EL PAÍS DE LA CASTAÑETA
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HARÁ ya seis meses estuvo en Madrid un anglo-americano, llamado H. C. Chatfield-Taylor. Un amigo mío me le presentó y trajo á mi casa, donde tuve el gusto de conocerle. Me pareció sujeto amable, discreto é ilustrado, y muy entusiasta de nuestro país. Pronto volvió al suyo dicho señor, escribió un libro sobre España, le imprimió en Chicago, exornándole con bor nitas estampas, y tuvo la bondad de enviarme un ejemplar, que recibí hace pocos días. Confieso que el título del libro me desagradó bastante. El libro se titula El país de la castañeta (The Land of the Castanet). Ya en el título hay una ofensa. Es como si un español escribiese un libro sobre los Estados Unidos, y sin acordarse de Washington, de Franklin, de Lincoln, de Grant, de Emerson, de Poe, de Edison, de Chaning, de Whittier y de otros muchos ilustres personajes; de sus nobles y hermosas mujeres, de sus grandes ciudades, de sus monumentos, de su riqueza, de su prosperidad, de las bellezas naturales de su territorio, de la anchura del Hudson y del Misisipí, y del salto del Niágara, recordase sólo la abundancia de cerdos que se crían y se matan en Chicago y titulase su libro El país del cerdo.
A menudo el Sr. Taylor nos acusa en su libro de orgullosos. Yo no creo que lo somos ni que lo hemos sido nunca; mas no por eso nuestra humildad ha de llegar hasta el extremo de resignarnos á creer que el objeto que más nos caracteriza y distingue de las otras naciones del mundo es la castañeta.
Hace muchos años, cuando el rey de Sajonia, que había sido partidario de D. Carlos, reconoció por reina á Isabel II, mandó á esta corte á un elegante y rico enviado extraordinario, llamado el barón Fabrice. Trajo este señor consigo á un hábil cocinero, que además era literato, y que al volver á su tierra compuso un libro de sus impresiones de viaje en España, y le tituló Puchero. Nadie entre nosotros podía ver la menor ofensa en este título. Para una persona cuyo principal oficio y arte es la cocina, el puchero no puede menos de ser la idea capital y como el centro en cuyos alrededores se agrupan las demás cosas. De la misma suerte, si el Sr. Taylor hubiera sido bailarín, la castañeta hubiera sido también, naturalmente, el núcleo de sus impresiones, la piedra angular de todo el caramillo de ideas que sobre España formase; pero como yo no creo que el señor Taylor sea bailarín de oficio, hallo raro que califique á España de país de la castañeta, por más que en España las castañetas ó castañuelas se toquen desde muy antiguo, según lo atestigua Marcial en sus versos en elogio de Teletusa, que las repiqueteaba de lo lindo al gusto de Cádiz; por más que un docto fraile inventase y escribiese una ciencia nueva titulada Crotalogía ó ciencia de las castañuelas, y por más que mi ingenioso y erudito amigo D. Francisco Asenjo Barbieri, que en paz descanse, escribiese también un curioso discurso sobre tan alegre instrumento.
Hecho ya este inevitable reparo, no he de negar que el libro del Sr. Taylor es de muy amena lectura, contiene muchas noticias, y á veces encomia hasta con entusiasmo á no pocas personas y bastantes cosas de España. Da, por ejemplo, justos y atinados elogios á varios de los más notables de nuestros políticos y literatos, como Castelar, Moret, Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Cánovas y Sagasta. Del conjunto del libro se infiere que el Sr. Taylor desea sernos favorable; pero á pesar suyo el prisma engañoso del protestante y del yankee, al través del cual nos mira, hace que á menudo, ya nos calumnie y nos injurie involuntaria y candorosamente, ya lance sobre nosotros ó contra nosotros profecías, agüeros y juicios, á mi ver, disparatados.
Dice, por ejemplo, que nosotros, en nuestro orgullo, tenemos peor opinión de los yankees que los yankees de nosotros. Lo único que se ha hecho en España es contestar con algunas injurias, que yo encuentro de pésimo gusto, á las de un gusto mil y mil veces más depravado y ruín, que nos han dirigido y que nos dirigen de continuo senadores, diputados, escritores graves, ó que pretenden serlo, y periodistas de la Gran República. Si fuésemos á contestar á los yankees con suma igual de injurias á las que les debemos, nos pareceríamos á dos enjambres de verduleras que se ponen como hoja de perejil, con el Atlántico de por medio. Y las injurias de los escritores de los Estados Unidos contra nosotros no son de ahora, con ocasión de la guerra de Cuba, sino que vienen de muy atrás. Sólo Guillermo Draper ha dicho más ferocidades contra España y ha mostrado más profundo aborrecimiento contra nosotros que el que podrían atesorar todos los españoles juntos, si se decidiesen á denigrar, á escarnecer y á insultar á los anglo americanos.
El mismo Taylor, que pretende, que desea, que aspira de buena fe á hacer nuestra apología, ya desde el segundo renglón de su libro nos califica de indolentes y de crueles. La acusación de fanatismo y de superstición que el Sr. Taylor lanza á menudo contra nosotros casi no nos ofende, y, de puro poco razonable y fundada, nos parece chistosa. Si fuésemos á hacer la estadística de los ajusticiados, quemados y asesinados por motivos religiosos, de fijo que resultaría, á pesar de Torquemada y de todos los inquisidores, doble ó triple número que en nuestra cuenta en la cuenta de la sentimental y piadosísima raza anglo-sajona.
En lo tocante á superstición, declaro que no me explico que nos acuse de ella ningún cristiano de distinta iglesia que la católica. Libre es todo hombre de aceptar y creer por completo lo dogmático de nuestra religión, ó sólo una parte, modificándola algo ó no modificándola; pero desde el momento en que se cree una parte, no hay razón ni motivo para llamar supersticioso al que lo cree todo. Cuando dijo Sancho que no bien él y su amo se remontaron al cielo, se apeó él de Clavileño y se puso á jugar con las siete cabrillas, Don Quijote tuvo sobrada razón en decirle que no se allanaría á creer en su jugueteo con las estrellas, si Sancho no creía tampoco en nada de lo que contó que en la cueva de Montesinos le había pasado. Para un impío racionalista, tan absurdos son los retozos de Sancho con las Pléyades, como la conversación y los lances del hidalgo manchego con Montesinos, Durandarte y Belerma. ¿Por qué, para un espíritu religioso, han de ser fanáticos el doctor eximio Suarez, el glorioso Ignacio de Loyola, Melchor Cano y Domingo de Soto, y han de ser unas criaturas muy juiciosas y razonables Wiclef, Knox, Lutero y Calvino? O todos igualmente locos y fanáticos, ó todos igualmente dignos de consideración y respeto.
Otra terrible manía del Sr. Taylor es la que muestra contra las corridas de toros, á las que fué no obstante y se divirtió viéndolas. Lo que es yo, gusto tan poco de dichas corridas, que nunca voy á presenciarlas, como no he ido en los Estados Unidos á divertirme en ver á dos ciudadanos romperse á puñetazos el esternón y las quijadas para deleite de los cultos espectadores; mas no por eso diré que mientras entre los yankees se estilen tales juegos, no será posible que se civilicen y seguirán siendo bárbaros y feroces. El Sr. Taylor declara en cambio que nosotros sólo porque toleramos las corridas de toros, somos incapaces de civilización en su más alto sentido.
Diré, por último, que el Sr. Taylor, que varias veces nos acusa de crueles, es cruelísimo con el pueblo español cuando le compara á un hidalgo empobrecido y casi hambriento, que lleno de vanidad y por seguir alternando con otros hidalgos ricos, es manirroto y despilfarrado, gasta más de lo que tiene y va derecho á la más espantosa ruina. Pues qué, ¿entiende el Sr. Taylor que sea vanidad y despilfarro que procuremos conservar, aun á costa de los mayores sacrificios, una isla que nos pertenece, y donde nadie ó pocos se sublevarían si desde los Estados Unidos no los alentasen y no les enviasen armas y dinero? Cuba es nuestra propiedad legítima, y no es vanidad ni soberbia nuestro empeño en conservarla. Cuba es, además, como la prenda y el testimonio visible y monumental de que este pueblo de la castañeta fué el que descubrió el Nuevo Mundo é implantó en él las artes y la civilización de Europa.
Aunque nosotros no negamos que en comparación de los Estados Unidos somos muy pobres, todavía nos parece duro que á cada paso se nos eche en cara nuestra pobreza y la vanidad ridícula con que se supone que tratamos de disimularla. Las señoras, dice el Sr. Taylor, van á paseo en coche elegantemente vestidas de medio cuerpo arriba, y de medio cuerpo abajo muy andrajosas, cubriendo con una manta aquella miseria. Por lucirse, andar en coche y tener palco en el Real, se tratan muy mal en casa, la cual suele estar inconfortable y mal amueblada. En invierno se mueren de frío, y en todas las estaciones remedan al camaleón, alimentándose casi del aire.
El Sr. Taylor deja entrever con insistencia su recelo de que en España se come poco y mal, de modo que nosotros para agasajar á los extranjeros no los convidamos nunca á comer, limitándonos á hacerles muchas cortesías. Nos cuenta, sin embargo, contradiciéndose, que el Sr. don Emilio Castelar le dió un almuerzo suculentísimo, en el que se sirvieron diecisiete platos, sin contar los postres, que serían, probablemente, cuarenta ó cincuenta, todo ello, para que no se atragantase, remojado con los mejores vinos españoles. Pues qué ¿quería más el Sr. Taylor? También se contradice al hablar de los clubs ó casinos. En algunos pasajes de su libro afirma que no somos un pueblo clubable, y califica de mezquinos y pobres nuestros clubs, y lamenta que se sostengan por el juego. Y en contra de lo dicho, afirma en otros pasajes, por ejemplo, que el Casino de Córdoba es grandioso, y ensalza el Ateneo de Madrid, que al fin es un casino donde no se juega, encomiando su rica y selecta biblioteca, su gran salón de sesiones y sus cátedras, donde personas sabias y elocuentes enseñan diversas ciencias y facultades.
Sobre la high-life de Madrid y sobre las damas de la suprema elegancia, el Sr. Taylor está algo satírico; pero en manera alguna singularmente ofensivo, ya que los vicios y faltas que halla en la smart set madrileña le parecen menores que los de la smart set neoyorquina. Como yo en este punto tengo la manga mucho más ancha que el señor Taylor, absuelvo de casi todas sus culpas, sin imponerles la menor penitencia, tanto á las damas elegantes de Madrid, como á las de los Estados Unidos, que me parecieron guapísimas, discretas y divertidas, durante los dos años que pasé en aquella tierra. Mi indulgencia es fenomenal para con las señoras. Apenas hay rareza que yo no les perdone; hasta perdono á algunas de nuestras damas elegantes que, según observa el Sr. Taylor, aunque no sepan hablar inglés, pronuncien con acento inglés el castellano, apretando mucho los dientes, desde que pasaron una semana en Londres. Este acento inglés es ya más distinguido y más chic que la erre nasal ó gangosa que otras damas emplean á fin de parecer educadas en París de Francia.
La clase media, sigue el Sr. Taylor, es ignorante, grosera y sucia. Supone enorme distancia, un abismo, entre nuestra nobleza y el pueblo. No sé cómo ha podido notar esto en el país más democrático del mundo, que es España. El señor Taylor acusa á cada paso de ignorantes á los españoles. No se comprende cómo el poco tiempo que ha estado aquí le ha bastado para examinarnos de todas las asignaturas y darnos calabazas. Los mahometanos y los judíos, esos sí que eran sabios; pero hicimos la barbaridad de expulsarlos.
No cabe en este breve escrito contestar á las censuras del Sr. Taylor. Nos limitaremos á contraponerle las siguientes afirmaciones:
Que durante toda la Edad Media la España cristiana fué el pueblo más tolerante de toda la cristiandad:
Que cuando venían cruzados á ayudarnos en la Reconquista, era menester echarlos ó luchar contra ellos, para que no matasen ni robasen á todos los judíos y mahometanos, faltando á los pactos y á la fe jurada:
Que la sabiduría muslímica y rabínica y sus filósofos y doctores, en vez de ser perseguidos por los monarcas cristianos de España, hallaron con frecuencia en sus cortes protección y refugio contra las fanáticas persecuciones, ya de algunos califas de Córdoba, ya de los almoravides y almohades, en la época de las tremendas invasiones africanas:
Y en fin: que esa sabiduría se difundió y se dió á conocer en el resto de Europa por medio de los cristianos españoles, arzobispos, obispos y sacerdotes casi siempre, que tradujeron, comentaron y explicaron los textos arábigos y hebráicos.
Pero salgamos de las honduras en que nos hemos metido, y terminemos este artículo, que va siendo ya sobrado largo, afirmando que el libro del Sr. Taylor es muy agradable de leer, á pesar de los defectillos que hemos notado, y que, si procuramos no ser vidriosos, reconoceremos que cuanto el Sr. Taylor dice contra nosotros, proviene de prejuicios difíciles de arrancar del alma de un extranjero, pero que en el fondo el señor Taylor ó nos encomia ó procura encomiarnos, y en casi todas las páginas de su libro muestra hacia nosotros muy sincera y fervorosa simpatía.
SOBRE LA ANTOLOGIA
DE POETAS LÍRICOS CASTELLANOS
DE DON MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO
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DISTRAÍDA la atención de la gente hacia los tristes acontecimientos políticos que van sucediéndose, poco ó nada interesan los trabajos literarios de nuestros días. De comedias, novelas y otros libros de entretenimiento, suele hablar la crítica en los periódicos. De libros eruditos, si tratan de cosas que pasaron mucho tiempo há, los periódicos no suelen decir nada ni tienen espacio ni vagar para ello. Y, sin embargo, además de que se aquieta y satisface la curiosidad con saber las cosas antiguas, el recordarlas ó el saberlas mejor, cuando nos las explica un varón docto y discreto, nos sugiere multitud de pensamientos y nos excita á proponer, ya que no á resolver, dudas, enigmas y problemas que tienen aplicación inmediata á las cosas de ahora.
Digo esto á propósito del último libro del señor Menéndez y Pelayo (Tomo VI de la Antología de poetas líricos castellanos), donde el autor, en más de 400 páginas, nos presenta un cuadro completo de la cultura y de la grandeza de España en tiempo de los Reyes Católicos, á fines del siglo xv y principios del xvi.
Hablando con desenfadada franqueza, yo creo inferiores á lo que hoy se escribe todas las producciones literarias de aquella edad, salvo tres, cuya resonancia y fama en las naciones extranjeras, y cuyo influjo en la cultura general no tiene traza de adquirir ni podemos presumir ni esperar que adquiera ninguna de nuestras producciones contemporáneas. Son estas tres obras que exceptúo La Celestina, las Coplas de Jorge Manrique, y El Amadis, en su última forma definitiva.
No seré yo de aquellos á quienes condena el Sr. Menéndez, porque desechan sin leerlos y como malos é insufribles todos los versos del Cancionero general de Castillo y los que encierra el de Resende, escritos en castellano; pero no puedo persuadirme de que haya en dichos versos algo que se levante sobre el nivel de lo mediano, y que divierta é interese hoy, si bien debe leerse y estudiarse, ya que sobre costumbres, usos, pasiones, aventuras y casos de aquella época gloriosa, enseña no poco que no enseñan las crónicas ni las historias, y ya que es además muestra y dechado del lenguaje y estilo de Castilla en los momentos de su mayor expansión y florecimiento políticos.
Tal vez logre el Sr. Menéndez, cuando hable de Juan del Encina, á quien califica del mayor poeta en aquel período y de D. Pedro Manuel de Urrea, que sobresale entre los aragoneses, infundirnos, al analizar y criticar sus obras, un concepto más elevado de nuestra inspiración poética de entonces. Yo dudo de que lo consiga, y no acierto á explicarme el poco valer de la poesía de entonces por falta ó culpa del instrumento; porque la lengua no estaba hecha ni el buen gusto formado. Cuando en aquella lengua se escribieron las Coplas de Jorge Manrique, bien pudieron escribirse otras muchas de igual mérito. Y no atribuyo tampoco mi cortísimo entusiasmo por aquella antigua poesía española á que para entenderla y sentirla bien, importa trasladarse en espíritu á la edad en que se compuso. Si es difícil trasladarse en espíritu á principios del siglo xvi sin salir de España, más lo es volar á Grecia ó á Italia no pocos siglos antes, y no por eso dejo de atreverme á decir que comprendo, estimo y admiro á Píndaro, á Horacio, á Virgilio, á Dante y al Petrarca. El no admirar, por consiguiente, á los poetas de los Cancioneros, debe de consistir, y no hallo otra razón por más vueltas que le doy, en que distan mucho de ser admirables.
En cambio, en la vida del más insignificante de ellos, en sus lances de amor y fortuna, hay más poesía, más chiste, más amenidad ó más sublimidad, que en todo el fárrago de sus canciones, glosas y villancicos.
Resulta de esto que (y sigo hablando con franqueza) apenas hay criatura humana, á no ser muy sabia, que aguante de seguida seis páginas de lectura de los versos publicados hasta ahora en la Antología del Sr. Menéndez, cuyos prólogos en cambio son encantadores y se leen con mayor interés y deleite que la más ingeniosa y apasionada novela. Por dicha, los prólogos son extensísimos, y son tan pocos los versos, que casi no parecen sino un pretexto para escribir los prólogos. Los retratos y biografías de Antón de Montoro, de los Manriques, de Alvarez Gato, de Pedro Guillén de Segovia, de Sánchez de Badajoz, de Diego de San Pedro y de otros trovadores, están hechos de mano maestra, y aún es más hermosa y tiene mayores atractivos la brillante pintura que hace el Sr. Menéndez de la renovación social, del desenvolvimiento político, de la organización y pujanza, de los bríos que casi de repente se muestran en Aragón y en Castilla unidos, y del salto milagroso, porque, á mi ver es inexplicable, con que una nación, presa de las discordias civiles, rota y desbaratada, y al parecer, pobre y débil, se alza de súbito á ser la envidia y la admiración de los demás pueblos de Europa, amenazándolos con su hegemonía y haciendo que el sueño de una monarquía universal, en no remoto porvenir, no fuese completo delirio.
¿Cuál fué la causa de tamaña transformación y de tan improvisado crecimiento? No puede ser más lastimoso el cuadro que los doctores Villalobos y Francisco Ortiz, que Hernando del Pulgar y que otros escritores de aquella época hacen de la situación de Castilla. Era un caos horrible, de donde la sacaron á ser una gran nación la fuerte mano de la Reina Católica y el genio militar y político de su marido. El remedio que emplearon para curar el mal y trocarle en robustez sana y fecunda no fué menos horrible. En nuestra edad más piadosa y humana, apenas se concibe rigor tan cruel, y aún se pone en duda que fuese indispensable en aquella edad de hierro. Las fortalezas y castillos se derrumbaban y arrasaban por docenas; los malhechores, bandidos y tiranos soberbios, que habían infestado y devastado el país, eran ajusticiados á miles. Para apaciguar el reino—dice el doctor Villalobos—se hacían muchas carnicerías de hombres y se cortaban pies y manos y espaldas y cabezas.
Encarecidísimas son las alabanzas que, ya al rey D. Fernando, ya á la reina doña Isabel, dan los más egregios escritores y pensadores de su tiempo. Machiavelli alaba al Rey Católico, príncipe nuevo que, de rey débil, ha llegado á ser el primer rey de los cristianos, que sujetó y domó á los barones y magnates, que creó una milicia invencible, que arrojó de su reino á los marranos, ejemplo raro y admirable; y que asaltó el Africa, hizo la empresa de Italia y venció á Francia, urdiendo siempre cosas grandes para tener suspensos y admirados á sus súbditos, sin darles ocasión ni reposo para que se rebelasen.
El conde Baltasar Castiglione es más galante y dedica á la reina todas sus alabanzas. Según él, ni en su tiempo ni en siglos atrás hubo en el mundo rey ó príncipe que merezca ser comparado con doña Isabel la Católica. Su fama se extendía por todas partes, y los que con ella vivieron y vieron por sus mismos ojos sus maravillas afirman haber esta fama procedido totalmente de la virtud de ella y de sus grandes hechos. En sus días ningún bueno se quejó de ser poco remunerado, ni se jactó ningún malo de no ser demasiadamente castigado; de donde nació tenelle los pueblos un extremo acatamiento, mezcla de amor y miedo. Y prosiguiendo en la misma alabanza, casi con las mismas frases, aunque abreviando, se pone aquí como la alabanza mayor que los mismos grandes, á quienes la reina despojó y domó, le quedaron aficionados en todo extremo y la sirvieron rendidos, de suerte que todos los hombres señalados y famosos que hubo en España fueron como hechos por ella, y de ser hechos por ella se envanecían. Así el Gran Capitán, el cual se preciaba de esto más que de todas sus victorias y más que de sus excelentes hazañas, en paz y en guerra, por las cuales quedan por bajo de él en grandeza de ánimo, en saber y en toda virtud, los príncipes, héroes y monarcas de aquellos días.
A pesar del valer innegable y extraordinario de los soberanos consortes, de su energía subida de punto, de las terríficas y espantables anatomías que hicieron y de las sabias leyes que promulgaron, repito que no acierto á explicarme la aparición poderosa y preeminente de España entre las demás naciones, si el germen de su grandeza no hubiera estado latente, pero vivo y pronto á brotar, en las entrañas del pueblo todo. Mucho puede hacer un soberano, un hombre de genio, y, si no de genio de buena intención, al frente de un pueblo y dirigiendo sus destinos; mas para esto es menester que el pueblo se preste, le ayude y tenga conciencia de lo que puede y vale. Claro está que ni por el brío, ni por la virtud militar y política, debe ni remotamente compararse Carlos III con los Reyes Católicos, pero los iguala, y, prescindiendo del adelanto moral que han traído los siglos, les lleva no corta ventaja en buena intención, en dulce amor á los súbditos y en benigna blandura, á pesar de la tiránica expulsión de los jesuítas, y, sin embargo, todo lo que hizo Carlos III tuvo algo de inconsistente y de efímero, volviendo á caer España en su anterior abatimiento, del cual, salvo el glorioso paréntesis de la Guerra de la Independencia, no se ha levantado todavía.
Infiero yo de todo lo dicho y de lo que callo, porque no cabe en un artículo breve, que la historia es tan divertida como poco docente ó dígase que enseña poco. Enseña cómo fueron las cosas, pero no por qué fueron. Después de leer mucha historia y de divertirme leyéndola me inclino yo á decir como los historiadores mahometanos: «Alabado sea el poderoso Alá que da el poderío á quien quiere y á quien quiere se le quita.» Esta es la manera, no sólo más piadosa, sino más cómoda y fácil de explicárselo todo. De otra manera nada se explica. ¿En qué consiste que estuviese España tan alta en tiempo de los Reyes Católicos y que esté tan baja ahora? ¿Valen menos los hombres del día? No lo sé; pero me inclino á creer que no. A nuestros hombres del tiempo de los Reyes Católicos y de sus sucesores inmediatos, lord Macaulay los ensalza hasta el punto de convertirlos en semidioses; Grecia y Roma no tuvieron varones más insignes. En cambio, nuestros hombres del día acaso inspiran desdén y lástima, no sólo á los lores, sino á los yankees. ¿No dependerá esto, más que del mérito diferente de unos y de otros, de los caprichos de la ciega fortuna? ¿Son más tontos ó menos valerosos los españoles del siglo XIX que los de los siglos XV y XVI? ¿Está la inferioridad en la poca fe religiosa del día? Conjeturo que no, al leer todas las irrespetuosas blasfemias de que se valían entonces para elogiar á las damas á quienes servían, ó para adular á los poderosos. Antón de Montoro, por ejemplo, dice á la reina Católica:
| Alta reina soberana, |
| Si antes nasciérades vos |
| Que la hija de Santa Ana, |
| En vos el hijo de Dios |
| Recibiera carne humana. |
Ni menos consiste nuestra inferioridad de ahora en que seamos menos codiciosos, menos envidiosos y menos viciosos que nuestros padres. Los documentos de los siglos XV y XVI dan testimonio fehaciente de lo contrario. El desenfreno de las costumbres y la falta de pudor habían llegado á su colmo. Díganlo la C... comedia, El pleito del manto y las obscenísimas comedias Serafina y Tebaida, todo lo cual circulaba libremente, sin que los padres de familia se escandalizasen y sin que la Inquisición hiciese alto en ello.
Dice Tomás Campanella, en su libro De monarchia hispanica, que en los siglos bárbaros prevalecieron los pueblos rudos del Norte y tuvieron el imperio; pero que cuando llegaron á valer más la astucia y la maña que la fuerza, inventadas la imprenta y la artillería, rerum summa rediit ad hispanos, por ser hombres más listos, ingeniosos y astutos. Aceptando esta explicación, he cavilado yo á veces, para explicarme nuestra decadencia, que tal vez la industria y los esfuerzos del trabajo manual han vuelto á colocar algo á modo de fuerza material aunque refinada sobre el más alto valer de las espirituales energías. Acaso provenga de este para nosotros lisonjero supuesto, que Espada haya decaído tanto. Si así fuese, podríamos añadir una parte y una excelencia más al famoso libro del Padre Peñalosa, titulado Cinco excelencias del español que destruyen á España. No quiero, pues, en serio, atribuir á tal causa nuestra pasada excelsitud y nuestro hundimiento presente. Y tampoco quiero atribuirlo á lo que ahora llamaríamos medidas de gobierno, ya que las más celebradas y admiradas en lo antiguo, por los que entonces escribieron, nos repugnan hoy y á menudo nos parecen feroces y vitandas atrocidades. Ni lo atribuyo, por último, á material flaqueza ó falta de recursos, ya que, aun atendido el universal progreso de población, bienestar y productos de toda clase, no es tan pobre ni tan flaca la nación que, sin exhalar casi una queja, envía 150.000 soldados á Cuba y piensa en enviar otros 50.000 dentro de poco.
Vaya usted á ver, pues, en qué consiste nuestra decadencia. Averígüelo Vargas. ¿Por qué pudo celebrar el antiguo poeta y hoy no puede celebrar el moderno
| A aquellos capitanes, |
| en la sublime rueda colocados |
| por quien los alemanes, |
| el fiero cuello atados, |
| y los franceses van domesticados? |
Hoy no acertamos á atar el fiero cuello á Máximo Gómez ni á domesticar al mulato cimarrón Maceo. ¿En qué estriba la diferencia? Lo ignoro. Pero de la ignorancia misma nace una esperanza consoladora. Hay en todo algo de misterioso que induce á no tener por absurdos los cambios más radicales. Los españoles son los mismos de siempre. Dios lo puede todo. Sus designios son inexcrutables. Y ya que nada de transcendental saquemos en claro del último libro del Sr. Menéndez, sino unas cuantas horas agradabilísimas leyéndole, pongamos nuestra confianza en Dios, y en la justicia, y en el valer de España, y exclamemos para terminar:
Causa jubet melior superos sperare secundos.
MÉRITO Y FORTUNA
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HACE pocos días recibí carta de mi excelente amigo el doctor D. Juan Fastenrath. Entre otras cosas me dice que en Alemania van á celebrar el centenario de D. Manuel Bretón de los Herreros y que el gran duque de Sajonia Weimar hará que en el teatro de su corte se represente una comedia, tal vez Muérete... y verás, de aquel fecundo y ameno poeta, el 19 de Diciembre próximo, al cumplirse el siglo de su nacimiento.
Lleno de patriótica satisfacción ví yo esta prueba del alto aprecio con que en algunos países de Europa miran á los ingenios españoles contemporáneos.
Aguó, no obstante, y hasta acibaró mi contento, la injusta severidad con que un autor inglés de mucha fama, que por acaso estaba yo entonces leyendo, juzga y condena á la España del día. En su estudio sobre Santa Teresa dice el Sr. Froude: «Las revoluciones siguen á las revoluciones en la Península Ibérica, hunden al pueblo en la miseria y esterilizan el suelo; pero en estos últimos tiempos, no han producido un solo personaje como aquéllos cuyos nombres forman parte de la historia europea. Sólo han producido aventureros militares y oradores de elocuencia transcendente; pero ningún Cid, ningún Gran Capitán, ningún Alba, ningún Cortés, ningún Pizarro. El progresista de nuestra edad necesita subir mucho si ha de elevarse al nivel antiguo.»
La verdad es que acerca de la España actual hay en el mundo muy desfavorables opiniones. Todavía somos estimados y ensalzados por nuestros artistas. Nuestros poetas líricos, tan buenos, en lo que va de siglo, como los de cualquiera otro país, son desconocidos en los países extranjeros. Algunas de nuestras novelas, aunque pocas, han sido traducidas en varias lenguas. Y algo de nuestro teatro moderno ha sido traducido y aplaudido también, sobre todo en Alemania y en Inglaterra. Acaso á El drama nuevo, de Tamayo, sea á lo que debemos el mayor triunfo. Ha pasado el Atlántico, y puesto en inglés, ha embelesado al público de los Estados Unidos.
En mi sentir, no obstante, el movimiento presente del ingenio español se estima fuera de España en muchísimo menos de lo que vale. Sin duda consiste esto en que Francia, que para todos los pueblos civilizados hace el papel de divulgadora y que además se interpone entre nosotros y los demás pueblos, dista mucho de sernos favorable. Y no lo es porque en Francia nos quieran mal ni porque falten en Francia personas eruditas que conozcan tan bien ó mejor que nosotros nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura, sino porque la generalidad de los franceses está tan engreída, y no sin razón, si cabe razón en el engreimiento, que casi no puede concebir que, desde los principios del siglo xviii hasta ahora, se haya hecho en España más que remedarlos ó permanecer en la barbarie ó corrupción mental en que habíamos ó se supone que habíamos caído.
En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos empeñado en probar que murió el antiguo pensamiento español castizo, y que desde Luzán en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.
Nada más falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El escepticismo del siglo pasado: su pobre filosofía sin metafísica; sus ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamación, sobre filantropía, igualdad, libertad y progreso, todo esto fué el espíritu de una época en la historia de Europa, ó si se quiere, de todo el género humano; pero en Francia resonó con mayor estruendo y hermosura, primero en sus escritores, y en su revolución más tarde. ¿Cómo había de sustraerse España al influjo de lo que aquellos escritores dijeron y de lo que la revolución hizo? Hasta podía considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero, y luego actuado. Aun así, yo entiendo que el influjo de Francia fué menor en España que en las demás naciones. Y en lo tocante á las reglas del arte, á la forma, á lo meramente literario, apenas merece tenerse en cuenta. Así como Parini, Alfieri, Monti, Fóscolo y Pindemonte nada deben á la imitación francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y Salamanca, ambos Moratines en lo lírico y épico, Quintana, Gallego y el duque de Frías nada le deben tampoco. Hasta en la poesía dramática, aun cuando queríamos sujetarnos á las reglas venidas de Francia, éramos originales, castizos y, permítaseme la expresión, de pura sangre española. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nación y de su época, es D. Ramón de la Cruz como Lope ó como Tirso.
Froude puede decir lo que se le antoje, pero, en literatura al menos, no veo yo por qué los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes poetas líricos que hemos citado, y los de bastantes otros más recientes que pudiéramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore, Shelley y Burns.
A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega ó no el amor propio nacional y siempre resulta de mi examen que dicho amor propio no me ciega. La mayor parte de los españoles, y yo con ellos, pecamos en el día por todo lo contrario. Cada cual propende á figurarse, poniéndose él á un lado como excepción rara y punto menos que única, que por acá, intelectual y moralmente, todo está muy rebajado. La maledicencia, la más acerba censura, y la sátira más cruel se manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que más agrada y se aplaude.
Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que han navegado mucho que nunca, en medio de las más espantosas tempestades, perdían la esperanza de salvación mientras oían á la gente de á bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones; y que sólo empezaban á perder la esperanza cuando veían á la gente de á bordo, resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de improperios.
Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y útil que nos denostemos y nos humillemos unos á otros hasta no poder más; pero hoy quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino calma, sin resignación y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un razonable sursum corda.
Válganme para ello así lo que he aprendido por la lectura como lo que he visto en los muchos años que he peregrinado y vivido en extraños países. No es mi intento ofender á nadie, pero he de hablar con entera franqueza. La ironía con que elogia Froude la elocuencia transcendente de nuestros oradores es injusta á todas luces. De sobra hay en cualquiera otro país oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y tan ampulosos como los que en España puedan ser más tildados de tener dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad, el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros oradores. Y en cuanto á la capacidad política que da muestra de sí en la acción y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.
Claro está, y cómo negarlo, que España está pobre; que materialmente se halla más atrasada que Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, los Estados Unidos, y tal vez algunos otros países; que es menos poderosa que Rusia; que ha perdido inmensos territorios en el Nuevo Mundo; que ha sido trabajada desde hace casi cien años por incesantes discordias civiles, y que en los momentos solemnes en que vivimos ahora se halla abrumada de grandes calamidades y amenazada de otras acaso mayores. ¿Pero la causa de esto, digámoslo sin rodeos ni disimulos, es que los españoles del día son más inhábiles, menos enérgicos, menos probos y menos entusiastas que los de otras edades para nosotros más dichosas? Esto es lo que yo niego. Puedo ver y veo nuestra decadencia; puedo recelar y prever nuestra ruina; pero no creo llano y fácil explicar la causa. Fuera de España, en América y en Europa, hasta donde yo he podido experimentar, no he visto que la gente del pueblo sea menos torpe, ni menos floja, ni menos ruda que en España. Y en cuanto á los sujetos eminentes, directores y gobernadores de los Estados, ya me guardaré yo muy bien de decir lo que dijo cierto lord inglés cuando envió á viajar á su hijo: anda, hijo mío, y pásmate al ver qué casta de hombres gobiernan el mundo. Yo disto mucho de ser tan severo como el citado lord (Chesterfield, si la memoria no me engaña); pero no he tropezado en ninguna de las capitales y cortes que he recorrido, y he de declararlo aquí aunque sean odiosas las comparaciones, con ministros, jefes de partido, gobernadores y hombres de Estado, cuya grandeza haya transformado en mi imaginación á los de España en unos pobrecitos pigmeos. Confieso que no he conocido á Cavour ni á Bismarck, que son los que, en estos últimos sesenta años, han hecho más grandes cosas; pero he conocido á muy ilustres varones, dirigiendo la política de florecientes Imperios, Repúblicas y Monarquías, y, acaso por falta de sonda mental, no he sondeado el abismo que los separa de nuestros infortunados corifeos políticos, abismo en cuyas por mí inexplicadas honduras han de residir la agudeza, el tino y la sabiduría que hacen que todo les salga bien, mientras que todo por aquí nos sale mal por carecer de esas prendas.
Me induce á sospechar cuanto dejo expuesto que no siempre la postración ó el encumbramiento de las naciones depende del valor del conjunto de sus ciudadanos y del mérito extraordinario de los hombres que las dirigen. Por mucho entran el valor y el mérito; pero hay otro factor importante, y es la fortuna. Bien sé que no hay fortuna para Dios: todo está previsto y ordenado por Él; mas para los hombres, ¿cómo negar que hay fortuna? ¿Quién prevé todos los casos adversos y prósperos? Y aunque se prevean, aunque se señale en un cuadro del porvenir el curso que han de llevar los sucesos, ¿depende por completo de la voluntad humana el variar ese curso? Imaginemos el político más maravillosamente previsor, y todavía podrá ser como el astrónomo que anuncia la aparición de un cometa y no le detiene, que anuncia un eclipse y no le evita; ó como el médico que pronostica los estragos de una tisis galopante y la próxima muerte del enfermo y no sabe curarle.
Yo doy, pues, por seguro que así en el encumbramiento y prosperidad de los pueblos como en su decadencia y ruina, si entra por algo el mérito y el valer, entra por algo ó por mucho también lo que llama acaso la gente irreflexiva, lo que atribuye la gente piadosa á la voluntad del Altísimo ó lo que ciertos impíos y sutiles metafísicos sostienen que depende del orden inalterable en que los casos se suceden ó del encadenamiento y evolución de la idea en la historia humana.
Como quiera que ello sea, hay venturas y desventuras, triunfos y reveses, hundimientos y exaltaciones que no provienen del mérito de los individuos ó de los pueblos, sino que están por cima de las voluntades y de los entendimientos humanos.
Y afirmándolo así, yo me pregunto: ¿qué es lo que conviene más, entender que las causas de nuestros males no son sólo por nuestra culpa ó entender que estamos mal porque somos incapaces y porque no valemos lo que nuestros padres ó lo que nuestros abuelos valían? Lo que es yo, desde luego me inclino á que es más útil entender lo primero. En ninguno de los dos casos, yo, como optimista, veo el mal sin remedio. Una nación, lo mismo que un individuo, aunque esté decaída y degradada, puede corregirse, hacer penitencia, sufrir la dura disciplina del infortunio, regenerarse al cabo y volver á ser grande; pero esta transformación dichosa será muy lenta y tardía. Habrá que cambiar para ello el ser de todos los ciudadanos y el de la República; pero, si el mal proviene de las circunstancias, las circunstancias pueden cambiar porque Dios ó el destino quiere que cambien, y la transformación entonces será rápida é inesperada. Para mí, por ejemplo, es evidente que los españoles de los últimos años del reinado de Enrique IV de Castilla no eran peores, tal vez eran los mismos los que tenían disuelto y estragado todo el país, que los que en tiempos de los Reyes Católicos conquistaron el reino de Granada, descubrieron un Nuevo Mundo, arrojaron de Italia á los franceses y lograron dar á su patria el primado ó la hegemonía entre todas las naciones de Europa.
Lo importante, pues, es que no perdamos la confianza y el aprecio de nosotros mismos. Bueno es renegar y rabiar y acusarnos unos á otros de incapaces, probando así que no estamos resignados ni echados en el surco; pero mejor es no creer que la incapacidad y el rebajamiento son generales y única causa de nuestra ruina. Si creyésemos esto estaría perdido todo; pero si creemos, como yo creo y quiero creer, que los españoles de ahora están forjados del mismo metal y tienen el mismo temple de que fueron forjados y que tuvieron el Cid, el Gran Capitán, el duque de Alba, Cortés y Pizarro, no hay nada perdido.
Y como para mí es evidente que nuestros poetas, artistas, oradores y escritores del día no desmerecen de los que tuvimos en otras edades ni tampoco están por bajo del nivel de los que florecen hoy en las otras naciones del mundo; y como para mí también es evidente, diga lo que diga el Sr. Froude, que, á pesar de tantas revoluciones estériles, la tierra de España no está más seca ni desolada que en tiempo de los Reyes Católicos ó del emperador Carlos V; doy por seguro que ni los políticos ni los adalides dichosos han de faltarnos, y que si no perdemos la confianza y la esperanza, ha de pasar pronto la mala hora y ha de sernos al cabo propicia la fortuna, con tal de que no la neguemos echándonos toda la culpa, y con tal de que no se lo atribuyamos todo para disculparnos ó para cruzarnos de brazos.
FE EN LA PATRIA
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MI padre y multitud de parientes mios por todos los cuatro costados han servido desde muy antiguo en la Marina española. Renegaría yo de mi casta si denigrase á los marinos. Pero con todo eso declaro que me sublevan y enojan los que pretenden poner á los marinos y á los militares de tierra por cima de toda censura de los paisanos, fundándose en que ignoramos sus artes. Razón tuvo Apeles de desdeñar el juicio del menestral, diciéndole: zapatero á tus zapatos; pero el zapatero no podía en cambio recusar á Apeles como juez de su calzado, ya que Apeles, si no sabía hacerle, tenía que pagarle, gastarle y andar con él cómodamente. Quiero decir con esto que, en todo caso, el artista y el poeta podrían rebelarse contra la censura. Con no mirar sus cuadros ó con no oir ó leer sus versos se remedia todo el mal que causan. No sucede lo mismo con aquellas profesiones de las que depende la grandeza ó la ruina de los Estados, la vida de muchos hombres y la hacienda de todos, desde el gran capitalista, al que tiene que vivir de un salario mezquino.
De aquí que la censura que cae sobre el militar y el marino sea lícita, natural é inevitable. Y como á veces estimula, hasta conviene, si no es muy disparatada, dura y descompuesta. Arquímedes sabía mucho y era muy ingenioso. Si le hubiesen dado palanca y punto de apoyo hubiera movido al mundo. Y sin embargo, si cuando inventaba mil artificios pasmosos para defender á Siracusa se hubieran burlado de él los periodistas de entonces, diciéndole mil cuchufletas y poniéndole en caricatura, aquel varón tan sabio se hubiera atolondrado, se hubiera hecho un lío y no hubiera dado pie con bola dudando él mismo del resultado de su ciencia; resultado que, por virtud de previas disposiciones y á pesar de temores y dudas, hubiera al fin naturalmente sobrevenido. Así, el fruto del árbol que se cultiva con esmero, cuando llega á su madurez y no le coge la tímida diestra del hortelano, cae en la tierra por virtud de su propio peso. Así también se puede explicar que el crucero Princesa de Asturias se botase al agua no bien la ocasión fué propicia. Si no hubiese estado bien construído ó bien puesto sobre la grada ó sobre lo que conviene que se ponga, de fijo que no se hubiera lanzado al mar, tan gallarda y primorosamente.
Las comparaciones para ser exactas y luminosas, han de entenderse bien. Racionalmente considerado el asunto, la flauta no sonó por casualidad. Si no hubiera estado hábilmente hecha no hubieran logrado hacerla sonar los resoplidos más poderosos.
La verdad es que por lo que más pecamos ahora los españoles todos, es por el menosprecio de nosotros mismos, por una humildad que nos deprime, y por una exagerada admiración de lo extranjero. Nos parecemos al que oyó decir á un inglés que en cierto salón algo obscuro de la Alhambra convendría que hubiese una claraboya; y para imitar al inglés, pidió también una claraboya para el palacio de Carlos V, que nunca tuvo techo. O bien nos parecemos á aquel caballero de Nápoles que sostenía que si la Gruta azul estuviese en Francia le habrían abierto grandísima entrada, sin pensar que con mayor abertura hubiera desaparecido todo el maravilloso encanto de la gruta, casi únicamente iluminada por los rayos del sol que surgen refractados del seno azul del mar diáfano.
Mucho depende de la aptitud de los hombres; pero mucho depende también de la buena ó mala ventura. No atribuyamos todo lo próspero á la habilidad. En las victorias de Alejandro y de César la ventura hubo de entrar por algo. Suponer que entró por todo sería ruín envidia. De ella pudiéramos acusar á Felipe II, si dijo como se cuenta al saber la victoria de Lepanto, mucho ha aventurado D. Juan: pero la magnanimidad del mismo monarca se manifiesta cuando atribuye á los elementos desencadenados, y no al poder de sus enemigos ni á la torpeza de sus generales, la pérdida de la Armada invencible. Los cartagineses solían maltratar y hasta crucificar á sus generales cuando no vencían. Preferible es el aliento generoso del Senado de Roma que da gracias al Cónsul Varrón por que después de Cannas no desespera de la salud de la patria.
Menester es tener confianza en nosotros mismos. Entonces vencerán en tierra los militares y en el mar harán maravillas nuestros marinos. De su arrojo siempre han dado y siguen dando pruebas, y no sería justo creer que por el entendimiento y la inspiración estén por bajo de los hombres de otros países. Creer esto equivaldría á creer que en nuestro país ha degenerado la especie humana, porque no ha de suponerse que tengan los uniformes la deplorable virtud de entorpecer y de incapacitar á quienes los visten.
Tengamos confianza y el cielo nos será propicio. Sin los rezos de Moisés y sin los milagros que por su intercesión hizo Dios, Josué no hubiera vencido; la profetisa Débora no hubiera entonado su himno triunfal, si las inteligencias que mueven los astros no hubieran bajado á combatir en favor de su pueblo; en mil batallas han tomado parte los dioses del Olimpo para favorecer á los hijos de Grecia; y los Dióscuros abandonando el refulgente alcázar que tienen en el cielo, y donde hospedan al sol en los más hermosos días de cada año, han peleado en solemnes ocasiones por la grandeza de Roma. Todo ello entendido á la letra, podrá ser ilusión ó sueño vano; pero, como figura, expresa enérgicamente la virtud taumatúrgica de la fe que tienen los hombres en el genio superior y en los altos destinos del pueblo á que pertenecen: fe dominadora de los númenes, que los evoca, los atrae y se los gana para aliados y para amigos. Así nosotros, en mejores días, cuando tuvimos mayor fe en lo que valemos, trajimos del cielo á Santiago y, montado en un caballo blanco, le hicimos matar moros é indios, cosa harto ajena de su profesión y ejercicio durante su vida mortal.
Si nos obstinamos y persistimos en nuestra humildad, en recelar que hemos degenerado y que no somos ya lo que fuimos, ni Santiago ni nadie acudirá á socorrernos y jamás conseguiremos la victoria. Desde que Tubal vino á España, desde que en España reinaron los Geriones hasta el día de hoy, no hemos tenido un general que haya reunido bajo su mando 200.000 combatientes. Y todavía en nuestro siglo, á pesar de tanta prosperidad, industria y riqueza no ha habido nación alguna, por rica y grande que sea, que envíe por mar á regiones remotas ejército tan numeroso como el que hemos enviado á Cuba. Pero si nos empeñamos en creer punto menos que invencibles á los mulatos y negros insurrectos y en que se acabó ya la sustancia de que en España se forjaron en otras edades los ilustres guerreros, ni el Gran Capitán que resucitase y fuese por allí atinaría con una inspiración dichosa, ni haría algo de provecho, mientras que con fe tal vez bastaría un clérigo como el licenciado Pedro Lagasca, ya que no se puede suponer que ni Maceo ni Máximo Gómez valgan más que Gonzalo Pizarro.
De estas incoherentes cavilaciones infiero yo que si nuestro triunfo se retardase demasiado, así en el mar del Sur como en el golfo de Méjico, culpa sería de nuestra falta de fe, que seguiría enajenándonos la protección del cielo: pero que si como es de esperar vencemos pronto, sin duda que al cielo, ó á la suerte para el que no crea en su influjo, deberemos el triunfo en primer lugar; pero también le deberemos al valor de nuestro ejército de mar y tierra y á la habilidad é inspiración de sus jefes. Y aunque esto último, aunque la habilidad y la inspiración se negasen, siempre quedarían como factores de la victoria, sobre el valor de soldados y marinos, el sufrimiento y la constancia de la nación, que al enviarlos sacrifica heróicamente y murmurando harto poco su sangre y su dinero.
LA PAZ DESEADA
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GRANDÍSIMO mi deseo de complacer á mi amigo D. Miguel Moya, escribiendo algo sobre la Nochebuena y la guerra de Cuba para un número extraordinario de El Liberal; pero mientras más cavilo, menos cosas se me ocurren. Sólo acuden á mi memoria y pronuncian mis labios las hermosas palabras que en boca de los ángeles oyeron los pastores: Gloria á Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad. Paz anhelamos todos, y ahora que la Nochebuena se aproxima, debemos repetir la exclamación angélica, pidiendo paz al cielo. Y no sólo porque con la guerra exponemos á las enfermedades y á la muerte á lo más lozano de la juventud española y nos exponemos nosotros á la miseria, sino también porque con la duración de la guerra, á par de la vida de muchos de nuestros hermanos, y á par del dinero y hasta de la esperanza de ganarle que vamos perdiendo, es de recelar que perdamos también la paciencia, el juicio y el corto ingenio que Dios haya tenido la bondad de darnos.
Aun prescindiendo de todos los enormes males que la guerra trae consigo, sólo porque no se volviese á hablar de tan trillado, sobado y fastidioso asunto, debiéramos rezar para impetrar del Altísimo que la guerra terminase, aunque fuera por virtud de un milagro, como el de la botadura del Princesa de Asturias.
En suma; yo no sé ya qué decir sobre la guerra, y lo que es sobre la Nochebuena, con decir gloria á Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad, está dicho todo. Pero esto no es cuento, ni artículo, ni composición poética inédita, y por consiguiente, si no digo más, me quedaré con el disgusto de no complacer al Sr. D. Miguel Moya.
Sólo veo un medio de salir de mi apuro: referir aquí con brevedad y tino, si soy capaz de tanto, la discusión que acaban de tener en mi casa dos señores que han venido á visitarme, y por dicha se han hallado juntos en ella. Es el uno, D. Valentín León y Bravo, capitán de caballería retirado, y el otro, el hábil diplomático D. Prudencio Medrano y Cordero, retirado también, ó dígase jubilado. Ambos desean la paz con el mismo fervor que yo; pero la buscan por muy diverso camino. Suponen cada uno de ellos que, si se hubiera seguido el que él traza, ya gozaríamos de la paz en esta Nochebuena, y así nosotros en la Península, como nuestro valiente ejército en Cuba, la celebraríamos regocijadamente, después de haber oído la Misa del Gallo, con suculentas cenas, en que consumiríamos multitud de pavos, que desde su patria de origen, y no menor, multitud de jamones, que desde Chicago y desde otros lugares de la Unión, donde abundan los cerdos, nos enviarían de presente Cullon, Morgan, Sherman y algunos senadores más.
Baste de introducción y empiece el diálogo. El arrogante D. Valentín habló primero y dijo:
—Vamos, hombre; confiese usted que no hemos debido sufrir tantas ofensas y amenazas de intervenir con las armas en nuestras discordias civiles; jactanciosa seguridad de acogotarnos en un dos por tres, derrotando nuestro ejército y echando á pique nuestra flota; y envío incesante de aplausos á los insurrectos, de insultos feroces á los leales, y de armas, municiones, dinero, víveres y toda clase de auxilios á los que devastan, incendian, saquean y destruyen la riqueza de Cuba, para pedirnos luego indemnización por los mismos estragos y ruinas, que sin el favor de los yankees jamás se hubieran causado. Crea usted, que lo que hubiera convenido y lo que todo esto hubiera merecido, es que nosotros hubiéramos imitado á Agatocles.
—¿Y quién fué ese caballero?—preguntó don Prudencio.
—Pues Agatocles—contestó D. Valentín—fué un célebre tirano de Siracusa, con quien se condujeron los cartagineses sobre poco más ó menos, como los yankees con nosotros. Pero Agatocles se hartó de sufrirlos, embarcó 5.000 soldados en unas cuantas naves, cruzó el mar con ellos burlando la vigilancia de la poderosa escuadra enemiga, y desembarcó en el territorio de la gran República: para verse obligado á vencer ó á morir, destruyó los barcos en que había venido, como hicieron más tarde el renegado cordobés Abu Hafaz en Creta, los catalanes en Galípoli y Hernán Cortés en México; entró á saco en muchas ciudades púnicas, y aun estuvo á punto de apoderarse de la capital. ¿Por qué no habíamos de haber nosotros declarado la guerra á los yankees, pasado en un periquete con más de 100.000 combatientes desde Cuba á la tierra de ellos y quizás llegado hasta el Capitolio de Washington, arrojando de allí á culatazos á los senadores y yendo luego, por la avenida de Pensylvania, hasta donde está el Palacio del Tesoro todo lleno de dinero y apuntalado para que no se hunda, aliviarle de aquel peso, y plantarnos por último en la Casa Blanca, que está á tres pasos de allí, y hacer á Cleveland cautivo?
—Todo eso—replicó D. Prudencio—me parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese á mi mente esta frase proverbial: tú que no puedes, llévame á cuestas. No bastan doscientos mil soldados para acorralar y domar á los mulatos y negros cimarrones, y sueña usted con que basten cien mil para llegar al Capitolio de la Gran República. Créame usted: lo digo con gran dolor, pero es menester decirlo; consumatun est. Menester es que nos resignemos y nos achiquemos. Cuba no nos ha producido nunca una peseta. Cada una de las que ha podido traerse de allí algún empleado poco limpio, nos ha costado mil pesetas al conjunto de los demás peninsulares y nos cuesta además y nos costará muchas lágrimas. ¿Qué mejor venganza podemos tomar de los cubanos rebeldes que concederles la libertad por que combaten? Una vez Cuba libre, Cuba se volvería merienda de negros.
—Pues para que no se vuelva merienda de negros debemos seguir combatiendo en la Grande Antilla—dijo entonces D. Valentín.—Los cubanos, ni con mucho, son todos rebeldes, y tenemos el deber de defenderlos de los foragidos y de salvarlos de la rapacidad y de la insolencia tiránica de los aventureros que quieren apoderarse de la isla. Contra estos aventureros y aun contra todo el poder de los yankees que los protegen debemos luchar, ya que es inevitable la lucha.
—Confieso—dijo entonces D. Prudencio—que me hace bastante fuerza eso de que no debemos abandonar á los cubanos fieles y pacíficos. Por eso vacilo yo. Si no fuera por eso no vacilaría en afirmar que para que hubiésemos tenido paz en la Nochebuena, que se acerca á grandes pasos, hubiéramos debido, en vez de imitar las locuras del Sr. Agatocles, hacer lo que yo me sé.
—¿Y qué es lo que usted se sabe? ¿Acaso plantear las reformas ya votadas, concederlas mayores aún y hasta llegar á la autonomía para que depusiesen las armas los insurrectos? ¿No vé usted que ellos achacarían á debilidad actos tan generosos, se ensoberbecerían más, pedirían independencia ó muerte, y antes que darse á nosotros se darían al diablo?
—Pues dáos al diablo, les diría yo—contestó D. Prudencio.—Lo que es por mí ya serían independientes con una condición: con la condición de que cargasen con el pago de la deuda de Cuba. Aunque se elevase á cuatrocientos millones de pesos fuertes, todavía sería muchísimo menos de lo que Cuba nos ha costado en los cuatrocientos años que la hemos poseído, sin duda por nuestra desgracia, pero también por nuestra gloria, como monumento y espléndido recuerdo del hecho más brillante y transcendental de nuestra historia y aun de la historia de todo el linaje humano.
—También digo yo—exclamó D. Valentín—lo mismo que decía usted hace poco cuando me oyó hablar de la imitación de Agatocles: todo eso me parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese á mi mente esta frase proverbial: tú que no puedes, llévame á cuestas. ¿Cómo quiere usted que paguen nada los cubanos libres? Lo menos durante dos siglos, sobrevendría allí con la libertad la más estupenda anarquía. Aquello sería el Puerto de Arrebatacapas.
La isla libre no valdría por lo pronto ni produciría un ochavo. Mal andamos nosotros de dinero, pero todavía los acreedores se fiarían más de nosotros. Yo doy por cierto que si Cuba se comprometiese á pagar, los acreedores no aceptarían la sustitución y exigirían que España les pagase.
—Eso tiene remedio—dijo D. Prudencio.—Mal hemos hecho con no haber contraído alianza ninguna, con estar aislados y sin apoyo entre las grandes potencias europeas; pero esto no mitiga la acusación de egoísmo y hasta de imprevisora flaqueza que podemos lanzar contra ellas, viéndolas inertes y tranquilas sufrir que los Estados Unidos, sin razón y sin derecho, nos traten como nos tratan, fiados en su poder y en su riqueza é imaginándonos débiles, pobres y solos. Como quiera que sea, repito que el mal tiene remedio. Yo se le daría con mi grande habilidad diplomática, si no estuviese ya jubilado: conseguiría que los Estados Unidos, tan filantrópicos y tan fervorosos amantes de la libertad de Cuba, garantizasen el pago de su deuda, y aun la pagasen, mientras Cuba no pudiese pagarla. Hasta sería esto poderoso estímulo para que ellos procurasen y aun lograsen la prosperidad de Cuba, con la cual crecería la fama póstuma de Antonio Maceo hasta la altura de la de Jorge Washington y de la de Simón Bolívar. Todo depende del éxito final del nuevo Estado que se funda.
Cuando se cansaron de hablar mis dos visitantes, me preguntaron mi parecer. Yo, con todas las perífrases cultas que me inspiró la cortesía, les dí á entender que los pareceres de ellos se me antojaban igualmente disparatados y que era menester buscar un término medio.
—¿Y quién le busca?—dijeron ambos.
—Todos—contesté yo—pero nadie le ha encontrado todavía. Esperemos que Dios, con su infinita bondad y misericordia, suscite pronto en Cuba un caudillo, sea quien sea, que logre estar no menos acertado como general en jefe, que Cirujeda como comandante, y todo terminará pronto y bien, sin imitar á Agatocles, y sin imitar tampoco al cura de Gavia. Cuando veamos aparecer este caudillo, no habrá viejo en toda España que no haga el papel de Simeón y que no le remede diciendo: Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum: pero ni los viejos podremos hacer el papel de Simeones en la próxima Nochebuena, ni los mozos podrán gozar de la paz deseada. Contentémonos con la esperanza de tener esta paz en la Nochebuena de 1897.
LA MEDIACIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS
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VOY á decir mi humilde parecer sobre el importante asunto de que El Liberal trata hoy, y voy á decirle con sinceridad, con llaneza y hasta con cierto candor, que la generalidad de las gentes considerará poco diplomático: pero mi diplomacia pasó ya, y agua pasada no mueve molino.
Cuba, en mi sentir, nada nos ha valido en los cuatrocientos años que hace desde que nos apoderamos de ella. Las riquezas que algunos españoles traen ó pueden traer desde allí á nuestra Península, no aumentan más nuestro caudal que las alhajas y juguetes que hallan en un balcón los niños aumentan el caudal del honrado padre de familia que los puso allí de antemano el día de Reyes para que sus niños los tomen, ó que las liebres y perdices, que caza alguien en un coto, aumentan el caudal del propietario del coto, que para llevar y sustentar allí dichas liebres y dichas perdices, ha gastado mil y mil veces más de lo que ellas valen.
Económicamente, pues, nada nos vale nuestro dominio en Cuba.
¿Es cuestión de honra conservarla? Frase es ésta llena de pompa y de peligro, que sería mejor no emplear.
Claro está que nos convendría y nos agradaría que el Dios Término de España no hubiera retrocedido y no retrocediese nunca. Pero si las leyes providenciales ó fatales, por cuya virtud se ordenan los acontecimientos humanos, hacen que el Dios Término retroceda, no por eso España ha de creer menoscabada su honra. Antes pudiera salir del mal el bien, y acrecentarse la honra de España, si, por ejemplo, las dieciséis ó diecisiete Repúblicas que han nacido de su seno, llegasen á estar florecientes y poderosas.
¿Es cuestión de integridad de nuestro territorio? También sobre esto hay mucho que decir y no poco que distinguir. Harto menguada estaría ya dicha integridad, si la hubieran constituído lo mejor del continente americano, la Sicilia, la Cerdeña, el Portugal con todas sus posesiones, y tantos otros Estados, provincias y países como nos han pertenecido y ya no nos pertenecen.
Infiero yo de aquí que nuestro dominio en Cuba no es cuestión de utilidad, ni de honra, ni de integridad de la Patria.
¿Pero significa esto que sea poco importante la conservación de Cuba? Tan lejos estoy de pensarlo, que creo dicha conservación importantísima. El que la conservemos es para nosotros cuestión de categoría, de elevación, de rango entre las naciones de Europa. Es también cuestión de decoro nobiliario. Cuba, dominada por España, parece como título, custodiado en nuestro poder, de que descubrimos y civilizamos el Nuevo Mundo.
Por esto, todo buen español debe considerar como gran desventura la pérdida para nosotros de aquella hermosa isla. Por esto, con general aplauso y excitación de toda España, han ido á Cuba 200.000 soldados. Por esto la nación se desprende de sus bienes, gasta su dinero, se empeña, y arrostra con resignación valerosa la pobreza, á fin de mantener en Cuba á esos soldados, y por medio de ellos su indiscutible soberanía.
Por desgracia, los que contra ella se rebelan, lejos de dar la cara, huyen y se esconden, prolongando así indefinidamente la guerra, los gastos y los sacrificios, y haciendo morir, mil veces más que en los combates, por las enfermedades, la flor de nuestra juventud generosa.
Yo no discuto aquí si es ó no posible, á menos de un milagro, de una ventura casual ó de una inspiración dichosa, acorralar á los rebeldes, vencerlos y darles pronto el merecido castigo. Tal vez sea esto dificilísimo.
Sabido es lo mucho que dura este linaje de guerras. Catorce años duró la de Viriato. Y sin buscar ejemplo tan ilustre, el rey absoluto de España tuvo que tratar de potencia á potencia con el Tempranillo, con los Botijas y con otros bandoleros, porque no pudo vencerlos con las armas.
Como quiera que sea, la situación en Cuba del general en jefe es harto penosa. El pueblo que permanece allí fiel á la Madre Patria y el Ejército que le obedece, bien pueden proclamarle mejor que Trajano, pero no más feliz que Augusto. Bien pueden, para realzar su crédito y levantar su autoridad, reunirse en Junta y colmarle de vítores y aplausos; pero tan entusiasta patriotismo recordará involuntariamente el del Senado romano cuando, después de la batalla de Cannas, dió fervorosas gracias al cónsul Varrón porque no había desesperado de la salud de la patria.
Yo no quiero desesperar, ni desespero tampoco. La paz, sin embargo, me parece en extremo deseable, y la acción diplomática conveniente, ya que á pesar del indiscutible valor y del pasmoso sufrimiento de nuestros soldados, no bastan las armas.
¿Cómo debe ser, ó cómo puede ser esta acción diplomática, dado que la haya? Una cosa es el debe y otra el puede. Aristóteles pone muy bien en claro la diferencia. Por ella, dice aquel sabio, es la poesía mil veces más filosófica que la historia. La historia expone lo que es y la poesía expone lo que debe ser. Hagamos poesía por un momento. Hablemos de lo que debiera ser y no es, por desgracia.
La nación de los Estados Unidos, tal vez á pesar de su gobierno, que no puede evitarlo, mantiene la insurrección en Cuba. Sin el favor y auxilio que le dá, sin las armas, dinero, hombres y fuerza moral que le suministra, es evidente para todo el mundo que la insurrección estaría ya sofocada; que hubiera sido mil veces menos fuerte; que tal vez no hubiera ocurrido. El proceder, pues, contra nosotros de la nación anglo-americana (aunque disculpemos á su gobierno) es el más odioso abuso de fuerza que imaginarse puede. Una protesta enérgica contra él por parte de España sería sublime delirio. España está lejos de Cuba y la Unión está cerca, y España es cuatro veces menos populosa que la Unión y cien veces menos rica. Algo, no obstante, podría perder la gran República, si entre ella y España sobreviniese un conflicto bélico. La justicia está de nuestro lado, y
| l' antico valore |
| Negl' ispanici cor non é ancor morto. |
Vamos ahora á declarar aquí lo que debiera ser, aunque no tengo la menor esperanza de que sea, para evitar el abominable abuso de fuerza de que hablo ó el conflicto que presupongo, si perdida nuestra paciencia, superior á la de Job, nuestro ánimo no desfallece.
La acción diplomática debieran ejercerla las grandes potencias de Europa, y singularmente las que tienen posesiones en América, á fin de que el gobierno anglo-americano emplee medios suficientes para evitar que su pueblo fomente la insurrección en Cuba, faltando á la justicia, á la verdadera civilización y al Derecho de gentes. La insurrección terminaría en seguida si esto se lograse. Pero esto es poesía: es lo que debe ser, pero no lo que será. Las grandes potencias de Europa seguirán dejando á España en completo abandono.
¿Qué recurso nos queda, sin acudir al más arrogante y peligroso de los extremos? Pues el recurso que nos queda es disimular los insultos agravios y aceptar los buenos oficios del gobierno de los Estados Unidos, si dicho gobierno los ofrece.
Rara y muy poco airosa sería para nosotros esta mediación; pero es tan grande nuestro deseo de paz, que hasta cierto punto nos conviene pasar por todo.
Explicaré ahora la limitación que vá contenida en la frase hasta cierto punto. Para mí, la limitación no puede ser más clara. Si el gobierno de los Estados Unidos mediase y lograse que depusiesen las armas los insurrectos y se pacificase la isla, esto había de ser sin exigirnos la menor promesa de reformas interiores, de cambios en la gobernación de la isla, de nada que modificase allí las relaciones entre gobernantes y gobernados, y de cuyo cumplimiento quedase implícitamente como garante el gobierno de los Estados Unidos. Esto equivaldría á despojarnos vergonzosamente de la soberanía de la isla ó á conservar en ella una soberanía desmedrada y dependiente de la gran República, á cuya fiscalización constante estaríamos sometidos, y á quien acudiría siempre en queja cualquier cubano díscolo que se creyese lastimado ó que supusiese que no se le cumplía lo prometido. Sin duda, se me dirá: ¿qué provecho, qué ventaja sacará el gobierno de los Estados Unidos, de mediar para que los rebeldes se rindan á discreción y sin que España les prometa nada? A tal pregunta respondería yo:
Si alguien cree ó espera todavía en España, que podemos tener en Cuba un millón y seiscientos mil conciudadanos para que compren productos de la Península á mucho más elevado precio que pueden comprar productos semejantes importados de otros países, menester es, en mi opinión, que renieguen de tal creencia y que desistan de tal esperanza. Y no supone lo dicho la anulación del comercio entre Cuba y España. El del Brasil, por ejemplo, con el reino de Portugal, es ahora mil y mil veces más activo y fructífero para los portugueses que cuando el Brasil era colonia.
Con facilidad se comprenderá ya lo que, sin desdoro nuestro y sin mengua de nuestra soberanía, pudiéramos dar á los Estados Unidos, si, por mediación de su gobierno, Cuba se pacificase. En virtud de un Tratado pudiéramos darles la más amplia libertad de comercio en aquella porción de nuestro territorio. El galardón sería espléndido y Cuba también aumentaría pasmosamente su riqueza, si pudiese comprar más baratos la harina y otros alimentos, é importar en la Gran República sus azúcares, su café y su tabaco, libres ó casi libres de derechos.
En cuanto á las libertades políticas y administrativas, ya las concederá España generosamente, sin que nadie le imponga de antemano la obligación de concederlas.
Sólo de esta suerte aceptaría yo la acción diplomática ó digase la mediación de los Estados Unidos.
ÍNDICE
| Págs | |
| Prólogo | [v] |
| Disonancias y armonías de la moral y de laestética | [1] |
| Colección de manuscritos y otras antigüedadesde Egipto pertenecientes al archiduqueRaniero | [31] |
| De los autores portugueses que escribieroncastellano | [57] |
| Los jesuítas de puertas adentro, ó un barridohacia fuera en la Compañía de Jesús | [71] |
| Sobre dos tremendas acusaciones contra España,del anglo-americano Draper | [103] |
| Los Estados Unidos contra España | [149] |
| Quejas de los rebeldes de Cuba | [175] |
| Las alianzas | [197] |
| Teatro libre | [211] |
| Fines del arte fuera del arte | [243] |
| El maestro de Palmira | [253] |
| Las rarezas del Fausto | [265] |
| La moral en el arte | [275] |
| El regionalismo filológico en Galicia | [285] |
| La obra póstuma de Juan Montalvo | [295] |
| El país de la castañeta | [303] |
| Sobre la antología de poetas líricos castellanos, de D. Marcelino Menéndez y Pelayo | [313] |
| Mérito y fortuna | [323] |
| Fe en la patria | [333] |
| La paz deseada | [339] |
| La mediación de los Estados Unidos | [347] |