Máximo a su hermano.

25 de diciembre.

¡Qué noche!... ¡Qué tortura!

Es horrorosa la agonía de un ser todavía lleno de vida y de pensamiento, luchando con un mal inflexible que le tiene en un suplicio, viendo el abismo abierto y cayendo en él sin flaqueza...

A las diez ha tenido una crisis horrible seguida de una larga postración semejante al sueño. Elena, arrodillada al lado de la cama, rezaba silenciosamente con un amoroso ardor de pena y de fe que la transfiguraba. Yo la envidiaba muy de veras...

—Elena... hija mía...

La joven se levantó y acercó la mejilla a aquellos labios moribundos, que la besaron.

Después, el enfermo, dijo con voz débil:

—Oigo como un ruido de campanas... ¿Será que sueño?

—Son las campanas de Nochebuena, que tocan a la misa del gallo.

—¡Triste Nochebuena para ti, pobre hija mía!

Se quedó un gran rato silencioso y con la mano de Elena entre la suya. Por fin, dijo con más fuerza:

—Desde que estás aquí, Elena, has sido mi alegría, la alegría de la casa... Quiero decírtelo hoy, como obsequio de Pascua... Es preciso que sepas que todos los días he bendecido tu presencia...

Su palabra era firme, aunque un poco anhelosa y entrecortada.

Elena se inclinaba más y más hacia él, para no perder nada de su despedida suprema, y sus lágrimas caían en las pobres manos paralizadas del enfermo, que ya no podían estrechar las suyas.

La voz de Lacante se volvió más fuerte y más solemne:

—Hija mía, escucha lo que voy a decirte: tu dolor me ha vencido y ha triunfado de mis resistencias... No quiero dejarte en el corazón un dolor del que sé que nunca te curarías... Quiero morir en tu misma fe y en tu misma esperanza...

Elena dio un grito ahogado, indescriptible, y cayó de rodillas con las manos juntas.

Lacante continuó:

—Te dejaré el gozo sobrenatural de un lazo invisible que nos tendrá unidos en la gran noche próxima...

Después de unos instantes de silencio, durante los cuales pareció que recogía sus fuerzas, siguió diciendo:

—No puedo decir que no tengo dudas. ¿Qué sabemos de lo que nadie conoce?... Mi espíritu está a obscuras... Pero quisiera creer... hace ya mucho tiempo... Este deseo es lo que ofrezco a Dios, si quiere contentarse con él...

—Papá querido, la Escritura dice: «Paz a los hombres de buena voluntad.» La fe la da Dios.

—Bien, hija mía... Puede ser. Pídesela para mí, tú que tienes puro el corazón. Mañana harás lo necesario; está convenido.

Su cara descompuesta miró a Elena unos instantes.

—¿Estás contenta de mí?

Otra crisis más aguda me hizo acercarme a la cama.

En este momento está más tranquilo, pero la postración es completa y espantosa.

Elena reza y llora en silencio.

Acabo de separarme de ella para escribirte. No tengo esperanza de que se salve nuestro amigo.