ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA.
D. Jerónimo.—¿Conque decís que es tan hábil?
Lucas.—Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle.
Ginés.—Hace curas maravillosas.
Lucas.—Resucita muertos.
Ginés.—Sólo que es algo estrambótico y lunático, y amigo de burlarse de todo el mundo.
D. Jerónimo.—Me dejáis aturdido con esa relación. Ya tengo impaciencia de verle. Vé por él, Ginés.
Lucas.—Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te apartes de él.
(Le da una llave á Ginés, el cual se va por la puerta del lado derecho.)
D. Jerónimo.—Que venga, que venga presto.
ESCENA II.
DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS.
Andrea.—¡Ay, señor amo! que aunque el médico sea un pozo de ciencia, me parece á mí que no haremos nada.
D. Jerónimo.—¿Por qué?
Andrea.—Porque doña Paulita no ha menester médicos, sino marido, marido: eso la conviene, lo demás es andarse por las ramas. ¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará perfectamente.
Lucas.—Vamos, calla, no hables tonterías.
D. Jerónimo.—La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña.
Andrea.—¡Niña! Sí, cásela usted, y verá si es niña.
D. Jerónimo.—Más adelante no digo que...
Andrea.—Boda, boda, y aflojar el dote, y...
D. Jerónimo.—¿Quieres callar, habladora?
Andrea.—(Ap. Allí le duele...) Y despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes por la ventana, y llamar al novio, que ese la pondrá buena.
D. Jerónimo.—¿Á qué novio, bachillera, impertinente? ¿En dónde está ese novio?
Andrea.—¡Qué presto se le olvidan á usted las cosas! Pues qué, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora, y ella le corresponde? ¿No lo sabe usted?
D. Jerónimo.—La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, porque desde que tenía ocho ó diez años no le he vuelto á ver... Y ya sé que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo le llegue á pillar... Bien que lo mejor será escribir á su tío para que le recoja y se le lleve á Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio por cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada de Vinios la cabeza, y sin un cuarto en el bolsillo!
Andrea.—Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho á su sobrino, y que no tiene otro heredero, suplirá esa falta. Con el dote que usted dará á su hija, y con lo que...
D. Jerónimo.—Vete al instante de aquí, lengua de demonio.
Andrea (aparte).—Allí le duele.
D. Jerónimo.—Vete.
Andrea.—Ya me iré, señor.
D. Jerónimo.—Vete, que no te puedo sufrir.
Lucas.—¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla, y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no necesita de tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados agenos, que al fin y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su padre es el señor; no tiene remedio.
D. Jerónimo.—Dice bien tu marido, que eres muy entremetida.
Lucas.—El médico viene.
ESCENA III.
BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA.
(Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón.)
Ginés.—Aquí tiene usted, señor don Jerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del mundo.
D. Jerónimo.—Me alegro mucho de ver á usted, y de conocerle, señor doctor.
(Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero en la mano.)
Bartolo.—Hipócrates dice que los dos nos cubramos.
D. Jerónimo.—¿Hipócrates lo dice?
Bartolo.—Sí, señor.
D. Jerónimo.—¿Y en qué capítulo?
Bartolo.—En el capítulo de los sombreros.
D. Jerónimo.—Pues si lo dice Hipócrates, será preciso obedecer.
(Los dos se ponen el sombrero.)
Bartolo.—Pues como digo, señor médico, habiendo sabido...
D. Jerónimo.—¿Con quién habla usted?
Bartolo.—Con usted.
D. Jerónimo.—¿Conmigo? Yo no soy médico.
Bartolo.—¿No?
D. Jerónimo.—No, señor.
Bartolo.—¿No? Pues ahora verás lo que te pasa.
(Arremete hacia él con el bastón levantado en ademán de darle de palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de por medio, y detienen á Bartolo.)
D. Jerónimo.—¿Qué hace usted, hombre?
Bartolo.—Yo te haré que seas médico á palos, que así se gradúan en esta tierra.
D. Jerónimo.—Detenedle vosotros... ¿Qué loco me habéis traído aquí?
Ginés.—¿No le dije á usted que era muy chancero?
D. Jerónimo.—Sí; pero que vaya á los infiernos con esas chanzas.
Lucas.—No le dé á usted cuidado. Si lo hace por reir.
Ginés.—Mire usted, señor facultativo, este caballero que está presente es nuestro amo, y padre de la señorita que usted ha de curar.
Bartolo.—¿El señor es su padre? ¡Oh! perdone usted, señor padre, esta libertad que...
D. Jerónimo.—Soy de usted.
Bartolo.—Yo siento...
D. Jerónimo.—No, no ha sido nada... (Ap. ¡Maldita sea tu casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. (Saca la caja, se la presenta á Bartolo, y él toma polvo con afectada gravedad.) Yo tengo una hija muy mala...
Bartolo.—Muchos padres se quejan de lo mismo.
D. Jerónimo.—Quiero decir que está enferma.
Bartolo.—Ya, enferma.
D. Jerónimo.—Sí, señor.
Bartolo.—Me alegro mucho.
D. Jerónimo.—¿Cómo?
Bartolo.—Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia estuviesen á las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio.
D. Jerónimo.—Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.
Bartolo.—Hablo ingenuamente.
D. Jerónimo.—Ya lo conozco.
Bartolo.—¿Y cómo se llama su niña de usted?
D. Jerónimo.—Paulita.
Bartolo.—¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta doncella ¿quién es?
D. Jerónimo.—Esta doncella es mujer de aquel. (Señalando á Lucas.)
Bartolo.—¡Oiga!
D. Jerónimo.—Sí, señor... Voy á hacer que salga aquí la chica para que usted la vea.
Andrea.—Durmiendo quedaba.
D. Jerónimo.—No importa, la despertaremos. Ven, Ginés.
Ginés.—Allá voy.
(Vanse los dos por la izquierda.)
ESCENA IV.
BARTOLO, ANDREA, LUCAS.
Bartolo (acercándose á Andrea con ademanes y gestos expresivos).—¿Conque usted es mujer de ese mocito?
Andrea.—Para servir á usted.
Bartolo.—¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da el verla!... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, tan igualitos, y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores ni más traviesos.
Lucas.—(Ap. ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude usted de conversación, porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone usted á decir arrumacos á mi mujer? Yo no sé como no cojo un garrote, y le...
(Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo le detiene.)
Bartolo.—Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas veces me han de examinar de médico?
Lucas.—Pues cuenta con ella.
Andrea.—Yo reviento de risa.
(Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale por la puerta de la izquierda con don Jerónimo y Ginés.)
ESCENA V.
DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, ANDREA.
D. Jerónimo.—Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente recobrarás tu salud. Esta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas.
(Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en pié.)
Bartolo.—¿Conque esta es su hija de usted?
D. Jerónimo.—No tengo otra, y si se me llegara á morir me volvería loco.
Bartolo.—Ya se guardará muy bien. Pues qué, ¿no hay más que morirse sin licencia del médico? No, señor; no se morirá... Vean ustedes aquí una enferma, que tiene un semblante capaz de hacer perder la chabeta al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le aseguro á usted... ¡Bonita cara tiene!
D.ª Paula.—¡Ah! ¡ah! ¡ah!
D. Jerónimo.—Vaya, gracias á Dios que se ríe la pobrecita.
Bartolo.—¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran señal! Cuando el médico hace reir á las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la duele á usted?
D.ª Paula.—Ba, ba, ba, ba.
Bartolo.—¿Eh? ¿Qué dice usted?
D.ª Paula.—Ba, ba, ba.
Bartolo.—Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es esa? Yo no entiendo palabra.
D. Jerónimo.—Pues ese es su mal. Ha venido á quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para mí.
Bartolo.—¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.
D. Jerónimo.—Á pesar de eso, yo le suplico á usted que aplique todo su esmero á fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.
Bartolo.—Se la aliviará, se la quitará: pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?
D. Jerónimo.—Sí, señor, con bastante apetito.
Bartolo.—¡Malo!... ¿Duerme?
Andrea.—Sí, señor, unas ocho ó nueve horas suele dormir regularmente.
Bartolo.—¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele?
D. Jerónimo.—Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no.
Bartolo.—¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.
D. Jerónimo.—¿Qué indica?
Bartolo.—Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de hablar.
D. Jerónimo.—¿Secuestrada?
Bartolo.—Sí por cierto; pero buen ánimo, ya lo he dicho, curará.
D. Jerónimo.—Pero ¿de qué ha podido proceder este accidente?
Bartolo.—Este accidente ha podido proceder y procede (según la más recibida opinión de los autores) de habérsela interrumpido á mi señora doña Paulita el uso expedito de la lengua.
D. Jerónimo.—¡Este hombre es un prodigio!
Lucas.—¿No se lo dijimos á usted?
Andrea.—Pues á mi me parece un macho.
Lucas.—Calla.
D. Jerónimo.—Y en fin, ¿qué piensa usted que se puede hacer?
Bartolo.—Se puede y se debe hacer... El pulso... (Tomando el pulso á doña Paula.) Aristóteles en sus protocolos habló de este caso con mucho acierto.
D. Jerónimo.—¿Y qué dijo?
Bartolo.—Cosas divinas... La otra... (La toma el pulso en la otra mano, y la observa la lengua.) Á ver la lengüecita... ¡Ay, qué monería!... Dijo... ¿Entiende usted el latín?
D. Jerónimo.—No, señor, ni una palabra.
Bartolo.—No importa. Dijo: Bonus bona bonum, uncias duas, mascula sunt maribus, honora medicum, acinax acinacis, est modus in rebus; amarylida sylvas. Que quiere decir, que esta falta de coagulación en la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos humores... acres, proclives, espontáneos y corrumpentes. Porque como los vapores que se elevan de la región... ¿Están ustedes?
Andrea.—Sí, señor, aquí estamos todos.
Bartolo.—De la región lumbar, pasando desde el lado izquierdo donde está el hígado, al derecho en que está el corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, según la doctrina de Ausias March y de Calepino (aunque yo llevo la contraria), que la malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?
D. Jerónimo.—Sí, señor, perfectamente.
Bartolo.—Pues, como digo, supeditando dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. Doceo doces, docere, docui, doctum, ars longa, vita brevis: templum, templi: augusta vindelicorum, et reliqua... ¿Qué tal? ¿He dicho algo?
D. Jerónimo.—Cuanto hay que decir.
Ginés.—Es mucho hombre este.
D. Jerónimo.—Sólo he notado una equivocación en lo que...
Bartolo.—¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco.
D. Jerónimo.—Creo que dijo usted que el corazón está al lado derecho, y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo contrario.
Bartolo.—¡Hombre ignorantísimo, sobre toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Sí, señor, antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera.
D. Jerónimo.—Perdone usted, si en esto he podido ofenderle.
Bartolo.—Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido común.
D. Jerónimo.—¿Y qué le parece á usted que deberemos hacer con la enferma?
Bartolo.—Primeramente harán ustedes que se acueste, luégo se la darán unas buenas friegas... bien que eso yo mismo lo haré... y después tomará de media en media hora una gran sopa en vino.
Andrea.—¡Qué disparate!
D. Jerónimo.—¿Y para qué es buena la sopa en vino?
Bartolo.—¡Ay, amigo, y qué falta le hace á usted un poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía mater, y hace hablar á los mudos.
D. Jerónimo.—Pues no lo sabía.
Bartolo.—Si usted no sabe nada.
D. Jerónimo.—Es verdad que no he estudiado, ni...
Bartolo.—¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted cómo á los loros los atracan de pan mojado en vino?
D. Jerónimo.—Sí, señor.
Bartolo.—¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos también á doña Paulita, y dentro de muy poco hablará más que siete papagayos.
D. Jerónimo.—Algún ángel le ha traído á usted á mi casa, señor doctor... Vamos, hijita, que ya querrás descansar... Al instante vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de usted?
Bartolo.—Don Bartolo.
D. Jerónimo.—Pues así que la deje acostada seré con usted, señor don Bartolo... (Se levantan los tres.) Ayuda aquí, Andrea... Despacito.
Bartolo.—Taparla bien, no se resfríe. Adios, señorita.
D.ª Paula.—Ba, ba, ba, ba.
D. Jerónimo (hace que se va acompañando á doña Paula, y vuelve á hablar aparte con Lucas).—Lucas, vé al instante y adereza el cuarto del señor, bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la jarra con agua, la aljofaina, la tohalla, en fin, que no falte cosa ninguna... ¿Estás?
Lucas (marchando por la puerta de la derecha).—Sí, señor.
D. Jerónimo.—Vamos, hija mía.
(Vanse don Jerónimo, doña Paula, Andrea y Ginés por la puerta de la izquierda.)
Bartolo.—Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡Si es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora que todos andan por allá dentro puedo... Y si no, mal estamos... En las espaldas siento una desazón que no me deja... Y no es por los palos recibidos, sino por los que aún me falta que recibir.
(Vase por la parte del lado derecho.)