EL BIZCOCHO DE LAS MONJAS

En la grata confección
de bizcochos excelentes
son asombro de las gentes
las monjitas de Chinchón.

Y así como sé que hay varios
sujetos cuyos favores
pagan ellas con labores,
cajitas y escapularios,

á mí, en pago de un escrito
que hubieron de encomendarme,
resolvieron obsequiarme
con un bizcocho manguito.

Dicen que sor Victorina
lo hizo con fe: no lo sé;
ello es que puso más fe
que azúcar, huevo y harina.

¡Qué bizcocho! Desde allá
me lo mandaron á mí,
y dije en cuanto lo ví:
«¡Demontre, qué duro está!»

Sin duda llevaba mucho,
mucho tiempo de estar hecho,
así es que me fuí derecho
en busca de un buen serrucho

para poderlo partir;
mas no lo pude lograr.
¡Yo, qué modo de apretar!
¡El, qué modo de crujir!

Con un cuchillo sencillo
quise después darle un tajo,
y tras de mucho trabajo
lo que partí fué el cuchillo.

Luego, para que cediera,
le di un martillazo bueno;
¡y el bizcocho tan sereno,
sin ofenderse siquiera!

Después, llorándole yo,
de cosas tristes le hablé;
pero todo inútil fué,
porque no se enterneció.

El trance era pistonudo
y pedí auxilio á Barroso,
que es heredero forzoso
y debe de ser forzudo,

y cual si partiese leña,
le hirió con el hacha impía;
¡pero el bizcocho seguía
tan duro como una peña!

Desesperado, tiré
cuatro tiros al bizcocho,
y otros cuatro: total, ocho;
¡pues nada, ni le asusté!

Por fin, á la superiora
de las madres de Chinchón
la hice saber el tesón
de su bizcocho, y ahora

me responde que no acierta
la causa, pues para mí
lo habían sacado allí
del estanque de la huerta,

donde con gran interés
un sacristán que era cojo
lo tuvo puesto en remojo
desde el año veintitrés.

Así que venció á los bronces
y triunfó del pedernal,
tiré el bizcocho al corral,
y he vivido desde entonces

sin saber el paradero
que Dios le ha dado, hasta ayer,
que pasé por el taller
de Benito el cerrajero.

¿Sabéis lo que á la sazón
era el yunque de Benito?
Pues el bizcocho manguito
de las monjas de Chinchón.