II.
Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque en distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza que parecia ser de Caracolillo segun la fragancia que despedia, recordando aquellas Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando vimos entrar al señorito conocido nuestro, del fastidio, y de las conquistas, el mismo que algunos dias antes nos habia dejado en la muralla, acompañado de otros no sé si maestros ó discípulos suyos, pero que se le parecian bastante. Saludámonos, y sentáronse en nuestra mesa. De repente se me ocurrió una idea, dí una ligera pisada al amigo Pepe, la cual acompañé con un signo de inteligencia, y dije:
—¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds. un hombre como un castillo, con una cara redonda como una jigüera, que á pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un destierro, que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha llegado aun, que se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo el mundo estan ya olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz.... ¡Infelices de nosotros, y qué tunda llevamos!
—¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.
—¿Qué hubiera V. respondido?
—¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que hablaba con un Puerto-riqueño.
—No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él, (esta vez fuí yo quien me sentí pisar debajo de la mesa); pero habia un pequeño inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á puñetazos con un gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no le habian educado mejor.
—Yo no hubiera callado al oir semejante cosa.
—Tampoco yo callé, sino que esperando con aparente calma que concluyera, le pregunté con muy buen modo: ¿Estuvo V. mucho por allá, caballero?
—Mas de quince años.
—Friolera, pues V. conoce mi tierra mejor que yo.
—Ya lo creo que la conozco; sobre todo la Costa, porque en ella he ayudado á desembarcar varios cargamentos de negros de Africa.
—¡Hola! ¿con que hacia V. la trata; y no temia V. al celo filantrópico de sus paisanos? no le espantaba el temor de ir á Sierra-Leona?
—Maldita la cosa; reuní en cuatro años algunos centenares de duros; me embarqué despues en una goleta, y con mis pacotillas que traia de San Tomas hice un capitalito regular, con el cual compré en compañía de otro una hacienda, y en ella he pasado otros siete años trabajando siempre para poder retirarme, como lo haré, á mi país, despues de viajar un poco por Europa.
—Perfectamente: ha sido V. cuatro años negrero, otros cuatro semicontrabandista, y siete hacendado: total quince, para llegar despues á propietario acomodado, ¿y no perdona V. sus faltas á aquel país que se las ha pagado en libras esterlinas?
Los dueños de la casa se sonreian maliciosamente, y el inglés se volvia y revolvia en la silla dando muestras de grande enfado.
—Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita tierra; porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo perder mi salud.... sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi salud; porque aquí donde VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás tengo el estómago bueno; he gastado un dineral, y siempre lo mismo; los avestruces médicos de su Isla de V. (dijo mirándome) no saben curar nada, sino privándole á uno el tomar su copita de rom, que tan necesaria es para que se siente bien la comida.
—Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.
Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á otra contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir que un hombre que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas iba á disfrutar en otra parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba, y no podia comprender como entre tantos que van pregonando la bondad del clima, la sencillez de costumbres, la dulzura de carácter y la hospitalidad de sus moradores, con otras muchas gracias que derramó allí el Criador á manos llenas, hubiese uno que llegara al estremo de desconocerlas.
En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que hago por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas reflecsiones que en vano procuro traer á la imaginacion.
—Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las faltas del suyo.
El compadre Pepe, viendo que no me habia comprendido, se espresó en estos términos:—No puede darse un país tan malo que no tenga algo que alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres entre sí: ¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma hermosura parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es que no: desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo que á estos es odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser la mejor, en una provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada casa. Todos tienen sus buenas y malas cualidades, y del conjunto de ellas resulta un sello particular que distingue á unos de otros, y que sirve al hombre de talento, no para ajar á sus semejantes, sino para utilizar en provecho de la humanidad y en el suyo propio las virtudes, y aun los vicios, que todos tenemos.
Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá una casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal, etc.; abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto no es un crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres, sus amigos y allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la casa y los muebles cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está ausente? ¿quién es el que no suspira por oir aquella campana que le llenaba de tristeza á la hora de ir á la escuela, y de placer la víspera de un dia festivo?
Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social, que la hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es que el propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se mueve de la Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle, débesele estar muy agradecido.
Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto y prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de poblacion y riqueza.
Concluyo pues diciendo: que para hablar de un país es necesario antes conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia; que siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto los buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los demás con benevolencia.
Salimos del café y nos despedimos: luego que yo estuve solo me pregunté á mí mismo: ¿habrá aprovechado la leccion al paisanito? No lo sé: y puede que de nada valga, porque una mala costumbre no se quita con un sermon: y entonces volví á preguntarme: ¿Y podrá aplicarse á alguno en mi país?... ¡Ojalá!.. ojalá! mil veces que no.
ESCENA II.
El Bando de S. Pedro.
El bando de San Pedro debe ocupar un lugar, y no secundario, en un cuadro de costumbres Puerto-riqueñas, porque, además de su originalidad, viene á hacer precisa su aparicion en un libro el olvido en que comienza á caer este regocijo popular, que yo, á fuer de hombre amante de su país, quisiera se perpetuase en él para siempre. Para cumplir pues con mi propósito, y dar una idea de lo que comprende el título de esta escena, es necesario retroceder algunos años, pues de otra suerte no podria pintar el Bando de San Pedro sino en el período de su civilizada decadencia; y así supongo que nos quitamos doce ó catorce años de encima, lo cual harian de veras y con mucho gusto algunos de mis lectores.
Eran las diez de la mañana; el sol cubierto con un lienzo de nubes que debilitaba su ardor tropical, templado además por la brisa diaria en aquel clima durante las abrasadas horas del dia, alumbraba el recinto de una ciudad, que ya no ecsiste, tal es la trasformacion verificada en ella en tan corto espacio de tiempo.
Las calles no eran aseadas y agradablemente vistosas como en el dia; una recua de caballerías mayores y menores que recogian sus inmundicias, iba dejando por todas ellas señales no muy limpias de su paso; y gracias al empedrado, cuyas aceras de ladrillos puestos de canto, gastados unos, elevados otros, arrancados muchos y desiguales todos, el transeunte no podia dar un paso sin llevar, como suele decirse, los ojos en los pies; las plazas, hoy hermosas, estaban cubiertas de yerba que daba pasto al caballo del carbonero, al macho del borriquero y á unas cuantas vacas y cabras que iban de puerta en puerta, y sin que nadie las molestase, buscando los desperdicios que espresamente y para ellas estaban guardados.
Circulaba por toda la ciudad mayor número de personas que en los dias ordinarios, causando aquella especie de rumor que en las poblaciones de poco movimiento, como era entonces la capital de Puerto-Rico, es anuncio seguro de un dia de fiesta popular. Infinidad de personas, que por su traje y maneras mostraban ser de los campos de la Isla, discurrian acá y allá admirando la maravilla de una tienda de quincalla, de una confitería, ó de una de aquellas barracas de madera llamadas casillas, que llenas de juguetes y otras chucherías, estaban en la plaza de armas arrimadas á la negra y muy sucia pared del presidio, hoy bonita fachada del cuartel de Artillería. Los balcones, ventanas y puertas bajas se veian cuajados de gente de todas clases, la plaza de armas llena de caballos para alquilar, y los muchachos corrian por todas partes produciendo con sus gritos las notas mas agudas de aquel bullicioso conjunto de sonidos, que á fuerza de ser desacorde tiene su armonía particular. Poco despues veíanse pasar algunas máscaras á caballo que se encaminaban á la plaza principal, para formar un escuadron, que á estar en moda la mitología pudiera llamarse el escuadron de Momo. Reunidas allí todas, se dió la señal de marcha, seguida en el órden siguiente:
1.º Caseros, cotisueltos, lecheros y guaraperos; éstos sin disfraz, aunque disfrazados con sus mismos trajes; los primeros eran gíbaros montados en los caballos que por sus buenas mañas no habian podido alquilar, pero que con su garroneo y su fuete de á cuatro reales hacian ir mas ligeros que el viento; los segundos eran amigos de éstos de la capital, ó jornaleros que gastaban en aquella broma el salario de una semana; distinguíanse por los movimientos descompasados de todos sus miembros que hacian flotar su camisa como una bandera, y de aquí su denominacion; las otras dos clases eran los que habiendo despachado su mercadería, se solazaban en pasear por las calles al galope de sus encanijados é inseparables compañeros. Esta era la vanguardia, formada, como se ve, de gente de rompe y rasga, puesto que rota y rasgada llevaban no pocos la vestimenta.
2.º Caballería ligera; compuesta de los muchachos que por su buen comportamiento en la escuela, ó por otra causa, habian logrado el permiso de los papás; de jóvenes de todos oficios, artes y carreras, inclusos los que en todo el año no tenian otra ocupacion que correr aquel dia, y de las cumarrachas que muchos de estos llevaban á la grupa: los caballos que montaban, si bien no del todo buenos, podian sin embargo seguir á la vanguardia, y los trajes eran sino de grande invencion, caprichosos y variados desde el cuotidiano hasta el de arlequin, ó de negro, con la cara y brazos bien tiznados ó cubiertos de seda.
3.º Caballería pesada; componíanla hombres de mas edad, y entre ellos muchas personas de suposicion y respetables en todos conceptos: sobresalian por la exagerada ridiculez de sus trajes, y por la inutilidad de sus rocines, cojos, tuertos ó ciegos, desorejados, y con mas faltas que sobras. Entre estos (no entre los rocines) iban el que hacia de notario, el pregonero, y los tocadores de cornetas y timbales.
De esta suerte llegaron delante de la fortaleza ó palacio del Capitan General; el notario, acompañado del pregonero, se colocó debajo de las ventanas del edificio; los trompetas y timbales tocaron furiosamente y con el mayor desconcierto por algunos momentos, luego callaron todos, y poniéndose el primero unos anteojos de jigüera, comenzó á dictar, y el pregonero á repetir en alta voz, el siguiente