Máximo a su hermano.
26 de noviembre.
La he visto y no ha querido decir nada, valiéndose de subterfugios y afirmando que había querido castigarme por el abandono en que la tenía y que había hecho mal de tomar en serio unas bromas que no merecían ese honor.
—¿Me afirma usted, señora, que no había en sus palabras ningún doble sentido ofensivo para mí o para mi prometida?
Sofía exclamó:
—¡Su prometida! ¿Así estamos ya? ¡Se va a divertir esa joven en la vida conyugal si ya sospecha usted de ella!... ¡Qué chistosos son los hombres! No me haga usted responsable de sus chifladuras, querido.
—Dispénseme usted que insista, señora. Háyalo usted querido o no, ha conseguido alarmarme, y le suplico de nuevo que me diga si realmente no hizo ninguna alusión desfavorable para mí o para...
—¿A usted? ¿Qué se le puede reprochar? Es usted un amable y buen muchacho, muy loco y muy cándido.
—No sé si soy amable ni, sobre todo, si soy cándido; lo que sé es que se trata de la tranquilidad de toda mi vida. Sea usted buena y franca... No sabe usted nada que se pueda reprochar a Luciana, ¿verdad?
—Reprochar... reprochar... Siempre se puede reprochar algo... hasta el ser demasiado perfecto...
—Eso no es responder... Voy a ser más preciso: lo que se podría reprochar a una joven seria...
—¡Bah! Es usted fastidioso—exclamó con un gesto de molestia.—Este interrogatorio me va cansando y agotaría la paciencia de un santo... No tengo nada que decir a usted y nada le diré... ¿Qué quiere usted que yo sepa de Luciana? ¡Es usted asombroso, palabra de honor! No estará contento hasta que le diga horrores de la mujer con quien se va a casar...
—Me importa, señora, conocer esos «horrores» para desenmascarar a los calumniadores y hacerles arrepentirse...
No hay calumniadores en esta casa, señor mío. Busque usted otro terreno para sus hazañas de galante caballero.
La hubiera estrangulado, pues conocía que estaba mintiendo y tratando de despistarme. Su voz y su risa sonaban a falso, y su salvaje enfado no hacía más que hundir en mi seno el aguijón de la duda... ¿De qué pueden acusar a mi pobre Luciana? ¿Qué puede saber, sin decirlo, esta horrible Sofía?
Después de unos minutos de silencio, empleados en dominar mi cólera, me levanté.
—Puesto que se niega usted a hablar, acaso sabré algo más preguntando al señor Jansien.
Sofía me miró con risueño asombro.
—¿Federico? ¿Mi marido? Es una idea original. ¡Inténtelo usted, amigo, inténtelo!...
Tiró de la campanilla y dijo al criado:
—Ruegue usted al señor que baje al salón.
Momentos después me vi entrar un hombre gordo, subido de color, cabello gris, bigote recio, anchas manos colgando de unos brazos rígidos y aspecto general de mozo de carga. Era el antiguo mayordomo del plantador; el feliz esposo de la abominable Sofía, que me presentó diciéndole que tenía que hacerle unas preguntas.
Vi que con tal personaje no hacían falta precauciones oratorias, y le dije:
—Tengo, caballero, que pedir a usted unos informes confidenciales, referentes a un matrimonio...
—¿Un matrimonio?... Bueno... bien...
—Se refieren a personas a quienes la señora de Jansien favorece con su benevolencia.
—¿Mi mujer?... La señora de Jansien favorece...
—La señora de Grevillois y su hija Luciana.
El hombre abrió los ojos con asombro.
—¿Grevillois? ¿Luciana? No las conozco...
Yo insistí:
—Su señora de usted recibe a esas personas, y creí...
—Pregunte usted a mi mujer... Yo no sé nada. Yo tengo mis amigos y ella los suyos... Cada cual sus gustos... Ella está contenta y yo también.
Vi que no sacaría nada de aquel zopenco y me marché, perseguido por la risa violenta de Sofía Jansien... ¡Con qué gusto la hubiera estrangulado!
En el momento en que yo salía, me llamó:
—Veo, caballero, que me guarda usted rencor, y hace mal... En casos como el de usted, sólo los amigos están obligados a responder... y a ellos hay que dirigirse cuando se quiere saber alguna cosa... ¿Por qué preguntar a los que no tienen el honor de ser de ese número?
Saludé sin responder y me fui a mi casa, donde encontré otro anónimo como los anteriores y que los siguió a la chimenea.
¿Qué enemigos de mi dicha se ocultan así en la sombra? ¿Qué bajas envidias ha excitado contra ella la pobre Luciana? No puedo sospechar de Sofía Jansien. Por mucho rencor y antipatía que tenga contra ella, no puedo creerla capaz de acciones tan bajas y despreciables...
Y, por otra parte, no puedo casarme llevando en el corazón una duda insultante contra la que va a ser mi mujer.