Máximo a su hermano.
25 de agosto.
Hace unos días llegué a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle algunas notas que me había pedido. Lacante había ido a una reunión del Diario de los Sabios, y no encontré en su despacho más que a Elena, muy ocupada en acabar una carta.
—¿A quién escribe usted con tanta aplicación?—le pregunté sentándome enfrente de ella.
Elena me enseñó el sobre.
—Al padre Jalavieux.
Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunión.
—¿Y qué le dice usted que tan largo es? ¿Los pecados mortales?
—No, por cierto. Podían equivocarse de camino y... figúrese usted. Las cartas se pierden algunas veces.
—Enséñeme usted la carta, ¿quiere usted?
—No.
—¿Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?
Elena titubeó.
—No son precisamente secretos...
—¿Qué son, entonces?
—Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.
—¿No tiene usted bastante confianza en mí para decírmelas?
La muchacha bajó la cabeza sin responder.
Estaba tan linda con aquel aspecto de confusión juvenil y sincera, que quise divertirme en continuar la broma.
—¿No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas, por sus sentimientos?...
—Sé que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de esto, bien puede usted interesarse por mí.
—A causa de eso y otras muchas razones además, Elena. La quiero a usted ya... como a una hermanita.
—¡Oh! mejor—exclamó la muchacha con cándida alegría.
—En ese caso enséñeme usted su carta como lo haría si tuviese yo la suerte de ser su hermano.
Elena movió la cabeza y se puso grave.
—No... no puedo. Me parece que sería faltar a las consideraciones debidas al señor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que él lo sepa.
—He ahí un escrúpulo sutil... Por otra parte, ese señor no lo sabrá.
—¿Qué importa? La ofensa existiría aunque fuese ignorada... Puede que esté yo en un error, pero lo siento así.
Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo me incliné rápidamente y se la quité.
—Ahora—dije poniéndola lejos para que no pudiera cogérmela,—soy dueño de sus secretos de usted, señorita Elena.
Echéme a reír al ver la indignación que había en su mirada por mi audaz atentado, y mientras me reía, mis ojos se fijaron casualmente en esta frase: «He visto una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero...» Esta última palabra, aunque muy legible todavía, había sido tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tomó para mí una singular importancia.
—¿Es a la señorita de Grevillois a la que encuentra usted tan linda?—le dije enseñándole el párrafo de lejos.
—No quiero responder a usted.
Elena parecía enfadada y volvía la cabeza para no verme.
—Si me responde usted, le devolveré la carta.
—Sí, es esa señorita.
Cogió la carta, que le devolví, y se apresuró a meterla en el sobre.
—¿Qué quería decir ese «pero» que ha borrado usted?
—Eso no tiene importancia, puesto que lo he borrado.
—Quisiera saber qué tiene usted que reprochar a esa amable persona.
Elena me miró con fijeza.
—¿Le interesa a usted mucho esa amable persona?
—Lo que me interesa, Elena, es la manera que usted tiene de juzgar las personas... Me gustaría penetrar en su alma, tan secreta y prudente, y aprovecho para ello todas las ocasiones que se presentan...
Una coqueta no hubiera dejado de hacer con este motivo unas cuantas monadas; pero Elena, que es demasiado sencilla y natural, reflexionó unos instantes y me dijo con acento de sincero pesar:
—Quisiera responder a usted; pero no debo, en conciencia. Sería injusto comunicarle una impresión poco favorable, cuando a mí misma me ha parecido bastante precipitada y superficial para no querer atenerme a ella.
Insistí yo, secretamente picado y deseoso de saber qué podía reprochar a mi amada Luciana, pero se negó obstinadamente a responder.
—No, no; estaría muy mal. No insista usted, porque perderá el tiempo.
Vi que, en efecto, sería inútil insistir, pues su cara había tomado una expresión de dulce resolución, contra la cual se veía que no prevaldría ningún esfuerzo.
Y, como se trataba de Luciana, aquella resistencia me mortificó.
—Decididamente, es usted demasiado perfecta, señorita Elena, y su conciencia se alarma demasiado fácilmente... La caridad cristiana gana mucho cuando no se la exhibe con cierta pedantería... Aquí están las notas que deseaba su padre de usted. Sírvase usted entregárselas cuando vuelva.
Saludé y me fui.
Elena hizo un movimiento como para retenerme, pero nada dijo sin embargo.
Y nos separamos enfadados.