Máximo a Su hermano.

5 de septiembre.

La de Grevillois y su hija se han instalado en la «Villa del Lys», y Luciana ha bosquejado ya el retrato de la «patrona,» como llamamos a la Marquesa. Creo que está muy parecido, demasiado casi, y preveo que a Luciana le costará trabajo contentar a su modelo. La Marquesa ha manifestado ya cierta discreta indignación ante el boceto.

«Sobre todo, hija mía, cuide usted de no engordarme exageradamente... Sin criticar a usted, creo que me da las proporciones de una nodriza... Creo también (y usted me dispensará, ¿verdad? esta pequeña coquetería) que me hace usted la cara demasiado ancha y demasiado corta... Además, los ojos no están parecidos... Siempre me han dicho que son lo mejor que tengo... Pero usted corregirá todo esto cuando revise mañana su obra... Hace falta tiempo para acostumbrarse al modelo y sólo se ve exactamente a la larga...»

Luciana estaba un poco nerviosa y traté de calmarla como pude durante un corto paseo que hicimos solos para ir a la «Villa Sol». El tiempo estaba hermoso y de una suavidad encantadora. Vagos y finos perfumes embalsamaban el aire, penetraban en los sentidos y ablandaban el corazón, que parecía fundirse en el pecho con una sensación de desvanecerse y de evaporarse en el éter... Era aquello delicioso y hubiera yo querido que Luciana participase de mi encanto, pero seguía nerviosa y despechada.

—Es estúpido—decía—el ser pobre y depender de la primer tonta que se presente... Porque tiene dinero y lo paga, cree tener derecho para decírselo a una todo, a no ahorrarle humillaciones ni críticas, a exasperarla con sus consejos de idiota y a aplastarla bajo la enorme y pesada superioridad de su fortuna... Juventud, ingenio, talento, belleza, todo, absolutamente todo, es juzgado, medido y pesado desdeñosamente por cualquier imbécil encaramado en sus sacos de pesos, desde donde dominan a la despreciada multitud de los pobres diablos de uno y otro sexo...

Mi pobre Luciana tenía los hermosos ojos llenos de lágrimas de cólera mientras lanzaba sus imprecaciones con risa nerviosa y un calor de despecho que denunciaba su humillación.

Yo sufría por ella y tanto como ella, pero le contesté con dulzura y logré hacerle comprender que su resentimiento era excesivo y hasta injusto, pues, al fin, la vanidad de la Marquesa de Oreve no hace daño a nadie más que a ella misma y en modo alguno al artista que la pinta como es. La superioridad del dinero no existe realmente más que para aquellos que la reconocen, e indignarse por ella es un modo de reconocerla. Seamos, pues, orgullosos y permanezcamos libres de todo sentimiento de envidia, de adulación y de cólera, le dije besando sus bonitas manos.

Luciana sonrió débilmente.

—Habla usted como un sabio—me dijo,—pero la cordura es difícil, se lo juro, cuando hay que habérselas con la suficiencia presuntuosa. Quisiera tener esa hermosa filosofía; pero carezco de fuerza de alma, lo confieso, y tengo rencor a la Marquesa por ser rica, única cualidad que es indiscutible. Todo puede ser puesto en duda, la belleza, el mérito, hasta la juventud, puesto que no se tiene en el mundo más que la edad que se representa y los sabios artificios de una mujer de cuarenta años hácenla asemejarse a otra de veinticinco. Solamente la fortuna se pesa y se mide y sólo las cifras tienen una realidad inflexible.

—Lo que se cuenta, se mide o se pesa—contesté;—no vale nada al lado de una sola gota de infinito...

Luciana dejó ver su bella y seductora sonrisa y respondió:

—Lo veo a usted venir: el amor es infinito, ¿verdad?

—Lo es el mío, ciertamente.

—Diga usted el nuestro, Máximo.

Mi amada recobró su alegría y su gracia seductora, Íbamos lentamente por los frondosos senderos del bosque y habíamos olvidado el objeto de nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos aún, a Elena con Polidora, que no nos habían visto y se detenían de vez en cuando para cortar flores.

—Ahí tiene usted al retoño de Lacante en su elemento—dijo Luciana con un dejo de desdén.

—¿No le gusta a usted, Elena?

—¿Qué quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es más que una chiquilla...

—Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la sociedad de usted podría serle muy provechosa.

Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.

—No sabría qué decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas más opuestas que la de la hija de Lacante y la mía. No sabe nada de lo que a mí me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraña mucho que pueda usted hablar con ella más de diez minutos.

—Pues yo la encuentro encantadora... y rara.

—Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra más que en las selvas vírgenes o en las estepas de Bretaña. Que es encantadora... me lo ha dicho usted varias veces...

—Aseguro a usted que me complacería mucho procurando trabar amistad con ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para mí.

—¡Hacerme amiga suya!—exclamó.—Enséñeme usted entonces por dónde hay que tomarla.

Estábamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoció y nos saludó con un gran ramo que traía en la mano.

—¿De dónde viene usted?—le pregunté.—¿De una santa peregrinación, de una iglesia, de una capilla?

—No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo más profano... Vea usted mi cosecha.

Y nos enseñó el ramo.

Polidora, tomando un aspecto de importancia, empezó a decir con algún retintín:

—Venimos de...

Elena se volvió vivamente hacia ella.

—No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que enseñar a don Máximo a no ser curioso.

—Tendré que contar, ciertamente, su fechoría de usted a su señor padre—respondió el ama de gobierno.—Nada me impedirá cumplir con mi deber.

Elena respondió con dulzura:

—Hará usted bien.

Y dirigiéndose a Luciana, le preguntó si le gustaban las flores e hízole admirar las que formaban su ramo...

Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto desdeñoso, iba detrás como para separar sistemáticamente su causa de la de Elena. Era evidente que había discordia entre ellas, y como la vieja estaba deseando charlar, no esperó a que yo la preguntase.

—¡Dios mío! No es que esta muchacha sea mala, ¡oh! no; pero es imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un país donde no hay civilización... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero que se presenta.

—¡Cómo!—exclamé.—Pues parece más bien tímida y más inclinada a callarse que a hablar.

—Sí, aquí, en la buena sociedad... porque conoce que no está en su centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo ni una paleta sin que arme conversación con ellos. No tiene malicia, ni desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por más que le digo: «¡Eso no se hace!» ya está hecho cuando yo hablo... El otro día iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza y ¿qué es lo que veo? La señorita, que iba empujando por detrás con todas sus fuerzas y que siguió así hasta lo alto de la cuesta, por más que le dije. Además le dio todo el dinero que llevaba... No es por el dinero, pues me gusta que las jóvenes tengan la mano abierta, pero las conveniencias...

—¿Y hoy... ha empujado algún otro carro?

—¡Mucho peor!... Figúrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar a la puerta, y la señorita les dio pan y unos centavos y les hizo hablar. No dije nada, porque su padre estaba allí y lo permitía... Pero hete aquí que esta mañana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me dice muy amablemente: «Querida doña Polidora, quisiera ir hacia la Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos niños que vinieron ayer; está enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qué sé yo cuántas cosas más.» Parecía al oiría, que no había otras miserias en la tierra... «¿Cómo se llama?» le dije. «La Briffarde; vive en el campo Quemado... Vamos allá, ¿verdad? ¿Quiere usted, mi querida doña Polidora?» Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije: «Vamos,» no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el camino de vez en cuando, y por último llegamos a la Celle. «El campo Quemado, me dijo un segador, está allá, en lo bajo del camino. ¿Qué va usted buscando en el campo Quemado? No hay por allí nada bueno.» «Buscamos a una familia de pobres que vive allí.» «Entonces allí la encontrarán ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes.» El tono en que me dijo esto me dio qué pensar. Veo a dos pasos unas mujeres trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: «¿Vive por aquí la Briffarde?» No tardé mucho en oír más de lo que quería: una perdida, una arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces marcharme más que a paso y llevarme a la señorita; pero, que si quieres; ya se había echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer con sus crías. Naturalmente, tuve que seguirla y aún tengo levantado el estómago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos chiquillos y de los guiñapos infectos que servían de cama a la madre.

—¿Pero estaba verdaderamente enferma? ¿No habían mentido los niños?

—Lo estaba y mucho, según creo. Habían dicho la verdad. Los chicos se echaron como lobos sobre las provisiones que llevábamos. ¡Buen día tuvieron, los desgraciados! La madre trató de comer; pero no pudo... Lo que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero ¿cree usted, caballero, que es el sitio de la señorita Elena la casa de una mujer así?... Ya sé, ya sé; la caridad... Pero también existen las conveniencias...

Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de «las conveniencias.»

Pensé, sin embargo, como ella, que no sería prudente dejar que Elena volviese a aquel antro, donde podía tener malos encuentros para su inocencia.

Hablaré de esto con Lacante, pues no me atrevería a iniciar con ella la cuestión. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul que nada puede reemplazar después. La pureza de un alma virgen realiza la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial, superior a todo conocimiento, antagónico con la ciencia misma, en una palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un día se atentará contra la divina ignorancia. Querría uno colocar para siempre a la joven inocente en un altar, como esas celestiales vírgenes de los Primitivos cuyo colorido deslumbrador y cuya cándida gracia llegan intactos hasta nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno candor de aquellas vírgenes. ¿No te gusta, como a mí, esa valentía y esa misericordia para con la pecadora?

En la «Villa Sol» encontramos a Lacante esperándonos sentado a la sombra del único tilo, y Polidora le contó sin tomar aliento la aventura de la Briffarde y le rogó que prohibiese a Elena volver a casa de aquella mujer de mala vida.

Elena estaba extraordinariamente desolada.

—Pero, ¿y los hijos, papá, qué mal han hecho? ¡Si los hubieseis visto devorar el pan y la carne! Tienen hambre y están hechos jirones... ¡Y la madre está tan enferma! No creo que tenga cura.

—Seguramente que no—exclamó Polidora.—Todo lo que se haga por ella será como no hacer nada.

—Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.

—Pero tú quieres arruinarme—dijo Lacante sonriendo y acariciando el cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.

—¿Quieres, verdad?—le dijo Elena besándole la mano.—Estoy segura de que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.

Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.

¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su pureza?

Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su caridad.

Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...

—¡Y por mí!—se apresuró a decir Luciana.

Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena, radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos hecho un rico regalo.