Máximo de Cosmes a su hermano.

20 de agosto.

Acabo de recibir tu carta y quiero responder sin tardanza a tu afectuosa reprimenda.

Me regañas por mi elección porque hubiera podido hacer un matrimonio mejor. Dí, si quieres, que hubiera podido hacerlo más rico, pero no con tan bella prometida. El matrimonio, para mí, no debe ser un buen negocio, cómodo y fructuoso; el buen matrimonio es aquel en que los corazones se unen, las inteligencias se comprenden y los gustos se adaptan, y esto es lo que sucede con Luciana y conmigo.

Lo que tú piensas sin atreverte a decirlo; lo que yo veo a través de tus precauciones oratorias, es que he debido de dejarme engañar por una ambiciosa coqueta y pobre, que ha creído hacer una excelente presa y que finge el amor para asegurarse una posición. No lo niegues; adivino tu pensamiento a pesar de los velos que le disfrazan... Pero ten en cuenta que conoce la insuficiente medianía de mis recursos actuales y lo incierto de mis lejanas esperanzas, que se reducen a una cátedra en el Colegio de Francia cuando Marignol tenga a bien dejarme la suya.

¿Crees realmente que con su belleza, su juventud, tiene veintitrés años, el nombre honrado de su padre, su ingenio y su talento, necesita representar la comedia del amor para procurarse un marido?

La sospecha es injuriosa y poco agradable para mí. No soy fatuo ni me creo en condiciones de hacer perder la cabeza a las mujeres que encuentro al paso. Pero ¡qué diablo! no soy tampoco un monstruo y no me parece enteramente imposible que una muchacha de talento y de corazón se enamore de un mozo que no es tonto, aunque no tenga la belleza de Apolo ni las gracias perversas de don Juan.

Y, además amigo mío, aun cuando se me probase que Luciana ha querido ante todo asegurarse una posición y un marido de buena voluntad, y que había usado de astucia para pescarme en el anzuelo de su belleza, sería ya tarde para desdecirme, pues he dado mi palabra. Pero tranquilízate; me ama y me prefiere a todos los que la asedian con sus adulaciones. De otro modo, ¿por qué me había de escoger?

Ayer, en casa de la Marquesa de Oreve, donde nos reunimos a festejar la convalecencia de Elena, Luciana deslumbraba. Las demás mujeres parecían comparsas destinadas a hacerla valer y resultaba entre ellas una estrella refulgente. La misma Elena, muy linda, sin embargo, bajo el velo de timidez y de modesto silencio en que se envuelve, se eclipsaba y desaparecía. Nadie puede compararse con Luciana.

Puesto que te divierten mis crónicas, voy a contarte aquella comida en casa de la Marquesa.

La de Oreve tenía a su derecha a Lacante, por supuesto, y a su izquierda a Kisseler, el escultor.

Enfrente de ella, su augusto esposo.

¿Lo conoces? No creo. Un hombre alto y delgado, barba escasa y una cabellera bermeja, muy indisciplinada a pesar de los emplastos de cosmético que tratan de civilizarla. Fuera de esta malignidad de unos pelos rebeldes, el Marqués es feliz. Tiene la nariz aguileña y larga; lo que es eminentemente aristocrático y le llena de satisfacción. Es aficionado a la historia y se pasa la vida rebuscando las antiguas crónicas. Sabe al dedillo las alianzas, buenas y malas, de todas las grandes familias y las juzga soberanamente, para hacer olvidar, sin duda, que él se casó con Leontina Marsh, hija de un fabricante de drogas. Con la cabeza un poco echada hacia atrás y con los ojos ahuevados y vagos, pasea su pensamiento por un pasado tan lejano y ve tan alto en las jerarquías de Príncipes, que no puede ver lo que pasa delante de sus narices. ¡Y deben de haber sucedido unas cosas!...

El Marqués tenía a sus dos lados a la de Grevillois y a Sofía Jansien, y, mientras nos sentábamos, le oí decir:

—En 1590, una señorita La Fertè-Jonchère se casó con un caballero de Grevaulx-Loys, de donde debe de haber salido, después de varias alteraciones de lenguaje, la familia de usted: Grevaulx-Loys... Greville-Loys... Grevillois... ¿Comprende usted?

Lo abandoné a su disertación para ir a sentarme en el extremo de la mesa con la juventud, pues mi escasa importancia social me permite asociarme a ese batallón ligero. No me atreví a sentarme al lado de Luciana, que me había dicho por lo bajo, siempre prudente en su táctica: «No llamemos la atención.»

Gerardo Lautrec tenía el honor de ser su vecino y yo estaba enfrente, sin perder ni un movimiento, ni una expresión, ni un matiz siquiera de sus fisonomías. Acaso me hubieran molestado las solicitudes de Gerardo si Luciana, con una seña y una imperceptible sonrisa, no me hubiera probado que estábamos secretamente unidos.

La conversación versó al principio sobre la literatura y las novelas nuevas. Desde que Lacante es de la Academia, la Marquesa se ha vuelto de una intolerancia feroz para los otros escritores, y su celosa amistad no reconoce el mérito de ninguno. Ni siquiera Loti encuentra gracia con este adorable Bamountcho. Los extranjeros le parecen de una rivalidad menos próxima y son tratados menos severamente. D'Annunzio no sale mal librado. Lacante sonríe con bondad ante esos holocaustos en su honor y defiende a las víctimas con buenas razones un poco flojas. Su equidad natural se deja adormecer por el rumor de esas adulaciones abundantes y locuaces, que no le permiten siquiera desarrollar su opinión. Se resigna e inclina la cabeza bajo el peso de las indiscretas razones que le asesta la inagotable elocuencia de la dueña de la casa, a no ser que el Marqués, molestado por el ruido, no la detenga con un ademán de su larga mano incolora:

—Querida amiga, nos gusta oír hablar a Lacante; permítenos escucharlo.

La primera parte de la comida se consagró a la literatura. Hacia el asado, sin embargo, la conversación se extravió, y dejando los laberintos literarios, hicimos una excursión atrevida hasta las más altas cimas del arte, bajo la dirección de Kisseler. Después, como cediendo a la atracción del vacío, dimos un inmenso chapuzón en el obscuro abismo en que lucha la metafísica contra las religiones, que la desdeñan, y contra la ciencia que la desprecia.

Te hago gracia de los largos rodeos por donde llegamos, de digresión en digresión, al concepto de la divinidad. Kisseler fue también quien inició el asunto con una audaz apología de la belleza plástica que fue como divinizar la forma: la belleza era para él el primer atributo de un dios; y el culto de la belleza, el primer dogma de una religión: la Grecia antigua fue la cuna de la verdadera religión, única digna de conmover a la conciencia humana y de unirla en un culto común, la adoración de la belleza. Gerardo Lautrec trató de espiritualizar la idea mostrándonos en la belleza de la forma la imagen y el símbolo de la belleza moral, única representación de la divinidad. Al oír esto Sofía Jansien, roja como la grana bajo sus ricillos de un negro azabache, preguntó con indignado desprecio cómo era posible que se perdiese el tiempo en definir lo que no existe.

—Nosotros—dijo,—somos nuestros propios dioses, puesto que siempre dotamos a la divinidad de nuestros propios atributos, incluyendo nuestros vicios, como lo prueba la mitología de los griegos.

La Marquesa interpeló a Lacante, que se había limitado hasta entonces a aprobar sucesivamente todas las teorías con la benevolencia ligeramente irónica y con la sonriente indiferencia que opone generalmente a las opiniones ajenas en todo, lo que se refiere a las cuestiones de metafísica religiosa. Es este un terreno en el que se cree maestro y en el que no soporta incursiones extrañas más que con sonriente piedad. Hubiera él preferido no verse obligado a responder, y salió del paso con su habilidad acostumbrada para no herir a nadie.

Desarrolló primero la idea de que para los que consideran el Universo como una fuerza independiente que saca de sí misma todo lo que existe, no es necesaria la hipótesis Dios; y la cuestión de saber si Dios es bueno o justo, bueno o malo, no significa nada.

—Es verdad—añadió—que si no se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios, no es absolutamente imposible que exista. Lo prudente es, pues, obrar como si su existencia estuviese demostrada y reconocerlo como fuente de todo el bien que hay en nosotros.

—¿Para qué?—exclamó la impetuosa Sofía, contrariada por aquella hábil balanza entre las diversas opiniones.—¿Para qué ese engaño impuesto a nuestra credulidad? Lo que subleva en las religiones es que hablen en nombre de un Dios que no pueden definir.

Gerardo replicó que la palabra dios expresa justamente lo inexpresable; y yo hice observar que la ciencia usa el mismo procedimiento al emplear ciertas palabras para expresar hipótesis, como el éter y el átomo, lo que facilita la explicación de los fenómenos.

Muy bajo, por deber de conciencia, sin duda, la de Grevillois afirmó que la virtud no existiría sin la creencia en Dios, y esto proporcionó a Kisseler la ocasión de dar una carga furiosa contra las virtudes asalariadas, letras de cambio giradas contra el Padre Eterno.

Y entonces (he querido traerte aquí por este largo rodeo) Luciana, que había guardado hasta entonces un prudente silencio, levantó la linda cabeza y dijo con emoción:

—No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo en el áspero camino de la vida. Necesitamos saber que está presente, invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen, nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el mundo.

Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos amables, más por su asombrosa belleza que por su elocuencia.

—Luciana nos hace ver maravillosamente—dijo con galantería Lacante—una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejón sin salida—añadió riéndose—es el gran infortunio de los filósofos.

Después, dirigiéndose a Elena, que estaba escuchando con profunda atención, le preguntó:

—¿Qué comprendes tú de todo esto, hija mía?

Bajo la transparencia de su piel corrió la llama de rubor. La muchacha bajó los ojos sin responder; pero su cortedad divertía a Lacante, que insistió:

—Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como tú debe estar muy enterada de estas cosas. ¿Qué te representa mejor a Dios, la bondad o la belleza?

Elena respondió con gran dulzura:

—¡El amor!

Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.

Sofía nos echó a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:

—¡Bravo! ¡Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religión es la del amor.

—El amor, hijo de Venus—murmuró el Marqués, a quien aburrían estas cuestiones y buscaba un refugio, habitual para él, en la genealogía.

La Marquesa creyó que debía explicar el pensamiento de Elena.

—Esta niña, señores, sólo ha querido hablar del amor divino y no conoce otro; ¿verdad, querida? En el convento de Bretaña no enseñaron a usted más que a amar a Dios...

—A Dios y a los hombres, señora—respondió Elena con cándida intrepidez y sin echar de ver las sonrisas de todos.

—¡Diablo!—exclamó Kisseler con su brutalidad de siempre;—pido que se agregue a las señoras...

Elena no lo oyó, aturdida por la risa estrepitosa de Sofía, a quien estas bromas gustan extraordinariamente.

Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al salón.