ESCENA IX.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

Rita.

Qué malo es... Pero... ¡Válgame Dios! ¡D. Felix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce... (Sale Calamocha del cuarto de D. Cárlos, y se va por la puerta del foro.) ¡Oh! por mas que digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! Pues no seria una lástima que... Ella es. (Sale Doña Francisca.)

D.ª Fca.

¡Ay, Rita!

Rita.

¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?

D.ª Fca.

¡Pues no he de llorar! Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaria cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento, ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

Rita.

Señorita, por Dios, no se aflija usted.

D.ª Fca.

Ya, como tú no lo has oido... Y dice que D. Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme y hablar de niñerías... Y todo, por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Vírgen que no me sale del corazon.

(Se va obscureciendo lentamente el teatro.)

Rita.

Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel dia de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?

D.ª Fca.

¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... ¿Pero qué me vas á contar?

Rita.

Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galan, tan fino...

D.ª Fca.

¡Qué rodeos!... D. Felix. ¿Y qué?

Rita.

Que nos fué acompañando hasta la ciudad...

D.ª Fca.

Y bien... Y luego volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de tí.

Rita.

¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la maldijo, no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos leido á hurtadillas en las novelas, no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oian entre once y doce de la noche, de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y espresion?

D.ª Fca.

¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... Y entretenido acaso con nuevos amores.

Rita.

Eso no lo puedo yo creer.

D.ª Fca.

Es hombre al fin, y todos ellos...

Rita.

¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleva chasco en la eleccion, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creible que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversacion á obscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él una accion descompuesta, ni oimos de su boca una palabra indecente ni atrevida.

D.ª Fca.

Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (Señalando el pecho.) ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! ¡Es lástima!... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho mas... nada mas.

Rita.

No señora, no ha dicho eso.

D.ª Fca.

¿Qué sabes tú?

Rita.

Bien lo sé. Apenas haya leido la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero...

(Acercándose á la puerta del cuarto de D.ª Irene.)

D.ª Fca.

¿Adónde vas?

Rita.

Quiero ver si...

D.ª Fca.

Está escribiendo.

Rita.

Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. D. Felix está ya en Alcalá.

D.ª Fca.

¿Qué dices? no me engañes.

Rita.

Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.

D.ª Fca.

¿De veras?

Rita.

Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...

D.ª Fca.

¿Con que me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... ¿Pero ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?... ¡Correr tantas leguas solo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.

Rita.

Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en ella.

D.ª Fca.

Dices bien... Pero no, él tiene resolucion y talento, y sabrá determinar lo mas conveniente... ¿Y como has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.

Rita.

No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿Me entiende usted?

D.ª Fca.

Sí, bien.

Rita.

Pues entonces no hay mas que salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí D. Diego...

D.ª Fca.

Bien, anda, y así que llegue...

Rita.

Al instante.

D.ª Fca.

Que no se te olvide toser.

Rita.

No haya miedo.

D.ª Fca.

¡Si vieras que consolada estoy!

Rita.

Sin que usted lo jure lo creo.

D.ª Fca.

¿Te acuerdas cuando me decia que era imposible apartarme de su memoria, que no habria peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?

Rita.

Sí, bien me acuerdo.

D.ª Fca.

¡Ah!... Pues mira como me dijo la verdad. (Doña Francisca se va al cuarto de Doña Irene. Rita por la puerta del foro.)