II.

Pasaron veinte años con la rapidez que pasan en nuestra vida; la tienda del mercader no era ya un espacio reducido, con aparador mezquino, y mostrador comparable con él, como cuando la conferencia de los dos compadres y el Sr. Cura; sino un lujoso y completo depósito de toda clase de géneros, junto al cual habia grandes almacenes de granos y azúcar: cinco dependientes no bastaban para desempeñar el trabajo diario, y muchas veces no salian del escritorio hasta entrada la noche; un jóven de veinte y seis años, vestido con camisa de fina tela, pantalon blanco y chaqueta del mismo color, estaba repasando á la luz de un velon puesto sobre su pupitre la factura de un cargamento, que habia llegado aquel dia en un buque de la casa, y un anciano lo miraba sonriéndose de cuando en cuando, con una espresion de cariño y complacencia imposibles de pintar; paseábase procurando hacer el menor ruido posible á fin de no distraer al jóven, y deteníase á veces cerca de él como aguardando á que concluyera para decirle alguna cosa. Por último llegó este al término de su lectura, tomó algunas notas, guardó los papeles que tenia en la mano dentro de un cajon, y se dirigió al anciano, que dándole una palmadita en el hombro le dijo:

—Vamos, hijo: has empezado hoy á trabajar á las cinco de la mañana, y concluyes á las ocho de la noche sin haber tenido apenas tiempo de comer: eso es demasiado.

—Tanto mejor, así descanso ahora con mas gusto: ¡si supiera V. el negocio que hemos hecho hoy! ¿A qué no acierta V. cuanto nos vale?

—¡Que sé yo, hijo mio! ya no me atrevo á echar cálculos de esta clase, desde que me pasó aquel chasco cuando quise pronosticar lo que nos valdria el negocio de la casa de Hamburgo.

—Efectivamente, no se equivocó V. mucho.

—No ¡friolera!, contestó el anciano riendo, dije que ganaríamos seiscientos pesos, y ganamos, segun me habias asegurado antes, once mil; pero dejémonos de cálculos, que bastantes tienes tú que hacer cada dia, y hablemos de otra cosa. ¿Ha venido el Sr. cura? porque yo he pasado toda la tarde fuera cumpliendo con la obligacion de pasearme que tú me has impuesto.

—No señor, no ha venido: y á propósito de obligaciones, ¿sabe V., señor desobediente, que tengo que echarle un regaño? ¿Cómo es que ayer se me fué V. al desembarcadero?

—Hombre, eso es muy sencillo; habia que llevar un recado á los que descargaban la fragata, y los dependientes estaban todos ocupados; con que cogí mi sombrero y me fuí paseando hasta allá.

—Muy bien, se fué V. paseando al medio dia y con un sol que derretia las piedras hasta la playa que hay mas de un cuarto de legua.

—Eso no me hace nada.

—Pues á mí mucho, porque es faltar á nuestros tratados, y ya sabe V. lo inflecsible que soy en este punto. ¿No tiene V. bastante trabajo en cuidar de su jardin?

—Sí un trabajo ímprobo; se me antojó decir un dia que me gustaban mucho las flores, y ¿qué hiciste? encargas á los corresponsales, que tienes en las cuatro partes del mundo, un millon de plantas diversas; viene luego tu hermano, que es tan perillan como tú, y en un abrir y cerrar de ojos convierte el corral en un paraíso, donde paso dos ó tres horas cada mañana tronchando flores, porque no hay ni una yerba que arrancar, tal es el cuidado del jardinero.

En este momento llegó el Sr. Cura, apoyado en un grueso baston, adminículo que le era ya preciso, pues llevaba veinte años sobre los cincuenta que tenia cuando tan buenos consejos habia dado á los dos compadres: el mercader los siguió conforme ofreciera en aquella época, y no tuvo motivo de arrepentirse, pues los dos niños de entonces eran el comerciante rico que conoce el lector, y el hacendado que habia dirigido la obra del jardin. Apenas pasaron entre los tres los cumplimientos de estilo, llegó el labrador á quien no pudieron convencer las razones del buen Sacerdote. Venia cabizbajo, y su rostro espresaba un acerbo dolor.

—¡Ah! Señor Cura! ¡Cuánto deseaba hallar á V. para que me consolara! ¡Vengo loco... creo que mi cabeza se trastorna!

—Vamos á mi casa, y allí veremos si puede dar á V. un consuelo este pobre viejo, que ya pertenece mas al otro que á este mundo.

—No se moleste V. señor Cura; lo que tengo que decir no es un secreto para mi compadre y mi ahijado, ¡Oh! añadió lo que á mi me pasa no es mas que un castigo del cielo por haber desoido la voz de un ministro del Altísimo ¡Qué desgraciado soy!

¿Recuerdan Vds., continuó dirigiéndose al señor Cura y al otro anciano, lo que pasó en este mismo lugar hace veinte años? Yo, terco é imbécil, me reí de mi compadre que dió á sus hijos una enseñanza acomodada á su inclinacion, y dejé á los mios en la mas completa ignorancia: aquellos son la envidia de todo el pueblo, y yo no recibo sino pesares, que acabarán pronto con mi vida: mis hijos no se acompañan con personas decentes, porque dicen que todos se les rien en la cara; no trabajan en el campo, alegando que se revientan y no ganan un maravedí; al paso que nuestro vecino, el hijo de mi compadre, con quien estan reñidos sin motivo, gana cuanto quiere, sin molestarse, porque labra la tierra de un modo que ellos ignoran; se entregan al juego y á otros vicios, que les enseñan sus malas compañías; cuando pretendo reprenderles, me contestan que yo tengo la culpa, porque no les enseñé á trabajar de un modo que no tuvieran que matarse; y si les digo que imiten la conducta de mi ahijado y de su hermano, me responden que eso será cuando yo imite la de mi compadre y no crie hijos tan rústicos como ellos.

Esta tarde misma he tenido en casa una escena terrible: me trajeron al menor de ellos de una casa de juego, donde habia tenido una disputa, con una grande herida en la cabeza; y el otro me dijo hecho una furia, cuando yo estaba lleno de mortal congoja: V. responderá á Dios si mi hermano muere, y yo me iré de mi tierra, á servir de soldado en un país donde me maten pronto de un balazo para acabar con una vida que me es insoportable... ¡Qué haré, Dios mio, qué haré! Las palabras de mi hijo, que me acusa de haber causado la desgracia y quizá la muerte de su hermano, me desgarran el alma. ¿A quién acudir en tal conflicto?

—A la Religion, que cura todos los males del alma, dijo el sacerdote con acento sublime. Voy á mi casa y dentro de una hora estaré en la de V. ¿Encontraré allí á su hijo mayor?

—Sí señor; porque no se mueve del lado del herido, y llora y se desespera tanto como yo.

—Bien, iré; y con la ayuda de Dios daré otra direccion á las inclinaciones de aquellas almas excelentes aunque algo viciadas.

—¡Ojalá no sea demasiado tarde, esclamó el padre infeliz y cayó desmayado en una silla!

ESCENA XV.
Á MI AMIGO

D. Miguel Delgado.[5]

[5] Publicada en el Cancionero de Borinquen.

Te juro mano Miguey

Que me tiene espiritao

Ey vel que en un veyvo en gracia

De sopeton te has casao.

Y asigun me ise Pablo

Ey goldo de Jumacao,

La jembra es mosa de gaybo

Y de aquey arrematao.

Dios te la eje gosay

Arrimaito á su lao

Jasta que ay ñeto mas nuebo

Yegues á beyo casao.

¡Ja Miguey! ¡cuánto me acueldo

De aquey queso esmoronao

En ey café con apoyo

Que en Caguas bemos tomao,

Dey majarete, toytiyas,

Jayacas, lichon asao,

Y de otras mil burundangas,

Que pa reyes je prebao,

Cuando eras mi camará,

En ey Barrero mentao!

Aqueyo era divelsion

Cuando yo y tú á lo cayao

Ca uno diba en su chongo,

Ey jumaso encandilao,

Pasando los matoyales

Poy baylal un sapateao.

(No te jablo de las mosas

Que bemos enamorao,

Polque no sé tu mugey

Como tiene ey aqueyao

De los selos, y es mejoy

Que en esto sea arreseybao).

Pues, ¿aqueya boldonúa

De Gaytan el afamao,

Los trobos dey Caraqueño

Y ey güiro dey Colorao?

No sabe lo que se pielde

Ey que no los ja escuchao.

¿Y lo de vey la pelea

De un gayo bien coleao,

Pinto, giro, canagüey,

Gayina ó rubio quemao,

Que son los sinco colores

Que siempre mas me han gustao?

Cuando ya dambos á dos

En ey peso han igualao,

Se da, ó no, pata y cabesa

Confoyme hubieren tratao,

Los agusan, los rusian

Y si ey dia es abansao

Les dan tres ó cuatro granos

De maís medio mascao.

Luego que la talanquera

La gente ha esocupao

Jasen dos rayas iguales,

Y uno y otro ñangotao,

En su raya cáa uno

Á pical ó separao

Sueytan los gayos, y empiesa

Pol ensima ey apostao.

—¡Yo doy un beinte á dos pesos!

—Pagole ay rubio quemao.

—¡Pica gayo!—¡Engriya giro!

—¡Mueyde al ala renegao!

—¡Juy! que puñalon de baca!

—¡Caniyera y espicao!

—Si ey giro pica la pluma,

Se juye ey rubio quemao.

¡Caréo! se dan aygunos,

Y ey gayero, que ha chupao

La sangre, tiene los besos

Que paece un condenao.

Ey uno juye, ó lo tumban,

Ó muere, ó es levantao,

Y se acabó la pelea,

¡Con qué aquey dey que ha ganao!

Aqueyo es gusto, Miguey;

Y no que aquí me han mandao

Á que me jaga un Dotol,

Ó ay menos un Lisensiao:

Y estoy ¡juro á los Demoños!

Jarto de estal separao

Dey plátano y de la piña,

Y esto me tiene.......ajorao.

ESCENA XVI.
CARRERAS DE S. JUAN Y S. PEDRO[6].

[6] Publicada en el Cancionero de Borinquen el año 1846.

Las fiestas de S. Juan y S. Pedro se celebraron en el año pasado con una animacion nunca vista y se dieron premios á los mejores caballos.

Si la nobleza de las cosas consistiera solo en su antigüedad, difícilmente se hallaria una mas noble que el correr. Es indudable que el primero que corrió fue el primero que tuvo piernas, y las piernas son tan antiguas, que ningun buen cristiano puede negar que datan desde nuestro padre Adam; aunque se veria muy apurado el que pretendiera demostrar en que tiempo han sido mas ó menos útiles.

Yo creo que, á pesar de su dignidad, no dejaria nuestro primer padre de dar algunas carreritas cuando no tenia otra ocupacion que gozar de las delicias del paraíso en compañía de Eva; y á juzgar por lo que nos sucede á sus míseros descendientes, debió correr mucho mas, y con menos alegría, desde el momento en que se le acabó tan buena vida y tuvo que ganar el pan con el sudor de su rostro.

Desde tan remota antigüedad hasta la época en que vivimos no hay quien de un modo ú otro no haya corrido: unos á pié, otros en pollino, unos al paso, otros al trote y no pocos á todo escape, todos caminamos; y aunque de distinto modo y por vias á veces encontradas, llegamos siempre al mismo término.

Pero no es mi intento hablar de tantos y tan diversos modos como hay de llegar al fin de nuestra carrera, porque es asunto demasiado grave, que me guardaré muy bien de tocar; solo quiero ocuparme de lo que comprende el título de este artículo, y todo lo que no sea «Carreras de S. Juan y San Pedro en la Capital de Puerto-Rico» queda escluido de él.

A pesar de mi genio, procuraré, lector querido, ponerme un poco serio, porque la costumbre de un país es cosa delicada y debe tratarse con circunspeccion. Solo pido que tengas en cuenta mi buen deseo, para que disimules las faltas, que no será estraño cometa el que hace algunos años salió, siendo todavía muy jóven, del país cuyas costumbres ensaya bosquejar.

Hay ciertos dias, en los cuales las poblaciones mas pacíficas, las ciudades mas bien gobernadas, ricas é industriosas y las aldeas mas pobres, parece que, obedeciendo á un instinto particular, se complacen en salir de las reglas que guardan durante todo el año; dias de bullicio y confusion, que cada país, y aun cada pueblo, tiene segun su índole y el grado de civilizacion en que se encuentra; dias en que el magistrado no es magistrado, porque no ejerce sus funciones; en que el mercader cierra su tienda, y el artesano su taller; dias fecundos en aventuras amorosas, y en que las bellezas mas altivas suelen sonreir al que han hecho suspirar por mucho tiempo; dias de esperanza para los jóvenes, y de recuerdos para los ancianos; dias finalmente en que las mayores estravagancias son admitidas, con tal que vayan autorizadas con el sello de la costumbre.

Los de S. Juan y S. Pedro son en la Capital de Puerto-Rico del número de estos, y una de las cosas con que los habitantes de la Isla los amenizan son las carreras á caballo. Hé aquí lo que sobre ellas dice D. Iñigo Abad en su historia de Puerto-Rico, dada á luz en Madrid en el año 1788.

«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S. Juan al amanecer entra gran multitud de corredores, que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus caballos cuando dan las doce del dia; salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases, montados en sus caballos enjaezados con la mayor ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquiteros de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata; algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto, cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género, adornándoles con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.

«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros, y continuan su corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético etc.....»

Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el mismo escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha convertido en uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo lo demás, ha habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á decir hoy que los naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar lo mejor de su casa para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria repetir una de aquellas célebres cuanto vergonzosas Cantaletas, que recordamos hasta los mas jóvenes, y en las cuales no se respetaba el honor, ni los secretos de las familias? La civilizacion y el buen juicio han desterrado estos abusos, y no debo ocuparme de ellos, puesto que no hay ya que corregirlo.

Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta, grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de ellas todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar al otro estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada dia mas insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes, y las señoras abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera que si no procura remediarse, llegará dia en que solo se conserve un recuerdo de lo que ha sido y es aun una de las mejores fiestas del país.

A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que despues de las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias y hermosas calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente vestidas ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo garbo briosos y ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como el rayo, y se detienen al movimiento de una manita que apenas alcanza á abrazar las riendas. Los balcones ostentan cuanto hay en la Capital de distinguido, bello y de buen tono; y el pueblo, esparcido por las calles y las plazas, se entrega al gozo que le produce una diversion tan de su gusto.

Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas, de caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces y pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados menos ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la noche, mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece poco al que desea llevar una cumarracha.

Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve á presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien enjaezado; por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y económicas banastas reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de lienzo al rico dorman de paño, que es el vestido que mas usan los que corren á aquella hora. Poco importa que el animal sea de primera casta, ó un descarnado platanero, que no por esto queda sin correr, sino que lleva su ginete, y quizás por añadidura una de aquellas morenitas capaces de hacer bailar la jurga á un magistrado del tiempo de Cárlos tercero.

En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida á la que presta el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir perfectamente las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una hilera de sillas, y estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos, á veces muy agudos, con los que pasan por medio de la doble fila á todo correr, y con los de la acera opuesta; pero el centro comun de estas agudezas, el teatro de escenas mas animadas, el punto de reunion de la gente de broma, es el atrio de la Catedral, llamado en aquellos dias Balcon de los arrancados.

El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por los corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar espacioso, de poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este sitio la preferencia; reuniéndose en él una especie de tribunal, que juzga la bondad de los caballos, y se encarga de aplaudir á los bonitos y ligeros, y silbar estrepitosamente á los flacos y pesados; llamándoles chalungos, chongos, chacuecos, sancochaos, y otros mil adjetivos que tienen los inteligentes, uniéndolos á las frases mas chistosas y oportunas.

Este bullicioso y alegre cuadro, es el que presenta la ciudad de S. Juan B.ª de Puerto Rico las cuatro noches de la víspera y dias de S. Juan y S. Pedro hasta las doce; á cuya hora una banda de música militar ejecuta varias piezas en la plaza de armas, rodeada de todos los corredores, que de allí van á descansar sus doloridas y magulladas humanidades.

Los que tienen la costumbre de llamar barbaridad á todo lo que no sucede donde nacieron, dirán que lo es el correr tantas horas seguidas, de noche y en varias direcciones, por las calles de una ciudad; mas esto que á primera vista no tiene réplica, es un reparo que causaria risa á mas de un corredor; porque la claridad del alumbrado, la anchura, rectitud, limpieza y hermoso empedrado de las calles, la bondad de los caballos, y sobre todo la suma destreza de los naturales, hacen ilusorios los riesgos que en otro país serian inevitables.

No se crea que hablo apasionadamente cuando coloco entre las causas que pueden impedir desgracias en estas corridas la destreza de mis paisanos: véase lo que dice D. Iñigo Abad sobre el particular, y aun se me tachará de escesivamente corto al encomiarla. No sé que haya en toda la Isla una sola escuela de equitacion, porque el montar á caballo es para aquellos isleños lo mismo que el vestir; sobre todo en los campos, donde apenas puede hacerse una diligencia ó visita, y en algunas épocas ni salir de casa á pié, por el agua de las lluvias y por otras causas que juiciosa y oportunamente cita el mismo autor.

Tales son las carreras de S. Juan y S. Pedro, diversion que he calificado antes de honesta y grata, porque en ningun país, inclusos aquellos que se tienen por mas civilizados, hay una fiesta popular que menos ofenda á la moral; y si algun hecho aislado hay á veces en contra de ella, no es culpa de la costumbre, sino abandono de parte de los que estando al frente de una familia, debieran impedirlo, cuidando de ella como es su deber. En cuanto á las espresiones que se oyen alguna vez, ¿qué sucede en las plazas de toros, en el entierro del Carnaval, y en todas las fiestas á que concurren y en que se mezclan todas las clases de la sociedad?

La aficion del pueblo á este espectáculo no necesita mas prueba que lo dicho; fáltame esponer la conveniencia de mantenerlo y alentarlo, y el bien que de ello sacaria el país.

Aparte de la distraccion, hay una ventaja positiva, una mejora de grande utilidad, cual es el fomento de la cria caballar. En un país donde por el estado de los caminos son tan necesarios estos animales; en un país de donde se saca el ganado para las islas vecinas, en que la cria es casi nula, ya que tenemos tan escelente raza de caballos, ¿porqué no estimular á los labradores? ¿porqué no ensayar algun medio para introducir este nuevo ramo de comercio?

Todos sabemos el furor de corridas, apuestas, etc. que hay en las principales capitales de Europa; mas no es esto lo que yo pretendo que pudiera plantearse en Puerto-Rico, porque á mi modo de ver, el premiar el caballo que corra mas en media hora, no es, como nota muy bien nuestro festivo Fr. Gerundio, el modo de mejorar la raza: además, aquello de que el mismo dueño no monte su caballo, sino que sea un Yokey, aunque muy bueno para las capitales de Europa, lo juzgo inoportuno y hasta ridículo en mi país; y así otras muchas cosas que, atendida la diversidad de costumbres, fuera errado el querer trasplantar.

Yo preferiria á todo que hubiese una junta compuesta de criadores y aficionados, que no faltan en la Isla, que tienen actividad, buenos deseos, y que se alegrarian de que hubiese para ellos un estímulo.

Que esta junta, presidida por la autoridad superior, ú otra que esta nombrase, hiciese un reglamento, sin mas artículos que los precisos para señalar á cada uno sus atribuciones, y los premios que habian de darse:

1.º A la mejor yegua de vientre.

2.º Al caballo mas ligero.

3.º Al mas bien domado y enseñado.

4.º Al mas corpulento y de mas fuerza.

5.º Al de mejor estampa.

Que cada año por S. Juan y S. Pedro se reuniesen en la capital, como lo verifican ahora, para la prueba, comparacion y adjudicacion de premios, en cuyo acto se desplegase todo el aparato posible.

Que se publicasen en los periódicos los nombres del dueño y del caballo premiados, y que se hiciesen algunas otras cosas que son buenas para dichas en un reglamento, y ajenas de un artículo como este.

Hé aquí el modo de aumentar el brillo y atractivo de estas fiestas, y utilizarlas en bien del país: puede que me equivoque, pero ya que todo empieza á desarrollarse en la Isla, ya que hay esa tendencia á perfeccionarlo todo, no seria en mi concepto desacertado el ensayar este medio, en estremo económico, de premiar al hacendado laborioso, y distraer al pobre jornalero.

No tengo la presuncion de creer que el medio indicado sea el único; mi idea es la de llamar la atencion de la Sociedad Económica de amigos del país sobre una mejora útil, cual es la perfeccion de la raza caballar; habrá muchos que propongan otros mejores; pero lo que ellos me aventajen en acierto no hará menos ardientes mis deseos por el bien y la prosperidad de Puerto-Rico.

ESCENA XVII.
EL PÁJARO MALO.

Si el lector ha hecho alguna vez el camino de Caguas á la Capital de Puerto-rico, recordará el hermoso valle que media entre la cuesta de Quebrada-arenas, y el cerro llamado de la Mesa; valle ameno y muy fértil, regado por el rio Cañas y la Quebrada-arenas, y sembrado de infinidad de árboles, algunos de los cuales, situados á la orilla del camino, sirven de dia para guarecerse el viajero de los ardores del sol, y mienten de noche fantásticas apariciones que asustan á mas de un supersticioso.

Dos caminantes atravesaban este valle en una noche de enero á las dos de la madrugada: el uno, jóven de veinte años, de cabello y ojos muy negros y relucientes, tez morena y con aquel tinte amarillento tan general en los criollos descendientes de europeos sin mezcla de otra raza, montaba un hermoso caballo negro, cuyas orejas pequeñas y móviles seguian de continuo la direccion del menor ruido causado por el aire, ó de cualquier objeto en el cual se reflejaba la luz dudosa de la luna menguante que acababa de salir. El otro, mulato bronceado, de formas atléticas, y vestido con sombrero de paja y camisa y pantalon de tela blanca, iba sobre un alazan, que sino igualaba en la casta al caballo de su jóven amo, llevaba no poca carga sin dar la menor señal de flaqueza.

—Jacinto, dijo el primero de estos dos personajes, parece que vas cabeceando procura tenerte firme, que caerás si te descuidas.

—Es verdad, niño, pero tambien lo es que tengo motivo para ir dando el piojo: hace cuatro noches que apenas duermo.

—Tampoco he dormido yo, y sin embargo me mantengo firme.

—¡Ah! cuando yo tenia la edad de su merced no me dormia aunque pasara quince malas noches; pero aquel era otro tiempo, ahora tengo veinte años mas, y no puedo llevar mucho huevos de punta.

—Tienes razon, aquel era otro tiempo, contesto el jóven en tono de mofa: ¡qué buena pieza serias entonces! ¿cuántas muchachas tenias enredadas?

—Ninguna, niño, en mi vida he querido á nadie, mas que á Juana mi mujer, la criandera de su merced, y me alegro mucho de ello; porque ella me ha querido y me quiere lo que nadie puede pensar.

—Sí, buena pieza, ya lo sé, y tampoco ignoro que, en el año que yo nací, tuvo mi padre que casaros por lo mucho que os habiais querido antes de estar autorizados para ello.

—Vamos, niño, su merced siempre ha de ser el mismo: ¿quién hubiera dicho cuando lo paseábamos de noche en brazos porque no cesaba de llorar, que habia de ser despues tan amigo de reirse á costa del prójimo?

—¿Con que entonces no te echaba pullas?...

La cruz de Nazareno te caiga debajo, y te levante un millon de leguas mas arriba de las estrellas, gritó el mulato, interrumpiendo á su amo.

En este instante comenzaban á bajar una pendiente, habiendo dejado algunos pasos atrás, y á la izquierda del camino, una cruz de madera, que hacia años estaba en aquel sitio clavada en tierra. El mulato se habia quitado su sombrero, y rezaba temblando de miedo.

¿Empiezas ya con tus majaderías? dijo el jóven fingiendo estar enfadado ¿Á qué vienen esos gritos?

—Niño, no son majaderías; he oido cantar al pájaro malo.

—Calla, tonto, ¿qué mas pájaro malo que tú?

La cruz de Nazareno te caiga debajo, repitió de nuevo el esclavo; añadiéndo despues: ¿Y ahora lo ve su merced? ¿ha cantado ó no?

En efecto, tres gritos lejanos, al parecer de un ave nocturna, llegaron á los oidos de los viajeros.

—Y bien, contestó el jóven á su interlocutor, ¿qué tenemos con eso? si ha cantado, contéstale tú con una copla de cadenas, de aquellas que sabes improvisar.

—Parece imposible que se burle su merced de esas cosas que á mí me dan tanto miedo.

—Y tambien lo parece que un hombre como tú, que rinde á un toro por los cuernos, que se ha echado á un rio crecido por salvar á quien no conocia, y que ha reñido con tres negros cimarrones á la vez, tenga temor por esos cuentos de viejas.

—No son cuentos de viejas, niño; y la prueba de esto es esa cruz que hemos pasado ahora.

—¿Y qué tiene que ver la cruz con el pájaro malo?

—Si su merced supiera lo que significa esa cruz, y porque se puso en donde está, no me haria esa pregunta.

—Yo no sé mas, sino que en el mismo sitio mataron á uno y, como es costumbre, han puesto una cruz para que los caminantes rueguen á Dios por su alma.

—Pues hay mas que eso.

—Vaya, veo que quieres contarme un cuento, que de todo tendrá menos de verdadero.

—Todo el pueblo sabe la historia de la muerte de Gregorio Rodriguez, que tiene mucho de verdad, y es extraño que su merced no la sepa.

—Me alegro mucho de no saberla, porque así te la oiré contar, y entretendremos un rato el camino.

—Pues señor, comenzó Jacinto, habia en el barrio de la Jagua un mozo de unos veinte años, llamado Gregorio, ó Goyo, hijo de Atanasio Rodriguez, uno de los que fueron á buscar á los Ingleses al puente de Martin Peña, con aquel tremendo Diaz, que dicen los desafiaba encaramado sobre uno de los pedazos que de dicho puente habian quedado cuando lo volaron los sitiadores. Este tal Goyo era alto, grueso á proporcion, y tenia mas fuerza que una yunta de bueyes: nadie podia aguantar su genio; á los doce años hirió á un hermano suyo, y á los diez y ocho levantó la mano á su padre, que aunque hubiera sido para él un extraño, no merecia semejante injuria, porque todos le teníamos por el hombre mejor del mundo. El pobre viejo sufrió con mucha paciencia los golpes de su hijo, y cuando se vió libre de él, arrodillándose en medio del soberado levantó las manos al cielo diciendo: ¡Dios mio! perdona á ese muchacho, que no sabe lo que acaba de hacer conmigo.

Pasaron de esto algunos meses, y el padre y el hijo parecian olvidados de lance tan desgradable; pero como la justicia de Dios habia de cumplirse, éteme que una tarde sale mi mozo con otro camarada suyo para ir á bailar á Furabo: llegaron á la casa del baile, y allí estuvieron hasta las tres de la madrugada sin que nada les sucediese. Al salir se juntaron con otro conocido de su mismo barrio, y tomaron el camino conversando alegremente: un poco antes de llegar al pueblo de Caguas, que habian de atravesar, oyeron cantar al pájaro malo. El endiablado de Goyo se echó á reir, y gritó:»Mira, mal avechucho, ven mañana á casa por cuatro granos de sal; y no faltes, que te espero.» En este momento la sombra del pájaro se pintó en el suelo delante de él; y á pesar de que queria hacerse el guapo, le dió un temblor tan fuerte, que apenas podia dar un paso. Los otros dos, que tenian tanto miedo como él, le echaron en cara su locura en desafiar al poder del malo; mas él, recobrando su malvado valor, echó por aquella boca mil pestes sobre todo lo que nos enseña la doctrina cristiana.

Al siguiente dia, al mudar una res que nunca habia topado, recibió de ella una cornada, que le hizo ir muy alto, rompiéndose al caer una pierna. Su pobre padre le asistió con el mayor agrado durante los muchos dias que estuvo de peligro, y pasó las noches en vela, rogándole en vano que se confesase y comulgase.

Apenas curado, volvió á su antigua vida de vicioso y mal hijo: salia de su casa sin volver á veces en tres ó cuatro dias, y cuando se le acababa el dinero y no tenia que jugar, robaba á algun vecino ó á su mismo padre lo que podia, para seguir en tan perjudicial entretenimiento. Llegó por fin un dia en que nada quedaba al viejo, y entonces le abandonó, dejándole solo, pues que su hermano habia muerto poco antes; se fue á vivir con uno que no tenia otro oficio que el robo, y cometió en su compañía tantos crímenes, que la justicia le echó mano y fué sentenciado á cuatro años de presidio.

Cumplida la condena, volvió, mas holgazan y mas pícaro que antes, á unirse á su compañero y comenzaron de nuevo sus fechorías. Una noche asesinaron, por robarle treinta pesos, á un infeliz que volvia de la Ciudad, donde habia vendido su pequeña cosecha de café; el crímen quedó sin castigo porque nadie supo quien lo cometió.

A los pocos dias se habló de otro robo de mas consideracion, y no pasaron muchos despues de este último, cuando se encontró una mañana en el Barrio de Culebras el cadáver del compañero de Goyo cosido á puñaladas, y no faltó quien dijera que el matador era nuestro mocito de la Jagua, que despues del suceso gastaba y se divertia, sin que ninguno supiera su oficio.

Al cabo de algun tiempo se le acabó el dinero y no sus vicios; salió una noche de una casa de este barrio que pasamos ahora, en la cual habia perdido lo poco que le quedaba, y pensó matar á otro jugador que habia ganado mucho. Para lograr su intento, se colocó en el lugar donde ahora está la cruz de palo, y allí aguardó cerca de dos horas, hasta que el paso de un caballo le advirtió la proximidad de su nueva víctima. Ya el otro subia la cuestecita.... no le faltaba mucho...... Goyo tenia el machete empuñado con la mano derecha, y con la zurda aflojaba dentro de la vaina el cuchillo que llevava á la pretina, iba á adelantar hácia el camino, y.... El pájaro malo cantó sobre su cabeza.

—La cruz de Nazareno te caiga debajo, dijo el jugador afortunado; y de repente, viendo un bulto á la orilla del camino, paró el caballo, y añadió:—Camarada, apártese un poquito mas lejos, ó diga que es lo que quiere.

—Que me entregues el dinero que nos has robado esta noche con tus trampas.

—Pues, amigo, venga por él y se lo daré, que desde aquí no puedo tirarlo.

—Allá voy, y despachemos pronto.

Diciendo esto saltó la zanja, y se adelantó hasta muy cerca del que le aguardaba, al parecer resignado á dejarse robar; levantó el machete, y ya iba á descargar el golpe terrible, cuando se oyó un tiro; la bala de una pistola disparada por el jugador atravesó el pecho de Goyo, y el canto del pájaro malo respondió desde lejos al grito que dió este al caer en medio del camino bañado en sangre.

Quiso Dios que el cura del pueblo, que volvia de una administracion, acertase á pasar por aquel sitio y viendo un hombre en el suelo, se acercó á él con el fin de ausiliarle, si estaba enfermo, ó apartarle á un lado, si otra causa menos lastimera le obligaba á guardar semejante postura. Se apeó de su caballo, y al poner la mano sobre aquel cuerpo le halló todo mojado, latia muy poco el corazon y la respiracion apenas se sentia. Con mucho trabajo logró incorporarle, ayudado por el hombre que le acompañaba; mas no pasó un minuto despues de esto cuando el herido, volviendo en sí, despues de un profundo gemido dijo:

—¡Ah! ¿quién es la buena alma que me socorre y me vuelve á la vida?

—Es Dios, contestó el Sacerdote, que ha traido aquí al mas indigno de sus ministros para recibir de V. la confesion de sus culpas, y ausiliarle con el fin de lograr la salvacion de su alma, y volver si es posible la salud al cuerpo.

—¡Oh padre! lo último es imposible, porque estoy muy mal herido, y conozco que se me va acabando por momentos la poca vida que me queda; y lo primero es igualmente desesperado, porque soy un infame y mi vida es un tejido de crímenes.

—Hijo mio, confia en la divina Providencia, abre tu corazon á un ser infinitamente misericordioso, confiesa y arrepiéntete de tus culpas, que Dios las perdonará.

—¿Es posible padre? ¿Dios perdona á hombres como yo que merezco arder en el infierno?

El bueno del Señor cura le predicó tanto y tan al alma, que al último se decidió, é iba á comenzar el Yo pecador; pero el canto del pájaro malo le anudó la garganta y no pudo articular ni una palabra.

—Vamos, hijo, ¿porqué tardas tanto? le dijo el Sacerdote.

—Padre, ¿ha oido V. ese pájaro que acaba de cantar?

—Sí, hijo; ¿pero porqué dices eso?

—Porque ese pájaro es el diablo, que quiere llevarse mi alma.

—¡Calla desgraciado! ¿Es posible que en el momento de morir tengas esa preocupacion?

—El moribundo, vencido de nuevo por la persuasion del ministro del altar, dijo con voz clara sus culpas, y apenas absuelto murió en los brazos del confesor.

Desde entonces hay esa cruz en el paraje que ha visto su merced, y en el cual nos ha cantado esta noche el pájaro malo.

—Y bien, ¿qué tiene que ver la muerte de Gregorio Rodriguez con que sea verdad que existe ese pájaro malo?

Mucho, Señor, si no hubiera aquel mozo desafiado á este, como hizo, ofreciéndole cuatro granos de sal, no hubiera seguido siempre mal guiado por el mismo; yo al menos así lo veo.

—Y yo veo que tú eres un simple, pues no conoces que ese pájaro es uno cualquiera, y que el hombre que cumple con Dios y sus semejantes está muy seguro de que no le harán obrar mal todos los pájaros buenos y malos de la tierra.

Aquí terminó la conversacion de los viajeros, que siguieron callados su camino.

ESCENA XVIII.
A MI BUEN AMIGO

D. PABLO SAEZ.

Seguidillas.

Verás que seguidillas,

Amigo Pablo,

Que peor no las canta

Ni el mismo Diablo.

Vaya pues una,

Como esta serán todas,

Buena ninguna.

Cuando miro los ojos

De mi morena,

De tanto que me gustan

Me causan pena;

Porque quisiera

Tan de cerca mirarlos

Que no los viera.


Me gustan las morenas

Por el salero,

Y tambien por las blancas,

De amor me muero.

Si son bonitas,

Lo mismo me da rubias

Que morenitas.


Porque un beso la pido

Se irrita Clara,

Y en un mes no me mira

Con buena cara.

Será preciso

Besarla cuando pueda

Sin su permiso.


Si quieres que te engorden

Las pantorrillas,

Baila chica á menudo

Las seguidillas.

Y aun mas subiera;

Pero temo que alguno

Me grite: ¡Fuera!


Tiene Paca unos dientes

De tal blancura,

Que á su lado la nieve

Parece oscura.

¡Jesus que hechizo!

Dios bendiga al dentista

Que se los hizo.


Un médico y un cura

Pasean juntos

Repasando la lista

De sus difuntos.

Y el boticario

Les sigue de bracete

Con el notario.


Me dijo un guapo mozo

De Andalucía

Que en Cádiz las estrellas

Salen de dia.

Y no me admira,

Que quien dijo andaluces,

Dijo mentira.


Basta de seguidillas,

Pablo querido;

Tú siempre sigues gordo,

Yo consumido.

Y ande la danza,

Yo seré Don Quijote,

Tú Sancho Panza.

ESCENA XIX.
REFLESSIONES
SOBRE EL
ACTA DE LA JUNTA PÚBLICA,
CELEBRADA POR
LA SOCIEDAD ECONÓMICA
DE
Amigos del País de Puerto-Rico[7]

en

El dia 21 de diciembre de 1845.

[7] En 1846 escribimos para el Cancionero de Borinquen este artículo, persuadidos que eran convenientes á la prosperidad de la Isla todos los estudios comprendidos en el proyectado Colegio Central; mas hoy que un estudio mas detenido acerca del estado de nuestra patria nos ha convencido que viviamos en el error, pensamos de muy diverso modo, conforme se habrá visto en varias de las precedentes escenas de nuestra obra.

Fué grande el gozo que esperimentamos al leer el cuaderno del acta pública de la Sociedad Económica, y grande á la par la admiracion que sentimos al considerar los inmensos beneficios que hace al país una corporacion que no

cuenta con mas recursos que su patriotismo, ni con mas caudales que la buena administracion de sus escasos fondos; nosotros, hijos de Puerto-rico y ansiosos de la prosperidad de nuestra patria, sentimos un noble orgullo en pertenecer á un cuerpo que se desvela por ella, y que está destinado á elevarla al grado de esplendor que dan las ciencias, las artes y la industria, cuando se introducen en un país, se protegen y se estimulan.

Son tantos los acuerdos de la Sociedad que tratan de mejoras útiles, que fuera muy largo el hacer mencion de todos ellos; baste decir que no hay ramo de que no se haya ocupado, y que las reformas planteadas parecen fabulosas, si se comparan con los medios de que puede disponer. Dejarémos, aunque con disgusto, infinidad de medidas á cual mas importante, para ocuparnos de la obra magna, de la empresa que hará inmortales á los que, fiados en sus nobles sentimientos y en la paternal y generosa protección de la autoridad superior de la Isla, han tenido tal pensamiento: esta obra es el Colegio Central.

Poco mas de un año hacia que en la anterior junta pública se habia hecho una ligera indicacion sobre el particular, cuando el Sr. Director, en su discurso pronunciado en la que se celebró el 21 de diciembre de 1845, manifestaba ya haber reunido una cantidad respetable, producto de una suscripcion abierta en los pueblos de la Isla y encabezada por la misma autoridad superior: la comision nombrada por el Gobierno para dirigir este asunto ha salido del seno de la Sociedad, y hasta el plano del edificio es obra de uno de sus individuos.

Pero no es esto todo lo que ha hecho tan ilustre corporacion; conociendo la necesidad de tener buenos profesores, ha mandado á Europa á su costa dos jóvenes del país sobresalientes y de conducta irreprehensible, para que, en union de otros dos, no menos recomendables y cuyos gastos corren á cargo de un Sr. socio de mérito, estudien las ciencias naturales y métodos de enseñanza para escuelas normal é industrial y salas de párvulos[8].

[8] El socio que á su costa instruye á estos dos jóvenes, es el canónigo Dr. don Rufo Manuel Fernandez, bajo cuya direccion han venido á Europa estos y los enviados por la Sociedad.

Es necesario conocer el estado de la Isla para poder apreciar la importancia del establecimiento que nos ocupa: hay en ella elementos de riqueza y medios de hacer su felicidad que estan por esplotar; y al ocuparse principalmente la Sociedad de la enseñanza de las ciencias naturales, que debe plantearse en el Colegio Central, da una prueba de la inteligencia y buenos deseos que la animan.

La química, la mineralogía, la agricultura y la botánica son indispensables en un país que encierra en su seno infinidad de minerales, y cuya fertilidad es tan prodigiosa, que sus cosechas y la cria del ganado constituyen toda su riqueza, á pesar del atraso en que es preciso confesar que nos hallamos. ¿Quién es capaz de calcular la diferencia que habrá en el cultivo de las tierras, cuando el estudio de las ciencias naturales pueda aplicarse á la labranza

y á la elaboración de sus productos? ¡Cuántos ramos de industria, desconocidos ahora, vendrán á enriquecer á los que se dediquen al estudio de dichas ciencias!

Cuando el comercio se enseñe por principios, ¡cuántas empresas se disputarán el privilegio de abrir canales y caminos; cuántos propietarios emplearán en aquel grandes caudales, que ahora invierten en otros países! ¡Cuántas obras útiles, y aun necesarias, se emprenderán, que estan olvidadas por la falta de medios de comunicacion! Son incalculables los beneficios que reportará el país si llega á establecerse el Colegio central: la unidad en el método de enseñanza impedirá que ignorantes disfrazados con trage de maestros engañen á los padres de familia entorpeciendo á los jóvenes, y las salas de párvulos y la escuela industrial darán á las clases pobres toda la instruccion que puedan apetecer.

Este cambio prodigioso se efectuará dentro de poco, si el gobierno, como es de esperar, sigue protegiendo y alentando á los Amigos del País en su noble empresa; y si los pueblos de la Isla corresponden, como hasta aquí, con tanto desinterés á las esperanzas de esos hombres dignos de la obra que han emprendido y de la gratitud de todos los puerto-riqueños.

Mucho podríamos estendernos sobre los estudios preliminares para las facultades mayores, mucho sobre las carreras científicas, y mucho mas aun sobre el plan que debe seguirse; pero nos creemos dispensados de hacerlo, porque la Junta encargada de llevar á cabo el pensamiento del Colegio central se compone de personas cuya ilustracion es bien conocida, y cuyo voto es para nosotros muy respetable y de mas valor que el nuestro mismo; además, ¿qué pudiéramos decir cuando han escrito sobre el particular el Dr. D. Rufo Manuel Fernandez y el Sr. Conde de Carpegna? Solo suscribirémos con el mayor placer á cuanto determinen, para dar un público, aunque muy pequeño, testimonio de gratitud á la Junta, á la Sociedad Económica y á la autoridad que, conociendo los intereses del país, protege esa tendencia á la civilizacion que en él se desarrolla con una rapidez que nos entusiasma.

Acabemos de una vez los hijos de Puerto-rico de venir con estudios incompletos y mal ordenados á las Universidades del Reino, donde hasta ahora se nos ha admitido á fuerza de súplicas, porque nuestros estudios no estaban en armonía con los de estas; y no nos avergüenza el decirlo, porque ni era culpa nuestra, ni del gobierno de la Isla. La civilizacion es obra del tiempo, y en vano nos hubiéramos esforzado antes de llegar á la época conveniente.

Mas ha llegado ya esa época feliz, ha sonado para nosotros la hora dichosa en que debemos despertar, y, sacudiendo las alas del ingenio, elevarnos hasta escribir en el cielo los nombres de nuestros bienhechores. No teman estos los inconvenientes que hallarán antes de ver colmados sus deseos; cuanto mas colosales sean, tanto mayor será su obra, y por el tamaño de las obras se mide la grandeza de las almas.

Reciban por ahora esta débil muestra de veneracion que les tributamos; y cuando llegue un dia en que la ancianidad enfrie el ardor de sus nobles corazones, nosotros procurarémos imitarles, y dirémos á nuestros hijos: «Honrad y bendecid á esos hombres cuyo cuerpo no puede soportar el peso de los años, pero que e otro tiempo labraron y sostuvieron el edificio de la felicidad y gloria de Puerto-rico.»

ESCENA XX.
SONETO

Dedicado á mi apreciable amigo

DON PABLO SAEZ.

El Puerto-Riqueño.

Color moreno, frente despejada,

Mirar lánguido, altivo y penetrante,

La barba negra, pálido el semblante,

Rostro enjuto, naríz proporcionada,

Mediana talla, marcha compasada;

El alma de ilusiones anhelante,

Agudo ingenio, libre y arrogante,

Pensar inquieto, mente acalorada,

Humano, afable, justo, dadivoso,

En empresas de amor siempre variable,

Tras la gloria y placer siempre afanoso,

Y en amor á su patria insuperable:

Este es, á no dudarlo, fiel diseño

Para copiar un buen Puerto-riqueño.

ESCENA XXI.
LA LINTERNA MÁGICA.

Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atencion; así no es estraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleon, un Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís XIV jorobado, y allí me estoy largo rato, para despedirme despues con una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, á los que pasan, para oir la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razon de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros mandados por don Juan de Áustria.

Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el frente que daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos á un hombre estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:

—Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de la tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede proporcionarles.

—Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las Indias.

Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba mas fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo rato: íbame yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros despropósitos:

—Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos, y prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitacion bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.

Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y mentiras.

—Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta obrita en cierto país que yo sé.

—Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El Gíbaro y V. es el autor.

Quedéme pasmado, y él añadió:

—No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta noche á mi casa.

En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi pregunta, que habia sido la primera, despues de un rato de música de pito y tamboril.

—Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.

Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás del cual se metió el asqueroso muchacho.

—¿Estás ya listo?

—Sí señor, ya estoy dentro.

—Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de magnetizador.

—Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro: los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde está el mérito y donde las faltas.

—Bueno, muchacho; y ¿qué mas?

—Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que negro.

—Muchacho, sigue, esos son unos tontos.

—Señor, hay una vieja que dice que es hereje.

—Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice, la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.

—Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una persona que conocen.

—Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y no crean tan bajo al autor.

—Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el uno dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.

—Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.

Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos que ¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian; finalmente dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que discuten sin enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.

—Pues sal de dentro del diablo, para que no digas algun despropósito contra esos señores, que deben ser hombres de talento.

Salió efectivamente de detrás de la cortina, y yo de la casa pensando en lo que habia oido.

Al dia siguiente fuí á buscar al charlatan para que me dijera como habia sabido todo aquello de ser yo el autor del Gíbaro.

—Muy sencillamente, me respondió: dias pasados estuve donde imprimen la obrita, allí le ví á V. y hasta leí una prueba vieja que me dió uno de los cajistas que es amigo mio. En cuanto á la opinion que de ella formarán, eso es cosa olvidada ya y poco mas ó menos de todas se forma la misma, segun el caletre de cada uno de los que la leen.

¡Dichoso yo! esclamé cuando me ví lejos de aquella buena pieza, dichoso yo que no seré juzgado segun me ha predicho este perillan, porque en Puerto-rico ni hay quien me crea de ninguno de los colores del iris, ni viejas que me tengan por hereje, ni guapos mozos que me consideren capaz de copiar á un individuo determinado para hacer públicos sus defectos, ni majaderos que me crean frio ni caliente; sino personas instruidas y juiciosas que me tienen por templado, cual conviene al escritor de costumbres, y ajeno á toda pasion mezquina, y lo que es mas ni siquiera tengo un enemigo, y carezco de envidiosos émulos, porque carezco tambien del mérito que pudiera acarreármelos. ¡Dichoso yo! que estoy cierto de que al concluir de leer este libro dirán mis paisanos lo que yo dije al comenzarle: Es el fruto de muchas horas robadas al sueño y al descanso de una profesion noble y santa á que se dedica.

INDICE
DE LAS ESCENAS CONTENIDAS EN ESTA OBRA.

Pág.
Prologo[7]
EscenaI.Espíritu de provincialismo[9]
II.El Bando de S. Pedro[21]
III.Reflecsiones sobre instruccion pública[34]
IV.Un casamiento gíbaro[49]
V.Bailes de Puerto-rico[55]
VI.El Baile de garabato[69]
VII.La Gallera[77]
VIII.Una pelea de gallos[87]
IX.Escritores Puerto-riqueños.—D. Santiago Vidarte[94]
X.Los sabios y los locos en mi cuarto[109]
XI.La fiesta del Utuao[122]
XII.Aguinaldos[128]
XIII.A mi respetable amigo el Sr. D. Francisco Vasallo; encontestación á una carta suya[137]
XIV.Un desengaño[141]
XV.A mi amigo D. Miguel Delgado[160]
XVI.Carreras de S. Juan y S. Pedro[164]
XVII.El pájaro malo[175]
XVIII.A mi buen amigo D. Pablo Saez[185]
XIX.Reflecsiones sobre el acta de la Junta pública[190]
XX.Soneto dedicado á mi apreciable amigo D. Pablo Saez[196]
XXI.La linterna mágica[198]

FIN.