CANTO XLIII.
El Caballero refiere al Paladin la insensata curiosidad que le privó de su dicha.—Reinaldo marcha á Rávena con objeto de embarcarse, y oye otra historia durante el viaje.—Llega á la isla en que su primo acababa de alcanzar la victoria que tan poco satisfecho le dejara.—El cenobita que bautizó á Rugiero, convierte á Sobrino al cristianismo y cura á Olivero.
¡Oh execrable avaricia! ¡oh apetito desordenado de riquezas! No me maravillo de que subyugues fácilmente á las almas viles ó contaminadas por el vicio: pero sí me causa asombro ver que sujetas con la misma cuerda y aferras con la misma garra á más de un hombre, cuyo elevado ingenio le haria digno de honor y de respeto, si supiera sustraerse á tu vergonzoso influjo. Hombres hay que estudian la tierra, el mar y el cielo y conocen y explican perfectamente las causas de todos los fenómenos de la Naturaleza, remontando el vuelo de su atrevido pensamiento hasta el mismo sólio del Altísimo; y sin embargo, heridos por tu mortífero y venenoso aguijon, no tienen más afan ni más idea que la de acumular tesoros, en lo cual cifran todo su anhelo, toda su salud y su única esperanza.
Otros derrotan ejércitos enteros y atraviesan las ferradas puertas de belicosas ciudades, siendo los primeros en exponer su fuerte pecho al acero enemigo y los últimos en retirarse, á pesar de lo cual no pueden librarse de que los hagas gemir en tu afrentosa prision hasta el fin de sus dias. Muchos de los que por su talento ó su aptitud habrian conquistado un nombre ilustre y preclaro en las artes ó en las ciencias, permanecen por tu culpa sumidos en un olvido humillante.
¿Y qué diré de algunas damas de esclarecido linaje y de sin par belleza, á quienes veo mostrarse duras, incontrastables, constantes y más firmes que columnas ante la gentil apostura, la fidelidad y la asídua solicitud de sus adoradores? Que llega un dia en que la avaricia produce en ellas tal mudanza, que no parece sino que las haya encantado de improviso, y sin amor (¿quién lo creeria?), las ofrece como rica presa á las seducciones de un viejo, de un sér deforme ó de un mónstruo.
¡Ah! No sin motivo me lamento de ello: entiéndame quien pueda, que yo sé bien lo que me digo, y aun cuando parezca lo contrario, ni me separo con estas quejas de mi propósito, ni olvido la materia de mi canto; mas no quiero adaptar por más tiempo mis palabras á lo que venia diciendo, sino á lo que tengo que deciros. Volvamos, pues, á ocuparnos del Paladin, que estuvo próximo á hacer la prueba de la copa.
Os decia que quiso meditar un poco antes de acercar el vaso á sus lábios. Reflexionó y despues dijo:
—Asaz loco seria el que buscase lo que no quisiera encontrar. Mi esposa es mujer, y por consiguiente, frágil: dejemos, pues, que mi confianza en ella siga siendo la misma; pues si hasta ahora me ha hecho y me hace vivir tranquilo, ¿qué ganaré con someterla á una prueba? Pocas serian las ventajas, y en cambio, me expondria tal vez á perder mucho, porque el tentar á Dios suele á veces irritarle: no sé si mi resolucion es prudente ó insensata, pero sí que no quiero saber lo que me conviene ignorar. Apártese, pues, ese vino de mi vista: ni tengo sed, ni deseo tenerla; porque hay cosas que el Señor nos prohibe investigar lo mismo que prohibió á nuestro primer padre tocar el árbol de la vida; y así como Adan, despues de haber gustado la manzana que el mismo Dios le mandó respetar, pasó de la alegría al llanto, y transcurrió su vida entera sufriendo las miserias de los mortales, así tambien se ve precipitado el hombre desde la dicha á la pena y la afliccion de que jamás logra verse libre, cuando una necia curiosidad le mueve á averiguar cuanto hace y dice su mujer.
Mientras así decia el buen Reinaldo, iba apartando lejos de sí el odiado vaso, y al terminar sus palabras, observó que el señor de aquel palacio derramaba abundantes lágrimas, exclamando, despues de haberse tranquilizado algun tanto:
—¡Maldito sea el que me incitó á hacer esa prueba, que me ha arrebatado ¡ay de mí! ¡á mi dulce consorte! ¿Por qué no te habré conocido diez años atrás, para haber atendido tus consejos, antes de que empezaran mis afanes y las incesantes lágrimas que me tienen casi ciego? Pero quiero descorrer el velo que oculta esta historia, á fin de que conozcas mis desgracias, y participes de mi afliccion, refiriéndote el principio y el orígen de mi incomparable tormento.
»Habrás dejado algo más arriba una ciudad á la cual ciñe en torno, á manera de lago, un claro rio, que siguiendo desde ella su curso, se precipita en el Pó, y tiene su nacimiento en Benaco[163].
»Esta ciudad fué construida en la época en que quedaron arruinados los muros de la que edificaron los descendientes del dragon de Agenor[164]. Allí nací yo, de estirpe ilustre, pero bajo humilde techo y en pobre cuna. Si la fortuna se mostró conmigo tan poco cuidadosa que al nacer no me dió riquezas, la Naturaleza suplió este descuido concediéndome una hermosura superior á la de todos mis iguales. En mi lozana juventud, ví á más de una dama y de una doncella prendadas de mi gallarda apostura; pues, aunque parezca mal que el hombre se elogie á sí mismo, debo advertir que supe realzar mis gracias naturales con modales distinguidos.
»Vivia por entonces en mi ciudad natal un hombre de prudencia suma y profundo conocedor de todas las ciencias, el cual, cuando cerró sus ojos á la luz del Sol, contaba la edad de ciento veintiocho años. Pasó su vida entera en la soledad y el aislamiento más completos; pero cuando llegaba á su ocaso, sintió el fuego del Amor, y á fuerza de dádivas, obtuvo la posesion de una matrona hermosa, de la cual tuvo secretamente una hija. Con objeto de impedir que esta imitara el ejemplo de su madre, que vendió por oro su castidad, esa virtud más preciada que todos los tesoros del mundo, la apartó de todo roce con la sociedad, y la trajo á este sitio desierto y solitario, donde, por arte mágica, obligó á los demonios á que levantaran el palacio rico, espléndido y anchuroso que estás viendo. Confió á algunas mujeres de edad madura y de notoria castidad la educacion de su hija, que fué creciendo en gracias y belleza; prohibiéndoles estrechamente que le permitieran ver á hombre alguno, y sobre todo, que le hablaran de ellos en tan tierna edad; y á fin de que tuviera sanos ejemplos en que inspirarse, hizo modelar en lienzo y en mármol los retratos de las mujeres más pudorosas que con mayor fortaleza habian sabido resistir los halagos de sus seductores; y no solo quiso que se reprodujesen las facciones de aquellas que en los pasados tiempos fueron el ornato del mundo por su amor á la virtud, y cuya fama, conservada en la Historia, durará eternamente, sino tambien las de otras damas no menos honestas, que en la edad futura darán nuevo realce á toda la Italia, como esas ocho que ves en esta fuente.
»Cuando el viejo conoció que su hija habia llegado á la edad en que el hombre puede coger los sazonados frutos del amor, ya fuese por mi suerte ó por mi desdicha, me consideró como el más digno de todos para ofrecerme su mano, señalándome como dote de la jóven, además de este magnífico palacio, las extensas campiñas, así de secano como de regadío, que le rodean en un rádio de veinte millas. Ella era tan hermosa y recatada cuanto pudiera apetecer el más exigente deseo: con respecto á las labores de aguja, competia en destreza y perfeccion con la misma Palas; su magestuoso porte y la melodía de su voz y de su canto le daban el aspecto de un sér celeste y no mortal; conocia tan bien las artes liberales que rivalizaba, ó poco menos, con su padre. A su gran talento, á su incomparable belleza, que hasta á las peñas habria inspirado amorosos deseos, unia un amor, una dulzura, cuyo solo recuerdo me traspasa el corazon. Su único placer, su más vehemente anhelo, consistia en estar á mi lado por donde quiera que fuese. Mucho tiempo vivimos de este modo, sin que la menor querella turbara nuestra dicha: pero al fin la tuvimos, por culpa mia.
»Cinco años habian transcurrido desde que doblé la cerviz al yugo de himeneo, cuando murió mi suegro, empezando al poco tiempo los pesares que me abruman todavía, del modo que vas á oir. Aun me tenia cobijado bajo sus alas el amor de mi esposa, que te pondero tanto, cuando una noble dama de este país se apasionó de mí hasta un extremo inconcebible. Aquella dama conocia el arte de los encantamientos y sortilegios, como puede conocerlo la maga más experta: hacia la noche clara, el dia oscuro, detenia el Sol en la mitad de su carrera, y obligaba á la Tierra á estremecerse; pero aun así, no tuvo suficiente poder para inducirme á curar su amorosa herida con el remedio que únicamente podria aplicarle faltando á la fidelidad jurada á mi esposa; y á pesar de que era bastante bella y expresiva, á pesar de constarme su loca pasion, á pesar de las frecuentes promesas y regalos que me hacia, y de sus vivas y contínuas instancias, no pudo conseguir que desprendiese una chispa de mi primer amor para dársela á ella, porque mi confianza en la lealtad de mi mujer bastaba para refrenar mis deseos.
»La esperanza, el crédito, la certidumbre que del amor de mi esposa tenia me habrian hecho despreciar hasta los seductores detractivos de la jóven Leda, ó los ofrecimientos de riquezas y sabiduría que en otro tiempo se hicieron al gran pastor del monte Ida[165]; pero todas mis repulsas no eran suficientes á alejarla de mi lado.
»Un dia en que aquella maga, llamada Melisa, me encontró fuera del palacio, y me pudo hablar con toda tranquilidad, halló medio de convertir mi paz en guerra, y de arrancar con el áspero aguijon de los celos la confianza arraigada en mi corazon. Empezó por alabar mi propósito de ser fiel á quien lo fuese conmigo, y despues añadió:
—»Pero tú no puedes decir que tu esposa guarda la fé jurada, mientras no veas una prueba fehaciente de su lealtad. Porque ella no comete falta alguna, cuando podria faltar, te figuras que es leal y pudorosa; pero ¿en qué fundas esa creencia, para decir y asegurar que tu mujer es un modelo de castidad, cuando no te separas un momento de su lado, ni le permites que vea á ningun hombre? Aléjate un poco; aléjate de tu casa; haz circular por ciudades y aldeas la noticia de tu ausencia, y que tu mujer ha quedado sola; deja que los amantes y sus tiernas epístolas lleguen hasta ella, y si, resistiendo á las súplicas y á las dádivas, no mancilla el lecho conyugal, ó si, mancillándolo, cree que su falta permanecerá oculta, entonces podrás decir que te es fiel.»
»La encantadora no cesó de hablarme de este modo, hasta que me predispuso á poner á prueba la fidelidad de mi mujer.
—»Supongamos, le dije, que mi esposa sea tal cual yo no puedo creerla: ¿cómo podré convencerme despues de que es digna de premio ó de castigo?»
»Melisa me contestó:
—»Yo te daré una copa, de una propiedad extraordinaria: la copa que en otro tiempo hizo Morgana para descubrir á su hermano la traicion de Ginebra. El que tiene una mujer honesta, bebe en ella sin trabajo; pero el marido burlado no puede aproximarla á sus lábios sin que antes se vierta el vino que contiene y se le derrame por el pecho. Antes de partir harás la prueba, y segun lo que presumo, beberás fácilmente, pues estoy en la creencia de que tu mujer está aun pura de toda mancha: así verás el efecto de esa copa. Pero si al regresar repites la prueba, no espero ver tu pecho tan limpio; á pesar de que si no queda empapado en el vino, y bebes sin dificultad, podrás considerarte como el más feliz de los maridos.»
»Acepté sin vacilar la oferta. Melisa me entregó la copa: hice la prueba, y dió el resultado previsto, atestiguando, conforme á mis deseos, la honradez y fidelidad de mi dulce consorte. La maga exclamó entonces:
—»Déjala algun tiempo sola: permanece separado de ella uno ó dos meses: vuelve despues, coge el vaso de nuevo, y prueba si bebes, ó si te mojas el pecho.»
»A mí se me hacia muy duro el partir, no tanto por demostrar de este modo mis dudas sobre la fidelidad de mi mujer, como porque no podia resolverme á permanecer dos dias, ni siquiera una hora, lejos de ella. Advirtiéndolo Melisa, dijo:
—»Yo haré que conozcas la verdad por otros medios. Quiero que mudes de voz y de traje, y que te presentes á tu esposa bajo la figura de otro caballero.»
»Señor, cerca de aquí existe una ciudad defendida por los terribles y amenazadores brazos del Pó, cuya jurisdiccion se extiende desde aquí hasta la sinuosa orilla del mar. Aunque cede en antigüedad á las ciudades circunvecinas, compite con ellas en suntuosidad y ornato: la fundaron los escasos restos de los troyanos que se escaparon del azote de Atila[166]. Gobierna esta ciudad un caballero rico, jóven y apuesto, que siguiendo un dia el raudo vuelo de su halcon, llegó á mi palacio, y al entrar en él, vió á mi esposa, la cual le causó una impresion tan viva, que le quedó su imágen grabada en el corazon. Desde entonces no perdonó medio alguno para inclinarla á satisfacer sus deseos; pero fueron tantas las repulsas y los desaires de mi mujer, que desistió de sus instancias, aun cuando no pudo borrar de su imaginacion el recuerdo de su sin par belleza.
»Tanto fué lo que me instó Melisa y hasta tal punto me alucinaron sus consejos, que me decidí á tomar la forma del gobernador, y sin que yo pueda decirte cómo, transformó mi aspecto, mi voz, mis ojos y mis cabellos. Persuadida estaba ya mi esposa de que yo habia emprendido un viaje con direccion á Levante, cuando volví á mi casa bajo el aspecto, traje, voz y facciones de su jóven seductor. Melisa me acompañaba, disfrazada de paje, llevando las más ricas pedrerías que pueden producir las Indias ó las costas Eritreas. Yo, que conocia las costumbres de mi palacio, entré en él sin vacilacion alguna, seguido de Melisa, y llegué á donde estaba mi mujer en ocasion tan oportuna, que á la sazon no estaba á su lado ninguna doncella ni escudero. Hícele presentes mis deseos; le presenté el perverso estímulo de toda mala accion, ostentando ante su vista los rubíes, diamantes y esmeraldas capaces de conmover á la virtud más firme, y le dije que todo aquello era nada en comparacion de lo que podia esperar de mí. Le hablé despues de la comodidad que nos ofrecia la ausencia del marido, y le recordé que hacia mucho tiempo solicitaba sus favores, como no debia ignorar, añadiendo por último, que mi amorosa constancia era digna de alcanzar la merecida recompensa.
»Manifestóse al principio bastante turbada y confusa; su rostro se tiñó con el carmin de la vergüenza, y no queria escucharme; pero al ver los brillantes destellos de las piedras preciosas, empezó á ablandarse su corazon, y por último me respondió con voz rápida y temblorosa lo que me arranca la vida cada vez que lo recuerdo: que accedería á mis súplicas cuando estuviera segura de que nadie lo supiese jamás. Esta respuesta fué un dardo envenenado que me atravesó el alma: sentí que recorria mis venas y mis huesos un frio glacial, y la voz expiró en mi garganta.
»Entonces Melisa, descorriendo el velo de su encanto, me restituyó mi forma primitiva. Puedes juzgar cuál seria la mortal palidez de mi esposa al verse sorprendida por mí en tan grave falta. Quedamos entrambos lívidos, mudos y con la frente inclinada. Apenas tuve voz y ánimo para exclamar:
—«¿Con que me harias traicion, si hubiera alguno que quisiera comprar mi deshonra?»
»La única contestacion que pudo dar á estas palabras consistió en derramar un torrente de lágrimas. Mucha fué su vergüenza, pero mayor la irritacion que sintió al ver que era yo quien le inferia aquella afrenta; irritacion que siguió multiplicándose hasta convertirse en ódio y en furor. En el momento mismo resolvió huir de mi lado, y á la hora en que el Sol desciende de su carro, se dirigió al rio, saltó en una lancha, y fué surcando toda la noche su corriente: al rayar el dia se presentó al caballero que tiempo atrás la habia requerido de amores, y de cuyo aspecto y semblante me habia revestido para hacer un cruel experimento contra mi propio honor, y como no se habia apagado el fuego de su pasion, creo inútil deciros si la recibiria con júbilo. Desde allí me envió á decir mi esposa, que renunciara para siempre á poseerla, y á que me devolviera su amor.
»¡Triste de mí! Desde aquel dia viven juntos con gran contento, mofándose de mí, mientras yo me voy consumiendo á impulsos del mal que entonces me procuré, sin encontrar paz ni sosiego. Mi tormento aumenta en vez de atenuarse, y estoy seguro de que me llevará al sepulcro; porque ya no le queda mucho que hacer en mí, y aun creo que habria muerto durante el primer año, si no me hubiese sostenido un solo consuelo, el cual consiste en que de todos cuantos caballeros se han albergado en mi palacio de diez años á esta parte y á quienes he presentado esa copa, no he visto uno solo al que no se le derramara el líquido por el pecho. En medio de mi acerbo pesar, siento un gran alivio al ver que tantos otros participan de mi misma suerte. Tú has sido el único prudente entre infinitos necios, porque tú solo te has negado á hacer ese ensayo peligroso.
»Mis deseos de poner á prueba hasta un extremo exagerado la fidelidad de mi esposa, hacen que mi vida, sea larga ó breve, no tenga nunca sosiego ni reposo. Melisa se manifestó desde luego gozosa por este resultado, pero su infundado júbilo duró poco; porque habiendo sido la causa de mi mal, la odié de tal modo, que no podia soportar su vista. Irritada ella al verse odiada por mí, á quien decia amar más que á su propia vida, y cuando esperaba reinar como soberana en mi corazon, una vez alejada mi esposa, tardó poco en ausentarse á su vez por no tener siempre presente la causa de su mal, y abandonó este país, de tal modo que no he vuelto á tener noticias suyas.»
Así dijo el afligido caballero, y cuando puso fin á su historia, Reinaldo se quedó algunos momentos pensativo, movido á compasion: despues exclamó:
—Melisa te dió á la verdad un consejo pérfido, al proponerte que hostigaras á la abeja: y á tu vez fuiste poco perspicaz corriendo en busca de lo que no querrias haber encontrado. Si tu esposa, cediendo á la avaricia, se vió inducida á faltarte á la fé jurada, no te asombre; porque no es ella la primera ni la quinta que ha salido vencida en esta lucha: ¡cuántas mujeres de mucho más talento y de mayor fortaleza han cometido las acciones más bajas por menor precio! ¿Acaso no ha habido tambien hombres que por oro han vendido á sus señores y á sus amigos? Si deseabas ver cómo tu mujer se defendia, no debiste atacarla con tan terribles armas: ¿ignoras por ventura que ni el mármol ni el durísimo acero pueden oponer resistencia al oro? Creo, pues, que al tentarla incurriste en una falta mucho mayor que la cometida por tu esposa cediendo tan pronto. ¡Oh! Si ella te hubiese puesto á prueba del mismo modo, tal vez habrias sucumbido con mayor facilidad.
Al decir esto, dejó Reinaldo la mesa, pidiendo licencia á su huésped para retirarse á dormir, con intencion de descansar un poco y emprender de nuevo su marcha una ó dos horas antes de la salida del Sol. Como disponia de poco tiempo, su intencion era la de aprovecharlo sin desperdiciar un solo momento. El señor del palacio le dijo, que podia pasar á las habitaciones interiores, donde tenia preparados estancia y lecho, y entregarse al reposo el tiempo que tuviera por conveniente; pero añadió que, si queria seguir su consejo, podria dormir toda la noche á pierna suelta y viajar mientras dormia.
—Te hago preparar una barca, le dijo, en la cual podrás continuar tu viaje, disfrutar un sueño tranquilo y sin cuidado toda la noche, y adelantar una jornada tu camino.
Reinaldo se apresuró á aceptar este ofrecimiento, dando repetidas gracias á su amable huésped, y sin más tardanza, se dirigió al rio, donde le estaban esperando ya los marineros. El Paladin se tendió con toda comodidad en la barca, que cediendo al vigoroso empuje de seis remos, se deslizó por la superficie del agua con tanta rapidez y agilidad como un pájaro por los aires. El caballero francés quedó dormido apenas inclinó la cabeza, habiendo encargado antes á los remeros que le despertasen en cuanto estuvieran á la vista de Ferrara.
El veloz esquife dejó pronto á Melara á la izquierda y á Sermide á la derecha, y pasó por Figarolo y Stellata, donde el iracundo Pó se divide en dos brazos. El nauta tomó el de la derecha, y dejó que el de la izquierda siguiera su curso hácia el territorio de Venecia: pasó luego por Bondeno, y ya iba aclarándose el Cielo hácia la parte del Oriente, matizada por la Aurora de blanco y encarnado con las flores que derramaba de su canastillo, cuando se despertó Reinaldo, en ocasion en que se divisaban á lo lejos los dos castillos de Tealdo.
—¡Oh ciudad venturosa!, exclamó, ¡de quien me predijo mi primo Malagigo, cuando hice este mismo viaje en su compañía, despues de contemplar las estrellas fijas y errantes, y de evocar algun espíritu adivino, que en los futuros siglos ha de remontarse tanto tu gloria y esplendor, que serás la honra y prez de toda la Italia!
Así decia el Paladin, mientras la barca continuaba deslizándose sobre el rey de los rios con tal velocidad, que no parecia sino que tuviese alas: en breve llegó á la pequeña isla que está más próxima á la ciudad, y aun cuando entonces se hallaba inculta y descuidada, alegróse Reinaldo de contemplarla, porque no ignoraba cuán bella y próspera llegaria á ser andando el tiempo. En otra ocasion en que hizo este mismo viaje, acompañado de Malagigo, le oyó decir que cuando la cuarta esfera hubiese girado con el carnero setecientas veces[167], aquella isla seria la más amena y deliciosa de cuantas se hallasen circundadas por el mar, por los rios ó los lagos, y que al verla, no habria nadie que se acordara de ponderar las maravillas de la patria de Nausicaa[168]. Le oyó tambien decir, que por la magnificencia de sus edificios sobrepujaria á la isla que tenia el emperador Tiberio en tanta estima[169]; que sus deliciosos jardines, ricos en toda clase de plantas, dejarian muy atrás á los afamados de las Hespérides; que Circe[170] no tuvo nunca en sus rebaños ni en sus establos tan inmenso número de animales, ni de tan variadas especies; que Venus abandonaria á Chipre y á Guido para residir en aquella isla en compañía de Cupido y de las Gracias; que tan asombrosa transformacion se deberia al trabajo y al cuidado del que, uniendo á su poder é inteligencia la voluntad, sabria además rodear á su ciudad nativa de tan fuertes murallas y baluartes, que podria defenderse de todos los ataques sin apelar al auxilio extranjero, y que el príncipe que deberia hacer unas cosas y otras seria hijo de un Hércules y padre de otro Hércules.
De esta suerte iba Reinaldo trayendo á su memoria todo cuanto, adivinando lo futuro, le habia dicho su primo, con quien solia pasar algunos ratos en semejantes pláticas, y al ver el aspecto pobre y humilde de la ciudad, decia para sí:
—¿Cómo puede ser que en medio de esos pantanos florezcan las ciencias y las artes liberales? ¿Será posible que esa aldea miserable se convierta en una ciudad anchurosa y espléndida, y en campiñas amenas y feraces lo que hoy solo son cenagosas lagunas y estériles quebraduras? ¡Oh ciudad venturosa! ¡Desde ahora me apresuro á saludar el amor, la hidalguía, la gentileza de tus señores, y las esclarecidas virtudes de tus caballeros y de tus egrégios ciudadanos! ¡Ojalá que la inefable bondad del Redentor, y la prudencia y justicia de tus príncipes te mantengan perpétuamente en medio de la abundancia y la alegría, y disfrutando de una paz y un amor inalterables! ¡Ojalá te preserven siempre del furor de tus enemigos, descubriendo sus malas artes, y que tu bienestar cause celos al extranjero, en vez de envidiar tú la suerte de alguno de ellos!
Mientras Reinaldo se expresaba en estos términos, el sutil leño iba surcando las aguas con más rapidez que el halcon cuando desciende de la region de los aires atraido por el señuelo y las voces del cazador. El nauta dirigió poco despues la nave por el afluente de la derecha del brazo derecho del Pó por donde iban navegando, y pronto dejaron atrás á San Giorgio, y las torres de la Fossa y de Gaibana. Como sucede con frecuencia que un pensamiento produce otros muchos sucesivamente, Reinaldo se acordó del caballero en cuyo palacio habia cenado la noche anterior; recordó tambien que aquella ciudad era la causa de sus tormentos, y le vino á las mientes aquella copa que revelaba las faltas de las mujeres. Despues acudió á su memoria el experimento que el caballero proponia á sus huéspedes, sin haber encontrado uno solo, de cuantos habian consentido en hacerlo, que pudiera beber sin mojarse el pecho. Unas veces se arrepentia de no haber intentado tambien aquella prueba, pero otras decia entre sí:
—Ahora me alegro de haberme resistido á efectuar tal ensayo; porque si salia bien, confirmaba mi creencia, y si no, ¿qué partido deberia adoptar? Mi creencia vale tanto como la más completa seguridad, de suerte que en muy poco podria acrecentarla; por lo cual, dado caso de que la prueba me hubiese salido bien, seria harto débil la utilidad que de ella reportara: en cambio, el daño que me habia de causar la conviccion de descubrir en mi Clarisa lo que no deseara, seria infinito. Era, pues, correr un albur de mil contra uno, y arriesgarme á perder mucho para ganar muy poco.
Entregado estaba el caballero de Claramonte á estas reflexiones, con la cabeza inclinada, cuando uno de los remeros que iba enfrente de él, se puso á mirarle con mucha atencion: y creyendo adivinar la idea que absorbia su imaginacion por completo, le dirigió la palabra, expresándose con elegancia y energía. Su conversacion giró sobre la inexperta conducta del caballero que habia hecho con su esposa la prueba mayor que puede hacerse con una mujer, conviniendo en que la dama que defiende del oro y la plata su corazon armado de castidad, es capaz de defenderlo más fácilmente entre mil espadas ó en medio de las llamas.
—Con harta razon le dijiste, añadió el remero, que no debia haberle ofrecido tan ricos presentes; pues hay muy pocos pechos que tengan la fortaleza necesaria para rechazar semejantes ataques. No sé si habrás oido hablar de una jóven, cuya historia tal vez haya llegado hasta tu país, que vió incurrir á su esposo en una falta igual á aquella, por la que este la habia condenado á muerte. Mi amo debia recordar que el oro y los regalos ablandan los corazones más duros; pero lo olvidó cuando necesitaba tenerlo bien presente en su memoria, y se acarreó su desgracia. No obstante, él sabia tan bien como yo el ejemplo que cito, por haber acontecido en nuestra patria, en esa ciudad de aquí cercana, que el refrenado Mincio baña y rodea como un lago: me refiero á Adonio, que regaló á la mujer del juez un perro maravilloso.
—Esa historia no ha atravesado todavía los Alpes, dijo el Paladin; nunca he oido hablar de ella, ni en Francia, ni en las apartadas regiones por donde he viajado: así es que, si no te sabe mal referírmela, te escucharé de muy buena voluntad.
El remero empezó aquella historia de esta suerte:
—Existió en otro tiempo en este país un caballero llamado Anselmo, de familia noble, que en su juventud, vestido con larga toga, se dedicó á aprender lo que Ulpiano enseña[171]. Cuando quiso elegir esposa, buscó una bella, honesta y de noble progenie, cual á su posicion correspondia, hallando por fin en un país inmediato una jóven de hermosura sobrehumana, la cual estaba dotada de tantas gracias y donosura, que parecia toda amor y gentileza, mucho más tal vez de lo que al reposo doméstico y á la profesion de su esposo convenia. Apenas se unió á ella, cuando se convirtió en el más celoso de todos los maridos; no porque ella le diese motivo para serlo, sino á causa de la misma belleza y lozanía de su esposa. Habitaba en la misma ciudad un caballero de antigua é ilustre cuna, descendiente de aquella arrogante estirpe producida por la mandíbula de un dragon, de la cual descendieron tambien Manto y los que con ella fundaron mi ciudad natal. Este caballero, llamado Adonio, se enamoró de la bella esposa de Anselmo, y para llegar á la realizacion de sus deseos, empezó á gastar sin tasa ni medida en trajes, en banquetes, y en presentarse con una magnificencia igual á la de los señores más ricos y poderosos. El tesoro del emperador Tiberio no habria bastado para tan locos dispendios[172], de suerte que á los dos años, segun creo, habia derrochado ya todo su patrimonio. Su casa, frecuentada hasta entonces mañana y tarde por numerosos amigos, hallóse abandonada en cuanto faltaron en ella las perdices, las codornices y los faisanes; y Adonio, que siempre habia sido el primero en los festines, se vió postergado y casi reducido á mendigar, por lo cual tomó el partido de ir á ocultar su pobreza en un país lejano, donde no fuese conocido.
»Poniendo por obra esta resolucion, salió una mañana de su patria, sin despedirse de nadie, y mientras caminaba por la orilla del lago que lame los muros de la ciudad, suspirando, vertiendo triste llanto y sin poder olvidar, á pesar de lo mucho que le preocupaba su miserable estado, á la dama que reinaba en su corazon, una aventura imprevista vino á sacarle de la mayor indigencia para elevarle al colmo de la dicha. Vió que un labriego estaba muy afanoso pegando palos á una zarza con un enorme garrote; detúvose y le preguntó la causa de tanto trabajo; el campesino le contestó que acababa de ver en aquel matorral una culebra muy vieja y tan larga y gruesa como no la habia visto ni esperaba verla en toda su vida, añadiendo que estaba resuelto á no alejarse de allí hasta haberla encontrado y muerto.
»Adonio no pudo oir con paciencia las palabras del campesino, pues solia amparar á las culebras, que eran el emblema de su linaje, en memoria de haber salido sus antepasados de los esparcidos dientes de un dragon; y dirigiéndose al labriego con amenazador aspecto, le obligó, bien á pesar suyo, á abandonar la empresa, de modo que ni pudo matarla ni hacerle daño alguno. Adonio continuó su camino hácia el país en que esperaba vivir desconocido, donde pasó siete años ausente de su patria y entregado al dolor y á la indigencia. A pesar de la ausencia y de la estrechez en que vivia, causa suficiente de constante preocupacion, aquel amor que se habia apoderado de su alma, no cesaba un momento de abrasarle y profundizar la herida de su corazon, en términos de que al fin le fué forzoso volver á los sitios en que habitaba la dama cuya belleza anhelaban contemplar extasiados sus ojos, y emprendió el regreso á su país natal, triste, aflijido, con la barba y los cabellos largos y descuidados y pobremente vestido.
»En aquella época necesitó mi patria enviar al Padre Santo un embajador, cuya residencia en la Santa Sede debia tener una duracion ilimitada: echaron suertes, y recayó en el Juez esta mision. ¡Oh dia infortunado, orígen del perpétuo llanto de Anselmo! En vano presentó todo género de excusas; en vano apeló á los ruegos, á las súplicas y á las promesas para evitar aquel viaje: no tuvo más remedio que someterse. Tan duro y cruel le parecia tener que pasar por aquel terrible trance, como si se hubiera visto abrir las carnes ó arrancar el corazon. Pálido y desencajado por la inquietud y los celos que le habria de causar su mujer durante su ausencia, le rogó suplicante, en los términos que consideró más eficaces, que no le faltase á la fé jurada, repitiéndole que á la mujer no le basta la hermosura, ni la nobleza, ni la fortuna para ser respetada cual corresponde, como no dé á conocer en sus palabras y acciones que posee además esa virtud tanto más apreciada cuanto más pura é inmaculada se ostenta despues de luchar y vencer, la virtud de la castidad; añadiendo, por último, que su ausencia le proporcionaria ancho campo donde poner á prueba la suya.
»Con semejantes frases procuraba grabar profundamente en su pecho la obligacion en que estaba de serle fiel. ¡Con cuántas lágrimas, con cuánto desconsuelo se lamentó ella, gran Dios, de aquella partida cruel é irremediable! En medio de su afliccion, juró á Anselmo que el Sol perderia su luz antes de que ella fuese tan cruel que faltase á la fé jurada, y que si alguna vez llegara á sentir este deseo, preferiria morir antes. Aun cuando el contrariado esposo dió crédito á tales promesas y juramentos, que le tranquilizaron algun tanto, quiso obtener mayores seguridades buscando ¡oh insensato! nuevas causas que aumentaran su desconsuelo. Tenia un amigo, que poseia la facultad de leer en el porvenir, y conocia del todo, ó á lo menos en su mayor parte, la ciencia de la mágia y de los sortilegios. Fué á verle, y le rogó que le predijera si su mujer, llamada Argía, permaneceria siéndole fiel durante el tiempo de su ausencia, ó si sucederia lo contrario. El astrólogo, obligado por sus ruegos, se puso á trabajar sobre el punto propuesto, y empezó á trazar líneas y figuras correspondientes á las del Cielo. Anselmo le dejó dedicado á su tarea, y al dia siguiente volvió á saber la respuesta.
»El adivino permaneció silencioso al verle, por no revelar al doctor una cosa que le afligiria seguramente; procuró eludir la contestacion con diferentes excusas, pero vencido al fin por sus ruegos importunos, le anunció que su esposa tardaria en deshonrarle el tiempo que él tardara en traspasar el umbral de su puerta, y que su traicion no seria motivada por la belleza ó por las súplicas de un amante, sino por un vil interés. Si acaso te son conocidas las vicisitudes del amor, podrás apreciar por tí mismo cómo se quedaria el corazon del triste Anselmo, al oir aquellas predicciones amenazadoras de los motores celestes, que aumentaron el temor y las dudas crueles que ya en él se abrigaban; pero lo que llevaba al último extremo la tristeza que le oprimia, no concediendo un momento de reposo á su calenturienta imaginacion, era la consideracion de que su mujer, vencida por la avaricia, habia de traficar con su honra.
»Poniendo cuanto estaba de su parte para evitar que incurriera en tan lamentable falta (porque la necesidad suele arrastrar al hombre á robar los altares, si encuentra una ocasion oportuna), la dejó en posesion de todos sus bienes (que no eran pocos), entregándole el dinero, las alhajas, las rentas y el usufructo de sus posesiones, y en una palabra, todo cuanto poseia.
—»Paso á tus manos mi fortuna entera, le dijo, no solo para que la disfrutes y la gastes en cubrir tus atenciones, sino para que la consumas, la disipes, la dés ó la vendas, y en fin, para que hagas con ella cuanto se te antoje. Con tal de volver á hallarte como te dejo, poco me importa lo demás; con tal de que continúes siendo siempre la misma, te autorizo para desposeerme de tierras y palacios.»
»Rogóle además que no siguiese habitando en la ciudad, á no ser que tuviera noticia de su regreso; y le instó que se trasladase al campo, donde podria vivir con más comodidad, lejos del trato social. Este consejo se lo inspiraba la creencia de que los sencillos campesinos, dedicados al cultivo de la tierra ó á la custodia de sus ganados, no podrian influir fatalmente en los honrados propósitos de su esposa. Argía, enlazando con sus torneados brazos el cuello de su temeroso Anselmo, y bañándole el rostro en llanto que á raudales brotaba de sus ojos, le reconvenia tristemente por suponerla tan débil y culpable como si ya le hubiese engañado, y porque su injusta sospecha procedia de que no tenia confianza en su cariño leal.
»Pero seria harto prolijo si me propusiera referir todo cuanto se dijeron en el momento de la separacion.—«¡Te recomiendo mi honor!»—fueron las últimas palabras de Anselmo: echó á andar en seguida, y no parecia sino que el corazon iba á saltársele del pecho cuando volvió la brida al caballo. Ella lo siguió mientras le fué posible con la vista anublada por las copiosas lágrimas que surcaban sus mejillas.
»Durante este tiempo, el mísero y desdichado Adonio, pálido y desfigurado, segun dije, por su luenga barba, caminaba la vuelta de su patria, esperando no ser ya conocido en ella: llegó al lago próximo á la ciudad, y cerca del sitio donde habia prestado su auxilio á la culebra á quien tenia acorralada un labriego dentro de un espeso matorral con la intencion de matarla. Al llegar á aquel paraje, en el momento en que empezaba á despuntar el dia y aun brillaban en el Cielo algunas estrellas, vió que se adelantaba á su encuentro por la orilla del lago una doncella, vestida con un traje extraño y de porte noble y magestuoso, aunque no llevaba en su compañía doncellas ni escuderos. Aquella dama se dirigió á él con agradable semblante y le dijo estas palabras:
—»Aunque no me conoces, ¡oh noble caballero! soy pariente tuya, y te debo además un gran beneficio: soy lo primero, porque el esclarecido linaje de ambos remonta su orígen al arrogante Cadmo. Soy la hada Manto; yo fuí quien puso la primera piedra de esa ciudad á la que, segun habrás oido decir, llamé Mantua, de mi nombre: soy tambien una de las hadas, y para decirte lo que á mí se refiere, te haré saber que, por nuestro fatal destino, estamos expuestas á padecer todos los males de los humanos, excepto la muerte; pero á nuestra existencia inmortal va unida una condicion tan funesta como la misma muerte: cada siete dias nos vemos precisadas á tomar la forma de una culebra. Es una cosa tan horrible el verse cubierta con esa inmunda escama, é ir arrastrándose por el suelo, que no hay desconsuelo mayor en el mundo, y tanto es así, que maldecimos la vida. Con decirte que en dicho dia nos vemos expuestas á toda clase de peligros á causa de nuestra metamórfosis, comprenderás en qué consiste la gratitud que te debo, cuyo orígen voy á recordarte. No hay animal más aborrecido en la tierra que la culebra; y nosotras, revestidas de su forma, tenemos que sufrir los golpes, los ultrajes y las persecuciones de todo el que nos descubre, y si no podemos refugiarnos debajo de tierra, fuerza nos es soportar el peso de la mano que nos hiere. ¡Cuánto más nos valdria morir, que exponernos á quedar destrozadas ó heridas bajo las plantas de los hombres!
»El gran favor que te debo consiste en que, al pasar cierto dia por estas deliciosas arboledas, me libraste de las manos de un labriego que me maltrataba: á no ser por tu generosa intervencion, habria corrido inminente riesgo de salir con la cabeza ó los riñones aplastados, y aun cuando de todos modos hubiera quedado con vida, no podria evitar que me dejara coja ó deslomada; pues durante los dias en que nos arrastramos por el suelo cubiertas con la serpentina piel, nos vemos privadas de nuestro poder, y el Cielo, sujeto el resto del tiempo á nuestra voluntad, se niega á obedecernos. En los restantes dias, nos basta una sola palabra para detener al Sol en mitad de su carrera y amortiguar su luz; para que la inmóvil Tierra dé vueltas y se traslade de un punto á otro, y para que el hielo se inflame, y el fuego se congele.
»He venido ahora con objeto de darte la merecida recompensa por el beneficio que de tí recibí entonces. Libre del manto viperino, puedo conceder cuantas gracias se me pidan: á partir de este momento, quiero que seas tres veces más rico de lo que lo fuiste al heredar á tu padre: no quiero que te vuelvas á ver sumido en la indigencia, sino que cuanto más gastes, más se aumente tu fortuna; y como no ignoro que continúas envuelto en las redes con que Amor te prendió tiempo atrás, voy á decirte el medio más á propósito para que desahogues tus encendidos deseos. Quiero que pongas en ejecucion mi consejo, mientras el marido esté ausente, y que vayas á presentarte á su mujer, que vive retirada en el campo: yo te acompañaré.»
»Y continuó diciéndole de qué modo deberia presentarse á la señora de sus pensamientos, indicándole el traje que habia de llevar, las palabras, los ruegos y hasta las persuasivas incitaciones de que le convenia hacer uso. Le manifestó tambien la forma en que ella pensaba presentarse; pues, á excepcion del dia en que vagaba errante convertida en culebra, todos los demás podia metamorfosearse del modo que mejor le cuadrara. Hizo que Adonio se vistiese con el traje de uno de esos peregrinos que van de puerta en puerta pidiendo una limosna por el amor de Dios. Manto se transformó en el perro más pequeño de cuantos haya podido crear la Naturaleza, de pelo largo y sedoso, más blanco que el armiño, de grato aspecto y maravillosos movimientos. Una vez disfrazados de esta suerte, emprendieron la marcha hácia la casa de la bella Argía: al llegar cerca de algunas cabañas de labradores, le pareció oportuno al jóven detenerse, y empezó á tocar una especie de caramillo, á cuyo son se puso el perro á bailar sostenido sobre las patas traseras.
»Aquel rumor y aquella música llegaron á oidos de Argía, que se mostró curiosa de presenciar tan raro espectáculo, y mandó á decir al romero que fuera con el perro á su morada. Comenzaba á cumplirse el destino del doctor. Adonio empezó de nuevo á ordenar al perrillo diferentes juegos, y este, obediente á su voz, ejecutó una porcion de bailes del país y extranjeros, con los movimientos, las actitudes y los pasos más apropiados; despues hizo todo cuanto le mandó su amo, con tanta atencion y dando pruebas de tan extraordinaria inteligencia, que los circunstantes, asombrados, no se atrevian á pestañear ni á respirar siquiera. Quedóse Argía en extremo prendada de aquel donoso animalejo; no tardó en sentir un vivo deseo de poseerlo, y encargó á su nodriza que ofreciera al astuto peregrino una cantidad no despreciable por su adquisicion.
—»Aunque tuvieseis más tesoros de los que pueden saciar la avaricia de la mujer, respondió el fingido romero, no serian bastantes á pagar una sola pata de este perro.»
El perrillo empezó á ejecutar diferentes bailes.
(Canto XLIII.)
»Y para demostrar la verdad de sus palabras, hízose á un lado con la nodriza, y ordenó al diminuto can que diese á aquella mujer una moneda de oro, como prueba de su galantería. Sacudióse el perrillo; y dejó caer una moneda, y Adonio, volviéndose á la nodriza, le dijo que la recogiese, añadiendo:
—»¿Crees que podré dar por ningun precio un animal tan bello y útil como este? No le mando una sola cosa, sea la que quiera, que no me la procure en seguida, y lo mismo sacude perlas que anillos, y que los trajes más ricos y suntuosos. Sin embargo, dí á tu señora, que estoy dispuesto á cedérselo, pero no á cambio de oro; pues un animal como ese no puede pagarse con dinero, sino á condicion de dormir una noche con ella.
»Así diciendo, le entregó una perla que acababa de dejar caer el perrillo para que se la ofreciese á su señora. Esta proposicion pareció á la nodriza más ventajosa que un gasto de diez ó veinte ducados. Acercóse á su ama, y trasladándole la propuesta del peregrino, la excitó con vehemencia á que no titubeara en adquirir aquel perro, ya que podia lograrlo por un precio, que aunque se dé, no se pierde. La hermosa Argía se mostró en un principio esquiva, en parte por no faltar á su esposo, y en parte por creer imposible todo cuanto oia con respecto al perro; pero la nodriza no cesó de acosarla y de apurarla, recordándole que difícilmente volveria á hallar una fortuna tan grande, y al fin consiguió que Argía consintiera en ver otro dia al perro en su propia estancia, sin tantos testigos de vista.
»Esta nueva presentacion de Adonio fué tan fatal como desastrosa para el mísero doctor. El perrillo produjo doblas á centenares, sartas de perlas, y toda clase de piedras preciosas, cuya vista conmovió el altivo corazon de la dama, la cual perdió toda su firmeza al saber que el peregrino era el mismo caballero que con tanta constancia la habia amado. Las instigaciones de su infame nodriza, los ruegos y la presencia de su amante, las riquezas que este le ofrecia, la prolongada ausencia del mísero doctor, la esperanza del misterio, todo en fin se conjuró tan violentamente en contra de sus honestos propósitos, que por último aceptó el hermoso perro, abandonándose en cambio en brazos de su amante.
»Adonio disfrutó á su placer de los encantos de su bella dama, á quien la hada inspiró un amor tan ferviente hácia su galan, que no podia permanecer un momento separada de él. El Sol recorrió los doce signos del Zodiaco antes de que el Juez obtuviese licencia para regresar; al fin volvió, pero poseido de las más crueles sospechas, á causa de la prediccion del astrólogo. Al llegar á su patria, su primera visita fué para él, preguntándole con grande ansiedad si su mujer le habia sido infiel, ó si le habia guardado su amor y su fé. El adivino trazó por medio de sus figuras una representacion del polo con todos sus planetas y constelaciones, y despues le respondió que habia sucedido lo que tanto temia, cumpliéndose su vaticinio, y que su esposa se habia entregado á un amante, seducida por espléndidas riquezas.
»Una lanza ó un venablo que se le hubiese clavado en el corazon no habrian podido causarle una herida tan cruel. Para convencerse más y más de su desgracia, á pesar de que daba entero crédito á las afirmaciones del astrólogo, fué en busca de la nodriza, y llamándola aparte, procuró sonsacarla con cautelosa maña, empleando grandes rodeos y circunloquios para ver si descubria el menor indicio de la verdad; pero á pesar de todos sus esfuerzos y destreza, no pudo obtener el más mínimo dato, porque ella, acostumbrada al fingimiento, lo estuvo negando todo con impenetrable rostro, y á fuerza de estudio y de astucia, supo mantener á su señor en una irritante perplegidad por espacio de más de un mes.
»¡Cuán preferible le habria parecido la duda, si hubiese reflexionado en el dolor que debia causarle la realidad! Despues de haber procurado infructuosamente por medio de súplicas y de regalos que la nodriza le revelase la verdad, y al ver que no tocaba cuerda que no despidiese un sonido falso, resolvió esperar prudentemente á que se deslizase la discordia entre ellas, sabiendo que donde hay mujeres, nunca faltan riñas y pendencias. Y en efecto, no tardó en suceder lo que esperaba: á la primera disputa que aquellas tuvieron, fué la nodriza espontáneamente á contárselo todo sin ocultar el más insignificante detalle.
»Seria largo de contar lo que pasó entonces en el corazon y en la consternada mente del desdichado Juez; baste decir que su dolor fué tan intenso, que estuvo á punto de perder el juicio. Dominado por la cólera, se preparó á morir, pero despues de haber muerto á su criminal esposa; queria que la sangre de entrambos, derramada por el mismo puñal, lavase la afrenta de aquella y pusiera fin á su tormento. Regresó, pues, á la ciudad, impulsado por sus ciegos y furibundos designios, y desde ella envió al campo á uno de sus más fieles criados, á quien dió préviamente las órdenes más terminantes. Le mandó que pasara á ver á su mujer Argía, y le dijese de su parte, que estaba atacado de una fiebre tan violenta, que difícilmente podria encontrarle vivo, por lo cual, sin esperar más compañía, deberia apresurarse á venir con él, si conservaba algun cariño hácia su esposo; y como estaba seguro de que se pondria en marcha sin replicar una palabra, previno al criado que en el camino le cortara la cabeza.
»El enviado acudió inmediatamente en busca de su señora para cumplir las prescripciones de su amo. Argía montó á caballo y emprendió acto contínuo la marcha, despues de coger su perrito, el cual la habia ya avisado del peligro que corria, aconsejándole, sin embargo, que á pesar de él, no suspendiese su viaje, puesto que ya lo tenia todo previsto y calculado para que no careciese de auxilio en el momento oportuno. El criado se habia apartado del camino, y atravesando muchas sendas extraviadas, llegó intencionalmente á la orilla de un rio que, bajando de los Apeninos, desemboca en este que, surcamos, y corria por un bosque espeso, oscuro y muy apartado de las ciudades y las aldeas.
»Parecióle aquel sitio el más solitario y á propósito para desempeñar la criminal mision que se le habia confiado, y desenvainando la espada, participó á Argía cuanto su señor le encargaba, previniéndole por consiguiente, que antes de morir pidiese á Dios perdon de todas sus faltas. No podré decirte cómo se ocultó la dama; pero lo cierto es que cuando el criado fué á herirla, desapareció de su vista, y á pesar de haberla buscado cuidadosamente por todas las inmediaciones, no pudo dar con ella, quedando burlado. Regresó al lado de su señor, avergonzado, confuso, absorto y aterrado, y le refirió aquella extraña aventura, de la que no podia darse cuenta. Anselmo ignoraba que su mujer estuviese protegida por la hada Manto; pues la nodriza, al descubrirlo todo, le habia ocultado esta circunstancia, no sé por qué motivo.
»Al ver que no habia podido vengar su afrentoso ultraje ni mitigado su pena, no sabia qué nueva resolucion tomar: lo que antes era una débil paja, se habia convertido ahora en una enorme viga, cuyo peso oprimia horriblemente su corazon: temia que llegara á oidos de todo el mundo la noticia de su deshonra, conocida hasta entonces de unos pocos; y así como antes podia ocultarla, su frustrada tentativa de venganza daria lugar á que en breve circulara por todas partes. Harto comprendia que su esposa, despues de conocer sus pérfidas intenciones, haria lo posible por romper los lazos que á él la unian, entregándose en manos de algun señor poderoso que la conservara en su poder con ostensible menosprecio y vergüenza de su marido, ó yendo tal vez á parar á manos de alguno que fuese bastante infame para explotar su belleza. Para prevenir semejante desgracia, despachó mensajeros en todas direcciones con encargo de buscarla, los cuales hicieron las más minuciosas pesquisas por toda Lombardia, sin dejar de reconocer una sola aldea. El mismo Anselmo salió en persona á registrar todo el país, sin que quedase rincon que no visitara ó mandara explorar, pero no pudo adquirir el menor indicio que le pusiera sobre las huellas de su esposa.
»Al fin llamó á aquel servidor, á quien habia encargado la criminal accion que quedó sin efecto, é hizo que le condujera al mismo sitio en que Argía desapareció de su vista, sospechando que tal vez se ocultara durante el dia entre los matorrales y pasara las noches en alguna cabaña. El criado le condujo adonde esperaba encontrar la oscura selva, pero en su lugar halló un gran palacio.
»Mientras Anselmo practicaba las indagaciones de que me he ocupado, la hada habia construido de improviso y por encanto, á ruegos de Argía, un palacio de alabastro, enriquecido por dentro y por fuera con multitud de adornos de oro. No es posible expresar, ni imaginar siquiera, la riqueza que encerraba aquel edificio, ni su belleza arquitectónica. El palacio de mi amo, que tan magnífico te pareció anoche, seria á su lado una humilde choza. Los tapices más ricos, los cortinajes de más admirable tejido y de distintas formas adornaban profusamente, no solo los salones, las cámaras y las galerías, sino tambien las caballerizas y bodegas. Veíanse por do quiera innumerables jarrones de oro y de plata; piedras preciosas azules, rojas y verdes, talladas de modo que servian de platos, copas y jarros, y una extraordinaria abundancia de telas de seda y oro.
»Como iba diciendo, el Juez tropezó con aquel palacio, cuando no pensaba encontrar ni una cabaña, y sí tan solo el bosque desierto y solitario. Quedóse tan asombrado de lo que veia, que se creyó juguete de una ilusion engañadora: no sabia si estaba ébrio, si soñaba ó si habia perdido la razon. Vió en la puerta principal del palacio un etíope de nariz y lábios abultados, y rostro tan hediondo y desagradable, como no recordaba haber contemplado otro en toda su vida: su aspecto, parecido al de Esopo, segun nos le pintan, seria capaz de entristecer al Paraiso, si en él estuviera: su traje era súcio y andrajoso como el de un mendigo: en fin, por más que diga, no podré dar una idea aproximada de su repugnante fealdad.
»Como Anselmo no veia por allí más ser viviente que el etíope á quien pudiera dirijirse, se le acercó preguntándole el nombre del dueño de tan suntuoso edificio.—«Este palacio es mio,»—contestó el interpelado. Anselmo estaba seguro de que el negro se burlaba de él, ocultándole la verdad; pero este le afirmó bajo juramento que el palacio era suyo, y que nadie podia disputarle su posesion; en prueba de lo cual, le brindó á que entrara á visitarle, si en ello tenia gusto, y que lo recorriera á su placer, añadiendo que si en él veia alguna cosa que le agradara para sí ó para sus amigos, podia desde luego quedarse con ella. Anselmo entregó las riendas del caballo á su criado, se apeó al umbral de la puerta y fué recorriendo las diferentes salas y cámaras, y examinando con prolija atencion los departamentos inferiores y superiores del palacio. Contemplaba asombrado la forma, el buen gusto y la situacion del edificio, así como sus ricos y acabados adornos y la suntuosidad de sus muebles, dejando escapar con frecuencia estas palabras:
—»Todo el oro que existe en la Tierra no seria suficiente para pagar una morada tan espléndida.
»El asqueroso moro le contestó:
—»No es absolutamente imposible adquirirla, y si no á cambio de oro ó plata, puede sin embargo pagarse con una cosa que no cuesta tanto.
»Y en seguida le hizo una proposicion semejante á la que Adonio dirigió á Argía. Al oir Anselmo una propuesta tan súcia y repugnante, trató al etíope de hombre bestial é insensato, y rechazó con energía por tres ó cuatro veces sus instancias; pero el negro no cejó á pesar de las terminantes negativas del Juez, y renovó con tanta perseverancia sus ruegos, y tales medios de seduccion empleó, ofreciéndole siempre en recompensa el maravilloso palacio, que al fin le redujo á acceder á sus desenfrenados propósitos. Argía que estaba oculta cerca de allí, se presentó de improviso en el momento en que su marido incurria en una falta parecida á la suya, y le dijo con penetrante voz:
—»¡Oh espectáculo digno de un doctor tenido por sábio!
»Juzga, señor, cuál seria la vergüenza y la confusion de Anselmo al verse sorprendido en medio de su depravada y repugnante accion: en aquel momento hubiera deseado que la Tierra se abriese para precipitarse en sus entrañas. Argía, á fin de atenuar su propia falta y aumentar la vergüenza de su marido, empezó á dirigirle las más amargas reconvenciones, gritándole:
—»¿Qué castigo mereces por lo que te he visto hacer con un hombre tan soez, cuando por haberme dejado llevar de una pasion natural quisiste darme la muerte, á pesar de que yo cedí á los ruegos de un amante hermoso y gentil, que me habia ofrecido un presente á cuyo lado nada vale este palacio? Si entonces me consideraste acreedora de una muerte, debes conocer que ahora te has hecho digno de ciento. Sin embargo, aunque en este recinto mis facultades son tales que puedo hacer contigo lo que se me antoje, no pretendo vengarme más cruelmente de tu perfidia. Iguala el debe y el haber, esposo mio, y perdóname, como yo te perdono. Hagamos las paces, bajo la condicion de que olvidaremos nuestras mútuas culpas y de que jamás nos echaremos en cara nuestro pasado error.
»El marido aceptó con gusto este pacto, y se apresuró á perdonar á su mujer; restablecióse la paz y la concordia entre ambos esposos, y desde entonces vivieron en la mejor armonía.»
Calló el remero, y Reinaldo no pudo menos de sonreirse al oir el final de su historia, aunque la accion vergonzosa del doctor tiñó de vivo rubor su rostro: alabó, sin embargo, la determinacion de Argía, que supo atraer á su marido á la misma red en que ella habia caido, aunque no de un modo tan grosero como él.
Cuando el Sol estuvo algo adelantado en su carrera, el Paladin hizo que le sirvieran algunos de los manjares de que el galante Mantuano le habia provisto abundantemente la noche anterior. Huia entre tanto á su derecha un país delicioso, y á su izquierda la inmensa laguna: apareció y desapareció en seguida Argenta y su territorio, así como la playa donde el Santerno desemboca.
Creo que entonces no estaba aun construida la fortaleza de la Bastia, de cuya conquista no pudieron envanecerse mucho las tropas de España, y que tan abundantes lágrimas hizo derramar á los romañoles. Desde allí dirigieron la embarcacion en filo á la margen derecha del rio, cuyas aguas surcaba como si volara por ellas, y entraron despues en un lago tranquilo, que los condujo hácia el Sur cerca de Rávena. Aunque Reinaldo solia estar con frecuencia escaso de dinero, no obstante, á la sazon tuvo el suficiente para dar una buena propina á los remeros antes de que le dejasen en tierra.
Mudando guias y caballos, pasó aquella misma noche por Rímini; no quiso detenerse á pernoctar en Montefiore, y casi al romper el dia llegó á Urbino. Aun no existian en esta ciudad ni Federico, ni Isabel, ni el buen Guido, ni Francisco Maria, ni Leonor[173], cuya afable y sencilla solicitud habria sabido decidir sin duda á tan famoso guerrero á aceptar durante algunos dias la generosa hospitalidad, que ha tanto tiempo vienen ofreciendo á cuantas damas y caballeros pasan por su corte. Como nadie le detuvo en su marcha, siguió Reinaldo hasta Cagli por el camino más recto; atravesó el Apenino por el monte que cruzan el Metauro y el Gauno[174], dejándolo á la izquierda; pasó por la Umbría y el país de los Etruscos, y descansó en Roma: desde esta gran ciudad se encaminó al puerto de Ostia, y embarcándose allí, se trasladó por mar á la ciudad en que el piadoso Eneas dió sepultura á los restos de su padre Anquises[175].
En dicha ciudad cambió de bajel, y sin pérdida de momento bogó en demanda de la pequeña isla de Lampedusa, que habian elegido para teatro de su lucha Orlando y los otros cinco combatientes. Reinaldo no cesaba de excitar al piloto, el cual aceleraba cuanto podia la marcha del buque, haciendo fuerza de vela y remo; pero los vientos contrarios, harto impetuosos por desgracia, no le permitieron llegar con la oportunidad deseada.
Desembarcó en el momento en que el príncipe de Anglante acababa de dar cima á su empresa, tan útil como gloriosa, arrancando la vida á Gradasso y Agramante, por más que la victoria le costó cara. En aquel combate habia perecido el hijo de Monodante, y Olivero yacia tendido en la arena, sufriendo vivos dolores á consecuencia de su caida, que le dislocó gravemente un pié. El Conde no pudo menos de derramar abundantes lágrimas al abrazar á Reinaldo y al participarle la muerte de Brandimarte, que le habia amado con tanto desinterés y firmeza. Otro tanto sucedió al señor de Montalban cuando vió á su desgraciado amigo con la cabeza horriblemente dividida por el acero de Gradasso: en seguida corrió á abrazar á Olivero, que continuaba en tierra á consecuencia de la dislocacion de su pié, é hizo cuanto le fué posible para consolarle, aunque por su parte tambien necesitaba consuelos por el pesar que le causaba el haber llegado á participar del banquete cuando ya estaban levantados los manteles.
Los escuderos transportaron los cadáveres de Gradasso y Agramante á la destruida ciudad de Biserta, entre cuyas ruinas les dieron ignorada sepultura, y en seguida divulgaron el resultado del combate. Astolfo y Sansoneto supieron la victoria obtenida por Orlando, con suma alegría, turbada empero por la noticia de la muerte de Brandimarte. El triste fin del magnánimo guerrero debilitó de tal modo la expansion natural de su júbilo, que no pudieron impedir que en sus semblantes se retratara la tristeza. ¿Y quién de ellos se atreveria á llevar á Flor-de-Lis la noticia de tan inmensa desgracia?
Durante la noche que precedió á aquel dia, Flor-de-Lis habia visto en sueños la sobrevesta que tejió y bordó por su mano, para que Brandimarte se engalanara con ella, salpicada de gotas rojas á manera de lluvia tempestuosa; figurábase haberla recamado de aquel modo y sentia una gran afliccion, diciendo al parecer entre sí:—«¿Cómo es que habiéndome recomendado mi dulce dueño que fuera toda negra, la he recamado contra sus deseos de un modo tan extraño y raro?»—No pudo menos de ver en aquel sueño un presagio funesto, cuya espantosa confirmacion se recibió aquella misma noche; pero Astolfo procuró ocultársela hasta que él y Sansoneto reunidos pasaron á ver á la infeliz doncella.
Cuando llegaron á su presencia y observó Flor-de-Lis que en sus semblantes no se retrataba esa expresion de alegría que debe inspirar la victoria, adivinó desde luego, sin necesidad de más aviso, la triste suerte que habia cabido á su Brandimarte. En el momento mismo sintió su corazon tan oprimido, tan anublada su vista, y tan amortiguados todos sus sentidos, que dió con su desmayado cuerpo en tierra. Al volver en sí, sepultó las manos en su abundante cabellera, y empezó á herirse desesperadamente el rostro, repitiendo en vano aquel adorado nombre; siguió arrancándose y dispersando los cabellos, ora prorumpiendo en agudos gritos, como si estuviera poseida de los demonios, ora dando rápidas vueltas en derredor de la estancia, como, segun nos cuentan, las daban en otro tiempo las Ménades errantes, á los ecos de las bocinas[176].
Tan pronto se dirigia suplicante á los caballeros, pidiéndoles un puñal para sepultárselo en el corazon, como queria correr á la playa donde habia anclado la nave conductora de los cadáveres de los dos sarracenos, para mutilar los restos de uno y otro, y saciar en ellos su furiosa y vengativa saña: otras veces pretendia atravesar el mar, para tener la satisfaccion de exhalar su último suspiro al lado de su amante.
—¡Ah Brandimarte mio! ¿Por qué te dejé acometer tamaña empresa sin ir en tu compañía? exclamaba. ¡Ni una sola vez dejó tu Flor-de-Lis de seguirte á donde quiera que fuiste! Otra fuera tu suerte, si me hubieras tenido á tu lado; porque mis ojos no se habrian apartado un momento de tí, y en el caso de que el infame rey de Sericania te atacara por la espalda, con un solo grito habria acudido en tu auxilio, ó tal vez hubiera alejado de tu cabeza el golpe mortal, interponiéndome rápidamente entre tí y tu cruel enemigo, y sirviéndote mi propio cuerpo de escudo; pues mi muerte no ocasionaria una pérdida tan lamentable como la tuya. Ahora moriré de todos modos; pero sin que mi muerte sea provechosa para nadie. ¡Oh! Si al menos hubiese perecido en tu defensa, ¿de qué modo mejor podria haber sacrificado mi vida? Y aun cuando el hado duro y hasta el mismo Cielo se hubiesen mostrado contrarios á mis deseos, no expirarias al menos sin que yo te diese el ósculo de despedida; habria inundado al menos tu rostro con mi llanto, y antes de que tu alma, rodeada de espíritus bienaventurados, volase al seno de su Creador, te habria dicho:—«¡Ve en paz, y espérame en la celestial morada; pues donde quiera que vayas, estoy dispuesta á seguirte presurosa!»—¿Era ese, Brandimarte, era ese el reino cuyo cetro debias empuñar? ¿Es así como debia pasar contigo á Damogira? ¿Es ese el régio trono que me tenias preparado? ¡Ah Fortuna cruel! ¡Cuánta ventura me arrebatas! ¡Qué halagüeñas esperanzas has desvanecido! ¡Ah! Puesto que he perdido tanto bien, ¿qué puede ya interesarme en el mundo?
Mientras así decia, su rabia y su furor iban aumentando en tales términos, que volvia á arrancarse los cabellos, como si tuvieran la culpa de su desdicha: se golpeaba y mordia las manos y se desgarraba el pecho y los lábios con las uñas. Pero volveré á Orlando y á sus compañeros, en tanto que la desdichada doncella se destroza y se consume en estéril llanto.
Deseoso Orlando de aplicar á la dolencia de su cuñado los prontos auxilios que su estado exigia, y anhelando al propio tiempo dar á Brandimarte honrosa sepultura en un sitio más digno, embarcóse con direccion á la montaña que ilumina la noche con su fuego, y oscurece el dia con su denso humo[177]: el viento era favorable y la playa en cuya demanda navegaban estaba bastante cerca hácia la derecha. Con un viento fresco y favorable largaron las amarras al declinar el dia, y se alejaron de Lampedusa, guiados en su derrotero por la pálida luz de la diosa de la noche: al dia siguiente fondearon en la amena playa que rodea á Agrigento, donde Orlando dispuso para la noche siguiente los preparativos necesarios para inhumar con pompa los restos mortales de Brandimarte. Cuando vió cumplidas fielmente sus órdenes, y el Sol dió paso á las tinieblas nocturnas, rodeado el Paladin de un numeroso séquito de caballeros que habian acudido á Agrigento respondiendo á su invitacion, trasladóse á la orilla del mar que parecia abrasada por la llama de infinitas antorchas, y volvió donde estaba depositado el cuerpo del que vivo y muerto habia querido tanto, y cuya lamentable pérdida arrancaba gemidos y lamentos á los circunstantes.
Junto al fúnebre ataud estaba llorando el anciano Bardin, que debia tener ya secos los ojos y los párpados á causa de las incesantes lágrimas que habia derramado en el buque. Llamando al Cielo cruel, y perversos á los astros, rugia como el leon acometido por la fiebre, y con sus temblorosas manos se arrancaba las plateadas canas ú ofendia su arrugada frente. Al presentarse Orlando, redoblaron con más fuerza los gemidos y las lágrimas: aproximóse el Conde al cadáver, y permaneció algun tiempo con los ojos fijos en él, sin desplegar los lábios y tan pálido como el ligustro ó el flexible acanto arrancados de su tallo por la mañana ó por la noche: por último exhaló un profundo suspiro, y sin separar la vista del rostro de su amigo, exclamó:
—¡Oh valiente, leal y querido compañero, cuyo ensangrentado cadáver contemplo, aunque sé que resides en el Cielo, y que has conquistado una vida, que nada puede arrebatarte ya! Perdóname este llanto que me hace derramar, no tanto la idea de que no estés á mi lado, como el pesar que siento por haberme quedado en el mundo, y privado por tanto de disfrutar contigo la felicidad que te rodea. Ahora me encuentro solo: sin tí nada puede haber en la Tierra que me complazca. Si hemos arrostrado juntos el furor de los elementos y los peligros de la guerra, ¿por qué no he de participar tambien de tu reposo? ¡Grandes deben de ser mis culpas, cuando no se me ha permitido salir de este mundo impuro siguiendo tus huellas! Si no te abandoné en los trabajos, ¿por qué no ha de tocarme parte de la recompensa? Tú has ganado, mientras que yo he perdido: para tí han sido los beneficios; para mí las pérdidas.—El mismo dolor que siento ahora conmueve tambien á la Italia, la Francia y la Alemania. ¡Oh! ¡Cuán inmenso será el desconsuelo de mi Señor y tio! ¡Cuán grande la afliccion de todos los paladines! ¡Cuán intenso el pesar del Imperio y de la Iglesia cristiana, que han perdido en tí su principal sosten! ¡Oh! ¡Cómo disminuirá con tu muerte el terror y el espanto de nuestros enemigos! ¡Cómo sentirán renacer los paganos su abatido espíritu, recobrando nuevo vigor y nueva audacia! ¡Cuál debe ser en estos momentos el quebranto de tu desdichada esposa! Desde aquí veo su llanto y oigo sus desgarradores gemidos: sé que me acusa, y que tal vez me maldice al ver que por mi causa ha muerto contigo toda su esperanza. ¡Oh Flor-de-Lis! Al vernos privados de Brandimarte, nos queda al menos un consuelo; el de que todos cuantos guerreros hoy existen deben envidiar su gloriosa muerte. Aquellos Decios[178], aquel que fué tragado por la Tierra en el Foro romano[179], el mismo Codro, tan alabado por los Argivos[180], no fueron más útiles á su patria, ni se ofrecieron á la muerte con más gloria que tu amante.
Mientras Orlando pronunciaba estas palabras, los monjes de hábitos negros, blancos y grises, y una multitud de clérigos iban en procesion formando dos prolongadas hileras y rogando á Dios que concediera al alma del difunto eterno descanso entre los bienaventurados. Las innumerables luces que brillaban por todas partes parecian haber convertido la noche en dia. Alzaron el féretro, en cuya conduccion turnaron condes é ilustres caballeros, é iba cubierto con un paño de seda de purpúreo color, bordado de franjas de oro, que alternaban con otras de grandes perlas: el cadáver de Brandimarte yacia sobre espléndidos cogines de un trabajo elegante y delicado, y cubiertos de piedras preciosas, y llevaba puesta una sobrevesta del mismo color y tejido que aquellos.
A la cabeza del fúnebre cortejo marchaban trescientos pobres, todos ellos cubiertos con unas túnicas negras que les llegaban hasta el suelo: seguian luego cien pajes montados en otros tantos magníficos caballos de batalla, y unos y otros llevaban luengos mantos de luto que arrastraban por la tierra. Rodeaban el féretro numerosas banderas desplegadas, en las que se veian pintadas diferentes divisas, conquistadas todas ellas á mil vencidas huestes en favor del César y de San Pedro, por aquel vigoroso brazo que pendia de un frio cadáver. Al par de las banderas, se veian infinitos escudos, que llevaban todavía los blasones de los esforzados guerreros á quienes habian sido arrebatados. Doscientas personas destinadas á las diversas ceremonias de tan suntuosas exequias seguian despues, llevando, como los demás, hachas encendidas, y encerradas, más bien que vestidas, en negro ropaje. Cerraban el cortejo Orlando, que de vez en cuando derramaba copiosas lágrimas de sus ojos, tristes y encendidos, y Reinaldo, no menos aflijido que él. Olivero no pudo asistir á causa del daño de su pié.
Seria interminable si os hubiese de referir en mis versos todos los pormenores de las exequias, enumeraros los mantos de color oscuro ó turquí que se veian en la comitiva, ó contar las infinitas hachas que se quemaron. El fúnebre acompañamiento se dirigió hácia la catedral, haciendo que los habitantes de la ciudad vertieran tristes lágrimas á su paso; pues las personas de todo sexo, edad y condicion no podian menos de condolerse del desgraciado fin de un mancebo tan apuesto, tan bueno y tan jóven. Colocaron el cadáver de Brandimarte en la nave principal de la iglesia, y cuando las plañideras hubieron dado tregua á sus inútiles llantos y gemidos, y los sacerdotes pusieron fin á los abundantes eleisones y demás oraciones dedicadas á los difuntos, que sobre él pronunciaron, lo depositaron en una caja sobre dos columnas, cubriéndola por disposicion de Orlando con un rico paño de oro, hasta que se le trasladara á un sepulcro más costoso.
Antes de salir de Sicilia, mandó Orlando que se acopiara una gran cantidad de pórfidos y alabastros: quiso que se trazaran los planos del mausoleo, y dedicó gruesas sumas para premiar los trabajos de los arquitectos y escultores más afamados. Despues de la partida de Orlando, pasó Flor-de-lis á Sicilia, en donde vigiló cuidadosa la ereccion del sepulcro, presenciando la colocacion de las losas, y de las grandes columnas que hizo traer desde la costa de África. Viendo que sus lágrimas no tenian fin, que sus suspiros se obstinaban cada vez más en salir del pecho, y que no podia calmar su violento dolor, á pesar de todos los oficios y misas que mandaba decir continuamente, resolvió no separarse de aquel sitio hasta que exhalara el alma, y se hizo construir en el mismo sepulcro una celda, en la que se encerró, pasando allí su vida.
Orlando le envió varias cartas y mensajes, que de nada sirvieron, por lo cual pasó él mismo á Sicilia para inducirla á que saliera de allí, asegurándole que si accedia á regresar á Francia, la llevaria á vivir en compañía de Galerana, señalándole una fuerte pension: y si preferia volver al lado de su padre, la acompañaría gustoso hasta Lizza, ó haria que edificaran un monasterio para ella, en el caso de que le pareciera más conveniente consagrarse al Señor. A pesar de todo, Flor-de-lis no abandonó el sepulcro, y extenuada allí por la penitencia, y dedicada dia y noche á la oracion, no pasó mucho tiempo sin que la Parca fiera cortara el hilo de sus dias.
Los tres guerreros franceses habian abandonado ya la isla en que tenian los cíclopes sus antiguas grutas, alejándose tristes y afligidos por verse precisados á dejar en ella á su cuarto compañero. Les pesaba en extremo abandonar á Olivero sin un médico que atendiera á su curacion, la cual, descuidada al principio, se presentaba difícil y peligrosa. Los lamentos del enfermo les tenian muy alarmados con respecto al resultado de su dolencia, y en ocasion en que trataban entre ellos de este asunto, se le ocurrió al piloto una idea, que les comunicó, y les agradó sobremanera. Díjoles el marino que en un islote desierto que se hallaba á corta distancia, vivia un eremita, á quien nadie habia recurrido en vano en demanda de socorro ó de consejos, asegurándoles que aquel solitario tenia la facultad sobrenatural de dar vista á los ciegos, resucitar los muertos, contener el viento al hacer la señal de la cruz y amansar el mar cuando más furioso estuviese; por lo cual les aconsejaba que fueran en busca de aquel varon tan favorecido de Dios, no abrigando la menor duda de que sabria devolver la salud á Olivero, puesto que ya habia dado otras muestras más evidentes de su virtud.
Orlando acogió con marcada satisfaccion este consejo, y ordenó que se hiciera rumbo á tan santo lugar, como en efecto lo hicieron sin desviar la proa á uno ú otro lado hasta que al romper el dia divisaron el escollo. Guiada la embarcacion por marinos expertos, abordaron á él con toda seguridad; en seguida, los criados y algunos remeros ayudaron á trasladar al Marqués á una lancha, que les condujo á través de las espumosas olas al duro escollo; pasando acto contínuo á la santa morada donde residia el anciano que bautizó á Rugiero.
El siervo del Señor del Paraiso recibió afablemente á Orlando y á sus compañeros, les bendijo con plácido semblante, y les preguntó el motivo que allí les conducia, á pesar de que los espíritus celestiales le habian avisado con antelacion su llegada. Orlando le respondió, que el objeto de su viaje no era otro que el de encontrar un remedio para su Olivero, el cual habia sido peligrosamente herido peleando en defensa de la Fé de Cristo. El santo anciano se apresuró á tranquilizarle, prometiéndole una curacion pronta y radical. Ignoraba la ciencia de la medicina, y carecia de toda clase de ungüentos y remedios; pero se encaminó á la capilla, dirigió una fervorosa plegaria al Salvador, y saliendo tranquilo y satisfecho, dió su bendicion á Olivero en nombre de las tres personas eternas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
¡Oh poder maravilloso que da el Señor á los que creen en él! De repente desaparecieron todos los dolores del caballero, que sintió su pié radicalmente curado y más fuerte y ágil que nunca. Sobrino tuvo entonces ocasion de presenciar una cura tan prodigiosa. El monarca sarraceno, cuyas heridas se agravaban más de dia en dia, apenas vió el milagro maravilloso y evidente que el santo monje acababa de hacer, se dispuso á abjurar los errores de la religion mahometana y abrazar la Fé de Cristo verdadera, suplicando, con corazon contrito, que le iniciaran en los misterios de nuestra sublime creencia. El justo varon, accediendo á sus deseos, derramó sobre su cabeza las puras aguas del bautismo, y le volvió, rezando, á su vigor primitivo.
Orlando y los demás caballeros se regocijaron de esta conversion casi tanto como de ver á su Olivero completamente sano de su peligrosa dolencia; pero fué mucho mayor el gozo que sintió Rugiero, cuya fé y cuya devocion iban aumentando progresivamente. El jóven guerrero habia permanecido en el escollo desde la noche en que llegó á él nadando.
El devoto anciano continuó conversando afablemente con los caballeros, y exhortándoles con fervientes súplicas á que procuraran atravesar limpios y puros esta oculta zanja, llena de cieno y de inmundicia, que se llama vida, tan grata para los hombres frívolos y necios, y á que tuvieran los ojos fijos en el camino que conduce al Cielo.
Orlando dispuso que uno de sus criados pasara á bordo del buque, y que trajera pan y buen vino, caza y cecinas, é hicieron que el santo varon, cuyo paladar acostumbrado á los sencillos frutos de la tierra habia olvidado ya el sabor de las perdices, probara por caridad y condescendencia la carne, bebiera vino, é hiciera, en fin, lo mismo que todos. Cuando el alimento hubo restaurado sus fuerzas, empezaron los caballeros á hablar de diferentes asuntos; y como suele suceder que en la conversacion una cosa sirve de demostracion á otra, vinieron á parar en que Reinaldo, Olivero y Orlando conocieron en Rugiero á aquel campeon tan famoso por sus proezas, cuyo valor ensalzaban todos á porfía. Reinaldo no sospechó que fuese aquel guerrero con quien habia peleado en la estacada; y aunque el rey Sobrino le conoció desde el momento en que le vió aparecer al lado del cenobita, quiso, sin embargo, guardar silencio por temor de equivocarse.
Cuando todos se convencieron de que tenian ante sí á aquel Rugiero, cuya audacia, cortesanía y sublime valor le habian granjeado un nombre célebre en el orbe entero, y tuvieron noticia de que se habia convertido al cristianismo, se le acercaron con semblante alegre y placentero: uno le estrechó la mano; otro le besó con amistosa efusion, y otro le abrazó estrechamente; pero sobre todos el señor de Montalban se esforzó en acariciarle y en darle más vivas muestras de su cariñosa solicitud.
En el otro canto, si teneis á bien escucharlo, os explicaré los motivos de tan afectuosa deferencia.