CANTO XXX.

Orlando continúa haciendo cosas asombrosas durante su marcha.—Rugiero mata á Mandricardo.—Bradamante espera impaciente y angustiada en Montalban la llegada de su amante, que por hallarse herido se ve imposibilitado de cumplir su promesa.—Reinaldo va á socorrer al Emperador acompañado de sus hermanos.

Cuando permitimos que la impetuosa cólera venza á nuestra razon, sin oponer resistencia alguna, y nos dejamos arrastrar por los impulsos de un insensato furor, hasta el extremo de que nuestra lengua ó manos no respeten á nuestros amigos, de poco nos sirven luego los lamentos y los suspiros, pues no consiguen borrar nuestra falta. ¡Necio de mí! En vano será que me aflija y me arrepienta de cuanto dije, obedeciendo á un irascible arrebato, al terminar el canto anterior. Soy semejante á un enfermo, que despues de agotar su paciencia y su sufrimiento, para resistir al dolor, si cree que este no tiene ya remedio, se abandona á la desesperacion y prorrumpe en horribles blasfemias; pero en cuanto llega á calmarse, van cediendo poco á poco los impulsos de la cólera que habian desatado su lengua de un modo tan reprensible, y entonces reconoce su falta, y se acusa y se arrepiente de haberla cometido; mas ya no le es posible retirar las inícuas palabras proferidas.

¡Oh mujeres virtuosas! De vuestra inextinguible bondad espero el perdon que humilde os imploro. ¿No es cierto que disculpareis mi delirante frenesí, al confesarme vencido por una pasion contrariada? Preciso es que culpeis á aquella cuyos rigores me tienen en un estado cual no puede haber peor, y que me obliga á decir lo que tanto me pesa despues. Bien sabe Dios cuán poca razon la asiste; y harto conoce ella mi acendrado amor.

No estoy menos fuera de mí de lo que Orlando estaba, ni soy menos digno de lástima que el desgraciado Paladin, el cual vagando por montes ó llanuras recorrió una gran parte del reino de Marsilio, arrastrando por espacio de muchos dias el cadáver de la yegua, sin abandonarlo un momento; pero al fin se vió precisado á dejarlo á la orilla de un rio que desembocaba en el mar: él se arrojó al agua, y sabiendo nadar como una anguila, salió en breve á la orilla opuesta, donde encontró á un pastor que se encaminaba hácia el rio para abrevar en él al caballo en que iba montado: aunque el pastor vió á Orlando corriendo hácia él, no creyó necesario retroceder al observar que iba solo y desnudo.

—Quisiera hacer un cambio con mi yegua y tu caballo, le dijo el loco. Te la enseñaré desde aquí, si quieres, pues la he dejado en la otra orilla: verdad es, que está muerta; más para mí no tiene otro defecto, y luego tú le podrás dar alguna medicina. Como me gusta tu caballo, espero que me hagas el favor de apearte de él, y aceptar el cambio que te propongo, dándome algo encima.

El pastor, por toda respuesta, echóse á reir, se apartó del loco y continuó su camino hácia el vado.

—Yo quiero tu caballo: ¿no me oyes?—repuso Orlando; y siguió encolerizado tras el pastor. Llevaba este un palo grueso y lleno de nudos, con el cual dió un golpe al Paladin. La rabia y el furor que de Orlando se apoderaron entonces fueron tales, que, más terrible que nunca, descargó un terrible puñetazo en la cabeza del pastor, haciéndole pedazos el cráneo y tendiéndole muerto á sus piés. Montó en seguida á caballo, y continuó recorriendo diferentes caminos, señalando su paso con los lamentables efectos de su locura, sin dar al animal descanso ni alimento alguno, de suerte que en pocos dias murió como el otro. No por esto quiso el Conde resignarse á caminar á pié, ni á carecer de cabalgaduras, por lo cual fué apoderándose de cuantas encontraba, despues de matar á sus dueños.

Llegó por fin á Málaga, en cuya ciudad hizo más daños que cuantos hasta entonces habia cometido; pues además de saquear toda la poblacion, en términos de no bastar dos años para reponerse de sus pérdidas, mató tan gran número de habitantes y arrasó ó incendió tantas casas, que destruyó la tercera parte del país. Saliendo de allí, pasó á otra ciudad llamada Algeciras, situada en el estrecho de Gibraltar ó Gibelterra, pues con ambos nombres se le designa; y al llegar á ella vió que se apartaba de la playa una barca llena de bulliciosos jóvenes, que iban á solazarse paseando embarcados por aquellas ondas tranquilas y oreadas por las frescas auras matutinas. Deseando el loco participar de aquel esparcimiento, empezó á gritar:—«Esperad, esperad;» pero sus gritos fueron de todo punto inútiles, porque nadie carga voluntariamente su buque con una mercancía semejante. El esquife seguia cortando las aguas con una rapidez igual á la de la golondrina cuando hiende el espacio: Orlando entonces hostigó á su caballo, y le impelió hácia el mar pegándole con una vara. En vano se encabritó y resistió el corcel cuanto le fué posible: al fin no tuvo más remedio que entrar en el agua metiendo poco á poco las patas, luego el vientre y la grupa, y el cuello despues, hasta que apenas se le distinguia en la superficie: no podia ya retroceder á la orilla, mientras sintiera entre sus orejas la amenazadora vara: no le quedaba al desgraciado más alternativa que la de ahogarse en el camino, ó atravesar á nado el estrecho hasta las playas africanas.

Ya habia perdido Orlando de vista la tierra y la barca que le hiciera abandonar la enjuta playa, pues una y otra estaban muy lejanas, y las elevadas y movibles ondas las ocultaban á sus miradas, á pesar de lo cual seguia excitando á su caballo, dispuesto á atravesar el mar de una á otra costa; mas el corcel, lleno de agua y vacío de alma, dejó de vivir y de nadar á un tiempo mismo, yéndose al fondo, donde habria precipitado á su ginete, si Orlando no tuviera los brazos fuera del mar. El Paladin empezó á agitar las piernas y las manos, sosteniéndose á flor de agua, y apartando con sus vigorosos resoplidos las olas que iban á estrellarse en su rostro. El aire era muy suave y el mar estaba tranquilo: harto necesitaba el Paladin de aquella tregua que los elementos le concedian; pues á poco que el primero hubiese agitado al segundo, probablemente habria perecido sepultado en el abismo; mas la Fortuna, protectora de los locos, le hizo arribar á una playa situada á unos dos tiros de flecha de las murallas de Ceuta. Durante algunos dias fué recorriendo á la ventura y con su ordinaria rapidez toda la costa en direccion de Levante, hasta que se encontró con un innumerable ejército de guerreros moros formado en la playa.

Dejemos al Paladin vagando errante, pues ya tendremos tiempo de volver á ocuparnos de él. En cuanto á lo que fué de Angélica despues de haberse librado tan oportunamente de las manos del Conde y de proporcionarse un buen bajel, que con un tiempo bonancible la transportó á su patria, en donde dió á Medoro el cetro de la India, tal vez lo cantará otro con mejor plectro que yo. Por lo que á mí hace, tengo tantas otras cosas que referiros, que no pienso tratar ya de esta.

Necesito pulsar las cuerdas de mi lira cantando los hechos del Tártaro, el cual, una vez ahuyentado su rival, disfrutaba contento de la posesion de la mujer más encantadora que existia en Europa desde que partió Angélica y subió al cielo la casta Isabel. Pero el altanero Mandricardo no pudo gozar por mucho tiempo de los deleites que le ofrecia la predileccion demostrada hácia él por Doralicia, porque aun tenia dos contiendas pendientes: la una con el jóven Rugiero, que no le cedia el águila blanca; y la otra con el famoso rey de Sericania, que pretendia arrebatarle la espada Durindana. Agramante y Marsilio se esforzaban inútilmente por hacerles llegar á un acomodo; pero lejos de lograr de ellos que renovaran su antigua amistad, no podian siquiera conseguir que Rugiero cediese á Mandricardo el escudo del héroe troyano, ni que Gradasso renunciara á sus pretensiones sobre la famosa espada: el primero estaba decidido á impedir que el Tártaro se sirviera de su escudo en una nueva lid, y el segundo se negaba asimismo á consentir que hiciese uso del acero tan gloriosamente manejado por Orlando, como no fuera combatiendo con él. Al fin dijo Agramante:

—Basta ya: la fortuna decidirá esta cuestion: sometámonos á ella y aceptemos lo que prefiera. Y si deseais complacerme y merecer mi gratitud eterna, echad suertes para saber quién de los dos debe combatir el primero; mas con la condicion de que el favorecido se encargará de sostener ambas contiendas, de suerte que al ganar su causa, ganará tambien la de su compañero, y si la pierde, se entenderá que ha perdido por los dos. Poca ó ninguna diferencia creo que haya entre el valor de Rugiero y el de Gradasso, y estoy persuadido de que cualquiera de los dos á quien designe la suerte, enaltecerá el lustre de sus armas. La victoria recaerá despues en quien disponga la divina Providencia: y el vencido no será objeto de censura, porque todo se atribuirá á la veleidosa fortuna.

Rugiero y Gradasso escucharon en silencio la proposicion de Agramante, y convinieron despues en que cualquiera de ellos que fuese designado, deberia sostener sus respectivas contiendas. Escribieron en seguida sus nombres en dos papeletas de igual forma y tamaño, las echaron en una urna que agitaron algun tiempo, y luego un niño metió la mano en ella, sacando uno de los dos billetes, el cual contenia el nombre de Rugiero, quedando por lo tanto dentro el del Sericanio. No es posible decir la alegría que sintió Rugiero al oir su nombre, ni el dolor que su mala suerte causó á Gradasso; mas le era fuerza someterse á los designios del cielo. Desde el mismo momento cifró todo su conato en ayudar y favorecer á Rugiero, dándole uno por uno todos los consejos que le suministraba su experiencia, ya diciéndole el modo de cubrirse con el escudo ó de parar los golpes con la espada, ya designándole cuáles debian ser los ataques falsos y cuáles los seguros, y ya tambien en qué casos era conveniente aventurar un golpe ó abstenerse de darlo.

Pasó el resto de aquel dia aconsejándole, mientras los amigos de Mandricardo hacian lo mismo con respecto á este, segun era uso y costumbre. El pueblo, ávido de presenciar la lucha, se agolpó presuroso en torno del palenque, y no contentos muchos con tomar puesto desde antes del amanecer, pasaron en él toda la noche. Aquella muchedumbre insensata gozaba de antemano con la pelea de dos valerosos caballeros; pues como siempre acontece al populacho, no comprendia ni veia más allá de lo que tenia delante de los ojos; pero Sobrino, Marsilio y otros jefes más expertos y prudentes, que sabian distinguir entre lo útil y lo perjudicial, censuraron ágriamente aquella lucha, y sobre todo á Agramante, porque toleraba que se llevase á cabo. No cesaban de recordarle los graves perjuicios que causaria al ejército sarraceno la muerte de Rugiero ó del Tártaro, cualquiera que fuese el designado por su mala estrella, asegurándole que más necesidad tendrian de uno solo de los dos guerreros para hacer frente á los soldados del hijo de Pepino, que de otros diez mil mahometanos, entre los cuales costaria trabajo encontrar uno bueno. Harto conoció el rey Agramante la razon que asistia á los que así le aconsejaban; pero ya era tarde para retirar su consentimiento. Suplicó, no obstante, á Mandricardo y á Rugiero que le devolviesen la palabra empeñada, con tanto mayor motivo, cuanto que su querella no tenia importancia alguna, y por lo mismo, no era digna de que empuñasen las armas para resolverla; añadiéndoles que, si á pesar de estas reflexiones se negaban á complacerle, debian por lo menos diferir la lucha por cinco ó seis meses, más ó menos, hasta el momento en que consiguieran arrojar á Cárlos de sus estados, despojándole del cetro, de la corona y del manto. Aun cuando tanto uno como otro deseaban ardientemente obedecer á su rey, los dos permanecieron inflexibles, temiendo el baldon que recaeria sobre el primero que accediese á ajustar la tregua propuesta por Agramante.

La hermosa hija de Estordilano unió sus ruegos á los del Rey, esforzándose con la mayor vehemencia en aplacar la furia de su amante, y gastando inútilmente sus palabras, sus súplicas, sus lamentos y sus lágrimas. Le rogaba que consintiera en lo propuesto por el monarca africano, y que quisiera lo que todo el ejército queria, y se lamentaba de que su tenacidad la hacia arrastrar una existencia llena de angustia y de zozobras.

—¡Triste de mí! exclamaba: ¿cómo he de hallar remedio á mi constante inquietud, si siempre os veo dispuesto á vestir la armadura y empuñar la espada contra unos ú otros? ¿Qué consuelo puede haber proporcionado á mi afligido corazon el gozo de ver terminada la querella que por mí se suscitó entre vos y Rodomonte, si va á estallar el incendio de otra más terrible? ¡Ay de mí! ¡Cuán necia fuí en mostrarme orgullosa al ver que un rey tan digno, un caballero tan fuerte, exponia su vida en peligrosa y sangrienta lid por alcanzar mi posesion, cuando hoy le veo arrostrar la misma suerte por un motivo tan frívolo! ¡La ferocidad innata en vuestro corazon fué la que entonces os inspiró, y no el amor que por mí sintierais! Pero si es verdad que vuestro amor sea tan grande como habeis pretendido manifestarme siempre, por él os ruego, y por el insufrible martirio que me lacera el alma y me despedaza el corazon, que no os cuideis de si Rugiero ostenta todavía en su escudo el águila blanca; pues no se me alcanza el perjuicio ó la utilidad que podeis reportar de que se desprenda de tal enseña ó que continúe usándola. De la batalla que estais dispuestos á llevar á cabo, no puede resultar ninguna ventaja, y sí un inmenso daño. Suponiendo que despues de mucho trabajo arranqueis el águila á Rugiero, ¿qué recompensa esperais obtener? En cambio, si os vuelve el rostro la Fortuna, á la que no teneis por cierto asida de su cabello, causareis un daño tan enorme, que solo al pensar en él siento que el corazon se me parte de dolor. Si teneis en tan poco la vida, que no vacilais en exponerla por un águila pintada, deberíais apreciarla, aunque solo fuera porque vuestra vida es la mia; porque no se extinguirá la una sin que se extinga la otra, y porque, como no me será doloroso morir con vos, estoy dispuesta á seguiros en muerte lo mismo que en vida os he seguido; pero no quisiera que mis últimos momentos fueran tan amargos como lo serán si pereceis antes que yo.

Con estas y semejantes palabras, acompañadas de lágrimas y suspiros, no cesó Doralicia en toda la noche de incitar á su amante á la paz. Mandricardo, aspirando el dulce llanto que brotaba de los húmedos ojos de la jóven, así como las enamoradas quejas que exhalaban aquellos lábios más encendidos que la rosa, respondió, dando á su vez libre paso á las lágrimas:

—Por piedad, vida mia, no os atormenteis así por una cosa tan insignificante; pues aunque Carlomagno y el rey de África con sus ejércitos de sarracenos y franceses reunidos desplegasen sus banderas en contra mia, no deberíais abrigar el más ligero temor. En poco estimais mi esfuerzo y mi denuedo si un solo Rugiero os hace temblar por mi suerte. ¿Habeis olvidado, por ventura, que solo, sin espada ni cimitarra, y sin tener más armas que el asta de una lanza, me abrí paso á través de una multitud de guerreros armados? Aunque con vergüenza y dolor, no tiene Gradasso inconveniente en referir á cuantos se lo preguntan, que le retuve cautivo en uno de mis castillos de Siria. Y sin embargo, la fama de Gradasso aventaja á la de Rugiero. Tampoco niega este mismo rey, ni vuestro Isolier, ni el rey circasiano Sacripante, ni los famosos Grifon y Aquilante, ni otros cien guerreros, así moros como cristianos hechos prisioneros el dia anterior, que únicamente á mí debieron su libertad. Aun no ha cesado el asombro que les causó la extraordinaria hazaña que llevé á cabo aquel dia, mucho mayor de lo que pudiera serlo la destruccion del ejército moro y del cristiano por mi solo esfuerzo. ¿Y ahora podrá Rugiero, jóven inexperto, causarme algun daño ó la menor afrenta, luchando conmigo frente á frente? ¿Y ahora que poseo á Durindana y la armadura de Héctor, ha de infundirme miedo ese Rugiero? ¡Ah! ¿Por qué me habeis impedido demostrar si yo era capaz de obtener vuestra posesion por medio de las armas? Si así hubiera sido, estoy seguro de que conoceríais mi valor lo bastante para prever el fin que le espera á Rugiero. Enjugad, por Dios, esas lágrimas: no me hagais tan tristes presagios, y estad persuadida de que mi honor, y no el águila pintada en un escudo, es el que me obliga á batirme mañana.

En estos términos se expresó el Tártaro; pero su tristísima amada opuso tales razonamientos á los suyos, que no solo eran capaces de hacerle mudar de propósito, sino tambien de conmover á una roca. Iba ya á vencer su resistencia, por más que solo pudiera oponer sus débiles atavíos mujeriles á la armadura de Mandricardo, y ya le habia arrancado la promesa de complacerla en el caso de que el Rey volviera á hablar de nuevo acuerdo, como indudablemente lo habria hecho; pero tan pronto como brilló la risueña aurora, precursora del Sol, el animoso Rugiero, deseoso de demostrar á los ojos de todos que llevaba el águila con justo derecho, y por no oir hablar más de treguas ni de aplazamientos, cuando lo que anhelaba era abreviar la lucha, se presentó haciendo resonar su trompa en el palenque, en cuya estacada se agolpaba una numerosa muchedumbre.

No bien llegó á los oidos del orgulloso Tártaro el arrogante sonido que le retaba á singular batalla, cuando saltó del lecho negándose á escuchar una palabra más de paz, y pidió sus armas, con tan terrible aspecto, que la misma Doralicia no se atrevió á insistir en sus súplicas, dando ya por inevitable la pelea. Mandricardo se armó apresuradamente, esperando con la mayor impaciencia que sus escuderos concluyeran de servirle; saltó en seguida sobre el excelente corcel que perteneció en otro tiempo al bravo defensor de París, y partió á escape hácia el terreno elegido para terminar con las armas en la mano la contienda, llegando á él al mismo tiempo que el monarca; de suerte que no se hizo esperar mucho la señal del ataque.

Colocaron á los dos adversarios sus lucientes yelmos en la cabeza, les entregaron sus respectivas lanzas, y el agudo sonido de los clarines, que resonó acto contínuo, demudó los semblantes de mil espectadores. Los caballeros pusieron la lanza en ristre; clavaron los acicates en los hijares de sus corceles, y se acometieron con tal ímpetu, que no parecia sino que el Cielo iba á hundirse y á abrirse la Tierra.

Por una y otra parte se veia acudir la blanca ave que sostiene á Jove por la region del aire, como todavía se la ve volar por la Tesalia, si bien con distinto plumaje. Al verles blandir sus macizas entenas, se conocia la nobleza y ardimiento de uno y otro campeon, y mucho más al verles resistir ese choque terrible, tan vigorosamente como las torres resisten el huracan, ó los escollos á los furiosos embates de las olas. Las lanzas volaron hechas pedazos hasta el Cielo, y segun afirma Turpin, verídico en este punto, dos ó tres de aquellos fragmentos volvieron á caer en la Tierra encendidos, por haber penetrado en la esfera del fuego.

Los caballeros desnudaron inmediatamente sus espadas, y sin que su corazon diera cabida al más mínimo temor, volvieron á acometerse, dirigiendo cada uno la punta de su acero al rostro de su adversario. Hiriéronse en la visera al primer encuentro; y aun cuando ambos intentaban derribarse mútuamente, no quisieron matar los caballos, lo cual fuera una cosa censurable, porque los pobres animales no tienen la culpa de las luchas de sus señores. El que suponga que habian convenido de antemano en respetar la vida de sus corceles, ignora la costumbre antigua y se equivoca mucho; porque sin necesidad de pacto alguno, se consideraba como un acto vergonzoso y digno de vilipendio el de herir al caballo del enemigo. Hiriéronse en las viseras, que, á pesar de ser muy dobles, apenas resistieron la violencia del golpe: estos se renovaban sin cesar, cayendo sobre las armaduras más espesos que el granizo cuando destroza las ramas, las hojas, los frutos y destruye las codiciadas mieses. Ya sabeis si Durindana y Balisarda tenian buen temple, y lo que valian manejadas por tales manos.

Mas aun no se habian dado ningun golpe digno de su brazo: ¡tan sobre aviso estaban uno y otro! Mandricardo fué el primero en causar daño á su enemigo, poniendo á Rugiero á punto de perecer. Uno de esos mandobles tremendos que solo aquellos campeones sabian dar, partió por la mitad el escudo de Rugiero, le abrió la coraza é hizo penetrar el cruel acero hasta la carne viva. Aquella terrible sacudida heló de espanto á los circunstantes, temerosos de la suerte de Rugiero, hácia quien se mostraban favorablemente dispuestos todos ó la mayor parte de ellos; y si la Fortuna se mostrara propicia á los deseos de la mayoria, ya hubiera sido muerto ó aprisionado Mandricardo: hé aquí la causa de que aquel golpe alcanzara á todos los presentes. Yo creo que algun ángel se interpuso para salvar entonces al caballero.

Rugiero, más terrible que nunca, correspondió dignamente y sin demora á tan cruel acometida, descargando otro golpe más violento con su espada en la cabeza del Tártaro; pero su impetuosa cólera le hizo obrar con demasiada precipitacion, por lo cual le disculpo si entonces no hirió de corte á su adversario. Si Balisarda le hubiera alcanzado de filo, de nada habria servido el yelmo de Héctor, á pesar de estar encantado. Tan aturdido dejó aquel golpe á Mandricardo, que se le escapó la brida de la mano, y osciló tres veces en la silla, próximo á caer de cabeza, mientras iba corriendo al rededor del palenque aquel Brida-de-oro; cuyo nombre ya conoceis, que soportaba mal de su grado el peso de su nuevo señor. La serpiente que se siente pisada ó el leon herido, no sienten una cólera y un furor semejantes al del Tártaro en cuanto se rehizo del golpe que le habia privado de sentido: á medida que crecian su ira y su despecho, crecian tambien su fuerza y su valor. Hizo dar á Brida-de-oro un salto hácia Rugiero, levantó la espada, empinóse en los estribos, y dirigiendo el tajo al almete, creyó rajarle aquella vez desde la cabeza al pecho; pero Rugiero fué más diligente, porque aprovechando el momento en que su enemigo tenia el brazo levantado para herirle, le introdujo la punta de su cortante espada en el sobaco derecho, defendido tan solo por la cota de malla; hizo en esta un gran boquete, y retiró de nuevo su Balisarda teñida en roja y humeante sangre. De este modo impidió que Durindana cayera impetuosa sobre él con inminente riesgo de su vida; mas no pudo evitar por completo el golpe, que le obligó á caer sobre la grupa con los ojos cerrados por el dolor: si el yelmo de Rugiero hubiera sido de peor temple, aquella cuchillada habria dejado eterna memoria de sus funestos efectos.

Incansable Rugiero, atacó otra vez á Mandricardo, alcanzándole con su acero en el costado derecho: de nada sirvió la escogida calidad del metal, ni lo perfecto de su temple, contra aquella espada que jamás caia en vano; pues estaba encantada con el único objeto de que no pudieran resistirle ni las corazas, ni las mallas encantadas. Rajó cuanto encontró á su paso, y causó una nueva herida en el costado del Tártaro, el cual prorumpió en blasfemias contra el Cielo, manifestándose tan furiosamente irritado, que el tempestuoso mar es menos pavoroso. Para hacer un esfuerzo supremo y decisivo, arrojó lejos de sí el escudo azul en que campeaba el águila blanca, y empuñó el acero con ambas manos.

—¡Ah! exclamó Rugiero: basta esta accion para probar que eres indigno de llevar esa enseña: la abandonas ahora y antes la cortaste; ya no podrás sostener que te es necesaria.

Al decir estas palabras, sintió caer á Durindana sobre su cabeza con tanta furia, que le habria parecido menor el peso de una montaña. El acero le partió por medio la visera, y fué una suerte para él que se hallase separada del rostro: desde allí bajó hasta el arzon, que á pesar de estar forrado con dos chapas de hierro no opuso resistencia; y llegó al fin al arnés, abriéndole cual si fuese de cera, juntamente con la mantilla que le cubria, é hirió tan gravemente á Rugiero en un muslo que su curacion fué despues larga y penosa.

Dos regueros de sangre teñian ya las armas de ambos combatientes: los circunstantes no podian calcular quién llevaba la mejor parte en aquella lucha. Pero Rugiero disipó pronto esta duda por medio de su espada, tan funesta para muchos; pues esgrimiéndola de punta, la dirigió hácia el sitio que el Tártaro dejó en descubierto despues de haber arrojado su escudo. El acero atravesó la coraza por el lado izquierdo, en donde penetró más de un palmo, abriéndose paso hasta el corazon; por lo cual Mandricardo tuvo que renunciar á sus pretendidos derechos sobre el águila blanca y sobre la famosa espada de Orlando, renunciando al mismo tiempo á su vida, que le era mucho más preciosa que la espada ó el escudo. Pero no expiró sin venganza: en el momento en que recibia el golpe mortal, descargó precipitadamente la espada, que tan sin derecho estaba en su poder, sobre Rugiero, al cual habria partido la cabeza, si este jóven guerrero no le hubiese privado antes de su fuerza y debilitado su vigor. Sin embargo, Mandricardo pudo herir á Rugiero en el momento mismo en que este le arrancaba la vida, rompiendo con su Durindana un círculo de hierro bastante grueso y una cofia de acero: la espada del Tártaro desgarró la piel y traspasó los huesos, penetrando más de dos dedos en la cabeza del amante de Bradamante que cayó aturdido en la arena, vertiendo un rio de sangre por su herida. Rugiero fué el primero en medir el suelo: su adversario tardó aun algunos instantes en caer, por lo cual creyeron todos los circunstantes que Mandricardo era el vencedor; y hasta la misma Doralicia, que todo aquel dia habia pasado por mil distintas alternativas de afliccion y alegría, participó del error comun, y elevó las manos al Cielo en accion de gracias al Eterno por que hubiese tenido tal término la pelea. Pero cuando por algunas señales harto manifiestas apareció vivo el que vivia y sin vida el muerto, sustituyó la satisfaccion á la tristeza en el pecho de los amigos de Rugiero.

El Rey, los príncipes y los caballeros más nobles corrieron á abrazar al jóven héroe, que se levantaba penosamente, y le felicitaron ensalzando su victoria hasta lo infinito: todos se alegraban del triunfo de Rugiero, expresando sus lábios lo que su corazon sentia, menos Gradasso que pensaba de un modo muy diferente de como se expresaba, y si en su rostro se veia retratado un fingido gozo, envidiaba en su interior tan gloriosa victoria, y maldecia el destino ó la casualidad que hizo salir de la urna el nombre de Rugiero.

¿Cómo podré describir los plácemes y los innumerables agasajos, llenos de cariño y sinceridad, que el monarca africano prodigó aquel dia á Rugiero, sin cuyo auxilio no habia querido desplegar al viento su banderas, ni salir de África, ni arrostrar los azares de la guerra, á pesar de las numerosas huestes con que contaba? Pero despues de haber dado muerte al hijo del rey Agrican, tenia á su vencedor en más que á todos los guerreros del mundo reunidos. Y no eran solamente los hombres los que celebraban á porfía la intrepidez de Rugiero, sino tambien las hermosas damas que habian acudido al territorio franco desde África y España con los ejércitos sarracenos: hasta la misma Doralicia, que, bañada en llanto, se dolia de su afliccion junto al helado cadáver de su amante, hubiera tal vez imitado á las demás, si no la contuviera la vergüenza. Esto lo supongo, más no lo afirmo, aun cuando es muy posible; porque además de que la belleza, los méritos, el noble aspecto y los atractivos de Rugiero rendian todos los corazones, sabemos por experiencia que Doralicia era tan veleidosa, que por no verse privada de amor, habria fijado sin dificultad su pensamiento en el jóven guerrero. Mandricardo le convenia mientras estaba vivo; pero ¿qué habia de hacer de él despues de muerto? Forzoso seria sustituirle con otro amante apuesto, vigoroso y dispuesto á calmar el ardor de sus deseos.

En el ínterin habia llegado con presteza el médico más hábil de la corte, el cual, despues de examinar todas las heridas de Rugiero, declaró que no eran mortales. Agramante hizo llevar á su tienda al herido, deseando tenerle á su lado dia y noche para demostrarle su afecto y sus solícitos cuidados. Suspendió por su propia mano á la cabecera de su lecho, el escudo y todas las armas que fueron de Mandricardo, excepto Durindana, que entregó al rey de Sericania. Juntamente con dichas armas puso á disposicion de Rugiero á Brida-de-oro, aquel arrogante corcel que Orlando abandonara al ser acometido por su delirante furor. Rugiero, deseoso de ofrecer al afectuoso monarca un obsequio que no podia menos de serle grato, le regaló este mismo caballo. Pero cesemos por ahora de hablar del héroe, y volvamos á ocuparnos de quien por él gime y suspira en vano. Fuerza me será describir los amorosos tormentos que aquella prolongada expectativa hacia sufrir á Bradamante.

Al regresar Hipalca á Montalban, se apresuró á comunicar á la jóven las noticias que con tan viva impaciencia esperaba, refiriéndole primeramente cuanto le sucedió con Rodomonte por causa de Frontino; despues le manifestó cómo habia encontrado á Rugiero en la fuente con Riciardeto y los hermanos de Agrismonte, y cómo se alejó en compañía del jóven guerrero con la esperanza de encontrar al Sarraceno y castigarle por la felonía que habia cometido con una dama al apoderarse del corcel que llevaba: añadióle que se habia frustrado su designio por haberse marchado Rodomonte por otro camino, y le dió cuenta por último de la causa que impedia á Rugiero ir á Montalban, sin olvidar ninguna de las palabras que en su descargo le habia encomendado el jóven que trasmitiera á Bradamante. Despues se sacó del seno la carta que para ella le habia dado su amante, y se la entregó.

Bradamante, con rostro más bien turbado que sereno, leyó aquella carta, que le habria satisfecho mucho más, si no estuviese de antemano consentida en ver á Rugiero. El temor, el despecho y la tristeza que le causó la recepcion de una simple misiva, en vez del amante á quien esperaba, turbaron la serena tranquilidad de su rostro, á pesar de lo cual besó cien y cien veces la carta, dirigiendo su corazon al que la habia escrito. Sus ardientes suspiros habrian abrasado aquel papel, á no haberlo impedido las lágrimas que sobre él derramó. Leyó cinco ó seis veces su contenido, é hizo que Hipalca le repitiera otras tantas todos los detalles de su entrevista con Rugiero. Las lágrimas no la abandonaban un momento, y es de creer que no hubiera tenido término su llanto, si no lo calmara la esperanza y el consuelo de ver pronto á su amado. Este habia prometido ir á Montalban en el término de quince á veinte dias, y así se lo habia asegurado á Hipalca, jurándole que no dejaria de cumplir su promesa.

—¿Y quién me asegurará, exclamaba Bradamante, que no le puede sobrevenir alguno de esos accidentes que ocurren en todas partes, y mucho más en medio de los azares de la guerra, y le aparte tanto de su propósito que le impida para siempre su regreso? ¡Ay de mí! Rugiero, ¡ay de mí! ¿Quién podria creer que amándote yo más que á mí misma, no tuvieras reparo en sacrificar mi amor por dedicarlo á tus enemigos más irreconciliables? Das tu generosa ayuda á los mismos que debieras oprimir: y en cambio oprimes á los que debes auxiliar. Al ver que tan ciegamente premias ó castigas, dudo si es baldon ó es alabanza lo que crees merecer. Tu padre fué inmolado por Trojano; debes saberlo, porque hasta las piedras tienen noticia de esta muerte; y tú, sin embargo, procuras que el hijo de Trojano no tenga que sufrir daño ni deshonra. ¿Es así como vengas á tu padre, Rugiero? ¿Toda la recompensa que á tus ojos merecen los que le han vengado, consiste en hacerme morir de pena y de dolor, á mí, que soy de la misma sangre de sus vengadores?

Tales reconvenciones dirigia la afligida Bradamante, no una, sino muchas veces, á su ausente Rugiero, con voz ahogada por su llanto. Hipalca procuraba consolarla, asegurándole que el guerrero guardaria eternamente sus juramentos, y aconsejándole que le esperase, ya que no podia hacer otra cosa, hasta el dia fijado por él mismo para su regreso. Las consoladoras palabras de Hipalca, y la esperanza que jamás abandona á los amantes, lograron calmar el temor, el llanto y la afliccion de Bradamante. Decidiose, pues, á permanecer en Montalban hasta que terminara el plazo designado por Rugiero y tan mal observado por él, aunque si faltó á su promesa, no tuvo por cierto la culpa; pues juguete de acontecimientos diversos, se vió obligado á aplazar el término pactado. Por otra parte, sus heridas exigieron que yaciese más de un mes tendido en el lecho á las puertas de la muerte: tanto fué lo que se agravaron despues de su lucha con el Tártaro.

La enamorada jóven le esperó ansiosa é inútilmente todo el dia, sin tener otras noticias de Rugiero que las suministradas por Hipalca y despues por su hermano, que le dió cuenta del desinteresado auxilio que le prestó el jóven y de la libertad devuelta por él á Malagigo y Viviano. Estas noticias, en extremo gratas para su corazon, produjeron en él cierta amargura. Riciardeto le habia ponderado el gran valor y la belleza de Marfisa, y le habia añadido que Rugiero se marchó en su compañía, diciendo que debian dirigirse á auxiliar á Agramante, acorralado y sin fuerzas para sostenerse ya en su campamento. Bradamante aprobó que Rugiero fuera tan dignamente acompañado; pero ni pudo aplaudirlo ni alegrarse, por lo mismo que oprimia su pecho una cruel sospecha. Si Marfisa era tan bella como pregonaba la fama, y hasta aquel dia habian viajado siempre juntos, seria un milagro que Rugiero no la amase ya. Desechaba despues esta idea, y esperaba y temia al mismo tiempo, aguardando con zozobra el dia que debia hacerla dichosa ó desventurada, sin alejarse un solo momento de Montalban.

Sucedió por entonces que el Señor del castillo, el primero de sus hermanos (no por la edad, pues habia dos mayores que él, sino por su ilustre fama), Reinaldo, en fin, cuya gloria y esplendor se reflejaban en su familia como los rayos del Sol en las estrellas, llegó un dia al castillo á la hora de nona[34], no llevando más que un paje en su compañía. La causa de su venida consistió en que, al regresar un dia desde Brava á Paris, camino que, segun he dicho, recorria con frecuencia por ver si lograba dar con las huellas de Angélica, llegó á sus oidos la fatal noticia de que Malagigo y Viviano iban á ser entregados al de Maguncia, por lo cual se encaminó á Agrismonte. Allí supo que se habian salvado con la destruccion y muerte de todos sus adversarios; que á Marfisa y Rugiero se debia tan heróica y humanitaria accion, y que sus hermanos y primos estaban ya de vuelta en Montalban. Impaciente entonces por estrecharlos contra su pecho, le parecia un año cada hora que pasaba sin verlos, y voló hácia el castillo, donde tuvo el placer de abrazar á su madre, su mujer, sus hijos y sus hermanos, así como á los primos que habian gemido hasta entonces en la cautividad, asemejándose, cuando se vió rodeado de todos sus parientes, á la golondrina que regresa al nido de sus hambrientos hijuelos llevándoles el alimento en el pico.

Regreso de Reinaldo á su castillo.
(Canto XXX.)

Habiendo descansado un dia ó dos en el castillo paterno, se ausentó de nuevo haciendo que le acompañaran sus hermanos Riciardo, Alardo, Riciardeto y Guiciardo el mayor de ellos, así como Malagigo y Viviano, todos los cuales tomaron las armas y siguieron al valiente Paladin. Bradamante, esperando que se aproximara el tiempo que tan lentamente transcurria para su anhelante deseo, dijo á sus hermanos que se hallaba indispuesta, y se excusó de ir con ellos. Con harta razon les manifestó que estaba enferma; pero no por causa de la fiebre ó de algun dolor físico, sino por el deseo que excitaba su alma y la hacia padecer una languidez amorosa.

Reinaldo no quiso detenerse más en Montalban, y se llevó consigo la flor de los guerreros de su familia. El canto siguiente os dirá cómo se acercó á Paris, y cuánto auxilio dió á Carlomagno.