JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ

Fué uno de los poetas portorriqueños de más exquisita sensibilidad, y el que ha exteriorizado hasta ahora mayor intensidad de sentimiento en sus composiciones.

Nació en Caguas, el año 1850, y fueron sus padres Don Rodulfo Gautier y Doña Alejandrina Benítez, poetisa de notable inspiración y cultura. Huérfano de padre en la adolescencia, quedó su educación y dirección social á cargo de la inteligente madre, y ésta influyó de manera decisiva en la vocación literaria y sentimental de su hijo.

No poseía muchos bienes de fortuna la familia Gautier Benítez, por lo cual José, que era el único varón de ella, tuvo que pensar en ganarse la vida, antes de dar cima á una carrera literaria, como eran sus propósitos. Ingresó en una Academia Militar establecida en San Juan, obtuvo el grado de cadete de infantería hacia el año 1867, y se trasladó á Toledo (Castilla) en donde fué graduado subteniente.

Pero á pesar de la libre, bulliciosa y pintoresca vida de la oficialidad militar en España, sentía Gautier Benítez una profunda nostalgia, un anhelo vehementísimo, irremediable, de volver á su patria querida, de hollar y besar el suelo siempre floreado de su Boriquén.

Se disculpaba entre sus compañeros de la abstracción y añoranza en que vivía, en sentidísimas estrofas como ésta:

Perdonadle al desterrado

este dulce frenesí:

pienso en mi mundo adorado,

y yo estoy enamorado

de la tierra en que nací.

No pudo permanecer mucho tiempo en esta tensión de espíritu, y el amor á Puerto Rico venció bien pronto al amor á la carrera militar y aun á la gloria de las armas. En 1872 renunció su nueva profesión, se embarcó para su amada tierra, y al divisarla desde el horizonte improvisó una de sus más tiernas y populares composiciones.

Formó parte de la Redacción de El Progreso, que dirigía entonces Don José Julián Acosta; pero no era apto para la lucha política, á que se reducían entonces casi todos los trabajos de la prensa. Escribió una serie de sátiras en versos contra ciertos errores y malas costumbres sociales, y luego desempeñó algunos cargos administrativos en los centros oficiales de San Juan.

En el año 1878 fundó, en unión de Don Manuel Elzaburu, la Revista Puertorriqueña, repertorio mensual de literatura y ciencias, que gozó de gran estimación; pero que duró poco tiempo, á causa de la enfermedad del pecho que ya minaba aquella naturaleza excepcionalmente delicada y poética.

Recluído en su hogar, donde le acompañaban amorosamente su esposa é hijos, escribió en sus últimos años, muy enfermo ya, las mejores poesías que de él nos quedan, como el canto Á Puerto Rico, laureado en certamen público, y que se inserta á continuación; La Barca, Insomnio, Apariencias, y algunas estrofas amargas de su canto de cisne, Renacimiento, del que sólo ha dejado algunos fragmentos notabilísimos.

También escribió en los últimos días de su vida las siguientes estrofas dirigidas á sus amigos:

Cuando no reste ya ni un solo grano

De mi existencia en el reloj de arena,

Al conducir mi gélido cadáver,

No olvidéis esta súplica postrera:

No lo encerréis en los angostos nichos

Que llenan la pared, formando hileras,

Que en la lóbrega angosta galería

Jamás el sol de mi país penetra.

El campo recorred del cementerio

Y en el suelo cavad mi pobre huesa;

Que el sol la alumbre y la acaricie el aura

Y que broten allí flores y hierbas;

Que yo pueda sentir, si allí se siente,

Á mi alredor, y sobre mí, muy cerca,

El vivo rayo de mi sol de fuego

Y esta adorada borinqueña tierra.

Falleció en 24 de enero del año 1880, y sus amigos, como los de Alfredo de Musset, cumplieron al pie de la letra esta súplica del poeta moribundo. En un sitio céntrico de la necrópolis de San Juan, completamente bañado por el sol, y entre flores y hierbas de perpetua lozanía, se alza un elegante túmulo coronado por un bien esculpido busto del poeta, en mármol de Carrara, y allí, en contacto con la tierra que tanto amó, yacen los restos del dulce cantor de Puerto Rico. En su lápida principal están grabados los anteriores versos, como á manera de epitafio.