I
Las supersticiones son inherentes a la naturaleza humana; ellas son mayores y más dominantes según el estado de civilización de cada país. En el nuestro se adquieren en la niñez y nos acompañan hasta la tumba. A medida que los individuos descienden en escala social y disminuye su instrucción, van aumentando en número y haciéndose imprescindibles en el dominio de la vida. Tal sucede con los habitantes de escala inferior de nuestras ciudades y pueblos de provincia, llámense blancos, mestizos o indios, los cuales son orgánicamente supersticiosos. En el espíritu de estos diversos componentes étnicos apenas han podido tener cabida algunas ideas religiosas o principios de ciencia médica, que lejos de amortiguar los impulsos naturales de su idiosincracia mediocre, les han servido para disimularlos y encubrirlos. Continúan creyendo indios y mestizos, en la eficacia de los sortilegios y maleficios, y en el poder de los que los hacen; veneran aún las cuevas tétricas, los cerros elevados, desiertos y desprovistos de vegetación, los lagos, ríos, o figuras de barro toscamente trabajados, o piedras que tienen venas atravesadas en cruz, o formando arabescos, que se aproximen a figuras humanas, y a cuanta cosa encuentran con alguna particularidad extraña, suponiendo, aunque confusamente, que tras de todo eso existe una voluntad personal, que les da movimiento, les hace obrar, o se manifiesta en ellos, o representa los desdobles de sus antepasados. Sus antiguos mitos y leyendas siguen teniendo conturbada y esclavizada su alma sencilla. En la mente de niño de aquellos, la religión y la medicina, se confunden aún con la brujería; el hechicero con el médico y el sacerdote, a quien con su segunda intención, se complacen en llamarlo tata-cura.[1]
Los párrocos tan ignorantes, como sus feligreses, son los que dan pábulo a esas creencias, predicándoles, enseñándoles a menudo, que los males son obra del diablo, venganzas de la divinidad; bendiciendo los objetos presentados por los indios y cholos, colocándolos después en los altares, junto a las efigies de los santos. Así al lado de una Virgen, se ve un trozo de piedra, junto a un crucifijo, un retazo de madera.
La ignorancia de las causas que motivan los fenómenos naturales, en párrocos y feligreses, han influído, en forma decisiva, para que el fetichismo y las supersticiones indígenas encuentren aceptación y aliento en las costumbres del pueblo, dando lugar para que el remedio a cualquiera desgracia o enfermedad, se busque, no en la ciencia, sino en la hechicería.
Entre los santos del catolicismo, al que deveras adora el indio y en quién tiene plena fe, es en Santiago, porque lo confunde con el rayo; lo toma por su imagen.
Como los antiguos griegos, creían que Júpiter lo lanzaba, suponen los indios que Santiago es el que lo forja y envía a la tierra; por eso se llaman Apu-illapu, o sea, señor-rayo.
El indio se extasía al contemplar al santo montado a caballo, con aire marcial y sañudo de fiero y apuesto capitán, cubierto la testa con sombrero de plata, de ancha falda levantada, dejando al descubierto su arrogante rostro; manteo encarnado, con flecos de oro sobre la espalda, armada su diestra de flamígera espada, en actitud de descargar el arma sobre infieles que se le han puesto atrevidos al paso, y a quienes los hace triturar con los pesados cascos de su brioso corcel.
Tal es la fe que la gente del pueblo tiene en Santiago, que cuando alguien ha podido salvar de la descarga eléctrica del rayo, lo conceptúan como su hijo, favorecido con un bautismo de fuego, en señal de haberlo elegido el santo para revelarle los arcanos de lo venidero, prevenir los males, descubrir las cosas ocultas y ahuyentar por su intermedio al espíritu malo, al temible auka escapado del centro de la tierra, y la fractura o cicatriz producida por el rayo, la considera, el que la tiene, como comprobante del papel sobrenatural que debe desempeñar entre sus semejantes.
Asimismo, cuando un niño nace el momento en que estallan chispas en el cielo, lo llaman hijo de Santiago. También tienen igual condición los mellizos, o el hijo que la madre hubiese afirmado estar concebido para el santo, cierto día que la sorprendió la tempestad en el campo, o la cubrió el sol con sus rayos ardientes hasta haberla dejado desmayada.
El lugar en que ha caído el rayo lo consideran como digno de respeto, por haber sido visitado por el santo, tatitun-purita, como dicen, y le llevan ofrendas y lo veneran, creyendo que aun se encuentra presente allí Santiago, y con objeto de despedirlo, se visten con sus mejores trajes, se adornan de blanco y junto con sus mujeres, igualmente ataviadas, al son de alegre música, se dirigen al sitio, hacen reventar cohetes y después de sacrificar una llama blanca, y realizar otras ceremonias, cual si realmente estuvieran despidiendo a una persona, regresan bailando a sus casas. Desde entonces, el lugar es tenido por sagrado, y le denominan, unas veces, ajatha, atravesado, y otras illapujatha, o herido por el rayo.
El momento en que cae averiada o muerta una persona, a consecuencia del rayo, es imposible que nadie la auxilie; todos los presentes inmediatamente vuelven la vista y ninguno se atreve a mirarla siquiera. Mantienen la idea de que viéndola, se muere definitivamente, porque al santo no le agrada ser sorprendido el momento en que desciende a caballo sobre un individuo quien puede regresar en sí cuando no lo han visto.
Laikas es el nombre genérico de los brujos; pero, cuando tratan de diferenciar cierta categoría de éstos dan tal denominación al que se encarga de hechizar, de descubrir e inutilizar los maleficios y de echar suertes en todas circunstancias de la vida. Cchamacani (tenebroso) es una especie de nigromanta, que ejerce la magia, aplicando sus poderes al daño y a lo malo, a quien se atribuye por ello, estar en contacto con los espíritus perversos, evocando a los muertos, particularmente los manes de los ajusticiados y de los malvados. El Thaliri (que sacude) es el que la da principalmente de adivino, y se distingue por ejecutar sus operaciones cubierto de un poncho grueso, de burdo tejido, y de color negro, puesto en cuclillas, con los ojos cerrados aparentando dormitar o hallarse realmente dormido, o tal vez, en estado cataléptico. Sus respuestas son en voz débil, queda, cual si alguien les inspiraba sílaba por sílaba, palabra por palabra, hasta formular su pensamiento. Las tres clases se titulan hijos de Santiago y reconocen entre ellos ciertas jerarquías y preeminencias. Cuando el consultado o funcionante no puede absolver la pregunta o la cree de suma gravedad, se declara impotente y recomienda al cliente otro colega, según él de conocimientos superiores a los que tiene, y éste, si duda, lo manda al que lo supone de mayor jerarquía. Ha llegado el caso de reconocer todos ellos a un solo brujo supremo, que era quien salvaba, y en definitiva resolvía, consultas difíciles y consideradas de mucha importancia. Los lugares en que habitan éstos, que probablemente han debido ser afamados desde tiempos inmemoriales, o tal vez residencias conocidas de prestigiosos brujo, influyen para que se les tenga como a tales.
Se singularizan los pertenecientes a cada una de esas categorías, sólo en los asuntos de trascendencia o ante ofertas lucrativas con aparatos y solemnidades especiales; en la generalidad de los casos siguen procedimientos comunes.
Kamilis o Jampiris, llaman los pueblos del centro y sud de la República a los Gallahuayas, o a los que ejercen la medicina y hechicería a la vez, a quienes se les conoce también con la denominación de Yatiris o sabios. Este nombre lo emplean con preferencia a los de amaota, tocapu, chuymani, achancara-chuymani, apincoya, musani, chuymkihtara, que significan lo mismo. El Yatiri es siempre un hombre viejo, de experiencia, de consejo y de venerable aspecto: es el mago indígena.
Los indios, al revés de lo que ocurre entre los blancos, consideran a las mujeres incapaces de adivinar el porvenir, ni de descubrir los secretos de alguna importancia referentes a los hombres. El aymara tiene un profundo desprecio por la mujer y, en los únicos casos que la toma en cuenta es cuando se trata de asuntos relacionados con el amor sexual, o necesita de venenos, maleficios abortivos, o de remedios que produzcan la esterilidad. La hechicera no se entiende sino con esas consultas y cuando falla en sus previsiones, es objeto de los malos tratos de su cliente. Las que se dedican, son comúnmente, viejas andrajosas, de aspecto repugnante y entregadas al vicio de la coca o del alcohol. En hechicería, la importancia de la mujer queda muy atrás a la que se da al varón; en competencia con éste, es siempre vencida aquella. Santiago dicen, huye de la mujer y jamás ha llegado el caso de dotarla del don adivinatorio. Con semejante prejuicio su inferioridad en la materia, queda ejecutoriada para el vulgo.