CANTO XXVIII.
Rodomonte oye las peores cosas que contra las mujeres pueda decir una lengua falaz.—Continúa despues el viaje hácia su reino; pero antes llega á un sitio agradable para su corazon.—Se siente abrasado de un nuevo amor por Isabel, y como le estorba el monje que acompaña á la jóven, le da una muerte cruel y traidora.
¡Oh mujeres! ¡Oh hombres, que teneis en mucho al bello sexo! No deis, por Dios, oidos á la historia que el posadero refirió en desprecio vuestro, con el objeto de hacer recaer sobre vosotras la infamia y el vilipendio, por más que una lengua tan viperina no pueda mancillaros ni aumentar vuestra estimacion, y sea achaque antiguo en el vulgo ignorante el de atreverse á todo y complacerse en hablar de lo que menos entiende. Pasad este canto por alto; pues no por eso quedará truncada esta historia, ni será menos clara mi narracion. Habiendo hallado el cuento del posadero en los escritos de Turpin, lo he colocado tambien en mi obra; pero sin malevolencia ni dañada intencion. Podeis estar persuadidas de que os amo, no solo por habéroslo expresado así mi lengua, que jamás ha sido avara en cantar vuestras alabanzas, sino por haberos dado repetidas pruebas de mi afecto, demostrándoos que ni soy ni puedo ser más que vuestro. Pasad, pues, si quereis tres ó cuatro páginas sin leer una sola línea: el que se aventure á recorrer su contenido, debe darle el mismo crédito que si se tratara de una ficcion ó una insensatez.
Pero volviendo á coger el hilo de mi discurso, os diré que, en cuanto el hostalero vió que todos estaban dispuestos á escucharle, y despues de haber tomado asiento enfrente del caballero, empezó su historia en estos términos:
—Astolfo, rey de los Lombardos, á quien su hermano cedió la corona para vestir el hábito religioso, fué tan bello y apuesto en su juventud, que pocos mortales llegaron á igualarle. Con dificultad hubieran podido reproducir en el lienzo sus admirables facciones el célebre Zeuxis ó el mismo Apeles, ú otro pintor más eminente que estos, si es que ha existido. Todos convenian en que era hermoso y gentil, pero el jóven lo creia así más que nadie. No le envanecia tanto la superioridad en que, por razon de su elevada dignidad, se encontraba con respecto á los magnates de su reino, ni ser el monarca más poderoso de cuantos en aquella region existian, ni tener á su disposicion considerables riquezas y numerosos ejércitos, como la celebridad que alcanzaba en todo el mundo por su donaire y gentileza. Siempre que oia encomiar sus atractivos, sentia el mismo placer que disfrutamos cuando ensalzan la cosa que más amamos.
»Entre los varios magnates de su corte, distinguia particularmente con su afecto á un caballero romano llamado Fausto Latino, ante el cual se alababa con frecuencia de la perfeccion de su rostro ó de sus manos. Preguntándole un dia si habia visto en su vida un hombre de formas tan esbeltas y proporcionadas como las suyas, oyó una respuesta contraria á la que esperaba.
—«Segun lo que veo, respondió Fausto, y lo que oigo repetir por todas partes, tu belleza tiene pocos rivales en el mundo, y aun estos pocos los reduzco yo á uno. Este es un hermano mio, llamado Jocondo. Si se exceptúa mi hermano, no dudo que dejes á todos atrás en punto á belleza; pero estoy persuadido de que él te iguala y quizás te aventaja en hermosura.»
»Al Rey se le hacia difícil creer que existiera quien le arrebatase la palma de la belleza, por lo cual manifestó los más vivos deseos de conocer al jóven á quien tanto le encomiaban. Sus repetidas instancias arrancaron á Fausto la promesa de hacer venir á la corte á su hermano, á pesar de que le costaria un ímprobo trabajo obligarle á acceder; porque Jocondo era un hombre que jamás habia salido de Roma, donde gozaba de una existencia tranquila y sin afanes, disfrutando de los bienes que la suerte le concediera, y sin haber hecho el menor esfuerzo para aumentar ó disminuir el patrimonio que le dejó en herencia su padre: así es, que un viaje á Pavía le pareceria mucho más largo que á otros ir al Tana[27]. Pero la mayor dificultad consistiria en poderlo separar de su mujer, á la que profesaba un amor tan entrañable, que no tenia más voluntad que la suya. A pesar de todos estos obstáculos, dijo Fausto que por obedecer á su Rey, marcharia á Roma y haria más de lo que le fuera posible en este asunto. El monarca unió á sus ruegos tantos ofrecimientos y regalos, que no hubo medio de resistir á sus deseos.
»Emprendió Fausto la marcha, y á los pocos dias se encontró en Roma y en el hogar paterno. Fueron tantos los ruegos y las súplicas que dirigió á su hermano, que al fin logró hacerle consentir en acudir al llamamiento del Rey. Consiguió además, á pesar de ser bastante difícil, que su cuñada no se opusiera á sus intentos, haciéndole ver las ventajas que de ello reportaria y el agradecimiento eterno á que le quedaria obligado. Fijó Jocondo el dia de la partida, y entre tanto se proveyó de caballos y criados, y se mandó hacer trajes magníficos, suponiendo con razon que el adorno da mayor realce á la belleza. La mujer no se apartaba un momento de su lado, llorando dia y noche, y diciéndole que no sabria cómo soportar aquella ausencia sin que le costara la vida, cuando al pensar en ella solamente sentia que el dolor le arrancaba el corazon.—«No llores, vida mia, le decia su esposo», y mientras tanto derramaba él un copioso llanto.—«Ojalá me sea tan próspero el viaje, como es cierto que no tardaré dos meses en volver á tu lado; pues aunque el Rey me cediese la mitad de sus estados, no consentiria en prolongar mi ausencia ni un solo dia más de dicho término.»
»La afligida esposa no se consolaba, á pesar de tales seguridades, diciéndole que el plazo era demasiado largo, y que si al regresar no la encontraba muerta, solo podria atribuirlo á un gran milagro del Cielo. Tan grande era el dolor que dia y noche la atormentaba, que se resistia á tomar toda clase de alimento, y ni siquiera podia conciliar el sueño; llegando á tal extremo, que Jocondo, movido á compasion, se arrepentia ya de haber accedido tan fácilmente á los deseos de su hermano. Quitóse ella un collar del cual pendia una cruz guarnecida de piedras preciosas, que contenia reliquias santas recogidas en muchos sitios por un peregrino bohemio. Al regresar este peregrino de Jerusalen, aquejado de una violenta enfermedad, recibió franca hospitalidad en casa del padre de la dama; y habiendo muerto en ella, dejó á su huésped heredero de la misma cruz que entonces recibia Jocondo de mano de su esposa; la cual le suplicó que la llevara siempre colgada al cuello, cual constante recuerdo y prenda de su amor.
»Aceptó el esposo con agrado aquel presente, aun cuando no tenia necesidad de él para no olvidar á su adorada compañera; pues ni el tiempo, ni la ausencia, ni la próspera ó adversa fortuna podrian borrar de su corazon el recuerdo eterno é indestructible que de ella conservaria mientras existiera y aun despues de la muerte. Durante la noche que precedió á la mañana fijada para la partida de Jocondo, no parecia sino que su esposa iba á quedar muerta en sus brazos ante la idea de verse sin él. El sueño huyó de sus párpados, y una hora antes de despuntar el dia, le dió su esposo el último adios. Montó á caballo y se puso en camino, dejando todavía á su mujer en el lecho.
»Aun no habia andado dos millas, cuando se acordó de la cruz que, por un olvido deplorable, habia dejado debajo de la almohada, donde la colocó al entregársela su esposa.—«¡Necio de mí! exclamaba. ¿Cómo hallaré una disculpa aceptable, para que mi mujer no vaya á creer que agradezco tan poco su inmenso amor?»—Ninguna de las excusas que buscaba en su imaginacion le parecian buenas ni aceptables: así es que se decidió á buscar la cruz olvidada, prefiriendo recogerla por sí mismo á mandar un criado ú otra persona menos interesada. Se detuvo, y dijo á su hermano:—«Sigue andando más despacio hácia Baccano, y espérame en la primera hostería que allí encuentres; porque yo he de volver forzosamente á Roma, aunque regresaré tan pronto, que espero alcanzarte en el camino. Nadie sino yo puede desempeñar la comision que me obliga á retroceder; pero no temas, que pronto seré contigo. Adiós.»—Al decir estas palabras, volvió riendas y se alejó á galope, sin permitir que le acompañara ninguno de sus criados.
»Cuando pasó nuevamente el rio, el Sol empezaba ya á disipar las sombras de la noche. Apeóse á la puerta de su casa, entró en ella, se dirigió á su lecho, y encontró en él á su mujer profundamente dormida. Descorrió del todo las cortinas sin decir una palabra, y se ofreció á su vista lo que menos esperaba: vió á su casta y fiel esposa dormida en brazos de un jóven, á quien conoció al momento; pues era un mancebo de su servidumbre, de linaje oscuro, y á quien habia criado en su casa. Si Jocondo quedó atónito y desesperado, no hay para qué decirlo: vale más suponerlo y prestar crédito al relato de otros, que verse obligado á saber por experiencia propia lo que con gran dolor de su corazon supo el engañado marido. Impelido por la cólera, tuvo intencion de sacar la espada y atravesar con ella á entrambos; pero el amor que aun sentia hácia su mujer se lo impidió bien á pesar suyo. Este mismo insensato amor (¡hasta tal extremo le tenia avasallado!) no le permitió tampoco despertarla, por ahorrarle la vergüenza de verse sorprendida por él en tan grave falta. Salió de la estancia tan silenciosamente como pudo, bajó las escaleras, montó de nuevo á caballo, y desgarrando los hijares del animal con el acicate, del mismo modo que él tenia desgarrado el corazon por el aguijon de los celos, alcanzó á su hermano antes que este hubiese llegado á la posada.
»Observaron al momento sus compañeros de viaje la alteracion de sus facciones, y conocieron que su corazon estaba oprimido por la tristeza; pero ninguno de ellos podia suponer aproximadamente la causa que la producia, ni mucho menos penetrar su secreto. Creian que se habia separado de ellos para ir á Roma, cuando donde habia ido era á Corneto[28]. Sospechaban, es cierto, que amor era el motivo de su mal; pero nadie imaginaba de qué modo tan cruel lo era. Suponia Fausto que la afliccion de su hermano procedia de haber dejado sola á su mujer, cuando, por el contrario, lo que más irritaba y ponia fuera de sí á Jocondo, era haberla encontrado demasiado acompañada. El infeliz, con el entrecejo fruncido y contraidos los lábios, no levantaba los ojos del suelo, mientras Fausto procuraba por todos los medios posibles consolarle; mas de poco le servian, por lo mismo que ignoraba la causa de su pena. De esta ignorancia resultaba, que ponia en su herida un bálsamo enteramente contrario; pues recordándole su mujer, no hacia otra cosa que aumentar su dolor, cuanto más se esforzaba en calmarlo.
»Jocondo no disfrutaba el menor reposo ni de dia ni de noche: su apetito huyó con el sueño, y su rostro, tan bello hasta entonces, experimentó tal mudanza, que no parecia el mismo. Parecia que los ojos se le habian hundido en el cerebro; que la nariz habia crecido en su descarnado semblante, quedándole ya tan poco de su pasada belleza, que en vano hubiera pretendido sostener el paralelo con la hermosura del Rey. Su dolor incesante le causó una fiebre tan molesta, que se vió obligado á detenerse algun tiempo en las orillas del Arbia y del Arno, desvaneciéndose allí los últimos restos de su belleza, cual se marchita una rosa privada de la luz del sol.
»Aun cuando Fausto se lamentaba del estado á que veia reducido á su hermano, se lamentaba mucho más de ser mirado como un impostor por aquel príncipe á quien en tan alto grado le alabara. Habíale prometido presentarle el hombre más gentil de cuántos existian, y ya no podia hacerle ver sino al más feo de todos: sin embargo, continuando su camino, lo llevó consigo hasta que llegaron á Pavía. Como no queria que el Rey le viese de improviso, exponiéndose á que le tachara de insensato, le advirtió por medio de una carta, que su hermano acababa de llegar con pocas esperanzas de vida, y que una pena cruel, acompañada de una fiebre devoradora, habian marchitado de tal modo sus facciones, que estaba desconocido.
»La llegada de Jocondo causó al Rey el mismo regocijo que la del amigo más querido; pues nada habia deseado en su vida tanto como conocerle. Regocijóse interiormente al ver que le era inferior en belleza, si bien conocia, que, á no ser por la enfermedad que le aquejaba, le seria superior, ó por lo menos igual. Le alojó en su mismo palacio, donde le visitaba diariamente, informándose á cada hora de su estado, y procuró rodearle de las mayores comodidades y ofrecerle toda clase de honores y consideraciones. Jocondo languidecia de dia en dia, pues el doloroso recuerdo de su criminal mujer, le roia incesantemente el corazon; y ni las fiestas, ni los juegos, ni la música, disminuian en lo más mínimo su acerba pena.
»Ocupaba un departamento situado en el piso superior del edificio, y antes de llegar á él habia un salon antiguo. Como le incomodaba toda distraccion y toda compañía, solia pasearse enteramente solo por dicha estancia, añadiendo continuamente nuevo peso á los abrumadores pensamientos que oprimian su corazon; y sin embargo, ¡quién lo creyera! encontró en aquel salon el remedio de su profunda herida. En uno de los ángulos de la estancia en que mayor oscuridad reinaba, porque casi nunca se abrian las ventanas, observó que el tabique no se unia bien al muro, y daba paso á un rayo de luz. Miró Jocondo por aquella rendija, y vió lo que pareceria increible á cualquiera que lo oyese referir; pero él no lo oyó decir á nadie, sino que lo vió, y á pesar de esto no podia dar crédito á sus ojos.
»Desde su extraño observatorio, descubrió por completo el retrete más secreto y más suntuoso de las habitaciones de la Reina, donde nadie podia penetrar excepto las personas de su mayor intimidad. Examinó atentamente lo que allí pasaba, y vió á la Reina abrazada estrechamente con un enano, el cual habia sido tan diestro, que consiguió dominarla y hacerse dueño de su corazon. Jocondo permaneció un largo rato atónito, estupefacto, y creyendo ser presa de un engañoso sueño; mas cuando vió que el sueño no era tal, sino una evidente realidad, no tuvo más remedio que dar crédito á sus ojos.—«¿Es posible, exclamó, que se someta de tal modo á un ser deforme y despreciable esa dama, cuyo marido es el rey más poderoso, más gentil y más amable del mundo? ¡Oh lascivia!»
»Acordóse entonces de su mujer, á quien maldecia sin cesar por haberla sorprendido concediendo sus favores á un criado jóven; y al compararla con la Reina, no pudo menos de excusar algun tanto su falta, por creer que esta no procedia enteramente de su voluntad, sino de la inclinacion de su sexo, que no puede contentarse con un solo hombre y si todas tenian alguna mancha que ocultar, á lo menos la suya no habia elegido un mónstruo.
»Al dia siguiente, volvió á la misma hora y al mismo sitio, y vió de nuevo á la Reina y al enano haciendo al Rey idéntico ultraje. Por espacio de muchos dias se repitió la fiesta; y sin embargo, la princesa, con gran sorpresa de Jocondo, se lamentaba siempre del poco amor del enano. Un dia, entre otros, observó que la Reina, turbada, impaciente y melancólica, habia mandado llamar dos veces por una de sus doncellas al enano, el cual no se presentaba. Ordenó por tercera vez que le llamaran, y la doncella entonces le dijo:—«Señora, está jugando, y por no perder un sueldo, se niega el muy bribon á acudir á vuestro llamamiento.»
»Ante tan extraño espectáculo, Jocondo recobró su perdida serenidad, y haciéndose digno de su nombre[29], se mostró contento, y trocó en risa su llanto. Con su alegría reaparecieron sus colores y sus buenas carnes, hasta el punto de parecer un ángel del Paraiso, dejando asombrados al Rey, á su hermano y á toda la corte ante tan repentina mudanza. Si el Rey deseaba oir de los lábios de Jocondo la causa de su rápida curacion, no se mostraba este menos deseoso de manifestársela, á fin de hacerle sabedor de tamaña injuria; pero como no queria que el Rey impusiese á su esposa el castigo que él habia dejado de imponer á la suya, antes de explicarle aquel misterio, le hizo jurar solemnemente que en ninguna ocasion habria de vengarse de cuanto le dijera ó le hiciera ver, ya le fuese desagradable, ó ya conociese que era una ofensa hecha directamente á la majestad de que estaba revestido; exigiéndole además la promesa de guardar silencio, con el objeto de que el culpable jamás pudiera sospechar, ni por palabras, ni por obras, que el Rey conocia su crímen. Astolfo, que podia imaginar cualquier cosa menos la de que se trataba, juró sin vacilar todo cuanto quiso Jocondo, y entonces este le reveló la causa de su prolongada enfermedad, diciéndole que procedia de haber encontrado á su infiel consorte en brazos de un humilde criado, y que sin duda habria muerto de desesperacion á no haber hallado tan pronto el remedio. Añadió que precisamente en el palacio real habia visto una cosa que mitigaba su quebranto, al considerar que si bien habia caido sobre él una grave deshonra, estaba seguro de no ser á lo menos el único deshonrado. Así diciendo, condujo al Rey á la rendija del salon, y le enseñó el horrible enano que se solazaba á sus anchas con la Reina.
»Fácilmente comprendereis, sin necesidad de que yo lo jure, la indignacion que semejante espectáculo causó á Astolfo: faltóle poco en su rabia para perder el juicio ó para estrellarse la cabeza contra las paredes. Estuvo á punto de gritar y de romper su juramento; pero preciso le fué sellar sus lábios y devorar su amargo ultraje, puesto que lo habia jurado así sobre la sagrada hostia.»
—«¿Qué debo hacer, qué me aconsejas, amigo mio, dijo á Jocondo, ya que me has privado de saciar la justa indignacion que arde en mi pecho con la más terrible y la más merecida de las venganzas?»
—«Abandonemos para siempre á nuestras ingratas mujeres, respondió Jocondo, y probemos si todas son tan fáciles de conseguir como ellas: hagamos con las mujeres ajenas lo mismo que los demás han hecho con las nuestras. Los dos somos jóvenes y dotados de tantos atractivos, que con dificultad encontraremos quien nos aventaje. ¿Habrá alguna mujer que se muestre esquiva con nosotros, cuando vemos que no resisten á las seducciones de seres abyectos y deformes? En el caso de que no nos valgan para rendirlas ni la juventud ni la belleza, apelaremos á otro atractivo más irresistible; el oro. No debemos cejar en nuestro propósito hasta haber conquistado los ópimos despojos de mil mujeres ajenas. La ausencia, la variacion de climas y de países, el trato con las damas extranjeras curarán, á no dudarlo, las penas del amor que hoy laceran nuestro corazon.»
»Astolfo halló excelente el plan de Jocondo, y no queriendo aplazar un solo momento la partida, se puso en camino á las pocas horas, acompañado solamente del caballero romano y de dos escuderos. Visitaron de incógnito la Italia, la Francia, el país de los flamencos y el de los ingleses, sin encontrar una mujer hermosa que no cediera á sus ruegos. Pagaban con liberalidad los favores que recibian, y con frecuencia se reintegraban de los dispendios hechos: muchas hermosas se ablandaron á sus súplicas; pero en cambio otras tantas les ofrecieron con instancias sus favores. Permaneciendo un mes en un país, dos en otro, adquirieron el íntimo convencimiento de que las demás mujeres no eran más fieles ni más castas que las suyas. Al cabo de algun tiempo, empezó á cansarles aquella vida agitada, aquel afan de ir siempre en busca de cosas nuevas, y sobre todo, la obligacion que se habian impuesto de cazar en cercado ajeno, exponiéndose continuamente á la muerte, y pensaron que era mucho mejor buscar una mujer de rostro y carácter agradables á entrambos, que les proporcionara en comun los placeres del amor, y de quien no tuvieran que sentir el aguijon de los celos.
—«Prefiero que seas tú más bien que cualquier otro mi compañero de amor, decia el Rey á Jocondo, por lo mismo que sé que entre todas las que componen la gran falanje femenil, no hay una sola que se contente con un hombre nada más. Bástanos con una sola para gustar los deleites amorosos, sin abusar de nuestra naturaleza, y únicamente cuando se manifiesten nuestros deseos. De este modo, no tendremos jamás disputas ni disensiones, ni creo que ella pueda quejarse; porque es indudable que si toda mujer tuviera dos maridos, les seria más fiel que á uno solo, y tal vez no habria tantas querellas entre los matrimonios.
»Jocondo aplaudió las palabras del Rey, y resueltos á llevar á cabo tal proyecto, empezaron á buscar por montes y llanuras la mujer que deseaban. Encontraron al fin lo que convenia á sus miras en la hija de un posadero español, que tenia una hostería en el puerto de Valencia, la cual era una muchacha de esbelto talle y agradable presencia, y cuyo lozano semblante anunciaba que apenas habia entrado en la florida primavera de su vida. El padre, que estaba cargado de hijos y era enemigo mortal de la pobreza, consintió fácilmente en entregar su hija á los dos caballeros, para que pudiesen llevársela donde más les agradara, puesto que le habian prometido tratarla bien.
»Lleváronse á la muchacha, y disfrutaron alternativamente de sus encantos en amor y santa paz, semejantes á los fuelles de una fragua, que soplando uno tras otro, no dejan que se apague el fuego. Proponiéndose recorrer toda la España y pasar desde ella al reino de Sifax[30], salieron de Valencia y se detuvieron el mismo dia en una posada de Játiva. Los dos amigos se dedicaron á visitar los templos, los palacios, los establecimientos públicos y las calles y plazas, siguiendo la costumbre que observaban en todas cuantas ciudades recorrian. Dejaron á la muchacha en la posada con sus demás criados, los cuales se pusieron á hacer las camas, á acomodar los caballos en las cuadras ó á preparar la cena para cuando volvieran sus señores.
»En aquella posada estaba de criado un mancebo que habia servido en otro tiempo en casa del padre de la jóven, de la cual fué amado en sus más tiernos años, y con la cual habia gustado las primicias del amor. Conociéronse al instante, pero procuraron disimularlo, por temor de que lo notaran los dos amigos; mas en cuanto se alejaron estos y vieron á los demás criados dedicados á sus quehaceres, dejaron aparte todo disimulo. El jóven preguntó á la muchacha el objeto de su viaje, y á cuál de los dos señores pertenecia: entonces Flameta (que tal era el nombre de la muchacha, así como el Griego el del jóven) le respondió, manifestándole la verdad.
—«¡Ay de mí! exclamó el Griego: cuando creí llegado el tiempo de vivir siempre contigo, Flameta mia, vas á ausentarte, y te perderé tal vez para siempre! Mis dulces designios van á convertirse en amargas penas, puesto que perteneces á otros, y te alejas tanto de mí! A fuerza de trabajos y de sudores, con lo que habia ahorrado de mis salarios y con las propinas de muchos viajeros, he logrado reunir algun dinero, y pensaba volver á Valencia para pedirte á tu padre por esposa y casarnos inmediatamente.»
»La jóven se encogió de hombros, y por toda respuesta le dijo que habia llegado demasiado tarde. El Griego empezó á llorar y á lamentarse, aunque á la verdad, con algun fingimiento.
—«¿Quieres dejarme morir así? le dijo: estréchame á lo menos entre tus brazos, y permite que desahogue en tu seno esta pena que me atormenta. ¡Seria tan dulce para mí la muerte si pudiera pasar á tu lado todos los instantes que faltan hasta tu partida!»
»La jóven, compadeciéndose de su afliccion, le respondió:
—«Puedes creer que no lo deseo menos que tú; pero no encuentro sitio ni ocasion oportuna aquí, donde nos observa tanta gente.»
»El Griego replicó:
—«Estoy seguro de que si me amaras tan solo la tercera parte de lo que yo te amo, hallarias esta misma noche la ocasion de que pudiéramos solazarnos un poco.»
—«¿Y cómo conseguirlo, repuso Flameta, si duermo todas las noches entre los dos caballeros, prodigándome cada uno alternativamente sus caricias, y teniéndome siempre alguno de ellos entre sus brazos?»
—«Ese inconveniente no debe tener importancia para tí, contestó el Griego; pues demasiado sabrias evitarlo y aun escaparte furtivamente de su lado, si quisieras, como querrás sin duda en cuanto te conmueva mi profundo dolor.»
»Flameta permaneció algunos momentos pensativa, y despues dijo al mancebo, que fuese á buscarla cuando presumiera que todos dormian en la posada, informándole minuciosamente de lo que debia hacer, tanto al reunirse con ella, como al retirarse. Siguiendo el Griego sus instrucciones, en cuanto conoció que todos estaban entregados al sueño, se dirigió á la puerta del cuarto de su amada, la empujó cuidadosamente, y se adelantó muy despacio y caminando con suma cautela. Movia los piés con toda precaucion, haciéndose firme en el de detrás, y adelantando el otro como si temiera tropezar en el vidrio ó fuera pisando huevos: con los brazos extendidos del mismo modo fué vacilando hasta dar con el lecho, en el cual se metió de cabeza con el mayor silencio por el sitio donde los otros tenian los piés. Fué deslizándose suavemente por las piernas de Flameta, que estaba echada boca arriba, y así que llegó á la altura de su rostro, la abrazó estrechamente, y permaneció con ella hasta que empezó á despuntar la aurora, gustando ansioso toda la noche de las voluptuosas delicias de su ardiente amor.
»Tanto el Rey como Jocondo habian notado aquella amorosa lucha; pero engañados por un comun error, creyó cada cual que su compañero habia sido el afortunado. Cuando el Griego hubo satisfecho sus lascivos deseos, volvió á salir del mismo modo que habia entrado, y como empezara el Sol á lanzar sus fulgurantes rayos desde el horizonte, saltó Flameta del lecho, é hizo entrar á los criados. Astolfo se dirigió á su compañero, diciéndole en tono de broma:
—«Amigo, mucho has debido caminar esta noche: tiempo es ya de que descanses, puesto que no has parado un momento.»
»Jocondo le respondió en el mismo tono:
—«¡Buena es esa! me estás diciendo lo mismo que yo iba á decirte: tú eres el que debe descansar, porque has estado cazando hasta la llegada del dia.»
—«Tambien yo hubiera deseado correr un poco, replicó el Rey, si me hubieses prestado el caballo, hasta dejar satisfecho el deseo.»
»Jocondo respondió:
—«Soy tu vasallo, y por lo tanto puedes hacer y deshacer conmigo toda clase de pactos: de consiguiente, si no te convenia observar nuestras mútuas condiciones, bastaba que me dijeras francamente: «Déjala estar».
»Tanto replicó el uno y tanto añadió el otro, que la cuestion iba agriándose por momentos. Sus palabras eran cada vez más insultantes, porque cada cual temia ser burlado por el compañero: llamaron á Flameta (que no estaba muy lejos, temerosa de que se descubriera su trama), á fin de que aclarara en presencia de ambos lo que uno y otro parecian ocultarse con sus negativas.
—«Dime, le dijo el Rey con mirada severa, y no temas que ninguno de los dos te hagamos daño alguno: ¿quién ha sido el dichoso que ha pasado toda la noche en tus brazos, sin permitir que nadie participara del mismo placer?»
»Entrambos esperaban ansiosos la respuesta, creyendo cada cual que iba á dejar al otro por embustero, cuando Flameta, temiendo por su vida al verse descubierta, se arrojó á sus plantas pidiéndoles perdon, y confesando que arrastrada por la pasion que sentia hácia su primer amante, y subyugada por la compasion que le inspiraba un corazon atormentado que habia sufrido mucho por ella, incurrió en la noche anterior en la falta, ocasion de su querella, y prosiguió refiriéndoles con todos sus detalles el ardid de que se habia valido, para que ambos creyeran que su compañero era el dichoso.
»El Rey y Jocondo estuvieron un gran rato contemplándose mútuamente, atónitos y estupefactos: hasta entonces no habia llegado á su noticia que dos hombres pudieran ser engañados de aquel modo. Acometióles despues un acceso de risa tan violento que se dejaron caer sobre la cama con la boca abierta, los ojos cerrados y pudiendo respirar apenas. Despues de haber dado rienda suelta á su hilaridad, hasta el extremo de dolerles el pecho y tener los ojos llenos de lágrimas, exclamaron:—«¿Cómo hemos de poder vigilar á nuestras mujeres á fin de que no nos engañen, si á pesar de tener á esta muchacha tan íntimamente unida á nosotros, que siempre la tocaba uno de los dos, nos ha burlado? Aunque un marido tuviera más ojos que cabellos, no podria librarse de una traicion semejante. Hemos puesto á prueba la virtud de mil mujeres, á cual más bellas, y ni una sola se nos ha resistido: podríamos hacer la misma prueba con otras mil, y de seguro que harian lo mismo que aquellas; pero debemos darnos por satisfechos con la última experiencia. Por lo tanto, estamos en el caso de creer que nuestras mujeres ni son más perversas ni menos castas que las otras, y puesto que son lo mismo que todas las de su sexo, lo mejor será volver á su lado.»
»Una vez tomada esta determinacion, hicieron que la misma Flameta llamara á su amante, y en presencia de cuantos habia en la posada, se la dieron por mujer juntamente con un buen dote. Montaron despues á caballo, y en vez de seguir su camino hacia Poniente, volvieron hácia Levante, y regresaron al lado de sus mujeres, sin inquietarse en lo sucesivo por lo que hacer pudieran.»
El posadero puso fin con estas palabras á su historia, que fué escuchada con suma atencion por los circunstantes. El Sarraceno guardó completo silencio mientras duró su relato: despues dijo:
—Estoy firmemente persuadido de que los ocultos ardides de las mujeres son innumerables, y tanto, que no bastaria todo el papel del mundo para recordar una milésima parte de ellos.
Entre los presentes, se hallaba un hombre de edad madura, de más prudencia, más juicio y más atrevimiento tambien que los demás, y no pudiendo sufrir en silencio por más tiempo que se censurara tan acerbamente á todas las mujeres, se volvió al que habia narrado la historia, y le dijo:
—Todos los dias estamos oyendo referir cosas que no encierran el menor fondo de verdad: probablemente tu fábula será una de estas. No doy crédito alguno al que te la contó, por más que en lo restante fuese tan verídico como un evangelista; pues de seguro, esa historia es hija de una falsa opinion, y no de su experiencia en asuntos femeniles. La malevolencia hácia una ó dos mujeres le obligó sin duda, á odiar y vituperar á todas las demás, traspasando los límites de la cortesía; pero si se mitiga su ira, estoy cierto de que le oirás ensalzarlas mucho más de lo que ahora las calumnia. Cuando quiera alabarlas, tendrá más ancho campo del que tuvo para hablar mal de ellas, y por una mujer infeliz, merecedora de vituperio, hallará ciento dignas de honor y de respeto. En vez de censurarlas á todas, se deberia aplaudir la bondad de infinitas; y si tu Valerio dijo lo contrario, obedeció á su despecho y no á lo que su corazon le dictaba.—Y ahora decidme: ¿Acaso hay entre vosotros alguno que haya guardado á su mujer la fidelidad debida? ¿Podreis negar que cuando os ha parecido conveniente, habeis perseguido á la mujer ajena, apelando hasta á las dádivas para conseguirla? ¿Creeis encontrar en todo el mundo un hombre que no haya obrado así? El que lo diga, miente; y el que lo crea, es un insensato.—En cambio, ¿habeis hallado alguna mujer que os ofrezca su amor, exceptuando á las mujeres públicas é infames? ¿Sabeis de alguno que no haya abandonado á su mujer, aun cuando fuese muy bella, para irse con otra, como estuviera persuadido de alcanzar en breve y fácilmente sus favores? ¿Qué haria aquel marido si le rogara ó le ofreciera alguna recompensa una mujer ó una doncella? Estoy seguro de que, por complacer á una ó á otra, nos expondríamos todos á perder la vida.—La mayor parte de las mujeres que abandonan á sus maridos tienen las más de las veces un justo motivo para hacerlo así; porque les ven despreciar el bien que les pertenece, para correr afanosos en busca del ajeno. Si quieren ser amados, preciso es que empiecen por amar y dar otro tanto de lo que reciben. Como estuviera en mis manos, habria de instituir una ley á la que nadie pudiera oponerse. Esta ley dispondria, que toda mujer sorprendida en flagrante adulterio fuese condenada á muerte, como no pudiese probar que su consorte habia cometido una vez la misma falta; pero si así lo probara, quedaria absuelta, y nada tendria que temer de su marido ni de la sociedad. Entre sus sublimes preceptos, nos ha dejado Cristo el de no hacer al prójimo lo que no se quiera para sí mismo. El mayor mal de que se puede acusar á las mujeres, y no á todas, es el de la incontinencia; pero en esta parte, ¿quién es más culpable? ¿Ellas, ó nosotros, para quienes la continencia es una cosa completamente desconocida? Y si de esta falta no se sonroja el hombre, como debiera, ¿cuánto mayor no deberia ser su sonrojo y su vergüenza cuando blasfema, cuando se entrega al robo, al fraude, á la usura, al homicidio, y á todos los peores crímenes, si es que existen otros peores, y que practican exclusivamente los hombres?
Disponíase el sincero y justo anciano á apoyar sus razones con algun ejemplo ofrecido por esas mujeres virtuosas, cuyas acciones y cuyos pensamientos fueron siempre reflejo de su castidad, cuando el Sarraceno, á quien repugnaba oir la verdad, le lanzó una mirada terrible y amenazadora. El temor obligó al buen viejo á guardar el silencio; pero no le hizo variar de opinion.
Habiendo terminado el Rey pagano la cuestion de este modo, dejó la mesa, y se tendió despues en su lecho para disfrutar algun reposo hasta la llegada de la aurora; pero invirtió la noche, más bien que en dormir, en lamentarse de la ofensa que le infiriera Doralicia. Apenas apareció el primer albor matutino, se puso en marcha con intencion de embarcarse en el rio; porque teniendo al excelente caballo de que se habia apoderado á despecho de Sacripante y de Rugiero toda la consideracion que debe tener un buen ginete, y reflexionando que por espacio de dos dias consecutivos le habia hecho galopar más de lo justo, quiso proporcionarle el descanso necesario, haciéndole entrar en una barca, considerando por otra parte que el viaje seria así más rápido. Mandó al momento á los barqueros que se alejaran de la orilla é hicieran fuerza de remos, y la embarcacion, no muy grande y poco cargada, se deslizó velozmente por el curso del Saona.
Rodomonte no se veia libre de sus abrumadores pensamientos, lo mismo por la tierra que por el agua: si iba á caballo, los llevaba á la grupa; si embarcado, se le ofrecian en la proa y en la popa del bajel. Oprimiendo alternativamente su corazon ó su cabeza, le arrebataban todo consuelo y toda esperanza de sosiego: no sabia qué partido adoptar para hallar un alivio á su afliccion al ver que sus enemigos quedaban libres é impunes, ni de quién esperar merced, puesto que los suyos eran los que le hacian la guerra: el cruel amor, que debia acudir en su socorro, era el que más tenazmente le perseguia, sin concederle tregua ni sosiego. Navegó todo aquel dia y la noche siguiente, siempre agitado por el mismo afan; nada podia borrar de su imaginacion la injuria que habia recibido de su rey y de su dama. La misma pena y dolor que sentia á caballo los sentia tambien en la nave. Las aguas que iba surcando no podian apagar el incendio que le abrasaba, ni la variacion de sitios y de paisajes era bastante á variar su triste estado. Como el enfermo que, rendido y aniquilado por una fiebre devoradora, busca nuevas posiciones en su lecho, y volviéndose tan pronto de un lado como de otro, espera encontrarse mejor, aun cuando no consigue descansar ni sobre el derecho ni el izquierdo, sintiéndose incómodo y mal de todos modos, así tampoco experimentaba el pagano alivio alguno á su dolencia ni en la tierra ni el agua.
No teniendo ya paciencia para continuar embarcado, saltó en tierra, y pasó por Lyon y Vienne; siguió desde aquí á Valence, y despues vió á Avignon con su magnífico puente. Todas estas ciudades y otras muchas, situadas entre el rio y los montes Celtíberos, estaban sometidas á Agramante y al rey de España desde el dia en que penetraron en aquellas comarcas. Corrióse Rodomonte por la izquierda hácia Aigues-Mortes, con ánimo de embarcarse lo más pronto posible para Argel, y llegó á un rio, á cuya orilla se asentaba una ciudad favorecida por Baco y Ceres, cuyos habitantes la habian abandonado, obligados á ello por las incesantes exacciones de los soldados sarracenos. Por un lado se descubria la inmensa superficie del mar; y por otro se veian ondear en los valles á impulsos del viento las doradas espigas. Descubrió allí una capilla, recientemente edificada sobre una colina, pero abandonada de los sacerdotes desde el principio de la guerra. Rodomonte la eligió para vivienda suya, por haberle agradado tanto á causa de su pintoresca situacion y de estar lejos del ruido de las armas que habian llegado á serle odiosas, que la prefirió á su reino. Renunciando á pasar al África, se alojó allí con sus escuderos, su caballo y sus equipajes. Aquel sitio estaba á pocas leguas de Montpellier, á la orilla de un rio y próximo á algunos castillos ricos y habitados, de suerte que era fácil proporcionarse lo necesario para la subsistencia.
Estando un dia el Sarraceno entregado á sus tristes pensamientos, como solia estarlo la mayor parte del tiempo, vió venir por en medio de una florida pradera á una doncella de hermoso rostro, acompañada por un monje de luenga barba: seguíales un corcel de gran talla, cargado con un bulto cubierto con un paño negro. Fácilmente habreis conocido quiénes eran la dama, el monje y lo que conducia el caballo: era Isabel, que llevaba consigo los restos de su idolatrado Zerbino. La dejé avanzando por el camino de Provenza, sirviéndole de guia y compañero el anciano venerable, que la habia persuadido á consagrar á Dios el resto de su casta vida.
Aun cuando el rostro de Isabel estaba á la sazon pálido é impregnado de melancólica tristeza, y sus cabellos desordenados; á pesar de que no cesaban de escaparse profundos suspiros de su acongojado pecho, y sus ojos estaban convertidos en dos fuentes, y se conocian en toda su persona las huellas de su dolor y sufrimiento, estas mismas circunstancias realzaban de tal modo su belleza, que el Amor y las Gracias no hubieran esquivado recrearse en ella.
En cuanto el Sarraceno vió aparecer aquella dama tan bella, sepultó en lo más recóndito de su mente el propósito de maldecir y odiar eternamente á la hermosa mitad del género humano, que es el mejor adorno del mundo, y le pareció Isabel la doncella más digna, en quien debia poner su segundo amor, borrando totalmente el recuerdo del primero, del mismo modo que un clavo saca otro clavo. Salió á su encuentro, y con el acento más dulce y el más halagüeño semblante de que supo revestirse, le hizo algunas preguntas referentes á su persona. Ella satisfizo su curiosidad ingénuamente, manifestándole que estaba determinada á dejar el mundo y sus insensatas vanidades, para atraerse la bendicion del Eterno por medio de prácticas piadosas. El orgulloso pagano, que no creia en Dios y menospreciaba toda ley y toda religion, prorumpió en una risa burlona; calificó de erróneo y poco meditado el proyecto de la jóven, y le dijo que su designio era tan censurable como el del avaro que sepulta sus riquezas, sin obtener de ellas la menor utilidad y sin provecho para los demás hombres; añadiendo, por último, que los encierros se habian hecho para los leones, los osos y las serpientes, y no para las cosas bellas é inofensivas.
El monje, que no perdia una sola de las palabras del Sarraceno, ni se separaba de la incauta jóven para acudir siempre en su socorro, apartándola del tortuoso camino del mal, como no se aparta del timon el experto navegante, quiso entonces ofrecer á entrambos en suntuosa y espléndida mesa el más delicioso manjar espiritual; pero Rodomonte, que nació con mal gusto, no bien lo hubo probado cuando lo halló desagradable; y al ver que en vano procuraba interrumpir al monje sin lograr imponerle silencio, rompió el freno á su paciencia, y se arrojó sobre él enfurecido. Mas como podria pecar de difuso si continuara hablando, daré fin aquí á mi canto, por temor de que me suceda lo mismo que le sucedió al monje por hablar demasiado.