ÍNDICE

[Prólogo]
[El remedio en la desdicha]
[El mejor alcalde el rey]

PRÓLOGO

Durante más de dos siglos, la vigorosísima figura de Lope de Vega quedó oscurecida y sepultada bajo el alud de flores retóricas que, con piadosa intención, derramó sobre ella, en su Fama póstuma, su discípulo y amigo el doctor Juan Pérez de Montalván. En vano fué que Lope hubiera cuajado de íntimos rasgos autobiográficos gran parte de sus obras, hasta el punto de que muchas de sus poesías no son otra cosa que un comentario lírico a sucesos de su vida: el amañado y artificioso retrato trazado por el autor del Para todos en las páginas del libro que queda citado arriba, en el cual, bajo la exuberancia de apologéticos ornamentos, trata de encubrirse, y aun desmentirse, lo que no parecía decoroso se supiera de las flaquezas y pecados del poeta, tuvo que ser tradicionalmente recibido como vera efigies de Lope de Vega.

En 1839 publicó Fauriel en la Revue des Deux Mondes un estudio en que se indica el valor autobiográfico de La Dorotea; idea que, rechazada por Damas-Hinard, fué adoptada después por Ticknor en su historia (1849) y por von Schack en la suya (1854) y desenvuelta por Ernest Lafond en su Etude sur la vie et les œuvres de Lope de Vega (París, 1857). Con ello estaba dado el paso capital para llegar al auténtico conocimiento de la vida de Lope, apreciando rectamente los numerosísimos datos dejados por aquél, más o menos desfigurados, en muchas de sus obras.

Hacia ese tiempo ya había estado en manos de don Agustín Durán parte de la valiosísima correspondencia de Lope con el Duque de Sessa, de la cual había copiado sesenta y dos cartas, que comunicó a von Schack cuando éste trabajaba en su Historia de la literatura y el arte dramático en España. Pero hasta que, en 1863, fueron encontrados en el archivo del Conde de Altamira tres tomos de la dicha correspondencia, tan donosa como poco edificante, Cartas y billetes de Belardo a Lucilo, y, estudiados por don Cayetano Alberto de la Barrera, surgió de ellos el picaresco y apasionado episodio de los amores sacrílegos de Lope con doña Marta de Nevares (con lo cual fué dado apreciar el fundamento autobiográfico puesto por el poeta a su égloga Amarilis), casi puede decirse que no comenzó a ser conocida la verdadera personalidad de Lope.

Sin embargo, no fué la Barrera quien dió noticia al público de aquella larga novela de la vejez del poeta: su Nueva biografía, compuesta con gran sagacidad y diligencia, y a la cual aún es forzoso acudir hoy al estudiar muchas cuestiones (por ejemplo, los ataques literarios a Lope del maestro Torres Rámila), a pesar de haber avanzado tanto desde 1864 el conocimiento de las sergas lopescas, permaneció inédita en la biblioteca de la Real Academia Española hasta 1890, cuando don Marcelino Menéndez y Pelayo la puso al frente de la edición académica de las obras de Lope de Vega, llenando con ella el tomo I. Entre tanto, don Francisco Asenjo Barbieri había publicado en 1876, aprovechando las mismas fuentes que aquel erudito y hasta su manuscrito, su libro Ultimos amores de Lope de Vega, en el cual adelanta sobre la Barrera el descubrir noticia del rapto de Antonia Clara, la hija de Lope y Amarilis, por un galán de la Corte (hecho que hasta ahora no ha sido comprobado documentalmente) en la égloga Filis, último poema que antes de morir preparó Lope para la imprenta.

Otra de las grandes etapas en el conocimiento de la vida del poeta es señalada en 1901 con la publicación del Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos por los señores Tomillo y Pérez Pastor, el benemérito investigador de la vida de Cervantes. De este modo quedó reafirmado el valor autobiográfico de La Dorotea, aclarado el episodio de los amores con Elena Osorio y buen número de otros lances de esta oscura y compleja existencia.

Diligentes investigaciones de los señores Rodríguez Marín, Cotarelo, Rennert, Castro, han ilustrado después los amores con Micaela de Luján y otros sucesos de la vida de Lope, hasta el punto de que ya hoy tenemos derecho a decir que, por lo menos en sus rasgos fundamentales, la singularísima figura de Lope, libre de las vendas y bálsamos con que la amortajó Montalván, se alza llena de vida ante nuestros ojos. El libro del señor Rennert The Life of Lope de Vega (Glasgow, 1904), completado y renovado en gran parte por don Américo Castro (Vida de Lope de Vega, Madrid, 1919), es por hoy la obra que más completa y perfectamente puede llevarnos a conocer el espíritu de Lope y los novelescos sucesos de su vida. La noticia biográfica que nos ha parecido indispensable estampar aquí está principalmente basada en este libro.


Lope Félix de Vega Carpio nació el 25 de noviembre de 1562, en Madrid, en la Puerta de Guadalajara (parte de la calle Mayor comprendida entre la Cava de San Miguel y la calle de Milaneses) y fué bautizado el 6 del siguiente diciembre en la hoy desaparecida parroquia de San Miguel de los Octoes.

Fueron sus padres Félix de Vega y Francisca Fernández Flores o del Carpio (que de ambos modos es designada en los documentos publicados por el señor Pérez Pastor en el Proceso). Eran éstos naturales del valle de Carriedo, en la Montaña, y habían fijado su residencia en Madrid el mismo año del nacimiento de Lope. El padre, que consagró a la caridad gran parte de las horas de su ejemplar existencia, tanto que sus virtudes fueron celebradas por Herrera Maldonado en su Vida de don Bernardino de Obregón, fué bordador de oficio y murió en 1578. De la madre, para quien no tiene Lope en sus obras ningún recuerdo de filial amor, sólo sabemos que fué enterrada en 22 de septiembre de 1589. ¡Dios sabe lo que habrá sufrido la pobre mujer en sus últimos años con las lozanías y desórdenes de su turbulento hijo!

Montalván se detiene a describir las portentosas dotes que revelaba Lope en su niñez; refiere cómo leía en romance y latín a los cinco años, y, antes de saber manejar la pluma, repartía su almuerzo con los compañeros mayores para que le escribieran los versos que él improvisaba. "Pasó después a los estudios de la Compañía—sigue diciendo su apologista—(Lope declara en el Proceso que había estudiado en el más modesto colegio de los Teatinos), donde, en dos años, se hizo dueño de la Gramática y la Retórica, y antes de cumplir los doce tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada..." El mismo Montalván refiere una travesura de la mocedad del poeta, que pone bien de manifiesto la inquietud fundamental de su carácter. Muerto su padre, es decir, hacia los diez y seis años, huyó Lope de Madrid en compañía de un amigo, llegando hasta Astorga en su escapatoria.

No es fácil tarea la de establecer en orden cronológico los sucesos de la primera juventud de Lope: tal contradicción hay entre las afirmaciones de La Dorotea y lo que resulta de otras fuentes. Consta que sirvió a don Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Cartagena, "a quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre y con la comedia La Pastoral de Jacinto, que fué la primera que hizo de tres jornadas", dice Montalván, sin que podamos saber en qué tiempo entró Lope a prestar esos servicios ni cuánto duraron. Antes, aún siendo niño, había ya traducido en verso el poema de Claudiano De raptu Proserpinae, y quizás escrito obras dramáticas en cuatro actos, según indica en el Arte nuevo de hacer comedias; pero la que llegó a nosotros atribuída a esa primera edad, Los Hechos de Garcilaso, no puede haberla compuesto antes de los diez y seis o diez y ocho años. Consta también que estudió en Alcalá, ignorándose en qué años, ya que no ha sido dado hasta hoy descubrir su nombre en aquellos registros universitarios. "Según todas las probabilidades—dice la versión española de la Vida del señor Rennert—, Lope se matriculó en la Universidad cuando tenía alrededor de quince años, es decir, en 1577, y estuvo allá cuatro años, saliendo en 1581-82." Sabemos igualmente que participó en la jornada de las Islas Terceras contra los portugueses, campaña que tuvo menos de dos meses de duración, desde el 23 de junio de 1583, en que zarpó de Lisboa la armada de don Alvaro de Bazán, hasta el 15 de setiembre, en que regresó a Cádiz.

Poco después ya era Lope poeta conocido; colabora en el Jardín espiritual de fray Pedro de Padilla (1584) y en el Cancionero de López Maldonado (1586, pero con licencia de 1584), y es celebrado por Cervantes en el Canto de Calíope de La Galatea (1585) en los siguientes términos:

"Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana:
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega."

Antes de este tiempo debieron comenzar los amores con Filis, la gran pasión de la primera juventud de Lope, inmortalizada en tan bellos romances y en las escenas de La Dorotea, llenas de agudeza y donosura, sin que sea posible determinar exactamente el año de su principio, si bien parece razonable opinión la expuesta por Ormsby (en un estudio sobre Lope de Vega publicado en la Quarterly Review (1894), citado en el libro de Rennert y Castro) de que, ya que repetidamente se afirma en La Dorotea que estas relaciones duraron cinco años, éstos debieron ser los comprendidos entre la expedición de las Terceras y la de la Invencible contra Inglaterra. Cierto que en La Dorotea se dice también que don Fernando (Lope) tenía diez y siete años al ser solicitado por Dorotea; pero bien probado está que Lope de Vega tenía la coquetería de disminuir la cifra de sus años, como acaso la de aumentar la de sus comedias. No fué el de Filis el primer afecto de Lope de Vega (en La Dorotea se nos habla de una Marfisa, pariente suya, "primer sujeto de mi amor en la primavera de mis años", a quien aún no ha sido posible identificar documentalmente), pero sí el primero que dejó honda huella en la producción literaria del poeta. Filis, Elena Osorio, era la hija del representante Jerónimo Velázquez, y estaba casada desde 1576 con un tal Cristóbal Calderón, también comediante. Repentina pasión brotó entre ella y el gran enamorado y gran poeta. "No sé qué estrella propicia a los amantes reinaba entonces—léese en La Dorotea—, que apenas nos vimos y hablamos cuando quedamos rendidos el uno al otro." En prosa y verso ha alabado repetidamente Lope los encantos, físicos y espirituales, de su amada, creando de ella una imagen, según atinadamente se hace observar en el libro de los señores Rennert y Castro, que "más bien que en damas de la España tradicional, hace pensar en un tipo de gentil cortesana, surgido al contacto de la Italia renacentista". La figura que traza Lope de la Amarilis de sus postreros amores guarda estrecha relación con la de esta heroína de la novela de sus años mozos. Elena parece haberse interesado mucho por el perfeccionamiento del saber de su genial enamorado e influído en él para que visitara cátedras de disciplinas diversas: en más de un sentido debe ser considerada como galana maestra del poeta.

De todo tiene menos de edificante lo que de estos amores descubre La Dorotea y comprueba el Proceso. La familia parece haber consentido las relaciones mientras Lope compusiera comedias para la compañía de Jerónimo Velázquez y no estorbara que Elena tuviera amantes de más alto copete y mejor nutrida bolsa, como el indiano don Bela de La Dorotea, en la realidad don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela. Por muy diversas fases atraviesan los amores: en un principio, Filis quiere guardar fidelidad al poeta; pero éste no puede subvenir al sostenimiento de su amada, la que por él se empobrece, por lo cual su madre la vitupera y maltrata y, por último, la entrega a un amante de mayores posibles. Lope, según La Dorotea, huye a Sevilla y Cádiz lleno de dolor; pero, vuelto a Madrid, se presta a ser favorecido en secreto, consintiendo el oficial señorío de don Bela.

No era posible que durara mucho tal situación: desengañado de Elena, enamorado de doña Isabel de Urbina (la dulce Belisa de los romances), Lope se venga de su antigua amada dejando de dar comedias a su padre y haciendo circular por Madrid dos poesías, un poema en latín macarrónico la una y la otra un romance castellano, en que se escarnece y vilipendia a Elena Osorio y su familia. Abrese proceso, Lope es detenido y llevado a la cárcel el 29 de diciembre de 1587, y, después de oídos testigos, sentenciado "en cuatro años de destierro de esta Corte y cinco leguas (no le quebrante, so pena de serle doblado), y en dos años de destierro del reino, y no le quebrante, so pena de muerte". Después, ante nueva denuncia de los Velázquez, que dicen que desde la cárcel sigue Lope haciendo contra ellos versos de infamia, los alcaldes, el 7 de febrero de 1588, acuerdan lo siguiente: "Confirman la sentencia de vista en grado de revista con que los cuatro años de destierro de esta Corte y cinco leguas sean ocho demás de los dos del reino y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas."

Estamos en el momento más dramático que nos es conocido de la vida de Lope: los lances se precipitan uno tras otro como en la más accidentada de sus comedias. Sale de la cárcel para cumplir su destierro fuera del reino de Castilla el 8 de febrero de 1588; acabamos de ver las penas severísimas en que incurría caso de volver a la Corte, y, sin embargo, en el Inventario general de las causas criminales que se hallan en el archivo de la sala de alcaldes de la casa y corte de S. M., encontró Pérez Pastor la noticia siguiente: "Lope de Vega, Ana de Atienza y Juan Chaves, alguacil, por el rapto de doña Isabel de Alderete." Desgraciadamente ha desaparecido este proceso. Pérez Pastor prueba cumplidamente la identidad de esta doña Isabel de Alderete con doña Isabel de Urbina y Cortinas, primera esposa de Lope de Vega. Probablemente habrá comprendido el poeta, al salir de la cárcel, que la importante familia de Belisa (su padre había sido regidor de Madrid y rey de armas de Felipe II y Felipe III), con la cual Lope estaría en relaciones desde algún tiempo antes como se desprende de algunos de los romances, no consentiría el matrimonio de ésta con un condenado por la justicia, y habrá convencido a su amada, siempre dulce y sumisa, de que se dejara raptar e hiciera así preciso el casamiento. En un principio la familia denuncia a Lope, quien ya hemos visto los peligros que corría con ello; pero después debe haber mediado perdón, ya que, en vez de seguir adelante la causa, el inmediato 10 de mayo se casa por poder el desterrado Lope con la dicha doña Isabel de Alderete.

Pero Lope no va pacíficamente a cumplir su destierro, gozando del tranquilo y legítimo amor de su Belisa: el 29 del mismo mes de mayo se alista en Lisboa como voluntario en la Invencible, probablemente "arrastrado por el soplo heroico que inflamó en aquella ocasión a todos los pechos jóvenes", como indican los señores Rennert y Castro. No habrá existido otro más apto para sentir tales fiebres patrióticas que el de este gran vate hispano, en quien el orgullo nacional se presenta en formas casi delirantes. A bordo del galeón San Juan dice Lope que compuso su poema La Hermosura de Angélica. En diciembre del propio año regresan a España los restos de la Armada. Lope desembarca en Cádiz, viene a Toledo, y, reunido con su esposa, habrá marchado a Valencia a principios de 1589.

La razón de haber escogido Lope esta rica ciudad como lugar donde cumplir su destierro fuera del reino de Castilla debe haber sido el gran florecimiento que habían alcanzado allí las letras. Allí habrá conocido a los poetas dramáticos Tárrega, Boyl y Aguilar; habrá dado comedias al naciente teatro valenciano y contribuído a la publicación de las primeras colecciones de romances, base del futuro Romancero general, la primera de las cuales, según Wolf, debió salir en Valencia "poco después de 1588" y en la cual se encuentran varios romances que pertenecen a Lope, indudablemente. Su vida en Valencia parece haber sido todo lo tranquila y feliz que era posible, dado su arrebatado temperamento. Teniendo que sostener su hogar de hombre casado, habrá comenzado allí a escribir comedias para ganar el pan de su familia, no "por su entretenimiento, como otros muchos caballeros de esta Corte", según se alababa de hacerlo en el Proceso; y, en efecto, sabemos que de Valencia enviaba obras dramáticas a directores de compañías teatrales. De lo que dice Cervantes en el prólogo de sus comedias, y de otros datos, parece deducirse que ya en este momento era Lope el autor más popular de la escena española. Sin embargo, que se sepa, no han llegado a nosotros sus comedias de esta primera época.

En 1590, cumplida la parte de destierro fuera del reino, viene Lope a Toledo, y, como secretario, entra al servicio del joven duque de Alba don Antonio, cargo que desempeñó durante cinco años, residiendo en Alba de Tormes buena parte de este tiempo. Aunque siguen siendo perdidas para nosotros la mayor parte de sus comedias, poseemos algunas, hasta una de ellas en su autógrafo, de las que sabemos indubitadamente que corresponden a este período. También entonces escribió Lope la novela pastoril La Arcadia, primera de sus obras extensas que había de ser impresa, en la que, bajo figura de pastores, introduce a su protector y a sus amigos.

A principios de 1595—si hemos de prestar fe a la profecía del astrólogo César en La Dorotea, que coincide con lo que resulta de otros datos—debe haber fallecido doña Isabel en Alba de Tormes, dejando a Lope padre de dos niñas que no tardaron en seguir la suerte de su pobre madre.

Muerta su esposa, trasladóse Lope a la Corte, donde su antiguo perseguidor Jerónimo Velázquez pide a la justicia le sea levantado lo que le falta por cumplir de la condena de destierro; acaso esperando, según han maliciado eruditos modernos, que el fecundo y ya famoso poeta se casaría ahora con Elena, ya también viuda por aquellos tiempos.

Poco después deja Lope el servicio de la casa de Alba, y por algún tiempo es secretario del Marqués de Malpica. En 1598 lo encontramos desempeñando cargo análogo cerca del Marqués de Sarria, futuro Conde de Lemos, el gran protector de Cervantes y tantos otros ingenios.

El 25 de abril de este mismo año de 1598 casóse Lope en Madrid con doña Juana de Guardo. Su padre, Antonio de Guardo, era rico carnicero que abastecía de víveres los mercados de la Corte, circunstancia que sirvió de base para que se mofaran de Lope sus enemigos, con el terrible Góngora a su cabeza. Doña Juana llevó en dote al matrimonio más de veintidós mil reales. Por lo que conocemos del carácter de esta señora, parece haber sido mujer vulgar y bondadosa, que sufrió con paciencia la cruz que le imponía la desgobernada conducta de su esposo. Que se sepa, jamás fué cantada en los versos de éste: tiene todas las trazas de un enlace de conveniencia este matrimonio.

En este año de 1598 publicó Lope sus primeros libros: la citada novela pastoril La Arcadia y el poema épico La Dragontea consagrado a las temidas hazañas del marino inglés el Drake. A principios de 1599, El Isidro, poema en quintillas, en que se narra la vida del que había de ser Santo Patrón de Madrid.

En abril de 1599 encontramos a Lope de Vega en Valencia acompañando al Marqués de Sarria, quien se había trasladado allí, lo mismo que toda la corte, con el rey Felipe III y su hermana la infanta Isabel Clara Eugenia, para esperar a sus respectivos cónyuges la archiduquesa Margarita de Austria y el archiduque Alberto. Celebráronse en Valencia las velaciones—pues ya los desposorios se habían hecho por poderes en Ferrara—, y con tan grato motivo representóse el auto alegórico de Lope Las Bodas del alma con el amor divino. El señor Mérimée, en sus Spectacles et comediens à Valencia, menciona otras fiestas celebradas en esta ocasión, en las que Lope tomó parte principal. El mismo año imprimióse en Valencia el poema de Lope titulado Fiestas de Denia, que describe el festival ofrecido por el Duque de Lerma al Rey y a la Infanta.

Lope debió estar ya de regreso en Madrid en julio siguiente, ya que en 26 de ese mes es bautizada en San Ginés una hija suya y de doña Juana, Jacinta, que habrá muerto niña, pues nada más volvemos a saber de ella. Dejó el servicio del Marqués de Sarria en 1600. Ya entonces habría escrito Lope más de un centenar de comedias e impuesto forma y dirección definitivas al drama español.

En época imprecisa, por este tiempo, entró Lope en íntimas relaciones con la que había de ser madre de sus hijos Marcela y Lope Félix, la Camila Lucinda, tan celebrada en innumerables versos. Lucinda, por su verdadero nombre Micaela de Luján, parece haber sido una cómica de secundaria categoría—aunque debe haberse retirado definitivamente de las tablas desde que comenzó su trato con Lope—, mujer del representante Diego Díaz, quien, desde 1596, residía en el Perú, donde falleció a mediados de 1603. Durante largos años estuvo Lope enlazado con ella por un afecto tranquilo y pacífico, como conyugal, bien diferente de sus otras tormentosas pasiones. Es esta una época de grandes viajes para nuestro poeta, pues suele tener establecidos sus dos hogares en poblaciones distintas. Su mujer, con quien oficialmente vivía, residió en Madrid hasta 1604 y en Toledo de 1604 a 1610. La "serrana hermosa", Lucinda, quizás vivió primero en Toledo, luego en Sevilla (donde pasó largo tiempo Lope entre 1602 y 1604), después otra vez en Toledo, sitio del nacimiento de Marcela (1605), y, por último, en Madrid, cuando dió a luz a Lope Félix (1607).

Al señor Rodríguez Marín corresponde el honor de haber descubierto una firma de Lope, en un documento notarial de Sevilla, en que el poeta antepuso a su nombre la inicial de Micaela. ("Porque es uso en corte usado | Cuando la carta se firma, | Poner antes de la firma | La letra del nombre amado", dice el propio Lope en El Dómine Lucas.) Don Américo Castro, que ha buscado después esas iniciales antepuestas en las firmas de los autógrafos de las comedias de Lope y en otros escritos y ha estudiado las alusiones a estos amores en comedias y poemas (Revista de Filología Española, 1918), piensa que la pasión de Lope por Lucinda habrá comenzado en 1599, según la alusión de las Fiestas de Denia, hecha observar ya por la Barrera, y desde 1602 a 1604 habrá alcanzado su mayor intensidad, cuando el poeta, hasta en documentos públicos, osa poner ante su firma la letra de Micaela. De 1608 es el último autógrafo de comedias en cuya firma encuentra el señor Castro la inicial de la serrana, y en comedias posteriores a esta época tampoco descubre ya las alusiones a Lucinda, tan abundantes en las de los años anteriores. De un pasaje de la Jerusalem parece desprenderse que Lope tuvo cinco hijos en Micaela, sólo dos de los cuales, Marcelica y Lopillo, alcanzaron la edad adulta.

Nada más sabemos de Camila Lucinda; "aparece con silueta poco precisa en las obras de Lope", se dice en la biografía de los señores Rennert y Castro. Sin embargo, muchos de sus más excelsos pasajes líricos están inspirados en la hermosura de Lucinda, en sus ojos azules (bellas armas de amor, estrellas puras) y en la voz clara y regalado tono con que habla. (¡Triste del que escucha!) A diferencia de Dorotea y Amarilis, debía ser mujer de escasa cultura (consta que ni escribir sabía) y sin aficiones intelectuales. Lope no alaba en ella más que perfecciones naturales y espontáneas.

En 1602 publica Lope en Madrid La Hermosura de Angélica, poema en que aspira a rivalizar con el Ariosto y que, por lo menos en parte, tenía escrito desde tiempos de la expedición a Inglaterra. Sigue en el libro una colección de doscientos sonetos, Rimas, en que están muchos de los de Lucinda, y al final reimprime La Dragontea. En 1604 estampa en Sevilla una nueva edición de las Rimas y la novela El Peregrino en su patria, a cuyo fin inserta una lista de las comedias que tenía escritas hasta entonces: doscientos treinta títulos.

En el verano y otoño de 1604 reside con su mujer en Toledo, según una importante carta autógrafa que publicó en parte von Schack y más completa la Barrera, y los manuscritos de dos comedias, fechados en aquella ciudad. Por éste tiempo ya empieza Lope a quejarse de los editores que imprimen mutiladas y variadas sus comedias y le atribuyen obras ajenas. A principios de este año habrá salido la Primera parte de comedias de Lope de Vega recopiladas por Bernardo Grassa. La primera edición es de Valencia.

Como "poeta toledano" es encargado Lope, en mayo de 1605, por el Ayuntamiento de la Imperial Ciudad, de dirigir la justa poética celebrada con ocasión del nacimiento del Príncipe de Asturias, después Felipe IV. En aquel mismo verano comenzó la íntima amistad de Lope con don Luis Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, sexto duque de Sessa, relación que había de durar lo que la vida del poeta, por la cual ganó inmortalidad aquel prócer.

Por este tiempo tenía Lope establecidas en Toledo sus dos familias. En 8 de mayo de 1605, como de padres desconocidos, fué bautizada allí Marcela, la hija de Lucinda. En 28 de marzo del año siguiente, su hijo legítimo Carlos Félix. A 7 de febrero de 1607, ya en Madrid (Lope alquiló en octubre de este año una casa en la calle del Fúcar, quizás para Micaela), bautizóse Lope Félix, último fruto del amor de la serrana, y Lope lo declaró hijo suyo en la partida bautismal.

En 1608 apareció la Jerusalem conquistada, epopeya trágica en que Lope aspira a igualar al Tasso, como antes al Ariosto con la Angélica. Va dedicada al rey Felipe III. Aún hay aquí alusiones a Lucinda, pero ya frías y sin pasión, como de una cosa que se extingue y perece. Al año siguiente se publicó la Segunda parte de las comedias (en Madrid, por Alonso Martín), y en nueva edición de las Rimas de este año incluyó Lope el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, defensa de las irregularidades de sus obras teatrales, escrita amena y humorísticamente, obra importante para el estudio de las teorías dramáticas de su autor.

En setiembre de 1610 adquirió Lope la casa de la calle de Francos (hoy Cervantes), número 15, que había de habitar hasta su muerte, y establecióse en ella con su familia legal. Nueve mil reales fué el precio de la casa, que no carecía de comodidades ni de un bello jardín, reposo y contento del poeta. Así se lo describe a Francisco Rioja en una epístola:

"Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene sólo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta."

Desarrolláronse en Lope, para que nada en él faltara, instintos de existencia burguesa al sentirse propietario, y en su nueva casa vivió en paz y calma con su mujer y su muy amado hijo Carlos, durante un período no muy largo, que había de ser cerrado por la muerte. En una bella Epístola al doctor Matías de Porras, publicada después en La Circe, pintó bellamente Lope la felicidad de su vida doméstica. De tales sentimientos está impregnado el libro Los Pastores de Belén, especie de Arcadia a lo divino, que publicó a principios de 1612, tiernamente dirigido a su hijo Carlos. Acentuándose sus místicos sentimientos, imprimió el mismo año, en Valladolid, los Cuatro solilóquios... llanto y lágrimas que hizo arrodillado delante de un Crucifijo, pidiendo a Dios perdón de sus pecados, después de haber recibido el hábito de la Tercera Orden de Penitencia del seráfico Francisco; es un patético librillo de arrepentimiento que debe ser anotado como precedente de la inesperada transformación que veremos operarse en la vida de Lope antes de mucho tiempo. Desde 1610 pertenecía a la Cofradía del Caballero de Gracia y a la del Oratorio de la calle del Olivar.

En 1612 salió a luz la que se contó como Tercera parte de las comedias de Lope (Sebastián Cormella, Barcelona), aunque sólo tres son de este ingenio, de las doce que contiene el volumen.

La felicidad doméstica, tan tardíamente apreciada por el poeta, no debía durar: en el verano u otoño de 1612 murió el niño Carlos Félix, inspirando este doloroso suceso al atribulado padre una bellísima poesía, que se encuentra entre las Rimas sacras, y un año después, en agosto de 1613, falleció doña Juana, enferma desde mucho tiempo antes, a poco de dar a luz a Feliciana, única hija legítima que había de sobrevivir a su padre.

Pero cinco semanas después de esta muerte ya tenemos a Lope figurando en la comitiva de un viaje de Felipe III y la corte a Segovia, Burgos y Lerma y tratando de festejos y galanteos.

Sin embargo, a principios de 1614 determinóse Lope a recibir órdenes sagradas. En los versos a la poetisa peruana Amarilis dice así:

"Dejé las galas que seglar vestía;
ordenéme, Amarilis; que importaba
el ordenarme a la desorden mía."

Pronto sabremos lo que había de durar aquel orden en Lope. Trasládase a Toledo, en marzo de aquel año, y, por su correspondencia con el Duque, podemos seguir los preliminares, no sobrado místicos, de su dedicación eclesiástica. Residió en casa de la cómica Jerónima de Burgos, madrina de Lope Félix, para la cual había escrito La Dama boba. Ya antes había vivido con ella en Segovia, en el viaje a que acabamos de referirnos. Siguió frecuentando el mundo de la comedia y participaba en los galanteos que rodeaban a Jerónima. No obstante, ordenóse de Epístola en marzo, de Evangelio en abril y regresó a Madrid en junio, ya sacerdote. Dada la emoción e intensidad de sus obras religiosas, no tememos el menor motivo para dudar de la sinceridad del movimiento que llevó a Lope al sacerdocio, aunque su inquieto espíritu no le haya permitido perseverar por mucho tiempo en aquella estrecha vía, como no perseveró en cosa alguna que no fuera abandonarse a la torrencial espontaneidad de su temperamento.

En este año de 1614 publicó Gaspar de Porres, amigo íntimo del poeta, la Cuarta parte de sus comedias, dedicada al duque de Sessa.

Por cartas de este mismo verano vemos que Lope venía sirviendo de secretario al de Sessa en sus múltiples y adulterinos amores. El confesor del nuevo sacerdote le prohibía ocuparse en tan poco edificante menester, y en las cartas se refleja la angustia de Lope al tener que dejar de servir a su protector, aunque no fuera más que en tales asuntos, por la escrupulosidad de conducta moral que le imponía su nuevo estado.

Aquel otoño—1614—publicó sus Rimas sacras, dedicadas a su confesor. Hubo entonces un certamen literario para celebrar la beatificación de Santa Teresa, y Lope figuró en el jurado calificador, recitando el panegírico con que se inauguró el concurso.

En octubre de 1615 trasladóse la corte a Burgos, donde se celebraron, por poder, los matrimonios de la infanta doña Ana de Austria, hija de Felipe III, con Luis XIII de Francia, y el de Isabel de Borbón, hermana del Rey de Francia, con el Príncipe de Asturias. El Duque de Lerma fué enviado por el Rey para que acompañara a doña Ana hasta el Bidasoa y trajese desde allí a doña Isabel. El Duque de Sessa fué con el de Lerma y llevó consigo a Lope de Vega.

De este año es la que se cuenta por Parte quinta de las comedias de Lope (Flor de comedias de España de diferentes autores, recopiladas por Francisco de Avila, 1615, Alcalá), si bien sólo una hay en el libro que sea de nuestro autor. También entonces apareció la Parte sexta, en Madrid, por la viuda de Alonso Martín.

Pero en la vida del poeta sacerdote iban a presentarse ahora nuevos sucesos escandalosos, que habrán hecho murmurar largamente a los maldicientes de la Corte y que dieron pábulo a los ataques de los enemigos de Lope, de los cuales es de recordar una emponzoñada décima de Góngora, publicada por la Barrera. Anúnciase este nuevo período por un inesperado viaje de Lope a Valencia a fines de junio de 1616, a pretexto de asuntos de su hijo el fraile descalzo. (Esta es la única noticia que se tiene de él. Acaso sería fruto de algunos pasajeros amoríos del poeta mientras residió en Valencia con su primera esposa.) Mas parece probado que el objeto del viaje fué esperar a la compañía de Sánchez, que regresaba de Nápoles con el Conde de Lemos. En esta compañía figuraba la cómica a quien Lope llama "la loca" en sus cartas, Lucía de Salcedo por su verdadero nombre. Durante su estancia en Valencia estuvo Lope enfermo de mucha gravedad. Mas este oscuro y breve episodio ("veinte días hablé con la loca") no es más que tanteo y anuncio de la gran pasión que va a llenar la vejez del poeta. Agotado el fuego de la exaltación mística que lo había llevado al sacerdocio, vuelve a imponerse su temperamento erótico. Versos y mujeres, ahora como antes, llenan la vida del poeta.

A fines de 1616 estaba Lope en las relaciones más íntimas con doña Marta de Nevares Santoyo, mujer de Roque Hernández de Ayala, hombre de negocios. La égloga Amarilis (Madrid, 1633) es la obra en que nos ha dejado Lope la visión literaria de aquella pasión de la edad madura. Amarilis, bautizada también literariamente por Lope con el nombre de Marcia Leonarda, era natural de Madrid y debía tener unos veintiséis años cuando Lope la conoció en un jardín con ocasión de una fiesta literaria. Es de advertir que doña Marta, semejante en esto a Elena Osorio, debe haber sido persona de cierta distinción y con gustos literarios y artísticos. Tenía una hermana poetisa. En agosto de 1617 nace Antonia Clara, bautizada como hija de Roque Hernández, prenda de estos amores de los ya avanzados años del poeta, consuelo y tormento de su edad postrera. Después doña Marta, guiada por Lope, intenta divorciarse de su marido, y aunque no lo logra, el matrimonio debió vivir últimamente en casa separada, hasta que la muerte, llevándose en 1618 ó 1619 al Roque Hernández, tan odiado por Lope, estableció la separación definitiva. Poco después del fallecimiento del marido, escribe Lope la dedicatoria a Marcia Leonarda de La Viuda valenciana (Parte XIV, 1620), página en que llega a lo más extremado el cinismo del poeta al mostrar al público las intimidades de su pecaminosa existencia.

Del año 1617 son las Partes séptima y octava, impresas en Madrid a costa de Miguel de Siles por la viuda de Alonso Martín. Ambas van dedicadas al Duque de Sessa. En este propio año apareció también la Parte novena, primera que figura como publicada por el mismo Lope y en cuyo prólogo rechaza por ilegítimas todas las Partes anteriores. No tenía completa razón para ello: muchas de estas Partes habían sido editadas por personas de su intimidad y es de suponer que con anuencia del autor. Sólo las llamadas Partes tercera y quinta deben haber salido al público con perfecta ignorancia de Lope; el cual, por lo demás, tenía sobrado motivo para quejarse de la negligencia con que daban a la imprenta los editores los libros de comedias, confundiendo muchas veces el nombre del autor y siguiendo manuscritos viciadísimos. Es de observar que Lope, que tan grande interés demostró siempre por la impresión de sus libros, descuidó hasta este año el ocuparse de las ediciones de sus comedias. Verdad que, en muchos casos, no era posible que hubieran sido publicadas por él en forma más pura que por sus anteriores editores—a menos de haberlas en gran parte rehecho—, pues no siempre poseería sus propios manuscritos, que, vendidos a los directores de las compañías, habrían ido a parar Dios sabe dónde, sino que tendría que valerse de copias y de copias de copias en las que el texto estaría mutilado y viciado hasta por las propias necesidades de la representación escénica.

De 1618 es el Triunfo de la fee en los reynos del Japón, opúsculo histórico, hecho de encargo, en que se relata el suplicio de los primeros mártires en las tierras del Extremo Oriente. El propio año salieron dos nuevas Partes de comedias: la X y la XI. (Ambas en Madrid. A costa de Miguel de Siles la primera y de Alonso Pérez la otra.) En la sexta edición del Peregrino, publicada este año, reproduce Lope la lista de comedias de la edición de 1604 y añade a ella ciento catorce títulos nuevos, deduciendo diez y seis repetidos.

La Docena parte de comedias es publicada en 1619. (En Madrid, por la viuda de Alonso Martín, a costa de Alonso Pérez.) Sigue adelante Lope trabajando en la edición de sus obras teatrales, y en 1620 publica la Trecena parte (Madrid, viuda de Alonso Martín. A costa de Alonso Pérez) y la Catorce (Madrid, por Juan de la Cuesta. A costa de Miguel de Siles).

El 19 de mayo de 1620, para celebrar la beatificación de San Isidro, hubo una famosa justa poética en la iglesia parroquial de San Andrés, de la cual fué director Lope de Vega. Poetas de los principales de España se disputaron los premios. Lope leyó el certamen ante un inmenso concurso, en que se amontonaban representantes de todas las clases sociales, alcanzando un gran éxito, que acrecentó, si era posible, su fama. Esta fué una de las grandes ocasiones en que Lope saboreó plena y directamente el gusto embriagador de la gloria. Al certamen concurrió Lope de Vega el mozo, el hijo de Lucinda, inquieto joven que daba grandes disgustos a su padre, y por primera vez aparece el seudónimo de "el maestro Burguillos" como firma de unos versos de burlas con que Lope salpimentó la gravedad del certamen. Acaso—han creído algunos—este Burguillos sería un loco popular y famoso por aquella época.

El mismo año, Marcela, el otro fruto de los amores con Micaela, tomó el velo en las Trinitarias descalzas, profesando en febrero de 1621.

La propia fecha de 1621 se muestra en la portada de La Filomena, poema dividido en dos partes, en cuya primera contesta Lope a los ataques que le había dirigido Torres Rámila en 1617 con su Spongia, y que hasta ahora no habían sido recogidos directamente por el poeta, sino sólo devueltos por medio de sus amigos. En la segunda parte refiere Lope su vida—lo que quería que se supiese de su vida—y traza uno de los principales documentos en que se apoya su biografía. En este mismo año aparecen las Partes XV, XVI y XVII de comedias (Madrid, viuda de Alonso Martín, Alonso Pérez las dos primeras y V. de Alonso Martín, Miguel de Siles, la última).

Madrid celebró la canonización de San Isidro en 1622. Para estas fiestas, a petición del Ayuntamiento, escribió Lope dos comedias que se representaron ante Felipe IV en la plaza de Palacio; y el propio Lope fué encargado de presidir el certamen poético, según se había hecho dos años antes cuando la beatificación, logrando al hacerlo un éxito no menor que el alcanzado entonces. Aquí apareció nuevamente el Maestro Burguillos, y hasta a su hija Antonia de Nevares, de edad de cinco años, hízola aparecer Lope como concurriendo a disputar los premios de la justa.

Las Partes XVIII y XIX (Madrid, por Juan González, a costa de Alonso Pérez) son de 1623. Por este tiempo ya doña Marta de Nevares debe haber contraído la enfermedad a la vista, de que le resultó una ceguera incurable. En época incierta, pero más tardía—según la égloga Amarilis—, perdió la razón, volviendo a recobrarla antes de su muerte.

En 1624 aparece La Circe, obra poética en que Lope narra el conocido episodio de la Odisea, seguido de otros varios poemas y tres novelas cortas dedicadas a la señora Marcia Leonarda. Entre los poemas hay algunas epístolas de gran interés biográfico.

La Parte XX de las comedias, última publicada en vida del autor, que después, no se sabe por qué causa, abandonó el trabajo, salió en Madrid a principios de 1625 (por Juan González, a costa de Alonso Pérez). En junio de este año, Lope, "ferviente creyente, aunque gran pecador", según exacta frase del señor Menéndez y Pelayo, ingresó en la Congregación de San Pedro, de sacerdotes naturales de Madrid, aún hoy existente.

En otoño del mismo año publicó los Triunfos divinos, a imitación de los Trionfi del Petrarca. Va dedicado el libro al Conde Duque de Olivares, en el deseo de congraciarse el favor de la Corte, cosa que nunca alcanzó Lope. En vano fué que ciñera las sienes de un rey poeta la corona de España. Lope de Vega, máximo poeta entonces viviente de la lengua española, no gozó nunca de la protección cortesana; su nombradía era principalmente popular: otros eran los ingenios que vivían y medraban en los salones de Palacio. En setiembre de 1627 apareció la Corona trágica, poema inspirado en la historia de María Estuardo. La obra va dedicada a la Santidad del Papa Urbano VIII, el cual correspondió concediendo al poeta el título de doctor en Teología en el Collegium Sapientiae y la cruz de la Orden de San Juan, con lo cual Lope pudo poner el "frey" delante de su nombre.

Al cabo de tantas y tan gloriosas obras escritas con ejemplar actividad en su ya dilatada existencia, el poeta se hallaba en la pobreza, según nos lo muestran las constantes peticiones al Duque de Sessa que encontramos en sus cartas. (Volumen del Marqués de Pidal que ha sido publicado en las adiciones a la Nueva Biografía en la edición académica.) No era figura retórica lo dicho en la dedicatoria del Verdadero amante de que sólo tenía "pobre casa, igual cama y mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos". Cierto que había ganado mucho; pero su mano era aún más rápida para gastar que para escribir.

En la segunda mitad de 1629 terminó Lope su Laurel de Apolo, poema en que va juzgando y alabando las obras de buen número de poetas contemporáneos. Fué publicado en 1630. Tras El Laurel viene en el mismo volumen La Selva sin amor, égloga que fué cantada ante el Rey y la Corte, puesta la escena con gran magnificencia y aparato.

Otra obra de Lope figuró también entonces en una función palatina: la comedia La Noche de San Juan, representada en la fiesta que en tal noche del año 1631 dió el Conde Duque en los jardines del Conde de Monterrey en el Prado, en honor de los Reyes. Por este tiempo, antes de 1632, escribió Lope la Egloga a Claudio (mejor sería epístola), obra llena del más vivo interés por los datos autobiográficos que atesora. Aquí es donde Lope se alaba de haber escrito "mil y quinientas fábulas", "más de ciento en horas veinticuatro"; aquí donde se vanagloria de ser fundador del teatro y donde dice que repartidos los pliegos de su labor entre los días de su vida, sale a cinco pliegos su labor diaria. La Egloga quedó inédita hasta después de la muerte del poeta.

En abril de este año, en la calle de Francos, probablemente en casa del poeta, falleció doña Marta de Nevares. Lope la lloró en la ya citada égloga Amarilis, que vió la luz al año siguiente.

Antes de ello, en 1632, publicó La Dorotea, "acción en prosa" dividida en cinco actos, en que Lope, como hemos dicho, conmemora muchos recuerdos de sus relaciones con Elena Osorio. Esta obra lozanísima, verdadera joya de la novela dialogada española, habrá sido escrita en parte en la juventud del autor, pero muy añadida y retocada en su vejez.

En diciembre de 1633 casóse Feliciana, la hija de Lope y de su esposa doña Juana Guardo, con Luis de Usategui, empleado público, probablemente pagado con no muy brillantes haberes.

Durante todos estos años, como Lope había interrumpido la publicación de las Partes de sus comedias, vinieron apareciendo algunas colecciones "extravagantes" de las mismas.

El último libro que vió la luz en vida del poeta fué el de las Rimas humanas y divinas publicado con el seudónimo de Tomé de Burguillos, aquel personaje cómico que había inventado Lope para figurar en las justas poéticas de la beatificación y canonización de San Isidro. Apareció en Madrid en 1634. En este libro está incluída la famosa epopeya burlesca La Gatomaquia.

Dos disgustos, al decir de Montalván, oscurecieron los últimos meses de la vida del genial poeta. Uno parece haber sido la muerte de su inquieto hijo Lope Félix, que se había hecho militar, sirvió en los tercios de la Marina y peleó bizarramente en varios encuentros. Pereció en un naufragio yendo en una expedición para pescar perlas en la isla Margarita. Su padre conmemoró su muerte en la égloga pescatoria Felicio, y no debía saber su fallecimiento al tiempo de publicar las Rimas de Burguillos, ya que en la dedicatoria de La Gatomaquia a su hijo nada habla de su fallecimiento.

El otro disgusto debe haber sido el rapto de su hija Antonia Clara, entonces de diez y siete años y que debía ser muy donosa, tanto, que había representado comedias caseras ante el Duque de Sessa y otros amigos de su padre (conocemos la loa escrita por Lope para una de estas fiestas). No se sabe quién fuera el raptor, aunque por la égloga Filis y otras alusiones se sospecha podría ser algún galán de la Corte de la intimidad de Felipe IV.

Conmovedoramente refiere Montalván la melancolía de los últimos tiempos de la vida del poeta, tan bien dotado por la naturaleza para disfrutar y cantar las más embriagadoras alegrías terrenas. El propio autor refiere por extenso los detalles de su breve enfermedad postrera. Cayó enfermo el 25 de agosto de 1634, y falleció cristianamente en medio de su familia y amigos, entre los que no faltaba el Duque de Sessa, el día 27 del mismo mes. Cuatro días antes aún había compuesto un soneto y una silva titulada El Siglo de oro.

El mismo Montalván refiere los pormenores de su solemnísimo entierro y de los varios funerales celebrados en sufragio del alma del poeta. También llegaron a nosotros las oraciones fúnebres que en tal ocasión pronunciaron los más famosos predicadores del tiempo. El cortejo fué llevado por la calle de Cantarranas para que Marcela pudiera verlo desde su convento. Fué enterrado Lope en la iglesia de San Sebastián, donde reposaron pacíficamente sus restos hasta que a fines del siglo xviii o principios del xix, en una de las usuales mondas, fueron arrumbados no se sabe dónde.

Después de muerto Lope, fueron publicadas dos partes de comedias que el autor había dejado dispuestas para la imprenta: las Partes XXI y XXII. En 1637 aparecieron reunidas en La Vega del Parnaso buen número de las poesías que había dejado inéditas el poeta. La Parte XXIII de comedias fué publicada en 1638; en 1641, la XXIV, y en 1647, la XXV, último volumen de la colección de obras dramáticas de Lope de Vega formada en tiempos del autor.


Por dos clases de razones nos hemos detenido a narrar, acaso harto prolijamente, la biografía del poeta. De una parte, Lope es un interesantísimo ejemplar humano; una personalidad dotada de las mayores riquezas espirituales, de las facultades que se suelen tener por más diversas y capaz de las reacciones que pueden parecer más opuestas: una de esas figuras que por la diversidad y caudal de sus dotes parecen ser resumen de la vida de toda una nación y toda una época. Por otro lado, Lope es un artista espontáneo, tan entregado a los azares de su inspiración, que los sucesos de su vida se han encarnado inmediata y directamente en su obra literaria. Sus escritos no sólo se nos aparecen cada vez más llenos de alusiones a sus aventuras conforme va siéndonos mejor conocida su vida; no sólo traducen maravillosamente los mudables estados de su tornadizo espíritu, sino que las perfecciones y defectos de la producción artística—tan abundantes unas y otros—guardan plena armonía con las virtudes y las faltas, tan copiosas también todas ellas, de la vida del poeta. En Lope no va por un lado la labor del escritor y por otro la conducta del hombre. No es de esos artistas reflexivos, conscientes, que saben trabajar su obra bella en un plano superior al de las vulgares realidades de su existencia y nos presentan un producto artístico depurado de toda baja escoria terrena. Lope, niño eterno, abandónase a los desenfrenados impulsos de su temperamento lo mismo viviendo que escribiendo. Idéntico ritmo alocado palpita en los hechos de su vida y en las estrofas perennemente fragantes de sus versos; jamás le abandonó la divina embriaguez de la adolescencia. En su vida y sus obras parece darse inacabablemente el aturdimiento que causa en la primera juventud el exceso de ingobernadas fuerzas. Como hombre y poeta no sale nunca de los diez y siete años.

Conforme nos van siendo mejor conocidas, mayor asombro producen en nosotros las numerosas y fuertes dotes de su espíritu. No es ya sólo para nosotros el más prodigioso improvisador de que tiene noticia la historia; al lado de esa cualidad, descubrimos en gran abundancia otras, no menos sobresalientes, igualmente espontáneas, no fomentadas ni perfeccionadas con un inteligente cultivo. Es como si la naturaleza hubiera querido mostrarnos en este altísimo espíritu de Lope de Vega a cuánto se extendía su posibilidad de crear perfecciones. Hay que admirar la fuerza y salud robustísimas que le permitieron producir una de las más copiosas obras literarias que posee la humanidad, como por juego, sin que en momento alguno se advierta fatiga ni esfuerzo; hay que admirar el caudal de simpatía, el hechizo para la conversación y trato de gentes que se manifiesta en sus cartas y nos hace comprender el perenne afecto que sintió hacia él el Duque de Sessa, y sus triunfos amatorios cuando ya ni la edad ni el hábito permitían esperar tales cosas; hay que admirar una inmensa capacidad de saber, un conocimiento de cosas antiguas y contemporáneas absolutamente sin igual, una potencia retentiva y un don de observación que tocan en lo fabuloso. "Ignoramos qué número de palabras empleó Lope—dice el señor Castro en un apéndice de la Vida—, pero es probable que ningún escritor en el mundo tenga más abundante léxico, ya que la impresión del lector es que todas las cosas de su tiempo figuran en su obra... El día que se forme el diccionario de Lope causará maravilla ver adónde llegó la facultad receptora de un solo hombre." Y no en cosas de erudición; su obra manifiesta a cada paso la mayor copia de conocimientos en lo que sólo puede dar la experiencia de la vida (una experiencia no muy aprovechada como norma de su propia conducta). "Me espanta a veces—dice Grillparzer en sus estudios sobre nuestro autor—la riqueza de pensamiento de Lope de Vega. Pareciendo que permanece siempre en lo más singular, salta a cada momento a lo general, y no hay poeta tan rico como él en observaciones y notas de carácter práctico. Bien puede decirse que no hay situación de la vida a que no haya tocado en el círculo de sus creaciones." No es ni mucho menos exceso retórico el haberle llamado "monstruo de naturaleza"; estamos en presencia de una de las figuras más ricas en facultades naturales que produjo jamás la estirpe humana: a sus más altas cimas, por ejemplo, a un Goethe, tendríamos que ir para encontrarle pareja.

Pero una falta fundamental de su espíritu echó a perder dotes tan excelsas: Lope fué siempre incapaz de imponer rumbo fijo y permanente a su maravillosa actividad: juguete de la diversidad de impresiones que era susceptible de recoger su espíritu, sin que ninguna se grabara en él de modo permanente, nunca pudo seguir camino alguno con carácter definitivo. Lo poseía todo menos la facultad de gobernarse a sí propio. El poder central de su espíritu era débil auriga, y los fogosísimos caballos de sus diversas facultades galopaban cada cual hacia donde lo orientaba su capricho. De este modo no fué posible a Lope imponer una alta significación a su vida: enamorado perenne, no pudo, sin embargo, crearse un amor digno de inmortalidad, como los de Dante o Petrarca, sino que permaneció siempre en un bajo terreno de sensuales devaneos: hombre de mundo, no supo labrarse una posición independiente, y es triste ver sus regias facultades empleadas en mendigar favores del Duque en tantas de sus cartas. Al mismo tiempo acaso no haya sido dueño de una fina sensibilidad moral: no pueden menos de abochornarnos muchas de las acciones que descubrimos en Lope de Vega. Infantil también en esto, no parece haber llegado nunca a una clara idea de su dignidad y de la responsabilidad de sus actos. La encantada selva de representaciones poéticas, tan increíblemente frondosa que envolvía por todas partes su espíritu, cegábalo para cuanto no fueran ellas.

Esta imposibilidad de someter sus facultades a una dirección fija y encaminarlas hacia un fin impuesto por la reflexión, manifiéstase, en lo literario, en el frecuente fracaso de Lope en las líneas generales de sus obras, sobre todo en sus poemas eruditos. Sabido es que la personalidad artística de Lope de Vega presenta doble aspecto: el de poeta popular y nacional y el de poeta erudito y universal. Lope aspiró, sobre todo en los dos primeros tercios de su vida, y la riqueza de sus dotes le daba pleno derecho a ello, a ser un poeta universal y clásico, cuya gloria igualara, si no oscureciera, a la de los grandes poetas del Renacimiento italiano. El Ariosto, el Tasso, Petrarca, eran el permanente norte de su emulación. Sin embargo, aun poseyendo el inagotable torrente de inspiración de todos sabido, aun siendo dueño de un muy grande saber de humanidades, de una erudición muy extensa, jamás acertó Lope a componer obra alguna de este tipo que pueda decirse afortunada. Sólo los historiadores de la literatura se acordarían hoy de Lope si no hubiera escrito más que la Jerusalem, la Angélica o los Triunfos. Esos poemas, en general fríos y pedantescos, se salvan solamente por aquellos pasajes en que la espontánea inspiración del poeta rompe el molde académico y se derrama en encendidas expresiones líricas.

En cambio, cuando Lope, en vez de buscar sus temas en el mundo clásico (siempre ajeno a su temperamento) los tomó del ambiente real que le rodeaba o de la historia de España, viva para él como lo que veían sus ojos, entonces acertó a crear el gran número de obras poéticas que, aunque no sin defectos, lo han colocado en un puesto único y solo en las letras españolas. Como poeta popular Lope tiene tanta vida como la naturaleza misma. Es indecible su sentimiento de la realidad; penetra con la mayor agudeza en el verdadero ser de los individuos colocados en las situaciones más opuestas y pone en sus labios la palabra justa en que aquél se nos revele. Cuanto es tocado por su pluma en sus abundantísimos momentos felices queda impregnado de esa indecible cualidad, sólo poseída por las más altas obras de arte, con la cual provocan en nosotros una sensación como de vida. Tieck, en una nota inédita existente en la Biblioteca de Berlín entre los papeles del poeta, publicada por el señor Bertrand en su libro L. Tieck et le théâtre espagnol, define la obra de Lope con estas tres palabras: "Naturalidad, verdad, objetividad." Lope "es la naturaleza misma—dice el poeta Grillparzer—; sólo las palabras son dadas por el arte... Es ilimitado en él el sentimiento de lo natural. En mitad del pasaje de peor gusto se presentan auténticos testimonios de ello". "Las comedias de Lope—es el prologuista de la Parte XXIII el que habla—son de la naturaleza, y las otras, de la industria."

No hay palabras para expresar cómo conocía y sentía Lope las cosas españolas. La historia verdadera y legendaria del país en general y de cada comarca y cada ciudad en particular; los usos y costumbres de cada región: todas las singularidades de la tradición y de la vida española de su tiempo estaban siempre presentes y vivas en el dilatado ámbito de su memoria. "Lope hace revivir en la escena—dice el señor Menéndez Pidal en L'epopée castillane—todos los tipos, las costumbres, las regiones de España, que jamás ha conocido nadie tan íntimamente como él, y al mismo tiempo vuelve a tratar por su cuenta los asuntos de la antigua epopeya, reconociendo en ella la poesía hereditaria de la raza española." De este modo, por haber infundido nueva vida poética a la historia patria; por recoger en su obra cuanto viene a constituír la vida española del momento, en lo grande y lo pequeño, lo general y lo particular, álzase Lope en nuestra historia literaria como supremo poeta nacional. Por él y su teatro anúdanse las viejas tradiciones medievales españolas con la vida del siglo xvii y no se da en España—como hace notar el señor Morel Fatio—el divorcio del espíritu nuevo con el de la Edad Media, que se operaba en Francia al mismo tiempo.

Si Lope sabe sentir y apreciar la épica española y hace de su teatro como una continuación del romancero, no es menos asombroso su sentimiento de la lírica popular. "Su corazón—dice el señor Pidal en la obra citada—ha permanecido siempre abierto a la inspiración ingenua y ruda de los humildes: los cantos populares despiertan en él el eco fiel y armonioso de la poesía más profunda." A cada paso en el teatro de Lope, ya un romance o ya una canción del pueblo, deliciosamente escogida, vienen a realizar un altísimo efecto dramático, y no faltan en su obra comedias construídas sobre la base de un canto popular.

Mas con todo ello, Lope, poeta nacional por excelencia, no está plenamente representado por obra alguna. No hay, en cuanto de su teatro ha llegado a nosotros, ninguna comedia, por bellísima que sea, que podamos llamar perfecta. La precipitación en el modo de trabajar (representantes y público no le permitían descanso alguno), su facilidad fabulosa, la falta de reflexión y de dominio sobre sus facultades, han perjudicado a esta parte de su producción, del mismo modo que a sus obras de poesía erudita. Aquí como allí, los detalles son superiores al conjunto, por bello que éste sea. Muy agudamente hizo ya observar Grillparzer que lo excelente e incomparable de Lope no suele estar en los temas capitales, sino en cosas accesorias. "En eso es inimitable y, junto con la excelencia del diálogo, infunde a su obra una vida que nos atrae hasta cuando no podemos aprobar el conjunto."

De este modo, a Lope no podemos juzgarlo por media docena de obras. Hay que tratar de columbrar, hasta donde sea posible, la masa gigantesca de su producción, en la cual, borrándose en la magnificencia total las faltas aisladas, se nos manifiesta el poeta como un ser casi sobrehumano, dueño de una potencia de crear representaciones artísticas dotada de una fuerza, delicadeza, diversidad y abundancia de tonos y matices, que acaso no haya tenido jamás su igual. Lope, entonces, semeja, no ya un hombre, sino una fuerza de la naturaleza. Propia de la naturaleza es su manera de crear: no se encamina reflexivamente hacia el propuesto fin con el mínimo esfuerzo y la mayor economía de energías; como simientes llevadas por el viento, deja desperdigarse profusamente sus facultades creadoras y éstas producen más de un millar de obras, más o menos imperfectas, en vez de esforzarse en lograr una sin falta. "Los dos versos siguientes—dice Grillparzer—podrían ser colocados como lema al frente de las obras completas de Lope de Vega:

Tristán.—Tiras, pero no reparas.
Teodoro.—Los diestros lo hazen así.
El Perro del hortelano, acto I."

Tirar sin reparar, a modo de una fuerza natural que no teme se agote nunca el caudal de que dispone, fué siempre el carácter de la creación artística de Lope.

No podemos repetir aquí algunas de las conocidas anécdotas que muestran la rapidez increíble con que escribía Lope de Vega. No debe ser muy exagerado lo que dice en el Arte nuevo de haber escrito comedias en veinticuatro horas. Pero aunque otro dato no tuviéramos, el propio número, que parece fábula, de las obras de Lope, nos haría ver la facilidad pasmosa de su poder creador. Lope mismo, en la Egloga a Claudio y en La Moza de cántaro dice haber escrito mil y quinientas comedias. Montalván hace subir este número a mil ochocientas y cuatrocientos autos. No pueden, ni mucho menos, admitirse cifras tan altas. Sin embargo, a pesar de que, como sabemos, gran parte del teatro de Lope está irreparablemente perdido, nos son conocidos los títulos de setecientas veintiséis comedias y de cuarenta y siete autos, y en la actualidad aún poseemos muy cerca de quinientas de las primeras.

"Si hubo alguna vez un poeta—dice von Schack en su Historia—a quien su nación no sólo debe un drama sino una literatura dramática completa, lo fué, sin duda, nuestro español." En Lope, realmente, tenemos que saludar al fundador de nuestro teatro nacional. No es muy exagerado el prologuista de la Parte XXIII al decir que "antes de sí no halló a quién imitar, y después no hubo quien enteramente le imitara". Ni lo es Montalván cuando, hablando de las comedias en su Fama póstuma, dice: "Sepan todos que su perfección se debe sólo a su talento, pues las halló rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque alguno bárbaramente lo niegue) ha sido rigiéndose por esta pauta." "Lope—dice el señor Menéndez Pidal en la obra citada—supo encontrar la forma de comedia más adaptada al gusto nacional... Fijó el tipo y norma a los cuales podían recurrir con seguridad los genios de segundo orden, sin gastar ya sus fuerzas en tentativas divergentes, y así, en vez del desparramamiento anterior, el teatro conoció desde ahora e impuso a sus secuaces una fuerte unidad de gusto y orientación."

No es que Lope haya sacado de su cabeza la forma del teatro español: nadie, ni aun un genio de su alcurnia, inventa completamente cosa alguna. Prescindiendo de otros precursores menos calificados, el nombre del sevillano Juan de la Cueva debe ser siempre recordado como predecesor inmediato de Lope. Lo es en haber aprovechado temas nacionales como asunto de sus comedias (hasta en La muerte del rey Don Sancho introduce un romance popular); lo es en no haber respetado las reglas que la interpretación que el Renacimiento había dado a la estética dramática de Aristóteles imponía como imprescindibles en la composición de toda obra teatral. Pero Cueva, que en su Ejemplar poético fué el primer escritor crítico que defendió el naciente teatro español de los ataques de los clasicistas, no era un poeta de genio: sus obras son superiores como idea a como realización, y con sus limitadas fuerzas creadoras nunca habría llegado a imponer sus doctrinas estéticas. Era necesario que entrara el monstruo de naturaleza y se alzara con la monarquía cómica, que avasallara y pusiera debajo de su juridición a todos los farsantes, y llenara el mundo de comedias, en que relumbran los dones preciosísimos de su genio, para que quedara fundado el teatro español.

Ahora bien, ¿qué opinaba el Lope de Vega, poeta erudito, que aspiraba a igualar la gloria de los más altos poetas clásicos, de la obra que atropelladamente iba creando el otro Lope de Vega, poeta popular? Como observa el señor Menéndez Pidal en el dicho libro, es curioso que mientras Juan de la Cueva, convencido definidor del teatro nuevo, no tenía fuerza ni habilidad para imponerlo, Lope, de ideas más bien clásicas, fuera quien con su genio creador fundara uno de los dos más grandes teatros románticos de la humanidad. Al principio, Lope parece despreciar sus comedias: "Si allá murmuran de ellas algunos que piensan que las escribo por opinión—dice en la carta de 1604—, desengáñeles V. md. y dígales que por dinero." En la Epístola a don Antonio de Mendoza llama "versos mercantiles" a los de sus comedias. Repetidas veces, por ejemplo en el prólogo de El Peregrino, se disculpa de que éstas "no guarden el arte" alegando que el público las quiere así, y él no hace más que continuar las cosas tal como las ha encontrado, siguiendo el mal estilo que se ha introducido en el teatro español. Del Arte nuevo de hacer comedias, defensa tímida de su teatro en la que no sale aún del terreno de pedir perdón por sus muchas faltas, dice así el señor Menéndez y Pelayo, en el tomo III de la Historia de las ideas estéticas, y en tales palabras puede darse por resumido el problema de la posición de Lope en esta cuestión, sobre todo antes de los años de su vejez: "El Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, tan traído y llevado por los críticos, hasta el extremo de haberse convertido algunos de sus versos en proverbios, ha parecido a muchos una especie de enigma o acertijo, siendo, como es, su sentido claro y llano para todo el que no le considere aisladamente sino poniéndole en relación con las demás obras de su autor y con el sentido estético que predomina en ellas. En Lope hay dos hombres: el gran poeta español y popular y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina e italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones, triunfa la una o triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia, más o menos clara, de la grandeza de su obra, y la lleva a término sin desfallecer un solo día. Pero al mismo tiempo se acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados Poéticas, en los cuales, con autoridades mejor o peor entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción en su espíritu." Pero según fué viviendo fué aprendiendo Lope a apreciar más altamente su teatro. En 1617 ya se decide a publicar directamente sus comedias, "aunque nunca las hizo para imprimirlas", dejando el desdén con que las había tratado hasta entonces. Sin embargo, siempre tuvo por más valiosos sus poemas; "jamás tuvo arrogancia" por sus comedias, "porque teniendo ingenio y letras para los libros que corren suyos por Italia y Francia, tiene las comedias por flores del campo de su Vega, que sin cultivo nacen". (Prólogo de la Parte XX.) No sabia él que aquellas silvestres florecillas eran lo que le aseguraba la inmortalidad.

No vamos a entrar aquí, claro está, en la plurisecular contienda, largo ha extinguida, entre los partidarios del teatro clásico y los del romántico, que tantos arroyos de tinta y bilis hizo derramar en tiempo de nuestros mayores, próximos y remotos. Acaso, sin embargo, hubiera podido ser resuelta a gusto de todos considerando que el teatro español (o el inglés), aunque coincidiendo con las obras dramáticas del arte clasicista, a las que se aplicaban las leyes aristotélicas y horacianas, en ser recitado por actores en un escenario, pertenecía a diferente género literario y era nacido de origen muy diverso. Si consideramos que gran número de las obras de Lope (o de Shakespeare) son fiel dramatización del relato de una crónica o de un cuento; si atendemos a lo frecuentes, extensos e importantes que son en Lope los romances en que se narran cosas que constituyen parte integrante de la acción y que, sin embargo, no han podido ocurrir ante los espectadores; si vemos que en el teatro español, más que a la pintura de los caracteres en pugna se atiende a desarrollar el argumento, generalmente complicadísimo, llegaremos a pensar que tales obras, más que con las tragedias y comedias de tipo clásico, tienen parentesco con crónicas y novelas: que deben ser tenidas por lazo de unión entre los géneros épico y dramático más que como puros dramas. Ya Bouterweck, historiador de nuestras letras y uno de los fomentadores de los estudios de literatura española en Alemania a principios del siglo xix, decía, según Bertrand (Tieck et le théâtre espagnol) que una comedia española es un cuento dramático. Tieck, según el mismo autor, escribe que "cada una de las buenas comedias de Lope está tratada como un cuento lleno de alta poesía". Y en otro lugar, analizando una obra de Lope, dice: "Si se exceptúa el principio, está construída como un cuento y tiene un carácter completamente narrativo." "Lope se propuso dar a sus comedias la forma de una novela dramática—dice en su Historia Ticknor—y con su gran talento llegó a establecer esta base como la fundamental del teatro español." El propio Lope había dicho en el proemio de su novela El Desdichado por la honra: "Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al pueblo, aunque se ahorque el arte." Finalmente, don Ramón Menéndez Pidal, en la obra varias veces citada, se expresa en estos términos: "Puede decirse que fué ella—la prosa narrativa—quien le imprimió su carácter definitivo haciéndole pasar de las hondonadas y laberintos en que se perdía al ancho campo que debía recorrer tan gloriosamente. Fué a su semejanza como se formó el nuevo drama, donde todo es acción, movimiento y vida. A ella es a quien ha debido su vivacidad, la rapidez de su acción, la libertad de abarcar las épocas y los lugares más alejados unos de otros, esas bruscas transiciones gracias a las cuales el juglar antiguo y el cronista, venido tras él, transportaban a su antojo la atención de los oyentes del uno al otro lado de los lugares donde se desenvolvía el relato. Tal es el origen de esos continuos cambios en el lugar de la escena que han permitido al nuevo drama tratar los asuntos más complejos de la epopeya, de la historia y de la novela antigua. Concebida de esta manera, la comedia española se ha constituído bajo la forma de una epopeya dramática y el principio al cual obedece no es otro que éste: todo lo que puede ser narrado puede también ser representado en la escena."

Poco a poco, según van siendo mejor estudiadas las comedias y conocidos los sucesos de la vida del poeta, a que no faltan alusiones en aquéllas, comienza a ser posible el establecer su sucesión cronológica con mayor rigor de lo que lo había sido hasta ahora. De este modo llegará a verse con toda claridad la evolución del arte dramático de Lope en su larga carrera. Pero en lo esencial no se saldrá—es de esperar—de lo entrevisto por el señor Menéndez y Pelayo, quien viene a afirmar que en las comedias de la juventud de Lope predomina el carácter lírico y hay gran complicación de argumentos e incidentes, mientras que en las obras de la vejez simplifícase el asunto y el tono épico se sobrepone al lírico. En las dos comedias que contiene este volumen, pertenecientes a muy distinto tiempo de la vida del poeta, puede comprobarse cumplidamente este general aserto.

Lope de Vega, como se ha dicho antes, conoció en vida la mayor popularidad que jamás puede haber alcanzado autor alguno. León Pinelo en sus Anales de Madrid alaba "la estimación que le dió el pueblo dondequiera que estuvo, y particularmente en esta Corte, donde en oyéndole nombrar los que no le conocían se paraban en las calles a mirarle con atención, y otros que venían de fuera luego le buscaban y a veces le visitaban sólo por ver y conocer la mayor maravilla que tenía la Corte, y muchos le regalaban y presentaban alhajas sin más título que el de ser Lope de Vega, y si llegaba a comprar cualquiera cosa de mucha o poca calidad, en sabiendo que era Lope de Vega se la ofrecían dada o se la vendían con toda la cortesía y baja de valor que les era posible;... dieron en Madrid, más de veinte años antes que muriese, en decir por adagio a todo lo que querían celebrar o alabar por bueno, que era de Lope; los plateros, los pintores, los mercaderes, hasta las vendedoras de la plaza, por grande encarecimiento, pregonaban fruta de Lope, y un autor grave, que escribió la historia del señor don Juan de Austria, para levantar de punto la alabanza, dijo de uno que era capitán de Lope, y una mujer, viendo pasar su entierro, que fué grande, sin saber cúyo era, dijo que aquel era entierro de Lope, en que acertó dos veces". Quevedo, en la aprobación de las Rimas de Burguillos, se refiere también a este uso popular de calificar como de Lope a lo excelente: "Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno."

"Gozó sin litigio Lope la fama en la mocedad—dice Pellicer en su Panegírico—; aguardábanle las contradicciones para la vejez." En los últimos años de la vida del poeta, el tornadizo favor del público parece haberse complacido más en las obras de algunos nuevos ingenios que en las del viejo creador del teatro español; más de una vez el público recibió con hostilidad alguna de sus últimas creaciones. El aplauso y protección de las esferas oficiales ya hemos visto también que buscó de preferencia otras frentes para colocar en ellas sus coronas. El poeta habrá conocido en la última época de su vida la amarga sensación de sobrevivirse, de quedar rezagado en la marcha del gusto público de su tiempo. No poco le habrá dolido esta desventura que venía a sumarse a las desdichas privadas que ennegrecieron y llenaron de amargura sus últimos días.

Muerto Lope, su obra quedó un tanto oscurecida por la de Calderón, su continuador famosísimo, y fué cada vez más olvidada en el creciente mal gusto que se extendía según iba avanzando el siglo xvii. En el xviii, corrió la suerte de todo el teatro español, y sólo a principios del xix renació su fama con la reivindicación general de nuestro teatro por los escritores románticos, alemanes principalmente. Pero también entonces la nombradía de Calderón hizo sombra a la de Lope, que todavía vino a quedar en lugar secundario. Grillparzer en los países de lengua germánica; en Inglaterra la redacción de The Atheneum, Chorley y Ormsby, iniciaron la tendencia de colocar a Lope en el excelso lugar que le corresponde en el teatro español, tendencia que recibió consagración oficial entre nosotros cuando en 1890 don Marcelino Menéndez y Pelayo acometió la tarea de publicar la edición académica de las obras de Lope de Vega. De entonces acá, los estudios sobre Lope han venido siendo cada vez más numerosos e intensos, y en la valoración actual de nuestras letras, Lope de Vega, aunque sin el sentido universal de Cervantes, su no muy amado coetáneo, goza de una preeminencia y significación únicas en el orbe de la literatura española.

J. Gómez Ocerín. R. M. Tenreiro.


EL REMEDIO EN LA DESDICHA

Aparte la ortografía, que sólo hemos conservado cuando nos ha parecido encerrar valor fonético, reproducimos aquí el texto que se encuentra en la "Trecena parte de las comedias de Lope de Vega Carpio, Procurador Fiscal de la Cámara Apostolica en el Arzobispado de Toledo. Dirigidas, cada una de por sí, a diferentes personas. Año 1620. Con privilegio. En Madrid. Por la viuda de Alonso Martín. A costa de Alonso Pérez, mercader de libros".

En las escasísimas correcciones que hemos creído forzoso introducir, ponemos en nota las palabras correspondientes de la Parte XIII.