CON LICENCIA
En Madrid: Por Manuel Fernández, Impressor
de Libros, vive en la Calle del
Almendro.
SEÑOR DON FERNANDO
PRÍNCIPE DE ASTURIAS
Señor:
La pequeñez del don desalienta mucho á quien ofrece; esto es común; pero en quien ofrece (como yo) á aquel respeto, de cuya magnitud nada queda capaz de llamarse grande, falta desde luego este motivo al temor reverente y se excitan todos los que hay para el cariño respetoso. Entre los astros, unos nos parecen grandes y otros pequeños, cuando precisamente ponemos en ellos los ojos; lo mismo sucede entre los montes; y entre éstos, algunos, por su agigantada elevación, se han grangeado sin disputa el título de altísimos; pero en dejándose ver la luciente majestad del sol, y en poniendo la atención en la desmedida altura del cielo, los astros todos son pequeños y los montes dejan de ser gigantes. El sol, sólo en la Escritura Sagrada, tiene el renombre de grande, luminaré mains y sólo el cielo es alto, entre los que saben que respecto de él todo el orbe de la tierra se debe considerar como un punto.
¿Quién puede dudar que hay estimables preciosidades en la naturaleza, curiosas máquinas en el arte, sutilísimas invenciones del ingenio, eruditas y profundas operaciones de la ciencia, y hermosas y floridas composiciones de la retórica y de la poesía? Entre todas estas cosas, se hallarían muchas muy grandes, consideradas en sí; pero al elegir entre ellas alguna que ofrecer á V. A., nada se hallaría, no sólo grande, pero ni aún digno de emplear vuestro Real ánimo, mayor que todo. Entonces lo más precioso parecería despreciable, la curiosidad, desaliño, la sutileza, tosquedad y barbaridad la erudición. Se hallaría la ciencia ruda é ignorante, muda la retórica y la poesía balbuciente. Tanto minora siempre, aun á lo más excelso, la comparación con lo sumo.
Y no obstante la innegable verdad de este principio, yo me atrevo, señor, á llamar grande lo que os ofrezco. Hoy pongo yo en vuestra alta comprehensión los trabajos de los Jesuitas, en la espiritual conquista de las desconocidas, incultas y bárbaras provincias del Paraguay, en el país que llaman de los Chiquitos. Ved aquí ya, señor, lo que con toda verdad puede llamarse grande, aun puesto á los Reales piés de V. A. y á vuestra vista; para lo que les bastaba al saberse mantener con el nombre de trabajos y fatigas, contra todo el golpe de la dicha, que les ocasiona el haber llegado á vuestra noticia y merecer vuestra atención piadosa. Prueba es esta que no necesitaba de otra alguna, y más cuando en nombre de los demás Jesuitas puedo confiadamente decir yo que fuera de la gloria de Dios, que debe ser en ellos (como hijos de Ignacio), el primer timbre de sus empresas, esta sola felicidad los hace y los hará arrojarse gustosos al casi inevitable tropel de los riesgos, y á la fatiga inmensa de tan continuados afanes. Mucho padecen, señor, como en esa sucinta relación se puede ver brevemente; pero les llena de un gozo indencible y de un consuelo inexplicable, el ver á costa de sus sudores, hijos de Dios, los que eran esclavos del demonio, y felices vasallos de un Príncipe como V. A. los que padecían una miserable libertad en la indómita servidumbre de su desdicha. Ya son deliciosos jardines del Rey del cielo, las enmarañadas selvas de la idolatría, y ya delicadas flores y tiernas plantas que produce y adelanta el riego evangélico, se atreven á recrear divertidamente vuestros primeros años, si antes pudieran asustar y asustaban temerosamente los años más endurecidos.
No habrá quien niegue (si ha tenido alguna vez la dicha de veros) que les quita lo más de la realidad á los afanes y fatigas la fortuna apetecible de llegar á vuestra presencia, que aunque por lo común son descorteses los males y poco atentos los trabajos, hay dichas de tan superior esfera, á quien no se atreve su osadía, y se deja vencer, aunque precisada su obstinación, de su grandeza. En la realidad, ya desde hoy, somos los Jesuitas del Paraguay dichosos, aunque en esa relación que os presento, fuesen todavía como fatigados. Y no ellos solos, que también los que al nacer hijos de la predicación evangélica, se cuentan al mismo tiempo hijos vuestros, por sujetos á vuestro apetecible imperio, ni les queda más á que aspirar, ni harán nueva felicidad que apetecer. Por las puertas de la gracia de Dios verdadero entraron dichosamente á la del Príncipe más poderoso y más amable (que de otro modo no fuera posible) y ya que no tuvieron la dicha de nacer españoles para nacer vasallos de tanto Príncipe, tuvieron la inestimable fortuna de que los españoles Jesuitas (que creo que lo son dos veces) los hiciesen renacer para hacerlos lograr en una muchas felicidades.
Vuelvo á decir, señor, que es grande lo que os ofrezco, aun ofrecido á V. A., á cuya vista sólo los trabajos, afanes y fatigas de los Jesuitas en cualquiera línea, pueden ser grandes, y en esta, del mayor aprecio de vuestra alta estimación. Y vuelvo á decir que basta esta sola prueba para desempeño de mi proposición que en otro sentido debiera con razón juzgarse osadía. Pero además de esta, tengo otra, no menor, que dar en el sublime juicio del generoso padre de V. A., nuestro amabilísimo Monarca. También su elevado dictamen ha juzgado grandes los afanes de los Jesuitas, y los frutos de ellos han merecido su aprobación, su patrocinio, sus influjos y sus liberalidades, y no puede ser pequeño lo que ha podido merecer tanto. Así lo publica nuestro reconocido agradecimiento, pues aunque en su católico celo nada hay en esta especie, que su generosidad lo juzgue exceso, verdaderamente que los favores y expresiones hechas á los Jesuitas del Paraguay, pudieran parecer exceso en otro amor y en otro Rey.
Esto hace, señor, que V. A. haya de mirar como estimables efectos de la generosa piedad de vuestro padre, lo que se os ofrece como á tan amado y tan amante hijo, y este título lo hace crecer tanto, que fué en mí lo que últimamente resolvió mi respetuosa timidez, para ofrecer á un Fernando, Príncipe de Asturias, aquello que se dignó mirar como suyo un Philipo, Rey de las Españas. Confiadamente me atrevo ya á suplicaros que prosiga vuestra dignación los favores de vuestro gran padre, para lo que nos basta sólo que admitais benigno esta breve noticia de nuestras fatigas; que bien se yo y sabemos todos los Jesuitas, que la sombra sólo de vuestro augusto nombre, templará nuestros afanes, enjugará nuestros sudores y hará que respetuosa aun la envidia de tanta fortuna, pronuncie y para como aplausos y alabanzas, aun lo que aprenda y conciba como dicterios y calumnias. Y asegurados los Jesuitas (no digo envanecidos, aunque lícitamente pudiera), asegurados digo, en tanto patrocinio, no nos quedará más que desear, sino es el que aquel Dios, para cuya gloria y servicio contribuye vuestra feliz vida tanto, dilate por siglos vuestros años, os colme de felicidades y de triunfos, hasta que se vea la España envidiada de todas las demás naciones, sólo por la dicha de lograr en vuestra alteza tan singular Príncipe.
Muy rendido vasallo de V. A.,
Jerónimo Herrán.
APROBACIÓN
DEL
PADRE ALBERTO PUEYO
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Calificador
de la Suprema general Inquisición de España, etc.
De orden de V. A. he visto con gusto la Relación historial de los indios que llaman Chiquitos, etc., y me persuado que el ministro evangélico que fuere menos fervoroso, la leerá con sentimiento y rubor, comparando el apostólico celo de aquellos incomparables misioneros con su tibieza, y sólo sentirá alivio en su dolor pidiendo á Dios que por su infinita piedad se compadezca de los años que ha mal empleado en ociosidad. Me sirve también de singular consuelo el ver, que por medio del fuego de la mayor gloria de Dios que arde en los corazones de mis hermanos los Jesuitas, misioneros de la provincia del Paraguay obra Dios los milagros que obraba en la primitiva Iglesia, porque cumplen estos á la letra lo que Cristo manda á los que profesan la vida apostólica, discurriendo por las inmensas campañas de aquella parte de América, trepando inaccesibles selvas y bosques venciendo la fragosidad de los montes, arrestados siempre á perder mil vidas, sólo por darla á infinitos bárbaros, que ciegos con las tinieblas de la gentilidad, viven más como fieras que como racionales. Y al mismo tiempo corresponde Cristo nuestro dueño, como infalible que es en sus promesas, con lo que nos dice por San Marcos, consolando y premiando abundantemente en esta vida las gloriosas tareas de sus siervos, comunicándoles el don de nuevas lenguas, que son infinitas como las naciones, que los nuestros aprenden casi milagrosamente para que prediquen el Evangelio, y es maravilla ver cómo aquellos bárbaros, á pocas razones de los misioneros, y viendo enarbolado el inestimable madero de la Cruz y la imagen de María Santísima, pasan á ser, casi de repente, no sólo cristianos en el deseo, sino misioneros fervorosos, apostados á perder la vida, derramando la sangre por la ley Evangélica, y al heroico creer, así de misioneros como de recién convertidos, se sigue lo que nos dice Cristo en el Evangelio, que es echar los misioneros, á vista de todos, los demonios de las Rancherías, que son sus pueblos, de que han estado en pacífica posesión por muchos siglos, con sólo decir aquellos fervosos Jesuitas el Evangelio ó poner las manos sobre los enfermos, se desvanecen los contagios frecuentes en aquellos países, obrando otras milagrosas curaciones; ni los venenos, ni la comida casi corrompida y muchas veces tan escasa, que se reduce á alguna frutilla silvestre, ocasiona el menor daño á la más delicada salud del misionero. El blanco, pues, que tienen estos Jesuitas en sus fatigas, es sólo convertir almas para Dios, y al mismo tiempo aumentar vasallos á nuestro gran Monarca, agregando nuevas provincias á su Corona, cumpliendo con la obligación de Jesuitas y de vasallos, en señal de la justa gratitud que debemos á este gran Príncipe que se ha dignado y digna tanto en favorecer á la Compañía, expendiendo al mismo tiempo su Real piedad muchos caudales, con que se ha fundado en tiempo de su reinado, mantenido y aumentado más y más aquella numerosa y nueva cristiandad de los Chiquitos. Aunque los Jesuitas, que se ocupan en estas gloriosas tareas son muchos, como es abundantísima la mies, son pocos los obreros: Messi multa operarii autem pauci. Quiera Dios, que es el dueño de la mies, mover los corazones de muchos, para que multiplicándose los operarios, sea muchas veces más copioso el precioso fruto, que tan felizmente se coje. Sobre todo, me parece que en ningún tiempo mejor que en este se pueden decir, pero con lágrimas en los ojos, aquellas divinas palabras de Cristo: Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis, porque en la misiones, que llaman de los Chiquitos, ó de los Parvulillos, hay muchos, por no decir innumerables indios, que claman por Padres, y como ellos se explican, que les enseñen la verdadera ley. Pero, ¡oh lástima! No hay bastantes operarios que les repartan el inestimable y necesario Pan del Evangelio, que con tanta ansia desean: Et non erat, qui frangeret eis. ¿Qué Jesuita habrá á quien tan justos como lastimosos clamores no hieran el corazón ó no le saquen lágrimas á los ojos? ¿Y á quién no encenderá en vivos deseos de socorrer necesidad tan extrema? Pudiera dilatarme mucho más en ponderar las fatigas gloriosas de los Jesuitas: pero acabo, por no ser cansado, diciendo: que no habiendo hallado en este libro cosa que se oponga á las regalías de S. M. ni á nuestra Santa fe católica, ni á las buenas costumbres, juzgo que se debe dar al autor la licencia que pide. Y quizás Dios moverá los corazones á muchos de los que leyeren esta historia, para que afervorizados, pongan los más eficaces medios para ir á ayudar á la salvación de aquellos infelices indios, que por falta de quien les comunique la luz del Evangelio, miserablemente perecen. Este es mi sentir. De este Colegio Imperial de Madrid, á veinte y cuatro de Agosto de 1726.
Alberto Pueyo.
APROBACIÓN
DEL
PADRE JOSEPH DE SILVA
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
Predicador de S. M. y del Colegio Imperial.
De orden de V. S. he visto y leído con gran gusto la Relación historial de las misiones de los indios que llaman Chiquitos, que están á cargo de la Compañía de Jesús, en la provincia del Paraguay; y si las quisiésemos cotejar con las conquistas Evangélicas del Oriente, que fueron el glorioso empleo de San Francisco Xavier, por las cuales mereció el título de Apóstol de la India, tendríamos muy poco que hacer para igualarlas; ya se miren las naciones bárbaras, que en tan dilatado campo de la idolatría han reconocido á Jesucristo y á su Santa ley, ya la diversidad de genios y costumbres de estas gentes, más propias de brutos que de racionales, cultivadas por nuestros misioneros con tanto afán y fatiga en estos tiempos, al parecer más reñidos con los cuidados de salvación agena; me parece que ha renovado Dios en su iglesia, por medio de estos operarios suyos, las señales de la primitiva, confirmando la predicación del Evangelio con los milagros que dijo San Marcos[I.] que acreditaban la predicación de los Apóstoles en la conquista del mundo. Toda la relación está llena de esta verdad, y confirmada con la sangre de muchos misioneros, muertos cruelmente á manos de los bárbaros, por conservar y mantener en su pureza la fe de Jesucristo.
Puedo decir sin violencia, que atendidos sus trabajos y su celo en adelantar las conquistas, como se pueden ver en las innumerables reducciones ó pueblos que han hecho de los convertidos á la fe, que bastarían sin duda para enjugar las lágrimas de aquel siglo, en que San Gregorio lloraba la falta de operarios en la Iglesia, siendo tan abundante la mies en las naciones: Ad messem multam operarij sunt pauci, quod non fine nœrore et lachrymis loqui possumus[II.]. Para estos obreros evangélicos reservó Dios sin duda gran parte de aquella gloria, que señaló al Apóstol de las gentes en su vocación, y destinó á la promulgación de la ley de Gracia, marcándole en la elección para que llevase su nombre á tantas y tan diversas naciones:[III.] Ut porlet nomen meum coram gentibus et regibus et filijs Israel. Y á la verdad, en esta Relación historial se verá que han introducido la fe de Jesucristo los misioneros Jesuitas en la otra parte del mundo, que confina con la Tierra Austral incógnita, tocando en la que los cosmógrafos dicen que aún no está descubierta, y la llaman Tierra del Fuego. Dignos por cierto de aquél premio, que tiene Dios destinado para los que á costa de afanes, fatigas y sudores, hicieron adorar su nombre en los últimos términos del mundo, como lo dejó escrito Isaías y lo explicó San Pablo, que fué el mas fiel testigo de la predicación del Evangelio. Dejo para menos apasionadas plumas la confirmación de este dictamen mío, que podrá parecer sospechoso por interesado, y pongo por conclusión de la censura la que se merece una obra toda de la gloria de Dios, para que en la luz pública logren todos ejemplos de la virtud más heroica y del más apostólico celo. Este es mi dictamen, salvo, etc. En este Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid y Agosto 21 de 1726.
Joseph de Sylva.
Michael Angelus Tamburinus, praepositum generalis Societatis Jesu.
Cum relationem Missionum á Patribus nostrae Societatis apud Chiquitos, in Paraquria, á Patre, Joanne Patritio Fernández, Societatis conscriptam, aliquot eiusdem Societatis Theologi recognoverint et in lucem edi posse probaverint; facultatem facimus, ut typis mandetur; fi ijs, ad quos pertinet ita videbitur; cuius rei gratia, has litteras manu nostra subscriptas, et Sigillo nostro munitas, dedimus Romae 16 Aprilis 1726.
Michael Angelus Tamburinus.
LICENCIA DEL ORDINARIO
Nos el Dr. D. Cristóbal Damasio, canónigo de la insigne Iglesia colegial del Sacro Monte Ilipulitano Valparaiso, extramuros de la ciudad de Granada, inquisidor ordinario y Vicario de esta villa de Madrid y su partido, etc. Por la presente, y por lo que á Nos toca, damos licencia para que se pueda imprimir é imprima la Relación historial de las misiones de los Chiquitos, que están á cargo de los Padres de la Compañía de Jesús de la provincia del Paraguay, escrita por el Padre Juan Patricio Fernández, de la misma Compañía; por cuanto habiéndose reconocido, parece no tiene cosa que se oponga á nuestra santa fe católica y buenas costumbres. Dada en Madrid á 13 días del mes de Agosto año 1726.
Doctor Damasio.
Por su mandado,
Lorenzo de San Miguel.
LICENCIA DEL CONSEJO
D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor y del Gobierno del Consejo, certifico que por los señores de él se ha concedido licencia por una vez al P. Juan Patricio Fernández, de la Compañía de Jesús, para que por una vez pueda imprimir y vender un libro que ha compuesto, intitulado: Relación historial de las Misiones de los indios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay, con tal que la dicha impresión se haga por el original que va rubricado y firmado al fin, de mi mano; y que antes que se venda se traiga al Consejo con certificación del corrector de estar conforme á él, para que se tase al precio á que se ha de vender, guardando en la impresión lo dispuesto por las leyes de estos reinos. Y para que conste, doy la presente en Madrid á 12 de Agosto de mil setecientos veintiséis.
Don Baltasar de San Pedro.
SUMA DE LA TASA
Tasaron los señores del Consejo Real este libro intitulado: Relación historial de los indios que llaman Chiquitos en la provincia del Paraguay, á seis maravedís cada pliego como más largamente consta de su original, despachado en el oficio de D. Baltasar de San Pedro Acevedo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor y del Gobierno de su Consejo, en Madrid á nueve de Septiembre de mil setecientos veintiséis años.
Don Baltasar de San Pedro.
PRÓLOGO PARA ESTA OBRA
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En una breve relación de tan dilatadas y gloriosas empresas de los Misioneros Jesuitas que trabajan incesantemente en predicar la fe de Jesucristo á tan innumerables é incultas naciones del Paraguay y sus provincias, no es fácil poder escribir, como era razón, las vidas de muchos apostólicos obreros que han padecido martirio á manos de los infieles, y así me es preciso referir muy sucintamente parte de sus heroicas virtudes, dejando para mejor ocasión el sacarlas á luz con más extensión. En este supuesto, y en el de no ser historia con las formalidades que piden sus reglas, como de esta provincia la escribió el erudito P. Nicolás del Techo en lengua latina, sólo refiero las regiones en donde se han formado los pueblos de los nuevamente convertidos, y al mismo tiempo se describen sus situaciones, sus genios y sus diversos idiomas, para que se pueda comprender con menos dificultad el asunto de esta pequeña obra; que si se lograse con ella el encender en el corazón de los que ó tienen por instituto la conversión de las almas, ó por fervor cristiano la salvación de los infieles, un celo de dilatar la gloria de Dios en las conquistas del Evangelio, se dará por bien empleado el trabajo de sacarla á la luz pública, sin cuidado de que ó la censura ó la malicia le imponga aquellas acostumbradas notas que en el juicio prudente y cristiano sólo pueden servir para el desprecio y nunca para la atención; ojalá tenga yo muy frecuentes las noticias de estas apostólicas tareas para emplear con nuevo gusto el trabajo de publicarlas para mayor gloria de Dios, que es el fin principal de las Misiones de los Jesuitas.
Siendo preciso tocar en esta Relación historial, aunque de paso, las Memorias de algunos varones apostólicos que murieron á manos de los infieles por la fe que predicaban, dejando en su muerte aquel olor de santidad que correspondía á sus heroicas virtudes, así como se refieren otros sucesos milagrosos que en confirmación de la fe parece que los hacía Dios por medio de sus siervos para alentarlos á los trabajos de su mayor gloria; no es mi ánimo en estos puntos y en otros semejantes que contiene esta Relación el que se les dé más que aquella fe humana que se merecen los fundamentos que se refieren para escribirlos; y así estoy muy lejos de prevenir en la relación de ellos el juicio de la Iglesia; antes bien, protesto, el que los sujeto á la corrección de la Santa Sede, obedeciendo á los decretos de los Sumos Pontífices y de la Iglesia.
CAPÍTULO PRIMERO
Su principio, fundación y progresos.
No es mi intento por ahora escribir la historia de la provincia del Paraguay de la Compañía de Jesús, la cual comprende cinco Gobiernos y otros tantos Obispados, en la longitud de cerca de seiscientas leguas. El que quisiere saber más por extenso lo que en esta dilatada provincia han trabajado gloriosamente los PP. de la Compañía de Jesús y padecido por la conversión de los gentiles, podrá leer la Historia que de esta provincia escribió el P. Nicolás del Techo; advirtiendo que al tiempo, y cuando escribió dicha Historia, sólo se habían fundado veinte y cuatro Reducciones de indios á las riberas de los ríos Paranná y Uruguay, que componen el caudaloso y celebrado río de La Plata. Hoy llegan á treinta y una las reducciones de sólo los indios Guaranys, mucho más numerosas que las antecedentes, pues en el año de 1717 se contaban en dichas reducciones ciento y veintiún mil ciento sesenta y ocho almas, bautizadas únicamente por los PP. Misioneros de la Compañía de Jesús de dicha provincia. Los nombres de las reducciones ó pueblos de esta nueva cristiandad, son el pueblo de los Santos Apóstoles, el de la Concepción, el de los Santos Mártires del Japón, el de Santa María la Mayor, el de San Francisco Xavier, el de San Nicolás, el de San Luis Gonzaga, el de San Lorenzo, el de San Juan Bautista, el de San Miguel, el del Ángel de la Guarda, el de Santo Tomás Apóstol, el de San Francisco de Borja, el de Jesús María, el de Santa Cruz y el de los Santos Reyes. Estos á las riberas del gran río Uruguay. Los que se han fundado á la ribera del gran río Paranná, son el pueblo de San Ignacio, que llaman el Mayor, el de Nuestra Señora de la Fé, el de Santiago Apóstol, el de Santa Rosa, el de la Anunciación, el de la Purificación, el de San Cosme y San Damián, el de San Joseph, el de Santa Ana, el de Nuestra Señora de Loreto, el de San Ignacio, que llaman el menor, el del Corpus, el de Jesús, el de San Carlos y el de la Trinidad, aumentándose cada día más el número de convertidos y floreciendo en todos el primitivo fervor de la fe, que recibieron en el bautismo.
El fin, pues, de esta Relación, se reduce á dar noticia de las nuevas misiones que esta apostólica provincia tiene al presente en la nación de indios, que llaman Chiquitos.
Por donde la provincia de Tucumán confina por el Occidente con los reinos del Perú, se descubre un espacio de tierra que desde Santa Cruz de la Sierra, donde remata, y desde Tarija, donde empieza, tiene trescientas leguas de largo. Por el lado de Levante tiene aquella parte del Chaco, que va á hacer punta en el Tucumán; por el Poniente el Marañón, ó por mejor decir, á Santa Cruz de la Sierra, con quien más se afronta; por el Mediodía la provincia de las Charcas, y por la Tramontana mira de lejos á la provincia de los Itatines. Corre por medio de ella, de Septentrión al Austro, una cadena de montes, que empezando desde el Potosí llega hasta las vastísimas provincias del Guayrá. En ellos tienen su nacimiento tres grandes ríos, el Bermejo, el Pilcomayo y el Guapay, que bañan las campañas que están sitas á la falda, por una y otra parte de ambos montes, y de allí, atravesando un casi inmenso espacio de tierra, desembocan en el río Paraguay. Escogieron los Chiriguanás para su habitación este país, habrá como cosa de dos siglos, abandonando el nativo del Guayrá, y me parece no será fuera de propósito referir aquí la causa de esta mudanza. Al tiempo que las dos Coronas de Castilla y Portugal procuraban dilatar su imperio en estas Indias Occidentales, Alejo García, alentadísimo portugués, deseoso de servir al rey D. Juan el II, su amo, con las conquistas de nuevas provincias, tomando en el Brasil tres compañeros de su mismo ánimo y valor, después de haber caminado por tierra trescientas leguas hasta llegar á las costas del Paraguay, alistó por soldados dos mil indios: y habiendo caminado con ellos otras quinientas leguas por aquel río, aportó á los confines del imperio del Inga, donde, habiendo recogido mucho oro y plata, se volvió al Brasil; pero los bárbaros le quitaron á traición la vida.
Temerosos éstos, ó de que viniesen sobre ellos las armas portuguesas á vengar la muerte de los suyos, ó llevados del interés, se pasaron y vinieron á vivir en el país ya dicho; y aunque pocos entonces, pues apenas pasaban de cuatro mil, ahora están muy numerosos, pues pasan de veinte mil, viviendo sin forma de pueblo, en tropas, y dándose á correr y robar las tierras circunvecinas; y por el deseo de carne humana, de que gustaban mucho, hacían á muchos de ellos cautivos; y cebados por muchos días, como se hace en Europa con los animales de cerda, celebraban banquetes de cruelísima alegría, con lo cual se hicieron formidables á los confinantes; y sólo con la venida de los españoles olvidaron la inhumana costumbre de comer carne humana, pero no la crueldad; de suerte que se dice haber destruído y aniquilado hasta el presente más de ciento y cincuenta mil indios.
A reducir á estos bárbaros á vida política y cristiana, encaminaron sus designios, desde los principios del siglo pasado, los apostólicos Padres Manuel de Ortega, Martín del Campo, Diego Martínez, y sucesivamente otros; pero por más industrias de que se valió su ardiente celo, jamás pudieron ablandar la dureza de corazones tan obstinados, ni domesticar la ferocidad de ánimos tan salvajes, causa porque los abandonaron, como tierra en que se ha derramado inútilmente el grano Evangélico, para emplear sus fatigas en país que correspondiese á su cultura, con fruto más digno de sus trabajos; hasta que el año de 1686, habiendo ido dos Misioneros de esta provincia á ejercitar los ministerios de nuestra Apostólica Vocación á Tierra de Tarija, hicieron eco en aquellos desiertos las maravillas que obraba la divina palabra en las costumbres bien rotas y perdidas de aquella tierra.
Entraron, pues, en acuerdo algunos caciques, y de común consentimiento enviaron mensajeros á los Padres, suplicándoles con eficacísimos ruegos se moviesen á compasión de sus almas, poniéndolas en el camino de la salvación; pero no tuvieron por entonces otra respuesta, sino que no podían asistirles hasta dar aviso á su Provincial, que á la sazón era el Padre Gregorio de Orozco, natural de Almagro, en la Mancha, sujeto de mucho celo y fervor, quien no pudo tan presto condescender con tan justas súplicas hasta abrir colegio, como lo hizo en la villa de Tarija. En escoger entre todos los sujetos que habían de dar principio á aquella Misión, tuvo el buen Provincial no poco que hacer para aquietar los deseos, súplicas y lágrimas de tantos como se le ofrecieron á esta ardua empresa; pero no había quien con más ardor lo desease, ni á quien con más razón se debiese hacer esta gracia, como el V. P. Joseph de Arce, natural de las islas Canarias, hombre de gran corazón y de igual celo, premiado de Nuestro Señor con una muerte gloriosa, de que daremos noticia adelante. Parece que San Francisco Xavier, antes que los Superiores, le destinó para esta empresa, pues viéndole éstos dotado de gran talento y feliz ingenio para las cátedras, aunque con increíble dolor del buen Padre, le habían aplicado á ellas; pero no tardó mucho en que se vieron precisados á mudar de parecer, porque siéndole al humildísimo Padre de intolerable peso esta lustrosa ocupación, no podía recabar con súplicas y lágrimas le aliviasen de ella, con que recurrió al asilo de San Francisco Xavier, suplicándole con muchas lágrimas el cumplimiento de sus deseos. Tuvo feliz despacho con tan poderoso intercesor su súplica, porque cayendo luego enfermo, le dieron, por descuido del enfermero, un remedio recetado para otros, el cual le redujo á los últimos períodos de la vida. Viéndose en este lance, pidió licencia al P. Provincial Tomás Baeza para hacer voto á su grande Abogado San Francisco Xavier, de que si alcanzaba la vida, la emplearía en la conversión de los infieles. El P. Provincial, reconociéndole ya desahuciado, le dió grata licencia para hacer su voto; y luego que le hizo, le aceptó el Santo desde el cielo, pues remitiendo de su fuerza el mal, en breves días quedó sano del todo.
Y como en aquel tiempo se trataba con gran calor de la conversión á nuestra Santa Fé de las naciones que están hacia el estrecho de Magallanes, que descubiertas pocos años antes por el V. P. Nicolás Mascardi, italiano, sujeto de la provincia de Chile y mártir del Señor, pedían predicadores de nuestra Santa Ley, y por orden de nuestro piadosísimo Monarca Carlos II, estaban ya á punto algunos fervorosos misioneros para entrar en las tierras de los Patagones, fué también señalado el P. Arce. Pero á lo mejor de la obra se atravesó el infierno por medio de algunos Ministros del Rey, que atendiendo más á sus particulares intereses que al servicio de Dios y de la Monarquía, pretendieron sujetarlos con armas para hacerlos después esclavos suyos.
Desvanecida, pues, esta misión con incomparable dolor de todos los buenos, fué destinado á llevar la luz del Evangelio á los Chiraguanás, y abrir camino en otras provincias á tantos hermanos suyos, que conducidos de su mismo espíritu y celo habían de seguirle, para sembrar en ellas la semilla de la predicación evangélica, los cuales, para hacerla más fecunda, la habían de regar, no sólo con sus sudores, sino también con su sangre. Pero antes de emprender esta obra, procuró armarse y fortalecerse con aquellas virtudes que reconocía necesarias para tan ardua y difícil empresa, porque le adivinaba presagioso su corazón que el común enemigo se había de poner en armas para no perder la tiránica posesión y señorío de una gente, que hasta entonces, con injuria de Dios Nuestro Señor, había estado siempre á su devoción.
En el ínterin, pues, que el Padre estaba con todo su espíritu recogido en Dios tratando este negocio, vino del Pilcomayo un cacique con seis vasallos suyos, pidiéndole no difiriese un punto de ir á darles noticia de Dios Nuestro Señor; y luego manifestaron las veras con lo que decían las obras, oyendo con gusto y atención la explicación de la Doctrina Cristiana, y estando siempre obedientes á su voluntad.
Las muestras que dieron de sí estos pocos, le encendió en su corazón un ardiente deseo de poner luego manos á la obra, pareciéndole estas disposiciones muy á propósito para introducir la fé en gente tan bien inclinada. Y á la verdad podía bien esperar esto de los Chiriguanás, que viven á la orilla del río Pilcomayo, pero no de los del río Bermejo, pues antes éstos, renovando las antiguas canciones, porque otras veces habían echado á los misioneros porque queríamos hacerlos esclavos de los españoles y obligarlos al servicio personal y otras mil mentiras de este jaez, le miraban con malos ojos y le decían que si pusiese el pie en sus tierras se había de salir luego, ó que para quitarle de una vez de sus ojos, le habían de quemar vivo.
Por eso, antes de pasar más adelante, me es preciso pintar aquí á lo vivo el genio y natural de esta gente, para reconocerle siempre el mismo, porque se transforman en tan diversos y contrarios semblantes, que de otra suerte sería imposible el conocerlos. Son de genio inconstante, más de lo que se puede creer, mudables á todo viento, no guardan la palabra que dan, hoy parecen hombres y cristianos y mañana apóstatas y animales, amigos de todos, aun de los españoles, cuando les está á cuento para sus intereses, pero por la más leve causa rompen la amistad. Y con todo eso, no es ese el mayor contraste que tienen para introducir en ellos el conocimiento de los misterios y observancia de la ley de Dios. El más fuerte impedimento es el mal ejemplo de los cristianos viejos, gente ruda como los indios; no entiende otro lenguaje mejor que el del ejemplo, y de la vida de los fieles infiere las calidades de nuestra Santa Fé, y muchas veces les echan en la cara los Misioneros que son demasiado duros con ellos en no permitirlos el uso de muchas mujeres, cuando ven que los europeos tienen á su gusto cuantas se les antoja; y por más que se les procura responder, nunca se les dice tanto que baste á aquietarlos. Por lo cual, con sapientísimo y prudentísimo acuerdo, los primeros operarios de esta provincia se procuraron apartar lejos de las ciudades, buscando para sembrar el Evangelio provincias remotas, si no del comercio, á lo menos de la habitación de los forasteros, para que éstos no deshiciesen con su mal ejemplo lo que ellos hacían con su predicación.
Y se practica esto hasta el día de hoy con tanto rigor, mediante la piedad de nuestros Católicos Reyes, que á ningún europeo ó español de la tierra, si no es de paso, se le permite poner el pie en las Reducciones de los Guaraníes, excepto á los Gobernadores y Prelados eclesiásticos, á quien por su oficio les incumbe el visitarlos. Ahora, pues, este impedimento en los Chiriguanás, es gravísimo. Comercian continuamente con las ciudades confinantes, y como más fácilmente se pegan los vicios de los malos á los buenos que las virtudes de los buenos á los malos y viciosos, al ver á unos ocupados en sacar el dinero de los paisanos, á otros darse sin freno á los deleites de la carne, y en algunos, aunque pocos, tan muerta la fé que no hacen escrúpulo de faltar á los Divinos preceptos, y en mostrar menos reverencia á los misterios de la Iglesia, no es fácil decir cuánto crédito gana con ellos lo malo, y cuánto odio y desprecio cobran, así á las personas como á la religión que profesan.
Y aunque la innata piedad de los españoles resplandezca aquí tanto como en cualquiera otra parte, que en ella se pierde la malicia toda de algunos, con todo eso, como dije, en los corazones de estos bárbaros se imprimen más fácilmente los vicios y maldades que las virtudes y devoción. Y si tal vez, al oir la explicación de la doctrina cristiana, ó alguna de aquellas incontrastables verdades que tienen fuerza de hacer volver en sí á quien de sí vive olvidado, despierta en ellos algún buen pensamiento, apenas nace cuando le sofoca su inconstantísimo genio, y el mal ejemplo de los forasteros, como muchas veces lo vemos y tocamos con las manos. Esto supuesto, volvamos ya á nuestra narración.
Habiendo el P. Arce probado y experimentado por muchos días el fervor de este cacique y sus vasallos, le pareció fundar aquí Reducción con esperanza de feliz suceso. Con este fin los remitió á su tierra, acompañados de cuatro indios Guaranís que llevaba consigo, dándoles orden á éstos de que explorasen la voluntad del pueblo y corriesen las Rancherías situadas en la orilla del Pilcomayo, que en breve les seguiría, junto con D. Diego Porcel, piísimo caballero, y muy amado de los infieles, por su afabilidad y buen trato, para que le ayudase en aquel negocio, y con su autoridad tuviese refrenados á los caciques del río Bermejo; pero Dios no quiso de éste más que la buena voluntad, para premiarla eternamente en el cielo; porque siendo ya muy viejo y de edad decrépita, á pocas leguas de camino, sorprendido de un accidente, le fué preciso volver atrás; pero en su lugar sustituyó á un hijo suyo, con quien poniéndose en camino el P. Joseph por el mes de Mayo de 1690, después de algunas jornadas, llegó á ciertas rancherías que estaban á orillas del Pilcomayo, donde fué recibido con singular afecto de los paisanos, que actualmente estaban llorando la muerte de algunos de los suyos, por causa de las discordias que había entre Cambaripa y Tataberiy. Eran estos los dos Caciques de mayor nombre y poder de la tierra; y para dar principio á la nueva cristiandad, era necesario concordarlos entre sí, y apagada toda malevolencia, volverlos á hacer amigos.
A este fin quería el santo varón ir en persona á meterse de por medio y hacer las paces, y hubiéralo hecho á no ver que era manifiestamente echarse á morir entre las armas de los Tobas, confederados con Tataberiy, que infestaban los caminos.
En esta coyuntura vino un mensajero de Cambaripa, pidiéndole le diese de su parte, si pudiese hallar algún pronto y eficaz remedio á su ruina, y á la de aquellos sus vasallos, porque no tenía tiempo para detener ó resistir á un mismo tiempo á tantos enemigos ni de buscar escape á su vida con la fuga, por estar mal herido de los contrarios.
Atravesó esta nueva el corazón del P. Arce; y para repararle aquel fracaso al país, volvió luego atrás á fin de recoger de la piedad de los españoles algún socorro de armas; y á la vuelta templó Dios con alternados consuelos el dolor de aquel accidente, porque los Chiriguanás del río Bermejo, que antes se habían mostrado tan adversos y duros, ablandados ya sus corazones con las influencias del Espíritu Santo, le salieron al encuentro, y Cambichuri, el cacique más poderoso, le mostró grandes finezas de amor, convidándole á que fuese á predicar á sus vasallos y que haría de él cuanto el Padre gustase.
Llegó á Tarija, y alcanzando de los Regidores una compañía de soldados, se volvió lo más presto que pudo, llevando por su compañero al P. Juan Bautista de Zea; y aunque el camino era áspero y peligroso y la poca comodidad con que trataban su cuerpo estos Evangélicos operarios les hacía más trabajoso el caminar, con todo eso estaban insensibles á toda molestia y trabajo por la abundante copia de delicias celestiales de que gozaban, bautizando en aquellas soledades gran número de niños y no pocos adultos que viéndose ya cercanos á la muerte, cambiaban de buena gana la vida con esperar la eterna bienaventuranza. Finalmente, á 26 de Septiembre, entraron en las rancherías de Tataberiy, donde se había de tratar la paz.
Salió éste á cumplimentarle, acompañado de cuarenta de los suyos, y hospedóle en la casa más acomodada del pueblo, y empezando desde luego á tratar del negocio de la paz, supo darse tan buena maña el P. Arce, que redujo á los dos caciques á que se prometiesen mútuamente la paz y renovasen entre sí su antigua amistad; y fuera de eso concluyó, se hiciesen también las amistades entre los parientes de los muertos y los matadores, que fué lo más difícil de alcanzar.
Celebró el pueblo estas paces con solemnidad y alegría incomparable; pero sobre todos, quien dió mayores muestras de contento fué Cambaripa; y Tataberiy se aficionó increíblemente á los misioneros, y por medio de ellos á la Santa ley de Cristo; pidióles que se quedasen allí para enseñarles los Divinos Preceptos, prometiendo alistarse cuanto antes en el número de los fieles; y en prendas de eso le dió para que bautizase un hijo único que tenía. Pero los Padres, antes de hacer pie firme en algún lugar, querían correr toda la provincia; por lo cual, dándoles buenas esperanzas, se partieron, asistidos siempre del hijo de aquel buen caballero, que jamás quiso apartarse de su lado en aquella peregrinación; y pasando luego á las riberas del río Parapití y, pobladas de muchas rancherías, fueron recibidos de todos con señas de grande afecto y tratados lo mejor que la pobreza y penuria del país permitían.
De aquí tiraron hacia las montañas del Charaguay á cuyas faldas viven la mayor parte de los Chanés y muchos Chiriguanás. Tuvieron aquí no poco que hacer en componer á los paisanos con los vasallos de Taquiremboti; pero puestos éstos en acuerdo, prosiguieron su viaje, no encontrando otra cosa que rancherías destruídas, habiéndose retirado á otras partes la gente, por no padecer los infortunios y desventuras que trae consigo la guerra.
Finalmente, padecidos no pocos ni ligeros peligros de perecer, llegaron al río Guapay, donde fueron recibidos de sus moradores con increíbles finezas, y los Caciques Manguta y Fayo les suplicaron vivamente se quedasen en aquel paraje para instruirlos en los misterios de nuestra Santa Fe y enseñarles el camino del cielo.
El P. Arce, que por entonces tenía otros designios, les prometió que en otra ocasión les cumpliría sus deseos, con que administrando el Santo bautismo á cuatro que estaban en peligro de muerte, se prevenía ya para la partida.
A este tiempo vino una india, hermana del cacique Tambacurá, y se echó á sus piés muy afligida y desconsolada porque el gobernador de Santa Cruz de la Sierra enviaba á prender á su hermano para castigarle; y manifestando su dolor le dijo tantas razones y le enseñó tales ruegos y súplicas el amor á la sangre, para que le librasen de aquel golpe que, como decía, le habían maquinado por rencor y envidia sus enemigos, que hubieron de condescender los Padres á sus peticiones para que tocasen con las manos y viesen aquellas gentes que ellos no miraban sino á su utilidad y que en las ocasiones eran su escudo y refugio, para aficionarlos por este camino á nuestra santa ley. Este fué su designio é intento, pero no el de Dios, que muchas veces se vale de los intereses humanos para llevar á su fin las disposiciones de su eterna providencia. Y tal fué la ida de estos misioneros á Santa Cruz de la Sierra, porque yendo solamente á impetrar la vida temporal de un indio, los llevaba Dios para que fuera de toda esperanza rescatasen á innumerables pueblos de la esclavitud del demonio. Partieron, pues, del Guapay con Tambacurá á Santa Cruz, donde recibidos con mucha cortesanía del gobernador don Agustín de Arce piísimo caballero, alcanzaron por merced y gracia la vida de aquel pobre hombre, que de otra manera lo hubiera pasado muy mal.
Estas demostraciones de estima y afecto obligaron á nuestros Padres á que con confianza le manifestasen su designio de convertir á la fé á los Chiriguanás y á que se dignase interponer su autoridad contra cualquiera que osase oponerse á esta empresa. Parecióle al sabio gobernador que era gastar inútilmente el tiempo y el trabajo con aquellos indios, por lo cual les empezó á persuadir con sólidas razones enderezasen á otra parte sus pensamientos y apostólico celo, porque eran gente obstinada en la idolatría, salvaje en las costumbres, y sobremanera adversos á las leyes y pureza de la vida cristiana, é inconstantes en lo que emprenden; que ya en otras ocasiones habían probado á reducirles fervorosísimos Misioneros, y después de grandes trabajos y fatigas no habían sacado otro fruto de sus sudores sino escarnios, oprobios y malos tratamientos.
Vivía entonces muy fresca la memoria del fervorosísimo P. Martín del Campo, de la provincia del Perú, que después de haber gastado con ellos algunos meses, vista su obstinación, se vió precisado á irse á otra parte á emplear sus fervores. Por tanto les aconsejaba pusiesen la mira en otros países donde no se perdiesen á sí mismos, y ganasen felizmente á los otros.
Confinaban con aquella ciudad los indios Chiquitos que poco antes habían hecho paces con los españoles y pedían predicadores del Evangelio, que les enseñasen la ley divina. No podía el buen gobernador darles gusto, enviando misioneros de la provincia del Perú por estar estos empleados en cultivar las naciones de los Moxos, por lo cual ofreció á nuestros misioneros la copiosa mies de esta gentilidad, donde su fervor hallaría en qué satisfacerse á su gusto, y su celo campo donde acrecentar la gloria divina, que aquí no serían mayores los trabajos que el fruto, ni derramarían gota de sudor en esta tierra, que no fuese semilla de que cogiesen la conversión de muchas almas. Y que para que emprendiesen con más calor esta misión, escribiría de su mano cartas muy eficaces al Provincial de esta provincia, á nuestro Padre general Tirso González, su íntimo amigo.
Este razonamiento del buen gobernador despertó en el corazón de aquellos varones apostólicos un júbilo incomparable, viendo se les descubría otro campo en que padecer otro tanto en servicio de Dios: por lo cual, en cuanto á ellos tocaba, se ofrecieron al bien de aquella nación, sin hacer caso de su vida ni temer á los trabajos y fatigas que les pudiese costar aquella nueva empresa, sólo con que la insinuación de los superiores les destinase á ella; y así dijeron, que obtenida licencia de sus superiores, correrían allá gustosos para domesticar aquellos bárbaros y reducirlos al conocimiento del verdadero Dios y á la obediencia de la Majestad Católica. Y con esto, despedidos del gobernador dieron la vuelta.
Al pasar el río Guapay, de vuelta para Tarija, les cercaron una gran multitud de infieles, rogándoles fundasen una Reducción en aquel paraje para cuidar y atender al bien de sus almas, que les daban palabra que en breve abrazarían todos la ley de Cristo.
No les pareció bien á los Misioneros dejarlos descontentos, por lo cual, levantando en aquel sitio un Rancho, celebraron, á vista del pueblo, el Santo sacrificio de la Misa; y por ser aquel día consagrado á la Presentación en el templo de la Virgen Nuestra Señora la pusieron debajo de su patrocinio; y esto con tanto aplauso y contento de los naturales, que corriendo la voz de lo sucedido por las otras Rancherías, se ofrecieron muchos caciques á fundar allí Ranchos con todos sus vasallos.
Partiéronse de aquí los Padres para disponer en Tarija lo necesario para llevar adelante aquella empresa, y Dios Nuestro Señor, para premiar los trabajos pasados en su servicio y animarlos en las fatigas que habían de padecer en adelante, les concedió luego un fruto de bendición, que apenas nació cuando se trasplantó en los jardines celestiales, este fué un niño que apenas fué lavado de mancha de la culpa original con las aguas del Santo Bautismo, cuando incontinenti voló á gozar eternamente de Dios.
Incomparable fué el consuelo de estos santos varones con tan noble ganancia, pero no menor la rabia del demonio que de tan buenos principios adivinaba el gran menoscabo que se había de seguir á sus intereses, y que si la fé cristiana fuese ganando crédito y seguidores, perdería en poco tiempo el dominio del país; y como su mal y daño estaba á los principios y le podía reparar, procuró, con todo su esfuerzo arrancar de raíz aquellos buenos principios, para lo cual tenía allí de su bando ciertos apóstatas muy poderosos, tanto peores que los otros en su vida, cuanto es ordinario que sea más perdido en sus costumbres quien abandona la fé que quien jamás la profesó en su vida.
Entre estos había dos caciques llamados Urbano Garnica y Pedro de Santa María, que teniendo para su placer muchas concubinas, llevaban muy mal tomase campo en aquella tierra Cristo Nuestro Señor y su ley santísima, con lo cual ellos se habían de ver precisados á desamparar el país ó á salir del cieno de la deshonestidad. Por tanto, conmovidos estos del enemigo infernal, y mucho más del amor á la carne, empezaron á esparcir por el vulgo mil calumnias contra los misioneros, y mucho más aquellas que mejor les estaba creyese el pueblo; decían que eran espías de los enemigos, que no pretendían otra cosa que sujetarlos á los españoles, y con pretexto de reducirlos á la fé católica, privarlos de su antigua libertad, que en breve se verían hambrientos y deseosos de aquellos placeres de que ahora á su gusto se saciaban; verían sus carnes flacas, sus espaldas acardenaladas de los golpes de los nuevos señores, cuyo yugo cargaban sobre sus cuellos, junto con el de Cristo; y en prueba de eso, tenían ellos aún en el cuerpo las cicatrices de los cruelísimos azotes que llevaron cuando cristianos, por más que trabajaban de día y de noche sin ninguna compasión, para llenar á su costa las bolsas de sus amos, y semejantes á estas decían otras innumerables mentiras, como les venía á cuento el fingirlas para su intento. No se dijeron al aire, porque ahora el deseo que tenían los bárbaros de hacerse cristianos estaba en sus primeros fervores, no hicieron en ellos mucha mella estos dichos; no obstante, resfriándose de allí á poco aquel primer fervor, consiguieron los apóstatas su intento de alborotar el país y enfurecer el pueblo para que echasen á los Padres y los remitiesen á donde habían venido.
Entrado ya el año de 1691, partieron los PP. Juan Bautista de Zea y Diego Centeno por el río Guapay, á cultivar el nuevo pueblo de la Presentación, y el P. Arce al valle de las Salinas, á donde acudió gran número de infieles, de los cuales muchos se le mostraban aficionados y otros le mostraban mal rostro, señal de lo que maquinaban en su corazón, que era darle muerte, como lo hubieran ejecutado á no haberles disuadido de tan malvado intento los indios de Tariquea.
Procuraba aquí el apostólico Padre poner forma á las cosas de la reciente iglesia; pero el demonio, que soplaba en el corazón de los apóstatas, cuanto el buen Padre trabajaba en muchas semanas, lo deshacía en pocas horas; y por apéndice de estos desastres, tuvo noticia de que los Tobas, cruelísimos enemigos de Dios y de los españoles, vistos sus intentos, se habían puesto en armas, y en gran número venían destruyendo el país; con lo cual, esperando de hora en hora sus furias, se esforzaban á recibir con gran ánimo la muerte si fuese voluntad de Dios Nuestro Señor, imitando á sus súbditos, de quien corría fama que habían caído en las manos de aquellos malvados y sido muertos con crueldad igual á su fiereza.
Pero como Nuestro Señor, con estas desgracias, no quería de su siervo otra cosa sino las primeras pruebas y noviciado de una vida apostólica, hizo desvanecer en breve aquellos temores y hubo luego aviso de que los PP. Zea y Centeno habían llegado á salvamento en el pueblo de la Presentación, y de que los Tobas se habían retirado á sus tierras, con lo cual pudo seguramente pasar á Tariquea para disponer más apriesa los ánimos de la gente para abrazar la santa fé.
Aquí fué recibido y hospedado con mucho amor y benevolencia del señor del lugar, quien entendida la causa de su ida, mandó luego echar bando por todas las Rancherías del contorno, que se juntasen día señalado todos los caciques á Concejo, para resolver el negocio de su conversión; y se ejecutó así el día último de Julio, consagrado á nuestro gran Padre y Patriarca San Ignacio.
Y porque será del gusto de los lectores saber las ceremonias y modo de que usaron en su Asamblea, daré de ellos una breve y sucinta noticia.
Entrados á parlamento en lo más oscuro de la noche, dieron principio á la función con una sinfonía de flautas y pífanos, y cantando y bailando al son de ellos discurrían sobre el negocio, concluyendo cada baile que duraba tres ó cuatro credos con brindis.
Al rayar el alba, aunque hacía viento muy frío que helaba, por ser aquí este mes el corazón del invierno, se fueron todos á bañar al río; y para hacer más alegre la fiesta, adornaron sus cabezas con hermosos penachos afeitándose el rostro con colores muy feos, imaginando crecían en belleza y hermosura, cuando parecían otros tantos diablos.
Habiendo ya esclarecido el día, tomaron un desayuno para cobrar aliento y brío para proseguir su acuerdo en la forma que antes. ¿Quién creía, ó por mejor decir, quién se atrevía á esperar resolución nada favorable en un Concejo semejante? Pero no obstante eso, determinaron de común consentimiento admitir en sus tierras á Cristo y á su ley santísima, y enviaron á dar aviso de su resolución al P. Arce, quien debajo de una enramada estaba encomendando á Nuestro Señor con fervor este negocio; pero le pusieron tres condiciones: La primera, que la Reducción se fundase en aquel paraje. La segunda, que no fuesen obligados á desterrarse de sus tierras los que quisieren vivir en el gentilismo, ó mantener muchas mujeres para su uso; y la tercera finalmente, que sus hijos no fuesen destinados al servicio de la Iglesia.
Aceptó el santo varón el partido, esperando que el tiempo, y mucho más la sangre de Jesucristo les ablandaría los corazones y darían aquellos frutos de bendición que su celo y sus fatigas les prometían; ni eran mal fundadas sus esperanzas porque Taricú, principalísimo, en nombre de todos, le dió las gracias de querer emplearse en provecho de sus almas; y las dió también á Nuestro Señor porque se había dignado de enviarles quien sin ningún interés suyo les enseñase el camino del cielo. Y porque todo esto sucedió, como dije, en el día consagrado á N. P. S. Ignacio, puso el P. Arce la Reducción debajo de su patrocinio.
Mientras que las cosas corren aquí con algún viento favorable, me es preciso dar una sucinta relación de la provincia de los Chiquitos, en que al mismo tiempo se fundó, aunque con fin más feliz, una nueva cristiandad, y será el blanco principal de esta mi Relación.
CAPÍTULO II.
Situación de la provincia de Chiquitos, costumbres y calidades de los naturales.
La provincia, á quien vulgarmente llamamos de los Chiquitos, es un espacio de tierra de doscientas leguas de largo y ciento de ancho; por el Poniente mira á Santa Cruz de la Sierra, y algo más lejos á las misiones de los Moxos, que pertenecen á nuestra provincia del Perú. Por Levante baja hasta el famoso lago de los Xarayes, á quien con razón llamaron el mar Dulce los primeros conquistadores, por su amplitud y grandeza. Por la Tramontana la cierra una gran cadena de montes bien larga, que corriendo de la parte de Levante á Poniente, remata en este lago. Por el Mediodía mira al Chaco y á un gran lago, ó por mejor decir, golfo del río Paraguay, que forma aquí una bellísima ensenada, cuyas riberas están pobladas de gran multitud de árboles y se llamó desde sus principios este seno ó ensenada el puerto de los Itatines.
Bañan á esta provincia de Chiquitos dos ríos: uno el Guapay, que naciendo en las montañas de Chuquisaca baja por una llanura abierta por junto á un pueblo de los Chiriguanás llamado Abapó, y corriendo hacia Oriente, ciñe á lo largo en forma de media luna, á Santa Cruz de la Sierra; y tirando de aquí entre Septentrión y Poniente, riega y baña las llanuras que están á la falda por ambas partes; y finalmente desagua en la laguna Mamoré, en cuya costa están fundados algunos pueblos, ya cristianos, de los Moxos. El otro, el Aperé ó San Miguel, que nace en los Alpes del Perú, y atravesando por los Chiriguanás (en cuyas tierras muda su nombre en el de Parapity), se pierde finalmente en unos bosques muy espesos, por las muchas vueltas que da hasta cerca de Santa Cruz la Vieja, donde los años pasados se fundó la Reducción de San Joseph, y girando entre Septentrión y Poniente, baña las Reducciones de San Francisco Xavier y de la Concepción, desde donde tira derechamente á Mediodía; y recibiendo en su madre muchos arroyos del contorno, pasa por las Reducciones de Baurés, que pertenecen á las misiones de los Moxos, y de aquí va á desaguar en el Mamoré, y este en el gran río Marañón ó de las Amazonas.
El país, por la mayor parte es montuoso y poblado de espesísimos bosques, muy abundantes de miel y de cera por la gran multitud de abejas de varias especies, entre las cuales hay una casta que llaman Opemús, la más semejante á las de Europa, cuya miel es odorífera y fragante, y blanquísima su cera, aunque algo blanda. Abundan también de muchos monos, gallos, tortugas, antas, ciervos, cabras monteses y también de culebras y víboras de extraños venenos, porque hay algunas que luego que muerden se hinchan los cuerpos de los pacientes y destilan sangre por todos sus miembros, ojos, oídos, boca, narices y aun de las uñas; pero el doliente, como echa por tantas partes aquel pestilente humor, no muere. Otras hay cuyo veneno (aunque hayan mordido en la punta del pie) se sube al punto á la cabeza, quitando las fuerzas y privando del juicio, y de aquí extendiéndose por dentro de las venas mata irremediablemente, causando delirio, y hasta ahora no se les ha podido encontrar eficaz remedio.
El terruño de suyo es seco, pero en tiempo de lluvias, que duran desde Diciembre hasta Mayo, se anega tan disformemente la campaña, que se cierra el comercio y se forman muchos ríos y grandes lagunas, que abundan de muchos géneros de pescado, los cuales pescan con cierta pasta amarga con que atontados salen á la superficie del agua.
Pasado el invierno se secan luego los llanos y para sembrar es menester desmontar con gran trabajo los bosques y cultivar las colinas y cumbres de los montes que rinden muy bien el maíz ó trigo de las Indias, arroz, algodón, azúcar, tabaco y otros frutos propios del país, como plátanos, piñas, maní, zapallos (que es una especie de calabazas, mejores y más sabrosas que las de Europa); el grano, empero, y la vita, no se puede coger en estas tierras.
El clima es cálido y destemplado, causa de muchos accidentes apopléticos y frecuentes contagios que suelen hacer gran riza en los naturales, porque estos bárbaros no saben aplicar sino dos remedios. El primero es chupar los cuerpos enfermos, oficio propio de sus caciques y capitanes, que en su idioma llaman Iriabós, los cuales con este oficio se hacen mucho lugar entre los naturales, con harta ganancia, porque en vez de guisar la gallina y las otras viandas más exquisitas para el enfermo, se lo come todo el chupador, y al enfermo no le dan sino la ordinaria vianda de un puñado de maíz bien mal cocido; y si no lo quieren comer, no les da mucho cuidado, contentos con la respuesta del enfermo: ¿cómo he de comer si no tengo gana? Por lo cual tengo para mí que los más mueren de necesidad más que de enfermedades, de la cual no dan otra relación al sobredicho médico que mostrarle la parte dolorida y decirle por dónde han andado los días antecedentes: de aquí pasa este á examinar si el enfermo ha derramado la chicha (bebida algo semejante á la cerveza) si ha echado á los perros algún pedazo de carne de tortuga, ciervo ó de otro viviente; y si le halla reo de este delito, dice que el alma de estos animales, para vengar su injuria se le ha entrado en el cuerpo, y le atormenta á medida de su afrenta. De donde es, que para darle algún alivio le chupan la parte lesa, ó también dan en el suelo grandes golpes con la macana alrededor del enfermo para espantar aquella alma y ahuyentarla. Con esto se queda el doliente como antes, si no es que por ventura sucede tal vez que sanan naturalmente.
Hase observado en estos médicos que después de recibido el Santo Bautismo, por mucho que hacen no pueden vomitar una materia sucia y hedionda como antes lo hacían todas las veces que chupaban algún miembro del enfermo, dándose el demonio por desobligado de mantener el pacto implícito que con ellos tenía, porque explícito y cierto no tenían ninguno.
El otro remedio es bien cruel y propio de bárbaros, y era matar á las mujeres que se persuadían eran causa de la enfermedad (puede ser que sus mayores tuviesen alguna luz de que por una mujer había entrado en el mundo la muerte) y echándolas de este mundo, creían quedar ellos libres del tributo de la muerte. Por eso importunaban al médico les dijese qué mujer les había puesto en su cuerpo aquella enfermedad, y éste decía que era esta ó aquella que primero se le ofrecía ó con quien tenía algún enojo, ó con su marido ó parentela y cogiendo sola á la miserable la quitaban á golpes y palos la vida. Y no acababan de caer en la cuenta del engaño, aun viendo por experiencia que no aprovechaba nada para escaparse de la muerte esta receta. Proviene esto de una necia imaginación que tienen de que las enfermedades provienen de causa extrínseca y no de la interior alteración de los humores, porque no son capaces de llegar á penetrar con el entendimiento á donde no alcanza la grosería de los sentidos corporales (propiedad de todos los indios occidentales), bien que por otra parte son hábiles y despiertos para los demás. Y viendo que los Misioneros curaban con purgas y sales, no acababan de persuadirse que la sangre y los otros humores de que se alimenta la parte inferior del hombre podía corromperse y causar malignos efectos y malas impresiones aun en el alma; por esto, por la más leve indisposición se querían sangrar, y pidiéndoles el brazo, respondían que no en él, sino en la parte que les dolía, había de ser la sangría; y experimentando con estos remedios mejoría, dieron de mano á los antiguos médicos burlándose de sus fraudes y engaños y execrando la crueldad que habían usado contra las mujeres.
Son de temperamento ígneo y vivaz más que lo ordinario de estas naciones, de buen entendimiento, amantes de lo bueno, nada inconstantes ni inclinados á lo malo, y por esto muy ajustados á los dictámenes de la razón natural, ni se hallan entre ellos aquellos vicios é inmundicias sensuales de la carne que á cada paso se ven y se lloran en otros países de gentiles ya convertidos. Su estatura es por lo ordinario más que mediana; las facciones del rostro no desemejantes de las nuestras, aunque el color es de aceituna, con que fácilmente se distinguen de los europeos; en pasando de veinte años se dejan crecer el cabello, y quien le tiene mejor y más grande, tiene sobre los otros una cierta hermosura señoril; no crian barba, sino tarde y poca. Cuanto al vestir, los hombres andan totalmente desnudos; las mujeres traen una camiseta de algodón que llaman Tipoy, con mangas largas hasta el codo y lo demás del brazo desnudo; los caciques y los principales usan también de este vestido, aunque un poco más corto. Adornan el cuello y las piernas con muchas sartas de ciertas bolillas que parecen á la vista esmeraldas y rubíes de que también usan para hacer sartas de cascabeles en los días más festivos. Horádanse las orejas y el labio inferior, del cual cuelgan plumas de muchos colores, y de éste traen pendiente un pedazo de estaño; llevan también en la cintura una bellísima faja de plumas muy vistosas por la diversidad y proporción de los colores. Son de ánimo valeroso, guerrero y bien dispuestos en lo personal para el manejo de las armas, una de las cuales es la flecha, en que son muy valientes y diestros; y para prueba y señal de su destreza, traen colgadas muchas colas de animales y plumas de pájaros que han cazado: otra de sus armas es la macana ó maza, que es de una madera muy dura y pesada en forma de palas, con que se juega en Europa á la pelota, solo que es más larga, en el medio es gruesa y por los lados aguda como la espada para poder pelear de cerca.
No tienen gobierno ni vida civil, aunque para sus resoluciones oyen y siguen el parecer de los más viejos. La dignidad de cacique no se dá por sucesión, sino por merecimientos y valor en las guerras y en hacer prisioneros á sus enemigos á quien asaltan sin otro motivo más que por quitarles algún pedazo de hierro ó por alcanzar fama y nombre de valerosos en la guerra.
De genio totalmente contrario, son las naciones vecinas que viven pacíficas y quietas en sus confines y por eso les es de terror y espanto la milicia de los Chiquitos, los cuales, después de hacerles esclavos de guerra como si fueren sus parientes en sangre, ó muy amigos, los casan muchísimas veces con sus mismas hijas, aunque su matrimonio no se puede llamar tal porque no es indisoluble; los particulares no se pueden casar sino con una sola mujer, bien que pueden echarla de casa cuando se les antoja y tomar otra. Solamente los caciques toman dos y tres mujeres, y éstas, aunque sean hermanas, las cuales no tienen otro empleo que cocer la chicha, corriendo por cuenta de los maridos el recibir y hospedar á los forasteros y servirles con esta bebida que hacen de maíz, mandioca y otras frutas; en el color se da algún aire al chocolate y en los efectos es muy semejante al vino.
La ceremonia que usan en sus casamientos es como sigue: Ningún padre dará su hija á marido, si éste no ha hecho antes alguna proeza; por eso, el que se quiere casar, sale antes á caza, y muertos cuantos animales puede, da la vuelta con un centenar de liebres, y sin hablar palabra las pone á la puerta de la mujer de quien está enamorado, y por la calidad y cantidad de la caza, juzgan los parientes si la merece por esposa.
La educación de sus hijos es en todo conforme á su tosquedad bárbara, dejándolos vivir sin temor ni respeto de los parientes, hechos señores de sí mismos, soltándoles las riendas para que corran á donde la disolución y fervor juvenil de los años los arrastra.
Viven pocos juntos como república sin cabeza, que cada uno es señor de sí mismo, y por cualquier ligero disgusto se apartan unos de otros.
Las casas no son más que unas cabañas de paja dentro de los bosques, una junto á otra sin algún orden ó distinción; y la puerta es tan baja que sólo se puede entrar á gatas, causa porque los españoles les dieran el nombre de Chiquitos; y ellos no dan otra razón de tener así las casas sino que lo hacen por librarse del enfado y molestia que les causan las moscas y mosquitos, de que abunda extrañamente el país en tiempo de lluvias, y también porque sus enemigos no tengan por donde flecharlos de noche, lo cual sería inevitable si fuese grande la puerta; fuera de ésta, no tienen otro ajuar que una estera bien débil que al más leve soplo del aire se cae.
Los libres y solteros, que después de los catorce años ya no viven más con sus padres, viven todos juntos en una casa, que no es otra cosa sino una enramada descubierta por todos lados, la cual sirve también, en tiempo de sus visitas y cumplimientos, para recibir y alojar á los forasteros que vienen de otras partes, á los cuales regalan con lo mejor del país y con aquella su apreciada bebida, y acude todo el pueblo para festejar y participar, junto con los forasteros, del refresco; pero antes conjuran al demonio para que no venga á perturbar la alegría del festín; la ceremonia es salir algunos de ellos de la choza y, con grandes exclamaciones, dar en el suelo con las macanas.
Sus festines y banquetes suelen durar dos ó tres días y noches enteras, poniendo su mayor magnificencia y explendor en la copia y fortaleza de aquel su vino, cuyos humos al punto se les suben á la cabeza y los privan de aquel poco juicio y sexo que antes tenían, por lo cual sus fiestas y alegrías acaban en riñas, heridas y muertes, porque los rencores y odios guardados y encubiertos ó disimulados mucho tiempo en lo más secreto del corazón por cobardía y temor, brotan y salen fuera en estas ocasiones y vienen á las manos con furia.
Después los forasteros, en agradecimiento, los convidan y llevan á sus rancherías, correspondiendo con el mismo trato, cumplimientos y bárbara cortesanía, y éstas son todas sus andanzas y peregrinaciones. Bien que aunque no tengan forasteros á quien festejar y banquetear, son entre sí muy frecuentes los convites á beber la chicha; y este ha sido el único y no leve impedimento que se ha hallado en la vida política, y reducidos por medio del santo bautismo al gremio de la Iglesia, siendo cosa muy cierta y verdadera que fustra docentur in fide, nisi ab eis removeatur ebrietas, que de ellos y de las otras naciones de estas Indias escribió el doctísimo y sapientísimo obispo el ilustrísimo señor don Alonso de la Peña Montenegro[IV.].
Por eso nuestros Misioneros pusieron todo esfuerzo desde los principios en exterminar y arrancar este vicio, y juntamente aquellos festines y banquetes; usaron de muchos medios, ya suaves, ya severos, de romper los cántaros, reprenderlos, derramarles la chicha y deshacer sus brutales juntas, cosa que les provocaba á cólera y á venganza á aquellos bárbaros, que se enfurecían y exasperaban tanto, que muchas veces echaron furiosamente mano á las macanas y á las flechas para matarlos.
Quiso Nuestro Señor, finalmente, premiar sus industrias y santo celo, desterrando y arrancando del corazón de aquellos bárbaros vicio tan arraigado, mediante los sudores y virtud (como es constante opinión entre nosotros) del P. Antonio Fideli, italiano, que fué el primero que murió en esta apostólica empresa, por Marzo de 1702, consumido de las fatigas y trabajos que padeció en cultivar esta nueva viña del Señor.
Después de su muerte dejaron del todo estos pueblos la embriaguez y las demás bárbaras costumbres, mudanza por cierto de la mano del Altísimo, pues aun entre cristianos más cultivados se ve todos los días que los dados á la embriaguez, es necesario un milagro de la gracia divina para que le dejen; pues ¿cuánto más sería necesario para estos bárbaros que le habían mamado con la leche?
Su distribución y repartimiento del tiempo es el siguiente: Al rayar el alba se desayunan, y juntamente tocan ciertos instrumentos de su música, semejantes á las flautas, hasta que se seca el rocío, de que se guardan como nocivo á la salud; de aquí van á trabajar, cultivando la tierra con palos de madera, tan dura, que suple la carestía de arados ó azadones de acero; trabajan hasta el medio día, y entonces se vuelven á comer. Lo restante del día gastan en paseos, visitas y cumplimientos y en brindis y meriendas, en señal de amor y amistad; anda alrededor un jarro ó vaso de chicha, de que todos toman un sorbo, y también se ejercitan en muchos juegos deleitables y caballeros. Uno, entre otros, es semejante al de la pelota de Europa. Júntanse muchos en la plaza con buen orden, echan al aire una pelota, y luego, no con las manos, sino con la cabeza, la rebaten con maravillosa destreza, arrojándose aún en tierra para cogerla.
El mismo ceremonial de visitas practican entre sí las mujeres, que tienen tiempo para hacer esto y mucho más, porque las haciendas domésticas se reducen á solo proveer la casa de agua y leña, y guisar con sólo agua un puñado de maíz, legumbres, zapallos ó alguna otra cosa que han encontrado en el bosque, y sólo suelen hilar cuanto les basta para hacerse el Tipoy ó á lo más para tejer una camiseta y una red ó amaca en que dormir con sus maridos; pero les cuesta mucho el labrar por no tener aptos instrumentos.
No duermen sino en el suelo sin otra cama que una estera, y á lo más unos palos toscos y desiguales, juntos entre sí, y á no tener hechos callos que les defienden de lo áspero de su cama, les sería de no leve mortificación.
Al ponerse el sol tienden su mesa para cenar, y poco después se retiran á dormir. Sólo los libres ó solteros se juntan de noche á bailar entre sí y á tocar junto á su Rancho, y de aquí van continuando la danza por los caminos de esta manera: hacen una gran rueda y en medio ponen á dos que tocan las flautas á cuyo compás canta y da vueltas toda la rueda sin mudanza alguna; detrás de los hombres hacen otro semejante baile las mujeres, y estos bailes duran dos ó tres horas, hasta que cansados se echan á dormir.
El tiempo de caza y pesca es después de haber hecho la cosecha del maíz y del arroz. Repartidos en muchas cuadrillas van á los bosques por dos y tres meses y cazan jabalíes, monos, tortugas, osos, hormigueros, ciervos, cabras monteses; y para que no se corrompa la carne, usan chamuscarla de manera que se pone dura como un palo; y se tiene por dichoso quien trae su cesta ó canasta (á que llaman panaquíes) muy llena, porque todos le dan el parabién y le aclaman de esforzado y valiente. Por el mes de Agosto ya están todos de vuelta, porque es el tiempo de la sementera.
En materia de religión son brutales totalmente y se diferencian de los otros bárbaros, pues no hay nación por inculta y bárbara que sea, que no reconozca y adore alguna deidad; pero éstos no dan culto á cosa ninguna visible ni invisible, ni aun al demonio, aunque le temen. Bien es verdad que creen son las almas inmortales y á sus difuntos los entierran poniéndoles en la sepultura algunas viandas y sus arcos y flechas para que en la otra busquen á costa del trabajo de sus manos, con qué poder vivir, y de esta manera quedan persuadidos que no les precisará el hambre á querer volver á este mundo. Aquí paran, sin pasar adelante, á investigar á dónde van á morar, ni quién es el artífice de tan bellas criaturas que les dió el ser y le sacó de la nada, ni saben dar razón de esto.
A sola la luna honran con título de madre pero sin darla culto, y cuando se eclipsa, salen con grandes gritos y aspavientos disparando al aire una gran tempestad de flechas para defenderla contra los perros que dicen que allá en el cielo andan tras ella y la muerden hasta que la hacen derramar sangre de todo el cuerpo, que á su juicio es la causa del eclipse; y todo el tiempo que éste dura, permanecen ellos en esta función hasta que vuelve á su resplandor y estado antiguo.
Cuando truena y caen rayos creen que algún difunto que vive allá con las estrellas, está enojado con ellos, y aunque muchas veces caen rayos y centellas, no hay memoria de que hayan hecho daño ni muerto á ninguno.
No tienen, pues, ni adoran otro Dios que á su vientre, ni entienden en otra cosa que en pasar buena vida, la mejor que pueden, viviendo en todo como brutos animales. Aborrecen mucho á los hechiceros, y á los otros familiares del demonio como á capitales enemigos del género humano, y los años pasados hicieron en ellos un cruel estrago, quitándoles las vidas; y ahora, con una ligera sospecha de que alguno ejercita este oficio, al punto le despedazan á grandes golpes de sus macanas. Son muy supersticiosos en inquirir los sucesos futuros por creer firmemente que todas las cosas suceden bien ó mal, según las buenas ó malas impresiones que influyen las estrellas; por esto, para conocer los puntos de sus aventuras, observan, no ya el curso de los cielos ó los aspectos benéficos de los planetas, que á tanto no alcanzan, sino algunos agüeros que toman de los cantos de los pájaros, de los animales y de los árboles y otros innumerables de este género; y si sus pronósticos son infaustos, de enfermedades, contagios, ó de que han de venir á sus tierras á hacer correrías los Mamalucos, para maloquear, que es lo mismo que hacerlos esclavos, tiemblan y se ponen pálidos como si se les cayese el cielo encima ó les hubiese de tragar la tierra; y esto sólo basta para que abandonen su nativo suelo y que se embosquen en las selvas y montes, dividiéndose y apartándose los padres de los hijos, las mujeres de los maridos, y los parientes y amigos, unos de otros, con tal división, como si nunca entre ellos hubiese habido ninguna unión de sangre, de patria ó de afectos. Por esto les parece menos insoportable el venderse los unos á los otros: el padre á la hija, el marido á la mujer, el hermano á la hermana; y esto por codicia de solo un cuchillo ó una hacha, ó de otra cosa de poca monta, aunque los compradores sean sus mortales enemigos, que hayan de hacer de ellos lo que su odio, pasión ó enemistad les dictare. Lo cual ha dado no poco que entender á los ministros del Evangelio para reducirlos á que vivan juntos en un paraje y en unas mismas casas donde se porten como racionales y puedan ser instruídos en los misterios de la santa fe para creerlos, y en los preceptos de nuestra santa ley para observarlos.
Con todo eso y el no conocer ni venerar deidad alguna ni hacer estima del demonio, era muy buena disposición para introducir en ellos el conocimiento del verdadero Dios, tanto más que no permitían viviesen entre ellos los que tuviesen trato familiar con el demonio, gravísimo y antiguo impedimento para conducir á la ciega gentilidad al gremio de la Santa Iglesia, con que estaban como una materia primera, indiferente y capaz de cualquiera forma, por singular providencia del cielo, que no permitiese se adelantase á tomar posesión de sus almas antes que la ley de Dios, secta ninguna ó idolatría de las muchas que tenían las naciones confinantes, con ser así que decían mucho con su genio y bárbaras costumbres.
Lo que toca á su idioma y lenguaje es tan difícil, que para saberla y aprenderla no basta muchos años. No quiero hablar en este punto, sino que se oiga á un misionero que escribiendo los años pasados desde aquellas misiones á un confidente suyo, se lamenta mucho de que por más conato que puso, no pudo aprenderla. «Cada Ranchería (dice) usa lenguaje diferentísimo y difícil, y mucho más que todos, el de los Chiquitos, lo cual me causa grande pena y desconsuelo y me falta poco para persuadirme que no podré emplear mis sudores y fatigas en provecho de esta nueva cristiandad por falta de lengua. Hasta ahora no se ha acabado el Vocabulario, y estando aún en la C, hay ya veinticinco cuadernos. La Gramática es dificilísima y el artificio y definición de los verbos es increíble. No hay paciencia para haber de decir con diferentes verbos y conjugaciones: yo amo; yo amo á Pedro; yo lo amo; yo me amo; yo la amo; yo le amo; por esto amo; con tal inconsecuencia en las conjugaciones, que aprovecha poco saber conjugar un verbo para poder hacer lo mismo con otro. En cinco meses que ha que estoy aquí, apenas he aprendido cuatro conjugaciones, habiendo sudado y trabajado de noche y de día. Juzgo que los que deben venir acá han de ser mozos santos y hábiles, porque de otra suerte, nunca harán nada. Los gentiles de otras naciones no pueden aprenderla sino cuando niños. El P. Pablo Restivo, que con un mes de estudio en la lengua Guarany pudo ejercitar nuestros misterios en todo el tiempo que ha estado aquí, nunca se ha atrevido á predicar. El P. Juan Bautista Xandra, por haber venido adulto, entiende poquísimo. De los Padres más antiguos que cuentan veinticinco y más años de Misioneros en estas Reducciones, ninguno hay que lo sepa con perfección y dicen que á veces los indios no se entienden entre sí. ¿Qué diré de la pronunciación? De cuatro en cuatro echan de la boca las palabras y nada se entiende, como si no pronunciasen nada. Pondré aquí el alabado y la forma de persignarse, como le cantan todos los días, no como le pronuncian, porque si uno lo lleva escrito en la mano, no los podrá entender una palabra, y no sé como se pueden entender entre sí.»
| Alabado sea | el Santísimo Sacramento | que | está |
| Anauscia | Santisime Sacramento | naqui | ane |
| en el | Altar, | y también | la Virgen Santa María |
| ycu | Altar, | inta yto | Virgen Santa Maria |
| desde su origen | está libre | y pura | cuando |
| ninnemooco | oximanane | quichetenna | onumo |
| tuvo principio | el Ser | del primer | pecado |
| ayboyi | yy | tnicocinitanna | ninihaiti |
| antiguo. | |||
| ticanni. | |||
La fórmula de hacerse la señal de la santa cruz es de la manera que se sigue:
| Por la señal | de la Santa Cruz | defiende | á nosotros | |
| Oi naucipi | Santa Crucis | oquimay | zoychacu | |
| Dios nuestro | de | aquellos | que | aborrecen |
| Zoichupa | mo | anama | po | chineneco |
| à nosotros | en el | nombre | del | Padre |
| zumanene | au | niri | naqui | Yaytotik |
| y | del | Hijo | y | del |
| ta | naqui | Aytotik | ta | naqui |
| Espíritu Santo. | ||||
| Espiritu Santo. | ||||
«¿Qué le parece á V. R.? ¡Extraña cosa por cierto! He escrito aquí estas palabras para que V. R. me tenga compasión y ruegue á Nuestro Señor me conceda alguna cosa del don de lenguas. Es verdad que tiene una cosa de bueno esta gente, que aunque uno pronuncie mal y hable peor, luego al punto le entienden.»
Esta es la carta de aquel misionero y esta es la dificultad más ardua, pero la más necesaria de vencer en quien emprende el oficio de la predicación apostólica de esta provincia.
Y á la verdad, lo que más espanta y detiene el celo de operarios muy fervorosos, es tanta diversidad de lenguas, pues á cada paso se encuentran en estos pueblos una ranchería de cien familias, á lo más, que tiene lenguaje muy diverso de los otros del contorno, causa de que sean tantas las lenguas, que parece increíble. Más de ciento cincuenta lenguas y más diferentes entre sí que la española y la francesa, hallaron los PP. Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda en las naciones que pueblan las riberas del Marañón, cuando por orden de Felipe IV entraron á reconocer aquellas provincias; en quince lenguas, si mal no me acuerdo, se habla en las misiones de los Moxos, siendo así que no llegan los convertidos á treinta mil; y en estas nuestras Reducciones de Chiquitos hay neófitos de tres y cuatro lenguas. Con todo esto, para quitar este impedimento á la santa fe, se ha procurado que todos los indios aprendan la lengua de los Chiquitos, lo cual no se podrá hacer en adelante, porque si las naciones en cuya conversión se trabaja ahora, pasan del número de tres ó cuatro mil almas, será necesario hacer otra nueva Reducción y nos veremos obligados á acomodarnos á su lengua, para lo cual habrán los Misioneros de estudiar precisamente la lengua de los Mototocos, que usan los Zamucos, y la de los Guarayos que hablan en Guarany, fuera de la lengua de los Chiquitos.
CAPÍTULO III
Descubren los españoles la nación de los Chiquitos y destrúyenla, así ellos como los Mamalucos, de quienes se da una sucinta relación.
Nuflo de Chaves, el año de 1557, navegó por orden de Domingo Martínez, gobernador del Paraguay, hacia el origen del río que da nombre á toda la provincia, acompañado de trescientos soldados, con el fin de fabricar un castillo en una isla que estaba junto al afamado lago de los Xarayes, con pretexto de avecindarse más al Perú.
Entróse tierra adentro del país de los Chiquitos, y caminando cosa de setenta leguas hacia el Poniente, fabricó á la falda de una montaña una población, á quien puso por nombre Santa Cruz de la Sierra. Pero disgustados muchos de los suyos con Nuflo de Chaves por esta causa, se volvieron á su tierra.
Los que se quedaron en Santa Cruz, con su afabilidad y buen trato ganaron la voluntad y afecto de los paisanos, y dividiéndolos en encomiendas les obligaron á que cada año diesen á los encomenderos algún poco de algodón y algunas vituallas en señal de vasallaje. Mas como el interés no tiene freno, ni gobierno, ni leyes con que regularse, algunos que tenían una insaciable codicia de enriquecer, empezaron á cargar de modo á los nuevos súbditos, que eran insufribles á su pobreza; y no satisfechos con eso, les quitaban los hijos á las madres para servirse de ellos; por lo cual, amotinándose algunos indios, se rescataron y libraron de aquellos maltratamientos, con muerte de sus señores; y de allí á poco fué común el motín en todos los indios, hasta que por orden del virrey del Perú, D. Francisco de Toledo, se mudaron á otra parte los españoles, fabricando la ciudad de San Lorenzo, cabeza de la provincia de Santa Cruz, cincuenta leguas más al Occidente.
Los pueblos Penoquís y otros confinantes no quisieron desamparar el nativo suelo, y con la antigua libertad se volvieron á los ritos bárbaros y gentílicos. No obstante el mandato del Rey, no fué obedecido de todos los españoles, porque algunos se fueron entre los Moxos, doscientas leguas distante de San Lorenzo, y embarcándose en una pequeña embarcación en el río Mamoré, entraron por la boca del río Marañón en el Oceano, y con no poca ventura, llegaron á Europa; otros se quedaron en los Chiquitos, y al pie de una montaña fabricaron un pueblecillo á quien llamaron San Francisco, junto al cual está hoy fundada la Reducción de San Francisco Xavier.
El tiempo que aquí vivieron fundaron algunas encomiendas de Quicmes Paraníes y de Suberecas, las cuales se vieron precisados á dejar, cuando abandonado también aquel lugar, se retiraron á tomar casa en San Lorenzo. Sólo algunos Quicmes y Paraníes se fueron con ellos y fundaron en Cotocá, tierra poco distante de aquella ciudad, y hoy están debajo del cuidado y gobierno espiritual de nuestra provincia del Perú.
Poco después de esta mudanza, deseosos los bárbaros de tener algunas herramientas, pasando el Guapay se ponían en celada escondidos en las matas, y aguardando la ocasión de la noche, asaltaban los villajes á los españoles, robando cuantos más cuchillos, hachas, azadones y otros pedazos de hierro podían, sin causar otro daño; pero como creciendo la codicia en los bárbaros creciese también la audacia, se atrevieron á coger á los campesinos, y matarlos á su salvo.
Espiaron los vecinos quiénes eran los que hacían el daño, y advirtiendo que eran los Chiquitos, quisieron volver sobre ellos los daños recibidos, pero muy á su costa, porque dos veces volvieron con la peor parte y se vieron constreñidos á retirarse, perdiendo el crédito y la honra.
Heridos altamente los españoles en lo más vivo de la reputación, sentidos de que osasen los bárbaros manchar la gloria y nombre que á costa de tantos sudores y tanta sangre habían ganado entre todas las naciones, no haciendo ya caso del daño recibido en sus haciendas, sino sólo de la pérdida de la honra, poniendo en armas un trozo de gente, más respetable por su valor que por su número, presentaron batalla á los enemigos, los cuales divididos unos de otros, á los primeros mosquetazos fueron desbaratados, quedando muchos de ellos prisioneros de guerra.
Perdieron con este género de armas su nativo coraje los Chiquitos; y para defenderse en lo venidero del enojo armado de los vencedores, derramados y divididos, se huyeron á las selvas, apartándose á lo más retirado y espeso de los bosques; con todo eso, aun aquí les dieron caza los españoles muchas veces para vengar su afrenta, que tenían muy fija en el corazón, haciendo esclavos para su uso muchas cuadrillas de ellos; hasta que abatida con tantos golpes la altivez de los Chiquitos, vinieron el año de 1690 mensajeros de parte de los Pacarás, Zumiquies, Cozos y Piñocas á San Lorenzo, en nombre de sus caciques, á pedir merced y paz á D. Agustín de Arce, Gobernador en la ocasión de Santa Cruz, con que cesaron las hostilidades de los españoles, pero no se pudieron ver libres de los gravísimos daños y pérdida de gente originada, así de las guerras pasadas como de los frecuentes contagios y por otros desastres que echo de buena gana en olvido, por no atribuir á culpa común de todos, lo que ha sido sólo malicia particular de algunos pocos.
Ha sido también causa de su disminución las contínuas correrías ó malocas (como llamamos acá) de los Mamalucos del Brasil, que pasando el río Paraguay y haciendo grandes presas en estos miserables, han reducido á poco menos que nada estos pueblos. Y ya que muchas veces habré de escribir las maldades de esta gente, no será fuera del intento de dar de ellos aquí una breve noticia.
Había la valerosísima nación portuguesa fundado muchas colonias en las partes Mediterráneas del Brasil, una de ellas era Piratininnga, ó como otros dicen, San Pablo. Sus moradores, por falta de mujeres europeas, mezclaron su noble sangre con la vilísima de los bárbaros, mejor dijera que le mancharon, porque los hijos, saliendo más semejantes á las madres que á los padres, degeneraron en breve de manera que avergonzadas y corridas las ciudades vecinas, renunciaron su amistad; y porque la vileza de éstos no empañare ni aun levemente los candores de la generosidad del nombre lusitano en el mundo, los llamaron Mamalucos. Mantuviéronse éstos mucho en la devoción á Dios y á su príncipe por el celo del admirable P. Joseph Ancheta y sus compañeros, que fundaron allí Colegio; hasta que cansados de vivir ajustados á los dictámenes de la conciencia, y perdiendo el temor á las leyes, echaron á nuestros Padres y sacudieron el yugo de ambas majestades, divina y humana de tal manera, que obedeciesen al Rey de Portugal cuando les estuviese bien, y á Dios, cuando la necesidad fuese extrema.
A éstos se juntaron gran número de hombres perdidos, italianos, españoles, holandeses y la hez de todas las naciones, que para librarse de las penas merecidas por sus delitos, ó para vivir dando rienda á todo género de vicios y deshonestidades, y también corrompido de las feas y malignas impresiones de los herejes modernos, acrecentar el número y el orgullo de los habitadores y moradores de San Pablo.
Y á la verdad, el sitio de la ciudad, el clima de la tierra, todo era muy á propósito para su genio depravado y vida brutal. Está fundada unas trece leguas del Oceano sobre unos peñascos que por todas partes alrededor forman precipicios que hacen inaccesible la entrada, si no es por una angosta senda, que pueden impedir bien pocos hombres; á la falda de la montaña hay algunas aldeas para el servicio del Gobernador, de los forasteros y de los mercaderes, á quienes no se permite pasar más adelante; el clima es templadísimo por estar en veinticuatro grados entre las dos zonas tórrida y templada, y el aire tan puro y saludable que le hace uno de los más amenos y deliciosos países de estas Indias Occidentales.
La tierra, ya por beneficio de la Naturaleza, ya por industria del arte, produce todo lo necesario para pasar la vida con comodidad, abundantísima de trigo, ganado, azúcar y otros aromas de que puede proveer á las tierras vecinas con abundancia, ni les faltan tampoco ricos minerales de oro y otros metales. Libres, pues, de toda ley los naturales de esta ciudad, se dieron á discurrir por el contorno, haciendo esclavos á los indios en gran multitud, robándoles su hacienda; y viendo que no ha hecho algún castigo en ellos, sino publicado solamente algunas prohibiciones y edictos que no han sido obedecidos, han proseguido por espacio de ciento treinta años en sus infames latrocinios, que fuera de dos millones de almas que se sabe han destruído ó reducido á miserable esclavitud, han hecho despoblar algunas ciudades de españoles y más de mil leguas en tierra hacia el Marañón, experimentando esta nuestra provincia las primeras furias de su arrojo en la destrucción de catorce Reducciones que se habían fundado con increíbles trabajos y sudores en la nación de los Guaraníes, que en número de cerca de quinientos mil se había reducido al gremio de nuestra santa fe.
Verdad es que en tantas presas no gozan de cien partes la una, porque la mayor parte, consumida de los trabajos é incomodidades del camino hasta San Pablo, fallece antes de llegar, y los otros empleados en la labor de las minas ó en el cultivo de los campos, con poco sustento y muchos azotes y malos tratamientos, no estando por otra parte acostumbrados al trabajo, en poco tiempo se consumen y aniquilan; y sé por cédula real que he visto, que de trescientos mil indios cautivados en espacio de cinco años, no llegaron á salvamento al Brasil más que veinte mil. Ni ha sido éste sólo el daño que nos han causado estos crueles hombres; lo peor es el habernos hecho aborrecibles y abominables á todas las naciones, usando de las mismas trazas é industrias de que usan y se valen nuestros Misioneros para reducir los gentiles al conocimiento del verdadero Dios y á la observancia de su santa ley. Fingen, pues, los dichos Mamalucos que son jesuitas, usando el nombre de Padre, nombre venerable y que estima mucho á toda la gente, aun á los infieles; hácese uno súbdito, otro superior, y aun Provincial; y en la rota que padecieron los españoles el año 1696 fué hecho prisionero uno, llamado Juan Rodríguez, á que añadía el título de Payguazú, que en Guaraní es lo mismo que Padre Grande.
Después, enarbolando cruces y mostrándoles retratos de Cristo Nuestro Señor y su Santísima Madre, entran en las tierras, acariciando la gente con regalos y brujerías, persuadiéndoles dejen su nativo suelo y sus pobres Ranchos para fundar una numerosa Reducción, junto con otros pueblos; y cuando ya los tienen asegurados, meten en prisiones á los caciques y principales y se llevan por delante la chusma.
Esta infernal astucia nos ha hecho totalmente sospechosos á estas naciones, y muchas veces corremos riesgos de la vida y se nos malogran las empresas, como nos ha sucedido en los viajes por el río Paraguay, en que ningún infiel se quiere fiar de nosotros.
Pero no deja Nuestro Señor sin castigo, aun en esta vida, maldad tan enorme, porque los más tienen malas muertes, y lo peor es que raro es el que de ellos se arrepiente y pide perdón de sus culpas y maldades, porque se dejan arrastrar de la desesperación y se van al infierno; y hay sujeto de los nuestros, testigo de vista, que dice que en la rota sobredicha el año de 1696, ninguno de los que murieron en el campo ó se ahogaron en el río, pidió confesión ni dió señal alguna de arrepentimiento.
Pero no obstante que dichos Mamalucos, ya con engaños, ya con bocas de fuego, han hecho tan horrendo estrago en estas naciones, incapaces de resistirles con sus débiles y flacas armas, algunas veces, en no pocos reencuentros, han vuelto con las manos en la cabeza, y ha sido sujetado su orgullo por los indios; porque éstos, arrestados de una vez á morir ó vencer, se han portado con tal valor y esfuerzo, que ya en emboscadas, ya en campaña abierta, cara á cara han vencido el orgullo enemigo, quedando prisioneros los que querían echar en prisiones á los indios.
CAPÍTULO IV
Da principio el P. Joseph de Arce á la nueva Iglesia de los Chiquitos, vencidas muchas dificultades.
Entrado, pues, ya el año de 1691 pasó el Padre Provincial de esta provincia, Gregorio de Orozco, á visitar el Colegio de Tarija para entrar por allí á las tierras de los Chiriguanás y probar á lo menos por algún poco de tiempo las incomodidades que sus súbditos habían de tolerar después años enteros y hallarse en alguno de tantos peligros en que después ellos habían de vivir continuamente. Aquí recibió las cartas del gobernador de Santa Cruz de la Sierra y las súplicas del P. Arce, que desde Tariquea había venido para meter fuego más de cerca á negocio de tanto servicio de Dios y bien de las almas, con esperanza de que algún día tendría la fortuna de regar con sus sudores aquel nuevo campo y de derramar en él, por último, su sangre, predicando la fe.
Hallóse perplejo el Provincial en la resolución que tomaría, porque el celo de la salud de las almas le persuadía abrazase á un mismo tiempo muchas empresas y diese principio, cuanto le fuese posible, á nuevas obras para la dilatación de la fe; por otra parte, veía la grande carestía de operarios que había y que apenas se podían mantener las Misiones antiguas, cuanto más emprender otras nuevas.
Pesando, pues, atenta y maduramente estos motivos, le pareció que el primero no solo contrapesaba, sino prevalecía al segundo, esperando en Dios que le proveería de Misioneros, como de hecho sucedió, pues llegaron aquel mismo año á Buenos Aires cuarenta y cuatro sujetos de la Compañía, que darán mucha materia á la historia de esta provincia, y los despachaba de España el P. Procurador de esta provincia, Diego Francisco de Altamirano, á cargo del P. Antonio Parra, que venía por superior de todos.
Con esto el P. Orozco ordenó al P. Arce que fuese en busca del origen del río Paraguay explorando en el ínterin las voluntades de los Chiquitos y de las otras naciones que hallase dispuestas á recibir el Santo Bautismo, y que á lo largo de la costa de aquel río esperase á los Padres Constantino Díaz, natural de Ruinas, en Cerdeña; Juan María Pompeyo, de Benevento, en el reino de Nápoles, Diego Claret, de Namur, en la Galo-Bélgica; Juan Bautista Neuman, de Viena, en Austria; Enrique Cordule, de Praga, en Bohemia; Felipe Suárez, de Almagro, en la Mancha, y Pedro Lascamburu, superior de todos, de Irún, en Guipúzcoa; todos los cuales, saliendo de las Misiones de los Guaraníes, emprendían por agua el camino hacia el lago de los Xarayes para ser sus compañeros en la conversión de aquellos pueblos.
Alegre el santo varón con la posesión de tanta dicha, como verse digno de una señalada Misión, sin perder punto de tiempo, se partió de Tarija con el hermano Antonio Rivas, y llegando á Santa Cruz de la Sierra, se aparejaba ya para pasar adelante en su derrota, cuando el infierno, que interesaba tanto en que se embarazasen sus designios, levantó contra él un torbellino de persecución tan fiero, que si no hubiera encontrado con un corazón y celo tan apostólico, hubiera bastado á contrastarle totalmente: porque habiendo sucedido otro Gobernador, á D. Agustín de Arce, mudaron las cosas de semblante y tomaron otro color, y sabiendo sus intentos, procuraron apartarle de su propósito con cuantas más razones y autoridad pudieron, diciéndole era aquella una empresa que no saldría felizmente por más fatigas que padeciese por conseguirla; que siendo los Chiquitos, como decían, muy bárbaros y bestiales, ¿cómo había de poder sujetarlos de grado al yugo de Cristo y refrenar sus depravadas costumbres con la estrechez de la ley Evangélica, cuando ellos jamás habían querido aplicarse á ninguna de tantas idolatrías de los confinantes con ser muy conformes con la disolución de sus procederes? ¿Cómo había de introducir el amor de Dios y del prójimo en corazones faltos, aun de lo que la naturaleza dicta á las fieras más crueles y salvajes? Que era mucha su animosidad, si ya no era temeridad revestida de celo, en querer arrojarse á morir, cuando menos mal le fuese, á ser vendido bárbaramente; que no se fiase de la voluntad que aquéllos salvajes habían mostrado de ser cristianos, pues todo lo hacían á fin de dejar descuidar á los españoles, y cogiéndolos de improviso, robarles las haciendas con insultos. Y que cuando aquéllas razones no les conveciesen para desistir de la empresa, advirtiese y supiese que el clima era sobremanera nocivo á la complexión de los extraños, y que padeciendo casi todos los años contagio aquellos pueblos, no le perdonarían á él. Que por tanto enderezase sus designios á otra mies y escogiese otro campo que correspondiese el cultivo con fruto más digno de sus fatigas.
Con estos y otros argumentos de este jaez procuraban muchos caballeros (mejor diré el mismo infierno) apagar la encendida caridad que ardía en el pecho del P. Joseph, pero viendo que nada aprovechaba, intentó otra máquina más formidable. Esta fué el interés, único contagio de las cosas hechas, ó que se han de hacer por Dios.
Habíase formado tiempo antes una Compañía (llamémosla así) de mercaderes europeos que hacían feria de los indios, y los compraban tan baratos, que una mujer con su hijo, valía tanto como entre nosotros vale una oveja con su cordero.
Entraban éstos en las tierras de los indios circunvecinos y en breve tiempo hacían gran presa de esclavos; y cuando no tenían bastantes, so color de vengar alguna injuria recibida, daban de improviso sobre las Rancherías y pasada á cuchillo la gente que podía tomar armas, ó si no abrasada viva dentro de sus casas, llevaban cautiva la chusma, y vendían en el Perú estas mercancías muy caras, con que al año montaba la ganancia muchos millares de escudos.
Llevaba muy mal la piedad de los españoles que la codicia destruyese y acabase aquellos pueblos é infamase el buen nombre de la nación, y no menos se sentía la fe de que tales maldades de los suyos la desacreditasen ó hiciesen sumamente abominable con todas aquellas naciones; pero por no romper á las claras con aquellos mercaderes y alborotar la provincia, no se atrevían los Regidores á reclamar en Tribunal Supremo; hasta que los años pasados, estimulados de nuestros misioneros, de los Moxos y de los Chiquitos, se quejaron gravemente en la Real Audiencia de Chuquisaca, pero por haber ido á defender mercancías tan inícuas en la Audiencia cierta persona de mucha autoridad y juntamente muy rica y poderosa, aquel sapientísimo Senado, temeroso de alguna revolución en la provincia, tuvo por consejo más acertado remitir toda la causa al Príncipe de Santo Bonol Virey y Capitán general de estos Reinos de Perú, quien con cristiana piedad despachó rigurosas provisiones, so pena de perdimiento de bienes y destierro del país, á cualquiera que osase comprar y vender á los indios: y al Gobernador que lo permitiese, condenó en privavación de oficio y multó en doce mil pesos para el Fisco Real.
De esta manera, con incomparable gozo y júbilo de los españoles, se desterró y exterminó totalmente de toda aquella provincia de Santa Cruz de la Sierra esta infame mercancía, que apoyada de la codicia se había mantenido allí de pie firme, con gran dolor de los celosos.
He querido referir aquí todo lo dicho, atendiendo más al enlace de los infieles que á las circunstancias de los tiempos en que sucedieron. Prosigamos ahora nuestra historia.
Habiendo, pues, llegado el P. Joseph á Santa Cruz, halló entablada tan de asiento esta mercancía, y tan apoyada con la autoridad de gente de mucha suposición, que á pecho menos constante y firme que el suyo, á quien nunca asustó el miedo, ni respeto humano, hubiera sido imposible resistir á la fuerza de tantos contrastes; por lo cual es inexplicable lo que padeció y trabajó para desarraigar trato tan inícuo; porque echando de ver los interesados que de poner los nuestros el pie en aquellas naciones se les había de seguir menoscabo cierto de sus intereses y aun acabárseles del todo, se le opusieron con todo el esfuerzo posible, previendo de antemano lo que no mucho tiempo después sucedió, que nuestros católicos reyes, por instancias de los nuestros, harían aquellos pueblos vasallos suyos, y libres é independientes y los encabezarían en su Real Corona, de que les resultaría ruina irreparable de su grangería.
Pero fueron vanas todas las baterías que asestaron contra su designio, porque cuando este santo varón conocía era voluntad de Dios lo que emprendía, no había respeto humano, miedo de peligro, ni fuerza de embarazos poderosa á hacerle dar un paso atrás, ni desistir de lo comenzado.
Interpuso ruegos y súplicas muy eficaces y supo hablar con tanta energía de espíritu, que aquellos mercaderes, teniendo la nota de impíos y crueles, se dieron por vencidos, mejor diré y con más verdad, persuadidos á que, ó consumido de los muchos trabajos que era preciso padecer, ó muerto á manos de los bárbaros, acabaría en breve la vida, le dieron paso franco para que desahogase su santo celo.
Sólo faltaba ya quien le sirviese de guía en su viaje, porque sin ella era imposible entrar y penetrar las tierras de los Chiquitos; y me persuado que el no hallar por entonces algún práctico en los caminos, fué astucia y traza del demonio, que preveía la ruina que había de causar á su partido el celoso Misionero. Pero era éste incansable y no dejaba piedra por mover para conseguir su condución á aquellas provincias; con que á costa de bastantes trabajos halló, finalmente, dos hombres de aguante, con quienes se concertó para que le guiasen y llevasen hasta las primeras Rancherías de los Piñocas.
Triunfante, pues, de esta manera de todo el infierno, que contra él se había conjurado, se puso en camino á los nueve de Diciembre; y sabiendo que el contagio hacía por aquel tiempo gran riza en aquella gente, cada momento le parecía un siglo por llegar cuanto antes y poder remediar, ya que no los cuerpos, á lo menos las almas de aquellos miserables.
Por eso le parecía poco arrojarse por los despeñaderos, subir sierras muy altas, vadear ríos muy peligrosos, meterse por pantanos muy cenagosos y profundos y pasar otros grandes riesgos de la vida; antes en todos éstos se hallaba una suavidad indecible, llevando siempre muy fijo el corazón y la mente en el extremo abandono en que se hallaban aquellos pobres gentiles; no tenía reposo ni quietud viendo la pérdida de tantos; y lo que más le llegaba al alma, que ellos mismos, de grado, pedían ser lavados en las saludables aguas del santo bautismo.
Por fin, á los últimos de Diciembre, llegó más muerto que vivo por los muchos trabajos, fatigas y molestias que sufrió, á las tierras tan deseadas de los Piñocas.
Inexplicable fué el consuelo que recibió el buen Padre de ver satisfechos plenamente sus ardientes deseos; pero templaban su júbilo las graves miserias y aflicciones de sus amados Chiquitos; sacábale muchas lágrimas á los ojos el ver aquellos desdichados tendidos y arrojados por los suelos: unos en descampado, sin abrigo alguno, otros con sólo el reparo de una choza cubierta sólo de algunas hojas de árboles, y otros luchando con la muerte, y muchos muertos en su infidelidad; traspasábale el corazón oir á algunos lamentarse inconsolablemente por haber muerto sus parientes sin haber tenido la dicha de ser (decían) hijos de Dios, como ellos con grande instancia lo habían pedido. Pero en medio de tanta calamidad fué de grande consuelo y alegría á aquellos bárbaros ver en sus países un ministro de nuestra santa fe.
Recibiéronle y tratáronle con tierno afecto, dándole de buena gana parte de su pobreza y regalándole con algunas frutas silvestres, que eran las delicias de más precio que tenían en aquellas miserias. Suplicáronle se quedase con ellos y no los abandonase en medio de tanta aflicción, prometiendo levantarle iglesia y casa y proveerle de lo necesario para su sustento. Condujéronle desde aquí á un paraje poco distante, diciéndole que escogiese allí sitio acomodado y que luego se pasarían todos juntos á fundar una Reducción.
Viendo, pues, y considerando el P. Arce la buena disposición de la gente, y que si se ausentaba de ellos los dejaba en un total desamparo, se resolvió á quedarse; y estando ya próximo el tiempo de las lluvias que inundan las campañas y cierran los caminos para ir á encontrar en las riberas del río Paraguay á sus conmisioneros, que venían de las Reducciones de los Guaraníes, le pareció más conforme á las órdenes que llevaba de su Provincial hacer aquí alto y dar principio á aquella nueva cristiandad que daba tan buenas esperanzas de que correspondería en adelante con la multitud y fervor de los fieles al cultivo y celo de los obreros evangélicos.
No es fácil decir el contento y júbilo que de esta resolución recibieron los indios, rebosándoles á los ojos la alegría del corazón en tiernas lágrimas de consuelo que derramaban, y festejando con ademanes y ceremonias propias suyas aquella determinación; y por estar tan flacos que apenas se podían tener en pie por el reciente contagio, pusieron luego por obra lo que habían prometido, y el último día del año escogieron sitio para fabricar iglesia, donde enarbolando una gran cruz y estando todos arrodillados en tierra, entonó el Padre las letanías de Nuestra Señora, consagrando de esta manera aquella provincia que había de ser tan fiel á Dios Nuestro Señor y tan devota de su Santísima Madre.
Y yendo aquel día todos juntos á cortar madera al bosque para la fábrica, trabajaron con tanto fervor y brío, que en menos de dos semanas se acabó y perfeccionó la iglesia, pobre y tosca en lo material, pero preciosa por la piedad de los artífices, que á competencia se esmeraban en trabajar en la obra.
Dedicóse al glorioso apóstol de las Indias San Francisco Xavier, para que desde el cielo mirase propicio con ojos de piedad aquella viña inculta de gentilidad, y la convirtiese con celestiales bendiciones en Jardín del Paraíso.
No le salieron al Padre fallidas sus esperanzas. Todos, así por la mañana como por la tarde, se juntaban aquí á oir la explicación de la doctrina cristiana, y por el ardiente deseo que tenían de ser cuanto antes contados y escritos en el número de los hijos de Dios, no le dejaban tiempo para tomar el sueño preciso, ni para comer ó rezar el Oficio Divino, preguntándole aquello que, ó no habían entendido bien, ó de que se habían olvidado, con lo cual en breve se hicieron dignos de la gracia; pero con muy acertado consejo determinó diferírsela por algún tiempo á los adultos para que el deseo de ser cristianos los estimulase á desarraigar cuanto antes su innata barbarie y olvidar sus brutales costumbres, que aprendiéndose desde la cuna y creciendo en ellas con los años y convirtiéndolas casi en naturaleza con el uso, se olvidan difícilmente y no se dejan sin gran trabajo.
Bautizóse solamente como cosa de cien niños, algunos de los cuales antes de perder la inocencia bautismal fueron á gozar de Dios, siendo primicias de aquella nueva Viña del Señor.
Era indecible el gozo y consuelo del ferviente Misionero, viendo crecer, por medio de la gracia del Espíritu Santo, á aquellas plantas noveles, no sólo en la piedad, sino en el número; porque corriendo la voz de que había en el país un predicador de la ley santa, los indios Penoquís, que estaban más adelante, hacia Santa Cruz la Vieja, le despacharon una embajada pidiéndole les hiciese una gracia y se dignase visitarlos, porque querían hacerse también ellos cristianos, y que si no iba, ellos, con su buena licencia, vendrían á verse con él. Respondióles el santo Padre que viniesen muy enhorabuena que los recibiría á todos con los brazos abiertos.
Vinieron, pues, y con ellos creció tanto el número de los Catecúmenos, que ya la iglesia, aunque muy grande, no era capaz de tanto concurso, y fueron tantos los trabajos del santo varón, que sin tomar descanso, sudaba de día y de noche en cultivar aquellas almas, que aunque el vigor de la caridad le daba espíritu y aliento para sufrir los trabajos, con todo eso cayó enfermo de pura flaqueza del cuerpo que se rindió debilitado al grande peso de las fatigas y contínuas incomodidades en que vivía, y asaltándole una ardientísima fiebre que no le dejaba tener en pie, se vió precisado á postrarse en el duro suelo debajo de una choza descubierta por todos lados, en la cual, falto de todo conorte y destituído de todo remedio humano, en pocos días le consumió y trabajó tanto, que se vió reducido poco menos que á los últimos períodos de su vida.
Pero Dios Nuestro Señor, con las dulzuras y remedios del cielo, de que en lances tales suele ser liberalísimo con sus siervos, le confortó de tal manera, que en brevísimo tiempo pudo levantarse y volver á las tareas primeras. Pero apenas se había recobrado, cuando con gran dolor de su corazón se vió precisado á volver á Tarija, á fin de entender la voluntad del nuevo Provincial de esta provincia, P. Lauro Núñez.
Despidióse, pues, de sus neófitos con mutuo sentimiento y dolor por el amor que el P. Joseph les tenía, y con que ellos le correspondían, dando antes orden de que mudasen la Reducción á lugar más cómodo y más abierto en las riberas del río de San Miguel, y pasando de aquí á los Chiriguanás encomendó el pueblo de la Presentación al cuidado del P. Juan Bautista de Zea y el de San Ignacio á los PP. José Tolú y Felipe Suárez.
Dispuestas así las cosas de aquella cristiandad, pasó á Tarija, donde el nuevo Provincial ordenó que el P. Juan Bautista de Zea le sucediese en el oficio de Superior, y él se quedase en la Presentación, y los PP. Diego Zenteno y Francisco Hervás pasasen á los Chiquitos.
Cuánto trabajaron y sudaron estos varones Apostólicos en fundar, conservar y acrecentar aquesta nueva iglesia, lo diremos en otro lugar difusamente.
CAPÍTULO V
Los Mamalucos intentan la destrucción de estos pueblos; pero sus intentos salieron frustrados.
Mientras de esta cristiandad navegaban viento en popa, aumentándose cada día más el número de los convertidos á nuestra santa fe, y si bien el demonio veía se le frustraban sus diabólicas trazas, no perdía el ánimo; antes bien, procuró con todo el esfuerzo posible cortar de un golpe la felicidad presente y las esperanzas futuras, atizando ó instigando á los Mamalucos del Brasil para que viniesen á quitar las vidas á los neófitos y destruir el país á sangre y fuego; y le hubiera salido como esperaba, si Dios, á quien tocaba defender á sus fieles de aquel infortunio, no hubiera frustrado sus designios, disponiendo recayesen sobre la cabeza de sus aliados los que había maquinado para total ruina de los cristianos.
Habían dichos Mamalucos entrado en aquella provincia los años pasados para hacer sus robos acostumbrados, y asaltando de improviso algunas Rancherías de Chiquitos, hacer á muchos esclavos.
Cobraron con este lance ánimos y atrevimiento para dar en tierra de los Penoquís, con esperanza de lograr en ellos un rico botín. Presintieron éstos la venida de los enemigos, y viéndose sin fuerzas ni armas para salirles a encuentro y hacerles resistencia en campaña abierta, determinaron repararse con la industria, ya que no podían defenderse con las armas.
En orden á esto hicieron que se escondiesen algunos junto al camino estrecho de una selva por donde habían de pasar los enemigos, y aquí escondidos esperaron hasta que entraron ya por esta senda estrecha, contra quienes luego que fueron descubiertos por entre los árboles, jugaron á su salvo sus flechas envenenadas con ponzoña tan activa, que de recibir la herida á caerse muertos era muy poco lo que pasaba.
Los que quedaron con vida exploraron por todas partes de dónde venía aquella tempestad, y después de algún tiempo cayeron en el engaño; pero no pudiendo por entonces vengar de otra manera aquella injuria ni la muerte de los compañeros, que con guardar en sus pechos la venganza para otra ocasión, mal de su grado, hubieron de volver atrás.
Por tanto, á principios del año siguiente se embarcó un cuerpo de ellos en el río Paraguay, y entrados en la laguna Mamoré aportaron y desembarcaron en el puerto de los Itatines. De aquí prosiguieron su derrota por entre Oriente y Mediodía; y atravesando unas veces selvas muy espesas, otras subiendo montañas muy fragosas (cuánto puede la codicia), llegando á las Rancherías de los Taus, y hecha de ellos buena presa, pasaron á ejecutar su venganza en los Penoquíes, que de muy confiados se perdieron, porque aunque de Ranchería en Ranchería se corrió la voz hasta el pueblo de San Francisco Xavier de que venía el enemigo, ellos no dieron paso para prevenir alguna defensa, ó á lo menos para retirarse y guarecerse en aquella Reducción; y porque pudiendo no quisieron, después, cuando quisieron, no pudieron escapar las vidas, porque aquellos malvados, caminando con industria por librarse de sus envenenadas saetas, dieron sobre ellos de improviso.
No obstante esto, tuvieron ánimo los Penoquíes para exponerse á la defensa lo mejor que pudieron y resistir el primer encuentro; pero los enemigos, astutos y sagaces, los detuvieron un tanto fingiendo se disponían á pelear, pero era sólo para hacer tiempo á que los compañeros de la retaguardia se hiciesen dueños de la tierra por otro lado y cogiesen la chusma de las mujeres y niños.
Advirtieron los indios esto cuando ya los enemigos habían logrado su intento, y viéndose burlados con la pérdida de prendas tan amadas, por cuya defensa habían tomado las armas, se desanimaron totalmente, con que vueltas las espaldas como mejor pudieron, se retiraran á los bosques sin resistencia de los vencedores, que juzgaban que el amor á su sangre los traería esclavos voluntarios, como de hecho sucedió; por cuyo motivo los vencedores no los pusieron en prisiones sino que los trataron con afabilidad y cortesía, y vistieron á los caciques de trajes y aderezos vistosos, prometiéndoles mil dichas y felicidades en San Pablo y de esta manera engañarlos y tomarlos por guía para otras tierras y para llegar á la Reducción de San Francisco Xavier, que ya se había mudado, transportándola á la otra banda del río San Miguel.
Llegó la noticia de esta desgracia hasta los pueblos de los Chiriguanás de que fué inexplicable la aflicción que tuvo el P. Arce, viendo que los enemigos como un torbellino salido del abismo, arrasaban aquel su Paraíso, que tanto le había costado el plantarle y al punto fué desalado á repararle y defender la vida de sus neófitos.
A este fin, no sin grande riesgo suyo, quiso registrar el país para observar más de cerca los pasos del enemigo; y pasando por las Rancherías de los Boxos, Tabiquas y Taus, fué recibido de ellos con mucho agrado.
Aquí los que se habían escapado le noticiaron de los designios de los Mamalucos, y tomando ocasión de la tempestad que les amenazaba, les persuadió se juntasen en un cuerpo y fundasen un Reducción en sitio ventajoso para defenderse de las correrías de aquellas fieras infernales y lo que antes no había podido recabar con ruegos, poniéndoles por motivo su eterna salvación, lo obtuvo ahora el deseo de salvar sus vidas.
Juntáronse, pues, todos en una llanura que baña el río Jacopó, en que poco antes se había dado principio á la Reducción de San Rafael, bien acomodada para defenderse por causa de una espesísima selva, en que tenían puestas todas sus esperanzas, y retiradas allí sus pocas alhajuelas, no se atrevieron á menearse de aquel puesto hasta que se serenó aquella borrasca, con que el Apostólico Padre, que se detuvo allí algunos días á fin de penetrar los designios del enemigo, tuvo ocasión cómoda para bautizar á los niños é instruir en los misterios de nuestra santa fe á los grandes, á quienes el temor de la esclavitud de los Mamalucos hizo abrir los ojos para que saliesen de la del demonio; pero el Padre, advertido, no quiso bautizarlos por entonces, reservando para mejor ocasión satisfacer sus deseos; y animándolos á la perseverancia, dió la vuelta á la Reducción de San Francisco Xavier; y de aquí, con toda presteza, pasó á Santa Cruz de la Sierra, para dar cuenta al Gobernador de los movimientos del enemigo, y juntatamente á animar á la gente de armas á salir en campaña á pelear con él y ponerle en fuga, en que no tuvo mucho que hacer para mover la piedad tan innata de los españoles que en todas partes resplandece igualmente que el valor haciéndoles que tomasen por suyas las ofensas de los indios Chiquitos y defendiesen con su propia sangre aquella nueva iglesia, principalmente que se podía con razón temer que el orgullo de los Mamalucos osase también invadir la ciudad si ellos no le saliesen al encuentro para atajarle ó cortarle los pasos.
Alistáronse, pues, en pocas horas ciento y treinta soldados bien pertrechados de armas y municiones y lo principal de valor, y porque el tiempo no daba mucho lugar, marcharon á largas jornadas hacia el pueblo de San Francisco Xavier, donde recogiendo cerca de trescientos indios muy diestros en jugar el arco y flecha, fueron en busca de los enemigos á las tierras de los Penoquís creyendo que allí los hallarían acuartelados, cuando por medio de los espías supieron que habían entrado en el pueblo de San Francisco Xavier, que ellos habían desamparado y abandonado poco antes, en donde como los Mamalucos no hubiesen hallado nada que robar se disponían para ir á sorprender la ciudad de Santa Cruz.
Con esta nueva fué inexplicable la alegría que mostraron los españoles esperando en su valor poder dar su merecido á aquellos infames, lo cual debía de temer ó pronosticárselo su corazón presagioso al capitán de los enemigos, pues vistas en San Francisco Xavier tantas pisadas de caballos, sospechó que estaban prevenidos los españoles y quería volverse atrás, lo cual hubiera ejecutado á no haberle dicho algunos indios del país que poco antes había pasado por allí el ganado de la Reducción de San Francisco Xavier.
Enderezó, pues, su marcha nuestro ejército hacia donde estaban acampados los enemigos, y al entrar la noche llegaron cerca de donde estaban y determinaron aguardar á la mañana del día siguiente, que era el del glorioso mártir español San Lorenzo, principal abogado y patrón de aquella provincia, para presentarles la batalla.
Con esto los soldados tuvieron algún tiempo para reposar, y como no se creía que la batalla había de ser muy sangrienta de ambas partes por haberse de pelear con gente tan diestra en manejar las armas, quisieron los más ajustar con Dios las partidas de su conciencia, para lo cual les oyeron de confesión seis Padres que á este fin habían venido de allí.
En esto se gastó buena parte de la noche, y habiendo tomado un poco de sueño, al despuntar el alba se tocó á marcha, mandando los oficiales que puestos en orden los soldados, y con el fusil en punto, avanzasen á vista de los enemigos y si no rindiesen las armas, los atacasen.
Pero Dios Nuestro Señor que había tomado á su cuenta el castigo de las maldades de aquellos malvados, quiso que pagasen ahora la pena, y singularmente los capitanes, que aquí quedaron muertos, pagando juntamente de una vez todas las deudas de las iniquidades que habían cometido en la destrucción de los pueblos de Villarica del Espíritu Santo en la gobernación del Paraguay, disponiendo fuese la victoria, no á costa de mucha sangre de ambas partes como se pensaba, sino á costa de los nuestros y á mucha de los enemigos; porque mientras un indio intimaba el orden á los enemigos, adelantándose ciertos soldados para recibir las armas de los capitanes, un criado de éstos les detuvo disparándoles un fusilazo, matando á uno de ellos.
No pudo sufrir esto Andrés Florián, valerosísimo caballero español, y respondió luego con otro tiro semejante, de que derribó en tierra á Antonio Ferraez de Araujo, y sacando su puñal arremetió á Manuel Frías y le mató á puñaladas, quedando al primer paso muertos los dos capitanes enemigos. Quedando con esto los Mamalucos sin caudillos, sin gobierno y sin alientos, se turbaron del todo, y tirando sus armas se arrojaron al río que les recibió, no para librarles como esperaban, sino para sepultarles en sus corrientes, de que ya cansados, por más esfuerzos que hicieron, no pudieron librarse.
Viendo los españoles y nuestros neófitos que Dios manifiestamente estaba de su parte, fueron con grande ánimo en su alcance, y con una tempestad de saetas y mosquetazos que les dispararon, hicieron en ellos sangriento estrago. También nuestros Misioneros quisieron entrar á la parte de hecho tan estupendo, asistiendo con el Crucifijo en las manos, y sin hacer caso de la vida iban delante con sus armas espirituales, no sólo en ayuda de los vencedores, sino también de los vencidos, á quienes procuraban ayudar.
De los enemigos sólo seis escaparon con vida, de los cuales tres, malamente heridos, quedaron prisioneros. Nuestros heridos no fueron muchos, y los muertos ocho solamente, dos indios y seis españoles.
Fué increíble la fiesta y regocijo de los españoles y de nuestros indios por tan señalada victoria obtenida tan á poca costa; y fué sentimiento común que Dios había peleado con ellos contra sus enemigos en defensa de su honra y de aquella nueva cristiandad. Por lo cual los soldados dieron á S. M. solemnemente las gracias al uso militar, con repetidos tiros de fusil y mosquetes, y los indios con torneos y juegos á su usanza, concluyeron la alegría de aquel día.
Pero no fué cumplido el contento, porque mientras se trataba de exterminar lo restante de los enemigos que habían quedado en las tierras de los Penoquís en guardia de la presa que montaban más de mil quinientas almas y de limpiar totalmente el país, nacieron, no sé de qué origen, algunas disensiones entre los cabos, con que se tuvo por mejor consejo levantar el campo y volver á la ciudad de San Lorenzo, de donde saliéronlos á recibir el gobernador, alcaldes y regidores con toda la ciudad; fueron recibidos con festivos repiques de las campanas de todas las iglesias y con muchos tiros de artillería que disparó el castillo, y por muchos días se celebró con gran magnificencia aquella poco menos que milagrosa victoria.
Los tres Mamalucos que escaparon, caminaron con la presteza posible siguiendo su fuga y llevaron tan infausta nueva á sus compañeros, quienes habiendo entendido contra toda su esperanza la última destrucción de los suyos, quedaron yertos de miedo, y como si ya viesen cerca de sí á los vencedores, se retiraron á toda prisa, llevándose los más esclavos que pudieron, y embarcados en el río Paraguay navegaron á boga y remo camino de San Pablo, cuando encontrándose con una compañía de sus mismos paisanos que iban al mismo fin de apresar piezas (como acá llamamos) ó indios, les contaron el suceso referido; pero los que venían de San Pablo, oída la causa de aquella vuelta tan desacostumbrada que daban á su tierra tan perdidos de ánimo, los empezaron á burlar de que por tales encuentros se desanimasen tanto; con que ya de vergüenza, ya con esperanza de rehacerse de la pérdida pasada, mudaron de parecer y se aunaron con ellos, y todos juntos dieron sobre algunas Rancherías de indios, de los cuales fueron rechazados con braveza y valor; por lo cual, mal de su grado, con las manos poco menos que vacías, se vieron precisados á volverse á San Pablo.
Mientras éstos atravesaban la laguna Mamoré, ciertos Guarayos que por gran tiempo habían militado á su sueldo, abiertos los ojos y volviendo sobre sí mismos para ponderar el poco bien y mucho mal que se les hacía, y que al fin no podían esperar de aquel azaroso oficio más que una muerte desgraciada por término de una vida infeliz, resolvieron desertar y buscar lugar donde vivir con seguridad y reposo, y valiéndose de la obscuridad de la noche se retiraron hacia Poniente á una campaña, dos jornadas más adelante de aquel lago, y por hallarse sin mujeres hicieron las amistades con los Curacanes, sus confinantes por el lado del Septentrión. Estos, pues, no mucho después, deseando salir de la gentilidad y hacerse cristianos, se vinieron á vivir y hacer sus casas en nuestra Reducción de San Juan Bautista.
De mucho provecho fué esta victoria, porque después acá no se han arriesgado más los Mamalucos á poner el pie en los contornos de aquellas Reducciones, y solamente en el año 1718 plantaron un fuerte en las riberas del río Paragua, ochenta leguas distante del pueblo de San Rafael, con que se espera que convertidas en breve con el favor de Dios cincuenta ó sesenta mil almas, como nos prometen las esperanzas, se les impedirá también el hacer corso por aquel río, porque los neófitos por singular privilegio de nuestros católicos reyes, pueden usar armas de fuego con que fácilmente podrán quebrantar el orgullo de estos corsarios, como sucedió en las misiones de Guaranís, á quienes no cesaron de molestar hasta que aquellos pueblos dieron una grande rota á cinco mil Mamalucos que habían pasado al último exterminio de aquella cristiandad.
CAPÍTULO VI
Con los sucesos pasados se entibia algo la santa fe: muere el P. Antonio Fideli y se habla largamente de los trabajos de los Misioneros.
Aunque la fortuna de esta tempestad no deshizo esta nueva cristiandad, no obstante, la conmovió no levemente y cortó al mejor tiempo el curso próspero de nuevos aumentos, porque agostó las floridas esperanzas de acrecentar con buen número de almas la Reducción de San Francisco Xavier, y aun de fundar otras en los Penoquís, Xamarós y Quicmes, que estaban bien dispuestos para alistarse en el número de los fieles; antes bien de este accidente provino la destrucción de las dos Reducciones de Chiriguanás, aunque tan distantes y remotas del peligro.
No habló al aire aquel sabio caballero don Agustín de Arce, cuando dijo se perdía inútilmente el tiempo y el trabajo con aquella gente, y ahora lo tocaron con las manos los Misioneros, á los cuales amaban aquellos bárbaros solo por lo que sacaban de su pobreza.
Por más que hacían los Padres no querían acudir á los Divinos Oficios ni oir la doctrina cristiana, que al entrar la noche se explicaba, ni aun quisieron darles un muchacho que les ayudase en las haciendas de casa y sirviese en la iglesia y cultivase un pequeño huertecillo.
Con todo eso perseveraban los Misioneros sufriendo grandes incomodidades y trabajos que les hacía fáciles de tolerar la esperanza de coger algún fruto de paciencia, hasta que enfadados los bárbaros de tantos sermones y pláticas que les hacían se determinaron echarles del país con pretexto de que eran enviados por los Mamalucos para juntarlos y entregarlos á todos en sus manos como lo habían (según decían ellos) hecho con los Chiquitos, bien que había entre ellos muchos que de esta mentira eran testigos de vista por haber ido sirviendo á los españoles en la guerra referida.
Divulgóse esta voz por el pueblo, y fuese por malicia de ellos ó por ardid diabólico del demonio, que perdía mucho en la conversión de aquellos bárbaros, comenzó la chusma á hacer muchos maltratamientos al venerable P. Lucas Caballero y al P. Felipe Suárez, antes que con detestable atrevimiento pusiesen fuego á la iglesia, de donde por este insulto se vieron obligados á salir y pasarse á un rancho ó choza poco distante; pero ni aun aquí pudieron parar, porque los bárbaros les buscaron por todas partes armados con sus arcos y macanas, y hubiéranlos hecho pedazos si no hubiera sido porque esperaban á sus caciques que estaban no muy lejos de allí.
Viendo los nuestros que las cosas estaban de tan mal semblante, resolvieron en la oscuridad de la noche retirarse hacia Santa Cruz de la Sierra y de aquí pasar á Pari, donde se había mudado la Reducción de San Francisco Xavier.
Llegada la noticia de este suceso al P. Superior Joseph Pablo de Castañeda, sospechó prudentemente que lo mismo ó peor sucedería á la Reducción de San Ignacio, y así ordenó á los Padres que allí residían, se retirasen procurando escapar de las garras de aquellas fieras lo mejor que pudiesen, encaminándose á los Chiquitos, donde Dios Nuestro Señor quiso consolar á sus siervos con mejor logro de sus fatigas y sudores.
Por causa de las revoluciones pasadas y por lo que en adelante se podía temer, se mudó la Reducción de San Francisco Xavier desde el río de San Miguel á una llanura llamada Pari, ocho leguas distante de Santa Cruz de la Sierra, donde también se repararon algunos Piñocas y Xamarós que escaparon de las manos de los Mamalucos, con que se fabricó una Reducción bien numerosa.
Pero no obstante esta mudanza que ahora hicieron, se vieron precisados á retirarse de las cercanías de aquella ciudad por causa del gradísimo daño que suele causar á los recién convertidos á nuestra santa fe el mal ejemplo de los cristianos viejos que han nacido y vivido en ella, los cuales hacen abominable nuestra ley santa con sus escandalosos procederes; y si la profesan con las palabras la niegan con las obras, viviendo más con la libertad de infieles, que arreglados á los dictámenes cristianos de nuestra religión santísima.
Llegábase á esto el vil interés de tal cual, que degenerando de la innata piedad de sus mayores, no hacía escrúpulo de apresar ya á este, ya al otro de aquellos pobres indios cristianos y reducirlos á miserable esclavitud.
Por estos motivos, pues, hubieron los nuestros de trasplantar aquellas tiernas plantas á lugar más retirado, encomendando este negocio al cuidado del venerable P. Lucas Caballero; y aunque en tales mudanzas perecieron muchos por las incomodidades y enfermedades que les sobrevinieron, de que participaron también nuestros misioneros, no obstante, poco después volvió la Reducción á su antiguo esplendor, porque vinieron luego otros infieles que se incorporaron en ella.
La segunda Reducción que se fabricó fué la de San Rafael, distante de la otra diez y ocho días de camino hacia el Oriente, escogiendo y señalando el sitio para ella los PP. Juan Bautista de Zea y Francisco Hervás, á fines de Diciembre del año de 1696 y trayendo á ella algunos Tabicas y Taus y otros que habían ya prometido al P. Arce que abrazarían nuestra santa ley, llegaban á mil las almas, aunque la peste que hubo luego se llevó gran parte de ellos; con que á instancia de los mismos indios se volvió esta Reducción á su antiguo sitio, que era muy á propósito para el intento de los nuestros, que deseaban establecer el comercio de estas Reducciones con las de los Guaranís por el río Paraguay.
Fundaron, pues, sus casas y se poblaron á las orillas del río Guabys, que se cree desemboca en el río Paraguay.
La tercera Reducción se puso debajo del patrocinio del señor San Joseph, á instancias del piadosísimo señor marqués de Toxo, D. Juan Joseph Campero, insigne bienhechor de esta cristiandad, y se fabricó sobre un monte, por cuya falda corre un riachuelo que fecunda un gran espacio de tierra llana; fundáronla los Padres Felipe Suárez y Dionisio de Avila, que por gran tiempo fueron inseparables compañeros en sus trabajos y sudores, no teniendo muchas veces con qué acallar el hambre y reparar el cuerpo en tantas y tan largas fatigas; y así, para que oprimidos de las incomodidades no diesen con la carga en tierra, les vino no mucho después á ayudar el P. Antonio Fideli. Pero les duró poco tiempo este consuelo, porque en breve quedó postrado de tan insufribles trabajos; pues por más remedios que según la pobreza de aquellas tierras se le procuraron aplicar, nunca se pudo recobrar.
Dicho P. Fideli, como era recién venido de Europa, y hallando campo tan grande á su celo, no paraba de día ni de noche en domesticar aquellos salvajes; y mientras sus compañeros iban en busca de gentiles, él se ocupaba en limpiar á aquellos nuevos cristianos de los resabios de su vida brutal, con que se podía quizás manchar la pureza de su fe y la inocencia de nuestra religión cristiana; era su tarea cuotidiana juntar de día á los niños toda la mañana, y al entrar la noche á los adultos; para hablarles de las cosas que debían creer y obrar; acudir á todos tiempos á sus necesidades sin negarse á nada; cuidar de las almas y de los cuerpos de los enfermos, velándolos de día y de noche y dándoles sepultura después de muertos; y en tantos trabajos no tenía otra cosa con qué mantener sus fuerzas para llevar tan gran peso, que un poco de pan muy desabrido que allí se hace de unas raíces que llaman mandioca, la cual, hecha harina, se amasa y hace un pan bien malo, el cual solía acompañar con un pedazo de carne de algún animal del monte, asada, como la comen los indios, dura y desabrida, y por gran regalo alguna fruta silvestre.
Pero en medio de tan mal tratamiento, nunca daba treguas al trabajo, y esto con tal alegría de su espíritu, como si el cuerpo se mantuviese con el pasto espiritual del alma, hasta que postrada totalmente la naturaleza, no pudo volver en sí, por más medicamentos que según la posibilidad del país le procuraron aplicar sus compañeros, que le amaban tiernamente; con que no bien cumplidos dos años en estas Misiones, pasó al eterno descanso para recibir el galardón de sus apostólicas fatigas, en el mismo pueblo de San Joseph, el día 1.º de Marzo de 1702.
Pero lo que no pudo hacer en la tierra en provecho de aquella nueva cristiandad, lo hizo bien presto y más eficazmente con sus oraciones desde el cielo, porque aquellos neófitos dejaron luego la embriaguez y otros vicios que trae consigo esta bestial costumbre, cosa que hasta entonces había costado mucho trabajo sin fruto. Sintieron los indios inconsolablemente la pérdida de su amantísimo Misionero á quien ellos llamaban Padre cariñosísimo de su alma.
Fué el P. Fideli natural de Ciudad de Regio, en Calabria, hijo de padres de la primera nobleza de ella, bien que por su humildad y desprecio del mundo jamás dió la menor noticia de su calidad.
Los primeros años de su juventud los pasó aprendiendo buenas letras en el Seminario de San Francisco Xavier de Nápoles, donde le enviaron á estudiar sus padres.
Aquí, en la flor de su edad, le llamó Dios á la Compañía, donde luego que entró en ella se dió de veras al estudio de la virtud en que salió aventajado, y se mantuvo con vida ejemplar en la larga carrera de sus estudios, con igual aprobación, así de los Superiores como de los compañeros, de los cuales era á un mismo tiempo amado por la dulzura de su trato afable y caritativo y venerado por la solidez de sus virtudes siempre igual á sí mismo, y manteniendo un tenor de alegría inalterable, afabilísimo con todos, y liberal y pronto á servir á sus hermanos aun en las cosas más difíciles.
Parecióle poco lo que obraba en bien de las almas y servicio de Dios en su provincia de Nápoles, por cuya causa pidió con instancia de nuestro Padre general, le concediese licencia de pasar á Indias, y conociendo su fervor, le dió su paternidad grata licencia, asignándole para que pasase á esta provincia en la Misión que conducía á ella su procurador general, P. Ignacio Frías.
Despacháronle, pues, á Cádiz el año 1696 para embarcarse á esta provincia; pero por no haber oportunidad de embarcación le fué preciso esperar dos años en Sevilla, donde en la casa profesa dió muestra de su espíritu con singular edificación de los nuestros, trabajando de día y de noche en los ministerios propios de la Compañía.
Su tarea casi cotidiana era gastar siete y ocho horas en oir confesiones, porque acudían todo género de personas nobles y plebeyas, que le amaban como padre y veneraban como santo, y él les correspondía con afecto de fina caridad.
Ocupado en estos ejercicios, se llegó el tiempo de embarcarse, y pasando de Sevilla á Cádiz, se dió á la vela para Buenos Aires el año de 1698 en compañía de otros cuarenta y cinco Jesuitas repartidos en tres naves, con viaje se puede decir afortunado; porque después de grandes infortunios que padecieron en veintidós meses de navegación, plugo á Dios Nuestro Señor traerlos salvos al puerto de Buenos Aires.
Hubo varias causas de esta larga tardanza, y la principal fué el apartarse y dividirse las naves pocos días después de la partida de Cádiz, y perderse de vista la una de la otra, que encontrando rapidísimas corrientes que la desviaban, furiosísimos vientos que la maltrataban, disformes tempestades que la echaron á las costas de Guineos, se vió precisada la almiranta, en que le cupo venir á nuestro P. Antonio, á aferrar en la isla de Santiago, una de las islas Hespérides, que llamamos ahora Cabo Verde.
Aquí fueron recibidos de los religiosísimos Padres de la venerable Orden de San Francisco que quisieron hospedarlos en su convento para que no sintiesen algún maligno efecto de aquel clima, sumamente nocivo á los forasteros, causa porque llaman á este promontorio sepulcro de los europeos, como lo experimentaron los demás pasajeros, de quienes la mayor parte cayeron enfermos, y más de ciento perdieron allí la vida y las esperanzas de enriquecer que los conducía á las Indias. Pero de los nuestros ninguno murió por la grande caridad que con ellos usaron los religiosos, que con indecible amor cuidaban de su salud, advirtiéndoles lo que debían hacer y de lo que se debían guardar para conservarla.
En el tiempo que aquí se detuvieron, el Superior de los nuestros P. Joseph Ortega, nuestro P. Antonio y P. Pedro Carena, asistieron á los enfermos del navío con increíble trabajo y no menor fruto y consuelo de los que morían en sus manos. Hubiéronse finalmente de partir de aquella isla, en cuya despedida fué indecible el consuelo que por verlos partir á todos sanos sin haber muerto ninguno, mostraron los religiosos, y con especialidad el Padre guardián del convento, quien llorando de gozo les dijo no podía contener las lágrimas viendo que no sólo salían los mismos Jesuitas que habían entrado, sino uno más (aludiendo á un pretendiente que allí había recibido en la Compañía, con licencia que para ello llevaba el Padre Superior) pues cuando los vió entrar se había entristecido notablemente, juzgando, llevado de la experiencia, serían pocos los que escapasen con vida. Pero el haber librado todos bien se debió, como dije, á la mucha caridad de los religiosos y del mismo Padre guardián. De quien despedidos, por fin se embarcaron, pero les sobrevinieron tales accidentes, que se vieron obligados nuevamente á arribar al Brasil, donde reparada nuevamente la nave, y habiendo experimentado la caridad grande que en todas partes usan con los huéspedes, los Padres portugueses se dieron tercera vez á la vela y llegaron á salvamento en el puerto de Buenos Aires para gastar la vida y sudor en provecho de los pobres indios; bien que si en el mar hubiera perdido la vida, hubiera tenido una muerte coronada con el mérito de grandes fatigas padecidas por acudir al bien de la gente de su nave por todo el espacio de tiempo que duró esta trabajosísima navegación, que fué casi de dos años, al fin de los cuales pasó con sus compañeros el año de 1700 desde Buenos Aires á este Colegio de Córdoba, donde se consagró á Dios más estrechamente por la profesión de cuatro votos, é inmediatamente pasó á la Misión de los Chiquitos, donde consummatus in brevi explebir tempora multa (Sap. 4.)
Pero volviendo al hilo de la historia, digo que esta Reducción de San Joseph, de indios Boxos, Taotos, Penotos y algunas familias de Xamarós y Piñocas, es felicísima á la suerte de los Misioneros que allí asisten, por ser este pueblo la puerta por donde se entra á otras muchas naciones, por lo cual ofrece comodidad, así para reducir muchas almas á nuestra santa fe, como para ganarse muchas coronas de premios en la gloria.
La cuarta Reducción es la de San Juan Bautista, poblada de indios de nación Xamarós; fundáronla los PP. Juan Bautista de Zea y Juan Patricio Fernández, por el mes de Junio del año de 1699, de los cuales, el primero, después de haber acabado con los indios Tanipuicas, Curicas y Pequiquas, que le diesen palabra de reducirse cuanto antes al rebaño de Cristo, se partió de allí con extremo dolor suyo por orden de los Superiores para ir á gobernar nuestras Misiones del Uruguay, recayendo todo el peso de esta reducción sobre el P. Juan Patricio, á quien las enfermedades contínuas, la extrema pobreza y las graves fatigas, sirvieron de rémora los primeros tres años, para que no saliese en busca de gentiles, á quienes el ejemplo de sus confinantes había encendido el corazón en deseos de vivir como racionales en vida política, y hacerse juntamente cristianos; pero finalmente, sus sudores y trabajos ganaron para Cristo á los Suberecas, Petas, y á ciertos Piñocas, quienes parece no fueron á otra cosa á esta Reducción, que para renacer á Dios por las aguas del santo bautismo, para pasar luego á la celestial Jerusalem, rindiendo las vidas á la fuerza del contagio que por toda aquella comarca hacía en toda suerte de personas grande riza y estrago.
El consuelo de ver sazonados tan presto para el cielo aquellos poco antes silvestres frutos, endulzaba los trabajos y fatigas de aquel varón apostólico y le animaba á emprender otras santas correrías; pero se frustraban sus santos intentos, mientras no mudaba su pueblo á mejor temple y á aires más saludables, porque aquellos bárbaros no querían reducirse al gremio de la santa Iglesia por temor de la peste, que mucho tiempo antes parece se había arraigado en aquel sitio, por cuya causa se mudó la Reducción á otro paraje más cómodo y menos nocivo.
Mas ya que hemos insinuado alguna cosa de los trabajos de nuestros operarios en estas Misiones, juzgo esta ocasión cómoda y oportuna para referir más por extenso el modo de vivir de los Jesuitas que cultivaron y cultivan esta viña del Señor, regándola con sus sudores y aun con su sangre, por no quitar su debida estimación á la virtud, y defraudarnos á nosotros de los ejemplos que podemos imitar. Y el primer lugar se debe dar al modo de hacer misiones, diré mejor, de salir á caza de bárbaros que habitan como fieras en las cavernas de los montes ó en las espesuras de los bosques.
Cogían, pues, y cogen al presente su breviario debajo del brazo, y con una cruz en la mano se ponían y ponen en camino sin otra prevención ó mataloje que la esperanza en la Providencia Divina, porque allí no había otra cosa; llevan en su compañía veinte y cinco ó treinta cristianos nuevos que á los Padres servían y sirven de guías é intérpretes, y con los paisanos hacían oficio de Predicadores y Apóstoles y caminan ya las treinta, ya las cuarenta leguas, siempre con una hacha en la mano para desmontar y abrir camino por la espesura de los bosques; otras veces encontraban lagunas y pantanos que pasaban á pie con el agua á la boca, y para dar ánimos á los neófitos eran los primeros en vadear los ríos ó en arrojarse por los despeñaderos más difíciles, ó en entrar en las grutas y cuevas con sobresalto y susto de estar allí escondidas las fieras ú hombres; y después de tantas fatigas y trabajos no hallaban á la noche para repararse otro regalo que algunas raíces silvestres con qué romper el ayuno, y algunos días no tenían con qué apagar la sed, sino un poco de rocío que quedaba entre las hojas de los árboles, y por cama la tierra dura, sin otro reparo contra los rigores de la noche, que la sombra de un árbol ó una estera sostenida de cuatro palos; y últimamente en continuo temor y riesgo de la vida, porque los bárbaros, asombrados con el temor, juzgaban que eran sus enemigos los Mamalucos del Brasil, vestidos de Jesuitas y por eso están siempre con la macana en la mano ó con las flechas á punto, ó si no en emboscadas para quitarles la vida sin que los defiendan los neófitos.
Y porque estos no parezcan encarnizamientos de mi pluma, insinuaré aquí lo que de los Zamucos escribió años pasados el Padre Misionero, que entendía en la conversión de aquella gente al P. Juan Patricio Fernández, al presente Rector del Colegio de Santiago del Estero, que con las veces del P. Provincial de esta provincia visitaba aquellas Misiones:
«Por no alargarme (dice) no escribo cómo llegué á este pueblo de los Zamucos, contra el parecer de los prácticos del país, y á más el caminar muchas leguas con el agua hasta la cintura; atribuí el feliz suceso al dedo de Dios, pues que fuerzas humanas no podían vencer los obstáculos insuperables que se me interpusieron, mereciéndolo los sudores y trabajos, hambre y sed de su primer apóstol el Padre Juan Bautista de Zea.»
Hasta aquí el dicho Misionero. Pero aunque caminaban por su extrema pobreza, desprevenidos de toda provisión, no por eso Dios Nuestro Señor, por cuya cuenta corría la vida de sus siervos, los abandonaba en tales trabajos, emprendidos por sólo su amor y por el provecho de las almas; antes, cuando era necesario, obraba en su favor milagros, ya librándoles de las furias y saetas de los bárbaros, como muchas veces sucedió al venerable P. Lucas Caballero, ya proveyéndoles de sustento y dándoles vigor y aliento á la naturaleza, en prueba de lo cual escribió el P. Miguel de Yegros al P. Lauro Núñez, provincial á la sazón de esta provincia, cuando él, con el P. Francisco Hervás, fueron el año 1702 á descubrir el río Paraguay.
«Partimos (dice) por el mes de Mayo acompañados de cuarenta neófitos, con sola la confianza en Dios por estar recién fundada la Reducción de San Rafael, emprendiendo el viaje los buenos cristianos puesta la esperanza en la Santísima Virgen, que nos socorrió por el camino como de milagro, viniéndosenos á las manos la caza y la pesca cuando nos hallábamos en grandes angustias, pasando gran trabajo y venciendo gravísimas dificultades en los montes y en las llanuras anegadas del agua, por dos meses enteros que tardamos en llegar á las riberas del río Paraguay, con riesgo y temor continuo de los bárbaros.»
Y este puntualmente era y es el modo que todavía observan los Misioneros en estas correrías. Pero con ser tan grandes las fatigas y tan pesadas las aflicciones que padecen, no obstante eso, es mucho mayor sin comparación el consuelo que tienen cuando vuelven con las manos llenas de cuatrocientas ó quinientas almas; y si á veces no tantas, á lo menos con la esperanza de ganarlas al año siguiente, porque los más de los bárbaros quieren antes certificarse si aquel celo que les muestran es de sus almas para darles el Paraíso ó por el interés de llevarlos para ponerlos en esclavitud, y por eso acostumbran despachar alguno de los suyos para explorar el país, la gente y los Misioneros de la nueva Reducción.
Después de esto, cuanto hayan trabajado nuestros Misioneros en criar y mantener estas tiernas plantas, no se puede explicar mejor que refiriendo sinceramente, sin añadir nada de mío, algún hecho particular y parte de carta verídica, como lo haré, donde quiera que halle coyuntura, trasladando fielmente los originales con que esta historia quedará más fidedigna y el gusto de los lectores más satisfecho.
Dice, pues, el hermano Juan de Avila, compañero que fué del P. Visitador de esta provincia, Antonio Garriga y del P. Provincial Luis de la Roca, cuando como adelante diré, visitó aquellas Doctrinas sujeto de mucho juicio y capacidad en una carta que desde allí escribió:
«Así como para fundar las Misiones del Paraguay padecieron increíbles trabajos aquellos primeros varones apostólicos, sacando á los indios de las selvas y entablando en ellos vida cristiana y política hasta ponerlos en el estado en que hoy día se mantienen, divididos en treinta Reducciones, así también no han sido menores los trabajos y sudores de estos primeros que han fundado la cristiandad de los Chiquitos. No es fácil de decir lo que al descubierto les han dado que sufrir los enemigos y ocultamente los amigos, la carestía de todo lo necesario para la vida humana, los profundos pantanos, inaccesibles montañas, bosques impenetrables, fieras, climas destemplados, sed, hambre, extrema desnudez, total abandono de todas las cosas y jurada guerra de todo el infierno. Pudiera descender á casos particulares que he visto y oído si no fueran bien sabidos y me son materia contínua de rubor y confusión. No traer sobre sí sino un vestidillo de tela baladí, hecho pedazos, y no pocas veces vestirse de pieles de animales; no traer otros zapatos que un pedazo de cuero crudo atado con otro cordel de cuero por las plantas de los piés, y en la cabeza, para reparo del sol ardientísimo que allí hace, uno como sombrero, pero también de cuero, la cama sin ningún alivio, la vianda ordinaria, un puñado de maíz, y éste tan escaso, que apenas era bastante para mantenerles las fuerzas, vivir gran tiempo sin el consuelo siquiera de ver á alguno de sus compañeros, y estando afligidos de largas y penosas enfermedades, no tener á dónde volver los ojos.»
Así el dicho hermano; y yo en prueba de todo lo que él dice, quiero apuntar algunos casos en particular.
Díjome, no ha mucho, un Padre qué fué Superior de aquellas Reducciones, que por muchos meses no tuvo otra cosa de qué sustentarse, sino raíces de yerbas, y faltándole éstas también, acosado de la hambre, se vió precisado á andar en busca de frutas silvestres.
Cuando el P. Gregorio Cabral fué en nombre del P. Simón de León, Provincial de esta provincia, á visitar aquellas Misiones, le cogió el invierno (que allí no se mide por el frío, que no hace, sino por el romper de las lluvias) le cogió debajo de una enramada, donde con siete Misioneros pasó largo tiempo sin otro sustento que una fruta silvestre á que llaman Motaquí, con alguna cosa de leche; y el día de Pascua, por gran regalo, les dieron los neófitos una mazorca ó espiga de maíz. Pero no tuvo otro tanto el mismo día el P. Zea, que presentándole por gran regalo ciertos panecillos bien pequeños, no pudo probar bocado de ellos por ser amargos como la hiel.
No me ha parecido supérfluo contar estas menudencias, para que quien en los hombres apostólicos no mira otra cosa que conversiones de infieles, adviertan también cuánto les cuestan y considere si tiene necesidad de una generosísima caridad quien se emplea en buscar la gloria de Dios y en mirar por la eterna salvación de las almas. Y ciertamente el no acobardarse con los peligros, el no volver las espaldas á tantos trabajos, el no retirarse y no dejar una vida en que á cada paso se encuentra con la muerte, pereciendo aquí de hambre, perdiéndose allí por los bosques, ahora andando entre flechas y macanas, ahora enmedio de pueblos furiosos, es virtud difícil de hallarse, y con todo eso esta virtud es necesaria siempre á quien emprende en países remotos y entre gente bárbara el oficio de la predicación Apostólica.
Pero lo que me llena de estupor y maravilla, es que en medio de tantos trabajos é incomodidades, no hayan hasta ahora muerto entre tantos operarios más que tres ó cuatro, siendo así que hay quien ha trabajado veinticinco y treinta años; pero es singular providencia del Altísimo, que quien ningún caso ha hecho de su vida por su servicio, se conserve más sano y mejor que si hubiera vivido en las comodidades de un colegio, como yo ví, con grande estupor, en el P. Juan Bautista de Zea, que en edad de sesenta y cinco años parecía joven de poco más de treinta en el aliento y valor.
Verdad es que hoy día se han aligerado en gran parte tantos trabajos, porque introducida en aquella gente, con la santa fe la vida civil y política, lo pasan un poco mejor los Misioneros, y la piedad de muchos caballeros les provee de algunas cosas con que ocurrir á las necesidades domésticas.
Y ahora entiendo con cuánta razón claman los Superiores de esta provincia á nuestros Padres generales, diciendo que no es esta vocación de cualquiera, sino de hombres solamente de virtud muy grande y bien probada. Y á la verdad, uno entre otros engaños en que vivía cuando en Europa ardía en deseos encendidos de venir á Indias, era persuadirme que para un Misionero Apostólico de estas partes, bastaba tener un gran celo de las almas; pero quien leyere esta relación, hallará que son más las ocasiones de ejercitar la interna abnegación del ánimo, la paciencia, la humildad y la mortificación en sí mismo, que el celo de las almas con los otros, cuando yo refiero aquí poco más que trabajos corporales, que son la menor parte de los que se ofrecen que sufrir.
Por tanto, quiero poner aquí una carta que me escribió un compañero mío, á quien lloro y reverencio á un tiempo, el cual, con otros cuarenta y tres de la Compañía que conducía á la provincia de Quito, su procurador general Padre Nicolás de la Puente, por impenetrables consejos de Dios, se ahogó en el navío Caballo Marino que se fué á pique el año de 1717. Dice, pues así:
«La circunstancia de que quizás no nos volveremos á ver más en Europa, me anima á escribir ésta á mi hermano, que espero le hallará en Cádiz, á fin de darle el último vale, y con el corazón un humilde abrazo, alegrándome, juntamente con el más vivo de mis afectos, por su ya próxima suerte de dejar este mundo engañoso de acá y de ir en busca de otro mejor, ó para mejorarlo. Conozcamos, hermano mío carísimo, nuestra fortuna, la cual estoy por decir que es la mayor de cuantas Dios puede conceder á sus escogidos. ¿Y qué? ¿Por ventura es cosa de poca monta vivir desconocido, y si tengo de decir la verdad, despreciado de todos, ó á lo menos poco estimado? ¡Oh, afortunados nosotros, si de cosa tan grande fuéramos participantes! ¡Ánimo, hermano mío muy amado! ¡aliento, vamos, vamos! mas ¿dónde? á las Indias, esto es, al Calvario. ¿A qué fin? A coronarnos, sí, pero de espinas; á descansar, sí, pero sobre una cruz. Aquí acabo, porque desde aquí deben comenzar los deseos de un Jesuita indiano. Pidamos á Dios y á su Madre Santísima que destierre de nuestro corazón todo otro afecto y no deje en él sino el ardientísimo deseo de padecer por amor de quien nos amó hasta dar por nosotros la vida.»
CAPÍTULO VII
Fervor y virtud de la nueva cristiandad, premiada de Dios Nuestro Señor con muchos sucesos milagrosos.
Eran verdaderamente grandes, como hemos visto, los trabajos y fatigas de los Padres en domesticar este inculto campo de la gentilidad; pero no obstante eso, les parecía nada, aunque hubieran sido sin comparación mucho mayores, viendo cuán bien prendía y se lograba la semilla de la predicación evangélica, y cuán presto se sazonaba en frutos dignos del Paraíso; mas en esto no quiero yo poner nada de mío, sino sólo hacer hablar á los mismos sembradores de esta semilla, que se maravillan de ello y se dan el parabién con júbilos de incomparable consolación.
«En el conocimiento de Dios (dice uno de ellos) y en la observancia de la ley divina, se puede con toda verdad, sin rastro de encarecimiento, afirmar que esta selva de bestias y de vicios es ahora un retrato de la primitiva Iglesia. Bendigo infinitamente las santas llagas del Redentor (dice otro) que comparada la vida pasada y presente de esta gente, son ahora tan diferentes de sí mismos, cuando eran idólatras, que parecen en cierta manera reengendrados en la inocencia original.»
Añade el P. Sebastián de Samartín, Superior que fué de aquellas Reducciones:
«Todo se puede sufrir por ellos, por el afecto que tienen á la fe, á la devolución y á lo que es Dios ó de Dios.»
Pero más por extenso habla el Padre Misionero de la Reducción de San Joseph de la piedad de su pueblo, en la Cuaresma del año de 1705.
«No es fácil de decir el fervor que estos santos días mostraron los nuevos cristianos en las cosas de Dios; oían la paladra de Dios con gran gusto y no con menor fruto y compunción, de suerte que me parecía estar entre españoles muy piadosos. El acto de contricción que se usa al fin de los sermones, le hacían con tanto sentimiento, que lloraban muchísimo. El cual mostraron también en la disciplina larga verdaderamente no poco, pero no tanto que satisfaciese á su fervor, por lo cual costaba mucho el hacerles cesar, pidiendo á gritos misericordia á Nuestro Señor, y repitiendo fervorosísimos actos de contricción y propósitos de no ofender más á su Divina Majestad, principalmente en su innato vicio de la embriaguez, del cual, con el favor de Dios, se han olvidado totalmente, pero donde se conocía más claramente su piedad y el verdadero dolor y arrepentimiento de sus culpas, era en el acto de la confesión sacramental á que se llegaban llorando tan amargamente que me sacaban lágrimas á los ojos y me llenaban de increíble consuelo, dando gracias á la Divina Misericordia que obra en gente de suyo tan bárbara y nueva en la fe tan prodigiosos efectos.»
Así aquel Misionero que prosigue diciendo otras mil cosas de bondad y devoción de sus cristianos, que sirven de no pequeña confusión y rubor á quien ha nacido y vivido en el gremio de la Santa Iglesia.
Bien que por lo que toca á la pureza de su conciencia dan otros Misioneros relación más distinta, diciendo que hacen mucho escrúpulo de retener cosa ajena por pequeña que sea, que muchas veces apenas se les halla materia suficiente para la absolución; que luego que sienten el menor remordimiento de cualquiera culpa, por ligera que sea, y sólo en apariencia á veces, corren volando á llorarla delante de Dios y pedir remedio á sus ministros, aunque estén actualmente ocupados en las labores del campo, ó de noche reposando, y singularmente se refiere de una buena mujer que pareciéndole aún esto poca parte para mantenerse inocente, importunó tanto al cielo con sus plegarias para que la pusiese donde estuviese más segura de manchar su alma, que al fin logró feliz despacho de sus súplicas, porque el día solemne de la Ascensión, asaltada de un accidente casi repentino, recibidos todos los Sacramentos, fué por la muerte á gozar la gracia que deseaba.
Ni esta inocencia es solamente de algunos á quien Dios Nuestro Señor mira con ojos más piadosos, y cuyas almas fortalece con mayor copia de bendiciones celestiales, sino que es común en todas las Reducciones, á lo menos en lo exterior, porque algunos de los regidores del pueblo tienen por oficio sindicar las costumbres de los demás, y cuando tal vez alguno, por sugestiones de la carne se rinde al vicio sensual, vistiéndole primero de penitente, le hacen confesar su culpa y pedir perdón á Dios en medio de la iglesia, de donde llevado á la plaza, le azotan ásperamente delante de todos.
Pero no me causa tanta maravilla la penitencia que estos culpados hacen, siendo descubiertos por ajenas diligencias, cuanto la sincera confesión de un Cathecúmeno y de una india. Supo aquél que un cristiano había sido castigado con el rigor que he dicho, y parecióle tan bien esta justicia, que instantáneamente suplicó se usase con él de semejante castigo, porque yo, dijo, soy reo del mismo pecado; y la india, habiendo caído secretísimamente en una fragilidad, no paró hasta que con gran sentimiento manifestó su culpa á los Regidores, pidiéndoles con muchos ruegos y súplicas se ejecutase en ella el público castigo, afirmando que le movía á hacer esto la ofensa cometida contra Dios, y el no haber seguido los ejemplos de tantos que habían resistido al incentivo de la carne con la consideración de la presencia de Dios que en todas partes asiste, con la memoria de las penas eternas del infierno y con los otros medios que les han enseñado los Padres.
Y lo que es más en unos bárbaros hechos á vivir en su libertad sin frenos de castigos y penas, que ninguno de ellos se siente de esta severidad que se usa para corregir sus deslices. Mas lo que parece milagro es que los Chiquitos de tal suerte han depuesto las enemistades con los confinantes, mamadas con la leche, fomentadas del genio, defendidas con las armas y hechas implacables con la sangre derramada, que cuando antes no podían sufrir ni aun ver á sus enemigos en el mundo, ahora están con ellos en una misma Reducción, viven en una misma casa y comen á una mesa, convirtiendo los odios y rencores en otro tanto amor de unos con otros, como si no tuvieran otro padre que á Dios y todos fueran una familia de Jesucristo.
Esto pudiera parecer lo sumo de la virtud en unos cristianos nuevos si no hubieran pasado adelante á dejarse despedazar á gusto de los gentiles, por no faltar, como á ellos les parecía en un punto, á la santa ley de Dios. Oyeron ellos que Dios mandaba no se volviese mal por mal, y que á los ultrajes é injurias, aun en la vida, no se respondiese sino con mansedumbre y sufrimiento.
A poco tiempo fueron algunos neófitos (como adelante diremos) á buscar infieles para reducirlos al conocimiento de Dios, y encontrándose de improviso con una Ranchería, los paisanos dieron sobre ellos con sus macanas y flechas; pero los cristianos, aunque muy animosos y bien pertrechados de armas con que fácilmente se hubieran podido defender, no obstante, por no hacerles mal alguno, se dejaron quitar las vidas.
Otros, habiendo salido á otra empresa semejante, ni aun quisieron llevar armas consigo, y entrando en una tierra enarbolaron en ella la imagen de Nuestra Señora, exhortando á la gente la hiciese reverencia; pero la respuesta que tuvieron fué ver caer sobre sí una tempestad de saetas, de que muchos quedaron allí muertos. Supieron esto los Misioneros y lloraron de consuelo pareciéndoles un prodigio de la gracia en una nación tan soberbia y vengativa.
Y á la verdad, afecto tan tierno á las cosas de Dios, horror tan grande al pecado y á todo lo que huele á vicio, se debe atribuir á la santa vida que observan y á los contínuos ejercicios de piedad que todos, indiferentemente, sin distinción de sexo ni condición, practican.
Tres veces al día, al romper del alba, á medio día y á la noche, juntos los niños y las niñas cantan á coros distintos gran número de oraciones y decoran de memoria lo que el Misionero les ha explicado del Catecismo.
Todos los días de fiesta se junta el pueblo á oir algún punto de la doctrina cristiana ó sermón, después de haber cantado solemnemente la misa. Al levantarse y acostarse se encomiendan á Dios, á la Reina de los Ángeles y al Santo Ángel de la Guarda, con devotas oraciones que en bautizándose aprenden; de otras usan al entrar en la Iglesia y cuando el Sacerdote eleva la Sagrada Hostia ó el Cáliz. Antes de sentarse á comer echan en pie la bendición, y fuera de eso no comen ninguna vianda fuera de la mesa sin que primero la bendigan con la santa cruz. Cuando son admitidos á la participación de los divinos misterios, no es fácil de explicar con cuánta devoción y tiernos coloquios se llegan á comulgar y cuánto después procuran mantener su corazón puro y limpio de toda mancha de pecado.
Pudiera traer muchos ejemplos en confirmación de esto, pero por no causar fastidio á los lectores, me contentaré con referir uno sólo. Deseaban ciertos mozos recibir el Pan de los Ángeles; mas el Padre les dió á entender que no se lo concedería jamás si primero no corregían y enmendaban cierta libertad que tenía algún resabio de gentilismo; ellos, sin otra diligencia, obedecieron luego; y aunque les costaba no poco, se enmendaron totalmente de la dicha costumbre. Preguntóles después si habían vuelto á recaer y admirándose mucho, respondieron que cómo era posible ofender á su Señor después de haberle dado acogida en su corazón.
Pero cuando estas Reducciones parecen un paraíso (dice un sujeto que las ha visto), es por la noche, cuando todos cantan las cosas de nuestra Santa fe, puestas en cierto modo de música muy llano, lo cual hacen los niños y niñas en las calles públicas al pie de las cruces, y los hombres en sus casas y en lugar separado de las mujeres; después rezan el rosario y concluyen esta devota función con cánticos en alabanza de Cristo Señor Nuestro, y de su Santísima Madre Nuestra Señora la Virgen María, á quien profesan afecto tiernísimo, no llamándola con otro título que de Madre; todos los sábados y las vísperas de las festividades consagradas á su nombre, cantan la misa á son de instrumentos músicos, cuales se usan entre ellos, y jamás van á trabajar al campo ó vuelven de su labor sin que primero entren en la iglesia á hacer oración delante de su imagen.
Lo mejor de sus pobres haberes emplean en servicio de esta Señora, y quieren antes ser pobres que faltar un punto en su culto; y una vez que un Padre quería que vendiesen la cera de las abejas llamadas Opemús, que es blanquísima, y la mejor, le respondieron resueltamente: «No quiera Dios que se expenda en provecho nuestro lo que hemos ofrecido á su Madre Santísima, pues si nosotros nos privamos de esta cera por amor suyo, á ella le tocará socorrer nuestra pobreza.»
Finalmente, para última prueba de la devoción de estos nuevos cristianos, daré noticia de ciertas precesiones públicas suyas, las cuales, si á algunos parecieren menudencias de que no se debe hacer caso, digo que en otros pudiera parecer así pero no en gente para quien fué necesario un oráculo del Vaticano para creer que eran capaces de la ley de Dios: «Pues los primeros descubridores de las Indias juzgaron falsa y temerariamente que no eran racionales sino brutos, incapaces de razón; y fundados en este error los españoles de la isla de Santo Domingo y las demás, teniéndolos por animales, los cargaban tres y cuatro arrobas acuestas, los sacaban y llevaban muchas leguas y esta opinión se entendió después con harto daño de los naturales, de suerte que en Nueva España, juzgándoles imprudentemente por bestias con forma humana, los trataban como si lo fueran, negando, por el consiguiente, ser capaces de la Bienaventuranza y de los Santos Sacramentos, y llegó á tanto esto, que obligó á D. Fr. Juan Garcés, primer Obispo de Haxcala, Dominico, año 1636[V.] á escribir una carta llena de piedad y erudición, informando la verdad al Sumo Pontífice Paulo III, quien con Breve y Bula especial, definió y declaró á los indios por hombres racionales y capaces de la fe católica, como todas las demás naciones de la Europa y de todo el mundo: Indos ipsos utpoté veros homines, non solúm christianæ, fidei capaces existere decernimus et declaramus, etcétera.[VI.] Siendo, pues, tales los indios, que ha habido quien los haga irracionales, aun á los menos bárbaros, y siendo estos Chiquitos unos de los de la clase de los más bárbaros (P. Acosta in Proœm. ad lib. de Procur. Indor, salute, según lo que enseña el P. Joseph Acosta, D. Juan Solorzano, Lib. de Politic. Indian. capítulo 9, pág. 41, y el ilustrísimo señor Obispo de Quito D. Alonso de la Peña Montenegro, libro 2 del Itinerario in Prologo, página 141 y otros muchos autores) nadie tendrá por cosa de menos monta estas señales exteriores de devoción que ya refiero.»
La noche, pues, del Jueves Santo, después de haber oído un fervorosísimo sermón de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, se visten un hábito acomodado á la tristeza de aquel santo tiempo; y para imitar al Redentor penando, llevan algunos á cuestas cruces muy pesadas; otros se ciñen de agudas espinas la cabeza; quién atadas atrás la manos, va arrastrado por tierra; quién derecho con los brazos extendidos en forma de cruz, los más se azotan ásperamente con terribles disciplinas; cierra la procesión una tropa de niños que de dos en dos llevan los instrumentos de la Pasión del Señor.
Después, al pie de un devoto Crucifijo puesto delante del santo sepulcro, todos por su orden, con lágrimas de tiernísimos sentimientos en los ojos, le ofrecen los frutos de sus sementeras, «llenándose entre tanto (dice un Misionero) de consuelo nuestros corazones al ver postradas estas almas delante del Divino Cordero que las rescató con su sangre; las cuales poco antes andaban como fieras descarriadas y perdidas por las selvas.»
La otra procesión hacen el día del Corpus, á la cual convidan las naciones confinantes de los gentiles; componen, pues, las calles lo más ricamente que á su pobreza es posible, y en lugar de tapices recamados de oro ó de colgaduras de damasco, adornan con ingenioso artificio las fachadas de las casas de ramos de palma, hermosamente enlazados unos con otros; á las cabeceras de las calles levantan arcos triunfales que visten de cuanto hermoso y florido hay en sus huertas y bosques; lo mejor de los aderezos y bordaduras labradas hermosa y delicadísimamente de plumas, lo pone cada uno delante de su casa; y á fin de que todas las criaturas, aun irracionales, rindan homenaje y tributo de reverencia al común Señor de todas, salen días antes á caza de pájaros y de fieras, aunque sean tigres y leones, y bien atados los ponen en el camino por donde ha de pasar el Santísimo Sacramento, y juntamente arrojan por el suelo el maíz y las demás semillas de que han de hacer sus sementeras para que sea bendito de Dios y las haga multiplicar á la medida de su necesidad; pero lo mejor de esta devotísima fiesta es la tiernísima devoción y fervor con que acompañan aquel trabajo á gloria de su Criador.
Y no piense nadie que Dios Nuestro Señor se deja (á modo de decir) vencer de la piedad de estos sus nuevos fieles, antes bien parece, por decirlo así, que ha andado con ellos á competencia, de suerte que, cuanto ellos más se emplean en su servicio, tanto más les retorna y recompensa con beneficios, porque como por experiencia sabemos, suele ser sobremanera amoroso y benéfico en la primera formación de aquellos, que escoge para cimientos de alguna nueva Iglesia entre infieles y usa más largamente en provecho suyo de sus bendiciones, no sólo en las necesidades espirituales, sino también en las corporales.
Perdíanse una vez los sembrados por falta de agua, y apenas la pidieron los neófitos, cuando rompió en abundantísimas lluvias.
Hacía gran estrago en la gente del pueblo de San Rafael una pestilencia; corrió luego el pueblo á la iglesia á pedir á Dios misericordia, y al punto cesó el contagio, de suerte que ninguno de los tocados de él murió en adelante, ni de los sanos enfermó alguno.
Había también aquí gran carestía de víveres, por cuya causa algunas buenas mujeres representaron á Dios su necesidad, diciéndole la una: «Señor y Dios Nuestro Jesucristo, dadnos qué comer, porque si no nos morimos.» Y otra: «Señor ¿queréis que me muera? Mirad que me estoy cayendo de hambre», y aquel año fueron abundantísimas las cosechas.
Habían de ir al monte los cristianos del pueblo de San Juan Bautista á hacer provisión de carne, pero por no haberse concluído la fábrica de la iglesia se quedaron trabajando por acabarla de fabricar con toda perfección, fiándose de Dios que los proveería como de hecho sucedió, porque de allí á poco salieron del bosque muchos jabalíes en tropas; y para que claramente se conociese que era cosa de Dios, se pararon junto á la Reducción, para que la gente pudiese á su salvo matar los que eran suficientes para socorrer á su necesidad.
Pero sería nunca acabar si quisiésemos referir una por una las finezas que Dios Nuestro Señor ha usado con ellos. Sea solamente última prueba de ellas que estiman más estos neófitos un rosario que cualquiera otra cosa, por hermosa y preciosa que sea, y con razón, porque le sirve de un seguro reparo y escudo en las desgracias y peligros que encuentran en sus caminos; y los nombres santísimos de Jesús y de María, los han librado muchas veces de evidentes riesgos de ser hechos pedazos de las fieras. Referiré un solo caso, digno entre los otros de particular memoria.
Andaba á caza por un bosque cierto cristiano llamado Diego, digno de ser nombrado por la santa vida que observaba, cuando de improviso vió venir hacia sí una tigre que andaba también por allí á caza, y no se podía escapar el indio sin que ella le despedazase; antes le acometió con tan gran furia para despedazarlo, que no le dió lugar más que á invocar los poderosos nombres de Jesús y de María, á cuya invocación la fiera, que ya le tenía entre sus garras, le soltó y se volvió hacia atrás sin hacerle otro daño que unos rasguños bien ligeros en la cara y en los brazos para memoria del milagro y del beneficio de haber recibido segunda vez la vida de mano de la Santísima Virgen; porque habiendo enfermado poco antes y no podido sanar por más medicinas que, según la posibilidad, se le habían aplicado, sólo se afligía por no poder ayudar á la fábrica de la Iglesia; volvióse, por tanto, á la Madre de misericordia, pidiéndola con instancia la salud, y al día siguiente, libre de toda enfermedad, se fué á trabajar á la obra, predicando con las palabras y mucho más con el ejemplo, la devoción con la reina del cielo.
Esta merced fué en provecho de uno solo; pero otra fué hecha á un pueblo entero en señal de agradecimiento. Retirábanse una noche, acabado de rezar el rosario, á sus casas, cuando de repente descendió del cielo un globo de luz que esparció por el contorno sus rayos y llenó á un mismo tiempo sus corazones de júbilo y reverencia; y que esto fuese cosa más que natural lo demostraron los efectos causados en aquella santa cristiandad.
Verdad es que, como siempre sucede, entre tantos buenos no faltaban algunos malos y perversos que hacían más aprecio del cuerpo que del alma; pero Dios Nuestro Señor usó con ellos del poder de su brazo omnipotente, ya ablandando durísimos pecadores con modos extraordinarios y singulares, ya castigando tal vez con los azotes de su justicia á los obstinados que á buenas no se rendían, haciendo con eso que otros que lo veían abrazasen la ley de Dios.
Referiré aquí algunos pocos sucesos de estos más dignos de memoria. Y sea el primero un cierto indio llamado Santiago Quiara, el cual, llevando mal el apartamiento de una concubina suya que había dejado en el bautismo, volvió á admitirla en su casa. Pero luego le fué Dios á la mano con una enfermedad que, privándole de la luz del cuerpo, desterró de su alma las tinieblas del pecado. Hiciéronsele, pues, dos nubes en los ojos que creciendo poco á poco le privaron totalmente del uso de ellos; y por más que la caridad de los Padres se fatigó en aplicarle remedio, no pudo aprovecharle de nada. Con esto entró dentro de sí el doliente, y adivinando que la causa de esta desventura no era otra cosa que sus pecados, se volvió con mejor consejo al médico divino, suplicándole vivamente le diese remedio, no tanto á él, que no lo merecía, cuanto á su familia, que alrededor de él lloraba sin tener un bocado de pan que llevar á la boca. Estando una noche en su casa examinando sus pecados y pensando en las miserias de su vida, prorrumpió en esta fervorosísima súplica á Cristo, Señor Nuestro, y á su beatísima Madre.
«Oh, Jesús mío, tened misericordia de mí (así puntualmente lo refirió él á todo el pueblo, á quien por orden de los Padres manifestó su milagrosa curación). Oh, Jesús mío: aunque no lo merezco, perdonadme mis pecados, y restituidme el uso de mis ojos; reconozco, Señor, y confieso que este trabajo es justísimo castigo de mis culpas; pésame en el alma de haberlas cometido, y propongo de nunca jamás volver á caer en ellas. Virgen María Madre de Dios y mía, aplacad la indignación de vuestro Santísimo Hijo y alcanzad á mi alma el perdón de mis pecados y á mi cuerpo la vista perdida. ¡Oh, Dios y Padre mío! movéos á misericordia y pues podéis tan fácilmente, concededme la gracia que os pido, que yo prometo de jamás ofenderos en adelante, y de observar perfectamente, con la diligencia que me fuere posible, vuestra ley santa.»
Mientras así estaba llorando delante de Dios, oyó una voz, como de quien estaba enojado, que hablaba con él y le decía:
«Por tu amancebamiento y por las confesiones mal hechas, te ha sobrevenido esta desgracia.»
Al oir estas palabras, que le penetraron hasta el alma, salió como fuera de sí, y en aquel punto se vió cercado de una luz tan bella, que la del sol, en su comparación, era muy tenue y despedía una fragancia tan suave é incomparable con ninguna cosa odorífera de la tierra, que manifiestamente se conocía que era don del cielo; sus carnes se le pusieron tan delicadas como de un niño recién nacido, y se movía con tanta agilidad como si estuviera despojado de la pesada carga del cuerpo.
Respondió entonces el hombre, deshaciéndose en lágrimas de consuelo y juntamente de dolor:
«Confieso, Padre y Señor mío, mis pecados, que dejé mi legítima mujer y me volví á mi antigua amistad, de que fuertemente me pesa. Así es (oyó que le replicaban) confiésate y haz penitencia de tus culpas.»
Desapareció la visión; y vuelto en sus sentidos, se halló perfectamente sano.
Pero mirando la fealdad de su cuerpo y la vileza de este mundo comparada con lo que había visto y gozado, deseaba haberse verdaderamente muerto, y no sólo en apariencia, sino en realidad para continuar en el gozo de tanto bien, y se ponía las manos sobre los ojos, que bellos y claros había recobrado, para que no fijasen la vista en las miserias de acá abajo; y hasta hoy día, cuando se pone á pensar en este su éxtasis ú otro alguno se le trae á la memoria, no puede contener las lágrimas y sollozos.
Fué notable el fruto que causó este milagroso suceso; apenas quedó hombre de conciencia que no ajustase de nuevo todas las partidas con Dios con una confesión general; pero quien experimentó mayores los efectos fueron los dos pueblos de San Joseph y de San Francisco Xavier, que muchas veces le habían consolado y servido en aquella enfermedad.
La mudanza de vida que hizo este afortunadísimo neófito, fué la que se podía esperar de la gracia del Espíritu Santo, que le había tan abundantemente entrado en su corazón.
No fué menor el efecto (aunque sí diverso el modo) de convertir á un hechicero y gran familiar del demonio. Este, pues, sacado del monte donde vivía como bruto por el infatigable celo del P. Lucas Caballero, apenas había puesto el pie en la reducción de San Joseph, cuando cayó enfermo; é imaginando que aquellos dolores eran otros lamentos y súplicas de su alma, hambrienta de los placeres y deleites pasados, se condenó á sí mismo de demasiado ligero, y poco á poco se volvió á sus pensamientos antiguos, y en sus deseos se volvió infiel en su corazón, ó por mejor decir, bestia.
Una noche, pues, ardiendo más en tales deseos, que con la fiebre que interiormente le abrasaba, sintió que se acercaba una como multitud de gente que hacía gran estruendo y ruido, y era una cuadrilla de demonios que huía de la iglesia maldiciendo aquel santo lugar y á los neófitos que en él se estaban disciplinando, y llegándose á su choza le dijeron:
«Mira, mira cómo se azotan los indios; ¿no ves con cuánta razón te predicamos que no te dejes engañar de las patrañas de estos malvados? (decíanlo por los Padres); líbrate tú de esto volviéndote á tu bosque, porque sino descargaremos sobre tus espaldas los mismos azotes.»
El indio enfermo no vió á los demonios, sino sólo una sombra espantosa de donde salía tan perversa admonición. Pero erraron esta vez, como otras muchas veces, sus tiros los demonios porque en lugar de salir con sus intentos, perdieron la presa; llenóse el miserable todo de pavor, y miedo, porque el corazón le decía que esta era cosa del infierno, y no sabía cómo echarlos de sí; había oído decir que los dulcísimos nombres de Jesús y de María tenían poder contra esta canalla, pero no se ofrecían á la memoria, hasta que después de mucho trabajo se le ofrecieron y los pronunció: entonces los demonios, como si se viniese abajo toda la casa, huyeron con gran furia, y él, curado en el alma de sus liviandades, entró por el camino de la salvación, con más firmes propósitos y más seso que antes; y con tal mudanza y arrepentimiento de sus yerros, que estando aún con la fiebre se levantó de la cama y fué corriendo á echarse á los piés del P. Caballero, y con más lágrimas que palabras le pidió el santo bautismo.
Estos dos casos que he referido no fueron más que visiones, una de consuelo y otra de terror, para mejorar el alma á los dos á quienes se mostraron. Más caro les costó á los dos siguientes el obstinarse contra las saludables admoniciones de los Misioneros:
El primero, cristiano recién bautizado, enfadado de vivir como hombre y en la ley de Cristo, en el pueblo de San Rafael, se huyó entre los infieles, y como es tan violento el vivir sin ningún gusto, no gustando él ya más de Dios, le fué fácil al demonio inducirle á tomar otro deleite, y le ofreció al punto ocasión cómoda y oportuna en una mujer de mala vida, con quien había estado mal amistado en su gentilidad.
El Misionero de aquella Reducción, que con sus sudores había ganado aquella alma para Dios, envió al punto tras él á algunos fervorosos cristianos, que habiéndole alcanzado en una Ranchería de infieles, le reconvinieron con la promesa que había hecho á Dios en el bautismo y con la palabra que había dado á los Padres de quedarse en el pueblo de San Rafael. Él, disimulado, los recibió con una falsa alegría en el semblante y con palabras fingidas, que ya tenía premeditadas; y, ó porque esperase apartarlos de la fe y hacerles renegar ó porque pensó por entonces contemporizar con ellos, les quiso prevenir un expléndido banquete; para eso se fué á caza, y habiendo muerto un animal, mientras alegre y contento pensaba cómo llevar al cabo su designio, oyó hacer gran ruido detrás de sí, como de quien quería embestir á otro; helósele la sangre con el susto al miserable, y tenía razón, porque era una víbora de desmedida grandeza que venía á dar sobre él y matarle; vuelto en sí y cobrando aliento, levantó la macana y la detuvo con un golpe. Irritada de esto la víbora, procuró con más furia agarrarle por el pescuezo; retiróse él hacia atrás queriendo evadir el salto con otro golpe; mas por su desgracia se le cayó de la mano la macana y con ella aquel poco de ánimo que en tan peligroso lance le alentaba; pero como el amor de la vida es muy ingenioso en hallar trazas y valerse de todo para mantenerla, echando mano al arco y al carcax de las flechas que traía atados á la cintura, se reparaba lo mejor que podía de la furia de la bestia; sudaba mucho entretanto, daba altísimos gritos y pedía socorro, pero en vano, porque no había nadie que pudiese ayudarle; por lo cual desesperado de poder escapar con la vida de tan obstinada contienda, no teniendo más fuerzas para resistir, quería ya rendirse á discreción del enemigo, á no haber sucedido con gran ventura del miserable, que tirando la víbora á cogerle por la garganta, dió con la suya sobre la punta de una saeta y se hirió malamente, con que acobardada y cansada se paró algún tanto y dió tiempo al apóstata para salvarse huyendo; el cual, casi fuera de sí, llegó á la Ranchería, y referido el suceso, los infieles le interpretaron como les hacía más al caso; pero los cristianos, más advertidos, adivinaron sabiamente que esto le había sucedido, no tanto para peligro del cuerpo, cuanto para aviso del alma, según su necesidad; porque llamado y admitido de Dios á ser su hijo por el santo bautismo le había después feamente dejado, volviéndose á vivir entre gentiles.
Cuadró á todos la interpretación, pero singularmente al apóstata, á quien el remordimiento de la conciencia le decía lo mismo á su corazón con más eficacia; por lo cual, sin detenerse, fué con todos los infieles que allí había derechamente á San Rafael; éstos para alistarse en el número de los Cathecúmenos y aquél para enmendar y satisfacer con la penitencia su pecado, como lo hizo, viviendo de allí en adelante en temor de Dios y con honestidad ejemplar.
Más terrible aún fué el modo con que otro entró en juicio y cobró aprecio de las cosas de su alma: Habíase reducido á nuestra Santa fe en el pueblo de San Joseph un gentil, y en el bautismo había dejado una amiga, con quien antes había vivido en el cieno de muchas deshonestidades; pero duróle poco tiempo este buen propósito y este retiro y resistencia á los placeres y gustos de la carne, porque habiéndose encontrado con la amiga antigua, su vista le abrasó otra vez el corazón y le encendió los deseos primeros; después, para que ninguno le fuese á la mano en sus deshonestidades, tramó secretamente la fuga con otras tres mujeres de sus mismos intentos y se escondió en un bosque; de suerte que por mucho que otros indios de mejor conciencia los buscaron, por orden de los Padres, jamás le pudieron encontrar.
Entonces uno de los Padres Misioneros echó de ver que aquel no era mal que se había de curar sino con el remedio de algún extraordinario auxilio de la Divina Misericordia. Por esto empezó á llorar amargamente por aquel ciego miserable, y tantas súplicas hizo á la beatísima Trinidad, y á la Reina del cielo y á las santas almas del purgatorio, que se le cumplió su deseo con modo bien singular, porque mientras él festejaba sus brutales deshonestidades, estando el cielo serenísimo, sin la menor señal de tempestad, estalló un terrible trueno en medio del aire, y tras él se despidió un rayo que vino á dar á sus piés; y el indio, ó por furia del rayo ó por el miedo que tenía, cayó en tierra como muerto. De aquí vuelto en sí, después de gran rato y abriendo los oídos á aquel llamamiento de Dios, lleno de susto y pavor de que no le sucediese cosa peor, se dió á llorar amargamente su pecado; tomó en las manos el rosario que traía al cuello, empezó á pedir piedad y misericordia á Dios prometiendo ser totalmente otro en adelante, constante y leal en su servicio, y al punto puso en ejecución su propósito, retirándose al pueblo de San Francisco Xavier, porque no tuvo ánimo de volver á San Joseph y porque la vista de su amiga no le despertase el apetito. Dios se la quitó de delante con una enfermedad, en que arrepentida de sus culpas y deshaciéndose en lágrimas de contricción y arrepentimiento, sin permitir que jamás entrase su galán en su Rancho, pasó con grande esperanza de su salvación á la otra vida; con que ella difunta, volvió él á su Reducción, donde comenzó nuevas obras y entabló nueva vida, que prosiguió con tanto contento y gozo de su espíritu, que jamás en adelante volvió á los torpes y brutales gustos de la carne.
Pasemos ahora á referir otros, á quien Dios Nuestro Señor, con doblado é irremisible castigo, puso por ejemplo y terror de los demás, quitándoles la vida temporal y la comodidad de conseguir la eterna.
Tocó en primer lugar esta infeliz suerte á un mancebo, de nación Peta, que estaba de mala gana en el pueblo de San Juan Bautista, en quien, por más que la caridad de los nuestros y sus saludables amonestaciones y consejos procuraron ablandar la dureza de su corazón, no aprovecharon nada para que se quedase allí; antes, por no ser detenido, se huyó secretamente cuando el pueblo asistía en la iglesia á los divinos oficios. Mas no tardó mucho en venir sobre él la divina justicia que le esperaba en un desierto solo, sin que hubiese á quien volver los ojos; allí, pues, se le hinchó disformemente una rodilla y se le empezó á podrir, criando materia y gusanos y echando una hediondez intolerable, con que rabiando de dolor murió sin tener quien le diese aun la sepultura de las bestias, ya que había ido como una de ellas; y claramente conocieron todos que esto le había sucedido en pena á su obstinación, porque por más á prisa que fueron algunos neófitos á socorrerle, no llegaron á tiempo y sirvió su desgraciada muerte para que ninguno en adelante sacase el pie de la Reducción sin haber ajustado antes con Dios las partidas de su conciencia y pedido la bendición á la Santísima Virgen.
Aún peor le sucedió á un hechicero, gran ministro del demonio, en el pueblo de San Francisco Xavier, pues los mismos cristianos le mataron á palos porque con sus mentiras y patrañas no dejaba de molestar al sencillo pueblo, y desacreditar y vituperar la santa é inocente vida de los Misioneros; ni le valió la autoridad de los Padres, que le sufrían con paciencia y le habían librado dos veces de la furia del pueblo, porque mientras un día, montado en cólera, vendía por misterios las fantasías y por verdades los sueños de su mala cabeza á ciertos nuevos cristianos, y desfogaba su cólera contra los Padres con palabras injuriosas y de escarnio, decía cosas tan indignas, que á un cacique principal, cristiano de muchos años, no le pareció que se podían ya sufrir; por lo cual, poniéndose delante de él, le quitó la gana de predicar más y de vivir, quebrándole los dientes en la boca y los sesos en la cabeza con un palo.
Acabaré esta funesta narración con un espantoso suceso que por mucho tiempo quedó en la memoria para terror y ejemplo de toda aquella nueva cristiandad.
Felipe Motoré, Tabica de nación, vencido en las contínuas sugestiones del demonio y de la carne, volvió públicamente en casa de una amiga dejando á su mujer, sin reparar ni hacer escrúpulo de tenerla públicamente como si fuese su propia mujer.
Desagradó esto indeciblemente á todos, singularmente á los Padres, que veían con tal ejemplo abierta la puerta para que otros hiciesen lo mismo, y que por más que hubiesen trabajado y sudado en desarraigar tal abuso y establecer el nudo indisoluble del matrimonio, se destruiría en breve; y como sucede entre bárbaros que el pueblo indómito se va en pos de quien tiene entre ellos alguna soberanía y preeminencia, le seguirían todos.
Pero Dios Nuestro Señor tomó por su cuenta el remediar este escándalo, y no tardó mucho en darle su merecido, quitándole de allí á poco la vida y arrojándole al abismo, reparando juntamente los daños que pudiera haber causado y causaría en adelante.
Mientras que alegre y contento saltaba de placer y hacía fiesta por este su perniciosísimo escándalo, le empezó á correr por las venas un humor pestilente y se le encendió una fiebre ardientísima, que en pocos días le condujo á las puertas de la muerte.
Acudieron los nuestros á visitarle, persuadidos á que también á éste como á otros la tribulación le habría abierto los ojos para arrepentirse de su pecado; pero sorprendido de un accidente y sintiendo que se le acababa la vida, llamó á sus parientes y amigos y les dijo:
«Verdaderamente, hermanos míos, que soy desgraciado é infeliz, pues por mis delitos pasados estoy condenado á arder para siempre en las penas eternas del infierno. Mirad á los demonios que vienen á llevarme arrastrando, para que sea su compañero en las penas, como lo fuí en los pecados. El no haber dado crédito á los sabios consejos de los Misioneros y el admitir de nuevo públicamente la amiga, son la causa de esta mi sempiterna desventura, oid vosotros de buena gana la santa doctrina y poned en ejecución cuanto en bien de vuestras almas se os enseña, para que no vengais conmigo á llorar inconsolablemente en el infierno aquellas culpas y yerros que para borrarlos no me será bastante una eternidad de suplicios.»
Afligidísimos quedaron los circunstantes; y aquellos á quienes la deshonestidad y la disolución les decían en el corazón que eran dignos de semejante fin, se helaron de pavor y susto. Otros creyeron que con la enfermedad maligna que tenía había delirado de aquella suerte, y por esto le llevaron á la iglesia, en donde, celebradas las exequias, le enterraron. Pero Dios Nuestro Señor dió bien presto á conocer que aquellas palabras no habían sido delirios de una cabeza desvanecida, sino una sincera confesión de la justa venganza del cielo. Porque á pocos días vieron salir de la iglesia en grandes nublados un humo negro y denso, que parecía se abrasaba toda ella. Acudió luego toda la gente á apagar aquel que creían incendio; y registrando de dónde salía aquel humo, vieron que le arrojaba la tierra que estaba sobre el cuerpo de aquel desdichado; por lo cual echaron sobre él agua en grande abundancia, pero ¿qué sucedería? Comenzó á bullir la tierra y á levantarse, arrojando fuera una espesa y espantosa niebla que parecía se abrasaba todo el lugar y que allí estaba escondido y oculto un gran volcán de llamas.
Por tanto, abierta la sepultura, se halló el cuerpo sin la menor corrupción, como si aquella tierra bendita rehusase mezclarse con aquellos miembros, cuya alma era un tizón del infierno; pero exhalaba el cuerpo un espantoso y hediondo humo, con que se veía bien claro que era cosa más que natural. Por lo cual, sacado fuera el cadáver le arrojaron en una laguna, la cual también comenzó luego á moverse y bullir, como si allí se abrasase algún hierro ardiendo.
Aterróse no poco el pueblo con tan funestos accidentes, y por mucho tiempo no se habló sino del infeliz Felipe Motoré, ni les fué necesario á los Padres cansarse mucho en predicar la honestidad y perseverancia en los matrimonios.
Curiosos después los indios de saber á dónde había ido á parar el cuerpo, le buscaron dentro del agua; pero por más que registraron toda la laguna, nunca jamás le pudieron encontrar, dando con esto motivo para conjeturar prudentemente que fué sepultado en los abismos para hacer compañía en las penas al alma, ya que la había incitado y hecho participante de las brutales torpezas de la carne.
Pasemos ya de materia tan funesta y describamos por último una visión que tuvo un neófito, por la cual mejoraron increíblemente las cosas de esta cristiandad y fué más gustosa que todo cuanto he dicho hasta ahora. Para lo cual me será preciso interrumpir á ratos brevemente la narración para inteligencia de las cosas que en ella se insinúan, y la referiré por extenso, como puntualmente la escribieron á su Provincial los PP. Lucas Caballero y Felipe Suárez.
Un cristiano llamado Lucas Xarupá, asaltado de una fiebre maligna, le redujo en pocos días á los últimos períodos de la vida; á este tiempo le sobrevino un fortísimo parasismo que le privó totalmente del uso de los sentidos, sino es ya que (como él afirmó) murió verdaderamente.
Salida el alma del cuerpo, le salieron al encuentro dos, con semblantes de hombre, que le convidaban á que fuese con ellos á otro país.
Paróse un poco temiendo no fuesen demonios; pero observando las facciones de sus rostros, la belleza de los vestidos y de las cruces que traían en las manos, y la afabilidad de sus palabras, creyó que era cosa del cielo; por lo cual, perdido el miedo, se fué tras ellos por una cuesta empinada, por la cual se montaba á unas altas cumbres; la senda era estrecha, difícil y sembrada toda de abrojos y espinas tejidas entre sí á manera de cruces; por lo cual era menester caminar con tiento paso á paso para no maltratarse; y hubiera desfallecido por la pena y dolor que sentía en pisar las espinas si sus guías no le hubiesen alentado y confortado con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de sí; llegó entre tanto á donde por la mano izquierda había un camino real, ancho y llano y bellísimo á la vista por su verdor, hermosamente esmaltado de todo género de flores. Quiso seguir este camino, mas sus conductores le advirtieron que mirase dónde iba á parar aquella hermosura, y vió que iba á rematar en ciertas profundidades y altísimos precipicios, de donde salían disonantísimos gritos y vocinglería, de suerte que se persuadió estaban celebrando allí sus paisanos algún solemne banquete; pero bien presto le sacó del engaño una cuadrilla de demonios feísimos con terribles semblantes y descompasados movimientos del cuerpo; unos con cara de tigres, otros de dragones y cocodrilos y algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas, que no sufría el ánimo mirarlos; echaban todos por la boca y por las otras partes del cuerpo llamas de color negro y espantoso, y gritando y discurriendo de una parte á otra remedaban las danzas y bailes de los indios, hasta que agarrándose del pobre neófito, que estaba todo temblando creyendo que aquella fiesta era por él, hicieron gran fiesta gritando:
«El, él es, Xarupá nuestro amigo, que antiguamente era nuestro devoto y usaba de los hechizos maléficos que enseñamos á sus abuelos.»
A tales cortesías, se le recrecía el susto de que no le asiesen y echasen mano de él, para llevárselo al infierno. Pero los ángeles le aseguraron, de que no osarían moverse ni menearse contra él. Entonces saltó fuera de enmedio de aquella canalla un cruelísimo verdugo, arrastrando un condenado como á un vilísimo jumento, atadas las manos y los piés con cadenas de acero ardiendo; traía á la garganta un collar ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado, á tener derecha la cabeza para su mayor confusión y vergüenza: daba en tierra á cada paso por la violencia con que el inhumano verdugo le tiraba; pero los demonios que venían detrás, con una tempestad de azotes que llovían sobre su cuerpo y con otras cruelísimas befas, le obligaban á caminar. Daba entratanto el miserable horrendos gemidos y suspiros maldiciendo su desventura y lamentándose desesperadamente. Ardía todo en vivas llamas como también el demonio que le tiraba, el cual traía á la cintura, en señal del oficio, un grande haz de víboras, que le despedazasen; y vuelto á Lucas, con fiereza propia del infierno, le dijo:
«También tú alguna vez te entendías conmigo y eras de mi servicio, siento mucho que me hayas dejado, vinieras ahora á cortejarme si estos Padres no hubieran venido á tu Ranchería á predicar la ley de Cristo: no lo puedo sufrir; no hacen otra cosa, más que hablar mal de mí y de mis cosas. Pero no, no todos los paisanos han de ir al cielo; muchos aún duran en mal estado, y obstinados en sus costumbres gentílicas. Me atraviesa el corazón verme forzado á venir aquí, para que tú veas nuestras miserias, y de qué suerte es el galardón que damos á los que siguen nuestro partido, y tú vayas después á contarlo, porque en adelante perderemos el crédito, y los tuyos dejando los vicios y supersticiones abrazarán la nueva fe; y si tú á esta hora no hubieras tomado esta resolución, fueras ahora compañero de este que tengo aquí en mi poder. Mírale, mírale, ¿le conoces?»
Tenía tan demudado el semblante, feo y hecho un tizón de fuego, que mal le podía conocer; pero, finalmente, después de fijar muchas veces en él la vista, reconoció quién era. Este es (le dijeron los ángeles) Antonio Tapochí, que ni aun en la hora de su muerte se quiso arrepentir, y por más que los suyos le exhortaron á que mirase por su alma y se dispusiese á bien morir, nunca quiso darles oídos y echaba de sí con enojo y despecho á quien le animaba á que pidiese perdón á Dios y llorase y confesase sus culpas. Entonces el desgraciado Antonio, dando un profundo suspiro y volviéndose á Lucas, le habló de esta manera.
«¡Ay, desdichado de mí, que no quise creer á los Padres! ¡Qué penas, qué dolores, qué grandes é insufribles tormentos padezco por haber ofendido á Dios, sin hacer caso de su doctrina y de sus ministros que la predicaban! ¿Estos suplicios no han de tener jamás fin? ¡He de padecer y llorar eternamente, sin esperanza de alivio! ¡Felices mil veces vosotros que podéis esperar la eterna bienaventuranza, y libraros de este infinito piélago de amarguras y de las manos de los verdugos, peores que las mismas penas!»
Esto que ves del desventurado fin de este desdichado (le dijeron los ángeles) refiérelo á tus paisanos, y diles que también está en el infierno el cacique Miguel Matoquí (era éste de nación Piñoca y de los primeros que sujetaron la cerviz al yugo de Cristo; pero enfadado de vivir con las reglas y leyes del cristiano, se huyó entre los gentiles, llevando consigo sus hijos y su mujer; la cual, no pudiendo hacer por entonces otra cosa, le siguió, volvióle de nuevo á San Francisco Xavier el P. Caballero, pero siempre perseveró él en sus primeros pensamientos, y en el corazón era gentil, aunque en la apariencia se mostraba hombre cristiano.) En la última enfermedad recibió los Santos Sacramentos por no dar qué decir; pero en la agonía mostró que, así como había vivido como bestia, también como tal quería morir; también se condenó el malvado hechicero Poó, el cual está en lo más profundo del infierno, atormentado horriblemente por dos demonios, que fueron sus inseparables compañeros mientras vivió, y por instigación suya pretendió desacreditar la buena fama de los Padres y vituperar la santa ley de Dios, incitando á los más neófitos que podía á apostatar y volver á sus antiguos vicios.
Da también noticia á los tuyos (prosiguieron los ángeles) de aquéllos que se han salvado y gozan ahora de la eterna bienaventuranza en el Paraíso. Salvóse Andrés Zurubi, que después de tres días de Purgatorio voló al cielo (vivió este neófito una vida ejemplarísima; en las privadas disciplinas de los viernes y en las públicas, que en ciertos días del año en las principales solemnidades se hacen por las calles, era el primero en la frecuencia de los Sacramentos, en las oraciones, en la iglesia y al pie de las cruces contínuo; lloraba tan amargamente sus pecados, que no pocas veces sacaba lágrimas á los ojos de los misioneros; llevó la última enfermedad con grandísima paciencia, mostrando en ella grandes y encendidos deseos de morir para ver á Cristo Nuestro Señor, sabiendo el buen trueque que muriendo hacía cambiando esta breve y miserable vida por la eterna y bienaventurada. Estando á los últimos, le envió un Padre la imagen de San Francisco Xavier para que le pidiese la salud; pero él, en lugar de pedirle la vida, le suplicó que si aún no se le había llegado su hora, le alcanzase luego de Dios se le llegase; y en efecto, fué al punto oído, porque mientras explicaba al glorioso apóstol sus deseos, plácidamente espiró; y preguntando al niño que le había llevado la santa imagen cómo estaba el enfermo, respondió llorando que ya había muerto; y con un modillo, á manera de quien estaba enojado, añadió: «¿Y cómo no había de morir, si pidió él ir á ver á Jesucristo y Su Madre Santísima?»
Vive también (le añadieron sus guías) en la celestial Jerusalén con nosotros Agustín Zurubi y su buena mujer, por medio de los grandes y ardientes deseos que tuvo siempre de ver á Dios (era el Agustín cristiano de buen corazón, devoto, humilde, obediente y de conciencia delicada; asaltado de la última enfermedad, gastaba el tiempo solemnemente en rezar el rosario, y en tiernos coloquios con Dios y con la Reina del cielo; y en la hora de su muerte vió algunos espíritus bienaventurados que le convidaban al Paraíso, de lo cual dió aviso él á un compañero suyo, y con los nombres de Jesús y María en la boca entregó el alma á su criador. La mujer, desde que recibió el santo bautismo, vivió como un ángel, y el confesor no hallaba en ella materia de qué absolverla).
Exhorta á sus paisanos (prosiguieron los ángeles) que tengan gran respeto y reverencia á los Misioneros, ministros de Dios, y á que, depuestas y olvidadas las discordias y rencores, se amen como buenos cristianos.
Explica al pueblo la terribilidad de los suplicios eternos, porque no pocos perseveran todavía, obstinados en sus vicios, y se hacen sordos á los avisos de los Padres y al llamamiento de Dios.
Dí que se mude cuanto antes la Reducción á paraje más vecino y cercano á los infieles, porque Jesucristo, por la desobediencia de los tuyos ha enviado aquí la peste y nunca cesará hasta que os rindais de buena gana á su voluntad, pues es cosa fuera de razón que los obreros Evangélicos pierdan el tiempo en cultivar pocas almas, mientras se pierden tantos millares por falta de quien les enseñe el camino de salvación.
Dí á los cristianos que fueron á anunciar el Nombre de Dios á los infieles, que su misión agradó mucho á Jesucristo, y que por los trabajos é incomodidades que en ella sufrieron, les tiene prevenido en el cielo un premio incomparable; que no teman nada las saetas, las macanas y la muerte á manos de los gentiles, porque recibirán de Dios gloria y galardón correspondiente; y para que se te dé crédito y fe, verás ahora alguna cosa de la eterna bienaventuranza.
Entonces, en un momento, desapareció el condenado y aquella terribilísima representación del infierno, y luego le pusieron los ángeles á las puertas de la Celestial Jerusalén, de tal riqueza y hermosura, cual las pinta el apóstol San Juan en su Apocalypsi.
Apenas había metido dentro el pie, cuando le salieron al encuentro dos bellísimos jóvenes, trayendo en las manos cruces resplandecientes, los cuales le introdujeron en un ameno jardín, donde por la fragancia de las flores, que no se puede comparar con ninguna de acá, y con la belleza de lo que veía, estaba como en extásis admirado; y siendóle presentada una fruta semejante á la granada, con sólo llegarla á sus labios, se le inundó el corazón de tanto gozo y consuelo, que creía que en él estaba lo mejor y aun el todo del don de los ciudadanos del cielo; pero le fué dicho al oído, que estaba muy lejos el piélago de la bienaventuranza, en que engolfándose los Bienaventurados, se hallan plenamente hartos, satisfechos y contentos; y que lo que tenía delante, no era otra cosa más que un asomo, una muestra de lo que quedaba que gozar, bueno y sólo para hacer bienaventurados los sentidos, y la inferior porción del hombre, incapaz de los deleites que trae consigo al entendimiento el conocimiento y la vista clara de la divina esencia.
No acababa el buen Lucas de echar los ojos por todas partes, donde veía nuevas delicias y bellezas; y hubiera querido detenerse algún tanto aquí ó pasar adelante, pero le atajó sus designios y embarazó su gusto un escuadrón de espirítus bienaventurados; y el más autorizado entre ellos que en el aire del semblante, en la majestad de sus pasos y en la cruz resplandeciente que traía, creyó era príncipe de la milicia celestial; el cual, volviéndose á mirar á Lucas, le dijo con palabras algo severas:
¿Y tú? ¿Cómo estás aquí? ¿Te has confesado? Respondió que sí, á que añadió: ¿Y estos tres pecados? y nombróselos.
Enmudeció el pobre, porque decía era verdad, que no había hecho caso de ellos en la confesión, por ignorancia suya.
Entonces le dijo el ángel: Estos afean mucho tu alma, y la impiden el venir á gozar cara á cara de la vista de Dios. Dí á la gente, que no hay otro modo de venir al cielo, sino manifestando sinceramente las culpas en la confesión, como os lo dicen los Padres; las cuales palabras pronunció con tanta fuerza y eficacia, que como un gran trueno le hicieron temblar todo.
Con esto dió la vuelta con sus compañeros y hubiera querido el neófito detenerlos para ver más de cerca las cosas tan grandes que había oído decir de Dios y de su gloria, y ver aquel inefable prodigio de cómo las almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven á Dios en sí mismo; pero aquel príncipe le hizo entender que ninguno que está feo con la culpa podía mirarse como en un espejo en Dios, ni hacer de sí mismo espejo en que se mire Dios; antes que saliese de allí y volviese acá para borrar con la penitencia y confesión aquellas culpas.
Despidióse, pues, el pobre hombre de aquel dichosísimo lugar, mas cuando empezaba á entrar por el primer camino, vió que le salía al encuentro la Reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despedía de su rostro tantos rayos y resplandores, que quedó pasmado de la belleza y atónito de la majestad de su semblante; y saludándole su Majestad á él en su lengua, con aire de enojada le preguntó qué llevaba colgado al cuello. Este rosario no es tuyo, sino de mi hijo (y nombró al mancebo á quien Lucas se lo había quitado por fuerza), el cual, en premio de haber acertado con la saeta al blanco, quiso más mi rosario que otras cosas que se le ofrecían; vuelvéselo cuanto antes, porque con esta tu violencia le causaste gran pesar; y al decir esto desapareció, y sus conductores ó guías le volvieron al mundo, y encontrando á cada paso tropas de espíritus infernales que andaban discurriendo y ahullando á manera de lebreles que andan en busca de las fieras, se llenó todo de espanto y horror.
Llegado junto á su cuerpo, que poco antes había dejado, no le pareció más que una disforme masa de barro y se maravillaba consigo mismo y no acababa de creer que aquél era en quien poco antes ejercitaba todas las operaciones y facultades naturales, y no cesaba de lamentarse y quejarse con sus compañeros, sino que éstos, sonriéndose, le dijeron:
Aquí conocerás qué cosa eres tú, cargado de esta vil y hendionda materia.
Con lo cual al punto se desaparecieron de sus ojos, se acabó la visión y Lucas Xarupá, ó por mejor decir, su alma, volviendo á entrar en su cuerpo como si despertase de un profundo sueño, ó como él decía, como si resucitase, su primera diligencia fué hacer llamar al dueño del rosario, y pidiéndole perdón de la injuria, luego en aquel punto se vió libre de la fiebre que aún duraba.
Quedaron atónitos los circunstantes de que con tan leve remedio se hubiese librado de aquella penosa enfermedad; mas cuando oyeron lo que por orden de Dios les refirió, fué increíble la conmoción, las lágrimas y el fruto; ni se quedó aquí solo, sino que en donde quiera que llegó la voz de este suceso se vieron los mismos efectos; y quien era bueno se alentó á perseverar, y quien malo, con la memoria de aquellos suplicios, corrigió el humor pecante que en él predominaba. Y el resucitado comenzó una vida tanto mejor, que si antes era bueno, después era un santo.
Quédame ahora, por fin y remate, que decir algo del celo de estos buenos cristianos en anunciar la ley divina y llevar la luz del Evangelio á los que aún duran en las tinieblas y vicios del gentilismo; parece que no viven contentos en la nueva vida que han empezado á profesar si no traen á otros á gozar del mismo bien.
Para prueba de lo cual, daré el primer lugar á los Misioneros, que, como testigos de vista y de experiencia, no acaban de hablar de este particular.
«En este caso, y con otros milagrosos sucesos (así concluye una carta suya un Misionero de la Reducción de San Francisco Xavier, después de haber escrito la visión que poco ha referí), se ha encedido en este pueblo un gran fuego de caridad y de celo, para llevar el nombre de Dios á los infieles sin hacer caso de os trabajos y fatigas y de la muerte, con que han de encontrarse á cada paso.»
«La fe, á Dios gracias, va cada día en aumento (dice otro) y desean muchísimos, sin hacer caso ninguno de su vida, introducirla en los gentiles circunvecinos.
«Estoy esperando (escribe el P. Caballero) á ciertos neófitos que el año pasado recibieron el santo bautismo, los cuales, movidos á compasión de sus paisanos se ofrecieron á ir allá para reducirlos al rebaño de Cristo, para que sean participantes del bien de que ellos gozan.»
Así cuentan de un tal indio llamado Ignacio que no sabe vivir sin andar en busca de infieles y ganando almas á Cristo; y el P. Juan Bautista de Zea, en su ida á los Zamucos, le escogió por capitán de los demás, y á él singularmente fiaba los negocios más graves del bien de aquella gente.
Otro tanto escribe el P. Agustín Castañares de otro indio del pueblo de San Rafael, llamado Antonio, que procuraba librar cuantas almas podía de las garras de los Mamalucos y ponerlas en cobro en su Reducción.
Apenas se serena el cielo, después del tiempo de las lluvias, cuando luego se previenen para sus misiones, y se tiene por dichoso quien más padece y quien más almas trae al conocimiento de Dios, y gastan en esta empresa tres y cuatro meses, hasta que encuentran paraje donde poder hacer cosecha de almas.
Después es cosa de ver las fiestas y alegrías que hace el pueblo al tiempo de su vuelta, y la caridad y amor con que reciben á sus nuevos huéspedes, aunque sean antiguos, implacables enemigos suyos, mueven á devoción y á lágrimas á los Padres.
Dánles parte de su pobreza, admítenlos en su casa y quisieran meterlos también en su corazón, de suerte que presto se olvidan los bárbaros de su nativo suelo y se enamoran de la santa ley divina, de la cual ven en sus huéspedes ingerida tan bella virtud entre hombres tan salvajes como ellos, pues es un gran milagro que aun en las necesidades extremas usen, cuando son gentiles, de piedad unos con otros, aun aquellos á quien la Naturaleza ha estrechado con los fuertes lazos de la sangre.
Y á la verdad, esta nueva cristiandad se debe á sí misma gran parte de su esplendor y aumento; pues se extiende á tanto su ardiente celo que, sin reparar en peligros evidentes de la vida, se entran por las selvas, ya solos, ya con los Padres Misioneros, á solicitar la conversión de los infieles, siendo ya más de ciento los que han derramado su sangre y ofrecido gustosos sus vidas por dilatar los reinos de Jesucristo entre aquellas bárbaras naciones. Como lo verá claramente quien atentamente leyere esta relación.
Y ayuda Nuestro Señor á estos sus siervos muchas veces, aun con milagros, á fin de confirmarlos más en la fe y de que viéndolos los infieles corran á pedir el bautismo.
Contaré dos solos por no alargarme ni cansar á los lectores.
El primero es de ciertos neófitos que habiendo salido á llevar el nombre de Dios á una Ranchería de indios Penoquís, mientras que con fervor de espíritu exhortaban á aquellos bárbaros á dejar su patria, abandonar el gentilismo y entrar en el rebaño de Cristo, vinieron algunas mujeres espantadas, gritando: «Desgracia, desgracia, que el agua de una laguna cercana que servía para el abasto del pueblo había tomado forma y color de sangre», pronóstico para ellos de mala ventura.
Empezaron luego los paisanos á discurrir sobre el caso haciendo diversas interpretaciones, según la pasión de cada uno; mas los cristianos al punto les descifraron el caso, diciendo que aquella era fraude y traza del demonio para apartarlos de que abrazasen la ley del verdadero Dios, y en señal de eso fueron allá todos juntos, y vista la extraña mutación, tomando los cristianos con gran fe el rosario en la mano, bendijeron el agua y le metieron dentro de ella; al punto, desvanecida aquella apariencia, volvió el agua á su antiguo color y sabor que antes tenía.
Aún es más maravilloso otro caso que sucedió á estos mismos, los cuales, repartidos por muchas Rancherías distantes unas de otras cosa de una legua, juntaban gente para reducirla á la santa fe y conducirla á la Reducción.
Vieron que allí cerca se levantaba en alto gran nublado de humo y grande fuego, sin saber de dónde venía ni quién le hubiese encendido (y por ventura también esta fué astucia del enemigo infernal), y que venía á dar sobre ellos; y porque hacía gran viento se podía mal asegurar la vida y la hacienda con la fuga; y más que las llamas prendían ya en la primera Ranchería.
Entonces los paisanos, todos juntos, recurrieron á algunos neófitos, rogándoles con lágrimas en los ojos que si eran verdaderas las cosas que les predicaban de Cristo y de su Santísima Madre, los llamasen ahora en su ayuda en lance tan peligroso; y puestos todos de rodillas pidieron á Dios favor y misericordia, prometiendo los infieles recibir el bautismo y su santa ley.
¡Oh, caso milagroso! El fuego pasó adelante sin hacer el menor daño en la casa donde se habían recogido, y ellos lo tuvieron induvitablemente por milagro, porque la dicha casa estaba en el centro del lugar y todas las otras se redujeron á ceniza. Ni paró aquí el prodigio, porque acercándose el fuego á la segunda Ranchería puso á sus moradores en gran espanto; mas los cristianos echaron luego mano del remedio. Hallábase aquí el capitán de todos, quien llevaba la imagen de la reina del cielo; á éste, pues, ordenaron que saliese á encontrar el incendio y le pusiese para defensa la santa imagen delante de su furia.
¡Cosa maravillosa! Partiéronse por medio las llamas sin hacer allí el más mínimo daño, siendo así que todas las casas eran de paja. Y para prueba más manifiesta del milagro se llegaron las llamas á una casa y formaron sobre ella un arco, pero sin lesión alguna.
Con esto se confirmaron los cristianos en la fe y en la devoción á la Madre de Dios, y los bárbaros, vencidos más del prodigio que de su promesa, se alistaron en el número de los fieles.
CAPÍTULO VIII
Preténdese descubrir el río Paraguay para comunicarse estas Misiones con las Reducciones de los Guaraníes.
Desde los primeros años en que se dió principio á la Conversión de los Chiriguanás y Chiquitos, con intento de penetrar al Chaco para reducir á nuestra santa fe las naciones que viven en el vastísimo espacio de tierra que hay entre Torija y el Paraguay, se juzgó siempre llevar al fin pretendido, el abrir camino por aquel río y hacer escala á las Misiones del Paraguay ó Guaraníes, á fin de que fuesen más fácilmente proveídas estas Reducciones de los Chiquitos, y los nuestros tuviesen comodidad de conferir á boca con el Padre Provincial y recibir los socorros más oportunos á su necesidad, fuera de que no sería menor el consuelo de los Provinciales en ver las fatigas y sudores de sus súbditos en la conversión de los gentiles, y acabar en poco menos de un año la visita de esta tan vasta provincia; pues cuando ahora es necesario caminar dos mil y quinientas leguas para visitarla toda, descubierto este camino por el río Paraguay, sólo se andarían mil y quinientas leguas en visitar Misiones y provincia.
Consideradas estas utilidades, han puesto por obra los medios más concernientes al fin pretendido, aunque por secretos juicios de Dios nunca se pudieron llevar á cabo, sino después de mucho tiempo, y eso sin fruto.
Pero no por eso debo pasar en silencio las fatigas y trabajos que en esta empresa padecieron y sufrieron nuestros Misioneros, por no privarlos de aquella gloria, que aun acá en la tierra se debe á quien todo se ocupa en promover la gloria Divina.
Dije ya arriba que el principal motivo de fundar la Reducción de San Rafael junto al río Guabys fué por la vecindad con el río Paraguay, á cuyo descubrimiento partieron por el mes de Mayo del año de 1702 los PP. Francisco Hervás y Miguel de Yegros, llevando por guías, ó como aquí decimos por vaqueanos, cuarenta indios, sin otra provisión que la confianza en Dios y fiados en la protección de la Reina del cielo y de los Arcángeles San Miguel y San Rafael.
Ni les salieron fallidas sus esperanzas, porque en todo el viaje se hallaron provistos de montería y de pesca con tal providencia, que en las mayores angustias era más abundante y de mejor cualidad el socorro.
Llevaban consigo un Cathecúmeno, de cierta nación, que los años pasados había sido impedimento para descubrir este río; procuró éste con grande eficacia que sus paisanos recibiesen la ley divina, y que los Misioneros fuesen recibidos y bien tratados en tres Rancherías, de Curuminas, Batasiz y Xarayes, donde se quedó, por estar mal proveído de ropa y por habérsele clavado una espina en un pie, y después de pocos días pasó á la otra vida sin recibir el Santo Bautismo, siendo así que se había empleado con fervor en que otros lo recibiesen.
Vencidas, pues, muchas dificultades y pasadas no pocas incomodidades que se hicieron precisas por haber de caminar por espesos bosques y agrias montañas, y pasar pantanos y lagunas, á más del contínuo susto y temor de caer en manos de enemigos, llegaron á plantar una cruz en las riberas de un río, que juzgaron era el del Paraguay, ó á lo menos un brazo de él (en lo cual padecieron grande engaño, porque no era río, sino un gran lago que iba á rematar en un espesísimo bosque de palmas).
En este ínterin maquinaron ciertos indios dar la muerte á su salvo á los Padres cuando diesen la vuelta por sus tierras; pero disuadidos de esta traición por otros de mejor conciencia, les salieron al encuentro y se fueron con toda la gente de aquellas Rancherías en compañía de los Padres al pueblo de San Rafael, donde tomaron casa.
Con la noticia de este descubrimiento, determinó el P. Joseph de Tolú, Superior á la sazón de estas Reducciones, que veniese á la provincia el P. Francisco Hervás á dar esta noticia al Padre Provincial Lauro Núñez, que ya segunda vez la gobernaba.
No se puede creer el júbilo y gozo que éste tuvo con semejante aviso; y con toda presteza escogió cinco Misioneros antiguos de los Guaranís, con un hermano coadjutor, para que por la banda del Paraguay descubriesen el camino que ya juzgaban se había descubierto por la banda de los Chiquitos. Estos fueron el P. Bartolomé Ximénez (que habiendo ido Procurador á Roma de vuelta á esta provincia, voló, cargado de años y merecimientos al cielo, el día 22 de Julio de 1717 en el puerto de Buenos Aires), los PP. Juan Bautista de Zea, Joseph de Arce, Juan Bautista Neuman, Francisco Hervás y el hermano Silvestre González.
Y porque á alguno no le desagradará leer los sucesos de este viaje, tomaré el trabajo de transladar fielmente una relación diaria de todo lo que hizo uno de los sujetos que iban, la cual, después de mucha diligencia que puse en hallarla, llegó finalmente á mis manos y es como sigue:
«Salimos (dice) á 10 de Mayo del año 1703, del puerto de nuestra Reducción de la Candelaria, para dar fondo en el de Atinguí; y de allí á 27 del mismo mes, tomamos tierra en el Itatí, donde nos recibió con singular afecto el P. Fray Gervasio, de la venerable orden de San Francisco, cura que era del aquel pueblo.
De aquí, tiramos hacia el río Paraminí, por donde en el río Paraná desemboca el río Paraguay, y montamos aquel cabo, no sin gran dificultad por la furia de los vientos que nos dieron que hacer muchos días.
Finalmente á 22 de Junio, aferramos en el puerto de la Asunción, donde nos recibieron con la acostumbrada caridad que usa la Compañía, los Padres de aquel colegio, y después de cuatro días partimos de allí, llevando una barca grande, cuatro balsas, dos piraguas y una canoa.
Habiendo caminado las balsas cuarenta leguas, descubrieron á lo lejos algunas canoas de indios Payaguás, que se creyó eran espías de esta nación.
Deseamos hablarles y dárnosles á conocer para quitarles todo miedo y sospecha y exhortarles á que ya de una vez ajustasen paces con los españoles y quisiesen hacerse cristianos.
Entróse para este fin, en una canoa el P. Neuman con el hermano Silvestre González y llegando cerca de ellos quería eficazmente entablar con ellos tratados de acuerdo. Pero no surtió efecto el deseo de que ellos quiesen llegarse, gritando en alta voz: Pée pemomba ore camarada Buenos-Ayres viarupi, que en castellano quiere decir, que temían de nuestra gente, quienes habían destruído á sus paisanos en los confines de Buenos Aires.
Por lo cual, desconfiando el P. Neuman de poderlos reducir, dió la vuelta, dejando colgados de un árbol de la playa, algunos abalorios y otras cosillas.
Viendo, pues, aquellos bárbaros que las caricias de los nuestros no se quedaban en solas palabras, fueron luego corriendo á coger aquellas chucherías y con más ánimo y seguridad, se llegaron cuatro de ellos al pie de una balsa, donde dejaron algunas esteras labradas con lindo arte y tejidas delicadísimamente: prosiguióse muchos días este tratado, siendo el faraute Aniceto Guarie, fervorosísimo cristiano, vice-corregidor de la Reducción de San Cosme; el cual, deseoso de la reducción de aquellos infieles, procuraba, con modo muy afable y cortés, entrar con ellos para salir con la suya.
Es la nación de los Payaguás, de vilísima condición, cobarde, pérfida y pronta á maquinar traiciones y en breve manifestaron estas malas cualidades; porque habiéndose acercado nuestro Aniceto el día 12 de Julio á ciertos Payaguás, con algunas bujerías que ellos estiman, para exhortarlos y reducirlos á recibir el santo bautismo, salió de una ensenada poco distante una manga de estos traidores, dividida en dos canoas y dando sobre él á traición le mataron á él y á otros compañeros con fieros golpes de macana; y ejecutadas estas bárbaras muertes, echaron á huir desesperadamente para librarse de nuestros cristianos, los cuales advirtieron bien tarde la fatalidad; é ídos al lugar del insulto, hallaron los cuerpos de los compañeros, sin poder dar con el de Aniceto; y al siguiente día celebramos las exequias por sus almas; con que se puede piadosamente creer habrá Dios usado misericordia con ellos por el celo con que se ofrecieron á tratar con estos pérfidos gentiles.
Viendo los Payaguás que nuestra gente no hacía ninguna demostración de sentimiento por este suceso, tomando atrevimiento, resolvieron desalojarnos el día siguiente de donde estábamos, dejándose ver una multitud de canoas divididas en dos escuadras, de las cuales, llegándose una á tierra desembarcó alguna gente y la otra discurría por el río, pero no se atrevieron á ponerse á tiro; antes, poco después se retiraron, no dejándose después ver más, sino á lo lejos, á fin de espiar nuestros pasos: una sóla vez, en la oscuridad de la noche, osaron molestar por tierra las balsas, tirando contra ellas piedras y flechas; mas nuestros cristianos, con poca diligencia, los pusieron en fuga.
Este fué el único encuentro que tuvimos con estos enemigos, con quienes, si se hubieran coligado los Guaycurús, gente infiel, pero valerosa y enemicísima de la fe católica, difícilmente hubiéramos podido escapar y librarnos de sus asechanzas y celadas en un río poblado por todas partes de islas y de ensenadas.
A siete de Agosto llegamos á la boca del río Xexui, por donde antes que los Mamalucos destruyesen los pueblos de Maracayá, Terecaní y la Candelaria, se conducía todos los años á la Asunción gran cantidad de la célebre yerba del Paraguay; el día 19, caminando á lo largo de la ribera, vimos una tierra de Payaguás, cuyos moradores se habían poco antes retirado á una grande isla que estaba frente á nosotros.
Apenas dimos allí fondo cuando saltaron en tierra nuestros indios, y sentidos de la muerte de sus compañeros la robaron y saquearon toda; era esta tierra del cacique Jacayrá, donde él mantiene algunos vasallos para la fábrica de las canoas.
El día 21 encontramos un fortín con empalizada y sobre ella tres grandes cruces, y sospechando nosotros que los Mamalucos habrían hecho allí alguna de sus misiones, supimos después que esto había sido traza é invención de los Payaguás para que Dios los librase de una grande multitud de tigres que infestaban extrañamente el país.
Vimos poco después andar en la playa doce bárbaros, pero sin darnos molestia; no obstante, lo que más nos maravilló fué que hasta el día 30 de Agosto no se vieron sino dos canoas de Guachicos antes de llegar al Tepotii.
La boca de este río dista como cosa de treinta leguas de la del río Piray. Más adelante hay una hilera de escollos por entre los cuales pasa una furiosa corriente que de ordinario los encubre. Pero cuando allí cerca lleva el río poca agua, se ven en la cima de una de aquellas piedras ciertas huellas de hombre, que dicen los naturales son del apóstol Santo Thomé.
Poco más adelante, enfrente, se ven doce altísimas rocas, alegres á la vista, excediendo naturaleza á la hermosura del arte. Aquí empezaron los Guaycurús á encender fuegos y hacer humaredas, que son los correos volantes para avisar á los pueblos circunvecinos de que andan por allí enemigos.
Siete leguas después de estos montes corre su río, junto al cual está situada la laguna Neugetures, en que entra un río que baja de las tierras de los Guamas. A lo largo de esta laguna viven lo más del año estos bárbaros, y allí crían muchas manadas de caballos y mulas, sirviéndose de los Guamas como de esclavos, para cultivar la tierra y sembrar el tabaco que se dá aquí en gran abundancia.
Otras naciones confinan con estas, entre las cuales había una llamada Lenguas, cuyo idioma es semejante al de los Chiquitos.
Dos leguas más adelante de esta laguna desemboca el Mboimboi, junto al cual antiguamente hubo una Reducción en que trabajaban en provecho de los naturales los PP. Cristóbal de Arenas y Alonso Arias.
Sucedió que el segundo, llamado á las tierras de los indios Guatos para administrarles el Santo Sacramento del bautismo, se encontró con una cuadrilla de Mamalucos, los cuales le mataron á mosquetazos; y el otro, cayendo poco después en las mismas manos, salió tan maltratado, que en breve acabó de vivir y padecer.
De aquí hasta los Xarayes en dilatadísimas campañas por beneficio de la naturaleza, sin ninguna industria del arte, se cría inmensa cantidad de arroz, de que todos los años hacen provisión los Payaguás, Guatos, Nanuiquas, Caracarás, Guacamás, Guaresis y otros pueblos confinantes.
A 22 de Septiembre pasamos las montañas de Cuñayegua, que tienen en frente de sí en la otra banda las del Ito, donde viven los Sinemacas.
Aquí fueron á predicar la santa ley de Cristo los PP. Justo Mansilla, Flamenco, y Pedro Romero, español, el cual fué muerto con el hermano Mateo Fernández por los indios Chiriguanás, porque les persuadía que por ser cristianos no podían tener más que una mujer.
En una isla, cinco leguas más adelante, se habían retirado dos caciques, Jarechacu y Arapichigua, con todos sus vasallos Payaguás, que al vernos despacharon luego siete canoas á la grande isla de los Orejones, para dar aviso á aquellas gentes, como lo suelen hacer en tales ocasiones, y por eso se veían de cerca y de lejos muchos humos en el aire, por lo cual en todo aquel contorno son los Payaguás tenidos en grande estimación, que les es de mucho provecho, por lo que les dan de tabaco, cueros, telas y vituallas, de que están abastecidos con grande abundancia.
Desde el Tobatí pasamos junto á las montañas del Taraguipitá, de donde cuatro Misioneros enviados por el P. Antonio Ruiz se esparcieron por esta dilatada gentilidad á predicar el Evangelio. Estos fueron los PP. Ignacio Martínez, español, Nicolás Hernat, francés, Diego Ferrer y Justo Mansilla, flamencos. El primero fué llamado al Perú á la misión de los Chiriguanás; los otros dos, oprimidos de las fatigas y trabajos en un total desamparo de todo humano consuelo, con una muerte semejante á la del grande apóstol del Oriente San Francisco Xavier, pasaron al eterno descanso; el último, que quedó sólo, cansado de los muchos trabajos, falleció también en breve tiempo.
Ocho leguas sobre el Tobatí, desemboca por dos partes el río Mbotetei, por donde bajan al Paraguay á hacer sus correrías los Mamalucos.
Enfrente de estas dos bocas del río Mbotetei, por la otra banda desemboca el Mandiy, que baña las faldas de los montes Taraguipiti que, encadenándose con los del Tambayci y Garaguy, se extienden á lo largo de las costas del Paraguay, hasta cerca de la célebre isla de los Orejones.
Desde el río Mbotetei hasta los Xarayes, se extiende el país en vastas campañas, habitadas antiguamente de los Guaycharapos é Itatines; pero molestados de los Mamalucos los abandonaron, internándose en espesos y grandes bosques, que desde la laguna Jaragui, por cincuenta leguas, tiran hasta Santa Cruz la Vieja.
Finalmente, á 29 de Septiembre, montadas las dos bocas del Mbotetei, llegamos á donde el Paraguay, dividido en dos brazos, forma á lo largo una isla de veinte leguas.
Por estar ya en tierra de los Chiquitos se comenzaron á hacer muchas diligencias para hallar la cruz que el año pasado levantaron los PP. Francisco Hervás y Miguel de Yegros, reconociendo muchos lagos y ensenadas.
A 12 de Octubre, habiendo dado fondo en el Paroguamini, encontramos con unos Payaguás, los cuales, aunque temían á nuestros indios, se llegaron no obstante á nosotros y nos presentaron biétole y otras frutas de la tierra, á que correspondimos cortesmente con otros regalos.
A 17 dimos fondo á vista de la laguna Jaragui que se oculta por gran trecho entre bosques y montes hasta cerca de la de los Orejones. Aquí una parte del Paraguay está hoy día habitada de gran número de infieles; pero el lado izquierdo es el más poblado, porque se pueden defender más fácilmente de las inopinadas invasiones de los Mamalucos, á causa de que estando rodeados de grandes lagunas y pantanos, se hace muy difícil y casi imposible el paso á aquellos malvados.
Señalaré aquí algunas naciones de una y otra banda. A mano derecha están los Guarás, Lenguas, Chibapucus, Ecanaquis, Napiyuchus, Guarayos, Tapyminis, Ayguas, Cunicanis, Arianes, Curubinas, Coes, Guaresis, Jarayes, Caraberes, Urutues, Guahones, Mboyaras, Paresis, Tapaquis. De la otra banda izquierda están los Payaguás, Guachicos, Itatines, Aginis, Sinemacas, Abiais, Abaties, Guitihis, Cubieches, Chicaocas, Coroyas, Trequis, Gucamas, Guatus, Mbiritis, Eleves, Cuchiais, Tarayus, Jasintes, Guatoguaguazus, Zurucuas, Ayuceres, Quichiquichis, Xaimes, Guañanis, Curuaras, Cuchipones, Aripones, Arapares, Cutuares, Itapares, Cutaguas, Arabiras, Cubies, Guannaguazus, Imbues, Nambiquas.
Verdad es, que estas naciones las más se reducen á dos ó tres Rancherías, otras á poco más de trescientas ó cuatrocientas almas y otras también en mayor número, y se distinguen por la diferencia de las lenguas, porque todas tienen distinto idioma, ni se entienden entre sí, aunque vecinas y confinantes, porque ó son enemigas, ó no tienen comercio unas con otras.
El día 18, dejando á la mano derecha la laguna Tuquis, montamos la boca del río Paraiguazú, que venía colorado con una creciente furiosa de agua.
De allí á poco encontramos una canoa con sólo un indio, mozo bien dispuesto y de fuerzas, de nación Mbiritiy, que sin ningún temor se llegó á la barca; hicímosle mil caricias, y aunque ni él entendía nuestra lengua ni nosotros la suya, con todo eso, con señas y ademanes nos dió á entender que su Ranchería distaba de allí dos ó tres jornadas de camino.
Poco después le despedimos; pero habiendo experimentado él tanto amor y afecto en nosotros, sentía mucho dejarnos, por lo cual, diciéndole por señas si quería entrar en la barca, él sin reparo alguno se entró dentro con sus armas y con su cama, que era una estera de linda hechura, y regaló á nuestros indios con un grande Capivará (son estos unos puercos del agua, en todo semejantes á los de tierra), que poco antes había muerto.
De allí á tres días, viendo que nosotros tirábamos á lo largo de la costa por no empeñarnos en medio en las islas, se despidió prometiéndonos que volvería presto, y nosotros, por medio de él, enviamos al cacique y principales de la nación varias cosillas que estiman estos bárbaros.
Cumplió su palabra, y después de poco tiempo estuvo de vuelta; pero pretendiendo atravesar un gran brazo de río en tiempo que hacía gran viento, naufragó á nuestra vista, y apenas pudo salvar su persona, que cayó, por nuestra desgracia, en manos de los Payaguás, que le remitieron á los suyos.
Finalmente, á 31 de Octubre, entramos en el famoso lago de los Xarayes, en donde entran muchos ríos navegables, y de dicho lago (con unánime consentimiento de los geógrafos) nace el gran río Paraguay.
A la boca de este lago está situada la célebre isla de los Orejones, poblada en algún tiempo de muchísima gente y asolada y destruída ahora por los Mamalucos. El clima de esta isla es saludable y templado, aunque está en diecisiete grados y pocos minutos de altura. Tiene de longitud cuarenta leguas y diez de ancho, aunque otros la hacen doblado mayor; el terreno es muy fértil y abundante, aunque en parte sobresale en montañas llenas de árboles muy á propósito para labrarlos. Los primeros descubridores la llamaron el Paraíso; nosotros, empero, no observamos en ella cosa de más monta que el clima.
Hiciéronse aquí increíbles diligencias para hallar la cruz tan deseada; pero por más que hicimos, así por tierra como por agua, no pudimos descubrir la más mínima señal de hacia qué parte cayesen las Reducciones de los Chiquitos.
Los PP. José de Arce, Juan Bautista de Zea y Francisco Hervás, suplicaron al P. Superior Bartolomé Ximénez que pasasen adelante á las Rancherías de los infieles á tomar lengua; pero siendo éste de contrario parecer, fué necesario rendirse; antes bien, conociendo que menguaba la corriente más cada día y corría peligro el barco de hacerse pedazos en los escollos ciegos si se parasen allí algún tiempo más, determinó dar la vuelta después de haber gastado mes y medio en andar en busca del camino.
Fué increíble el sentimiento de los mismos Padres al ver que se frustraban sus esperanzas y tantas fatigas y trabajos como habían sufrido; por lo cual, postrándose de rodillas delante del P. Superior, le pidieron vivamente les diese licencia de quedarse en aquella grande isla de los Orejones, donde se entretendrían, hasta que creciendo las aguas y hecha amistad con los infieles, se informasen del camino, y pasado el invierno se irían á las Reducciones de los Chiquitos.
Admiró el P. Superior su fervor; mas temiendo no fuese que este apostólico celo los empeñase, con gravísimo riesgo de sus vidas, en empresas que no pudiesen salir sino con grandísima dificultad, juzgó no podía condescender con sus instancias.
Por tanto, á 12 de Octubre, nos dispusimos para salir de aquel lago ó mar dulce; y aunque siempre estábamos con temor de algún escollo encubierto debajo de agua, con todo esto, mediante el favor de Dios, caminamos á voga y remo sin ningún riesgo, sólo que los vientos, que siempre soplaron por la proa, nos retardaron para que nos adelantásemos.
Después de haber caminado cien leguas descubrimos tres canoas con cuatro hombres que, vogando á toda fuerza de remos, se nos acercaron insinuando que querían hablarnos; el uno era Payaguá y los otros Guaranís, cristianos antiguos, que saltando ligeramente en nuestra barca, dijeron resueltamente que se querían quedar con nosotros, aunque les pesase á sus caciques.
Viendo nosotros su buena voluntad, determinamos que nuestros indios los defendiesen en caso que sus caciques intentasen cobrarlos á fuerza de armas; pero ellos les dieron de buena gana licencia, creciendo en ellos la estimación de nosotros, pues los Guaranís dejaban su hacienda y parientes sólo por venir á nuestras Reducciones y vivir en la observancia de la ley divina. Por lo cual nos cobraron tanto afecto, que como si fuesen amigos antiguos, entraron los dos caciques con toda seguridad y confianza en nuestro barco y se pusieron al lado del P. Superior.
Hallada tan buena coyuntura, se les habló con toda eficacia del bien de sus almas y cuánto interesaban en que nosotros los tomásemos á nuestro cargo, pues fuera de conseguir la salvación eterna y vivir como hombres é hijos de Dios, pasarían una vida quieta y libre de todo peligro, obligándose todos los pueblos de los Guaranís á defenderlos de los Mamalucos y Guyacurús, que cada año tanto les molestan.
Ofreciéronse de buena gana los dos caciques con todos sus vasallos á recibir el santo bautismo, y que exhortarían á hacer lo mismo á los Guatos y Guacharapos, para que unidos todos en un cuerpo, fundasen una Reducción.
Para asegurarnos más de este su buen daseo, les pedimos algunos infieles que ellos en años pasados habían hecho esclavos, para que instruídos en los misterios de nuestra santa fe, sirviesen después de intérpretes á los Misioneros, ofreciéndoles en contracambio ciertos platos de estaño, cuchillos, anzuelos, avalorios y otras cosas de este jaez.
De buena gana nos entregaron seis niños; dos de los cuales eran Penoquís, uno Sinemaca, otro Erebé, otro Curubina y el último Guarayo, los cuales á la vuelta, encomendamos al P. Jerónimo Herrán, para que en su Reducción los impusiese en los preceptos de la ley divina.
Entablada con esto la amistad de entrambas partes, se despidieron de nosotros los caciques, contentos y alegres con la esperanza de tener dentro de poco tiempo Misioneros, y ordenaron á algunos de sus vasallos que nos sirviesen con sus canoas, proveyéndonos de pescado por espacio de ciento y ciencuenta leguas de camino, que no fué pequeño socorro por la carestía de vituallas, de que ya padecía mucho nuestra gente y los PP. apenas tenían con qué sustentarse, por haberse corrompido ya el vizcocho y echado á perder el maíz; y el cuotidiano mantenimiento del P. Superior, por espacio de cuatro meses, fué sólo una simple escudilla de habas.
Finalmente, como mejor se pudo, tiramos adelante hasta tocar en las riberas donde vivían los Payaguás, matadores del buen Aniceto y sus compañeros; deseamos ganarlos y reducirlos al gremio de la Santa Iglesia; y para eso por medio de los Payaguás amigos, les enviamos una embajada asegurándoles de nuestro buen ánimo para con ellos y que les perdonábamos la traición pasada, que más por temor de alguna trama de sus enemigos, que por malicia, habían maquinado; que tomasen el partido de compañeros nuestros y fabricasen una Reducción, porque de otra manera, habiendo nosotros de frecuentar aquel camino, nuestros indios sujetarían su orgullo; y que para satisfacción de lo pasado, nos restituyesen los esclavos españoles que tenían.
Supieron los mensajeros tratar con tanta destreza el negocio, que poco después nos salieron ellos al encuentro, trayendo en una gran canoa á un español llamado Juan García, y se excusaron buenamente de la traición pasada; mas aún ahora se mostraron pérfidos y mentirosos, porque preguntados si tenían más esclavos respondieron que no, y supimos después en la Asunción que tenían otros tres.
Después de haber renovado la amistad se nos mostró la mayor parte sobre veinte canoas puestas á la fila, y uno á uno entraron en la barca para recibir algún regalo.
El día siguiente vinieron los caciques llamados ambos Jacayrá, presentándonos gran cantidad de fruta de la tierra. Después nos significaron el deseo que tenían ellos también de hacerse cristianos y fundar una Reducción en que los nuestros los instruyesen en los misterios de la santa ley de Dios.
Tenían canoas de bella hechura, y viendo la gana que teníamos, nos ofrecieron una bellísima, que nos trajeron al día siguiente.
En este estado dejamos el negocio de su conversión; pero hay poco que esperar de ella, porque aunque hayan hecho tan largas ofertas no hay mucho que fiarse de ellos porque son pérfidos, revoltosos, inconstantes, y que en tanto mantienen su palabra en cuanto les está á cuento.
Al presente están divididos en dos facciones, la una discurre hacia el lago de los Xarayes, por espacio de doscientas leguas; la otra hacia la ciudad de la Asunción, cautivando gente y robando las haciendas y cuanto les viene á las manos, y muchas veces se coligan con los Guaycurús en daño de los españoles.
Pero lo que causa admiración es que tengan tanto orgullo, siendo así que apenas cuentan trescientos ó cuatrocientos hombres de tomar armas, porque cada año procuran diezmarlos los Mamalucos, y muchas veces rompen también con los Guaycurús y se destruyen.
Otro no pequeño motivo les retrae de ser cristianos, y es que esta nación es vagabunda, no estando jamás firme muchos días en un lugar, hoy están en tierra firme y mañana en alguna isla, ni pueden de otra suerte vivir, porque sustentándose con caza y pesca, no se puede hallar siempre ésta en un mismo lugar, y como los Guaycurús, Charruas, Jarós y Pampas no tienen firmeza en tierra, así los Payaguás en este río, y les sucedería á ellos lo que á los Jarós, que dos veces pidieron Misioneros y fundaron Reducción, y ambas á dos, enfadados de vivir debajo de un mismo cielo, volviéndose á su antigua costumbre de vagabundos se huyeron, por lo cual es necesario que estos Payaguás se junten con los Guatos y Guaciarapos, pueblos estables y permanentes: pero el hacer esta unión costaría más sangre y más sudores de lo que montase el buen éxito del negocio.
Con todo eso, los dos fervorosos Misioneros Joseph de Arce y Juan Bautista de Zea, deseaban se pusiese por obra este intento, allanando con su celo las dificultades tan grandes que se ofrecían. Pero el P. Superior fué de contrario parecer, no queriendo arriesgar las vidas de estos dos apostólicos operarios, con que sin otro efecto proseguimos nuestro viaje, cuando á 2 de Diciembre corrió dos veces peligro de hacerse pedazos la barca en que íbamos. El primero fué por la mañana, quedando encallado en unos arenales, y entró tan profundamente la quilla, que muy trabajosamente, con el ayuda de las otras embarcaciones, se pudo desencallar y sacar fuera de la arena. En este lance suplicamos con grande afecto á la Santísima Virgen, y con su favor, cuando creíamos entrase el agua por muchas partes, se halló que no había padecido nada.
Pero mayor fué el peligro y el susto al entrar la noche, porque soplando muy recio el viento y alterado el río, y caminando el barco á todo riesgo, dió de golpe en un escollo ciego y la furia del agua y del viento la estrelló de escollo en escollo hasta arrojarla sobre la ribera.
Aquí nos sorprendió á todos el susto y ya esperábamos que se había de hacer pedazos y correr peligro nuestra vida; pero la piadosísima Señora quiso hacernos cumplida la gracia, saliendo, así nosotros como la barca, sanos y salvos de aquel riesgo.
A 4 de Enero ordenó el P. Superior que adelantándose tres barcos á vela y remo procurasen cuanto antes entrar en el puerto de la Asunción para llevar al P. Juan Bautista Neuman, que afligido sobremanera de la disentería estaba poco menos que reducido á los últimos períodos de la vida.
Por fin, el día 7, dimos todos fondo en aquel puerto, donde al desembarcar nos salió á recibir el Gobernador, la nobleza y el pueblo en gran multitud, que quisieron en todo caso, por más que nosotros lo rehusamos, conducirnos hasta el colegio, donde tuvimos la triste nueva del fallecimiento de aquel buen Padre. Venía tan maltratado y tan acabado de fuerzas por los trabajos del viaje, fuera de que en muchas semanas no se le pudo dar á comer otra cosa que un triste puñado de maíz corrompido, que una hora después de haber entrado en nuestro colegio pasó á recibir en la Jerusalén celestial el galardón de tantos trabajos.
A sus exequias asistieron el Cabildo eclesiástico y secular y todas las religiones que quisieron honrar, como ellos decían, el cadáver de un santo mártir, pues que las fatigas y trabajos sufridos por la gloria de Dios y bien de las almas le habían acabado.
A 9 del mismo mes salimos de la Asunción para volver á los Guaranís, donde últimamente, á 4 de Febrero, dimos fin á tan larga navegación.
Nueve meses hemos gastado en este viaje; hannos faltado dieciséis indios por la escasez de los víveres y por la disentería que á casi todos nos afligió, y á habernos tardado un poco más hubieran muerto otros Misioneros con grave perjuicio de tantas almas, á cuya conversión estaban destinados.» Hasta aquí la relación de este viaje.
Notable fué el sentimiento del P. Provincial viendo desvanecidos medios tan eficaces para el intento; mas no por eso desistió abandonando la empresa, y así, pasado el año siguiente á la visita del colegio de Tarija, ordenó al Padre Juan Patricio Fernández que fabricase algunas canoas en las riberas que se creía eran del río Paraguay, enviase por allí al P. Miguel de Yegros, con el hermano Enrique Adamo, á la Asunción, acompañándoles los Xarayes prácticos del río y valientes vogadores.
Partió al punto el P. Juan Patricio con los dos compañeros y cien indios del pueblo de San Rafael por el mes de Octubre de aquel año, para ver si aquel río, junto al cual el P. Francisco Hervás había levantado la cruz, era el Paraguay; pero á tres jornadas de camino halló que se perdía en aquel que parecía río en unos palmares, sin saber dónde era su término; con todo eso pasó ochenta leguas más adelante para reconocer dónde estaba la cruz; pero llegando allí vió que no era este el río Paraguay ni ramo suyo, sino un gran lago que en el tiempo de las lluvias se extendía por aquellos valles.
Descubríanse desde aquí montañas muy altas entre Oriente y Mediodía, y creyendo que á la falta de ellas correría el deseadísimo río, determinó ir allá, como lo hizo; el viaje era incómodo y trabajoso, porque todo él había de ser por la cumbre de la montaña; pasó por cierta Ranchería de Guarayos destruídos por los Mamalucos, encontró muchas lagunas, registró la más grande y profunda para ver si desaguaba en el río Paraguay, pero todo sin provecho.
Ya era la mitad de Diciembre y amenazaba el cielo inundar las campañas con las lluvias, que cerraban el camino para la vuelta; pero con todo eso, porque tantos trabajos no quedasen frustrados, quiso gastar otros ocho días en aquella empresa que tantos, y no más, parecían necesarios para llegar á las costas del Paraguay, como lo afirmaban algunos indios viejos, quienes por unas montañas fragosas que tenían delante, se acordaban del país, por donde cuando mozos anduvieron con sus paisanos para mover guerra á los Guarayos que viven á la ribera del río Paraguay.
Llegaron allá después de ocho días, habiendo gastado los tres en abrir camino por un espeso bosque, sin hallar con qué apagar la sed sino exprimiendo ciertas raíces que llaman Bocurús.
Poco más adelante descubrieron una laguna muy grande cercada de una corona de montes que hacia el Oriente abrían boca, por donde la laguna descargaba sus aguas, y por el Poniente la ceñía un bosque espesísimo. Preguntóles el P. Juan Patricio Fernández si esta laguna iba á desembocar en el río Paraguay, á que respondieron que no sabían, mas un Penoquí de aquellos que se escaparon de las manos de los Mamalucos, añadió que por aquella laguna habían entrado los enemigos á discurrir y registrar el país, y por la banda del Oriente se descubría un arenal, donde desembarcando dichos Mamalucos habían dejado las canoas y tomando camino por tierra, habían ido á caza á los indios Taus.
Oído esto, mandó al momento fabricasen una canoa, pero no hallando madero á propósito, y estando ya en el corazón del invierno, le fué forzoso volver atrás y dejar la empresa para mejor tiempo.
Repartiendo, pues, á la gente las vituallas que había reservado para su viaje á la Asunción, la envió á reconocer aquel arenal y camino de los Mamalucos.
A dos jornadas de camino dió dicha gente en una pequeña Ranchería de Guarayos de sesenta almas, que condujeron consigo al pueblo de San Juan Bautista, á donde llegaron sanos y salvos el Sábado Santo del mismo año.
El P. Juan Patricio y sus compañeros gastaron veinticinco días para entrar en San Rafael, por estar, á causa de las lluvias innundada toda la campaña, por cuya causa se veían obligados á caminar descalzos, todos calados de agua, y era gran fortuna topar á la noche con algún montecillo, aunque pantanoso, donde hacer alto, aunque no para tomar algún reposo y aliento en el sueño, por no permitirlo la infinita multitud de mosquitos y tábanos que produce la humedad.
Tantas fatigas, maltratamientos y trabajos causaron en estos Misioneros graves enfermedades y por gran fortuna pudieron ellos convalecer; mas no así el hermano Enrique Adamo, que consumido y deshecho de los excesivos trabajos y no teniendo fuerzas para recobrarse, pasó el día 27 de Julio de 1705 á la bienaventuranza, para recibir el galardón de sus fatigas.
Era este hermano enfermero en la Casa Profesa de Roma, cuando llegando á aquella corte el P. Ignacio de Frías, procurador general de esta provincia, obtuvo licencia de nuestro Padre general Tirso González para venir por su compañero y pasar á las Misiones de los Guaranís, de donde fué á ejercitar el mismo oficio de enfermero á este colegio de Córdoba, y de aquí fué á las Misiones de los Chiquitos, á que siempre tuvo grande afecto y con su celo é industria procuró los progresos de ellas, hasta perder la vida en la demanda.
De los Guarayos que se avecindaron en San Juan Bautista había algunos que entendían la lengua castellana, con lo cual pudo el P. Juan Patricio Fernández informarse del Paraguay y del puerto donde los Mamalucos daban fondo para tomar noticias de la tierra de los Chiquitos y aun ellos se ofrecieron á ir con él allá.
Por tanto, despachó algunos indios á abrir camino en los bosques de los Taus, los cuales llegando á la última Ranchería de estos, situada á la falda de las sierras de Santa Cruz la Vieja, descubrieron á los Paisanos el intento de su ida, los cuales se lo disuadieron diciéndoles que no podrían tenerse en pie las caballerías por aquellas cuestas tan fragosas y les señalaron un camino no tan difícil, aunque todo de bosque pero todo lleno de arroyos y en algunos lugares se dilataba en fértiles campañas.
Al principio de Agosto partió en su seguimiento el P. Fernández con el P. Juan Bautista Xandra y dos Guarayos, paróse en las tierras de los Guarayos, donde halló á ciertos cristianos que habían venido de la Reducción de San Joseph para exhortar á aquella gente á alistarse debajo de las banderas de Cristo, y consiguieron su pretensión porque abandonando todos su nativo suelo, se redujeron á vivir en nuestras Reducciones.
Detuviéronse aquí los Padres tres días esperando á los neófitos que habían despachado á reconocer el nuevo camino; de aquí prosiguieron su viaje, aunque bañados de sudor, siendo necesario abrir camino con hachas y picos por una espesísima selva, hasta que entraron en una campaña de bellísima vista, enfrente de la cual estaba la laguna Mamoré, á donde se encaminaban.
Llegaron, finalmente, á la playa donde solían desembarcar los Mamalucos, en donde halló el P. Superior cinco largas cadenas que habían enterrado allí aquellos crueles hombres.
Esta playa es un brazo de tierra, algunas millas dentro de la laguna, y corre hacia Oriente y divide aquella laguna en dos ensenadas, una de las cuales se extiende al Septentrión y la otra al Mediodía; y así por lo que veía como por lo que sabía por relaciones ajenas, se certificó que dicha laguna desembocaba en el río Paraguay.
Quiso el Padre adelantarse y pasar adelante, para lo cual mandó á los indios que buscando un grueso leño fabricasen de él una canoa; y ellos, no muy lejos de allí, hallaron un árbol bien á propósito para el caso, el cual, dispuesto en forma de canoa y echado al agua, apenas los Chiquitos que entraron dentro habían aprestado los remos para vogar, cuando se volcó y aquellos pobres cayeron al agua, de donde con gran trabajo salieron diciendo: «Esto no es para nosotros.»
Estando, pues, por aquel lado muy alterada la laguna por el viento que soplaba, les ordenó el P. Fernández pasasen la canoa á la otra ensenada; mas sondando los indios el fondo del agua no se quisieron arriesgar á ponerse otra vez en peligro; pidióles el Padre que á lo menos le pasasen á la otra banda, lo cual también rehusaron por ser manifiesto el peligro de que la impetuosa corriente del agua volcase la canoa y él se hundiese sin poder ser socorrido: parecía azar y siniestro accidente que no sufriesen el efecto pretendido tantas diligencias y trabajos sufridos por descubrir el puerto tan deseado del Paraguay; pero no fué sino providencia singularísima del Altísimo, que no menos cuidaba de su gloria que de la vida de sus siervos, porque si nuestros Misioneros de las Reducciones de los Chiquitos bajaban á la de los Guaranís, caían en manos de los Payaguás, que habían jurado vengar la muerte de sus paisanos con la muerte y estrago de cualquier español que encontrasen, como poco después lo escribió el P. Provincial, ordenando que ninguno de los nuestros bajase por allí á los Guaranís, y que si alguno estuviese ya en camino, diese la vuelta luego á los Chiquitos.
La causa del rompimiento fué que cuando aquellos cinco Misioneros de quien poco antes hablé, llevaron consigo á la ciudad de la Asunción los más nobles de aquella nación, no fueron éstos recibidos de la ciudad con buena cara, temiendo que venían á reconocer la tierra y darles de improviso un asalto y saquearla; con todo eso, por respeto de los nuestros, los trató cortesmente el Gobernador, y acariciados con mil regalos y presentes se volvieron á sus tierras.
Poco después, no sé con qué motivo, discurrían por el río algunos españoles, y encontrándose con una escuadra de aquellos bárbaros les dieron una carga cerrada de mosquete, y con la muerte de algunos pusieron á los demás en fuga.
Con esto se rompió la paz, y jamás los Payaguás se fiarán de los nuestros, y mucho menos de los españoles; antes bien, estarán siempre alerta para vengarse de la injuria recibida, como lo han ejecutado con harto daño de toda aquella gobernación del Paraguay.
CAPÍTULO IX
Múdanse á otro paraje las Reducciones; pasa el Padre Superior á Tarija y desastres de los neófitos.
Por haberse ocupado el P. Superior en la empresa que acabo de referir, no se había puesta en ejecución el orden del P. Visitador de estas Reducciones, José Pablo de Castañeda de que se buscase sitio mejor y más sano para fabricar de nuevo las Reducciones; por lo cual quiso al presente ponerlo por obra, á que no poco ayudaron las enfermedades y el contagio.
Considerado pues, el sitio más conforme á la salud de aquellos pueblos, y para reducir á la fe las naciones confinantes, determinó con mucho gusto de los neófitos, que la Reducción de San Rafael se trasladase y plantase sobre un monte poco distante de su primera fundación, donde se halla al presente, con gran provecho de los infieles que allí van á vivir y tomar casa.
La Reducción de San Juan Bautista se mudó al Zapoco, riachuelo de poca agua, pero cómodo, á que también se juntaron otros infieles.
En la Reducción de San Joseph, por no cuadrales á los indios el sitio que se escogió para mudarla, se tuvo por mejor trasladarla á Santa Cruz la Vieja, en cuya elección, cuan bien adivinasen los neófitos, se descubre por el estado próspero en que siempre se ha mantenido, y por ser escala á las naciones infieles del Chaco.
No ha dejado, empero, el demonio de hacer de las suyas, para arrancarla de aquí viendo cuánto daño se le ha seguido á su partido; pero descubiertas sus trazas y marañas, se redujeron todas á humo.
La otra de San Francisco Xavier se pasó trece leguas más adelante hacia el Septentrión y siempre ha ido en aumento, de suerte que ha sido necesario dividirla en otras Reducciones.
Escogido, pues, el lugar para la nueva fundación, ordenó el P. Superior no se emprendiese la fábrica, sin haber hecho primero la sementera y tener con qué vivir: mas el pueblo no quiso esperar tanto, por ver siempre á sus ojos la muerte en aquel clima inficcionado mucho tiempo antes de la peste; por lo cual se vieron los Padres precisados á seguir los indios, y el P. Superior, pasando á San Joseph, halló solos á los Misioneros, que con su ajuar estaban ya de partida para seguir á los neófitos.
De aquí se condujo á la villa de Tarija á tratar los negocios de aquella cristiandad con el nuevo Provincial P. Blas de Silva, que desde el día 16 de Septiembre de 1706 gobernaba esta provincia, llevando consigo los Guarayos prácticos del Paraguay.
Llegado, pues, á la dicha villa, refirió las noticias más seguras del puerto que había en el río Paraguay y destinó aquellos indios para que se despachasen á los Guaranís, á fin de que guiasen con seguridad otros Misioneros á los Chiquitos.
De todo esto hizo poco caso el P. Provincial, diciendo serían estos indicios como los pasados, de que no se debía tener cuenta ni arriesgar á otros Apostólicos operarios que trabajaban en otras partes con igual gloria de Dios y provecho de las almas. Que fuesen los Misioneros de los Chiquitos los primeros que rompiesen el camino, que por una contingencia no quería, á tanta costa, exponer otros sujetos en aquella trabajosa empresa. A que no pudiendo replicar el P. Fernández, esperó mejor tiempo para lograr sus deseos: y por estar ya á los fines de Diciembre y cerrados los caminos con las lluvias, se quedó en Tarija, confirmado en el gobierno de aquellas Misiones; y el año siguiente de 1707 volvió á ellas con otros dos operarios, el P. Pablo Restivo, siciliano, Misionero antiguo de los Guaranís, y el P. Juan Bautista de Zea con el oficio de Visitador, en nombre del Provincial, el cual pensaba abrir nuevo camino, porque había recibido orden el P. Felipe Suárez que desde el pueblo de San Joseph, allanase el camino, costeando el río San Miguel, porque se ahorraban muchas jornadas de viaje y se libraban de los vados peligrosos del río Guapay y por aquí habían ido antiguamente los Chiriguanás á caza de indios Penoquís, aunque les salió mal esta invasión, porque cogidos de los Penoquís en una emboscada, los pasaron á todos un palo por las entrañas, y así traspasados los levantaron en el aire y los pusieron á los lados del camino para muestra de lo que harían con otros si se moviesen á cosa semejante.
El P. Suárez, por el mes de Mayo puso por obra la voluntad del P. Zea, aunque no pudo llegar hasta las Rancherías de los Chiriguanás por no tener con qué sustentar á buen número de indios Chiquitos, que allanaban el camino. Con todo eso, teniendo á la vista aquella punta de montes que habitan los Chiriguanás, se avanzó con dos indios para ver si descubría alguna Ranchería.
A pocos pasos vió que venía hacia sí uno de los Chiriguanás, que despavorido á la vista del P. Felipe, como de enemigos, metió las espuelas al caballo, y llegando á toda carrera á su Ranchería dió aviso que venían Mamalucos, con que se previno para la defensa y puso en armas todo el contorno. Por lo cual, no teniendo el Padre quien le guiase y viéndose abandonado de sus cristianos, dió la vuelta á San Joseph, y aunque no pudo noticiar de lo sucedido al P. Fernández, lo supo éste en el valle de las Salinas por aquella voz que se divulgó, de la cual conjeturó había sido lo que había intentado el P. Felipe.
A fines de Septiembre se partió el P. Fernández á los Chiquitos, y llegando á las tierras de los Chiriguanás, llamadas Palmares, tuvo noticias más ciertas del camino que habían abierto los Chiquitos. Por lo cual resolvió el P. Visitador Juan Bautista de Zea, dejado el camino antiguo, tirar al Oriente hacia el río Parapití á una Ranchería de Chiriguanás, llamada Charaguá, por donde pasa aquel río; aquí trató con dos caciques para que le guiasen hasta donde había llegado el P. Suárez, ofreciéndose éstos al punto, anticipándoles los nuestros una buena paga; pero el día antes de la partida, estando bien tomados de la chicha, que es su vino, descubrieron cuanto maquinaban en su corazón, y era la causa de todo que sus parientes habían montado en cólera porque enseñaban á los Padres aquel camino por donde en adelante vendrían á robarlos y hacerlos esclavos los Mamalucos, diciéndoles era mejor matarlos á macanazos, ó si no á lo menos conducirlos á donde los tigres hiciesen estrago en ellos; los caciques, empero, querían mantener la palabra sin moverles nada estas razones que alegaban, más por deseo de la ganancia que sacaban, que por certidumbre que tuviesen de los peligros que les podrían suceder. Por lo cual el día siguiente se aprestaron puntualmente para ir sirviendo á los Padres y los acompañaron hasta el Parapití.
Pocas millas faltaban para llegar al lugar donde el P. Suárez había vuelto atrás, cuando los dos caciques se dejaron salir de la boca estas palabras: «Gran lástima tenemos de vosotros, porque os han de robar y matar los Tuquís que discurren por este camino». Tuquís llaman á los pueblos que no son de su nación.
El P. Visitador hacía que no los entendía y quería pasar adelante, pero aconsejándose con sus compañeros, sospechó maquinaban alguna traición los Chiriguanás, y que con el pretesto de los Tuquís, querían encubrir sus tramas; pues fuera de ellos no había otros en el país que habían registrado bien los Chiquitos, por lo cual, so color de que las caballerías se habían cansado y que no podrían andar lo que les faltaba de camino, se dieron prisa á volver atrás para escapar de las uñas de aquellos bárbaros, que por sólo robarles las pobres cosillas que llevaban consigo, les querían hacer traición. Y no se engañaron, pues se encontraron con muchas cuadrillas de aquellos bárbaros que, preguntados á dónde iban, respondieron que á pescar en el Parapití; pero se les escaparon de las manos estos peces que iban á buscar.
No se perdió del todo tan largo viaje, ni las fatigas y trabajos que padecieron estos fervorosos operarios, disponiéndolos Dios para que las almas de dos niños consiguiesen la feliz suerte de su predestinación.
Estaban éstos en el Charaguá ya para expirar, cuando fueron llamados los nuestros para que les aplicasen algún remedio corporal; pero viendo ellos perdida la esperanza de la vida temporal, les procuraron el remedio del alma con el santo bautismo, y apenas le recibieron, cuando fueron á gozar de aquella bienaventuranza que, ciegos sus padres, tanto aborrecían. Lo cual llenó tanto de júbilo á aquellos varones apostólicos, que por ello sólo les parecieron bien empleados tantos sudores y fatigas.
A causa de estos embarazos no pudieron llegar á los Chiquitos hasta mediado Diciembre, con que les fué preciso hacer alto en la Reducción de San Francisco Xavier por las lluvias que ya inundaban el país.
Poca gente halló el P. Visitador Zea en las Reducciones, porque apenas los indios habían levantado sus casas, y recogido algunas mieses para su manutención, cuando se partieron al punto á reconocer el país y sus confines y espiar las Rancherías de los infieles, porque ya que había sido costumbre antigua suya hacer guerra á los confinantas y tomarlos por esclavos, se valieron de eso los nuestros para dilatar la gloria de Dios y en provecho de aquellos infieles que vivían en las tinieblas de la muerte y de la infidelidad; persuadiéronles, pues, que fuesen por las Rancherías de los circunvecinos, pero sin causarles el menor daño ni en las vidas ni en la haciendas; antes bien, que con afabilidad y con otros buenos modos, les diesen noticias de Dios y de las cosas del cielo, enseñándoles el fin para que habían sido criados y vivían en el mundo, la necesidad de abrazar la ley de Cristo para ser eternamente felices, y que procurasen ganarse el afecto de alguno de ellos, para que sirviese de guía é intéprete á los Misioneros.
Los buenos cristianos empezaron á ejercitar tan puntualmente la lección que se les dió, que por no traspasarla aún levemente, se dejaban hacer pedazos de los bárbaros, por lo cual fué necesario explicarles lo que podían hacer si fuesen acometidos para que no sucediese en adelante lo que sucedió á unos indios de la Reducción de San Joseph, que yendo en busca de las Salinas dieron en una Ranchería de infieles; entraron en ella sin armas, desplegado sólo el estandarte con la imagen de Nuestra Señora, y con palabras suaves y corteses procuraron domesticar la fiereza de los moradores; pero éstos, mirándolos con malos ojos, dieron sobre ellos como tigres é hicieron en ellos tan cruel estrago, que sólo un indio con dos muchachos pudo escapar con vida.
Otro tanto, si no ya peor, porque fueron más en número, sucedió á los de San Juan Bautista. Internáronse éstos en país enemigo, ochenta y más leguas á una tierra de infieles cercada alrededor de profundos fosos de agua, junto á los cuales tenían fabricadas sus casas; entraron dentro los nuestros y dos solos de sus moradores, porque los demás estaban trabajando en el campo, salieron fuera á hacerles frente y á amenazarles con sus flechas.
Viendo uno de éstos que los cristianos no desistían de avanzarse, hirió con una saeta al que llevaba la imagen de Nuestra Señora, á quien ellos no hicieron otro daño que quitarle las armas (cosa maravillosa digna de tenerse por milagro aun en los aprovechados en el espíritu, no ya en bárbaros, en cuyos corazones reina más la venganza que en el cuerpo el alma); pero las mujeres, empuñando las armas, fueron á los sembrados á avisar á los hombres, los cuales, dejada la labor, volvieron al punto con ánimo de hacer en ellos una gran carnicería; pero viendo el número, y habiendo con daño propio probado otras veces el coraje y aliento de los Chiquitos, se detuvieron y previnieron la mesa en qué repararse de la hambre, hablando más por señas que con palabras por ser de diferentes lenguas.
Poco después vino el cacique, que al punto hizo retirar á los suyos y ordenó que recogiesen las armas que los nuestros, en señal de paz, habían puesto en el suelo.
Llevaban esto de mala gana los Chiquitos; pero su Capitán, fervorosísimo en la fe, cuando antes de convertirse parecía una fiera, mandó que se las dejasen coger, queriendo con tal bondad y mansedumbre ganarles el afecto y la voluntad, y sus almas para Cristo. Pero aprovechó poco, porque luego que los vieron desarmados cargaron los bárbaros sobre ellos y hubieran hecho en ellos un grande estrago, hasta no dejar ninguno vivo, si no se hubieran entrado algunos pocos dentro de los fosos; quedaron muchos heridos, y por muchos meses llevaban en el cuerpo las señales del fervor y deseo que fomentaban en sus pechos de verter la sangre por Cristo.
Fué uno de ellos herido en el vientre, y la punta de la flecha le dañó las entrañas; el cual con gran trabajo le condujeron á casa en brazos ajenos, y postrado en la cama por mucho tiempo, hasta que no le quedó más que la piel sobre los huesos, perdida la esperanza de sanar trató un Misionero de disponerle para morir, diciéndole que perdonase á sus enemigos y se tuviese por dichoso en dar su vida por llevar á otros la luz del Evangelio, que imitase á su buen Redentor que por sus enemigos pidió perdón á su Eterno Padre, amándoles con amor infinito, en recompensa de las injurias recibidas.
El buen indio lo oyó con gusto, y con lágrimas de tierno afecto, los perdonó y ofreció á Dios su vida por la salvación de aquéllos que le habían tan gravemente ofendido, y así le administró los Sacramentos y esperaba por instantes su feliz tránsito á mejor vida.
El día siguiente preguntó al enfermero en qué estado se hallaba el enfermo, á que respondió que estaba fuera de peligro, y que aquel Señor que había recibido le había quitado todo el mal.
No acababa el Padre de creerlo; pero hallando que era verdad, preguntó al indio, ya sano, qué le había sucedido. A que él satisfizo, diciendo: «El Señor, que tú ayer me diste, me ha librado y esta noche arrojé fuera todo el mal.»
Valiéndose de este caso, exhortó el Misionero á aquellos nuevos cristianos á perseverar en el bien comenzado y á amar á Dios, que con tal milagro manifestaba cuánto le agradaban sus fervores.
Empero, no faltó quien tomase venganza de aquella crueldad, porque los Piñocas andando también ellos en busca de almas, se encontraron acaso con ellos, y reconociéndolos por los rosarios y cruces que llevaban colgadas al cuello, despojos de los muertos (estos son los atavíos y adornos que tanto aprecian aquellos cristianos); aun con todo eso no los hubieran atacado, si el remordimiento de la conciencia no hubiese atizado á los infieles; los cuales, mientras se ponían en armas, recibieron de los Piñocas tal carga, que muchos de ellos cayeron muertos en tierra y entre ellos el cacique, autor de la traición.
Mejor fortuna corrieron otros indios de la misma Reducción de San Juan Bautista, que entrados en una Ranchería de Puraxís, lograron reducir á la Santa fe cincuenta familias, y con ellos, alegres y contentos, dieron la vuelta á su Ranchería.
Siendo informado el P. Visitador del estraño encuentro de los de la Reducción de San Joseph, ordenó que cien indios del mismo pueblo, pertrechados de armas, volviesen, no para castigar la crueldad de aquellos malvados, sino para traer los huesos de los muertos para darles honrosa sepultura y que con buenos modos, aunque siempre con las armas en la mano, les certificasen sinceramente del fin porque iban á su pueblo y del amor que, aun después de cometida aquella bárbara atrocidad, les tenían.
Partieron al punto; y aunque á costa de grandes trabajos por la falta de agua, de suerte que no tenían para refrigerar la sed sino un poco de rocío que recogían en los cardos silvestres al fin llegaron al lugar de la matanza, donde sólo hallaron los cuerpos de sus hermanos, pero no á los matadores, á quienes obligó el temor del castigo á retirarse á donde tan fácilmente no pudiesen ser hallados.
Querían los cristianos ir en su seguimiento, pero no siendo prácticos en los caminos defirieron esta empresa para tiempo más oportuno y cargando en sus hombros los cadáveres, dieron la vuelta á su Reducción, donde tuvieron no poca materia de alegría en los dos pueblos que vieron se fundaban de nuevo; el uno con el título de San Ignacio de los Bocas, y el otro de la Concepción, donde se juntaron los pueblos de lenguas muy diferentes, que en sus correrías hacia el Mediodía había descubierto el V. P. Lucas Caballero.
Señaló por Superior de la primera al P. Joseph de la Mata, y él se fué por su compañero, con raro ejemplo y edificación de todos en usar del oficio para escoger el cultivo del campo más duro y sembrado de espinas y de cruces (de que daré abajo pruebas mayores). Mas este su celo le hubo de costar presto la vida, porque siendo como era Misionero verdaderamente Apostólico, incapaz de reposo y descanso, apenas llegó á la nueva Reducción cuando al punto quiso ganar para Cristo á los Auropés y Tabacis, siendo preciso para conseguirlo pasar profundos pantanos y lagunas, caminando muchas veces bañado, así del agua que caía del cielo como del mucho sudor en que se resolvía para vencer no pocos ni ligeros embarazos. De aquí se le originó un humor maligno, que corriendo por el cuerpo, le ocupó todo en breve con una monstruosa hinchazón, en que peligraba ya la vida, á no haberle acudido el P. Mata con algunos remedios, que no tanto por su actividad cuanto por voluntad de Dios, le repararon algún tanto; y para que se restituyese del todo á su antigua salud, fué preciso mudase de aires, pasando á San Rafael, donde tuvo dilatado campo para ejercitar su celo, saliendo á caza de bestias racionales (que así se pueden llamar aquellos bárbaros) las cuales domesticadas redujo al redil de la Iglesia.
Parecía que iba á competencia con el V. Padre Caballero en ganar almas para Dios y para sí mismo muchos méritos; y es obligación mía dar aquí por extenso noticias de las heroicas virtudes de entrambos: de las del primero tendré abajo ocasión oportuna; de las del V. P. Lucas la daré en los capítulos siguientes, concluyendo la narración con el felicísimo martirio que padeció el año de 1711.
CAPÍTULO X
Nacimiento, entrada en la Compañía y primeros fervores del venerable P. Lucas Caballero.
Nació el venerable P. Lucas en Villamear, lugar de Castilla la Vieja. Sus padres eran de lo principal de él y acomodados en bienes de fortuna. Pasó los primeros años de su niñez en casa de un tío suyo, sacerdote de ejemplarísimas costumbres, y en quien aprendió una gran madurez de juicio y gravedad en las acciones, de suerte que en la niñez nada tenía pueril ni mostraba ternura, sino en la piedad, ni gusto sino en los ejercicios de devoción, y en todo mostraba una virginal modestia, tan delicada, que se ofendía de ver ó de oir acción ó palabra menos recatada.
Habiendo pasado aquel santo sacerdote á mejor vida, pasó á vivir á casa de otro tío suyo, también sacerdote, pero de diferentes costumbres y proceder; no obstante eso, el devoto niño fortalecido con la gracia del Espíritu Santo no empañó con el menor defecto el candor de su inocencia, aunque para conservarla pura hubo tal vez de desatender la autoridad de su tío que era de rotas costumbres, manteniéndose modesto, retirado y atendiendo sólo á las cosas de su alma y al servicio de Dios.
Aprendió los primeros rudimentos de la Gramática en nuestro Colegio de San Ambrosio en Valladolid, donde con el trato de los nuestros se aficionó á la Compañía y pidió con instancias ser admitido en ella; y hechos los exámenes y pruebas acostumbradas, pasó al noviciado de Villagarcía, grande y religioso Seminario de Varones Apostólicos en ambos mundos. Aquí llenó las esperanzas que de él se tenían con el fervor de espíritu y con la inocencia de la vida, teniendo todo su gusto en Dios.
Tuvo por este tiempo noticias de la llegada á España de los PP. Cristóbal de Grijalva y Tomás Domidas, procuradores de esta provincia, que venían por operarios evangélicos para cultivar y mantener esta dilatada viña del Señor.
Encendióse luego en deseos fervorosos de ser uno de los señalados para pasar á Indias, á cuyo fin hizo á Dios Nuestro Señor repetidas súplicas para que se dignase su Divina Majestad de escogerle para propagar su gloria y llevar la luz de la fe á los que viven en las sombras de la gentilidad, ofreciéndose con voluntad pronta á los trabajos y á los peligros de la vida hasta derramar su sangre por la fe.
Agradaron al cielo estas ofertas como lo dieron á entender los efectos; porque teniéndole los Superiores como hábil para grandes empresas en el servicio de Dios, ciertos de lo sólido de sus virtudes le concedieron licencia, y poco después, en compañía de otros setenta Misioneros, se dió en Cádiz á la vela, y después de una trabajosa navegación en que murieron ocho de los nuestros, arribó á Buenos Aires, primer puerto de esta provincia, y de allí pasó á Córdoba de Tucumán, donde con crédito de ingenioso concluyó sus estudios.
No quiero omitir lo que él por humildad, y para enseñanza nuestra, refirió á un confidente suyo, y fué que viéndose en la filosofía superior á los otros condiscípulos en las funciones domésticas, se dejó llevar de alguna vana complacencia de sí mismo y se descuidó en rezar la oración del angélico doctor, que acostumbraba antes de estudiar, pero de aquí se le originó oscurecérsele algún tanto el entendimiento, y le fué necesario después sudar y trabajar mucha para entender las materias teológicas.
Acabados sus estudios y recibidas las sagradas órdenes, empleó su celo en las Misiones de la jurisdicción de la ciudad de Córdoba con igual gloria de Dios y aprovechamiento de las almas, así de los indios como de los españoles, que por su pobreza viven en aquellos desiertos y tierras, sin otra doctrina ni instrucción en la ley de Dios que la que les dan los nuestros cuando van á sus estancias y ranchos, siendo para ellos éste su día de Pascua y el de mayor devoción de todo el año; con lo cual recogió abundante cosecha de almas y de trabajos; aquéllas para Cristo y éstos para sí, por ser esta misión de las más difíciles y trabajosas que tenemos.
De aquí pasó á la conversión de los indios Pampas que confinan con este obispado, la cual empresa procuró seguir con todo empeño porque le traspasaba el corazón la pérdida de tantas almas metidas en las tinieblas de la gentilidad, viviendo, como viven, tan cercanas á los resplandores del Evangelio.
No es fácil referir cuánto sudó y trabajó para reducir á estos infieles, pero todo en vano, porque rehusaron obstinadamente recibir el santo bautismo y reducirse á vida política, con que se vió precisado á abandonarlos totalmente por no perder á un tiempo la vida y los deseos que ardían en su pecho de campo más dilatado y espacioso donde fuese más cierta la cosecha, como menos resistencia del terreno para recibir la semilla del Evangelio.
A este tiempo se trataba con más calor de emprender la misión y reducción de los Chiriguanás y Chiquitos, por lo cual el Padre pidió y obtuvo el ser señalado por uno de los primeros á quien tocase la suerte de reducir aquellos pueblos gentiles al conocimiento de su Criador.
Pusiéronle á cuidar de la Reducción de Nuestra Señora del Guapay, donde estuvo dos años, logrando más frutos de paciencia, hambre, sed, befas y escarnios de los infieles que almas para Cristo, por ser los Chiriguanás gente bárbara, sobremanera obstinada, á quien ni amedrentan los castigos ni los beneficios domestican, pues habiendo usado Dios Nuestro Señor con ellos de ambos medios, ya procurando atraerlos con milagros y con el fervor de varones apostólicos, ya asombrándoles con tempestades furiosas y rayos del cielo, y con la carestía y pestilencia de la tierra, perseveran protervos en su obstinación.
Acostumbrados, pues, estos bárbaros á sacudir el suave yugo del Evangelio por estar ya enfadados del celo del V. P. Lucas y sus compañeros, fingiendo que sólo habían venido á sus tierras para juntarlos y entregarlos á los Mamalucos del Brasil, los echaron del país y destruyeron la iglesia que habían fabricado, por cuya causa se retiró á los Chiquitos, en el pueblo de San Francisco Xavier, donde hallando el terreno más dispuesto al cultivo de la fe, asistía á aquellos nuevos fieles con increíble celo y amor; y á la verdad, era bien necesario su espíritu y fervor para acudir y socorrer las necesidades de aquella iglesia, afligida no menos de la peste que de la carestía de todo lo necesario, no dando treguas ni de día ni de noche á las fatigas y trabajos que le redujeron con una grave enfermedad al último trance de la vida, con extremo dolor de sus compañeros que le veneraban como á santo, y de los neófitos, que le amaban como á Padre.
Mas en esta aflicción quiso Dios consolar á todos, dándole en breve tiempo entera salud para que regase con su sangre aquella nueva viña del Señor (condición al parecer precisa para que la fe arraigue con permanencia en los campos donde se planta) que en adelante había de rendir copiosos frutos.
De esta Reducción salía frecuentemente el P. Lucas á discurrir por las tierras circunvecinas y andaba á caza de almas por los montes y bosques, y confiando sólo en la Providencia Divina no cuidaba de sí mismo ni de su salud, sucediéndole las más de las veces no tener otra cosa de qué alimentarse sino con raíces ó frutas silvestres.
Los trabajos y fatigas, juntas con ardientísimas fiebres, lo postraban en el suelo, sin tener más médico que la Providencia Divina, ni más remedio que la conformidad con Dios, no hallando ni aun una choza en qué recobrarse en tales lances, expuesto á las injurias del tiempo; pero entonces Dios le llenaba de consuelos el alma, dándole tal vigor á su espíritu que redundaba en el cuerpo, de tal manera que ya ni sentía la enfermedad ni le rendían las fatigas; antes, emprendía los viajes más incómodos y los mayores peligros para traer almas al rebaño de Cristo.
No son estas solamente expresiones mías, sino testimonio de un Superior suyo, quien dice que después de tantos malos tratamientos de su vida, no le pagaba con otra cosa que con reprensiones, á fin de que pusiese freno á sus fervores que, mirados con los ojos materiales, excedían y pasaban los términos de la prudencia; pero siendo él gobernado de espíritu superior á toda prudencia humana, sin poder contener su celo corría siempre más á donde la cosecha de las almas y de trabajos era mayor.
Llegó una vez á una Ranchería de infieles con el semblante tan desfigurado, tan falto de fuerzas y pobre de vestido, que por burla preguntaron aquellos infieles á sus compañeros si era el Padre algún esclavo fugitivo de los españoles á quien hubiesen tan malparado á golpes y azotes. No obstante, les predicó el santo varón la fe de Cristo con tanto fervor y espíritu, que si él no pudo luego reducirlos, viniendo poco después otro Misionero sacó de ellos fruto muy copioso.
Y aunque el apostólico Padre se hacía tan cruda guerra á sí mismo, siempre le parecía todo poco por el ansia de padecer siempre más y más. Oíasele muchas veces desahogar su corazón en deseos de más cruces y trabajos y quejarse amorosamente al Señor porque andaba S. M. tan escaso con él en darle aquellos trabajos y martirios que con tanta liberalidad repartía á otros, porque aún no entendía que Dios le difería el cumplimiento de sus deseos para que creciesen los méritos y adelantase la gloria de su Criador, sufriendo otras muchas cruces que le tenía preparadas por llevar su nombre á otros pueblos y naciones.
En el año de 1704 salió en busca de los Puraxís que se habían retirado á una espesa selva para defenderse de los asaltos de algunos europeos que sin temor á las leyes, sobre el seguro de estar lejos de la vista de quien pudiese castigar sus excesos, se tomaban la licencia de hacer esclavos á los paisanos y venderlos á su gusto como tales; y llegando á donde uno de estos estaba alojado junto á aquellos pueblos, le recibió con mal semblante y peores palabras, diciendo al V. P. que aquel no era tiempo de hacer misiones, y así que se volviese y metiese en su Reducción, porque si no lo hacía por bien, le obligaría, mal de su grado, á que lo hiciese.
Eran buenas estas palabras para espantar cobardes ánimos, no para entibiar el celo ardiente de un apóstol; y así, respondiéndole el Padre afable y cortesmente, prosiguió su viaje, mas no halló indio alguno en sus Rancherías, porque todos andaban huídos por los montes y selvas y sólo se dejaba ver tal cual, que desde las copas de los árboles exploraba los pasos de los españoles.
Esto le obligó á que trepase por los árboles para poder llegar á sus albergues y cavernas, donde los recogió y predicó la fe y administró á los niños el santo bautismo; y porque con la falta de lluvias se les perdían irreparablemente los sembrados, se echó á sus piés aquella pobre gente y más con lágrimas que con palabras, le pidieron que si tanto podían con el Dios que predicaba sus súplicas, les alcanzase nuevo remedio en aquella necesidad.
Enternecióse el buen Padre de sus lágrimas, y haciéndoles poner á todos de rodillas delante de una cruz y levantadas las manos al cielo, les mandó pidiesen agua á la fuente de todos los bienes, que es Dios.
No se hizo Dios sordo á las súplicas de aquellos nuevos fieles y así les concedió su petición con lluvia copiosísima. Rabiaba de pesar el demonio al ver que se le escapa de sus garras esta gente de quien hasta entonces había estado en pacífica posesión y movió una tempestad terrible contra él.
Salió uno de aquellos europeos, de quien poco ha hice mención, hombre perdido y cruel y encendido en cólera por ver más que nunca perdidos ahora sus intereses, maquinó con el fomento de otros parciales, hacer de un golpe dos tiros, que fueron recoger gran número de esclavos y malquistar al P. Lucas con aquellos pueblos, de suerte que jamás osase ponerse delante de ellos.
Con este designio pasó los Puraxís, y les dijo que no creyesen á aquel Padre, porque era un Mamaluco disfrazado en traje de jesuita; y para que viesen que decía verdad, á la vuelta (había pasado el V. Padre á reducir la nación de Tapacurás) le haría prender, y cargado de prisiones le remitiría á Santa Cruz de la Sierra.
No dió la gente á sus palabras todo el crédito que deseaba; pero no obstante, combatidos sus ánimos de dos diversos afectos, de temor de que en la realidad fuese Mamaluco y del amor que le tenían, estaban tristes y melancólicos.
Luego que el santo varón supo este enredo, les descubrió los fraudes del enemigo y procuró aquietarlos con buenas razones.
Poco después dió la vuelta con su gente aquel malvado, y afrentando al Padre con palabras llenas de oprobios, faltó poco para poner en él las manos. Por último, le intimó en nombre de S. M. Católica (que en tales empresas fingen estos malvados la autoridad real para abusar de ella cuando les está á cuento ó se atraviesan sus intereses) que se retirase luego de aquel país y fuese á dar razón al gobierno de Santa Cruz.
Este tan pesado lance no descompuso ni alteró en el P. Lucas aquella serenidad de ánimo que siempre mostraba en el semblante, sino atento solamente á reparar el daño que de aquí se podía seguir, le respondió con aquella intrépida y santa libertad que le daba el espíritu de Dios; que sabía bien se enderezaban todos sus designios, no á otro fin, sino á hacerle aborrecido de aquella gente para que en adelante jamás le admitiesen en aquellas tierras ni le diesen oídos. Que qué diría el pueblo de Santa Cruz al ver llevar preso á un pobre religioso porque predicaba la fe. Que no se fiase de su poder, pues Dios Nuestro Señor y la Majestad Católica del Rey, no tenían lejos las armas, aun de aquellos desiertos remotos, para hacerle pagar un atentado tan temerario é injusto; y por fin, que no esperase contrastar con sus embustes la piedad y celo de aquella piadosa ciudad y sus regidores. Replicóle el hombre perdido con furia que obedeciese. Mas el P. Lucas, no haciendo caso alguno de lo que le pudiese suceder por los enredos y calumnias de aquel hombre descarado, determinó quedarse para deshacer la máquina fabricada para daño y ruina de aquella nueva cristiandad.
A este tiempo le trajeron los Paraxís un indio Manacica, que hecho esclavo de aquel hombre, había tenido maña para huirse de él, y puesto en libertad se acompañó con los neófitos.
Entendía este Manacica alguna cosa del idioma de los Chiquitos, era de buen entendimiento, cuanto cabe en un bárbaro; observaba con atención las ceremonias sagradas, la forma de bautizar, el ponerse de rodillas delante de la santa cruz, el levantar las manos al cielo, las preces sagradas que muchas veces al día entonaba el santo varón en voz alta; y pareciéndole todo conforme á su genio y á la razón, procuraba hacer lo mismo.
Advertido esto muchas veces por el P. Lucas, y coligiendo lo que sería toda la nación, por lo que veía en aquel sólo, determinó emprender su conversión.
CAPÍTULO XI
Pasa el venerable P. Lucas á los Manacicas, quieren matarle los indios Sibacás y el cielo toma por él venganza.
Alegres los indios de que aquel europeo aterrado del ánimo del apostólico Padre hubiese desamparado el país sin hacer presa en ellos, como les había amenazado, penetraron á lo más enmarañado del bosque, y Zuriquios, cacique de aquella Ranchería, le pidió que fuese á los Aruporés, que ellos le acompañarían: los hablaremos, dijo el cacique, y los entretendremos para que no se pierdan y anden descarnados por temor de los enemigos, y todos nosotros los Puraxís y Tubacís nos juntaremos con ellos para hacer un pueblo en que tú nos puedas doctrinar y dar el santo bautismo; porque de otra suerte nos esparciremos por estos bosques de tal manera, que ni tú ni otros nos puedan jamás encontrar.
El santo Padre que no deseaba otra cosa, se puso al punto en camino, y llegando allá en pocos días, halló la gente tan bien dispuesta á recibir la fe de Cristo, que de una vez bautizó ochenta ó más niños. No quiso por entonces bautizar á los adultos, porque la experiencia le había enseñado á usar con ellos de lentitud.
De aquí pasó á otra Ranchería, donde falto de fuerzas, sin poder sostener tantas fatigas y trabajos, desmayó de pura flaqueza, y asaltado de una fiebre ardientísima, se echó debajo de un árbol en un total desamparo de todo humano consuelo, abandonado aun de los neófitos Piñocas, y persuadiéndose no le restaba mucho tiempo de vida, se iba disponiendo para el último trance.
Los indios del país se dolían grandemente de que por haber los enemigos asolado la tierra, no tenían con qué socorrerle y reparar su flaqueza; pero hallando por gran ventura una gallina, se la ofrecieron, mas el santo Padre rehusó aquel alivio y quiso resueltamente se guisase para dar de comer á un neófito que junto á él yacía enfermo.
En este estado se hallaba, cuando sintió en su corazón que era voluntad de Dios se ofreciese á llevar en Santo Nombre á los Manacicas, que con esta oferta se restituiría á sus fuerzas. Al punto prometió, no sólo darle á conocer á nuevas gentes, sino derramar su sangre por el bien de los prójimos, si fuese esta su voluntad santísima.
Agradó al cielo esta oferta y al momento se recobró el cuerpo de sus antiguas fuerzas, y no habiendo podido los días antecedentes atravesar bocado, pudo luego comer lo que la piedad de los bárbaros le ofrecían; lo cual, aunque mal guisado, fué bastante á recobrarle del todo.
Vino á darle el parabién de su perfecta mejoría Pou, cacique del lugar, con algunos de sus vasallos, y el ferventísimo P. Lucas, acordándose de la promesa hecha á Dios, trató luego de la empresa, y con cuantas razones le dictó el amor de Dios y del prójimo, le exhortó á que fuese su compañero en aquella empresa.
Parecióle al cacique que este negocio no tendría éxito feliz, por ser los Manacicas en valor terribles y en número muchísimos, y sobremanera opuestos á los españoles, pues por la matanza reciente que éstos habían hecho, tenían jurado de vengarse, no dejando con vida á cualquiera que cayese en sus manos; que ir allá era lo mismo que ir á buscar por sí mismo la muerte, y que encontraría en el viaje tantos peligros cuantos serían las agudísimas puntas que ellos habían sembrado por todo el camino, como él mismo lo había experimentado el año antecedente, viéndose precisado á dar la vuelta por no quedar estropeado.
Finalmente, el cacique que le miraba como á padre amoroso y le reverenciaba como á Santo por la extremada piedad con que sentía todos sus males, le dijo por último para apartarle de su santo propósito:
«Padre, si te acometieran los Manacicas, ¿con qué te defenderás tú sólo?»
A lo cual el apostólico Padre, sacando del seno un Santo Cristo, le respondió:
«Mira (son palabras suyas), mira aquí el escudo con que repararé sus furias; nada temo, porque Cristo me ordena que lleve allá su santa ley; no pueden ellos quitarme ni un cabello si él no quiere, y aun cuando yo padeciese ésta, que vosotros llamáis desgracia, de ser muerto á sus manos, ella sería mi suma felicidad; si vosotros tenéis miedo, podéis quedaros antes de llegar á sus pueblos, que yo me iré sólo; y si me recibieren con buen semblante, volveré á llamaros, y si no volviere, os podéis huir.»
Animados de tan fervorosas palabras aquellos bárbaros, respondieron unánimes y conformes:
«Eso no, no huiremos nosotros, y si te matan, por el amor que te tenemos, vengaremos tu muerte aunque nos hagan pedazos.»
Y sin más tardanza, tocando al arma el cacique escogió una florida escuadra de soldados y se los trajo á la presencia del Padre, en donde cada uno con brío extraordinario prometió morir á su lado si los Manacicas osasen hacerle algún ultraje.
Pero antes de ponerse en camino le pidió la gente les predicase la ley que debían profesar, que bautizase á los niños y pidiese á Dios agua porque sus sembrados se perdían por falta de lluvias.
Viendo el Padre Lucas que era justa su demanda y que sus corazones estaban tan inclinados á lo bueno, hizo el día siguiente al romper del alba enarbolar una grande cruz, aunque mal compuesta de dos leños toscos atravesados y rodeado de muchos niños, mujeres y soldados hizo oración delante de ella, representando á Dios Nuestro Señor los méritos de la muerte de su Hijo Jesucristo que le recordaba aquella cruz, pidiéndole por ellos no se negase á su piedad paternal y á la grande necesidad de aquellos miserables, enviándoles una lluvia que no le costaría más que una insinuación de su voluntad para ganar aquellas almas por las cuales su unigénito Hijo había derramado su sangre sobre la tierra.
Aunque tan fervorosa y eficazmente rogaba, no se movió Dios esta vez á oir tan presto sus súplicas como lo había hecho en otras Rancherías, para que con la dilación del favor se arrepintiese el pueblo y arrojase de su corazón el odio y la venganza; por tanto ordenó el Padre que á la tarde se volviese á juntar el pueblo al pie de la misma cruz, y con aquella energía que comunicaba á la lengua un corazón abrasado del amor y celo, les declaró como Dios es juez de nuestras acciones, buenas ó malas, y que las castiga en esta ó en la otra vida, con penas á ellas proporcionadas; díjoles: Nuestro Señor Jesucristo está justamente airado con vosotros, ni quiere oir vuestras súplicas ni socorrer vuestras miserias, porque habéis sido causa de gravísimos daños que han padecido los Tapacurás y Manacicas; y porque habéis hecho guerras á vuestros parientes los Aruporecas, no perdonando á incendios y prisiones y la inhumana matanza de tanta gente, pide contra vosotros venganza al cielo. Jesucristo manda en su ley que no se cause daño á ninguno, sea amigo ó enemigo, sino que se perdone de corazón á cualquiera que nos ofendiere. Es verdad que eran vuestros enemigos y que habían maltratado vuestras haciendas, pero de un leve daño, no habíais de haber tomado satisfacción con tantas crueldades. Por tanto, mientras no os arrepintiéreis de lo pasado é hiciereis cordial amistad con vuestros enemigos, no proveerá Dios vuestra necesidad.
No fué necesario más para que todos aquellos indios se pusiesen á punto de caminar; y Dios, atendiendo á las súplicas de su siervo, apenas habían caminado una milla cuando empezó á cubrirse el aire de nubes y cayó una copiosísima lluvia que con increíble júbilo de la gente llenó los pozos y aseguró las esperanzas de coger abundante cosecha.
Tardaron muchos días en llegar al río Arubaitú, ó como otros le llaman, Zuquibuiquí. Aquí dieron algunas señales de temor los Puraxís, porque el enemigo infernal, para desbaratar los disignios del Misionero, había persuadido á los Manacicas pusiesen escondidas en la tierra gran número de puntas de madera durísima; y descubriéndolas los Puraxís, le suplicaron al Padre diese la vuelta, porque si no era evidente el riesgo de quedar muchos heridos é inhábiles para caminar; y cayeron tanto de ánimo, que sólo Dios pudo infundirles valor para pasar adelante.
«Confieso (escribe el mismo Padre Lucas á su Provincial) que aunque es grande el valor de los Puraxís, y es también grande el amor y reverencia que me tienen, aunque infieles y recién conocidos, con todo eso, sólo el brazo de Dios Omnipotente pudo infundirles aliento y vigor para proseguir, á fin de mostrar que por medio de instrumentos débiles y flacos, quería abrir el camino de la salud eterna á aquellos nuevos pueblos y naciones. Y á dos palabras que dije se levantó Pou, el cacique y tras él sus vasallos; llegados á una empalizada pusieron á punto los arcos y las flechas; de aquí paso á paso, en profundo silencio, por no ser descubiertos antes de tiempo, avanzaron por fin.»
Y aquí es donde confiesa el santo varón que representándosele tan cercana la muerte, temió de suerte que se le erizaron los cabellos, por ventura para que entendiese que toda su virtud era de Dios.
«Confieso (prosigue hablando de sí) que experimenté un natural pavor considerando que yo había de ir delante de todos y romper el primero las furias de los bárbaros y teñir de mi sangre las saetas envenenadas; pero el deseo de ver á Cristo me alentaba en este trance á todo riesgo, aunque con razón temía de mí lo que por humildad decía el Apóstol San Francisco Xavier de sí mismo que mis pecados serían mi más fuerte escudo que me defendiese de la muerte. Pero no me daba menos ánimos y esfuerzo mi paje Diego, neófito, que de sólo mirarle me sacaba las lágrimas de los ojos y del corazón mil afectos de agradecimiento á las llegas del Redentor, que había infundido en su pecho, poco antes bárbaro, tanto amor para con su Majestad y su Santa ley, porque levantadas al cielo las manos, con un rostro de ángel, estaba ofreciendo á Dios su vida para perderla en su servicio y sus sudores para plantar la santa fe entre los infieles.»
Pasaron adelante de la empalizada, y entrados en la Ranchería se hallaron sin gente, no viendo por todas partes más que incendios, ruinas, cadáveres y un desapiadado estrago de hombres.
Quisieron volver atrás los Puraxís, pero asegurados de un paisano, su intérprete, llamado Izú, de que no lejos de allí había otras tierras, y mucho más animados del Padre que á pie los guiaba, pasaron adelante, y descubierta de lejos otra Ranchería se pararon pálidos los Puraxís, temerosos de algún infeliz suceso, y el cacique de ellos, Pou, hizo señas al Padre para que se adelantase.
Iba delante de todos el santo Misionero disponiéndose á morir con los actos más encendidos de caridad; y para que el ímpetu de las flechas no le quitase de las manos el Santo Cristo, se le ató á ellas, y quedándose atrás los compañeros sólo le seguía el intérprete, el cual, á pocos pasos, con semblante compasivo, clavó los ojos en el Padre avisándole del riesgo en que se metía y del cual quizás no le podría librar.
Quedaba ya poco de día cuando entró con el intérprete en la Ranchería. Apenas le vieron los paisanos cuando con gritos y voces descompasadas mandaron á las mujeres y demás chusma que se huyesen, y ellos echaron mano á las armas aguardándole con semblante feroz y con ojos que despedían llamas.
El intérprete Izú levantó la voz, diciendo no matasen á aquel hombre que no era enemigo suyo.
«Soy Misionero (añadió el P. Lucas) que vengo á predicar la santa ley de Cristo.»
No hicieron los Manacicas caso de cuanto se les decía, y sin otra diligencia se pusieron todos á punto de pelea. A este tiempo se llegó al santo Padre el cacique Pou, diciéndole á voces:
«Nos quieren matar á todos y nos van cercando para que ninguno escape con vida.»
El P. Lucas, sin turbarse nada, procuraba animarlos, y la naturaleza, que poco antes, lejos de los peligros, había sentido algún miedo, ahora de nada temió.
«Digo ingenuamente (escribe de sí) que en el mayor riesgo depuse en un punto todo temor y oí interiormente una voz que me decía: No morirás ahora; y aunque cubierto de un torbellino de flechas y rodeado de gente que se me acercaba para hacerme pedazos, estaba en la plaza con el Crucifijo en la mano, con tanta serenidad de ánimo y de rostro como si me hallase en una iglesia de cristianos.»
Viendo Izú el trance tan peligroso en que estaban las cosas, se puso en medio de sus paisanos, y pudo tanto con la eficacia de sus palabras, y mucho más con la gracia de Dios, que interiormente labraba en aquellos corazones bárbaros é inhumanos, que detuvo sus furias y apagó todo el odio; después, aunque muy nuevo en la fe, habló tanto de Dios y predicó de su santa ley, que aquellos bárbaros, así como estaban con las manos llenas de saetas envenenadas, se fueron llegando uno á uno al P. Lucas, y puestos de rodillas, con humilde reverencia, besaron las llagas del Santo Cristo. A lo cual ayudó no poco el cacique de los Puraxís, que en voz alta decía:
«Venid, amigos, á rendir homenaje á nuestro Criador Jesucristo; adoradle y haceos vasallos suyos.»
¡Espectáculo verdaderamente digno de alabar por él á la Divina Misericordia! Ver á unos infieles instruídos pocos días antes en las cosas de nuestra santa fe, y aún no reengendrados en las santas aguas del bautismo ser ya predicadores del Evangelio; y una nación que no mucho antes había respiraba sólo fiereza, verla con una mudanza propia de la diestra del Altísimo, humillada á los piés de Cristo; de lo cual no pudo contenerse el venerable Padre sin prorrumpir en un llanto tiernísimo, todo de alegría, y no cesaba de dar mil gracias á Dios con tanto mayor fervor cuanto aquel beneficio había sido más fuera de toda esperanza.
Después que todos los paisanos se arrodillaron á los piés de Cristo, estando la plaza llena de gente, se hicieron paces entre las dos naciones; y aunque se entendían muy poco por la diferencia de los idiomas, con todo, había algunos que sabiendo algo de la lengua de los Chiquitos, sirvieron de intérpretes.
Luego el intérprete Izú, dando calor á sus parientes, hizo componer una cruz lo más pulidamente que se pudo y la enarboló el santo Padre con indecible alegría en un lugar eminente para que fuese trofeo de la victoria que el cielo había conseguido del infierno y señal de la posesión que Cristo y su fe tomaban en aquel día de la nación de los Manacicas.
Y parece que agradó al cielo esta devota acción, porque los principales del pueblo se mostraron luego tan aficionados á lo bueno, que le suplicaron al Padre con eficacísimos ruegos se quedase entre ellos para enseñarles el camino de la salvación eterna; mas por mucho que el P. Lucas deseaba lo mismo, no les pudo dar gusto por entonces, porque ya entraba el invierno; pero les dió palabra que á la primavera siguiente volvería á vivir de asiento entre ellos.
A otro día, al rayar el alba, vinieron todas las mujeres con niños en los brazos para que los bautizase; y habiendo sabido que habían venido allí los indios Curucarecás para ajustar paces con los Manacicas, los hizo llamar, y congregados al pie de la cruz extinguió todo el odio de ambas naciones con una fervorosísima plática y les hizo efectuar con juramento mutua paz y amistad; y para colmo de sus júbilos concurrieron allí también al mismo tiempo los Zoucas, Sosiacas, Iritucas y Zaacas, que la misma noche antecedente tuvieron aviso de su venida; y si se hubiese detenido aquí dos días más hubiera visto gente de otras muchas Rancherías, porque en aquel contorno, por la parte que tira al gran río Marañón, están las tierras muy pobladas; pero sus compañeros, recelando que las lluvias no cerrasen los caminos, quisieron volverse luego, con que se vió precisado el Santo Padre á retirar la mano de aquella mies que ya estaba sazonada para la siega; y despedido de aquel pueblo, que sintió mucho su partida tan imprevista, se previno para dar la vuelta, y queriendo montar á caballo le cerraron en rueda todos los Manacicas para servirle y le quisieron acompañar por largo trecho del camino, con no poca admiración del P. Lucas, que jamás había visto tal cortesía en las otras bárbaras naciones con quienes había tratado.
Es cosa muy ordinaria en la Divina Providencia que los casos fortuitos sean disposiciones suyas cuando no quiere echar mano de los prodigios para los altos fines que pretende; y tal fué ahora la súbita resolución de los Puraxís.
Si el P. Lucas se hubiera detenido pocas horas más en aquella tierra, fuera inevitable la pelea de aquellos bárbaros entre sí, porque aquella noche misma, en la Ranchería de los Sibacás, el demonio, á quien adoran en la misma forma en que se manifiesta y deja ver, habló á su sacerdote (á quien ellos llaman Mapono) mandándole diese orden al cacique que recogiendo la gente que podía tomar armas fuese á dar muerte á aquel Padre que poco antes había llegado á los Igritucas (así se llamaba aquella Ranchería de los Manacicas), porque era su grande enemigo, y añadió que no entrasen allí, porque no le hallarían, sino que armándole una celada en el camino le aguardasen allí.
Obedecieron con toda prontitud por estar acostumbrados á ejecutar muchas veces semejantes órdenes. Pero llegados al lugar desde donde habían de hacer el tiro, dijo el capitán al Mapono que era bien entrar en aquella tierra y tomar noticia de qué Padre era aquel y á qué fin había venido; pues no era puesto en razón quitar la vida á quien ni aun de vista conocían.
El Mapono se hubo de volver loco de dolor al ver esta determinación tan resuelta del capitán, de que no le pudo apartar con toda la fuerza de sus palabras diabólicas; habló con grande energía á los soldados para que ejecutasen el orden como el demonio quería, porque si no saldrían vanas todas sus diligencias y se escaparía de sus manos aquel enemigo jurado de su Dios.
Todo, empero, fué en vano, porque aprobando todos unánimes la determinación del capitán, le fué preciso al Mapono seguirlos, aunque se deshacía de rabia.
Habiendo, pues, llegado á aquella Ranchería, preguntaron que qué Padre había venido allí, porque por mandato de su Dios, de quien era enemigo, venían á matarlo. No haréis tal cosa, replicó Chabi, el cacique, pues para ejecutar esto yo sólo era bastante, ni eran necesarias vuestras manos; mas vista la confianza con que aquí se entró y oídas sus palabras llenas de amor, no tuve causa para hacerle algún ultraje; presentóme este cuchillo con otras cosas, por lo cual le estoy muy obligado y tengo con él estrecha amistad. Con los Puraxís, nuestros enemigos antiguos, he hecho paces; por tanto, volveos de donde vinísteis, porque no consentiré que paséis adelante; y á las palabras añadió las obras, mandando á los suyos que puestos en orden apretasen las armas.
Con respuesta tan animosa se amilanaron los Sibacás, y no queriendo exponerse á la fortuna de una batalla en que podían llevar la peor parte, dieron todos la vuelta.
Quería el Mapono, ya que no se había logrado el designio de coger al Padre entre sus garras, desfogar á lo menos su rabia con la santa cruz que allí estaba enarbolada, y blandiendo la macana la quiso derribar.
Esto también le estorbó el cacique, afirmando que él tenía de aquel madero grande estimación y aprecio porque había visto que el Padre le adoraba; con lo cual, maldiciendo el Mapono su fortuna, se volvió á su tierra con esperanza de haberlo á las manos el año siguiente y hacer en él el estrago que deseaba, lo cual hubiera por ventura ejecutado si Dios no hubiera desvanecido sus designios queriendo no quedasen sin venganza por más tiempo los intentos dañados de aquel bárbaro apasionado por el demonio, y ganando veneración y aprecio el propagador de su santa ley con el castigo proporcionado á gente que no estima otra cosa sino lo que ve por los ojos ó toca con las manos.
Fué pues, el caso, que se encendió por toda aquella comarca un contagio furioso que hizo tal estrago en los hombres, que de los cómplices en matar al Padre ninguno quedó con vida; y lo que causaba más maravilla, era que apenas les tocaba la peste, cuando desvariando salían fuera de sí y se iban por los bosques, donde ya por la enfermedad, ya por la hambre, se caían muertos, quedando los cadáveres tan abominables como si fueran tizones del infierno.
No pasó así con los niños, lavados con las saludables aguas del santo bautismo, cuyos cuerpecitos quedaron blancos y hermosos como si aun á ellos se les hubiese comunicado el candor de sus inocentes almas.
El primero que cayó en las manos de la divina justicia, fué aquel ministro diabólico, que incitó á los suyos á poner por obra lo que su dios le había inspirado. Había éste jurado se había de beber la sangre del apostólico Padre, luego que el tiempo le ofreciese comodidad sin hacer caso de cualquiera de los suyos que se lo procurase impedir, no conociendo, por estar ciego de su pasión, ó no queriendo creer que otro Señor más poderoso, de cuyas manos no podía él huir, había de embarazar y desvanecer sus intentos. La misma pena llevaron otros que se atrevieron á ultrajar la santa cruz que el P. Lucas había hecho levantar en los Tapacurás para que en ella tuviese la gente á donde acudir por socorro en sus necesidades.
Llegó allí un Mapono con otros de su profesión y á muchos golpes de macana la hicieron pedazos, ultrajándola con cuantos escarnios y afrentas sabe y puede hacer y decir un celo diabólico; pero fué muy á costa de los agresores, porque en breve pagaron con muerte desastrada su delito. Los Arupurés, habiendo oído el descarado atrevimiento de aquellos malvados, aunque no tenían noticia alguna de los misterios que se obraron en aquel Sagrado leño, llevaron mal aquella injuria, y aprobaron el castigo que de ellos había tomado el cielo.
CAPÍTULO XII
Descríbese el país y cualidades de los Manacicas, su religión y ritos de ella.
Para mayor claridad de lo que me resta por referir de las apostólicas Misiones de este fervorosísimo operario, es preciso interrumpir el hilo de la historia para dar una breve noticia del país y cualidades de los Manacicas, y después de su religión, ritos y ceremonias.
Esta nación, que se divide en veintidós Rancherías, está situada hacia el Septentrión, dos jornadas del pueblo de San Francisco Xavier, entre espesos y grandes bosques, de suerte que escribe el P. Lucas que por mucho tiempo, apenas tuvo alguna vez ocasión de mirar cara á cara al sol.
Tiran estos bosques de Oriente á Poniente y rematan en unas soledades inundadas la mayor parte del año.
Es abundante el país de frutas silvestres y de fieras, una de las cuales es el famacosio; tiene éste la cabeza de tigre, en el cuerpo se parece al mastín, bien que no tiene cola; es más feroz y ligero que ninguno de los otros animales, de suerte que ninguno se puede escapar de sus garras, y si alguno para defenderse de él se sube á algún árbol, se juntan muchos en un momento, caban la tierra y arrancan las raíces hasta que caiga el tronco.
Para matar á este animal, los indios usan de esta traza: júntanse muchos, y levantando una estacada, se meten dentro de ella, desde allí hacen gran ruído y estrépito para llamar á aquellos animales, y mientras ellos de fuera procuran echar por tierra la empalizada, los indios, mirando por las rendijas, los flechan y matan á su salvo.
Hállase allí la vainilla y tutumas, que es una especie de cocos grandes á manera de melones, bien que no es fruto de la palma como los cocos, sino de un árbol muy grueso que los produce, no en las ramas, sino en el tronco porque las ramas no puede sustentar su peso.
Bañan el país algunos ríos muy abundantes de pesca; el terreno es fertil y las mieses generalmente son buenas.
La gente es de buena estatura y bien hecha, aunque de color de aceituna. Hay no pequeña parte del pueblo que tiene como de herencia un género de lepra, que parece que los cuerpos están cubiertos de escamas de pescado, pero no les causa molestia ni fastidio.
Son en la guerra tan esforzados y valientes como los Chiquitos, y antiguamente eran una misma nación, y por las discordias se dividieron, de donde les vino el corromper el idioma Chiquito; y la idolatría, que no tienen los Chiquitos, la aprendieron de las naciones confinanters, como también el ser caribes ó comedores de carne humana.
Sus Rancherías las forman con algún género de arquitectura, con calles y plazas bien proporcionadas; tienen tres ó cuatro casas grandes con repartimiento de salas y cámaras en que viven los capitanes y el cacique principal. Estas mismas sirven para las funciones públicas de convites y banquetes, y son juntamente templo de los dioses.
Las casas de los particulares están también con proporción y en ellas reciben á los forasteros que los van á visitar. Y lo que más admira es que para fabricarlas no usan de otro instrumento que de una hacha de piedra con que cortan maderos muy gruesos, aunque con mucha dificultad.
Las mujeres ponen mucho cuidado en la fábrica de telas y vasos de tierra, para los cuales dejan por mucho tiempo podrir el barro y labran los vasos tan hermosos y delicados que al sonido parecen de metal.
Sus Rancherías están poco distantes unas de otras, y por eso es frecuente entre ellos la comunicación, los convites y la embriaguez.
Cuando los de una Ranchería quieren hacer algún banquete á los de otra, el cacique envía á convidarlos con algunos mensajeros y en su casa se hacen los bailes y danzas generales.
El orden que tienen en todas las funciones públicas es este: El cacique toma el primer lugar, el segundo es de los sacerdotes, el tercero de los médicos, el cuarto de los capitanes, y después de ellos se sienta el resto de la nobleza.
Al cacique, no solamente dan esta preeminencia, sino que le rinden entera obediencia y vasallaje; fabrícanle sus casas, cultívanle los campos y le mantienen abundante mesa de todo lo bueno y mejor del país. El sólo manda y castiga con gran rigor á los reos quebrándoles los huesos con horrendos bastonazos.
Las mujeres rinden también obediencia á la mujer principal del cacique (el cual tiene cuantas quiere). Páganle el diezmo de la pesca y de la caza, á la cual no salen sin haber primero pedido licencia al cacique.
El Gobierno va por sucesión, y el hijo primogénito del cacique gobierna á los jóvenes y se cría con espíritus generosos y señoriles, y cuando llega á edad de manejar los negocios públicos, gobierna en lugar de su padre, que da al hijo la investidura y posesión del Gobierno con muchas ceremonias y ritos; mas no por eso los vasallos pierden el amor y respeto al señor pasado; antes, cuando pasa de esta vida, le hacen solemnísimas exequias con infinitas supersticiones y llantos, y su sepulcro es una bóveda subterránea bien fortificada con palos y con piedras para que la humedad no corrompa los huesos y la tierra no le sea pesada.
En cuanto al número son muchísimos, repartidos en Rancherías numerosas, porque el país de los Manacicas forma una como pirámide que se extiende desde el Mediodía al Septentrión, en cuya extremidad viven ellos, y en el medio habitan otros pueblos tan discordes en el idioma cuanto conformes en su vida bárbara.
Bases de esta pirámide son: la de Levante es de las Quimomecas y de los Tapacurás la del Poniente. Después, por la banda del Norte, dejando fuera á los Puizocas y Paunacas, la ciñen dos grandes ríos llamados Potaquísimo y Zununaca, á los cuales rinden tributo con sus aguas otros muchos arroyos ó riachuelos que atraviesan y fecundan el país. Las primeras Rancherías de hacia Levante son las de los Eirinucas, Mopoficas, Zibacas, Jurucarecas, Quiviquicas, Cozocas, Subarecas, Ibocicas, Ozonimaaca, Tunumaaca, Zouca, Quitesuca, Osaaca, Matezupinica, Totaica, Quimomeca. Por el Poniente están las de Zounaaca, Quitemuca, Ovizibica, Beruca, Obariquica, Obobococa, Monocaraca, Quizemaaca, Simomuca, Piquica, Otuquimaaca, Oiutuuca, Bararoca, Quimamaca, Cuzica, Pichazica.
Estas Rancherías y quizás muchas más de que aún no se tiene noticia, están situadas al pie de esta pirámide; y tirando de aquí hacia la punta al Norte, se encuentran Quimiticas, Zouca, Boviruzaica, Sepeseca, Otaroso, Tobaicica, Munaisica, Zaruraca, Obisisioca, Baquica, Obobizooca, Sosiaca, Otenenema, Otigoca, Barayzipunoca, Zizooca, Tobazica. A éstos están confinantes los Zibacas, que hasta ahora no han sido jamás acometidos ni robados de los Mamalucos, que han destruído y asolado lo restante del país que se extiende hacia el río Paraguay.
Entre Levante y Septentrión, detrás de los Zabicas, habitan, bien que distantes muchas leguas, los Parabacas, Quiziacas, Naquicas y los Mapasinas, gente valerosa, pero destruída en buena parte de cierto género de pájaros llamados peresiucas que viven debajo de tierra, y aunque del tamaño ordinario de un pájaro, son de tan extraña fuerza y fiereza que en viendo algún indio dan sobre él y le matan.
Enfrente de éstos están los Mnochozuus, los Picozas que andan brutalmente desnudos, aun las mujeres, que sólo traen pendiente del cuello una faja para acomodar los niños.
La nación de los Tapacurás se extiende entre Poniente y Septentrión y viven también á lo animal, totalmente desnudos, y á más de eso comen carne humana. Están muy cercados á estos los Boures, Oyures, Sepes, Carababas, Payzinones, Toros, Onunaisis, Penoquís, Jovatubes, Zutimus, Oyurica, Sibu, Otezoo, Baraisi, Canamasi, Comano, Mochosi, Tesu, Pochaquiunape, Mayeo, Omenasisopa, Omemoquisoo, Botaquichoca, Ochizirisa, Jobarusica, Zazuquichoco, Tepopechosisos, Sofoaca, Zumonocococa y otras muchísimas, de que aun no se ha tenido distinta relación.
En cuanto á la religión, ceremonias y ritos de que usan, se puede decir que es una de las más supersticiosas que hay entre tantas naciones de estas Indias Occidentales. Pero antes de referir lo que toca á su falsa religión, diré brevemente lo que tienen de la verdadera, bien que mezclados con muchos errores y fabulosas invenciones.
Tienen algunos vislumbres de la predicación del apóstol Santo Thomé, que publicó en estas provincias el Evangelio y también tienen alguna confusa noticia de la venida del Redentor al mundo.
Creen, por tradición de sus mayores, que en los siglos pasados, una bellísima señora, concibió un hermoso niño sin obra de varón. Crecido en edad este niño, obró cosas maravillosas, que le ganaron el estupor y asombro del mundo, como eran sanar enfermos, resucitar muertos, dar vista á ciegos, piés á tullidos y vencer otros imposibles á las fuerzas naturales. Finalmente un día dijo, á una numerosísima turba que le seguía: Veis que mi naturaleza es diferente de la vuestra; y levantándose en el aire á vista de todos, se transformó en este sol que ahora vemos.
Los sacerdotes (que como abajo diremos vuelan cuando quieren por el aire), dicen al pueblo que es el sol un hombre luminoso, aunque nosotros desde la tierra no discernimos sus facciones ni el semblante.
Esto es lo que saben del misterio de la Encarnación, mas no por eso dan veneración alguna á aquel personaje, que obró cosas tan extrañas, y sólo adoran á los demonios no en figura de piedra, leño ó metal, sino monstruosísimos como se dejan ver de estos indios; y de esto están tan contentos y jactanciosos, que dan en rostro á los nuevos cristianos con su simpleza en honrar en las pinturas y estátuas dioses mudos y ciegos, que no ven, ni hablan, ni oyen.
Ni se contenta el demonio con sólo hacerse adorar de esta gente usurpando la adoración y culto que se debe al verdadero Dios, sino por escarnio é injuria de la Iglesia de Cristo, ha querido en este rincón último del mundo remedarla, transformándola en un ser monstruoso, convirtiendo los misterios en fábulas, los sacramentos en supersticiones, las ceremonias en sacrilegios. Y primeramente les enseñó una tal Trinidad de dioses principales (á distinción de otros de menos autoridad y crédito) Padre, Hijo y Espíritu, no Santo, colateral de aquellos dos: llámase el Padre Omequeturique ó Uragozoriso; el Hijo Urasana y el Espíritu Urapo.
Tienen también otro diablo, remedo de la Santísima Virgen, que fingen es madre del Dios Urasana y mujer de su padre Omequeturique. Déjase ver esta diosa con rostro resplandeciente; transfigurándose en ángel de luz; los dioses aparecen horribles y sucios; la cabeza y el rostro de color de sangre, orejas de jumento, la nariz chata, ojos en extremo grandes, de que despiden ardientes llamas, los cuerpos de color resplandeciente; el vientre le ciñen vívoras y dragones.
El primero que habla es Omequeturiqui, y esto con voz alta; el segundo es su hijo y habla con las narices, el último habla Urapo y tiene una voz semejante á un trueno; el Padre es el dios de la justicia y castiga á los malos, ya con un palo, ya con otro instrumento semejante; el Hijo y el Espíritu son los abogados, pero mucho más la diosa.
El templo para estas deidades es, como ya dije, el palacio del cacique, á donde ellos vienen cuando hay junta general del pueblo ó se hacen solemnes exequias.
En estas fiestas ordena el cacique á los suyos que tejan gran número de esteras, y hecho de ellas unas grandes cortinas, cubren y cierran una parte de la sala y este es el Santa Sanctorum en que entran los dioses, á quien con nombre común llaman Tinimaacas que saliendo del infierno fingen que bajan del cielo y turbando con ruido descompasado todo el aire, tiembla la casa y toda aquella tapicería ó cortinaje de esteras.
El pueblo, que está bebiendo ó bailando, le saluda y da la bienvenida con gritos descompasados y mucha algazara, diciendo: ¿Tata equice? Padre, ¿ya has venido? á que responde él con el título de Panitoques, esto es: «¿Hijos qué hacéis? ¿Estáis bebiendo ó comiendo? Bebed y comed, que me dáis grande gusto, y tengo de vosotros gran cuidado y providencia; yo he criado la caza y la pesca y cuanto bueno hay para vosotros.»
Con estos tres dioses vienen, para cortejarlos, una tropa de demonios, y en señal de respeto y reverencia están en pie. Los indios creen que estas son las ánimas de sus enemigos, con quien tienen guerras y también otras gentes extrañas. A este tiempo que hablan los dioses, el pueblo se está quieto y en silencio, así para oir sus oráculos, como también porque al principio afectan seriedad, hasta que la chicha (que es su bebida) les calienta la cabeza; después de lo cual se siguen los bailes, las riñas, las heridas y muertes, de que hacen gran fiesta aquella maldita canalla de dioses, y cuando ven que se paran procuran atizarlos, diciendo: «¿Qué es lo que hacéis fieles míos? Mucho silencio es este, ¿por qué no bebéis y bailáis?» Y al punto el sacerdote ó Mapono se reviste de gravedad, y en nombre de los dioses les manda que beban y bailen y llenen de ruído la iglesia para que ninguno se muera de tristeza.
También muestran tener sed estos dioses y para refrigerarla piden á los indios de beber. Para esta honra se levantan en pie el indio é india más ancianos y venerables de todo el pueblo con una taza llena de flores y esmaltes hecha sólo para que beba aquella deidad fingida, le dan con la mano derecha tres veces á beber, y con la siniestra levantan la estera. Saca el demonio una mano muy sucia y con uñas muy largas con que toman la taza y beben todos tres por su orden, bien que su modo de beber es más propio de brutos que de hombres, y mucho menos de lo que se fingen.
Después Urasana toca dentro del Tabernáculo una sinfonía que se oye bien lejos á la cual corresponden con bailes sus devotos. A ninguno es lícito mirar al Santa Sanctorum, sino sólo al Mapono ó sacerdote que es un grande hechicero ú hombre diabólico, y si alguno de los otros hechiceros de menos ciencia y menores proezas en el oficio quiere echar la vista dentro para verlos, le detiene el Mapono amenazándole que pagará al momento su delito con la vida. Sólo el Mapono es el valido y el confidente, y es quien obra cosas extrañísimas. En cada Ranchería hay uno ó dos, y á veces más. Entra éste á recibir audiencia de los dioses y se sienta á la par con ellos. Propóneles sus dudas, oye los oráculos y las profecías y tal vez las oye también el pueblo, porque suelen hablar en voz muy alta.
Cuando el pueblo está en el mayor fervor de sus bailes y grescas, sale de la audiencia el Mapono y declara las respuestas, que las más de las veces son de buenas fortunas, de lluvias, de buenas cosechas, de caza, de pesca y de todo lo que á ellos más les agrada, aunque las más de estas fortunas y dichas les salen vanas y mentirosas, de suerte, que algunos más arrestados, al oir tales promesas, responden con risas: los dioses han bebido bien; mas si estas palabras llegan á oídos del Mapono, sale con furia diabólica del tabernáculo, amenazándoles muertes, tempestades y rayos, con que les hace callar.
Muchas veces usa también el demonio provocarlos contra los confinantes, ordenándoles que asalten sus Rancherías, hagan estragos en la gente y roben y saqueen sus haciendas; con lo cual están siempre en continuas revueltas.
Algunos pocos, aun con ser rudos y bárbaros, advierten los fraudes y engaños diabólicos; pero los más creen nacer esto de la gran providencia y amor que sus dioses les tienen, no obstante que toquen con la experiencia que al mejor tiempo son de ellos abandonados y vencidos y despojados de sus enemigos.
Acabados los oráculos, se hacen las ofrendas de la pesca y de la caza y aquellas diabólicas majestades, en señal de agradecimiento, llevan alguna cosa á la boca.
Después vuelan con el Mapono por el aire, temblando á este tiempo tanto la iglesia, que parece se viene al suelo. Desaparece por mucho tiempo el Mapono, fingiendo que se va con sus dioses al cielo. Vuelve después conducido en brazos de la diosa Quipoci, en cuyo seno descansa y duerme, mientras ella canta; y aunque la oyen no se deja ver de ellos, porque se está retirada dentro del tabernáculo.
Hacen todos mucha fiesta en señal de grande alegría por su venida y la tratan como Madre de Dios, de la manera que nosotros á la Virgen Santísima.
Dánle la bienvenida con mil títulos de afecto y reverencia á que ella corresponde llamándolos hijos y diciéndoles que es su verdadera madre, que los defiende de la indignación de los dioses, que son crueles y sangrientos, molestándoles con enfermedades y desventuras.
Por esto la invocan frecuentemente en sus aflicciones, aprietos y calamidades, y ella viene y les consuela y confabula con los otros dioses cuando viene en su compañía.
Parece este diablo más humano que los otros, mas al fin es de la misma raza y tan cruel como ellos. Cuando está en el tabernáculo canta con mucha melodía mientras bailan las mujeres, siguiendo y repitiendo éstas el canto de la diosa, cuyo contenido es sus guerras y victorias.
Síguese después la ceremonia del brindis y de las ofrendas, y luego vuela por los aires con grande aplauso y fiesta del pueblo. Pero esta diosa no se lleva consigo al Mapono como lo hacen los otros dioses; antes bien, no siempre que el Mapono baja del cielo, viene en brazos de la diosa. Son muchos sus viajes y sus funciones. Baja tal vez en medio de la iglesia en la mayor bulla del pueblo, que se asombra y desordena por el ruido y estrépito que hace, cortejándole y trayéndole en sus manos una gran tropa de demonios, los cuales no pocas veces se suelen burlar de él á costa suya, porque de lo más alto del templo le dejan caer á plomo en tierra muy maltratado y á pique de morir, como no ha mucho tiempo que sucedió en la tierra de los Mopoosicas.
La postura del cuerpo para volar, es en forma de alas y en pie derecho cuando vuela hacia arriba; y cabeza abajo cuando baja á la tierra.
Fuera de estos dioses, adoran otra casta de deidades, á quien llaman Isituús, que quiere decir señores del agua. Su ejercicio es andar por los ríos y lagunas, llenándolos de pescados para el mantenimiento de sus devotos.
A estos Isituús invoca la gente en las pescas, incensándolos con humo de tabaco, de que usan para aturdir los peces, y si logran buena pesca, agradecidos al beneficio van al templo y les ofrecen alguna porción de pescado con los mismos ritos que á los otros dioses.
Tales deidades y tal religión tienen sacerdotes semejantes. Al principal llaman Mapono, y es el maestro, con quien el pueblo consulta las cosas de su conciencia y á quien manifiestan sus necesidades, de las cuales hace relación en el Consejo de los dioses y les solicita el remedio.
No habla solamente en la iglesia con los demonios, sino que ellos se dignan también de visitarle en su casa y tratarlo con toda afabilidad y cortesía.
En estas visitas lo pagan las mujeres del Mapono, que se ven obligadas á huir por el espanto y terror de aquellas horribles y monstruosas visiones.
Por esto, no sólo es respetado, sino también temido de todos, pudiendo á su antojo causar daño y matar á quien quiere, y para hacer mayor ostentación de su poder, tiene la casa llena de víboras y serpientes, y cuando vuelve á casa de sus funciones eclesiásticas, viene acariciando en sus brazos semejantes animales.
La forma de consagrarle y las ceremonias de que usan para esta función son extrañas y conformes al que ha de servir á tales deidades.
Es el Mapono la persona más venerada del pueblo, y de la misma manera que al cacique, se le dan á él los diezmos de la caza y de las cosechas. Vive en una casa bien labrada, cuanto cabe en la industria de aquellos bárbaros, y á veces, por gozar con más frecuencia de las visitas del cielo, se retira solitario al yermo.
Los que quieren entrar en este oficio, antes de tener barba, empiezan á aprender las ceremonias y á acostumbrarse á tratar con los dioses. Para esto suele el Mapono más venerable coger en brazos al aprendiz, ponerle á mirar á la luna cuando está llena, estirarle los dedos mandándole que se deje crecer las uñas, llevarle por los aires y ponerle en el seno de la diosa Quipoci; vuelve el miserable de aquellos éxtasis afligido y desmayado, de suerte que apenas, después de muchos días, recobra sus fuerzas.
Fuera de esto, observan rigurosísimos ayunos y abstinencia perpetua de ciertos animales y frutas, singularmente de la granadilla, que vulgarmente llamamos Flor de la Pasión, por estar retratados en ella los instrumentos de nuestra Redención. Ni se contentan los demonios de ser reverenciados de sus sacerdotes con ayunos y penitencias; antes bien, mandan hacer rigurosos ayunos á todo el pueblo. Uno, entre los otros, es semejante á los nuestros y es el que se guarda en la dedicación del templo, en que por espacio de cinco días no se puede comer carne; y vestida de luto la Ranchería se prohiben las músicas, banquetes y bailes. Guárdase estrecho silencio y no se gasta el tiempo en otra cosa que en tejer esteras para el adorno del Tabernáculo. El último día se pone en la iglesia mesa franca, abastecida de lo mejor del país.
Para dar principio á la fiesta, la vieja más devota y al parecer más santa, saludando al cacique con reverente inclinación, baja la cabeza, que hiere el cacique ligeramente tres veces con una piedra curiosamente labrada; después da vueltas de rodillas á todo el templo con grandes suspiros y devoción; luego el Mapono bendice todas las partes del templo para santificarle, y con otras ceremonias, que sería largo contar, consagra aquel lugar; y por último, se fenece la fiesta con una gran comida y celebrando un solemne festín de músicas y bailes.
Acerca del último fin y eterna bienaventuranza, tienen estos ciegos idólatras muchos errores. Creen la inmortalidad de las almas, á quien llaman Oquipau, y que han de vivir y gozarse eternamente en el cielo, á donde las llevan sus sacerdotes.
Cuando alguno muere le celebran sus exequias, más ó menos, según su esfera. Después la madre y mujer del difunto van al templo con su ofrenda, poniéndose cerca del Tabernáculo. Vienen luego los diablos, y fingiéndose ser el uno el alma del difunto, consuela á la mujer con palabras tiernas y afectuosas, dándole esperanzas de que en breve se volverán á ver en el Paraíso; luego el Mapono rocía el alma con agua para limpiarla de las manchas de los pecados, como usamos nosotros con el agua bendita; y con eso se despide el alma de su madre y mujer. Al punto el Mapono se la echa á cuestas y vuela en alto, quedando la mujer llorando su desventura hasta que tiene noticia de su marido. Vuelve el Mapono, después de largo rato, con alegres nuevas, diciéndola que enjugue las lágrimas, deje de llorar y deponga el luto, porque su marido queda gozando de la vida beatífica de los dioses y la espera para que la haga compañía eternamente en el cielo.
Es cosa digna de saberse la jornada que hace el Mapono con el alma y lo que ésta padece hasta llegar al Paraíso.
El país por donde pasa es todo selvas, montañas y valles, por donde corren muchos ríos caudalosos, y por los remansos de lagunas y grandes pantanos, para cuyo pasaje se gastan muchos días, con gran dificultad se llega á una encrucijada de muchos caminos, junto á la cual corre un gran río, sobre que hay un puente de madera, en el cual asiste de día y de noche un dios llamado Tatusiso, cuyo oficio es pasar por aquel puente las almas y ponerlas los Maponos en el camino del cielo.
El traje y porte de este Dios es puntualmente aquel en que la fantasía loca de los poetas representa á su Caronte, pálido el semblante, la frente horrorosa, sin cabellos la cabeza, cubierto de llagas é inmundicias el cuerpo, y por vestido un trapo con que cubrirse honestamente.
Este dios jamás baja á la iglesia á oir las súplicas de sus devotos, porque su oficio nunca le da treguas, pues á todas horas tiene viandantes que pasar.
Sucede muchas veces que mientras pasa el Mapono con el alma, especialmente si es de algún muchacho, la pide Tatusiso que se pare para limpiarle de las inmundicias, y si aquél lo rehusa, lo sufre unas veces; pero no pocas, encendido en cólera, coge al alma y la arroja para que se anegue en el río. De aquí dicen que se originan mil desgracias en el mundo, y para que estos desatinos sean creidos de la gente, se vale el demonio de algunos sucesos naturales para que se confirmen aquellos miserables en su creencia.
Poco ha que sucedió en la tierra de los Jurucarés, que deshaciéndose el cielo en copiosísimas lluvias se perdían los sembrados. Afligida y desconsolada la gente, suplicó al Mapono preguntase á sus dioses la causa de este infortunio. A que respondieron que ya lo sabían, y era, que llevando al cielo el alma de un niño, cuyo padre vivía allí, trató con poca reverencia á Tatusiso, y no se quiso dejar limpiar, por lo cual, enfurecido aquel dios, la echó en el río. Oyendo esto su padre, hubo de salir fuera de sí de puro dolor, y se afligía tanto, que causaba compasión, porque le amaba como á su misma vida, y ya que no había podido gozarle en este mundo, se consolaba á lo menos juzgándole ya feliz y bienaventurado en el cielo. Alentóle el Mapono dándole buenas esperanzas si le aprestaba una barquilla en que ir á sacarle de lo profundo del río.
Aprestó luego el padre una canoa, y el Mapono, cargándosela en sus espaldas, voló por los aires y desapareció, poco después se serenó el cielo, con lo cual volvió el Mapono con alegres nuevas, pero la canoa jamás pareció.
El Paraíso donde descansan las almas es bien pobre de contentos y placeres. Fingen que hay en él ciertos árboles muy gruesos que destilan un género de goma con que se mantienen las almas, y que hay monos que en el aspecto parecen etiopes; que hay también miel y algún poco de pescado; da vueltas por todo aquel lugar una grande águila de quien fingen muchas fábulas ridículas, dignas de compasivo llanto por la ceguedad de esta gente.
Tantos son los dioses cuantas son las mansiones en su Paraíso; pero la de la diosa Quipoci hace muchas ventajas á las demás en comodidades y riquezas. Los Isituucas, ó dioses del agua, tienen abastecido el cielo de pescados, plátanos y papagayos, y aquí gozan de su eterna bienaventuraza los que mueren ahogados en los ríos, á los cuales por esto llaman Asinerás; á los que mueren en los bosques y selvas Iriticús, y á los que mueren en su casa Posibacas; poniendo el mérito, no ya en las obras, sino en la diversidad de lugares en donde los coge la muerte.
Basta haber insinuado esto de la bárbara idolatría de los Manacicas para que se pueda hacer algún concepto de los trabajos y fatigas que padeció el venerable P. Lucas en ganarlos para Cristo.
FIN DEL TOMO PRIMERO
Acabóse de imprimir el tomo XII de la
Colección de libros que tratan
de América, en Madrid, en
la imprenta de Tomás
Minuesa, calle de
Juanelo, núm. 19,
á 8 de Abril
de 1895.
INDIOS CHIQUITOS
DEL