¡EN EL INFINITO!
Á La Memoria del Malogrado Poeta Portorriqueño
D. JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ
Los genios suelen descender de las alturas á la tierra, así como descienden los ígneos rayos del soberano de la luz: éstos, la calientan y fecundan; aquéllos abren á la humanidad senderos de fe, de esperanza y de amor. En su paso, son breves como la aurora.
I
Una tumba... y una lira...!
Una tumba...! es decir, la eternidad...!
Una lira...! es decir, el arte, la poesía, el genio. Lo misteriosamente grande, lo bello, lo inmortal: he ahí lo que ahora contempla mi espíritu.
En ese sublime consorcio de lo infinito y de lo imperecedero, está envuelta una memoria para Puerto Rico; esta dulce patria de nuestros amores.
Una memoria tan querida, como es querida una esperanza hermosa.
La memoria de uno de sus poetas que, con el corazón enfermo, así enfermo, palpitaba por ella: era JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ.
Poeta de cuya alma brotaban raudales de sentimiento, como de los espacios brota la luz.
Poeta de mente soñadora, de inspiración ardorosa, de fibras delicadas; que se olvidaba de sus dolores, y cantaba.
Cantaba, como canta el ave en las enramadas del bosque donde está su nido.
Puerto Rico era su bosque idolatrado, y referíale sus cuitas en armoniosos trinos.
Alma modelada en el sufrir, su acento era, á veces, un quejido.
Alma centelleante de amor y de poesía, también derramaba ternuras y bellezas al son de las cuerdas de su lira.
El sentía palpitar, dentro de su ser, las aspiraciones de los espíritus elevados.
El amaba y perseguía, con afán febril, el ideal de los genios.
Vivía en la tierra y en el infinito.
Era hombre y era idea.
Sus cantos á Dios, son como el incienso de la fe más pura.
En ellos, su alma de poeta, sube hasta la esencia de lo Absoluto; comprende toda su grandeza; la desvela de la sombra de los errores terrenales, y la proclama, envuelta en mil resplandores.
Sus cantos á la patria, en los que pide á ese mismo Dios, para celebrarla en sus glorias y alegrías, una vida sin fin y una lira inmortal, son lo sublime en la inspiración y en el amor. En el amor de lo bello y de lo grande.
Ellos son como una harmonía celestial, que resonará al través del tiempo, infundiendo, en los pechos indiferentes, el calor del elevado patriotismo.
El patriotismo de la fe en el progreso; de la fe en la ciencia; de la fe en la libertad.
El los llamó su testamento; y más que un testamento, son la apoteosis de su genio.
El "Encargo á Mis Amigos," brilla, sobre su sepultura, con esa indefinible melancolía del último rayo de sol que se hunde en el horizonte.
Es una melodía cantada por el poeta en instantes solemnes.
En los instantes lentos en que iba á dormir, no el sueño de la muerte, sino á vivir en la inmortalidad.
¡Dejadle gozar de su nueva existencia!...
II
Mientras lejos de la patria su espíritu vaga por la región de las eternas armonías; mientras se inunda de nueva luz, y de las alturas, aun contempla su bella patria, virgen inocente; cubierta de guirnaldas; besada por los céfiros; y embriagada siempre por la sonrisa de un cielo azul, purísimo; llévele esa patria, doliente, coronas á su última morada.
Los vates que á su lado dieron sus notas al viento, enviénle sus recuerdos de amor al compañero ausente en el infinito.
Á todos los que en esta tierra amamos las letras; á todos los que en esta tierra sentimos nobilísimo orgullo con el talento que brilla, la memoria de JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ nos impone el gratísimo deber de honrarla.
Sí; honrar el genio que, como la rápida exhalación que cruza el éter, deja una estela luminosa en las regiones intelectuales, es practicar el culto que más engrandece á los hombres y á los pueblos.
El culto del recuerdo, consagrado á los seres en cuya frente el pensamiento lanzó rayos de luz.
¿No se ciñen coronas á las sienes del guerrero, se inmortalizan sus hazañas y se cantan sus glorias?
Pues el poeta es también un guerrero, y el más egregio.
Un guerrero no cargado con el peso de las armas que dan la muerte, sino con la irradiación de las ideas que dan la vida.
Luchar y vencer: tal es su destino.
En la lucha, hiere; pero, como el Dante, hiere al mal, al error, á las pasiones.
Su victoria tiene un nombre: se llama regeneración humana.
Que no hubiese un solo poeta en la tierra, cuyo idealismo desentrañase la belleza que se oculta en el fondo de su espíritu; que con sus armonías no despertase el sentimiento que duerme; que con su lira, cual divina paleta, no dibujase los sublimes cuadros que su fantasía vislumbra en el infinito, y la tierra y la vida y el alma humana, se agitarían en el aislamiento y en el vacío.
Faltaríales algo de lo que es esencial en su existencia.
¿Qué es el idealismo?
Es la tendencia del espíritu humano á buscar la verdad absoluta; la belleza y el bien absolutos, sin poder realizar jamás su afán.
Si no existiese el amor, ha dicho Victor Hugo, se apagaría el sol.
Si no existiese el idealismo, digo yo, modestamente, no existiría el progreso de la existencia.
III
JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ, vivía en la región del idealismo.
Bajo este concepto, él también contribuía á desarrollar el progreso.
Y, como todos los que se agitan en ese otro mundo que el ser humano lleva dentro de su alma, al descender á la realidad, sentía que los abrojos le herían sin piedad.
Amar, pensar, buscar lo bello; recorrer la vida sin contaminarse con el mal, nada de esto puede hacerse sin sufrir.
El no fué más que una estrella que apareció, iluminó breves instantes el cielo de la patria, y luego fué á perderse, donde se pierde la luz: en el insondable infinito.
¡Sí; allí; allí vive... allí está...!
Su tumba y su lira, legadas á la patria, señalan dos grandes verdades: las transformaciones de la materia y de la vida en la creación, y la inmortalidad del genio...
Para honrar su memoria, poco digno de cuanto ella merece, puedo ofrecer sólo estas líneas; que si dan pobre idea de mi aun más pobre ingenio, son testimonio fiel del cariño y la admiración que siempre le consagré.