ESCENA XIV.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
(Salen del cuarto de Doña Irene. Rita sacará una luz y la pone encima de la mesa.)
Rita.
Mucho silencio hay por aquí.
D.ª Fca.
Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.
Rita.
Precisamente.
D.ª Fca.
¡Un camino tan largo!
Rita.
¡A lo que obliga el amor, señorita!
D.ª Fca.
Sí, bien puedes decirlo, amor... ¿Y yo qué no hiciera por él?
Rita.
Y deje usted, que no ha de ser éste el último milagro. Cuando lleguemos á Madrid, entonces será ella... ¡El pobre D. Diego qué chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan bueno, que cierto da lástima...
D.ª Fca.
Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretension, ni yo tendria que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. D. Felix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la mas dichosa de las mugeres.
Rita.
¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo tambien la cabeza... Voy por él.
(Encaminándose al cuarto de Doña Irene.)
D.ª Fca.
¿A qué vas?
Rita.
El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
D.ª Fca.
Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí quedó junto á la ventana... Y ve con cuidado no despierte mamá.
Rita.
Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número siete, cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito porton que rechina, que...
D.ª Fca.
Te puedes llevar la luz.
Rita.
No es menester, que ya sé donde está.
(Vase al cuarto de Doña Irene.)