ESCENA VI.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

D.ª Fca.

¿Ha parecido el papel?

Rita.

No señora.

D.ª Fca.

¿Y estaban aquí los dos cuando saliste?

Rita.

Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me hallé de repente como por máquina, entre él y su amo, sin poder escapar, ni saber qué disculpa darles. (Rita coge la luz y vuelve á buscar la carta cerca de la ventana.)

D.ª Fca.

Ellos eran sin duda... Aquí estarian cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?

Rita.

Yo no lo encuentro, señorita.

D.ª Fca.

Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.

Rita.

A lo menos por aquí...

D.ª Fca.

¡Yo estoy loca! (Siéntase.)

Rita.

Sin haberse esplicado este hombre, ni decir siquiera...

D.ª Fca.

Cuando iba á hacerlo, me avisaste y fué preciso retirarnos... ¿Pero sabes tú con qué temor me habló, qué agitacion mostraba? Me dijo que en aquella carta veria yo los motivos justos que le precisaban á volverse: que la habia escrito para dejársela á persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme seria imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diria: pues yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de una muger?... ¡Hay tantas mugeres!... Cásenla... ¡Yo nada pierdo!... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mio, perdon!... ¡Perdon de haberle querido tanto!

Rita.

¡Ay señorita! (Mirando hácia el cuarto de D. Diego.) que parece que salen ya.

D.ª Fca.

No importa, déjame.

Rita.

Pero si D. Diego la ve á usted de esa manera...

D.ª Fca.

Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada importa.