I.
Mucho se ha cavilado y discutido siempre sobre la antigua civilización de los escitas, y aun sobre la casta de hombres que los escitas eran. Unos escritores se los imaginaban como un pueblo japético, y otros veían en ellos á los progenitores de los tártaros del día. Con los progresos etnográficos no cabe ya duda en que todo lo que hoy se llama Tartaria y Siberia, estuvo en las edades más remotas habitado por razas tártaras y mongolas; pero también hubo allí tribus blancas, tal vez de pelo rubio y ojos azules, de donde proceden los pueblos más nobles é ilustres de Europa, ó que han venido á establecerse en Europa en sucesivas emigraciones.
Estos escitas blancos descendían de los primitivos arios, como los celtas, los griegos y los latinos, los cuales se habían separado del tronco común en épocas más ó menos lejanas. Los Imperios fundados en toda la zona central del Asia, los chinos, los persas, los asirios, los lidios y los medos, ofrecían desde muy antiguo una barrera difícil de romper á las invasiones de aquellos pueblos del Norte. Cuando éstos pudieron romper la barrera, penetraron en el Asia Central y bajaron por el Sur hasta la India; pero, cuando la barrera les presentaba un obstáculo invencible, y ellos, por exceso de población, ó bien huyendo de los fríos boreales, se proponían abandonar el terreno de la Escitia, tuvieron que caminar hacia el Occidente, y vinieron á establecerse en Europa. Así nos explicamos la historia primera del gran continente del Asia, del cual forma Europa como una pequeña prolongación occidental.
Hasta los tiempos de Ciro el Grande, los Imperios de Persia ó de Media, esto es, el antiguo Irán, no fueron bastante poderosos para contener las invasiones de los escitas blancos, los cuales entraron por la Persia y se extendieron hasta la India. Ciro, al reconstituir sobre más sólidas y anchas bases el Imperio del Irán, hizo casi inexpugnable, ó al menos difícil de romper la barrera que atajaba el paso de los escitas hacia el Sur del Asia, y esto los contuvo en el Norte ó los fué impulsando pausadamente hacia el ocaso.
Es indudable para mí que la mayor parte de las invasiones han sido motivadas por una violenta é imperiosa necesidad. Los pueblos, por nómadas que sean, siempre tienen algún amor á la patria, algún apego al suelo que los vió nacer, y no le abandonan sino por causas poderosas. Quizás el mayor movimiento invasor de los pueblos de Asia en Europa, movimiento que determina una de las crisis más transcendentales en la historia, y que marca una era en la vida de la humanidad, ladeando el curso de la civilización y abriéndole nuevo cauce, tuvo su primer origen en China.
Sabido es que los chinos han cumplido mucho antes que nosotros todo el progreso de su cultura, y han venido á pararse y á inmovilizarse luego. Ya un escritor americano del día, el Sr. Draper, augura para la Europa suerte ó destino semejante. Según él, llegará un día, no muy lejano, en que, recorrida toda la extensión de nuestra cultura posible, hasta tocar el límite de lo ideal que cabía en nuestros cerebros, ó que era capaz de concebir nuestra mente, nos quedaremos inmóviles, con el ideal realizado, ó sin ideal, que es lo mismo. Entonces seremos como los chinos, un pueblo ó una confederación de pueblos, muy bien ordenados, pero sin brío y sin iniciativa. Resueltos todos los problemas de la vida, acabadas ó satisfechas todas las esperanzas, nada quedará que nos impulse. Mucho dudo yo de que pueda llegar jamás esta situación. El audaz linaje de Japet, esta gente europea está dotada de una fuerza de aspiración interminable, y de una virtud creadora en la fantasía superior y posterior á toda ciencia y á todo arte y á toda mejora. Siempre, creo, habrá en nosotros ímpetu para salvar con la imaginación todos los espacios explorados y todos los caminos trillados, y para ir á plantar, mucho más allá, la columna de fuego de un nuevo ideal que nos sirva de guía y nos excite á caminar sin reposo en un progreso infinito, ó si se quiere indefinido. Aun en los mismos chinos, así como en otros pueblos del Asia, ¿quién sabe si será reposo ó sueño lo que se nos antoja paralización eterna? ¿Quién sabe, si á la voz de un profeta, de un vate, de un avatar, de un dios nuevo, no despertarán esos pueblos? Entonces sí que podría cambiar por completo el eje de la civilización del mundo y turbarse todo el equilibrio de las sociedades y de las naciones. La agitación, las mudanzas radicales que esto pudiera traer sí que serían extraordinarias. La guerra actual entre Francia y Alemania, con todas sus consecuencias posibles, y hasta una guerra general en Europa, no serían nada en comparación de lo que ocurriría si los chinos ó los indios, en número de cuatrocientos ó quinientos millones de hombres, se sintiesen de pronto inflamados por un nuevo ideal, y con espíritu guerrero cayesen sobre nosotros. Nuestros cañones, ametralladoras y fusiles de aguja de nada nos servirían. Ellos los tendrían pronto tan buenos ó mejores que los nuestros.
Sea de esto lo que sea, parece cierto que, allá en el siglo III ó IV, después de Cristo, hubo en China una espantosa é inmensa revolución, motivada por el desarrollo del bienestar material de la población y de la riqueza. Lo que llamamos socialismo se manifestó de un modo horrible. Los más bravos, viciosos y audaces entre las clases menesterosas de aquella ingente población, se sublevaron contra los ricos y los dichosos del mundo. Siguióse una tremenda guerra civil y social. Diéronse batallas titánicas en que los hombres murieron á millares y la sangre corrió á torrentes. La sociedad, el orden establecido, la propiedad, triunfó al cabo, y los rebeldes más feroces, acosados por los ejércitos del Imperio y por los hombres de las clases acomodadas, que habían tomado las armas en vista del gran peligro, huyeron hacia el Norte y traspasaron la frontera del Imperio, penetrando en la Siberia ó Tartaria. Esas gentes levantiscas, siendo de la ralea más baja, llevaron consigo al emigrar muy poco de la riqueza acumulada, del capital social que se llama ciencia. Por esto mismo les fué más fácil unirse con tribus tártaras errantes, y de la mezcla provino en breve un pueblo rudo y guerrero. Movido este pueblo en busca de terrenos más fértiles y de clima más suave, y no pudiendo ó no atreviéndose á ir hacia el Sur por el valladar que entonces les oponía el Imperio de los Sasanidas, siguió hacia Occidente y fué impulsando por delante de sí á todas las tribus y naciones arianas de la Escitia, las cuales se hallaban escalonadas en la parte boreal del Asia y aun se extendían por mucha parte de Europa, sobre todo, en las regiones de Oriente.
Explicado así, como parece que satisfactoriamente se explica, el movimiento inicial de la más conocida invasión de los bárbaros y de la caída de Roma, es claro que los pueblos de la Europa moderna tenemos muchísimo que agradecer á los persas, y á Ciro sobre todo; porque si los escitas blancos no hubieran sido contenidos por el valladar que Ciro afirmó é hizo casi inexpugnable, los pueblos de raza tártara hubieran caído sobre Europa sin que los escitas blancos se interpusiesen. Así, en vez de ser casi todos los pueblos de nuestro continente de raza ariana, en lugar de haber venido á mezclarse con los habitadores del orbe latino otros pueblos, arios también, y que habían conservado en el Norte su prístina pureza y estaban más cerca del tronco común, hubieran venido á conquistarnos y á manchar y alterar la limpieza de nuestra sangre los humnos, abominablemente feos y mucho menos inteligentes y civilizables.
Sostienen los fisiólogos, que los pueblos tártaros y mongoles tienen el cráneo más duro y menos flexible que los arios, y que dicho cráneo no cede ni se dilata como los nuestros para dar lugar al desenvolvimiento del seso ó meollo; por donde se ha de presumir que, si tenemos tanto meollo los europeos y si nuestra civilización se ha elevado á tanta altura, se lo debemos á Ciro, gran Rey de Persia, que tuvo á raya á los escitas blancos. Si éstos hubieran invadido la Persia y la India y otras comarcas ó regiones del Asia, quizás la gran civilización estaría ahora por allí. Es innegable, además, que los pueblos neo-latinos, á pesar de nuestra nobilísima estirpe, nos hubiéramos tenido que cruzar con los tártaros, chatos, de ojos oblícuos, de gruesos labios y pómulos salientes, y de este desigual y plebeyo cruzamiento hubieran salido unos mestizos feos de veras, y no las naciones ilustres, hermosas y sabias que encierra en sí la Europa.
Pero dejando esto aparte, pues no es mi ánimo hablar de tiempos tan recientes como los de la caída del imperio romano y fundación de las nacionalidades europeas, tales como son hoy, diré que desde época remotísima, ó bien por efecto de un período glacial de que hablan muchos geólogos, ó bien por otro cataclismo, los arios, que debían vivir en un país bastante al Norte, quizás mucho más al Norte que el lugar que por lo común se les da por cuna, á la falda del Paropamiso, tuvieron que separarse y emigrar. Se dice que los hielos del Polo Norte se derritieron, quizás por efecto de haber tomado la tierra la inclinación que hoy tiene, abriéndose el ángulo que forman los ejes del Ecuador y de la Eclíptica, que antes se confundían y eran un solo eje. Con tan espantosa dislocación, hubo de haber por fuerza un sacudimiento atroz en la corteza sólida de nuestro globo, que haría reventar no pocos volcanes; un diluvio punto menos que universal, y, por último, unos fríos tremebundos.
Por este motivo, y en Era muy distante de nosotros, esto es, 24.000 años antes de la Era Cristiana, según Rodier y otros audaces cronologistas, fué la primera dispersión de los arios. Nosotros, en la introducción á estas leyendas, hemos mostrado ya un escepticismo prudente acerca de este punto. No negamos ni afirmamos nada: hacemos una distinción. Á los geólogos prehistóricos no les negamos sus descubrimientos. Queremos conceder que sus armas y utensilios de piedra, sus fósiles y sus poblaciones lacustres, puedan tener acaso mayor antigüedad que los indicados 24.000 años; pero, históricamente, poco ó nada se sabe ni puede afirmarse sobre los primeros 21.000. No es negar que hubiese historia tres mil años antes de Cristo: es afirmar que esta historia se ha perdido en muchos países, y que en otros se halla tan desfigurada por las fábulas, que es imposible distinguir el cielo de la tierra, los reyes de los dioses, los vanos ensueños poéticos de la fantasía de la maciza y tangible realidad de las cosas. Sin duda, muchos grandes diluvios sucesivos, aunque parciales, bastante grandes para destruir casi por completo naciones y razas enteras, destruyeron también los anales, si ya los había, ó borraron ó confundieron en la memoria de los hombres los hechos de sus antepasados.
Si no estoy trascordado, el primero que explicó el diluvio universal, dándole por causa la fusión de los hielos del Polo Norte, fué Bernardino Saint-Pierre, el cual escribía preciosas novelas de ciencias naturales, harto más bonitas que las de Julio Verne en el día. Posteriormente se ha inventado la periodicidad de los grandes diluvios, y el Polo Sur alterna con el Polo Norte en el oficio de causarlos. Ya hemos dicho que 24.000 años antes de Cristo fué el Polo Norte quien causó un diluvio. En el reinado de un rey indio, llamado Satyaurata, parece que hubo otro diluvio causado por los hielos del Polo Sur. Este diluvio, dicen algunos sabios, que fué el que anegó á casi todos los hijos de Sem, menos á los que se refugiaron en los montes de Armenia; en suma, fué el diluvio de Noé, referido en la Biblia. Todavía, por último, unos 2.400 ó 2.300 años antes de Cristo, como quien dice ayer de mañana, para quien da tan estupenda antigüedad á nuestra especie, se imagina otro gran diluvio que acabó con casi todos los griegos, y que también se recuerda en China, bajo el nombre de diluvio de Yao. Al Polo Norte le tocó hacer el papel de promovedor de este diluvio, el cual hundió la Atlántida y sepultó bajo las arenas y piedras que trajeron consigo las aguas impetuosas los utensilios, armas y habitaciones, y los cuerpos mismos de los primitivos pobladores de Europa, de los hombres de la Edad de Piedra, que hoy los sabios están sacando á relucir.
De todo esto se deduce, á mi ver, que poco ó nada se sabe de los principios de nuestra especie, y que apenas hay ciencia más obscura y contradictoria que la cronología de las primeras edades del mundo. En cuanto á los diluvios fuerza es creer que ha habido uno universal, ya que así lo afirman nuestras Sagradas Escrituras; pero podemos poner en duda esos enormes diluvios parciales causados por los hielos del uno ó del otro polo en ciertos períodos.
Tal vez basten las fuerzas permanentes de las aguas y de los volcanes, en la larga serie de siglos, según la teoría de Lyell, para cortar istmos y abrir estrechos, allanar valles y aupar montañas, cambiar la posición de los continentes y de las islas, y transformar la tierra en mar y la mar en tierra.
La idea de Adhemar, que fué el inventor de los diluvios periódicos, parece una renovación de la Kalpa ó del día y la noche de Brahma, que duraba 432 millones de años, ó del año grande de los egipcios y de Orfeo; sólo que en vez de durar este período por lo menos 120.000 años, dura 21.000, según Adhemar. Este año grande, de los dichos 21.000 años, tuvo su verano máximo para nuestro hemisferio boreal, en 1248, reinando San Fernando en Castilla. Desde entonces los veranos de todos los años van menguando y van creciendo los inviernos, hasta que llegue el año de 6498 de Cristo, en el cual los veranos y los inviernos serán exactamente iguales en ambos hemisferios. Á lo que parece, en los momentos de esta igualdad está el grave peligro. Los hielos que se han ido amontonando en el Polo Sur, durante el largo invierno de 10.500 años, que por allá hay, se derretirán, buscando el equilibrio, y habrá un nuevo diluvio que tal vez destruya casi todo el humano linaje. En suma, y sin entrar en reconditeces astronómicas, cada 10.500 años hay ó debe haber un diluvio, que se va preparando lentamente con la aglomeración de los hielos, ya en un Polo, ya en otro, á causa del mayor frío que hace alternativamente, ora en el hemisferio austral, ora en el boreal. Como el nuevo diluvio está anunciado para el año de 6498, es claro, como la luz del día, según Adhemar, que el diluvio próximo pasado ocurrió en el año de 4002 antes del nacimiento de Cristo. Se conoce que Adhemar no ha querido disgustar al Padre Petavio, y su último diluvio coincide, sobre 100 años más ó menos, con el de Noé.
Dirán algunos lectores que estos apuntes cronológicos son un extraño principio de novela; pero yo les pido perdón y me disculpo asegurando que no es dable empezar de otro modo. La novela es un poema prosaico; una epopeya sin poesía ó con poca poesía; y aunque en la novela entre por mucho la invención, ó si se quiere la inspiración, conviene que esta invención ó esta inspiración tenga algún fundamento, y no se quede en el aire. Pongamos por caso el rapto de Sita por el tremendo rey de los raksasas, Ravana; la alianza de Rama con los valerosos é ilustres monos, y con Sugriva, su poderoso monarca, los cuales tan enérgicamente le auxiliaron; su expedición á Ceilán, y el sitio y conquista de Lanka, capital de aquella isla, con todos los portentos que allí ocurrieron. Estos acontecimientos, en lo antiguo, podían referirse de un modo épico, sin indicar la fecha, ni siquiera próximamente. Hoy día es preciso marcar una fecha, créanla ó no la crean los lectores. Si yo tuviera que contar los hechos de Rama, tendría que apelar á los críticos y cronologistas para fijar el tiempo en que sucedieron, y he de confesar que me vería apuradísimo. Unos me dirían que 5.500 años antes de Cristo; otros que mucho después. Lo mismo ocurriría con casi todos los sucesos de la India antigua. La vida de Krishna, por ejemplo, algunos la ponen más de 3.000 años antes de Cristo; otros, como Bentley, hacen á Krishna tan moderno, que ponen su nacimiento con exactitud maravillosa (en virtud del horoscopio ó aspecto del cielo, cuando nació el Dios), el día 7 de Agosto del año 600 de nuestra Era. Quien supone que la leyenda de Krishna ha servido de modelo á la historia de nuestro Divino Redentor; quien no ve en la leyenda de Krishna sino una invención de los brahmanes, un remedo de la vida de Jesucristo, interpolado en los antiguos libros y poemas de la India, con el propósito de hacer ineficaces todas las predicaciones de nuestros misioneros.
Por lo expuesto se notará que sobre la dificultad inherente á la cronología de los tiempos antiguos, está la mayor dificultad que ha creado la pasión religiosa. Los amigos del Cristianismo, para conciliarlo todo con la corta edad que la Biblia concede al mundo, propenden á negar antigüedad á todo; y los enemigos del Cristianismo, con menos crítica á veces, dan á ciertos sucesos y á ciertas civilizaciones, una antigüedad portentosa. En la opinión de cada sabio entra, además, por mucho, en no pocos casos, una ciega y decidida predilección por un pueblo y por una cultura, objeto de sus estudios favoritos. Tal sabio, como Beauregard, hace que todo proceda de Egipto: leyes, religiones, artes y ciencias; tal otro, como Jacolliot, que todo nazca de la India. De aquí también proceden en parte las divergencias en punto á cronología.
En fin, á pesar de estas divergencias, yo tengo que fijar algo, antes de empezar esta primera leyenda. Si carezco de la ventaja de ser sabio, el no serlo lleva también una ventaja. Como no he hecho estudios favoritos de nada, nada es objeto de mi particular afición. Lo mismo me interesan los chinos que los egipcios; no quiero más á los indios que á los persas. No adulteraré yo la verdad ni trocaré las fechas por amor á ninguna tribu, nación ó raza, ni por afecto á ningún gran legislador, profeta, semidiós ó dios antediluviano.
Empecemos, pues, por creer en el diluvio universal y no parcial, único y no periódico, y ocurrido en el mismo año en que, de acuerdo con el Padre Petavio, le coloca nuestra Guía de Forasteros. Una vez sentado y admitido esto, pongamos aparte á los chinos, que tendrán que intervenir muy poco en nuestras leyendas. Los demás pueblos, estirando algo la cronología bíblica, y condensando algo sus revoluciones, adelantamientos y desarrollos de cultura, caben todos dentro de los 4.000 años que van desde el Diluvio hasta nuestra Era. Tal vez los egipcios, con sus innumerables dinastías, se resistan á entrar en tan breve espacio de tiempo; pero haremos oídos sordos contra sus clamores y protestas, y prescindiremos de los períodos de Phta y de Phré, y de los reinados de Osíris y de Horus, evidentemente mitológicos. Supongamos á Menes primer rey de Egipto, y aunque le supongamos lo más cerca que se pueda del Diluvio universal, siempre habremos de imaginar que muchas de las quince ó dieciséis dinastías, que se cuentan desde entonces hasta el momento en que va á empezar nuestra primera leyenda, fueron simultáneas. Cuando nuestra historia empieza, el Egipto estaba mucho tiempo hacía bajo la dominación de los árabes ó hycsos. Uno de sus reyes, llamado Apofis, es quien había tenido aquellos sueños que interpretó el casto José, y quien le nombró luego su primer Ministro.
Un sucesor de Apofis, por nombre Janías, reinaba en Egipto en el momento en que va á empezar nuestro relato. La capital de su reino era Sais. Los reyes indígenas, después de haber ido palmo á palmo haciendo la reconquista, habían logrado dar á su reino una gran extensión, y tenían por capital de él la magnífica ciudad de Tebas, Of ó Dióspolis magna, que por todos estos nombres es conocida. El rey ó Faraón, que por entonces reinaba en Tebas, se llamaba Temuz; grande y terrible personaje, algo parecido á un D. Jaime el Conquistador entre los egipcios.
En la India había decaído el inmenso poder de los reyes de Ayodia. Los sucesores de Isvakú y de Rama el divino, dominador de los raksasas, protector de los monos multiformes y sabios y destructor de Lanka, capital de Ceilán, habían venido muy á menos. Entre tanto, la Casa Real de los Chandras ó hijos de la Luna se había elevado mucho, y el soberano reinante de esta dinastía había tomado el título de Maharadjad ó Gran Rey. La terrible guerra de Mahabarat no había estallado aún.
Sobre Asiria y Caldea se nos ofrecen algunas dificultades que importa allanar para la mejor inteligencia de esta notable leyenda y de las sucesivas. Sabido es que Botta, Layard, ambos Rawlinson, Oppert y otros doctos arqueólogos, han excavado en las ruinas de Nínive, de Nimrod, de Persépolis, de Corsabad y de otras antiguas ciudades; han desenterrado prodigiosos monumentos; los han descrito; los han explicado, y hasta han leído no pocas inscripciones cuneiformes, poniendo en claro su sentido. Confrontando después estos datos con los suministrados por la Biblia, Herodoto, Ctesias y Beroso han rehecho y esclarecido en extremo la historia de los caldeos, asirios y babilonios. Merced á tan raros trabajos, la historia, las leyes, los usos y costumbres, la cronología, la vida, en suma, de los grandes imperios semíticos de las orillas del Tígris y del Eufrates, son tan bien ó mejor conocidos que los de algunos pueblos de la Edad Media en Europa, sobre todo desde la famosa Era llamada de Nabonasar, año de 747 antes de Cristo, unos seis ó siete años después de la fundación de Roma. Lo que es ya desde el reinado de Senaquerib, en 686, la cronología no puede ser más exacta. Los mismos objetos de entonces, descubiertos por infatigables anticuarios, nos alucinan hasta el punto de imaginar que tocamos con la mano y vemos con nuestros ojos mortales la civilización de aquel siglo. Aquí, en Madrid, en nuestros bailes y fiestas, hemos contemplado al cuello de una ilustre dama, entre otros cilindros ninivitas y babilónicos, el sello real de Asar-Addon, conquistador de Babilonia, hijo de Senaquerib y padre de Nabucodonosor I.
Las dificultades y dudas en la historia de Caldea y de Asiria ocurren mucho antes. Sin embargo, todos los sabios convienen ya, gracias á Dios, en lo más esencial. De esperar es asimismo que no pocas dudas y divergencias que quedan lleguen con el tiempo á resolverse. Rawlinson dice que, de vez en cuando, es menester rehacer ó componer de nuevo la historia de los antiguos imperios del Asia. Recientes descubrimientos la modifican y aclaran cada vez más. Debe, pues, conjeturarse que, no bien se escriban, con el andar de los tiempos y el progreso de la ciencia, tres ó cuatro historias tan magistrales como la suya, vendremos á saber á punto fijo lo que ocurría á orillas del Eufrates veinticinco ó treinta siglos antes de Cristo, como se sabe ya lo que ocurría seis ó siete siglos antes. En el ínterin, el historiador, grave y concienzudo, tiene que limitarse á rastrear por indicios, en medio de mil vacilaciones, ciertos sucesos capitalísimos, dejando entre ellos inmensas obscuridades ó lagunas por iluminar ó por llenar. El poeta ó el novelista, que es un poeta en prosa, es el único que por hoy puede llenarlas, gracias á una inspiración semi-divina en que deben creer sus lectores. Algo, con todo, puede ya fijarse como fundamento, casi con prueba plena.
Los autores están concordes en suponer ó sospechar un Imperio de Asiria anterior á Nemrod.
Nemrod vino por mar; pertenecía á la raza cusita ó etiópica; venció á los asirios, y fundó un nuevo Imperio en el Sur de la Mesopotamia, cuya capital fué Ur, á orillas del Eufrates.
Asur se retiró al Norte con los asirios que no se sometieron al yugo de los cusitas ó caldeos.
El Imperio de Nemrod, ó la antigua Caldea, se llamó también el Imperio de las Cuatro Razas. Aquel fuerte cazador delante del Señor tuvo por súbditos á cusitas, arios, semitas y turaníes, esto es, á gentes de las razas amarilla, blanca y negra. El pueblo dominante fué el cusita ó etiópico.
De la dinastía de Nemrod se citan con certeza otros dos nombres de reyes, á saber: Urukh é Ilki, de cuyos colosales alcázares y torres aún se descubren vestigios.
Á lo que parece, el Imperio de Nemrod, hacia el año de 2.400 antes de Cristo, se desmembró y fraccionó en varios reinos, hasta que un siglo después un rey llamado Kudur-Lagomer ó Codorlahomor, y yo tengo para mí que era de raza ariana, hizo tributarios á otros muchos reyes y restableció el Imperio, por breve tiempo.
Nadie ignora que este Codorlahomor fué contemporáneo de Abraham. Los semitas iban ya recobrando su antigua preponderancia sobre las demás razas. En Arabia, venciendo previamente á los cusitas, que allí predominaron, habían fundado un reino muy fuerte y guerrero, cuyo centro era el Yemen y el Hadramaut. Contaban aquellos reyes árabes por antecesores á Jectan, Sabá y Homeir, por lo cual las tribus que les estaban sujetas se solían apellidar los jectanidas ó los homeiritas.
Por último, en el tiempo en que empieza nuestra primera leyenda, reinaba en Arabia un descendiente de Homeir, llamado Aret-el-Rech, á quien algunos historiadores clásicos llaman Areo. Aliado este Areo con Nino, tercero ó cuarto sucesor de Asur, venció á los cusitas; y así vino á fundarse la gran Monarquía asiría de Nino. Con el auxilio de Aret-el-Rech, Nino se enseñoreó de todo el Asia central.
Llega ahora el punto más dificultoso y de mayores dudas: la primitiva historia del Irán. El mismo Rawlinson no se atreve á retroceder con paso seguro en esta historia sino hasta 600 ó 700 años antes de Cristo para los medos, y para los persas hasta el reinado de Ciro ó poco antes; esto es, que empieza casi donde nosotros vamos á concluir las leyendas. Mas no es esto decir que nos hayamos engolfado en las edades plenamente fabulosas. Historiadores, aunque sabios y prudentes, menos tímidos que Rawlinson, hallan verdad histórica en los sucesos del Irán bastantes siglos antes de Ciro, y algunos reconstruyen una historia del Irán que empieza antes de la separación de los Indios y de los iranienses, cuando ambos pueblos formaban uno solo; los arios, que entonaban juntos los himnos religiosos del Rig-Veda en la primitiva región de Ariana-Vaega. Todos los hechos de esta larga historia iraniense, anterior á Ciro, están sacados de antiguas tradiciones conservadas por los güebros ya en libros sagrados, ya oralmente, y recogidas muchas por los poetas épicos del tiempo de los Soberanos musulmanes de Gasna. Entre todos estos poetas épicos, descuella Firdusi, el Paradisaico. Su obra se titula el Shah-Nameh ó Libro de los Reyes. Á imitación y como continuación del Shah-Nameh, se escribieron después otras epopeyas, otros Namehs ó Libros, que hacen del ciclo épico del Irán uno de los más ricos y fecundos. Hay el Gerschap-Nameh, el Barsu-Nameh, el Djusgan-hir-Nameh, el Feramur-Narneh, el Banu-Guyasp-Nameh, el Bahman-Nameh, y otros muchos que sería prolijo ir mentando. Los Soberanos, los Príncipes y los héroes del Irán son cantados extensa y lindamente en estos poemas. Sobresale entre todos Rustán, como en el ciclo épico carlovingio sobresale Roldán, y el Cid en nuestra magnífica epopeya de las guerras entre moros y cristianos, durante los siglos medios. La cuestión está en decidir si todos estos cantos populares tienen más valor histórico que los Libros de Caballerías; si los Rustanes, Feramures y Barsúes son tan fantásticos como los Amadises, Esplandianes y Lisuartes; ó si los Namehs, con las hazañas y guerras que refieren, se fundan al menos, como la Iliada y la Odisea y las obras de otros homeridas, hasta Juan Tzetzas y Colutho, en casos reales y verdaderos, si bien abultados por la tradición y por la fantasía del vulgo. Yo me inclino á creer que, despojados de lo sobrenatural, los sucesos referidos por Firdusi y otros épicos de Persia pertenecen á la historia. Los historiadores orientales, como Kondemir y Mircondo, refieren también muchos de dichos sucesos, y, si bien Klaproth les niega toda autoridad, hoy, en el estado actual de la ciencia, no es lícito ser tan escéptico. Los libros sagrados zendos, como el Vendidad y el Desatir, confirman lo que cuentan las historias y poemas posteriores al Islán. Estas historias estaban además basadas sobre tradiciones muy fidedignas y sobre documentos y monumentos antiquísimos. No pocos de los autores, como Firdusi, el más glorioso de todos, eran dehkanes, esto es, antiguos nobles del Irán, hidalgos por decirlo así, de muy ilustre casa, cuyas genealogías debieron guardarse.
En suma, yo creo que muchas de las historias del Irán, antes de Ciro, deben tenerse por ciertas y algunas por probables y verosímiles.
En este supuesto, diré que el Mahabad de los Persas parece ser el mismo Manú de los Indios, un legislador mítico primitivo. Otro profeta iraniense, llamado Dji-Afram, simboliza el período histórico del cisma ó separación de indios y persas. El Ariana-Vaega, con sus reyes Cayumors, Ferval, Siamek y otros, sólo prueba que hubo una sociedad primitiva, en la cual formaron un solo pueblo los indios, los iranienses y los escitas blancos.
Después de la separación, los iranienses, conducidos por Djenschid, emigraron y fundaron el reino ó Imperio de Vara, cuya capital fué Raga. Un conquistador, llamado Zohac, destruyó el Imperio de Vara y vino á reinar sobre los iranienses. En el reinado de Zohac empieza nuestra primera leyenda. Pero, ¿quién fué este Zohac y en qué siglo vivía? Á mi ver, Zohac era semita, era el propio Aret-el-Rech, ó más bien un sobrino y lugarteniente de aquel famoso rey del Yemem, aliado de Nino. En esto me aparto de la opinión de Rodier, quien hace á Zohac cusita y supone que reinó siete mil años antes de Cristo; pero tengo á mi lado á Gobineau en su Historia de los Persas, quien hace que viva y reine Zohac en la época más reciente de Nino, rey de Asiria.
Finalmente, reinaba por entonces en la Escitia un rey llamado Tihur. La capital de su reino era la hermosa ciudad de Vesila-Tefeh. En ella introduciremos al punto á los lectores para que tenga verdadero comienzo nuestra historia.