EL VIEJO RELOJ
En un confín de la rústica aldea
Alzase antigua mansión imponente,
Cuyo portal, con sus lóbregas formas,
Olmos añosos en sombra mantienen;
Y en la antesala un reloj carcomido
Va repitiendo, pausado y solemne:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Allí en su rígida caja de roble,
Con sus inquietas agujas, parece
Un viejo monje en su negra capucha
Que se persigna y murmura sus preces;
Que con acento fatídico y grave
Á cuantos llegan les dice entre dientes:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Suaves sus golpes se escuchan de día,
Mas de la noche en las horas silentes,
Cual misteriosas pisadas, sus ecos
Acompasados los tímpanos hieren;
Y á cada puerta de aquella morada
Llegan y dicen en tono doliente:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Horas fugaces de gozo y de vida,
Horas tremendas de luto y de muerte;
Todas las raudas mudanzas del mundo
Marca el reloj, sin que nada le altere;
Sin que un instante su lengua ominosa
El estribillo monótono deje:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Franca acogida encontraba el extraño
De esa mansión al cruzar los dinteles;
Vivo chispeaba el hogar espacioso,
Mientras bullía ruidoso el banquete:
Mas, entre brindis y risas llegaba,
Cual de un espectro, el augurio solemne:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Allí los niños jugaban gozosos;
Allí las cándidas almas ardientes
Á sus ensueños de amor se entregaban...
¡Oh, rica edad que al fugarse no vuelve!
Así contaba el reloj, cual avaro,
Esos de dicha momentos tan breves:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
De aquella alcoba salió deslumbrante
La desposada en su traje de nieve;
En el salón silencioso y obscuro
Vióse tendido el cadáver inerte;
Y á cada pausa en los rezos, marcaba
Lento el reloj su tic tac elocuente:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Todos dispersos están los que un día
Vida prestaron al tétrico albergue;
Y al exclamar melancólico: "¡Cuándo,
Cuándo otra vez se unirán los ausentes!"
Como en los tiempos pasados, escucho
Sólo del viejo reloj los vaivenes:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
¡Nunca en el mundo falaz, engañoso!
¡Por siempre allá de la mística muerte
En el tranquilo, amoroso regazo,
Donde sin penas ni afanes se duerme!...
Esto el vetusto reloj de los siglos
Á todos dice en su lengua solemne:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!