II
Señor... filósofo: perdone usted, ante todo, que no le llame por su nombre. Fernando no ha querido decírmelo ni en presencia de usted ni á solas: usted tampoco ha querido ser menos misterioso; de modo que respeto... á la fuerza, el incógnito, y le llamo por el mote que le han puesto sus amigos. Pero conste que es á la fuerza, no porque yo quiera usar con usted una familiaridad á que no tengo derecho y á la cual usted no ha dado, por cierto, pretexto en el corto lapso de tiempo (como dice Mambrú) que he tenido el honor de tratarle. Además, por mi gusto, aunque pudiera legítimamente hablarle á usted, en broma, en estilo festivo (Mambrú), no lo haría hoy, y le confieso que con mucho gusto le llamaría mi estimado don... Pepe, por ejemplo, ó Pepe ó Juan ó lo que sea, á secas. No estoy para bromas. Además (y van dos), me tiembla el pulso al escribir. Para mí la situación, ó el momento, ó como se diga, es solemne. Escribo, acaso por primera vez, á un hombre honrado; pues me inclino á creer que usted lo es, en efecto, no por las apariencias sólo, no porque le llamen filósofo, y Fernando diga que usted tiene mucho talento, pero no vive en la realidad; estos serían, en todo caso, indicios de su honradez de usted, pero no bastan: le creo hombre honrado por otras señas que observé en el citado lapso de Mambrú.—Y ¿qué es un hombre honrado?—dirá usted.—¿Cómo cree ésta que por primera vez escribe á un hombre honrado, cuando tantas cartas... habrá escrito á Fernando... y al barón de X y á Paquito H y... ¡etc., etc., etc., etc.!!!—Pues sepa usted, señor filósofo (por mi gusto se llamaba usted mi querido don Andrés, como mi padre) que ni Fernando ni los demás perdidos son para mí hombres honrados. ¿Qué es entonces un hombre honrado? Lo mismo que una mujer honrada. Son hombres deshonrados los que tienen tratos con las mujeres... que tienen tratos con esos hombres: ni más ni menos. Do ut des, como dice Mambrú, aunque no sé si viene á pelo. Esto no quiere decir que yo tenga por malo á Fernando, eso no; pero no es lo mismo. Tampoco yo soy una mujer honrada y me tengo por buena. Ya ve usted que soy bien franca y que no juego á la demi mondaine. ¡Ah! No. ¡Viva España! Si yo fuera literata no hablaría como esas señoras sospechosas que he visto representar á la Duse y á la Tubau: hablaría como la Celestina, que es una comedia, ó novela en conversación, que me leyó Fernando y me gustó mucho... Pero vamos al grano. Usted es un hombre honrado, ó me lo parece, y esta novedad me infunde un respeto extraño (á ratos, cuando estoy de broma, loca, si me acuerdo de usted... se me escapa por dentro la risa) y... si he de ser franca del todo... me entraron, al fijarme en el modo que usted tenía de no mirarme, vivos deseos de hacer que me mirara y admirara... y deseara. Todo esto pasó, me pesa, y por eso se lo digo (y perdone tanto seseo). Á los ojos no me miró usted más que un momentín muy pequeño que no debe de merecer el nombre de lapso. Usted también debe de acordarse. Es usted el único hombre que entró en esta casa, desde que vivo con Fernando, á quien no le conocí ni asomos de intención de burlar al amigo y quitarle, más ó menos completamente, la fidelidad cuasi conyugal de su Nila. Pero hizo usted otra cosa: se llevó usted el retrato que había sobre la cónsola, como dice Trini. Fernando, que miente cuando es necesario, y eso que es casi tan pensador como usted, jura y perjura que él no le regaló el cuadrito, y como yo estoy segura de que usted fué quien se lo llevó, de que el cuadro desapareció cuando usted salió de casa; como es imposible que fuera el ladrón alma nacida no siendo usted (no admito discusión sobre esto) resulta... eso... que ha robado usted el retrato de la señorita Elena, la hermana que se le murió á Fernando. No es probable que usted se atreviera á llevarse el cuadro sin pedirlo; pero sí creo que de Fernando no salió el ofrecérselo. Fué usted quien, ya que no me ofendió deseando mi infidelidad, me maltrató sin decírmelo, advirtiendo á Fernando que el retrato de su hermana parecía mal en la casa en que vivimos juntos. (De que se lo llevó usted estoy segura; porque Fernando no se lo tragó. Yo le registré en cuanto usted salió, y á la calle no pudo tirarlo, y en casa doy fe de que no está. Usted lo tiene). Él dice que estuvo usted algo enamorado platónicamente de su hermana Elena, y que por eso...
No es eso. Es que usted cree que yo no debo tener en mi casa el retrato de esa señorita. Yo pensaba que no había pecado ni ofensa en ello; que bastaba con no haber creído prudente, por el qué dirán, sólo por eso, que entrase en casa ni una hilacha, ningún recuerdo de la pobre difunta... de la otra difunta. Sea como quiera (Mambrú), digo, no, séase de esto lo que quiera, yo acato el superior criterio de usted; pero se me figura que si en vez de encontrarse con Cristo se encuentra con usted la Magdalena, se quedan sin santa de su devoción las Arrepentidas. En resumidas cuentas, si usted quiere... devuélvanos el retrato (á no ser que jure haber amado á esa señorita). Como usted, aunque filósofo, no lo sabe todo, ni lo entiende todo, no sabe, no comprende el papel que ese cuadrito desempeñaba en la casa. Era objeto de una especie de culto doméstico, nuestros dioses lares, nuestros penates, ó como se diga: algo así como un pebetero de buen olor de honradez, de intimidad digna, noble. Fernando y yo, que somos á ratos unos locos, nos hemos empeñado en que el amor todo lo vence (ó la pata de cabra), y llegamos á figurarnos que somos... no marido y mujer, que eso no hace falta, y dice Fernando que mujer se tiene una sola, sino algo que, sin ser matrimonio, ni querer imitarlo, y sin dejar de ser amor, es otra cosa también digna á su modo, no honrada, pero otra cosa, tal vez mejor, allá, en alta metafísica. En fin, esto se lo explicará á usted Fernando, si hablan de ello, mejor que yo. Y eso que, no crea usted, puesta á ello, yo también podría analizar con el escalpelo de la crítica (Mambrú puro) estas quisicosas del alma en sus relaciones con el medio ambiente. (Repito que dispense usted las bromas: no domino el estilo: él me lleva á mí y por la costumbre de hablar siempre en guasa escribo de esta manera... cuando quisiera escribirle á usted como el devocionario).
Conque ¿nos devuelve usted el retrato? Por si se niega, ahí le mando á usted por Petra ese paquete: es un escapulario de mi madre que yo he traído casi siempre conmigo. Ahora caigo en la cuenta de que, si el retrato de la señorita Elena se mancha estando sobre una consola de la sala, este recuerdo de mi madre, bendito por añadidura, porque está tocado al Santísimo Cristo de las Cadenas, se mancha exponiéndose al roce de Fernando, que es tan... tan corrompido como esta servidora. Ó vuelve el retrato y admita usted los tiquis miquis sentimentales y suprasensibles de nuestro arreglo, ó quédense en poder del hombre honrado las dos cosas. Y, más diré (Mambrú), si usted nos devuelve el retrato... por el favor... y por un no sé qué, porque eso otro es más serio, más... religioso, más... del alma, quédese usted, si quiere, de todos modos, con el recuerdo de mi madre que le envío por Petra. Su affma. s. s. y a. q. b. m., Nila.—Va sin señas el sobre porque no sé cómo se llama usted ni dónde vive... (Petra lo sabe... pero ésa no lo dice; fué ama de cría de Fernando; está juramentada... Pequeñeces de la vida semiconyugal. Fernando es así. Él dice que es una broma el no dejarme saber quién es usted... Me deja escribirle... con esta condición: que no he de volver á verle ni he de saber dónde está, ni cómo se llama). Petra también dice que es broma y se ríe á carcajadas. En el fondo me halaga estar un poco presa... y con espías. Fernando no lee mis cartas: dice que le basta con leer lo que usted me conteste... si se lo permito. Petra no sabe leer. Yo puedo decirle á usted lo que quiera, siguiendo la broma; pero usted á mí es seguro que sólo me dirá lo que deba. Es una diversión como otra cualquiera y que Fernando me otorga, á cambio del teatro. Lo malo es que usted se cansará pronto de esta comedia. Pero... no deje de contestarme, por lo menos á esta primera de retratos, como diría Sancho. (¿Eh? ¡Qué erudita!)—Vale.