LIBRO CUARTO

Por aquel tiempo llegó de Mitilene un siervo, compañero de Lamón, á quien anunció que poco antes de la vendimia vendría el amo para ver qué daños había causado en sus tierras la incursión de los metimneños. Y como ya iba yéndose el verano, y el otoño se venía encima, Lamón se afanó por disponer un recibimiento en el que todo fuera grato á los ojos. Limpió las fuentes para que el agua corriese pura y cristalina; sacó el estiércol del establo y corrales para que no molestara su mal olor, y aderezó el huerto para que pareciese más ameno.

El huerto era de suyo lindísimo y digno de un rey. Medía en longitud más de un estadío; estaba en una altura, y contenía sobre cuatro yugadas de tierra. Semejaba extenso llano, y había en él toda clase de árboles: manzanos, arrayanes, perales, granados, higueras y olivos. En algunos puntos la vid trepaba á los árboles, y, enlazada á ellos, lucía sus frutos en competencia con manzanas y peras. Esto en cuanto á los frutales; pero también había allí árboles selváticos y de sombra, como cipreses, lauros, adelfas, plátanos y pinos; en todos los cuales, en vez de la vid, se entrelazaba la hiedra, cuyos corimbos, que eran grandes y negreaban ya, remedaban racimos de uvas. Las plantas que daban fruta estaban en el centro, como para mayor defensa; las estériles, en torno, como muralla. Lo rodeaba y amparaba todo una débil cerca ó vallado. No había cosa que no estuviese con cierto orden y primor. Los troncos, separados de los troncos, y en lo alto, mezclándose las ramas y confundiéndose el follaje. Diríase que el Arte se había esmerado á porfía con la Naturaleza. Había, en cuadros y eras, multitud de flores, que la tierra daba de sí sin cultivo, ó que la industria cultivaba: rosas, azucenas y jacintos, criados por la mano del hombre; violetas, corregüelas y narcisos, espontáneamente nacidos. Allí había, en suma, sombra en estío, flores en primavera, frutos en toda estación, y los más deliciosos y exquisitos en otoño. Desde allí se oteaba la ancha vega, y se contemplaban pastores y ganados, y se descubría la mar, y se veían los que por ella iban navegando, lo cual no era pequeña parte de los gustos con que brindaba aquel huerto. En el centro mismo, así de lo largo como de lo ancho, se levantaban un templo y un ara de Baco; el ara, revestida de hiedra, y de pámpanos el templo, por fuera. La historia del dios estaba dentro pintada: Semele, pariendo; Ariadna, dormida; encadenado, Licurgo; despedazado, Penteo; vencidos, los indios; los tirrenos, transformados. Por donde quiera, los Sátiros; por donde quiera, las Bacantes, que danzaban. Ni faltaba allí Pan, quien, sentado sobre una piedra, tañía la zampoña, y daba el mismo son y compás al pisoteo de los Sátiros en el lagar y al baile de las Ménades.

Tal era el huerto que Lamón se afanaba por cuidar, podando las ramas secas y enredando en festones la vid á los árboles. Á Baco le coronaba de flores. Derivaba sin dificultad el agua por las limpias acequias. Había una fuente, que Dafnis había descubierto, la cual regaba las flores. Llamábanla fuente de Dafnis. Lamón, por último, encomendó á éste que engordase las cabras lo más que pudiera, porque el amo, que no había venido en tanto tiempo, iba ahora á verlo todo.

Muy confiado estaba Dafnis en que alcanzaría grandes elogios por las cabras. Las tenía en doble número de las que le habían entregado; el lobo no se había llevado ninguna, y todas estaban más lucias y medradas que las ovejas. Deseoso, no obstante, de hacerse propicio al amo para que consintiese en la boda, ponía el mayor cuidado y solicitud en llevar á pacer las cabras apenas amanecía, y en volver al aprisco tarde. Dos veces al día las llevaba á beber, y siempre buscaba para ellas los mejores pastos. Se procuró barreños y tarros nuevos, muchas colodras y zarzos más capaces. Y llegó á tal punto su esmero, que barnizó con aceite los cuernos á las cabras, y al pelo le sacó lustre. Al ver cabras tan compuestas, las hubiera tomado cualquiera por el propio sagrado rebaño del dios Pan. Compartía Cloe estos afanes con Dafnis, y, descuidadas sus ovejas, sólo á las cabras atendía, de suerte que imaginaba Dafnis que, por emplearse en ellas Cloe, se ponían tan hermosas.

Atareados andaban en esto, cuando llegó de la ciudad segundo mensajero con orden de vendimiar cuanto antes. Él debía quedarse allí hasta que las uvas se hicieran mosto, y entonces volver á la ciudad para acompañar al amo, que no vendría hasta el fin del otoño. Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era correr, le trataban todos con la mayor consideración. Entre tanto, cogieron las uvas, las acarrearon al lagar, y echaron el mosto en las tinajas, no sin dejar en las cepas los racimos más gruesos, á fin de que los que iban á venir disfrutasen algo y tuviesen cierta idea de la vendimia.

Cuando Eudromo preparaba su regreso á la ciudad, Dafnis le hizo cuantos regalillos podían esperarse de un cabrero: le dió quesos bien cuajados, un cabrito recién nacido y una blanca piel de cabra, de pelo largo, para que se abrigase durante el invierno en sus caminatas. Eudromo quedó harto pagado del obsequio, y prometió á Dafnis decir de él al amo mil cosas buenas. Se fué, pues, á la ciudad muy amigo de Dafnis.

Se quejó éste receloso y asustado. Y no era menor el miedo de Cloe, porque él era un muchachuelo, sólo acostumbrado á ver cabras y riscos, y á tratar con gente rústica y con Cloe, y ahora tenía que ver al señor, de quien ignoraba antes hasta el nombre. Todo se le volvía cavilar cómo se acercaría al señor y le hablaría; y su corazón se azoraba al pensar en que la boda pudiera desvanecerse como un sueño. De aquí que los besos fuesen más frecuentes, y los abrazos más largos y apretados; pero se besaban con timidez y se abrazaban con tristeza y á hurtadillas, como si el amo estuviera allí y pudiera verlos.

En medio de estas desazones tuvieron un disgusto más grave. Un vaquero de aviesa condición, llamado Lampis, había pedido á Dryas la mano de Cloe, y le había hecho muchos regalos á fin de que conviniese en el casamiento. Sabedor Lampis de que Dafnis la tendría por mujer, si no se oponía el amo, buscó trazas de enemistarle con él, y como lo que más le agradaba era el huerto, resolvió afearle y destrozarle. Si se ponía á talar el arbolado, podrían oir el ruido y sorprenderle, y así prefirió arrancar las flores. Guarecido, pues, por la obscuridad de la noche, saltó por cima de la cerca, arrancó unas plantas y quebró otras, y holló y pisoteó las demás, como los cerdos. Después se fugó con cautela y sin que le viesen.

No bien vino el día, entró Lamón en el huerto para regar las flores con el agua de la fuente, y al ver aquella desolación, que no la hubiera hecho más cruel un ladrón foragido, se desgarró el sayo y puso el grito en el cielo, con tal furor, que Mirtale, soltando la hacienda que traía entre manos, y Dafnis, abandonando las cabras que llevaba á pacer, acudieron á saber lo que pasaba. Al saberlo, gritaron también y se echaron á llorar. Y no era maravilla que, temerosos del enojo del señor, hiciesen aquel duelo por las flores. Un extraño, si hubiera pasado por allí, hubiera llorado como ellos. Aquel sitio había perdido su gracia y su adorno. No quedaba sino fango y broza. Si alguna flor se había salvado de la injuria, resplandecía aún y estaba hermosa, aunque mustia y tronchada. Las abejas revolaban en torno, y sonaba á lamentación su incesante susurro.

Lamón decía, lleno de angustia: «¡Ay de mis rosales, que me los han roto! ¡Ay de mis violetas pisoteadas! ¡Ay de mis jacintos y narcisos, arrancados de raíz por algún mal hombre! Vendrá la primavera y no renacerán mis flores; vendrá el verano y no desplegarán su pompa y lozanía; vendrá el otoño y nadie hará con ellas guirnaldas y ramilletes. Y tú, señor Baco, ¿por qué no tuviste piedad de las infelices, entre las que habitabas, á las que veías, y con las que te coroné tantas veces? ¿Con qué cara enseñaré ahora el huerto al amo? ¿Qué dirá al verle? Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron á Marsyas. ¿Y quién sabe si no ahorcarán conmigo á Dafnis, creyendo que por descuido suyo hicieron el destrozo las cabras?»

Con tales lamentaciones se acongojaban más y más, y no lloraban por las flores, sino por ellos mismos. Cloe sollozaba y gemía como si Dafnis hubiese de ser ahorcado; pedía al cielo que el señor ya no viniese, y pasaba días amargos imaginando que por lo menos azotarían á su amigo.

Aquella noche llegó Eudromo con la noticia de que el señor mayor sólo tardaría ya tres días en venir, y de que su hijo estaría allí al día siguiente. Se pusieron entonces á discurrir cómo salir de aquel apuro, y pidieron consejo á Eudromo, el cual tenía buena voluntad á Dafnis, y fué de parecer que declarasen primero al señor mozo lo que había pasado, pues él prometía interceder en favor de ellos, ya que dicho señor le quería y estimaba por ser su hermano de leche. Ellos convinieron en hacerlo así.

Al siguiente día el señor mozo; que se llamaba Astilo, llegó á caballo, en compañía de su parásito Gnatón. Éste afeitaba sus barbas hacía no pocos años. Astilo era un mancebo barbiponiente. Lamón, seguido de Mirtale y de Dafnis, se prosternó á los pies del amo mozo, y le rogó se compadeciese de un viejo infortunado y le salvase de la ira de su padre, pues él de nada tenía culpa. Luego le contó el caso sin rodeos. Astilo tuvo piedad del suplicante; fué al huerto; vió el estrago causado en las flores, y prometió que para disculpar á Lamón y á Dafnis supondría que sus caballos se habían desatado del pesebre, pisoteándolo todo, desgajándolo y arrancándolo. Lamón y Mirtale, consolados con esto, colmaron al joven de bendiciones, y Dafnis, además, le hizo varios presentes: chivos, quesos, racimos con pámpanos aún, nidos de pájaros y manzanas con rama y hojas. Sobresalía entre estos presentes el vino de Lesbos, que huele á flores y es el más grato al paladar de cuantos se beben. Astilo encareció la bondad de todo, y se fué á cazar liebres, como mancebo rico, que sólo pensaba en divertirse, y que había venido al campo á disfrutar de nuevos placeres.

Gnatón, por el contrario, no hallaba placer sino en la comida y en beber hasta emborracharse: era como un sumidero, todo gula, y todo lascivia y pereza. Así fué que no quiso ir á cazar con Astilo, y para entretener el tiempo, bajó hacia la playa, donde se encontró á Dafnis guardando su ganado. Junto á Dafnis estaba Cloe, hermosa como nunca. La vió Gnatón, y quedó al punto prendado de ella. Pensó que en la ciudad no había visto jamás más linda moza. Dafnis, á quien apenas apuntaba el bozo, y que parecía más niño y más dulce aún de lo que era, no infundió el menor respeto al parásito. Y como la zagala era sencilla y humilde, juzgó fácil empresa deslumbrarla y lograrla. Á este fin, empezó por elogiar sus ovejas; luego la elogió á ella; luego trató de alejar á Dafnis, y no pudo conseguirlo; y, por último, movido de una pasión que á los más cuerdos roba la prudencia, tomó á Cloe entre sus brazos y la besó repetidas veces, aunque ella se resistía. Dafnis acudió á interponerse, y se interpuso entre ambos cuando Gnatón quería renovar los besos, haciendo poca cuenta de quién se le oponía, y creyéndole débil, ó tan respetuoso que el respeto le ataría las manos. Por dicha no fué así: Dafnis rechazó á Gnatón con tremendo brío, y como Gnatón, según su costumbre, estaba borracho y poco firme sobre sus piernas, dió consigo en el suelo cuan largo era, donde Dafnis, ciego de cólera, le pateó á su sabor y con alguna saña. Viendo después que el vencido y pateado no bullía, Dafnis tuvo miedo de su proeza y echó á huir, seguido de Cloe, dejando el hato en abandono.

Con la afrenta y el dolor se le disiparon un poco á Gnatón los vapores del vino; calculó que era muy ridículo quejarse y contar lo que había ocurrido, y determinó callárselo; pero más empeñado que antes en conseguir su propósito, resolvió pedir á Astilo, que nada le negaba, que se llevase á Dafnis á la ciudad, y quedase él luego algún tiempo en aquel campo, donde ya sin estorbo podría lograr á Cloe. Por lo pronto, sin embargo, no pudo Gnatón hallar momento oportuno de hacer su petición. Dionisofanes y su mujer Clearista acababan de llegar, y todo era ruido y alboroto de caballerías y criados, de hombres y mujeres. Gnatón tuvo tiempo de preparar un elegante y prolijo discurso, en que pintaba á Astilo su amor á fin de conmoverle.

Dionisofanes tenía ya entrecanos barba y cabellos; pero era un señor alto y hermoso, y tan robusto, que daría envidia á los mancebos. Era además rico como pocos, y muy digno y respetable. Lo primero que hizo el día en que llegó fué sacrificar á los dioses que gobiernan las cosas campestres: á Ceres, á Baco, á Pan y á las Ninfas. Luego dió un banquete á todas las personas que estaban allí. En los días siguientes inspeccionó los trabajos de Lamón. Y habiendo visto en los campos los hondos surcos del arado, la lozanía de pámpanos en las viñas y el huerto tan ameno (pues en lo tocante al estrago de las flores Astilo tomó para sí la culpa), se alegró mucho, alabó á Lamón y le prometió la libertad.

Después de esto fué á ver las cabras y á ver al cabrero que las cuidaba. Cloe se escondió entre la arboleda, temerosa y avergonzada de aquel gentío. Dafnis quedó sólo, y se mostró revestido de una peluda piel de cabra y llevando un zurrón flamante al hombro, en la mano izquierda quesos recién cuajados y en la derecha dos cabritillos de leche. Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte, apareció tal como entonces apareció Dafnis, quien, lleno de rubor, sin hablar palabra y los ojos inclinados al suelo, presentó sus dones. Lamón dijo: «Éste ¡oh, señor! es tu cabrero. Me entregaste cincuenta cabras y dos machos, y él las ha aumentado hasta ciento. ¡Mira qué gordas y lucias están, qué pelo tan largo y espeso, y qué cuernos tan enteros y sanos! Estas cabras, además, han aprendido la música, y al son de la zampoña lo hacen todo.»

Clearista, que estaba allí presente, deseó ver aquella habilidad de las cabras, y mandó á Dafnis que tañese la zampoña como solía, ofreciendo en premio, si lo hacía bien, regalarle camisas, un sayo y un par de zapatos. Dafnis al punto, puestos todos en cerco en torno de él, y de pie él bajo la copa del haya, sacó la zampoña del zurrón, y apenas la hizo sonar un poco, las cabras se pararon atentas y levantaron las cabezas. Después tocó el toque del pasto, y las cabras bajaron las cabezas y pacieron. Dió en seguida la zampoña un son blando y suave, y las cabras se echaron. Luego fué agudo el son, y las cabras huyeron al soto como perseguidas por un lobo. Tocó, por último, llamada, y saliendo del soto, las cabras todas corrieron á echarse á sus pies. Nadie vió jamás siervo alguno que obedeciese más listo á una señal de su amo. De aquí que todos los circunstantes se quedaron pasmados, y sobre todos Clearista, la cual juró que daría más de lo ofrecido á aquel cabrero tan músico y tan guapo. Después todos se fueron á la quinta y comieron, y enviaron á Dafnis de la comida de los señores. Él la compartió con su zagala, muy complacido de probar los manjares de la ciudad, y con grandes esperanzas de lograr el permiso de los amos para su casamiento.

Gnatón, entre tanto, más obstinado aún en su amor, á pesar de la pateadura, y creyendo que su vida sin Cloe sería amarga y sin objeto, se aprovechó de un instante en que Astilo se paseaba en el huerto á sus solas; le llevó al templo de Baco, y le besó las manos y los pies. Astilo le preguntó por qué hacía tales extremos; le mandó que se explicase, y juró darle auxilio en su cuita. «Ya se perdió y pereció Gnatón, mi amo, dijo Gnatón entonces. Yo, que hasta aquí no amaba más que una buena mesa, y nada hallaba más lindo y apetitoso que el vino añejo, y estimaba á tu cocinero más digno de adoración y de afecto que á todas las muchachas de Mitilene, sólo juzgo ahora digna y amable á la zagala Cloe. Yo me abstendría de comer todos los delicados manjares que de ordinario se sirven en tu casa, carnes, pescados, bollos y confites de miel, y, convertido en corderito, me alimentaría de la hierba, dejándome guiar por la voz de Cloe y por su cayado. Salva á tu Gnatón; vence su amor invencible. De lo contrario, lo juro por el dios de mi mayor devoción, agarro un cuchillo, me lleno bien la panza de comida, me mato á la puerta de Cloe, y no tendrás á quién llamar Gnatoncillo, jugando y burlando, como es tu costumbre.»

No pudo aquel magnánimo mancebo, que además conocía lo que son penas de amor, ver sin piedad las lágrimas de Gnatón, que de nuevo le besaba los pies. Prometióle, pues, que pediría á Dafnis á su padre y que se le llevaría á la ciudad como criado, dejando á Cloe sin aquel estorbo, á fin de que Gnatón la tuviese á todo su talante. Deseoso luego Astilo de embromar á Gnatón, le preguntó, riendo, si no le daba vergüenza de amar á una rústica y de acostarse con una zagala que por fuerza había de oler pícaramente. Pero Gnatón, que había aprendido en los banquetes de mozos alegres y enamorados cuanto hay que saber y decir en la materia, contestó, defendiéndose: «El que ama, señor mío, no repara en nada de eso. No hay en el mundo objeto que no pueda inspirar una pasión, con tal de que en él resplandezca la hermosura. Ha habido amadores de una planta, de un río y de una fiera. ¿Y quién más digno de lástima que el amador á quien infunde miedo el amado? En cuanto á mí, si la que amo es por la suerte de servil condición, por la belleza es y puede ser señora. Sus cabellos son rubios como las espigas granadas; sus ojos brillan bajo las cejas como piedras preciosas en engaste de oro; su cara está teñida de suave rubor, y en su fresca boca se ven dientes como el marfil de blancos. ¿Quién tan insensible al amor, que no anhele besar tal boca? En esto de amar á las pastoras y gente del campo, ¿qué hago yo más que imitar á las deidades? Vaquero fué Anquises, y Venus le tomó para querido. Pitis, amada de Pan y de Bóreas, y Maya misma, tan amada de Júpiter, ¿eran al cabo más que pastoras? No menospreciemos á Cloe porque lo es, sino demos gracias á los dioses de que, enamorados de ella, no nos la roban y se la llevan al cielo.»

Astilo rió y celebró este discurso, diciendo que Amor hacía á los grandes oradores. Luego trató de hallar ocasión en que pedir á su padre que le diese á Dafnis para criado.

Eudromo había estado escondido oyendo toda la conversación, y como quería á Dafnis y le tenía por excelente mozo, se afligió mucho de que la gentil zagala viniese á ser ludibrio de aquel borracho, y fué al punto á contárselo todo á Lamón y al mismo Dafnis. Consternado éste, pensó en huir robando á Cloe ó en matarla y matarse; pero Lamón, llamando á Mirtale al patio, le dijo: «Estamos perdidos, mujer. Llegó ya la ocasión de revelar lo que teniamos oculto. Queden sin guía las cabras y quedémonos sin apoyo; pero, por Pan y por las Ninfas, aunque yo me trueque en buey atado al pesebre, no me callaré sobre la condición de Dafnis, sino que referiré cómo fué hallado y alimentado, y mostraré las prendas que estaban expuestas junto á él. Es menester que sepa Gnatón quién es el mozo de cuya novia quiere burlarse. Tú, ten prontas las señales de reconocimiento.» Dichas estas palabras, ambos entraron de nuevo en la habitación.

Habiendo hallado Astilo propicio á su padre, le pidió que le dejase llevar á Dafnis á Mitilene, asegurando que era un gallardo mancebo, más propio para la ciudad que para el campo, y que pronto aprendería á servir bien y á tener modales urbanos. Accediendo gustoso el padre, llamó á Lamón y á Mirtale, y les dió como buena nueva la de que Dafnis, en vez de estar al servicio de las cabras, iba á entrar en el de su hijo. En cambio del cabrero que les quitaba, les ofreció, por último, dos cabreros. Entonces Lamón, cuando ya todos los criados habían acudido y se alegraban de tener tan gentil compañero, pidió licencia para hablar, y habló de esta suerte: «Escucha ¡oh, señor! la verdad misma de los labios de este viejo. Juro por Pan y por las Ninfas que no te engañaré en nada. Yo no soy el padre de Dafnis, ni tuvo Mirtale la dicha de ser madre suya. Otros padres le expusieron cuando pequeñuelo, por tener ya, sin duda, hijos de sobra. Yo le encontré abandonado y tomando la leche de una cabra, á la cual, cuando murió de muerte natural, di sepultura cerca del huerto, con el amor que se debe á quien hizo tan bien el oficio de madre. Yo encontré, además, con el niño ciertas alhajas, que pueden servir en su día para reconocerle. Confieso, señor, que conservo aún dichas alhajas. Por ellas se verá que Dafnis es de clase superior á la nuestra. No creas, sin embargo, que me duele que Dafnis sea criado de tu hijo: sería un galán servidor para dueño no menos galán. Lo que me duele, y lo que no puedo tolerar, es que todo se haga por un liviano antojo de Gnatón y por sus dañados propósitos.»

Dicho esto, Lamón se calló y derramó abundantes lágrimas. Gnatón, envalentonado, le amenazó con una paliza; pero Dionisofanes, pasmado de lo que acababa de oir, impuso silencio á Gnatón, arqueando las cejas y mirándole fosco; luego interrogó á Lamón, y le mandó que dijese la verdad, y que no procurase oponerse con embustes á la voluntad de su hijo. Lamón se sostuvo en lo dicho, lo juró por todos los dioses, y pidió que le diesen tormento si mentía. Llegó en esto Clearista, y no bien averiguó lo que pasaba, «¿por qué, dijo, había de mentir Lamón? ¿No le dan dos cabreros en vez de uno? ¿Cómo ha de inventar un rústico tan sutil patraña? Por otra parte, ¿no es increíble que de tan pobre viejo y de tan ruín madre haya nacido tan hermoso muchacho?» Decidieron, pues, no engolfarse en más conjeturas, sino ver y examinar las prendas, por si denunciaban, en efecto, la superior condición que Lamón presumía.

Mirtale fué al punto á sacarlas de un viejo zurrón en que las tenía guardadas. Cuando las trajo, el primero que las vió fué Dionisofanes. Al mirar la mantilla de púrpura, la hebilla de oro y el puñalito con puño de marfil, dió un grito, exclamando: «¡Oh señor Júpiter!» y llamó á su mujer para que examinase aquellas prendas. Ésta, no bien las hubo mirado, exclamó de la misma manera: «¡Oh, queridas Parcas! ¿No son éstas las prendas que expusimos con nuestro propio hijo cuando le enviamos con la sierva Sofrosina para que le abandonase en el campo? No son otras; son éstas, marido. El muchacho es nuestra sangre. Hijo tuyo es el que guarda tus cabras.»

Mientras ella hablaba así, y Dionisofanes besaba las prendas del reconocimiento, llorando de puro gozo, Astilo se enteró de que Dafnis era su hermano; se desembarazó de la capa y dió á correr por el huerto para ser el primero en abrazarle. Al ver Dafnis que venía en pos de él tanta gente corriendo y llamándole por su nombre, pensó que querían prenderle: tiró al suelo el zurrón y la zampoña, y huyó hacia la mar, resuelto á arrojarse en ella desde lo alto de una roca. Y de seguro lo hubiera hecho, siendo así, por extraño caso, tan pronto hallado como perdido, si Astilo, recelando su intento, no le gritase otra vez: «Tente, Dafnis, y no temas. Yo soy tu hermano. Son tus padres los que hace poco eran tus amos. Lamón nos contó lo de la cabra y nos enseñó las prendas. Vuélvete y mira qué alegres y risueños estamos. Bésame á mí primero. ¡Juro por las Ninfas que no te engaño!»

Paróse Dafnis al oir este juramento y Astilo le alcanzó y le estrechó en sus brazos. Después acudió multitud de criados y de criadas, y, por último, llegaron el padre y la madre. Todos le abrazaron y le besaron con lágrimas de contento. Él, por su parte, estuvo cariñoso con todos, y en particular con su madre y su padre, á quienes, como si de antiguo los conociese, estrechaba contra su seno, sin hartarse de abrazarlos: tan rápida y poderosa impone Naturaleza su ley. Casi se olvidó Dafnis por un instante de Cloe.

Con esto se le llevaron á la quinta y le dieron, para que se vistiese, un costoso vestido nuevo. Sentándose después con Astilo al lado de su padre, le oyó decir estas razones: «Yo, hijos míos, me casé muy temprano, y á poco fuí padre, según yo pensaba, muy dichoso. Primero tuve un hijo, luego una hija, y Astilo fué el tercero. Estos tres eran los que convenían para mi casa y mi hacienda. Vino este otro después de todos, y tuve que exponerle. No se expusieron, á la verdad, estas prendas como señales para reconocerle más tarde, sino como ornamento de su sepulcro. La fortuna lo dispuso de otra manera. Mi hijo mayor, y también mi hija, murieron ambos de la misma enfermedad y en el mismo día. Tú, Dafnis, por la providencia de los dioses, te has salvado para que yo tenga en la vejez doble apoyo. No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Y tú, Astilo, no te aflijas de contar ahora sólo con parte cuando contabas con toda la herencia. El mayor bien para un hombre discreto es un buen hermano. Amáos, pues, mis hijos; y en cuanto á los bienes, nada tendréis que envidiar á los príncipes. Ambos poseeréis pingües fincas y siervos ágiles, y oro y plata, y todas aquellas cosas que poseen los ricos y poderosos. Mas desde luego doy á Dafnis este campo, en que se ha criado, con Lamón y Mirtale, y con las cabras de que él mismo ha sido pastor.»

Apenas acabó dichas palabras, Dafnis se levantó y dijo: «En buena ocasión me lo traes á la memoria, padre mío. Voy á llevar á beber á las cabras, que aguardan sedientas el son de mi zampoña, mientras que estoy aquí sentado.» Todos rieron de que, habiendo llegado á ser señor, quisiese ser cabrero todavía, y enviaron á un nuevo cabrero á que cuidase de las cabras. Sacrificaron después á Júpiter Salvador y dispusieron un banquete. Á este banquete, el único que faltó fué Gnatón, el cual, lleno de miedo, se pasó el día y la noche en el templo de Baco, orando y haciendo penitencia.

Pronto cundió la fama por todas partes de que Dionisofanes había hallado á su hijo, y de que el cabrerillo Dafnis se había cambiado en señor terrateniente, y de acá y de acullá acudieron los rústicos á felicitar al mozo y á traer presentes á su padre. Entre ellos vino Dryas, el padre adoptivo de Cloe. Dionisofanes los detuvo á todos para que participasen del regocijo y de la fiesta. De antemano se había preparado vino en abundancia, mucho pan, chochas y patos, lechoncillos y gran variedad de tortas y confites de miel. Se mataban, además, no pocas víctimas á los dioses titulares de aquellos sitios. Dafnis, en tanto, reunió todos sus trastos pastoriles para repartirlos como ofrenda entre los dioses. Consagró á Baco el zurrón y el pellico; á Pan, el pífano y la zampoña, y á las Ninfas, el cayado y los dornajos y las colodras, que él mismo había hecho; pero la vida de la primera juventud es aún más grata que la riqueza, y Dafnis se apartaba con lágrimas de cada uno de estos objetos. No ofreció las colodras, sin ordeñar antes las cabras; ni el pellico, sin ponérsele por última vez; ni la zampoña, sin tañerla. Todo lo besó; habló con las cabras, y llamó por sus nombres á los machos. Bebió, por último, en la fuente, donde tantas veces había bebido con Cloe; pero no se atrevió á hablar aún de su amor aguardando ocasión propicia.

Mientras Dafnis andaba en tales sacrificios, Cloe, solitaria y llorosa, estaba sentada viendo pacer su ganado y se lamentaba de esta suerte: «Dafnis me olvida. Sin duda piensa ya en una novia rica. ¿Por qué exigí que jurase, no por las Ninfas, sino por las cabras? Las abandona como á mí. Ni al hacer ofrendas á Pan y á las Ninfas deseó ver á Cloe. Tal vez halló más bonitas que yo á las criadas de su madre. Adiós, Dafnis, y sé dichoso. Yo no viviré.»

Exhalando estaba Cloe estas sentidas quejas, cuando el vaquero Lampis, acompañado de algunos labriegos, vino á robarla, creyendo que Dafnis ya no se casaría con ella, y que Dryas consentiría luego en dársela á él. La cuitada, resistiéndose al rapto, daba lastimeros gritos, y alguien que la oyó fué á decírselo á Napé. Napé se lo dijo á Dryas, y Dryas á Dafnis. Éste, fuera de sí, sin atreverse á decir nada á su padre, y no pudiendo, con todo, tolerar aquella injuria, salió del huerto, diciendo: «¡Mal haya el reconocimiento de mi padre! ¡Cuánto más valiera seguir de pastor! ¡Cuánto más feliz era yo cuando siervo. Entonces veía á Cloe. Ahora Lampis la roba, se la lleva, y esta noche dormirá á su lado. Y yo como y bebo y me deleito. En vano juré por Pan, por las Ninfas y por las cabras!»

Gnatón, que estaba oculto en el templo de Baco, oyó estas lamentaciones de Dafnis, y juzgando oportuna la ocasión de ganarse su voluntad y de conseguir que le perdonara, salió de su escondite y dijo á Dafnis que él era allí el amo y que podía disponer de los criados para cualquier empresa. Llamando entonces Dafnis á algunos de los que servían á Astilo, se fué con ellos y con Gnatón á casa de Lampis con tal diligencia y prontitud, que le sorprendió cuando acababa de llegar con Cloe, y la sacó por fuerza de entre sus manos, dando de palos á los rústicos que habían concurrido al robo y queriendo llevar cautivo á Lampis, que logró fugarse.

Dafnis perdonó á Gnatón, y le concedió su amistad después de tan buen consejo y auxilio; y libertada ya Cloe, convino con ella en callar aún lo de la boda, en verse de oculto, y en que Dafnis descubriese sólo su amor á su madre. Pero Dryas no lo consintió, y halló más conveniente decírselo todo al padre, confiado en que le persuadiría. Al día siguiente, pues, se echó en el zurrón las prendas de reconocimiento, y se fué en busca de Dionisofanes y de Clearista, á quienes halló sentados en el huerto. Astilo y el propio Dafnis estaban también allí. En silencio todos, habló Dryas de esta manera: «Igual necesidad que á Lamón, me manda descubriros un secreto que he guardado hasta ahora. Ni yo he engendrado á la zagala Cloe, ni he sido el primero en sustentarla. Otro fué su padre, y yo la encontré en la gruta de las Ninfas, alimentada por una oveja. Maravillado del hallazgo, tomé conmigo á la niña y la crié en mi casa. Testimonio de la verdad de lo que digo da su propia hermosura, en nada semejante á nosotros. Testimonio dan también estas prendas, más ricas que las que suelen tener los pastores. Vedlas, y buscad á los padres de la doncella, quien tal vez os parezca un día digna consorte de Dafnis.»

No sin intención dejó escapar Dryas estas últimas palabras. Dionisofanes no las oyó en balde tampoco, sino que, dirigiendo la mirada hacia Dafnis, y advirtiendo que se ponía pálido y que no acertaba á ocultar el llanto, comprendió que tenía amores con Cloe. Y con la solicitud que hubiera tenido por su propia hija, y no por una extraña, examinó atentamente las razones del viejo.

Vió también las prendas, es á saber, las chinelas, la toquilla y las ajorcas, y luego hizo venir á Cloe á su presencia, y la exhortó á que se alegrase, pues ya tenía marido, y pronto hallaría también á su padre y á su madre. Por último, Clearista se llevó consigo á la doncella y la aderezó y compuso como si fuese mujer de su hijo.

Dionisofanes, apartándose á un lado con Dafnis, le preguntó en confianza y con sigilo si Cloe conservaba aún la doncellez. Dafnis juró que no había pasado del beso, del abrazo y de las mutuas promesas, con lo cual se holgó el padre, y le dijo que se pusieran á comer con él.

Allí se hubiera podido aprender cuánto el adorno realza la hermosura, porque Cloe, bien vestida, graciosamente peinado y trenzado el cabello, y recién lavada la cara, parecía más bella que nunca, tanto que el propio Dafnis apenas la reconocía. Jurara cualquiera, sin ver otras prendas y señales, que no era Dryas el padre de tan gallarda moza. Dryas, no obstante, estaba en el festín con Napé, y tenían por compañeros en el mismo lecho á Lamón y á Mirtale.

Pocos días después se hicieron sacrificios á los dioses y ofrendas por amor de Cloe, y ella les consagró sus baratijas pastoriles: flauta, zurrón, pellico y colodras. Vertió, además, vino en la fuente de la gruta, porque allí encontró amparo; adornó con flores el sepulcro de la oveja, que le mostró Dryas; volvió aún á tocar la flauta para alegrar el ganado, y á las propias Ninfas les dió música, pidiéndoles que parecieran pronto sus padres, y que fueran dignos de la alianza con Dafnis.

Después que se hartaron de diversiones campesinas, decidieron volver á la ciudad, á fin de buscar á los padres de Cloe y no retardar más su boda con Dafnis. Muy de mañana cargaron el equipaje, y dieron á Dryas tres mil dracmas, y á Lamón la mitad de las mieses y de la vendimia de aquellos campos, las cabras y los cabreros, cuatro yuntas de bueyes, buenos pellicos para el invierno, y la libertad de su mujer. Se fueron, por último, á Mitilene con mucho aparato y pompa de carros y de caballos.

Como llegaron muy de noche á la ciudad, nadie se enteró de lo ocurrido; pero al día siguiente se reunió á las puertas de Dionisofanes gran multitud de hombres y de mujeres: ellos, para felicitarle por haber hallado á su hijo, sobre todo viéndole tan guapo mozo, y las mujeres, para holgarse con Clearista de que había logrado á la vez hijo y nuera. Cloe las sorprendió á todas por su rara hermosura, que les pareció sin par. En suma, nadie hablaba en la ciudad sino del muchacho y de la zagala, augurando mil venturas de su enlace. Rogaban también á los dioses que Cloe hallase padres dignos de su beldad, y hubo no pocas mujeres ricas que de buena gana hubieran pasado por madres de hija tan hermosa.

Entre tanto, Dionisofanes, después de mucho cavilar, se quedó profundamente dormido y tuvo un sueño. Creyó ver á las Ninfas pidiendo á Amor que se llevase pronto á cabo la boda prometida. Y Amor, aflojando la cuerda del arco y poniéndosele al hombro junto á la aljaba, ordenó á Dionisofanes que convidase á un gran banquete á todos los sujetos de más fuste de la ciudad, y que, al ir á llenar los últimos vasos, mostrase á los convidados las prendas halladas con Cloe, y mandase cantar el canto de Himeneo.

Visto y oído este sueño, Dionisofanes madrugó, y dispuso una opípara comida, donde hubiese cuanto se cría de más delicado y sabroso en tierra y en mar, en ríos y en lagos. Luego convidó á su mesa á todos los señores principales.

Ya era de noche, y estaba lleno el vaso con que suele hacerse libación á Mercurio, cuando entró un criado trayendo las prendas en un azafate de plata, y dando vuelta á la mesa, se las enseñó á todos. Ninguno las reconoció; pero un cierto Megacles, que por su ancianidad estaba reclinado en un extremo, las reconoció apenas las vió, y dijo con voz alta y firme: «¡Cielos! ¿qué veo? ¿Qué ha sido de tí, hija mía? ¿Vives aún? ¿Qué pastor guardó, por dicha, estas prendas? Ruégote ¡oh Dionisofanes! que me digas dónde las hallaste. No envidies, pues tienes á Dafnis, que yo también la tenga.»

Quiso Dionisofanes que, antes de todo, contase Megacles cómo había expuesto á la niña, y éste, con el mismo tono de voz, dijo: «Tiempo há que me veía yo muy pobre, por haber gastado casi todos mis bienes en juegos públicos y en naves de guerra. Estando en estos apuros, me nació una hija. Se me hizo muy duro criarla en tanta pobreza, y la expuse con esas alhajas, calculando que muchas personas, que no tienen hijos naturales, desean ser padres, adoptando por hijos á los expósitos. La niña lo fué en la gruta de las Ninfas y confiándola yo á su cuidado. Desde entonces mis riquezas han aumentado de día en día, sin tener yo heredero á quien dejarlas, porque no volví á tener otra hija; y como si los dioses quisieran burlarse de mí, se me aparecían en sueño por la noche, ofreciéndome que me haría padre una oveja.»

Dionisofanes hizo, al oir tales palabras, mayores exclamaciones aún que las que Megacles había hecho, y dejando el festín, fué á buscar á Cloe y la trajo muy adornada y bizarra. Al entregársela á su padre, le dijo: «Ésta es la niña que expusiste. Por disposición de los dioses, te la ha criado una oveja, como una cabra á Dafnis. Tómala con las prendas, y al tomarla, dásela á Dafnis por mujer. Los dos expusimos á nuestros hijos, y los dos los hallamos ahora. Amor, Pan y las Ninfas nos los han salvado.»

Megacles convino en todo, y mandó llamar á su mujer, cuyo nombre era Rodé, teniendo siempre á Cloe entre sus brazos. Megacles y Rodé se quedaron á dormir allí, porque Dafnis había jurado que nadie, ni su propio padre, sacaría á Cloe de la casa. Á la mañana siguiente, Cloe y Dafnis decidieron volverse al campo, porque no podían sufrir la vida de la ciudad y deseaban hacer bodas pastorales. Regresaron, pues, á la quinta donde estaba Lamón, é hicieron que Megacles conociese á Dryas, y Rodé á Napé.

Todo se preparó allí con esplendidez para la fiesta de la boda.

Megacles consagró á su hija Cloe á las Ninfas, y suspendió como ofrenda en la gruta, á más de otros objetos ricos, las prendas de reconocimiento. Á Dryas, sobre los tres mil dracmas recibidos, le dió para completar diez mil.

Viendo Dionisofanes que el tiempo era excelente, mandó aderezar lechos de verdes hojas en la gruta, donde se reclinaron los rústicos para gozar de espléndido banquete. Asistieron Lamón y Mirtale, Dryas y Napé, los parientes de Dorcón, Filetas y sus hijos, Cromis y Lycenia. Ni Lampis faltó, después de conseguir que le perdonasen. Y como la fiesta era de rústicos, todo allí fué al uso campesino y labriego. Cantaron unos el cantar de los segadores; otros hicieron las farsas y burlas que suelen hacerse cuando la vendimia; Filetas tocó la zampoña; Lampis tocó el clarinete; Dryas y Lamón bailaron. Dafnis y Cloe no dejaron de besarse. Las cabras mismas pacían allí cerca, como si tomasen parte en la función, lo cual no era muy grato á los de la ciudad. Dafnis las llamaba por sus nombres, les daba verde fronda, las agarraba por los cuernos y las besaba.

Y esto no fué sólo en aquella ocasión, sino también en lo sucesivo, porque Dafnis y Cloe hicieron casi de continuo vida pastoril, adorando á los dioses y profesando especial devoción á Pan, á Amor y á las Ninfas. Aunque llegaron á ser poseedores de mucho ganado lanar y cabrío, nunca hubo manjar que les supiese mejor que leche y fruta. Al primer hijo varón que tuvieron le dieron por nodriza una cabra, y á la criatura segunda, que fué una niña, la hicieron mamar de una oveja. Al varón le pusieron por nombre Filopoemén, y á la niña Ageles. Así vivieron largos y felices años. Y no descuidaron tampoco el adorno de la gruta, sino que erigieron nuevas imágenes de Ninfas; levantaron un altar á Amor pastoril; y á Pan, en vez de la copa del pino á cuya sombra estaba, le edificaron un templo, bajo la advocación de Pan Batallador.

Todo esto, sin embargo, ocurrió mucho más tarde. Por lo pronto, llegada la noche, cuantos estaban allí llevaron á los novios al tálamo. Unos tocaban flautas, otros tocaban clarines, y otros iban con antorchas. Cerca ya de la puerta de la cámara nupcial, la comitiva cantó de Himeneo, con voz tan áspera y desacorde, que no parecía que cantaban, sino que arañaban pedruscos con almocafres.

Dafnis y Cloe, á pesar de la música, se acostaron juntos desnudos; allí se abrazaron y se besaron, sin pegar los ojos en toda la noche, como lechuzas. Y Dafnis hizo á Cloe lo que le había enseñado Lycenia; y Cloe conoció por primera vez que, todo lo hecho antes, entre las matas y en la gruta, no era más que simplicidad ó niñería.

Madrid, 1880.

FIN

NOTAS

I. El título de la obra, en griego, es Λόγγου ποιμενικῶν τῶν κατὰ Δάφνιν καὶ Χλόην βίβλοι (λόγοι) τέσσαρες, que puede traducirse: Los cuatro libros de las pastorales de Longo, ó Dafnis y Cloe. Á fin de seguir el gusto y el estilo modernos, hemos invertido y modificado los términos del título. Ponemos por título principal de esta novela Dafnis y Cloe, y añadimos luego Las pastorales de Longo, para indicar el género á que pertenece la obra y el nombre, verdadero ó supuesto, de quien la compuso.

De esta novela no conocemos traducción ninguna en castellano.

En otros idiomas, ó conocemos ó hemos visto citadas muchas traducciones. Las más famosas son: En latín, la de Gothofredo Jungermann, de 1605, y la de Pedro Moll, de 1860. En francés, la de Santiago Amyot, obispo de Auxerre, y la de Pablo Luis Courier, que corrige y completa la traducción del citado obispo. En italiano, la del comendador Aníbal Caro, la de Manzini y la de Gozzi. En inglés, la de Jorge Thornley, 1657, y la de Jacobo Craggs, 1764. Y en alemán, las de Grillo, Krabinger y Passow, en 1765, 1803 y 1811.

Tenemos también una traducción sobrado libre de Dafnis y Cloe, hecha en hermosos exámetros latinos, por Lorenzo Gambara, y dedicada al célebre Antonio Perenott, cardenal Granvela, á la sazón virrey de Nápoles.

Para hacer esta traducción española hemos seguido el texto griego completo, publicado por Courier y enmendado por Sinner: Paris, Fermín Didot, 1829. Hemos tenido á la vista y consultado la traducción en latín de la edición bipontina y la traducción francesa de Amyot, revue, corrigée, completée, de nouveau refaite en grande partie par P. L. Courier.

En nuestra traducción de los tres primeros libros, hemos procurado ser tan fieles al original cuanto es posible en una lengua moderna de Europa. Nos lisonjeamos de que en punto á fidelidad hemos vencido á Courier, como podrán ver los inteligentes, si comparan con el original ambas traducciones.

En el cuarto libro nos hemos atrevido á hacer bastantes alteraciones: algo parecido á lo que llaman un arreglo. Esto no quita que muchos párrafos (más de la mitad de dicho libro cuarto), estén también traducidos por nosotros con la mayor exactitud. Sólo hemos variado unos lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres, sustituyéndolos con otros, fundados en más naturales sentimientos.

Fué nuestro primer propósito hacer nuestra traducción en lo que han dado en llamar fabla antigua esto es, en el castellano del siglo XIV ó del siglo XV. Para imitar bien el candor y la sencillez del texto, tal vez hubiera sido esto convenientísimo; pero, en nuestro sentir, requería un trabajo ímprobo si había de hacerse con conciencia y evitando el peligro de inventar una fabla antigua, que jamás se hubiese hablado. Para Courier, que ha hecho su traducción en francés arcáico, la empresa no era tan árdua; tenía por modelo á Amyot, que le guiaba mientras él le corregía. Por otra parte, yo entiendo que, sin procurar expresamente lo arcáico, siguiendo bien el texto, buscando las palabras propias y los giros más adecuados, y huyendo de las frases hechas y con frecuencia amaneradas del estilo novísimo, resulta un castellano bastante candoroso y que parece antiguo. El público juzgará si hemos conseguido esto en nuestra traducción.

II. Dice el proemio: y habiendo buscado á alguien que me explicase bien la pintura, compuse estos cuatro libros. P. L. Courier traduce: si cherchai quelq’un qui me les donna á entendre par le menu, et ayant le tout entendu, en composai ces quatre libres. Yo empleo quince palabras, y P. L. Courier veintidos, para decir lo que dice en ocho el autor griego: καὶ ἀναζητησάμενος ἐξηγητὴν τῆς εἰκόνος, τέτταρας βίβλους ἐξεπονησάμην. Depende esto, no sólo de la riqueza de formas de la lengua griega, sobre todo en participios, que hace que se pueda decir más en menos palabras, sino también de nuestro empeño de no sobreentender nada, diciéndolo todo. Claro está que, cuando el autor buscó á alguien qui me les donna á entendre par le menu, no se contentó con buscarle, sino que también le oyó la explicación; pero esto se cae de su peso y no era menester decirlo. El original no lo dice. P. L. Courier pone, pues, de su cosecha, et ayant le tout entendu. En otras ocasiones añade también, ó ya porque lo cree necesario para mayor claridad, ó bien porque halla alguna frase que le parece bonita. Yo he procurado evitar tales amplificaciones y adornos, y si á veces he incurrido en ellos, no ha sido con tanta frecuencia como P. L. Courier.

La observación que acabamos de hacer pudiera repetirse con frecuencia. No lo haremos, por no pecar de prolijos. Nos limitaremos á citar otro solo ejemplo, tomado también del proemio. Dice el original: τὸν ἐρασθέντα ἀναμνήσει, τὸν οὐκ ἐρασθέντα προπαιδεύσει. Son siete palabras. Traduce Courier: peut remettre en memoire de ses amours celui qui autrefois aura été amoureux et instruire celui qui ne l’aura encore point été. Son veinte y tres palabras. Traduzco yo: recordará de amor al que ya amó, y enseñará el amor al que no ha amado nunca. Son diez y siete palabras.

III. Á unos doscientos estadios de Mitilene, yo traduzco deὅσον ἀπὸ σταδίων διακοσίων; en latín, stadia circiter ducenta. Estadio es palabra perfectamente castellana en este sentido, y significa la distancia ó longitud de 125 pasos geométricos. P. L. Courier pone: environs huit ou neuf lieues loin de cette ville de Mitylène. En este caso confieso que no choca mucho que modernice la unidad de medida para las largas distancias, pero entiendo que está mejor, ya que la historia sucede en Grecia y en tiempos antiguos, conservar los usos y costumbres de entonces. Más claro se comprende esto, y se ven el anacronismo y el desentono que de semejante exceso de traducción resultan, cuando en el mismo cuento de Dafnis y Cloe se habla de dracmas, dinero, y traduce Courier escudos. Yo prefiero poner dracmas, y no traducir escudos, ducados, reales ó pesetas, que entonces no había. Hay palabras que no se traducen, sino que pasan íntegras á todos los idiomas cuando se quiere volver á designar el objeto determinado y singular que designaban. Así, pues, por muy llano y natural que yo quisiese hacer mi estilo, jamás, por ejemplo, me atrevería á traducir peplo, clámide, estola ó coturno, por prendas de vestir parecidas y en uso en nuestros días.

IV. Los objetos suspendidos como ofrendas en la gruta de las Ninfas eran γαυλοὶ, καὶ αὐλοὶ πλάγιοι, καὶ σύριγγες, καὶ κάλαμοι. Courier traduce γαυλοὶ seilles á traire le lait; el latín, mulctræ. En castellano creo que bastaría colodras, que son vasijas de que se valen los pastores para ordeñar; pero, como el Diccionario de la Academia supone que las tales colodras son de madera, y los γαυλοὶ ó mulctræ tal vez serían de barro, he añadido tarros para que haya de todo. Αὐλοὶ πλάγιοι ha sido menester traducirlo también con gran libertad. En latín se llaman tibiæ obliquæ, trompetas oblícuas. Dicen que este instrumento fué inventado por Midas. Á lo que más se parece de los modernos es al bajón, al fagot y al pífano. Por esto pongo pífanos en mi traducción.

V. Y les habían hecho aprender las letras; en griego, καὶ γράμματα ἐπαίδευον. Courier, por seguir á Amyot, pone leur faisant apprendre les lettres; pero censura esta traducción en una larga nota, suponiendo que implica un contrasentido, ó, por lo menos, que induce en error. Nosotros creemos que no hay tal error, y que, en vista del sentido todo, no da tampoco lugar á anfibología. Aprender las letras no es más que aprender las letras, y no aprender literatura. Dice Courier que Longo quiso decir que Dafnis y Cloe aprendieron á leer y á escribir. Yo creo que no quiso decir sino lo que dijo, que aprendieron las letras, que aprendieron á deletrear, y que tal vez ni escribían ni leían de corrido.

VI. Y se esmeraba hasta la noche en tocar la zampoña. La voz griega σύριγξ significa un instrumento inventado por Pan y compuesto de varios cañutos desiguales, unidos entre sí. El P. Baltasar de Vitoria, gran autoridad en esta materia, dice en su Teatro de los dioses, que este instrumento se llama en castellano zampoña ó albogue. Yo pongo zampoña unas veces, y otras veces flauta, porque el uso ha hecho que se hable más, aunque menos exactamente, de la flauta de Pan que de la zampoña de Pan.

VII. ...logró subir el caído. Desde este punto hasta donde dice: ¿qué me hizo el beso de Cloe?, todo falta en la traducción de Amyot. En el original de la edición bipontina hay un pedazo más, hasta donde dice: y yendo con Cloe á la gruta de las Ninfas, le dió á guardar la tuniquilla y el zurrón. Había, de todos modos, una gran laguna, que después se ha llenado, en vista del manuscrito de Florencia, donde el texto está completo.

VIII. Quisiera ser su flauta para que infundiese en mí su aliento. P. L. Courier traduce: Ah!, que ne suis-je sa flûte pour toucher ses lèvres. Dice el original: εἴθε αὐτοῦ σύριγξ ἐγενόμην, ἵν’ ἐμπνέη μοι. Claro está que no se habla de los labios, sino del aliento ó soplo. Supone Courier que esto está tomado de la antigua copla siguiente:

Εἴθε λύρα καλὴ γενοίμην ἐλεφαντίνη,
Καί με καλοὶ παῖδες φέροιεν Διονύσιον ἐς χορὸν.
Εἴθ’ ἄπυρον καλὸν γενοίμην μέγα χρυσίον,
Καί με καλὴ γυνὴ φοροίη καθαρὸν θεμένη νοόν.

La copla es muy bonita, pero el decir de Cloe puede ser coincidencia, y no imitación. Es fácil coincidir en lo natural. Una oda de Anacreonte encierra el mismo pensamiento, diciendo en la traducción de Castillo y Ayensa, si no me es infiel la memoria:

Quisiera ser la cinta
Que pende de tu cuello;
Quisiera ser la joya
Adorno de tu pecho;
Quisiera ser el agua
Con que lavas tu cuerpo;
Y fuera la sandalia
Que ciñe tu pie bello;
Que por tu planta hollado,
Viviera yo contento.

De seguro que los rústicos andaluces no leen á Anacreonte, y uno de ellos compuso, sin duda, aquella graciosa á par que apasionada copla de seguidillas, que dice:

¡Ay, quién fuera la cinta
De tu zapato!...

Y no ponemos los otros dos versos por demasiado expresivos; pero buenas ganas se nos pasan de poner los, porque vencen á los de Anacreonte, á los del otro poeta griego y á la prosa de Longo.

IX. La piel de un cervatillo, esmaltada de lunares blancos, para que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes. En el original hay estas dos palabras: νεβρίδα βακχικήν, para cuya traducción ha sido menester emplear todas éstas: la piel de un cervatillo para que la llevase en los hombros, cual suelen las bacantes.

X. Soy blanco como la leche y rubio como la mies, cuando la siegan. Añade Courier, entre estos elogios que Dorcón se tributa á sí mismo: frais comme la feuillée au printemps, lo cual no está en el texto.

XI. ...y de sus ojos, que los tenía grandes y dulces como las becerras. La comparación, en son de elogio, de los ojos de las muchachas con los ojos de los bueyes, vacas ó becerras, es muy frecuente en los autores griegos; hasta hay los epítetos de βοώπης y βοόγληνος, para designar á quien tiene ojos grandes y hermosos.

XII. ...y tenía pálido el rostro como agostada hierba. Son las palabras de Safo: χλωροτέρα πόας ἐμμί.

XIII. ...y el hocico le tapaba la cabeza, como casco de guerrero: καὶ τοῦ στόματος τὸ χάσμα σκέπειν τὴν κεφαλήν, ὥσπερ ἀνδρὸς ὁπλίτου κράνος. Algunos guerreros, y singularmente los abanderados, según se ve en la Columna Trajana, llevaban el casco, galea, cubierto con la piel de la cabeza de una fiera, que conservaba la forma de cabeza, de suerte que el rostro del soldado parecía asomar por entre los dientes de la fiera.

XIV. ...llenaba una gran taza de vino y de leche. De esta mezcla resultaba una bebida llamada οἰνόγαλα, que se toma aún, según dice Courier, en Levante y en Calabria.

XV. Se ponía á cantar de Pan y de Pitis. Pan fué un dios tan enamorado como poco dichoso en sus amores. Siringa, Eco, la Luna y otras diosas y ninfas le desdeñaron. Pitis, por el contrario, le amó, y desdeñó por él á Bóreas, quien, enojado y celoso, la arrebató en sus alas, y la mató arrojándola contra las rocas. La Tierra, compadecida, la transformó en árbol: πίτυς, femenino en griego, el pino.

XVI. ...y dice que busca los becerros huídos. Esta fábula ó conseja, que, el autor califica de θρυλλούμενα, cosa sabidísima ó divulgada, no se halla en ningún mitólogo de los que yo conozco. Φάττα, la paloma torcaz, no es nombre de ninguna ninfa, como lo es el nombre de la otra paloma, περιστερά. Esta ninfa, Peristera, ayudó á Venus, que competía con Amor en coger flores. Venus triunfó así de Amor. Éste, enojado, convirtió en paloma á la ninfa. Venus la puso en su carro triunfal.

XVII. ...hay muchos estrechos de mar que hasta hoy se llaman pasos de bueyes. En griego βοοσπόροι, de donde Bósforo.

XVIII. No soy niño, aunque parezco niño, sino más viejo que Saturno. Yo soy anterior al tiempo todo. Este discurso de Filetas es quizá lo más bello que hay en la obra de Longo, no tanto por lo que dice de Amor, dicho ya por muchos autores, sino por la graciosa sencillez de estilo con que la aparición de Amor en el huerto y todo lo demás está contado. Como en la religión de los griegos no hubo dogmas fijos, cada poeta contaba los hechos á su manera, resultando de aquí mucha variedad de fábulas sobre una misma persona divina, sobre todo cuando esta persona tenían más de alegórico que otras, como sucede con Amor. Empezando por su mismo origen, hay gran discrepancia. Así es que unos, los más, hicieron á Amor hijo de Venus y de Marte; otros, como Platón, le dieron por padres á Poro y á Penia, esto es, al dios de la abundancia y á la diosa de la pobreza; otros quieren que Amor naciese de Júpiter, y otros, que naciese antes que todo, no comprendiendo que nadie pudiera nacer sin Amor y antes de Amor, á no ser el Caos y la Tierra ó el Eter y la Noche. Claro está que, para éstos, Amor es el fuego, la luz, la actividad, el prurito, la voluntad primera que crea el ser, la vida y el universo todo. Después de muchos siglos, Schopenhauer ha venido á parar en la misma doctrina. Todo cuanto es, según este filósofo, se reduce á apariciones y formas en que Der Wille, la Voluntad ó el Amor, se revela y hace visible. Las criaturas son objetivaciones de Amor. Der Wille es, pues, el principio real del Universo y el principio ideal ó metafísico, y la solución del problema cosmológico. Doctrina parecida es la de Longo cuando hace decir á Amor que es anterior al tiempo todo. Esta idea del Amor, como fuerza demiúrgica, está expresada en la Teogonía de Hesiodo, diciendo:

Ἤτοι μὲν πρώτιστα Χάος γένετ’, αὐτὰρ ἔπειτα
Γαῖ’ εὐρύστερνος, πάντων ἕδος ἀσφαλὲς αἰεὶ
Ἀθανάτων οἳ ἔχουσι κάρη νιφόεντος Ὀλύμπου,
Τάρταρα τ’ ἠερόεντα μυχῷ χθονὸς εὐρυοδείης,
Ἠδ’ Ἔρος, ὃς κάλλιστος, κ. τ. λ.

Lo cual coincide con la cosmogonía de los fenicios, que se lee en un fragmento de Sancuniathon, y dice: «Fueron principio de este universo un aire tenebroso y sutil y el caos confuso y envuelto en obscuridad, á los cuales, en tiempo infinito y que no se puede determinar, encendió un soplo de Amor, mezclándolos, y de esta mezcla nació el deseo, fuente de la creación toda.» Aristófanes, en su comedia Las Aves, donde éstas cantan en coro el origen del mundo, expone doctrina semejante: «Eran primero el Caos, dice, y la Noche, y el negro Erebo, y el extenso Tártaro. No había tierra, ni aire, ni cielo. Pero en el seno infinito del Erebo, la Noche, dotada de alas negras, puso un huevo, del cual, agitado é incubado por las Horas, brotó el Amor, lleno de deseos.» De aquí nació todo. Antes de Amor no hubo ni dioses.

Πρότερον δ’ οὐκ ἦν γένος ἀθανάτων, πρὶν Ἔρως ξυνέμιξεν ἅπαντα.

Esta idea de poner á Amor antes que todo y como creador de todo inspira hasta á los poetas cristianos. Milton, en vez de Amor, pone sobre el Caos al Espíritu Santo, á manera de paloma, incubándole y fecundándole.

...with mighty wings outspread
Dove-like sat’st brooding on the vast abyss,
and mad’st it pregnant.

XIX. Tanto puede (Amor) que Júpiter no puede más. Todo este segundo discurso de Filetas, dice Courier que está tomado de Platón. Yo entiendo que de Platón y de muchos otros autores, esto es, que poco ó nada es nuevo ó era nuevo entonces, salvo el sentir propio del autor, y su expresión y estilo, lleno de candor y de gracia. Se citan unos versos de Menandro, en que pone el poder de Amor por cima del de Júpiter. Pero, ¿de qué poeta no podrá citarse sentencia parecida? Ya Homero, en su himno á Afrodita, dice que todas las divinidades están sujetas á su imperio, salvo tres, que son Minerva, Diana y Vesta.

Estos encarecimientos del poder de Amor no cesan con los autores cristianos, confundiéndole tal vez para ello con una de las personas divinas. Así dice San Bernardo que Amor triunfa de Dios; y nuestro Padre Fonseca pone, entre mil otras alabanzas, que «Amor entróse por esos cielos, y cogiendo á Dios, no flaco, sino fuerte; no en el trono de la Cruz, sino en el de su majestad y gloria, luchó con él hasta bajarle del cielo y hasta quitarle la vida.»

Las victorias de Amor son, pues, extraordinarias y no tienen cuento. Por eso, los espartanos, creyéndole más belicoso que á Marte, se encomendaban á él y le hacían sacrificios siempre que tenían que reñir alguna brava batalla.

Fué creído, además, desde muy antiguo, inspirador de todas las acciones generosas y de virtud, y se tuvo por cierto, con prefiguración profética, aunque confusa, de los más altos misterios, que el Dios supremo le envía á la tierra para que salve á los hombres. Ya Esopo habla bellamente de esto en su fábula de Júpiter y Amor, dando cuenta de que «cuando Júpiter crió á los hombres, dióles todas las prendas que los adornan ahora; pero aún no moraba Amor en las almas de ellos, porque este dios, que tiene alas tan sublimes, no bajaba nunca del cielo, y sólo hería con sus flechas á los dioses. Temeroso Júpiter, no obstante, de que se perdiera la más hermosa de sus criaturas, envió á Amor á la tierra para que fuese custodio del género humano. Amor obedeció el mandato de Júpiter, pero no consideró que le estuviese bien morar en todas las almas y elegir por templo suyo lo mismo las profanas que las iniciadas y buenas, por lo cual distribuyó el rebaño de las almas comunes entre los Amores plebeyos, hijos de las Ninfas, y él se fué á vivir dentro de las almas celestes y divinas, y embriagándolas con delirio amoroso, produjo infinitos bienes para todos los hombres.»

XX. El mismo dios Pan... como más avezado que nosotras á los negocios de la guerra, por haber ya militado en muchas... Aún se conserva en nuestros idiomas modernos el epíteto de pánico, dado al terror cuando es muy grande. Pan auxilió mucho á Júpiter en las guerras que tuvo, encadenando á Tifeo ó envolviéndole en una red; si bien otros dicen que le asustó, dando un grito espantoso. En otras guerras ocurridas en este bajo mundo, auxilió á sus devotos, como, por ejemplo, á los griegos contra los galos, mandados por Breno.

XXI. ...se puso á contar la fábula de Siringa... Esta transformación de Siringa en flauta, y los amores de Pan, que la originaron, sucedieron en Arcadia, á orillas del río Ladón, según refiere Ovidio en sus Transformaciones, donde dice que la Ninfa iba huyendo de Pan:

Donec arenosi placidum Ladonis ad amnem
Venerat; hic illam, cursum impedientibus undis
Ut se mutarent, liquidas orasse sorores:
Panaque cum prensam sibi jam Siringa putaret,
Corpore pro Nymphæ calamos tenuisse palustres;
Dumque ibi suspirat, motos in arundine ventos
Effecisse sonum tenuem, similemque quærenti,
Arte nova: vocisque deum dulcedine captum,
Hoc mihi colloquium tecum dixisse manebit,
Atque ita disparibus calamis compagine ceræ
Inter se junctis nomen mansisse puellæ.

XXII. Llegó el invierno, para Dafnis y Cloe más que la guerra crudo. Sin duda convenía al autor, para su sencillo argumento, que el invierno fuese muy rigoroso, ó tal vez quiso lucir su retórica pintándole, pues es evidente que, ni en nuestro siglo, ni en la época de la acción de la novela, hubo de hacer jamás tanto frío ni de caer tanta nieve en la isla de Lesbos.

XXIII. ¡Salud!, ¡oh, hijo mío! Χαῖρε, ὦ παῖ, dice el original. He preferido decir, ¡salud!, ¡oh, hijo mío!, al modo más natural de saludar ahora, diciendo Dios te guarde, porque este modo parece anacrónico é impropio de gentiles.

XXIV. ...comieron coronados de hiedra. Parece que un gentil muchacho, llamado Cisso, gran bailarín y valido de Baco, bailando un día delante del dios, para divertir sus ocios, se cayó en un hoyo y se convirtió en hiedra, planta que fué consagrada á dicho dios, el cual gustaba de coronarse con ella. También para los poetas se tejían de ella coronas:

Pastores hedera crescentem ornate poetam.

dice Virgilio. La hiedra, sobre todo, era para coronar á los poetas dramáticos, por ser el teatro propio de Baco. Por eso Menandro pide á los dioses ser siempre coronado de hiedra ática:

Τὸν Ἀττικὸν αἰεὶ στέφεσθαι κισσόν.

En las bacanales se coronaban asimismo de hiedra los que las celebraban. Así es que el gobernador que puso Antíoco en Jerusalén, queriendo hacer gentiles á los judíos, les mandaba que fuesen por las calles coronados de hiedra cuando se celebraba la fiesta de aquel dios, como se cuenta en el libro II, capítulo VI, de los Macabeos: et cum Liberi sacra celebrarentur, cogebantur heredà coronati Libero circuire.

XXV....hallaron narcisos, violetas, corregüelas y otras vernales primicias. El texto griego dice ἀναγαλλίς, que hemos traducido por corregüela. Las anagalídeas son un género de la familia de las primuláceas, en el que se contienen muchas especies como los murajes. Courier traduce muguet, que viene á ser en español lirio de los valles; pero tal vez puso muguet sólo porque el vocablo es bonito y también el objeto que expresa. Quiera significar lo que quiera la tal flor Anagalis, al tratar de traducirla al castellano, un amigo mío me ha recordado á una Ninfa Anagalis, de quien nada leí jamás en ningún libro, ni en Polidorio Virgilio; pero que, según afirma Juan de la Cueva, en su extraño poema de Los inventores de las cosas, fué la que inventó el juego de pelota. El erudito poeta dice:

Del juego tan común de la pelota
Anagalis, muchacha, fué inventora:
Que se llame Astragalis quieren otros.

XXVI. ...expresando poco á poco el nombre de Itis. Este Itis fué hijo de Tereo, rey de Tracia. Progne, mujer de Tereo, mató á su hijo Itis, y se le dió á comer á su propio padre. Filomena, hermana de Progne y tía de Itis, fué convertida en ruiseñor; Progne, en golondrina; en gavilán, Tereo, y en faisán, Itis.

XXVII. Por el reposo casero y holganza del invierno estaba rijoso y lucio, y con el beso se emberrenchinaba y con el brazo se alborotaba. Para descargo de mi conciencia de haber traducido con sobrada energía y desenvoltura, diré que Dafnis, con el reposo y holganza, ἐνηβήσας, de ἐνηβάω, pubesco, juveniliter lascivio: con el beso ὤργα, de ὀργάω, succo turgeo, venerea cupiditate flagro; y con el abrazo ἐσκιτάλιζε, de σκιταλίζω, salax sum. Lo mismo digo de otros pasajes, donde siempre he atenuado el brío y suavizado la crudeza del texto.

XXVIII. Cromis, sujeto ya de edad madura, quien había traído de la ciudad á una mujercita, etc. Debe entenderse que esta mujercita no era la mujer propia, la esposa de Cromis, sino una cortesana mantenida por él. Su mismo nombre Lycenia, de Αὔκαινα, loba, parece ya indicarlo, y hasta la circunstancia de venir siempre dicho nombre en diminutivo en el texto griego. En el teatro de aquel pueblo apenas había comedia en que no hiciesen papel las cortesanas ó heteras, á veces vilipendiadas cruelmente por los poetas, á veces también ensalzadas de discretas, amables, generosas y hasta virtuosas. Y esto no ha de extrañarse, porque las cortesanas de entonces representaban la inteligencia y la cultura de la parte femenina, y alcanzaban gran poder y valimiento. Algunas se casaban con los mismos reyes. Targalia de Mileto se casó con un rey de Tesalia, y Tais con un Ptolomeo. Duró esto hasta muy tarde, hasta época ya en que estaba muy difundido el Cristianismo. La mujer de Justiniano, la célebre emperatriz Teodora, había sido una cortesana de las más disolutas. Fué, además, tan desaforada comedianta, que las cosas que hacía en público teatro no hay quien se atreva á explicarlas en ningún idioma moderno, sino que se toman de Procopio y se ponen como nota, en griego, en las historias que de ello tratan. El mismo Gibbon lo deja sin traducir. Imitémosle.

No ha de extrañarse, pues, que en la edad clásica y gentílica las cortesanas tuviesen grande influjo, y fuesen amigas respetadas de los hombres más eminentes: así Aspasia, de Pericles; Arqueanasa, de Platón; Herpilis, de Aristóteles, y Glicera, de Menandro. Alcifrón puso en cartas muchos rasgos brillantes de las cortesanas, y Machón escribió un poema de los dichos discretos y agudos de estas mujeres.

Una de las más ilustres, por su talento, discreción y afecto á sus compatriotas, fué Rodopis, alma de la colonia griega de Egipto en tiempo del rey Amasis. El célebre egiptólogo y novelista Jorge Ebers, en su novela La hija de Faraón, hace de esta Rodopis la principal heroína, después de la misma hija del rey de Egipto que casó con Cambises, y de la princesa Atosa, hija de Ciro, mujer de Darío y madre de Jerjes. Claro está que Lycenia no era una hetera de primer orden, sino modesta y de pocas campanillas, como un pobre labrador de Lesbos podía costearla.

XXIX. ...habiéndose cerciorado ella de que todo estaba alerta y en su punto... Creo haber traducido del modo más púdico posible el texto, μαθοῦσα ἐνεργεῖν δυνάμενον καὶ σφριγῶντα, que interpreta así la versión latina: ipsa jam edocta eum ad patrandum non solum fortem esse, verum etiam libidine turgere...

XXX. ...Luego sacó del zurrón pan de higos... Para que no se entienda que este pan de higos está inventado por mí por la afición que yo tengo á las cosas andaluzas, diré que παλάθη no significa más que pan de higos; massa caricana, dice la versión latina, esto es, masa hecha con el higo de Caria, que se llamaba carica. P. L. Courier traduce, no sé por qué, raisin sec. De seguro que no había comido él, como yo, el delicioso pan de higos que se hace en Málaga.

XXXI. Los mitólogos varían mucho al referir esta historia de Eco. Fíngenla los más hija del Aire y de la Tierra. Juno dicen que la castigó obligándola á repetir las últimas sílabas de las palabras que oyese. Otros, que desdeñada de Narciso, á quien amaba, se convirtió en peñasco. Ovidio, en las Transformaciones, cuenta que su mal pagado amor la secó de suerte y la consumió hasta tal punto, que se quedó en los huesos y en la voz:

Vox manet: ossa fuerunt lapide traxisse figuram
Inde latet sylvis nulloque in monte videtur,
Omnibus auditur: sonus est qui vivit in illa.

La fábula de Longo es, pues, diversa, y su principal gracia consiste en un equívoco intraducible; porque μέλος, en griego, significa miembro, y también verso, medida, de donde la palabra melodía. Así es que los pastores esparcieron por toda la tierra τὰ μέλη, las canciones, las melodías de la Ninfa, lo cual está traducido en latín cantabunda membra, y por Courier, á quien en esto seguimos, sus miembros, llenos de harmonía.

XXXII. Esta manzana ¡oh, vírgen! es creación de las Horas divinas. El texto dice Ὦ παρθένε, τοῦτο τὸ μῆλον ἔφυσαν Ὧραι καλαί: el latín, Mea virgo, hoc pomum quod vides, anni ætates pulchræ pepererunt. Cette pomme Chloe, ma mie, les beaux jours, d’été l’ont fait naître, traduce Courier. Yo he preferido dejar á las Horas, á las diosas, hijas de Júpiter y de Temis, que dirigen y gobiernan las estaciones y cuidan del carro del Sol, como creadoras de la manzana. No lo disputo, aunque creo que esto es más poético que decir llanamente que con el verano se crió la manzana; pero entiendo que soy más fiel traductor. Tal vez se dirá que no es gran encarecimiento de alabanza el decir que una manzana es creación de las Horas. Lo mismo crean las Horas las manzanas gruesas y hermosas que las feas y ruines. Esto es verdad, considerado pedestremente; pero cuando esto de que la manzana es creación de las Horas se dice con entusiasmo, vale tanto como decir que las Horas pusieron en crearla singular esmero. Semejante censura he oído hacer, por ejemplo, de aquellos versos de Zorrilla en elogio de Granada.

Salve ¡oh, ciudad! en donde el alba nace,
Y donde el sol poniente se reclina;
Donde la niebla en perlas se deshace,
Y las perlas en plata cristalina.

En todas las ciudades nace el alba, se pone el sol, se deshace la niebla y corre el agua: no cabe duda; pero Zorrilla da á entender que en Granada ocurre todo ello de una manera eminente, ejemplar y soberana, como si la aurora no quisiera nacer sino para alumbrar á Granada, y el sol no quisiera reclinarse más que en el seno ó á la espalda de sus montes.

XXXII. Semele, pariendo; Ariadna, dormida, etc. Aquí pone el autor en breves palabras los principales casos de la vida de Baco. Semele pariendo, no es la común opinión, pues refieren los más, de cuantos han tratado este asunto, que Semele, hija de Cadmo, que tenía amores con Júpiter, deseó ver al Dios en toda su gloria, y al verle, ardió en el resplandor que de sí lanzaba. Ya muerta, sacó Júpiter á la criatura que tenía ella en su seno, y acabó de criarla, hasta que se cumplieron los nueve meses, guardándosela en un muslo. Cuentan otros, no obstante, que Semele dió á luz á Baco naturalmente y á su tiempo, y á éstos sigue Longo. Repetimos, con todo, que la general opinión es la del doble nacimiento de Baco. Luciano le ha celebrado en un diálogo burlesco, y el dios ha llevado nombres que recuerdan este nacimiento doble. Así se ha llamado bimatre dithyrambo, de παρὰ τὸ δύο θύρας βῆναι, salir por dos puertas, y Eirafiote, cosido en el muslo.

Por lo demás, Baco y su historia tienen grandes variaciones, por ser este dios uno de los más simbólicos y misteriosos que en Grecia se adoraron, y por representar á la vez no pocas cosas. Por una parte, proviene este dios del naturalismo: es la fuerza vegetativa de las plantas. De aquí que tantas le estén consagradas, como la hiedra, la higuera y la vid, y que le llamen γενεσιουργὸς τῶν καρπῶν, engendrador de los frutos, y que sea también padre de Príapo.

Representa, además, á un héroe conquistador y civilizador del mundo, y su leyenda, bajo este aspecto, toma mucho de la de Osiris egipcio, y de la de Melkarh ó Hércules tirio. Como Hércules, Baco erigió sus columnas en el extremo de las tierras y mares hasta donde llevó su expedición triunfadora.

Representa, por último, Baco la fuerza y virtud del licor fermentado, que inspira á los hombres una especie de delirio, que se tenía á veces por sagrado. En este sentido, Baco trae su origen de Soma, dios de los Vedas, dios-bebida, dios-libación, dios que se consume en la llama del sacrificio; hijo de Indra, como Baco es hijo de Júpiter. En este sentido, Baco recibió muchos títulos ó sobrenombres entre los griegos y latinos. Llamóse Musagetes, conductor de las Musas; Pirigenio, nacido del fuego; Melpómeno, celebrado en himnos; Leneo, de ληνός, lagar; Líber, por la libertad que el vino engendra, y Taurokeros ó Tauromorfos, porque tomaba cuernos y forma de toro, á causa del furor, osadía y violencia que adquiere quien se embriaga. De aquí que Horacio dijese á Baco:

Tu spem reducis mentibus anxiis
Viresque et addis cornua pauperi.

Dice Longo, encadenado Licurgo. Era éste un rey de Tracia que se opuso al culto de Baco, por lo cual sufrió un gran castigo del dios.

Despedazado Penteo. Esta aventura es de las más famosas de la historia de Baco, por haber dado asunto á un drama de Esquilo, ya perdido, que llevaba por título Penteo, y á la tragedia de Eurípides, que se conserva y se titula Las Bacantes. Parece que el culto de Baco, con sus frenéticas orgías, vino á Grecia desde Tracia y Macedonia, y halló en Grecia al principio grande oposición. Penteo en Tebas se opuso á este culto, y fué despedazado por las bacantes furiosas, entre las cuales se hallaba Agave, su madre.

Ariadna dormida. Prescindimos, por no ser prolijos, del valor y significado alegórico é histórico que puedan tener los amores de Ariadna, hija de Minos, con Baco. La general opinión, esto es, la fábula más conocida, junta en una las dos historias de los amores de Ariadna con Baco y con Teseo. Abandonada por este príncipe en la isla de Naxos, después que le ayudó á vencer al Minotauro y á salir del laberinto, Baco se le aparece enamorado, y se la lleva en triunfo. Los hermosísimos versos de Catulo, en el epitalamio de Tetis y Peleo, describen admirablemente, así el furor de Ariadna abandonada, como su triunfo inmediato, y la pompa báquica en toda su extraña locura:

At pater ex alia florens volitabat Iachus,
Cum thiaso Satyrorum et Nysigenis Silenis,
Te quærens, Ariadna, tuoque incensus amore;
Qui tum alacres passim lymphata mente furebant
Evoe, bachantes, evoe, capita inflectentes.
Horum pars tecta quatiebant cuspide thyrsos,
Pars e divolso raptabant membra fuvenco:
Pars sesse tortis serpentibus incingebant;
Pars obscura cavis celebrabant orgia cistis
Orgia quæ frustra cupiunt audire profani;
Plangebant alia proceris tympana palmis.
Aut tereti tenues tinnitus ære ciebant;
Multi raucisonos efflabant cornua bombos,
Barbaraque horribili stridebat tibia cantu.

Como se ve, el asunto del triunfo de Ariadna, de las bacanales y de la historia del hijo de Semele, rodeado siempre de bacantes, sátiros y silenos, se prestaba mucho á la pintura, y desde los tiempos más antiguos se han empleado en este asunto los pintores.

Pedimos perdón á los eruditos de habernos extendido demasiado en esta nota, pero ya se harán cargo de que escribimos también para el vulgo, el cual tal vez ignora lo que ellos tienen olvidado de puro sabido. Para no prolongar más la nota omitimos mucho que, con ocasión de Baco, se pudiera decir sobre el origen de la tragedia, que nació en sus fiestas, y sobre otras cosas, curiosas para quien no las sabe, y tal vez cansadas para los doctos, que las saben más fundamentalmente que yo.

XXXIV. Á este mensajero, que se llamaba Eudromo, porque su oficio era correr. Es evidente que en lo antiguo los nombres y los apellidos debieron de ser apodos, que denotasen oficio, condición, virtud, defecto ó calidad de la persona á quien se daban. Y esto en todos los países é idiomas. Lo que ocurría primero en la realidad de la vida se conservó después en Grecia y Roma, en las ficciones poéticas, sobre todo en comedias y cuentos, donde aparecen personajes imaginarios, y no históricos. El nombre de cada uno de estos personajes designa ya su carácter, empleo ó menester. Así, por ejemplo, en las comedias de Terencio se pone al principio lo que llaman ratio nominum, ó sea una explicación de por qué los personajes se llaman como se llaman. Allí vemos que una nodriza se llama Canthara, del cantarillo ó vaso de la leche; un soldado fanfarrón, Thraso, de θράσος, audacia; un joven alegre, Fedro, de φαιδρός, alegre; una meretriz desenvuelta, Bacchis; un criado, Parmeno, porque está ó permanece cerca de su amo, etc. Eudromo, pues, el buen corredor, se llamaba así porque corría.

XXXV. ...Sin duda mandará ahorcar de un pino á este viejo sin ventura, como ahorcaron á Marsyas. Marsyas no fué sólo ahorcado, sino también desollado, como dice Ovidio en los Fastos.

Provocat et Phœbum, Phœbo superante, pependit;
Cæssa recesserunt a cute membra sua.

Se cuenta de este Marsyas que fué un sátiro de grandísimo ingenio, que inventó muchas cosas, pero que se puso tan soberbio, que quiso competir con el propio Apolo en la música, de lo cual salió tan mal parado como queda dicho. Las Ninfas, de quien Marsyas era muy estimado, le lloraron y le convirtieron en río, cuyas aguas riegan la Frigia. Esto sucedió cerca de la ciudad de Celenas, por donde corre el río Marsyas. Así es que Xenofonte, cuando pasó por allí con los diez mil, acompañando al joven Ciro, dice que «se contaba que allí desolló Apolo á Marsyas cuando le venció en la contienda que con él tuvo sobre la música, y que colgó el cuero de él en una cueva de donde nacen las fuentes.» Xenofonte no dice con todo que Marsyas se convirtió en río, sino que por eso, por dicho lance, se llamó el río Marsyas.

XXXVI. ...en compañía de su parásito, Gnatón. Gnatón viene de γνάθος, boca, quijada. Tal vez salga de este vocablo griego la palabra española gaznate. De todos modos, γνάθων es sinónimo de parásito, y muchos personajes de comedias, que representan dicho carácter, llevan por nombre Gnatón. Hasta hay cortesanas ó etéreas que, sin duda, por muy golosas y comilonas, se llaman Gnatenas. El parásito del Eunuco de Terencio se llama Gnatón. Alcifrón, en sus famosas cartas, describe muchos parásitos, y en el teatro griego apenas había comedia en que no figurase uno, respondiendo á nuestros lacayos graciosos de las comedias de capa y espada, si bien los parásitos eran más despreciables y ruines.

XXXVII. Ni Apolo, cuando estuvo de pastor al servicio de Laomedonte... Aquí el autor se distrajo tal vez, y supuso que Apolo guardó los bueyes de Laomedonte, por más que la general creencia era la de que guardó el ganado de Admeto, rey de Tesalia, cuando andaba oculto por las riberas del río Anfriso huyendo de las iras de Júpiter por haber muerto á los cíclopes. Hizo Apolo estas muertes porque los cíclopes forjaron á Júpiter el rayo con que el rey de los dioses mató á Esculapio, que era hijo de Apolo. Apolo estuvo también con Neptuno al servicio de Laomedonte, mas fué para levantar los muros de Troya.

XXXVIII. ...y estimaba á tu cocinero más digno de admiración y de afecto que á todas las muchachas de Mitilene. Esto tiene tal vez en el original cierto sentido que, en virtud del arreglo hecho por mí en el libro IV, debe desaparecer en la traducción. El sentido que se da á la frase en la traducción está perfectamente conforme con el carácter del parásito glotón y aficionado á los buenos bocados. Para la gente de esta clase, según los poetas cómicos y satíricos de la edad clásica, los cocineros, siendo buenos, eran como dioses, y la cocina era un templo. Las causas de su amistad y de su amor estaban en la cocina. Á este propósito escribió un poeta del Renacimiento el siguiente epigrama:

Vita Cœnipetas, vagos Gnathones,
Nec blandos licet æstimes amicos:
Illis, dum calet olla, amor calebit;
Frigebunt cito, si culina friget.
Non te, sed tempidum colunt cæminum:
Illis fumus ubi est, ibi est amicus.

Lo cual imitó de esta suerte Francisco de la Torre:

Á los que representan vida buena
En el teatro de una y otra cena
Lisonjeros buscones, y testigos
De la mesa, no estimes por amigos;
Porque en éstos (Dios de ellos nos preserve)
Mientras hierve la olla el amor hierve.
Y tienen con hastío,
Si helada la cocina, el pecho frío.
Lo que aman no eres tú, aunque amigo seas,
Sólo aman las calientes chimeneas,
Y para éstos, en fin, con ardor sumo,
Allí el amigo está donde está el humo.

En las cartas de Alcifrón están pintadas las costumbres de los parásitos y sus percances y disgustos: uno va á buscar cortesanas para el señor que le convida; otro es apaleado casi de diario; otro está á punto de morir de indigestión; otro se desespera porque no halla quien le convide; otro se introduce en la cocina y roba de los mejores platos para regalarse. Había también parásitos muy divertidos, decidores y discretos, cuyos chistes hacían reir y entretenían á los señores con quienes comían. En tiempo de Menandro había dos parásitos famosísimos por sus chuscadas y por su elocuencia, y se llamaban Euclides y Filoxeno. El respeto, la admiración y el amor que los parásitos profesaban á los buenos cocineros, están consignados en muchos fragmentos que de la comedia griega se conservan aún. Sobre todo esto pueden verse pormenores curiosos en el ameno y erudito libro de Guillermo Guizot, titulado Menandro ó la comedia y la sociedad griegas. Baste decir aquí que el arte de la cocina y la gastronomía eran considerados punto menos que santos. Había tratados de gastronomía que se estimaban mucho, y se cita el de Archestrato como uno de los más famosos.

XXXIX. Vaquero fué Anquises, etc. Esta parte del discurso de Gnatón está de otro modo en el original. El parásito, en el original, quiere justificarse de otras cosas con el ejemplo de los dioses.

XL. ...se desembarazó de la capa ῥίψας θοιμάτιον, dice el original; abiecto pallio, la traducción latina. La mejor traducción de esto en castellano es capa, si bien el pallium era más bien una manta ó una pieza cuadrada de tela de lana que los griegos se ponían sobre la túnica, como los romanos se ponían la toga. El ἱμάτιον, sujeto por lo común al cuello por un broche, fibula, πόρπη, tomaba diversos nombres, según el modo de llevarle puesto.

XLI. No me aborrezcas por haberte expuesto. Muy á despecho mío lo hice. Las razones meramente económicas que tuvieron los padres de Dafnis y de Cloe para exponerlos á muerte segura y horrible, pues sólo se salvan por milagro de Amor y las Ninfas, y la frescura y poca vergüenza con que confiesan su infanticidio, pues lo era, aunque frustrado, no pueden menos de sublevar los más humanos y nobles sentimientos de nuestra edad; mas, por desgracia, esta dureza antinatural de padres y madres no fué sólo entre paganos, ni está sólo consignada en historias fabulosas ó verdaderas de entonces. Las historias de épocas muy cristianas están llenas de casos parecidos y aun peores; verdad es que no era la economía, sino un infame pundonor, quien á tales horrores excitaba. Así vemos, por ejemplo, que Amadis fué arrojado al río por orden ó consentimiento de su madre Elisena, y en El Prevenido engañado, de Doña María de Zayas, una dama va á parir á un corral y deja allí abandonada á la criatura para que se la coman los cerdos. En el día, estos motivos de falsa honra no han cesado; pero los de economía vuelven á tener ó tienen mayor fuerza que nunca, si bien el infanticidio se suele hacer con anticipación tal, que apenas lo parece. Se asegura que hay países muy cultos donde estipulan los que se casan cuántos hijos han de tener. Ignoramos si tan perversa costumbre se va ya introduciendo en España. Contra ella es freno la religión. No me atrevo á decir que lo es también toda moral filosófica, cuando vemos que uno de los filósofos ó pensadores que más en moda han estado, y más han movido los espíritus de los hombres de un siglo á esta parte, J. J. Rousseau, echaba á sus hijos á la inclusa y lo confesaba cínicamente.

XLII. ...Al varón le pusieron por nombre Filopoemen y á la niña Ageles. Filopoemen vale tanto como amigo de los pastores ó de la vida pastoril, de φίλος, amigo, y ποιμήν, pastor. Ageles significa rebaño, manada, ἀγέλη.

XLIII. Las pastorales de Longo han sido anotadas y comentadas por muchos y muy sabios críticos, como Sinner, Courier, Villoison, Mitscherlich, Coray, Huet, Moll y Schaefer. De muy poco de estas notas nos hemos valido, por ser más propias de los que publican el texto original. Las nuestras son casi todas para la mejor inteligencia de la traducción, y van sólo dirigidas en su mayor parte, como ya hemos dicho en otro lugar, al vulgo de los lectores no eruditos.

Y ya que hemos hablado de los anotadores y comentadores de Longo, bueno será decir algo de los críticos que le han juzgado, poniendo aquí, para terminar estas notas, varias muestras de sus juicios.

Huet (De l’origine des romans) dice: «Su estilo es sencillo, fácil y conciso, sin obscuridad; sus expresiones están llenas de viveza y de fuego; produce con ingenio, pinta con agrado y dispone sus imágenes con destreza.» Mureto le llama «escritor suavísimo y dulcísimo.» Scalígero, «autor amenísimo, y tanto mejor cuanto más sencillo.» Villoison dice: «El habla de Longo es pura, cándida, suave, concisa y encerrada en breves períodos, y sin embargo, numerosa, sin ninguna aspereza, pues fluye más dulce que miel, ó como arroyo argentino, á quien frondosa y verde selva da sombra y frescura, y donde se ven mucha copia y variedad de flores; de suerte que no hay allí palabra, ni sentencia, ni frase que no deleite.»

Dunlop (en su History of fiction) discurre por extenso sobre nuestra novela. Extractaremos algo de su juicio. «Longo, dice, ha evitado muchas de las faltas en que sus modernos imitadores han caído, causando á este género de composición (el pastoril) no corto descrédito. Sus personajes nunca expresan conceptos de afectada galantería, ni se enredan en razonamientos abstractos, ni él ha sobrecargado su novela con aquellos frecuentes y largos episodios que en la Diana de Jorge de Montemayor y en la Astrea de D’Urfé fatigan la atención y nos causan indiferencia respecto á la acción principal. Ni nos pinta tampoco aquel estado quimérico de la sociedad, llamado siglo de oro, donde los rasgos característicos de la vida rural están borrados, sino que procura agradarnos por una imitación legítima de la naturaleza y con la descripción de las costumbres, faenas, deleites y fiestas de los campesinos... Esta pastoral está en general muy bellamente escrita. El estilo, aunque ha sido censurado por la reiteración de las mismas formas, y por mostrar en algunos pasajes al sofista que emplea juego de palabras y afectadas antítesis, debe considerarse como el dechado más puro de la lengua griega en aquel último período. Las descripciones de las escenas y ocupaciones campestres son por extremo agradables, y, si es lícito usar la expresión, hay en ellas cierta amenidad y calma, que sobre toda la novela se difunden. Ésta, á la verdad, es la principal excelencia en una obra de esta clase, pues no nos encanta el pastoreo, sino la paz y el reposo de los campos.»

No es todo elogio lo que pone Dunlop. Censura la monotonía de los amores y coloquios, y condena, sobre todo, la inmoralidad y licencia de varios pasajes.

Sobre el influjo que ha tenido ó puede haber tenido esta novela en obras de la moderna Europa, Dunlop deja en duda si Tasso se inspiró algo en ella para el Aminta; pues si bien no se publicó edición alguna de Longo en griego, hasta 1598, cuando ya Tasso había muerto, Tasso pudo leer la traducción francesa de Amyot de 1559 y la paráfrasis latina en verso de su compatriota Gambara, publicada en 1569. Dice, por último, Dunlop, que ni Montemayor en la Diana, ni D’Urfé en la Astrea imitaron á Longo. Sí le han imitado Ramsay en el Gentle Shepherd, Marmontel en Annette et Lubin, y más felizmente que todos, el alemán Gessner en sus idilios.

Villemain dice: «No se puede negar que Dafnis y Cloe ha servido de modelo á Pablo y Virginia. Á pesar de los cambios de costumbres, creencias y clima, la imitación es sensible en el lenguaje de los dos amantes; las mismas candideces apasionadas salen de la boca de Dafnis y de la de Pablo; pero la superioridad del autor francés, ó más bien de los sentimientos que le inspiran, se muestra por doquiera, y hace de su obra una de las más encantadoras producciones de los tiempos modernos. Esta superioridad no consiste sólo en una dicción más sencilla, en un gusto más conforme con lo natural y verdadero, sino que estriba, sobre todo, en la pureza moral y en la especie de pudor cristiano que reinan en Pablo y Virginia. El cuadro de Longo es voluptuoso; el del autor francés es casto y apasionado.»

Chauvin (en Les romanciers grecs et Latins) dice: «Dafnis y Cloe es una pastoral encantadora, y ocupa, con la obra de Heliodoro, el primer lugar entre las novelas griegas. La intriga es seguida, interesante y de una sencillez del todo campesina... Es un cuadro lleno de gracia y de frescura, variado por cuentos mitológicos dichosamente elegidos y bien ligados con el asunto. El carácter, el lenguaje y las costumbres de los pastores son siempre lo que deben ser, y el autor ha sabido evitar los dos escollos ordinarios de las novelas pastorales: la grosería y la cortesanía afectada. El estilo no es menos notable que el fondo; es casi siempre de una elegancia que raya en coquetería y revela el trabajo del autor. Su frase tiene cierta concisión ingeniosa, dispuesta con la más hábil simetría y construída con tal delicadeza de gusto, que hasta de la eufonía se preocupa. El autor no aventura sin intención ni una palabra, y descuella en el empleo de las más propias para que el pensamiento sea claro y fácil de comprender. Como se afana por parecer natural y emplea tanto arte para ser cándido y sencillo, exagera estas cualidades y descubre el trabajo que le cuesta tenerlas. Es lástima que el mérito de esta linda novela esté afeado por la mancha que es común á todas las novelas griegas: la obscenidad de ciertos pormenores y de las pinturas voluptuosas, que el amor del arte no puede justificar.»

Más severo Chassang con Dafnis y Cloe, conviene, no obstante, en que esta novela es la mejor de todas las antiguas, aunque después añade: «Su mérito no es la moralidad. Comparémosla con la imitación que ha hecho de ella Bernardino de Saint-Pierre en Pablo y Virginia, y veremos lo que una imaginación casta y pura ha hecho de un cuadro en el que lo voluptuoso rayaba en indecente. La fábula de Dafnis y Cloe es de gran sencillez, y ésta es calidad que se aprecia, sobre todo al considerar los mil incidentes groseramente dramáticos que se amontonan en otras novelas griegas. Aquí el espíritu se reposa en más tranquilas imágenes. ¿Por qué ha de haber aquí también raptos y piraterías? ¿Por qué la naturaleza toda se ha de desencadenar á causa del rapto de Cloe, y por qué ha de mezclarse con la narración de las aventuras de los amantes la de una guerra entre dos ciudades? En cuanto al estilo, de todo tiene menos de sencillo. Tiempo ha que el candor de la traducción de Amyot ha dejado de alucinarnos sobre la afectación del original.» En este punto el excesivo amor propio nacional creemos que engaña á Chassang, encontrando sencillez y candor en francés, y no encontrándolos en griego. Por último, añade: «El autor (Longo) era un ingenio elegante, distinguido y dotado de un vivo sentimiento de la naturaleza; pero su obra tiene los caracteres de una época de decadencia.»

Humboldt, en el Cosmos, al hablar del sentimiento de la naturaleza, y de su expresión entre las diversas razas humanas, vista la rapidez con que tiene que tratar este asunto, es grande la distinción que hace de la obra de Longo, de la que dice (edición de Stuttgart, 1847, II Band., p. 14): «En el posterior tiempo bizantino, desde el fin del siglo IV, vemos con más frecuencia pinturas de paisajes en las novelas de los prosistas griegos. Por estas pinturas se distingue la novela pastoral de Longo, en la cual, no obstante, las suaves descripciones de la vida humana son muy superiores á la expresión del sentimiento de la naturaleza.»

FIN DE LAS NOTAS

LEYENDAS DEL ANTIGUO ORIENTE