CANTO SEXTO
No sabía en qué modo festejase
el negro rey los fuertes navegantes,
porque el amor y feudo granjease
del señor de unas gentes tan pujantes:
pésale ver que tanto lo apartase
su ventura de aquellas abundantes
tierras de Europa, y no estar más vecino
de do Alcides abrió en el mar camino.
Con juegos, danzas y otras alegrías
según la policía melindana,
con usadas y alegres pesquerías
con que Antonio a Lageia puso ufana,
este famoso rey todos los días
entretiene la gente Lusitana
con banquetes, manjares desusados,
con frutas, aves, carnes y pescados.
Mas viendo el capitán que se tardaba
más de lo que conviene y que ya el viento
a la partida llama, se aprestaba,
a la par, de pilotos y alimento:
a la vela se hace, que aun restaba
mucho por navegar del elemento:
con amor, del pagano se despide,
que a todos amistad larga les pide.
Pídeles más: que aquel su puerto sea
siempre de sus armadas visitado;
que ningún otro bien mayor desea
que dar a gente tal reino y estado,
y que en cuanto con vida el cielo vea
estará muy de veras aprestado
a dar la vida y reino totalmente
por rey de tanta alteza y por tal gente.
Otras tales palabras respondía
el capitán, y al viento velas dando,
al reino de la Aurora se partía,
que tanto tiempo ha que va buscando:
el piloto que lleva no tenía
el pecho falso, mas le va mostrando
la verdadera rota y mar futuro,
y con esto se va sobre seguro.
Las ondas navegaban del Oriente
en el inmenso mar, y divisaban
los tálamos del Sol, que nace ardiente,
y casi sus deseos se acababan;
mas Baco airado, que en el alma siente
las venturas que allí se aparejaban
a la gente del Luso, de ellas dina,
arde, muere, blasfema y desatina.
El cielo veía estar determinado
de hacer de Lisboa nueva Roma:
no lo puede estorbar, que destinado
está del gran poder que el mundo doma:
a la tierra bajó desesperado,
nuevo remedio en ella busca y toma,
entra el húmero reino y vase al fuerte
de aquel a quien le cupo el mar en suerte.
Lo más íntimo entró de las profundas
cavernas altas donde el mar se esconde,
de do las olas salen furibundas
cuando el furor del viento al mar responde:
Neptuno vive, y viven las jocundas
Nereïdas, la parte del mar, donde
las aguas dejan campo a las ciudades
que habitan estas húmedas deidades.
Descubre el hondo nunca descubierto,
las arenas de plata neta y fina,
torres altas se ven en campo abierto
de transparente masa cristalina,
y cuanto más se allega, menos cierto
la vista lo que sea determina,
si es cristal, si es aljófar o diamante,
según se muestra claro y rutilante.
Las puertas de oro fino, claveteadas
del rico aljófar que las conchas crían,
de hermosa pintura dibujadas,
los ojos del dios Baco entretenían:
de colores se veían variadas
del viejo Caos las formas que yacían;
vense cuatro elementos trasladados
en diversos oficios ocupados.
Allí el sublime fuego estaba encima
sin que sea en materia sostenido;
de allí las cosas vivas siempre anima
después que por Prométeo fué cogido;
luego tras él el aire se sublima
que pegado a la esfera puso nido,
no dejando lugar caliente o frío
en todo el universo estar vacío.
Está la tierra en montes revestida
de verdes hierbas y árboles floridas,
dando pasto diverso y dando vida
a las fieras en ella producidas:
la clara forma allí estaba esculpida
de las aguas por tierras esparcidas,
que de pescados crían varios modos,
cebando con su humor los cuerpos todos.
En otro lado está puesta la guerra
que dioses y gigantes han tenido;
Tifeo sotopuesto está a la sierra
Etna, por donde fuego ha despedido;
esculpido se ve dando en la tierra,
ante el pueblo que a verlo ha concurrido,
por sacar el caballo, el gran Neptuno;
cuando Palas produjo el aceituno.
Poco se tarda aquí el Tebano airado
en mirar estas cosas; mas entrando
adonde está Neptuno, que, avisado
de su venida, en pie le está esperando,
recíbelo a la puerta, acompañado
de ninfas que se están maravillando
de ver que, acometiendo tal camino,
venga al reino del agua el rey del vino.
«¡Oh Neptuno!, le dijo, no te espantes
si a Baco en tus palacios recibieres,
que también con los grandes y pujantes
suele mostrar fortuna sus poderes:
manda llamar los dioses del mar antes
que hable más, si más oir quisieres;
verán de desventura grandes modos:
oigan todos el mal que toca a todos.»
Juzgando ya Neptuno que sería
extraño caso aqueste, llamar manda
a Tritón a los dioses de agua fría
y a los que habitan una y otra banda.
Tritón, que de ser hijo se gloría
del rey y de Salaucia veneranda,
era mancebo grande, negro y feo,
trompeta de su padre y su correo.
Los pelos de la barba y cabellera,
que a los hombros abaja, ser mostraba
del limo de la mar a do naciera;
tales que nunca peine los peinara:
las ostras y la pesca vil, ratera,
de las mojadas puntas le colgaba:
en la cabeza trae por gorra, aposta,
una cáscara grande de langosta.
Desnudo el cuerpo y miembros genitales,
porque al nadar no tenga impedimento,
aunque cubiertos todos de animales
que en ellos se amontonan ciento a ciento:
arañas y cangrejos y otros tales,
que de Febe reciben crecimiento,
inmundos animales el inmundo
lugar cubren, cogidos del profundo.
La conca que llevaba, retorcida,
con tanta fuerza y brío la soplaba
que en un punto de todos fuera oída
según en la mar ancha retumbaba:
luego la compañía apercibida
de dioses al palacio caminaba
del dios que el muro hizo de Dardania,
destruído después de griega insania.
El Océano viene acompañado
de los hijos e hijas que engendrara:
Nereo, que con Dorio fué casado,
y de ninfas el mar todo poblara:
el profeta Proteo deja el ganado
marítimo pacer por la agua clara:
allí viene también, aunque sabía
a lo que Baco al mar venido había.
De Neptuno la linda y bella esposa,
hija de Celo y Vesta, allí se halla
grave, y con rostro alegre tan hermosa,
que está la mar en leche por miralla:
vestida una camisa preciosa
de bengala o beatilla, que a tapalla
no es posible, mas deja el cuerpo verse,
que tanto bien no es bien pueda esconderse.
Anfitrite, más bella que las flores,
no quiso que aquí menos se sintiese:
consigo trae el delfín que a los amores
del rey le aconsejó que obedeciese;
con los ojos de cuanto ve señores
cualquiera pensará que al sol venciese:
las dos van mano a mano igual partido,
pues ambas son esposas de un marido.
Y la que, de las furias de Atamante
huyendo, mereció divino estado,
consigo trae su hijo, bello infante
que en número de dioses es contado:
brincando por la playa va delante
con las conchas que cría el mar salado,
por la arena a las veces se recrea,
y otras lo lleva en brazos Panopea.
Y el dios que humano fué, mas por extraño
caso con una hierba poderosa
fué convertido en pez, y de este daño
le vino la deidad santa, gloriosa,
aun se viene llorando el grave engaño
que Circes con su Escila usa hermosa,
la cual ama de veras siendo amado,
que a aquesto obliga amor mal empleado.
Ya finalmente todos asentados
dentro de una capaz y rica sala,
las diosas en riquísimos estrados,
los dioses en fino oro de Zofala,
de Neptuno son todos regalados,
el dios Baco con él está a la iguala;
y con suave olor la arabia masa
que nace dentro el mar hinche la casa.
Estando sosegado ya el tumulto
de dioses y de sus recibimientos,
comienza a descubrir del pecho oculto
la razón Tioneo de sus tormentos;
un poco entristeciéndose en el bulto,
dando muestra de grandes sentimientos,
por dar a los del Luso triste muerte
con hierro ajeno, habla de esta suerte:
»Príncipe que de juro señoreas
de un polo al otro polo el mar airado,
y como tú lo quieres y deseas,
término das al mundo limitado,
y tú, padre Oceano, que rodeas
el globo de la tierra que has cercado,
y a ninguno permites, aunque amigo,
que tus límites pase sin castigo.
»Y los demás que nunca habéis sufrido
injuria en vuestro reino chica o grande,
que con castigo igual no hayáis tenido
venganza de este tal que en la mar ande,
¿cómo en tanto descuido habéis vivido,
quién puso en tanto grado que os ablande
los pechos con razón endurecidos
contra los hombres flacos y atrevidos?
»Visteis que con grandísima osadía
el cielo acometieron más supremo;
visteis aquella loca fantasía
de tentar a la mar con vela y remo;
visteis y veis ahora cada día
empresas tan soberbias, que me temo
serán del cielo y agua Lusitanos
los dioses, y nosotros los humanos.
»Veis ahora la poca y flaca gente
que de un vasallo mío nombre toma,
con soberbia de pecho y alta frente
a vos y a mí y al mundo todo doma:
ved cómo corta el mar del Oriente,
a do jamás llegó fuerza de Roma:
ved cómo, el reino de agua sojuzgando,
los estatutos vuestros van quebrando.
»Yo vi contra los Minias, que primero
camino por el agua en nao hicieron,
que injuriado Bóreas y el parcero
Aquilo a los demás les resistieron:
si del ayuntamiento venturero
los vientos esta injuria así sintieron,
vos, a quien más compete esta venganza,
¿qué esperáis, qué queréis con tal tardanza?
»Y no consiento, dioses, que ninguno
piense que por su amor bajé del cielo,
ni que siento la injuria de Neptuno:
la mía es la que temo yo y recelo;
mi suerte lloro, que el hado importuno
en mis victorias ponga obscuro velo,
y lo que yo gané por el Oriente
lo vea ser rendido de esta gente.
»Que el gran señor y hados que destinan
a su albedrío el ser del bajo mundo
mayor fama que a nadie determinan
darle por el mar ancho del profundo.
Mirad, oh dioses sacros, si se inclinan
por pasión los del cielo, que segundo
se ve, nadie tendrá menos valía
que quien con más razón valer debía.
»Y por esto bajé del cielo huyendo,
buscando algún remedio a mis pesares,
por ver si lo que en él se fué perdiendo
lo hallaré ganado en vuestros mares.»
Queriendo decir más, vanle impidiendo
las perlas que llorando caen a pares
de los húmedos ojos, con que luego
se encienden las deidades de agua en fuego.
La ira con que al punto fué alterado
el corazón de todos los vivientes
no sufre más consejo bien pensado
ni dilación mayor, ni inconvenientes.
Al grande Eolo envían un recado,
de parte de Neptuno y sus clientes,
que dé suelta a los vientos repugnantes,
con que no haya en el mar más navegantes.
Proteo bien quisiera haber audiencia
para decir allí lo que sentía,
y según lo descubre su presencia,
era alguna profunda profecía;
mas en todos hallaba resistencia
de aquella tumultuosa compañía,
y Tetis, indignada, dijo en alto:
«Proteo, no es Neptuno en ciencia falto.»
Luego el soberbio Hipótades soltaba
de la cárcel los vientos furïosos,
el furor con palabras avivaba
contra nuestros guerreros animosos:
al punto el claro cielo se entoldaba,
que los vientos comienzan impetuosos
a correr por el mar fuerzas tomando,
torres, montes y casas derribando.
En cuanto este consejo se hacía
en el acuoso asiento, nuestra flota
con viento sosegado proseguía
por el tranquilo mar su larga rota.
Era cuando la luz del claro día
del hemisferio Eoo está remota;
los del cuarto de prima se acostaban,
y al segundo los otros despertaban.
Del gran sueño vencidos, mal despiertos,
bocezando a menudo se albergaban
por sobre las antenas, descubiertos
sin defensa a los vientos que soplaban;
los ojos con trabajo grande abiertos,
los perezosos miembros estiraban,
remedios contra el sueño buscar quieren,
historias cuentan, casos mil refieren.
«¿Cómo será mejor, uno decía,
este tiempo pasar grave y pesado
sino con algún cuento de alegría
con que nos deje el sueño tan cargado?»
Responde Leonardo, que traía
pensamientos de firme enamorado:
«¿Qué cuentos contarán que sean mejores,
para pasar el tiempo, que de amores?»
«No es, dijo Veloso, cosa justa
de blanduras tratar en la aspereza
que el trabajo del mar, que nos desgusta,
no consiente blanduras ni terneza;
antes de dura guerra, cruel, robusta,
aquesta historia sea, pues dureza
nuestra vida ha de ser a lo que entiendo,
que el mal que ha de venir lo está diciendo.»
Todos vienen en ello y encomiendan
a Veloso que cuente lo que aprueba:
«Yo lo contaré, dijo, como entiendan
que no es fábula antigua o ficción nueva;
y porque los oyentes de aquí aprendan
a hacer hechos grandes de alta prueba,
diré de los que son de nuestra tierra
los doce de la guerra de Inglaterra.
»En tiempo que las riendas de su reino
el rey don Juan primero moderaba,
gozando de la paz con su gobierno
que el cercano enemigo perturbaba,
dentro de Inglaterra, que en invierno
perpetuo con la nieve blanqueaba,
la fiera Erimnis siembra tal cizaña
que fuese inmortal fama a nuestra España.
»Entre las damas de la corte inglesa
y nobles cortesanos hubo un día
una grave discordia sobre mesa,
o fué por opinión o por porfía;
los cortesanos, a quien poco pesa
decir graves palabras de osadía,
dicen sustentarán que honras y famas
en tales damas no hay para ser damas.
»Y si alguno con lanza o con espada
quisiere demandarles lo contrario,
ellos en campo raso o estacada
convencerán con muerte al adversario:
la femenil flaqueza, poco usada
a semejante afrenta, el necesario
auxilio implora luego de las gentes,
buscándolo entre amigos y parientes.
»Mas como fuesen grandes y pujantes
del reino los galanes, no se atreven
ni parientes ni amigos ni aun amantes
a sustentar las damas como deben.
Con lágrimas humanas, y bastantes
a que tras sí los sacros dioses lleven,
echadas por el rostro de alabastro,
se van todas al duque de Alencastro.
F. Gerard, dibujóPiget, sc.
Viendo Vasco de Gama que en el puerto
de su dulce deseo se perdía,
viendo hasta el infierno el mar abierto
y que con nueva furia el cielo veía...
»Era gran capitán y se hallara
en guerras con la gente portuguesa
cuando contra Castilla se mostrara
defendiendo su tierra en alta empresa:
la fuerza del amor allí notara
que a su hija la hizo ser princesa,
porque con su beldad el pecho doma
del fuerte rey, y por mujer la toma.
»Este, que socorrerlas no quería
por no causar discordias intestinas,
les dijo: «En Portugal, cuando atendía
»el rey a haber las tierras iberinas,
»noté en los portugueses tal valía,
»tal primor, tal esfuerzo y partes dinas,
»que ellos solos podrían, si no yerro,
»sustentar esta causa a fuego y hierro.
»Y si, agraviadas damas, sois servidas,
»de vuestra parte irán embajadores
»que con cartas discretas y sentidas
»los hagan de este agravio sabedores:
»con ellas en extremo encarecidas,
»con palabras de halagos y de amores,
»vuestras lágrimas sean, que yo creo
»veréis puesto en efecto ese deseo.»
»Así las aconseja el duque experto,
y doce les nombró de los más fuertes,
mas porque cada cual tenga uno cierto,
les manda que sobre ellos echen suertes:
doce a doce les dió, y al descubierto
por suyo, cada cual sus penas, muertes,
sus afrentas escribe por mil modos,
y todas a su rey, y el duque a todos.
»Ya llega a Portugal el mensajero
y con la novedad la corte altera:
quisiera el rey sublime ser primero,
si la alteza real lo consintiera:
cualquiera cortesano el venturero
holgara que su suerte lo hiciera,
y tienen por dichoso y bienhadado
al que viene del duque señalado.
»Ya en la fuerte ciudad de do nombrada
nuestra tierra quedó con nombre eterno
de Portugal, se apresta gruesa armada
por orden del que tiene el real gobierno:
apercíbense luego a la jornada
de ropas con galán corte moderno,
yelmos, cimarras, letras y primores,
caballos y libreas de colores.
»Ya de su rey tenían la licencia
para partir del Duero celebrado
aquellos que escogidos por sentencia
fueran del duque inglés tan sublimado.
No se halla en los doce diferencia
en caballero, diestro o esforzado,
mas uno que Magricio se decía
de esta suerte habló a la compañía:
«Fortísimos guerreros, yo deseo
»ha mucho tiempo ver cosas extrañas,
»por ver más tierras y aguas que aquí veo,
»varias gentes del mundo, varias mañas;
»y así, puesto que sea gran rodeo,
»pues las cosas del mundo son tamañas,
»querría, si queréis, irme por tierra,
»que yo llegaré a tiempo a Inglaterra.
»Y cuando caso fuere que, impedido
»por la que da a las cosas fin postrero,
»en el plazo faltare definido,
»no será grande falta un compañero:
todos por mí haréis lo que es debido,
»aunque, según en Dios confío y espero,
»ríos, montes, fortuna, ni embarazo,
»no harán que no llegue al justo plazo.»
»Siendo con esto todos abrazados,
tomada la licencia, de ellos parte
por León, por Castilla y los ganados
lugares por valor del patrio Marte.
Ve a Navarra y los montes encumbrados
de Pirene, que a España y Francia parte;
vistas en fin de Galia cosas grandes,
al estado pasó grande de Flandes.
»Allí llegado, o fuese industria o maña,
sin pasar se detuvo muchos días;
mas los once, que marchan con gran saña,
cortan el mar del Norte con porfías:
llegados a la costa inglesa extraña,
para Londres tomaron breves días:
del duque son con fiestas regalados,
de las damas servidos y animados.
»Llégase el plazo y día señalado
de entrar en campo con los doce ingleses,
que el seguro del rey ya estaba dado:
de yelmos se arman todos y de arneses;
las damas por su parte ven armado
el esfuerzo feroz de portugueses:
vístense de colores todas ledas,
con oro, joyas, perlas, ricas sedas.
»Mas a la que le cupo por su suerte
el ausente Magricio, así le pesa,
que de luto se viste como en muerte,
pues su galán le falta en esta empresa:
los once publicaron con voz fuerte,
que lo entienda la corte toda inglesa,
que a las damas les den las justas palmas
aunque dos o tres de ellos den las almas.
»Ya en un sublime y público teatro
se asienta el rey inglés con los señores:
estaban tres a tres y cuatro a cuatro
mirando los valientes guerreadores:
no son vistos del sol, del Tajo al Batro,
de fuerza, esfuerzo y de ánimo mayores,
otros doce salir cual los ingleses,
ni cual salen los once Portugueses.
»Tascaban los caballos espumando
los frenos de oro con feroz semblante:
el sol está en las armas verberando
como en limpio cristal y bel diamante;
mas divísase en uno y otro bando
partido desigual y disonante
entre once y doce, cuando ya la gente
comienza a alborotarse comúnmente.
»Vuelven todos el rostro donde había
la causa principal del rebullicio
y ven un caballero que venía
con armas y caballo a su servicio:
saluda al rey y damas, y seguía
los once Lusitanos, que es Magricio:
sus amigos abraza el compañero,
que al peligro no falta aunque postrero.
»La dama, como vió que era venido
el que ha de defender su nombre y fama,
del animal de Heles se ha vestido,
que más que a la virtud el vulgo lo ama.
Ya dan señal, y el bélico ruído
los encendidos pechos tanto inflama,
que pican y las riendas sueltan luego,
bajan las lanzas, salta en tierra el fuego.
»El tropel de caballos al encuentro
retumbar hace el bajo y hueco suelo:
a nadie el corazón le cabe dentro
del pecho con temor y con recelo:
cuál de la silla vuela al hondo centro;
cuál de tierra la cara vuelve al cielo,
cuál en rojas las armas tiñe blancas,
cuál con yelmo y penacho da en las ancas.
»Alguno allí granjea eterno sueño
que quisiera quizás no granjeallo:
allí corre un caballo ya sin dueño,
aquí corre ya un dueño sin caballo:
ya la soberbia inglesa con desdeño
de tres o cuatro muertos halla al fallo,
que al hacer con espada la batalla
hay más que arnés, escudo, yelmo y malla.
»Gastar palabras en contar extremos
de golpes fieros, fieras cuchilladas,
es de los gastadores que sabemos
de tiempo con las fábulas soñadas:
basta por fin del caso que entendemos
que con hazañas grandes señaladas
los nuestros alcanzaron la victoria
y las damas quedaron con su gloria.
»El duque recogió los vencedores
en sus casas con fiestas y alegría:
cocineros ocupa y cazadores
de las damas la bella compañía,
que quieren dar a sus libertadores
suntuosos banquetes cada día,
en cuanto los tuviere Inglaterra
sin dejarlos volver para su tierra.
»Mas dicen que después el gran Magricio,
deseoso de ver cosas más grandes,
en la tierra se queda, do un servicio
a la condesa hizo que es de Flandes
(que profesando, oh Marte, tu novicio,
no se acobardará en cuanto le mandes):
un fiero francés mata que el destino
de Torcato traía y de Corvino.
»Y de los doce un otro en Alemaña
se queda, donde tuvo un desafío
con un falso germano que con maña
lo pretendió dejar rendido y frío.»
Contando esto Veloso con gran saña,
le piden que no haga tal desvío
del caso de Magricio y su victoria,
y que del alemán tenga memoria.
Todos del que contaba están colgando,
y el maestre del aire, tras quien anda,
el silbo toca a priesa, despertando
los marinos de una y otra banda;
y porque el viento viene refrescando,
los trinquetes de proa coger manda:
«Alerta, grita, alerta, que recrece
el viento de la nube que parece.»
No eran los trinquetes aun plegados
cuando les sobrevino la procela:
«¡Izad la vela grande, descuidados!»
«¡Amainad con furor la mayor vela!»
No esperaron los vientos indignados
que amainen los que están en centinela:
mil pedazos la hacen con ruído
que el mundo pareció ser destruído.
Hiere el cielo con gritos nuestra gente
con súbito temor desacordada:
queda la nao sin vela tan pendiente
que por el bordo al mar le daba entrada.
«¡Alija, alija, todos prestamente;
la ropa vaya al mar, no quede nada;
otros den a la bomba, no cesando;
abomba, que nos vamos anegando!»
Corrieron los soldados animosos
a la bomba, y al punto que llegaron
los vaivenes del mar impetuosos
al bordo todos juntos los echaron.
Tres marineros diestros y forzosos
el timón menear nunca bastaron:
cuñas le ponen de una y otra parte,
si aprovechar pudiese esfuerzo y arte.
Nunca fuerza mayor mostrar pudieron
los vientos, ni más ímpetu furioso,
cuando por derribar juntos vinieron
el fuerte de Babel tan suntuoso:
en los profundos mares que crecieron,
cual batel que en la mar no halla reposo,
se muestra la gran nao y mueve espanto
poderse sustentar en la mar tanto.
La nao grande en que va Paulo de Gama
por el medio llevaba el mástil roto;
anegada la gente al cielo clama,
pidiendo ayuda a Dios con lloro y voto;
por el aire también voces derrama
toda la nao de Coello, aunque el piloto
tuvo al venir del viento tanto tiento
que primero amainó que diese el viento.
A veces a las nubes los subían
las olas de Neptuno furibundo;
a veces los abajan donde veían
las íntimas entrañas del profundo:
Noto, Austro, Bóreas, Aquilo querían
arruïnar la máquina del mundo:
la noche, triste y negra, relucía
con rayos en que el cielo todo ardía.
Las alcioneas aves triste canto
junto a la brava costa levantaron,
tornando a la memoria el grave llanto
que las furiosas aguas les causaron;
los tímidos delfines, entre tanto,
en las cuevas marítimas se entraron,
la tempestad huyendo y vientos duros
que ni al fondón los dejan ser seguros.
Nunca tan vivos rayos fabricara
contra la gigantea fuerza y gente
el que de su antenado sublimara
las armas con el temple reluciente,
ni nunca el gran Tonante al mundo echara
tan a menudo el trueno y rayo ardiente
en el grande diluvio do vivieron
los que piedras en gente convirtieron.
¡Cuántos montes entonces derribaron
las olas que batían denodadas!
¡Cuántas viejas encinas arrancaron
las furias de los vientos indignadas!
Las forzosas raíces no pensaron
poderse ver jamás desarraigadas,
ni las hondas arenas desde el suelo
llegar con viento y agua hasta el cielo.
Viendo Vasco de Gama que en el puerto
de su dulce deseo se perdía,
viendo hasta el infierno el mar abierto
y que con nueva furia el cielo veía,
confuso de temor, de vida incierto,
donde ningún remedio le valía,
aquel remedio llama santo y fuerte
que lo imposible puede, de esta suerte:
«¡Divina guarda, amparo y bien del triste,
que el cielo, mar y tierra señoreas!
Tú que al triste Israel refugio diste
en medio de las aguas eritreas,
Tú que libraste a Pablo y defendiste
de peligrosas sirtes y ondas feas
y guardaste con hijos al segundo
poblador del vacío y yermo mundo:
»Si tengo nuevos miedos peligrosos
de otra Escila y Caribdis ya pasados,
otras sirtes, bajíos arenosos,
otros Acroceraunios infamados,
¿al fin de tantos casos trabajosos,
por qué somos de ti desamparados,
si este nuestro trabajo no te ofende,
mas con él tu servicio se pretende?
»¡Oh dichosos aquellos que pudieron,
entre las gruesas lanzas africanas
morir, en cuanto fuertes sostuvieron
la santa fe en las tierras mauritanas,
de quien hechos ilustres se supieron,
de quien quedan memorias soberanas,
de quien se gana vida con perdella,
siendo la muerte honrosa en honra de ella!»
Diciendo esto, los vientos que luchaban
como toros indómitos bramando,
más y más la tormenta acrecentaban
por la menuda jarcia resonando:
relámpagos horribles no cesaban,
fieros truenos que están representando
el cielo de sus ejes dar en tierra,
tener los elementos cruda guerra.
Ya la amorosa estrella cintilaba
delante el claro Sol, puesta al Oriente,
mensajera del día, y visitaba
la tierra y largo mar con leda frente,
y la diosa, que a ella gobernaba,
a quien el rostro guarda Orión ausente,
luego que vió en el mar la rota armada,
de miedo, enojo y rabia fué tocada.
«Estas obras de Baco son por cierto,
dijo; mas su intención falsa y aleve
no pasará adelante: descubierto
me será siempre el mal a que se atreve.»
Esto diciendo, baja al mar abierto,
gastando en el camino tiempo breve:
manda luego a las ninfas amorosas
coronarse de flores y de rosas.
Manda poner guirnaldas de colores
sobre cabellos rubios a porfía:
¿quién no dirá que nacen rojas flores
sobre el oro que Arabia fértil cría?
Ablandar determina por amores
de vientos la enojada compañía,
mostrándoles sus ninfas caras, bellas,
que más hermosas van que las estrellas.
Así fué, porque luego que llegaron
a ver la vista de ellas, les fallecen
las fuerzas con que de antes pelearon
y ya como rendidos le obedecen:
pies y manos al punto les ligaron
los cabellos que rayos obscurecen,
y a Bóreas, que en amor más la quería,
le dijo la bellísima Oritía:
«No creas, fiero Bóreas, que te creo,
que me tuviste nunca amor constante:
la blandura es de amor más cierto arreo,
y el furor no está bien a firme amante:
si con freno tu furia no la veo,
no tienes que esperar de aquí adelante
que pueda más amarte, mas temerte,
que amor contigo en miedo se convierte.»
Así mismo la bella Galatea
decía al fiero Noto; que bien sabe
haber tiempo que en verla se recrea
y bien cree que con ella todo acabe:
no sabe si este bien tan grande crea,
que en su pecho tal gozo apenas cabe,
mirando que su dama ya le manda,
y piensa que hace poco aunque sea blanda.
De esta suerte las otras amansaban
con palabras sus firmes amadores,
y a la hermosa Venus se entregaban,
amansadas sus iras y furores.
Ella les prometió, viendo que amaban,
sempiterno favor en sus amores,
tomándoles a todos homenaje
de servir a la flota en su viaje.
Daba ya la mañana en los oteros
por donde el Ganges suena murmurando,
cuando de la alta gavia marineros
por la proa van tierra divisando:
fuera ya de tormenta y mares fieros,
el temor van del pecho desterrando.
Grita alegre el piloto melindano:
«¡De Calicut la tierra está a la mano!
«Si la India buscáis, esta es la tierra
del Indo verdadero, que aparece:
aquí vuestro viaje se destierra;
aquí vuestro trabajo se fenece.»
El fuerte capitán, en quien se encierra
el bien y el mal de cuanto allí se ofrece,
humilde se postró y a Dios adora,
que a la tierra los trujo de la Aurora.
Mil gracias daba a Dios, con grato pecho,
que no sólo la tierra le mostraba
que con tanto temor, tan sin pertrecho,
con trabajos ha tanto que buscaba;
mas en salvo lo puso del estrecho
de la muerte que el mal aparejaba:
libre se ve del golfo y sobre un leño,
como quien despertó de un grave sueño.
Por medio de peligros tan pesados,
de trabajos tan graves y temores,
alcanzan los que son a fama dados
los títulos honrosos de señores,
no estando en nobles troncos recostados,
sólo con el valor de sus mayores,
no en los dorados techos, ni con finos
aforros de Moscovia cebellinos.
No con manjares nuevos y exquisitos,
no con paseos blandos ocïosos,
no con varios deleites infinitos
que afeminan los pechos generosos,
no con nunca vencer los apetitos
que la fortuna tiene tan mimosos,
que no sufre a ninguno dar un paso
por obra de virtud que no sea escaso.
Mas con ganar con fuerzas de su brazo
honra que con razón la llame propia,
poniéndose de acero el fuerte lazo,
sufriendo mil miserias con inopia,
venciendo el torpe frío en el regazo
del Sur, y los calores de Etiopia,
tragando, aunque corrupto esté, el sustento
templado con un arduo sufrimiento.
Con mostrar al peligro en el semblante
una seguridad de pecho entero,
al pasar la pelota por delante
llevando pierna o brazo al compañero:
esto hará que el pecho se levante
despreciando las honras y dinero,
las honras y dinero que ventura
forjó, no la virtud, que es justa y dura.
De esta arte quedará el entendimiento
con experiencias hecho reposado,
viendo, cual atalaya, de alto asiento
el bajo trato humano mal trabado:
este tal, donde hubiere regimiento
derecho, y no de afectos ocupado,
subirá como debe a tener mando
contra su voluntad, y no rogando.