NOTES:
[335] a la par que, equally with.
[336] hacerse sentir, to make itself felt.
[337] lenta, slowly; equivalent to lentamente. Of two adverbs modifying the same word, the first may drop the ending mente.
EL JUEZ LADRÓN Y EL LADRÓN JUEZ
No he querido saber en cuál de nuestras ciudades
hispanoamericanas, había muchos años ha, un juez, el
cual era hombre de ésos que no le piden tanto a Dios,
porque saben ingeniarse maravillosamente para anular
la distancia entre sus manos y las cosas ajenas. No por 5
esto el tal Minos se tenía por[338] un ladrón; lejos de eso,
vivía fieramente orgulloso de su honradez; porque en
honor de la verdad debo decir que jamás rebajó su
dignidad al extremo de ejecutar por sus propias manos
ninguna substracción; y si bien es cierto que para esto se 10
valía de[339] otros individuos dirigidos por él, también lo
es que todo lo hacía con el fin de ver hasta donde llegaba
la sagacidad con que para tan difícil arte le dotara el
cielo.
Protegido por la consideración y el respeto que los 15
demás le rendían, manifestábase aquel funcionario
como el hombre más honorable de lo criado; y en lo que
tocaba a[340] puntos de honor, no le cedía el paso a[341] nadie,
pues era por demás puntilloso y delicado, como ciertos
gobernantes cristianos y timoratos, por ejemplo, y si son 20
desleales, si mienten, si corrompen a los pueblos, si
protegen a los malos, si persiguen a los buenos... es
solamente por razones de alta política, que los hombres
de bien no alcanzan a comprender. Nuestro juez no
era un político sino un artista, que por amor al[342] arte 15
se entregaba a sus tenebrosos estudios; y debía ser
mucha su modestia, porque es fama que nunca se le oyó
hablar una sola palabra de sus progresos en la ciencia.
Pues, señor, en la misma ciudad cuyo nombre no he
querido saber, había un rico, que tenía un caballo de 30
inestimable valor, y del cual jamás quiso deshacerse por
ningún precio. El astuto juez vió el caballo y se prometió
a sí mismo hacerlo pasar ocultamente a su poder,
con el humanitario fin de vencer la terquedad de su
dueño en no querer venderlo. 35
—¿A dónde iríamos a parar,—decía nuestro héroe,—si
nadie quisiese vender lo que tiene? Se acabaría el
comercio, y la sociedad vendría por el suelo. Sí, señor;
es preciso castigar a este rico testarudo, alejando de su
presencia ese bello animal. 40
Difícil era el negocio, porque el caballo estaba perfectamente
custodiado, pero aquello era una cuestión de
honor, en la que el arte no debía darse por[343] vencido. A
este fin llamó el juez a uno de sus más diestros ayudantes,
y prometióle una buena recompensa en caso 45
que lograse quitar el caballo, con toda la honradez y
limpieza posibles, ofreciéndole además el librarle de la
sanción de la ley, dado caso de que[344] fuese sorprendido.
Portóse el encargado tan dignamente que a la siguiente
noche desapareció el animal del lugar en donde 50
se le guardaba como si hubiese tenido la facultad de
volar por los aires como el Pegaso o como la yegua
Alborak, en que el Profeta Mahoma hizo su viaje a los
cielos.
Todas las diligencias que el dueño del caballo hizo al 55
principio fueron infructuosos para encontrarlo; pero
bien pronto las sospechas de todo el mundo recayeron
precisamente en el que había servido de[345] instrumento al
juez, porque nadie ignoraba la clase de hombre que era
y como el agraviado señor tenía influencia en el gobierno, 60
consiguió poner en la cárcel al sospechoso.
Parece que una desgracia no es más que el aviso de las
que bien luego nos sucederán. Junto con entrar en la
cárcel, supo el ladrón que se había capturado también a
un compañero suyo que le ayudó en la expedición 65
nocturna; y empezó a temer muy de veras, porque en
verdad el dueño del caballo era poderoso y no se dormía
en las pajas.[346]
El juez creyó prudente visitar a su cómplice, para
fortalecerle. 70
—No temas—le dijo, entrando al calabozo.
—Pero, señor,—replicó el reo.—¿Cómo me he de
librar en los interrogatorios, cuando mi compañero
puede venderme?
—Yo te daré una industria; a todas las preguntas 75
que se te hagan, no tienes más que contestar con estas
dos palabras: "no oigo."
—Pero todo el mundo sabe que no soy sordo.
—¡Vaya! ¡qué inconveniente! No parece sino que
fueras niño de pecho. ¿Hay cosa más sencilla que 80
ensordecerse cuando uno quiere?
—¿Y si me preguntan por medio del azote? A esa
manera de preguntar no hay sordera que se resista;
tengo experiencia, señor mío.
—Ya te libraré de la escalera. Repítote que no 85
tengas miedo.[347] Es preciso tener valor para estas cosas
porque el cobarde no pasa el río.[348]
—Ya sabe usted que soy valiente.
—Bueno. Y el caballo, ¿dónde está?
—Está en lugar seguro. 90
—Muy bien. Prudencia y discreción; y sobre todo
debes tener firmeza para repetir las palabras que te he
dicho: no oigo. ¿Estás?[349]
—Sí, señor; no oigo.
—Aun cuando se te amenace con la horca, tú contestarás 95
siempre lo mismo.
—Eso es, señor; no oigo.
Prosiguióse la causa; pero con notable admiración de
toda la ciudad, el ladrón se había ensordecido hasta el
extremo de no oír absolutamente nada. Preguntábanle 100
algo y el contestaba: no oigo.
Presentábanle a su cómplice, o bien le hacían ciertas
señas para ver si las comprendía, pero él contestaba:—No
veo.
Hé aquí que agregaba otra industria a la que le había 105
enseñado el ladino juez. En fin, fué imposible hacerle
aparecer convicto de su crimen, por lo cual el honrado
magistrado se vió en la obligación de[350] sobreseer en el
asunto, y poner en libertad al casi inocente reo. Cuando
éste salió de la cárcel, llamóle el juez, y dándole mil 110
parabienes[351] junto con la recompensa prometida, le dijo:
—Te has portado como quien eres, hombre. ¡Qué
firmeza! Pero ya ves que por hacerte bien y buena
obra, me he expuesto a que la ciudad entera eche de
ver[352] la protección que te dispenso. Ahí tienes el 115
premio de tu trabajo; ahora ve a buscarme el caballo.
—No oigo, señor,—contestó frescamente el ladrón.
—¿Cómo es eso? ¿A mí me vienes con burlas,
bellaco?
—¡Pues estamos lucidos! Advierte que te enseñé 120
esa contestación para que la dieses cuando era preciso;
ahora es otra cosa.
—No oigo, no oigo nadita.
—Ya ves que te he dado la recompensa ofrecida.
—No veo,—dijo el bellaco, guardando el dinero que 125
el juez acababa de entregarle, y dando muestra de[353]
querer retirarse prontamente.
—¡Pícaro! tendrás que cumplir lo pactado, porque
si no...
—¡No oigo! ¡no oigo! le interrumpió el ladrón, 130
poniendo pies en polvorosa.[354]
De esta manera el ladrón se convirtió a sí mismo en
un instrumento de castigo. En cuanto al juez artista,
quedóse allí sintiendo no poder vengar el vergonzoso
chasco. 135
—Daniel Barros Grez.
EJERCICIOS
Cuestionario
Fórmense contestaciones en castellano a las preguntas que siguen, empleándose sentencias completas.
1. ¿Qué opina usted de la honradez del juez de este cuento?
2. ¿Qué hizo para robar a la gente?
3. ¿Por qué no se enteró el pueblo de que el juez no era honrado?
4. Cuando se habla del juez como artista, ¿a qué se refiere?
5. ¿Cómo evitó el ladrón ser convicto del crimen que cometió?
6. ¿Cuál es el significado particular de industria en este cuento? ¿Qué significa por lo común?
7. ¿Qué chasco se le dió al juez?
Modismos
Llénense los espacios en blanco con la preposición que convenga. Después tradúzcanse al inglés las oraciones así formadas.
1. Este hombre servirá —— compañero al artista.
2. Él tuvo miedo —— que yo estuviese enfermo.
3. El juez se tiene —— un hombre de bien.
4. Se ha visto en la obligación —— devolver el caballo.
5. El valiente soldado no se dió —— vencido.
6. Todo el mundo había echado —— ver que el juez protegía al ladrón.
7. Se valió —— otro hombre para cometer el crimen.
8. Dado caso —— que venga, le veré.
Verbos
Constrúyanse frases en que se usen en la primera persona del singular, el presente, pretérito y futuro de indicativo de las expresiones que siguen: valerse de, proteger, tener miedo, verse en la obligación de.
Representación dramática
Es bueno hacer que los estudiantes dramaticen esta historieta.