparsas a un coro de treinta jóvenes doncellas adornadas de flores, ceñida la frente con una cintilla, llevando en sus manos flexibles palmas que entrelazaban ingeniosamente y con las cuales formaban arcos, canastillos y haces, al mismo tiempo que acomodaban sus danzas al son de sus cantos. En medio de la amenidad de virgen naturaleza, debajo de los magníficos arcos de olorosos bosques y junto al lago de Xaragua, recibió a Bartolomé Colón y a sus acompañantes. Las jóvenes Terpsícores—como las llama el conde Roselly de Lorgues—, al llegar cerca del Adelantado, doblaban sus rodillas y depositaban a sus plantas un ramo, en señal de reverencia y homenaje. Detrás de esos grupos, en el centro de un coro de canéforas o doncellas de distinguido nacimiento, aparecía en un trono cubierto de flores la reina Anacaona, rodeada de su corte y llevada en un palanquín por seis caballeros. En lugar de corona real ceñía su frente corona de flores, y de flores se componía su collar, brazaletes, cinturón y borceguíes. En sus negros cabellos resaltaban las flores y su cetro era un tallo florido. «Parecía—añade Roselly—que la flor de las reinas era también la reina de las flores»[515].

Anacaona descendió de su litera, hizo graciosa reverencia a Bartolomé Colón, le ofreció una de sus flores y le condujo a la habitación que se le tenía preparada. Dos días pasó el Adelantado en compañía de la Reina y de Behechio, obsequiado con espléndidos festines y agasajado con toda clase de honras. Logró Bartolomé que, en cambio de la protección de España, se comprometiese Behechio a pagar un tributo a los Reyes Católicos.

Algún tiempo después, Anacaona, por muerte de su hermano Behechio, se encargó en absoluto del trono de Xaragua. Pasaron unos seis años. Ovando, gobernador de Santo Domingo, se disponía a visitar los dominios de la hermosa e inteligente reina Anacaona. Aunque ella recordaba que los cristianos habían preso a su marido, lo cual fué causa de la muerte del poderoso cacique; aunque no dejaba de tener presente que al acogerse a sus dominios los sublevados de Francisco Roldán habían abusado torpemente de su hija Hignememotta; aunque recordaba los atropellos que dichos revolucionarios habían cometido con los pacíficos habitantes de sus Estados, ella, comprendiendo su situación, soportaba con paciencia tantos desmanes, pagaba puntualmente los tributos concertados y no permitía que se hiciera el menor daño a los pocos españoles que, restos de anteriores revueltas, vivían en su territorio con los indios[516]. Es de advertir que los citados españoles, cómplices del malvado Roldán, continuaban cometiendo horribles excesos; pero con la idea de captarse el favor del gobernador Ovando—favor que necesitaban para prevenir las quejas que podrían llegarle acerca de sus iniquidades—, escribieron algunas veces diciendo que los indios de aquella comarca preparaban próxima rebelión.

Con el objeto de hacer una visita—según dijo—se dirigió a Xaragua el gobernador Ovando, no sin hacerse acompañar de 300 infantes y 70 caballos. Anacaona envió en seguida la orden a todos los caciques para que acudiesen a prestar homenaje al representante de los reyes de España. Ella misma salió a recibirle, acompañada de las 30 doncellas más hermosas de su servidumbre y de 300 señores de su reino, todos luciendo sus galas más vistosas. Hizo que las dichas doncellas ejecutasen la danza virginal, llamada así porque en ella no tomaron parte ni hombres, ni mujeres casadas. Al Gobernador, lo mismo que a los que le acompañaban se les alojó en habitaciones preparadas al efecto, y se les sirvió ricos y abundantes banquetes. Obsequióse a Ovando con exquisitos presentes, y se ofreció a todos pan y tortas de cazabí, hutias guisadas de diferentes modos, caza, pesca, frutas y todo lo que tenían de más gusto. Toda la comarca hubo de despoblarse para ver al gobernador Ovando y a los españoles que le acompañaban, en obsequio de los cuales se organizaron alegres fiestas, como juegos de pelota, simulacros de guerra, bailes, cantos del país y otras.

De igual manera el comendador de Lares anunció un domingo que los suyos iban a celebrar unas justas o cañas a usanza de España. La noticia se recibió con general alegría y se dispuso que los principales señores del país debían presenciar la fiesta en la casa donde se hallaba la Reina y él. Cuando se creía que todo estaba dispuesto para la fiesta, el Gobernador se asomó a una ventana y al colocar su mano sobre la cruz de Alcántara que ostentaba en su pecho, pues ésta era la señal convenida, rodearon la casa multitud de españoles, en tanto que otros sujetaban en el interior a Anacaona y a 80 personajes indios. Atados a los maderos que sostenían la techumbre, después de retirarse los españoles con Anacaona, pusieron fuego a la habitación que, hecha de madera y paja, se convirtió en seguida en inmensa hoguera. Mientras que aquellos infelices sobre los cuales recaían sospechas de traidores a la patria eran quemados, la gente del Gobernador alanceaba a la muchedumbre, pisaba con sus caballos a mujeres y niños, perseguía a los desarmados indios que huían, los unos hacia las montañas para esconderse entre breñas y matorrales, y los otros hacia las costas para arrojarse al mar. El gobernador Ovando, no contento todavía con tanta crueldad, dispuso que Diego Velázquez y Rodrigo Mejía persiguieran a los fugitivos que habían buscado amparo en los montes con un sobrino de Anacaona. Preso el pariente de la Reina, sufrió la muerte con otros infelices. La capital de Xaragua entregada a las llamas desapareció completamente[517].

La infortunada Anacaona, en premio de sus buenas acciones, vió trocadas sus guirnaldas de flores en cadenas de hierro. Con las falsas confesiones arrancadas al dolor, se le condujo a Santo Domingo, donde fué juzgada después de las declaraciones de gente ruín y miserable. ¡La infeliz fué condenada a la horca! Así acabó su reinado la noble Anacaona. El historiador, aun suponiendo que haya gran parte de leyenda en el relato, debe condenar, con harto sentimiento suyo, no sólo a Ovando, sino a Don Alvaro de Portugal, presidente a la sazón del Real Consejo de Indias. No negaremos, sin embargo, que se ha poetizado la figura de la reina indígena, exagerando a la vez el rudo gobierno de los españoles; pero insistiremos en que los Católicos Monarcas no fueron siempre y en todos los casos caritativos y piadosos con los indios. [(Apéndice R)].

Al continuar la historia de Cristóbal Colón, comenzaremos diciendo que, cuando pasó la tormenta en la que pereció Bobadilla, aquél abandonó (14 de julio) las costas de la Isla Española en busca de nuevas tierras. El 16 de julio llegó a la vista de la Jamaica (cayos de Morante), continuando su derrota. Su navegación se vió sumamente contrariada. Paró en Cayo Largo, volviendo a salir el 27 de dicho mes de julio. El 30 descubrió la isla Guanaja, que él llamó isla de Pinos, primera tierra centro-americana que encontraron los europeos en el siglo xvi. Guanaja se hallaba rodeada de varios islotes y estaba situada delante del golfo de Honduras. Bartolomé Colón, con algunos de los expedicionarios, desembarcó en la isla, a la cual vieron llegar una canoa de grandes dimensiones, hecha del tronco de un solo árbol. En ella iban hombres, mujeres y niños, conduciendo varias mercaderías. Para resguardar a los pasajeros del sol y de la lluvia tenían en medio una especie de cámara, formada con petates o esteras. Se creyó que pertenecía a indios traficantes que habían ido a cargar la embarcación en las costas cercanas a Yucatán. El Almirante fué de opinión que los naturales de aquella isla eran más civilizados que los de las Antillas, descubiertas en anteriores expediciones. Para juzgar de aquel modo, se fijó Colón en los siguientes hechos: aquellos indios no habían mostrado asombro a la vista de los buques, ni temor al aproximarse a los españoles; además iban vestidos y se dedicaban al comercio. El 14 de agosto desembarcaron en punta de Caxinas, hoy puerto de Trujillo, donde asistieron a la misa, que se celebró en el citado día por primera vez en el suelo centro-americano. Continuó avanzando la escuadrilla al abrigo de la costa. A unas quince leguas de la punta de Caxinas desemboca en el golfo el río Tinto, por el cual subieron los botes: bajó a tierra el Almirante y enarboló el 17 de agosto el real estandarte de Castilla. A orillas del mencionado río se presentaron indios diferentes—lo mismo en la fisonomía que en el lenguaje—a otros que habían visto en las islas. Anduvieron algunos días costeando aquella tierra, a la que dieron los nombres de Guaymuras, Hibueras y Honduras, cuya última denominación conserva al presente. La fuerza de los vientos, la violencia del mar y las lluvias torrenciales causaron muchas enfermedades a los marineros. Tanto su hijo Fernando, como su hermano el Adelantado, le animaron en aquellos días tristísimos. El 14 de septiembre alcanzó un promontorio que se desviaba bruscamente del Este hacia el Sur; luego que lo doblaron dejóse sentir brisa excelente y se calmó el mar. El Almirante dió Gracias a Dios, y así llamó al mencionado cabo. Siguió la costa de los Mosquitos, deteniéndose el 17 de septiembre en la embocadura de ancho río, donde zozobró el bote de la Vizcaína, y por ello Colón llamó a aquel lugar el río del Desastre. El 25 de septiembre, entre la pequeña isla de Quiribi y la Tierra Firme, se presentó excelente puerto, situado al frente de la aldea llamada Cariari, donde algunos indios principales llevaban guani(oro bajo), y donde vió mantas de algodón, puercos y grandes gatos monteses. Este pueblo parecía muy entregado a la hechicería, y sus habitantes hicieron señas a los españoles para que saliesen a la orilla. Luego salieron del río Guyga (hoy de Veragua) a la ribera muchos indios armados con sus lanzas y flechas, llevando en sus pechos espejos de oro. Notaron los españoles que aquellos indios estimaban más sus joyas que las nuestras, y que la tierra estaba cubierta de arboledas muy espesas. Del mismo modo, hubieron de observar que ninguna población se hallaba en la costa, sino dos o tres leguas adentro, como también que los indios, para ir desde la mar a sus pueblos, no iban por tierra, sino por los ríos en sus canoas.

El 5 de octubre el Almirante mandó levar anclas, dirigiéndose hacia el Sur. Iba navegando a lo largo de la costa de Mosquitos (hoy Costa Rica, a causa de sus minas de oro y plata). Siguiendo su derrotero, entró en un golfo rodeado de varias islas que formaban pequeños canales, en cuyas orillas se levantaban árboles gigantescos, que entrelazándose sus elevadas copas, formaban arcos. La fresca sombra y el suave aroma de los bosques, recreaban a las tripulaciones. El golfo era la bahía de Carabaro (hoy bahía del Almirante). Al bajar a tierra vieron algunos indígenas que iban desnudos y llevaban en el cuello placas de oro. Pasaron después las carabelas a otra bahía grande llamada ahora Laguna de Chiriqui. Continuó su camino y habiendo descubierto la embocadura de un río, dirigió allá las embarcaciones. Cuando vieron los indios que los españoles se aproximaban a la playa, se prepararon a oponerse a su desembarco, en tanto que el sonido de los caracoles marinos y de los tambores de madera, que resonaban en los bosques, llamaba a otros al combate. Los indios se dirigieron decididos al encuentro de los españoles, escupían hierbas mascadas en señal de desprecio y entraban en el agua hasta la cintura para arrojar de más cerca los dardos y jabalinas. Ante las señales de paz de los nuestros, los indígenas se calmaron, hasta el punto que hubieron de cambiar 17 espejos de oro por cascabeles. Volvieron los indios a las andadas, esto es, acordaron deshacerse de aquellos importunos visitantes. Comenzaron la lucha disparando algunas flechas, contestando los españoles con un tiro de ballesta y un cañonazo. Tal espanto produjo la detonación entre los indígenas, que huyeron a todo correr, a las espesuras de los bosques. Al poco volvieron algunos y cambiaron con los nuestros tres espejos. Fué preciso continuar el camino, y desde aquella costa se dirigió la escuadrilla hacia el Este. Pasó por delante de Cobrava y descubrió cinco aldeas grandes. Llegó después al litoral de Chagres. Siguió la costa al Este, y el 2 de noviembre echó el ancla en seguro y cómodo puerto, llamado por Colón Puerto Bello. Encontró allí casas espaciosas y tierras perfectamente cultivadas, donde se contemplaban hermosas palmeras y donde las ananas y vainillas embalsamaban el ambiente. Los indios le trajeron algodón elaborado y muchas frutas; el oro, poco. El 9 de noviembre se hizo a la vela para continuar la exploración, siguiendo a lo largo del istmo de Panamá. Continuó su camino; mas sorprendido por terrible borrasca, echó el ancla en unas islas de la costa, donde era tal la abundancia de frutos, raíces y en particular de maíz, que denominó aquel sitio el Puerto de las Provisiones. Allí estuvo hasta el 23 de noviembre, saliendo al fin con el objeto de continuar el reconocimiento de la isla. Tres días después, esto es, el 26 de noviembre, encontró un puerto estrecho que denominó El Retrete (hoy Puerto Escribanos), dando la vuelta a la tierra que atrás quedaba, noticioso de que las minas de oro se hallaban en Veragua. El 5 de diciembre dejó El Retrete; hizo noche en Puerto Bello; se vió en gran peligro por violentas borrascas, pues «ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma.» El 13 de noviembre una tromba marina (fronks) estuvo a punto de sumergir la escuadrilla. A los cuatro días siguientes, o el 17, lograron nuestros barcos entrar en un puerto, y cerca de él había un campamento, cuyas viviendas se hallaban construídas encima de los árboles. El 20 desplegaron sus velas y se lanzaron a la mar; furioso viento les hizo acogerse a una ensenada, dedicándose a reparar las averías de las carabelas. En aquel sitio pasaron el año nuevo. El 3 de enero de 1503 salió la escuadrilla y penetró en un río que el Almirante llamó de Belén (los indígenas Yebra) distante una legua del conocido con el nombre de Veragua, país de las minas de oro. La distancia de Puerto Bello a Veragua es de unas 30 leguas; pero habiendo tardado en salvarlas cerca de un mes, y no sin bastante trabajo, el Almirante dió a aquella parte de litoral el nombre de Costa de los Contrastes. «Durante todo ese mal tiempo—según Herrera—sufrió (Colón) ataques continuos de gota con grandes dolores, y todos los que se hallaban a bordo de las carabelas estaban enfermos, fatigados y sujetos a raras debilidades de temperamento»[518].

Como el río de Veragua tenía poco fondo, y el de Belén pasaba de cuatro brazas en su entrada, continuó Colón en el citado último río. Aunque las relaciones con los indígenas no eran tan cordiales como hubiera deseado el Almirante, sin embargo, los nuestros pudieron cambiar con ellos algunas fruslerías por veinte espejos de oro. El 12 de enero dispuso el Adelantado remontar con los botes el río de Veragua y llegar hasta la residencia de Quibián, jefe de aquella comarca. En efecto, verificóse la entrevista, que fué amistosa, hasta el punto que el indio obsequió con alhajas de oro al español. Al día siguiente, el Quibián se presentó en el puerto de Belén, recibiendo cariñosa acogida de parte del Almirante. Luego que los suyos cambiaron espejos de oro por cascabeles, partió bruscamente y sin despedirse de Colón.

El 24 de enero, de repente se desencadenó terrible tempestad en el Océano. Creció mucho el río. Las amarras de los barcos se rompieron, y la Capitana fué lanzada con violencia sobre el Gallego, ocasionándole graves averías. Del 6 de enero al 14 de febrero, llovió copiosamente. A pesar de la lluvia, el Adelantado, con 75 hombres, penetró en el país y habló a Quibián, por el cual supo dónde se hallaban las minas. Regresó el Adelantado el 16 de febrero, caminando a lo largo de la costa y no perdiendo de vista las embarcaciones. Recorrió una gran parte del litoral, donde obtuvo espejos de oro y provisiones, regresando con bastante cantidad de dicho metal.

Dispuso el Almirante establecer en aquel punto un puerto militar que fuese al mismo tiempo factoría para la trata del oro, en tanto que él marcharía a Castilla en busca de refuerzos. A un kilómetro de la embocadura del río, y con el beneplácito del Quibián, se construyeron algunas casas de madera y un gran almacén para encerrar provisiones de boca y algunos efectos de campamento (armas y artillería). Cuando disponía Colón su retirada, descubrióse terrible conjuración del Quibián. Descubrióla Diego Méndez, quien hubo de encontrar reunidos unos mil guerreros, con muchas provisiones de víveres y brebajes[519]. Convencido el Almirante de la traición, dispuso que su hermano, el Adelantado, redujese a prisión al Quibián. Conducido el prisionero a un bote, aprovechando un momento en que el piloto Juan Sánchez se hallaba distraído, se arrojó de un salto al mar y desapareció debajo de las olas. Entretanto, el Adelantado se limitó a ejercitar sus derechos de conquista en la casa del famoso cacique, encontrando en ella—según el notario real Porras—seis grandes espejos, dos coronas, varias placas pequeñas y veintitrés alhajas de oro[520]. El total podía valer unos trescientos escudos de oro[521]. Mientras se preparaba Colón para dirigirse a la Española, el Quibián, ya fuera de las aguas, y oculto en las apartadas regiones de su tribu, animaba a los suyos para lanzarse a la lucha. El 6 de abril, cuando intentaba el Almirante hacerse a la vela y la gente de barcos iba a despedirse de los españoles del campamento, el Quibián, al frente de «más de cuatrocientos (indios), armados con sus flechas y cachiporras», atacó el Real. Sufrió terrible castigo de los bravos cristianos. Repitieron el ataque los indios, decididos a conquistar el campamento. Colón no sabía qué camino seguir. Los hombres que había dejado en tierra se hallaban en mucho peligro, y entre ellos, estaba su hermano que sólo podía disponer de pequeña guarnición, diezmada por la muerte y abatida por la desesperación. Las carabelas hacían agua por todas las costuras. El mar continuaba furioso y el cielo inclemente. Las tripulaciones presentían siniestros temores, y él se vió acometido de ardiente fiebre. Perdido el Gallego, y abandonado en el río Belén, ante situación tan crítica, el fiel Diego Méndez se multiplicaba, dando ánimos a todos. Colón le felicitó por su comportamiento. «Lo cual el Almirante tuvo a mucho, y no se hartaba de abrazarme y besar en los carrillos por tan gran servicio como allí le hice, y me rogó tomase la capitanía de la nao Capitana, y el regimiento de toda la gente y del viaje»[522].

Hacia últimos de abril pudieron al fin salir «en nombre de la Santísima Trinidad», las tres carabelas y navegar hacia la Española. Los vientos volvieron a agitar los mares y las naves, unas veces eran empujadas hacia el oriente y otras hacia el poniente. Habiendo andado treinta leguas, se inutilizó la Vizcaína, que no hubo más remedio que abandonarla, repartiéndose la tripulación entre la Capitana y el Santiago de Palos. Continuó el Almirante su derrotero, pasó a la altura del puerto de El Retrete, atravesó algunas islas, llegó al Cabo de San Blas y se adelantó diez leguas más al Oeste. El 1.º de mayo, los pilotos le hicieron presente el mal estado de los buques y el 2 de dicho mes estuvo en dos islas que denominó de las Tortugas por los muchos animales que vió de este nombre. Azotados los barcos por las furiosas olas y empujados por las corrientes, fueron a parar a las islas situadas al Sur de Cuba, que en otro viaje llamó el Almirante al sitio de arribada Jardines de la Reina. Aunque le quedaba poco para llegar a la Española, se encaminó a Puerto Nuevo (Jamáica), donde entró el 23 de junio de 1503. Al día siguiente marchó por la costa buscando un asilo más al Este, el cual encontró, y en su primer arranque de admiración le dió el nombre de Santa Gloria.

Hallábase rodeado el puerto de Santa Gloria de lugares encantadores, poblados de árboles frutales. Allí mandó encallar las carabelas, de las cuales hizo habitación. En Santa Gloria permaneció doce meses y cinco días, teniendo el sentimiento de que se le rebelasen los hermanos Diego y Francisco Porras. En carta escrita el día 7 de julio de 1503, desde la isla Jamáica, escribe lo que sigue: «Allí se me refrescó del mal la llaga; nueve días anduve perdido sin esperanza de vida: ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir adelante, ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía en aquella mar fecha sangre, herviendo como caldera por gran fuego. El cielo jamás fué visto tan espantoso; un día con la noche ardió como forno; y así echaba la llama con los rayos que todos creíamos que me habían de fundir los navíos. En todo este tiempo jamás cesó agua del cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba otro diluvio. La gente estaba ya tan molida, que deseaban la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos estaban sin anclas, abiertos y sin velas»[523].

Más adelante escribe: «Yo estoy tan perdido como dije: yo he llorado fasta aquí a otros: haya misericordia agora el Cielo, y llore por mí la tierra. En el temporal no tengo solamente una blanca para el oferta: en el espiritual he parado aquí en las Indias de la forma que está dicho: aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte, y cercado de un cuento de salvajes y llenos de crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de los Santos Sacramentos de la Santa Iglesia, que se olvidará desta ánima si se aparta acá del cuerpo. Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia. Yo no vine este viaje a navegar por ganar honra ni hacienda: esto es cierto, porque estaba ya la esperanza de todo en ella muerta. Yo vine a V. E. con sana intencion y buen celo, y no miento. Suplico humildemente a V. E. que si a Dios place de me sacar de aquí, que haya por bien mi ida a Roma y otras romerías»[524].

En aquella olvidada isla hubiera encontrado obscura muerte el ilustre navegante, si el leal y bueno Diego Méndez no se ofreciera a pasar en una canoa india a la Isla Española en demanda de auxilio. A Méndez le acompañaba en tan arriesgada empresa el italiano Bartolomé Fieschi[525]. Después de algunos días de luchar con las tempestades y borrascas, llegó Méndez al puerto de Azna, donde supo que el gobernador general Ovando estaba en Xaragua, cincuenta leguas tierra adentro, ocupado en exterminar a sus habitantes. El comendador de Lares oyó el relato y ofreció tratar de ello. Cuantas veces insistió Méndez, otras tantas se le contestó con evasivas y dilaciones. Y así pasaron ocho meses hasta que, habiendo perdido toda esperanza, se decidió a fletar una carabela y enviarla en ayuda del Almirante.

Entonces Ovando, para convencerse de si era cierta la narración de Méndez, mandó a Jamáica un carabelón mandado por Diego Escobar, uno de los que se habían sublevado contra el Almirante. Llegó Escobar a cierta distancia del sitio donde estaban los infelices viajeros, se aproximó en una barca, les dijo que el Gobernador se compadecía de ellos, y habiéndoles entregado por todo socorro una barrica y un tocino, volvió al galeón, el cual se hizo a la vela para Santo Domingo. Aunque dijo Escobar al Gobernador que todo lo dicho por Méndez era verdad, todavía pasó un mes sin decidirse, lo cual prueba la pasividad de Ovando.

Diego Méndez, cansado de esperar y arrostrando todas las consecuencias, hizo público en Santo Domingo el peligro en que se hallaba el descubridor del Nuevo Mundo y el abandono en que se le tenía. Amigos y enemigos, todos a una, se pronunciaron en favor de Colón y en contra de Ovando. Cuando, merced a los sacrificios de los amigos de Colón, pudo Méndez fletar un buque (28 junio 1504) para dirigirse a Jamáica, entonces, y sólo entonces, tal vez temiendo quejas y murmuraciones de la opinión pública, se decidió a mandar otro en auxilio del Almirante. Embarcado el descubridor del Nuevo Mundo, llegó (13 de agosto) al puerto de Santo Domingo, teniendo de parte de Ovando un recibimiento poco cariñoso y aun rayano a la frialdad. Había recorrido, desde el río Belén a la isla Española, unas 225 leguas. Si alguno de nuestros lectores dudase—y no nos extrañaría su duda—de la fidelidad del relato, le recomendaremos que lea al P. Las Casas, que estaba a la sazón en Santo Domingo; a Fernando Colón, que acompañó a su padre en el cuarto viaje, y a Diego Méndez, que tomó parte principal en dichos sucesos.

Háse dicho por el Sr. Fernández Duro que Ovando demoró su ayuda al Almirante por el temor que abrigaba de que, llegando en aquellos momentos, pudieran reproducirse las no extinguidas banderías. Deseaba—añade el distinguido historiador—recibirle «con toda consideración, con todo el respeto y agasajo que se le debían»[526]. A esto contesta—y hacemos nuestras sus palabras—el Sr. Ruiz Martínez lo siguiente: «Quizás sea ésta, en efecto—a falta de otra mejor—la razón que diera Ovando para explicar su tardanza. Pero si tal recelo, que en el estado que ya se hallaba la isla era infundado, pasó realmente por su imaginación, ¿no le imponía el más rudimentario deber de humanidad, ya que no de patriotismo, la obligación de enviarles un buque para que hubiesen marchado directamente a España, sin tocar en Santo Domingo? Y si esto le parecía demasiada generosidad, ¿no estaba obligado, no ya tratándose de Colón, no ya tratándose de españoles, sino de unos náufragos, cualquiera que fuese su país y nacionalidad, a ponerse en frecuente correspondencia con ellos y enviarles las ropas, víveres y demás cosas indispensables para que no pereciesen de hambre o a manos de los indios? ¿Qué sublevaciones podía intentar Colón, agobiado por los años, rendido por las fatigas, enfermo de la gota y con su tripulación hambrienta, desmayada y medio desnuda? ¿Qué alborotos sobrevinieron cuando después llegó a la isla, permaneciendo en ella un mes? Y, sobre todo, ¿puede justificar la simple sospecha de que podía producirse un escándalo en Santo Domingo, aquel abandono en que se dejó al Almirante? ¿Qué mayor escándalo para el mundo todo, y qué ignominia mayor para la patria entera, que la noticia de haber perecido el descubridor del Nuevo Mundo, casi a la vista de los españoles, sin que se le tendiera una mano compasiva, por temor a una alteración del orden público? ¡Afortunadamente Dios, que sin duda velaba por la vida de Colón, libró a nuestra patria de semejante vergüenza![527].

El 12 de septiembre se hizo Colón a la vela desde Santo Domingo para España. Sufrió privaciones sin cuento y fué juguete de las olas en las inmensidades del Océano, arribando en el más deplorable estado al puerto de Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504.

Séanos permitido exclamar: ¡Qué ingratitud tan grande! Nada prueba la afectuosa carta que Colón escribió a Ovando de la isla Beata, anunciándole su llegada de Jamáica, y decimos que nada prueba porque en aquellos momentos aún podía el Gobernador perjudicar al Almirante. Tan cierto es lo que decimos, que cuando llegó a España manifestó cómo el Gobernador deseaba su perdición, pues mandó a Diego Escobar sólo por saber si ya era muerto. Si tales afirmaciones pecan de atrevidas, no será atrevimiento por nuestra parte decir que Ovando no perdonó medio para molestar al Almirante. Si anduvo solícito para poner en libertad y perdonar a los hermanos Porras, a los marineros y grumetes, todos del puerto de Sevilla o de las cercanías, que se habían sublevado en Jamáica contra el Almirante[528], manifestóse rehacio un día y otro día para devolver los bienes que a los Colones les fueran tomados por Bobadilla.

En tanto que se desarrollaban tales sucesos, la reina Isabel, cuyo fervor religioso nadie podría poner en duda, escribió a Nicolás de Ovando una carta, fechada en la ciudad de Segovia el 20 de diciembre de 1503, diciéndole, entre otros cosas de importancia, «que compeliese y apremiase a los indios a reunirse con los cristianos para que se convirtieran al catolicismo y les auxiliasen en los trabajos de población y cultivo de la Española.» Influyesen o no en el ánimo del comendador de Lares lo escrito por Doña Isabel, probado se halla que desde entonces se establecieron de un modo permanente los repartimientos de indios. Lo cierto es que Cristóbal Colón inició el abuso, Bobadilla le dió más desarrollo, y en tiempo de Ovando llegó a su apogeo. Lejos de nosotros pensar que las palabras citadas de la reina Isabel fueron la causa de los repartimientos. Suyas son las siguientes palabras, que también se hallan en la misma carta: «Pagándoles (a los indios) el jornal que por vos fuese tasado, lo cual hagan e cumplan como personas libres, como lo son y no como siervos; e faced que sean bien tratados los dichos indios e los que de ellos fueren cristianos mejor que los otros, e non consintades ni dedes lugar que ninguna persona les haga mal ni daño, ni otro desaguisado alguno, e los unos ni los otros no fagades ni fagan ende al, por alguna manera, so pena de la mi merced, y de 10.000 maravedís para la mi Cámara.»

Sea de ello lo que quiera, no puede negarse que cada vez fueron mayores los repartimientos de indígenas. «Los premios y los castigos—escribe el Sr. Ruiz Martínez—consistían en dar más o menos indios; los servicios y las influencias se pagaban con lucidos repartimientos, y llegó a tal extremo el abuso, que algún tiempo después, muerta ya la reina Isabel, se concedían a señores de España dotaciones de centenares de indios para que los explotasen allá sus criados y servidores, y que ellos, sin moverse de Castilla, recibiesen aquí los pingües rendimientos»[529]. Política tan torpe ocasionó casi la despoblación de muchas y dilatadas comarcas. Bastará decir que de unos tres millones de indios que había en la Española a la llegada de Colón, quedaban 60.000 en los últimos tiempos de Ovando. Como los indígenas se acababan en la Española y la avaricia de los españoles iba en aumento, el comendador de Lares, con el consentimiento de D. Fernando el Católico, hubo de transportar a la Española los indios que habitaban las islas Lucayas. Por el engaño primero, y por la fuerza luego, los españoles se apoderaban de los indios, y embarcándolos, los conducían al mercado, donde eran vendidos, cuando la mercancía era más abundante, al precio de cuatro pesos. En poco tiempo las islas Lucayas quedaron casi desiertas y los indios que quedaron en ellas fueron sometidos a la dura condición que los de la Española.

De los malos tratos que recibía hubo de protestar por última vez la raza indígena. Los indios del Higuey prefirieron la muerte a la esclavitud. Juan de Esquivel, por orden de Ovando, al frente de 400 hombres, los venció sin ningún esfuerzo. Los que no murieron en la lucha, fueron ahorcados o quemados. El cacique Cotubanamá que se refugió en la isleta Saona con su familia, fué preso y conducido a Santo Domingo, pagando en la horca su amor a la independencia.

En otro orden de cosas no seríamos justos si negásemos nuestros aplausos al gobernador Ovando. Gobernó con bastante prudencia y puso en orden la administración: edificó y reedificó—como dijimos en este mismo capítulo—poblaciones; organizó el laboreo de las minas y estableció cuatro fábricas para acuñar moneda. Mandó a Sebastián de Campo (1508) a reconocer la isla de Cuba para saber si era o no tierra firme, lo cual aún se ignoraba, sin embargo de la indicación que había hecho en su famosa carta Juan de la Cosa; y envió a Juan de Esquivel a la isla de Boriquen (hoy Puerto Rico), para que la reconociese. Por último, arrojó de la isla a la gente maleante y dictó órdenes para dar forma legal a los amancebamientos de españoles con indias. Si cometió desaciertos y errores, censurémosle; pero tengamos presente las creencias y costumbres de su tiempo. En otro lugar y en distinta época, tal vez hubiese sido excelente gobernador.

D. Diego Colón, nombrado gobernador y capitán general de las Indias, en virtud de las estipulaciones hechas por los Reyes Católicos con su padre el Almirante, llegó a Santo Domingo (julio de 1509). Comenzó residenciando a Ovando; pero el antiguo gobernador abandonó la Isla Española en septiembre del dicho año y llegó a Castilla, muriendo el 29 de mayo de 1511.

¿Por qué Colón y sus hermanos fueron tan poco queridos en Santo Domingo? Repetiremos aquí lo que ya hemos indicado varias veces: los Colones, por su nacionalidad italiana y por su carácter grave y demasiado formal, opuesto al de los andaluces, que eran muchos en la Isla Española, gozaban de pocas simpatías. Sobre el particular—y aunque no estamos del todo conformes—veamos lo que dice Cánovas del Castillo: «Mas nada de esto quita que saliesen Colón y sus hermanos de nuestra primera colonia transatlántica malqueridos de todos; ¿y cuál pudo, en suma, ser la causa sino la que yo pienso, es a saber: el poco tacto, la violencia y falta de dotes de mando que demostraron? ¿Sería sólo su calidad de extranjeros? Para soberanos les venía esto mal, sin duda, y ya lo he dicho; pero después de todo, ¿qué nación ha habido en el Universo que con menos dificultad que la española se haya dejado regir por gente nacida en extrañas tierras?» Los marqueses de Pescara y del Vasto, hijos de Nápoles, aunque de antiguo origen español; el condestable de Borbón, francés; Filiberto de Saboya, Alejandro Farnesio, Castaldo, Chapín Vitelli, Ambrosio de Espínola, Torrecusa, ¿no eran tan extranjeros como los Colones? Pues fueron todos amadísimos de la ruda, tal vez feroz, y asimismo rapaz y viciosa gente, aunque no peor que la de los otros países, sino propia de los tiempos, que a sus órdenes ejecutó tantas hazañas inmortales. Ninguno de los nombrados llegaba al mérito de Colón en cien leguas; pero así y todo, ¿no parece claro que hubieron de estar mejor organizados y preparados que él para el especial oficio del mando[530]?

Cosas muy distintas fueron las ocupaciones de los capitanes antes citados y la de Cristóbal Colón. El marqués de Pescara, Alejandro Farnesio, Ambrosio de Espinóla y demás generales, peleaban al lado de otros jefes españoles y bajo las órdenes de nuestros monarcas; Colón, por sus grandes merecimientos, por la fortuna, que siempre le fué propicia, por su indudable superioridad, y tal vez por su legítimo orgullo, hubo de colocarse a tanta altura, que los pequeños se sentían humillados, los grandes le envidiaban y los mismos reyes se mostraban recelosos de un extranjero e importuno pretendiente hacía poco tiempo y que a la sazón estaba colocado en un trono de gloria. Cierto es, que el mando del Almirante en Santo Domingo fué poco feliz, influyendo en ello su carácter altanero y receloso; pero, como dice el Sr. Cánovas—y en esto estamos conformes con el ilustre historiador—«fué bastante extraordinario aquel hombre, y su memoria es sobrado gloriosa, para que ninguna flaqueza humana, cuanto más las que se le atribuyen, pudiera privarle del inmenso e indestructible pedestal sobre que su figura histórica descansa»[531].