Máximo a su hermano.

20 de octubre.

También esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero tenía una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... Sí, Luciana, mi Luciana me resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.

Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estúpido. Ella se irritó y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometía.

Hícele la observación y ella la tomó con altanería e impaciencia. La acusé de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indignó, por lo que cambiamos palabras crueles.

—Sospechas, reproches, escenas violentas; ¿es así como comprende usted el amor?—me preguntó.—Si piensa usted ser un marido escamón y tiránico, es tiempo aún de decirlo.

—Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor de sí misma al primero que se presenta...

Luciana me interrumpió con violencia:

—¿Qué he dado yo al señor Lautrec más que atención trivial y política que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? ¿Qué me reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? ¿Tendré que volverme imbécil y huraña para complacerlo a usted? Si así es, no soy la mujer que le conviene.

—Mucho lo temo.

—¿Quiere usted un rompimiento?—exclamó deteniéndose de repente y mirándome a la cara, pues íbamos juntos por los paseos del bosque, delante del grupo de nuestros amigos, que no podían oírnos.

Mi corazón flaqueó y no pude soportar el desafío de su mirada ni el brillo de su belleza.

—¡Un rompimiento!—dije con emoción.—¿Cómo ha podido tal palabra encontrar el camino de esos labios?... Demasiado sabe usted que la amo.

—Empiezo a dudarlo.

Luciana volvió a echar a andar a mi lado, pero sus miradas siguieron irritadas y duras.

—No—respondí,—no lo duda usted. Conoce usted su poder y abusa de él... Sabe muy bien que no puedo luchar y que nunca la he amado más que hoy.

Tenía yo una singular necesidad de afirmar mi amor, tanto para mí mismo como para ella. Era aquello como una especie de exorcismo contra los malos pensamientos, las cóleras y los rencores que me torturaban hacía algún tiempo.

Luciana me escuchaba muy grave y como ensimismada en sus pensamientos, dudando si creer en mis protestas, o acaso interrogándose a sí misma, no lo sé.

Por fin dijo en tono más dulce:

—Si duda usted de mí, confiéselo francamente, Máximo. La lealtad es el primer deber del amor.

—Tiene usted razón. Y si, de igual modo, siente usted alguna vez el habérseme prometido, tenga la sinceridad de decírmelo. Se puede perdonar todo, menos el ser engañado.

—Le prometo a usted ser sincera. Y, ahora, no nos querellemos más. Hay que perdonarme que me gusten los elogios y que sea sensible a las dulces palabras. Es un defecto común a todas las mujeres.

Habíamos llegado al sitio habitual de separarnos y me fui con Lacante y con su hija.

A pesar de haber hecho las paces con Luciana, no estaba contento. La había encontrado dura en su defensa y fría en sus promesas. Ella, por su parte, conservaba un secreto descontento. Y este estado de lucha sorda ha durado una semana, durante la cual no ha cambiado su actitud con Gerardo.

Lautrec no habla ya de viajar o parece aplazar, para una época indeterminada, su expedición al Asia Central.

Había yo creído observar que Luciana le escuchaba por una especie de bravata, y yo, por orgullo, fingía indiferencia y trataba de parecer alegre y satisfecho. Tomaba parte con animación en la conversación general e iba de cuando en cuando a buscar un poco de reposo al lado de Elena, que es verdaderamente una deliciosa criatura, sencilla y tierna. Si ésta da alguna vez su corazón, no será mujer de quitarlo.

Esta alma tranquila me ha salvado de la desesperación durante la semana maldita, en la que Luciana parecía desprenderse de mí y durante la cual me sentí profundamente sepultado en la fría sombra de los amores difuntos. La influencia pacificadora de Elena producía en mí, más cada día, su benéfico efecto.

A la violencia sublevada de mis ilusiones sucedía una especie de triste resignación que embotaba y como insensibilizaba mi sufrimiento. Algunas veces, mientras tanto había visto pesar sobre mí la mirada de Luciana sin que expresase ni despecho ni pena, y sí, solamente, una especie de extrañeza. Mi falso contento no la conmovía; sonreía de buena gana si alguna frase mía le daba ocasión y me observaba con una especie de ironía cuando yo permanecía mucho tiempo al lado de Elena.

Y aquella indiferencia me parecía una prueba de la disminución de su amor.

Mi asombro, pues, fue grande cuando ayer, en el momento en que me disponía a acompañar a Lacante y a su hija, la vi acercarse a mí y decirme muy bajo, poniéndome la mano en el brazo:

—Déjelos usted marcharse solos, una vez, por casualidad. ¿No he de tener yo nunca el favor de una conversación íntima? Reclamo mi parte del ingenio y de la amabilidad de usted. Sentémonos en este banco, si le parece.

—¿Qué va a ser de Lautrec?—pregunté amargamente.

—Se consolará con la Marquesa, como la niña de Lacante con su padre.

Y me señaló a la Marquesa y a Lautrec engolfados en una conversación muy animada, mientras el Marqués de Oreve se paseaba por el terrado con Kisseler.

Eché una mirada de pesar a Elena, que se alejaba, después de haber vuelto la cabeza dos o tres veces para ver si yo la seguía. No sé si Luciana lo echó de ver.

—No es pedir a usted mucho—me dijo.—Siéntese... a mi lado... unos minutos.

—¡Al lado de usted!—exclamé con una admiración irónica.—En verdad, me colma usted de bondades... ¿Qué pasa, pues?

Pero había ya cedido a la atracción de sus hermosos ojos y sentádome a su lado.

Durante un rato estuvimos callados.

—Hable usted—me dijo por fin.—Cuénteme sus malos pensamientos contra esta pobre Luciana.

—¿Para qué? Le importan a usted tan poco...

—Si me importaran poco no estaría aquí ahora esperando la inevitable reprimenda. Tóqueme usted la mano... está temblando.

Tenía la mano helada y la guardé en la mía, aunque sin tierna presión.

—¿Por qué toma usted a juego el torturarme—le pregunté,—sabiendo que su complacencia en tolerar la actitud comprometedora de Lautrec es injuriosa y cruel para mí?

—Sea usted justo—exclamó.—Lautrec hace a mi lado lo mismo que usted con la niña de Lacante... Mi coquetería no es más criminal que la de usted.

—No hay nada entre Elena y yo; nada que no sea natural y legítimo entre un hermano mayor y su hermana.

—Sí, naturalmente; una amistad fraternal... Así empiezan siempre esas cosas... Es verdad que yo no puedo invocar la misma excusa. Soy demasiado sincera para no confesar que hay en Lautrec algo más que una amistad de hermano... y en mí algo menos.

—Reconozca usted que está enamorado.

—¿Por qué no?

—Y usted lo ha animado y hasta excitado... Le ha hecho usted perder la cabeza.

—Nada de eso. Puedo afirmar que es enteramente dueño de sí mismo.

—Luciana—exclamé,—júreme usted que no hay nada entre ustedes.

—De buena gana, amigo mío... Pero, ¿qué llama usted «nada»? Me ha hecho el amor, no lo niego.

—Pero usted, ¿qué ha respondido?

—Palabras sin significación... y nada más.

Y con voz incisiva, casi dura, siguió diciendo:

—¿Se figura usted que soy bastante tonta para creer en un sentimiento serio en el señor Lautrec? ¿Cree usted que no he descubierto en seguida la sequedad egoísta de aquella alma sin profundidad, sin nobleza, sin?...

—¡Cuidado!—exclamé.—Habla usted de él con amargura. ¿Qué le ha hecho a usted?

Luciana se echó a reír.

—¿No quiere usted que lo juzgue severamente? Hay que ser consecuente, mi pobre amigo. Agrádeme o no, usted no puede hacerme un reproche igual. Pero dejemos esta vana disputa y estas niñerías crueles que nos hacen tanto daño. Yo no pido más que convenir en mis culpas: sus celos de usted me hirieron y tuve a orgullo el hacerle frente... Usted, para castigarme, no ha dejado un momento a Elena Lacante, y ha logrado también lo que se proponía, que, a mi vez, me he vuelto celosa. Esta es nuestra historia.

—¡Usted celosa, Luciana!... Se estima usted muy superior a las demás para que eso sea posible.

—Pero el amor me vuelve modesta, Máximo, y yo lo amo a usted... bien lo sabe.

¡Ah, la hechicera! Todo lo olvidé. Había vuelto a tomar su timbre de voz encantador, un poco velado, más conmovedor que todas las palabras, y la sonrisa de misteriosas promesas que la hacen irresistible cuando ella quiere serlo. Todo mi rencor se había disipado y sólo vinieron a mis labios palabras de excusa y de amor.

Escuchábame ella pensativa. Su animación y su ardor para defenderse habían desaparecido. Los párpados caídos me ocultaban sus ojos y una expresión de indecible tristeza ensombrecía su linda cara. La languidez de toda su persona, de su talle inclinado, de sus manos abandonadas, hacíala infinitamente interesante.

Tomé una de aquellas manos, inertes en la falda, y la oprimí contra mis labios. Hizo al punto un movimiento para retirarla, pero después me la abandonó, volvió la cabeza y me miró con expresión incierta. Sus ojos estaban húmedos.

Por fin, dio un gran suspiro y dijo, respondiendo, sin duda, a sus largos pensamientos:

—Entonces, ¿cuándo nos casamos?

—Cuando usted quiera—respondí sorprendido por aquella brusca pregunta.

—¿Y si quisiera ahora mismo?

—Sería el más feliz de los hombres.

—¿A pesar de mi coquetería y de... mis defectos?

—A pesar de todo, pertenezco a usted, Luciana... Mi corazón, mi vida, todo lo que poseo es de usted... Por desgracia, lo que poseo es muy poca cosa.

—¿Marignol sigue viviendo?

—Ciertamente... y no puedo matarlo, al miserable.

Nos echamos a reír y ella me dijo cariñosamente:

—En fin, usted me ama, y esto es lo importante...

—Sí, la amo a usted, porque la creo sincera y leal... Una sola cosa podría separarme de usted; la falsedad y la mentira... Y eso no lo espero... Creo en usted como en...

Buscaba un punto de comparación, pero ella no me dio tiempo para encontrarlo.

—Gracias—dijo levantándose y estrechándome la mano.—Yo también tengo confianza, y puesto que Marignol se obstina en no morirse y en cortarnos los víveres, habrá que tener paciencia y seguir amándonos en el misterio...

—¿Por qué no hemos de aclararlo un poco?

Luciana dijo con la cabeza que no.

—Si pudiéramos fijar una fecha, aunque fuese lejana, yo sería la primera en gloriarme de su elección de usted, amigo mío... Pero piense en el ridículo de esta novia sempiterna suspirando por el casamiento... El ridículo es lo que más temo en el mundo...

—Yo no veo el ridículo...

Luciana hizo un gesto nervioso.

—Las mujeres lo vemos así—dijo.

—¿A qué ha venido, entonces, esa pregunta sobre la fecha de nuestro matrimonio?

—Un trabajo de sonda—dijo riéndose.—La pobre opinión que tengo de mí misma me hace dudar de usted, sobre todo cuando le veo ejercer sus privilegios de hermano mayor con Elena Lacante. Temo algunas veces que se engañe usted sobre sus sentimientos, como se engaña ella...

—¡Elena!...

Me pareció que una aguda punta entraba hasta lo más profundo de mi corazón.

—¡Imposible!—exclamé.—Elena no puede engañarse... Jamás una palabra mía ha podido causarle la ilusión del amor.

—Mejor para ella en ese caso—dijo Luciana con indiferencia.

He conservado una impresión penosa de esta conversación.

Me siento más estrechamente unido que nunca con Luciana. Nos hemos explicado, perdonado y reconciliado. Me ha renovado la seguridad de su amor y de su voluntad de ser mía. Debería ser dichoso y no lo soy.

Cuanto más la conozco, más echo de ver que los sentimientos de Luciana no tienen aquella sencillez franca y luminosa que me conquistó al principio. Su alma es complicada, y lo que ignoro de ella me turba y me alarma. Cuando la tengo al lado sufro su encanto, me seduce y quedo vencido. Ausente, trato de comprenderla, la analizo y pierdo la paz de mi corazón... ¡Por qué, pues, es tan triste la dicha!