XXXV

El toldo de Mariano Rosas visto de la enramada.—Preparativos para recibirme.—Un bufón de Leubucó.—De visita.—Descripción de un toldo.—La mesa.—El indio y el gaucho.—Paralelo afligente.—Reflexiones.—La comida.—Un incidente gaucho.

La puerta del toldo de Mariano Rosas caía á la enramada.

Varias chinas y cautivas lo barrían con escobas de biznaga, regaban el suelo arrojando en él jarros de agua, que sacaban con una mano de un gran tiesto de madera que sostenían con otra; colocaban á derecha é izquierda asientos de cueros negros de carnero, muy lanudos, ponían todo en orden, haciendo líos de los aperos, tendiendo las camas, colgando en ganchos de madera, hechos de horquetas de chañar, lazos, bolas, riendas, maneadores y bozales.

Una cuadrilla de indiecitos sacaba en cueros, arrastrados mediante una soga de lo mismo, los montones de basura é inmundicia que las chinas y cautivas iban haciendo en simetría, revelando que aquella operación era hecha con frecuencia.

Un grupo de chinas de varias edades se peinaba con escobitas de paja brava, arreglando sus largos y lustrosos cabellos en dos trenzas de á tres gruesas guedejas cada una que remataban en una cinta pampa, y, para ajustarlas y alisarlas mejor, las humedecían con saliva, se pintaban unas á las otras con carmín en polvo, los labios y los pómulos, se sombreaban los párpados y se ponían lunarcitos negros con el barro consabido; se ponían zarcillos, brazaletes, collares, se ceñían el cuerpo bien con una ancha faja de vivos colores, y por último, se miraban en espejitos redondos de plomo de dos tapas, de unos que todo el mundo habrá visto en nuestros almacenes.

Yo veía todos estos preparativos, echando miradas furtivas al interior del toldo.

El negro del acordeón se presentó con su instrumento en mano. Estaban identificados por lo visto, no podían separarse; sin negro no había acordeón, sin acordeón no había negro.

Preludió un airecito y entonó unas coplas de su invención.

También era poeta, ya lo previne, aunque haciendo constar que sus baladas no recordaban las de Tirteo.

«Señor don Mariano Rosas
La familia ya lo espera.»

Cantó el maestro de ceremonias de Leubucó, fiel judío de la política, resuelto á esperar allí hasta la consumación de sus días la venida del Mesías—el regreso del Restaurador.

Mariano le miró con esa cara benévola, con esa sonrisa afectuosa con que los hombres ensoberbecidos por el poder miran á sus palaciegos y aduladores.

El negro que conocía su posición, hizo algunas piruetas y danzó.

Parecía un sátiro.

Tenía la mota parada como cuernos, los ojos saltados enrojecidos por el alcohol, unas narices anchas y chatas llenas de excrecencias, unos labios gordos y rosados como salchichas crudas.

Se le hizo bueno su partido y siguió tocando su acordeón, mirándome picarescamente, como quien dice: ahora te tengo.

La buena crianza no permitía manifestarme disgustado de las gracias coreográficas, ni de la habilidad musical de aquel valido predilecto y mimado del dueño de casa.

Al contrario, como Mariano Rosas me mirara, de cuando en cuando sonriéndose, tenía que sonreirme.

Los circunstantes festejaban las bufonadas del negro.

Estaba radiante de júbilo; se sentaba al lado del cacique: le palmeaba, le abrazaba y mirándole con admiración, exclamaba ¡ah! ¡toro lindo! ¡Éste es mi padre! ¡Yo doy por él la vida! ¿No es verdad, mi amo?

Mariano hacía un movimiento de aprobación con la cabeza y en voz baja me decía: es muy fiel.

¡Miserable condición humana!

El hombre es el mismo en todas partes, se inclina á los que lisonjean su necio orgullo, su amor propio, su vanidad; huye y se aleja de los que se estiman lo bastante para no envilecerse con la mentira.

No en balde Dante ha colocado á los aduladores en el Malebolge—la fosa maldita,—hundidos hasta las narices en pestíferas letrinas.

Llegaron más visitas.

Todas fueron recibidas por Mariano con estudiada cortesía, observando estrictamente el ceremonial.

Y sabemos que consiste en una serie monótona de preguntas y respuestas.

Para todo el mundo había asiento.

Después que terminaban los saludos, venía la presentación.

Yo tenía que levantarme, que dar la mano, que abrazar y que contestar con frases análogas, esas preguntas y salutaciones:

¡Me alegro de haberle conocido!

¿Cómo le ha ido de camino?

¿No ha perdido algunos caballos?

¡Estamos muy contentos de verlo aquí!

El negro tocaba, cantaba, bailaba y á quien mejor le parecía le adjudicaba una patochada. Para él era lo mismo que fuera un cacique que un capitanejo; un indio que un cristiano. Tenía influencia en palacio y podía usar y abusar de sus festejadas gracias.

Llamé á los franciscanos para que los recién llegados les conocieran.

Vinieron. Con su aire dulce y manso saludaron todos, siendo objeto de demostraciones de respeto. El sacerdote es para los indios algo de venerando.

Hay en ellos un germen fecundo que explotar en bien de la religión, de la civilización y de la humanidad.

Mientras tanto ¿qué se ha hecho?

¿Cómo se llaman, pregunto yo, los mártires generosos que han dado el noble ejemplo de ir á predicar el Evangelio entre los infieles de esta parte del continente americano?

¿Cuántas cruces ha regado la barbarie con sangre de misioneros propagadores de la fe?

¡Ah! esta civilización nuestra puede jactarse de todo, hasta de ser cruel y exterminadora consigo misma. Hay, sin embargo, un título modesto que no puede reivindicar todavía—es haber cumplido con los indígenas los deberes del más fuerte.—Ni siquiera clementes hemos sido. Es el peor de los males.

La presencia de los franciscanos no fué un obstáculo para que siguiera funcionando el acordeón.

Yo estaba impaciente por entrar en el toldo de Mariano y conocer su familia.

En una de las vueltas que el negro daba, sentándose acá y allá, se puso á mi lado.

—Mira—le dije al oído,—si sigues tocando, en cuanto llegue al Río 4.º mandaré lo que te dije, el organito para Mariano.

Me miró como diciéndome, por piedad no; y haciendo callar el instrumento y dirigiéndose á Mariano le dijo:

—Ya está todo pronto.

Mariano me invitó entonces á pasar al toldo, se puso de pie y me enseñó el camino.

Le seguí dejando á los franciscanos con las visitas en la enramada.

Entramos.

Sus mujeres, que eran cinco, sus hijas que eran tres y sus hijos que eran Epumer, Waiquiner, Amunao, Lincoln, Duguinao y Piutrín, estaban sentados en rueda.

Á cierta distancia había un grupo de cautivas.

Las chinas me saludaron con la cabeza, los varones se pusieron de pie, me dieron la mano y me abrazaron.

Las cautivas con la mirada. Me conmovieron.

¿Quién no se conmueve con la mirada triste y llorosa de una mujer?

Mariano me enseñó un asiento, me senté; él se puso á mi lado dándome la izquierda.

En frente había otra fila de asientos. Entraron varios indios y los ocuparon. Eran indios predilectos de Mariano.

Las chinas se levantaron y se pusieron en movimiento. En medio del toldo había tres fogones en línea y en cada uno de ellos humeaban grandes ollas de puchero y se tostaban gordos asados.

Un toldo, es un galpón de madera y cuero. Las cumbreras, horcones y costaneras son de madera; el techo y las paredes de cuero de potro cosido con vena de avestruz. El mojinete tiene una gran abertura; por allí sale el humo y entra la ventilación.

Los indios no hacen nunca fuego al raso. Cuando van á malón tapan sus fogones. El fuego y el humo traicionan al hombre en la Pampa, son su enemigo. Se ven de lejos. El fuego es un faro. El humo una atalaya.

Todo toldo está dividido en dos secciones de nichos á derecha é izquierda, como los camarotes de un buque. En cada nicho hay un catre de madera, con colchones y almohadas de pieles de carnero; y unos sacos de cuero de potro colgados en los pilares de la cama. En ellos guardan los indios sus cosas.

En cada nicho pernocta una persona.

De las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los indios creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que aconseja cama separada.

Como ves, Santiago amigo, el espectáculo que presenta el toldo de un indio, es más consolador que el que presenta el rancho de un gaucho. Y no obstante, el gaucho es un hombre civilizado. ¿Ó son bárbaros? ¿Cuáles son los verdaderos caracteres de la barbarie?

En el toldo de un indio, hay divisiones para evitar la promiscuidad de los sexos: camas cómodas, asientos, ollas, platos, cubiertos, una porción de utensilios que revelan costumbres, necesidades.

En el rancho de un gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, los hermanos, los parientes, los allegados, viven juntos, y duermen revueltos. ¡Qué escena aquélla para la moral!

En el rancho del gaucho no hay generalmente puerta.

Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, ó en cabezas de vaca disecadas. No usan tenedores, ni cucharas, ni platos. Rara vez hacen puchero, porque no tienen olla. Cuando lo hacen, beben el caldo en ella, pasándosela unos á otros. No tienen jarro, un cuerno de buey lo suple. Á veces ni esto hay. Una caldera no falta jamás, porque hay que calentar agua para tomar mate. Nunca tiene tapa. Es un trabajo taparla y destaparla. La pereza se la arranca y la bota.

El asado se asa en un asador de hierro, ó de palo, y se come con el mismo cuchillo con que se mata al prójimo, quemándose los dedos.

¡Qué triste y desconsolador es todo esto! Me parte el alma tener que decirlo. Pero para sacar de su ignorancia á nuestra orgullosa civilización, hay que obligarla á entablar comparaciones.

Así se replegará cuanto antes sobre sí misma, y comprenderá que la solución de los problemas sociales de esta tierra es apremiante.

La suerte de las instituciones libres, el porvenir de la democracia y de la libertad serán siempre inseguros mientras las masas populares permanezcan en la ignorancia y atraso.

El cabrío emisario de las leyes, tienen que ser las costumbres. Dadme una asociación de hombres cualquiera con hábitos de trabajo, con necesidades, con decencia, y os prometo en poco tiempo un pueblo con leyes bien calculadas. El bien es una utopía cuando la semilla que debe producirlo no está sazonada. La aspiración de la libertad racional es una quimera, cuando los instrumentos que deben practicarla son corrompidos.

Dios ha ligado fatalmente los efectos á las causas. Ni los olmos dan peras, ni las instituciones sus frutos donde las nociones del bien y del mal, de lo bueno y de lo malo, no están universalmente encarnadas en todo pecho. Siguiendo la ruta que llevamos, elevaremos los andamios del templo; pero al levantar la bóveda, el edificio se desplomará con estrépito y aplastará con sus escombros á todos.

Los artífices desaparecerán y el desaliento de los que contemplaban su obra conducirá á la anarquía. Por eso el primer deber de los hombres de estado es conocer su país.

Á los cinco minutos de estar en el toldo nos sirvieron de comer. Á cada cual le pusieron delante un gran plato de madera con puchero abundante de choclos y zapallo, cubiertos, cuchara, tenedor, cuchillo y agua.

Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestían como indias, estaban pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios vestidos.

¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulada resignación traicionaban sus rostros! La que más avenida parecía era la nodriza de la hija menor de Mariano; había sido criada en la casa de don Juan Manuel de Rosas. La cautivaron en Mulitas, en la famosa invasión que trajo el indio Cristo, en la época del gobierno de Urquiza, cuando lo que se robaba aquí se vendía en las fronteras de Córdoba y San Luis.

Yo no había comido más que un churrasquito, desde el día antes; el puchero estaba muy apetitoso y bien condimentado. Me puse, pues, á comer con tanta gana como anoche en el Club del Progreso. Y como no habían olvidado los trapos, como olvidaron las servilletas allí, lo hice como un caballero.

Terminado el puchero, trajeron asado, después sandías.

Estábamos en los postres, cuando volvió á presentarse el negro con su inseparable acordeón. Se sentó como en su casa al lado de Mariano y comenzó la música. Afortunadamente se había puesto muy ronco y no podía cantar. Que te dure la ronquera, decía yo para mis adentros, y lo miraba, haciéndole con la cabeza una especie de amenaza de mandar el organito ofrecido y temido por él. El sátrapa me miraba compasivamente. Lo dejé seguir.

Conversábamos como en un salón, cada uno con quien quería.

Los indios no dan cigarros á los cristianos que están de visita. Para fumar yo, tuve que regalar de los míos á todos.

Los indiecitos nos alcanzaban fuego, y cuando se quedaban jugando ó distraídos, Mariano los aventaba diciéndoles: Salgan de ahí, no falten al respeto á sus mayores, eran sus palabras casi textuales. Observé que eran en este sentido bien criados.

Mariano, queriendo ponderarme uno de sus hijos me dijo:

—Éste es muy gaucho.

Después me explicaron la frase. El indiecito ya robaba maneas y bozales. Más tarde completaría su educación robando ovejas, después vacas. Es la escala.

En seguida me presentó otro.

Era un muchacho de trece años, no podía tener más. Y eso debía tener por la época en que me aseguraran había nacido. Su mérito consistía en tener mujer ya. Su cara no carecía de atractivos; tenía bastante expresión. Revelaba excesos prematuros, un tísico en perspectiva.

Fumábamos y charlábamos alegremente, cuando se presentó Epumer, con mi capa colorada, la capa causante de tantos malos ratos y dolores de cabeza. Confieso que no me pareció tan fea.

Me saludó con política y me habló con cariño.

Pidió aguardiente, y Mariano le dijo en su lengua, que no era hora de beber.

Sentóse y tomó parte en la conversación.

Una cara, que yo no había visto desde que llegamos, cuya aparición por allí debía preocuparme, se mostró por una rendija del toldo y con disimulo me hizo una seña significativa.

Fingí un pretexto. Se lo comuniqué á mi huésped y le pedí permiso para retirarme, y me retiré diciéndome á mí mismo, lleno de curiosidad: ¿qué habrá?

XXXVI[5]

Por qué se me presentaba Camilo Arias.—Caracteres de este hombre y de nuestros paisanos.—El indio Blanco.—Sus amenazas.—Le pido una entrevista á Mariano Rosas.—Me tranquiliza.—Costumbre de los indios.—No existe la prostitución de la mujer soltera.—Qué es cancanear.—El pudor entre las indias.—La mujer casada.—De cuántos modos se casan las indias.—Las viudas.—Escena con Rufino Pereira.—Igualdad.—Miguelito intercede por Rufino.

La cara era la de Camilo Arias.

Salí del toldo, entré en la enramada, eché una visual hacia el lado por donde me habían llamado la atención, y viendo que aquél se dirigía á mi rancho, haciendo un rodeo, me apresuré á entrar en él.

Entré luego.

Hice salir á los que estaban dentro; al capitán Rivadavia le ordené que estuviera en acecho de los espías que, según costumbre, debían observar mis movimientos y escuchar mis conversaciones; y á otro oficial, que con todo disimulo se acercara á Camilo y le dijera que podía entrar.

Mi fiel y adicto compañero de tantas correrías por la frontera no se hizo esperar.

Según mis instrucciones, no se me había acercado desde el día que llegamos á Leubucó.

Algo grave, alarmante ó que convenía que yo no ignorase acontecía, cuando se me presentaba.

Él no era hombre de alarmarse, ni de faltar á su consigna sin razón. Tenía toda la sangre fría, toda la astucia, toda la experiencia del mundo, que tan prematuramente adquieren nuestros paisanos; son condiciones características en ellos, que la vida errante y azarosa que llevan desarrolla en sumo grado.

Es cosa que pasma verlos desde chiquitos cruzar los campos solos, á toda hora del día y de la noche, en un mancarrón ó picando una carreta; alejarse de las casas ó de las poblaciones, á bolear avestruces, guanacos ó gamas, á peludear ó quirquinchar, dormir entre las pajas, desafiar las intemperies, casi desnudos, con el caballo de la rienda, y precaverse contra todas eventualidades, de los indios, de los cuatreros, de los ladrones.

Apenas entró Camilo en el rancho, le pregunté:

—¿Qué hay?

Miró á su alrededor, se cercioró de que no había nadie, y dudando aun del testimonio de sus sentidos, se me acercó al oído y me dijo:

—El indio Blanco ha venido.

—¿Y qué?...—le contesté encogiéndome de hombros.

—Está en una pulpería y dice que si Mariano Rosas ha hecho la paz, él no la ha hecho.

—¿Y quién está con él?

—Varios indios y cristianos.

—¿Y qué dicen?

—Lo mismo que él, que si Mariano Rosas ha hecho la paz, ellos no la han hecho.

—¿Nada más dicen?

—Sí, dicen más; dicen que ya lo veremos.

—¿Y cómo lo has sabido?

—Haciéndome el zonzo, el que no entendía, me allegué á ellos, y como algo entiendo su lengua he comprendido todo.

—Bien, retírate, cuidado esta noche con los caballos.

—No hay cuidado, señor.

Se marchó, y me quedé pensando qué haría. Después de un momento de reflexión, resolví decirle á Mariano Rosas lo que ocurría.

Llamé al capitán Rivadavia y le ordené que le anunciara mi visita.

Me contestó que podía ir cuando gustase.

Volví á su toldo, despidió á las visitas, y cuando nos quedamos solos le referí el caso.

Por más que quiso disimular, le conocí que la conducta del indio Blanco le irritaba, porque desconocía su autoridad.

—No tenga cuidado, hermano—me dijo, y mandó á uno de sus hijos que llamara á Camargo.

Mientras éste vino, me enteró de algunas costumbres de su tierra.

—Hermano—me dijo, más ó menos,—aquí á mi toldo puede entrar á la hora que guste, con confianza, de día ó de noche es lo mismo. Está en su casa. Los indios somos gente franca y sencilla, no hacemos ceremonia con los amigos, damos lo que tenemos, y cuando no tenemos pedimos.

No sabemos trabajar, porque no nos han enseñado. Si fuéramos como los cristianos, seríamos ricos, pero no somos como ellos y somos pobres. Ya ve cómo vivimos. Yo no he querido aceptar su ofrecimiento de hacerme una casa de ladrillo, no porque desconozca que es mejor vivir bajo de un techo que como vivo, sino porque, ¿qué dirían los que no tuviesen las mismas comodidades que yo? Que ya no vivía como vivió mi padre, que me había hecho hombre delicado, que soy un flojo.

Era excusado refutar estas razones; me limitaba á escuchar con atención y manifiesto interés.

Siguió hablando y me explicó, que entre los indios no existe la prostitución de la mujer soltera. Ésta se entrega al hombre de su predilección. El que quiere penetrar en un toldo de noche, se acerca á la cama de la china que le gusta y le habla.

Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede, no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale; de otra manera no la habrían solicitado, ó cancaneado.

En lengua araucana, el acto de penetrar en un toldo á deshoras de la noche se llama cancanear y cancán equivale á seducción.

Los filólogos franceses pueden averiguar si estos vocablos se los han tomado los indios á los galos ó éstos á los indios.

Yo sólo sé decir que es muy curioso que entre indios y franceses cancanear y cancán, respondan á ideas que se relacionan con Cupido y sus tentaciones.

Como se ve, la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios.

¿Se creerá por esto que la licencia es general entre ellos, que los Lovelace abundan y que no hay más que fijarse en una china para exclamar después: fuí, vi y vencí?

No tal.

La libertad es un correctivo en todo. Como la lanza del guerrero antiguo, ella cura las mismas heridas que hace. Esta verdad es vieja en el mundo.

La libertad trae la licencia, pero la licencia tiene su antídoto en la licencia misma.

En cuanto á la libertad de la mujer, esta observación social ha sido hecha ya no recuerdo por quien.

Las francesas se casan para ser libres; las inglesas para dejar de serlo. ¿Cuáles son los efectos? Que en Francia es mayor el número de mujeres solteras seducidas y en Inglaterra el de casadas.

Y, por regla general, los predestinados del matrimonio son los celosos. ¿Por qué? porque el pudor es el mayor cancerbero de la mujer.

¿Existe el pudor entre las indias? se me preguntará quizá mañana por algunos curiosos.

Para ahorrarme contestaciones, anticiparé que en todas partes del mundo, así entre los pueblos civilizados, como entre las tribus salvajes más atrasadas, la mujer tiene el instinto de saber que el pudor aumenta el misterio del amor.

De lo contrario, sería cosa de hacerse uno indio mañana mismo, de renunciar á la seguridad de las fronteras y dejarnos conquistar por las Ranqueles.

Al lado de la mujer soltera, la mujer casada es una esclava, entre los indios.

La mujer soltera tiene una gran libertad de acción; sale cuando quiere, va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere.

La mujer casada, depende de su marido para todo.

Nada puede hacer sin permiso de éste.

Tiene sobre ella derecho de vida ó muerte.

Por una simple sospecha, por haberla visto hablando con otro hombre, puede matarla.

¡Así son de desgraciadas!

Y tanto más cuanto que quieran ó no, tienen que casarse con quien las pueda comprar.

Hay tres modos de casarse.

El primero es como en todas partes. Con consentimiento de los padres y por amor, con el apéndice de que hay que pagarles á aquéllos. En este caso, si después de casada una china, se le escapa al marido y se refugia en casa de sus padres, el tonto que se casó por amor, pierde mujer y cuanto por ella dió.

El segundo, consiste en rodear el toldo de la china que se quiere, acompañado de varios y en arrancarla á viva fuerza, con el beneplácito y ayuda de sus padres. En este otro caso, también hay que pagar; pero más que en el anterior. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, hay que entregarla.

El tercero, es parecido al anterior; se rodea el toldo de la china, con el mayor número de amigos posible, y quiera ella ó no, quieran los padres ó no, se la arranca á viva fuerza. Pero en este caso hay que pagar mucho más que en el otro. Si la mujer huye después y se refugia en el toldo paterno, la entregan ó no. Si no la entregan los padres, en uso de su derecho, el marido pierde lo que pagó. Y el loco que se casó á la fuerza, por la pena es cuerdo.

No están tan mal las cosas dispuestas entre los indios; el amor y la violencia exponen á iguales riesgos.

Un indio puede casarse con dos ó más mujeres; generalmente no tienen más que una, porque casarse es negocio serio, cuesta mucha plata.

Hay que tener muchos amigos que presten las prendas que deben darse en el primer caso, y en el segundo y tercero las prendas y el auxilio de la fuerza.

Sólo los caciques y los capitanejos tienen más de una mujer.

La más antigua es la que regenta el toldo; las demás tienen que obedecerle, aunque hay siempre una favorita que se substrae á su dominio.

Las viudas representan un gran papel entre los indios cuando son hermosas.

Son tan libres como las solteras en un sentido, en otro más, porque nadie puede obligarlas á casarse, ni robarlas.

De manera, que las tales viudas, lo mismo entre los indios que entre los cristianos, son las criaturas más felices del mundo.

Con razón hay mujeres que corren el riesgo de casarse á ver si enviudan.

El cacique Epumer está casado con una viuda y no tiene más que una mujer.

Yo la encontré muy hermosa[6] é interesante, y en una visita que la hice me recibió con suma amabilidad y gracia.

Es una india cuyo porte y aseo sorprenden.

¡Viuda había de ser la que lograse dominar á un hombre como Epumer, bravío, impetuoso, tremendo!

Terminaba Mariano Rosas sus lecciones ranquelinas, cuando llegó su hijo con Camargo.

—Teniente—le dijo,—vaya, dígale á Epumer que he sabido que Blanco ha llegado y que anda hablando lo que no debe; que lo cite para la junta que debe haber, y que si no calla ya sabe.

Este ya sabe quería decir que lo matasen si era necesario, si no obedecía.

Camargo obedeció y salió, volviendo al rato con la contestación de Epumer.

Decía éste, que ya había sabido lo que andaba hablando Blanco y que le había hecho decir que se moderase.

Oyendo esto Mariano, me dijo:

—Ya ve, hermano, cómo no hay cuidado. No haga caso de ese indio. Yo he de hacer que se someta, y de no, que se vaya. Cuando oyó decir que nos iban á invadir, dejó el «Cuero» y sin mi permiso se fué para Chile con cuanto tenía. Y ahora que sabe que estamos de paz, que no hay temor de que nos invadan, vuelve. Ése es amigo para los buenos tiempos. No ha de hacer nada, es pura boca.

Camargo confirmó todo cuanto dijo Mariano y agregó algunas observaciones muy de gaucho, como por ejemplo: yo sé dónde ese indio pícaro tiene la vida.

En estas pláticas estábamos y la hora de comer se acercaba, cuando entrando el capitán Rivadavia, me dijo que me esperaban con la comida pronta.

Saqué el reloj, y haciéndoselo ver á Mariano, dije:

—Las cuatro.

El indio lo miró, como dándome á entender que estaba familiarizado con el objeto y me dijo:

—Muy bueno, yo tengo uno de plata. Pero no lo uso. Aquí no hay necesidad.

—Es verdad—le contesté.

Y él repuso:

—Vaya, no más, hermano, á comer, ya es un poco tarde.

Salí, pues, nuevamente del toldo, comí, y al entrarse el sol, volví á la enramada.

Mariano estaba sentado con unos cuantos indios medio achumado con ellos.

Me ofrecieron asiento, lo acepté.

Bebían aguardiente.

Me hicieron un yapaí, acepté.

Me hicieron otro, acepté.

Me hicieron otro, acepté.

Felizmente para mis entrañas, la copa en que echaban el aguardiente era un cuerno muy pequeñito, y la botella de aguardiente estaba ya por acabarse en los momentos que llegué.

Mariano se había quedado meditabundo con la vista fija en el suelo.

Los otros indios se iban durmiendo.

Yo me engolfaba no sé en qué pensamientos, cuando un hombre de mi séquito se presentó, manteniendo el equilibrio con dificultad y teniendo un cuchillo en una mano y una botella de aguardiente en la otra.

Al verle, la cólera paralizó la circulación de mi sangre.

—¡Retírate, Rufino!—le grité.

No me obedeció y siguió avanzando.

—¡Retírate!—volví á gritarle con más fuerza.

No me obedeció tampoco y siguió avanzando, y ofreciéndole la botella á Mariano Rosas, le dijo:

—Tome, mi General.

Mariano la tomó.

Se la quité. Aquel momento era decisivo para mí. Si me dejaba faltar al respeto por uno de mis mismos soldados era hombre perdido.

Y quitándosela, eché mano al puñal y gritándole al gaucho, ¡retírate! con más fuerza que antes, me abalancé sobre él, saltando por sobre varios indios.

Rufino obedeció entonces y huyó. Volví sobre mis pasos y me senté agitadísimo; la bilis me ahogaba.

Mariano, que no se había movido de su sitio, me dijo con estudiosa calma y siniestra expresión:

—Aquí somos todos iguales, hermano.

—No, hermano—le contesté.—Usted será igual á sus indios. Yo no soy igual á mis soldados. Ese pícaro me ha faltado al respeto, viniendo ebrio adonde yo estoy y negándose á obedecerme á la primera intimación de que se retirara. Aquí más que en ninguna parte me deben respetar los míos.

El indio frunció el ceño, tomando su fisonomía una expresión en la que me pareció leer: este hombre es audaz.

Yo no calculé el efecto, aunque comprendí que si me dejaba dominar por el borracho me desprestigiaba á los ojos de aquel bárbaro.

Nos quedamos en silencio un largo rato.

Ni él ni yo queríamos hablar.

Él murmuró de nuevo: «aquí todos somos iguales».

Mi contestación fué, viendo que Rufino armaba un alboroto en el fogón de mis asistentes, gritar, fingiéndome furioso, porque había recobrado la serenidad:

—Pónganle una mordaza.

El indio arrugó más la frente. Yo hice lo mismo y permanecimos mudos.

Miguelito nos sacó del abismo de nuestras reflexiones.

Venía á interceder por Rufino, ofreciéndome cuidarle él mismo.

Me pareció oportuno ceder.

—Llévalo—le dije.—¡Pero cuidado!

Rufino oyó y contestó: no hay cuidado, mi Coronel, y comenzó á dar vivas al coronel Mansilla.

Le hice señas con el dedo que callara, obedeció.

Un momento después oíase en un toldo vecino, en el que había una pulpería, su voz tonante.

Mariano me dijo:

—Están alegres los mozos.

—Sí—le contesté secamente,—y dándole las buenas tardes, le dejé solo.

La noche se acercaba, lo mandé traer á Rufino y le hice acostar á dormir.

Rufino tiene una historia.

Es un tipo de gaucho malo.

NOTAS:

[5] Esta carta será mejor que no la lean las señoras.

[6] Con permiso de los que pretenden que los gustos se pueden discutir.