NUEVAS CARTAS AMERICANAS
OBRAS DEL AUTOR
Pepita Jiménez; 12.ª edición; un vol.
Las ilusiones del Doctor Faustino; dos vols.
Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol.
Estudios críticos, 2.ª edición; tres vols.
Disertaciones y juicios literarios; dos vols.
Cuentos y diálogos, un vol.
Algo de todo; un vol.
Pasarse de listo; un vol.
Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia
(traducción del alemán), tres vols.
Doña Luz; un vol.
Tentativas dramáticas; un vol.
Canciones, romances y poemas, un vol.
Cuentos, diálogos y fantasías; un vol.
Nuevos estudios críticos; un vol.
Pepita Jiménez y El Comendador Mendoza; un vol.
Doña Luz y Pasarse de listo; un vol.
Cartas Americanas; 1.ª série, un vol.
Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas; un vol.
JUAN VALERA
(DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA)
NUEVAS
CARTAS AMERICANAS
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Carrera de San Jerónimo, 2
1890
ES PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
MADRID, 1890.—Est. Tipográfico de Ricardo Fé
Calle del Olmo, número 4.
AL EXCMO. SEÑOR
DON ANTONIO FLORES
PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR
Mi querido amigo: Poco valen estas Nuevas cartas americanas, pero me atrevo á dedicárselas, confiado en la bondadosa indulgencia de usted que les prestará el valer de que carecen.
Aunque mi propósito al escribirlas es puramente literario, todavía, sin proponérmelo yo, lo literario trasciende en estos asuntos á la más alta esfera política.
La unidad de civilización y de lengua, y en gran parte de raza también, persiste en España y en esas Repúblicas de América, á pesar de su emancipación é independencia de la metrópoli. Cuanto se escribe en español en ambos mundos es literatura española, y, á mi ver, al tratar yo de ella, propendo á mantener y á estrechar el lazo de cierta superior y amplia nacionalidad que nos une á todos.
Es evidente que yo, que siempre fuí un crítico suave, no había de ser severo con mis semi-compatriotas de Ultramar; pero también es evidente que ni debo ni quiero ganarme la voluntad de nadie con lisonjas. Además, á lo que muchos sujetos afirman, yo no sirvo para lisonjear, aunque lo desee. Suponen que me sucede, si bien en sentido contrario, lo que á aquel famoso profeta que fué, por orden del Rey de los hijos de Moab, á maldecir á los hijos de Israel. Levantó siete altares, sacrificó becerras, hizo otras ceremonias, y subió á un cerro, desde donde se oteaba la llanura en que los israelitas tenían desplegadas sus tiendas. Desde allí quiso maldecirlos, y Dios desató su lengua y le movió á entonar un cántico de bendiciones. Subió luego á otro cerro, volvió á querer maldecir y bendijo de nuevo, sin poderlo remediar. Si á mí, como aseguran, me sucede algo parecido, ya pueden ustedes confiar en que no hay adulación en mis alabanzas y no agradecérmelas, pues son involuntarias. Y cuando hubiere algo de censura, deberán perdonármelo también por el mismo motivo.
Es aún más perdonable mi censura, si se atiende á que las más veces me induce á censurar, á pesar mío, la exageración con que algunos escritores de por ahí, por exceso de americanismo, ponderan las crueldades espantosas que come tieron los españoles de la conquista y del período colonial. Si esto hubiera llegado hasta el extremo que dichos escritores aseguran, yo no dejaría de aplaudir la maravillosa imparcialidad histórica con que sostendrían la verdad; pero no sabría yo disimular que, al sostenerla, arrojarían sobre ellos mayor injuria que sobre nosotros, porque la sangre española que corre por sus venas procede, más que la nuestra, de aquellos atroces foragidos, y la sangre india, en lo que de indios puedan tener, es de una raza que, según afirman Montalvo y otros, nosotros hemos envilecido y degradado para siempre con nuestros malos tratos y con nuestra brutal tiranía.
Estas consecuencias son tan absurdas como las premisas de donde se sacan. Así trataré de probarlo detenidamente, aunque no gusto de polémicas, cuando replique, si tengo vagar y ánimo, á los Sres. Mera y Merchán que han escrito contradiciéndome.
Entretanto me inclino á creer que mucho de lo que se dice contra nosotros se dice por el prurito de aparecer muy sentimentales y muy ilustrados á la moda de París y de Londres, sin que se advierta que ni franceses ni ingleses fueron nunca más que nosotros humanos y benignos.
Fuera de este momentáneo extravío, el señor Mera es tan excelente sujeto como buen escri tor, y nos quiere bien. Nos aborrecería, y con razón sobrada, si entendiese que los españoles fueron á esa otra banda para echarlo todo á perder. Creamos, pues, como es justo, que los españoles fueron á América para extender en ella la civilización europea, por cuya virtud alcanzó América la potencia de igualarse con Europa y acaso de superarla en lo futuro.
No quiero molestar á usted distrayéndole con más larga carta, de sus importantes cuidados.
Adiós y créame siempre su afectísimo y buen amigo, q. b. s. m.,