Á AMÉRICA
¡Cuántas veces, oh América, he templado
Mi inacorde laúd para cantarte,
Y cuántas ¡ay! mi plectro ha vacilado!...
De admiración absorto al contemplarte,
Por tan rara belleza fascinado,
Nunca pudo mi acento consagrarte
El himno de mi amor grande y profundo;
Canto digno de tí, virgen del mundo.
Y decía mi mente contristada:
¿Cómo, al concierto universal que brota
De esa región espléndida, encantada,
De mi plectro uniré la débil nota,
Si yo, cual avecilla en la enramada
Que aun es al valle su canción ignota,
No tengo voz par elevar cantares
Á esa ondina que flota entre dos mares?...
Mas hoy resbala en el laúd mi mano,
Y no me es dable contener mi acento;
Y desde el mar de Atlante al Oceano
Que apenas riza el aura con su aliento,
Del Hudson hasta donde el araucano
Libre habita, mi voz el raudo viento
Lleve en sus ondas, cual la esencia pura
De la humilde oración lleva á la altura.
Y al ensalzar la mágica belleza
De ese edénico mundo rico, ingente,
Evoque mi memoria la grandeza
Del genovés intrépido y sapiente,
Que realizó la sin igual proeza
De arrancar al abismo un continente;
Y al nombre de Colón, que mi estro inspira
Adune el de Isabel mi pobre lira.
Y si tú, grave Musa, inspiradora
De Herodoto, de Tácito y Mariana,
Ocultas á la mente escrutadora,
De la bella región americana
El prístino existir, deja en buen hora
Á mi entusiasta inspiración, que ufana
Pida á la egregia Erato noble aliento,
Que dé vida á mi pobre y rudo acento.
Y escalando la andina, enhiesta cumbre
Mi osada fantasía, el panorama
De mi soñado edén ledo columbre....
¡Oh!... ya en lecho de flores, que recama
Natura, y abrillanta fébea lumbre,
Contemplo á la deidad, de quien es fama
Que un tiempo fué cacica, ¡cuyo imperio
Trocó el conquistador en cautiverio!
Mas vedla: ya no es india desgraciada:
Es la vestal ceñida de azahares
Que en ropaje de flores recatada,
Entre plátanos, cedros y palmares
Se mira muellemente reclinada;
Y extendiendo por brazos los dos mares,
Brinda amorosa, en fraternal exceso,
Próvido asilo al hombre y al progreso.
¡Salve, aurora del mundo bendecida,
Que á los caducos pueblos del Oriente,
Cual amante esperanza concebida,
Te muestras en tu alcázar de Occidente;
Y luces cual tu hermana, que ceñida
De rosas, al Ofir brilla riente;
Ella brindando luz á la mañana;
Tú, albor de paz á la familia humana!
Que tú, precioso búcaro esmaltado,
Que del amor universal la esencia
Ocultas en tu seno perfumado;
Oasis, que creó la Providencia
Para el pueblo infeliz, que fatigado
Sufre tal vez, errante, la inclemencia
De la bárbara guerra maldecida....
¡Tú eras la amada tierra prometida!
Que allá, cuando del arte el férreo brazo
Dome el ítsmico, ingente promontorio,
Y Anfitrite y Neptuno en tierno abrazo
Celebren en tu suelo el desposorio;
Cuando de paz y libertad el lazo
Una á tus hijos; tú, virgen emporio
De belleza y de amor, el casto beso
Recibirás del inmortal progreso.
Y en ese fausto día en que las fiestas
Celebren de tu dicha, alborozadas
Las Driades en tus bosques y florestas,
En tus ríos las Náyades sagradas,
Y en tus valles las Ninfas más apuestas;
Un coro se alzará de bellas Hadas,
En Sorata[4] y en Sierra Verde altiva,
Ceñidas de laurel, mirto y oliva.
Será la excelsa pléyade que alienta
Los más preclaros hechos de la Historia;
Concurso de vestales que sustenta
El sacro fuego de la patria gloria;
Legión que en su estandarte al orbe ostenta,
De universal progreso la victoria...
Hosanna, ellas dirán en sus canciones,
Proclamándote emporio de naciones.
Sin savia entonces, juventud ni vida
Los pueblos del Oriente, mi estro abona
Que desde el viejo mundo, conmovida
De maternal orgullo, una matrona
Elevará su voz de gloria henchida;
Será la ilustre España, que á tu zona
Este acento enviará de amor profundo:
"¡Yo fuí tu madre, emperatriz del mundo!"
Yo entonces, en el lecho del olvido,
En rincón apartado y silencioso,
Moraré con las sombras confundido;
Mas al oir el eco misterioso
Por la brisa en mi tumba repetido,
Se exaltará mi espíritu, orgulloso
(Aun de la muerte en el oscuro arcano)
De haber sido español y americano.