CANTO XLVI.

Despues de muchas pesquisas, Leon consigue encontrar á Rugiero, y sabedor de los vínculos que le unen á Bradamante, renuncia á sus pretensiones sobre la doncella, con la que por fin se une el jóven héroe.—El Rey de Sarza es el único que pretende acibarar el júbilo de los dos esposos pero es vencido por Rugiero, y muere prorumpiendo en horribles blasfemias.

Si mis cartas marinas no me engañan, muy pronto descubriré el puerto, y podré cumplir en la playa los votos que he hecho á la que me ha guiado al través de tan anchurosos mares, donde más de una vez he temido extraviarme ó presenciar el naufragio de mi bajel. Pero ya me parece ver la tierra: sí, sí, ya la veo, y distingo perfectamente la costa. Percibo un rumor semejante al trueno, producido por la alegría que agita el aire y estremece las ondas, y oigo el ruido de las campanas y los penetrantes ecos de los clarines, mezclados con los gritos de gozo del pueblo. Empiezo á conocer los rostros de los que acuden á ocupar las dos orillas del puerto: parece que todos se alegren de mi feliz regreso despues de tan largo viaje. ¡Oh! ¡Cuántas damas nobles y hermosas, cuántos caballeros adornan la playa con su presencia! ¡Cuántos amigos me esperan, á quienes debo eterno agradecimiento por el placer con que saludan mi llegada!

En la misma punta del muelle veo á Mamma y á Ginebra con las damas de la familia del Correggio: con ellas está tambien Verónica de Gambera, tan querida de Apolo y del santo coro aonio. Veo otra Ginebra, de la misma sangre que la primera, teniendo á Julia á su lado; veo á Hipólita Sforza, y á la jóven Trivulcio, educada en el bosque sagrado: tambien os veo, Emilia Pia y Margarita, acompañadas de Ángela Borgia y de Graciosa. Más allá diviso á Ricarda de Este, con Blanca, Diana y sus demás hermanas. ¡Oh! Ahí está la bella Bárbara Turca, más honesta y prudente aun que hermosa, en compañía de Laura: el Sol no ha visto nunca una pareja tan perfecta como esta, desde las orillas del Indo hasta el confin de la Mauritania.

Hé ahí á Ginebra, cuyas virtudes enriquecen la casa de Malatesta con tanto brillo y esplendor, que los suntuosos palacios imperiales jamás han tenido adornos más dignos ni más espléndidos. Si esta doncella se hubiera encontrado en Ariminum[194], cuando César, envanecido por la conquista de la Galia, vaciló en arrostrar la enemistad de Roma atravesando el rio, estoy seguro de que, recogiendo sus banderas y abandonando su botin y sus victoriosos trofeos, habria hecho ó roto las leyes y pactos que le dictara Ginebra, y tal vez no hubiera llegado á oprimir la libertad de su patria.

Hé ahí á la esposa, la madre, las hermanas y las primas del Señor de Bozolo, á las Torelli con las Bentivoglio, á las Visconti y las Pallavicini: hé ahí á la que arrebata la palma de la gracia y la belleza á cuantas damas existen hoy y á cuantas griegas, latinas ó bárbaras han existido dignas de fama por su donosura; á la incomparable Julia Gonzaga, que donde asienta la planta ó fija los serenos ojos, no solo le cede la primacía toda belleza, sino que tambien la admira, cual si fuese una diosa bajada del Cielo. Con ella está su cuñada, cuya constancia jamás pudieron alterar los prolongados reveses de la fortuna.

He ahí á Ana de Aragon, fúlgida antorcha de la estirpe del Vasto; á Ana, bella, gentil, amable y prudente, santuario de castidad, amor y fé. A su lado veo á su hermana: los esplendentes rayos de su belleza anublan los de cualquiera otra beldad. Hé ahí á la que ha arrebatado á su invicto consorte de las orillas de la laguna Estigia, haciéndole brillar en el Cielo, con ejemplo nunca visto, á pesar de las Parcas y de la Muerte. Tambien están allí mis Ferraresas, y las damas de la corte de Urbino, y conozco además á las de Mantua y cuantas doncellas galanas produce la Toscana y la Lombardia.

Si no me engañan mis ojos, deslumbrados por el brillo de tantos rostros agraciados, ese caballero que viene entre ellas y á quien tantas consideraciones guardan, debe de ser Unico Accolti, la antorcha refulgente de Arezzo. Allí veo á su sobrino Benedicto con su manto y su capelo de púrpura, juntamente con el cardenal de Mantua y con el Campeggio, honra y prez del sacro Colegio: si no me equivoco, observo en sus rostros y en sus movimientos un alborozo tan grande por mi feliz regreso, que no sé cómo podré pagar tan benévola solicitud. Con ellos están Lactancio y Claudio Tolomei, Pablo Pansa, el Dresino, Latino Juvenal, mis queridos Capilupi, el Sasso, el Molza, Florian Montino y Julio Camilo, que nos enseñó un camino más expedito y breve para guiarnos á las praderas ascreas[195]. Me parece distinguir tambien á Marco Antonio Flaminio, al Sanga y al Berna.

Hé ahí á mi Señor Alejandro Farnesio. ¡Cuán selecta es su comitiva! Fedro, Capella, Porzio, Filippo el bolonés, el Volterrano, el Madalena, Blosio, Pierio, el cremonés Vida, manantial inagotable de elocuencia; y Lascari, Musuro, Navagero, Andrés Maron y Severo el monje. En el mismo grupo veo otros dos Alejandros, Guarino el uno, y Orologi el otro. Conozco tambien á Mario de Olvito y al divino Pedro de Arezzo, azote de los príncipes[196]. Más allá diviso á dos Jerónimos, el uno es el de Veritade y el otro el Cittadino. Veo al Mainardo, veo á Leoniceno, al Panizzato, á Teocreno y á Celio. Allí están Bernardo Capel y Pedro Bembo, que ha sacado nuestro puro y armonioso idioma del dominio del vulgo, enseñándonosle con su ejemplo tal cual en realidad debe ser. Aquel que va en pos de él es Gaspar Obizi, admirador y émulo de sus glorias literarias.

Veo al Frascatoro, al Bevazzano, á Trifon Gabriele, y un poco más allá al Tasso. Observo cómo fijan en mí sus miradas Nicolás Tiepoli, Nicolás Amanio, y Anton Fulgoso, que se manifiesta sorprendido y alegre al verme cerca de la playa. Aquel que se mantiene apartado de las damas es mi Valerio: tal vez pide un consejo al Barignan, que le acompaña, para evitar la ardiente inclinacion que siente hácia ellas, á pesar de los desdenes que le han hecho sufrir.

Veo al Pico y al Pio, dos ingenios sublimes y sobrenaturales, unidos por los vínculos de la sangre y de la amistad. El que viene con ellos es uno de los escritores más esclarecidos; no he conocido otro á quien se tributen tantos honores como á él: si el retrato que de él me han hecho es verdadero, debe de ser el hombre á quien con tanto anhelo deseo conocer; es, en suma, Jacobo Sannazar, el que obliga á las Camenas[197] bajará dejar los montes para á las playas. He ahí al docto, al fiel, al diligente secretario Pistofilo, que junto con los Acciajuoli y mi querido Angiar, se regocija al verme á cubierto de los peligros de las olas.

Veo á mi pariente Annibal Malaguzzo, acompañado de Adoardo, el cual me infunde la grata esperanza de que hará resonar el nombre de mi ciudad nativa desde el promontorio de Calpe hasta las orillas del Indo. Victor Fausto, el Tancredi y otros ciento dan señales de un verdadero júbilo al volverme á ver: veo, en fin, á todas las damas y caballeros manifestarse contentos por mi regreso. ¡Ea, pues! A concluir sin tardanza el corto trecho que me resta por recorrer, ya que el viento es favorable, y volvamos á Melisa, diciendo de qué modo salvó la vida al buen Rugiero.

Esta Melisa, segun recuerdo haberos dicho muchas veces, tenia un vehemente deseo de que Rugiero se uniese á Bradamante con indisolubles lazos, y tomaba una parte tan viva en las penas ó placeres de los dos amantes, que de hora en hora procuraba adquirir noticias suyas, teniendo continuamente ocupados á los espíritus infernales en ir y venir con nuevas de sus protegidos. De este modo pudo sorprender á Rugiero en el momento en que se encontraba en una selva oscura, víctima del dolor más profundo y tenaz, y resueltamente decidido á dejarse morir de hambre: al verle la encantadora, conoció que era ocasion de acudir en su auxilio, y saliendo de su habitual morada, marchó por el camino en que estaba segura de encontrar á Leon.

El Príncipe griego habia enviado unos tras otros diferentes mensajeros para explorar todos los lugares comarcanos, y él en persona se dedicó tambien á buscar al caballero del unicornio. Montada la sábia Maga en un espíritu, al que habia puesto freno y silla aquel mismo dia, dándole la figura de un mal caballo, se encontró, como esperaba, con el hijo de Constantino.

—Si la nobleza del alma es tal como indica el rostro, le dijo Melisa; si vuestra cortesía y bondad corresponden á vuestra presencia, prestad algun consuelo, algun auxilio al mejor caballero de nuestra época, el cual no tardará en exhalar el último aliento, si no halla una pronta ayuda ó un consuelo rápido. El mejor caballero de todos cuantos ciñen ó han ceñido espada y embrazado escudo; el caballero más apuesto y galan de cuantos existen ó han existido, se encuentra próximo á morir, si no hay quien vuele en su auxilio, tan solo por haberse portado con extremada hidalguía. ¡Venid, por Dios, señor, y ved si podeis hallar algun medio para arrancarle de su situacion desesperada!

Ocurriósele á Leon en el momento que el caballero á quien se referia Melisa debia ser aquel en cuya busca habia hecho recorrer, y aun él mismo recorria todo el país; por lo cual siguió en el acto presuroso á la persona que reclamaba su apoyo en tan piadosa empresa. No anduvieron mucho, cuando Melisa llegó con él al sitio en que se hallaba Rugiero al borde del sepulcro. Le vieron tan pálido, desencajado y abatido por un ayuno de tres dias, que difícilmente se habria podido levantar del suelo para volver á caer, aun cuando conservaba todavía algun vigor. Estaba tendido en la yerba, cubierto con su armadura, calado el yelmo y ceñida la espada; tenia la cabeza recostada en el escudo, donde se veia pintado el blanco unicornio. Entregado á su afliccion, no cesaba de pensar en la ofensa que habia inferido á Bradamante y en su negra ingratitud para con ella: su dolor se convertia en una rabia tan furiosa, que se mordia las manos y los lábios, mientras inundaban su rostro torrentes de lágrimas. Tan alucinado y absorto le tenian sus tristes pensamientos, que no vió acercarse á Leon y Melisa; por lo cual ni interrumpió sus lamentos, ni cesó en sus suspiros, ni dió tregua á su llanto.

Leon se detuvo, contemplando atentamente por algunos instantes al caballero; apeóse despues de su corcel, y se acercó á Rugiero, cuyas quejas le revelaban claramente que el Amor era causa de aquel tormento; pero no la persona que motivaba tan violento martirio, por no haberle oido pronunciar su nombre. Fué acercándose cada vez más, hasta que por último se le puso delante y le saludó con fraternal ternura, inclinándose hácia él y estrechándole entre sus brazos. La llegada repentina de Leon no creo que fuera muy grata á Rugiero, por temor de que le molestara, ó hiciese lo posible por oponerse á su fatal proyecto. Leon le dijo con las frases más cariñosas y persuasivas que se le ocurrieron, y con todo el afecto que pudo demostrarle:

—No te niegues á confiarme la causa de tus penas, pues en el mundo hay pocos males tan grandes que no tengan remedio, cuando se conoce su orígen, y el hombre no debe perder la esperanza mientras conserve un soplo de vida. Pésame en el alma que te hayas querido ocultar de mí, cuando debes estar persuadido de que soy tu mejor amigo, no solo desde que te hiciste tan acreedor á mi gratitud que jamás podré pagarte la deuda contigo contraida, sino desde el dia en que tuve motivo para considerarte siempre como mi enemigo más capital: por esta razon debes esperar que te ofrezca un desinteresado auxilio, poniendo á tu disposicion mis riquezas, mis amigos y hasta mi vida. No te parezca, pues, impertinente mi demanda, y permíteme que procure librarte de tu dolor, aunque para ello tenga que recurrir á la fuerza, á los halagos, á las dádivas, á la destreza ó á la astucia: si mis esfuerzos son inútiles, entonces podrás apelar á la muerte como al único remedio de tus males; pero antes de llegar á tal extremo, no impidas que haga cuanto cabe en lo humano.

Y siguió empleando frases tan tiernas y afectuosas, ruegos tan eficaces, que concluyó por conmover á Rugiero, cuyo corazon no era de hierro ni de mármol. El triste jóven comprendió que, si continuaba encerrado en su obstinado silencio, cometeria una accion descortés y censurable; quiso hablar, pero las palabras expiraron en sus lábios dos ó tres veces. Al fin dijo:

—Señor mio: voy á decirte mi nombre; pero estoy seguro de que cuando lo sepas, desearás mi muerte con tanta ó quizás con mayor vehemencia que yo mismo: sabe que soy tu aborrecido rival, ese Rugiero que tanto te odió. Ha muchos dias ya que salí de esta corte con intencion de darte la muerte, á fin de no verme privado por tu causa de Bradamante, en vista de que el duque Amon estaba decidido en favor tuyo. Pero como el hombre propone y Dios dispone, me ví en el apurado trance en que tu extremada generosidad me hizo cambiar de opinion, y desde entonces no solo depuse todo el ódio que abrigaba en mi corazon contra tí, sino que me propuse servirte y complacerte con la adhesion más ciega. Ignorando que yo fuese Rugiero, me suplicaste que conquistase para tí la mano de la hija de Amon, lo cual era lo mismo que pretender arrancarme el corazon del pecho ó el alma del cuerpo. ¡Bien has visto si he sabido sacrificar mis deseos á los tuyos! Bradamante te pertenece: poséela en paz: tu felicidad me será siempre mucho más grata que la mia; pero ya que me veo privado de ella, no te opongas á que me prive asimismo de la vida; pues antes podré quedarme sin alma, que vivir sin Bradamante. Además, mientras yo exista no puedes enlazarte con ella legítimamente, porque me unen á esa hermosa doncella vínculos sagrados, y no puede tener dos esposos á la vez.

Quedóse Leon tan lleno de asombro al oir que aquel caballero era Rugiero, que permaneció mudo, inmóvil y sin pestañear, pareciéndose mas bien que á un hombre á una de esas estátuas que se colocan en las iglesias en cumplimiento de un voto. La abnegacion de Rugiero le pareció una cosa tan extraordinaria como no se vió ni podrá verse jamás. No disminuyó esta confesion el cariño que profesaba al jóven; antes al contrario, se acrecentó de tal modo, que se dolia de sus penas más que el mismo Rugiero. Por esta razon; y por mostrarse digno de su elevado nacimiento, no quiso que el pundonoroso jóven le aventajara en generosidad y grandeza de alma, por más que se considerase inferior á él en todo lo demás, y le dijo:

—Rugiero, si aquel dia en que derrotaste mi ejército con tu valor increible hubiera sabido, como sé ahora, tu nombre, aun cuando te odiaba, me habria prendado tu virtud del mismo modo que me prendó cuando lo ignoraba; y desterrado el ódio de mi corazon, te habria amado con un cariño igual al que ahora siento hácia tí. No negaré que aborrecia tu nombre antes de conocerte; pero puedes estar seguro de que aquel aborrecimiento no ha pasado adelante, y si hubiese conocido la verdad cuando rompí tus cadenas, como la conozco ahora, habria hecho en aquella ocasion lo mismo que estoy dispuesto á hacer hoy en obsequio tuyo. Y si entonces, que no te debia la gratitud que ahora te debo, me habria portado de este modo, ¿con cuánto mayor motivo no deberé portarme lo mismo en estos momentos? No haciéndolo así, seria el más ingrato de los hombres, puesto que, ahogando tus deseos, te has privado de tu dicha para cedérmela; pero yo te la devuelvo, y al hacerlo así, me considero más feliz que si la hubiese poseido. Mereces mucho mejor que yo unirte á Bradamante; porque si bien sus méritos le han grangeado mi estimacion, no es tan grande mi amor hácia ella que piense en cortar el hilo de mi existencia por verla esposa de otro. No quiero de ningun modo que tu muerte, rompiendo los lazos matrimoniales que os unen, me facilite la legítima posesion de tan hermosa doncella. ¡Ah! No solo renunciaria á Bradamante, sino tambien á cuanto poseo en el mundo y hasta la vida misma, antes que pueda decirse que un caballero cual tú ha tenido que sufrir el menor disgusto por mi causa. Lo que sí me contrista es tu poca confianza en mí; pues pudiendo disponer de mi voluntad más que de la tuya propia, has preferido morir de desesperacion á aceptar mi sincero y desinteresado auxilio.

Seria prolijo repetir todas las palabras que Leon añadió á las anteriores, el cual, redarguyendo todas las observaciones que en contrario podia alegar Rugiero, logró triunfar de su resistencia y obtener esta respuesta:

—Me someto á tu voluntad, y prometo no atentar contra mi vida; ¿pero cuándo podré pagarte mi gratitud por haberme salvado dos veces de la muerte?

Melisa hizo traer al instante manjares suculentos y delicados y vinos generosos para restaurar las abatidas fuerzas de Rugiero, próximo á perecer de inanicion. Atraido Frontino por los relinchos de los caballos, corrió al sitio en que su señor se hallaba: hizo Leon que le cogieran sus escuderos, le ensillaran y se lo presentaran á Rugiero, el cual montó en su corcel con mucho trabajo, á pesar de ayudarle Leon: hasta tal extremo habia perdido aquel vigor de que hizo gala pocos dias antes para vencer á todo un ejército y para luchar más tarde con su amada. Alejáronse de aquel sitio, y despues de haber andado cosa de media legua, llegaron á una abadía, donde juzgaron conveniente permanecer tres dias, hasta que el caballero del unicornio hubo recobrado su primitivo vigor: despues Rugiero volvió á la corte acompañado de Leon y Melisa, y encontró en ella una embajada de los búlgaros, que habia llegado la noche anterior.

Aquella nacion, que habia elegido por rey á Rugiero, creyendo encontrarle en la corte de Carlomagno, enviaba en busca suya á algunos de sus magnates, deseando jurarle obediencia, prestarle homenaje y coronarlo. El escudero del jóven héroe, que acompañaba á los embajadores, llevó á Francia noticias suyas, refiriendo la batalla que habia sostenido auxiliando á los búlgaros en Belgrado, donde venció á Leon y al Emperador su padre, causando á las tropas griegas una mortandad espantosa; por cuya razon, aquellos le habian reconocido por su Señor, á pesar de su cualidad de extranjero: añadió tambien, que en Novengrado fué hecho prisionero por Ungiardo y entregado á Teodora, y que se daba por muy seguro que habia logrado escapar de la prision, cuya puerta se halló abierta y muerto al carcelero, ignorándose por lo demás el paradero del fugitivo.

Rugiero entró en la ciudad por sitios ocultos y extraviados y sin ser conocido de nadie, presentándose al dia siguiente á Carlomagno acompañado de Leon. Llevaba el escudo con el águila de oro de dos cabezas, segun habian convenido de antemano, y las mismas insignias y sobrevesta rota y agujereada en varias partes que usó en su combate con Bradamante: así es que en el momento fué conocido por el caballero que luchó con la jóven. Leon le acompañaba desarmado, vestido con un traje riquísimo y suntuoso, y rodeado de una brillante comitiva. Inclinóse respetuosamente al llegar á la presencia del Emperador, que se adelantó á recibirle, y llevando de la mano á Rugiero, en quien tenian fijas sus miradas todos los circunstantes, dijo así:

—Te presento al bravo caballero que supo resistir á Bradamante desde la salida hasta el ocaso del Sol, y como esta doncella no logró prenderle, matarle ni arrojarle del palenque, está seguro de haber vencido, y si no ha comprendido mal vuestro bando, magnánimo señor, cree haber conquistado la mano de la guerrera, y en su consecuencia acude á vos para que le sea entregada. Además de que nadie puede disputársela, á tenor de las condiciones del bando, ¿hay otro caballero más digno que él de merecerla por su valor? Si debe poseerla el que más la ame, no existe un hombre que sienta por ella una pasion tan viva y sincera como la suya, y si hay alguien que pretenda oponerse, dispuesto está á sostener su derecho con las armas en la mano.

Cárlos, y todos los que se hallaban presentes, se quedaron estupefactos al oir estas palabras; pues estaban persuadidos de que el adversario de Bradamante habia sido Leon, y no aquel caballero incógnito. Marfisa, que habia acudido á presenciar aquella escena con los demás señores de la corte, apenas pudo contenerse mientras Leon estuvo hablando, y tan luego como este dió fin á sus palabras, se adelantó diciendo:

—Puesto que Rugiero no se halla aquí para dirimir la contienda suscitada con ese caballero por causa de su esposa, yo, que soy su hermana, no puedo consentir sin protestar en que se le arrebate por falta de defensa, y desafío á cualquiera que pretenda tener derechos sobre Bradamante ó más mérito que Rugiero.

Pronunció estas palabras con un tono tan irritado y amenazador, que muchos temieron verla empezar allí mismo la lucha, antes de que el Emperador le designase el palenque. Leon no consideró oportuno que Rugiero continuara encubierto por más tiempo, y alzándole la visera del almete, exclamó dirigiéndose á Marfisa:

—He aquí el adversario que está dispuesto á aceptar tu reto.

Al ver que era Rugiero el campeon á quien tenia tanto ódio, se quedó Marfisa como el anciano Egeo, cuando en medio de un banquete impío conoció que era su propio hijo aquel á quien pretendia envenenar su inícua mujer, como sin duda lo habria logrado, á poco más que el engañado padre tardara en conocerle por su espada[198]. Marfisa corrió á abrazar á su hermano con tanta efusion, que no podia separarse de su cuello. Reinaldo, Orlando y el Emperador especialmente, le besaron con cariño sincero. Dudon, Olivero y el rey Sobrino no se cansaban de colmarle de caricias, y por fin, ninguno de los paladines ni de los barones dejó de agasajarle.

Cuando terminaron los abrazos y las felicitaciones, Leon, cuya elocuencia era notable, empezó á referir á Carlomagno en presencia de toda su corte cómo habian podido más en él la bizarría y la audacia desplegadas por Rugiero en Belgrado que cualquiera otra ofensa, á pesar del gran estrago que causó en sus gentes; manifestó que, estimulado por esta sincera y repentina inclinacion, le sacó, arrostrando el enojo de todos sus parientes, de la prision donde le habian encerrado despues de entregarle en poder de una desolada madre, que pretendia hacerle morir en medio de los más horribles tormentos; describió el incomparable acto de generosidad que no tuvo ni tendrá igual en los pasados ó futuros siglos, llevado á cabo por Rugiero en obsequio suyo y en pago de la libertad que le debia, y continuó refiriendo minuciosamente todo cuanto Rugiero habia hecho por él, sin dejar de hacer mencion del agudo dolor que laceró el alma del desdichado amante al verse obligado á renunciar á su esposa; dolor que le arrastró al suicidio, del que únicamente le libró un auxilio oportuno. Leon supo pintar estas escenas con tan suaves y patéticos colores, que sus oyentes no pudieron contener las lágrimas.

Dirigióse despues al obstinado Amon con tan eficaces y persuasivos ruegos, que no solo logró conmoverle, ablandar su corazon y hacerle mudar de dictámen, sino que tambien consiguió que accediera á pedir perdon á Rugiero por su anterior malevolencia, y á suplicarle que le aceptase por padre y por suegro, ofreciéndole la mano de Bradamante. Varias personas amigas, lanzando alegres exclamaciones, corrieron presurosas á anunciar tan feliz noticia á la doncella, que en aquellos momentos estaba retirada en su más oculta estancia, llorando sus contínuos sinsabores y próxima á perecer de dolor. Al simple anuncio de tan fausto suceso, quedó su corazon tan exhausto de aquella sangre que hacia afluir á él la piedad, cuando el dolor le traspasaba, que su mismo gozo estuvo á punto de hacerle perder la vida. Debilitóse su vigor y su energía de tal modo, que apenas podia tenerse en pié, sin embargo de poseer el ánimo esforzado y varonil que os es notorio. El condenado al cepo, á la horca, á la picota ó á otro género de muerte peor, cuyos ojos están ya cubiertos con la venda negra, no se manifiesta, al oir el grito del perdon, tan alegre como Bradamante.

Regocijáronse las familias de Mongrana y Claramonte al ver unidas sus dos próximas ramas por nuevos vínculos; pero sintieron un pesar semejante á la alegría de aquellas, Gano, el conde Anselmo, Falcon Gini y Ginami, que procuraron disimular su negra envidia y sus pérfidos manejos, esperando una ocasion de vengarse con tanta astucia como la zorra espera emboscada á la liebre. Aparte de que Orlando y Reinaldo habian arrancado la vida en diferentes ocasiones á muchos individuos de esta raza fementida, si bien los sabios y prudentes consejos de Carlomagno pudieron conseguir que dieran al olvido sus mútuas querellas y rencores, la reciente muerte de Pinabel y Bertolagio les dió nuevos motivos de duelo; pero ocultaban sus ruines proyectos de venganza, fingiéndose ignorantes de ambas muertes.

Los embajadores búlgaros que habian pasado á la corte de Carlomagno, como he dicho, con la esperanza de encontrar en ella al bravo campeon del unicornio, á quien habian aclamado por su rey, al saber que estaba allí, se felicitaron por su buena estrella, que habia confirmado su esperanza, y se postraron reverentemente á los piés de Rugiero, rogándole que volviese á Bulgaria, donde le tenian preparado el cetro y la corona en Andrinópolis, y excitándole á que se apresurara á acudir en defensa de su trono; porque, segun voz pública, Constantino se preparaba á invadir de nuevo el territorio búlgaro á la cabeza de un ejército mucho más numeroso que el primero. Terminaron asegurándole que si podian contar con el auxilio de su rey, esperaban rechazar á Constantino, y aun arrebatarle la corona imperial de Oriente.

Rugiero aceptó la corona, accedió á todos los ruegos de los embajadores, y les prometió estar en Bulgaria á los tres meses, si la suerte no le era contraria. Noticioso Leon Augusto de lo que ocurria, dijo á Rugiero que se atuviera á la amistad jurada, y que, siendo él rey de los búlgaros, quedaba de hecho estipulada la paz entre estos y Constantino; añadióle que él por su parte no se apresuraria á partir de Francia para ponerse al frente de sus escuadrones, y que se comprometia á hacer que su padre renunciara á las comarcas que hubiese arrebatado á sus nuevos súbditos.

A pesar de todas las virtudes y méritos de Rugiero, ninguno pudo tanto en el ánimo de la ambiciosa madre de Bradamante ni consiguió hacerle grato á sus ojos como el título de rey. Hiciéronse las bodas con régia esplendidez y con una magnificencia digna del que las dispuso: el mismo Emperador se ocupó en ellas, y quiso que se celebraran cual si hubiera casado á una de sus hijas. Los servicios y merecimientos de Bradamante eran tales, además de los contraidos por toda su familia, que aquel magnánimo señor no creia recompensarlos demasiado aunque para ello tuviese que vender la mitad de su reino. Hizo publicar por todas partes que celebraria audiencias públicas, donde por espacio de nueve dias podrian acudir con seguridad todos los que tuvieran alguna queja que exponer. Hizo levantar en la campiña suntuosos pabellones de oro y seda, adornados de ramos entrelazados y de vistosas flores, los cuales presentaban un golpe de vista tan agradable, que no se ha contemplado en el mundo un espectáculo más bello que aquel. No cabian dentro de París los innumerables forasteros griegos, latinos ó bárbaros, pobres, ricos y de toda condicion que acudieron atraidos por la fama de aquellas fiestas. Los señores, los príncipes y los embajadores que allí se reunieron, procedentes de todos los puntos del globo, eran innumerables: por lo cual hubo necesidad de alojarlos, si bien con toda comodidad, en pabellones, en tiendas de campaña, y entre las enramadas de las próximas alamedas.

La maga Melisa se habia esmerado la noche anterior en adornar con cuidado prolijo la cámara nupcial que por tanto tiempo soñara. Aquella adivina deseaba vivamente, desde una época bastante lejana, la celebracion de una alianza tan conveniente: présaga del porvenir, conocia los admirables frutos que debia producir aquella planta. Habia colocado el lecho nupcial en medio de un pabellon anchuroso y capaz, el más rico, el más adornado y admirable que, con destino á la paz ó la guerra, se haya tejido en el mundo. La hada se lo habia quitado á Constantino, en ocasion en que estaba acampado en la costa de Tracia con objeto de esparcirse: contando de antemano con el asentimiento de Leon, y deseosa de presenciar su asombro, presentándole una prueba del arte que refrena al gran gusano infernal, y probándole que podia disponer á su antojo de él y de la raza espúrea enemiga de la divinidad, hizo que los mensajeros del Averno transportaran aquel pabellon desde Constantinopla á París. Se lo quitó á Constantino, emperador de Grecia, á la luz del medio dia, con las cuerdas, los palos y los demás accesorios interiores y exteriores: lo hizo transportar por los aires, y lo destinó para suntuoso alojamiento de Rugiero: una vez terminadas las bodas, lo restituyó milagrosamente á su primitivo sitio.

Habian transcurrido cerca de dos mil años desde que fué tejido aquel pabellon. Una doncella de la tierra de Ilion, que poseia la inspiracion profética, lo labró por su propia mano á fuerza de arte, tiempo y paciencia. Esta doncella se llamó Casandra, y ofreció aquel trabajo como un rico presente á su hermano el ínclito Héctor. Casandra habia bordado en la tela, con oro y seda de varios colores, la efigie del caballero más ilustre que debia salir del tronco de su hermano, á pesar de que no ignoraba que estaba separado de sus raices por numerosas ramas. Héctor lo tuvo en mucha estima mientras vivió, tanto por la mano que lo hizo como por su esquisito trabajo.

Pero despues de su muerte, cometida á traicion, y de la victoria alcanzada sobre los troyanos por los griegos, á quienes el falso Sinon abrió las puertas de la ciudad, dando lugar á la catástrofe más espantosa que registra la Historia, cupo en suerte aquel pabellon á Menelao, con el cual se trasladó á Egipto, donde se vió obligado á entregarlo al rey Proteo en cambio de la esposa que este tirano le habia arrebatado. Elena se llamaba la dama por quien Menelao trocó su pabellon, el cual pasó más tarde á manos de los Tolomeos, de quienes lo heredó Cleopatra. Esta reina lo tuvo que ceder con otras muchas riquezas en el mar de Leucades á las gentes de Agripa: cayó sucesivamente en poder de Augusto y de Tiberio, hasta que por último fué á parar á manos de Constantino, de aquel Constantino, á quien la bella Italia debe recordar con dolor mientras el cielo gire. Cuando este príncipe, disgustado de residir á orillas del Tíber, pasó á Bizancio, se llevó consigo aquel precioso velo, que Melisa arrebató á otro Constantino.

De oro eran sus cuerdas; de marfil sus apoyos, y estaba todo él entretejido con figuras más bellas que las producidas por el diestro pincel de Apeles. Allí se veian las Gracias, con trajes airosos y elegantes, auxiliando en su alumbramiento á una reina, la cual daba á luz un príncipe tan hermoso cual no ha visto otro la Tierra desde el siglo primero al cuarto. Veíase á Júpiter, al elocuente Mercurio, á Venus y á Marte, derramando sobre él á manos llenas etéreas flores, dulce ambrosía y perfumes celestiales. En sus pañales se leia en pequeños caractéres el nombre de HIPÓLITO[199]. La Ventura, precedida de la Virtud, le guiaba en sus juveniles años.—Más allá se veian representados nuevos personajes, de larga cabellera y prolongadas túnicas, que iban á reclamar á su padre el tierno niño de parte de Corvino. Veíasele alejarse reverente de Hércules y de Leonor su madre, y pasar á las márgenes del Danubio, donde la gente corria á verle y adorarle como á un Dios. Veíase al prudente Rey de los Húngaros admirando la precoz sagacidad de que daba muestras en su edad temprana, exaltándole sobre todos sus barones, y colocando en sus manos á pesar de sus tiernos años, el cetro de la Estrigonia. Veíase al jovencillo continuamente al lado de aquel monarca, ya fuese en su régio alcázar, ó ya en la tienda de campaña: si aquel poderoso rey llevaba su ejército contra los Turcos ó contra los Alemanes, con él iba Hipólito, contemplando fijamente sus esclarecidas y magnánimas proezas, y aprendiendo prácticamente el camino de la virtud. Veíase cómo distribuia los primeros años de su vida entre la cultura de las artes y los ejercicios bélicos, aleccionado por Fusco, el cual le explicaba los pasajes oscuros y difíciles de las obras clásicas. La hábil Casandra habia representado á Fusco con tal perfeccion, que parecia oírsele decir al niño:—«Si deseas ser fuerte, glorioso é inmortal, debes imitar este ejemplo, y evitar este otro.»

Aparecia despues revestido, jóven aun, con la púrpura cardenalicia, tomando parte en las deliberaciones del consistorio reunido en el Vaticano, y sorprendiendo con su talento y elocuencia al Sacro Colegio, cuyos individuos parecian exclamar maravillados:—«¿Qué llegará á ser este jóven cuando alcance su edad madura? ¡Oh! Si llega á poseer el manto de San Pedro, ¡qué dicha para su edad! ¡Qué fortuna para su siglo!»

En otra parte se veian los juegos y honestos pasatiempos de su juventud. Ora atacaba á los osos en las alpestres rocas, ora esperaba al jabalí en el fondo de los valles pantanosos, ora perseguia á caballo con la velocidad del viento á las cabras monteses ó los añosos ciervos, y al alcanzarlos parecian caer divididos en dos partes iguales de una sola de sus cuchilladas. En otra parte se le veia en medio de un escogido grupo de filósofos y poetas: unos le describian el curso de los planetas, otros la Tierra; otros le enseñaban la constitucion física del Cielo; estos tristes elegías, aquellos alegres versos, cantos heróicos ó armoniosas odas: más allá se le veia escuchando con placer la música ó ejecutando con suma gracia algunos pasos de baile.

Casandra habia consagrado esta primera parte de sus cuadros á representar los hechos culminantes de la infancia del sublime mancebo; pero en la otra procuró pintar sus actos de prudencia, justicia, valor, modestia, y de aquella virtud que estuvo unida á él tan estrechamente: me refiero á la virtud que distribuye dádivas y favores, á esa liberalidad espléndida en que brilla tanto como en todas las otras. En esta segunda parte se veia al jóven con el infortunado Duque de los Insubres, sentándose á su lado en los consejos en tiempo de paz ó desplegando con él, armado, el estandarte de las culebras. Unido á aquel duque por una fé y una adhesion ilimitadas, así en los tiempos prósperos como en los adversos, le seguia en su fuga, le consolaba en su afliccion y le guiaba al través de los peligros.

En otro lado se le veia profundamente pensativo, atendiendo á la salvacion de Alfonso y de Ferrara, procurando con inusitada perspicacia y destreza descubrir lo que recelaba, y haciendo ver palmariamente á su justísimo hermano las traidoras y pérfidas tramas que contra él fraguaban sus más queridos allegados, y mereciendo así el glorioso sobrenombre que concedió á Ciceron la libertada Roma[200]. Más allá se le veia, cubierto con una brillante armadura, volando en socorro de la Iglesia y haciendo frente á un ejército aguerrido con un corto número de soldados indisciplinados: su sola presencia bastaba para extinguir el incendio que amenazaba devorar los Estados eclesiásticos, de suerte que con razon podia decir:—«¡Llegué, ví y vencí!»

Veíasele en otra parte peleando en las playas de su patria contra la flota más numerosa que jamás armaran los venecianos para combatir con los turcos ó los argivos: la vencia y destrozaba, entregando á su hermano las galeras cautivas y cargadas de rico botin, sin que guardara para sí más que el honor de la jornada, lo único de que no podia desprenderse.

Las damas y los caballeros contemplaban atentamente aquellas figuras, sin saber lo que representaban, pues no tenian á nadie que les advirtiera que todas aquellas cosas designaban algunos acontecimientos futuros; pero se complacian en admirar unos rostros tan bellos y tan bien hechos y en leer las inscripciones. Solo Bradamante, instruida por Melisa, sentia una secreta satisfaccion, pues conocia perfectamente toda la historia. Aun cuando Rugiero no estaba tan enterado de ella como su esposa, recordaba, sin embargo, que Atlante le habia hablado muchas veces con encomio de aquel Hipólito, que seria uno de sus nietos.

¿Quién podria describir en verso los infinitos agasajos que á todos prodigó el Emperador, la variedad de los juegos, la magnificencia de las fiestas, y la abundancia y lujo de los festines? Los caballeros más valientes se daban á conocer por su vigor y pujanza, rompiendo millares de lanzas cada dia: se sostenian combates á pié y á caballo, uno á uno, dos á dos, y haciéndose á veces general la lucha; pero Rugiero descollaba entre todos, saliendo siempre vencedor, á pesar de justar dia y noche, y lo mismo en la danza que en la lucha ó en cualquier otro juego, nadie lograba arrebatarle la palma de la victoria.

El último dia de las fiestas, y en el momento de dar principio al banquete imperial, teniendo Carlomagno á Rugiero á su izquierda y á Bradamante á su derecha, vieron venir presuroso por la llanura, dirigiéndose hácia donde estaban las mesas, á un caballero completamente armado, de elevada estatura y arrogante aspecto, y cubierto tanto él como su caballo de negros paños. Era el Rey de Argel, que á consecuencia de la vergüenza que le habia causado la guerrera, cuando le derribó en el puente peligroso, juró no ponerse la armadura, ni ceñir espada ni montar á caballo, hasta haber permanecido en una celda un año, un mes y un dia, como un eremita. Tales eran los castigos que los caballeros solian imponerse por sus propias faltas en aquellos tiempos. A pesar de haber tenido noticia durante su retiro de lo ocurrido á Cárlos y al hijo de Trojano respectivamente, no obstante, por no faltar á su voto, dejó de requerir sus armas, como si la desgraciada suerte de su señor no le alcanzase tambien; pero tan pronto como hubo transcurrido todo el año, todo el mes y todo el dia, se encaminó á la corte de Francia con nuevas armas y espada, y lanza y caballo.

Sin apearse, sin inclinar la cabeza, y sin dar ninguna señal de reverencia, presentóse ante Carlomagno y toda su brillante corte con actitud provocativa y desdeñosa. Quedáronse todos asombrados al ver tanta insolencia, y suspendiendo las conversaciones y la comida, se levantaron para escuchar las palabras de aquel guerrero, que dijo con voz estentórea y arrogante, luego que estuvo delante de Cárlos y Rugiero.

—Soy Rodomonte, el rey de Sarza, y vengo á desafiarte, á tí, Rugiero, á singular batalla. Soy quien espera probarte, antes de que el Sol llegue al término de su carrera, que has sido desleal para con tu señor, y que eres un traidor, indigno de merecer los honores que te dispensan estos caballeros. A pesar de que tu felonía es bien patente, pues la confirmas en el mero hecho de ser cristiano, para hacerla más ostensible, me presento en este campo á probártela; y si hay alguien que se ofrezca á combatir en tu lugar, estoy dispuesto á admitir la lucha. Si no basta uno, poco importa; aceptaré cuatro ó seis, y sostendré contra todos lo que he dicho.

Rodomonte desafía á Rugiero.
(Canto XLVI.)

Rugiero se irguió arrogante al oir tales palabras, y, con licencia de Cárlos, contestó al sarraceno, que mentía él y todos cuantos pretendieran tacharle de traidor; que siempre se habia portado con su rey de modo que nadie podia censurarle con justicia, y que estaba dispuesto á sostener que nunca habia dejado de cumplir sus deberes para con Agramante. Añadió que no tenia necesidad de auxilio ajeno para defender su causa, como esperaba demostrárselo, de suerte que tendria bastante, y aun quizá demasiado, con un solo adversario.

Reinaldo, Orlando, el Marqués y sus dos hijos, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro, Dudon, Marfisa, todos á una se ofrecieron á luchar con Rodomonte en defensa de Rugiero, procurando convencerle de que, estando recien casado, no debia turbar la paz de sus bodas; pero el jóven les respondió:

—Esos subterfugios serian indignos de mí: os ruego, pues, que permanezcais tranquilos.

Trajéronle las armas que conquistó al famoso Mandricardo, y preparóse sin la menor dilacion á la lucha. Orlando calzó las espuelas á Rugiero; el mismo Emperador le ciñó la espada; Bradamante y Marfisa le pusieron la coraza, y los otros caballeros el resto de su arnés. Astolfo le presentó de la brida su excelente corcel, cuyos estribos sostuvo el hijo del Danés, y por último, Reinaldo, Namo, y el marqués Olivero le abrieron paso al través de la multitud, haciendo despejar el palenque, que estaba siembre dispuesto para semejantes usos.

Veíase á las damas y á las doncellas pálidas y temblorosas, cual tímidas palomas que huyen de entre las espigas para refugiarse en sus nidos, arrojadas del pasto por el ímpetu del huracan que va mugiendo entre relámpagos y truenos, y empujando la negra tempestad que se desata en lluvia y granizo con grave daño de los campos: estaban temerosas por la suerte de Rugiero, cuya fuerza consideraban inferior á la de aquel pagano. Este temor se hacia extensivo al pueblo y á la mayor parte de los caballeros y barones, de cuya memoria no se habia borrado todavía lo que el pagano hizo en París, cuando, completamente solo, destruyó á sangre y fuego una gran parte de la ciudad, en la que se conservaban, como probablemente se conservarian por espacio de mucho tiempo, los vestigios de aquellos estragos, los mayores que soportó la Francia.

Pero sobre todos temblaba Bradamante, no ya por creer que el sarraceno aventajase á Rugiero en la fuerza y el ánimo que presta la confianza del propio valimiento, ni porque á Rodomonte le asistiese la razon que casi siempre milita en favor del que la tiene, sino por ese recelo natural en cuantos aman, el cual no dejaba de causarle cierta zozobra. ¡Oh! ¡Qué de buen grado habria tomado sobre sí la empresa de aquella incierta lucha, aun cuando hubiera tenido la seguridad de perecer en la demanda! No una, sino mil vidas habria deseado perder si las tuviera, con tal de que Rugiero no arriesgara la suya. Pero cuantos ruegos dirigió á su esposo para que le cediese tan árdua empresa, fueron inútiles, y tuvo que resignarse á presenciar la lucha con rostro triste y acongojado espíritu.

Dispuestos ya ambos combatientes, no tardaron en precipitarse uno contra otro lanza en ristre. Los hierros al chocar con la armadura parecieron de hielo: las astas, voladoras aves prontas á remontarse hasta las nubes. El bote de la lanza del pagano, dirigido al centro del escudo de su adversario, hizo muy poco efecto; pues se halló contrastado por el excelente temple del acero que forjara Vulcano para el famoso Héctor. Rugiero dirigió asimismo su bote contra el broquel del pagano, y lo pasó de parte á parte, á pesar de tener un palmo de espesor, y de ser de hueso, cubierto interior y exteriormente con una chapa de acero; y á no haber sido porque la lanza no resistió aquel tremendo choque, y se quebró al primer encuentro, elevándose hasta el cielo sus astillas cual si estuviesen provistas de alas, habria atravesado la coraza (¡tanta fuerza llevaba!) aunque fuera de diamante, quedando allí mismo terminado el combate. Los corceles tocaron el suelo con sus grupas; pero los ginetes, excitándoles con la brida y las espuelas, les hicieron erguirse en el acto, y abandonando las lanzas, desenvainaron los aceros y se acometieron con nueva furia.

Haciendo girar con maestría á uno y otro lado sus animosos y ágiles caballos, aptos para aquel género de lucha, empezaron á buscar con sus punzantes espadas la parte más débil de la armadura. Rodomonte no iba defendido aquel dia por la dura y escamosa piel de la serpiente, ni empuñaba la tajante espada de Nemrod, ni llevaba cubierta la cabeza con su yelmo acostumbrado: todas estas armas quedaron colgadas en el sepulcro de Isabel, como creo haber dicho anteriormente, desde el dia en que la doncella de Dordoña le venció en el puente. La armadura que llevaba á la sazon, aunque bastante buena, no era tan perfecta como la primera, por más que ni la una ni la otra pudieran resistir al filo de Balisarda, para la que eran tan inútiles los encantamientos ó lo esmerado de la construccion, como la bondad del acero ó la firmeza del temple. Rugiero la esgrimió con tal destreza, que agujereó las armas defensivas del pagano por más de un punto.

Cuando Rodomonte vió su armadura teñida en sangre por tantas partes, y que no podia evitar que cada cuchillada le rasgara la carne, sintió más rabia y más furor que el tempestuoso mar en el rigor del invierno; y arrojando el escudo, empuñó con ambas manos su acero, y descargó con todo su vigor una cuchillada sobre el yelmo de su enemigo. Una fuerza tan extraordinaria como la que tiene la máquina colocada en el Pó sobre dos naves, y que levantada á impulsos de varios hombres y de muchas ruedas, se deja caer empotrando las aguzadas vigas, llevaba el golpe que el pagano descargó con toda su fuerza sobre Rugiero con sus dos manos por demás pesadas; y á no tropezar con el yelmo encantado, habria partido de un solo golpe al caballo y al ginete. Rugiero inclinó por dos veces la cabeza, y abrió los brazos y las piernas, próximo á caer. El Sarraceno redobló su terrible golpe, sin dar á su adversario tiempo de reponerse; tras este siguió el tercero; pero la espada no pudo soportar tan continuado martilleo, y al fin voló hecha pedazos, dejando desarmado al cruel musulman. Este contratiempo no detuvo á Rodomonte, que se precipitó con rapidez sobre Rugiero, cuya cabeza estaba tan atronada y tan ofuscada la mente, que no sentia nada: pero no tardó el africano en despertarle de su sueño; pues ciñéndole el cuello con su membrudo brazo, le aferró con tanta violencia y de tal modo, que le arrancó del arzon y le hizo rodar por el suelo.

Apenas se encontró Rugiero tendido en tierra, cuando se puso en pié, lleno, más que de ira, de vergüenza y de despecho; porque fijando sus miradas en Bradamante, observó la palidez del semblante sereno de su amada, que al verle caer, se sintió desfallecida y próxima á morir de angustia. Deseoso Rugiero de vengar aquella afrenta, empuñó de nuevo su espada y arremetió furioso al pagano, el cual le echó encima su caballo con intencion de derribarle; pero el esforzado jóven supo esquivarle haciéndose rápidamente á un lado, y al pasar, cogió con la mano izquierda las riendas del corcel, obligándole á dar vueltas, mientras que con la derecha dirigia su espada contra el vientre, el pecho ó los costados del ginete, á quien hizo sentir por dos veces la frialdad del acero, una en el costado y otra en el muslo.

Rodomonte, que aun conservaba el pomo y la guarnicion de su espada rota, asestaba con ellos tales golpes á Rugiero, que fácilmente podria aturdirle de nuevo; mas el jóven, á quien asistia el derecho á la victoria, le sujetó el brazo, y ayudándose con las dos manos, empezó á tirar de él hasta que logró arrancarle de la silla. La fuerza ó la destreza del pagano hicieron que cayese de modo que quedara al igual de Rugiero; quiero decir que cayó en pié, pues por lo demás toda la ventaja estaba á favor del segundo, que habia conservado su espada. Rugiero se servia de ella para mantener á raya al sarraceno y quitarle las ganas de acercarse á él: sobre todo evitaba cuidadosamente que se le viniera encima aquel cuerpo tan grueso y tan grande, capaz de aplastarle con su peso, y procuraba ganar tiempo á fin de que Rodomonte fuera desangrándose por el costado, por el muslo y por sus demás heridas, hasta dejarle tan desmayado que no tuviese más remedio que confesarse vencido.

Sin embargo, reuniendo el sarraceno todas sus fuerzas, arrojó con furia el pomo de la espada, que aun tenia en la mano, sobre la cabeza de Rugiero, á quien dejó más aturdido que nunca. El golpe le alcanzó en la carrillera del yelmo y en el hombro, con tanta fuerza, que le hizo vacilar y dar traspiés, permaneciendo derecho con mucho trabajo. El pagano quiso entonces precipitarse sobre él, pero no pudo conseguirlo; porque la herida del muslo le impidió dar un paso, y al esforzar su marcha más de lo que podia, cayó con una rodilla en tierra. Rugiero aprovechó rápidamente aquella ocasion propicia, y empezó á golpearle el pecho y el rostro, descargándole tal diluvio de estocadas y estrechándole tanto, que al fin le derribó de un fuerte empujon. Rodomonte, empero, volvió á levantarse, merced á sus esfuerzos sobrehumanos, y logrando alcanzar á Rugiero, le oprimió vigorosamente entre sus brazos. Entonces empezó una terrible lucha cuerpo á cuerpo, en la que cada cual de los combatientes, uniendo el vigor á la destreza, sacudia al otro violentamente, dando contínuas vueltas y aferrándose con inusitada fiereza.

Las heridas del muslo y del costado habian privado á Rodomonte de una gran parte de su fuerza, al paso que Rugiero tenia destreza, una gran inteligencia y estaba muy ejercitado en la lucha: conociendo el jóven héroe sus ventajas, quiso aprovecharse de ellas, y empezó á descargar furiosos golpes con los brazos y el pecho, y con uno y otro pié en donde veia salir la sangre con más abundancia, en donde más peligrosas eran las heridas del pagano. Rodomonte, abrasado de ira y de despecho, cogió á Rugiero por el cuello y por los hombros; le empujó, le hizo oscilar á uno y otro lado, y apoyándoselo en el pecho, lo levantó del suelo, manteniéndole suspendido; volvió á hacerle dar vueltas y á oprimirle estrechamente, y por último, trabajó lo que no es decible para derribarle. Entre tanto Rugiero, recogido en sí mismo, echaba mano de todo su vigor é inteligencia para quedar encima, y á fuerza de ensayar el modo más á propósito para realizar su intento, logró sujetar á Rodomonte; oprimióle el pecho con el costado izquierdo, manteniéndole unido á él con toda su fuerza: al mismo tiempo puso su pierna derecha delante de la rodilla izquierda del pagano, y le pasó la otra por detrás de la rodilla derecha dándole un fuerte empujon: en seguida le levantó del suelo y le hizo caer de cabeza á sus piés.

Rodomonte dejó impresas en la arena su cabeza y su espalda, y tan violenta fué la sacudida, que enrojeció la tierra en un gran trecho con la abundante sangre que brotaba de sus heridas. Rugiero, que se veia ayudado por la Fortuna, procuró impedir que se levantara el sarraceno, colocándole las rodillas sobre el vientre, y sujetándole por el cuello con una mano mientras con la otra dirigia el puñal sobre sus ojos. Así como acontece alguna vez en las minas de oro de la Panonia[201] ó de la Iberia, que si algun hundimiento repentino sorprende á los que en ellas se encuentran atraidos por una criminal avaricia, les deja tan abatidos que apenas puede su acongojado espíritu hallar una salida por donde escaparse, del mismo modo abatió el vencedor al sarraceno, en cuanto consiguió derribarle. Amenazándole con la punta del puñal que habia desenvainado, le intimó la rendicion, prometiendo respetar su vida; pero Rodomonte, á quien causaba menos temor la muerte que demostrar alguna cobardía en la mas insignificante de sus acciones, no respondió una palabra y empezó á retorcerse y á sacudir el peso de su enemigo, haciendo todos los esfuerzos posibles para ponerle debajo.

Así como el mastin, vencido por un feroz alano que ha hecho presa en su cuello, se afana, forcejea y se debate en vano con ojos ardientes y espumosa lengua, y no puede librarse de su tenaz enemigo, superior en fuerza aunque inferior en rabia, así tambien se veia impotente el pagano para salir de debajo del vencedor Rugiero. Sin embargo, se retorció y sacudió en tales términos, que pudo hacer uso de su mejor brazo, y procuró herir á Rugiero en los riñones con el puñal que á su vez habia sacado en aquella ocasion extrema. Conoció el jóven entonces el error que iba á cometer difiriendo por más tiempo la muerte del impío sarraceno, y levantando su brazo cuanto le fué posible, hundió dos y tres veces el hierro del puñal en la horrible frente de Rodomonte, librándose por fin de tan terrible enemigo. El alma desdeñosa del africano, que fué tan arrogante y soberbia en esta vida, se separó de su helado cuerpo, y huyó blasfemando á las estériles orillas del Aqueronte[202].

FIN DEL ORLANDO.