FEDERICO DEGETAU Y GONZÁLEZ
Nació en la ciudad de Ponce, en el mes de diciembre de 1862, y quedó huérfano de padre á los ocho meses. Era hijo único, y su buena madre doña Consuelo González concentró en él todo el afecto de que era capaz su gran corazón de esposa y de madre. Con una exaltación de cariño que traspasaba los límites de lo humano, consagró su vida entera y todas las potencias de su voluntad al cuidado, á la educación y al culto idolátrico de Federico. No tuvo desde entonces otra aspiración ni otra esperanza que la de formar con la esmeradísima educación que le proporcionaba, con el propio ejemplo de sus virtudes y con la sublimidad de su amor maternal, aquella inteligencia privilegiada y aquel corazón admirable de bondad, de generosidad y de dulzura que dieron tan alto relieve á la vida intelectual y moral de Federico Degetau.
Cursó en Ponce las primeras asignaturas de la instrucción primaria que continuó después en Barcelona, (España), á donde se trasladó en compañía de su madre, y allí obtuvo el título de Bachiller.
Á pesar de sus pocos años, Federico era ya entonces amigo de algunos hombres ilustres que por aquella época residían en la Ciudad Condal, como don Víctor Balaguer y el Doctor Letamendi, que admiraban el entusiasmo del estudiante portorriqueño, su bondad de corazón y su alteza de pensamiento.
Para ir conociendo varias regiones importantes de España, mientras ensanchaba el círculo de sus conocimientos, se trasladó á Madrid, y cursó en la Universidad Central las primeras asignaturas de la Facultad de Derecho. Allí le siguió su madre amantísima, rodeándole de todos los medios propios para estimularle en el estudio, fortalecer su salud y aumentar en lo posible las bondades de su alma.
Al apreciar hoy la cultura exquisita, las grandes virtudes sociales, la noble inteligencia y los méritos extraordinarios de don Federico Degetau, no sería justo dejar en olvido el nombre de aquella madre meritísima, que supo reunir y fomentar en él tan relevantes virtudes.
En Madrid contrajo Federico amistad con muchos hombres de ingenio y ciencias, que le conservaron afecto y estimación durante toda su vida.
Además de sus estudios científicos cultivaba Degetau la literatura y la música. Llegó á tocar el violín con notable perfección; su madre era más que regular pianista, y organizaban en su casa unas veladas artísticas muy frecuentadas por los hombres de letras y por la élite social de la villa y corte.
Siendo aún estudiante de Leyes, reunió Federico en ocho días autógrafos y pensamientos de los más famosos personajes de la literatura, la cátedra, la política y las bellas artes, añadió algunos trabajos suyos y formó con ellos un interesante libro, con la venta del cual adquirió dinero suficiente para redimir á un estudiante compañero suyo, que había caído soldado y no tenía medios para pagar un sustituto. Este rasgo, que fué muy celebrado por profesores y estudiantes, y del que hizo merecidos elogios la prensa de Madrid, da una feliz idea de la nobleza de sentimientos de su autor.
Sus primeros ensayos oratorios los hizo en Madrid durante una huelga violentísima de estudiantes que allí se promovió. En los días en que la manifestación estudiantil adquiría caracteres de mayor vehemencia, llamaba la atención general un jovencito alto de cuerpo, aunque de semblante aniñado y candoroso, de expresión simpática, de maneras distinguidas y de palabra elocuente, invocando á gritos los fueros del respeto público, los beneficios de la paz, y las ventajas de la razón serena sobre los actos de una violencia irreflexiva. Era Federico Degetau procurando calmar las demasías tumultarias de sus compañeros.
Poseía el don de gentes en alto grado, y gozaba de gran estimación entre sus profesores y amigos. El insigne Maestro de maestros, don Francisco Giner de los Ríos, le quería como á un buen hijo.
Antes de haber obtenido la Licenciatura de Derecho y cuando contaba apenas 19 años de edad, fué nombrado Presidente de la sección de ciencias morales y políticas de la Academia de Ciencias Antropológicas, de Madrid, y con este motivo hizo un viaje á París, para tratar con Victor Hugo acerca de la Liga internacional para la abolición de la pena de muerte. Fué también admitido por entonces en la Academia Española de Jurisprudencia y Legislación.
Estudió en la Universidad de Granada el tercer grado de Derecho (1885), el cuarto y quinto en las Universidades de Salamanca y Valladolid, respectivamente, y dos años después recibía la investidura de Abogado en la Universidad Central.
Sus aficiones dominantes le llevaban al estudio de las cuestiones morales: la instrucción pública, la educación moral y física, el bienestar del pueblo, la organización de las clases obreras, la protección del niño, la pureza de las costumbres, etc. El amor patrio le llevaba también á la lucha política; pero en ella rehuía los apasionamientos y los enconos. El odio no encontraba albergue en aquel corazón, que sólo tenía latidos generosos.
Mostró desde muy joven sus aficiones al cuento literario, y á este género pertenecen sus primeras producciones El fondo del algibe, El secreto de la domadora, ¡Qué Quijote! y Cuentos para el camino. Escribió después una novela de costumbres, titulada Juventud, y deja inéditos dos libros más de cuentos para niños, á los cuales cuentos pertenece el que se inserta á continuación de estos apuntes.
Se interesó siempre por los progresos escolares, fué el primer propagador en España de los dones y juegos instructivos de Froebel, el famoso creador de los Jardines de la Infancia, y fué durante toda su vida un amante decidido de los progresos escolares.
Amaba á los niños, se deleitaba contemplando sus distracciones y sus juegos, intervenía en sus estudios y se interesaba vivamente por sus progresos mentales. Gustaba de proteger á los huérfanos infantiles, educándolos personalmente, y aplicando en esta labor sus especiales métodos pedagógicos. Algunos de los protegidos y dirigidos por él han llegado á ser hombres de ciencia y escritores de valer.
Poseía también en grado meritorio el amor á la patria portorriqueña, y trabajaba en Madrid activamente para dotarla de reformas liberales, valiéndose de la amistad que le profesaban hombres de gran influencia en el gobierno de Madrid.
Figuró siempre en los partidos republicanos españoles.
En el año 1887, cuando la reacción conservadora produjo aquí los lamentables sucesos á los que se dió el nombre de compontes, fundó y sostuvo con su peculio propio en Madrid un periódico titulado La isla de Puerto Rico, en el que hizo una vigorosa campaña contra el gobierno del general Palacio, y en compañía de Labra, Cortón y otros defensores de Puerto Rico, logró conjurar aquella lamentable crisis.
Al organizarse en Puerto Rico el gobierno autonómico, Federico Degetau fué electo diputado á Cortes, y actuó como tal en el Congreso hasta que ocurrió el cambio de soberanía de Puerto Rico. Entonces se trasladó definitivamente á esta isla, resuelto á seguir la suerte de su patria.
En 1901 fué electo Representante de Puerto Rico ante el Congreso de los Estados Unidos, cargo que desempeñó durante cuatro años y en el que prestó servicios eminentes. Vuelto á su país, fué nombrado vocal de la Junta de Síndicos de la Universidad de Puerto Rico en organización. Encariñado con el proyecto de una Universidad Panamericana, hizo esfuerzos de propaganda aquí y en Washington para dotar á Puerto Rico de esta institución, y en un reciente viaje que hizo á Europa (1911 y 1912), adquirió unos 200 cuadros de pintores acreditados, antiguos y modernos, destinados á la pinacoteca de la futura Universidad. En este trabajo le auxilió un artista portorriqueño de mérito, don Adolfo Marín, que habitualmente residía en San Juan de Luz.
Regresó Federico de su citado viaje en los últimos meses del año 1912—algo quebrantado de salud, y, de resultas de una operación quirúrgica grave, falleció el día 20 de enero de 1914.
Era un hombre de gran bondad, de mucho talento, de trato agradabilísimo, escritor delicado y ameno, orador elocuente, patriota, generoso y sincero, legista competente, amigo cariñoso y leal, y un grande, noble y generoso corazón.
Deja, al morir, legados importantes para obras de cultura y de caridad.