CANTO IV.

Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valiéndose del anillo misterioso, y pone en libertad á su Rugiero.—Cabalga este en el Hipogrifo, que remontándose hasta el cielo, le transporta á regiones remotas.—Llega Reinaldo á Bretaña, cumpliendo las órdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion de salvar á la princesa Ginebra.

Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en más de una ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daños, querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en esta vida mortal, llena de envidia y más intranquila que serena. Si para encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos trabajos, ¿qué conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia advertido de antemano la Maga? Disimular á su vez, tal como era necesario con aquel que podria pasar por padre de la mentira; y segun dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.

Cuando se oyó el rumor que he indicado, exclamó la doncella, dirigiéndose con presteza al sitio de donde procedia:

—¡Oh Madre gloriosa! ¡oh Rey del Cielo! ¿qué podrá ser eso?

Vió al huésped y toda su familia asomados á las ventanas y á la puerta, con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse ó un cometa. Tendió ella vista en la misma direccion, y vió una cosa maravillosa y apenas creible: divisó un gran caballo alado, que cruzaba los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del caballero: dirigia su vuelo hácia Poniente y descendiendo un tanto, desapareció tras las montañas. Segun dijo el posadero, y decia la verdad, aquel era un nigromante que solia á pasar por allí con frecuencia, haciendo excursiones más ó menos lejanas. Unas veces elevaba su raudo vuelo hasta llegar á las estrellas; otras pasaba rozando la tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian ó creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba á todas, no se atrevian á salir durante el dia.

El huésped seguia refiriendo cómo aquel ginete poseia en los Pirineos un castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que habian llegado hasta él, pero ninguno habia podido alabarse de volver.—«Así es que yo temo, añadia el huésped, que estén encadenados ó muertos.»

La jóven escuchó atenta aquella narracion, congratulándose de ella, porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo. Dirigiéndose al huésped, le dijo:

—Búscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce á ese castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo contener mis deseos de pelear con ese nigromante.

—No te faltará guia, le respondió entonces Brunel; yo iré contigo. Llevo conmigo la descripcion del camino, así como tambien otras cosas que te harán agradable mi compañía.

Brunel se referia al anillo; pero no quiso enseñarlo ni aventurarse á decir más por no exponerse á las consecuencias.

—Tu compañía me será grata, le respondió Bradamante, queriendo decir que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de conducta que se habia trazado, decia lo que le era útil, y callaba lo que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.

El posadero tenia un caballo que agradó á Bradamante, pues era á propósito para viajar y para la guerra: se lo compró, y al amanecer del siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y otras detrás de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al punto más alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando está despejada la atmósfera las diferentes comarcas de Francia y de España, así como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de Toscana y el Adriático desde los desfiladeros que conducen á Camaldoli. Desde allí, descendieron por una áspera garganta á un profundo valle en medio del cual se elevaba un gran peñasco, cuya cúspide se veia toda cercada por un brillante muro de acero. El peñasco era tan enhiesto, que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y trabajo los que pretendieran llegar á su cumbre á menos que tuviesen alas. Brunel dijo entonces:

—Hé ahí el sitio donde el Mágico guarda cautivos á las damas y á los caballeros.

La enorme roca estaba cortada á pico perpendicularmente por todos sus cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala ó sendero que facilitaran el acceso: en resúmen, aquel sitio era propio únicamente para morada de las águilas ó de otro animal alado.

Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.

Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar enristrando la lanza y dando muerte á su adversario, ó bien herirle con la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe le alcanzara.

El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones, y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo, todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.

Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante. Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el astuto gato se complace en jugar con el

Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.
(Canto IV.)

ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se valió del poder oculto de su anillo.

Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo, cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en el espacio.

El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado, se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos. El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo adversario como habia aprisionado á tantos otros.

Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza, levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del vencido, detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.

—Quítame, por Dios, la vida ¡oh jóven! decia el viejo lleno de ira y de despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia á quitarsela, como tenia él deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quién era el hechicero, con qué objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y por qué habia declarado la guerra á todos sus semejantes.

El viejo encantador le respondió vertiendo lágrimas:

—¡Desventurado de mí! No me guió una intencion dañina al construir la hermosa fortaleza en la cumbre de esa peña, ni es la avaricia lo que me incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida á un caballero gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir á traicion dentro de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No alumbra el Sol entre uno y otro polo á un jóven tan hermoso y arrogante; llámase Rugiero, y desde pequeño ha sido educado por mí. Mi nombre es Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y laureles, le han conducido á Francia siguiendo al rey Agramante, mientras yo, que le he amado siempre más que á un hijo, procuro sacarle de este país y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese magnífico castillo con el único objeto de guardar con más seguridad á Rugiero, de quien conseguí apoderarme, así como esperaba hoy hacerme dueño de tí; y el objeto de aprisionar á tantas damas, caballeros y demás noble gente como verás, no ha sido otro que el de procurar una grata compañía á Rugiero, á fin de hacerle más llevadera su cautividad. He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin, todos se encuentran reunidos en él: músicas, vestidos, cantos, juegos, manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon ó apetecer el paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has venido tú á desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrás á mi humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodérate de ese corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el castillo. Si tal es tu empeño, pon en libertad á los caballeros que elijas, y permite que conserve los demás; y si deseas libertarlos á todos, sea como quieras: no me opondré, con tal de que me dejes á mi querido Rugiero. Si no obstante mis súplicas, tu designio es el de arrebatármelo tambien, ¡ah! te ruego, que antes de volverlo á conducir á Francia, arranques su podrida corteza á esta alma afligida!

La doncella se apresuró á responder:

—Estoy resuelta á ponerle en libertad, por más que digas. En cuanto al escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo que el cambio pudiera convenirme. Para detener á Rugiero supones que quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando, ó esta suposicion es una impostura, ó si es cierta, eres impotente para evitar lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el daño que te amenazaba, estando tan próximo, menos preverás el de otro, que no lo está tanto. En vano has de rogarme que te dé la muerte: si en tan poco estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue á complacerte, tú mismo podrás quitártela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora, vamos á abrir las puertas de su prision á todos tus cautivos.

Así dijo la jóven, y arrastró al mago hácia el peñasco.

Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto á él; pues le inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado á pesar de verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron al pié del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una estrecha escalera de caracol, llegaron á la puerta del castillo.

Atlante levantó una piedra que estaba al pié del umbral de aquella, llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la piedra aparecieron unos vasos ú ollas llenos de un fuego oculto que despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento quedó aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvaneciéndose como por encanto las murallas y la torre, cual si jamás hubiera existido el castillo.

Simultáneamente con la fortaleza, desapareció el Mago del poder de la dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido presos, dejando en libertad á todos los cautivos. Las damas y caballeros se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les privaba de los placeres que allí habian encontrado.

Allí estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino de Levante con Reinaldo, y á su lado Iroldo su más fiel amigo. Al fin encontró allí Bradamante á su deseado Rugiero, que la acogió primero con ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era deudor de su libertad.

Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido volverse á ver.

Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para hacerles perder su pista.

Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados, haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.

Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo, esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa. El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo, le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.

Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temió que llegara á suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes. Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas, decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable restituirlo á su dueño.

El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero, imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible, hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto, dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra en el signo de Cáncer[27], y continuó hendiendo los aires como el lijero bajel impulsado en el mar por un viento favorable.

Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin Reinaldo.

Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas haza­ñas de Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan[28], y otros muchos caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de cuyas proezas queda aun más de una memoria esculpida en monumentos y trofeos pomposos.

Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna, siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia noticia de ellas.

—Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de quedar ignoradas, á fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa más digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que pretende arrebatarle á un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio la ha acusado ante su padre, dejándose quizá llevar del odio más bien que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando á subir á un amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan á las llamas, si en el término de un mes, que está para acabar, no encuentra un campeon que pruebe la impostura del inícuo acusador. La rigorosa ley de Escocia, impía y severa, manda dar la muerte á toda mujer, sea cual fuere su clase, que se una á un hombre sin haberse desposado con él, como la acusen de este delito; é imposible de todo punto es impedir tal castigo, á no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido por la suerte de la hermosa Ginebra, que así se llama su hija, ha hecho publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibirá en recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa, que llevará además en dote un estado correspondiente á su elevada alcurnia; pero si en el término de un mes no acude nadie en su auxilio, ó si el que acuda no vence, será muerta irremisiblemente. Tamaña empresa te conviene mucho más que ir vagando á la ventura por esos bosques; pues además de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirás no tan solo la mano de la más hermosa de cuantas doncellas existen desde el Indo hasta las columnas de Hércules, sino tambien riquezas, un dominio que te asegurará para siempre una vida halagüeña, y la gracia del Rey, que te deberá su honor, del que hoy casi se vé desposeido. Siendo caballero, estás por otra parte obligado á vengar de semejante ultraje á una dama que, segun opinion unánime, es un modelo acabado de pudor y castidad.

Reinaldo permaneció algunos momentos pensativo, y despues contestó:

—¿Es decir, que una doncella debe morir, porque recibió apasionada entre sus amorosos brazos á su amante? ¡Maldicion sobre el que tal ley ha sancionado! ¡Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor razon debe morir una mujer cruel y desdeñosa, que la que dá la vida á su fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya ó no hecho feliz al suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto, con tal de que haya evitado el escándalo. Decidido estoy á defenderla: así pues, proporcionadme un guia que me conduzca rápidamente al encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto renacerá la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando no tengo antecedente alguno: lo que sí sostengo, es que ninguna ley debe castigar semejante falta; que fué injusto ó por lo menos loco el primero que impuso tal pena á los que incurrieran en ella, y que tales leyes deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras más razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crímen, ¿por qué se ha de censurar ó castigar á la mujer por haber hecho con uno ó con varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece, quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la mujer, y Dios mediante, no tardaré en demostrar el gran mal que se ha causado soportándola por espacio de tanto tiempo.

Todos los circunstantes convinieron unánimes con Reinaldo en que los antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese ley tan inícua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la reformaba.

Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareció por el horizonte, Reinaldo cogió sus armas, cabalgó en Bayardo, y precedido de un escudero que le proporcionaron en la abadía, y que le fué acompañando en el trascurso de muchas millas, se encaminó á través del horrible bosque en direccion del país donde debia combatir en favor de la calumniada doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigiéndose por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que resonaban en todas las sinuosidades de la selva.

Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hácia un valle, de donde al parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando á él, á una jóven, que desde tan larga distancia les pareció hermosa, sujeta por dos malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo una persona: ellos con los aceros empuñados se preparaban á regar la pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias de la jóven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas reparó Reinaldo en aquel espectáculo, cuando se dirigió velozmente hácia ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las fragosidades del terreno. El guerrero no se cuidó de perseguirlos, sino que se acercó á la doncella; le preguntó cuál era la causa de tan gran castigo, y haciéndola montar, para no perder tiempo, á la grupa del rocin de su escudero, prosiguió su interrumpida marcha. Mientras cabalgaban, la fué contemplando mejor, y vió que era muy bella y de modales distinguidos, á pesar de que aun se veia retratado en sus facciones el espanto que le causara el temor de su próxima muerte. Reinaldo repitió la pregunta que le dirigiera, y ella empezó con voz humilde á referir lo que dejaré ahora para el canto siguiente.