¡PATRIA!

Las leyes de las sociedades humanas sólo pueden establecerse ajustándolas á la Naturaleza.

Bernardino De Saint-Pierre.

¡Bien lo recuerdo, sí, que en mi memoria,

cuanto agravio mayor la edad agrega

más viva alienta mi infantil historia!

Así como en la ruina solariega

arraiga más tenaz la parietaria

á medida que el muro se disgrega.

Transida como débil procelaria,

el alma busca puerto sosegado

donde calmar la agitación voltaria,

y del nido en el soto abandonado

al respirar de nuevo la terneza,

palpita el corazón vigorizado.

Cuando á merced de lánguida tristeza,

en labor incansable, el pensamiento,

revive de aquel nido la belleza,

del labio paternal el puro acento

paréceme que vibra en mis oídos

como los ayes hondos de un lamento.

—"¡Patria!—escucho decir á esos gemidos—

"Siento helarse la sangre de mis venas,

"de tu sol sin los rayos bendecidos."

"¡Patria, que el alma con tu nombre llenas,

"dame que vuelva á tu región hermosa

"á cavar mi sepulcro en tus arenas!"

Y, á compás de esa queja dolorosa,

el llanto resbalaba en su mejilla

salpicando mi frente candorosa.

Movido el sentimiento á maravilla,

—¿Qué es Patria, padre, que llorar te hace?

del labio inquiere la expresión sencilla:

y un suspiro y un beso, en dulce enlace,

aun siguen repitiendo en mi conciencia:

—"¡Hijo, Patria es la tierra en que se nace—!"

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La flor primaveral de mi inocencia

estivo rayo marchitó inclemente,

y me llamó al combate la existencia.

Entusiasta ambición quema mi frente;

la libertad mis sueños engalana;

bríndame la razón su luz potente.

Amor de Patria mi sentir afana.

Patria reclamo; y una voz severa,

mostrándome en ceñuda barbacana

el oro y gules de triunfal señera,

—"¿Patria buscas?—me dice—Es el derecho,

y su símbolo guarda esa bandera."

Al recuerdo filial deja maltrecho

de la docente fórmula el mandato,

y el áspid de la duda muerde el pecho.

De la enseñanza la expresión acato;

mas si es la Patria el pabellón glorioso,

¿por qué de la nostalgia el hielo ingrato,

trayendo á la memoria el lar dichoso,

al noble ser que me infundió la vida

arrancaba un quejido fatigoso?

¿Por qué volver el ánima afligida

al espejismo de nativa aldea,

ya del regreso la ilusión perdida,

si esa bandera que en el aire ondea

todo el perfume de la Patria vierte,

y es Patria igual la tierra que sombrea?

¿Á qué rendir, medroso, el pecho fuerte

del anciano colono sin ventura,

la visión espantable de la muerte

que ofrece tierra extraña á su envoltura,

si ha de amparar la Patria los despojos

cubriendo el pabellón la sepultura?

¡Cuanto de luz más ávidos antojos

agitan el cerebro en lucha interna,

más crecen del problema los enojos!

¿Pudo acaso mentir la voz paterna...?

¿Patria es la tierra donde nace el hombre,

ó el régimen no más que le gobierna...?

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¡Necio...! ¿No quieres que el error te asombre

—murmura en el espacio nuevo acento—

y así reduces la extensión de un nombre?

¿Por qué atar á una roca el pensamiento,

si al dar vida el Creador á la criatura

le trazó todo el orbe por asiento?

¡Sublime tradición...! No en noche obscura

se ocultó su destello, revelado

de materna piedad por la dulzura.

¡Padre...! ¡el soplo vital de lo creado!

¡Humana raza...! ¡fraternal familia!

¡Patria...! ¡el planeta con sudor regado!

Mas si en esa trilogía se concilia

del humano consorcio el mecanismo,

¿cómo el coraje sanguinoso auxilia

la aspiración fatal del egoísmo,

que en fragmentos la tierra subdivide

y abre para arrojarlos hondo abismo?

Si la extensión de Patria el globo mide,

¿por qué al estruendo del clarín de guerra

que, en nombre del honor, ¡Venganza! pide,

por el imperio de un girón de tierra

odio y saña despliegan los humanos

como los tigres que la Hircania encierra?

¡Derecho...! ¡Humanidad! Conceptos vanos

no entrañan esos nombres luminosos,

de la historia social en los arcanos.

Multiplica sus frutos provechosos

de la higuera de Adán la cepa erguida

que halló en un tallo gérmenes copiosos;

pero borrad las cuencas en que anida,

quitad la tierra donde el tallo crece:

si no arraiga la planta, ¿tendrá vida?

Al hombre el Hacedor el globo ofrece,

mas también dió al león la selva obscura,

y su grito el Moncayo no estremece.

Al ananás el trópico madura,

en el mar la madrépora vegeta,

tiñe el liquen los Alpes de verdura,

y, en la vital corriente del planeta,

cada zona su fuerza circunscribe

á la cósmica ley que la sujeta.

La humanidad el límite proscribe;

mas, por mucho que extienda su ramaje,

de un tronco el árbol médula recibe.

Bajo albergue de rústico atalaje

que el dulce rayo del amor caldea,

se agrupa con sus hijos el salvaje.

Cuanto el circuito del hogar rodea,

el bruto, el vegetal, la dura roca,

todo avasalla provechosa idea.

El brazo empeño colosal provoca,

ley augusta el combate santifica,

la voluntad obstáculos sofoca,

el dominio sus lindes amplifica,

y con la actividad del señorío

de tal modo el señor se identifica,

que llama suyos el volcán bravío

del mugidor torrente la cascada,

el confuso rumor del bosque umbrío,

ambiente, nube, flor embalsamada,

lujosa esplendidez del firmamento,

del sol la omnipotente llamarada,

y con el trueno de huracán violento

enlaza el beso plácido del hijo

y el afán de su propio pensamiento.

Así de Patria la noción, colijo

que germinó del hombre en la conciencia

á los embates de luchar prolijo.

Esa es la Patria: terrenal esencia

que infunde las primeras sensaciones

al dar jugo inicial á la existencia.

No de un predio la acotan los rincones,

que su potencia misteriosa aduna,

de raza con las viejas tradiciones,

los fantásticos sueños de la cuna,

y, á su nombre, en el ánimo encadena

la ciega veleidad de la fortuna,

ambición y poder, ventura y pena,

del amor el purísimo embeleso,

de la mente y el brazo la faena,

necesidad, evolución, progreso,

altar, familia, leyes, sepultura...

¡de la humana labor todo el proceso!

¡Así la Patria en la razón fulgura!

Guardada en opulento relicario,

culto recibe de filial ternura.

Si al solemne reposo del santuario

osa llegar, con mano arrasadora,

de usurpación el ímpetu nefario,

estalla el pecho en furia aterradora,

y como fiera que en letal demencia,

su prole por salvar, ruge y devora,

se exalta del patriota la vehemencia,

y oro y goces y sangre sacrifica

ante el ara de augusta independencia.

No el concepto preciado se duplica

de profusa oblación en el incienso:

con la tierra el derecho se complica,

como del cosmos en el giro inmenso,

el providente espíritu destella

del organismo físico en lo intenso.

Guarda el terruño el hierro que lo huella,

alientan en la flor tinte y perfume,

y es la atmósfera vida de la estrella.

________

¿Qué escucho murmurar...? ¿Que no resume

tierra y derecho, la excepción ingrata

que al suelo patrio la colonia asume?

Esa objeción que el círculo dilata,

muéveme á recordar la herida artera

que la nostalgia paternal desata.

Por eso niega mi razón austera

que de Patria el exacto simbolismo

se encierre en el blasón de una bandera.

Surca la nave proceloso abismo,

en el mástil llevando el oriflama

que fronteras señala al patriotismo:

en convulsión sañuda el ponto brama,

sacude el viento la gallarda entena,

surca el espacio sulfurosa llama,

y, al fin, halla el bajel tumba de arena.

La tempestad que la bandera abate,

el confín de la Patria no cercena;

Mas si, de guerra al bárbaro acicate,

del terruño un fragmento se desprende,

botín ó represalia de combate,

por más que, ileso el pabellón, extiende

en derredor su sombra bendecida,

rayos de indignación el pecho enciende,

al ver la Patria desmembrada, herida,

como raudo condor, que, el ala rota,

se precipita en fúnebre caída.

Puede el ardor febril que al hombre azota,

esa insignia que en timbres resplandece

triunfante desplegar en tierra ignota.

Con la conquista la heredad acrece;

pero al efluvio de la tierra extraña

no el nativo abolengo palidece:

del héroe vigoriza la campaña

el beso de la Patria, perfumoso,

que laurel inmortal guarda á su hazaña.

Así ¡Patria!, en gemido doloroso,

clamar pudo el colono sin ventura

al amparo del lábaro glorioso.

Así puede de Patria la estructura,

que á la tierra natal une el derecho,

quebrantarse al poder de la natura.

________

No el dardo suspicaz vibre en acecho.

Nací colono; mas la sangre fiera

á que brindan mis venas cauce estrecho

la heredé con mi nombre y mi bandera.

Esa triple divisa hereditaria

herrumbre corrosiva no tolera.

Yo quiero que en mi tumba solitaria

la cruz, que al nombre maternal va unida,

recoja de mis hijos la plegaria,

formulada en la lengua esclarecida

que, de cultura al verbo prodigioso,

estremeció la América escondida.

Yo espero que mi fúnebre reposo

ampare con su sombra esa bandera

que dió á mi cuna pabellón hermoso,

y que, al soplo de brisa placentera,

muestra ufana el ibérico linaje

que el polvo de los siglos no vulnera.

Tributo á esos emblemas vasallaje.

Mas ¡Patria! he de llamar, en tanto viva,

con el vehemente paternal lenguaje,

á la encantada Boriquén nativa,

que encendió con su sol mis ilusiones,

que las cenizas de mi hogar cautiva,

que entraña en su vigor mis afecciones,

y con el jugo de mi carne muerta

ha de nutrir sus ásperos terrones.

Hijo del siglo, mi razón abierta

ofrezco á la sanción cosmopolita

que del progreso la virtud concierta.

¡Fraternidad universal! me grita

la ciencia en sus arranques soberanos.

¡La aurora avanza de esa luz bendita!

Pero mientras los ímpetus tiranos

de expoliación y odio no concedan

todo el globo por Patria á los humanos,

á mis labios dejad que, libres, puedan

Patria llamar á la región querida

donde en goces de amor las horas ruedan;

donde la paz fructífera se anida

bajo el regio dosel de los palmares,

en que repite el aura embebecida,

como intensa oración de los hogares,

del trabajo el exámetro estridente,

perfumado por lirios y azahares,

cortado por el ritmo persistente

de un mar que copia en su cristal sereno

el zafiro de un cielo trasparente.

________

¡Esa es mi Patria! De verdura lleno,

un risco que á la errátil golondrina

abrigo, amor y pan brinda en su seno.

¡Esa es mi Patria! Concha peregrina

que en su regazo recogió mi cuna

al instable vaivén de onda marina.

Enlazada mi suerte á su fortuna,

fué su amargo sufrir mi sufrimiento,

nuestra sed de justicia sólo una.

En su amor se templó mi sentimiento,

y al culto de su gloria y su grandeza

erigió mi razón un monumento.

Sí; yo anhelo que luzca su belleza:

no cual inverecunda cortesana

que arroja al lodazal su gentileza,

ni así como odalisca, flor liviana

de uno en otro serrallo trasmitida,

gaje ó juguete de opresión villana.

La quiero entre los pliegues guarecida

de esa insignia que trajo á sus riberas

el numen de cultura bendecida;

mas no aherrojada en cárceles severas,

ni herida por torpeza desdeñosa

ni desangrada por pasiones fieras.

La quiero ver, matrona vigorosa,

mostrando en el festín de sus mayores

de virtudes diadema primorosa;

uniendo su dolor á los dolores

que un ¡ay! arranquen al materno pecho;

al honor nacional rindiendo honores;

Libre, alzando su voz por su derecho,

en el íntimo pacto de familia,

de sus amantes hijos en provecho.

¡Así quiero á mi Patria! Así concilia

su lealtad, su reposo y su grandeza

la fe consoladora que me auxilia!

Así de Boriquén cedo á la alteza

toda la sangre que en mis venas corre,

todo el fuego que exalta mi cabeza.

Favor no busco ni ambición me acorre.

Ni laurel de la Patria es necesario;

que harta dicha obtendré, si me socorre

un rayo de su sol como sudario,

en su peña por tumba una hendidura,

y por salmo piadoso, funerario,

el himno redentor de su ventura.