D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ

EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS

MADRID
LIBRERÍA DE F. FE
PUERTA DEL SOL, 15
1907

TOMO SEGUNDO

CAPÍTULO XXXIV

EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES

Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando entró la condesa de Lemos.

—¿Qué enfermedad padece doña Clara?—dijo la reina.

—Ninguna, señora—contestó doña Catalina—; doña Clara está sana y buena esperando en la saleta.

—¿Qué significa, pues, vuestra mentira?

—He creído que debía mentir.

—¿Por qué?

—Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y fuí.

—Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.

—Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre honrándome—contestó inclinándose la de Lemos.

Y luego continuó:

—Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.—Decid á doña Clara Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla; para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.—Tengo yo tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me ha dicho.

—Habéis hecho bien—dijo Margarita de Austria—, y pues lo que está ahí doña Clara, que entre al momento.

Salió doña Catalina y doña Clara entró.

La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.

—¿Qué sucede, señora—dijo—, que la condesa de Lemos me trae consigo á pesar de decir al rey que estoy enferma?

—¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios mío!

—¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha aparecido alguna más?

—No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo... tráete también unas tijeras.

Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.

—¡Dame!—dijo la reina con ansia—; dame las tijeras y siéntate á mis pies.

La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un taburete de terciopelo.

—¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!—dijo Margarita de Austria—; tus cabellos me van á salvar, Clara.

Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña Clara.

—¡Oh! Afortunadamente—dijo—, por mucho que te corte no se te conocerá la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso de un dedo del centro.

—Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...

—Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es necesario... necesario de todo punto! Ya está.

Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.

—¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal de marañas; el pelo de maraña es más corto.

—¿Pero qué maraña es esa, señora?

—Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.

—¡Yo!

—Tú, sí, y de una manera muy dulce.

—No comprendo á vuestra majestad.

—Casándote con tu caballero de anoche.

—¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.

—Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?

—¿Un rizo, señora?

—Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.

—¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme... de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.

—Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar este rizo.

—Permítame vuestra majestad—dijo con seriedad doña Clara—; vuestra majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo no haré eso.

—Hagamos, hagamos primero ese rizo—dijo la reina—; tú le guardarás y no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.

Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una ancha sortija, y la presentó á la reina.

—Bien—dijo Margarita de Austria—; ahora sujétale con este lazo.

Doña Clara obedeció.

He aquí una verdadera joya—dijo la reina—. Ahora, siéntate y escucha, y recógete el cabello entre tanto.

Doña Clara se sentó.

La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había acontecido con el rey.

Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa ni una súplica.

Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, permaneció largo tiempo en silencio.

La reina estaba llena de ansiedad.

—Me casaré con ese hombre—dijo al fin doña Clara.

—¡Ah! ¡hermana mía!—exclamó la reina arrojándose al cuello de doña Clara y besándola en la boca.

—Yo le amo...—dijo doña Clara con voz conmovida—, pero no sé si es digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.

—El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey, procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.

—¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta! ¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!

—¿Pero quién te ha dicho eso?

—El bufón del rey.

—¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le has desesperado acaso, Clara?

—Sí, señora.

—Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...

—Su esposa... lo seré y pronto.

—¡Ah, Clara mía!

—En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á escribirle.

—Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?—dijo la reina asustada por la violenta salida de doña Clara.

—El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, necesito prepararme.

Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.

—Señora condesa—dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose delante de la de Lemos—, hacedme la merced de que sepa don Francisco de Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi aposento. ¿Me lo prometéis?

—Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.

—Gracias, doña Catalina, gracias y adiós.

—¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?—dijo para sí sumamente pensativa y contrariada doña Catalina—; pero ¡bah!—añadió—; él me ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho con su majestad.

Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una galería obscura.

CAPÍTULO XXXV

DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO MUCHO

Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en comunicación su cuarto con el de la reina.

Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado estaba á la tutela de Lerma desde muy joven.

El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su ministro-duque, á un hombre tan peligroso como Quevedo, parecíale un acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa.

Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras costumbres y de nuestras inclinaciones.

Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito; tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.

Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.

Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y se encaminó con paso majestuoso á su cámara.

Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, etc., le introdujeran.

En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.

No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:

—Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de la Torre de Juan Abad.

—Y pobre—dijo entrando en la real cámara Quevedo.

Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.

El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.

Este llegó junto al rey, y se arrodilló.

—Sacra, católica, majestad—dijo con voz hueca y vibrante.

Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó la mano.

Quevedo la besó respetuosamente.

—Alzad, don Francisco—dijo el rey.

Quevedo se puso de pie.

El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.

El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.

—¿En qué pensáis, don Francisco?—dijo el rey por decir algo.

—Estoy contemplando á la monarquía, señor—contestó Quevedo—; contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en ropilla.

Frunció el rey el entrecejo.

—¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño?

—Sí, señor.

—Pues si ya me lo habéis dicho, idos—dijo un tanto contrariado el rey.

—Si vuestra majestad me lo permite, le diré más.

—Decid.

—Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo.

—¡Ah!—dijo el rey—¿y por qué os espanta eso?

—Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.

—¡Oh!—repitió el rey.

—Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra majestad...

—Explicáos...

—He estado preso en San Marcos.

—¡Ah! ¿habéis estado preso?

—Sí, señor.

—¿Qué delito cometísteis?

—El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las narices.

—Dicen que sois hombre de ingenio.

—Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve ingenio me lo han robado.

—Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.

—Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la urgencia.

—Pues os digo que no os entiendo.

—No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco.

—Paréceme que habéis venido para algo.

—Indudablemente, señor, he venido para irme.

—Pero... ¿por qué habéis venido?

—Por venirme á cuento.

—¿Pero qué cuento es el vuestro?

—Es, señor, un cuento de cuentos.

—Pues empezad.

—Ya he concluído.

—¡Pero si no me habéis contado nada!

—Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.

—¡Don Francisco!—exclamó con irritación el rey.

—¡Señor!—contestó Quevedo inclinándose profundamente.

—¿No tenéis nada de qué quejaros?

—Quéjome de mi fortuna.

—¿Ni nada tenéis que pedir?

—Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.

El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.

Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.

Esta situación duró algún tiempo.

—Permita Dios que se duerma—dijo Quevedo para sí—, no sé ya qué decir á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.

—¡Aún estáis ahí!—dijo el rey levantando del libro los ojos.

—Esperaba, señor, que me mandárais irme.

—Pues idos enhoramala—dijo el rey, y volvió á su lectura.

—Aún es pronto—dijo Quevedo—; todo se reduce á que este imbécil se acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.

Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil delante de él.

Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.

Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:

—¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?

—Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había vuelto á sus devociones...

—Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el volver á pedirme audiencia.

—Beso las reales manos de vuestra majestad—contestó Quevedo, y salió.

—¿Qué habrá querido decirme don Francisco?—dijo el rey cuando se quedó solo—; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!... ¡ese algo!...

El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido entender.

Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del alcázar.

—Bendito mi amor sea—exclamaba—, que me obligó á pedir al tío Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria. Enredo, enredo y siempre enredo.

Y el buen ingenio seguía adelante.

—Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido, ¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué rey... señor! ¡qué rey!

De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención.

Había oído un siseo.

El siseo volvió á repetirse.

—De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues: acudo. ¿Es á mí?

—Sí por cierto—contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.

—¡Ah, lucero de mi obscura noche!—exclamó Quevedo—; creo que mi pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de encontraros.

—No podíais pasar por otra parte.

—¿Me esperábais?

—Con ansias del corazón.

—No digáis eso, si no queréis verme loco.

—Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis ansias, que de él estoy segura, sino por ella.

—¿Por la ella del enredo?

—Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando.

—Y allá se queda él confuso.

—¿Tanto le habéis dicho?

—Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais?

—Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla.

—¿A tan hermosa dama me enviáis?

—Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe.

—Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara?

—Sí.

—Correo soy de seguro.

—Para correo habéis nacido.

—Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena voluntad se perdonen.

—Sois hombre afortunado.

—Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella?

—¿Pues qué, no os amo yo?

—¡Si se muriera uno!

—Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más de lo que pensamos.

—Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me dejo con vos el alma y allá me emboco.

—Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura.

—¿En la de anoche?...

—Sí, frente á aquellas escaleras.

—¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos se queda.

—¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.

La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la besó suspirando.

—Adiós—dijo, y se alejó.

La reja se cerró silenciosamente.

Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.

Aquella puerta se abrió al momento.

Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.

—Vos lo sabéis todo, don Francisco—dijo la joven con anhelo.

—Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.

—No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; me estoy muriendo; sobre mí vienen...

—Las culpas ajenas os premian.

—¿Qué decís?

—¡Si le amáis!

—¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...

—¿Y á qué vencerla?

—¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?

—¿A Juan?

—Sí—contestó con esfuerzo doña Clara.

—Lo veré, si vos queréis.

—¿Sabéis dónde está?

—Está donde le han arrojado vuestros desdenes.

—¿Y le sacarán de allí mis favores?

—¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.

—Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.

—O no os conocéis, ó no me conocéis, señora—dijo gravemente Quevedo.

—No os entiendo, don Francisco.

—Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora, sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre; Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.

—Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en mi sacrificio!

—Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es sólo para vos.

—Explicadme mejor...

—Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha querido que sea inevitable vuestro casamiento.

—Pero mi padre...

—Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que para envidiosa.

—¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad; esta carta es para vuestro amigo.

—Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una cosa.

—¡Qué!

—Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais.

—¿Y por qué?

—Acaso no podáis verle hasta después de la media noche.

—En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes á cualquier hora que llegue.

—La señal.

—El capitán Juan Montiño.

—¡El capitán!

—Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española.

—¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la licencia del rey!

—No paséis pena por eso.

—El rey os ama.

—El rey está ya bien curado.

—¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo?

—Si él consiente... pronto... muy pronto.

—¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?

—¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor.

—¿Cuál?

—¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis?

—Dóiosla y ciento, mil.

—No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro amigo.

—Otorgo.

—Y quisiera que...

—Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.

—No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.

—Vendré; y adiós, señora.

—Adiós.

Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:

—¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!

Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina y dijo á la condesa de Lemos:

—Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla al momento.

CAPÍTULO XXXVI

DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA

Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared.

Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra huérfano y desesperado en el mundo.

Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar.

Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo de su flaqueza, y las encontró.

—Sigamos hacia nuestro calvario—dijo—, sigamos con valor; apuremos la copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado de combatir un solo momento.

Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba el tío Manolillo.

El bufón le salió al encuentro.

—¿Ha venido?—dijo el padre Aliaga.

—He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando.

—¡Engañando!

—Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.

—¿Y por qué la engañáis?

—Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.

—¡Su amante! ¿y quién es su amante?

—El señor capitán don Juan Girón y Velasco.

—¡Ah, ese joven!—exclamó con un acento singular el religioso.

—Aquí hay una escalera—dijo el bufón—, y no hubiera querido traeros por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla... asíos á las faldas de mi ropilla.

Empezaron á subir.

—¿Sabéis—dijo el bufón—que hay esta noche gente sospechosa en palacio?

—Lo sé, y la Inquisición vigila.

—¿Dónde creéis que estén esas gentes?

—En el patio.

—Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán...

—¡Ese miserable!

—Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos oído hablar en voz baja á lo último del corredor.

-¿Y qué pensáis de eso?

—Temo mucho malo.

—¿Contra quién?

—Contra la reina.

—¡Ah!

—No os asustéis, yo estoy alerta.

—Será preciso prender á esos miserables.

—Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las escaleras, callemos.

Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio.

Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del religioso y del tío Manolillo.

En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta.

Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo.

La puerta se abrió.

El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y dulce voz de mujer que dijo:

—¿Ha venido ya?

—No, hija mía—dijo el bufón—, y según noticias mías, no vendrá esta noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo.

—¿Quién viene con vos, tío?

—El confesor de su majestad el rey.

—¡Ah! ¡El buen padre Aliaga!

—¿Me conocéis?—dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo.

—Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque de Lerma y don Rodrigo Calderón.

Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la comedianta; al verla, dió un grito.

—¡Ah!—exclamó—; ¡es ella! ¡Margarita!

—Os habéis engañado, señor—dijo la Dorotea—; yo no me llamo Margarita.

—Es verdad—dijo el padre Aliaga—; vos no os llamáis Margarita, pero ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan extraordinaria!

—Miren qué casualidad—dijo el bufón—, que tú, hija mía, hayas querido venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta semejanza con otra persona.

La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.

—¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!—dijo la Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.

El bufón se anticipó al padre Aliaga.

—No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de nombre.

—Me estáis engañando—dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.

—No, hija mía, no—dijo el padre Aliaga—; pero me extraña ver en el aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.

La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.

—¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?

—Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy, porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo.

—¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía?

—No, señor—dijo la Dorotea—; me he criado en el convento de las Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu padre; te encontré pequeñuela y abandonada...»

—¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré—dijo el bufón.

—¡Válgame Dios!—dijo el padre Aliaga—; ¿pero en qué os ejercitáis, que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas?

—¿Quién habla aquí de honra?—dijo la Dorotea, cuyo semblante se había nublado completamente—. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos.

—¡Oh, Dios mío!—exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus manos.

Pero esto duró un solo momento.

El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y sereno.

—¡Vos me conocéis!...—exclamó la Dorotea—más que eso... Vos conocéis á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.

—Es verdad.

—¿Y dónde está mi madre?—preguntó juntando sus manos y con voz anhelante Dorotea.

—¡En el cielo!—contestó con voz ronca el bufón.

—¡Ah!—exclamó la Dorotea.

Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.

Luego dijo con doble anhelo:

—¡Pero mi padre!...

—¡Tu padre!...—dijo el bufón—¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?

—Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme—dijo el padre Aliaga.

Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.

—No os habéis equivocado, hija mía—dijo el confesor de Felipe III—; se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba entrar en vuestra casa.

—El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido... pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.

—Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros, debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.

—¡Dios mío!—exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.

—Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más que el hermano adoptivo de vuestra madre.

—¡Dios mío!—repitió Dorotea juntando las manos.

—Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.

—Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.

—De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.

—¡Acusada á la Inquisición!—exclamó el tío Manolillo poniéndose delante de la joven como para defenderla—; ¡acusada á la Inquisición! ¿y por qué?

El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó:

—Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con un tal Gabriel Cornejo...

—¡Con ese miserable!—exclamó el bufón—; ¿tienes tú conocimiento con ese miserable, Dorotea?

—Sí—contestó la joven—; le he buscado... porque creía amar á un hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro—exclamó llorando la Dorotea.

—Os he asegurado que nada tenéis que temer—dijo el padre Aliaga—; pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo el teatro, sino el mundo.

—El teatro, sí—dijo la Dorotea—; sin que vos me lo aconsejárais estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo... fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama...

—Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede amaros.

—¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición!

—¡Oh, Dios mío!—exclamó á su vez el padre Aliaga.

—¿Pero qué te ha dado ese hombre?—exclamó con irritación el tío Manolillo—; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca?

—Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le he oído.

—¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!—dijo el bufón.

—No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.

—¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores ilícitos?—dijo el padre Aliaga—; ¿por qué ligar á vos á un joven noble y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?

—Me estáis desgarrando el corazón—exclamó con una angustia infinita la Dorotea—; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.

El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.

—Es verdad—dijo con la voz opaca y convulsiva—; decid á una pobre niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.

—¡Manuel! ¡estáis loco!—exclamó el padre Aliaga.

—No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él; no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa, observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.

—¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!—dijo la Dorotea, pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del religioso.

—Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad!

—Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios, porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme, matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres veces el martirio.

—La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre, que la Inquisición no se atreverá á ella?

Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador.

—¡Dejadme!—exclamó el padre Aliaga—¡dejadme, y que Dios tenga piedad de los tres!

Y salió desalentado.

—Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará, nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre Aliaga.

El bufón salió y cerró la puerta exterior.

Después de cerrarla se detuvo.

—Juraría—dijo—que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para que os guíe, fray Luis.

El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón.

—Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un muerto—dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano.

El padre Aliaga no contestó.

El bufón le llevó por donde le había traído.

Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó.

—Desde aquí—dijo—sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos mismo, tenedla, por Dios, de mí.

El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja.

—Acaso he sido imprudente—dijo el bufón estremeciéndose—, acaso he sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco.

El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal.

Antes de llegar á su puerta se detuvo.

—Es necesario que yo vea—dijo—qué gentes andan por aquí esta noche.

Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón.

El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de aquel departamento.

A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos.

—Vamos—dijo—, sería el viento.

Y siguió adelante hacia su vivienda.

Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía:

—Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de buenos mozos de la guardia española.

—Descuide vuesa merced, señor Francisco—dijo una voz franca y ligera—, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de robar.

A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención.

Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus coletos rojos.

El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.

Él y los cuatro hombres se alejaron.

Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca distancia.

Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.

—Cosme, hijo, síguelos—dijo una voz muy conocida del tío Manolillo—; yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los coletos encarnados.

Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos corredores.

—¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!—dijo el tío Manolillo—. Van por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo volveré.

Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.

Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á pasar por la puerta de su aposento.

Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de él.

Aquel bulto era el sargento mayor.

Escuchaba.

—Está sola y llora—dijo—; ¿dónde estará el bufón?

Y volvió á escuchar.

—Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre; pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á ella. Ea, adelante.

Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió correrse el fiador.

La puerta se abrió.

Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se encontraba Dorotea.

CAPÍTULO XXXVII

DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS

La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío Manolillo, y continuaba llorando.

—¿Quién había de decirme—murmuró roncamente el sargento mayor—, la noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?

Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á la joven, y al cabo dijo:

—Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del primero que llega?

Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con desprecio:

—¿Quién os ha llamado? Idos.

—No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día, deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado sola, sino que habéis servido de estorbo.

Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.

—¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?

—Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan hacerla.

—¿Y cómo he podido yo estorbar?...

—Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis descosido del ajusticiado.

—¡Ah! ¿se trata?...

—Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo Calderón, sino también á vos.

—Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.

—Ese caballero se ha burlado de vos.

—¿De mi?

—Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.

—¿De quién?—exclamó todo afán Dorotea.

—De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía de la reina don Rodrigo.

—¿El nombre de esa dama?

—No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba... desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo.

—¿Doña Clara?

—Eso es... doña Clara Soldevilla.

—¿Pero es cierto que él la ama?

—Podréis juzgar de ello dentro de poco.

—¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?...

—Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos, lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien. Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo... lo que ha hecho...

—Tenía un duelo concertado...

—Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando salga solo...

—¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio?

—Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó. Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de Juan Montiño.

—¿Y decís que él vendrá?

—Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida...

—¿Y si no sale?

—Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo.

—Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero, contad conmigo.

—Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis.

—Al fin del mundo os seguiré.

—Pues venid.

—Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.

—¿No os tengo aquí sola?

—Es verdad.

—Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre sin que le veamos.

—¿Y le podré ver sin ser vista?

—En esta parte, decuidad.

Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.

Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la puerta del aposento de doña Clara.

—Aquí es—dijo el sargento mayor.

—¿Y la puerta por donde ha de entrar?

—Esta.

—No se oye nada.

—Esperan, sin duda.

—¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?

—Pero ¿estáis loca?

—Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.

—Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.

Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para que no la vieran los tudescos.

CAPÍTULO XXXVIII

DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR

Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.

Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los dos soldados de la guardia española que le escoltaban.

El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.

Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.

Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo Madrid para un remedio.

El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón, recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de espadas.

El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado, y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:

—¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos mismo!

—¿Qué dice ese imbécil?—exclamó el bufón—; indudablemente los buenos mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero escuchemos.

—¿Qué habláis de señor, mi querido tío?—dijo Juan Montiño riendo—; el miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.

—Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado—, dijo Francisco Montiño—; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda recobrarme y revelaros un secreto.

—¡Ta! ¡ta! ¡ta!—dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de donde habían salido los tres jóvenes—; mucho será que el misterio de ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay criaturas que nacen maldecidas!

Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una puerta y frente á ella esperó.

Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de la guardia española.

—¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que tengo los brazos dormidos?—dijo un lacayo al otro.

—Debe estar lleno de oro para pesar tanto—contestó el otro lacayo.

—Indudablemente—dijo un soldado—, mucho debía valer cuando querían aliviaros del peso.

—Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería—dijo el otro soldado—, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de veinte los que nos acometían.

—No eran sino seis—dijo el otro soldado—; el miedo te ha hecho la vista de aumento, Dieguillo.

—¡Qué miedo ni qué berenjenas!—dijo el otro picado—; consistirá en que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja como una zanahoria, y me ha levantado un chichón—, dijo el soldado quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.

—Pues no—repuso el otro soldado—; el hidalgo á quien después del lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco; ¿qué será eso?

—Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del cintarazo—dijo el otro soldado.

—Vamos, buenos mozos—dijo uno de la hostería que traía sobre las dos manos una enorme cazuela—; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior, ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.

—¿Con vinagre son los conejos?—dijo un soldado—, pues gracias á que nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del vinagre no entre en parte con el vino.

Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno el papa.

—Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.

Pero pasemos adelante.

En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.

Inesilla les servía.

El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.

—¿Y qué decís de esto?—dijo entre un bocado, un guiño y una galantería soldadesca á la muchacha el alférez.

—¿De qué queréis que diga?—contestó Velludo—; ¿de esta buena moza, de estas perdices, ó de vos?

—No por cierto; de lo que acaba de suceder.

—Ello dirá.

—Por lo pronto—exclamó el alférez—, ha acabado de maravillarme nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas, vive Dios! ¡paradas de valiente!

—Es mucho mozo.

—Pero esta chica es mejor moza.

—¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.

La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto género.

Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.

—¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?

—Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte—dijo el alférez—; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?

—Ninguno—dijo la muchacha.

—¡Ah! pues entonces jugaremos.

—¿Y qué vamos á jugar?

—El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se ablande.

—Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos—dijo la muchacha poniéndose encendida como una amapola.

—¡Ah!—dijo el alférez—, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.

—¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?

—Nada más.

—Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.

Y la muchacha salió.

—Amigo Velludo, no juguemos—dijo el alférez.

—¿Por qué?

—Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.

—Bendígala Dios, y paso.

—Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.

Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.

En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.

—Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.

A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo á hilo.

Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.

Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.

Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.

—¿Pero qué os sucede, tío?

—En primer lugar—dijo el cocinero mayor—, no me llaméis tío: yo no lo puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no soy vuestro tío.

—¿Qué estáis diciendo?

—La verdad.

—Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.

—Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!

—Pero entonces vos no sois Montiño.

—Al contrario, vos sois el que no lo sois.

—¿Yo?

—Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es, después del rey, el más grande de España.

Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no cabal el juicio, y dijo:

—¿Y quién es esa noble persona?

—Aquí en este cofre debe decirlo.

—¿Pero vos no lo sabéis?

—El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza: vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.

Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:

«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»

Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del escribano.

—Pero no podemos abrir este cofre—dijo el joven.

—Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.

—¡Ah!

Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una manera nerviosa el papel.

Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.

—¡Ah! todo estaba previsto—dijo el cocinero del rey—. Abramos.

—A vos dejo la responsabilidad de este hecho—dijo Juan.

El cocinero abrió con mano trémula el cofre.

Apareció primero un paño de seda azul.

Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.

Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.

Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones de á ocho.

Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.

Contados los rollos, eran cuarenta.

Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.

Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.

Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.

Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.

A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.

—¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!—exclamó olvidado de que le escuchaba el joven.

Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente excitado.

Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia la causa de aquel interés.

—Veamos esos papeles—dijo Juan—ya que habéis abierto ese cofre, á fin de que sepamos á quién pertenece esto.

—Sí, veámoslo, señor, veámoslo—dijo maquinalmente el cocinero mayor.

Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la mesa.

Tomó uno á la ventura y leyó:

Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.

La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma dama.

Juan apartó aquel papel y tomó otro.

En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de estas firmas.

Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su hijo don Juan Girón.

Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia podía gozar desde su nacimiento.

El último papel era una carta del duque para su hijo.

El contexto de aquella carta era solemne.

Decía así:

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo natural, don Juan Girón.

»Hijo mío:

»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis llevar sin mancharle mi apellido.

»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de vuestro nacimiento.

»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie, ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo, si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.

»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios, con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para abrazaros.

»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera, sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.

»Creo que baste con lo que os digo.

»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y leal y recibid la bendición de vuestro padre,

»El duque de Osuna, conde de Ureña.»

—¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?—dijo todo trémulo Francisco Martínez Montiño.

Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.

En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la cólera bajo su semblante.

Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.

Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:

—Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.

—¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un príncipe!

—Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de llevároslo.

—¿Y si me lo roban, señor?

—¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!

—Pero...

—Adiós, ya os veré.

Y don Juan salió.

—¡Pero está loco, Dios mío!—dijo el cocinero mayor guardando todo aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las paredes—. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor general.

Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.

—¡Eh, hostelero!—dijo llamando; y cuando apareció éste añadió—: decid á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.

Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos con el cofre y salió.

Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:

—¿Y el gasto, señor?

—¡Cómo! ¿No han pagado?—dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.

—Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba quedábais vos...

—¿Y cuánto es la cuenta?—dijo todo turbado el señor Francisco.

—Quince ducados, señor.

—¡Quince ducados!—exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del miserabilísimo carácter del cocinero—; ¿pues cuántas gentes han comido y bebido?

—Dos hidalgos, señor, cuatro criados...

—Basta... basta—dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un bolsillo de los gregüescos—; tomad y adiós. Con muchas cuentas como ésta os ponéis rico.

—Vaya en paz vuesa merced—dijo socarronamente al cocinero mayor.

—¡A palacio!—dijo Montiño á los suyos.

Y se puso en marcha delante de ellos.

CAPÍTULO XXXIX

DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE ESPERA DESESPERA

Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos, se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró á mano.

El joven estaba aturdido.

No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.

El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.

Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre; sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.

Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel tiempo eran otras las costumbres.

Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen judíos convertidos, apadrinados por algún grande.

Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de otro modo.

No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.

Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque, estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su hijo.

Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.

Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en una palabra, su cuerpo y su alma.

Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.

Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor violento que el joven había concebido por doña Clara.

Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.

Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con lenguaje tentador, elocuente, al joven.

Don Juan, pues, tenía fiebre.

Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo para sí:

—El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara, será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.

Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:

—Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi mujer, la otra será mi querida.

Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar, porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.

Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y á la casa de la Dorotea.

Al llegar á la puerta retrocedió.

Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.

—¡Quién va!—dijo don Juan poniendo mano á su espada.

—Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos de la mañana!

—¡Don Francisco!—exclamó admirado el joven—; ¿qué hacéis aquí?

—Esperar para deshacer.

—¿Para deshacer qué?

—Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.

—¡Vos!

—Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares y no sabiendo dónde pararse.

—¡Ah, esperábais!

—Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.

—No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese apellido me hace daño.

—¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?—dijo Quevedo con intención.

—El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos con un cofre, y en ese cofre...

—Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin, ¿qué es lo que sabéis?

—Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.

—Pero, ¿quién es vuestro padre?

—El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los ejércitos de su majestad—dijo con amargura el joven.

—¿Y os pesa de ello, don Juan?—dijo Quevedo cambiando de tono.

—Pésame por mi madre.

—¿Sabéis quién es vuestra madre?

—No; ¿y vos?

—Tampoco—contestó prudentemente Quevedo.

—Pero, ¿sabíais que el señor duque?...

—Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la carátula.

—¿Y qué hacer?

—Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.

—¿Acaso una carta de mi padre?

—De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.

—Pero, ¿de quién es?

—Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.

—¡De doña Clara!—exclamó alentando apenas el joven.

—¡Ah, pobre Dorotea!—dijo Quevedo—; su hermosura y su amor, á pesar de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina. Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.

—¡Celos!

—Como que ama.

—¿Y os ha dado esta carta para mí?

—Mirad á lo que por vos me reduzco.

—¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero agonizo de impaciencia.

—¿Por leer? Pues leamos.

—¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!

—Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de ansias.

Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.

—De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de Eva—dijo—no conozco otra como la mujer.

Y siguió á paso lento.

Entretanto don Juan había doblado la esquina.

Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los Dolores embutida en su nicho, había un farol.

Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que sigue en la carta de doña Clara:

«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y venid, venid que os espero ansiosa.—Doña Clara Soldevilla.»

El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una revolución poderosa en quien las experimenta.

Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la repisa de piedra del nicho de la imagen.

Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.

—¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!—dijo—. ¡Como su padre! ¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y hace frío y llueve. ¡Don Juan!

El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.

—Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.

—Vamos—dijo el joven.

Y tiró adelante.

—No es por ahí—dijo Quevedo.

—Pues guiadme vos.

—Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.

Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.

Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al postigo de los Infantes y llamó.

Al primer llamamiento nadie contestó.

—¿Qué es esto?—dijo don Juan—, ¿nos habremos equivocado de puerta ó se habrá arrepentido doña Clara?

—No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!

Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.

—¿Quién llama?—dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.

—¿No os lo dije? dormían—contestó Quevedo—; ¿pero qué hacéis que no contestáis?

—¿Quién es?—dijo la voz de adentro más despierta.

—El capitán Juan Montiño—contestó don Juan.

Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.

—Entrad—dijo la mujer.

Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.

—Esperad—dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo—; aún queda uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.

—¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?

—Créolo así.

—Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer—dijo la joven, que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta quedando los tres en un espacio obscuro.

—¿Os han dado algún mandato para mí?—dijo Quevedo.

—Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.

—De las dos majestades, ¿cuál me espera?

—Su majestad el rey.

—¡Ah! pues corro—dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición de ligereza.

—¿Sabéis el camino?

—Aprendíle ha rato.

—Pues id con Dios.

—Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.

—¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.

—No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la derecha.

—Y vos debéis iros por la izquierda—dijo la mujer.

—Bien me lo sé.

—Adiós.

—Adiós.

Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.

—¿Dónde estáis, caballero?—dijo la joven que había abierto el postigo.

—Junto á vos, á lo que parece—contestó don Juan.

—Dadme la mano que os guíe.

Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se trataba de una medio criada, medio doncella.

Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la sirviente dijo al joven:

—Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.

Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la luz.

CAPÍTULO XL.

DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO

De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un velón de cuatro mecheros.

Don Juan no pasó de la puerta.

Al verla se quedó tan inmóvil como ella.

Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.

Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.

Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.

Estaba maravillosamente vestida.

Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.

Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de plata y seda.

Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente hermoso.

—Acercáos—dijo con acento dulce doña Clara.

—¿Para qué me habéis llamado?—exclamó el joven con afán acercándose.

—Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he enviado con don Francisco.

—He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido. ¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?

—Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?

—Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de hallaros en un grande compromiso.

—Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.

—¡Que os casáis!

—Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.

Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.

Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.

El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos magnífico lazo de brillantes.

—He aquí lo que me casa con vos—dijo doña Clara con la voz firme y lenta, aunque grave.

—¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!—exclamó el joven con una explosión de alegría—; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma, de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!

Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se dejó caer.

Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á doña Clara.

De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su corazón y exclamó:

—Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.

—Cuando seáis mi esposo.

—Pero eso será pronto...

—¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.

—Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado vuestros desdenes de anoche.

—Los ha cambiado este rizo.

—Pero ese rizo...

—Es mío.

—¿Y no me diréis más?

—Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.

—Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?

—Sí por cierto, me obliga mi corazón.

—¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que me espantan; no, vos no me amáis...

—¿Quién sabe?

—Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... ¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.

—¿Y qué no asoma?

—Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.

—¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?

—He querido y quiero... pero según os veo... me niego...

—¡Ah, os negáis!

—No quiero ayudar á que os sacrifiquen.

—¡Don Juan!...

—¿Por qué me llamáis don Juan?

—Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?

—Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...

—Eso no importa nada...

—¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...

—¡Cómo! ¿sabéis?...

—¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...

—Del gran duque de Osuna, y...

—¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis el de mi padre?

—¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...

—No, ¿y vos?

—Tampoco...

—Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.

—Lo he sabido por una casualidad esta noche...

—Yo lo supe ayer...

—¿Quién os lo dijo?...

—Vuestro supuesto tío...

—¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué propósito?...

—Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus majestades.

—Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.

Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á doña Clara.

Esta la leyó.

—Me caso con vos—dijo, devolviéndosela.

—Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.

—¿No me amáis?...—dijo con impaciencia doña Clara...—pues si me amáis ¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?

—Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... ¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?

—Son las tres de la mañana—dijo doña Clara—y sus majestades esperan; concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.

—Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...

—¿Qué?...

—En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre; aceptadlas como vuestro dote, señora...

Y el joven se metió la mano en el bolsillo.

—Después, muy después—dijo doña Clara—; ahora, puesto que entrambos queremos unirnos, venid.

Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba la excitación de que estaba poseída.

Don Juan la siguió.

Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino enlodadas hasta las corvas.

Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.

Doña Clara Soldevilla.

CAPÍTULO XLI

DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY

—Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don Francisco—decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja del palacio al cuarto de Felipe III—. Y eso—añadía—que tenéis una perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y prosigo hacia el cuarto de su majestad.

Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.

—¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará—dijo al fin, cansado de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta de la primera antecámara del cuarto del rey.

Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á dormirse.

Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente rebujado.

El ayuda de cámara despertó á su majestad.

—Pronto amanece hoy—dijo el rey.

—Son las tres de la mañana, señor—dijo el ayuda de cámara.

—¡Ah! ¡son las tres de la mañana!—dijo el rey bostezando y poniéndose la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese la luz de la lámpara—; ¿quién es ese?—añadió después de haber bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.

—Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor—dijo el ayuda de cámara.

—¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don Francisco.

—Perdóneme vuestra majestad, señor—dijo Quevedo con voz campanuda y vibrante—; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo en todos los años de mi vida por vuestra cámara.

—¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os he llamado... os necesitaba para algo.

Quevedo no contestó.

—¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?—dijo el rey.

—Andan los tiempos muy crudos, señor—contestó Quevedo.

—Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?

—No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho tiempo que el alcázar no es cacerola mía.

—¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de llamar.

Quevedo fué á una puerta y dijo:

—Su majestad llama.

—Oye, Sarmiento—dijo el rey—; ponme detrás dos almohadones, á fin de que pueda recostarme, y el gabán de pieles.

Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.

Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones y envuelto en el gabán.

—Os aseguro, don Francisco—dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo la señal de la cruz sobre el bostezo—, que estoy pasando una mala noche.

—No la paso yo mejor—dijo Quevedo.

—Vos os divertís; yo me fastidio.

—Pues os doy la diversión por dos blancas.

—Os juro que no puedo dormir.

—Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.

—Yo os había llamado para algo.

—Yo creía que para algo era venido.

—Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...

—¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un rey tan grande como vuestra majestad—dijo Quevedo inclinándose profundamente.

—Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme mi voluntad.

—Y yo con mucha frecuencia las palabras.

—¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?

—Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad necesidad de mí.

—¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No tenéis nada que decirme?

—Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.

—Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.

—¿Y á qué, señor?...

—A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.

—¿Apostamos—dijo para sí Quevedo—á que el rey se está vengando de mí por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor—dijo en voz alta—, que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un cuento.

—No tal, ni por pienso—dijo el rey—, porque vuestros cuentos no los entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de Osuna?

—Que no es mío.

—¡Ah! pues por vuestro os le dan.

—Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen regalo.

—¿Está contento con su virreinato de Nápoles?

—Nada debe de dolerle, porque no se queja.

—¿Y vos, estáis contento aquí?

—Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo, no enflaquezco.

—Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué decíamos, don Francisco?

—Yo no decía nada.

—Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de cierto hijo.

—No entiendo á vuestra majestad.

—Pues hablemos de un sobrino.

—Lo entiendo menos.

—De un rizo...

—Continúo á obscuras...

—De unas estocadas...

—Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.

—Pues señor—dijo el rey—, ahora veo que no os he llamado para nada.

—Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.

—Y siendo venido para que os vayáis.

Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las almohadas y se rebujó.

—Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches—dijo Quevedo.

El rey no le contestó: se había dormido.

Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.

—¿Y qué debo yo hacer ahora?—dijo cuando se vió en la galería—. ¿Irme ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo que fuere, sonará.

Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.

—¡Eh, caballero!—le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.

—Hábito llevo—dijo don Francisco—; conque bien puedo responder aunque á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?

—Mi señora os llama.

—¿Y quién es vuestra señora?

—La señora condesa de Lemos.

—¡Ah! pues sed mi estrella.

—¡Qué!

—Que me guiéis.

—Seguidme.

La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de Sandoval.

—Gracias á Dios que el rey os ha soltado—dijo.

—¿Y por qué esas gracias?

—Os esperan.

—¿Dónde?

—En el oratorio de la reina.

—Pues no adivino.

—¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de una boda?...

—¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos que de eso me ha hablado el rey.

—No importa, yo represento como madrina á la reina.

—¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para representar un matrimonio! ¿Y los testigos?

—Son de la casa.

—¿Se trata de un casamiento secreto?

—No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.

—Pues entonces no es la boda que yo creía.

—Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña Clara Soldevilla.

—¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!... aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...

—No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.

—¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!

—¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...

—El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...

—Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su marido.

—Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un pretexto.

—Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.

—¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!

—La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que doña Clara se sacrifica por ella.

—¡Mentira, mentira y más mentira!

—Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos, esperando únicamente por vos.

—¿Y quiénes son los testigos?

—Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro de ceremonias, los que se han encontrado más á mano.

—Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!

—Ya dormiréis bien esta noche...

Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él por una puerta.

CAPÍTULO XLII

DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO PENSABA EN MORIR

Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el joven, volvieron.

Pero volvieron casados.

Don Juan miraba de una manera avara á la joven.

La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.

Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular que era feliz.

Y sin embargo, no miraba al joven.

Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.

Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como pretendiese pasar don Juan, le dijo:

—Esperad un momento, señor.

El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.

La puerta se cerró.

Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero, como pudiera haberlo hecho en su casa.

Y esto era lógico.

El cuarto de su mujer, era su cuarto.

¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido!

Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor afortunado.

¡Suya doña Clara!

¡Su mujer doña Clara!

¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su compañera de por vida!

Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría de impaciencia.

Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los cabellos.

—¡Oh! ¡felicidad mía!—exclamó el joven levantándose con tal rapidez, que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca.

La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.

Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, y lloraba.

—Apartad, señor, apartad—dijo doña Clara con voz dulce—; vuestra esposa os lo suplica.

Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.

—¿Es verdad que me amáis tanto?...—exclamó la joven, mirando con toda la fuerza de sus ojos negros á don Juan.

—Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el misterio de tal casamiento?

—Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.

—Pero...

—Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?

—Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.

—No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo como soy vuestra mujer.

—¿Me decís al fin que me amáis?

—Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...

—¿Pero no sois para mí la mujer enamorada?

—No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco!

—Y sin embargo, os habéis casado conmigo.

—Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera podido buenamente ser esposa.

—¿Sin amor?

—Sin amor.

—¿Pero qué misterio, qué razones son esas?

—Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.

—¡Este rizo vuestro!—exclamó el joven besándole con locura—. Pero esta joya...

—Es necesario que la dejéis en el rizo.

—La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...

—Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?

—Seguid, señora.

—Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase por un acaso...

—No pienso que tenga ocasión de hablarme.

—Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.

—¿Como esposo vuestro?

—Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia española.

—¡Ah! ¡conque yo soy capitán!

—Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:

—Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.

—Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á dárosla.

Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á don Juan.

—Esta provisión ha sido vendida y revendida—dijo el joven.

—Se ha comprado para vos.

—¿Y quién la ha comprado?

—La reina.

—¡Me paga el servicio casual que la he hecho!

—No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay con qué pagarlo.

—Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la pagaré.

—No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina.

—Sea lo que vos queráis—dijo el joven guardando la provisión.

—Sea lo que debe ser—dijo doña Clara—; continuemos: como capitán de la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo.

—Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería.

—Don Juan, la reina es mi hermana—dijo profundamente doña Clara—: ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa... venid... vais á conocer á mi madre.

Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven.

Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.

En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.

Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y por su expresión, muy principal dama.

—Esa era mi madre—dijo doña Clara con acento vivamente conmovido.

—¡Ah! ¡digna madre de tal hija!—dijo el joven no menos conmovido.

—¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?

—Como debéis estarlo de vos misma.

—No hablemos de mí—dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo—. Yo os he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible. Volvámonos á donde estábamos.

Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro, pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña Clara.

Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.

—Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí. Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada.

—¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos me amáis aún!

—Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.

—Como yo...

—Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco.

—¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?—dijo don Juan.

Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven:

—Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que, habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble, honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar.

—Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre, vuestra madre no le desesperó—dijo el joven, que no desaprovechaba ocasión.

Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta.

—Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió.

Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la alzó.

En sus hermosos ojos brillaba una lágrima.

Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de doña Clara, su amor crecía.

La joven continuó:

—La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó, no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer, porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor.

—¡De tristeza! ¡de amor!—exclamó don Juan.

—Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había años en que no venía.

—¡Ah!—exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras.

—Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña, le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal situación, no merece ser amada.

—¡Oh! ¡no seré soldado!—exclamó don Juan—. Mi rey, mi orgullo, sois vos.

—Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero después no: ¡no quiero morir como mi madre!

—¡Oh, Clara de mi alma!—exclamó el joven, recibiendo el puro, el glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al pronunciar sus últimas palabras—; ¡vos me amáis!

—Os amaré si merecéis que os ame—dijo doña Clara volviendo á apagarse, por decirlo así.

Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó:

—Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó, me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer acceso, me dijo:

—«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en los cielos!»

Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor, porque desde hoy lo son vuestros.

—Amarélos yo porque vos los apreciáis—dijo don Juan.

—Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño; cariño que creció de día en día y que hoy—vos lo debéis saber, señor, porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo—ha llegado á ser amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad, que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.

—¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!—exclamó el joven—, porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido.

—Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?

—Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.

—Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas cartas, señor?

—Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí aquellas cartas.

—¿Y qué habéis pensado de la reina?

—Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su majestad bien.

—Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.

—Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...

—Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...—dijo doña Clara con amargura.

—Hacíais un sacrificio por su majestad.

—Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero, volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese secreto.

A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del rizo, por último.

—En tal situación—prosiguió doña Clara—, habiendo tomado la reina en su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo... Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el sacrificio.

—Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.

—¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!

—Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un hombre... amarle...

—¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado!

—Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de ese sacrificio.

El acento de don Juan era lúgubre.

Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó.

—¡Sentáos!—dijo con acento lleno y grave doña Clara.

El joven se sentó.

—¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi sacrificio?—dijo con acento singular doña Clara.

—¿De qué manera? ¿De qué manera decís?—exclamó el joven, con la mirada extraviada y la voz sombría—. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda!

—¡Dios mío!—exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y asiendo una mano de don Juan—. ¿Qué habláis de morir?

—Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los provocaré y me dejaré matar.

—¡No!—contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía temblaba de una manera violenta.

—Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y me matarán.

—¡No!—repitió de una manera profunda doña Clara.

—¿Y para qué quiero yo vivir—dijo el joven con profundísima amargura—, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un doloroso sacrificio por su majestad?

—¡Y esa comedianta!—exclamó doña Clara con acento seco y rápido, acercándose más al joven.

—¡Dorotea!

—Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día.

—¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...?

—Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...?

—¡Dios mío!

—Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada, ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos.

—¡Celos vos de mí!

—Venid conmigo—dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de nuevo á su dormitorio.

Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que cubría el retrato de su madre.

—Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí.

—Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo Sacramentado.

—Yo os amo con toda mi alma—exclamó doña Clara—, os amo desde que anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo, señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis, ¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.

El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los brazos, cayó de rodillas y lloró.

CAPÍTULO XLIII

CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR

Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara.

En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y fríos.

Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la Dorotea no le oyese.

Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer era doña Clara y que la acompañaba un hombre.

Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.

Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión de felicidad.

Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el siguiente diálogo:

—A las once volveré y me presentaré al rey contigo—dijo don Juan.

—Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré las joyas de tu madre.

—¡Adiós, mi cielo!

—Adiós, mi señor.

Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.

Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró la puerta.

Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba que penetraba por una claraboya.

Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.

Siguióla don Juan de Guzmán.

El semblante de la Dorotea espantaba.

Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la sorpresa.

—¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!—exclamó con voz ronca—; ¡luego se han casado!

—Una dama tal como doña Clara Soldevilla—dijo el sargento mayor—, no podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya sabía yo que ese buen mozo os engañaba.

—¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien... acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.

—Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.

—Pero salgamos pronto de aquí.

—Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que aún no se ve bien claro.

—Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.

Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que dijese el portero:

—Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.

Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es, que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al través de la cual pasaba la lluvia.

—La niebla nos favorece—dijo el sargento mayor—; pero andemos de prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del alcázar.

Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.

Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les favorecía.

Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su seguimiento.

Era el bufón.

Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.

Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados de la guardia española.

Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un encontrón formidable.

—¡Por mis desdichas!—exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.

—¡Cien legiones de demonios!—exclamó el bufón.

—¡Tío Manolillo!—exclamó el cocinero acercándose á él con ansia—; Dios os envía.

—Y á vos el diablo, para que me detengáis.

—Soy el hombre más desdichado del mundo—añadió el cocinero.

—Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y soltad, y adiós.

Y escapó.

—Hijo Marchante—dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los soldados—, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.

—Muy bien, señor Francisco—dijo el soldado.

Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la Dorotea y el sargento mayor.

Asióse al fin á su brazo.

—¿Qué me queréis? ¡por mi vida!—exclamó el bufón sin cesar de correr.

—Pediros consejo.

—Dádmelo y lo agradeceré.

—Me están sucediendo cosas crueles.

—A mí me pasan cruelísimas.

—Nos aconsejaremos mutuamente.

—No necesito consejos.

—Yo sí, los vuestros.

—Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y correr.

Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor y la Dorotea.

El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes.

—¿Quién vivirá en esa casa?—dijo el tío Manolillo parándose, cuando vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y había vuelto á cerrarse la puerta.

—¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?—dijo el cocinero mayor.

—Lo averiguaré—dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes.

—Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...

—¿Qué me podéis decir vos?...

—Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del sargento mayor don Juan de Guzmán.

—¿Y nadie más?

—Nadie más que una dueña y un escudero.

—¿Y quién es esa mujer?

—Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.

—¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?

—Cabalmente frente á ella hay una taberna.

—¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.

—Y yo también; vamos, que yo pago.

—Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.

—Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!

Y se encaminaron á la taberna.

Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían entrado el sargento mayor y la Dorotea.

Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente, sin dejar por ello de hablar.

—Según lo que yo he entendido—dijo el bufón—, vos tenéis la culpa de todo, señor Francisco Montiño.

—¿De qué tengo yo la culpa?

—De lo que á entrambos nos está sucediendo.

—A mí me suceden muchas cosas malas.

—A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.

—¡Peores! yo no tengo mujer.

—No la habéis tenido nunca.

—Yo no tengo hija.

—Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes.

—¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino.

—Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino...

—Es que no le tengo.

—Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado en el alcázar antes de anoche.

—Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!...

—Lo de vuestra mujer había sucedido antes.

—Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.

—Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.

—Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo me voy á morir, tío Manolillo.

—¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene cargado con un cestón?

—¿No veis que tiene librea?

—Sí por cierto.

—¿Amarilla y encarnada?

—Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...?

—El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se vende en los mercados, para doña Ana de Acuña.

—¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa?

—Sí por cierto.

—¿Y es querida del duque de Uceda?

—No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse á las mujeres.

—¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano—dijo el bufón.

—Y de las mujeres y de los viejos—añadió el cocinero.

—¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer?

—Anda en vísperas de gastar de las rentas reales—dijo el cocinero mayor.

—Explicáos...

—Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad.

—¿Habéis andado vos en ello?

—Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque sin nombrar la persona, á esa mujer.

—¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro, enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.

—Acertádolo habéis.

—Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre, ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea, y ya lo sé; con que pagad y vámonos.

—Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo—dijo Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos!

—Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne—dijo el tabernero.

—Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado?

—Falta, señor, falta...

—Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más de eso?

—Un real.

—Tomadle.

—Dios guarde á vuestra merced muchos años.

—De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?—dijo el cocinero mayor viendo que el bufón se ponía de pie.

—Que nos vamos.

—¿Y no me dais los consejos que os he pedido?

—Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.

—¡No puedo!

—Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros.

Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente, á la que llamó.

El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del Santo Oficio, que le dijo:

—¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?...

—Yo soy—contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con un alguacil del Santo Oficio.

—Veníos conmigo.

—Os lo agradezco—dijo Montiño haciéndose el sueco—, pero es la hora de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis, amigo, soy cocinero mayor del rey.

—Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo os vendréis mal que os pese.

—¿Y si no quiero ir?

—Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado.

—¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado.

—Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general.

—¡Ah! ¡el inquisidor general!

—Sí, por cierto.

—¡Y no hay remedio!

—No, señor.

—¿Y si yo os diera diez doblones?

—No puedo.

—¿Y si os diera veinte?

—Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es porque no puedo.

—Decid que no me habéis encontrado.

—Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.

—¿Y qué saben?

—Saben que vengo á prenderos.

—¿Que lo sabe todo el mundo?

—Mirad á aquella esquina—. Montiño miró de una manera nerviosa.

—¿No veis allí una silla de mano?

—Sí; sí, señor.

—Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.

—Pero... un momento... un momento...

—Ni un instante.

—Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y entrar en mi casa.

Meditó un momento el alguacil.

—Se entiende que yo iré con vos.

—Venid—dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.

—Vamos, pues—dijo el corchete.

Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:

—De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.

—¡Asesino!—murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su corazón.

—Esto es poco—dijo el tremendo alguacil.

—No tengo más.

—Tendréis en vuestra casa.

—Puede ser.

—Pues vamos.

Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y con la cabeza sobre el cofre.

—¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!—dijo el cocinero mayor dándole con el pie—; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven eso á mi aposento.

—Pero ¿dónde vais con ese ministro?—dijo el portero.

Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar:

—Es un amigo á quien convido.

—¡Ah!—dijo el portero—creía...

—Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas...

Y subieron por unas escaleras.

—No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin disminuir los ahorros—se quedó murmurando el portero.

Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas.

Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto, fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.

Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:

—Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos de vuestra caridad.

—¿De qué me da las gracias este tunante?—dijo el cocinero mayor todo hosco y espeluznado de indignación—; ¿quién ha permitido á este lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?

—La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que vuesa merced le perdonaba.

—¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!

El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente más maleante del mundo.

—Mi mujer tiene las entrañas muy blandas—dijo tragando la saliva más amarga que la hiel—; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.

—Muchas gracias, señor Francisco—dijo Cosme Aldaba, porque las últimas palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.

A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no viéndole tampoco el corchete le veía.

Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.

Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por un brazo.

—Pero señor—dijo Montiño—, ¿creíais que me iba á escapar?

—No; no, señor—dijo el alguacil—, pero podríais olvidaros de mí, entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que volviérais de vuestro paseo.

—¡Asesino! ¡asesino!—murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su proyecto de escapatoria.

Y llamó á la puerta.

Le abrió su mujer en persona.

Estaba pálida y ojerosa.

Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala cara.

—Buena hora es de venir á su casa un hombre casado—dijo con mal talante Luisa—; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os esperan.

—Eso es, ríñeme.—Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas me tienen ocupado.

—Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.

Palideció levemente Luisa.

—¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?

—Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no son para comunicados á mujeres.

—No, no; ni yo pretendo saberlos—dijo Luisa—; yo había creído...

—Has creído mal.

—Has pasado dos noches fuera de casa.

—La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo á su majestad.

—No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de bien.

Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos domésticos, y estaba delante del alguacil.

—¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?—dijo el cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su autoridad doméstica.

—Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...

—Bien, bien—dijo Montiño—; todo está muy bien: tú haces lo que quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?

—En el cuarto de adentro.

Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.

El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa real y al soldado.

Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.

—Meted eso aquí—dijo con voz ronca.

Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro de la puerta.

—Idos—dijo Montiño á los mozos y al soldado.

—¿Y no nos dais para beber?—dijo este último—; mis camaradas se han ido rendidos.

Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo, cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos.

Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella especie de sancta sanctorum del cocinero mayor.

Este cerró la puerta.

—Ya estamos solos—dijo al corchete—; ahora bien, ¿cuánto queréis y me dejáis libre?

—Nada.

—Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa...

—Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general.

Montiño tuvo en los labios la palabra os haré rico; pero meditó que acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió, cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no tardaría, salió del alcázar con el corchete.

Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á cuya puerta se paró.

A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.

Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:

—Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú las perdices asadas con aceite.

—Sí, hombre, sí.

—No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?

—Un color así, dorado blanquizco.

—Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el pico.

—No se me escapará.

—Veremos si eres hombre de ingenio.

—Descuida.

—Procura que sea de los primeros platos.

—Ya...

—Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir...

—Descuida, hombre, descuida.

—Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa.

—Te avisaré.

—Adiós.

—Adiós.

Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas.

CAPÍTULO XLIV

LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO

Don Juan Téllez Girón había salido feliz, enloquecido de amor del alcázar, transformado, gozando de una nueva vida.

Pero después de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el día anterior no se había atrevido á soñar, cruzaba una nubecilla negra.

Aquella nube era Dorotea.

Don Juan no la podía apartar de su memoria. Sentía hacia ella ó creía sentir un impulso de ardiente caridad.

Y además de la caridad, no sé qué más íntimo, más humano, más sensual.

Comprendía que quedaba algún licor en la copa de su deseo.

Era joven, había crecido entre privaciones, tenía el corazón virgen, y le había consagrado sin saberlo á dos mujeres.

Don Juan había salido á la ventura.

No sabía dónde ir.

No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su mujer.

Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente.

¿Pero dónde buscar aquel traje?

Y luego, ¿con qué dinero?

No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había dado su supuesto tío.

Y esto no bastaba para un equipo de caballero.

Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro de pedrería en los bolsillos.

—Empeñaré una de estas alhajas—se dijo—y punto concluído... pero ¿y dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.

Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.

—¡Ah!—dijo el joven—la casa donde dormí anteanoche... paréceme aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la casa?...

Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer la calle y la casa á las pocas vueltas.

Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió.

Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.

—Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos.

Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas, y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando pan y queso.

—Dios os guarde, señora—dijo don Juan entrando.

Miróle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo:

—¡Jesús, buen mozo! ¡yo os daba por perdido! ¿y de dónde venís, hijo?

—Vengo á veros para que me saquéis de un apuro—dijo don Juan.

Tomó el rostro de la vieja la expresión de una innoble reserva, y contestó con voz compungida:

—¡Jesús, señor! ¡apuros tenéis apenas entrado en Madrid! ¡y venís á que yo os saque de ellos! ¡si yo supiera quién quería sacarme de los míos!

—Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no sé dónde podré empeñar una rica alhaja.

—¡Ah!—dijo tranquilizándose la vieja—; ¡alegróme de que ese sea vuestro apuro! ¡conque ya os regalan! ¡preciso! ¡hidalgos como vos!...

—Gastan de lo que han heredado de su padre—contestó severamente don Juan.

—¡Ah! perdonad, perdonad, señor: ¿y es de mucho valor la alhaja?

—No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones.

—Rica debe ser, pero mostrad.

Sacó el joven el estuche, y del estuche la sortija.

Entonces pasó por la vieja una cosa extraña.

Se estremeció, tembló, y su pequeño ojo bizco y colorado, se puso á bailar mirando la sortija.

—Rica es, en efecto; pero me parece que pedís mucho: en fin, lo que yo puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompañará. Melchor, lleva á ese caballero á casa del señor Gabriel Cornejo.

Levantóse renegando Melchor, acabó de tragarse los dos últimos bocados de pan y queso, bebió agua, se limpió la boca con el revés de la mano, tomó su capa y su sombrero, y dijo á su mujer.

—¿Conque á casa del señor Gabriel Cornejo?

—Sí; él os dirá, señor, cuánto puede dárseos por esta alhaja.

—Muchas gracias, señora, y adiós, y quedad en paz, que estoy de prisa.

Melchor y don Juan salieron.

Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo:

—Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribón, y que si queréis que os dé lo que vale la joya, será bueno que la tase un platero.

—Os agradezco el aviso. ¿Y conocéis á alguno?

—Háilos aquí á montones, en Santa Cruz.

—Pues llevadme á uno.

—¿Veis aquella tienda obscura de los portales?

—Sí que la veo.

—Allí vive el señor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo anda surtiendo de alhajas á la grandeza de España. Pasa por ser un hombre muy honrado.

—Pues vamos allá.

Encamináronse á aquella especie de sótano y entraron.

Un hombre como de setenta años, tembloroso y excesivamente flaco y encogido, se levantó con cuidado de detrás de un mugriento mostrador.

Nada había en la tienda que demostrase riqueza.

Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y sólo se veía á un lado un fuerte armario de hierro.

—¿Qué se les ofrece á vuesas mercedes?—dijo el platero mirando con recelo á don Juan y á su guía, porque sus trajes no le inspiraban la mayor confianza.

—Se trata de que taséis esta alhaja—dijo don Juan dándole el estuche.

Abrióle el señor Longinos, y miró y remiró la sortija.

—Muy rico es quien ha mandado montar este diamante—dijo con una entonación particular el platero.

—En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de esa joya, ¿á cuánto ascenderá?

—¿Queréis venderla?

—Os pregunto que cuánto vale esa joya.

—¡Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que está muy bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones.

—No haríais mal negocio.

—No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor, tardaría mucho tiempo en venderla: acaso años.

—En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empeñarla, y empeñarla por horas.

—Pues bien; yo os daré por su empeño tres mil doblones...

—Es que no se va á quedar empeñada aquí—dijo el señor Melchor, que temía las iras de su mujer si el negocio se hacía con otro que con el señor Gabriel Cornejo.

—¡Dios de misericordia!—exclamó el platero—. ¿Y dónde irá este señor que pueda dejar con seguridad esta alhaja?—dijo con acento insinuante Longinos—. Os advierto, caballero, que os vayáis con tiento. En primer lugar, que un usurero no os daría lo que yo... en segundo lugar, que yo os daré un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad... todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarán...

—La verdad del caso es que me ahorro de andar más—dijo don Juan—; acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo os daré un recibo de vuestro dinero.

—Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil.

—En buen hora.

—Pero...—dijo el señor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de su cónyuge.

—¿Qué tenéis vos que ver en esto?—dijo don Juan—; asunto concluído: extendamos los recibos.

El señor Melchor se calló.

El señor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los respectivos recibos se extendieron dictándolos el platero.

Poco después hizo entrar en la trastienda á don Juan, guardó cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo armario sacó un talego, le puso sobre una mesa, contó, y un montón de oro, representando los tres mil doblones, apareció sobre la mesa.

El señor Melchor, que se había quedado fuera del mostrador como una cosa olvidada, oía, estremeciéndose, el sonido excitador del oro que contaba maese Longinos.

—¡Me he perdido!—exclamaba—; mi hombría de bien me ha puesto en el caso de no poder aguantar á mi mujer lo menos en tres meses; esta aventura me va á costar una enfermedad.

En aquel momento apareció don Juan, y dió diez doblones al señor Melchor.

—¿Y qué es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida había visto tanto oro junto, por más que fuese poco.

—Eso es vuestro trabajo.

—¡Mi trabajo, señor!

—Debo agradeceros el que no me hayan engañado.

—Muchas gracias, señor.

—Y como ya no os necesito, podéis iros.

—Que Dios os guarde, señor.

Y el escudero salió de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro.

Don Juan entró de nuevo en la trastienda.

El señor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simétrica las columnas de oro, con esa sensualidad característica de los avaros.

—Me parecéis bastante hombre de bien—dijo don Juan—y quiero valerme de vos. Yo soy capitán de la guardia española del rey.

—Por muchos años, señor.

—Me casé anoche con una dama principal.

—Dios os haga muy felices, mis señores.

—Pero como veis, este vestidillo de viaje no es á propósito para que yo me presente al rey en medio de la corte con mi esposa.

—De ningún modo, señor.

—Ahora bien: ¿qué ropas, qué galas, en una palabra, dignas de un caballero del hábito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero?

—¿Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones?

—Y más que sea necesario.

—¿Y para cuándo necesita vuesa merced presentarse á su majestad con su señora esposa?

—Hoy á las once.

Rascóse una oreja con su trémula mano maese Longinos.

—Y son cerca de las nueve de la mañana. Es decir, que solo tenemos dos horas.

—Aprovechémoslas.

En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es lo menos, hailas hechas dos puertas más abajo. ¡Antonio!

Apareció un joven con un mandil de cuero, á todas luces oficial de platería.

—Vete al momento á casa del señor Justo—le dijo Longinos—, y que envíe ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no haya más que ponérsela; luego pásate por casa del señor Diego Soto, y que envíe unas calzas de grana de lo más rico, pero al punto, al punto.

El mancebo, con mandil y todo, se lanzó en la calle.

Faltan jubón, gregüescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser de terciopelo, el jubón de brocado, los gregüescos de lo mismo que el ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo sé quién las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona así de vuestras carnes, que os vendrá pintada su ropa, y que si se le paga bien y secretamente, no tendrá reparo, y que á más se halla necesitadillo de dinero...

—Pues al momento.

—Poco á poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos de oro á martillo; el jubón necesita herretes; las cuchilladas piedras ó perlas, y luego espada.

—Todo eso lo tengo—dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y abriendo los estuches.

—¡Misericordia de Dios! ¿sabéis lo que tenéis aquí, señor?

—Pienso que es mucho.

—Esta pedrería vale lo menos dos millones de ducados.

—Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la corte como conviene.

—Indudablemente, señor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy á escribir á algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque la corte traga mucho: voy á procuraros hasta carroza; en cuanto á lacayos y cochero, yo haré que vengan buenos; las libreas se comprarán hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aquí una buena espada de corte, pero no vale ni la centésima parte que esa empuñadura y esas conteras; se montará al momento...

—No, montad esta buena hoja—dijo don Juan desnudando su espada.

—¿Sabéis, señor, que tenéis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo, ven acá...

Apareció otro oficial.

—Déjalo todo; monta esta hoja en esta empuñadura, y esta contera en una vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar corriente: entretanto, señor, mis nietas coserán los herretes, la toca y las perlas y las chapas del talabarte...

—Y entretanto yo... me daréis de almorzar... me lavaré después...

—Sí; sí, señor; entrad... y ya veréis... ya veréis.

Y precedió al joven por unas obscuras escaleras murmurando:

—¡Y que por estos quehaceres no pueda yo oír como todos los días la misa del licenciado Barquillos! ¡Válgame Dios!

CAPÍTULO XLV

EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN NUEVO PERSONAJE

En una habitación magníficamente amueblada, extensa, iluminada blandamente por una lámpara de noche, al través de un cortinaje de damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dormía una mujer sumamente bella.

Debía ser sombrío su sueño, porque su entrecejo estaba fruncido, corría abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento poderoso y ronco.

Las anchas trenzas de sus cabellos caían abundantes y desordenados sobre su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubría se dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes.

Había algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida.

Y dormía profundamente.

Abrióse de improviso una puerta en el fondo de la cámara y apareció una mujer joven.

Abrió un balcón y penetró en la alcoba la luz fría de aquella mañana nublada y lluviosa.

La mujer despertó.

Se incorporó en el lecho y miró con disgusto á la puerta de la alcoba á donde había llegado la joven.

—¡Está amaneciendo!—exclamó con acento duro—. ¿Qué sucede, Casilda? anoche me acosté demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy servida detestablemente.

—Son las ocho y media, señora—dijo temblando la doncella.

—Te dije que no me llamaras hasta las doce.

—Es que está ahí don Juan.

—¡Don Juan! ¡y de día! ¡y acaso por la puerta principal!

—Sí; sí, señora.

—¡Qué imprudencia!

—Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido todavía.

Este excelencia era el duque de Uceda.

—El duque se fué anoche muy tarde; cuando yo te avisé aún no se había ido; tú te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... podía estar el duque todavía aquí. Te tengo dicho que cuando don Juan venga á una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le despidas. Esto está convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una torpe.

—Perdonad, señora.

—Pero en fin, ¿don Juan está ahí?

—Sí, señora; ha venido con una mujer.

—¡Con una mujer! ¿y qué trazas tiene esa mujer?

—Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, según está de pálida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche.

—¿Dónde están?

—En el camarín.

—Vísteme.

Y la dama saltó del lecho, y se vistió apresuradamente ayudada de la doncella, se arregló ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una toquilla, y se dirigió rápidamente á una puerta de escape.

Pero al llegar á ella se detuvo, y dijo á la joven:

—Dile á don Juan que entre solo.

Y se sentó en un sillón, se arropó en un abrigo de pieles que se había puesto y esperó que la doncella cumpliese sus órdenes.

Poco después se abrió aquella misma puerta, y entró el sargento mayor don Juan de Guzmán, que, sin quitarse el sombrero, adelantó hasta cerca de la dama, y deteniéndose á poca distancia de ella y permaneciendo de pie, la dijo:

—Nos sucede mejor de lo que queríamos, Ana.

—¡Ah! ¿estamos de plácemes?

—Sí por cierto; el asunto de la reina está á punto de concluirse; una vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con el padre y con el hijo.

—¿Pero y don Rodrigo...?

—Don Rodrigo... afortunadamente la herida, según dicen los médicos, es limpia y no ha tocado á ninguna parte peligrosa; un dedo más acá ó más allá y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo vivirá. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntándome y dándome órdenes y consejos. Dentro de algunos días don Rodrigo dejará el lecho, y todo irá bien.

—¿Y el duque de Lerma?

—Cariñoso y solícito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer; es ciego.

—Sin embargo, ha enviado á don Baltasar de Zúñiga de embajador á Inglaterra, ha sacado del cuarto del príncipe al duque de Uceda, y su excelencia está dado á los diablos con su padre. Creo que hay un diablo familiar que le aconseja. Anoche estuvo aquí hasta las tantas y me dijo:—Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el señor duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intención; paciencia: en cuanto á vos (se refería á mí), ya que no podéis ser la maestra del señor príncipe, sed mi consuelo.

—¿Eso te dijo el duque?

—Vaya, y que hacía mucho tiempo que no podía olvidar mis ojos.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos.

—Es decir...

—Que no quiero galanteos con el duque de Uceda.

—Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen más que tus lecciones al príncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que no hace, lo que piense ó deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy mal.

—¡Bah!—dijo doña Ana—; yo sé que he hecho muy bien, como sé que haré muy bien en decirte que por algún tiempo no vengas á verme hasta que yo te avise.

Pronunció de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doña Ana estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubrió de una palidez colérica.

—¿Qué viene á ser eso?—dijo con acento amenazador.

—Ya te irritas, querido mío—dijo doña Ana—. ¿Dudas acaso de que te amo?

—Me parece que quieres engañarme.

—¿Y para qué te había de engañar? además de que te amo me sirves de mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero...

—¿Pero qué?

—Espera.

Doña Ana se levantó, entró en el dormitorio, abrió un cofre, y del cofre sacó una cajita, volvió, se sentó y abriendo la caja mostró su contenido al sargento mayor.

—Mira el por qué de no haber querido yo por galán al duque de Uceda y de pensar en que por algún tiempo no nos veamos.

—¿Quién te ha dado esta gargantilla?—dijo con acento ronco Guzmán.

—Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.

—¡Ah! en verdad que ese hombre es muy rico—dijo el sargento mayor—; pero según pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podrá hacerte tales regalos.

—Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos—dijo doña Ana—; el cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre de más alta persona.

—¡Del duque de Lerma!

—¡Más alto!

—¡Del rey!

—¡Del rey!

—¡Imposible! ¡de todo punto imposible! el rey no piensa más que en cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que tiene que hacer para ser rey... pero á don Felipe III no se le conocen galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sería, y estaríame yo sin venir á verte á tu casa, que ya nos veríamos fuera de ella, aunque fuese de año á año... ¡pero vamos! ¡es imposible!

—Estos hombres creen que las gentes no son más que lo que parecen—dijo con desdén doña Ana.

—No tal, no; yo no creo eso, porque sé muy bien que tú y yo somos una cosa y parecemos otra. Pero tratándose del rey... ¡cuando te digo que no puede ser!

—¿Y de dónde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja?

—Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes vidrio blanco.

—Ya está visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones.

—¡Mil doblones!

—No podía ser menos un regalo de rey.

—¿Pero dónde te ha visto su majestad?

—Eso mismo pregunté yo á Montiño: ¿dónde me ha visto su majestad?

—¿Y qué te respondió?

—Que no lo sabía.

—¡Que no lo sabía! pero cuéntame desde el principio.

—Anoche, ya tarde, llamaron á la puerta. Yo creí que sería el duque de Uceda, y mandé á Casilda que abriese. Poco después oí abajo un altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que á todo trance quería entrar, que decía tenerme que decir cosas graves, y que al fin dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos están ahora por las cocinas, sentí yo no sé qué terror, yo no sé qué cuidado, y mandé á Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo no le conocía) me espanté. Venía pálido, desencajado, desgreñados los escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fué:

—Desde hace veinticuatro horas, no me suceden más que desgracias.

Estas palabras no eran las más á propósito para tranquilizarme, y le rogué que se sentara y se explicase.

—Tras las desgracias que me suceden—me dijo—, hubiera sido la última la de no poder veros.

—Tranquilizáos, y decidme después por qué hubiera sido una desgracia para vos el no haberme visto.

—Porque una persona muy principal á quien temo mucho, me ha encargado que os vea.

—¿A mí? ¿para qué?

—Para que os dé de su parte, en prenda de la mucha estima en que os tiene, esta alhaja.

Y me dió esa gargantilla.

—Yo no puedo aceptar un regalo—le dije—de una persona á quien no conozco.

—Podéis estar segura de que es muy principal.

—Pues siendo tan principal, y teniendo por mí tanto interés que me regala—le dije—, ¿qué interés puede tener en que yo no sepa su nombre?

—Tanto interés tiene—me replicó—en que vos no sepáis quién es, que desea veros misteriosamente.

—Explicáos.

—La alta persona que me envía—dijo el cocinero dando vueltas á su gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su mensaje—, quiere... pues... quiere que le recibáis sin luz.

—¿Por quién me tenéis?—dije al cocinero mayor fingiéndome gravemente ofendida, á pesar de que tenía una viva curiosidad por saber quién era aquella persona—; ¡ea! añadí: idos de mi casa, si no queréis que os haga echar á palos.

—Perdonad, señora—me dijo—; pero temo más las consecuencias de no llevar una contestación vuestra á la persona... ¿qué digo? al ilustre personaje que me envía, que la riña que pudiera tener con vuestros criados.

—Ya lleváis contestación á esa persona.

—A la persona que me envía, no se la puede contestar de ese modo—me dijo—, porque esta persona...

—¡Me ultraja!

—Será necesario deciros quién es, para que veáis que no hay ultraje.

—Sólo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun para mí pudiera pasar por galanteador.

—¿Habéis adivinado?

—No, no he adivinado; he dicho únicamente que sólo hay una persona que pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera.

—Pues bien; decidme el nombre de esa persona...

—Esa persona no podía ser otra que el rey.

Miróme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos espantados.

—¿No me comprometeréis—me dijo—, si os declaro la verdad?

—Os lo prometo.

—¿Seréis prudente?

—Sí.

—Pues bien, señora; la persona que os solicita, que está ciegamente enamorado de vos, es... ¡el rey!

—¡El rey!—dije sin poder contener mi asombro—; ¡su majestad enamorado de mí!

—Esa rica gargantilla es una señal de ello—me contesto.

—¿Y dónde me ha visto su majestad?—le dije.

—No lo sé. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho: Montiño, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, también soy hombre, y como hombre tengo debilidades; amo á una dama, y no puedo contener mi amor; toma, llévala esa joya y dila que te indique cuándo puedo yo ir á visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estén muertas cuando yo entre y no pueda conocerme. Ofrécela cuanto quiera y más que quiera, y toma las señas de la casa donde vive y su nombre.

Yo—añadió el cocinero—, no me atreví á negarme; he venido, y temeroso de llevar á su majestad vuestra contestación, he preferido, confiado en vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciéis ni una sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos perderíamos los dos.

Yo le juré guardar el más profundo secreto, acepté la gargantilla, y el cocinero se fué prometiéndome volver para decirme qué noche y á qué hora debe venir su majestad.

—En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi seguro—dijo el sargento mayor—; porque ¿á quién interesa más que al duque el tener bien cogido al rey? Además de eso, ¿no han desterrado al conde de Lemos porque había llevado una noche al príncipe de Asturias á casa de una de las queridas de don Rodrigo Calderón? ¿No han apartado de la crianza del príncipe á don Baltasar de Zúñiga, porque daba demasiado gusto á su alteza, y no han sacado también al duque de Uceda del cuarto del príncipe, sin duda porque han sabido que le traía aquí para que desde bien temprano se acostumbrase á las favoritas? Acaso ha sabido el duque de Lerma que su hijo se valía de ti para educar al niño príncipe, como, siendo aún más pequeño, se valió para ello de la Angélica el conde de Lemos, su sobrino, y habrá dicho: puesto que esa hermosa doña Ana servía para hacer adquirir al joven príncipe malas costumbres, puede servir también para corromper las del rey y extraviarle.

—Acaso, acaso—dijo doña Ana.

—Pues estamos de doble enhorabuena: confío en que sabrás manejar al rey.

—¡Oh, ya lo veremos!

—No me ocultes nada.

—¿Y cómo? ¿Qué soy yo sin ti?

—Don Rodrigo es lo que más nos conviene.

—Serviré á don Rodrigo. Creo que este asunto esté concluído; y ahora recuerdo que me han dicho que contigo venía una mujer joven, hermosa, ricamente vestida.

—Sí, muy hermosa y muy joven—dijo el sargento mayor apretando el gesto y retorciéndose los mostachos.

—¿Y á qué traes tú esa mujer á mi casa?

—¿Qué? ¿tendrás celos?

—Pudiera tenerlos.

—Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija.

—¡Tu hija!

—Sí; la hija de aquella Margarita que yo robé de su casa; la hija que me quitó un hombre una noche cuando iba á dejarla en la puerta de un convento, dejándome tres puñaladas, de las cuales estuve á la muerte; la hija de quien no volví á saber, hasta que la conocí siendo á la vez querida secreta de don Rodrigo Calderón y pública del duque de Lerma. En una palabra: la comedianta Dorotea.

—¿Pero estás seguro de que no te has engañado?

—¡Si tú hubieras conocido á su madre!

—Sí; sí, ya me has dicho...

—Verla á ella, es ver á Margarita; además, yo le había hecho una señal...

—¡Una señal!

—Sí; antes de salir de la casa, para, llevarla á exponer en el cajón de San Martín, sin saber por qué, pensando no sé en qué, la señalé.

—¡Que la señalaste!

—Le arranqué un pequeño bocado de un brazo.

—¡Ah!—exclamó con disgusto doña Ana.

—Fué la manera más pronta que se me ocurrió de señalarla.

—¿Pero has visto tú esa señal?

—No; pero un día, don Rodrigo, que quiere más de lo que parece á la Dorotea, me dijo:

—Juan, yo te he hecho hombre.

—Indudablemente, señor—le contesté.

—Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas.

—¿Qué hay que averiguar?

—Tú sabes cuánto quiero á la Dorotea.

—Sí, señor.

—Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una señal; pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa señal; he preguntado al tío Manolillo, y me ha dicho que la encontró abandonada en la calle, y que efectivamente, cuando la llevó á su estancia en el alcázar, notó que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas de sangre; que la descubrió y vió una mordedura reciente, de la que costó trabajo curar á la niña. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no conoce á sus padres; yo la quiero bien, y te recompensaría grandemente si encontrases esos padres perdidos.

Pude en el momento decirle:

—Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella, á la que conocí en su casa, donde estuve aposentado algunos días, y á la que me llevé conmigo. No sé si su madre vive ó ha muerto...

—¡Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y de Calderón, es tu hija! ¡y ella no lo sabe!

—No.

—¿Y para qué la traes aquí?

—Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su madre se enamoró de mí á primera vista, ella se ha enamorado de un hombre; ese hombre es el que ha herido á don Rodrigo; ese hombre, que es sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en veinticuatro horas; anteayer por la noche entró en Madrid, y hoy se encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama más hermosa y más difícil de la corte: con doña Clara Soldevilla.

—¡Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, está celosa de una dama que es la favorita de la reina!

—La reina importa ya poco... tal vez á estas horas... pero conviene, á pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo á Lerma; ella quería hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengaría si ella me ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he traído y te la entrego... tú sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de modo que nos sirva bien. Voy por ella.

Y se dirigió á la puerta por donde había entrado.

Pero al abrirla, se vió tras ella un hombre y se oyó una ronca voz que dijo temblorosa, colérica, rugiente, amenazadora:

—¡Atrás! ¡atrás, sargento mayor! ¡tú no saldrás de aquí!

El hombre que había pronunciado estas palabras, que había adelantado sombrío y letal y que había cerrado por dentro la puerta, era el bufón del rey.

El sargento mayor retrocedió sorprendido.

En su semblante apareció la expresión del espanto.

Doña Ana miró con terror al bufón.

Y el bufón adelantó pálido hacia el sargento mayor, que retrocedía.

CAPÍTULO XLVI

DE CÓMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA Á CASTIGAR Á LOS BRIBONES

Necesitamos decir cómo el tío Manolillo había podido aparecer tan dramáticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera.

Sabemos que al salir de la taberna donde había estado con el cocinero del rey, se había ido derecho á llamar á la puerta de doña Ana.

Abriéronle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen obedecer, y el tío Manolillo había llamado de una de aquellas maneras.

Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante.

Quien llama así en una casa debe tener derecho para entrar ó fuerza, lo que no es lo mismo, ó las dos cosas á la vez.

Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontró franca la puerta, el bufón se lanzó sobre el criado que le había abierto, que era un escudero viejo.

Se arrojó sobre él como un tigre; le derribó, le sofocó y le tapó la boca con un pañuelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la víctima.

Esta manera de enmudecer, que se conserva aún hoy y se usa por los ladrones, se llama la tragantona.

Hasta el crimen tiene sus tradiciones.

Después quitó al escudero la correa que sujetaba sus gregüescos á la cintura y le ató atrás las muñecas, y con el extremo sobrante ató un pie de la víctima y le dejó tendido en el portal; el escudero no podía gritar, ni aun rugir, ni moverse.

El tío Manolillo se acurrucó en un rincón del zaguán y esperó.

Poco después bajó una dueña, á quien había llamado la atención el que el escudero hubiese bajado á abrir y no hubiese subido.

El bufón la acometió por detrás, la hizo otra tragantona con la toca y la ató de igual modo que al escudero, valiéndose de la correa del hábito de la dueña.

—Aún me faltan la cocinera y la doncella—dijo—; doña Ana, esa bribona, no tiene más criados; el olor de la cocina me llevará.

El tío Manolillo adelantó.

No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba recelosamente sin producir ruido hacia su presa.

Un momento después la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y atadas.

El tío Manolillo había arrostrado por todo y había tenido la suerte de que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas mejor meditadas.

Ya seguro de los criados, el tío Manolillo adelantó por las habitaciones principales.

Al ir á levantar un tapiz vió de repente á la Dorotea.

La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombría, inmóvil, con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora.

Hubiera podido ver al bufón á no estar tan abstraída, pero no le vió.

El bufón se retiró sin ruido, la miró un momento al través de la abertura del tapiz con una mirada profunda, en que había tanta ternura hacia ella, como amenaza, como cólera hacia los que causaban el doloroso estado de la joven.

—Está sola—dijo—y entró con él; él debe estar con la otra; busquemos otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables.

Y tomó por una puerta y se encontró en un corredor obscuro.

Y adelantó sin hacer ruido como una sombra.

A medida que se acercaba á una puerta oía dos voces.

La de un hombre y la de una mujer.

Adelantó hasta la puerta, llegó y se puso á escuchar.

Por esta razón, cuando el sargento mayor fué á entrar por aquella puerta, se encontró con el bufón.

—¡Ah! Ya sabía yo que habías de buscar á la Dorotea—dijo el sargento mayor—; peor para ti.

Doña Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; más que con asombro, con un terror instintivo.

—¿Conque tú eres su padre?—dijo el tío Manolillo—. ¿Conque eres el padre de Dorotea? ¿Conque aún no contento con haber asesinado á la madre, quieres asesinar á la hija?

Y la voz del tío Manolillo era ronca, amenazadora, sombría; sus ojos bizcos se revolvían de una manera espantosa, estaban inyectados de sangre y su barba temblaba.

Don Juan de Guzmán se sentía dominado; doña Ana estaba coartada por el miedo.

La actitud del bufón, de aquel hombre pequeño, cuadrado, robusto, encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecían indicar que iba á suceder allí algo terrible.

—Si queréis llevaros á esa muchacha, lleváosla—dijo el sargento mayor, que tenía miedo—; preguntadla si yo la he violentado.

—¿La habéis dicho que sois su padre?—dijo el bufón.

—No.

—Pues mejor.

—No he tenido necesidad de decírselo.

—Y has hecho bien: porque tú no eres su padre, sino una especie de animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...—añadió el bufón con una sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco—; ¿te acuerdas de que una noche llevabas á esa niña recién nacida en los brazos?... ¡Oh! era una noche muy obscura: de repente un hombre se arrojó á ti y te dió tres puñaladas.

Y al decir esto el bufón saltó, se aferró al sargento mayor y le dió una puñalada en el pecho.

Don Juan de Guzmán dió un grito, vaciló y cayó.

Luego el bufón vió que doña Ana corría á una puerta, y la asió de una mano.

Doña Ana cayó de rodillas creyendo llegada su última hora.

El tío Manolillo, sin soltar á doña Ana, dirigió su terrible palabra á don Juan de Guzmán, empuñando aún la daga con que le había herido:

—Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la mano más segura... ¡asesino de mi hermana Margarita! ¡envenenador de la reina Margarita! ¡verdugo de tu hija! ya no cometerás más crímenes.

En efecto, don Juan de Guzmán estaba muerto.

—Y tú, Aniquilla, que te llamas doña Ana; tú, que hace veinte años andabas por las playas de Gijón descalza, cogiendo ostras y buscando á los marineros; tú, aventurera ennoblecida por tu hermosura; tú, miserable, ase de los pies de ese cadáver y pronto, porque no tengo tiempo que perder.

—¿Pero qué va á ser de mí?—exclamó desesperada la hermosa doña Ana.

—Sea lo que el diablo quiera. Tú tendrás en tu casa algún escondrijo...

—¡Los sótanos!—exclamó doña Ana.

—Pues á los sótanos; agarra pronto, si no quieres perderte... concluyamos por el momento, que yo volveré.

—Esperad... esperad... voy á abrir las puertas—dijo con angustia doña Ana—para que nada nos entretenga—y salió y volvió poco después.

Entonces la ramera y el bufón asieron del bandido, y le llevaron.

Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre.

Al fin bajaron al piso bajo, y el bufón señaló un rincón oscuro en una sala lóbrega.

—Dejémosle aquí—dijo.

—Por el amor de Dios—dijo doña Ana—; que no sé cómo vos me conocéis; vos, que cuando no me habéis muerto también, no me aborrecéis, ayudadme á borrar las señales de esta muerte... yo diré á los míos que ese hombre ha salido por el postigo...

—En lo que harás muy bien—dijo el tío Manolillo—será en soltarlos de las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos á pretexto de que se han dejado sorprender: ¡quédate sola, que yo volveré y le enterraremos!... por ahora, adiós! ¡Adiós, que mi conciencia me llama á otra parte!

Y subió de dos en dos los peldaños de una escalera, atravesó algunas habitaciones, y entró en la que Dorotea se encontraba todavía inmóvil y dominada por su mudo dolor.

—Ven conmigo—la dijo el bufón asiéndola de una mano.

—¡Ah! ¿sois vos?

—Ven conmigo... yo te salvaré... yo te consolaré... pero ven, ven... no perdamos un momento.

Y arrastró consigo á la Dorotea, que se dejó conducir maquinalmente, bajó por la escalera principal, pasó por junto al escudero y la dueña que permanecían atados, abrió la puerta, salió y la tornó á cerrar.

Cuando estuvieron en la calle, el bufón dijo á la Dorotea:

—Vuélvete á tu casa, y espérame: yo no te puedo acompañar.

—Pero...

—Ve, ve... hija mía... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvaré de todos; adiós.

Y partió hacia el alcázar.

La Dorotea, atónita, asombrada, sin comprender lo que la sucedía, le vió desaparecer, se envolvió en el manto, y á paso lento, con la cabeza inclinada, pisando lodo, se encaminó á la calle Ancha de San Bernardo.

CAPÍTULO XLVII

DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS OCASIONES

El tío Manolillo corría como alma que lleva el diablo.

Tropezaba acá y allá con las gentes, como un caballo desbocado, las lanzaba un gran trecho ó las dejaba caer y seguía corriendo.

En pocos momentos llegó al alcázar.

Antes de llegar á él vió á Luisa y á Inés que iban envueltas en sus mantos.

Pararon un momento.

—¿A dónde vais?—las dijo con acento amenazador.

—¡A misa...!—contestó temblando Luisa.

—¡A misa! ¿en día de trabajo?...

Pero el bufón recordó que tenía mucha prisa, y tomó de repente el camino de la puerta de las Meninas del alcázar.

Al entrar, salían algunos hombres, y el tío Manolillo tropezó rudamente con uno de ellos.

—¡Qué brutalidad!—dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que había caído al suelo, produciendo un sonido sonoro.

—¡Ah! ¡el alguacil Agustín de Avila!—exclamó el bufón, y pasó por sus ojos un relámpago de muerte.

Pero de repente apretó de nuevo á correr, exclamando:

—Lo otro es primero... la reina... ¡Dios mío!

Y entró en el patio del alcázar.

Allí, de una manera involuntaria, superior á su resistencia, se detuvo de nuevo, y miró á una torre almenada que se veía por cima de las galerías en un ángulo del patio.

Sobre aquellas almenas había un cuerpo de edificio coronado por una montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, había una ventana: en aquella ventana el viento ondeaba un pañuelo encarnado.

—¡Oh! ¡la señal de muerte!—exclamó el bufón.

Y siguió corriendo, subió, no como un hombre sino como una araña que huye, unas escaleras, atravesó como un frenético la galería, y atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta exterior del cuarto de la reina, se lanzó dentro.

Dióse un tremendo pechugón con una persona á la que no arrojó.

Por el contrario le asió, y le detuvo.

—¡Cuerpo de Baco!—exclamó aquel hombre—, ¿venís ú os disparan, tío?

Aquel hombre era don Francisco de Quevedo.

El bufón no le contestó: por cima del hombro de Quevedo había visto un paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una vianda adornada con yerbas verdes.

—¡Allí tal vez!... ¡en aquel plato!...—dijo el bufón—¡soltad, vive Dios, ú os mato!...

—¿Pero estáis loco?... tengo que deciros graves cosas... ¿no me conocéis, tío?

—¡La reina!... ¡la reina!... ¡dejadme, don Francisco!... ¡aquel paje!... ¡es el amante de la Inés!... ¡el pañuelo encarnado está en la ventana!...

—¡Ah!—exclamó Quevedo con una expresión terrible por su horror—¡un paje!... ¡un plato!... ¡el pañuelo!...

Y soltó al bufón, que se lanzó á la puerta de la antecámara.

Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas.

—¡Ah! ¡no me dejáis pasar!...—exclamó el bufón, y asió las alabardas con la fuerza de la zarpa de un león.

Se entabló una lucha.

Quevedo no podía llegar pronto, pero desde donde estaba gritó con la autoridad que sabía dar á su voz en las ocasiones solemnes:

—¡Dejadle pasar! ¡dejadle pasar, de orden del rey!

Al sonido de aquella voz poderosa, á la vista del hábito de Santiago, del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufón.

Quevedo, á pesar de la deformidad de sus pies, que le impedía andar de prisa, corrió.

En la puerta de la cámara de la reina, se entabló otra lucha con los ujieres.

La autoridad de Quevedo fué allí inútil.

El bufón apeló á la fuerza.

Tiró á un ujier á un lado, y á otro á otro, y entró también.

Pero entre la inocente detención causada por Quevedo, la de los tudescos y la de los ujieres, había pasado mucho tiempo.

El paje había desaparecido.

Cuando el bufón entró, se precipitó á la mesa y se arrojó sobre ella.

La reina dió un grito.

El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie.

El tío Manolillo buscó con ansia un plato entre los que cubrían la mesa de la reina, y vió uno solo puesto delante del plato de Margarita de Austria.

Aquel plato estaba adornado con berros.

Era una perdiz que tenía todas las patas.

El bufón le agarró, y al apoderarse de él dijo con una admirable fuerza de espíritu, soltando su hueca carcajada de bufón:

—¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡he ganado! ¡he ganado! ¡para mí! ¡para mí!

Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, dió á correr exclamando:

—¡Para la reina no! ¡para mí!

Y soltó una larga y estridente carcajada que hizo temblar á todos los que la oyeron, y escapó.

—¡Oh! ¡esto es ya demasiado!—dijo la reina.

—Perdonad, señora...—dijo Quevedo—yo no le he podido contener; ¡el tío Manolillo está loco!

Y Quevedo, saludando profundamente á la reina y antes de que ésta, reponiéndose de su sorpresa, le pudiera contestar, salió.

Quevedo buscó inútilmente en la parte baja del alcázar al tío Manolillo, y subió á su aposento, á cuya puerta llamó inútilmente repetidas veces.

Al fin Quevedo gritó:

—Si estáis ahí, tío Manolillo, abrid, hermano, abrid á Quevedo.

Oyéronse violentos pasos y se abrió la puerta.

Apareció el bufón pálido y desencajado.

—¡Entrad! ¡entrad!—exclamó—; entrad y pensemos en la venganza... hoy ha amanecido un día de muerte...

—¡Tenéis sangre en las manos!—exclamó Quevedo...

—¡Es poca!—exclamó el bufón—¡es poca! ¡venid!

Y tiró de Quevedo, le llevó á lo último de su aposento, y le mostró una fuente de plata puesta sobre una mesa.

—Mirad ésto; faltan las pechugas... mirad aquéllo, y señaló en un rincón un pedazo de perdiz, junto á la cual estaba echado, impasible, un gatazo rodado.

...¡para mí! ¡para mí!

—El Chato devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios tenga piedad de la reina!

—¿Y qué hacer?

—¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh! ¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!... ¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos engañado!... pero no... no... el Chato no ha comido... ¡Dios mío!...

—Sois cobarde...—exclamó Quevedo—; suceda lo que quiera, yo voy á buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...

El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato.

Entre tanto, Quevedo había desaparecido.

Un paje de la reina se presentó poco después.

—Tío Manolillo—dijo—, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo.

—Pues ¿qué pasa, hijo?—contestó dominándose el bufón.

—Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar; se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos.

—¿Pechugas de perdiz?...

—Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío.

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Gonzalo.

—¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?

—Sí... al salir... no me veían...

—¿Y quedaba mucho?...

—Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de prisa, porque no me vieran!

El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido.

—¿Y por qué vienes, hijo?—exclamó el tío Manolillo, haciendo un violento esfuerzo para dominar su horror.

—Por la fuente de plata que os habéis traído.

—¿Y comió mucho la reina?

—¡Quia! no... ni el padre Aliaga...

—¿Y te has comido las dos?...

—Sí.

—Ven, hijo mío, ven... ven á las cocinas... voy á darte aceite, que es bueno para que arrojes... ¡Oh! ¡Dios mío!...

—Tengo ansias, tío...

El bufón asió al mozo y le arrastró consigo.

Pero al llegar á las escaleras, el paje dió un grito, avanzó, cayó rodando por las escaleras, y con él la fuente de plata.

El bufón se retiró precipitadamente, fué á su aposento y se puso á rezar por el alma del paje.

CAPÍTULO XLVIII

DE CÓMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS VESTIGIOS SEAN PATENTES

Pasó mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el paje había caído.

Al fin subió una moza de retrete.

La escalera era obscura.

La moza tropezó en la bandeja, que sonó.

Recogióla la moza.

—¡Calla!—dijo—¡una bandeja de plata! ¡y sucia!... ¡llena de grasa! ¿cómo está aquí? La llevaré á la repostería.

Y siguió subiendo, y tropezó de nuevo.

Pero tropezó en un cuerpo humano.

Aquel cuerpo estaba frío.

La moza empezó á dar gritos.

A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre.

Muy pronto corrió la voz de que se había encontrado muerto un paje de la reina en las escaleras de las cocinas.

Y junto á ésta, corrió otra voz no menos escandalosa.

El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas algunas puertas, roto un gran cofre y vacío.

La mujer y la hija del cocinero mayor habían desaparecido.

El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se habían presentado en los lugares de estas dos catástrofes.

A nadie se le ocurrió que entre la muerte del paje y la desaparición de la familia y el robo del cocinero mayor, podía haber una relación íntima.

A nadie se le ocurrió tomar acta de haberse encontrado junto al paje muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina.

Los médicos declararon que, según los vestigios que quedaban en el cadáver, el paje había muerto de repente á consecuencia de un ataque cerebral.

Y tenían razón: porque el veneno que Guzmán había dado á Luisa, y Luisa al galopín Aldaba, y el galopín Aldaba al paje rubio, y éste á la mesa de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, había obrado sobre el cerebro de este último produciéndole una violenta congestión.

El paje fué conducido al depósito de muertos de la parroquia de Santa María.

La fuente de plata entregada en la repostería y lavada.

Los únicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en el cuarto del bufón.

Y el bufón, vuelto al fin en sí de tan violentas impresiones, se lavaba las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se lavaba en la repostería.

Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, á quien se había dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor, hacían extender testimonio á un escribano de cómo:

«El día 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aquí el largo fárrago curial), yo el infrascrito, entré con su excelencia el señor mayordomo mayor del rey y con su señoría el señor alcaide de palacio y con los señores Lope Ríos y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que en palacio habita el señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad el rey nuestro señor, que Dios guarde, y los expresados y el infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitación hallamos, á más de los muebles conocidos del uso de dicho Montiño y su familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se veían señales de haberle querido forzar, el cual cofre fué entregado en depósito al excelentísimo señor mayordomo mayor. Y entrados en el siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de ropas esparcidas, con más un ejemplar impreso del arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería que ha compuesto el dicho cocinero mayor; y pasando á las otras habitaciones, las hallamos en el mismo desorden, y á la ventana de una de ellas, atado un pañuelo encarnado de algodón; y en otra habitación más interior hallamos un gran cofre descerrajado á viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vacío y sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto á ganancia; y otrosí: halláronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aquéllas y éste, hallóse ser de la marca que mandan las pragmáticas; y otrosí: acá y allá esparcidos halláronse seis doblones de á ocho y cuatro escudos de cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y efectos se hizo el inventario adjunto y quedó entregado de todo el dicho excelentísimo señor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relación presente de que doy fe. En testimonio de verdad.—Pero Ponce Lucas.»

Libróse asimismo testimonio de haber desaparecido:

Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Inés Martínez.

De las cocinas, el galopín Cosme Aldaba.

De la servidumbre de la reina, el paje Cristóbal Cuero.

Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averiguó que la cocinera tenía un amante, que se llamaba Juan de Guzmán.

Que el paje Cristóbal Cuero era el amante de la Inés Martínez.

Que el galopín Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con los otros, que había sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer le había enviado á las cocinas.

En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello conocimiento el rey, mandó su majestad que esta sumaria pasase á un alcalde, el cual alcalde mandó que fuesen presos donde fuesen habidos los expresados don Juan de Guzmán, Luisa Robles, Inés Martínez, Cosme Aldaba y Cristóbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del cocinero mayor de su majestad.

Pero en cuanto á la entrada exabrupta del tío Manolillo en la cámara de la reina, tomóse á gracia y la misma Margarita de Austria cambió su enojo en risa.

Y en cuanto á lo del paje, creyóse en lo de la muerte casual y violenta y se le enterró; diéronse á su madre de orden del rey ciertos maravedises para lutos; diéronse otros á un capellán para que dijera misas por el alma del difunto y no se habló más de ello, ni á nadie se le ocurrió pensar en venenos ni asesinatos.

Sabían el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufón y Dios, que lo sabe todo.

CAPÍTULO XLIX

DE CÓMO LA DUQUESA DE GANDÍA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABÍAN DADO «LOS MIEDOS DE SAN ANTÓN»

Doña Clara Soldevilla era feliz.

Feliz de una manera suprema.

Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad.

Apenas si había hecho, desde que había salido aquella mañana de su aposento su marido, más que pensar en él, sentada en un sillón junto al brasero.

Ya bien entrado el día creyó que era un deber suyo dar parte á su padre de lo que le acontecía, y tomó la pluma para escribir una larga carta.

Pero una vez puesta á ello sólo pudo escribir lo siguiente:

«Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado á casarme; pero al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don Juan Téllez Girón. No puedo escribiros más, mi buen padre. Estoy aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendición, señor, á vuestra hija que os ama y queda rogando á Dios por vuestra vida.—Clara

Cerró esta carta y llamó.

—Que venga al momento Anselmo—dijo.

Presentóse poco después un escudero como de cincuenta años.

—Monta al momento á caballo, mi buen Anselmo—dijo Clara—, y ve á llevar á mi padre esta carta.

—¿Pues qué sucede, señora?—dijo Anselmo cuidadoso, porque era un antiguo criado de la casa.

—Sucede que doy á mi padre la noticia de mi casamiento.

—¡Cómo! ¿La señora se casa?

—Me he casado ya.

—¿De secreto?

—No, por cierto; me casé anoche delante de testigos en la capilla real.

El escudero se puso pálido y no se atrevió á preguntar más.

—Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no ha venido.

En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de ceremonia.

—¡Ah, doña María!—exclamó la joven.

—Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas...

—¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña María.

—No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía. Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho.

—¡Oh, sí! ¡gracias á Dios!

—¿Conque casada?

—Anoche...

—¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre!

—En cambio, señora, conoceréis al marido.

—Pues vestíos, vestíos, doña Clara; dentro de poco vendrán por vos y por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la duquesa de Gandía representando á la reina, como que son vuestros padrinos. Además, permitidme un momento—y doña María salió y volvió á entrar trayendo un cofrecillo en las manos—, la reina me encarga que os prendáis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy bello... su majestad os ama mucho.

—No sé cómo pagar á su majestad... y siento, siento mucho no poder complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo.

—¡Ah! ¿Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. ¿Y seréis tan reservada respecto á vuestras galas de novia, como respecto á vuestros amores?

—¡Ay, Dios mío, no! Si queréis ver antes que nadie esas joyas, os daré gusto. Isabel.

Apareció una doncella.

—Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sándalo donde yo guardo mis alhajas. ¿Y decís—continuó doña Clara—que la duquesa de Gandía vendrá por nosotros como madrina en nombre de la reina?

—Así me lo ha dicho su majestad.

—Ved el aderezo de que os he hablado—dijo doña Clara, abriendo el cofre.

Doña María, que había sabido con envidia el casamiento de doña Clara con un joven capitán de la guardia española, y con disgusto su nombramiento de dama de honor, que las igualaba á entrambas, vió con despecho las ricas alhajas que la mostró doña Clara con la mayor lisura, sin alegría y sin orgullo.

—Sois completamente afortunada—dijo—, y os repito mis enhorabuenas. Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traía, y me espera su majestad—y salió.

Apenas había salido doña María, cuando entró una doncella.

—Señora—dijo—, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no acostumbrábais á recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que estaba seguro que vos le recibiríais.

—¿Cómo se llama ese caballero?

—Se llama don Juan... don Juan...

—¿Téllez Girón?

—Eso es.

—Pues que entre al momento.

—¿Llamo á vuestra dueña?

—No.

La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas de hombre.

Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió.

Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora.

—¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!—dijo doña Clara, mirando arrobada al joven—. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas que me has regalado.

La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.

Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la dueña cojitranqueando, y dijo:

—Todo el mundo al cuarto de la señora.

El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.

Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la joven.

Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el sombrero puesto.

Como el señor en su casa.

Los criados miraban á don Juan con asombro.

—Amigos míos—dijo doña Clara—, anoche, mientras vosotros dormíais, apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo.

—Sea por muchos años—exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el más autorizado—; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa merced se casó...

—Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también; ahora idos; quedáos vosotras—añadió, dirigiéndose á las doncellas—; necesito vestirme.

Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por otra.

Quedóse solo el joven.

Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por ser la expresión de su semblante.

La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite:

—Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero, tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro no hubiera ganado tal vez en años.

Y cuando don Juan la replicaba:

—¿Y si la suerte nos hubiese separado?

—No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al recordaros.

Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la besaba y exclamaba entre aquel beso:

—¡Oh, bendita seas!

No podía ser más feliz don Juan.

Y esta felicidad le había hecho grave.

Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración.

Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos mujeres.

La aspiración era por su madre.

Don Juan sabía que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre.

El remordimiento estaba representado por Dorotea.

Doña Clara, después de haber asegurado, jurado el joven, que á nadie amaba más que á ella, no le había vuelto á hablar de la Dorotea.

La Dorotea era una cosa pasada, olvidada.

Su deber le prohibía volver á los amores de la comedianta.

Y, sin embargo, don Juan sabía que la Dorotea le amaba; que le amaba con toda su alma, que él había sido para ella una especie de regeneración; que, en una palabra, en la Dorotea se había abierto para él un alma tan virgen como la de doña Clara.

La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego... digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...

Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no podía dominarle, no podía recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea pasaba al misterio de su madre...

Don Juan estaba muy de mal humor.

Y cuando se hallaba en uno de sus momentos más tétricos se abrió la puerta, y uno de los pajes dijo:

—Señor, la duquesa de Gandía.

Don Juan se quitó el sombrero, lo arrojó precipitadamente sobre la mesa, y salió al encuentro de la duquesa.

Doña Juana de Velasco entró vestida, por decirlo así, de pontifical, y contrariada, sumamente contrariada.

Su orgullo estaba lastimado.

Un mandato expreso de la reina, la obligaba á presentarse como madrina en el cuarto de una joven dama de honor, á quien, como sabemos, tenía ojeriza, á quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma.

Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer.

Lo que por otra parte contrariaba grandemente á la duquesa, era que el encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma.

Así es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto.

Don Juan la saludó profundamente.

—¿Sois vos el novio, no es esto?—dijo sentándose en un sillón y mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado á un ayuda de cámara.

—Sí, señora; yo soy—dijo don Juan, templando su acento al tono del de la duquesa, porque en orgullo no cedía á nadie—; yo soy el marido de doña Clara.

—No os conozco—dijo la duquesa—y, sin embargo, vestís como noble y lleváis hábito, lo que nada prueba, porque hoy se da á todo el mundo una encomienda.

—Me llamo don Juan Téllez Girón, señora.

—¿Sois pariente de don Pedro?

—Soy su hijo...

—¡Su hijo!... No conozco ningún hijo del duque que se llame Juan.

—Soy su hijo bastardo...

—¡Ah! ya decía yo...

—Pero es un bravo mozo, está reconocido por su padre—, digo, según me han dicho—, y ha hecho grandes servicios á su majestad—dijo un caballero que acababa de entrar.

—¡Ah! ¿sois vos, don Gaspar?—dijo la duquesa con sobreceño.

—Pésame mucho, mi señora doña Juana—dijo el llamado don Gaspar—, de que su majestad se haya acordado de mí para representarle en este padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el mismo objeto. Ya sé que no me queréis bien, y lo siento, porque yo os estimo.

La duquesa se mordió los labios y no contestó.

—¿Y esa hermosa señora?—dijo el conde de Olivares dirigiéndose al joven, y le dió la mano.

El Conde de Olivares.

—Se viste en este momento, señor conde—dijo don Juan.

—¡Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecerá un cielo. Os doy la enhorabuena, amigo, y veo que no me habéis olvidado. Hace tres días ignorábais... creo que ignorábais...

—Ciertamente, señor conde.

—Pero no os habéis olvidado de mí... me alegro... soy vuestro amigo... nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos á su majestad. ¿Y... vuestro tío?—añadió sonriendo el conde—. ¡Pobre Francisco Montiño! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debéis olvidar eso y tender las alas, que las tenéis poderosas. Aprovecho esta ocasión para ofrecerme todo entero á vos; después que con vuestra esposa hayáis sido presentado á la corte, el capitán general de la guardia española y yo os presentaremos á vuestra brava compañía de arcabuceros.

—Gracias, señor conde.

—Pero me parece que vuestra esposa se acerca.

En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura, llevaba un magnífico aderezo completo.

—¡Señora duquesa! ¡señor conde!—exclamó la joven dirigiéndose á ellos—¡cuánto siento haberos hecho esperar!

Pero de repente doña Clara se detuvo.

Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella.

Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba.

—¡Qué joyas tan hermosas!—dijo—; sobre todo... ese collar de perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese relicario...

La joven se acercó á la duquesa.

Doña Juana volvió el relicario.

Su mano temblaba.

—¿Quién os dado esas joyas?—dijo en voz baja y rápida á doña Clara.

—Mi marido, señora—contestó en voz muy baja y profundamente conmovida doña Clara.

—¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?...

—Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre.

—¡Ah!—exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de doña Clara.

—¿Qué es eso, mi buena duquesa?—dijo con gran interés el conde de Olivares.

—Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero—añadió dirigiéndose á Juan—, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo sostenerme... y sus majestades esperan.

—¡Ah! señora—contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento de la duquesa había cambiado enteramente para él.

Y la dió el brazo.

Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía.

Doña Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué sucede aquí?—murmuró don Gaspar de Guzmán dando el brazo á doña Clara.

Y siguió hacia una puerta por donde se había llevado la duquesa de Gandía á don Juan.

Se dirigían por el interior de las habitaciones á la cámara pública de audiencia.

La duquesa iba de prisa.

Al pasar por una galería obscura, la duquesa, que iba muy delante del conde de Olivares y de doña Clara, dijo con acento cortado:

—Por piedad, caballero, no me engañéis; ¿por qué habéis querido que vuestra esposa se ponga esas joyas hoy?

—Porque... va á ser presentada á la corte, y en la corte puede estar mi madre—dijo balbuceando el joven.

—¿Y amáis mucho á vuestra madre?—dijo llorando la duquesa.

—¡Por Dios, señora! ¡por vuestro honor!... vamos á salir á los salones.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

Y deteniéndose de repente, asió la cabeza de don Juan y le besó en la boca.

Después apresuró el paso.

Cuando salió á los salones, se mostraba serena; pero severa, sombría.

Poco después los novios y los que representaban como padrinos á los reyes, fueron presentados á éstos.

Después doña Clara tomó la almohada de dama de honor.

Cuando el conde de Olivares se llevaba á don Juan para presentarle á su compañía de arcabuceros de la guardia española, la duquesa le dijo:

—Espero que iréis, en cuanto estéis libre, con vuestra esposa á mi casa.

—Iré, señora, iré.

Y el joven salió.

CAPÍTULO L

DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS

Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara salieron una hora después del alcázar en una litera.

Era la litera enorme.

Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban vacíos.

Entrambos iban silenciosos y pensativos.

De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula delantera:

—¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda!

El lacayo paró.

Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales.

Don Juan abrió la portezuela.

—¿Es decir, que quepo?—dijo don Francisco de Quevedo.

—Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que llueve.

—Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis vos—dijo Quevedo entrando—, no ha cesado ni un punto de llover; hambre tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando, y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais?

—Casa de la duquesa de Gandía.

—¿Vais casa... de la duquesa?...—dijo Quevedo con acento hueco á doña Clara.

—Yo no he tenido la culpa—dijo la joven.

—¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?—dijo don Juan.

—Don Francisco lo sabe todo.

—¡Cómo! ¡sabéis!...

—Sí por cierto, sé...

Y Quevedo se detuvo.

—Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre...

—¿Os ha dicho acaso mi padre?...

—Sí, sí... vuestro padre... eso es...—dijo Quevedo, que no quería que don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto.

—Mi padre ha hecho mal...—dijo don Juan.

—¡Joven!—exclamó severamente Quevedo—; secretos hay entre vuestro padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina?

—Buena y contenta—contestó doña Clara.

—¿Y no está pálida?

—Nunca ha tenido más hermosos colores.

—Pues que paren la litera.

—Pero yo no os entiendo—dijo don Juan.

—Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós.

Y abrió la portezuela.

—Para—dijo al lacayo.

La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar.

Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió.

Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró.

Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos:

—¡Don Francisco de Quevedo!

—Haced, señora, que me den tintero y papel—dijo Quevedo entrando.

—Os lo daré yo—dijo la condesa—. ¿Pero qué es esto, amigo mío?—dijo cuando quedaron solos.

—Esto es, que como no tengo más casa que la vuestra, ni más alma que vuestra alma, aquí me vengo á hacer mis cosas; por delante, es decir, por el zaguán, cuando es de día; por detrás, cuando es de noche. Vos me fortificáis y me consoláis... y yo me convierto en niño para vos; pero dejadme que sea por algún tiempo hombre y cumpla con mi obligación; que escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me espere.

—¡Cómo! ¿os vais, don Francisco?

—Y me alegro.

—No digáis eso, porque creeré...

—Debéis creer que os amo mucho.

—Tenéisme vuestra....

—Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo mía, os lo digo: que si yo no os amara... Oíd: el alma... lo que se llama alma, tiene más de una corcova.

—No os entiendo.

—Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es enderezar su alma.

—¡Ah!

—Si vos no fuérais quien sois...

—Don Francisco—dijo la condesa—, mirarlo debísteis antes; vos me caísteis como llovido.

—En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. Así estoy yo de calado; el agua me llega ya á las narices, y á poco más me ahogo. Pero dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este diluvio, dejadme que fabrique mi barca.

—Y esa barca...

—Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y habéos de salvar por mi huída, y á más han de salvarse ciertos recién casados, que no andan muy seguros...

—¿Conque es cosa decidida?...—dijo de mal talante la condesa.

—Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algún loco ha de haber con barruntos de juicio. Si sólo se tratara del conde mi señor... merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doña Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie; búscanse, se juntan, se acarician, por más que los cuerpos que las aprisionan anden lejos... y la memoria... ¡bendiga Dios la memoria, consuelo de desterrados!...

—Tormento de mal nacidos...

—¿Por mal nacida os tenéis?

—Mal nace quien nace para penar.

—Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora, como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué tanto.

—¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!—dijo la de Lemos levantándose y sacando papel de un cajón.

—Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.

La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar de espaldas á Quevedo.

Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:

«Señor:

»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que ya sabéis que en lo de garlar soy duro, y no se me pone tan fácilmente en el ansia. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos, que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle, y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros, que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.—Guarde Dios á vuecencia.

Don Francisco de Quevedo.»

Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina.

—¿Lloráis?—la dijo.

—¿No os basta que os esconda mis lágrimas—dijo la condesa—, sino que venís á buscarlas?

—Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan de mi pecho las lágrimas que me hinchan.

—¿Pero no volveréis?

—No.

—Pues... adiós...

—Adiós...

La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote distraído.

—Si me ama—dijo—es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama, otro vendrá y le enjugará los ojos.

Y haciendo un nuevo ademán que podía traducirse por la frase: adelante, enérgicamente pronunciada, salió á paso lento de la casa.

Quevedo había tomado su resolución, y dejaba abandonado á tiempo un instrumento que ya no le servía.

CAPÍTULO LI

EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HÉROE DE NUESTRO CUENTO

El padre Aliaga salió del alcázar inmediatamente después de haberse turbado de una manera tan extraña, por el tío Manolillo, el almuerzo de la reina.

El confesor del rey estaba aturdido con lo que le acontecía.

El bufón había llegado á hacerse para él un gigante.

Aquel hombre había leído en su alma.

Aquel hombre había visto su fondo tenebroso.

Además, el hombre que se había creído amado por la reina, don Juan Téllez Girón, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que se había casado con doña Clara Soldevilla para cubrir acaso á Margarita de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roía el alma del padre Aliaga.

Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso.

Y los celosos desconfían de todo, y aun en el mismo sol ven sombras.

El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor.

Porque tenía celos.

De modo que, el mísero de Francisco Martínez Montiño, estaba constantemente pagando pecados de otros.

El alguacil del Santo Oficio le había llevado en derechura al convento de Atocha, le había metido en la celda, y se había quedado guardándole por fuera.

Cuando se vió allí Montiño, respiró un tanto.

—Vamos—dijo—, estos son asuntos del inquisidor general. ¿Pero y mis asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y había en mi casa un no sé qué... yo estoy en ascuas... ¡y cuánto tarda el padre Aliaga! ¡Dios mío!

Y el pobre Montiño tuvo que esperar más de tres horas, esto es, desde las ocho hasta las once, sin atreverse á moverse del rincón de una de las vidrieras de los balcones de la celda donde se había pegado, viendo cómo caía el agua continua sobre la tierra de la huerta.

El ver llover da tristeza.

El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso más triste aún.

Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato.

Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo, como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que envolvía su alma.

Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia.

De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó fuertemente en su hombro.

Encontró delante de sí al padre Aliaga.

Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño.

—¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?—le dijo.

—¡Porque me lo robaron!—exclamó todo lagrimoso, asustado y empequeñecido el cocinero mayor.

—¡Que os lo robaron!

—Sí, señor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo robaron... es decir, sí me lo robaron...

—Tranquilizáos, Montiño, porque estáis diciendo disparates.

—Es que vuestra señoría me está mirando con unos ojos...

El padre Aliaga comprendió que el cocinero mayor estaba bastante asustado para que fuese necesario asustarle más, y que seguir asustándole sería dar motivo á que no dijese una palabra con concierto.

—Vamos, vamos; no os he hecho venir...

—Perdone vuestra señoría; me han traído preso.

—Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para que viniérais. No pretendo haceros mal alguno.

—Así fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres días todos me están haciendo daño.

—Tranquilizáos, que yo os protegeré contra todos.

—¿Y mi mujer y mi hija? ¿Y el galopín Cosme Aldaba? ¿Y don Juan de Guzmán?—dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo.

—Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y si tenéis apetito pediré de almorzar.

—No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si no me encuentro al tío Manolillo que me animó...

—¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo?

—Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña.

El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese por cálculo, vomitaba todo lo que sabía.

—¡Ah!—dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser impenetrable y benévola—¿conque esa comedianta entró con el sargento mayor en casa de doña Ana?

—Sí, señor.

-¿Y el tío Manolillo?

—Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.

—¿Y luego?

—Luego, el tío Manolillo se fué á la casa de doña Ana, llamó...

—¿Luego conoce?...

—Debe conocer, porque le abrieron.

—¿Y vos?...

—Yo me fuí al alcázar: llegaba á él, cuando me prendieron.

—Os trajeron... Montiño.

—Yo digo que me prendieron, y aunque alegué que tenía que estar á la mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el alguacil que me prendió, sólo me dejó dar una vuelta por las cocinas, y llevar á mi casa el cofre, el famoso cofre, que había dejado en una portería por irme con el tío Manolillo.

—¿Pues no decíais que os habían robado el tal cofre?

—Sí; sí, señor; me lo robaron.

—¿Y cómo le recobrásteis?

—No le recobré yo.

—¿Pues quién fué?

—Ese caballero, que no sé por qué razón acertó á venir con dos amigos por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre.

—¡Don Juan Téllez Girón!

—¡Ah! ¿sabéis ya cómo se llama?

—Anoche le casé.

—¡Que le casásteis!

—Sí, con doña Clara Soldevilla.

—Pero, señor, ese mancebo ha caído de pies en la corte, todas le aman.

—Sigamos, sigamos—dijo el confesor del rey con voz ronca—. Le casé, y al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Téllez Girón.

—Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó.

—¿Y por qué no vinísteis?

—Tenía miedo.

—¿Qué hicísteis, pues?

—Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.

—De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con verdad.

—Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis, que bien he menester de amparo.

—Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis?

—En el convento, por la carta de la madre Misericordia.

—¿Y luego?

—Fuí á casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa.

—¿De modo, que?...

—Tengo todavía en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el duque, y otra carta de la misma madre para vos.

—Dadme, dadme.

—Tomad, señor.

El padre Aliaga abrió la carta dirigida á él, y encontró todo el fárrago que nuestros lectores conocen.

—¡Ah! ¡ah!—dijo el padre Aliaga para sí—; ¿conque la de Lemos y Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? ¡se aman! ¡Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de la reina!

El padre Aliaga se quedó profundamente pensativo y guardó la carta de la abadesa.

—Llevaréis esta otra al duque de Lerma—dijo el padre Aliaga devolviendo á Montiño la carta que la noche antes había escrito la madre Misericordia para su tío, bajo la presión del temor causado en ella por el Santo Oficio.

El cocinero se levantó súbitamente, porque le tardaba en verse en libertad.

—Esperad, esperad todavía.

Montiño volvió á sentarse con pena.

—Cualquier cosa que os suceda, la remediaré yo, y si no puedo remediarla, procuraré satisfaceros lo mejor posible.

—¡Ah! ¡señor! ¡Dios se lo pague á vuestra señoría!

—¿Para cuándo ha citado doña Ana de Acuña al duque de Lerma?

—Al duque de Lerma, no—dijo en una suave advertencia el cocinero.

—Al rey... eso es... es lo mismo... ¿cuándo debe ir el duque de Lerma á hacer el papel del rey en casa de esa mujer?

—Tengo que avisarla.

—Id á llevar esta carta al duque.

Montiño se levantó de nuevo.

—Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme.

—Avisaré á vuestra señoría de todo.

—Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese posible de cuanto haga ese don Juan.

—Serviré fielmente á vuestra señoría.

—Y como os quejáis de haber hecho gastos...

—Yo no me he quejado, aunque los he hecho...

—Tomad.

El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al cocinero.

—¡Ah! ¡señor!—dijo Montiño—; yo no tomaría esto, si no fuera porque estoy pobre.

Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo.

—Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen.

—No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy... voy á dar una vuelta por mi casa...

—Id con Dios.

Montiño salió desolado.

A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en pocos minutos.

Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras más próximas y subió á saltos los peldaños.

Cuando llegó á su puerta, llamó.

Nadie le contestó.

Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio.

Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había visto.

Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo siguiente:

NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR

Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan terrible efecto como le causó la vista de aquel papel.

Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata.

—¡Vamos, señor!—dijo—he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa, me he venido á otra puerta.

Y siguió el corredor adelante.

Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor de su vivienda.

Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á llamar, pero de una manera desesperada.

—¡Sí, sí!—exclamó—; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío!

El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró en la cocina.

Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros.

De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos.

Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma:

—¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija?

Por el momento nadie le contestó.

Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo:

—Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.

—¿Pero qué ha pasado?—gritó con más desesperación, con más miedo, con más horror Montiño.

—Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y robado.

—¡Robado!

Y aquel robado, no fué un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco, porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el terror, la muerte, el fin de todo, la agonía, cuanto puede sentir y sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor.

Luego dejó caer los brazos y la cabeza, y repitió aquel ¡robado!, pero de una manera ronca, grave, semejante á la preparación del rugido del león.

Y luego, llorando como un muchacho á quien han roto su botijo, y teme la cólera de su madre, repitió la frase ¡robado! y dió á correr sin saber á dónde, como un gato espantado, tropezando en todo, dándose en las paredes.

De repente se sintió asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado dentro de un aposento.

Luego se oyó la llave de una puerta, y le arrastraron á otro aposento.

Y al fin Montiño se vió delante del tío Manolillo, que con los ojos como brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la cual había algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el caparazón de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba.

—¡Rezad á Dios por el alma de un difunto!—exclamó con voz concentrada el bufón—¡rogad á Dios! cocinero de su majestad.

—¡Cosme Aldaba!—exclamó Montiño, y cayó de rodillas y con las manos juntas á los pies del bufón.

CAPÍTULO LII

DE CÓMO EMPEZÓ Á SER OTRO EL COCINERO MAYOR

«Un clavo saca otro clavo», se dice vulgarmente.

Un nuevo terror disipó el anterior terror de Montiño.

Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del tío Manolillo, le devoraba, le mordía, le magullaba el alma, por decirlo así.

Pálido, contraído, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos, desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos, erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que sentía; detrás de aquella perdiz verde veía un cadáver... el cadáver de la reina, y detrás del cadáver de la reina, los dos palos escuetos y rojos de la horca.

—¡Infame Cosme Aldaba!—exclamaba con un acento indefinible—. ¡Infame Cosme Aldaba!... ¡él ha sido!... ¡yo no!... ¡yo no!... ¡no he parecido por las cocinas en dos días!

—¡Pero habéis sido ciego... miserablemente ciego!...—exclamó con acento de desprecio y de cólera el bufón—habéis sido ciego, y por vuestra ceguera ese infame Guzmán ha podido volver loca á vuestra esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por vos... por haber sido tonto.

—¡Oh Dios mío! pero su majestad...

—Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina—dijo el bufón.

—¿Pero ese difunto... ese difunto de que hablábais?...—dijo Montiño levantándose.

—Ha sido un paje.

—¡Ah!—exclamó el cocinero—¡un paje!...

—Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga.

—El padre Aliaga está perfectamente bueno—exclamó con alegría el cocinero mayor.

—¿Que está bueno el padre Aliaga?...

—¡Sí, acabo de hablar con él!

—¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido Dios que el golpe se hubiese frustrado!...

—¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...—exclamó el cocinero—¡porque Dios no querrá que nos ahorquen inocentes!

La horca era el pensamiento fijo de Montiño.

—¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro.

—¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos envenenados de la perdiz!

—Tenéis razón, tenéis razón, Montiño—dijo el bufón-; pero esto desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro.

Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida, el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con los restos de la perdiz.

—¿Y no queda más señal que esa?—dijo el cocinero viendo arder con ansiedad la escudilla.

—No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto... Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie sospeche; cuando le hayan enterrado....

—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija!

—¿Aún amáis á vuestra mujer?...

—No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria... y luego el hijo que lleva en el seno...

—Vos nunca habéis tenido hijos.

—¡Cómo! ¿No es hija mía Inés?

—Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

—De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado.

—¡Pero se ha escapado robándome!...—exclamó en una de sus acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.

—¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí.

—No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme.

—Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del mayordomo mayor.

—¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!—exclamó con una rabia angustiosa el cocinero mayor—; me roban á mí, encuentran su dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.

—En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño.

—Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras llueva no cesarán las desdichas.

—Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos.

Púsose el bufón una caperuza, envolvióse en una capilla, salió de su aposento con Montiño y cerró la puerta con llave, murmurando:

—Ahí te quedas, terrible secreto; tú, aposento miserable del bufón, no hablarás, como tampoco hablará la tumba del paje. Vamos, Montiño, vamos; ¿pero á dónde vais?

—A las cocinas. ¿Queréis que cuando me veo arruinado, abandone el único recurso que me queda?

—¡Dios ayude al bolsillo de su majestad!

—¡Otros diez años de cocinero, solo, triste, viejo!... ¡Otros diez años para reunir la décima parte de lo que me han robado!—exclamó Montiño con desesperación.

Y no habló una palabra más hasta llegar á las cocinas.

Ni allí habló otras palabras, que las referentes al servicio.

Lo miró todo, lo inspeccionó todo, dió órdenes, y todos le escucharon con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque á pesar de que el desdichado no decía una sola palabra de su desgracia, ni nadie se atrevía á recordársela, su rostro estaba espantoso.

Se pintaba en él no sólo una desesperación profunda, sino el principio de una insensatez horrible.

Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas habían como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habíase afilado su nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repetía una misma orden, é iba de acá para allá, volviendo siempre á un mismo punto.

Hasta su voz se había alterado.

Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:

—¡Pobre señor Francisco! ¡está loco!

Y aquella palabra loco retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida por todos.

Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón:

—Vamos á donde vos queráis—le dijo—; afortunadamente entre tanta desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me despedirán... tendrán lástima de mí...

—¡Infeliz!—murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo.

Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar.

CAPÍTULO LIII

EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFÓN DEL REY

El tío Manolillo había aceptado la situación.

Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí mismo, y se había dominado.

Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio:

—Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada... no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca... Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo... es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo.

Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir.

Pero no aconteció lo mismo á Montiño.

Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí.

Bastaba ver su semblante para comprender su situación.

—¡Mi dinero! ¡mi mujer!

Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus labios.

Hécuba, la desventurada esposa de Príamo, la madre sin hijos, la reina esclava, no tuvo nunca el corazón tan desgarrado como lo tenía en aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe III.

Cuando salieron del alcázar, continuaba lloviendo ni más ni menos que como tres días antes de entrar don Juan Girón en Madrid.

Montiño no sintió la lluvia.

Pero el bufón, que tenía sobre sí un dominio inmenso, apresuró el paso para ponerse cuanto antes á cubierto de ella.

El cocinero mayor se quedó atrás.

—¡Eh! ¡señor Francisco!—dijo el bufón—; ¿en qué pensáis? andad de prisa, amigo mío, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el tiempo... y sobre todo... si queréis que se os haga justicia...

—¡Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; ¡á Dios la pido! ¡á Dios clamo por ella!... y estaré clamando hasta que la consiga...

—Pues aligerad.

—¿A dónde me lleváis?

—A casa de otra alma desconsolada.

—No hay alma más desconsolada que la mía.

—¡Quién sabe, Montiño! ¡quién sabe! pero andad, andad.

—¿Y quién es esa otra alma desconsolada?

—Una mujer que está enamorada de vuestro sobrino.

—¡Ah! ¿y quién es?

—La Dorotea.

—¡La querida del duque de Lerma!

—Eso es.

—¡Y esa mujer...!

—Está loca por don Juan.

—¿Y esa mujer puede...?

—Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis.

Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible.

—Vamos, pues, vamos—dijo Montiño alentando una esperanza—; ¿y está muy lejos la casa de esa comedianta?

—No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.

—Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo.

—Y dentro de poco estaremos á su puerta.

En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea.

Salió á abrir Casilda.

—¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!—dijo la joven—; no sabíamos qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es ese que viene con vos?

—Es un amigo.

—No creo que esté la señora en disposición de que nadie extraño la vea.

—¡No importa! ¡no importa! entrad, señor Francisco, entrad—dijo el bufón viendo que Montiño se había detenido al escuchar la observación de la criada.

—Vamos á juntarnos dos locos, por lo que veo—dijo entrando Montiño.

Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las mesas.

Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnífico equipaje de comedianta pagado por un gran señor.

—¡Ah!—dijo Montiño—, bien se conoce que aquí no ha habido ladrones.

La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de acá para allá pálida, sombría, llorosa, sin acuerdo de lo que hacía, obrando maquinalmente, irritada, poseída por una pasión tremenda.

No vió ni al tío Manolillo ni á Montiño.

El bufón adelantó, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie, inmóvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con el otro brazo abandonado á lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de una estatua pagana, representando á una mujer maldecida por los dioses y meditando de una manera terrible, blasfema é impía, sobre la causa de su desgracia.

El bufón se acercó á ella.

—¿En qué piensas, hija mía?—la dijo.

—¡Yo no sé!—contestó con acento de desesperación Dorotea.

—¡Pero estos cofres, estas ropas!

—Es necesario huir de aquí...

—¡Huir! ¿y á dónde?...

—¿A dónde? ¡No lo sé! ¡no he pensado en ello!

Guardó un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolución terrible:

—¡Sí; sí, sé á dónde! ¡á un lugar donde pueda ocultarme!... ¡donde nadie sepa que estoy!... ¡pero cerca de él! ¡cerca de ella! ¡á un lugar desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa, envuelta en mi manto... sola con mi venganza! ¡No sé dónde! ¡pero no importa! ¡cuando haya vendido todo esto!... ¡lo estoy sacando de los cofres para venderlo!... ¡cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis diamantes, estén reducidos á dinero!... ¡porque para vengarme es menester dinero!... ¡entonces!... ¡entonces!... ¡saldré de esta casa... y encontraré donde ocultarme! ¡oh! ¡sí! ¡villano! ¡infame! ¡hacerme conocer el amor y abandonarme!

—¡Pero no os ha robado!—dijo el cocinero mayor, que tenía el amor propio de creer que era la suya la desgracia mayor que podía acontecer á un mortal.

—¿Que no me ha robado?—gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor—, ¿que no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón?

—Os queda á lo menos dinero para vengaros.

—Vamos, vamos—dijo el bufón—; esto es una locura, Dorotea... tú no has pensado, tú no has meditado.

—Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha casado con otra...

—Debes, pues, despreciarle.

—No se desprecia lo que se ama.

—Lo mismo digo yo—exclamó Montiño.

—Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene que ver lo que á vos os sucede?...

—¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija...

—¡Cómo!—exclamó Dorotea—; ¿vos también, pobre señor, habéis sido ultrajado... abandonado... insultado?...

—¡Oh! sí; sí, señora—dijo plañideramente Montiño—; abandonado... ultrajado y robado.

—¡Vengáos!—exclamó roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y continuando en su exhibición de trajes de los cofres á las sillas.

—No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero...

—¿Quién es ese?—dijo la Dorotea escandalizándose de que un hombre en tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor.

—Es Francisco Martínez Montiño—dijo el bufón.

—¡Cómo! ¡su tío!

—¿Tío de quién?—exclamó el cocinero...

—De Juan Montiño.

—De don Juan Téllez Girón, querréis decir, señora—dijo el cocinero mayor.

—De Juan Montiño digo—repitió con impaciencia la Dorotea.

—Juan Montiño, hija mía—dijo dolorosamente el tío Manolillo—, es don Juan Téllez Girón.

Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y exclamó con acento opaco:

—¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente... matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo me vengue!...

—Sí, es necesario que te vengues—dijo el bufón, que enloquecía por Dorotea—; si no es necesario que me vengue yo...

—¡Vos!—exclamó la joven—; ¡os ha hecho también desgraciado ese hombre!

—¡Oh! sí, ¡muy desgraciado!

—Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la mía—dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su desgracia era la mayor de las desgracias posibles.

—¡Oye!—exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea—; oye... y oye tú sola—añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño, desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un cofre cerrado aún—: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo, viento, nada, comparadas con las mías.

Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca.

La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse.

—No, no; escucha—dijo el bufón—; es necesario que escuches: es necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario que lo conozcas para que comprendas que, á pesar de lo que acontece, de lo que te desespera, de lo que te hace creerte la más desventurada de las criaturas, tu infierno, comparado con el mío, es la gloria; tu amargura, comparada con la mía, es miel; tu desgracia, comparada con la mía, es una ventura envidiable.

Y la voz del bufón al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi imperceptible, y á pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las entonaciones, todas las gradaciones de la pasión.

Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasión viva.

—Oye, la dijo el bufón—: yo amo.

Y pronunció de tal manera estas palabras, miró de tal manera al pronunciar estas palabras á la joven, que ésta no pudo dudar que era ella á quien de una manera tan terrible amaba el bufón.

Y ahogó un grito de espanto, y quiso desasirse.

Pero el tío Manolillo la detuvo.

—Yo amo—repitió con acento más concentrado—; amo con toda la desesperación de Satanás; mi amor es más ardiente, más terrible, más atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las entrañas, es un tósigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado que no puedo arrancarme.

El bufón se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto había enronquecido.

—Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la arrebaté de los brazos de su infame padre.

—¡Mi padre!—exclamó Dorotea.

—El padre de aquella niña era un monstruo: la llevaba consigo para abandonarla; aquella niña sin mí hubiera ido al hospicio...

—¡Ah!

—Yo fuí para la desdichada madre de aquella niña un hermano: comí pan seco y duro, dormí sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viví en una calurosa buharda en el verano, llevé mi ración entera, y mi soldada entera de bufón, á aquella pobre madre abandonada, y cuando poco después murió, empeñé mi soldada por muchos meses para comprarla un nicho en el panteón de la parroquia, donde durmiese tranquila.

—¡Ah!—exclamó Dorotea.

—La misma noche en que enterraron á Margarita... oye... oye bien, Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas á oír una cosa horrible—y el rostro del bufón tomó toda la terrible expresión de un condenado—: cuando tu madre...

—¡Oh! ¡no me había engañado!—exclamó la joven.

—Sí... sí... tu madre... pero más bajo, más bajo... ¿no ves que yo devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugiría?... cuando tu madre estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincón, en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecióme que me quedaba solo en el mundo... no había amado nunca...

—¡Amásteis á mi madre!

—La amé... ¡oh! sí, como yo podía amar á una mujer que había conocido amando á otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad, digo con todo mi corazón; la amé... ¡oh! sí, mucho, mucho... pero era un amor que no me inquietaba... porque nada quería... más que proteger á tu madre... consolarla, y protegiéndola y consolándola, y viéndola vuelta hacia mí como su único consuelo... mi amor recibía toda la recompensa que podía recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo... aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con la vida... cuando perdí á tu madre, me encontré solo... salí del panteón con el corazón oprimido... por el momento no pensé en nada... pero luego... el frío de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma y la razón sobreviene... pensé y vi que no estaba solo en el mundo... que vivías tú... que te habías quedado sola en tu cuna... tenía una hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tenía dinero... no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque había empeñado mi soldada por mucho tiempo... para enterrar á tu madre.

—¡Oh, Dios mío!—exclamó Dorotea.

—¡Qué debía yo hacer!—exclamó con acento roncó el bufón—ampararte, criarte, velar por ti... y no tenía dinero... ¡el diablo á veces acude al auxilio de los desesperados y acudió al mío!

Y el bufón soltó una carcajada opaca, silenciosa, horrible.

Dorotea se sentía estremecida por un terror inexplicable.

—Sí, sí—añadió el bufón—; el diablo acudió en mi socorro; al pasar por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sentí contar dinero... mucho dinero...

—¡Ah!—exclamó Dorotea, que empezó á adivinar la horrible verdad.

—Escucha, escucha—prosiguió el bufón—; no es eso sólo... no es solamente lo que tú has sospechado... es más horrible... y todo por ti... por ti...

—¡Oh! ¡más horrible aún!—exclamó Dorotea.

—Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastornó, me atrajo... y... me quedé inmóvil, pegado á la pared... cerca de aquella puerta... yo no sentía, no oía otra cosa que el ruido del dinero... y tras él me parecía escuchar tu llanto desconsolado... me parecía verte extendiendo tus bracitos... llamando á tu madre... ¡oh! ¡Dios mío!... yo no sé cuánto tiempo pasé de aquel modo... al fin aquella puerta... la puerta de la tienda se abrió y salió un hombre... la puerta se cerró y el hombre que había salido se alejó solo; yo le seguí... le seguí recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no podía oírme... era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera podido verme... y una fascinación terrible, involuntaria, me acercaba más á aquel hombre... de repente aquel hombre dió un grito y cayó de boca contra el suelo... al caer se oyó un ruido metálico... el de un saco de dinero... luego se oyó crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre dió á correr... el que había caído no volvió á levantarse... el otro no volvió á pasar jamás por aquella calle... tres días después estabas tú en las Descalzas Reales... porque yo... yo tenía oro... mucho oro... yo era rico... y podía criar bien á mi hija.

—¡Matásteis por mí un hombre!...—exclamó Dorotea—¡algún desdichado padre de familia!

—No sé quién era... ni aun oí hablar á nadie de aquella muerte... el tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre está cada día más negra é indeleble en mi conciencia. ¡Dicen que estoy loco! es verdad... ¡loco! y es muy razonable que yo esté loco... porque he sufrido mucho... mucho...

El bufón se detuvo fatigado.

Dorotea temblaba.

—Oye... oye aún...—continuó el bufón—. Durante los primeros años de tu vida, te amé como á mí propio... más que como á mí propio... yo lo empleaba todo en ti... el oro que había robado... mi soldada... tú eras una pequeña dama... estabas mejor vestida, tenías más juguetes y más ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el convento... yo enloquecía por ti... porque tú eras para mí más que mi amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo veía sobre tu pura y hermosa frente de ángel una mancha roja...

—¡Dios mío!—exclamó Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando con terror al bufón—¡vos me habéis criado á precio de sangre humana, y vuestra maldición ha caído sobre mí!

Y como Dorotea quisiese huir, el bufón la retuvo.

—Espera, espera—la dijo—; aún no he concluído; llegó un día en que ya no fuiste una niña, sino una mujer, y una mujer hermosísima... entonces, sin poderlo evitar te amé...

La Dorotea miró con espanto al bufón.

—Te amé—continuó el tío Manolillo—como nunca he amado; ninguna mujer me parecía ni me parece tan hermosa como tú... y te he amado con ese terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al silencio, resignado al martirio; te amé y te amo de ese modo; he transmitido mi vida á ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. Tú sufres ahora y yo sufro también. Tú estás celosa de esa mujer, de esa doña Clara Soldevilla; yo también estoy celoso; tú amas á ese don Juan y ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere.

—¡Ah!—exclamó Dorotea estremeciéndose—, ¡y qué terrible situación la nuestra!

—¡Sí! ¡terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos venguemos.

—¡Y cómo! ¡cómo!—exclamó Dorotea.

—Primero, oye... don Juan vendrá á verte.

—¡A verme!—exclamó la joven poniéndose densamente pálida.

—¿Ha obtenido algo de ti?

—No.

—Don Juan vendrá á verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva; don Juan sabe que le amas... y querrá hacerte su querida.

—¡Oh!—exclamó Dorotea.

—A nadie le desagrada el que le amen dos hermosísimas mujeres. Don Juan vendrá, pretenderá engañarte...

—Le despreciaré.

—No, no le desprecies; desespérale.

—¡Desesperarle! ¿y cómo?

—¿De qué te servirá ser cómica, si no sabes ser cómica más que en el teatro? Cuando venga recíbele bien.

—¿Recibir yo bien á ese traidor?...

—La sonrisa en los labios y el odio en el corazón; porque tú debes odiarle, como odiarías á un ladrón, á un asesino, porque él te ha robado tu paz, él te ha matado el alma.

—Yo no puedo aborrecerle; ¡yo le amo, yo le amaré siempre!—exclamó llorando Dorotea.

—Más bajo, más bajo, que no nos oigan.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¿y qué me importa todo?

—Ese nombre que está ahí doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo, como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu puñal.

—¡Mi puñal!

—¿No aborreces á doña Clara?

—¡Oh! ¡sí!

—¿No deseas que don Juan sufra como tú?

—Sí, sí.

—Pues bien, ese hombre que está ahí reducido á la nada, aniquilado, ese hombre es el cocinero de su majestad.

—No os comprendo.

—Doña Clara vive en palacio.

—¿Y qué?...

—Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doña Clara.

—¡Oh! ¡sí! ¡es verdad! ¡yo me vengaré del desamor de don Juan!

Y en los ojos de la Dorotea, apareció una mirada valiente, enérgica, en la cual, cosa extraña en aquella situación, había mucho de generoso y de sublime.

—¡Oh! ¡y qué grato será hacerle llorar!—dijo el bufón.

—¡Oh! sí, sí, es el último recurso, el último consuelo que queda á mi alma; hacer llorar á don Juan.

—Pero para eso es necesario que le engañes.

—Le engañaré.

—Que le desesperes.

—Le desesperaré.

—Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color á tus mejillas, la risa á tus labios; que continúes siendo la querida de Lerma y la amante de Calderón; que representes como siempre... que vuelvas á ser la cómica.

—Lo haré, lo haré; descuidad.

—Empieza, pues, por secarte las lágrimas, como yo, mira; yo me las trago... yo me río... ¡ah! ¡ah! ¡qué buen chasco les vamos á dar!—dijo el tío Manolillo, saliendo del hueco del balcón y dirigiéndose al cocinero mayor:

—¡Chasco! ¡chasco! ¿qué más chasco que lo que á mí me sucede?—exclamó Montiño llorando.

—Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que vamos á dar á vuestra mujer, á vuestra hija... á los que os han robado.

—¡De veras!

—Dorotea... ya lo sabéis... es mucha cosa del duque de Lerma.

—Y tanto—dijo la Dorotea que empezaba á representar su papel, que el duque hace cuanto yo quiero.

—¿Y vos os interesaréis por mí?

—Ya me intereso.

—¿Y lograréis que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre mi dinero?

—Haré cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de ministros de justicia estarán buscando á los criminales.

—¡Ah! ¡señora!

—Debes escribir al duque—dijo el bufón.

—En efecto, hace tres días que no le veo—dijo la Dorotea—; esperad, esperad un momento, voy á escribirle.

Y se sentó junto á una mesa, tomó papel y pluma y escribió lo siguiente:

«Señor mío: Hace tres días que no me honráis; ¿habré caído en vuestra desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo como me quejaría en otra ocasión, porque sé que andáis muy seriamente ocupado y más de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo don Rodrigo Calderón. Pero, según entiendo, habéis salido bien de vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debéis, pues, venir, dedicar algún tiempo á la que os ama tanto, señor, que no es dichosa sin veros.—Vuestra Dorotea

Plegó y cerró esta carta la joven y la dió á Montiño.

—Llevadla ahora mismo—le dijo—al duque de Lerma; le digo en ella que quiero verle, y cuanto más pronto le vea más pronto podré hablarle de vuestros negocios.

—¡Oh, señora! ¡Cuánto os deberé si consigo recobrar mi dinero!—exclamó Francisco Montiño.

—Pues id, id, amigo mío.

—De todos modos, yo tenía también que ir á ver á su excelencia.

—Pues adiós.

—Adiós. Adiós vos también, tío Manolillo.

—¡Ah! Id, id con Dios, señor Francisco, id con Dios, y hasta más ver.

El cocinero mayor salió tambaleándose como un ebrio.

Dorotea empezó á recoger en silencio sus joyas y sus trajes y á guardarlos en los cofres.

Durante esta operación no habló una sola palabra.

El tío Manolillo, sentado en un sillón, la miraba con ansiedad.

Dorotea estaba serena; sus lágrimas se habían secado; sólo quedaba en su semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad.

El bufón guardaba también silencio.

Casilda y Pedro llevaron los cofres á su lugar y pusieron en orden el mueblaje.

Dorotea entre tanto había cambiado de vestido y se había puesto en el hueco de un balcón á estudiar su papel de la comedia antigua, titulada Reina Moraima.

—¡Oh! Tu calma me espanta, hija mía—dijo el bufón.

—¿No me habéis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para vengarme mejor?—dijo la Dorotea—; yo he creído bueno vuestro consejo y empiezo á representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy tranquila porque estoy resuelta. Ya sé lo que puedo esperar, y para representar mi papel es necesario que continúe en mi vida de costumbre. Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su papel. Estudio, ya lo veis; no podéis pedirme más.

El bufón miró dolorosamente á la joven.

En aquel momento entró Casilda.

—Señora—dijo—, aquel caballero joven que estuvo aquí ayer acaba de bajar de una carroza y pide veros.

—¡Ah! Ya sabía yo que vendría—dijo el bufón—; adiós, Dorotea, adiós, y mira lo que haces.

—Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta.

—¡Adiós!—repitió el tío Manolillo, y salió por la puerta de la alcoba.

—Que entre ese caballero—dijo Dorotea.

Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la hubiera acontecido.

Sólo la quedaban como vestigio de la tormenta dos círculos ligeramente morados alrededor de los ojos.

Toda su fuerza de voluntad no había podido borrar aquellas dos señales de las lágrimas y del insomnio.

Pero Dorotea sabía que tenía aquellas señales y estaba tranquila.

CAPÍTULO LIV

CÓMO SABEN MENTIR LAS MUJERES

Don Juan entró con recelo; esperaba un recibimiento terrible.

Pero se sorprendió al ver que Dorotea se levantaba solícita, salía á su encuentro y le abrazaba.

—¡Oh y cuánto me habéis hecho padecer! ¡Cuánto me habéis hecho llorar, señor mío!—le dijo con toda la ardiente expresión de su alma—; venid, venid que os vea; ya sé, ya sé que no os han herido... pero vuestro lance con don Bernardino... ¡No haber vos venido anoche! ¡Y luego como yo no sé dónde vivís!...

—Vivo en palacio—dijo con turbación don Juan.

—¡Ah! ¿Vivís en palacio... con vuestro tío?... Me alegro... Y por lo visto vuestro tío es un buen tío; me ha dicho Casilda que habéis venido en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, ¡oh, y qué hermoso y qué gentil y qué galán venís!... Cada día os amo más... y me alegro, me alegro de que vuestro riquísimo tío emplee sus doblones en vos con tanta magnificencia... prefiero que no me debáis nada... porque así sabré que me amáis por mí misma... no podré ofenderos en nada ni aun desconfiar de vos.

Miró don Juan de una manera franca y valiente á Dorotea.

Aquella mirada estuvo á punto de hacer llorar á la joven.

—¡Ah, no; vos no podéis engañarme!—dijo ésta—, ya lo sé, y por eso confío en vos.

—Escuchadme, señora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debéis saber: yo no soy sobrino de Francisco Martínez Montiño.

—¡Ah! ¿No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad?

—No; soy hijo bastardo del duque de Osuna.

—¡Oh, me alegro, me alegro!—exclamó fingiendo la alegría más verdadera la Dorotea; vos no debíais ser hijo más que de un gran señor.

—Pues me pesa, señora, de no ser verdaderamente hijo del honrado hidalgo á quien he tenido por padre hasta anoche.

—¡Ah!—exclamó la comedianta—; ¿conque es decir que cuando me dijísteis que érais sobrino del cocinero mayor del rey me dijísteis la verdad?

—Nunca he pretendido engañaros; anoche, por un acaso, el mismo Francisco Montiño me dió ocasión de conocer mi nacimiento.

—¿Y dónde pasásteis la noche, señor mío? Yo os estaba esperando.

—Es necesario que yo os lo diga todo.

—¿Tenéis más que decirme?

—Ciertamente; vuestra hermosura, y un no sé qué inexplicable que existe en vos, que me obligó á amaros desde el momento en que os vi, tuvo la culpa de que yo, no conociéndoos bien, os haya engañado.

—¡Ah, me habéis engañado!...

—Y de una manera grave.

—¿Pero en qué? ¿Cómo?

—Soy casado.

—¿Y eso qué importa?—dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alteró.

—¡Cómo! ¿No os importa nada que yo sea casado?—dijo don Juan, que sintió un vivo impulso de despecho.

—No, porque no había de haberme casado con vos.

—Sin embargo...

—Porque nunca hubiera sido vuestra querida.

—¡Ah! ¿Es eso cierto?

—Certísimo.

—¿Es decir, que os soy indiferente?

Y el joven pronunció estas palabras con un acento tal y tan doloroso, que Dorotea sintió que su amor crecía; se sintió amada; sin embargo, conservó su severidad.

—No; vos no me sois indiferente; no, ¡Dios mío! Por el contrario, sois el único hombre á quien he amado, el que ha encontrado mi corazón virgen... pero por lo mismo, porque sólo mi corazón estaba puro, os amo con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don Rodrigo Calderón, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango donde está mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada más; ¿qué me importa que seáis casado? ¿Qué me importa que no me améis si yo os amo?

—¡Dorotea!

—¿Os ama tanto como yo vuestra mujer?

—¡Oh, qué pregunta!

Don Juan Girón.

—Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no más que yo, porque eso es imposible, sino tanto; yo sé bien que siendo vuestra esposa, será digna de serlo...

—¡Oh, sí!

—¿Y quién es? ¿La conozco yo? Decidme su nombre.

Fué la primera situación difícil en que se encontró después de casado don Juan; creía profanar el nombre de su esposa y tartamudeó algunas palabras en una torpe excusa; Dorotea vió lo que pasaba en el alma de don Juan.

—Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa señora—dijo Dorotea—; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra buena hermana, que porque os ama, ama á la mujer que os ama y es también hermana suya; decidme su nombre.

—Doña Clara Soldevilla—contestó don Juan con acento opaco.

—¡Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su hermosura... pero no se decía que esa señora fuese casada... no os extrañe que yo la conozca; yo trato á la gente más principal de España; mi retrete en el teatro y mi casa, están frecuentados por lo más rico, por lo más noble; como delante de mí se habla sin empacho, he oído hablar mucho de doña Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su desdén para con todo el mundo. Dicen que el rey—Dorotea bajó la voz—dicen que el rey ha amado á doña Clara; que ha tenido empeño; que ha enviado á Nápoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla más aislada; pero que, á pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la menina de nieve; ¡oh, me alegro mucho!... Cuando esa señora se ha casado con vos debe amaros mucho, muchísimo, con toda su alma, con todo su corazón, con todo su deseo. Debéis haberla vuelto loca, don Juan; es la única mujer que conozco digna de vos, y me alegro... ¡oh, sí, me alegro!... Y la amo porque os ama y me alegraré de tener una ocasión en que demostrarla dignamente mi amor.

—¡Oh! No os comprendo Dorotea... yo creía...

—Habéis creído mal... yo no podía casarme con vos; yo no podía daros esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al conoceros... al amaros he comprendido que no debía ser para vos lo que he sido para otros... quería ser más... quería ser... vuestra hermana... vuestra hermana del corazón... oíd... no vendréis á mi casa... no... eso se sabría... creerían que yo era vuestra querida... lo sabría vuestra esposa, porque conoce á muchas gentes, y entre esas gentes, que son como todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es odioso, pero es verdad; por recatadamente que viniérais á verme, alguien os vería... ya lo creo... os sentirían mis criados... y mis criados... lo dirían, porque los criados lo dicen todo... no, no debéis, no podéis venir á mi casa, porque no podéis, no debéis herir el corazón de vuestra esposa.

—¿Qué hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para mí agudas y afiladas como un puñal?

—Hay, que no me conocéis bien: hay vuestro recelo... ¡creéis que yo estoy ofendida de vos!

—Debéis estarlo.

—Lo estaría si os hubiéseis casado con otra mujer.

—Una mujer que ama no cede á ninguna su amor.

—No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama porque ella es la paz del corazón del hombre á quien ama.

—Tenéis mucho ingenio.

—Si le tengo está en mi corazón.

—Entre tanto me prohibís que venga á vuestra casa.

—¿Y para qué queréis venir?

—¡Dorotea! yo no sé lo que pasa por mí; yo estoy loco.

—¡Loco! sí... debéis estarlo... loco de felicidad.

—No, no; loco de desesperación.

—¿Y por qué? ¿no sois afortunado? la mujer más pura y más hermosa y más codiciada de la corte os ama. La comedianta que á todos enamora, que á todos desespera, y que tiene buen corazón, es... vuestra hermana. Ella os da en su hermosura, más de lo que puede soñar el enamorado más loco; en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y sólo tengo ojos y corazón y oídos para vos. ¿Qué más queréis?

—¡Yo no os conocía! vos habéis amargado mi felicidad.

—¡Que he amargado yo...! ¡que puedo yo amargar vuestra vida! ¡oh! ¡no me lo digáis, no! ¡eso me desesperaría! ¡eso no puede ser! ¡eso no es!

—Yo no podía comprender... no, no podía comprender que de repente, á primera vista, pudiese el corazón interesarse de tal modo...

—¡Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazón. ¿Vais á ser franco y leal conmigo?

—Os lo prometo.

—Decidme: ¿qué efecto os causó doña Clara Soldevilla la primera vez que la vísteis?

—No lo sé.

—¡Pero experimentaríais algo al verla!

—Un deslumbramiento, una ofuscación, un no sé qué... luego... luego la casualidad me puso junto á ella... y mi alma entera fué suya... no, mi alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos...

—No, no sois franco... ¿os inspiró deseo doña Clara?

—No.

—¡Ah! no os inspiró deseo; ¿y deseásteis volver á verla?

—Deseé... deseé tenerla siempre á mi lado, vivir en su vida.

—Y no sobrevino el deseo...

—No.

—¿Y os habéis casado...?

—Con el alma llena de felicidad.

—¿Y la habéis hecho vuestra, con transporte, enloquecido?

—No, con miedo...

—¡Con miedo!

—Sí, con miedo por vos.

—¡Ah! ¡yo! ¡siempre yo!

—La posesión de doña Clara no podía hacer que yo olvidara, que yo arrojara de mí esta fascinación poderosa que me causáis...

—Ya que hemos llegado á mí, decidme, decidme, ¿qué impresión causé en vos?

—La impresión ardiente de una hermosura divina; yo no había visto unos ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre mí su primera mirada, exhalaron instantáneamente una mirada de sorpresa, y luego una mirada de atención, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me lo podrían decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya toda, cuerpo y alma, corazón y vida... pude engañarme; pero yo leí eso sin quererlo en vuestros ojos, lo leyó mi alma, y mis ojos debieron deciros lo mismo...

—Sí, sí; ¿y no os han dicho lo mismo los ojos de doña Clara?

—¡Ah, sí, sí!, pero al decirme sus ojos soy tuya, había en ellos alegría, confianza.

—¡Pureza! ¡decidlo de una vez! ¡y en los míos debió de haber dolor, vergüenza!

—¡Dorotea! ¿por qué os he visto?

—¡Por qué! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios sabía que mi alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado.

—Y á mí me ha dado en vos un remordimiento.

—No, no lo creáis; escuchad: doña Clara me hace un gran bien; doña Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la única manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos... viendo que vos los tenéis.

—¿Qué decís?..

—Oíd... mi primera mirada de amor para vos, fué una mirada impura, ¿sabéis por qué?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguidecía, que absorbía mis sentidos, que llenaba mi corazón; sentí un dolor agudo, porque, como doña Clara, no podía deciros: eres mi primero y último amante... ya lo sabéis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos hubiérais querido, no lo seré nunca...

—¿Y si no me hubiese casado?...

—Si no os hubiérais casado... sí, vuestra... vuestra; por lo mismo me alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre los dos.

—Pero sois desgraciada... ó no me amáis como decís...

—Os amo más... mucho más... ¿no notáis que cuando estoy á vuestro lado soy feliz?

—¡Asoman las lágrimas á vuestros ojos!

—Puede ser... puede ser... sí, es verdad; que queréis... ¡soy tan infeliz!—Y la pobre Dorotea se desplomó, lloró y se cubrió el rostro con las manos.

—¿Y queréis que no tenga remordimientos?

—No los tengáis.

—¡Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!...

—¿La amábais?...

—Debéis aborrecerla... y ella...

—¡Ella! ¿sabéis lo que ella haría conmigo? si os ama como yo creo, como indudablemente os ama, me mataría...

—Como vos la mataríais á ella...

—Yo... yo... ¡Dios mío! yo no... no... porque sería mataros á vos... sí, mataros... estáis loco por ella... y yo no quiero mataros... no... de ningún modo... no quiero que sufráis...

—Nos encontramos en una situación muy difícil... muy grave.

—No... suframos cada cual... pero no sufráis más de lo que inevitablemente debáis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravéis el mal, llevándole á vuestra casa... no vengáis á la mía.

—No habéis podido sostener vuestra serenidad; habéis llorado; el castillo de vuestra firmeza se ha venido á tierra... el verme unido á otra os mata... y eso... eso me rompe el corazón.

—Eso ya no tiene remedio; doña Clara os ha inspirado ese amor puro, noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna; doña Clara es para vos vuestra hermana, más que vuestra hermana, porque es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga, que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho que respira mal, que está dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la pobre mujer que ningún mal os ha hecho, á quien veis sufrir de una manera desesperada, cuyas lágrimas no podéis secar, cuyo corazón no podéis dilatar, cuya agonía no podéis curar; un deseo vehemente... una compasión profunda... eso es lo que yo inspiro... ¡amo! ¡amor! ¡oh!

—¡Me estáis desgarrando el alma, Dorotea!—exclamó dolorosamente don Juan.

—Lo siento, y esto me hace más desgraciada; daría yo porque me olvidárais mi eternidad.

—Escuchadme—dijo don Juan tomando á Dorotea una mano que ardía y que al sentir la mano del joven tembló.

—Decid.

—Cerremos los ojos á todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidáos de que me he unido á doña Clara.

—No puedo olvidarme... por ella misma... por vos.

—No os entiendo.

—No debéis venir á mi casa, os lo repito.

—¡Ah! ¡vos os vengáis!

—Justo sería; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me domináis, no me pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queréis que sea.

—¡Dorotea! ¿conque pretendíais engañarme?

—Mentía al hablaros de... de qué sé yo... porque no me acuerdo de lo que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad á vos, que sois dueño de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que vos olvidáis, arrastrado por mí... lo que no debéis olvidar... yo no puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo exponerla... por eso os digo que no vengáis á mi casa... es necesario que vuestra esposa no lo sepa... no por mí... sino por ella misma... por vos... si viniérais... lo sabría... si lo supiera... ¡Oh, si se viese engañada!... ¡Si los celos la extraviaran... si en un momento de despecho quiere vengarse dándoos celos por celos... infamia por infamia!...

Don Juan se levantó como herido por una punta envenenada.

—Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos á ver... sí, nos volveremos á ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo... guardaré vuestro secreto... no os hablaré jamás de ella... no me hablaréis de ella vos... nos veremos mientras vos queráis que nos veamos... después... después... si me abandonáis... yo os veré... iré cubierta con mi manto á la iglesia donde vos vayáis... cuando represente, si estáis en el teatro, yo os haré conocer sin que nadie lo conozca, que represento para vos; mi pensamiento será siempre vuestro... os lo juro... pero ahora idos. Habéis estado demasiado tiempo. Una recién casada encuentra siempre largas las horas que está separada de su marido.

—¡Ah!

—¿Queréis que sea menos desgraciada, don Juan?

—¡Que si quiero! ¿y me lo preguntáis?

—Pues bien; sed feliz...

—No os comprendo.

—En doña Clara tenéis el alma, tenéis esa dulce y casta compañera, el ángel del hogar; no llevéis á vuestra casa la tristeza; en mí tenéis la mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigáis á mis brazos el remordimiento; resignémonos á nuestra suerte. No sufráis por mí, porque cuando yo conozca que no sufrís, que sois completamente feliz, yo seré menos desgraciada.

—No sé qué contestaros; no sé qué deciros...

—Yo sí, yo sé lo que os tengo que decir... ¡os amo! ¡os amo! más que ayer, más á cada momento; ¡os amo! ¡muero por vos! ¡pero idos! volved tranquilo á vuestra casa... yo os avisaré... y nos veremos.

Don Juan hizo un esfuerzo y salió.

Dorotea se quedó mirando de una manera imposible de hacer apreciar á la puerta por donde había salido el joven, y no reparó en que apenas aquél había desaparecido, el bufón había abierto las vidrieras de la alcoba, había adelantado en silencio, y se había sentado en la alfombra á los pies de Dorotea.

No había querido salir por la puerta de escape, y lo había oído todo.

—¡Eres mujer perdida!—dijo con voz ronca.

Al sonido de la voz del tío Manolillo, Dorotea dejó de mirar á la puerta, y miró al bufón.

La ansiosa, la profunda mirada de éste, la estremeció.

—Sí, soy una mujer despreciable—dijo contestando á las palabras del bufón.

—No; no he querido decir eso—dijo el tío Manolillo—. Quiero decir que te has perdido. No has sabido empezar á vengarte... á vengarte de una manera horrible.

—¿Qué hubierais hecho vos en mi lugar?

—¿Qué hubiera yo hecho?—exclamó el bufón sonriendo de una manera espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba.

¿Qué hubiera hecho yo?

Y se encogió, se dilató su pecho, y lanzó un aliento que rugía, poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmovía su alma destrozada.

—Sí, sí—dijo impaciente Dorotea.

—¿Yo? ¿qué hubiera hecho yo? ¡dar mal por mal y con creces, con horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurrió matar... cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero después... la reflexión, la calma,.. ¡matar! ¡hacer morir! ¡es decir, exterminar! ¡no, no! ¡es poco! yo creía que tenías más alma... y tienes el alma débil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para sacrificarla á ella...

—¡Oh! ¡ella! ¡ella! pensar que ella le posee por completo, delante del mundo, con la frente alta, siendo su orgullo...

—Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco.

—¿Pero qué hubiérais vos hecho?

—Le he estado observando desde allí, temblaba, temblaba estremecido de deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu seno... sufría... está loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y nada más.

—¡Eso es mentira!

—¡Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree que él... ¡él! lo más puro que él siente por ti, es lástima... y eso es humillante...

—¿Pero qué queríais que hubiera hecho?

—¡Qué! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo estaba diciendo allí, detrás de los cristales... ¡qué buena cómica es mi hija!... ¡qué pobre hombre es ese don Juan! ¡pero luego lo has echado todo á perder, le has dejado ver tu desesperación, y se gozaba en ella sin saberlo! ¡oh! ¡qué felicidad tan incomprendida es para algunos hombres, magullar á una pobre mujer como el gato que magulla á un ratón! ¡Oh! ¡cuán felices, cuán felices son algunos hombres, y qué poco merecen su felicidad!

La excitación febril del tío Manolillo asustó á Dorotea, la asustó por don Juan; comprendió que debía engañar al bufón.

—Veamos qué hubiérais vos hecho mejor, qué he debido yo hacer.

—Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le ofrece un pedazo de pan.

—Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engañado.

—Tú irás misteriosamente á ver á ese hombre. Debes ir. Yo te buscaré el lugar.

—¡Ah! no, no—dijo Dorotea.

—Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones... bien, mejor... buscarás un lugar retirado: lo embellecerás, lo perfumarás, enloquecerás en él con tu don Juan; te resignarás á todo, lo olvidarás todo, porque le amas con el amor más humilde del mundo; tu don Juan, esperará impaciente los primeros días la hora de verte; le será muy cómodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda tener celos su doña Clara; después, á medida que vaya pasando el tiempo, le parecerás menos hermosa, y esperará con menos impaciencia la hora de verte; luego irá por ir, por lástima, te hará esperar, después le esperarás en vano algunos días, y te volverás á tu casa, humillada, desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonará, hastiado de ti...

—¡Oh!

—Matarás á doña Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que tú necesitas...

—Seguid—dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo así—. Decidme, ¿de qué otro modo más horrible me puedo vengar?

—¿De qué otro modo? Oye: procura buscar un retiro á propósito; el lujo, las pinturas, los perfumes, todo esto favorece á una mujer y la hace más hermosa, cuando es tan hermosa como tú; vístete, además, como te vistes cuando quieres que el público te aplauda sólo al verte: los hombros desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que puede llevar una mujer hermosa; allí, en aquel hermoso gabinete, más hermosa tú por tu atavío, una cena exquisita; vinos... pero tú no bebas... no bebas... conténtate con arrojar sobre él la doble embriaguez de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desespérale, irrítale, háblale continuamente de su mujer... llámale tu hermano... llegará un día en que no podrá sufrir más, un día en que, loco, no podrá negarte nada... en que podrás dictarle condiciones.

—¡Y esas condiciones!

—¡Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo.

—¿Y cómo?

—¡Cómo! abandonando á su mujer... siendo tu amante delante de todo el mundo... llevándote á todas partes...

—¡Oh!

—Entonces habrás matado su felicidad; doña Clara Soldevilla, la conozco bien... te obligará á huir... pero él... él... te seguirá... ella... ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas á herirlos en el alma... porque se aman... ¡se aman! no necesitas más venganza... te habrás vengado horriblemente.

—¡Pero si él quería seguir viniendo á mi casa!—exclamó la Dorotea.

—Y tú has cometido la imprudencia de decirle que el venir á tu casa podía robarle la paz de la suya... tú no quieres vengarte.

—Os juro que me vengaré; que me vengaré de una manera cruel.

El bufón movió la cabeza en un ademán de duda, de incredulidad.

—Sí, me vengaré—insistió ella.

—¿Y cómo?

—Ya lo veréis.

—No... adivino.

—Yo haré de modo que en su vida me olvidará.

—¡Don Francisco de Quevedo!—dijo á la puerta anunciando Casilda.

—¡Ah! ¡ese hombre! ¡ese hombre!—exclamó el bufón.

—Dejadme sola con él—dijo Dorotea.

El bufón salió por la alcoba.

Dorotea le siguió.

—¡Ah! no quieres que te escuche—dijo dolorosamente el bufón—; pues bien, adiós.

Y salió por la puerta de escape de la alcoba.

Después volvió á la sala.

Ya estaba en ella Quevedo.

CAPÍTULO LV

QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS

El buen ingenio llevaba sobre sí las señales de la ruda actividad á que se había visto sentenciado desde su llegada á Madrid.

Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz parecía más afilada; la blanca golilla de su cuello estaba más de un tanto ajada, su traje descuidado y todo él descuadernado y lánguido que no había más que pedir.

Había movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos.

Cuando apareció Dorotea, don Francisco la miró con suma gravedad.

La comedianta adelantó, se detuvo junto á Quevedo y le miró intensamente.

Mea culpa—dijo don Francisco.

—Lo que quiere decir en castellano, que vos tenéis la culpa de todo lo que me sucede.

—Trasladáis el latín al romance con grande licencia. Yo no tengo la culpa de lo que os pasa.

—¿Pues quién trajo aquí á ese hombre?

—¿Y tengo yo la culpa de que os hayáis derretido como cera? Allá os las compongáis.

—¿Os acordáis de lo que me dijísteis ayer en aquella taberna?

—Os confieso que estoy tan manoseado, tan traído, tan cansado, tan sin sueño y tan con hambre, tan calado y tan frío, tan asendereado y lastimoso, que no tengo memoria, ni siento más que los huesos que me duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estómago que pide más que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes viviese, juro á Dios, que al ver lo que me pasa, había de escribir un libro intitulado «Trabajos de don Francisco», que le había de dar más fama que el Ingenioso Hidalgo.

—Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua.

—¡Ah, lengua mía! quemarála yo, si no me doliera, para que no tuviese que hacerme arrepentir.

—¡Ah! conocéis que habéis hablado mal—dijo la Dorotea sentándose—, y que vuestras malas palabras han hecho mucho daño.

—¿Y quién había de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna insolente? ¿Quién había de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo que estoy atónito, y espantado y medroso, y que de mí mismo recelo, y que ya no sé qué decir, ni qué pensar, ni por dónde salir...

—Menos lo sé yo.

—¿Sabéis las novedades que han ocurrido?

—Sé que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado.

—¿Quién os lo ha dicho?

—¡El mismo!

—¡Ha estado aquí! No me espanta, esperado me lo había... ¡horror! recién casado y...

—¿No es verdad que eso es terrible...?

—Lo peor será que vos seáis tan loca como él.

—No puedo remediarlo. La última desgracia que podría sucederme sería no verle.

—¡Pobre Dorotea! debéis haber pecado mucho.

—¡Yo! ¡bah! yo no he hecho tanto como debería haber hecho; yo no he hecho mal á nadie.

—¿Amáis mucho á don Juan?

—No debía amarle.

—No acabaremos nunca. Os pregunto...

—Y bien, le amo.

—¿Y pensáis disputársele á su mujer?

—No.

—Hacéis bien; lo demás sería indigno de vos.

—Vos habéis venido para algo, don Francisco.

—Ciertamente, he venido á que me deis de almorzar.

—¡Casilda! un almuerzo abundante—dijo Dorotea en el momento en que se presentó la doncella.

—Sois un ángel, á quien es lástima hayan cortado las alas, pero me tenéis cuidadoso.

—¡Cuidadoso!

—Estáis demasiado tranquila después de lo que os ha sucedido.

—¿Y qué queréis que haga?

—Que no hagáis nada.

—¿Y qué hago con esta aflicción que se me ha metido en el alma?

—Gozarla.

—¡Gozarla! decís—¡gozar los celos, la desesperación, la rabia!

—¡Ah! ¡todavía no sois bastante desdichada!

—¿No?

—No, porque no gozáis en la desdicha.

—¡Decís unas cosas, don Francisco!

—La desgracia es no sentir, tener el corazón de corcho, y la cabeza de hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y más razones es necesario vivir. ¡Ah! cuando nada os interese en el mundo, cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada, cuando no penséis en nada, cuando comáis por no morir y durmáis por que se cierren vuestros ojos; cuando os hayáis convertido en un pedazo de carne insensible á todo, que obra como una máquina; cuando el amor y las locuras de los otros os den hastío, cuando no os encontréis bien en ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si que podéis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la vida, ahora que soñáis, que lucháis, que esperáis, que lloráis, que os agitáis, ahora más que nunca vivís; hay algo en el mundo que os deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del sufrimiento. ¡Vos sois muy feliz!

—¡Oh! ¡y qué felicidad tan horrible!

—Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer.

—¿Cómo, no padecéis?

—Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo á vuestros criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. ¿No habéis almorzado vos?

—No por cierto.

—Habéis hecho mal; con el estómago frío, la cabeza está débil y vaga y se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y después de almorzar ya veréis cómo pensáis de otro modo.

—Sí, sí, es preciso—dijo Dorotea—y aunque sólo fuera por probar...

—Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos más vino, una botella es poco.

—Traed, traed más vino; cuatro botellas...—dijo Dorotea.

—¿De qué?—repuso Casilda.

—Puesto que tenéis bodega, que venga, si hay, Jerez—dijo Quevedo.

—Háilo y muy rico—dijo Casilda.

—Pues cuatro botellas, virtud sirviente; búscalas de las que estén más empolvadas, y si tienen telarañas, mejor. ¿Y qué haces tú ahí?—añadió don Francisco dirigiéndose á Pedro, que estaba detrás de la mesa con una servilleta en el brazo.—La señora y yo necesitamos estar solos.

Pedro salió.

—Os voy á hacer el plato—dijo Quevedo dirigiéndose á Dorotea—; este jamón de Granada es sumamente confortante; se ceba con víboras, es un plato que yo, que sólo gozo cuando como, le prefiero á todos; voy á haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto; refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloréis ¡vive Dios! que me lastimáis.

—Os hago feliz puesto que os hago sentir—dijo Dorotea enjugándose los ojos y apurando de un trago la copa, después de lo cual tomó un pedazo de jamón y se lo llevó á la boca.

Quevedo la miraba profundamente.

Dorotea arrojó el bocado sobre el plato.

—¡Oh! no puedo, no puedo; me mataría como si fuera un veneno.

—Tan llena está de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario andar con cuidado con esta loca. Bebed más—añadió alto—, el beber os dará apetito.

Y la llenó de nuevo la copa.

Dorotea apuró la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoyó la cabeza entre sus manos y quedó profundamente pensativa.

Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamón que se había servido, y mientras comía pensaba.

Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retiró.

—¿Sabéis, Dorotea—dijo de repente Quevedo—, que es necesario que toméis una determinación? Estáis muy enferma, hija.

—Tengo ya mi determinación tomada—dijo Dorotea.

—¡Veamos si en medio de vuestra locura tenéis juicio!

—Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos.

—¡De mí! ¿y qué culpa tengo yo?

—Porque lo trajísteis á mi casa...

—¿Quién había de pensar?...

—Vos adivinásteis que me había yo de enamorar de él... y no os engañásteis, porque no os engañáis nunca.

—Eso no es verdad, porque me he engañado con vos.

—¿Me creíais más perdida de lo que estoy?

—No os creía tan corazón y tan alma y tan voluntad...

—¡De modo que vos creísteis que mis amoríos con don Juan!...

—Serían sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo día y creí que con teneros asida de cualquier modo de sol á sol...

—¡Ah! ¿hicísteis venir á propósito, con mala intención, á don Juan á mi casa?

—Vamos claro: ¿os pesa de amar á don Juan?

—Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de él.

—Bien, muy bien; respondéis á mis preguntas como un instrumento perfectamente templado á la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y acabaremos por ser los dos más grandes amigos del mundo. Pero bebed, hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero néctar de los dioses, se conoce que se lo han regalado al duque de Lerma.

—¿A qué pronunciar ahora su nombre?

—Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os encontráis la tiene, y esta causa es el duque de Lerma.

—¿El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de él?

—Sí por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en que se encuentra don Rodrigo Calderón; yo, que he venido á la corte para mucho, necesitaba tener asido á su excelencia; ningún asidero mejor que vos...

—Muchas gracias—dijo dolorosamente Dorotea.

—Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba á resultar... hubiera hecho más para que os hubiérais empeñado por mi amigo.

—Gracias otra vez, don Francisco.

—Ya me habéis dicho que por nada del mundo os pesará el haberle conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os hace bien; cuando os hace bien... debéis estar agradecida á quien ese bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con ellas... y tengo razón.

—Indudablemente—dijo la Dorotea mirando con una expresión de doloroso candor á Quevedo—, creo que en parte tenéis razón cuando decís que vale más sufrir que hastiarse.

—¡Ah! ¿Y quién duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivíais sin rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseíais una hermosa casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de Lerma es un amante muy cómodo, que se contenta con que todo el mundo sepa que paga á la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y cuando os visita os habla de la última comedia de Lope, ó del tiempo, y se va saludándoos gravemente, sin haber mortificado más que al sillón donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de vuestro recibimiento, ni se ha acercado á vos, ni conmovídose delante de vos; os tiene como á su papagayo y á su negro y otras muchas cosas que el buen señor tiene sólo por tener lo que cuesta caro.

—Pero ¿quién os ha dicho eso?

—Conozco demasiado á su excelencia.

—Aunque no hayáis acertado por completo, aunque siempre no haya sido tan feliz como suponéis con la indiferencia del duque, es cierto que para mí es más bien un gran señor que compra el derecho de entrar en mi casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo más escondido.

—Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele. Resulta, pues, que vos para don Francisco sois más la vanidad que el deseo.

—Es verdad.

—Si vos dijérais al duque de Lerma: no volváis más á poner los pies en mi casa, el duque, herido en su vanidad, sería capaz de hacer cualquier desatino.

—¡Oh! el duque haría cuanto yo quisiera, sólo porque no pudiera nadie decir: la Dorotea le ha despedido.

—Pues bien; ved ahí por qué he venido yo á veros.

—¿Para utilizarme?

—Para valerme de vos.

—¡Ah! ¿Me necesitáis?

—¡Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro corchetes!

—¡Ah! ¡os quieren prender!

—Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado á encierros, os afirmo que ahora sentaríame muy mal el ser guardado.

—Pues yo me alegraría... me alegro... os tendré preso algún tiempo sólo por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacéis sufrir.

—¡Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer, os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecéis. No os creía yo mala.

—No os aborrezco—dijo seriamente la joven—, porque yo no he nacido para aborrecer; no os estremecéis vos del daño que me habéis causado por vuestro interés propio, porque... no veis mi alma, porque no sabéis qué horribles pensamientos pasan por ella, ó porque, si lo comprendéis, no tenéis corazón. ¿Qué os importa á vos, poeta que de lo más santo se burla, que á lo más respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa, cuando encuentra un obstáculo en el tenebroso camino que sigue; sabio que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna vez la ha tenido; qué os importa, digo, que una pobre mujer, que si no era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el fuego por vuestra causa, porque la habéis necesitado para vuestros proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada? ¿qué importa? ¿qué importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con ellas, necesitáis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; ¿qué os importa á vos, alma fría, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que habéis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no podéis hacerme más daño que el que ya me habéis hecho; yo no me vengaré de vos, porque quiero ser más grande que vos; quiero heriros en vuestro orgullo; quiero que tengáis el recuerdo de una víctima que ha caído mirándoos frente á frente á vos, hombre funesto, mientras sus ojos han podido mirar.

—¡Pobre loca!—exclamó profundamente Quevedo, separando de sus labios una copa que llevaba á ellos—; ¡pobre niña, digna de cuanto una mujer puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura ó lodo! ¡pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir el oro del barro!

Y Quevedo se levantó y cerró las puertas.

Luego vino, se sentó frente á Dorotea que estaba doblegada.

—He cerrado las puertas, porque vais á oír lo que nadie ha oído; porque vais á ver lo que nadie ha visto; vais á oír al hombre; vais á ver al hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que él quiere que vean. Os confieso que sólo conozco cuatro personas dignas de que yo les tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenéis razón; yo no veo en el mundo, alrededor mío, aturdiéndome siempre con su charla insoportable, dándome náuseas con su vanidad estúpida, repugnándome con sus vergonzosos vicios, más que miserables divididos en dos mitades: los comidos y los que comen; tenéis razón, yo no tengo alma ni corazón ni más que indiferencia, ó hastío ó mala intención, para el mundo; pero yo, en medio de ese mundo, tengo un pequeño mundo mío, que me consuela del otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma, corazón, amor, lágrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento comprende el mío, cuyo corazón no late sino por lo grande, por lo verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al otro insensiblemente, porque debíamos estrechar la distancia que nos separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniéramos, y al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflejó en mí, y yo me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sería un filósofo arrinconado, y Osuna sin mí un águila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en mí, como en el duque la desgracia que á mí me suceda. Sabe Dios á dónde iremos á parar don Pedro Téllez Girón y yo, pero nuestra suerte será igual: él me comprende y yo le comprendo, él me ama como amaría á su cabeza, y yo le amo á él como á mi brazo. Dióle Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y á mí me dió ingenio y dominio sobre los demás, y ojos que saben mirar, y oídos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo.

—¿Y qué me importa á mí de todo eso?—dijo la Dorotea.

—Oíd, oíd, y esperad al fin. Como el duque no tiene para mí secretos, sabía yo que tenía un hijo bastardo: llegó el tiempo de que su hijo cumpliese sus veinticuatro años, y como quiera que por uno y otro informe se sabía que era digno de su padre, cuando salí de mi última prisión, recientemente, me encargó don Pedro que buscase á su hijo, que le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase á Nápoles. Sin el señor Juan Montiño, que así se llamaba falsamente el hijo de don Pedro, yo no hubiera venido á Madrid. Hubiera tomado postas para Barcelona, y allí un barco para Nápoles. Pero vine, y encontréme á nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos produjeron las heridas de don Rodrigo Calderón, y los amores de don Juan con su esposa.

—¡Ah!—exclamó Dorotea.

—De todo ello han tenido la culpa dos animales.

—¡Dos animales!

—Sí por cierto: un caballo viejo y cojo, á quien juro Dios se ha de cuidar como á un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su majestad.

—No os comprendo.

—El caballo que debía haber llegado á Madrid con su jinete, es decir, con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio día, llegó á la noche; Francisco Martínez Montiño, que debió haber estado en su casa, y recibido á su sobrino postizo á la hora de la cena del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las circunstancias eran además gravísimas. La reina se encontraba grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y doña Clara Soldevilla había salido sola á la calle por el compromiso de la reina, y seguida por don Rodrigo Calderón, al primero á quien encontró, de quien se amparó, como se hubiera amparado de otro cualquiera, fué de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios; generoso y valiente él, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por don Juan, puesta en contacto íntimo con él, que es impetuoso, y noble, y valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso, aconteció lo que no podía menos de suceder: se enamoró ella de él con tanta más fuerza y más pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que no había podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El enredo se había hecho terrible cuando yo encontré en el zaguán de la casa del duque de Lerma á don Juan, que como yo había ido allí en busca del cocinero de su majestad, y se agravó hasta hacerse negro, lúgubre, al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo temí todo, todo: empecé á buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta casa donde me refugié por el momento, supe que vos érais la mujer codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma, á quien engañáis siendo amante de Calderón. Entonces dije: de seguro la Dorotea, aquella hermosa niña á quien yo conocí en el convento de las Descalzas, tiene gran poder ó puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en cuanto á Calderón, yo que le conozco, mucho me engaño si no es para Dorotea uno de esos hombres á quienes una mujer ama mientras no se le presenta otro mejor. Nuestro don Juan está terriblemente atollado; pues bien, procuremos que él mismo se desatolle enamorando á la Dorotea, y entonces me vine aquí y llamé á don Juan, y sucedió más de lo que yo creía: que vos os enamorásteis de él, y él se deslumbró al veros. Los sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doña Clara, y que vos os encontréis con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no creí que ninguno de los tres valiéseis lo que valéis: mi mundo, el mundo de mi corazón y de mi amor, que se reducía á una persona, se ha aumentado con otras tres: y la que más amo, porque es la más débil, sois vos, hija mía, vos que me habéis sorprendido, que me habéis enamorado con el corazón que me habéis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos.

—¡Aterrado por mí!

—¡Ah! si vos creéis que yo tengo el alma helada, os engañáis; que la tengo muerta, que sólo ha sobrevivido en mí lo malo, os engañáis, Dorotea, os engañáis; mi vida es una vida poderosa, insoportable, insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde extenderse, y no le halla; mi vida está comprimida, encerrada como en una caja de hierro: cada corazón digno de mí que encuentro, es un poco de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisión que no puedo romper por más que hago; y al mismo tiempo es una amargura más, una amargura infinita; habéis dicho que yo os sacrifico á sangre fría, y al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazón apretado, siento ansias, y me pregunto qué razón desconocida hay para que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegría del dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: ¿por qué Dios no nos ha dado otros sentimientos más fáciles de satisfacer? ¿por qué esta continua carnicería? ¿por qué esta durísima é interminable batalla? Os habéis engañado respecto á mí; insensible, duro, cruel, si se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he dicho, sois mi aire de vida. Yo haré con vos todo lo que pueda hacer: os haré menos infeliz.

—Menos infeliz ¡y cómo!

—Procuraré prestaros parte de mi fortaleza; emplearé con vos todo el tesoro de consuelos de que mi alma está llena; os enseñaré á encontrar la alegría en la tristeza, el placer en el dolor; haré que, reconcentrada vuestra alma, busquéis la vida en vos misma; os daré el filtro que hace soñar, levantando vuestra alma; seréis mi hija, y yo seré vuestro padre; os retiraréis del teatro, y no entraréis en un convento, viviréis en el mundo, dominándole, despreciándole, engrandeciéndoos á vuestros propios ojos, con la comparación interna de lo que vos valéis, y lo que el mundo vale. Llegará un día en que vos no seréis la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondréis á sus hijos sobre vuestras rodillas, y los amaréis como si fueran vuestros; en que purificada por el martirio, levantaréis á Dios la frente lavada, blanca y resplandeciente por el Jordán del sufrimiento. ¡Oh! ¡Dorotea! ¡Dorotea! ¡hija mía! si viérais mi corazón, si apreciárais su amargura y su despecho, si supiérais cuánto esta insoportable amargura y este despecho frío están dominados, puestos en silencio... si viérais cuántas terribles ambiciones, cuántos proyectos inconcebibles se agitan, rugen en mi cabeza, y al mismo tiempo me viérais estudiar, buscar ansioso la ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir á los demás, convertir las lágrimas en burlas... ¡oh! yo os aseguro que os compadeceríais de mí, que encontraríais injusta la maldición que sobre mí pesa, y poco todo el aire de la creación para dar á mi pecho el aliento que necesita.

—Conque, ¿sólo me hicísteis conocer á don Juan para salvarle?—dijo Dorotea, que no podía apartarse de su pensamiento dominante, de su pensamiento desesperado.

—Sí, ¡por Dios vivo!—contestó Quevedo.

—Pues habéis hecho bien, muy bien, y os pido perdón por el odio que os he tenido, por las injurias que me habéis escuchado.

—¡Bah! no podéis injuriarme.

—Y decidme: ¿habéis venido también á que yo siga salvando á don Juan?

—Sí.

—¿Y de qué modo puede ser eso?

—Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin consejo, sin ayuda.

—No os prenderán ó he de poder poco.

—Se necesita además...

—¡Qué!...

—Que engañéis á vuestro... ¿qué sé yo lo que es vuestro el tío Manolillo?

—¡Ah! ¡infeliz!

—Es necesario que le digáis, que le hagáis creer que nada os importa ya don Juan.

—Os comprendo, os comprendo, descuidad.

En aquel momento sonó el ruido de una carroza y Casilda entró azorada.

—¡El duque de Lerma!—exclamó.

—El duque... lleváos al momento esta mesa... y vos... vos don Francisco, escondéos aquí.

—¡Cómo! ¿en vuestro dormitorio?

—Sí, sí, desde ahí podréis oír y ver. Desde ahí podréis juzgar si soy digna de que me apreciéis.

Don Francisco entró.

Poco después, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un balcón, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entró el duque de Lerma.

CAPÍTULO LVI

EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES

Cuando entró en su casa doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, de vuelta de palacio, se encerró diciendo á su dama de confianza:

—Cuando vengan don Juan Téllez Girón y su esposa doña Clara Soldevilla, introducidlos y avisadme.

A seguida se sentó en un sillón, y quedó inmóvil, pálida, aterrada, muda como una estatua.

Nada tenía esto de extraño; la caía de repente encima el hijo involuntario que le había procurado una fatal casualidad, una fatal sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las mocedades del duque de Osuna.

Nunca una mujer se había visto en tales y tan originalísimas circunstancias.

Es el caso que la duquesa, si tenía mucho por qué desesperarse, no tenía nada por qué acusarse, por qué avergonzarse.

Ella no tenía la culpa absolutamente de aquello; ella no la había autorizado; es más, ella, hasta que vió el aderezo funesto sobre doña Clara y supo que el esposo de doña Clara era un Girón, no sabía, no podía imaginarse quién era el padre de aquel hijo completamente fortuito.

Entonces comprendió doña Juana la razón de ciertas sonrisas intencionadas que el duque de Osuna se había permitido hablando en la corte con ella, después de la aventura de que había sido oculto testigo en El Escorial el tío Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de aquella enormidad, sin atreverse á mirar á nadie frente á frente, temerosa de que el hombre á quien mirase fuese el autor de su vergüenza, con el duque de Osuna había sido con el único que había hablado sin empacho.

En verdad que el duque de Osuna se había permitido enamorarla aun antes de ser viuda del duque de Gandía; pero el noble don Pedro, á pesar de que era joven é impetuoso, sabía enamorar á doña Juana sin que ésta se ofendiese, de la manera más delicada, más discreta, más respetuosa, más peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que nadie conocía, más que el duque que los alentaba, y doña Juana causa de ellos.

Y luego estos amores tenían disculpa.

El duque de Osuna no había conocido á doña Juana hasta que después de casado la presentó en la corte su marido, y parte de esto, doña Juana era una mujer sumamente peligrosa.

A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa combinación de encantos, unía un candor y una pureza de ángel; se había casado crecida, más que crecida, á los treinta años, veinticuatro de los cuales los había pasado en un convento, y era, sin embargo, una niña, y tenía en su mirada, en su sonrisa, en su expresión una fuerza imponderable de sentimiento; dormía bajo su inexperiencia, bajo su timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo, sin irritarle.

El duque de Gandía, su esposo, era un señor antiguo, provecto, que se acordaba del emperador continuamente, que no sabía hablar más que del emperador, y que miraba con desprecio á los que no habían nacido en aquella generación de gigantes, en aquella época de gloria, en aquel período de embriaguez de las Españas.

Soltero siempre, porque no había sentido nunca el amor, porque su alma de plomo, por decirlo así, no podía sentirle, se casó cuando era viejo con el único objeto de tener un hijo á quien transmitir su nombre, un hijo que impidiese que sus Estados pasaran á sus parientes bilaterales, á quienes aborrecía lo más cordialmente posible; entonces se encaminó á la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan duro y tan excéntrico como él, y que por una casualidad se había casado joven, y le dijo:

—Amigo don Iñigo: los médicos me dicen que cuando más, cuando más, puedo prometerme cuatro años de vida.

—Los médicos quieren robaros, amigo don Francisco—contestó el conde.

—Podrá ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando quiero andar derecho como in illo tempore, me da un crujido el espinazo, y el dolor me hace volver á encorvarme un tanto; el peso del arnés y del yelmo son malos, muy malos, amigo mío, bien lo sabéis, porque vos, como yo, los habéis llevado mucho tiempo; además, este respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy á hacer cuanto antes el testamento.

—¿Y venís á preguntarme sin duda, á cuál de vuestros parientes?...

—¿Qué? Ni por pienso; si me heredan será porque yo no puedo hacer otra cosa.

—Pues no veo el medio de evitar... ¿Tenéis algún hijo incógnito?...

—¡Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qué se quiere una mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado á una mujer, como no haya sido á las reinas que he conocido, y eso en los días de corte para besarlas la mano.

—Pues por más que hago, no adivino la razón de que hayáis venido á hablarme de vuestro testamento.

—Para hacer testamento á mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo á que vos me deis ese hijo.

Púsose en pie de un salto el conde de Haro.

El duque de Gandía no se movió del sillón en que estaba sentado.

—Sí, sí señor, vengo á que me deis un hijo por medio de una de vuestras hijas.

—¡Ah!—exclamó sentándose de nuevo el conde de Haro—; eso es distinto; ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, ¿estáis seguro, es decir, tenéis probabilidades de obtener hijos?

—Al menos los médicos me lo han asegurado.

—Bien; ¿y cuál de mis hijas queréis?

—La más hermosa.

—La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todavía no ha salido de ella; no quiero violentarla.

—¿Pero tiene hecho algún voto?

—No.

—¿Sabe ella vuestra voluntad?

—No, porque yo quiero que haga la suya.

—¿Habéis hecho alguna promesa á Dios?

—Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho más cuando ese otro es hija mía.

—¿De suerte, que sólo tenéis un ligero deseo de que sea monja?

—Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doña Juana...

—Pues mejor, mucho mejor; yo sólo sabía, porque lo había oído á muchas personas, tratándose de vuestra familia, que teníais una hija que era un portento... Como para mí la mujer es completamente inútil, sino para madrear, ni reparé en ello, ni sentí absolutamente deseo por conocer á ese portento de vuestra hija; pero cuando empecé á pensar en que yo debía tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber cómo, se me vinieron á la memoria los elogios que acerca de una de vuestras hijas había oído.

—Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si sólo os casáis mecánicamente—dijo el conde de Haro, que era un tanto socarrón—, casáos con la menor de mis hijas; tiene veinte años, es fea, fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y á propósito, decididamente á propósito para la maternidad. Me quitaríais de encima un cuidado, porque aunque la he dotado mejorándola, para contrapesar con dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con ella; vos es distinto; á vos, para quien no existen los encantos de la mujer, ¿qué más os da?

—Amigo don Iñigo, yo he sido muy buen mozo.

—Ya lo sé.

—Y quiero que mi hijo ó mi hija lo sean.

—Es muy justo.

—Porque á más de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la nobleza natural de la hermosura.

—Sin duda.

—Ahora bien; un chiquillo se parece á su padre ó á su madre, ó á los dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra á mí cuando tenía treinta años, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse á su madre... Es necesario que sea hermosa.

—Esto se parece á la manera cómo se hacen los caballos de la cartuja de Jerez—dijo el conde de Haro, á quien convenía una alianza con el duque de Gandía, y á quien la tiesa extravagancia de éste hacía feliz.

—En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido esa hermosísima hija que tenéis... que se quedará viuda pronto con un título ilustre y con cien mil ducados de renta.

—No hablemos de eso—dijo poniéndose serio el conde de Haro—; mi hija llevará á vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de hembra que posee, cuya renta sube á trescientos mil ducados.

—No hablemos de eso—dijo el duque de Gandía—; yo no necesito más que la hermosura y la nobleza de vuestra hija.

—Tiene treinta años.

—Mejor.

—Pues entonces... ¡Sanjurjo! ¡Sanjurjo!

El llamado era el secretario del conde de Haro.

—Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la diréis que entregue mi hija la señora doña Juana, al aya doña Guiomar; al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque el catarro no me deja.

Escribió Sanjurjo, firmó el conde y partió la carta, y los dos grandes quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada.

Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados á ver realizados cuanto antes sus deseos.

Dos horas después, entró de repente en la cámara una joven, una divinidad, vestida con un hábito, un velo y una toquilla de educanda y se detuvo al ir á arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que había con él otro respetable señor, que la miraba ni más ni menos que como hubiese podido mirar á una yegua de raza, sin mover una pestaña.

Doña Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de Gandía, y adelantó con menos apresuramiento hasta su padre, y se arrodilló y le besó la mano.

—¿Te han dicho que no volverás al convento, hija?—la preguntó el conde.

—Sí, señor.

—¿Y te pesa?

—No, señor.

—Dilo sin reserva, sin temor.

—Yo no tengo más voluntad que la de mi buen padre.

—Se trata de que cambies de estado.

—Muy bien, señor.

El conde besó á su hija en la frente, la levantó y la sentó junto á sí.

Doña Juana permaneció con los ojos bajos.

—Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco de Borja, duque de Gandía, de quien me has oído hablar tantas veces con nuestra parienta la abadesa de las Descalzas.

Doña Juana levantó la cabeza, miró de una manera serena á don Francisco, que no había cesado de examinarla, y le saludó de nuevo.

—Este caballero—añadió el conde—, te pide por esposa.

Pasó por los ojos de doña Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron.

Pero no pudieron dejar de notar el vivísimo color que cubrió las hermosas mejillas de la joven.

—¿Qué respondéis á eso?—dijo el conde.

—Que vuestra voluntad es la mía, padre y señor—contestó doña Juana.

No se habló más del asunto, porque no era necesario hablar más.

Dióse parte á deudos y amigos de estas bodas, encargáronse galas á Venecia, se renovaron muebles y se aumentó la servidumbre de la casa del duque de Gandía, con lo que hacía muchísimos años, desde la muerte de su madre, no había tenido, esto es: con dueñas y doncellas, y dos meses después de la petición, doña Juana de Velasco fué duquesa de Gandía.

Entonces, y sólo entonces, la conoció don Pedro Girón.

Conocerla y codiciarla, fué cosa de un momento.

Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fué subsiguiente.

Pero el terrible duque de Osuna encontró una barrera insuperable á sus deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doña Juana.

Cuando el duque, aprovechando una ocasión, la decía amores, doña Juana se callaba, se ponía encendida y buscaba en la conversación general una defensa contra las solicitudes del duque.

Si éste la encontraba sola en su casa, doña Juana llamaba inmediatamente á sus doncellas.

Si el duque la seguía á la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de su libro de devociones.

Llegó á contraer un empeño formidable el duque de Osuna.

Y lo que era peor, un amor intenso.

Porque doña Juana de Velasco lo merecía todo.

Irritábale aquella resistencia, porque él estaba acostumbrado á llegar, ver y vencer, como César.

La conducta fría, tiesa, sostenida de doña Juana, le sacaba de quicio.

Y, sin embargo, doña Juana le amaba con toda su alma; desde el momento en que le vió guardó su recuerdo, reposó en él, acabó en fin, por enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada á las rígidas prácticas del convento, guardó su amor dentro de su alma, le combatió, le dominó si no le venció, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de él, ni aun el confesor tuvo noticia alguna.

Porque decía doña Juana:

—La honra de un esposo es un depósito tan sagrado, que no debe menoscabarse ni aun delante del confesor.

La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le pedía fuerzas para resistir al duque, que no cesaba en su porfía.

Y Dios se las daba.

Y cuenta que junto á doña Juana no había nada extraño que concurriese á defenderla.

El duque de Gandía, rara vez, y aun así por pocos momentos y tratándola ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones.

No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo.

Doña Juana para el duque de Gandía, no era más que un medio.

Y como aquel medio había respondido admirablemente á su intento, puesto que al poco tiempo de casada, los médicos declararon que la duquesa se encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fué á sus posesiones de Andalucía á pasar el invierno, y dejó en completa libertad y en absoluta posesión de su casa á su esposa.

Esto tenía sus peligros, que no se ocultaban á la duquesa.

Don Pedro Téllez Girón no era un amante vulgar.

Irritado como se encontraba por la resistencia de doña Juana, debía poner en juego todos sus recursos.

Doña Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entró un día sola en el aposento del duque su esposo, tomó un pistolete y lo llevó á su aposento, después de cerciorarse de que estaba cargado.

Doña Juana se había puesto en lo peor.

Y como todo el que se pone en lo peor, había acertado.

El duque, no encontrando ya persuasión ni insistencia que bastasen para ablandar á aquella roca, apeló al oro, y corrompió, enriqueciéndola, á la servidumbre particular de la duquesa.

Esta oyó una noche rechinar levemente una puerta.

Cuando el duque, que era el que había hecho rechinar aquella puerta, entró en el aposento de doña Juana, se encontró á esta vestida de blanco de los pies á la cabeza, más hermosa que nunca, pero terrible.

Doña Juana tenía un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con él al pecho del duque, á dos pasos de distancia.

—¡Bravo recibimiento me hacéis!—dijo el duque, á quien de antiguo no imponía espanto el peligro—; contaba con resistencia, porque os conozco bien; pero no creía que me presentáseis batalla.

—Si no os vais, os mato—dijo la duquesa con la voz más serena y más sonora del mundo.

—Habéis de ser mía—dijo el duque, y se fué.

La duquesa desarmó el pistolete, y se acostó como si tal cosa.

Al día siguiente, las dueñas y las doncellas del cuarto de la duquesa fueron despedidas por el mayordomo.

—Pero, ¿por qué se nos despide?—dijo una doncella que había sido envuelta sin culpa en el naufragio universal.

—No lo sé, señoras mías—dijo el mayordomo—; no sé más, sino que su excelencia acaba de decirme que despida á sus dueñas y á sus doncellas.

Y el mayordomo decía la verdad.

No sabía absolutamente nada.

El duque se dió á los diablos, y tomó el prudente partido de esperar.

Mientras esperaba, la duquesa dió á luz un hijo varón.

El duque de Gandía no pudo saber si su heredero, para el cual había escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo ó hermoso.

Con tanta precipitación quiso hacer su viaje el duque de Gandía, que le dió un causón en el camino, y se murió en una venta sin otro consuelo sino que también en un mesón se murió el gran rey don Fernando el Católico.

Trajéronle difunto á su panteón de Madrid, y doña Juana se puso el luto sin alegría, pero sin sentimiento.

El que se alegró poco cristianamente, fué el duque de Osuna.

Muerto el obstáculo más grave, el duque creyó que los demás obstáculos serían fáciles de vencer.

Dejó pasar algún tiempo, y un día, al fin, completamente vestido de negro, y de la manera más sencilla, se hizo anunciar á la duquesa.

Doña Juana le recibió en audiencia particular; sólo que tenía vestido de negro también, sobre sus rodillas, á su hijo.

Con el luto estaba la duquesa encantadora.

Don Pedro Girón, que era violento, se sentó temblando de pasión y de deseo junto á ella.

—Os amo—dijo el duque de Osuna—, y os declaro que soy tan vuestro, que no soy mío. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si se ve despreciado, dará lugar á alguna desgracia.

—Señor duque—dijo tranquilamente doña Juana—, mirad que os oye el duque de Gandía.

Y señaló á su pequeño hijo.

—Pero sois libre...

—No por cierto, porque aún vive mi honor.

—¿No confiáis en el mío?

—El vuestro está tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le curáis á tiempo.

—¿Qué decís, señora?

—Que si yo soy libre, vos no lo sois.

—¡Ah!

—Sí; doña Catalina, vuestra esposa, tiene en mí una buena guardadora por lo que toca á sus derechos.

—¿De modo que si yo fuera libre?...

—Me esclavizaría con vos.

—¿Me amáis?...

—Me casé sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casaría por tener un noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adiós, señor duque, y perdonadme si no estoy más tiempo aquí.

Y la duquesa se levantó, saludó profundamente á don Pedro, y salió con su hijo en los brazos.

El duque estuvo á punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto hubiera producido un escándalo, y el duque de Osuna era demasiado principal caballero para atreverse á un escándalo, se contuvo, salió de la casa, y después de haber dado vueltas á cien proyectos, y de haberlos abandonado por inaceptables, se redujo al último recurso de todo el que desea un casi imposible: á esperar.

Y no sabemos cuánto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y los ingleses, no hubieran vencido á la Invencible; si por esto, doña Juana, que era del cuarto de la infanta doña Catalina, no hubiera ido á dar á su señora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en una galería obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz antes de que pudiera reconocerle.

—¡Bravo recibimiento me hacéis!—dijo el duque.

Puede fácilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresión, la desesperación que causaría en la duquesa aquel lance tan serio, tan grave, de tan terrible trascendencia.

¡Y luego no saber el autor de aquel desacato!

Doña Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos días avergonzada, sin atreverse á mirar frente á frente á ningún hombre de los de la servidumbre interior que habían estado de servicio la noche de su mala ventura; doña Juana se había informado de quiénes eran aquellos nombres, con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no había estado aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo.

Esto consistía en que el duque acababa de llegar á la ligera desde Madrid al Escorial, cuando se tropezó en la galería obscura con la duquesa, y después de su crimen, para no dar sospechas, se había vuelto á Madrid sin ver al rey.

De modo que la duquesa no podía sospechar siquiera que el duque de Osuna hubiese sido el reo de aquella enormidad.

Por lo tanto, era el único delante el cual se presentaba serena, y el duque era el único que se sonreía dolorosamente delante de la duquesa.

Pasó algún tiempo y la duquesa se heló de espanto; conoció que era madre. ¡Madre de un bastardo, sin culpa, sin más culpa que la de un aturdimiento hijo de su misma pureza! ¡madre y viuda!

¡Y sin conocer al padre de su hijo!

Confesamos que la situación de doña Juana era excéntrica, excepcional, terrible.

Llegó un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su estado, y se retiró de la corte, se encerró en su casa.

El duque de Osuna, al no ver en la corte á la luz de los ojos, quiso verla en el hogar doméstico.

Pero encontró cerrada la puerta del hogar de doña Juana.

Esperó, pero pasó algún tiempo, y doña Juana no se dió á luz.

Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doña Juana tendría por objeto ocultar un estado embarazoso.

Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerró en su camarín más reservado, tomó unas tijeras y en un libro, y provisto de una escudilla de plata con engrudo, se puso á cortar, á aislar, á descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegándolas con el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta:

«Juana de mi alma, corazón mío: Yo soy el dichoso y el desdichado que te encontró en una galería de El Escorial una noche de que es imposible que te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado, temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te amenaza confía en mí: yo te salvaré. Pero contéstame. Mañana á la noche estaré, después de las doce, á los pies de tus ventanas que dan á la calle excusada.

Tanto tardó el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando concluyó.

Vistióse de negro, envolvióse en una capa parda, cubrióse con un ancho sombrero, y se fué en derechura con su carta cerrada á casa de la duquesa de Gandía, ó más bien á la calle donde la casa estaba situada.

Esperó en un zaguán, y cuando salió un lacayo le siguió y le dijo, fingiendo la voz de tal modo que no podía ser reconocido:

—Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho daño si te niegas á servirme, y rico si me sirves bien.

Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de á ocho.

—¿Y qué puedo hacer, señor?—dijo el lacayo vencido completamente.

—Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, ¿tiene amante?

—Sí, señor—dijo el lacayo—, y está para casarse.

—¡Malo!—dijo para sí el duque—; ¿y con quién se casa Esperanza?

—¿Con quién ha de ser, sino con el señor Cosme Prieto?...

—¿Quién es ese Prieto?

—El ayuda de cámara del duque difunto.

—¡Ah! ¿un vejete?...

—Sí, señor.

—¿Y con ese se casa doña Esperanza?

—¿Qué queréis? tanto robó á su excelencia, que es muy rico.

—¡Ya! pues mira: vas á buscar ahora mismo á Esperanza.

—Muy bien.

—La darás esta sortija y la dirás: el caballero que os envía como señal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas que dan á la callejuela excusada.

—Muy bien, señor.

—Pero al instante, al instante.

—En el momento en que vuelva de avisar al médico de la señora duquesa.

Dióle un vuelco el corazón al duque, pero temeroso de comprometer á doña Juana, no preguntó ni una sola palabra más al lacayo, y recomendándole que concluyera pronto, se fué á esperar á la calleja.

Pasó más de una hora.

Al fin el duque sintió abrir una de las maderas de una reja y luego un ligero siseo de mujer.

El duque se acercó á la reja, y con la voz siempre fingida dijo:

—¿Sois vos Esperanza?

—Yo soy, caballero—contestó de adentro una voz de mujer que, aunque fresca y sonora, no tenía nada de tímida—; ¿y vos sois quien me ha enviado un recado con el lacayo Rodríguez?

—Sí; sí, señora.

—¿Y qué me habéis enviado?

—Un diamante que vale cien doblones.

—¿Eso habrá sido por algo?

—Indudablemente.

—¿Me conocéis?

—Sí, sé que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de Asturias.

—Muchas gracias, caballero: ¿y vos quién sois?

—¡Yo!... ¿qué os importa?

—¡Vaya!

—Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el aliento.

—¿Y por qué fingís la voz?

—Porque no quiero que me conozcáis.

—¿Os conozco yo?

—No; pero no quiero que me podáis conocer mañana.

—¿Pero?...

—Os amo.

—¿Que me amáis? Si sois un caballero principal, no querréis más que burlaros de mí.

—Vamos claros. Tú te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto.

—¡Ah! sí, señor; con mucha repugnancia.

—Tú eres muy joven y puedes esperar.

—Como que no tengo más que diez y ocho años.

—Pero apuesto cualquier cosa á que si Prieto se casa contigo, es porque no ha podido ser tu amante.

—¡Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero.

—Pero poco; ¿no es verdad?

—Es muy mísero.

—Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: ¿quieres ser mi querida?

—¡Señor!

—No tendrás que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese escuerzo de Cosme Prieto.

—¿Pero qué dirán mis padres?

—Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro.

—¡Señor!

—¿No la quieres?

—Sí; sí, señor.

—Pues entonces tómala.

Salió una mano por la reja, y tomó la bolsa.

—Ahora, ábreme—dijo don Pedro.

—¡Ah, no! ¡no, señor!—exclamó vivamente Esperanza.

—¡Ya, ya te entiendo! ¿Te parece poco el diamante y el bolso, ó temes que pueden ser falsos?

—No; no, señor, es que soy una doncella honrada.

—Oye, acaban de dar las ánimas; desde aquí á las doce de la noche van cuatro horas; ¿puedes tú bajar á las doce á esta reja?

—¡Por esta reja! ahora su excelencia está en el oratorio, y he podido bajar; pero á las doce su excelencia estará en su dormitorio, y el dormitorio de su excelencia da á un corredor, y este corredor á unas escaleras que están aquí orilla.

—¡Ah! ¿conque tu señora se ha venido á lo último de su casa?

—Vive muy retirada.

—¿Y no te atreves á venir por esta reja?

—No, señor.

—¿Pues por cuál?

—Por la última, seis rejas más allá.

—Pues vendré á las doce.

—Venid; pero no os abriré el postigo; bajaré á hablar.

—Bien, muy bien; me basta.

—Pues quedáos con Dios, que temo que mi señora me llame.

—Ve con Dios, y no te olvides de mi cita.

—No lo olvidaré; á las doce, por la última reja del lado de allá; ésta es la primera.

—Hasta luego.

—Hasta luego.

La reja se cerró.

—¡Conque junto á esta reja hay una escalera que da á un corredor al que sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasión violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... sí, sí; la honra de doña Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosías. Otra reja volada; no se me confundirá. Además es la primera.

Y el duque se separó de la reja, tomó el camino de su casa y se entró en ella por un postigo sin ser sentido de nadie.

Abrió un pequeño guardajoyas que tenía en su aposento para su uso diario, y tomó una rica cadena de diamantes y la guardó en su escarcela.

Entonces se puso á trabajar de nuevo, esto es, á componer con letras pegadas, bajo lo que había compuesto antes en la carta que había llevado consigo lo siguiente:

«Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; mañana habrá desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la busquéis porque no la encontraréis; no temáis nada por vuestra honra, porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que sólo por ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin que os comprometáis.»

Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acabó de componer las anteriores líneas. Volvió á salir secretamente por el postigo, llegó á la calle á donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa, reconoció aquélla por donde había hablado Esperanza cuatro horas antes, la dejó atrás y se detuvo junto á la última y esperó.

Al dar las doce el duque sintió pasos indecisos de una mujer en el interior; acercarse aquella mujer á la reja, detenerse un momento como irresoluta, y abrir por fin las maderas.

—¿Sois vos?—dijo con voz trémula Esperanza.

—Yo soy—contestó con la voz siempre desfigurada el duque.

—Pero ¿por qué si me queréis os ocultáis?

—Ya me conocerás. Entre tanto toma esta cadena.

—¡Una cadena!

—Que vale trescientos doblones.

—¡Ah! ¡trescientos doblones!—dijo Esperanza tomando con ansia la cadena.

—Ya conocerás que quien tanto te da debe amarte mucho.

—¡Oh! ¡y qué buena suerte la mía, señor!

—No es la mía tan buena.

—¿Por qué? yo... os quiero ya... os quiero bien.

—No lo dudo. Pero me parece que no me querrás tanto que me recibas esta noche.

—¡Ah, señor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo.

—¿Pero la tendrás mañana?

—Sí; sí, señor.

—Y dime, ¿nos podrán sorprender por esta parte?

—No; no, señor; por aquí no viene nadie; ese postigo no se abre nunca; por lo mismo, es necesario buscar la llave.

—Cuento con que mañana...

—¡Oh! sí; sí, señor.

—Pues entonces, hasta mañana después de las doce.

—Hasta mañana.

El duque se fué, y la doncella se subió á su aposento con el corazón latiéndole con impaciencia por el regalo que la había dado su extraño amante.

Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, miró estremecida la cadena y ahogó un grito de asombro.

—¡Dice que vale trescientos doblones!—exclamó—y bien lo creo; esto es muy bueno, muy hermoso, ¿pero por qué me da tanto ese caballero? ¿si serán falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no mentía), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando á una le dan para vivir toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo le veía los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le quiero... pero si fueran falsas estas piedras...

Esperanza no durmió en toda la noche; al día siguiente se levantó muy temprano, y se fué á una platería.

—Un caballero que me solicita—dijo al platero—me ha dado estas joyas: yo he temido que sean falsas.

—¿Falsas? ¡eh, señora! si queréis ahora mismo por ellas doscientos doblones...

—¿De veras?

—Tan de veras como que os los doy.

—No, no las vendo; quedáos con Dios.

Y Esperanza volvió loca de alegría á su casa.

Entretanto, el duque de Osuna decía á su mayordomo:

—Oye: ¿no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada?

—Sí; sí, señor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una.

—Hazla amueblar, y luego tráeme la llave y las señas de la casa.

—Muy bien, señor.

A la noche, á las doce en punto, el duque de Osuna llegó á la calleja á donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Gandía.

Reconoció la primera reja por donde había hablado la noche anterior con Esperanza; vió sobre ella el mirador con celosías, y arrancándose una cinta del traje, la ató en un hierro; después, llegó á la última reja, y esperó.

Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba, abrió al momento el postigo de la reja.

—¡Ah! ¡buenas noches!—dijo la joven—; os esperaba con impaciencia.

—¿Y me esperabas decidida á todo, luz de mi vida?—dijo el duque fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar á la doncella.

—Sí; sí, señor; pero vos no pensaréis mal de mí—dijo con cierto embarazo Esperanza.

—No, de ningún modo—dijo con impaciencia el duque—; ¿tienes la llave?

—Sí, señor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje... pero ya está aquí.

—Concluyamos entonces...

—¡Ah, señor!... si os sintiese...

—¿Decididamente consientes ó no en abrirme?

—¡Ah, sí, señor!... pero si me engañáseis...

—Mejor suerte has de tener que la que esperas...

—Pues bien... sí... sí, señor; id por el postigo. ¡Dios mío!

El duque de Osuna se acercó al postigo, latiéndole el corazón.

Esperanza abrió.

Cuando hubo abierto, el duque la asió una mano y tiró de ella.

—¿Qué hacéis?—dijo asustada Esperanza.

—Yo no me atrevo á entrar—dijo el duque.

—Y entonces, ¿para qué queríais que abriese?

—Para que salieras tú...

—¡Pero Dios mío!... yo no os conozco.

—¿Y qué te importa?...

—Sí, sí—dijo con energía Esperanza—; venís encubierto, podéis ser un ladrón, haberme dado esas joyas y ese dinero para engañarme.

—Y tiene razón la muchacha—dijo para sí el duque de Osuna, pero sin soltarla.

Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por desasirse del duque.

—Si no me soltáis, grito.

El duque se decidió á darse á conocer.

—Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarán con el duque de Osuna.

—¡El duque de Osuna! ¡Dios mío! ¡pero esto no puede ser! ¡no, no, señor, vos me engañáis! ¡el duque de Osuna, cómo había de reparar en mí!

—¿Conoces tú al duque de Osuna?

—Le he visto entrar muchas veces en casa.

—Y yo te he visto á ti muchas veces, y me he enamorado de ti.

—¡Oh Dios mío!

—Entra un tanto, que me voy á dar á conocer de ti.

Entró Esperanza, el duque con ella, cerró el postigo, hizo luz con la linterna que llevaba bajo la capa, se quitó el antifaz y dejó ver su semblante á Esperanza.

La muchacha se estremeció y cayó de rodillas.

—¡Ah, señor! ¡perdonadme, perdonadme por haber dudado de vuecencia!—exclamó.

—No me conocías—dijo el duque—, y nada tiene de extraño. Pero abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aquí cuanto antes. ¿Te negarás ahora á seguirme?

—No, no, señor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me dió...

—Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto á las joyas no importa... vamos.

—¡Ah, señor...! ¡voy á seguiros...! ¡no sé lo que me sucede! ¡pero no me perdáis...!

El duque tiró de ella, llegó al postigo, tomó la llave de la parte de adentro, la puso por la parte de afuera, cerró, guardó la llave y se alejó con Esperanza.

A la revuelta de la primera calle, el duque dió una palmada.

Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en ella.

La silla se puso inmediatamente en movimiento.

Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba.

—Es necesario, necesario de todo punto—pensaba el duque—, que yo sea por algún tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar nada, para que crea que todo esto lo hago por ella.

Y acercándose á Esperanza la abrazó.

Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luchó por desasirse del duque; pero luego se estuvo quieta.

—¡Diablo!—dijo don Pedro—, del mal el menos; es buena moza cuanto puede pedirse, y parece honrada y buena... ¿qué diablos de complicaciones...? una querida más... y una pensión más... porque si no es mi querida, sospechará... podrá presumir, y es necesario que no presuma.

Y tras este pensamiento, el duque enamoró de tal modo á Esperanza, que ésta dijo al fin para sus adentros:

—Le parezco hermosa, y como estos señores son tan ricos y tan orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durará poco... y me dejará enamorada. ¡Dios mío! ¡y qué hermoso, y qué galán es!

Y la muchacha suspiró.

—¿Por qué suspiras?—la dijo el duque.

—Porque os amo—dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro del duque.

—Ya no me llamas excelencia, ni señor—dijo don Pedro—, y esto me agrada.

—Por lo mismo lo hago, porque creo que estáis enamorado de mí.

—Pero aún queda ese enojoso vos.

—¡Hablaros yo de tú, como á Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como otras que vienen á servir de mi tierra. Yo soy noble.

—¡Hola!

—Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaña, nuestro solar es muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa.

—¡Ah! ¿Eso es cierto?

—Ya lo sabréis...

—¿Y servías...?

—Como doncella, á una grande de España; hay muchas damas sirviendo en la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se debía... ¡la necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre anciana...

—¡Ah! ¡ah! pues mejor, mejor... yo enriqueceré á tus padres... yo no te abandonaré.

—¡Una sola palabra!

—¡Qué!

—¡Me amáis de veras!

—¡Sí!—dijo el duque.

—Pues bien; el amor iguala... yo no sé por qué te amo también, duque mío.

—¡Diablo!—exclamó para sí el duque—; esta muchacha es más hechicera y tiene más talento de lo que yo creía. Me va interesando ya... como puede interesarme una mujer que no es la duquesa de Gandía.

Abrióse en aquel momento la puerta de una casa, y entró la silla de manos.

Se detuvo, y los hombres que la conducían se alejaron, y volvió á cerrarse la puerta.

El duque abrió entonces la portezuela, salió, hizo luz con la linterna, y dió la mano á Esperanza.

—Estamos enteramente solos—dijo el duque—: los que nos han traído no saben quién eres, ni de dónde sales.

Y esta era la verdad.

—¡Oh Dios mío, y qué locura!—dijo Esperanza asiéndose encendida y trémula, al brazo que el duque la ofrecía.

Subieron unas escaleras.

Dos horas después el duque bajó por aquellas mismas escaleras, pálido y pensativo.

—Una mujer da otra mujer: el corazón, por lleno que esté, siempre tiene un hueco para la hermosura y para el corazón de otra mujer... ¡diablo! ¡diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta muchacha... será necesario enviarla cuanto antes y bien dotada á sus nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un remordimiento.

Y el noble don Pedro abrió la puerta y salió.

Eran las tres de la mañana.

Dirigióse rápidamente á la callejuela á donde le llamaba su amor, su verdadero amor, la pasión de su alma, que no podían apagar las pasajeras lluvias de amorcillos que caían á cada paso, á causa de su carácter y de sus riquezas, sobre el duque.

Llegó, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo tan dulcemente había comprado, se estremeció, dudó, retrocedió: temía que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no retrocedía tan fácilmente; antes que dejar abandonada á sí misma á la duquesa, arrostró por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su juventud, don Pedro Téllez Girón era un magnífico grande, á quien se respetaba poco menos que al rey.

Una vez dentro, recorrió algunas habitaciones desamuebladas, húmedas, á lo largo del muro de la calle, y fué reconociendo las rejas, ocultando la luz de la linterna cada vez que abría una.

Al fin dió con aquella, en uno de cuyos hierros había puesto como seña una cinta: quitóla, cerró, dió luz de nuevo, y buscó la subida de la escalera; por la cual, según le había dicho Esperanza, se subía al corredor donde correspondía una puerta de escape del dormitorio de la duquesa.

Aquel corredor tenía dos puertas: una á cada extremo.

El duque en esta perplejidad se dirigió á la de la derecha, con paso silencioso como el de un ladrón, oculta la luz de la linterna, con las manos por delante.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En un ancho y magnífico dormitorio, en un no menos ancho y magnífico lecho, dormía, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de Gandía.

Desvelábala el cuidado.

La espantaba el día en que, no pudiendo ocultar más su estado, la fuese de todo punto indispensable confiar á alguien su secreto.

¿Y cómo hacer creer á nadie la singular manera como había acontecido aquel terrible compromiso?

Doña Juana, que era virtuosa y honrada, no podía menos de afligirse amargamente, y de llorar al verse sometida á aquella inaudita desgracia.

Pidió á Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una deshonra á que ella no había dado lugar, sino siendo mujer, cuando oyó dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitación inmediata.

Doña Juana detuvo el aliento y escuchó de nuevo.

Pasó algún tiempo y los dos golpes se repitieron.

Por aquella puerta, condenada hacía mucho tiempo, y demasiado fuerte y bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no podía llegar nadie como no fuese alguno de su servidumbre íntima, que tuviese interés en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde dormían la dueña y las doncellas de servicio.

Doña Juana se levantó, se echó por sí misma un traje y se acercó á la puerta, á la que llamaban por tercera vez.

—¿Quién llama?—dijo en voz baja.

—Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazón y mi alma, hermosa señora—dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no pudo reconocer.

Al mismo tiempo sintió el roce de un papel por debajo de la puerta.

Bajóse la duquesa y tomó el papel.

Era la carta que había compuesto para ella el duque de Osuna.

Se fué, latiéndola el corazón, á la luz, y leyó el doble contenido que ya conocen nuestros lectores.

Apenas la leyó rápidamente, cuando corrió á la puerta.

Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que se encontraba.

Pero aquella puerta estaba condenada, no tenía la llave, y la duquesa se vió reducida á tocar á ella, á llamar levemente la atención de la persona que suponía al otro lado.

Pero nadie la contestó.

Volvió á llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio.

Poco después oyó allá, desde el fondo de la calle, una voz intensa, dolorosa, que exclamó:

—¡Adiós!

Doña Juana se precipitó á la reja, la abrió, miró á la calle, y vió á lo lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que desaparecía.

Doña Juana permaneció un momento en la reja mirando de una manera ansiosa al lugar por donde el bulto había desaparecido, como si hubiera querido atraerle, y luego se retiró, cerró lentamente las maderas, y se fué á la mesa, tomó su libro de devociones, cortó algunas hojas, y luego buscó unas tijeras y se puso á cortar letra por letra.

Cuando tuvo una gran cantidad, las fué clasificando en montoncitos por orden alfabético: como podría decir un cajista, distribuyéndolas, y cuando las tuvo distribuídas, reparó en que no tenía con qué pegarlas sobre el papel.

—No importa—dijo—, aprovecharé el tiempo: escribiré lo que he de copiar con esas letras.

La duquesa de Gandía se puso á escribir su original, es decir lo que debía después componer.

Y al escribirlo la infeliz lloraba.

Cuando estuvo concluida la carta, que no fué sino mucho después del amanecer, porque la duquesa había pensado mucho, había rayado muchas palabras, que por la delicadísima índole del asunto, la habían parecido inconvenientes, resultó lo que sigue:

«Señor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero creer que sois noble y generoso, y que será verdad que no me habréis comprometido valiéndoos, para hacer llegar á mis manos la carta vuestra que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, á quien yo creía por cierto más honrada. Quiero creer, que ni me culpáis por lo sucedido, ni habréis revelado ni revelaréis á nadie, ni aun á vuestro confesor, lo que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, señor: lo que teméis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, señor, ya que lo sucedido no tiene remedio, á vuestro honor me entrego; de vos, que sois la causa de mis desdichas, espero la salvación, y si me salváis, si nadie en el mundo más que vos puede saber lo que me sucede, si queda secreto, yo os perdonaré. Entre tanto, señor, seáis quien fuéreis, noble ó plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan conocen mi desdicha. Cuando recibáis esta noche á las doce mi carta, entrad, entrad como habéis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir. Adiós, señor, la desdichada á quien conocéis y que no os maldice, porque no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.»

Después de escrita esta carta, la duquesa la guardó cuidadosamente, envolvió cada suerte de letras de las que había cortado en su papel correspondiente y las guardó, cerró asimismo el libro de devociones, y se acostó.

Algunas horas después, ya muy entrado el día, cuando la despertaron, la dueña más antigua la dijo toda azorada:

—¡Señora! ¡Esperanza de Figueroa ha desaparecido!

—¡Que ha desaparecido Esperanza!—exclamó la duquesa con tal asombro, tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera noticia.

—Sí; sí, señora: desaparecido completamente.

—Habrá salido...

—Sí, señora: pero es el caso que se ha dejado su manto.

—Esperad, que ya volverá: cuando vuelva la decís que la despido, y que Bustillos corra con lo necesario para enviársela á su padre, con una carta en que se diga por qué la vuelvo.

—Muy bien, señora.

—Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel.

Trajeron á la duquesa almidón cocido.

—Retiráos—dijo la duquesa—; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo ningún pretexto sin que yo le llame.

—¿No almuerza la señora?

—No.

La dueña salió admirada.

La pobre duquesa empleó todo el día en componer su carta con las letras cortadas, pegándolas como había hecho el duque de Osuna sobre un papel.

—Guardó cuidadosamente lo que podía indicar su trabajo, quemó la carta del duque de Osuna y el original de la suya, llamó y comió algo.

—¿Ha venido Esperanza? doña Agueda—dijo mientras comía la duquesa á la dueña que la había dado la primera noticia de la desaparición de la joven.

—No; no, señora—dijo la dueña—; ni parece á pesar de que se han enviado algunos lacayos á buscarla. Parece que se la ha tragado la tierra. Será necesario dar parte á la justicia.

—No, no: respetemos á su pobre padre... ocultémosle su desgracia—dijo la duquesa—; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que hacer.

—Muy bien, señora.

—¿Ha dejado su cofre?

—Lo ha dejado todo.

—Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que me lo traigan. Yo sola he de verlo.

—Muy bien, señora.

Poco después la duquesa tenía en su habitación el pequeño cofre de Esperanza, descerrajado.

Quedóse sola, y fué sacando la pequeña hacienda de la joven.

Consistía en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas.

Pero en un rincón del cofre, la duquesa encontró un pequeño envoltorio; un envoltorio pesado.

Le abrió, y encontró quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija y una cadena de diamantes.

La duquesa lo adivinó todo.

—¡Oh!—dijo profundamente—; la ha deslumbrado, la ha engañado, se la ha llevado consigo para que no hable: ¿quién será este hombre que tan villanamente obró conmigo aquella noche funesta, y que con tanta hidalguía cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de mí? ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado á las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recataría tanto... no, no... ¿quién será, Dios mío? ¿quién será?

Y ni por sueños pasó por la imaginación de la duquesa, que aquel hombre pudiera ser don Pedro Téllez Girón.

Tan imprudente le creía doña Juana, que á habérsela ocurrido aquel pensamiento, le hubiera desechado como absurdo.

Y eso que siempre tenía en la memoria al duque de Osuna, porque le amaba.

Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma.

La duquesa guardó el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre lo que de él había sacado, y mandó que lo pusiesen entre sus cofres de uso diario.

Luego esperó con impaciencia á que diesen las doce de la noche.

Poco antes ocultó la luz, se asomó á la reja y esperó.

Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareció un bulto, y se detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa.

Esta, temblando, dejó caer la carta.

El bulto la recogió, y la dijo con voz desfigurada:

—Mañana te contestaré, adorada mía; á las doce echa un cordón donde yo pueda poner mi carta.

Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba á contestar, el bulto desapareció.

Doña Juana se entró despechada en su dormitorio, se acostó, pero no durmió.

A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna en la calle, al pararse bajo la reja, sintió abrir la del piso bajo.

—Caballero, quien quiera que seáis—exclamó la duquesa de Gandía, que ella era—, escuchadme en nombre de vuestro honor.

El duque, sobresaltado, guardó silencio por algunos segundos.

Luego, desfigurando completamente la voz, contestó:

—¡Oh! ¡y qué imprudente eres, y á qué terrible prueba me sujetas!

—Habladme como queráis—dijo la duquesa—; yo no puedo evitarlo; soy vuestra esclava.

—Perdonad, ¡ah! perdonad, señora—dijo el duque—, pero os amo tanto...

—¿Y por qué siendo yo viuda, antes de llegar al punto á que habéis llegado...?

—¿No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, señora, tan insensible...

—Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: ¿quién sois vos?

—Un hombre que os ama.

—¿Os conozco yo?

—No.

—¿Ni acudís á lugares donde yo pueda hablaros?

—No.

—¿Sois sin embargo, rico?...

—Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en los salones del rey.

—¡Ah! si sois rico y noble, ¿por qué no os casáis conmigo?

—Porque no puedo.

—¿Sois casado?

—No.

—¿Pues si no sois casado?...

—Mi cabeza está sentenciada...

—¡Sentenciada! ¿Por qué delito?...

—Por haber puesto mano á la espada contra el rey.

—¡Ah! ¿y sois noble?

—Porque soy noble; la misma noche en que fuísteis mía...

—¡Callad!... pero si es cierto... yo preguntaré...

—Nada sabréis, porque el rey y yo estábamos solos.

—¿Y no puede el rey perdonaros?...

—El rey me hará ahorcar el día que me coja...

—Sois cruel; sois miserable... habéis cometido conmigo un crimen inaudito y no lo queréis reparar.

—No puedo... pero nadie conocerá...

—Eso es imposible.

—Os juro que el secreto quedará únicamente entre los dos.

—¿Por qué no me habláis con vuestro acento natural?

—Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido.

—¿No cederéis?

—No.

—¡Que os castigue Dios!

—Bastante castigado estoy, señora.

—¡Oh! ¡qué situación tan horrible la mía!—exclamó la duquesa.

—Horrible, sí, muy horrible—exclamó el duque—; horrible para los dos.

—Porque... porque vos habéis sido un infame—dijo la duquesa, que no pudo contenerse más, llorando.

—Culpad á Dios, que os ha hecho tan hermosa.

—Concluyamos, caballero, concluyamos—dijo la duquesa—; os habéis burlado de mí... ya no tiene remedio; yo no me vengaré, yo no os maldeciré... pero Dios os castigará.

—Ya os he dicho que estoy harto castigado.

—¿Pero no os dais á conocer? Os juro que no me quejaré, que me resignaré... pero vuestro nombre...

—No puedo... no debo... no lo diré...

—Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fingís la voz.

—No, no me conocéis. Pero veamos, señora, lo que hemos de hacer; lo que importa es salvar vuestro honor.

—¡Ah, Dios mío! ¿y cómo?

—Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue á vuestras manos ha sido preciso que yo engañe á una de vuestras doncellas.

—¡Esperanza! la habéis seducido, la habéis comprado...

—¡Cómo sabéis!..

—Sí, sí por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la dísteis.

—Yo guardaré como preciosísimas estas alhajas y estas monedas que han estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor—dijo don Pedro, tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso una de sus manos, que la duquesa retiró vivamente.

—¡Ah!—exclamó con indignación—¡no os basta el haberme perdido, sino que aún me seguís insultando!

—¡Perdonad, señora, pero os amo tanto!

—¿Y desde cuándo me amáis?...

—Desde la noche en que...

—De modo que cuando me encontrásteis, por mi mala ventura...

—Me deslumbrásteis, señora; yo no os conocía... os vi... y...

—Fuísteis un infame.

—Tenéis razón; pero no fuí yo... fué un impulso superior á mis fuerzas... no hablemos más de eso...

—Pero en la situación en que me encuentro...

—Os salvaré de ella...

—Alguien habrá de saber...

—Dios, que lo sabe todo, vos y yo.

—¿Y qué pensáis hacer? decidme.

—Por el momento, alejar á Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme con ella, estar á su lado algún tiempo.

—¡Ah!

—Un mes á lo menos. Hoy estamos á primeros de Abril; el primero de Mayo á las doce de la noche en punto, estaré en esta reja. Adiós.

—¿Os vais?

—Sí...

—Y si os dijese que... que os amo...—dijo con gran dificultad la duquesa.

—Yo sé que no me amáis; yo sé que mentís... perdonadme, pero esta es la verdad; que mentís para arrancarme mi nombre; vos no me amáis.

—No... no miento—exclamó toda turbada la duquesa.

—Pues bien, señora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que me amáis, permitidme que llegue hasta vos.

—¡Ah! ¡no! ¡no! ¡imposible! si queréis que yo sea vuestra, hablad, descubríos el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa.

—¡Ah! ¡si eso pudiera ser! Pero adiós, señora, adiós.

—¿Volveréis?

—Volveré... dentro de un mes; el primero de Mayo á esta misma hora, por esta misma reja. Adiós.

—Adiós.

El duque de Osuna notó que doña Juana se quedaba en la reja.

Tuvo intenciones de volver.

De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre á quien amáis.

Porque el duque de Osuna había llegado á comprender que doña Juana le amaba.

Pero había comprendido también que doña Juana tenía fuerza sobrada para contener su amor.

Que era capaz de morir antes que deshonrarse.

El duque, pues, no se había atrevido á darse á conocer.

El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se hubiera convertido en odio al saber ésta que él era el causador de su situación horrible; doña Juana se hubiera negado á verle, y don Pedro no se atrevió á romper el incógnito.

Trasladóse á la calle de la Palma Alta, á la casa donde tenía á Esperanza.

La joven dormía profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueño, lucia una sonrisa de deleite.

—Dejémosla dormir—dijo el duque de Osuna—, y entretanto dispongámoslo todo para apartarla de aquí.

Y bajó, abrió una reja y dió una palmada.

Acudió un hombre.

—¿Eres tú, Díaz?—dijo el duque.

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Sabe alguien quién es la dama que está conmigo en esta casa?

—Yo mismo no lo sé; vuecencia tenía la silla de manos dispuesta en una encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera querido...

—Muy bien; ahora mismo buscarás un coche de camino.

—Muy bien, señor.

—Que el mayoral y los mozos sean extraños, que no me conozcan.

—Muy bien, señor.

—Necesito ese coche dentro de una hora.

—¿Y el equipaje del señor?

—No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recámara, y abre el armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeño muy pesado, tráetelo.

—¡Oh, y sin perder un minuto, traeré también á vuecencia equipaje!

—Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin descansar me plante en París.

—¿Y va á ir vuecencia solo?

—Enteramente solo; pero ve, mi buen Díaz, ve que estamos perdiendo el tiempo.

El criado del duque partió á la carrera.

Don Pedro volvió á subir al aposento donde dormía Esperanza, se acercó á la luz y miró la muestra de un enorme reloj de oro.

—Las tres y media—dijo—; á las cuatro y media está aquí el coche; aún no es de día ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha se vista.

Y entrando en la alcoba la despertó.

—¡Ah, sois vos, señor!—dijo Esperanza—; apenas puedo ver claro.

—Sí, yo soy; levántate y vístete; nos marchamos.

—¿Que nos marchamos? ¿Y á dónde?

—Donde pueda vivir libremente á tu lado, Esperanza mía—contestó con ternura el duque.

—Oh, cuánto te amo—dijo Esperanza, colgándose del cuello del duque.

—Sí, sí; pero aprovechemos el tiempo.

—¿Y á dónde vamos, señor?—dijo Esperanza, saltando casi vestida de la cama.

—A París.

—¡A París!

—Sí, á una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo más que Madrid.

—¿Y allí no os conocen?

—Sí, por cierto; pero en París es difícil encontrarse con los conocidos.

—¿Pero vos no podéis estar siempre en París?

—No; pero iré á verte largas temporadas. Tú puedes llevar á tu familia, vivir en un palacio.

—¡Oh, Dios mío!

—Quiero que pases por una dama principal.

—¡Oh, descuidad!... no os avergonzaré, no diré á nadie que he estado sirviendo.

—Lo quiero... no por mí, que eres tú harto hermosa para que pueda disculparme, sino por ti.

—Sí, por ti y por mí. ¡Oh, Dios mío y qué feliz soy! ¡Cuando pienso que he estado á punto de casarme con Cosme Prieto!

—Eso hubiera sido una atrocidad.

—¡Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vió!

—El amor iguala á los bajos con los altos, y si no fuera yo casado...

—¿Te casarías conmigo?

—No; pero no me casaría con otra.

—Yo os quiero así, mi señor... yo me muero por vos, y aunque no fuéseis rico ni duque, os amaría del mismo modo.

—Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy á ver si falta aún algo.

El duque bajó á obscuras y abrió la puerta.

Entre la sombra vió un enorme coche de camino, y detrás un carro.

La zaga del coche era un promontorio.

—¿Qué es esto, Díaz?—dijo.

—He concluído en menos de una hora. Como las ventas de España son tan malas, he cargado un carro de comestibles y vino; además he buscado un cocinero, y cuatro lacayos.

—¿Y todo eso en media hora?

—Como que hemos sido diez trabajando á un tiempo.

—¿Y sabe esa gente que me acompañará quién soy yo?

—No, señor.

—¿Y qué es eso que abulta en la zaga?

—Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario está en el cajón del coche, y ésta es la llave; he puesto además un talego lleno de ducados y otro de doblones de á ocho en el mismo cajón.

—Bien, bien, Díaz; que esté todo dispuesto para marchar. Cuando salga yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dónde estoy, responded que me he ido á caza.

—Muy bien, señor; ¿y si la señora duquesa?...

—Dí á Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para la corte de Francia. Adiós.

—Que vuecencia lleve buen viaje.

Poco después salió Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida á su brazo entró en el coche.

Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron las ruedas y el pequeño convoy, compuesto del coche y del carro, salió de Madrid.

Quince días después entraba en París.

El duque tomó una hermosa casa en la calle de San Dionisio.

Es decir, la compró.

La hizo amueblar magníficamente en dos horas.

Llamó modistas y vistió á Esperanza de un manera regia.

Después la mostró un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro.

—Esto—la dijo—es para ti; llama á tus padres y vive con ellos; no digas á nadie que el duque de Osuna te ha traído, ni que has sido doncella de servir; no te conviene. Yo además te enviaré ó haré que te envíen todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados.

—¿Cómo, señor, os vais?

—Necesito estar en Madrid á fin de mes.

—¿Y no volveréis?

—No lo sé.

El duque se puso aquel mismo día en camino.

Como no hemos de volver á encontrar á Esperanza, diremos cuál fué su suerte.

Esperó durante algún tiempo al duque de Osuna siéndole fiel.

Pero como el duque no fué, acogió los amores de un par de Francia, no tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de España.

Arruinó al par, y después á un consejero del Parlamento, y luego á un caballero de San Luis, y después á un tendero de la calle de San Honorato, explotó cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco años, en que rica y célebre, se casó con un hermoso oficial de mosqueteros que encontró inoportuno pedir honra á una dama tan hermosa, tan rica y tan pretendida.

El duque había logrado su objeto.

Esperanza se guardó muy bien de decir á nadie que había servido á la duquesa de Gandía ni que había salido de su casa con el duque de Osuna.

El guardar el decoro de la duquesa había costado á don Pedro un tesoro.

Este volvió á Madrid de su expedición á París el mismo día en que lo había prometido á la duquesa.

A las doce de la noche estaba en la reja.

Al llegar, la madera de la reja se abrió.

La duquesa de Gandía estaba esperando al duque.

—¡Oh vos, quien quiera que seais...!—exclamó la duquesa—es necesario que me salvéis... vos que me habéis perdido... temo la mirada de todos... mi mejillas empalidecen; ¡oh Dios mio! creo que todos conocen mi deshonra.

—¡Oh! descuidad, señora—exclamó conmovido el duque, aunque siempre desfigurando la voz... pero es necesario que pongáis de vuestra parte.

—¿Y cómo?

—He encontrado un medio...

—¿Cuál?

—Decid á vuestro confesor que habéis tenido una revelación.

—No os comprendo.

—Sí; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso.

—¡Oh! ¡Dios mío!

—Decid, pues, á vuestro confesor, que el santo de vuestra devoción se os ha aparecido...

—¡Una mentira sacrílega!

—¡Para salvar el honor de una ilustre familia! ¡para salvar vuestro perdido honor!

—Seguid, seguid.

—Diréis que el santo os ha revelado que vuestro esposo está en el purgatorio.

—¡Ah!

—Que para salir de él, necesita que vos hagáis un año de penitencia...

—No os comprendo aún.

—Un año privada de la vista de todo el mundo.

—¡Dios mío!

—Os juro, señora, que no me perdonaré nunca el sacrificio á que os obliga mi locura...

—No, no; merezco bien esa penitencia.

—¡Vos!

—Sí, yo; yo, al sentirme deshonrada, debí darme la muerte... y si no fuera por el hijo que siento en mis entrañas...

—Pues bien, señora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso á ese hijo...

—¡Ah, señor! ¿seréis acaso el rey?

—¡El rey! guardáos muy bien, señora, de indicar nada á su majestad; os juro por la salvación de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo... el causador de ella.

—¡Sin embargo, podéis hacer grande al desdichado fruto de vuestro delito!

—Sí; sí, señora; grande entre los grandes.

—Pero continuad, continuad; ¿cómo he de hacer yo para que nadie me vea?

—Oíd: tendréis dos habitaciones enteramente provistas de cuanto necesitéis; cuando queráis algo, lo pediréis por escrito; llamaréis y os ocultaréis antes que puedan llegar.

—Y... os comprendo... no sospecharán...

—Vos sois piadosa, os habéis criado en un convento de monjas...

—¿Y si sobreviene alguna enfermedad?

—Dios no querrá, y si eso sucede, ya encontraré otro medio.

El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan.

Al día siguiente doña Juana llamó á su confesor, y le dió parte de que había tenido una revelación, que para salvar del purgatorio á su esposo, se la había mandado recluirse durante un año, de tal manera, que no la viese persona viviente; que había prometido hacerlo y que estaba resuelta á cumplir su promesa.

El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crédulo, aprobó la conducta de la duquesa, y no sólo la aprobó, sino que la excitó á que la cumpliese cuanto antes.

Preparáronse dos habitaciones y empezó el encierro.

Cuando la duquesa se levantaba, llamaba.

Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que había menester en otra habitación y cuando todo el mundo había desaparecido, hacían señal con una campanilla.

La duquesa pasaba á la otra habitación, que estaba completamente á obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa cerraba por una parte y otra dos puertas, y sólo cuando era imposible que nadie la viese, abría las ventanas que estaban cubiertas por cortinas.

El paso de una á otra habitación se hacía siempre así.

Era imposible que nadie comprendiese su estado.

Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban.

Súpolo el rey y no lo extrañó, porque conocía la piedad de la duquesa; celebrólo más bien.

Súpolo la corte y nadie sospechó, porque no podía sospecharse nada de doña Juana.

Todos, en aquellos tiempos en que la religión estaba sostenida por una fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la tuvieron por una santa.

¡Y cuánto luchó la desgraciada en aquel largo encierro! ¡cuánto sufrió! ¡cuánto gozó en su sufrimiento!

Había perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba generoso, y sentía una viva ansia por conocerle.

Pero el duque de Osuna, que iba recatadísimamente á verla por la reja algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba rigurosísimamente su incógnito.

En vano doña Juana pretendía desvanecer la sombra de aquel bulto negro que se acercaba á la reja.

En vano pretendía recordar una voz conocida en aquella voz afectada.

El causador de su desdicha seguía siendo para ella un misterio, un imposible, un pensamiento fijo.

Y por intuición, como por instinto, al sentir á su hijo en su seno, la pobre madre pensaba involuntariamente con el corazón abrasado de amor en el duque de Osuna, en aquel hombre á quien no podía pertenecer, que no debía conocer jamás su amor.

Y nunca sospechó que aquel encubierto de la reja fuese el duque de Osuna.

Pasáronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa.

Hacía ya algunos días que el duque ocupaba una casa frente por frente de las rejas de la duquesa, desde donde á una señal debía acudir á todo trance.

El duque conservaba aún la llave del postigo.

Desde hacía algunos días, el duque lo tenía preparado todo; la casa de don Jerónimo Martínez Montiño, en Navalcarnero, una litera y mozos en la casa vecina á la de la duquesa; cuanto era necesario.

Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lóbrega, el duque acudió á la reja.

Abrióse ésta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclamó:

—Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero.

El duque entró, y encontró á doña Juana desmayada.

Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sacó á doña Juana en sus brazos, la metió en la litera, cerró el postigo, y partió hacia Navalcarnero.

Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el tío Manolillo, y lo viese todo, y siguiese á la litera.

Antes del amanecer, doña Juana volvió á su casa.

Había dejado á su hijo en Navalcarnero.

Doña Juana, exponiéndose á morir, no alteró la costumbre que desde el primer día de su encierro había establecido.

Nadie pudo saber nada.

El tío Manolillo, que había cogido el secreto dos veces, su principio en el Escorial, su fin en Navalcarnero, calló, porque el tío Manolillo sabía que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse.

Durante algunas noches, el duque de Osuna entró por el postigo.

Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras, le habló por la reja.

—Os doy las gracias—le dijo—, por lo honrado que habéis sido; me habéis salvado, después de haberme perdido, y os perdono enteramente. Existiendo lo que entre los dos existe, ¿no podré saber quién sois?

—No—contestó con voz ronca el duque.

—No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo.

—El será grande y noble.

—Oíd; yo quiero alguna vez conocerle.

—No es prudente.

—Cuando ya sea hombre á lo menos.

—Hablad, señora.

—¿Cuando sea hombre ocupará un lugar distinguido en la corte?

—Sí, señora.

—Se casará, le casaréis con una dama.

—Sí; sí, señora.

—Pues bien, esperad.

La duquesa subió, y bajó á poco.

—Tomad.

—¿Y qué es esto, señora?

—La herencia que doy á mi hijo; el aderezo que llevé puesto el día en que me velaron con el duque de Gandía.

—¿Y bien?...

—Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre á la corte, que lleve algunos días puesto este aderezo, y un medallón en que hay un rizo de mis cabellos.

—Bien, muy bien, señora.

—Ahora, caballero, ahora que todo ha concluído entre nosotros, no volváis á verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto.

—¡Ah! ¡no quiera Dios, señora, que muera el hijo de nuestro amor!

Después de algunos momentos de conversación, duque y duquesa se separaron.

Y no volvieron á verse por la reja.

Pero cuando doña Juana acabó de cumplir su voto aparente, y se presentó en la corte, el duque de Osuna se presentó á ella, galán y hermoso.

La duquesa palideció.

—¡Oh! ¡cuánto os amo!—dijo el duque con un acento salido del corazón—; yo sabía que érais hermosa y pura; pero no sabía que érais una santa... ¡y un año mortal sin veros!... y á fe á fe que me parecéis más hermosa.

La duquesa se vió obligada á imponer silencio al duque, pero no sospechó que él fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospechó.

El duque creyó, por su parte, que nadie sabía el secreto de la duquesa.

Ignoraba que el bufón del rey lo sabía por completo, por dos extrañas casualidades.

Ignoraba también que cuando dejó de socorrer á su hijo, con la intención de que se acostumbrase á la lucha y á la pobreza, Jerónimo Martínez Montiño, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fué traidor al secreto por amor á don Juan.

Un día llamó al escribano Gabriel Pérez, que ya estaba viejo, y le sedujo para abrir el cofre que le había dejado en depósito el duque.

El escribano, como que podía poner un nuevo testimonio, cedió por curiosidad y por algunos ducados.

Abrióse el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba á su hijo que conociera á su madre por medio del aderezo de brillantes.

Pero como no constaba el nombre de la madre y sólo el amor que decía haberla tenido el duque, Jerónimo Martínez Montiño, empeñado en saber quién era la madre de don Juan, se trasladó á Madrid, y tanto preguntó á amigos, á conocidos, acerca de una dama á quien hubiese amado mucho el duque de Osuna en cierta época, que hubo de saber que el duque había andado enamorado de la duquesa viuda de Gandía, pero sin obtener nada.

Entonces Jerónimo quiso conocer á la duquesa, y la conoció.

Vió que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el rizo que estaba encerrado en el medallón.

Después preguntó quién era ó había sido el joyero del duque de Gandía.

Dijéronselo, y le buscó, y en secreto le preguntó, presentándole un brazalete, si lo había él fabricado.

—En efecto—dijo el platero—, este brazalete es una de las alhajas del aderezo completo que hice para el casamiento de la señora duquesa de Gandía.

—Pues devolved estos dos brazaletes á la duquesa—dijo Jerónimo, que comprendió que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas, salió de la tienda y se perdió.

El platero llevó al momento las joyas á la duquesa.

Al verlas doña Juana, tembló, palideció.

—¿Quién os ha dado esto?—le dijo.

—Un hombre á quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolución de ello á vuecencia.

—Pero su nombre...

—No le conozco, señora.

—Os haré prender.

—¡Ah, señora! eso sería muy injusto.

—Id, id con Dios—dijo la duquesa meditando que si se empeñaba en averiguar por dónde habían venido aquellas joyas, podía descubrir su secreto.

Pero doña Juana quedo en una ansiedad mortal.

¿Habría muerto su hijo, aquel hijo á quien amaba tanto?

Doña Juana, pues, no era feliz.

Y de repente se le habían revelado dos grandes misterios, por medio del aderezo usado por doña Clara Soldevilla.

Había conocido á su hijo.

Era un mancebo hermosísimo, capaz de enloquecer á una madre; noble, generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por más que no fuese muy de la devoción de la duquesa, por ser amiga doña Clara de la reina y conspirar contra el duque de Lerma.

¿Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna?

Nada tiene de extraño, pues, que doña Juana de Velasco se sintiese mala al ver su aderezo sobre doña Clara; nada, pues, que esperase con tanta impaciencia á los dos jóvenes.

Tenía, á pesar de su prevención hacía ella como conspiradora, gran confianza en doña Clara; sabía cuánto era noble y pura, y en cuanto á hermosa...

Como madre, tenía lleno el corazón doña Juana con la esposa de su hijo.

Pero... se veía obligada á defenderse delante de ellos; había llegado el momento de la defensa y temblaba.

Al fin se abrió una puerta, y un maestresala dijo:

—El señor don Juan Téllez Girón y su señora esposa están en la cámara de vuecencia.

CAPÍTULO LVII

AMOR DE MADRE

Doña Juana fué allá desolada.

Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta exterior.

Vió á don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y á doña Clara que los miraba también hechiceramente apoyada en el hombro de su marido con el más delicioso abandono.

—¡Oh Dios mío!—dijo la duquesa—¡y es preciso, preciso de todo punto!

Y adelantó.

Los dos jóvenes se volvieron.

La duquesa miró á don Juan, hizo un ademán de arrojarse en sus brazos; pero se arrojó de repente en los de doña Clara.

La joven la estrechó entre ellos, la besó en la frente con ternura y la dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que sólo la duquesa pudo oír:

—¡Oh! ¡madre mía!

La duquesa se levantó de entre los brazos de doña Clara, y la miró al través de sus lágrimas.

La joven había tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas, aquel terrible aderezo.

Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre.

—Sí, sí; ¡mis hijos!—exclamó la duquesa—; pero hablad bajo... muy bajo... vos...—añadió dirigiéndose á don Juan—hacedme el favor de cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo á mi recámara, donde nadie pueda escucharnos.

Los dos jóvenes siguieron á la duquesa.

Esta llevaba asida de la mano á doña Clara.

Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellísimo gabinete, la duquesa no pudo contenerse; se arrojó entre los brazos de don Juan, le besó, lloró, rió y por último cayó desvanecida sobre el estrado.

—¡Agua! ¡agua! ¡Clara mía!—exclamó don Juan—¡mi pobre madre!...

Doña Clara buscó agua, y no encontrándola, sacó de su seno un pomito de agua de olor y la esparció sobre el rostro de la duquesa.

Al poco tiempo, como el desvanecimiento había sido ligero, doña Juana volvió en sí.

Vió á los jóvenes y se ruborizó.

Ellos conocían su secreto.

La duquesa se había visto obligada á llamarlos.

Su honor exigía una explicación, una revelación.

Y en medio de la situación difícil en que se encontraba, gozaba un placer infinito, una alegría inmensa, inefable, como nunca había experimentado.

Al fin era madre y tenía delante á su hijo.

Y su hijo era hermoso.

En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones.

Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito.

Era el purísimo amor de una buena madre, que había llorado veinticuatro años por su hijo á quien no conocía, y que le era tanto más querido, cuantos más sacrificios de todo género le había costado.

Junto á sí, y esposa de su hijo, tenía á aquella admirable mujer, modelo de la dama española, tipo por desgracia perdido, con su belleza espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmósfera de distinción que vemos aún en los retratos contemporáneos de Pantoja, de Velázquez y de otros tantos.

Doña Juana, pues, sufría y gozaba; lloraba y sonreía, se avergonzaba, y sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza.

Doña Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la tierra.

Asió las manos de los dos jóvenes, los atrajo á sí, los estrechó á un tiempo contra su pecho, y partió con los dos sus besos y sus lágrimas.

Después, separándolos dulcemente de sí, les dijo:

—Necesito justificarme ante vosotros.

—¡Madre y señora!—exclamó don Juan.

—¡Justificaros vos! ¿y de qué?—dijo doña Clara.

—Vos, don Juan, sois noble y á más de noble, hombre de honor; no desmentís la ilustre sangre que por vuestro padre y por mí corre en vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser mi hijo.

—¡Ah! ¡no! ¡no!—exclamó don Juan.

—Y vos, doña Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como el sol; vos, hija mía, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos, vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenéis que decírmelo... la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma de vuestro esposo, sin duda seríais más feliz si vuestro esposo no fuera mi hijo.

—Os juro, mi buena, mi amada madre, que no.

—Y sin embargo, hemos sido enemigas.

—¡Enemigas!—dijo don Juan.

—Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal.

—No; no, señora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habéis querido separarme de la reina... esto era natural. La reina tenía y tiene en mí un apoyo muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona á quien ama, y una prueba de ello ha sido mi casamiento.

—¡Ah!—exclamó la duquesa.

Don Juan se sonrió, y miró de una manera elocuentísima á su mujer.

—Digo, señora, que una prueba de mi amor á su majestad, ha sido la causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba...

—No os comprendo...

—Tiempo tendré de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme por obligación con don Juan...

—¡Por obligación...!

—Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer.

—¡Ah! perdonad; pero suceden, aun á la mujer más pura, cosas tan extraordinarias... y él, un Girón... audaz y apasionado como su padre... os repito que no os comprendo.

—Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar á su majestad, á casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que ansiaba ese casamiento, que ardía en amores por él... que al darle mi voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba, sino quien tomaba; no era yo quien hacía feliz, sino quien se hacía á si misma dichosa.

—¡Cómo!—exclamó don Juan.

—Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan, estoy delante de vuestra madre, que siéndolo vuestra lo es mía; nadie nos oye más que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo perderos hace tres noches en palacio...

—¡Cómo! ¿no os conocíais hasta hace tres noches...?—exclamó la duquesa.

—No, madre mía, no—dijo don Juan.

—Si no hubiera sido torpe... no nos hubiéramos visto.

—Si mi tío fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiéramos conocido.

—Y si no nos hubiéramos conocido, no seríamos tan dichosos, tan completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, señora—añadió doña Clara—, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le veo delante de mí, que es mío... mirad, madre, me parece que estoy entregada á un sueño dulce, y mi vida se llena de no sé qué delicia, que me embriaga, ¡y soy tan feliz! ¡Dios mío! ¡tan feliz! ¡tan feliz!

Doña Clara se puso vivamente encendida, y ocultó su rostro embellecido por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa.

—Sois un tesoro, doña Clara—dijo la duquesa, levantando entre sus manos la hermosa cabeza de doña Clara y besándola en la boca.

Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoyó un brazo en el sillón, y en su mano la cabeza.

—Como debo decírselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... ¿por qué no he de decirlo...? que al abrir la mampara de la cámara de la reina, al verle delante de mí, me sentí herida, no sé cómo, de una manera dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le amé... que le amé cuanto se puede amar... y después... después... cuando amparada de él corrí á obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja... ¿cómo queréis que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha dado el ser para que haga mi ventura?

—Y aunque no os pese, hijos míos... ¿qué pensaréis de vuestra madre?

Los jóvenes bajaron la cabeza..

—Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de vuestro esposo, doña Clara, es tan pura como vos... una violencia.... una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de todo. Yo no sabía, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que os presentásteis á la corte, hija mía, que era el duque de Osuna el que tan cruelmente abusó del terror, de la debilidad, del aturdimiento de una mujer en una ocasión funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre, don Juan, yo no tengo de común con él nada más que vos, que sois nuestro hijo y os he reconocido... porque mi corazón de madre no ha podido contenerse... os he llamado después para abrazaros, para veros junto á mi á solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entrañas, con mi alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sentí alentar en mi seno; os amo más que á mi hijo don Carlos, más, mucho más, porque me habéis sido más costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de ser vuestra madre... y yo os veré, os veré todos los días... ¿no es verdad que os veré?

—¡Oh! ¡sí!

—Y oíd... cuando vos os apartéis de vuestra esposa...

—¡Apartarse...!—exclamó con profunda energía doña Clara.

Todos sus abuelos han servido al rey.

—¡Ah, no, no! bastantes aventureros tiene España que vayan á matarse en la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente... don Juan es capitán de la guardia española junto al rey, y no saldrá de Madrid, no saldrá de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo dominaremos todo... ganará la reina y perderá Lerma.

Frunció el bello y pálido entrecejo doña Juana.

—Lerma abusa de vos, madre mía, de vuestra buena fe—dijo don Juan—. Lerma es un ladrón duque, un miserable. Yo os convenceré, vos no debéis servir á Lerma... y, además, si no os conociesen tanto en la corte, como aún sois hermosa y joven...

—Cincuenta y seis años—dijo la duquesa.

—Sin embargo, podrían creer...

—¡Qué!

—Podrían creer que amábais.

—No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado á nadie... más que á vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabrá jamás... porque vosotros, á quiénes debe interesar el honor mío, no se lo diréis... ¿no es verdad?

—No; no, señora.

—No le digáis nunca... os lo pido con el corazón abierto, por Jesús sacramentado, no le digáis nunca que doña Clara se ha puesto aquel aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digáis nunca lo que está sucediendo entre nosotros... lo que sucederá... jurádmelo, hijos míos, jurádmelo.

—Señora—exclamó don Juan—: os lo juro por el nombre de mi padre, que conservaré sin mancha; por vuestro amor, que guardaré en lo más profundo de mi alma.

—Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre mía.

—¡Oh! ¡pues entonces, soy la mujer más feliz del mundo!—exclamó, dando un grito ahogado por las lágrimas, la duquesa.

Pero de repente palideció y tembló.

—¿Qué tenéis, madre mía?—exclamó don Juan.

—¡Oh! hay alguien que conoce no sé cómo este secreto—dijo la duquesa.

—¡Alguien! ¿y quién es?—dijo don Juan.

—No lo sé... no lo sé... antes de anoche... antes de anoche no encontraba yo á su majestad en su cámara... la buscaba... de repente me dejan caer el candelero de la mano, y oí una voz ronca, una voz que no pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he podido olvidarlas: si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.

—¿Y no habéis podido averiguar quién era ese hombre?

—No.

—Sin duda se referían á vuestras inteligencias con el duque de Lerma—dijo doña Clara.

—¿Creéis vos que fuese eso?

—¿Y cómo podría ser otra cosa?—dijo don Juan—. Mi padre ha guardado un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta...

Y dió á la duquesa la carta del duque de Osuna que había encontrado en el cofre.

—Pero aquí vuestro padre no me nombra; os dice sólo, que por medio de un aderezo podréis reconocerme si yo quiero darme á conocer de vos.

—Ya veis, madre mía, que mi padre no ha podido ser más hidalgo.

—Sí, pero...

—No es posible que ese secreto...

—Sin embargo... ¿quién os ha dado esa carta?

—El cocinero mayor del rey.

—¡El cocinero mayor!

—Sí, Francisco Martínez Montiño.

—¡De modo que ese hombre—dijo doña Clara—os ha dado padres y esposa!

—Sin quererlo y sin saberlo.

—¡Cómo!—dijo la duquesa—. ¿Montiño no conoce esta carta?

—No, señora.

—¿Pues no os la dió?

—Sí; sí, señora, pero dentro de un cofre cerrado.

—¿Y no pudo haber abierto ese cofre?

—No, madre mía, porque la cerradura estaba cubierta con un papel sellado, y en aquel papel había un testimonio de escribano con la fecha de veinticuatro años ha.

—Es necesario, necesario que me expliquéis todo eso... pero otro día... hoy estoy muy conmovida.

—Y yo... yo necesito ir á palacio, mi buena madre—dijo doña Clara.

—¡Esperad! ¡esperad un momento!

La duquesa se levantó y salió.

—¡Juan! ¡Juan de mi alma! el secreto de tu madre está vendido...—dijo doña Clara.

—¡Vendido!...

—Sí... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras á tu madre á obscuras, en la cámara de la reina, era... ¡el tío Manolillo! ¡el bufón del rey!

—¿Y qué interés tiene el tío Manolillo?...

—El tío Manolillo... perdóname, Juan de mi alma, perdóname... no creas que tengo celos al decirte... al nombrarte á esa comedianta.

—¡Dorotea!—dijo don Juan, y se puso pálido.

Helóse el alma á doña Clara al notar la palidez de don Juan, pero no dió indicio alguno de ello.

—Sí, Dorotea; esa mujer te ama.

—¡Oh! ¿y qué importa?—dijo don Juan ya completamente rehecho de su turbación.

—Importa mucho, muchísimo—dijo gravemente doña Clara.

—¿Crees que yo?...

—¡Oh! ¡no! ¡no! yo sé que tu corazón, tu alma, tu pensamiento, todo tú eres mío; pero el bufón del rey es padre ó pariente ó amante de esa perdida... el tío Manolillo es terrible... ella te ama... tú te has casado conmigo... si por vengarse ese hombre...

—¡Oh! te juro... te juro que el bufón no hablará; pero para eso es necesario...

—¡Qué!

—Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar seguro en la corte.

—¡Cómo!

—El duque de Lerma...

—¡Oh! descuida... pero tu madre se acerca.

En efecto, la duquesa venía cargada con una multitud de estuches.

—¿Qué es eso, señora?—dijo don Juan.

—Este es el dote de tu esposa que yo la doy.

—¡Ah! ¡no! ¡no! señora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre.

—Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros, que no se ven obligados á sostener gran casa, gran servidumbre; pero tú eres esposa de mi hijo...

—Me basta con eso.

—Y mi hijo mañana será muy alto, muy grande...

—Mi padre, madre mía, me ha dado ya una renta—dijo don Juan.

—Si has recibido de tu padre, ¿por qué no recibes de tu madre?

—¡Ah!

—Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera riquísima en los días de corte... toma, toma, llévatelas, hijo mío... redúcelas á dinero... compra haciendas y dalas en dote á mi buena, á mi hermosa hija... á mi pequeña enemiga.

—Meditad...

—¡Oh! ¡no me amas!... ¡me engañas!...

—Ya tenemos el magnífico aderezo...—dijo doña Clara.

—Y aquí van otros diez... más ricos que aquel...

—¿No creeréis que nuestro amor es interesado si aceptamos?

—Creeré que no me amáis si no recibís lo que os doy... lo que es tuyo porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo dártelo de otro modo.

—Acepto, pues, madre mía.

—Además—dijo doña Juana acercándose á la joven, tomándola una mano, y poniendo en uno de sus dedos una sortija—, quiero que tengas esto mío.

—¡Ah! ¿una sortija?

—Mi anillo nupcial.

—¿Y este blasón?

—El blasón de los Velasco, condes de Haro.

—¿Pero por este blasón?...

—Sabrán que la duquesa de Gandía ha hecho un regalo á su buena amiga doña Clara Soldevilla: sólo vosotros sabréis que ese anillo dado por mi, mi anillo nupcial, representa la bendición de vuestra madre. Ahora, hijos míos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar á solas... llorar de alegría.

—Una palabra, una sola palabra, madre mía—dijo don Juan.

-¿Cuál?

—Tengo que haceros un encargo muy importante.

—Un encargo importante...

—Don Francisco de Quevedo...

—¡Don Francisco!... ¡ese hombre!... ¡enemigo del rey!...

—Os engañáis, madre mía.

—Secretario del duque de Osuna...

—Secretario de mi padre.

—¡Ah! aún me parece un sueño que el duque de Osuna... pero y bien, ¿qué hay que hacer por don Francisco?

—Antes de anoche... madre mía... herí malamente á don Rodrigo Calderón.

—¡Tú!

—Y me ayudó don Francisco.

—¡Cómo! ¡dos hombres contra uno!

—No; no, señora; dos contra dos.

—¡Ah!

—No podía ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y yo estamos amenazados.

—¡Amenazado tú!

—Sabe Dios de qué, porque sabe Dios si morirá don Rodrigo.

—Pero, ¿por qué le heriste?

—Por miserable.

—¡Por miserable!

—Había comprometido la honra de...

—Mi honra—dijo doña Clara.

—No, tu honra no—exclamó con extremada energía don Juan—; la honra de la reina.

—¡Cómo!

—Siendo traidor á Lerma, fué traidor á la reina... tenía en su poder unas cartas de su majestad...

—Hiciste bien en matarle...

—No lo he conseguido por desgracia.

—Tú no tienes nada que temer.

—Para salvarme á mí, es necesario salvar á don Francisco.

—Le salvaré. ¡Hola, doña Violante! ¡Doña Violante!

Acudió una doncella.

—Mi manto, al momento; que pongan una carroza.

La doncella salió.

—¡Cómo, madre mía, vos!... ¿Vais á ir?...

—Sí; sí, yo en persona casa del duque de Lerma.

—¿Pero no sería mejor que él viniese?...

—No; no... quiero verle al momento... iré. Pero, toma esas joyas... y la carroza tarda...

—La nuestra...

—¡Ah! ¿tenéis carroza?...

—Y muy bella.

—¡Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los Girones, hijo mío; es un noble escudo, ¡ay! ¡si pudiera ser unir á sus cuarteles los del escudo de Velasco!

La última exclamación de la duquesa representaba para los jóvenes el corazón de una madre.

Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella exclamación salía del corazón de la madre y de la amante.

Porque doña Juana, enemiga política del duque de Osuna, le amaba; continuaba amándole en secreto; el duque de Osuna era la pasión de toda su vida.

Los recién casados dejaron á la duquesa de Gandía casa del duque de Lerma; después don Juan dejó en palacio á doña Clara, y con el pretexto de ir á esperar á su madre para llevarla á su casa, fué á casa de Dorotea y marchó la carroza á las órdenes de la duquesa de Gandía á la puerta del duque de Lerma.

CAPÍTULO LVIII

LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA

Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba de hacer la digestión cómodamente arrellanado en su ancha y magnífica poltrona, cuando entró su secretario Santos.

—¿Qué ocurre, amigo Pelerín—le dijo el duque—, que vienes tan serio y cuando acabo de almorzar? ¿Tendremos algo extraordinario?

—Lo ignoro, señor; pero su excelencia la señora condesa de Lemos, vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de mí y vestida de casa.

—¡Vestida de casa!

—Sí, señor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar que se acerca su excelencia.

—¡Oh! sí; mi hija es muy buena moza, ¿no es verdad?

—¡Señor, yo no he querido decir!...

—Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya está ahí... vete... por ahí...

Y le señaló á Santos una puerta de escape.

La condesa entró en el despacho del duque, cerró la puerta, y asiendo un sillón, le acercó al del duque y se echó el manto atrás.

—¿Qué es esto, Catalina? ¿qué es esto? ¡Pálida, llorosa, con los ojos encendidos! ¿Qué tienes, condesa?...

—No me llaméis condesa, padre: malhaya la hora en que me casásteis con el conde de Lemos.

—¡Ah!...

—Soy la mujer más desdichada de la tierra.

—¿Y por qué?

—Porque amo á un hombre.

—¡Catalina!

—Será todo lo escandaloso que queráis el que yo os diga esto... pero vos, padre y señor, me habéis sacrificado.

—El hombre á quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergüenza, que no se hubiera casado contigo por nada del mundo.

—¿Pero quién es el hombre á quien yo amo?

—Yo no extraño que le ames, porque yo también le amo; es decir, le amo porque para el rey, para España, y por consecuencia para mí, sería precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna.

—¡Ah! ¡creéis que!...

—Sí... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando á tu esposo, confundiéndote con esas despreciables mujeres...

—¡El nombre, el nombre de quien amo!

—Don Francisco de Quevedo.

—Pues bien, sí, es verdad; le amo... más que eso; soy su amante.

—Irás de aquí á un convento—exclamó irritado el duque.

—No iré.

—¿Que no irás...?

—No, porque me necesitáis... no... porque sin mí no sabríais muchas cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenéis derecho para reprenderme... me habéis perdido.

—¡Estás loca!—exclamó el duque levantándose irritado.

—Loca, sí; fuera de mí... desesperada... ¿qué me importa todo...? se va... me deja... me abandona... y no ha de irse.

Volvióse á sentar el duque.

—Afortunadamente están cerradas todas las puertas... pero eres demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has atrevido, ya que te atreves á presentarte sin pudor á tu padre...

—¡Sin pudor! ¿creéis que porque yo amo á Quevedo he perdido el pudor? ¿y me decís eso cuando me habéis casado con don Fernando de Castro?

—Es un igual tuyo...

—Ni igual mío ni igual vuestro, padre; el conde de Lemos ha llegado á ser mi esposo sirviéndoos de una manera harto miserable; os convenían sus servicios y me casásteis... cuando yo era una inocente... cuando no sabía quién era el marido que me dábais... después, él mismo se ha encargado de que yo conozca el mundo al conocerle á él; me encontré viuda, viuda del corazón, y Quevedo... el gran Quevedo...

—Nadie niega su grandeza; tu pasión es disculpable; pero no lo es el que me la vengas á arrojar á la cara.

—¿Y qué os importa á vos que se deshonre vuestra hija, cuando vos mismo habéis deshonrado á su esposo?

—¡Yo!

—¿Por qué llevó el conde, desempeñando un ruin oficio, al niño príncipe de Asturias á donde no debía llevarle?...

—Vamos, vamos, Catalina, tú estás loca.

—Pues bien, en mi locura seré capaz de todo. Vos no me habéis de matar, y si me matáis, ya tendré medios para haceros entender que os conviene el que yo sea vuestra amiga.

—Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algún bebedizo.

—¿Qué más bebedizo que el amor?

—Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte.

—Lo que me humilla es que don Francisco no me ame.

—¡Hum!—exclamó el duque de Lerma—; nunca hubiera creído posible que este caso llegase para mí.

—Vos tenéis la culpa.

—¡Yo!

—Vos me habéis dejado conocer tales cosas, que me habéis curado de espanto.

—¿Y qué cosas son esas?

—¿No se ponen en práctica los medios más repugnantes por todos, para conservar el favor del rey?... Vos mismo, ¿no habéis ennoblecido á ese don Rodrigo Calderón, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha engrandecido? ¿no lo he visto yo aprovechando todo? ¿qué hay que extrañar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la única manera que podía serlo, y haya abierto mi alma á Quevedo?

—Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre funesto; lleva consigo la desgracia.

—¡Ah! harto lo sé; pero no lo puedo olvidar; figuráos, padre, que le amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con él con toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo; decid de mí lo que queráis... pero es necesario que don Francisco no salga de Madrid.

—¡Cómo! ¿quiere irse?

—A Nápoles.

—¡A Nápoles!

—En Nápoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho daño.

—Pues no sé...

—Prendedle.

—¡Que le prenda!

—Sí por cierto.

—¿Para que tú... esto es... para que tú tengas ocasión de obligarle á ser agradecido?

—Sea para lo que fuere... ¿créeis que yo puedo serviros de mucho, padre y señor?

—Indudablemente.

—¿Sabéis, padre y señor, que vuestra privanza está muy en peligro?

—¡Bah! eso dicen siempre; hace mucho tiempo que lo dicen, y sin embargo...

—Si os vais privando de la ayuda de todos los que os sirven, acabáreis por no ver nada... yo os he servido bien.

—Esto en resumen es dictarme condiciones, y de una manera indigna.

—Estoy desesperada.

—¿Y si prendo á don Francisco?

—Sabréis todo lo que suceda en el cuarto de la reina.

Meditó un momento el duque.

—Le prenderé—dijo al fin.

—¿Al momento?

—Al momento.

—Y yo, señor, os serviré con el alma. Empiezo á serviros: guardáos de mi hermano.

—¡Ah! ¡esto es terrible!

—El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambición.

—Y vos, hija, manchando así un nombre...

—No lo sabe nadie.

—Lo sabe el que lo mancha.

—No lo puedo remediar... y vos, padre, debéis comprender cuán resuelta á todo estaré cuando me he atrevido á dar este paso.

—Y además mi hijo... pero ¿con qué pretexto?...

—Las ciudades se quejan de los tributos, del abuso de los empleos; piensan acusarnos de inteligencias con los ingleses... y la reina...

—¡La reina!

—Se ha propuesto dar con vos en tierra.

—Sin embargo, yo... he cedido.

—Habéis cedido tarde... después de haberla insultado.

—Yo volveré á reducir á su majestad al estado á que estaba reducida.

—Y yo os ayudaré... yo diré al rey...

—¿Qué puedes tú decir al rey?...

—Mucho.

—Y... ¿qué le puedes decir?...

—Despacio... quiero tener armas reservadas...

—¿Tú también te vuelves contra mí?

—¿Porque procuro ser fuerte? No; no, señor. Yo os he dicho... como si no fuera vuestra hija: amo á un hombre, tengo empeño por él, ese hombre huye... detenedle, servidme... en cambio yo os serviré.

—Pues bien; detendré á ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de lo que pueda hacerme daño.

—¿Cuándo prendéis á Quevedo?

—Al momento.

—Pues desde el momento empiezo yo á serviros. Adiós, señor.

—Id, id en paz, doña Catalina, y que Dios os perdone.

La condesa salió.

La escena que acaba de tener lugar entre el padre y la hija no podía ser más repugnante.

El duque de Lerma lo posponía todo á su ambición, hasta su dignidad de padre.

Llamó á su secretario Santos, y le mandó extender y llevar para su cumplimiento á un alcalde, una orden de prisión á Quevedo.

No se sabía por qué se prendía á Quevedo.

Pero era necesario prenderle y se le mandaba prender.

El duque quedó profundamente agitado.

Había pasado poco tiempo desde que doña Catalina había salido de la casa de su padre, hasta que un criado anunció á su excelencia la duquesa de Gandía.

Maravilló esto al duque, porque doña Juana jamás había ido á su casa.

Cambió precipitadamente de traje y fué á su cámara á recibir á la duquesa.

Doña Juana estaba conmovida, pálida, ojerosa.

—¿Qué sucede, mi buena amiga—la dijo el duque después de los saludos—, que así me alegráis y asustáis al mismo tiempo, viniendo á mi casa?

—Sucede... sucede mucho...—dijo la duquesa—muchísimo.

—Adverso debe ser, porque tenéis señales de haber sufrido.

—Me he reconciliado con doña Clara Soldevilla.

—¡Cómo! ¿con nuestra eterna enemiga?

—Desde hoy, duque, doña Clara es mi mejor amiga: es mi hija.

—¡Duquesa!

—No os quiero engañar... desde hoy...

—¿Qué...?

—Dejo de ser camarera mayor.

—Meditad lo que hacéis—dijo el duque alarmado...—fuera vos de palacio, no podéis ayudarme á hacer el bien del reino.

—Estoy cansada, don Francisco... sufro mucho... lo que pasó anoche en palacio...

—¿Pero qué pasó anoche?

—Anoche... ¡pasaron tantas cosas...! el padre Aliaga estuvo en audiencia particular con sus majestades... don Francisco de Quevedo anduvo enredando por el alcázar...

—¡Ah! no enredará más. He dado orden de prenderle y en cuanto me avisen de haberle preso, le envío bien asegurado al alcázar de Segovia.

—Haríais muy mal—dijo alarmada la duquesa, que no se olvidaba un momento de que importaba á su hijo la libertad de Quevedo.

—¿Que haré mal en prender á un tan encarnizado enemigo mío? ¿Ignoráis lo que ha hecho don Francisco?

—De ningún modo.

—Nos ha hecho mucho daño.

—No importa, es preciso que don Francisco esté seguro en Madrid.

—¡Para que nos haga libremente la guerra...!

—Os lo pido yo.

—Pues os digo que no os entiendo.

—Ni yo me entiendo tampoco.

—Os quejáis de lo que ha pasado anoche en palacio, y entre las cosas de que os quejáis, es una de ellas el que Quevedo ha andado enredando.

—Es que ha sucedido mucho más.

—¿Mucho más?

—Don Juan Téllez Girón, se ha casado con doña Clara Soldevilla.

—¿Don Juan Téllez Girón? ¿pariente del duque de Osuna?

—Su hijo...

—¿Hijo suyo...?

—Bastardo, pero reconocido...

—¿Y qué tiene que ver con nosotros...?

—Y tanto como tiene que ver. ¿Ignoráis que ese don Juan Téllez Girón es el que ha herido á vuestro secretario don Rodrigo?

—¡Cómo! ¡si quien hirió á don Rodrigo, ayudado por Quevedo, fué un tal Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor de su majestad!

—Es que ese Juan Montiño es don Juan Girón.

—Me estáis maravillando.

—Lo que debe maravillaros, es que siendo vos secretario de Estado universal, no sepáis cosas que han pasado en palacio delante de todo el mundo. No tenéis un sólo amigo junto al rey; entre tanto yo me he visto obligada á ser madrina en nombre de su majestad la reina de los recién casados, cuando era padrino á nombre de su majestad el rey, el conde de Olivares.

—¿Y este matrimonio lo ha hecho don Francisco de Quevedo?

—Sin él no se hubiera efectuado.

—¿Y queréis que á un hombre que así me sorprende y que así de mí se burla, no le prenda y le sujete? Preso he de tenerle todos los días de su vida.

—¿Aunque yo os ruegue que no le prendáis?

—Vos no debéis rogármelo.

—Os lo suplico.

—Pero yo no entiendo ni una palabra de esto. Creo que todo se vuelve en contra mía: mis hijos, mis amigos... vos... en quien yo confiaba ciegamente.

—¡Yo...!

—Sí, vos; me habéis dicho que os retiráis de la servidumbre de la reina... y vos me hacéis mucha falta al lado de la reina... no contenta aún, os hacéis amiga de nuestra enemiga doña Clara, y amparáis á mi enemigo don Francisco.

—¿Queréis que yo continúe desempeñando el cargo de camarera mayor?

—¿Que si quiero? os lo suplicaría de rodillas.

—Pues bien, continuaré siéndolo.

—¡Ah! ya sabía yo que no me abandonaríais.

—Pero con una condición.

—Hablad.

—Don Juan Téllez Girón no será molestado por la estocada que tiene en el lecho á don Rodrigo.

—Os lo juro.

—Don Francisco de Quevedo no será preso.

—¿Pero qué causa hay que os obligue á proteger á esas gentes?

—No me preguntéis la causa, porque no os la diré.

—¿Y estáis empeñada?

—Empeñada de todo punto.

—¿Y si prenden á don Francisco?...

—No sólo dejo de ser camarera mayor, sino que ofendida de vos...

—¿Ofendida de mí?...

—Sí por cierto; porque habréis desatendido mi recomendación... ofendida por vos, dejaré de ser vuestra amiga.

—No se prenderá á don Francisco—dijo trasudando Lerma, porque al decirlo, recordó el irritado empeño con que su hija pretendía que se le prendiese.

—Gracias, muchas gracias—dijo la duquesa levantándose—; no esperaba menos de vos. Y ya que me habéis complacido, me vuelvo á mi casa.

—¿Pero seguiréis en palacio?

—Sí.

—¿Y me ayudaréis?

—Os ayudaré... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos.

—Será necesario destruirlos.

—Obrad con energía.

—Obraré, pero decidme: ¿qué os ha dado don Francisco de Quevedo que así os ha vuelto en su favor?

—Nada, no me preguntéis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho á doña Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no será preso.

Y saludando al duque salió.

El duque salió acompañándola y murmurando:

—Ese Quevedo debe de ser brujo.

Apenas el duque se volvió de haber acompañado á la duquesa hasta las escaleras, cuando un criado le dijo:

—Señor, Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.

Lerma mandó que le introdujesen, y le recibió en su despacho.

Volvemos á tener en escena al mísero cocinero mayor.

Parecía haber enflaquecido desde la víspera, y sus cabellos, antes entrecanos, estaban completamente blancos.

Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente, había un círculo rojo.

Francisco Martínez Montiño había llorado mucho.

Primero por su dinero: después por su mujer y por su hija.

—Os he esperado con impaciencia, Montiño—le dijo con severidad el duque.

—Señor, excelentísimo señor, poderoso señor...—dijo todo compungido y trémulo el cocinero mayor.

—¿Qué os mandé ayer? ¿qué me prometísteis ayer?

—¿Qué me mandó vuecencia?—dijo espantado Montiño—¿qué prometí á vuecencia?

Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestación satisfactoria á una pregunta importante.

Y luego rompió á llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono:

—Haga vuecencia de mí lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada.

—¿Que no os acordáis? ¿habéis perdido la memoria?

—Lo he perdido todo, señor: mi dinero... mi mujer... mi hija...

Y entre otra nueva y más violenta salida de tono, añadió:

—¡Me han robado! ¡Me han perdido!

—¡Que os han perdido!

—¡Qué, señor! ¿quién ha dicho que me han perdido?... ¡mienten! ¡mienten! ¡bah! ¡la reina está sana y buena!

—¡Montiño! ¡qué decís de la reina!

—¡Yo! ¡bah! ¡yo no digo nada de la reina!

—Sí, sí... hay algo en vos que me aterra, no sé por qué... vuestros ojos... vuestra voz...

Y el duque se levantó, salió, cerró todas las puertas de modo que de nadie pudiesen ser oídos, y se volvió al lado del cocinero mayor, á quien asió violentamente de un brazo.

Había recordado aquellas palabras que le había dicho poco antes la duquesa de Gandía: «sucede... sucede mucho... lo que pasó anoche en palacio...» y una relación misteriosa, terrible, se había establecido en la imaginación del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y las que acababa de oír, vagas, reticentes, respecto á la reina, al cocinero de su majestad.

—Oye...—le dijo el duque—, estamos solos: yo soy omnipotente en España.

—Lo sé, señor, lo sé...—dijo Montiño.

—Puedo... ¿qué sé yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado destruirte... por otro, enriquecerte.

—¡Señor!... ¡señor!... ¡que me lastimáis!

—Y si no me respondes á lo que te pregunto, claro, muy claro... mira: mando que traigan aquí mismo una silla de manos, que te metan en ella, y que te lleven á la Inquisición...

—¡A la Inquisición!...—exclamó trémulo, acongojado, el cocinero mayor.

—Y allí, encerrado yo contigo, á quien mandaré poner en el potro, te haré pedazos si no me contestas...

—¡Ah, señor, señor!—exclamó Montiño, cayendo de rodillas á los pies del duque—. ¡Esto sólo me faltaba!

—Y oye—añadió el duque soltando á Montiño y yendo á la mesa y escribiendo y trayendo después el papel escrito á Montiño—, si me respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale para que al presentárselo te pague mi tesorero mil ducados.

—¡Mil ducados, ó la Inquisición y el tormento!

—Elige.

—Sí... sí... señor... pues... elijo... ¡los mil ducados!

Y tendió las manos al vale.

—Despacio, despacio, señor Francisco Montiño—dijo el duque sentándose en el sillón—; antes es necesario que me respondáis á lo que voy á preguntaros.

—Si puedo responderos, señor, lo haré con toda mi alma.

—Decidme: ¿por qué habéis dicho con terror que la reina, que su majestad, está sana y buena?

—¡Yo!... ¿he dicho yo eso?... Sí, señor... la reina está muy buena... su majestad goza de muy excelente salud.

—Montiño, estáis pálido, aterrado cuando me decís eso; hablad, hablad, por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes...

—¡Cómo! ¡sabéis, señor!...

—Sí... sí... sé que en palacio han mediado cosas graves.

—Pero sabréis también, señor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo probar, que en tres días no he parecido por las cocinas, y que soy inocente.

—¡Inocente! ¿Luego era verdad? ¿Luego se ha cometido un crimen?

—Señor... ¡yo no he dicho eso!

—Será preciso para que habléis que yo me encierre con vos en la inquisición.

Y el duque se levantó.

—¡Ah, no! ¡no, señor!—exclamó el cocinero agonizando de terror, sudando, estremeciéndose—; yo lo diré todo.

—Hablad, pues.

—Habéis de saber, señor, que mi mujer...

—Pero si no se trata de vuestra mujer—exclamó con impaciencia el duque.

—Sí, sí; ya sé, señor, que no se trata de mi mujer; pero es necesario empezar por mi mujer.

—Veamos, veamos; seguid.

—Pues... mi mujer ha sido seducida por el sargento mayor don Juan de Guzmán.

—¡Oh! ¡Don Juan de Guzmán enamora á vuestra mujer!... Seguid, seguid.

—Y mi mujer se ha dejado enamorar de don Juan de Guzmán.

—¿Y qué tiene que ver eso...?

—Tiene que ver mucho. Don Juan de Guzmán es ó era servidor de don Rodrigo Calderón.

—¡Ah!

—Y como don Rodrigo Calderón ayudaba á los unos y á los otros, á vuecencia contra la reina...

—¡Montiño!

—Vuecencia me ha mandado decir la verdad.

—Seguid.

—Pues... ayudaba á vuecencia contra la reina, y al conde de Olivares contra el duque de Uceda y contra vos, y al duque de Uceda contra vos y contra el conde de Olivares, y traía enredado á todo el mundo, de cuyo enredo ha resultado el lance que le tiene en el lecho mal herido, y un delito horrible.

—¡Un delito!...

—Oigame vuecencia y llegaremos á ese delito.

—Seguid, seguid.

—Seducida mi mujer por don Juan de Guzmán, ella sedujo á uno de los galopines de cocina... estoy seguro de ello... á Cosme Aldaba... y á un paje de la reina... amante de mi hija, como don Juan de Guzmán era amante de mi mujer.

—Acabad de una vez.

—Llegamos al crimen. Hoy por la mañana, apenas me vi libre de negocios, me fuí á las cocinas... á cumplir con mi obligación... y me encontré en ellas á ese infame Cosme Aldaba...

—No os entiendo bien... Al resultado... al resultado.

—El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad la reina una perdiz envenenada.

El tío Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, había cometido una imprudencia gravísima; Francisco Montiño, que en otra ocasión, por interés propio, hubiera guardado la más profunda reserva, enloquecido, aterrado, fuera de sí, había roto el secreto.

El duque de Lerma, pálido y desencajado, estuvo algunos momentos sin hablar después de haber oído la frase una perdiz envenenada.

Se levantó y se puso á pasear á lo largo del despacho.

Temblaba; estaba aterrado.

—Pero no, no es esto lo que me indicó la duquesa de Gandía; no, no puede ser—decía paseándose—; y luego... no me han llamado á palacio... este hombre está fuera de sí... se engaña sin duda... veamos... dominémonos.

Y se detuvo delante de Montiño.

El cocinero mayor le miró de una manera que quería decir:

—Yo no he tenido parte en ese crimen.

—¿Y decís... que su majestad está buena?—preguntó al cocinero mayor.

—Sí; sí, señor—contestó Montiño—; y el padre Aliaga también... acabo de hablar con él... y está bueno, y tiene buen color... y eso que el padre Aliaga almorzaba con su majestad la reina.

—¿Es decir, que no han comido de la perdiz?...

—No; no, señor... yo creo que no... pero quien puede deciros eso... es... el tío Manolillo... el bufón del rey, que fué quien me lo dijo á mí.

—¿Pero cómo se sabe que esa perdiz estaba envenenada?

—Porque ha muerto un paje que se comió lo que había quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga.

—Pero si quedó en los platos, debieron comer...

—No, porque el tío Manolillo asustó á la reina...

—Yo creo que estáis loco, Montiño; que lo que os sucede os ha trastornado el seso.

—Puede ser, puede ser, señor.

—No habléis de eso á nadie, porque si de eso habláis con otras personas, podéis dar en la horca... yo me informaré... aunque de seguro estáis equivocado.

—¿Y por qué ha huído mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don Juan de Guzmán, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con Cristóbal, paje de la reina... robándome?...

—Yo me informaré, me informaré... y veremos. Si se ha intentado el crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy seguro que estáis inocente de él... se os conoce... y á más... yo os conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engañarme y de engañar á todos los que os paguen; de servir á personas enemigas, las unas contra las otras, á un mismo tiempo... pero no cometeríais un asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de este atentado; yo lo averiguaré todo, sabré lo que hay de cierto y castigaré á quien deba castigar.

—¿Y no correré yo ningún riesgo?

—No, si sois inocente como creo.

—¿Y mandaréis buscar, señor, á mi mujer y á mi hija, y al dinero que me han robado?

—Sí; sí... pero volvamos al principio. ¿Recordáis lo que os mandé?—dijo el duque cambiando la conversación.

—Me han sucedido tantas desdichas, señor... que estoy aturdido.

—Pues yo recuerdo perfectamente lo que os mandé. En primer lugar, os dije que fuéseis á visitar á cierta dama de quien se vale el duque Uceda para pervertir, á pesar de sus pocos años, al príncipe don Felipe.

—Sí; sí, señor, doña Ana de Acuña.

—Os dí una gargantilla de perlas para ella.

—Sí, señor, y la gargantilla está en poder de esa dama.

—¡Ah! ¿la habéis visto?

—Sí, señor.

—¿Y cuándo la vísteis?

—Con gran trabajo, porque se negaba á recibirme, anoche, ya tarde.

—¿Y qué pasó en vuestra visita?

—Díjela que un altísimo personaje me enviaba á ella, y en prueba de su estimación me mandaba entregarla una alhaja de gran precio. Entonces la dí la gargantilla. Alegráronsela los ojos; pero puso dificultades... me dijo que no conociendo á quien aquél regalo la hacía, no debía recibirle...

—Pero al fin...

—Díjela yo que quien la deseaba era tan alto personaje, que sería necesario, para que no le conociese, que le recibiese sin luz.

—¿Y qué dijo á eso?

—Quiso echarme rudamente de su casa... hizo como que se irritaba... pero no me echó... al fin de muchas réplicas me dijo: no hay persona que no pudiera ofenderme con una solicitud tan extraña sino el rey.

—¿Eso dijo?—exclamó el duque.

—Eso dijo.

—¿Y vos?...

—La dejé en su creencia.

—Habéis hecho bien; ¿y en qué habéis quedado?

—Doña Ana aceptó... y cuando vuecencia quiera, yo la avisaré que... el rey... irá á verla, y la hora en que irá.

—Pues bien; avisadla que iré á verla esta noche. Después vendréis y me diréis á qué hora y qué seña... y me acompañaréis...

—Muy bien, señor.

—Estoy satisfecho de vos por lo tocante á esa dama: pero os mandé además que diéseis una encomienda de Santiago á vuestro sobrino...

—Es que mi sobrino, no es mi sobrino...

—Sí, sí; ya sé que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no impide que le hayáis dado de mi parte la encomienda que os dí para él.

—Os diré, señor; estaba tan turbado con lo que me sucedía, que se me olvidó; aquí está la encomienda (y sacó del bolsillo el estuche que le había dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de Santiago), y además, señor, hubiera sido inútil.

—¡Inútil! ¿por qué? ¿hubiera despreciado don Juan un favor del rey hecho por mi medio?

—No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hábito de Santiago desde que nació por merced del señor don Felipe II.

—¡Ah!—dijo el duque con asombro—; sin embargo, no hubiera estado de más que don Juan hubiera sabido que tenía en mí un amigo.

—Perdonad mi olvido, señor; ¡pero me sucedían cosas tan terribles!...

—Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte á don Juan, y decidle que venga á verme para recibir la cédula real. En este negocio habéis andado torpe...

—¡Señor! ¡me sucedían tales cosas!

—Veamos si habéis hecho otro encargo mío. Os dí una carta para la madre Misericordia...

—Y la contestación está aquí...—dijo con suma viveza Montiño—, la tengo en el bolsillo desde ayer.

El duque leyó aquella carta.

En ella, por instigación del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la madre Misericordia desvanecía todas las sospechas del duque acerca del género del conocimiento que podía existir entre su hija y Quevedo.

Pero como el duque sabía ya por su misma hija que era amante del tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto.

—¡Conque es decir que también mi sobrina la abadesa de las Descalzas Reales me engaña!—dijo para sí—; ¡conque es decir que todos me abandonan, y que ahora sé menos que nunca en dónde estoy! Es necesario atraernos decididamente á Quevedo, y si nos pone por condición perder á don Rodrigo, hacer una de pópulo bárbaro, la haremos... aprovecharemos después la primera ocasión para dar al traste con Quevedo... ó cuando menos... sirviéndole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es preciso, preciso de todo punto.

Y luego añadió alto, tomando el vale de los mil ducados, y dándoselo al cocinero:

—Hasta cierto punto me habéis servido bien; seguidme sirviendo y os haré rico.

—¡Ah! bastante falta me hace, señor, porque la infame de mi mujer me ha dejado arruinado—exclamó Montiño volviendo de una manera tremenda á su pensamiento dominante.

—Yo haré que prendan á vuestra mujer. Dejadme su nombre, sus señas, las de vuestra hija y las de esos otros.

El cocinero escribió con cierto sabroso placer, y entregó el papel que había escrito al duque.

—En cuanto á lo que sospecháis respecto á ese crimen que decís intentado contra su majestad, guardad por vos mismo el más profundo secreto.

—¡Oh! no temáis, señor; yo no sé cómo lo he dicho á vuecencia; ¡estaba loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto de todo punto... empiezo á vivir de nuevo.

—Id, pues, á ver á doña Ana, y convenid con ella á qué hora podré verla esta noche.

—Iré, señor.

—Y volved á avisarme.

—Volveré.

—Buscad á don Juan Téllez Girón, y dadle de mi parte esa cruz.

—Le buscaré.

—Podéis iros, Montiño, confiando en mí.

—Perdonad, señor; pero antes tengo que deciros algo.

—¡Qué!

—¡La Dorotea!...

—¡Dorotea!

—Sí; sí, señor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta carta.

El duque la leyó.

—¡Dorotea!—exclamó para sí el duque—; Dorotea es... yo no sé lo que Dorotea es del bufón del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro... pues bien... me conviene ir á verla... Tranquilizáos é id en paz—dijo en voz alta dirigiéndose á Montiño.

—Beso las manos á vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como me hace.

—Id, id con Dios, buen Montiño—dijo el duque abriendo una puerta para que el cocinero saliera—, y confiad en mí.

Montiño salió haciendo reverencias al duque.

Cuando el duque quedó solo, mandó poner una litera, y cuando ésta estuvo corriente, salió de su casa, sin acordarse de revocar la orden de prisión que á instancias de su hija había dado contra Quevedo.

Lerma estaba tan trastornado con lo que le acontecía, como con sus asuntos el cocinero mayor.

La duquesa de Gandía, por el momento había interpuesto en balde, respecto á Quevedo, su influencia para con el duque.

Este se hizo conducir en derechura á casa de la Dorotea.

CAPÍTULO LIX

DE CÓMO DOROTEA ERA MÁS PARA CON EL DUQUE, QUE EL DUQUE PARA CON EL REY

Dijimos al final del capítulo LV, que cuando Casilda, la doncella de Dorotea, anunció á su señora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea escondió á Quevedo en su dormitorio, á fin de que pudiese oír su conversación con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio cuanto podía parecer extraño al duque, se sentó en el hueco de un balcón, y se puso á estudiar su papel de reina Moraima.

El duque entró al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como tenía de costumbre.

Al verle la Dorotea se levantó, arrojó el papel sobre una silla y se inclinó ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado amante.

—Mil gracias, señor—le dijo—, pues al fin os dejáis ver de esta pobre mártir.

Y puso un sillón al duque.

—¿Cómo os va, Dorotea?—dijo éste sentándose y extendiendo hacia la joven una mano, que ésta estrechó con respeto.

—Me va muy mal—dijo la Dorotea sentándose bruscamente en un taburete á los pies del duque—, y esto no puede continuar así.

—¿Qué decís, señora?

—No me llaméis señora—dijo la Dorotea—; yo no soy señora, soy una comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pájaros, cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar... para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate con esos insoportables miramientos con que vos me tratáis... que no se pase los días sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea obligada á llamarle señor, más que de su alma... y esto dulcemente... en fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie.

—Indudablemente estáis de muy mal humor, Dorotea.

—Tenéis razón, estoy de un humor endiablado.

—¿Y qué queréis?...

—Que acabemos de una vez; yo no sé aún lo que soy para vos.

—¿Que no lo sabéis?

—Quiero no saberlo, aunque vos me lo decís claramente con vuestra conducta.

—Pero en fin... ¿qué creéis vos?

—Creo que yo para... vuecencia... soy... así, como una cosa que se tiene por vanidad... porque cuesta muy cara.

—¡Oh! ¡oh!

—Ni más ni menos; vos supísteis que había en la corte una mujer que había despreciado las ofertas, los regalos, las súplicas de los señores más principales, y os dijísteis... por vanidad, por pura vanidad: es necesario que esa mujer sea mía, cueste lo que cueste, valga lo que valga; es necesario que, como soy el dueño de la primera persona del reino, lo sea también de esa dificultad viviente. Es necesario que yo humille la vanidad de los demás.

—¿Y me habéis llamado para esto?

—Cierto que sí; para deciros que de vanidad á vanidad, la mía es mayor que la vuestra.

—¡Ah! ¡vuestra vanidad!

—Ciertamente; ¿habíais creído que yo os amaba?

A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto imposible de describir, en que lo que más se determinaba era una contrariedad terrible.

La Dorotea soltó una larga carcajada.

—Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar—dijo inmediatamente después de la carcajada.

—¡Señora!—dijo el duque pálido de cólera.

—No me llaméis señora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os irritéis tampoco; debéis apreciar el que yo os diga la verdad. Y además, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo merecéis.

—¡Que no lo merezco!

—No, porque no me amáis. El corazón se rinde al amor, y el amor es tan libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; ¿cómo he de amaros yo, si desde que os conocí estoy quejosa de vos?

—¡Quejosa! ¿Qué habéis querido que no lo hayáis tenido?

—¡Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra vanidad hace por mí.

—¡Sacrificios! ¿creéis que me he visto obligado á hacer sacrificios para complaceros?

—Sí.

—Os equivocáis.

—Cuando se me ocurrió tener una casa mía, amueblada á mi gusto, ostentosamente, como la de un grande de España, con bodega y despensa provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os vísteis apurado.

—Os juro que no.

—No me dijísteis ni una palabra en contra, ni hicísteis nada, ni siquiera un gesto que pudiera indicar que mi petición os disgustaba; por nada del mundo hubiérais pronunciado la palabra no quiero. Yo lo sabía, pero quería que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me contenté con la casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la carroza, y con el camarín forrado de raso en el coliseo; no, no, señor: os pedí diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes... habéis gastado conmigo un tesoro, sólo por hacer rabiar á los otros grandes y decirles: yo soy más que vosotros, mucho más que vosotros; yo tengo todo lo que vosotros no podéis tener, desde el rey hasta la cómica... y ellos rabian... y como lo que me habéis dado es el precio de la rabia que hacéis tener por mí á más de tres, no os agradezco lo que me habéis dado, y lo doy á mi vez á quien quiero.

—Si sé para lo que me llamábais, no vengo.

—Y yo creo que vos no habéis venido porque os he llamado; que os he llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que habéis venido para algo que os conviene... sobre todo de día y viéndoos las gentes...

—Dejemos esta conversación, Dorotea.

—Por el contrario, sigámosla para que lleguemos á donde debemos llegar.

—¿Pues qué, tenemos que llegar aún á alguna parte?

—¡Vaya...! pero continuemos. A mi no me hacía falta, absolutamente falta nada de lo que me habéis dado; me trataba muy bien antes de conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos de quedar.

—¡Qué decís!

—Digo... que... si no sois enteramente mío como el rey lo es vuestro, tomo ahora mismo por amante... ¿á quién diré yo...? á un aposentador muy rico que anda enamorado de mí, y á quien puedo arruinar en tres días.

—¿Pero estáis loca?

—Y todo el mundo dirá, conociéndoos, al ver que os dejo: mal debe de andar el duque de Lerma; su querida, que es una cómica interesada donde las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos; ved de qué modo una cómica puede poner á vuecencia, secretario de Estado universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de un aposentador.

—¿Y seríais capaz...? ¿habláis seriamente?

—Tan seriamente, que voy á empezar á deciros lo que quiero.

—Veamos, veamos lo que queréis.

—Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde.

—¿Pues qué, no le ocupáis?

—No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son ó deben ser más que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad, deben ser omnipotentes. ¿Qué importa que la querida sea una cómica? al elegirla, el grande hombre la ha igualado á sí; esto no admite réplica, porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no lo es, algo hay de vano en el hombre á quien todos tienen por grande.

—Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura...

—No me extraviéis, no me respondáis. No será muy grande su hermosura, si no enloquece al grande hombre.

—Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para los hombres.

—Decís bien, cuando los hombres no son torpes.

—¡Cuando los hombres no son torpes! explicáos mejor; ¿me tenéis por torpe, Dorotea?

—Por torpísimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me mortifica que mi poderoso amante sea burlado.

—¡Burlado!

—Como que no sabéis dónde estáis de pie.

—¡Vos también! ¡vos también os habéis convertido en esa voz que por todas partes me avisa!

—¡Sí... sí por cierto: yo os aviso con más interés que nadie!

—¿Pero de qué me avisáis?

—Os aviso de que... debéis mudar de amigos.

—¡De amigos!

—Porque los que os fingen amistad, os venden.

—Hablad más claro.

—Don Rodrigo...

—¡Herido!... ¡medio muerto!...

—A causa de sus traidores enredos.

—Creo que érais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo más que amiga.

—Pues ahí veréis: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendió robaros la querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor de su majestad.

—Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepáis.

—Para abreviar, sólo os diré que desconfiéis de todos los que hasta ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquéis para ayudaros, porque no hay hombre sin hombre, á alguno que os haya dicho frente á frente que es vuestro enemigo.

—¿Habéis querido que os pregunte quién es ese hombre?

—Puede ser.

—Pues bien, decidme cómo se llama.

—¿No conocéis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que no pueda confundirse con ninguno otro?

—¿El duque de Osuna?

—Sí, pero no os hablo de él; aunque el que yo digo anda cerca de él.

—¡Quevedo! ¡Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo!

—Mereced su amistad.

—¡Merecer su amistad!—dijo con orgullo el duque.

—Sí por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se merezca su ayuda.

—¿Conocéis también á ese hombre?

—Sí por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos podréis debérselos también, si conseguís que os trate con la buena amistad que á mí me trata.

—Ese hombre es tenebroso.

—Para los que no tienen ojos para mirarle.

—Le temo.

—Hacéis mal en temerle, porque es el único hombre que os puede salvar.

—Pero, señor, ¿qué ha dado don Francisco á todo el mundo, que así todo el mundo me habla de él, y las personas que más estimo, que más quiero, se ponen de su parte?

—Eso consiste en que tenéis personas que os aman, que saben que vuestro favor con el rey está amenazado, que quieren salvaros y que no encuentran otro mejor medio de salvación que don Francisco de Quevedo.

—¿Dónde vive don Francisco?—dijo Lerma profundamente pensativo.

—En mi casa.

—¡En vuestra casa!

—Sí por cierto; aquí le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha á Nápoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuréis á atraérosle.

—¿Y está por acaso en casa?

—No por cierto.

—¿Pero vendrá?

—Vendrá indudablemente á la tarde.

—A la tarde vendré yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos entremetido, Dorotea, voy á deciros francamente la razón de haber yo venido á veros.

—¡Ah! ¡ya sabía yo que no veníais porque yo os había llamado!

—Hubiera venido más tarde, á la noche.

—Veamos á qué habéis venido.

—¿Qué es vuestro el bufón del rey?

—¿El tío Manolillo? Es mi padre.

—¡Vuestro padre!

—Es decir, padre en toda la extensión de la palabra, no; pero ¿qué nombre queréis que dé al que me ha criado á costa de privaciones de todo género, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de amarme?

—Tenéis razón; y decidme: ¿cómo haré yo para atraerme ese hombre?

—Siendo desde ahora todo mío; haciéndole creer que me hacéis feliz.

—Lo creerá. Decidle que vaya esta noche á verme encubierto á mi casa, al obscurecer.

—No le dejarán entrar.

—Que presente esta sortija en mi casa—dijo el duque, quitándose una del dedo y entregándola á Dorotea.

La joven conoció á primera vista que aquella sortija era de gran valor.

—Procuraré dejaros tan satisfecho de mí—dijo el duque levantándose—, que no queráis poner en mi lugar á ese aposentador.

—Lo veremos...¿Pero os vais?

—Sí, es ya tarde y voy á palacio.

—No quiero deteneros, señor; ¿pero volveréis?

—Sí, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco, cuento con que me le tendréis entretenido.

—Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os trataré bien, y sobre todo, Quevedo comerá con nosotros.

—Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adiós.

—Id con Dios, señor duque.

Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido del carruaje del duque, volvió á la sala.

En ella estaba ya Quevedo.

—Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea—exclamó—; habéis evitado que me prendan, del modo que más me convenía á mí, y que menos os compromete á vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que se os ha metido por el alma, que es lo que más necesitáis y lo mejor que se puede hacer por vos.

—¡Ay, don Francisco, que creo que este amor me va á costar la vida!

—El amor no mata más que en las comedias de autor tonto; no se despega á tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos de comer juntos, el duque, vos y yo.

Y Quevedo salió.

—Casilda—dijo Dorotea cuando se quedó sola—, que vaya Pedro al coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy enferma.

CAPÍTULO LX

LO QUE HACE POR SU AMOR UNA MUJER

Con tanto accidente habíasele olvidado al duque de Lerma revocar la orden que había dado á Santos, su secretario, para que prendiesen á Quevedo.

Y esto no tenía nada de extraño.

El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le había dicho Francisco Martínez Montiño, que su cabeza se había convertido, como decimos los españoles, en una olla de grillos.

El único, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando salió de casa de la Dorotea, fué encaminarse á palacio en busca de algo exacto, de algo que ver por sí mismo.

El duque de Lerma no había visto nunca nada, por más que había procurado ver, y sin embargo, reincidía en poner á prueba su mala vista.

Pero si el duque de Lerma se había embrollado, no aconteció lo mismo á su hija doña Catalina.

Ella tenía muy buena vista, y además, tenía concentrada toda su atención, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara Quevedo.

Y como no confiaba demasiado en su padre, no dejó abandonado á su padre el negocio, ni se fió de otra persona que de sí misma.

Doña Catalina estaba enamorada, y á más de enamorada, irritada.

Temía haber sido burlada por Quevedo, y esto la hacía temblar de indignación.

Le había abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que el único hombre por quien se había olvidado de todo, se desprendiese de sus brazos riendo.

Así, pues, cuando salió de casa de su padre y se metió en su silla de manos, se hizo llevar á una tienda inmediata, donde tomó una silla y se ocultó tras de la puerta.

—Rivera—dijo á un hombre embozado que acompañaba á la silla de mano—; id, entrad casa del duque, buscad á su secretario Santos, y decidle de mi parte que venga.

Rivera, criado de confianza de la condesa, fué á cumplir las órdenes de su señora; poco después entró en la tienda con Santos.

La condesa se dirigió entonces á la tendera, que estaba admirada y aun enorgullecida por tener á una tan gran señora y tan hermosa en su casa:

—Necesito—la dijo—un lugar donde hablar á solas con este hidalgo.

La tendera abrió la compuerta del mostrador, y manifestando servicialmente á la condesa que su casa, ella y su familia estaban á su disposición, la llevó á la trastienda.

Siguió Santos á la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de garbanzos, castañas y judías, la condesa dijo al secretario del duque:

—¿Os ha dado mi padre alguna orden?

—Su excelencia me da muchas todos los días, señora—contestó respetuosamente Santos.

—Una orden de... prisión.

—Efectivamente, señora: su excelencia me ha dado orden de que mande en su nombre á un alcalde de casa y corte, que prenda á...

—¿Don Francisco de Quevedo?

—Sí, señora.

—Don Francisco es caballero del hábito de Santiago y no puede ir á la cárcel—dijo doña Catalina.

—Se le prenderá en su casa.

—Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora.

—Se le llevará á una torre del alcázar.

—Estaría demasiado cerca del rey.

—La torre de los Lujanes...

—Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha estado encerrado un rey de Francia.

—Le llevaremos á un convento.

—Quevedo se serviría de los frailes.

—Consultaré, pues, á su excelencia.

—¿El duque no os ha indicado el lugar de la prisión de Quevedo?

—No, señora.

—Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le envíe resguardado por una guardia de cuatro hombres al alcázar de Segovia.

—Su excelencia no me ha dicho eso.

—Mejor... mucho mejor.

—No comprendo á vuecencia.

—¿Creéis que merece la pena el servirme á mí?

—¡Oh, señora! vuecencia puede disponer de mí como de un esclavo.

—Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria mía.

La condesa se sacó del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y diamantes y del hermoso cuello la cadena de que pendía.

Había algo de tentación en dar á un hombre una prenda tan íntima, cuando podía haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos.

Aquello podía tomarse por un favor.

Santos era joven, buen mozo é hidalgo, y las mujeres, aun las de más alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos...

Santos, á quien doña Catalina parecía deliciosa como lo parecía á todo el mundo, porque en efecto lo era, y mucho más cuando ella tenía interés en parecerlo de una manera enérgica, se turbó, se puso pálido, guardó el relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazón, y tartamudeó algunas palabras.

Doña Catalina le había dado un golpe rudo.

Y para hacer más terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doña Catalina, medio velados por sus sedosas pestañas negras, arrojaban sobre él fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera más clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotísimamente, algo.

Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible.

—¿Estáis enterado de lo que debéis hacer? dijo doña Catalina cuando vió que tenía á Santos rendido á discreción.

—Sí; sí, señora—contestó Santos reponiéndose—; pero suplicaría á vuecencia me dijese claramente punto por punto...

—Oíd: iréis á buscar al alcalde de casa y corte más duro, más valiente, más á propósito para no dejarse engañar por Quevedo.

—Ruy Pérez Sarmiento, es que ni pintado.

—Bien: diréis á ese señor... le mandaréis que sin perder un momento, suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos por si Quevedo arrastra de espadas.

—Es decir, que le prendan muerto ó vivo.

—¿Quién ha dicho eso?—exclamó la condesa con impaciencia y cólera—que le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle.

—¡Ah! muy bien, señora.

—En seguida... si es de día, que le metan en una litera y le lleven á una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevará á ella...

—Muy bien, señora.

—Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen resguardado por cuatro alguaciles á caballo, para Segovia.

—¿Cuatro alguaciles no más? ¿y si se escapa?

—Que sean buenos los cuatro.

—Ahora bien; vuecencia comprenderá que sobre mí carga la responsabilidad del envío á Segovia de don Francisco.

—No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habíais entendido la orden de llevarle á Segovia.

—Su excelencia tiene muy buena memoria.

—Y bien: todo puede reducirse á que os despida, y á que si ahora sois secretario de mi padre, lo seáis después mío.

—¡Oh, noble condesa!

—Conque ¿habéis comprendido bien lo que os he dicho?

—Sí; sí, señora; prender á don Francisco sin herirle ni maltratarle, aunque resista; llevarle á donde Rivera me diga, y á la noche enviarle en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles á caballo, al alcázar de Segovia.

—Al punto de obscurecer.

—Muy bien, señora.

—Recordad que esto es lo primero que os mando.

—Soy enteramente vuestro, señora.

—Pues no perdáis tiempo.

—Guarde Dios á vuecencia.

—Adiós.

Santos salió embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin concederle nada, sin dar lugar á ninguna suposición de parte de Santos, había sido con él una gran coqueta.

Después salió de la trastienda doña Catalina, dió algunas monedas de plata á la tendera, se metió en la silla de manos y mandó que la llevasen á su casa.

Cuando entró en ella, se encerró en su recámara con Rivera.

—Voy á encargaros—le dijo—de una comisión muy reservada, y tanto, que si cumplís bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos años os hago capitán de infantería.

—Sin eso, señora, podéis mandar.

—¿Qué casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid?

—Vuecencia tiene una á la malicia en la calle de la Redondilla.

—Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos á acompañar, encubierto, á Pelegrín Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que él os mande.

—Muy bien, señora.

—En seguida, buscad un hombre bravo y de puños, que tenga conocimiento con algunos como él, y avisadme cuando le tuviéreis.

—Muy bien, señora.

—Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, á Pelegrín Santos.

Rivera se inclinó y salió.

La condesa de Lemos, sobreexcitada, trémula, enamorada, se quedó profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, paseándose á lo largo de su recámara.

CAPÍTULO LXI

DE CÓMO LE SALIÓ Á QUEVEDO AL REVÉS DE LO QUE PENSABA

Entre tanto, el buen ingenio había salido de la casa de la Dorotea, pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura del alcázar, bajo la tenaz lluvia que no había cesado hacia tres días:

—Esa pobre chica me da compasión y me siento además agradecido; confiésola una gran mujer; deberémosla, por los buenos oficios que nos hace, el salir de este atolladero, sin sacar de él más que el lodo; pero con arrojar en Nápoles las botas, hemos concluído; paréceme que resurrezco, que por envuelto me he dado y á pique de desconfiar de mí mismo: el médico de su majestad dice que no hay que tener cuidado alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aquí la divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma está confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por mí le engañará de tal modo, que tendré tiempo para llevarme á los recién casados; después... si mi doña Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en ello... llevármela sería tocar á badajo perdido la campana del escándalo... será necesario que se cure, y yo también necesito curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos adelante, vamos... yo haré que la Dorotea se cure... y olvide... doña Catalina olvidará... y yo... yo... ¡bah! ¿qué importo yo? Seguiré vengándome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo á que se ría, como un necio, de sí mismo.

Llegaba entonces al alcázar y entróse resueltamente en él, con la frente descubierta y alta, como quien no tiene por qué temer.

Sin embargo, reparó en que en el zaguán de la puerta de las Meninas, por donde se había metido en el alcázar, había dos alguaciles de corte.

—¿Cuervos tenemos?—exclamó—; cerca anda carne muerta... tormenta está aparejada para alguno. Dios le ayude.

Y se encaminó con su forzada lentitud á la primera escalerilla.

No sabía Quevedo, no podía pensarlo, después de lo que había oído en la casa de la comedianta, entre ésta y el duque de Lerma, que la tormenta se preparaba para él; que él era la carne muerta; esto es, el hombre preso á cuyo olor iban aquellas aves de rapiña.

Apenas se perdió Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los alguaciles se echó fuera del alcázar más ligero que un rehilete.

Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galerías, se entró en el aposento de doña Clara Soldevilla.

Don Juan se calentaba al brasero y doña Clara escribía.

—Consuela este olor—dijo Quevedo entrando.

—¡Ah, mi buen amigo!—dijo don Juan.

—¡Ah, don Francisco!—exclamó doña Clara—: ¿de qué olor habláis?

—Huele aquí á contento, á paz, á alegría, á amor... Dios os bendiga, mis amigos, que tenéis sol claro en día de lluvia, y que vivís mientras otros se aperrean. ¿Y qué bueno hacéis, diosa?

—Escribo á mi padre largamente: antes habíale escrito una brevísima carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por punto...

—¿Es decir que os habéis metido á letrado?

—No os entiendo.

—Explicaréme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es un proceso. Largo habréis de escribir si de todo habéis de dar cuenta, y es grande lástima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados. Dejadlo eso para mí, señora, que todo lo tengo negro, hasta la esperanza, y veníos aquí al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos harto que hablar.

Dejó doña Clara la pluma y luego la mesa, y fué á sentarse junto al brasero entre su marido y Quevedo.

—¡Vive Dios!—exclamó Quevedo—, que estoy viendo en vos una experiencia, doña Clara.

—¡Una experiencia!

—¡Sí pardiez! los ojos y la razón engañan.

—Explicáos.

—¡Si sois más doncella hoy que ayer!—dijo Quevedo mirando de una manera profunda á doña Clara.

Púsose la joven vivísimamente encendida.

—Con las mujeres me reconciliáis, señora; yo las tendría á todas por partículas del diablo, y confiéseme engañado: si queréis ser más feliz, don Juan, sois usurero, y no merecéis respeto, que en vuestra mujer tenéis un cielo.

—¿Sabéis que venís muy adulador, don Francisco?

—Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazón mis palabras, y fálteme aire si no es verdad que el corazón no me cabe en el pecho. ¡Ah, manos de marfíl vivo!—exclamó tomando entre las dos suyas una de las hermosas manos de doña Clara—; y qué corona de gloria habéis puesto sobre la frente de mi amigo!

—Pues no soy completamente feliz—dijo don Juan.

—Alumbradme ese concepto á fin de que yo le vea, que tenebroso es y encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al más diestro. ¿Mayor felicidad pedís que una mujer toda alma, tan delicada como el alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? ¿qué más blancura que la de la nieve que nadie ha pisado? ¿qué calor más dulce que el de este sol de primavera al que no empañan nubes?...

—Muy poeta andáis, don Francisco, amigo mío—dijo doña Clara—: ¿me hacéis la merced de que hablemos de otra cosa?

—Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija mía, y dígoos hija, porque aunque casi soy mozo en años y negros tengo los cabellos, péinome hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaños padezco y experiencias lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de un jardín tal como vos, que si encontrádome hubiera, echado me habría á su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante á despertarme del sueño. Espántame, pues, y razón tengo, de que don Juan pida más felicidad teniéndoos á vos, y conjúrole á que su concepto me explique, porque tanto le quiero que me dolería haberle de tener de aquí en adelante por tonto ó por malo.

—No soy completamente feliz—dijo don Juan—, porque me creo de poco valor comparado con mi doña Clara.

—¡Ah!—dijo la joven.

Y aquella exclamación era protesta dolorosa.

—Perdonarse deben las necedades á los que aman, porque el amor ciega; escrupuloso andáis más que monja, y os metéis á apreciar lo que á vos no toca. Bien me sé yo que doña Clara no piensa otro tanto.

—¡Oh! ¡no!... pero os ruego, don Francisco...

Sí, sí por cierto... vamos á lo que importa: es el caso que yo tengo mucho sueño.

—¡Oh! ¡tenéis sueño, amigo mío!... pues bien, en vuestra casa estáis; voy...

—Estáos queda... tengo mucho, muchísimo sueño: necesito urgentemente dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche, á lo menos por voluntad mía.

—¿Cómo? ¿nos dejáis?

—¡Dejaros! ¡dejárame yo primero las antiparras, sin las cuales soy hombre muerto! ¡buena cuenta daría yo al duque de Osuna! llévoos conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor carta para el duque, lo serán sus hijos: asunto es no más que de algunos cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos á Madrid á obscuras, amanezcamos muy lejos, y veamos á Neptuno dentro de ocho días, embarcados con rumbo á Nápoles: que os afirmo que mientras aquí estemos, ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado está el cielo, de llover no cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en vez de hacer procesos, señora, haced cofres, y mientras se pide licencia á sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no disputemos, que allí tenéis entrambos los padres, y si vos dejáis de ser dama de la reina, doña Clara, seréis señora en vuestra casa; y á falta de la tercera compañía de la guardia española, tendréis vos allí, don Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey.

Quedáronse atónitos los dos jóvenes á estas palabras de Quevedo, y guardaron por algún tiempo silencio.

—¡Tan pronto! ¡tan de repente!—dijo al fin doña Clara—. ¿Qué motivo puede haber?...

—Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y tanto, que si no estoy preso, en engaños consiste que no pueden durar mucho tiempo.

—¿Pero esos motivos?

—¿Olvidáis que don Rodrigo Calderón está malamente herido, y que es vuestro esposo quien así le ha maltratado?—dijo Quevedo de una manera profunda.

—Pero hasta ahora...—dijo don Juan.

—Sí, hasta ahora... y gracias á que el duque de Lerma está mareado, nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por donde entran; se amaña en minutos lo que parecía imposible, y el viento cambia de tal modo, que el que era céfiro blando para alguno, se le convierte de repente en huracán que le echa por tierra; particularmente yo, si paro algunas horas más en Madrid, dóime por embargado, y por algún tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sería necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo de nada; porque enemigos crueles tenéis vos, doña Clara; y vos, don Juan, aunque sólo hace tres días que estáis en la corte, no los tenéis menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engaño. No disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele dar sinsabores tales como ha dado dulzuras.

—¡Pero dejar abandonada á su majestad!...—dijo doña Clara.

—Dios vela por los reyes... ¿creéis vos que la reina tiene en vos un escudo?

—Tengo valor, y mi vida es de su majestad.

—Pues bien; mientras vos estábais entregada á vuestra felicidad, Dios ha salvado de una manera extraordinaria á Margarita de Austria.

—¡Salvado!

—Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente asesinada.

—¡Asesinada!

Quevedo contó punto por punto á los dos esposos la tentativa de asesinato contra la reina, y el modo extraño y providencial de su salvación.

—¡Oh!—exclamó doña Clara—, ahora menos que nunca me separo de su majestad.

—Dejad, dejad á Dios que la proteja; tened fe en la misericordia divina, y además, por salvar á la reina, no expongáis á perecer á vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya á ser de vuestras entrañas; que sin duda vive ya, porque os amáis demasiado, y sois harto buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor.

—¡Ah! ¡me hacéis temblar, don Francisco!—dijo doña Clara.

—Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea huérfano.

—¡Dios mío!

—Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre, están siempre expuestos á morir sin gloria y sin combate, asesinados entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vaciléis más.

—Partiremos—dijo doña Clara.

—Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la licencia á sus majestades, y adiós, que yo voy á otro lugar que me interesa.

Y Quevedo, seguro de que había asustado lo bastante á doña Clara, para que no se dilatase por su parte el viaje, salió.

Iba contento atravesando las calles.

—¿Qué puede suceder—decía—en tan poco tiempo? Iré á comer esta tarde á casa de la Dorotea, y de tal manera me mostraré amigo del duque, que acabará de creerme y me dará tiempo suficiente para dejarle burlado. Ahora volvamos junto á la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel lado con lo que debemos á nuestro corazón.

Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vió venir hacia él un alcalde de casa y corte con sus alguaciles.

—¡Otra bandada de cangrejos!—exclamó—; está de Dios que nunca hayan de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Pérez Sarmiento, asno injerto en lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; ¿y qué me querrá éste? paréceme que se arroja á hablarme.

En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia Quevedo. A poca distancia le seguían sus alguaciles, y venía detrás una silla de manos.

—Guárdeos Dios—dijo el alcalde á Quevedo parándose delante de él—, ¿me conocéis?

—Hace mucho tiempo, por el servidor más ciego de la justicia.

—¿Creéis que un alcalde de casa y corte puede prender á toda persona viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato?

—Artículo de fe es ese de que no he dudado nunca—dijo Quevedo, al que pasó por los ojos tal cosa, que dió ocasión á que le rodeasen y asiesen de él de improviso los alguaciles.

—¡Eh! ¿qué es esto? ¿habréme convertido en doblón cuando con tal ansia me echáis mano?—dijo Quevedo.

—Os habéis convertido en hombre preso por el rey.

—Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco.

—Metedle en la silla de manos.

—Meteréme yo, que aún no estoy impedido; que si yo rey no respetara...

—¿Qué decís?...

—Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey, que no hay para qué menos.

Y Quevedo se entró en la silla de manos.

Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tenía celosías ni vidrieras, Quevedo se quedó á obscuras.

—Al menos es blanda—dijo sintiendo el almohadón mullido de la silla—, y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y á obscuras nos dejan, durmamos.

La litera echó á andar en aquellos momentos.

Poco después Quevedo, consecuente á su propósito y cansado y trasnochado, roncaba.

CAPÍTULO LXII

DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA SE ENCONTRÓ MÁS DESORIENTADO QUE NUNCA

Don Francisco de Sandoval y Rojas atravesó las antecámaras de palacio en medio de los más profundos saludos y de las reverencias más profundas de los cortesanos.

Hasta allí todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que son un barómetro, como señor omnipotente, en el pleno goce del favor del rey.

Los ujieres se mostraron con él, y del mismo modo, profundamente respetuosos.

Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto.

Pero cuando entró en la cámara real, la encontró desierta.

El rey acostumbraba á estar siempre en la cámara cuando llegaba Lerma.

Lerma se alarmó al no encontrar al rey en su cámara.

Porque en las raras ocasiones en que se había entibiado para él el favor de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le había hecho hacer antesala ó antecámara, le había hecho hacer cámara.

Tomólo primero su orgullo á casualidad: pero pasó un cuarto de hora, y esto era ya mucho; pasó media hora, y esto era ya demasiado.

Lerma, á quien la cólera hacía audaz, se acercó á la mesa real, tomó la campanilla de oro, y la agitó como si hubiera estado en su casa.

Se presentó un gentilhombre.

—¿Qué manda vuestra majestad?—dijo sin reparar, en su servil apresuramiento, que el rey no estaba en la cámara.

—No, no es su majestad quien llama—dijo Lerma mordiéndose los labios—. Soy yo.

—¡Ah! ¡perdone vuecencia! ¿qué desea vuecencia?

—¿Habéis avisado al rey de mi llegada?

—Sí; sí, señor: en el momento en que llegó vuecencia.

—¿Dónde está el rey?

—En su recámara.

—¿Con quién?

—Con el duque de Uceda.

—¡Con mi hijo!

—Sí, señor.

—Gracias, caballero, gracias.

El gentilhombre salió.

—¿Conque se me hace esperar en la cámara por Uceda, que está en la recámara?—dijo el duque—; ¿con que el rey se olvida al fin de lo mucho que me debe? y... mi hijo... ¿qué hubiera sido de mi hijo sin mí? ¡Esto es infame! Vendido ó abandonado por todos... ¿y qué hacer? ¿qué hacer? Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan á una vida obscura... esto no puede ser, y no será... Quevedo... Quevedo tiene ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos hambrientos y miserables... Quevedo me impondrá duras, durísimas condiciones... pero no importa... más vale ceder en secreto ante un solo hombre, que no caer en público combatido por tantos. ¡Oh! creo que debo dar una lección al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo hubiera hablado ya con Quevedo, vería si podía atreverme á presentar al rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin contar con don Francisco, sería una locura. Lo que debo hacer indudablemente es irme de aquí. Esto será decir sin palabras al rey que no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma.

Iba Lerma á poner en práctica su propósito, esto es, á irse, cuando se levantó un tapiz, asomó tras él una persona, y sonó una voz que dijo:

—¿A dónde vais, mi buen duque?

Lerma se volvió, adelantó rápidamente, dobló una rodilla ante el hombre que le había hablado, y le besó una mano.

Aquel hombre era su majestad católica, don Felipe III de Austria.

Había cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey.

—¿A dónde íbais, pues, duque?—repuso Felipe III.

—Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado...

—Y tardaba, ¿eh?

—¡Señor!

—Hace un siglo que yo estoy esperando—dijo el rey—y no me impaciento; y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que estáis aquí, ¿os impacientáis?

—¿Y por qué tenéis vos que impacientaros, señor?—dijo Lerma levantándose y permaneciendo de pie junto al rey, que se había sentado en su sillón—; ¿no es ley vuestra voluntad? ¿No os obedecen todos vuestros vasallos?

—No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido á mis vasallos que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se aumentan, las quejas zumban alrededor mío, y me trastornan. ¿Sabéis que he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda más de una hora?

—Me lo habían dicho, señor.

—Es verdad, vos lo sabéis todo.

—Señor...

—¿Pero á que no acertáis cuál era la extraña pretensión del duque?

Tembló interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que no acostumbraba mucho á usar.

—Lo ignoro, señor.

—Ya sabía yo que lo ignoraríais. Vuestro hijo se me quejaba de injusticias.

—¿Y por qué el señor duque de Uceda no ha venido á mí, secretario universal del despacho?—dijo ya con alguna irritación Lerma.

—Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y encaminarse á mí, es punto menos que si á vos se hubiera encaminado.

—¿Pero de qué se queja el duque de Uceda?

—De que se le haya separado del cuarto del príncipe don Felipe.

—¡Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su alteza, y esto es ya un principio de rebeldía.

—Pues ved ahí lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del príncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que él en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separación motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo más extraño que puede decirse, duque, es casi una rebeldía lo que vuestro hijo pretende.

—¿Y qué pretende, señor?—dijo Lerma, á quien pinchaban las palabras del rey.

—Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cámara del príncipe... en fin, el duque dice que se va á presentar preso y á pedir el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla.

—El duque está loco, señor—dijo Lerma—, y como á tal no podéis tenerle al lado del príncipe. Su petición demuestra su locura. ¿Pues qué, vuestra majestad tiene necesidad de decir á un vasallo, por muy alto que éste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para quitarle un oficio que le había dado? Este es un crimen de lesa majestad, señor, que debéis castigar con energía.

—Es que el duque de Uceda protesta hacia mí el más profundo respeto, y dice... dice que sois vos su enemigo.

—Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey, suponiéndole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor delito: el de lesa naturaleza rebelándose contra su padre.

—Pues ved ahí: Uceda dice que no le miráis como hijo.

—Desgracia y grande ha sido para mí, que tal hombre sea hijo mío.

—Y añade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos habéis tenido para proponerme su separación del cuarto del príncipe.

—¡Razones contra mí!

—Sí; habla de pruebas...

—¿De pruebas de qué?

—Lo mismo pregunté á Uceda; pero pidiéndome perdón por no revelarme lo que yo quería saber, me dijo que sólo presentaría las tales pruebas al juez ó á los jueces que hiciesen el proceso.

—¿Es decir, que el duque de Uceda supone?...

—Que no me servís bien.

—Que presente, pues, las pruebas; que las presente—dijo conteniendo mal su cólera por respeto al rey, Lerma—; entre tanto, señor, yo me retiro á mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha dado.

—Ved, ved ahí por qué digo yo que hace un siglo estoy teniendo paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los míos; yo bien sé que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son leales, capaces de perder por mí la vida; pero todos reñís, todos os mordéis, todos procuráis parecer los más leales, á costa de los otros; y esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace infeliz.

—Por lo mismo, señor, admita vuestra majestad mi renuncia.

—No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos.

—Sin embargo, señor... esas graves acusaciones exigen: ó que yo sea juzgado, ó que lo sea mi hijo.

—¿Qué estáis diciendo, duque? ¿qué estáis diciendo?... ¿meterme queréis en esos cuidados? yo os mando que sigáis ayudándome en el gobierno de mis reinos.

—Y yo, señor, obedezco á vuestra majestad. Pero...

—¿Pero qué?

—Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte á muchas personas.

—La primera á don Francisco de Quevedo.

—¡Cómo, señor!

—Es muy aficionado á contar cuentos que nadie entiende.

—Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos más leales de vuestra majestad.

—Paréceme, sin embargo, que le hemos tenido preso.

—Dos años. Es un tanto turbulento...

—Por lo mismo, dejémosle que se vaya con su duque de Osuna.

—Por el contrario, yo le guardaría...

—Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No sé qué he oído de unas estocadas... ¡ah! ¡sí! don Rodrigo Calderón...

—En efecto, mi secretario Calderón, hace tres noches fué muy mal herido y está en mi casa.

—Hirióle... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, á quien yo no sé quién ha hecho capitán de la tercera compañía de mi guardia española.

—Lo ha hecho, señor, la reina, por amor á su favorita doña Clara Soldevilla.

—Esposa recientemente de ese don Juan... y á quien creo que ama mucho... pues bien, prendamos á ese don Juan para poder prender á Quevedo.

—¡Cómo!

—Como que dicen que Quevedo ayudó á don Juan á herir á don Rodrigo.

—Es necesario andar muy despacio en eso, señor; tales negocios pueden salir al aire si se prende á don Francisco...

—¡Cómo! ¿también por ahí?

—Sí; sí, señor; don Juan, hiriendo á don Rodrigo, ha obrado como bueno y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudándole... esto es... midiéndose con otro hombre que favorecía á don Rodrigo.

—Pues mirad: podré engañarme, pero ese don Juan no me gusta.

—¡Y yo que traía á vuestra majestad para que la firmase una real cédula de merced, para ese don Juan, del hábito de Santiago!

—Pues no; no hay que pensar en ello; ¿con que es decir que se nos lleva la dama más hermosa de palacio, que se nos pone á la cabeza de la compañía más brava de nuestros ejércitos, que nos hacemos los ciegos ante un homicidio intentado por él y todavía queréis que le demos el hábito de Santiago?

—No haríais más que doblárselo, señor, pues lo tiene ya.

—¡Cómo! ¿pues quién se lo ha dado?

—El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedió al duque de Osuna para su hijo bastardo cuando aún no le había dado su madre á luz.

—¿Y para qué dos mantos á un mismo hombre? eso es decirle que tiene mucho frío y que queremos abrigarle.

—Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hábito por sus hechos, como el gran don Felipe II le creyó digno de él por ser hijo de quien era.

—Pero esto no estorba para que le prendamos.

—No; pero vuestra majestad no le debe prender.

—Dad, dad acá esa cédula—dijo el rey.

Lerma sacó un papel arrollado y le extendió delante del rey.

—Ahora—dijo Felipe III—necesito firmar otros dos papeles.

—¿Cuáles, señor?

—Dos órdenes de prisión.

—Creo que sean necesarias más.

—Pues bien, Lerma; decidme vos los que queréis que sean presos, y yo os diré los que quiero tener encerrados y no disputemos más.

—Señor, yo no disputo con vuestra majestad.

—¿Pues qué estamos haciendo hace ya más de media hora? Disputar y no más que disputar. Con que sepamos: ¿á quiénes queréis vos prender?

—Al duque de Uceda.

—Bien, prendámosle en el cuarto del príncipe.

—¡Señor!—exclamó completamente desconcertado por aquella salida del rey, Lerma.

—Sí, sí, volvámosle su oficio al ayuda de cámara del príncipe don Felipe.

—Pues cabalmente eso es lo que el duque desea.

—Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedámoselo; mandad extender la provisión y traédmela al momento al despacho.

Lerma desconocía al rey.

El rey mandaba.

Lerma no estaba acostumbrado á aquello.

—Señor—dijo—, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra majestad.

—Os lo mando yo—dijo el rey.

—Obedezco, señor.

—A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina—dijo el rey.

Estremecióse Lerma.

—Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su oficio de caballerizo mayor.

—¡Ah, señor! ¡Dios quiera que no os pese!

—Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro.

—Todos son enemigos míos, señor.

—¿Y qué os importa, si es vuestro amigo el rey?

—Sea lo que vuestra majestad quiera.

—Envíense correos á don Baltasar de Zúñiga para que se vuelva á su oficio de ayo del príncipe don Felipe.

Lerma, aterrado, se resignó.

Aquel era un golpe mortal.

Sus enemigos triunfaban.

¿Pero de qué medios se habían valido?

Ignorábalo el duque, y esta ignorancia le aterraba.

—Además—dijo el rey—, orden de prisión contra don Francisco de Quevedo y don Juan Téllez Girón. Los enviaréis á Segovia.

Lerma no se atrevió á replicar.

—Id, id; extended todas esas órdenes y traérmelas al momento para que las firme.

Y el rey se levantó y escapó por una puerta de servicio.

El duque quedó aterrado en medio de la cámara.

—¿Qué tal, eh?—dijo una voz detrás de un tapiz.

Miró Lerma al lugar de donde salía la voz, y vió que el tapiz se levantaba y que de detrás de él salía un hombrecillo.

Aquel hombrecillo era el bufón del rey.

CAPÍTULO LXIII

DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA VIÓ AL BUFÓN DE SU MAJESTAD EXTENDERSE, CREAR, TOCAR LAS NUBES... ETC.

Estuvieron mirándose durante algunos segundos el ministro y el bufón.

Los ojos del tío Manolillo relumbraban como brasas.

Sus mejillas no estaban pálidas, sino verdinegras.

Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se irritó.

—¿Qué me queréis?—dijo Lerma con acento duro.

—¡Eh! ¿Qué os quiero yo? nada; vos sois quien me queréis á mí.

—¡Yo!

—Sí, vos me necesitáis.

—¿Que os necesito yo?

—Sí por cierto. ¿No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en cuando ocurrencias insufribles?

—¡Cómo! ¿Sabéis...?

—Vaya si lo sé; como que estaba allí, detrás de aquel tapiz, y no he perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe, traía su lección bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los tontos tienen muy buena memoria.

—¡Ah! ¿Han hecho aprender á su majestad una relación de memoria?

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Y quién le ha enseñado esa lección?

—Excelentísimo señor, yo.

—¡Vos! ¿Pero á quién servís?

—Me sirvo á mí mismo.

—Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda...

—Y tiene razón; como que yo le he metido al duque de Uceda en su recámara.

—Venid, venid conmigo, bufón, y hablemos donde de nadie podamos ser escuchados.

—Eso quiero yo.

—Seguidme.

—No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cámara del rey. Sois muy torpe, excelentísimo señor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa ni lo entienda, en vuestro camarín de la secretaría de Estado. Hasta dentro de un momento. Adiós.

Y el bufón levantó el mismo tapiz por el que había aparecido, y desapareció tras él.

—¿Qué sucede en palacio, señor? ¿Qué hay aquí—exclamó el duque—, que me veo obligado á tratar con ese miserable?

El duque hizo un violento esfuerzo, salió de la cámara real, bajó á la planta baja del alcázar, y se entró en la secretaría de Estado.

—¡Ledesma!—dijo á uno de los oficiales que trabajaba en la primera sala—; cuidad de que nadie vaya á interrumpirme, y estad dispuesto para cuando yo os llame.

Ledesma, que se había levantado como todos á presencia del duque, se inclinó profundamente.

Lerma atravesó otras dos salas, en las cuales los oficiales se levantaron con el mismo respeto que los de la primera, llegó á una puertecilla, sacó una llave, abrió la puerta, entró y cerró.

Atravesó después un largo corredor, abrió otras dos puertas, y se encontró al fin en un pequeño aposento, en el cual había únicamente una gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un sillón de terciopelo carmesí, con las armas del duque bordadas; detrás, en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey; á los dos lados, contra la pared, dos secreteres de ébano incrustados de plata, nácar y concha, y delante de la mesa, un sillón más modesto, destinado sin duda á un secretario; una magnífica alfombra y algunos excelentes cuadros, completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarín reservado de despacho del secretario universal del rey.

Al abrir el duque la puerta del camarín, retrocedió y tembló.

Sintió pavor á impulsos de una impresión supersticiosa.

Sentado en el sillón del duque, arreglando unos papeles, estaba el tío Manolillo.

El camarín no tenía más entrada que aquella por donde había ido el duque: una reja le daba luz, y aquella reja tenía vidrieras de colores.

Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber entrado por ella el bufón, y las vidrieras estaban cerradas.

—Cierra y siéntate—dijo el tío Manolillo al duque de Lerma—. Aquí no puede oírnos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque.

—¿Qué significa esto?—exclamó Lerma—; ¿en qué poder confiáis para atreveros á tanto?

—Es singular, singularísimo tu orgullo, duque. Cualquiera al escucharte, no viéndote, creería que no tenías miedo. Y estás temblando, Lerma. Temblando como un ratón delante del gato. Sin duda me crees brujo, ¿no es verdad? porque tú guardas como un tesoro las llaves de este camarín, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos secreteres, y sabes que nadie puede entrar aquí si no le das tú las llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti desde hace trece años: desde que eres favorito del rey más desfavorecido de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbéciles y torpes.

—No comprendo... no comprendo cómo...

—¿Cómo estoy aquí? Yo soy brujo, duque.

Desconcertóse de una manera tal Lerma, que el tío Manolillo soltó una carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresión tal, que se le crisparon los nervios al duque.

—Estoy aquí—dijo el bufón—, porque estoy: te tengo en mis manos, porque eres un traidor, un villano.

El duque se creía delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse; le faltaba completamente el valor.

Adelantó vacilante, y se apoyó en el sillón destinado al secretario.

—Siéntate, siéntate y no tiembles—dijo el bufón dulcificando su voz—; nada te sucederá si tú no quieres que te suceda.

El duque se sentó maquinalmente.

—Yo sé todos los secretos de palacio—dijo el bufón—; como que no hago otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey vuelva á llamar á su alrededor á tus enemigos, puedo hacer que el rey los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte al patíbulo.

—¡Al patíbulo!

—Sí, por traidor al rey y por ladrón.

—¡Ah! ¡ah! ¿y qué pruebas...?

—Oye, tengo preparadas las pruebas; están aquí. Primera: carta de milord, duque de Bukingam, al excelentísimo señor duque de Lerma.

—¡Ah! esa carta...

—¡La España vendida á los ingleses, duque!

—Pero esa no es una carta.

—Es una copia de la carta.

—Pero la carta...

—Está con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y otras varias, que prueban cumplidamente que tú, más que secretario del rey de España, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas están tan bien guardadas que no las encontrarás á tres tirones. Se trata, en esta que he traído de muestra, del casamiento de la infanta doña Ana, de ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y tú, de condiciones recíprocas, de infamias... ¿quieres que te la lea, don Francisco de Sandoval y Rojas?

—No, no; pero eso es imposible—dijo el duque abalanzándose al secreter de la derecha y abriéndole.

—Sí, busca, busca; encontrarás ahí alhajas que yo no he querido tomar, á pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrón, pero las cartas de que te hablo y otros importantísimos papeles, no están ahí; los tengo yo: auténticos, con tu firma, porque en todos ellos, ó en todas ellas, porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: «Contestada en tal fecha.—Lerma.» El rey podrá encontrar en esos papeles el secreto de la expulsión de los moriscos, las causas de su desavenencia con Francia, el por qué de los reveses que sufre en todas partes donde hace la guerra España; el rey sabrá que de los tributos que saca á sus vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los corregidores, alcaldes mayores y demás exactores, y la otra tercera parte para el nobilísimo, el excelente señor don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo; sabrá el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarán solos al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado á su enemigo, y como el rey, aunque es débil, no es malo y no le gustan los bribones, y como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey poderoso; y como el rey es del último que llega, nada tendrá de extraño que su majestad retire de ti su protección y te arroje al verdugo; porque tú has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero degradado y después ahorcado.

—Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas para mucho, cuando así me hablas; ¿qué quieres?

—Creo que nos entendemos. Ahora voy á decirte lo que quiero.

—Si puedo, si está en mi mano...

—Oye; tú conoces á una mujer á quien yo conozco también. Yo quiero que esa mujer sea feliz.

—¡La reina!

—¿Qué me importa la reina? ya la he salvado hoy.

—¿Conque era verdad?

—Verdad, verdad; quisieron envenenarla.

—¡Envenenarla! ¿Pero quién ha querido cometer ese atentado?

—Tu buen secretario don Rodrigo Calderón.

—¡Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo está en el lecho mal herido!

—Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmán, que ha estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de Guzmán era amante de Luisa, la mujer del imbécil cocinero de su majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de su majestad. Quevedo y yo, que éramos muy amigos, nos hemos visto negros para salvar á Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un pobre paje á quien se le apeteció lo que había quedado sobrante en los platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos.

—¡Horrible! ¡horrible!—exclamó el duque.

—Yo no sé si tú has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato, ó si ha sido únicamente cosa de don Rodrigo Calderón.

—¡Yo! ¿me creéis capaz de esa infamia?

—Te creo, por tu vanidad y por tu ambición, capaz de todo.

—¡Oh! ¡oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto.

—La reina te estorba tanto como á don Rodrigo; la reina conspira contra ti, y la temes.

—Pero jamás llegaría á ese punto, jamás; me calumniáis.

—Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrón, no has sido asesino.

—En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de Calderón; las pruebas para enviarle al cadalso.

—No hay pruebas.

—Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prófuga, se la buscará, se la encontrará, se la sujetará á la prueba del tormento.

—Y declarará que don Juan de Guzmán era su amante, que la dió unos polvos, que ella los dió al galopín Cosme Aldaba, que, en ausencia de su marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo á Cosme Aldaba, atormentándole, se sabrá que el tal Cosme envenenó en las cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entregó para que la sirviera el paje Cristóbal Cuero, y el paje, preso y sujeto al tormento, declarará que puso en la mesa de su majestad la perdiz envenenada; pero todas las pruebas recaerán en el sargento mayor don Juan de Guzmán.

—Se le prenderá, se le hará pedazos para que declare.

—Eso es imposible.

—¡Imposible!

—Sí; ¿no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor, he dicho: ¿era, no es? El sargento mayor ha muerto.

—¡Muerto!

—A mis manos, á puñaladas.

El bufón, que había crecido de una manera imponderable á los ojos del duque, aumentó otro tanto en tamaño.

Se había convertido para Lerma en un gigante.

—Por lo que toca á la reina—continuó el bufón—, el negocio está perfectamente concluído; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie ha sospechado... no asustemos á su majestad; sírvate esto para conocer á don Rodrigo Calderón y guardarte de él. La mujer, pues, á quien ambos conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he penetrado aquí, en este lugar que tú creías tan seguro, y he abierto valiéndome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que á tal punto nos ha traído á los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente reinas.

—¡Dorotea!

—Cabalmente, Dorotea; esa pobre niña que es tu querida públicamente, y mi corazón, mi alma en secreto.

—¿Qué sois vos de esa mujer?

—¡Qué soy yo! ¡su padre! ¡su hermano! ¡su mártir!

—¡Ah!

—La amo... más que á mí mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su felicidad, y sus lágrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han despedazado el alma... ama á un hombre y le roban ese hombre.

—¿Y qué hombre es ese?

—Don Juan Téllez Girón.

—¡Siempre ese hombre!—exclamó con desesperación el duque.

—Sin embargo—dijo el tío Manolillo—, á ese hombre debes el empezar á ser algo.

—¡Cómo!

—Sí, sí ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido á Madrid, no hubiera conocido á doña Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla, cuando esa mujer servía á la reina con su vida, con su honra; no hubiera encontrado á Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido á tu buen secretario don Rodrigo Calderón; si no hubiera herido á don Rodrigo, si no le hubiera arrebatado las cartas que tenía de la reina...

—¡Cómo! ¿ese caballero ha quitado á Calderón las cartas?...

—Sí, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era omnipotente: hubiera dictado condiciones á Margarita de Austria, te hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no le pones fuera de combate, ocupará algún día; ¿comprendes ahora todo lo que debes á ese afortunado joven?

—¡Oh! ¡oh! ¡y yo ciego!...

—Tú, torpe y confiado, creyéndote en tu vanidad asegurado en el favor del rey y superior á todo... pero continuemos y te convencerás de cuánto es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que él, que porque es amigo de Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el más leve servicio. Por otra parte, don Juan Téllez Girón, hiriendo á don Rodrigo, te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto ó vivo, á don Rodrigo, y como sólo había venido á Madrid por encargo del duque de Osuna para buscar á ese don Juan, y con el sólo objeto de llevársele consigo á Nápoles, quiso ponerle á cubierto de toda eventualidad, y acordándose de Dorotea concibió un terrible pensamiento.

—¡Dorotea!

—Sí por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que deslumbra á las mujeres...

—No le conozco.

—¡Oh! pues es un mancebo hermosísimo; ya ves: cuando en tres días ha llegado á ser marido de doña Clara Soldevilla, á quien todos, menos yo, creían de nieve, y ha enamorado á Dorotea, que no había amado nunca...

—¡Pero Dorotea le ama!—exclamó con cierta celosa impaciencia Lerma.

—Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde muere.

—¿Pero qué se proponía Quevedo al hacer conocer á Dorotea ese hombre?

—Que se enamorase de él, y lo consiguió.

—Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se enamorase de ese hombre.

—Estás cada día más torpe, duque.

—No tenéis razón para llamarme torpe, porque es incomprensible el objeto de Quevedo.

—Lo que á ti te falta de ingenio, le sobra á Quevedo, Lerma.

—Pero en esta ocasión...

—Dime: ¿no es tu querida Dorotea?

—Sí.

—Aún no me comprendes. Será necesario llegar al fin. Dime: ¿no harás tú cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidiéndote?

—Según, según.

—No hay según. Tú eres todo soberbia. Tú hubieras hecho lo que hubiera querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, debía procurar que no le prendiesen por sus heridas á don Rodrigo...

—¡Ah!

—Has comprendido al fin, gracias á Dios y á mi paciencia. Pues bien, Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca á don Juan, le ama más que á sí misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto, porque tiene celos.

—¡Celos!

—¡Oh! ¡si Dorotea no tuviese celos! ¡si la amase don Juan, el primer hombre á quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amaría también, porque haría feliz á mi Dorotea, y amaría á Quevedo que los había puesto en el caso de amarse, y procuraría que, como don Juan te ha robado el corazón de Dorotea, te robase el corazón del rey. ¡Pero ya se ve! don Juan había visto antes que á Dorotea á doña Clara: habían andado de aventura por esas calles de Dios... y doña Clara es tan hermosa... no es más hermosa que Dorotea, no; pero no es cómica, ni tu querida, ni lo ha sido de nadie: doña Clara... yo he visto á todos, altos y bajos, mirarla con codicia... y el mismo rey...

—¡El rey!

—Sí, el rey ama á doña Clara: tibiamente, eso sí; pero la ama cuanto puede amar, como no ha amado á ninguna mujer... ya ves: cuando siendo tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido á arrojarse á pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio á su majestad, tiene no sé qué poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues, amando al marido de doña Clara es una mártir, y ya que no puedo evitar su martirio, quiero vengarla, y la vengaré.

—¿Que la vengarás? ¿y cómo?

—Valiéndome de ti.

—¡Ah! creo que también te vales de otra persona.

—¿Del rey? cierto que sí. Su majestad no puede ver á don Juan desde que sabe que le ama doña Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmió. Sabe además su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese casamiento, y no puede ver á Quevedo.

—¡Por eso me ha mandado prenderlos!

—Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo.

—Y si teníais interesado al rey, ¿á qué imponerme condiciones á mí?

—Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro señor, no es más firme que una caña; le mueve hacia un lado el más ligero vientecillo, y otro vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender á don Juan y á Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos serán, porque el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doña Clara, sobrevendrá, se arrojará á los pies del rey, llorará, le besará las manos... y el rey se derretirá y revocará la orden de prisión, y será capaz de honrar á don Juan y á Quevedo por añadidura. Es necesario que el rey no pueda hacer nada.

—¿Y cómo?

—¿Cómo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia ofendida.

—Es decir, ¿formando proceso á don Juan por la herida de Calderón?

—Y por añadidura, á don Francisco de Quevedo.

—Y si todo eso sucede, ¿me devolveréis esas cartas que me habéis robado?

—Cuando Dorotea posea completamente á don Juan, ó cuando yo la haya vengado de él.

—¿Pero no consideráis que si la Dorotea sabe que su amante está preso, interpondrá todo su influjo para salvarle?

—Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasión de demostrar á don Juan hasta qué punto le ama.

—¡De modo que me veo reducido á coaligarme con vos!

—Sí, sí por cierto, noble y poderoso señor duque de Lerma; conmigo el bufón, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido levantarme á vuestros ojos fuerte como un león. Conmigo, comadreja del alcázar, que puedo perderos.

—El duque no estaba en estado de regatear, ni aun podía defenderse; lo que le sucedía, le tenía aterrado; y lo que más le humillaba era verse obligado á ayudar los amores de su querida.

—Haré, haré lo que pueda—dijo al fin.

—Tú harás lo que yo quiera; prenderás á don Francisco de Quevedo.

—En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisión, y á pesar de que una persona, á quien no puedo negar nada, me había comprometido á que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden.

—Adivino cuáles son las dos mujeres que te han pedido la una la prisión y la otra la seguridad de don Francisco.

—Si sabéis eso, es necesario concederos mucho poder.

—Con saber á quien interesa que sea preso y que no sea preso don Francisco, se sabe quién es quien ha obrado en su favor y quién en su contra. Voy á decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha obligado sin duda á que prendas á Quevedo, y la duquesa de Gandía, la buena, la inocente doña Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha exigido la promesa formal de no meterte en prenderle.

En vano el duque quiso ocultar su turbación, producida por la sagacidad del tío Manolillo; sin embargo, se dominó y dijo riendo:

—¡Bah! ¿y qué les importa ni á la condesa de Lemos, ni á la duquesa de Gandía que Quevedo sea preso ó no?

—¿Qué si les importa? Voy á revelarte dos secretos.

—¿Dos secretos más?

—¿No te he dicho que soy la comadreja del alcázar, que velo mientras los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razón sé que tu hija es querida...

—¡Querida!—exclamó el duque afectando una explosión de dignidad ofendida.

—Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don Francisco de Quevedo.

—¡Mentira!

—Vamos: lo sabías—dijo el bufón—; debe de habértelo dicho tu misma hija.

—¡Que yo sé esa deshonra!

—¡Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es grande, me prueba que la conocías.

—¡Oh! ¡oh! ¡yo te juro que esa es una calumnia!

—No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de vengarte de mí. Cuando puedas, mátame, hazme pedazos; pero entre tanto, sírveme.

El duque no contestó; estaba lívido de cólera, se le saltaban los ojos de las órbitas.

El bufón continuó:

—Como doña Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extraño que haya averiguado que Quevedo sólo ha venido á Madrid á buscar al hijo del duque de Osuna para llevárselo á Napóles. Y como doña Catalina ama mucho á Quevedo, con toda su alma ardiente, á la que tan mal dueño has dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte, á que prendas á Quevedo.

El duque se movió violentamente en el sillón.

—Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora á decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Gandía te ha obligado á que no prendas á Quevedo. La duquesa de Gandía es madre natural de don Juan Téllez Girón.

Dió un salto sobre el sillón Lerma y volvió á caer desplomado.

Aquella noticia le espantó.

Tal concepto tenía formado de la duquesa de Gandía, que le pareció un sacrilegio la revelación del tío Manolillo.

—Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoñosa nada respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Gandía es una santa.

—Pero cuando una santa se encuentra á obscuras en una galería apartada con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una santa, se encuentra sin saber cómo en la situación en que se halla la duquesa de Gandía. Pregunta á tu hija, que sin ser una santa, es y lo será siempre una mujer honrada, á pesar de ser querida de Quevedo, lo que son tales encuentros: ¡bah!, Lerma, tú te estremeces porque estás en la misma situación que un hombre atado por cada uno de sus remos á cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte, se crean de nuevo en posición de hacerte la guerra. Para que volviese á la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito que el conde de Lemos vuelva. Entonces doña Catalina estará más contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer algo, yo la haré callar. Del mismo modo haré que la duquesa de Gandía te sirva de cabeza. Conque ayudémonos resueltamente, duque, y no disputemos más. A cambio de tu favor con el rey, la prisión de don Francisco de Quevedo y don Juan Téllez Girón ante la justicia, como homicidas de don Rodrigo Calderón.

—Lo haré...—dijo el duque—¿pero esas cartas, esos secretos?...

—Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas.

—Escucha—dijo el duque—; yo puedo enriquecer á Dorotea, enriquecerte á ti...

—¿Y el oro da la felicidad? la da á los imbéciles, que creen verdades las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazón no la calma el oro. Ni un maravedí quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un momento no esté preso don Juan Téllez Girón, que está en el alcázar y en el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro, duque, obro y ¡ay de ti en el momento que yo obre!

—¡Y no hay medio en lo humano!

—Ninguno.

—Bien; será lo que quieras.

—¡Presos don Francisco y don Juan!

—¡Presos!

—¡Al momento!

—¡Al momento!

—Pues vete y manda extender las órdenes.

—¿Y te quedas aquí?

—Sí, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti.

—Debe haber aquí alguna puerta secreta.

—Pues bien; ¿qué importa? bastante seguro te tengo. Mira.

El bufón se levantó, llegó al secreter de la derecha, oprimió un resorte y el secreter giró dejando descubierta una obscura entrada.

—Adiós, duque, adiós—dijo el bufón desapareciendo por ella—, y no te atrevas á desobedecerme.

El secreter volvió á girar.

El duque quedó aterrado.

Parecíale, ó mejor dicho, quería que le pareciese aquello un sueño.

Pasóse la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resignó y salió y abrió la primera puerta.

—Que entre Ledesma—dijo á uno de los oficiales.

Y se volvió al camarín y se puso á papelear para disimular su turbación.

Entró Ledesma.

—Sentáos—le dijo el duque—y tomad nota.

Ledesma se sentó.

—Levantamiento del destierro del conde de Lemos—dictó el duque; reposición en su oficio de ayo del príncipe de Asturias á don Baltasar de Zúñiga; reposición en su oficio de caballerizo mayor al conde de Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo padre fray Luis de Aliaga, y por último, reposición en su oficio de ayuda de cámara de su alteza el príncipe don Felipe, al duque de Uceda.

—Ya está, señor—dijo Ledesma.

—Ahora aparte: comuníquese urgentemente orden al alcalde mayor, para que luego haga prender, donde los halle, á don Francisco de Quevedo y Villegas y á don Juan Téllez Girón, como causantes de la herida de don Rodrigo Calderón, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece á formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y traédmelas para el despacho de su majestad.

Ledesma salió asombrado, comprendiendo la razón de la malísima cara que tenía el duque.

Poco después, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se daba por segura en las secretarías de Estado la caída del ministro universal duque de Lerma.

Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del secreter que cubría el pasadizo por donde había desaparecido el bufón.

CAPÍTULO LXIV

DE CÓMO QUEVEDO BUSCÓ EN VANO LA CAUSA DE SU PRISIÓN, Y DE CÓMO CUANDO SE LO DIJERON SE CREYÓ MÁS PRESO QUE NUNCA

Antes de entrar en la materia de este capítulo, debemos dar algunas noticias á nuestros lectores á la manera de sueltos de periódico:

—Don Juan Téllez Girón fué preso aquel mismo día, en el aposento de su esposa doña Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se encontraba don Rodrigo Calderón, y en el momento en que preparaba un viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisión hizo constase en la diligencia del escribano que le acompañaba.

—Doña Clara Soldevilla solicitó una audiencia del rey y no pudo conseguirla.

—Dorotea esperó en vano toda la tarde al duque de Lerma y á don Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso verdaderamente mala y se metió en el lecho.

—El cocinero de su majestad fué á avisar al excelentísimo señor duque de Lerma, que doña Ana de Acuña recibiría á obscuras al rey á las doce de aquella noche.

Al salir Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, de casa del excelentísimo señor duque de Lerma, se encontró manos á boca con el tío Manolillo, bufón del rey, que le asió por un brazo y le metió en una taberna, donde se encerró con él en un aposento.

El tío Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto sabía acerca de la cita que el duque tenía aquella noche con doña Ana de Acuña.

Al salir de la taberna, separáronse el cocinero mayor y el bufón, y este último se fué en busca de un alcalde de casa y corte.

Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el asunto del presente capítulo.

La silla de manos en que había sido metido Quevedo, y en que Quevedo se había dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no podía darse cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su admirable fuerza de ánimo, dormía profundamente; y segundo, porque aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba herméticamente cerrada y á obscuras.

Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le movía.

Abrió los ojos, se los restregó, se desperezó, y... se encontró todavía á obscuras.

—Salid, don Francisco—dijo la voz del alcalde Sarmiento.

—¡Ah! ¡conque hemos llegado! ¡pues me alegro! quitáos de delante no tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentiría por lo que de mí se os pudiese pegar, y dígame vuesa merced, si no le enoja: ¿se han acordado de poner cama?

—Aquí os quedaréis—dijo el alcalde.

—Sea por minutos, amigo. Y como no me contestáis y os despedís, id con Dios.

—Que Dios os guarde.

Sintió Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego cerrarse una puerta.

—¿De donde vendrá ese chubasco?—dijo para sí, palpando en torno suyo—; no lo sé... no adivino; una silla... pues señor, estoy en mi casa... una cama mullida... afírmome en lo dicho... y á obscuras... me afirmo más; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueño tengo; dejémonos de suposiciones inútiles, y acostémonos, y continuemos el sueño interrumpido.

Y Quevedo se acostó, no así como quiera, sino desnudándose como si hubiera estado en su casa.

Pero por esta vez no se durmió.

Había descabezado, como suele decirse, el sueño en la silla de manos; la situación en que se encontraba era grave por más de un concepto, y su poderosa imaginación empezó á dar vueltas.

Pero las vueltas de su imaginación se agitaban en un laberinto obscuro, en el que se perdía más y más cuanto más pugnaba por encontrar la salida.

Y como la imaginación es tan libre que se agita más cuanto más pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo llegó á convertirse en una devanadera.

Pasáronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su prisión, porque para él era indudable que el prenderle no convenía al duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado á su conveniencia, no era ni aun razonable creer que su prisión proviniera de él.

Ocurriósele, y acertó, que doña Catalina podía ser la causante, pero Quevedo tenía, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo mayor del género humano: el amor propio.

Y su amor propio decía á Quevedo que doña Catalina estaba rendida á su voluntad, que lloraría mucho, que buscaría todos los medios imaginables para retenerle á su lado, pero que jamás obraría en contra suya.

Su amor propio, como ven nuestros lectores, engañaba á Quevedo, sobreponiéndose á su sagacidad y á su prudencia, que de una manera instintiva le decía, y le había dicho, que todo debía temerlo de la rabia y el despecho de la condesa de Lemos.

Ni asaltó el pensamiento á don Francisco que el bufón podría tener interés alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente, encontrar una solución satisfactoria que justificase su prendimiento.

—Hanme preso—decía—por recelos muchas veces; hánme traído de acá para allá; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra mí nada, absolutamente nada, porque, según el viento que corre, lo de la herida de Calderón no hay que tomarlo en cuenta. Temí por don Juan, pero puse en planta lo que sobra para tener descuido, y ó yo me he vuelto tonto, ó mi prisión no entiendo, ó anda por la corte algo que yo no veo. Por fortuna, no hay bien ni mal que cien años dure; alguno ha de hablar conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabré yo lo que me pasa, más por lo que no me digan que por lo que me quieran decir.

Interrumpió á Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sintió pasos y una voz desconocida que le dijo:

—Sígame vuesa merced, señor don Francisco de Quevedo y Villegas.

—Del hábito de Santiago, señor de Juan Abad y poeta—contestó Quevedo.

—Espera á vuesa merced quien le ha de llevar á otra parte.

—Pues espérese el que ha de llevarme á que me vista, que yo me creía en casa y habíame desnudado; y si quieren que despache pronto, tráiganme luz, que no se ponen bien las agujetas á obscuras.

—A obscuras habéis de vestiros como á obscuras os habéis desnudado, y á obscuras habéis de ir como habéis entrado á obscuras.

—Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creación anda cerca; y ¿á dónde habéisme de llevar, señor mío?

—No lo sé yo eso; que no traigo orden más que de sacaros de aquí, y hágame vuesa merced la gracia de no preguntarme más, porque tendré el dolor de no poderle responder.

—¿Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al canto; hidalgo barrunto; huélgome de ello, que siempre es bueno, aun en lo más malo, al dar con gente bien criada.

—Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo rogaría á vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche mala, y los caminos con tanto llover de los diablos.

—¿Es decir que Madrid se me escapa?

—Fuera de Madrid va vuesa merced.

—Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede.

—Gran secreto se tiene con vuestra prisión—dijo el hombre misterioso, acercándose más á Quevedo—; interés hay en que vuesa merced se pierda...

—Pues no es eso fácil, que no nací yo para perdido.

—Traspapelar quieren á vuesa merced; pero yo, que soy algo dado á papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho más con los discursos de vuesa merced, no soy mío por más que me hayan mandado que calle, y quiero advertir á vuesa merced.

Púsose en guardia Quevedo, á quien parecía un tanto sospechosa aquella facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo había empezado, y dijo:

—Páguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no puedo pagársela, que sí podré, que estas son tormentas que pasan, y dígame lo que quiera, que aprovechará.

—Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar.

—Con media palabra entiendo yo. ¿Por quién soy preso?

—Por el rey.

—Eso ya me lo sabía, que á nadie se prende sino á nombre de su majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve para embozar cosas malas.

—Os han preso con justicia.

—Cierto es que con alguaciles me prendieron.

—Con razón.

—Tenéis razón, que razón es que los tales prendan, que si no prendieran, no serían corchetes.

—Quiero decir, que vos tenéis la culpa de haber sido preso.

—También decís verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en prisiones.

—No es eso, don Francisco; habéis cometido un delito.

—Estáis echando un río de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir en estos tiempos á la corte.

—Habéis malherido á don Rodrigo Calderón.

—No fuí yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena acción, porque al fin ayudé á ella. ¿Y por haber sangrado á un pícaro me prenden? ¿Y á esto llaman delito?

—Las cosas han variado.

—¿Priva de nuevo Calderón?

—El alcázar se ha vuelto de arriba abajo.

—Gran suceso y grande espectáculo. ¿Echádose ha el alcázar á volatinero?

—Más de lo que pensáis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos demasiado, habéis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con don Juan Téllez Girón, de homicidio contra don Rodrigo; y como don Rodrigo se va por la posta...

Pues si se va me alegro, que nosotros por aquí nos quedamos, y á fe mía, que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho con la ida de tal, al rey y á la patria.

—Pues piden vuestra cabeza.

—Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si á todo el que pide le dieran, pronto se echarían todos á pedir y no quedaría quien pudiera dar. ¿Y á dónde me llevan?

—A Segovia.

—Honrosa cárcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento, alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me hará provecho.

—Acercad y asíos de mi capa.

—Téngoos ya.

—Pues marchemos, y silencio.

—Silencio y marchemos.

Tiró para adelante el hombre, á cuya capa iba asido Quevedo, y siguióle éste pensando para sus adentros:

—Póneme más en cuidado que nunca la amistad de éste; paréceme que se han propuesto asustarme... ¡y vive Dios! que lo han conseguido... por mí, acostumbrado estoy á estas aventuras... pero don Juan... preso también... ¡pueden salir de aquí tantas cosas!...

—Señor alcalde—dijo en aquel punto el hombre que guiaba á Quevedo—: aquí tiene vuestra merced al preso.

—¿Sois vos don Francisco?—dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo así, del licenciado Sarmiento.

—Yo soy, á menos que no me equivoque, amigo.

—Entrad en esa litera.

—Pónganme junto á ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y buen viaje.

—¡Si sois vos el que os vais!

—No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de mí... y me alegro. Guardéos Dios.

Estaba ya dentro Quevedo y se cerró la puerta de la litera.

Esta se puso en movimiento.

Durante algún espacio, Quevedo oyó el ruido de las gentes que pasaban, y el viento que zumbaba en los aleros de las calles.

Después, aquel ruido cesó: oíase el zumbar del viento, largo, extendido, como en el campo, y sólo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto á ella.

CAPÍTULO LXV

DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO NO HABÍA DADO SU OBRA POR CONCLUÍDA

A penas el licenciado Sarmiento había entregado á cuatro alguaciles de á caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese preso el alcaide del alcázar de Segovia, y se había alejado de la casa con su ronda de alguaciles, cuando se le plantó delante de la luz de la linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeño, cubierto con un sombrero gacho, y envuelto en una capa negra.

—¿Qué me queréis?—dijo secamente el licenciado.

—¿Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?—dijo aquel hombre, cuyo acento era indudablemente afectado.

—Tal soy—dijo el licenciado.

—Pues tomad este pliego y enteráos de él en servicio del rey y de la justicia.

Tomó el alcalde el pliego, y apenas le hubo tomado, cuando el desconocido, volviéndole rápidamente la espalda, dió á correr con una velocidad maravillosa.

—¡Síganle y agárrenle!—gritó el alcalde.

Siguiéronle algunos alguaciles, pero volvieron á poco diciéndole que aquel hombre se les había perdido.

Puso preso el alcalde á aquellos alguaciles, por el delito de no haber tenido tan buenas piernas como el huído, y después de esto fuese á su casa, encerróse en su despacho, sentóse delante de una mesa cargada de procesos, y sacando el pliego que el hombre misterioso le había dado, leyó en él lo siguiente:

—«Señor alcalde: Un hombre ha sido asesinado...»

Al leer esto el licenciado Sarmiento, le bailaron los ojos de alegría.

Porque el licenciado Sarmiento era alcalde en cuerpo y en alma, y se alegraba de los delitos, como los médicos se alegran de las enfermedades, los clérigos de los entierros, y los sepultureros de los muertos.

La alegría le hizo detenerse un momento, y luego prosiguió:

«Un hombre ha sido asesinado á traición. Este hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmán. El causante de este asesinato, ó los causantes, han sido don Francisco de Quevedo y Villegas...»

La alegría nubló de nuevo los ojos del licenciado, porque, como todos los tontos á los hombres de ingenio, tenía suma ojeriza á Quevedo.

Después, prosiguió:

«Los causantes han sido, don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, y don Juan Téllez Girón, homicidas, al menos por intento, de don Rodrigo Calderón. El medio del asesinato ha sido Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, por instigación de los tales don Francisco y don Juan, y el lugar del asesinato donde, si se busca bien, se encontrará el cadáver del dicho sargento mayor, la casa de doña Ana de Acuña, aventurera y manceba á un tiempo del duque de Uceda y del difunto, en la calle de Amaniel. Esté vuesa merced atento, y verá cómo á la media noche entran algunos en su casa por el postigo. Guarde Dios á vuesa merced.»

—¡Oh! ¡oh! ¡oh!—exclamó el alcalde—; ¡asesinato de hombre casa de la querida del duque de Uceda, y á manos del cocinero mayor de su majestad! Este tal cocinero es muy rico, y el duque podrá ser que se interese harto por su manceba. ¡Oh! ¡oh! ¡oh!

Y el licenciado se quedó gratamente abismado en la contemplación del resultado futuro de un negocio en que podrían cruzarse sendos doblones.

Pero como todo lo que tenía de salvaje en la acepción completa de la frase el licenciado, lo tenía de activo, hizo llamar á aquella hora, que ya era bien entrada la noche, á un escribano, empezó por encabezar el proceso con la declaración testimoniada de lo que le había acontecido con el hombre de la capa, sin olvidarse de unir la denuncia original, é incontinenti con el mismo escribano y diez alguaciles, fuese á la calle de Amaniel, y con las linternas cerradas y la mayor cautela, escondiéronse él y sus gentes, de tal modo, que nadie, como no hubiera tenido la cualidad de oler á la justicia, hubiérala creído en aquellos lugares.

Entre tanto, la hermosa doña Ana, sola, porque siguiendo los consejos del bufón, había despedido á sus criados; aterrada, porque la situación en que se encontraba, teniendo en las habitaciones inferiores el cadáver, cosido á puñaladas, del sargento mayor, no era para menos; halagando la sola esperanza de que el rey, á quien esperaba por anuncio de Montiño, enamorada de él, la salvaría, ocupábase en acabar de ataviarse de una manera magnífica, porque, aunque según lo convenido, debía recibir al rey á obscuras, por el tacto, lo mismo que por la vista, se aprecian las buenas telas y las ricas alhajas, y en echar esencias en sus cabellos y en procurarse por todos los medios parecer hermosa sin luz.

La situación de aquella desdichada no podía ser más espantosa, más dramática; basta anunciarla para que se comprenda. Un terror profundo y una ansiedad mortal... y sin haber comido, privada de sus criados; y sin haber visto un sólo resquicio de salvación, entre las tinieblas de horrores que la rodeaban.

Cada vez que resonaba un reloj á lo lejos, el corazón de doña Ana cesaba de latir; cada vez que resonaban pasos en la calleja á donde daba el postigo de su casa, una ansiedad mortal la devoraba. Los pasos se acercaban, llegaban, se alejaban. No era el rey.

Al fin, dieron á lo lejos las doce de la noche.

La sangre de doña Ana circuló con fuerza, ardió, la dieron fuertes latidos las sienes y el corazón; se nublaron sus ojos... Era la hora de la cita; resonaron inmediatamente pasos en la calleja; doña Ana escuchó con toda su vida apoyada en el alféizar de la ventana que daba sobre el postigo; luego resonó una llave en aquel postigo; la alegría dió fuerzas á doña Ana; la esperanza valor; se retiró precipitadamente de la ventana; tomó la luz que había en la habitación, y entró en otra que era su dormitorio; de allí pasó á otra que era su cámara; allí encendió una linterna de resorte que tenía preparada, la cerró, la puso sobre una mesa, apagó la bujía y se quedó á obscuras esperando impaciente en medio de la cámara.

Resonaron al fin pasos en el dormitorio, crujieron las vidrieras al tropezar en ellas una persona, y la voz cobarde, trémula del cocinero mayor, dijo desde en medio de la obscuridad:

—¿Estáis ahí, señora?

Doña Ana hizo un violento esfuerzo sobre sí misma para que su voz no temblase y contestó con acento dulce:

—Sí, sí, señor Francisco Montiño. ¿Viene con vos ese caballero?

—Tenéisme aquí impaciente, hermosa señora—dijo el duque de Lerma.

Debemos advertir que doña Ana no había oído nunca hablar ni al rey ni al duque de Lerma; y que la voz del duque, por la soberbia de éste, y su gran aprecio de si mismo, tenía un timbre particular, hueco, campanudo, grave, que daba á conocer al gran señor que habla siempre mandando, imponiendo, obteniendo inmediatamente una respetuosa obediencia.

—Retiráos abajo, Montiño—añadió el duque.

Y luego dijo:

—¿Dónde estáis, señora?

—Aquí, mi señor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiaré.

El duque, guiado por el sonido, buscó entre la obscuridad y tropezó primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se retiró de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una morbidez y una suavidad exquisitas, yendo á parar, por último, á una mano incomparable por su forma, pequeña, gruesecita, cuajada en los dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fría.

—¿Qué os espanta, señora?—dijo el duque mientras doña Ana le conducía á tientas hacia un lado de la cámara.

—Me espanta—dijo doña Ana con su sonora y dulce voz de mujer hermosa—, me espanta la situación en que me encuentro, que es horrible.

—¡Horrible! No alcanzo á comprenderos; ¿horrible porque yo estoy aquí?

—Sí; sí, señor, porque si mi situación no fuese horrible, no estaríais vos aquí.

—¡Explicadme, explicadme, señora!—dijo el duque con cierta magnífica majestad, porque suponía que todo aquello no era más que un prefacio de costumbre.

—Si yo no hubiera necesitado de la protección de una alta persona, cuando Montiño me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al cuello...

—¡Ah, señora!

—Podéis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero os engañáis si creéis eso, señor; lo he aceptado porque me encontréis humilde, porque queráis mejor ampararme.

—¿Pero qué os sucede?

—Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando Montiño me dijo que una altísima persona me amaba...

—Otros hay más altos que yo, señora.

—¡Oh, no, sólo Dios!

—¿Quién os ha dicho eso?—dijo con una gravedad eminentemente cómica el duque, que quería pasar por rey...

—Nadie... pero... mi corazón...

—¡Vuestro corazón!

—Yo había ido muchas veces á la corte, señor; las mujeres somos locas, insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra...

—¡Y os he deslumbrado yo!

—¡Ah, señor!, vos sois el sol de las Españas.

—¡El sol yo! ¡pero no veis que estamos á obscuras!

—Yo os veo claro, como si fuera de día... como si... estuviérais...

—¿Como si estuviera dónde?

—No me atrevo, señor, ¡habéis mostrado tal empeño en no ser conocido!...

—Sin embargo, vos lo mostráis también en hacerme entender que me conocéis.

—Porque en ello me va mi honra.

—¡Vuestra honra!

—Sí, sí por cierto; yo no podía ser esclava de otro que de vos.

—¡Ah! ¿pero quién créeis que soy yo?

—No me atrevo á decíroslo.

—Hablad, hablad sin temor, señora.

—¿Me dais vuestra noble palabra de no enojaros?

—Os la doy.

—Pues bien—dijo doña Ana arrodillándose de repente á los pies del duque de Lerma—; yo soy vuestra, señor, en cuerpo y en alma.., porque hace mucho tiempo que, loca, fuera de mí, amo á vuestra majestad.

—¡Mi majestad!—dijo el duque fingiendo el más profundo asombro—; ¡cómo, señora! ¿habéis creído que yo soy el rey?

—¡Ah, señor, señor!—exclamó doña Ana cubriendo de trémulos besos las manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no ofenderse.

—Y no me ofende más que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amáis vos; pero levantáos, señora, no sois vos la que debéis estar á mis pies.

—¿Es decir que tenéis empeño formal en que yo no os reconozca?

—Creed que hay en mí grandes razones para no querer ser conocido de vos.

—Respeto esas razones, señor, las respeto, y me someto á vuestra voluntad.

—¿Quedamos, pues, en que yo no soy el rey?

—Sí; sí, señor.

—Gracias, señora, gracias. Ahora decidme: ¿cuál es la situación horrible en que os encontráis? Hablad, que aunque yo no sea el rey, tengo poder bastante para salvaros.

—Juradme por vuestra alma que me salvaréis y que no desconfiaréis de mí.

—Os lo juro.

—Voy á ser muy franca con vos.

—Os lo agradeceré.

—Yo, señor, no soy noble.

—Tenéis la nobleza de la hermosura.

—Nací en las playas de Galicia, señor, y Dios, sin duda para probarme, me dió esta funesta hermosura.

—¡Vuestros padres fueron pobres!

—Pescadores, sin más bienes que una barca y una cabaña en la playa; yo crecí allí libre, al sol y al aire, delante del mar, tan ancho, tan azul, tan hermoso, guardada por las espaldas por las verdes montañas de mi hermosa Galicia. ¿No es verdad, señor, que nadie al verme, al escucharme, puede creer que yo he sido una pobre muchacha que se llamaba Aniquilla, que corría descalza por las rocas buscando mariscos cuando era niña, y que más tarde?... ¡oh, Dios mío!

—No, no, nadie lo creería, porque Dios os ha dado la nobleza, como ya os lo he dicho, de una grande hermosura, y con esa maravillosa hermosura una discreción adorable y un claro ingenio. Vos sois una dama completa.

—¡Pluguiera á Dios que no lo fuese!

—¿Pero qué misterio hay en vuestra vida?

—Sería un crimen el engañaros, señor.

—Os escucho con afán.

—Apenas dejé de ser niña, cuando dejé de ser pura.

—¡Ah, la inocencia!

—La libertad... y luego mi anhelo de salir de aquella cabaña... las solicitudes de los marineros... todos me prometían sacarme de allí... yo ansiaba ser más... los creía... y todos me dejaban.

—¡Oh!

—Un día, señor, fondeó en la caleta, que estaba delante de la choza de mis padres, un barco de rey. Yo estaba sentada en la punta de una roca, triste y desesperada, porque mi último amante acababa de hacerse á la mar. La blanca vela de su bergantín se veía allá á lo lejos, como una motita próxima á desaparecer en la inmensidad de los mares. Sacóme de mi distracción el ruido acompasado de muchos remos; miré y vi que era una barca que entraba en la caleta llena de hombres que llevaban plumas y corazas relucientes, y bandas sobre las corazas los unos, y los otros largas lanzas en las manos. Eran gente de guerra que había venido en el barco del rey. Yo era la persona primera que vieron. Todos aquellos hombres, al saltar en tierra, me miraron. Particularmente uno, joven y buen mozo, que llevaba banda de seda sobre la coraza, me miró con más fijeza que los otros, y se detuvo. Los restantes se encaminaron á la aldea, y los marineros se pusieron á llenar de agua unos barriles que traían en la lancha, en una fuente que había en la playa.

—Rapaza—me dijo el hombre que se había detenido junto á mí—, ¿cómo tan sola, siendo tan hermosa? ¿Esperas á tu amante?

Yo no le contesté; pero mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Por qué lloras?—me preguntó.

—Porque mi amante se ido para no volver—le contesté arrojando una mirada al mar, en cuyo horizonte se veía ya imperceptiblemente como un punto blanco próximo á desaparecer, el bergantín que conducía á mi último amante, que acaso no se acordaba ya de mí.

—¡Bah, muchacha!—me dijo el soldado—; á rey muerto, otro al puesto; por mucho que le quieras, pronto le olvidarás, si pones otro en su lugar.

—El, como todos, me había dicho que me llevaría consigo... y como los otros me ha dejado aquí.

Miróme profundamente el capitán, y dijo como hablando consigo mismo:

—Pedirla más hermosa sería avaricia, y parece inocente Muchacha—añadió dirigiéndose á mí—, ¿quieres ser la prenda de un mozo de rumbo?

—No os entiendo—le contesté.

—¿Quieres ser mi moza, digo? Yo te pondré en el cuello corales y encajes, y te meteré la cintura en sedas, y te calzaré los pies con chapines, y si ahora pareces un lucero, después parecerás un sol.

—¿Es de veras?—le pregunté olvidada ya del otro que iba en el bergantín, que había desaparecido por completo en alta mar.

—Tan de veras, que si estás aquí en este mismo sitio á la noche, vendré por ti.

—Estaré.

—¿Palabra de buena muchacha?

—Os lo prometo.

—Pues veremos quién falta á lo prometido—dijo el capitán.

Y me estrechó la mano, y se fué á la aldea donde habían entrado los soldados.

—¿Y fuísteis?—dijo el duque de Lerma.

—Sí; sí, señor; fuí, puesto que estoy hablando con vos; fuí por mi desgracia; ó mejor dicho, no me moví de la roca... no me despedí de mis padres, ni entré siquiera en la cabaña.

Cuando me habló el capitán se ponía el sol.

La noche, por lo tanto, no tardó en llegar.

Pasó algún tiempo desde que cerró la noche, y por cierto bien obscura.

Yo esperaba con impaciencia.

Toda mi ambición era salir de aquel estrecho valle, encerrado entre el mar y las montañas.

¡El mar sin límites, que recibió mis primeras miradas! ¡las verdes montañas de mi hermosa Galicia, de entre las cuales pluguiera á Dios no hubiera salido nunca!

Como os decía, la impaciencia me devoraba.

Sólo veía delante de mí, porque la noche era muy obscura, una línea algo más clara, una línea movible.

Era el mar que venía á romper sus olas en las rocas.

Sólo escuchaba su quejido incesante, y el ligero zumbar del viento.

—¡Bah!—dije llorando—; el hermoso soldado se ha olvidado como los otros de sus promesas; pero éste, al fin, no ha sido infame, porque no ha sido mi amante.

Y me levanté de la roca, y con el corazón amargo me volví para encaminarme á la choza de mis padres, por cuya puerta se veía relucir á lo lejos la llama, la alegre y dichosa llama del hogar.

Pero de repente, un ruido que sentí á mis espaldas me detuvo.

Era ruido de remos.

Mi corazón se ensanchó y me volví de nuevo á la roca.

Abordó una barca y de ella saltó un hombre.

—¿Estás ahí, muchacha?—dijo.

En aquella voz reconocí la del capitán.

—Sí, aquí estoy esperándoos—le dije.

—Pues ven conmigo y no te detengas, que el viento es favorable y vamos á zarpar.

Acerquéme á él, y él me asió de una mano y me llevó hasta la barca.

Su mano temblaba.

Luego me asió de la cintura para meterme en la barca.

Sus brazos temblaban también, y su corazón latía con fuerza.

Me dió un silencioso beso en el cuello, y sus labios abrasaban.

Yo empecé á sentir no sé qué por aquel hombre.

Me parecía hermoso, y luego... me trataba como no me había tratado ninguno.

Los otros me habían tratado con desprecio.

El me trataba como á una señora; se estremecía á mi lado, se ponía pálido.

Me retuvo en sus brazos en la barca; y luego, siempre en sus brazos, me subió á la galera.

Noté que nadie se reía de mí; que nadie me miraba, que todos, cuando pasaba junto á ellos el capitán, que me llevaba de la mano, se descubrían.

Era él el capitán de la galera, y además muy rico y muy principal.

Por eso me respetaban todos.

Y yo iba mal vestida, despeinada, descalza.

Y, sin embargo, don Hugo de Alvarado, que así se llamaba mi esposo...

—¡Vuestro esposo!...—exclamó con asombro el duque de Lerma.

—Sí; yo soy viuda de un capitán de mar de su majestad, señor.

—Contadme, contadme cómo fué eso.

—Cuando llegamos al puerto del Ferrol, don Hugo, que no se había tomado conmigo la menor libertad, á pesar de que yo estaba enteramente sometida á él, hizo venir de tierra unas sastras..

Aquellas mujeres me tomaron medidas, y tres días después me llevaron ricos vestidos y muchos trajes de dama, y de dama principal; por otra parte, don Hugo me llevó joyas.

Cuando me vistieron, cuando me engalanaron, don Hugo exclamó enamorado:

—¡Es un sol!

Yo estaba aturdida, me miraba en un espejo, y no me conocía; me parecía que mi hermosura había crecido.

La felicidad me hacía sufrir.

Había visto otras playas; veía otras montañas; tenía á mis pies un amante joven, hermoso, que me trataba con el mayor respeto.

Mis vestidos eran ricos; sentía perlas en mi cuello, y cuando me miraba en el espejo, veía que mi cuello era más nacarado que las perlas.

Y no me acordaba de mis padres.

Amaba la vida en que entraba, y me moriría por don Hugo.

—¡Le amábais!—dijo el duque de Lerma.

—Como no había amado nunca; como no he vuelto á amar hasta que os he conocido á vos, señor.

El duque de Lerma iba olvidándose rápidamente del objeto que le había llevado á aquella casa, esto es: el hacer la guerra por uno de sus flancos á su hijo el duque de Uceda, que se valía de aquella mujer para excitar las precoces pasiones del príncipe, que se llamó después Felipe IV, y de cuyas escandalosas aventuras amorosas están llenas la historia y la tradición.

El duque de Lerma, aunque circunspecto, porque la gravedad era su vicio, hombre al fin, empezaba á sentirse excitado por la galante historia de doña Ana.

Y luego hay que convenir en que doña Ana tenía una gran práctica de cortesana, que conocía el secreto de inspirar la voluptuosidad, y en que, tales eran las manos que tenía abandonadas dulcemente entre las del duque, que por su forma y su tersura, venían á ser el prólogo de bellezas incomparables.

Si el duque no hubiera llevado allí, según su sentido político, un alto objeto, hubiera roto por todo y hubiera pedido á doña Ana luz. Pero aquella mujer le parecía muy importante, y necesario y conveniente de todo punto seguir representando á obscuras un papel de rey enamorado y celoso de su dignidad.

El duque de Lerma incurría en su millonésima equivocación.

Estaba allí representando por la millonésima vez su papel de simple.

—¡Ah! ¿con que amáis á su majestad, cuanto habéis amado al que habéis amado más?—dijo el duque.

—Os ruego, señor, que no volvamos á la pasada disputa; yo no me atrevo á disputar con vos. Respeto vuestros deseos y callo.

—Continuad; señora, continuad—dijo el duque halagado por las palabras de doña Ana, porque tal era su vanidad, que se hinchaba con el placer de representar al rey de una manera indirecta, aunque esto no fuese sino como podía ser, á obscuras y ante una persona que nunca hubiese oído la voz del rey.

Doña Ana continuó:

—Amaba yo á don Hugo por cuantas razones puede amar á un hombre una mujer; me enamoraba y me enorgullecía. Pero fuí muy desgraciada en mis amores. No los logré.

—¡Cómo! ¿Pues no sois su viuda?

—Oíd, señor, oíd: cuando estuve ataviada como una dama, don Hugo zarpó de nuevo y tomó rumbo para Barcelona; durante la travesía me trató con el mayor respeto. Yo no comprendía por qué don Hugo me respetaba; después lo he comprendido; don Hugo respetaba en mí su amor, un amor tan extrañamente concebido por una pobre muchacha deshonrada. Pero contra el amor no hay razones; se ama porque se ama, y nada más.

En Barcelona saltamos en tierra, y don Hugo me llevó á casa de una anciana tía suya. Habíamos convenido, para que nada pudiese decir la tía, en decirla que don Hugo me había rescatado de unos piratas berberiscos que me habían apresado algunos años antes, matando á mis padres.

La buena vieja era muy crédula, y creyó todo lo que su sobrino quiso que creyese.

Don Hugo estuvo algunos días en Barcelona y partió al fin, dejando encomendado á su tía que hiciese de mí una dama.

Yo quedé con un agudo dolor.

Don Hugo me escribió al poco tiempo una carta muy tierna que aumentó mi amor hacia él. Con el afán de poder leer sus cartas, de poder escribirle, aprendí en muy poco tiempo á leer y á escribir.

Al año pude contestar, aunque mal, por mí misma á aquel amante que se me había entrado en el alma, y á quien debía el verme cambiada en otra.

Porque ya no era yo la pobre muchacha ignorante que andaba descalza por la playa, entregada al primero que encontraba al paso, abandonada á sí misma; había formado otra concepto del mundo; estaba en una casa rica; proveían mis deseos numerosos criados; vestía ostentosamente; iba á todas partes y á todas partes en litera ó carroza; la buena doña María me amaba y no había sospechado nunca de la verdad de la historia que la habíamos contado su sobrino y yo. Por otra parte, yo, que en realidad me llamaba Ana Pereira, me llamé doña Ana de Acuña, como ahora.

—¿Y cómo pudo ser eso?—dijo admirado el duque de Lerma.

—No lo sé, porque don Hugo no me lo dijo por escrito ni pudo decírmelo de presente.

—¡Cómo!

—¡Don Hugo y yo no nos volvimos á ver!

—¡Y sois su viuda!

—Seguid escuchando. Un día recibí una ejecutoria, que aún conservo, y unos papeles que acreditaban que yo era, en efecto, doña Ana de Acuña, única descendiente de una familia ilustre, pero pobre.

—¿Era rico don Hugo?—preguntó el duque de Lerma.

—Riquísimo.

—Pues entonces comprendo perfectamente cómo os ennobleció... Compraría su apellido y su ejecutoria á una familia pobre...

—Eso debió ser.

—Continuad, señora.

—Pasaron dos años, y al cabo de ellos, cuando yo estaba completamente transformada, cuando acababa de cumplir los diez y nueve años, doña María adoleció de su última enfermedad. Escribí á don Hugo que me veía expuesta á quedarme sola en el mundo, y don Hugo me contestó, enviándome los papeles necesarios por medio de un amigo suyo para que pudiera casarme con él por poder, que para este efecto había dado á su amigo.

En efecto, una noche en que la dolencia de doña María se había agravado de una manera tal que los médicos no la daban más que algunas horas de vida, me casé, junto á su lecho, con don Hugo, representándole el amigo que para ello había enviado.

Acabada la ceremonia, el amigo de don Hugo y los testigos se retiraron, y yo, triste y temerosa por aquellas bodas que se habían hecho junto á una moribunda, me quedé velando su agonía.

Al amanecer murió.

Aquel día un escribano vino á abrir el testamento.

La buena doña María había dejado todos sus bienes, que eran muchos, á la esposa de su sobrino.

Yo era ya rica.

No sé si por esto, yo que había olvidado completamente á mis pobres padres, lloré por aquella mujer.

Quedéme en la casa como dueña.

Escribí á mi esposo participándole la muerte de su tía, y al poco tiempo recibí una carta enlutada.

La abrí con el corazón helado y recibí un golpe cruel.

Don Hugo había muerto en Flandes como bravo, peleando por el rey, pero había tenido tiempo para darme la última prueba de aquel extraño amor que había sentido por mí.

En su testamento aparecía yo su heredera universal.

Encontréme viuda, joven, hermosa y dos veces rica.

Lloré mucho por don Hugo, pero todo pasa, todo muere y muere también y pasa el dolor.

¡Oh! ¡si yo entonces me hubiera acordado de mis pobres padres y hubiera ido á sacarlos de su miserable cabaña!

¡Dios acaso, entonces, me hubiera amparado!

Pero me olvidé de todo y acabé por olvidarme de don Hugo, del único hombre á quien había amado.

Rica, joven y hermosa, me propuse apagar mi sed de placeres, mi sed de vanidad.

Y aunque muchos quisieron casarse conmigo, yo no quise.

Quería volar libre, suelta, poderosa; devorar cuanto el mundo tiene de incitante y bello.

Y lo gocé.

Pero lentamente mi caudal disminuía.

Vivía en la corte, y gastaba, gastaba sin reflexión el caudal que me habían dejado una santa y un hombre de corazón.

Gasté su caudal y su nombre, porque fuí una mujer galante, una aventurera; porque en mi sed de gozar me olvidaba de mi honra, como me había olvidado de mis padres, como me había olvidado de mi esposo.

—¡Oh! ¡oh! vos sin duda exageráis, señora.

—Os digo la verdad; no he querido engañaros. Soy una mujer perdida, y no comprendo cómo vos, señor, podéis haberos enamorado de mí, como no he podido comprender nunca por qué de mí se enamoró don Hugo.

—Tenéis una hermosura maravillosa, doña Ana.

—Gracias, muchas gracias, señor, pero escuchadme todavía, que aún no he concluído.

—Os escucho.

—Muy pronto estuvo enteramente perdido lo que había heredado; empecé á contraer deudas, y no sé lo que hubiera sido de mí, si un día no me hubiese visto en el coliseo del Príncipe, el príncipe don Felipe.

—¡Ah!

—Aunque es muy niño, clavó en mi sus ojos y no los apartó en toda la función. El duque de Uceda estaba en el aposento del príncipe.

—¡Oh! ¡oh!—exclamó el duque de Lerma con un acento que engañó á doña Ana.

—Yo no debería deciros esto, señor—dijo ella—; pero no debo engañaros; no debo excusaros ni la parte más leve de la verdad. Además que su alteza es muy niño...

—¡Y sin embargo, quiere pervertirle el buen duque de Uceda!...

—El duque de Uceda es muy ambicioso, y hace la guerra á su padre el duque de Lerma de la manera que puede. El duque de Uceda es tan mal hijo como lo he sido yo. Dios le castigará como me ha castigado á mí. En cuanto al príncipe...

—Decid, decid...

—El duque le trae algunas noches. Su alteza se alegra cuando me ve y me abraza y me besa, y me dice que cuando sea rey yo seré lo que quiera ser.

—¿Pero el príncipe está ya pervertido?

—No; no, señor, pero si... su majestad el rey no pone remedio, el príncipe será un rey débil capaz de todo, si para lograr sus intentos le pone un ambicioso delante una mujer hermosa.

—Gracias, señora, gracias en nombre del rey.

—¡Oh! el rey pude contar con mi corazón, con mi alma. Pero el rey tendrá compasión de mí y me salvará; ¿no es verdad, señor?

—¿Pero de qué tiene que salvaros el rey?

—¡Ah, señor! ¡yo no os lo he dicho todo! Pero antes de que concluya la triste confesión de mis desdichas, dadme, señor, vuestra palabra de que me protegeréis.

—Os protegeré, no lo dudéis. Pero alzad, alzad, señora, y no tembléis de ese modo.

Doña Ana se había arrojado de nuevo á los pies del duque de Lerma, y besaba llorando sus manos.

El duque creyó que quien causaba el miedo de doña Ana, era el duque de Uceda.

Doña Ana se levantó.

—Continuad, señora—dijo el duque.

—Yo tenía un amante, más por miedo que por amor.

—¡Un amante!

—Sí, señor; el sargento mayor...

—¿Don Juan de Guzmán?

—¡Cómo! ¿lo sabíais, señor?

—Sí, me lo habían dicho.

—Y á pesar de eso, señor, ¡me habéis solicitado!

—Sé que ese hombre ha muerto.

—¿Lo sabéis?

—¡A puñaladas!

—¿Pero sabéis quien le ha matado?

—¡Sí!

—¿Lo sabéis?

—Permitidme que no lo diga; su nombre...

—Os lo diré yo, porque ninguna parte tengo en su muerte.

—¿Qué decís?

—Que le ha matado el tío Manolillo, el bufón de... el rey.

—¿Lo sabíais?

—Pero yo creía que le había matado por distinta causa.

—¡Cómo! señora, ¿creéis que yo he mandado la muerte de ese hombre?

Y en el acento de temor y de sorpresa del duque, que era siempre hinchado, doña Ana creyó oír el acento de un rey ofendido.

—¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor!—exclamó—no crea vuestra majestad...

Era tan grave lo que sucedía, que el duque de Lerma perdió la serenidad y exclamó:

—¿Cómo os he de decir que yo no soy el rey?

—¿Pues quién sois entonces?—exclamó con espanto doña Ana, á quien parecieron enérgicamente verdaderas las palabras del duque.

—Yo—dijo Lerma reponiéndose, pero torpemente—soy... un caballero que os ama.

—¡Ah!—exclamó con acento rugiente doña Ana—¡me ha engañado ese miserable Montiño! Pero yo sabré quién sois.

Y corrió al rincón donde, como dijimos, había dejado la linterna sorda, vino hacia donde estaba el duque, y abriendo la linterna, inundó de luz su semblante.

—¡El duque de Lerma!—exclamó.

—¡El duque de Lerma!—exclamó un hombre que abría al mismo tiempo una puerta.

Lerma arrancó la linterna de las manos de doña Ana, y miró á aquel hombre y retrocedió.

—¡Mi hijo!—exclamó con espanto.

—Sí; sí, señor, vuestro hijo—contestó el duque de Uceda.

Y el padre y el hijo delante de doña Ana, aterrada, quedaron mirándose frente á frente.

CAPÍTULO LXVI

EL PADRE Y EL HIJO

Entrambos se encontraban contrariados.

Ni el padre ni el hijo habían esperado verse allí de una manera tan ambigua.

El duque de Lerma, que había tenido aquella mañana una entrevista escandalosa con su hija la condesa de Lemos, debía tener aquella noche otra con su hijo el duque de Uceda.

Condiciones eran de su posición.

Había asaltado el poder por medio de intrigas y de bajezas, y la bajeza y la intriga debían acometerle á su vez.

Y como su hijo era bajo é intrigante, he aquí que en la maraña en que ambos estaban enredados, debían encontrarse y se encontraron en aquella situación absurda, casa de una cortesana, y rivales en todo hasta respecto á la mujer que los miraba aterrada sin saber qué la sucedía.

Doña Ana, con el terrible acontecimiento de aquella mañana, lo había olvidado todo, y cuando dió la cita al cocinero mayor para el duque de Lerma, creyendo que se la daba para el rey, se olvidó de que el duque de Uceda tenía una llave de la puerta principal de la casa, por medio de la cual podía entrar á cualquier hora.

Si doña Ana se hubiera acordado, con haber corrido los cerrojos de la puerta, punto concluído.

Pero se había olvidado de ello, y como un descuido basta á veces para producir consecuencias inmensas, he aquí que el duque de Uceda, á quien enamoraba doña Ana de una manera doble, como mujer y como instrumento, llegó, abrió, subió y entró en la cámara de la cortesana á tiempo que ésta reconocía al duque de Lerma.

Ya hemos dicho que doña Ana estaba aturdida.

Ni aun se la ocurrió desmayarse.

Un silencio de estupor enmudecía á los tres personajes.

El primero que le rompió fué el duque de Uceda.

—Encended las bujías, doña Ana—dijo—, venid después acá, y decidnos: ¿por qué razón, de una manera tan imprevista y tan enojosa nos encontramos aquí mi señor padre y yo?

—Yo he venido á deshacer vuestras rebeldías, señor duque de Uceda—dijo el duque de Lerma, mientras doña Ana, aturdida, encendía las bujías.

—¿Mis rebeldías, excelentísimo señor?—dijo el duque con calma—¿pues acaso hago yo otra cosa que defenderme?

—Defenderos, ¿de qué?

—De los agravios que vuecencia me ha estado continuamente haciendo por celos. Sí; vuecencia cree que nadie puede acercarse al rey sino para hablarle mal de vos.

—Vos habéis conspirado constantemente contra mí.

—Es cierto: por vuestro nombre y por el mío.

—¿Por vuestro nombre?

—Cierto; soy vuestro hijo y no puedo tolerar á sangre fría que, cegado por viles favoritos, aconsejéis constantemente al rey lo que deslustra vuestro nombre.

—¿Sabéis que á más de ser vuestro superior por mi estado, lo soy también por ser vuestro padre?

—Padre y señor, hace mucho tiempo que no somos padre é hijo.

—Tan seguro tenéis, porque os ha repuesto el rey en vuestro oficio de ayuda de cámara del príncipe, que soy hombre al agua, que ya se me os atrevéis.

—Os encuentro casa de mi querida.

—¡Casa de vuestra querida! ¡yo creía que esa mujer era la primera querida de su alteza, querida que vos le habíais procurado!

—Venid acá, perdida—dijo el duque de Uceda asiendo violentamente de una mano á doña Ana—; ¿así se juega con gentes principales? ¿para esto te doy yo los brocados que vistes y las joyas que gastas?

Doña Ana se echó á llorar, y para que llegase hasta lo último lo escandaloso de aquella escena, el duque de Uceda dió una bofetada á doña Ana, como podía haberlo hecho el último de los rufianes.

—¡No os conozco!—exclamó el duque de Lerma escandalizado, avergonzado, porque nunca el duque de Lerma había prescindido de las formas—; vos no debéis ser mi hijo, no; si fuérais mi hijo no hubiérais hecho, y delante de vuestro padre, lo que acabáis de hacer.

Doña Ana lloraba; el duque de Lerma se dirigió á la puerta.

—Esperad, esperad, señor—dijo el duque de Uceda interceptando á su padre la puerta.

—En nombre de la ley divina y de la humana, apartáos, duque de Uceda—exclamó Lerma con la dignidad que siempre tiene un padre respecto á su hijo.

—Esperad, os lo suplico, señor, no somos, os lo repito, el padre y el hijo, somos dos enemigos; vuestra es la culpa de esta enemistad; me habéis provocado.

El duque, ciego de cólera, puso la mano en la empuñadura de su espada: el duque de Uceda permaneció inmóvil.

—Ved de escucharme á sangre fría—dijo—; reparad en que causaría gran escándalo que vos me maltratáseis aquí en las altas horas de la noche, casa de esa mujer.

Y señaló á doña Ana, que continuaba llorando arrojada en un sillón.

—Dirían las gentes, si dejándoos llevar de vuestra violencia pusiéseis en mí las manos, que no bastando los odios políticos que nos separan, habíamos reñido por una querida.

—Yo diría á las gentes, si os castigase, como debo castigaros, que vos os habéis olvidado de todo; que para corregir vuestros excesos, me he visto obligado á recurrir á este caso, á sorprender á esta mujer, de quien os valéis para pervertir á su alteza el príncipe de Asturias.

—¡Ah! ¡vuecencia diría eso! pues bien; yo puedo decir, yo puedo probar para acreditar de falsa vuestra acusación, que vos vendéis al rey y al reino.

—¡Yo!

—Sí, vos. Y lo declararían sin saberlo los duques de Bukingam y de Seimur; lo declararían sin saberlo vuestros satélites, delegados por vos para sangrar al reino, por medio de cartas que puedan presentarse al rey.

—¡Mentís!—exclamó el duque, que delante de doña Ana no quería rendirse, por decirlo así, á lo tremendo de su situación; no quería confesarla.

Su hijo lo adivinó.

—¿Qué haces tú ahí?—dijo á doña Ana—; ¿no ves que su excelencia y yo tenemos que entendernos? Vete.

Doña Ana se levantó y salió doblegada, cabizbaja, llorando.

El duque de Uceda cerró las puertas.

—Ya estamos solos, padre y señor—dijo—; sé á qué habéis venido aquí; sé que por el afán de guardar para vos solo el favor de su majestad, habéis llegado hasta el caso de traición, de tomar el nombre de su majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer uno de los medios que suponéis de mi privanza con el príncipe.

—¿Pero quién os ha dicho eso?

—El bufón del rey.

—¡Ese hombre lo sabe todo!

—Ese hombre trabaja por su cuenta, es astuto, tenaz, y sabe aprovecharse de las debilidades, de los vicios, y aun de los crímenes de las personas que necesita.

—¿Pero cómo sabe el bufón del rey?...

—¿Que doña Ana os esperaba creyendo esperar al rey? Se lo ha dicho el cocinero de su majestad.

—Es necesario cerrar las bocas de esos dos hombres.

—Sí, es necesario que la lucha quede entre nosotros dos, es necesario destruir esas bajas personas intermedias, y ya que de nuestros rostros han caído los antifaces, entendámonos directamente, padre; solapemos esa lucha, que por vuestra imprudencia va haciéndose escandalosa, y convengámonos.

—¿Pero qué es lo que vos queréis?

—Padre y señor, yo quiero heredaros cuando sea tiempo.

—¿Y cuándo creéis que será tiempo?

—Cuando muera el rey.

—Su majestad es joven, y goza de muy buena salud.

—Podrá ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaréis á esperar.

—Explicáos.

—Vos, antes de que muriese Felipe II, mucho tiempo antes, érais el favorito, los andadores del príncipe de Asturias; cuando Felipe II murió, vos fuísteis lo que sois ahora, secretario de Estado universal de Felipe III. Vuestra privanza con el rey cuando era príncipe, os costó poco; era, como lo es, vanidoso y grave, y vos adulásteis su vanidad y su tiesura; era, como lo es, devoto, y vos supísteis haceros más devoto que él.

—Felipe III tenía un padre muy prudente... y cuando me dejó al lado de su hijo...

—Demostró que no era tan prudente ni tan sagaz como dicen, cuando no conociendo que vos representábais vuestro papel de Estado, os hacíais señor del príncipe su hijo, os lo repito; vos tuvísteis la fortuna de dar con un príncipe imbécil, y yo... el actual príncipe de Asturias, está viciado precozmente por la pasión á la mujer, que hará de él un rey á quien será imposible servir, contentar sin humillarse, sin manchar la dignidad. ¿Creéis que yo he traído al niño príncipe al regazo de esa mujer? Os engañáis: él me ha obligado á traerle; si no le hubiera traído... es un niño muy adelantado á su edad. Lope de Vega escribió su primera comedia á los doce años; el príncipe don Felipe, ha tenido su primera querida á los siete.... Vió á doña Ana en un coliseo, y concibió por ella una verdadera pasión; pasión de niño, pero que tiene ya la impureza del hombre.—Quiero mucho á aquella dama—me dijo—; quiero ir á casa de aquella dama... y yo resistí, porque aunque yo no era asustadizo, me asusté... me asusté porque vi á dónde me llevaría la necesidad de halagar á su alteza para no perder su favor... y me vi obligado á ceder... hizo el diablo que el príncipe viese otras dos veces en el mismo coliseo á doña Ana, y ya fué imposible resistir á su voluntad... me hubiera arrojado de sí, si me hubiese negado. Busqué á esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compré... el príncipe vino, y desde entonces soy para él la vida, el alma... porque yo soy quien le puede traer junto á esa mujer. Me cuesta, pues, mucho más el afecto del príncipe, que lo que os costó á vos el de su padre. Dejadme, pues, seguir libremente mi camino, no me pongáis embarazos, porque como vos sois el privado de Felipe III, quiero yo serlo de Felipe IV.

—Yo no puedo tomar parte en esa indignidad, yo no puedo permitirla; por el contrario, he venido aquí para cerciorarme en ella y evitarla.

—Vos podéis perderme, señor duque de Lerma, mi buen padre; vos podéis hacer con una sola palabra, que el rey me encierre en un castillo; pero desde el fondo de mi calabozo, yo puedo hacer que caigáis desde tan alto, que no podáis sobrevivir á vuestra caída.

—Horrorizaros debía lo que estáis haciendo—dijo el duque á falta de otra contestación mejor.

—¿Y por qué? ¿Acaso vos, señor, no habéis querido perderme?

—Debí separaros de la servidumbre del príncipe y os separé; pero no os prendí como pudiera haberlo hecho; ni os desterré, ni aun siquiera os envié á nuestro ejército de Italia.

—Y habéis hecho muy bien, porque os conviene tenerme por amigo.

—¿Que me conviene?

—Solo vos, no podríais defenderos de la multitud de hombres de valía que acechan el favor de su majestad; con vos yo, falta á esos hombres un aliado, y vos tenéis en mí unos ojos que todo lo ven, unos oídos que todo lo oyen. Puesto que os tengo cogido...

—¡Cogido!...

—Preso, y de tal modo, que no os podéis mover; voy á deciros las condiciones...

—¡Vos, condiciones á mí!

—Aquí no hay padre ni hijo; sólo hay el duque de Lerma, favorito del rey, y el duque de Uceda, favorito del príncipe de Asturias. Oíd, pues, las condiciones de avenimiento entre el duque de Lerma y el duque de Uceda.

—¡Oigamos!—dijo con sarcasmo Lerma.

—Me daréis una parte de lo que os produce el favor del rey.

—Disgustos, compromisos.

—Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y tanta cosa como tenéis en las manos, secretario de Estado universal de su majestad. Quiero, además, un puesto en el Consejo real. Quiero participación, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse...

—Pues no queréis poco, señor duque.

—Mi privanza con el príncipe, en vez de producirme ganancias, me produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte años, y esto de una manera dudosa. Estoy empeñado; los acreedores me asedian, y para pagarles me veo obligado á conspirar.

—¿A conspirar contra mi?

—Contra todo el mundo.

—¿Conque es decir, que me proponéis una alianza?—dijo el duque, cuya voz temblaba de cólera.

—Sí, señor.

—¡Ah! ¡pedís por esa alianza la mitad de mi poder!

—No, señor; os pido... que vos calléis respecto á mi lo del príncipe, á cambio de mi silencio respecto á vos por lo de Inglaterra.

—¡Ah! ¡son mutuas concesiones!

—Por supuesto.

—Pero á cambio del tesoro que queréis que yo os dé, ¿qué me daréis vos?

—Os daré... la traición que haré por vos á mis amigos.

—¿Es decir?...

—Que sabréis cuanto piensan Olivares, Zúñiga, Sástago, Mendoza, cuantos están contra vos, y de los cuales seguiré fingiéndome amigo.

—Aceptado—dijo Lerma, tendiendo la mano crispada á su hijo—; aceptado, señor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa.

—¿Qué?

—Conocen nuestros secretos dos hombres.

—Se da de través con ellos. ¿Quiénes son?

—El tío Manolillo y Francisco Martínez Montiño.

—Esperad: ¿no es vuestra amante la Dorotea, la hermosa comedianta?

—Sí.

—Pues por ahí tenéis cogido al bufón del rey.

—Aún queda el cocinero mayor, y éste es el tal, por lo que veo, que un secreto se le va con la misma facilidad que se escapa el agua de una cesta.

—Francisco Martínez Montiño es harto débil para que no le rompamos cuando sea menester.

—Aún todavía quedan otros enemigos, enemigos terribles que no son vuestros enemigos...

—¿Quiénes?

—El primero, la reina.

—¡Ah! ¡la reina! la tenemos segura... hay ciertas cartas que Calderón nos venderá...

—Os engañáis, esas cartas han desaparecido.

—¡Cómo!

—¿No sabéis que don Rodrigo ha sido gravemente herido?

—Sí, pardiez: por ese bravo bastardo de Osuna que se nos presentó hace tres días, sobre un cuartago viejo, á Olivares y á mí.

—Pues el jinete de ese viejo cuartago, don Juan Téllez Girón, el marido de doña Clara Soldevilla, el maltratador de don Rodrigo, el salvador de la reina, ha estado á punto de dar con vosotros al traste, señores conspiradores de palacio: á él debéis el haber estado dos días separados de vuestros oficios, aturdidos sin saber de dónde venía el golpe.

—¡A él!

—Mejor dicho, me lo debéis á mí.

—Explicáos.

—Si yo no hubiera tenido ocupado á Francisco Martínez Montiño en el banquete de Estado que os dí hace tres días, el cocinero mayor hubiera estado en palacio, le hubiera encontrado su sobrino, y habiéndole encontrado no se hubiera perdido en palacio, no hubiera visto á doña Clara...

—¿El sobrino del cocinero del rey ha tenido también aventuras con esa castísima señora?

—Como que es su marido.

—¿Pues cuántos maridos tiene doña Clara?

—Uno: el sobrino del cocinero del rey, que es lo mismo que don Juan Téllez Girón.

—¡Ah! ¡es cierto! me había olvidado. Pero estamos perdiendo el tiempo. Debemos concluir por el momento. Tenemos prendas recíprocas... es decir, estamos unidos por la necesidad. Sepamos cómo quedamos.

—¿Pues cómo hemos de quedar? Unidos como hemos debido estarlo siempre.

—Lo estaremos desde hoy en adelante. Para concluir, os voy á decir lo último en que debemos quedar convenidos, y eso porque es urgentísimo.

—Sepamos.

—Destierro del padre Aliaga.

—¡Hum! ¡eso es algo difícil!

—¡Destierro del padre Aliaga!—dijo Uceda, como quien repite una orden que no admite réplica.

—Haré cuanto me sea posible.

—Separación del lado del rey y de la reina.

—Bien.

—Destierro de doña Clara Soldevilla.

—¡Otra dificultad! ¡la ama el rey!

—¡Destierro de doña Clara Soldevilla!

—Se procurará.

—Prisión y proceso á don Juan Téllez Girón y don Francisco de Quevedo.

—Eso ya está hecho. Don Francisco de Quevedo va camino de Segovia, y don Juan está preso en la torre de los Lujanes.

—En cuanto al bufón y al cocinero, dejadme obrar.

—Bien, muy bien. Pero aún tenemos algo que decir. ¿Y esa mujer?

—¿Doña Ana de Acuña?

—Sí, ¿os interesa esa mujer?

—Yo no he dicho eso.

—Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese por cálculo; pero os la cedo.

—Yo no he dicho...

—Pues bien, padre y señor, no disputemos acerca de esto. Vine á interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aquí con vos esa hermosa señora, y justo es que con vos la deje.

El duque de Uceda salió por la puerta por donde antes había salido doña Ana, y volvió con ella de la mano.

—Mañana nos veremos en palacio, padre y señor—dijo el duque de Uceda—. Hasta mañana.

Y salió por la misma puerta por donde había aparecido.

Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la cortesana.

El escándalo había crecido. La escena tenida por el duque con su hija la condesa de Lemos aquella mañana, era nada, una cosa inocente y casi digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de Uceda.

Lerma no sabía ya dónde se encontraba.

Era un buque sin timón, sin velas, sin jarcias, entregado á merced del mar é impulsado por todos los vientos.

El duque no veía.

Sin embargo, veía delante de sí á doña Ana, pálida, llorosa, aterrada.

El duque necesitaba decirla algo.

Vaciló algún tiempo, y al fin la dijo:

—No soy el rey, pero soy sobre poco más ó menos lo mismo que el rey; ¿queréis servirme?

—Sí—dijo doña Ana—; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salváis y me vengáis.

—¡Vengaros! ¿y de quién?

—Del duque de Uceda. Aún siento su mano sobre mi rostro; aún abrasa mi mejilla. El que ha sido villano con una mujer, debía ser infame con su padre. De ese hombre quiero que me venguéis.

—Pues bien, ayudadme.

—Os ayudaré; pero para que os ayude es necesario que me salvéis.

—Sí, sí, os salvaré.

—Pero de un peligro inmediato.

—¿Cuál?

—¿No os dije que el tío Manolillo había matado á puñaladas al sargento mayor...?

—Sí.

—Pues bien; el cadáver de ese hombre está aquí: está en mi casa.

—¡En vuestra casa!—exclamó aterrado el duque.

En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle:

—¡Abrid á la justicia del rey!

Quedóse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo:

—Mandad á vuestros criados que abran, señora.

—¡Criados! ¡no los tengo! ¡si los he despedido para que no se enterasen!

—¡Abrid á la justicia del rey!—repitió el alcalde golpeando con furia la puerta.

—Id, id á abrir, señora—dijo el duque.

—¡Yo! ¡sola!

—Sí; sí, decís bien: iremos los dos.

Y doña Ana y el duque bajaron á abrir á la justicia.

CAPÍTULO LXVII

DE CÓMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MÁS AL PROVERBIO QUE DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEÓN COMO LE PINTAN, Y DE CÓMO TODAS LAS PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO.

Apenas el duque de Uceda había salido de casa de doña Ana y aventurádose en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo, sirviéndole de guía entre las tinieblas su linterna, cuando se sintió fuertemente sujeto por detrás y oyó una voz áspera que le dijo:

—¡Sois preso por el rey!

—¡Preso yo! ¿y por quién?

—Por quien puede y debe.

—¿Sabéis que soy grande de España?

—¡Ah! ¿vuecencia es grande de España?

—¡El duque de Uceda!

—¡Ah! ¡ah! ¡una linterna! ¡una linterna pronto!—exclamó la misma voz, que no era otra que la del licenciado Sarmiento.

Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abrió su linterna que entregó al alcalde, y éste vió con la luz de la linterna el rostro al duque de Uceda.

—¡Ah! ¡perdonad! ¡perdonad! excelentísimo señor; ha sido una equivocación—dijo Sarmiento todo trémulo, porque su vara se rompía al tocar á personas tan encumbradas, como una caña, fuerte para matar un ratón, pero extremadamente inútil para un león—. Perdone vuecencia, nos hemos equivocado; creímos que vuecencia salía de una casa donde perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la noche y las tinieblas me disculpan.

—Venid, venid acá á un lado, alcalde—dijo el duque de Uceda.

El alcalde se apartó con él todo cuidadoso.

—Es necesario—dijo el duque—que nadie sepa que me habéis encontrado por estos sitios.

—Descuide vuecencia, que nadie lo sabrá—dijo todo humilde y reverencioso el alcalde.

—Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad.

Y dió al alcalde una sortija.

—¡Ah, excelentísimo señor!—exclamó el alcalde inclinándose hasta el suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tenía una gruesa piedra.

—Si alguien tiene noticia de que me habéis encontrado, os pesará.

—Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabrá nadie.

—Quedad, alcalde, con Dios.

—Dios vaya con vuecencia.

El duque se alejó y el alcalde permaneció por algunos segundos inmóvil.

Después dijo con la voz no tan tonante como otras veces:

—¡Hola! ¡á mí!

Rodeáronle inmediatamente todos los alguaciles.

—El que no quiera ir á galeras—dijo el alcalde—que calle mucho.

—¿Y qué hemos de callar, señor alcalde?—dijo el más audaz de los alguaciles.

—Que hemos encontrado á ese caballero.

—Callaremos—dijeron todos.

—Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no ha salido de la casa que creímos.

—Sí; sí, señor; nos hemos equivocado.

—Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar más diligencias en esa casa, venid conmigo.

Entonces fué cuando el alcalde se acercó á la puerta y llamó.

Al tercer llamamiento se abrió la puerta.

Lo primero que vió el alcalde fué delante de sí un hombre embozado; pero con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entró miedo.

—¿Tendremos otro grande de España?—dijo.

—Entrad solo, señor alcalde—dijo gravemente el duque de Lerma.

El licenciado Sarmiento entró.

—¿Sois alcalde de casa y corte, según creo?—dijo el duque.

—Sí; sí, señor.

—¿Os vendría bien ir de oidor á las Indias?

—¡Oh! ¡excelentísimo señor!

—No os equivocáis; soy... el duque de Lerma.

—¡Ah!—exclamó el alcalde—; perdonad, señor, pero me habían dicho que en esta casa se había cometido un asesinato á instigación de...

—¿De quién?

—¿Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso?

—Os lo mando.

—Pues bien: el acusado es Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, por instigación de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don Juan Téllez Girón.

—Pero eso no es verdad—dijo doña Ana que estaba detrás del duque.

—Callad, señora, callad—dijo Lerma—. ¿Conque el acusado de ese asesinato es el cocinero de su majestad?

—Sí, señor.

—¿Y sus cómplices Quevedo y Girón?

—Sí, señor.

—Venid—dijo el duque de Lerma después de haber meditado un tanto.

El alcalde siguió al duque.

—Decid, señora—dijo Lerma á doña Ana—, ¿dónde está el difunto?

Doña Ana se estremeció.

—Nada temáis—dijo el duque—; voy á salvaros.

—El sargento mayor—dijo doña Ana—está en un patinillo, junto al postigo que da á la calle de San Bernardino.

—Guiad, pues, señora; alcalde, venid.

Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin doña Ana se detuvo en un patinillo lóbrego.

Llovía con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del patinillo el cadáver del sargento mayor.

Doña Ana le señaló con terror.

—¿Veníais en busca de ese cadáver?—dijo el duque.

—Sí; sí, señor—contestó el alcalde.

—Pues es necesario que le encontréis, pero que no sea aquí.

—¡Cómo, señor!

—Vais á sacar este cadáver por el postigo á la calle.

—¡Señor!

—Sé que os pido mucho; ¿pero sabéis lo que yo puedo hacer por vos?

—¡Oh, excelentísimo señor! ¿Pero cómo he de hacerlo?

—Quitad esas luces de en medio—dijo el duque.

Doña Ana tomó la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una habitación inmediata.

El patinillo quedó á obscuras.

Cuando volvió doña Ana, el duque la dijo:

—Abrid el postigo, señora.

—Pero abridle silenciosamente—dijo el alcalde.

Doña Ana abrió en silencio el postigo.

—Ahora, alcalde, sacad ese cadáver á la calle.

El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma, hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, asió á tientas el cadáver por los pies, le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.

Luego entró.

—¿Habéis concluído ya?—dijo el duque.

—Sí, excelentísimo señor.

...le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.

—Cerrad el postigo, señora, y después traed las luces.

Poco después volvía con las linternas, y el duque y el alcalde examinaban el patinillo.

—No queda rastro de sangre—dijo el duque—; la lluvia la ha lavado.

—Pero queda la mancha en la alfombra de la habitación, donde sin culpa mía, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fué herido, y los rastros en los lugares por donde ha pasado hasta aquí.

—Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, señora; algo habéis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais á salir de esta casa. En ella no habéis encontrado nada. En premio de vuestros servicios, miráos ya presidente de los oidores de la real audiencia de Méjico, con tres mil ducados para costas de viaje.

—¡Ah! ¡señor! ¡excelentísimo señor!

—No es esto todo lo que tenéis que hacer.

—Mande vuecencia.

—Cuando salgáis de aquí, iréis con vuestra ronda á la calle de San Bernardino, á donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de su majestad saldrá por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle cargo del delito.

—Muy bien, señor.

—Vamos, señora, guiad á la puerta principal.

Cuando estuvieron en el zaguán, el duque se embozó, se cubrió, y abrió la puerta.

El alcalde salió.

La puerta volvió á cerrarse.

Los alguaciles no habían visto más que el hombre encubierto que había franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase, otra para que saliese.

—He registrado toda la casa, hijos—decía el alcalde á los alguaciles—y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilísima familia, á quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vámonos, pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios, que no son muy seguros.

Y tiró adelante á la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo:

—Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no sería yo presidente de la real audiencia de Méjico. Adelante, adelante, pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para mí tan venturosa.

Y diciendo esto, dobló con ansia la esquina de la calle de San Bernardino, donde él mismo había puesto el cadáver del sargento mayor.

CAPÍTULO LXVIII

DE CÓMO SE AGRAVÓ LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACABÓ POR CREERSE ASESINO DEL SARGENTO MAYOR.

Apenas salió el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doña Ana, aterrada aún, se fué á buscar al cocinero mayor, que se había quedado dentro de la casa.

Encontróle más allá de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el capotillo, temblando de miedo y de frío, y murmurando entre dientes palabras ininteligibles.

—¡Oh! ¡oh! ¿quién es?—dijo retirándose de una manera nerviosa al ver á doña Ana.

—Nada temáis, señor Montiño—dijo doña Ana—; soy yo, que de orden del duque de Lerma, voy á echaros fuera para que os vayáis á descansar.

—¡A descansar! ¡á descansar! ¿Conque sabéis al fin que es el duque de Lerma? ¿Conque os habéis arreglado? Todos se arreglan menos yo.

—Vamos, amigo mío, que es ya tarde.

—¡Que es ya tarde!—dijo Montiño siguiendo á doña Ana que se encaminaba á unas escaleras—; decídmelo á mi, que he estado dos horas arrinconado en el pasadizo, y temblando, más encogido que un orejón.

—Por lo mismo, es conveniente y justo que os volváis á vuestra casa.

—¡A mi casa! ¡á mi casa! ¿Y dónde está mi casa?

Habían bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo.

Doña Ana llegó al postigo y le abrió.

—Id con Dios, señor Montiño—dijo.

—Quedad con Dios, señora—dijo el cocinero rebujándose—; pero esperad un momento... Como veréis á su excelencia... cuando nada importante tengáis que hablar, recordadle la situación en que me hallo; ya lo sabe su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo.

—Sí, sí, se lo diré—contestó doña Ana con suma impaciencia.

—Perdonad, perdonad, señora—dijo Montiño, notando el disgusto de doña Ana—; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer más que pensar en ellos. Adiós, señora, adiós... y recibid mil plácemes por vuestra buena fortuna.

—Adiós, señor Francisco, adiós.

El cocinero salió y doña Ana cerró con precipitación el postigo.

—Pues señor—dijo el cocinero mayor, rebujándose de nuevo en su capotillo—, sigue lloviendo, y la noche no es más clara que un tizón; ¿y á donde voy yo ahora? El alcázar estará cerrado á piedra y lodo; y aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo á mi casa á despedazarme el alma con aquel doloroso espectáculo; ¡mi dinero!, ¡mi mujer!, ¡mi hija! Vamos, me voy á casa del señor Gabriel Cornejo; no es muy buena casa, pero mejor estaré allí que en la calle, y sin linterna... y con esta noche... pues señor, por lo que pueda suceder desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes.

Y el cocinero arrancó.

Pero á los pocos pasos tropezó y cayó.

Al caer sintió bajo de si un cuerpo humano.

Una de sus manos se apoyaba en su semblante.

Aquel semblante estaba frío y rígido.

—¡Dios mío! ¡Poderoso señor! ¡un difunto!—exclamó todo erizado el cocinero mayor.

Y para acabar de probar un terror, como después de él no ha probado ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron:

—¡Téngase á la justicia!

—¡La justicia! ¡y sobre un muerto yo!—exclamó el mismo Montiño—; ¡el infierno llueve sobre mí desventuras!

A este tiempo le habían asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montiño, que estaba lívido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gemía, no podía tenerse de pie, y si no se caía era por los dos alguaciles.

—¡Me van á matar!—dijo con el acento de angustia más épico, más terrible que ha oído nunca un alcalde de casa y corte.

—¿Pues qué queréis que hagamos con vos, señor asesino, á quien encontramos cebándoos en vuestra víctima y con el homicida arma aún en la mano?

—¡La daga que había desnudado para defenderme y que me pierde!—exclamó el desdichado.

—Amarradle y con él á la cárcel—dijo el bribón del licenciado Sarmiento.

Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregüescos y ataron codo con codo á Montiño.

—¿Pero qué vais á hacer conmigo?—exclamaba el infeliz llorando.

—Brinco más ó menos, bailarás, hijo, y bailarás en el aire—dijo un alguacil.

—¡Que bailaré! ¡Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar—dijo Montiño.

—Que quieras que no quieras, á la fuerza ahorcan—repuso otro de los alguaciles.

—¡Ahorcan! ¡Que me ahorcarán! ¡Conque después de haber sido robado en cuerpo y alma, he de ser ahorcado!

—Si probáis que el hombre que habéis muerto era un ladrón...—dijo el alcalde.

—Pero si yo, señor, no he muerto á ningún hombre—dijo Montiño—; ¡si yo no he matado jamás otra cosa que pavos, capones y conejos!

—Si probáis que el hombre á quien habéis muerto era un ladrón, y que le habéis muerto en defensa propia, seréis absuelto... no lo dudéis... pero si no, seréis ahorcado como asesino. Veamos, pues, qué tales trazas tiene el difunto.

—Es un sargento mayor—dijo un alguacil.

—¡Un sargento mayor!...—exclamó Montiño.

Y de una manera instintiva arrojó una mirada cobarde al cadáver, cuyo semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil.

—¡Don Juan de Guzmán!—exclamó Montiño reconociéndole—¡el infame que me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija!

—¡Ah, ah! ¿Le conocéis?—dijo el licenciado Sarmiento—¿y además decís que ese hombre os ha causado perjuicios?

—¡Perjuicios! ¡Dios sólo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo!

—Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadáver y con la daga en la mano, y á tales horas y en tal noche, las palabras que acabáis de decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para llevaros á la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con él, á la cárcel, hijos; uno de vosotros avisad á la parroquia y que vengan por el muerto.

El licenciado Sarmiento echó á andar hacia la cárcel de corte, y los alguaciles empujaron á Montiño, que se resistía instintivamente á ir preso.

Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte á las súplicas y á las declamaciones, Montiño fué, ó mejor dicho, fué llevado por los alguaciles á la cárcel, donde le arrojaron en un calabozo en que había otros presos.

Cuando Montiño oyó crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la puerta, se desmayó.

CAPÍTULO LXIX

EN QUE CONTINÚAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA FATALIDAD LE HABÍA TOMADO POR SU INSTRUMENTO

Un farol de hierro con un vidrio empañado, clavado á grande altura en la pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro, húmedo, un verdadero antro, alrededor del cual había un poyo de piedra.

Francisco Martínez Montiño no pudo ver nada de esto, porque tal iba cuando entró, ó cuando le entraron en el calabozo, que no veía: ni los que estaban allí pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le dejaron en la sombra negra proyectada por el farol.

Eran los que allí estaban dos hombres y dos mujeres.

No podía verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban replegados en sí mismos, en un ángulo los dos hombres, silenciosos y sombríos, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales lloraba silenciosamente.

Pasó como media hora, y con el frío del calabozo, que era mayor que el que hacía al aire libre, y con la inmovilidad, pasó el vértigo que dominaba al cocinero mayor. Levantó primero la cabeza, y miró con la expresión más miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvió unos tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie.

Entonces notó que le faltaban la espada y la daga.

Esto era natural, porque á un preso no se le dejan armas.

Pero lo que no era natural y lo que le asustó, fué el reparar que su bolsillo no pesaba. Se registró y halló que no hallaba el dinero que en los bolsillos había tenido.

Buscó la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le había dado para su ex sobrino don Juan Téllez Girón, el duque de Lerma, y halló que no parecía; vivamente asustado, buscó con ansia el vale que le había dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y halló que tampoco parecía; un enorme reloj de plata, que Montiño usaba para acudir con regularidad á las funciones de su oficio, había también desaparecido; y, por último, hasta le habían despojado del lienzo de narices.

Entonces la amargura de Montiño no conoció límites.

Job en padecimientos y Jeremías en lamentaciones, se quedaban muy por bajo de él.

Tenía sino de ser robado y hasta la justicia le robaba.

Los alguaciles le habían despojado completamente.

Al primer grito herido de Montiño, una de las dos mujeres levantó la cabeza, y la otra se estrechó más contra su compañera; en el momento en que una de las mujeres le miró, la luz del farol hería de lleno la calva frente de Montiño, levantada al cielo en una actitud más épica y más impía que la que puede suponerse en Ayax amenazando á los dioses; verle aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno y el hombro de su compañera, fué todo cosa de un momento, y uno de los dos hombres que estaban en un ángulo, y que no le veían el rostro por la razón capital de que le veían las espaldas, le dijo con acento áspero é insolente:

—Háganos el menguado la merced de callar, que aquí, al que más y al que menos le huele el pescuezo á cáñamo, y no alborote de ese modo.

Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tomó el semblante del cocinero una expresión espantosa de sorpresa y de rabia, que fué aumentando á medida que el otro pronunciaba su poco cortés, aunque breve razonamiento, y habían ya acabado, y aún duraba el mutismo colérico de Montiño y su temblor horrible.

Al fin dijo con voz cavernosa:

—¡Ah! ¿estás tú ahí, miserable, engendro del diablo, infame Cosme Aldaba, galopín maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han de valer.

Y se arrojó furioso sobre los dos hombres.

Pero uno de ellos se levantó y adelantó hasta Montiño, sujetándole por los brazos con unas fuerzas hercúleas.

—¡Eh! ¿qué vais á hacer con este pobre muchacho, señor Francisco Montiño?—dijo con acento socarrón—¿es de personas hidalgas querer maltratar á los amigos que se encuentran cuando se creían perdidos?

—Amigos ¿eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con él mi mujer y mi hija.

—¿Quién os las quita? ahí las tenéis en aquel lado, que no se atreven á hablaros las pobres porque temen que las maltratéis.

—¡Mi Luisa! ¡mi Inés!—dijo el imbécil Montiño olvidándolo todo por su amor de padre y de marido.

—Sí, sí; tú Inés y tú Luisa—dijo alentada por aquel reblandecimiento del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto.

En vano quiso Montiño recobrarse; Luisa se había abalanzado á su cuello por una parte y por otra Inés, alentada por el ejemplo de su madrastra; veía por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera tentadora, y por otro la dulce é infantil cabeza de Inés que le miraba suplicante.

Fuera ó no criminal su familia, Montiño la había llorado, y al encontrarla de nuevo junto á sí, de una manera orgánica, por razón de temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba.

Aquella era una nueva desgracia que sucedía al cocinero mayor.

No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la debilidad de su marido la salvaría del apuradísimo trance en que se encontraba.

Porque no se les había dicho por qué se les había preso, y la prisión no podía ser resultado sino del envenenamiento de la reina ó del robo hecho á Montiño.

Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas, les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna declaración; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa de su prisión; nada de esto había sucedido; luego no estaban presos por el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo.

Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quería ponerlo como la luz del sol; porque tratándose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura de domesticarle.

—¿Y os atrevéis á abrazarme después de lo que habéis hecho, miserables?—dijo al fin el cocinero mayor, que quería conservar su entereza.

—¿Y qué hemos hecho, señor, más que lo que debíamos?—dijo con la mayor audacia Cristóbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla.

—¿Cómo que lo que debíais? ¿Pues no habéis intentado envenenar á su majestad?

—¿Quién os ha dicho eso, señor Montiño?—dijo Cristóbal.

—¿Quién ha de habérmelo dicho? ¡Los funestos, los terribles resultados!

—¡Cómo! ¿pues qué ha sucedido?—dijo Luisa, á quien se la puso un nudo en la garganta.

—El paje Gonzalo ha muerto de repente.

—¿Y qué tenemos que ver con la muerte de Gonzalo?

—¡Cómo! ¡infames! ¿qué tenéis que ver? ¿Sabéis por qué ha muerto el paje?

—Por lo que se muere todo el que entierran—dijo Cosme Aldaba—, porque se le ha acabado la mecha.

—¡Vil ratón de cocina! ¡asesino! ¡infame!—exclamó el cocinero mayor—; ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvió en la mesa de su majestad.

Todos se pusieron pálidos; pero Cristóbal Cuero conservó toda su serenidad.

—¿Y ha comido la reina?—dijo.

—La providencia de Dios ha salvado por fortuna á su majestad.

—Pues yo digo—contestó con una serenidad irritante Cristóbal Cuero—, que es lástima que su majestad no haya comido.

—¡Cómo! ¡monstruo! ¡cuando debías dar gracias á Dios de que tu crimen no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame, deploras que ese gran crimen se haya frustrado!

—Señor Francisco—dijo con una gran serenidad el paje—, os han informado mal.

—¿Que me han informado mal?

—Sí por cierto: ¿sabéis lo que eran los polvos con que se avió la perdiz que se puso en la mesa de su majestad?

—Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comió las pechugas de la perdiz, reventó á los cuatro minutos, y que hizo que el gato del tío Manolillo, que siempre está hambriento, no quisiera comer los pocos restos que quedaron de la perdiz.

—Pues, bien, señor Francisco Martínez Montiño: los polvos de que hablamos (aquí tengo todavía parte en este papel), no son un veneno, sino un hechizo.

—¡Un hechizo!—dijo el cocinero tomando el papel.

—Sí; sí, señor; un hechizo que no puede matar á la persona que se la da porque está hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer ú hombre y el día de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella persona muere.

Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristóbal Cuero, que Montiño se desconcertó, dudó, vaciló y empezó á ver las cosas de distinto color.

—¿Pero para qué se daban esos hechizos á su majestad?

—Oíd, señor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo más obediente del mundo para su marido.

—¡Oh, oh!—exclamó Montiño—, á quien empezaban á parecer bien aquellos polvos; ¿y para qué querían que la reina fuese obediente al rey? ¿y quién lo quería?

—Os diré, señor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey; pero en realidad conspira.

—¡Ah, ah! eso es cierto.

—Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar.

—¡Ah, ya!

—Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad en los reinos de su majestad...

—¡Ah, ya!

—He aquí que un día encargó á don Rodrigo Calderón que buscara un medio para que la reina no conspirara; y don Rodrigo buscó al sargento mayor don Juan de Guzmán para que viese de qué modo podía hacer el que la reina no conspirase.

—No se lo volverá á encargar más—dijo con acento lúgubre Montiño.

—¿Y por qué, esposo y señor?—dijo suavemente Luisa.

—Porque nadie encarga nada á los muertos—contestó con acento doblemente lúgubre el cocinero.

—¡Que ha muerto!—preguntó con la misma suavidad y la misma indiferencia Luisa.

—¿Pues por qué estoy yo aquí?—exclamó en una de sus chillonas salidas de tono Montiño.

—¡Cómo, marido mío! vos que sois tan humano y tan compasivo, ¿habéis matado á un hombre?—dijo Luisa.

—Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello, señora—exclamó con acento amenazador Montiño.

—¡Razones!

—¡Sí; sí, señora! ¿pues no érais vos amante de ese hombre?

—¿Yo?... ¡que yo era amante de!... ¡de ese hombre!... ¡Dios mío!... ¡y sois vos!... ¡vos, mi marido!... ¡quien me dice!... ¡esa calumnia horrible!... ¡yo, la mujer más honrada que ha nacido de madre!

—¡Conque vos sois honrada!... ¡y habéis salido de mi casa!... ¡y me habéis pervertido mi hija!... ¡y me habéis robado!...

—¡Ta, ta, ta!—dijo con el aplomo más admirable Cristóbal Cuero; ¡que vuestra mujer, que esta santa os ha robado! ¡lo que ha hecho es lo que no hubiera hecho ninguna mujer!

—Créolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra mí tan negra infamia.

—¿Llamáis infamia poner á salvo vuestro dinero?

—¡Cómo! ¡que mi dinero está en salvo! ¿y dónde?

—Casa del señor Gabriel Cornejo.

—¿Que están allí mis sesenta mil ducados?

—Sí; sí, señor.

—¡Dios mío!—exclamó Montiño—. Pero eso no puede ser... sería demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes... perderlo... llorarlo... volverlo á encontrar.

—Sí; sí... encontrado lo tenéis y no lo tenéis...

—¡Cómo, pues qué! ¿hay alguna duda?—exclamó alentando apenas el cocinero mayor.

—Yo he entregado ese dinero al señor Gabriel Cornejo—dijo Cristóbal—, á mi es á quien el señor Gabriel lo entregará únicamente.

—Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo duda alguna.

—Es que yo, señor Francisco, no pediré al señor Gabriel Cornejo ese dinero, sino yendo á su casa á pedírselo; es decir, estando en libertad.

—¿Y cómo puede ser eso? ¡pecador de mí!—dijo lleno de angustia Montiño.

—En vos consiste.

—¡En mí!

—Sí, señor Francisco; en vos y sólo en vos, porque sólo por vos estamos presos.

—¿Por mí?

—Sí por cierto; ¿no decís que la reina no ha comido de la perdiz?

—Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje.

—Sí, sí, tenéis razón... hubiera muerto—dijo Cosme Aldaba.

—¡Cómo! ¿pues no decía Cristóbal que los polvos con que estaba aderezada la perdiz eran un hechizo?

—¡Bah! Cristóbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo creí nunca.

—¡Ah, Judas traidor! ¿conque tú sabías que era veneno?

—Como vos sabéis que os llamáis Francisco; me lo había dicho don Juan de Guzmán, y... me había ofrecido tanto dinero...

—¡Oh! ¡infame!

—Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habíais despedido... era urgente el negocio... entonces fuí á ver á vuestra mujer, y la rogué, la supliqué... si vos hubiérais estado... os hubiera rogado también.

—¡Infame!

—Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida. Vuestra esposa me llevó inocentemente á las cocinas... yo aderecé la perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fuí á vuestro aposento y dije á vuestra mujer... «salváos...»; la dije que podíais ser preso... y en esto fuí hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo, quise salvaros también.

—Después de haberme perdido... ¡Dios mío! yo no sé cómo puedo mirarte á la cara, ¡miserable! ¡conque es decir que si su majestad come de la perdiz...!

—¡Os ahorcan! y por eso yo avisé á vuestra mujer; como no estábais en la casa, vuestra mujer procuró salvarse, y salvar vuestro caudal... dejamos encargado á cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha dado con vos.

—¡Bueno he andado yo todo el día!

—No culpéis, pues, ni á vuestra esposa, ni á vuestra hija, ni á su novio. Yo tengo la culpa de todo, señor Francisco, y yo os prometo que en saliendo de aquí no me veréis más, porque iré á meterme fraile.

—¿Y crees tú que yo dejaré que tu crimen quede impune por mi parte?

—¡Ah! ¡queréis dar parte á la justicia!

—Es mi obligación; me lo manda mi conciencia.

—Pues bueno; iremos juntos á la horca... todos á la horca... sin escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija.

Montiño lanzó un rugido de rabia, de dolor, de miedo.

—Conque, ¿qué os parece?

—¿Qué ha de parecerme—dijo Montiño después de algunos momentos de un silencio enérgicamente expresivo—, ¿qué ha de parecerme sino que estoy en poder de Satanás?

—Pues bien; sí, es verdad—dijo Cristóbal Cuero—, pero Satanás os tiene tan bien agarrado, que no os soltará á tres tirones. En vos consiste recoger vuestro caudal, tener á vuestra mujer y á vuestra hija, ó que nos ahorquen á todos. Escoged.

—¿Pero cómo puedo yo hacer...?—dijo Montiño en el colmo de la desesperación.

—Decid que no tenéis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni de nosotros.

—Eso no puede ser.

—Tened toda la queja que queráis, pero no lo digáis á nadie—dijo Cosme Aldaba.

—¿Y os soltarán...?—dijo Montiño.

—Indudablemente.

—Pero yo me quedaré aquí.

—¡Vos, marido mío!

—Sí, sí por cierto; como que me acusan de haber dado muerte á vuestro amante.

—Decid al sargento mayor don Juan de Guzmán, pero no digáis á mi amante—exclamó con altanería Luisa—; sobre todo, no deis mal ejemplo á vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas.

—¡Mi hija...! ¡tan perdida como vos!

—¡Padre!—exclamó con su dulce voz la Inesilla—; es verdad que quiero á Cristóbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, señor, que mi madre es una mujer honrada.

—¡Hum!—dijo el cocinero mayor—. Pero eso no quita el que yo tenga encima un proceso.

—¿Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?—dijo Luisa, cuya voz estaba perfectamente serena.

—Os diré... no lo puedo asegurar... no sé de fijo si le he matado ó no.

—¿Que no lo sabéis? pues entonces ¿quién lo sabe?

—¡Dios!

—Pero explicáos.

—Salía yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lóbrega y el barrio apartado, desnudé la daga... me previne... á los pocos pasos tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la justicia encima, que viéndome con la daga desnuda y sobre un difunto, me toma por un homicida, y me prende.

—Decidme, señor Francisco—preguntó Cosme Aldaba—, ¿llevábais vos la daga de punta?

—No me acuerdo—contestó con angustia Montiño.

—Pero es muy posible que la lleváseis con la punta al frente.

—Sí, que es muy posible.

—Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezáseis con don Juan de Guzmán.

—No me acuerdo, pero pudo ser.

—Cayó don Juan, y vos sobre él... eso ha sido... un homicidio involuntario...

—Dios que le llevaba á aquellas horas para su castigo, al infame; ¡pero Dios mío! ¡haberlo yo matado sin saberlo!...

—Si os quejáis de vuestra mujer—dijo gravemente Cristóbal Cuero—tenéis que fundar la razón de vuestra queja; si la acusáis de amores con don Juan de Guzmán, os acusáis del homicidio.

—¡Y es verdad!—exclamó en una nueva salida de tono Montiño.

—Cuando por el contrario, si decís que vuestra mujer es honrada y buena, y que os satisfacen las razones por qué se salió de vuestra casa con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos.

—¿Yo?... ¿cómo me salvo yo?

—Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobraríais, y entorpeciendo con él las ruedas del carro de la justicia, á fin de que eche por otro camino.

—Pero... sepamos, sepámoslo todo: ¿cómo y dónde os han preso?

—En el camino de las Pozas, cuando íbamos sobre cuatro jumentos en busca de un caserío donde pasar la noche.

—Ibamos á Navalcarnero, esposo—dijo Luisa.

—¿Y no os han dicho nada?

—Nada más, sino que la justicia nos prendía.

—Pues bien; el duque de Lerma os prendió, porque yo se lo pedí al duque de Lerma, y el duque os soltará, porque yo le pediré que os suelte. A seguida, tú, Cristóbal, irás á casa del señor Gabriel y me devolverás mi dinero.

—En seguida.

—¡Oh! ¡qué alegría, madre!—exclamó la Inesilla—; ¿ya no os harán nada?

—Nada, hija mía.

—¡Ni nos ahorcarán!

—¿Quién piensa en la horca?

—¡Eh! ¡callad! ¡callad por Dios!—dijo el cocinero—, que parece que se acerca gente.

—En efecto, se oían pasos fuera del calabozo y en dirección á él.

Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio.

Después de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del calabozo se abrió, y un carcelero dijo desde ella:

—Señor Francisco Martínez Montiño: salid.

Confuso, sin atreverse á alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el cocinero mayor salió y siguió al carcelero.

Se cerró de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres llaves.

CAPÍTULO LXX

EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARÁCTER DEL TÍO MANOLILLO

Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doña Ana, llegó al postigo de la suya, se le atravesó un bulto embozado.

—¡Hola!—le dijo aquel bulto—; detente y escucha.

—¡Ah! ¡eres tú, bufón!—dijo el duque contrariado.

—Soy tu amo—contestó el tío Manolillo.

—¿Qué quieres?

—Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la cárcel de Villa, para que me deje hablar á solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del rey.

—¡Cómo? ¿Montiño está preso? ¿y por qué?

—Por un homicidio.

—¿Pero á quién ha muerto?

—Al amante de su mujer.

—¡Cómo! ¿no lo habías matado tú?

—¡Ah! es verdad que sabes que yo he matado á ese infame. Pues bien, tengo suerte; la justicia, no sé por qué ni cómo, ha encontrado daga en mano y sobre el cadáver de Guzmán á Montiño; me quito un muerto de encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su majestad. Conque la orden.

—Entra—dijo el duque, á quien como sabemos tenía sujeto el bufón.

—No, te espero aquí; no quiero subir escaleras: bájame tú mismo la orden.

Como ven nuestros lectores, para lo que habían sacado á Montiño del calabozo era para que hablase con el bufón.

Paseábase éste en una de las habitaciones de la alcaidía.

Había dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y así, con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el pecho, tenía algo de terrible.

El carcelero introdujo en la habitación á Montiño, y con arreglo á las órdenes que tenía, salió y cerró la puerta.

—Venid acá, tío Francisco, venid acá—le dijo el bufón—; tenemos que hablar mucho y grave.

—¡Ah, tío Manolillo! mucho y grave es lo que á mí me sucede—dijo compungido el cocinero mayor.

—Sois el rigor de las desdichas, Montiño, y por vuestra torpeza y vuestra cobardía hacéis esas desdichas mayores; y esa horrible codicia...

—Yo creía que veníais á otra cosa, tío Manolillo—dijo el cocinero—, y no á reñirme por desgracias que yo no he podido evitar.

—En efecto—contestó el bufón—, vengo á sacaros de aquí.

—¡A sacarme! ¡Ah! ¡Dios os bendiga, tío Manolillo! no esperaba tanto... pero vos sabéis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso sí, pero que no he hecho mal á nadie.

—¿Que no habéis hecho mal á nadie? Vos tenéis la culpa de lo que está sucediendo desde hace cuatro días: vos, torpe y miserable, vendido á todos, volviéndose á todos los vientos... vos, por quien ha venido á Madrid ese hombre fatal.

—¿Qué hombre?

—Don Juan Téllez Girón.

—Pero yo no tengo la culpa; me le envió mi hermano Pedro...

—¿Y por qué no le admitísteis en vuestra casa?...

—¿En mi casa?...

—Sí; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os buscó os hubiera encontrado...

—¿Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando llegó á Madrid ese caballero?

—Pero cuando os encontró, ¿por qué le dejásteis?...

—¿Cómo llevarle, joven y buen mozo en compañía de mi mujer y de mi hija?

—Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado...

—No; no, señor; eso creía yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es honrada, y mi hija...

—Y si vuestra mujer es honrada, ¿por qué habéis matado al sargento mayor?

—¡Yo! ¡que he matado yo á don Juan de Guzmán!

—Pues si no le habéis matado, ¿por qué estáis preso?

—Si le he matado—dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de tono—, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por delante... la noche era muy obscura...

—¡Mentís!—dijo el bufón mirando profundamente al cocinero, cuyo semblante estaba desencajado—; ¡mentís tan descaradamente, como villanamente habéis muerto al sargento mayor!

—Os lo juro que yo, ni aun siquiera sabía que podía encontrármele.

—¡Mentís! vos sabíais demasiado que don Juan de Guzmán, á más de ser amante de vuestra mujer...

—¡Ah! no, no, tío Manolillo; eso ha sido una equivocación.

—Sabíais—insistió el bufón—, que á más de ser amante de vuestra mujer, lo era también de cierta dama buscona: de doña Ana de Acuña...

—¡Ah! ¡no! ¡no!

—Se os puede probar.

—¿Que se me puede probar?

—Sí, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mío.

—Y bien, aunque se me pruebe que yo sabía eso...

—Habéis matado á don Juan de Guzmán junto al postigo de la casa de doña Ana; allí, junto al cadáver, hierro en mano, os ha encontrado la justicia. ¿A qué íbais por allí, señor Francisco Martínez Montiño?

Pronunció de una manera tan fatídica estas palabras, que Montiño se aterró; aturdido, embrollado su pensamiento, llegó á creer lo que no había visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad, hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que llegó á Madrid su sobrino postizo, había matado sin quererlo, sin sospecharlo siquiera, al amante de su mujer. Vió que todas las apariencias estaban en contra suya, y se echó á llorar.

—Ha sido un asesinato meditado, llevado á cabo con una frialdad horrible—dijo el bufón—: á un asesino tal, se le ahorca...

—¡Que me ahorcarán!... ¡Dios mío! ¡y no hay remedio!

—La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por bueno y por compasivo que fuese, os entregaría al verdugo.

—¿Y habéis venido á decirme eso, cuando yo, ¡triste de mí! creía que veníais á salvarme?

—Sois mezquino y cobarde, que si no lo fuérais, yo os salvaría.

—¡Vos!

—¡Yo!

—¿Y podéis?

—Puedo.

—Os daré mi caudal.

—Yo no quiero vuestro oro.

—Pues ¿qué queréis? Vos queréis algo.

—Quiero vuestra conciencia.

—¡Mi conciencia!

—Sí, quiero que matéis á la persona que una persona que yo os diré, os nombre.

—¡Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado á nadie.

—Habéis matado hace dos horas...

—Sin saberlo, sin quererlo, ¡Dios mío!

—Lo que no impedirá que vayáis al patíbulo.

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

—Ya que habéis matado un hombre, matad una mujer, y nada os acontecerá.

—Pero ya os he dicho que no me atreveré nunca... ¡oh! ¡no! no tengo valor.

—No será necesario que la hiráis.

—No os entiendo.

—Un cocinero puede matar...

—¡Ah!

—Con un guiso hecho por su propia mano...

—¡Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jamás en eso...

—Buscad el veneno.

Montiño se acordó entonces de que tenía en el bolsillo los polvos que le había dado envueltos en un papel el paje Cristóbal Cuero.

—¡El veneno!—exclamó—¡un veneno que mata en cinco minutos! ¡como murió ayer el paje Gonzalo!...

—Eso es...

—No... y cien veces no...

—Pues á la horca por asesino.

—¡Dios mío! pero dejadme pensarlo.

—Ni un momento.

—Pues bien—dijo Montiño—, sobre vuestra conciencia caerá ese asesinato... no seré yo quien mate, sino vos... que me dáis á elegir entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro.

—En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen.

—Y si sabéis que es un crimen, ¿por qué le cometéis?

—Señor Francisco, no hablemos más de esto; dentro de dos horas estaréis en libertad.

—¿Absuelto de la acusación?... es muy justo.

—No, absuelto no; se os pondrá en libertad bajo fianza, pero tendréis á Madrid por cárcel, y os guardaré yo; os juro que en el momento que queráis huir, os prendo.

—¿Es decir, que me tenéis sujeto?...

—Cuando me hayáis servido, el proceso se rasgará.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—exclamó trémulo, anonadado, el cocinero mayor—. ¡Tened compasión de mí!

—Hasta mañana, que iré á veros á vuestra casa—dijo el bufón llamando á la puerta de la habitación en que se encontraban.

Abrió el que hasta allí había llevado al cocinero mayor, y el bufón le dijo:

—Dejad aquí á ese hombre; no le bajéis al encierro; dentro de poco saldrá de la cárcel con fianza. Adiós.

El bufón desapareció.

El carcelero cerró la puerta.

Montiño, inmóvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se quedó en el sitio donde le había dejado el bufón, murmurando:

—¡Desdichado de mí! para librarme del castigo de ese crimen que no he cometido, me veo obligado á cometer un crimen horroroso. ¿Y quién será esa persona que quieren que mate yo?

CAPÍTULO LXXI

DE CÓMO QUEVEDO DEJÓ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL AMOR

Iba Quevedo en la litera y á obscuras, aunque sin ir en la litera á obscuras hubiera también ido por lo tenebroso de la noche, y luchando con un millón de conjeturas, á ninguna de las cuales encontraba una explicación razonable.

Esto sucedía al principio de la noche.

La litera, según podía juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba, sólo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus guardianes, adelantaba por un camino.

Oíase además el lento, monótono y acompasado rumor de aquella lluvia tenaz que no había cesado durante cuatro días.

La soledad y el silencio, turbado sólo por estos ruidos melancólicos, influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le entristecen, le dan un giro especial en armonía con las impresiones externas.

Quevedo meditaba lentamente.

Sentía en su cerebro el embrión de algo cuyas formas no podía determinar, embrión que con su misterio le traía cuidadoso, y más que cuidadoso, cobarde.

Pasó muy bien una hora sin que sobreviniese ningún incidente, pero de improviso sonó muy cerca un arcabuzazo, y tras éste un grito de dolor, y tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese caído desplomado desde un caballo á tierra.

La litera se detuvo.

Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos caídas y algunas voces confusas.

—Pues esto es peor, mucho peor—dijo Quevedo—; paréceme que en esto andan mis enemigos y que perderme quieren; achacaránme resistencia á la justicia, embrollaránme el proceso y bien podrá ser que algo más que negro me sobrevenga. España está en manos de bandidos; en nada se repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero. Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasión á la soberbia y á la codicia de los pícaros. ¿Pero quiénes serán éstos? Paréceme que andan en litera.

En efecto, sonaba una llave en la portezuela.

Esta se abrió.

La luz de una linterna penetró en el interior.

Quevedo miró profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tenía la linterna.

Pero nada vió más que el bulto.

—¡Ah! ¡vive Dios!—exclamó una voz ronca—. Por bien empleado doy el trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de esos alguaciles, á quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en la mejor cámara del infierno.

—¡Ah! ¡voto á!... ¿eres tú, Juan de Francisco?—dijo Quevedo reconociéndole por la voz.

—Humilde criado de vuesa merced—contestó el matón.

—Pues si mi criado te confiesas, mándote que te entres, que lugar hay en este calabozo andante, y que me expliques...

—Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy á dar á mis bravos muchachos la orden de que nos volvamos á Madrid.

—¿Conque á Madrid nos volvemos?

—De orden superior.

—Como quien dice, de orden de su majestad el dinero.

—¿Pues á quien otro obedezco yo?

—Despacha, hijo, y ven y entendámonos.

Francisco de Juara se separó de la litera y dió algunas órdenes en voz baja y rápida.

Luego, á obscuras, entró en la litera, se sentó á tientas al lado de Quevedo, cerró la portezuela é inmediatamente ésta se puso en marcha.

—¿Quién ha armado todo esto?—dijo Quevedo.

—Una mujer que os ama.

—¡Ah! por mis pecados, condesa de Lemos—dijo Quevedo—, que no sabía yo que tan valiente érais.

—Las mujeres son diablos, don Francisco—repuso Juara.

—Y aun archidiablos; una perdió al mundo y sus nietas siguen perdiéndole; aconsejadas siguen por el diablo. ¡Audacia como ella! Pero cuenta, hijo, cuenta; así entretendremos el tiempo. ¿Cómo te me he venido yo á las manos? ¡Lance más donoso!

—Esta mañana—dijo Juara—, en la hora en que fuí á comer mi olla, encontréme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y compañero mío. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta doblones.

—Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me vienen—repliqué—, y los doblones no llueven así como se quiera; ¿de qué se trata?

—De un empeño bravo—me contestó mi amigo—; esta noche al obscurecer, irás á ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia; no tardará mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles á caballo: quitas á esos alguaciles el preso que irá en la litera, y vente con él por el portillo de la Campanilla.

Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir á galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor de volver á gurapas, de despreciar treinta buenos de los de á ocho, de presente, y otros treinta de añadidura, una vez cumplido el empeño.

—¿Por supuesto, que tu compadre te daría alguna luz?—dijo Quevedo.

—Diómela sin quererlo, haciéndome él el encargo; porque habéis de saber, don Francisco, que como os he dicho, yo sabía que es criado de la condesa de Lemos.

—¡Ta! ¡ta! ¿y qué sabías tú?...

—Olía de una legua el encargo á faldas... yo soy muy práctico en estos negocios... lo que no pude adivinar, fué que vos fuéseis el galán que había de robar á la justicia. ¡Suerte tenéis!...

—¡Como mía!

—¿Os quejáis aún? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa como la condesa. Otro en vuestro lugar, vería el cielo abierto.

—Veríale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y perderme; que si tal hicieras, doble habías de ganar de lo que has ganado.

—No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese modo... temo á la condesa más que á una daga huída, y por nada del mundo me atrevería á ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don Francisco, y en dejándoos yo en poder de quien me paga, os serviré de balde.

—¿Y de qué modo?

—Haciendo que la condesa os suelte.

—Antes soltará un ala de las entrañas; empeñada y resentida anda conmigo, y mucho será que no tengamos encierro, duende y comedia para rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anímate, hijo, y cuenta por tuya una razonable cantidad de los de á ocho y una bandera en los tercios de Italia.

—Os cojo la palabra.

—Entonces, si quieres cogerme, suéltame.

—Os soltaré, ¡vive Dios!

—Pues avisa que paren en llegando á las tapias de la villa.

—No me habéis entendido... yo por mí no puedo soltaros; pero haré que otros os suelten.

—El siglo que viene.

—Quizá dentro de pocas horas.

—Explícate.

—Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos.

—¿Es decir, que tendremos aquí á don Fernando de Castro dentro de un mes?

—¡Quia! el conde de Lemos estaba en Alcalá; por la mañana, antes del alba, salía de allí, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el camino de Madrid; yo he ido á llevarle muchas veces cartas de don Baltasar de Zúñiga y del secretario Céspedes, y de otros varios; el conde esperaba que de un momento á otro le levantasen el destierro; por la tarde se volvía, y ya de noche entraba otra vez en Alcalá. Hace un mes que está sucediendo esto. Por lo mismo, apostaría cualquier hacienda á que el conde está en Madrid y en su casa á estas horas.

—Pues eso es peor, mucho peor. Guardaráme más profundo la condesa.

—Ya encontraremos hurón que llegue hasta lo último de la madriguera.

—Paréceme que me engañas, Juara.

—No por cierto, don Francisco, porque os temo; aún tengo sobre mí los cardenales de los cintarazos que me apretásteis la noche pasada, y sé que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para mí que aunque os metieran en una botella y taparan con pez encima, habíais de escaparos. Os serviré, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en mí, y haced lo que podáis, que yo no he de dejar de ayudaros.

El matón hizo parar la litera, salió de ella, y cerró de nuevo con llave.

—Paréceme—dijo Quevedo—, que este tunante quiere vengarse de la paliza que le apliqué hace cuatro noches; pues días pasan y días vienen, y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. ¡Y pensar que don Juan está abandonado á sí mismo y acaso preso! ¡Válgame Dios! ¿y con qué cara me presento yo, si acontece al muchacho una desgracia, á don Pedro Girón?

—¡Alto allá!—dijo de repente una voz robusta en el camino.

Dejó Quevedo de pensar para poner su atención en lo que pasaba fuera, y oyó que algunos hombres hablaban amigablemente.

—Ha llegado, por lo que veo—dijo Quevedo—, la hora de la entrega, y pronto llegará la de la presentación. Si ese Juara no me engañase... si ese Juara me sirviese... y estoy más indefenso que un ratón cogido en trampa.

Abrióse la litera.

Un bulto se acercó á ella.

—Salid, caballero—dijo á Quevedo.

Este no conoció la voz del que le había hablado, pero salió.

—Asíos de mi brazo, que la noche está lóbrega—dijo aquel hombre—y sois torpe de pies.

—Y de cabeza, lo que no creía, y me ha hecho creer el verme perdido en estos enredos—dijo don Francisco asiéndose al brazo de quien le había hablado—; ¿y á dónde vamos, amigo? Alegraríame que fuese cerca, porque llueve que cala y ciegos andamos.

—¿No oís?

—Campanillas.

—De mulas de coche.

—Muy ruidoso me hacéis.

—No hay por qué taparse.

—Alégrome.

—Pero ya llegamos. ¡Eh, Andresillo, la meseta á este caballero para que suba!

—No veo—dijo Quevedo.

—Guiaréos yo; delante tenéis la meseta.

Quevedo levantó el pie y le puso sobre una pequeña mesa, que entonces y mucho después servía de estribo á los empinadísimos coches de nuestros abuelos.

Al ir á entrar Quevedo por la portezuela se sintió asido, y escuchó un suspiro, y al mismo tiempo aspiró un delicado olor á dama (porque en todos los tiempos las damas se han dejado conocer á obscuras), lo que hizo pensar á Quevedo lo siguiente:

—La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de qué modo puedo engañarla, aunque no me parece fácil; ello dirá.

Y se entró en el coche.

—Pues no, este coche no es suyo—dijo Quevedo palpando la badana usada de los asientos—. Cállome y veamos.

Pero la mujer que en el coche estaba no habló.

El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas, rechinaron los ejes y empezó á crujir toda aquella vieja armazón.

Quevedo adelantó las manos y tropezó con la mujer.

Esta le rechazó.

—Tormenta se prepara—dijo Quevedo para sí—, pues retirémonos y estémonos quedos para que más pronto descargue.

La dama continuó callando.

Sólo de tiempo en tiempo dejaba oír un suspiro mal contenido.

—Esos son los relámpagos—continuó diciendo para sí Quevedo.

Al cabo de algún tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia.

—Encima lo tenemos—murmuró Quevedo.

—¿Sabéis, caballero—dijo al fin la dama—, que sois el traidor peor nacido que conozco?

—Ya lo sabía yo—dijo Quevedo.

—Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado por vos de lo que soy—dijo la condesa de Lemos.

—He dicho que ya sabía yo que no habíais de estaros callada mucho tiempo, doña Catalina.

—¿Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en cara?

—Más valiera que á la cara no me hubiérais echado vuestra hermosura y al alma vuestro amor, que tan caros me han salido.

—¡Qué mentir tan villano! ¿Hermosa llamáis á quien habéis despreciado? ¿Llamáis amor á una burla infame? ¡Y después de haberme ofendido de una manera tan odiosa, os burláis aún! ¡He hecho bien en castigaros!

—Ved que castigándome os castigáis.

—¡Yo!

—Si no me amárais, ¿hubiérais hecho lo que hacéis?

—¡Qué necios y qué vanos son los hombres! Porque han tenido á una mujer rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos...

—¡Ay, Catalina de mis ojos! ¡Suspiras muy profundo para que yo te crea!

—Respetadme, caballero—dijo la condesa—, y no veáis en mí más que una mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os castiga.

—Si culpa hay entre nosotros, no sé quién está más castigado: si tú, Catalina mía, viéndote obligada á prenderme por amor, ó yo, por amor, viéndome obligado á huir de ti.

—Os aseguro que no huiréis.

—Entonces seremos los dos felices.

—No os entiendo.

—Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se muriera el conde de Lemos!

—Me estáis destrozando el corazón.

—Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia—dijo para sí Quevedo—. ¿Lloras, alma mía?

—¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido!

—¡Catalina de mi alma!

—¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!—dijo la condesa.

—No os amo yo menos.

—Eso es mentira.

—Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú; que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento, Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo sabe!

Y Quevedo no mentía.

Amaba con toda su alma á la condesa.

—Pero amaba más á su ambición.

Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía al duque en cuerpo y alma.

Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente había ido á la corte.

Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó lastimándose á sí mismo.

Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía cómo escapar de sus manos.

Apeló, pues, á la fascinación del amor.

Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba haciéndose negro para Quevedo.

Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa.

—Sí, sí, mentid cuanto queráis—le dijo doña Catalina—; pero esta vez me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme, haceros sufrir tanto como vos me habéis hecho sufrir á mí; al menos tendré el consuelo de que no me hayáis burlado de balde, vos que estáis acostumbrado á burlaros á mansalva de todo el mundo.

—Porque zaherí á vuestro padre en un romance, escrito por mi desesperación y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de Castro, hanme tenido dos años preso entre frailes; porque recobro la razón y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando en ellos mi vida y mi ventura, me prendéis vos. No de balde me burlo, sino que bien de veras pago el no tener el corazón de corcho, que si yo no os amara tanto, no me acontecería esto.

—Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad; vos, en verme, cuando no quisiérais, á vuestro lado. Y como hemos hablado todo lo que teníamos que hablar, y como yo estoy contenta todo cuanto puedo porque os castigo, no hablemos más, que si más hablamos no haremos más que ofendernos.

—Os voy á dar un consejo.

—¿Cuál?

—Que dejéis para más tarde vuestra venganza, ó que os venguéis de otro.

—No os comprendo.

—Han levantado el destierro á vuestro marido.

Guardó la condesa un silencio de espanto.

—¡Cómo!—dijo—; ¿el conde de Lemos vuelve á la corte? ¡pues bien, me alegro, vuelve á tiempo, como que sólo hace cuatro días que vos habéis venido!

—Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstináis en retenerme, acabará por saber que yo... y que vos... que estoy en vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no aman á nadie más que á sí mismos, tiene orgullo; y como el que seáis vos mi amante sólo le da deshonra á secas, es natural que la tome por alto; por embargarme os habéis valido de gentes en las cuales un secreto no está más seguro que un doblón en medio de la calle... Sabrán...

—Que se sepa.

—¿Pero estáis loca?

—Si lo estoy, mi locura no tiene remedio.

—Oíd, prenda de mi alma. Ya que os decidís á todo, unámonos. Me importa poco si á vos os importa menos; podrá ser cuando más asunto de estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y encierros, entraréme yo á la luz del sol en vuestra casa... y así os habréis vengado de don Fernando de Castro, que os ofendió casándose con vos.

—Eso quería yo hacer, y vos no quisísteis.

—Temí por vos.

—Y hoy por vos tenéis miedo.

—Os ruego que lo penséis.

—Lo tengo pensado.

—¿Conque soy vuestro prisionero?

—Prisionero por amor.

—Sois, pues, mi Carlos V.

—Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V.

—¡Entendida sois en historia!

—Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.

—Me dais miedo.

—¡Ah! ¡por fin!

—Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y casi ríe...

—Entonces está resuelta... decís bien: y mi resolución es invariable.

—Pues bien, doña Catalina, os juro que os salvaré de vuestra propia locura, antes de algunas horas.

—¿Y cómo?

—Escapándome.

—Os juro que no os escaparéis.

—Lo veremos.

—¿Y cómo haréis para escaparos? yo os guardaré por mí misma; viviré con vos, comeré con vos... ni de día ni de noche me separaré de vos.

—Me escaparé.

—Queréis asustarme, pero no lo conseguís. Si vos sois valiente y resuelto, yo no lo soy menos.

—Ello dirá.

—Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.

—¿Y á dónde hemos llegado?

—No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río.

—Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló para vuestras bodas.

—Así es.

—¿Y aquí queréis tenerme?

—¿Y por qué no?

—Ocurrencia del diablo es.

—Dejadme bajar, que abren la portezuela.

—¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?—dijo Quevedo.

—Sí por cierto; dadme la mano para bajar.

—Os la diera mejor para subir.

—Ya subiremos.

—Y aún llueve—dijo Quevedo.

—Y hace obscuro; por lo mismo os guío.

—¿Y las gentes que os acompañan?

—Se han ido.

—Misteriosa aventura.

—Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda.

—Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca.

—Entrad—dijo.

Quevedo entró.

La condesa sintió que otra persona cerraba el postigo.

—Pero doña Catalina, corazón mío, ¿estáis en vos? Enterado habéis de este lance á medio mundo.

—¿Y qué se me da? No soy yo mujer á quien mate su marido, ni el conde de Lemos, un marido que mate á una mujer tal como yo; ni aun se divorciará, porque divorciándose perderá la administración de mis bienes. Por lo demás, me importa todo un bledo. Dirán: la condesa de Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habéis enseñado á despreciar al mundo.

—Ya no llueve—dijo Quevedo.

—Como que estamos bajo techado—contestó doña Catalina—; ahora vamos á subir... y yo os doy la mano.

—No hablaba yo de esta subida.

—Pues mirad, yo estoy muy contenta.

—No veo el motivo.

—Os tengo.

—¡Pero si decís que no os amo!

—No me amáis todo lo que yo quisiera... pero me amáis... sí; me amáis... y yo os haré tanto... yo seré para vos tanto...

—¿Qué seréis para mí?

—El camino de los honores, del mando, del trono.

—¡Eh! ¿qué decís del trono, señora?—dijo Quevedo con un acento tan singular como nadie hasta entonces había oído en él.

—Digo, que sin haceros rey, os pondré sobre el rey, y como el rey está en el trono...

—¿Sabéis que esta escalera se parece á la subida de la montaña aquella á cuya cumbre llevó el diablo á Cristo?—dijo con un doloroso sarcasmo Quevedo.

—Muchas gracias, señor mío, por la galantería. Pero estáis irritado, y con razón, y es menester perdonároslo todo. Entrad.

Y tiró de Quevedo, que se encontró de repente en un magnífico salón completamente iluminado, y con una mesa servida.

Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida.

—He aquí—dijo Quevedo—, que el sol sale á la media noche.

—Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo traje de mis bodas.

Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:

—¡Cenemos!

—¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!—murmuró Quevedo.

Y luego, sentándose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su sarcasmo, por su desesperación, por su amargura, y con la mirada ardiente y fija en los ojos de doña Catalina:

—Cenemos.

CAPÍTULO LXXII

DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTRÓ Á TIEMPO UN AMIGO

Amaneció el día siguiente.

Y seguía lloviendo, y nublado y sin señales de mejor tiempo. Estaba en su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escribía á más y mejor lo que el duque le dictaba.

Se notaban en el semblante del duque señales de insomnio.

Lo que demostraba que había pasado muy mala noche.

Como que volvían á la corte todos sus enemigos, y podían hacerle la guerra y derrocarle, sin que él pudiera defenderse, atado como estaba por los terribles secretos suyos que poseía el bufón.

En lo que se ocupaba el duque, era en escribir á sus parciales de las provincias, á fin de que le hiciesen un partido entre la gente que alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de gobierno, á fin de que escribieran cartas honrosas para él, esto es, una especie de opinión pública ficticia, que debía figurar ante los ojos del rey como la opinión pública del reino.

Para esto se ofrecía á comunidades de frailes, cosas que el duque había resistido; á los ayuntamientos, arbitrios; á los labradores, tolerancia en el pago de los tributos; á las corporaciones de todo género, nuevos privilegios; á éste y al otro señor, amenazado por desafueros, hacer la vista gorda, como suele decirse, y á las audiencias, desestimar las numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendían por ante el rey.

Claro es que todo esto venía á gravar en último punto sobre la gran masa del reino, sobre el pobre, sobre el débil, sobre el querelloso; pero importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes plácemes por el buen gobierno del duque de Lerma.

Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario.

Santos, á pesar de que hacía frío, sudaba la gota gorda.

El duque estaba fatigado.

—No puedo más, señor—dijo Santos—; de tanto escribir, se me ha puesto el brazo tan frío y tan pesado como si fuera de plomo.

—Urge, urge, Pelegrín; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo, y que ya está en Madrid; viene irritado contra mí y no perdonará medio; además, se encontrará al duque de Uceda apoderado del príncipe de Asturias, y empezará de nuevo entre ellos la guerra, que vendrá á herirme de rechazo.

—Yo aconsejaría á vuecencia que tomase un partido mucho más prudente, que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que vienen de todas partes—dijo Santos estirándose el brazo derecho y frotándoselo con la mano izquierda.

—¿Y qué partido es ese, Pelegrín?

—¡Hum! vuecencia está muy comprometido.

—Sí, es cierto; pero todo lo que puede suceder será perder la gracia del rey.

—Perdonad, señor, de antemano, lo que voy á decir á vuecencia, porque mi lealtad no me permite guardar por más tiempo silencio.

—¡Crees tú!...

—Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey.

—¿Peor?

—Podéis ser procesado.

—¡Procesado!—exclamó con orgullo el duque.

—Porque podéis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme, sabe que el rey está acostumbrado á vos, y como en el rey no hay nada más poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y de mudanzas y sobre todo irresoluto y débil, usarán contra vuecencia de armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro secretario don Rodrigo Calderón ha usado y abusado de vuestro nombre y no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar á la reina, después envenenarla...

—¡Cómo!

—Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo, será mañana un estruendo, y un estruendo tal, que no podrá menos de oírlo el rey... ¡si para entonces estáis desprevenido!...

—Pero yo no he pensado... yo no he hecho...

—En la corte es muy fácil hacer caer sobre una persona los delitos de otra; Calderón ha sido vuestro favorito y aún lo es, al menos para todo el mundo, que ve que en vuestra casa le tenéis, que en vuestra casa le curáis. Calderón es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrirá paso, obligándoos á que vos le facilitéis el camino, porque os tiene sujeto...

—¡Pelegrín!

—Enojáos cuanto queráis conmigo, señor; pero no oiga vuecencia á Pelegrín Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino á la voz severa de la verdad; sucédame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por más tiempo. Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se puede perder un minuto.

—Sigue, sigue, Pelegrín.

—Como os decía, aunque sabéis que don Rodrigo os ha hecho traición, no podéis deshaceros de él; como no podéis deshaceros ahora de Uceda, de Lemos, de Olivares, de Sástago, de tantos y tantos á quien vuecencia estorba; os veréis obligado á servir de escala á Calderón, que partirá con vos la ganancia, porque os necesitará siempre, pero que os comprometerá; porque Calderón, soberbio y ciego y codicioso, hará tales cosas, que él mismo se hundirá... y al hundirse, os hundirá con él.

—¿Pero qué puede suceder?...

—Yo veo á Calderón marchar de frente hacia el cadalso, sin verle, confundiéndole con el trono.

—¡Ah!

—Dejad que suba solo al cadalso... cubríos...

—¡Cómo! ¡Pelegrín! ¡crees...!

—Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os diría: retiráos de la corte... pero ya no es tiempo, señor; estáis en el mismo caso que aquel que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene más remedio que seguir subiendo, ó caer desde una inmensa altura á una muerte cierta; no podéis retroceder.

—Y entonces... ¿qué hago?

—Roma insiste sobre el asunto de las preces...

—Pero no puedo complacer á Roma sin rebajar la dignidad del rey.

—Es un recurso desesperado. Complaced al papa, á cambio de otra complacencia del papa.

—Explícate mejor.

—Pedid á Roma el capelo.

—¡Ah!—exclamó el duque de Lerma, abandonando su sillón y yendo á abrazar á Santos—; sí, sí, tú eres mi amigo; tú eres la única persona leal con que cuento; ¡el capelo! ¡y no se me había ocurrido! ¡y sin embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean! ¡el capelo! ¡gracias, Pelegrín, gracias! El duque de Lerma puede ser juzgado y condenado por el rey. ¡El cardenal, duque de Lerma, sólo puede ser juzgado y sentenciado por Roma! ¡Roma! yo haré que Roma esté tan contenta de mí, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe, Santos...

—¿A Roma?

—¡A Roma!

—No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda la confianza de vuecencia.

—¡Y quién mejor que tú! ¡tú que acabas de darme una prueba inapreciable de tu amor y de tu lealtad hacia mí!

—¡Partiré!

—Al momento.

—Esperemos...

—¿Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?...

—Esperemos á mañana.

—Preconíceme Roma y nada temo.

—Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado por el papa, podáis vestiros la púrpura; sed en buen hora cardenal, pero no lo digáis á nadie... no mostréis miedo...

—¡Ah! ¡Pelegrín! ¡yo no te conocía!

—Como no habéis conocido á los traidores hasta que ha sido de todo punto imposible que no los conozcáis, no habéis conocido á los leales hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro á darse á conocer.

—¡El capelo! ¡el capelo!—exclamaba el duque de Lerma paseándose á largos pasos por su despacho—. ¡Y que no se me haya ocurrido! ¡el capelo! ¡hijo de Roma! ¡la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo! ¡qué quieres, Pelegrín!

—Seguir siendo vuestro secretario.

—¿Y nada más?

—Nada más. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario que no me deis muchos días como hoy.

—Vete, vete á descansar, y... está dispuesto.

Santos se inclinó y salió.

El duque de Lerma estaba contento; había encontrado al fin la difícil solución de un problema obscuro que le tenía vivamente inquieto. Cubrir su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con el manto de la Iglesia, era cosa que jamás se hubiera ocurrido al duque de Lerma.

Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cámara abrió la puerta y dijo respetuosamente:

—Señor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.

Lerma mandó entrar á Montiño.

Presentóse éste, pálido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo y traje; miró al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande misterio:

—¿Podrá escuchar alguien lo que voy á decir á vuecencia?

—Nadie, Montiño, nadie—contestó el duque—. ¿Pero qué sucede?

—Sucede, señor... En primer lugar, la Dorotea me envía.

—¿Y qué quiere la Dorotea?—preguntó el duque estremeciéndose, porque veía de nuevo asomar la fatídica figura del bufón, que había llegado á convertirse para él en un espectro.

—La Dorotea... quiere ver á vuecencia... al momento; me ha mandado llamar para eso solo... está enferma... muy enferma...

—Iré, iré... Id á decírselo.

—Un momento, señor; tengo que hablar á vuecencia de asuntos míos.

—¿De asuntos vuestros?

—Creo, señor—dijo Montiño, á quien la desesperación daba atrevimiento—, que en mí tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por vuecencia...

—Lo bastante para que os ampare; lo sé.

—¡Ah, señor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir anoche á vuecencia al salir de aquella casa, me aconteció una negra aventura.

—¿Y qué fué ello?

—El diablo me echó delante al sargento mayor don Juan de Guzmán.

—¡Que os encontrásteis anoche á don Juan de Guzmán!—dijo con asombro el duque—. ¡Bah! ¡imposible! ¡no puede ser! ¡vísteis visiones!

—No vi, tropecé; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le maté.

—¡Ah!, ¡matásteis... al sargento mayor!...

—Y me encontró sobre él la justicia.

—¡Ah!—dijo el duque de Lerma comprendiéndolo todo, porque como saben nuestros lectores estaba en el secreto—; ¿y os prendió el alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento?

—¡Cómo, señor, sabéis!...

—Sí, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisión. Pero si os prendieron, ¿cómo estáis en libertad?

—Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo...

—¿Y qué queréis?

—¡Señor! ¡señor!—exclamó Montiño arrojándose á los pies del duque y con los brazos abiertos—; puesto que lo sois todo en España, y que yo soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, señor, salvadme.

—Levantáos, levantáos, Montiño, y nada temáis; se le echará tierra al muerto, se romperá el proceso...

—¡Ah señor! ¡piadoso señor! ¡Mi vida!...

—Merecéis que se os ampare.

—Después de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo á pedirle otra gracia.

—Hablad, hablad.

—Muchas gracias, señor, muchas gracias, no sé cómo pagar á vuecencia.

—Acabando pronto, Montiño.

—Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopín Cosme Aldaba, y el paje Cristóbal Cuero están presos.

—Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedísteis.

—Muchas gracias, señor; pero ahora pido á vuecencia que se deshaga lo hecho.

—¡Cómo!

—Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos, suelten á mi mujer, á mi hija, al galopín y al paje.

—¿Pero estáis loco, Montiño? ¿No os ha deshonrado vuestra mujer?

—¡No señor!

—¿No os ha robado?

—¡No, señor! y ruego encarecidamente á vuecencia...

—Sentáos y escribid vos mismo.

El cocinero se sentó.

El duque le dictó una orden de soltura para el alcaide de la cárcel de villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y destruyese todo lo que se había escrito é intentado contra los presos.

Después de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el cocinero salió.

Poco después, Montiño entraba triunfante en palacio con su mujer y su hija.

Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea.

CAPÍTULO LXXIII

EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINÚA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO

Encontró el duque á la joven en el lecho.

Pero no la encontró sola.

A su lado estaba el tío Manolillo.

El duque se estremeció como si en el bufón hubiese visto personificada su conciencia.

—Gracias, muchas gracias, señor, porque habéis venido—dijo la joven sacando un magnífico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano del duque—. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mío; hacedme el favor del dejarme sola con su excelencia.

El bufón se levantó y salió en silencio, pero no sin haber dicho antes con una profunda mirada al duque:

—Os mando hacer todo lo que ella quiera.

El duque se sentó en un sillón junto al lecho, y por la primera vez se descubrió delante de Dorotea.

—Cubríos, cubríos, don Francisco—dijo la joven—; yo os lo ruego. Os habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubríos, si no queréis lastimarme.

El duque se puso la gorra.

—¿Qué queréis, pues?

—Don Juan Téllez Girón ha sido preso; preso como causante de la herida de don Rodrigo.

—Es cierto; todas las pruebas están contra él.

—Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas.

—No es eso fácil.

—Ya lo sé: sé que doña Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado á los pies de su majestad el rey; sé que su majestad la reina ha intercedido por la petición de su amiga, porque doña Clara, más que dama, es amiga de la reina, y sé que el rey se ha mantenido severo; que ha respondido á la reina y á doña Clara, que no puede hacer nada estando de por medio la justicia.

—Ya veis, Dorotea, que cuando el rey...

—Pero vos podéis más que el rey.

—¡Yo!

—Sí, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para que la puerta de la prisión se abra, y yo quiero que don Juan salga libre y seguro... porque le amo, ¿lo entendéis?... porque es mi vida, y el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo misma á abrirle su prisión; quiero ser para él la libertad, la vida; quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme nunca... y tanto haré, que no me olvidará... ¡Oh, no! y con eso sólo seré feliz.

—¡Pardiez, y lo que amáis á ese mozo!—dijo contrariado el duque.

—No os enfadéis señor, vos me tenéis por lujo... ya os lo he dicho... pues bien: vuestra querida pública seré, ya que esto os halaga, hasta la muerte, hasta la muerte, señor; pero... tened compasión de mí; concededme lo que os pido.

El duque miró á la cortina de la puerta tras la cual había desaparecido el bufón.

Aquella cortina estaba inmóvil.

Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo impenetrable de la fatalidad.

—No puedo...—dijo al fin.

—Sí, sí podéis—dijo Dorotea—, vos lo podéis todo.

—No me atrevo—dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina.

—Necesito la libertad y la seguridad de don Juan—dijo con acento voluntarioso Dorotea.

—Yo no puedo sobreponerme á las leyes.

—Sobreponéos—dijo la voz ronca del bufón detrás de la cortina.

Tembló el duque al sonido terrible, fatídico de aquella voz.

—Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza á veces...

—¿No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagáis cuanto ella quiera? ¿ó es que sois tan torpe que no comprendéis lo que se os manda?—dijo el bufón abriendo la cortina y apareciendo.

Sonrojóse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufón en presencia de una tercera persona, y balbuceó algunas palabras.

El bufón adelantó lento y sombrío.

—No te agites, Dorotea—dijo—; no llores; no supliques: el señor duque hará lo que sea necesario hacer; el señor duque no puede negarte nada: excelentísimo señor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo sé dónde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos, que Dorotea está impaciente.

—Esto es ya demasiado—dijo el duque colérico.

—Ya lo creo que es demasiada obstinación la vuestra.

—No os irritéis, señor—dijo Dorotea—; yo os lo ruego, yo os lo suplico.

—No hay que suplicar; tú no tienes que suplicar á nadie, hija mía; yo soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mío. Ayer quisiste la prisión de don Juan, y fué preso; hoy quieres su libertad y hoy se verá libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos.

—¿No teméis que llegue un día en que os pese de lo que hacéis?

—Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todavía no me ha pesado; servidnos ahora, y después, cuando podáis, no tengáis compasión de mí... pero ahora... haced lo que ella quiere.

Y señaló á Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un señor despótico, la puerta que conducía á la sala.

El duque se levantó maquinalmente y salió de la alcoba.

Maquinalmente se encaminó á una mesa donde había recado de escribir y escribió.

Luego cerró la carta y la entregó al bufón.

Aquella carta estaba concebida en estos términos:

«Mi buen Ruy Pérez Sarmiento: En el punto en que recibáis ésta, rasgad todas las diligencias que hayáis practicado en averiguación del delito cometido en la persona de don Rodrigo Calderón; proveed auto de libertad en favor de don Juan Téllez Girón y de don Francisco de Quevedo Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisión de oidor en la Real Audiencia de México. A cualquier hora, mañana, me encontraréis en la secretaría de Estado ó en mi casa. Guárdeos Dios.—El duque de Lerma.»

Apenas entregada esta carta, el duque salió de casa de Dorotea, sin despedirse de ella, trémulo, irritado.

El bufón salió también, llevando consigo la carta del duque de Lerma.

Dorotea quedó en un estado horrible de ansiedad.

Una hora después, el tío Manolillo volvió con unos pliegos en la mano.

—¿Tenéis ya la orden de libertad?—dijo la joven con anhelo.

—Sí—respondió con voz ronca el bufón—. Este pliego es el auto de libertad de tu amadísimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que esté preso; y este otro pliego, es una orden para que tú puedas entrar en la torre de los Lujanes, donde está encerrado don Juan.

Dorotea, á pesar de la fiebre que la devoraba, llamó á Casilda, saltó de la cama, se hizo vestir, pidió una litera, y salió de su casa.

CAPÍTULO LXXIV

LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN

Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes.

La opaca luz de aquel día nublado y lluvioso, penetrando en el encierro por dos estrechísimas saeteras, apenas bastaba para determinar los objetos que en el aposento había.

Podía juzgarse, sin embargo, que no se había tratado mal á don Juan; algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una alfombra usada, pero aceptable aún, y un brasero con fuego, hacían cómodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser cómodo para un preso.

Comprendíase claro que aquel encierro estaba destinado á personas á quienes, por su clase, era necesario tratar bien.

Don Juan no sabía por qué estaba preso, pero se lo figuraba; no podía ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Calderón.

Lo que más inquietaba al joven era que suponía que Quevedo habría sido también preso, porque ¿cómo explicarse que estando libre Quevedo no hubiese hecho en su favor maravillas?

Y dolíale, además, el estado aflictivo que suponía en doña Clara Soldevilla.

Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso pálida y se desmayó.

Don Juan no vivía, agonizaba en aquel calabozo, había pasado una noche horrible, de cavilaciones, de temores; se había acordado de todo, había dado vueltas á todo, y sin embargo, no se había acordado de Dorotea.

Cuando el carcelero la noche antes le entró la luz, don Juan le dió dinero y le preguntó por la causa de su prisión.

El carcelero le respondió con sumo respeto, pero encogiéndose de hombros, que nada sabía.

Encargóle don Juan que procurara informarse, que avisase á su esposa del lugar donde se encontraba, y que procurase ver á don Francisco de Quevedo ó saber de él.

El carcelero volvió á la hora de la cena, trayendo una escogida y abundante.

Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad.

Empezó por asegurarle que, por más que había hecho, no había podido averiguar la causa de su prisión; pero que él creía que cuando lo habían traído á la torre de los Lujanes, y con tal misterio, debía tratarse de un grave asunto de Estado.

Añadió que había ido al alcázar y que no había podido hablar á Doña Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto á don Francisco de Quevedo, ninguna de las personas á quienes por él había preguntado le habían dado razón de tal persona.

Se empeoraba el negocio á la vista de don Juan, y como hemos dicho, no pudo dormir en toda la noche.

Al día siguiente, cuando volvió el carcelero con el almuerzo, cuando don Juan le habló, el carcelero le respondió con gran respeto:

—Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan. No me pregunte vuesa merced más, porque no le contestaré.

Después de esto el carcelero salió, y don Juan quedó más cuidadoso que antes.

Adelantó el día y con él la desesperación y la impaciencia de don Juan.

Nadie parecía á tomarle declaración ni darle noticia alguna.

Al fin, al medio día se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido de los candados y cerrojos de la puerta.

Entró el carcelero.

No traía la comida.

Esto dió alguna esperanza á don Juan.

—¿A qué venís?—dijo al carcelero.

—Vengo á pediros licencia, en nombre de una dama que quiere hablaros—contestó aquél.

—¿De una dama? ¿qué señas tiene?

—Está completamente encubierta por un manto; pero parece principal y hermosa.

—¡Ah, es ella!—dijo don Juan pensando en doña Clara y sin acordarse, ni remotamente, como hasta entonces no se había acordado, de Dorotea.

—Trae una orden terminante para que se la permita hablaros á solas, del señor alcalde de casa corte, Ruy Pérez Sarmiento, de quien pende vuestro proceso.

—¡Oh, pues que entre! ¡que entre!—exclamó con afán el joven.

—Entrad, señora—dijo el carcelero llegando á la puerta.

Entró una mujer completamente envuelta en un manto, y mandó con un ademán enérgico al carcelero que saliese.

La puerta se cerró.

Entonces la mujer se echó atrás el manto, adelantó hacia don Juan, le asió de las manos y le miró exhalando toda su alma, y su alma enamorada por sus ojos.

—¡Ah! ¡Dorotea!—exclamó con una sorpresa dolorosa don Juan.

—¿La esperábais á ella?—dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre un dolor agudo.

—Os confieso que... señora... me sorprende...—dijo trastornado don Juan.

—¿Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este horrible encierro? ¡No sabíais, no habíais podido saber cuánto yo os amaba! ¡cuánto era capaz de hacer por vos! ¡pues sabedlo, os traigo vuestra libertad!

—¡Mi libertad! ¡vos!—exclamó dejando ver la expresión de una profunda sorpresa don Juan.

—Sí, yo... aquí está—dijo Dorotea mostrando al joven un pliego cerrado.

—¿De modo que ya puedo salir de aquí?

—Aún no—contestó dolorosamente Dorotea.

Esta respuesta de la joven irritó á don Juan.

—¡Ah! ¡venís á imponerme condiciones!

—¡Condiciones! ¡condiciones yo á vos! ¡qué condiciones puede dictar el esclavo á su señor! ¡cuán poco me conocéis, por mi desdicha!

—Entonces, ¿por qué no me dais esa orden?

—¡Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el amor que os tiene ante Dios y los hombres! ¡una mujer que por vos sufre, que por vos está enferma, que por vos muere! ¡una mujer que por vos se ha arrojado á las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni aun saber el lugar donde estáis preso! ¡Vuestra esposa! ¡Doña Clara Soldevilla, que es vuestra vida!

—¡Ah!—exclamó don Juan.

—Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer á quien únicamente debéis amar, esa será la que reciba, sin saber de quién lo recibe, este pliego cerrado; esa mujer será la que venga á abriros la puerta de vuestra prisión; esa mujer será, porque debe serlo, quien goce toda la alegría de recobraros, cuando os creía perdido, cuando se creía casi viuda.

—¡Viuda!

—¿Pues no sabéis de lo que os acusan?

—No.

—De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo Calderón.

—Mentira: como hidalgo y frente á frente, reñí con él por un grave asunto, y sirviendo á la reina: vos lo sabéis.

—Pero vos no podéis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar á juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciarían cometiendo una injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden á nadie en España. Me debéis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepáis; para que no podáis olvidarme.

—Me estáis desgarrando el alma, Dorotea.

—¿Y qué importo yo... pobre cómica... querida miserable del duque de Lerma? pero dad gracias á Dios de que yo sea querida del duque, y de que el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un hombre terrible, que es á su vez esclavo mío.

—¿Y quién es ese hombre?

—El tío Manolillo, el bufón del rey. Él, porque sabe que os amo, y que vos íbais á salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. Él, porque yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia, ese hombre me insulta, quiero vengarme de él y de ella, mátale; hubiérais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, á quien Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepáis para que no podáis olvidarme jamás; os lo repito. ¿Qué me importa que os apartéis de mí, que no os vuelva á ver más, si estoy segura de que vos no olvidaréis nunca mi memoria?

Don Juan inclinó la cabeza y no supo qué responder.

Estaba seguro de que no podía engañar á Dorotea, porque ésta sabía demasiado que él amaba, que él no podía dejar de amar á doña Clara.

Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si hubiera podido, sin dejar de amar á doña Clara y de ser feliz con ella, hubiera sido amante de Dorotea.

Pero esto era imposible: Dorotea tenía demasiado corazón.

Dorotea no podía partir el amor de su alma con otra, por más que aquella otra fuese la esposa del hombre de su amor.

La situación de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera enloquecedora, dándole la libertad y con la libertad la vida, sacrificándoselo todo, con la abnegación sublime de que sólo es capaz una mujer que ama, la situación de don Juan era horrible.

—¿Cómo podré yo hacer—dijo al fin—, que vos me perdonéis la desgracia de no haberos conocido antes?

—No blasfeméis de vuestra fortuna—dijo gravemente Dorotea—; Dios os ha dado en doña Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla, alegráos como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En cuanto á mí, con que vos me apreciéis, con que me recordéis, con que os cause compasión mi desdicha, estoy satisfecha, seré feliz.

Y Dorotea, á quien hasta entonces había sostenido la excitación febril de la alegría que la causaba el llevar la libertad á don Juan, se sentó y se puso sumamente pálida.

—Estáis mala, Dorotea—dijo el joven acercándose rápidamente á ella—. ¿Qué tenéis?

—¡Me muero!

—Disponed de mí: yo soy vuestro... yo os amo—dijo don Juan embriagado.

Y en aquel momento, olvidándolo todo, asió con sus dos manos la hermosa cabeza de Dorotea y la besó en la boca.

—¡Oh! ¡qué horror!—exclamó la joven poniéndose en pie de un salto—; ¡qué crueldad! ¡qué daño me habéis hecho tan terrible!

Y arreglándose el manto, se dirigió á la puerta y llamó.

—¿A dónde vais, Dorotea?—dijo don Juan.

—Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa.

Sonaron entonces las llaves del carcelero.

—Esperad un momento—dijo don Juan asiendo por el manto á Dorotea, que estaba vuelta hacia la puerta.

—¿Qué más queréis de mí?—contestó la joven.

—Quiero... quiero volveros á ver.

—¡Que queréis volverme á ver!... ¡sí, yo también quiero! pues bien: estad esta noche, á las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros.

—Estaré.

En aquel momento se abrió la puerta.

—Adiós—dijo Dorotea, y salió precipitadamente.

—Adiós—dijo don Juan, y se dejó caer aniquilado sobre una silla.

El carcelero cerró la puerta.

—No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma—murmuraba la comedianta bajando precipitadamente las escaleras—. ¡Yo estoy loca! ¡yo me muero! ¡Dios mío! ¡irá! ¡irá! ¡le parezco hermosa! ¡le embriago!... ¡sí, irá! pues bien... ¡me vengaré de él y de ella! ¡él me obliga! ¡aquel horrible beso!... ¡Oh, Dios mío!

Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaidía sin reparar en nadie, salió.

En la puerta de la torre había una litera.

Al aparecer Dorotea, un criado abrió la portezuela.

Dentro de la litera había un hombre.

Era el tío Manolillo.

Estaba más pálido, más cadavérico que Dorotea.

Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperación de la joven, una chispa de alegría involuntaria pasó por los ojos del bufón.

—Ese miserable no te comprende—dijo.

—Os engañáis, Manuel; le enamoro, haría de él cuanto quisiera, menos que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la cólera y la desesperación me matan. Quiero vengarme, y empiezo. ¡Pedro! ¡al alcázar!

La litera se puso en movimiento.

—¿A qué vas al alcázar, hija mía?

—No voy yo, sino vos. Tomad.

—¡Ah! ¡la orden de libertad de don Juan! ¡no se la has dado! ¡quieres que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! ¡haces bien! ¡ese no es digno de nuestra protección! ¡no amarte á ti que tanto le amas! ¡que tanto haces por él! ¡véngate! ¡ya que no sea tuyo, que no sea de la otra!

—Vais á entrar en el alcázar y á hacer de modo que doña Clara Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dónde viene.

—¡Cómo!

—¡Lo quiero!

—Haces mal.

—Lo quiero. ¡Y cuenta con que doña Clara pueda ni aun por indicios sospechar!

—¡Haces mal!—repitió el bufón, y tomó la orden y la guardó suspirando.

Ni Dorotea ni el bufón hablaron una palabra hasta que la litera llegó á las puertas del alcázar.

—Entrad—dijo Dorotea al bufón—; haced que esa orden llegue, como os he dicho, á las manos de doña Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y hacedle que vaya á verme.

El bufón salió de la litera.

—¡A casa!—dijo la Dorotea.

La litera se puso de nuevo en marcha.

—El bufón, después de meditar un momento en el vestíbulo, se entró resueltamente en la secretaría de Estado.

—Decid á su excelencia—dijo—que yo, mi majestad el bufón, le mando que me reciba y me oiga.

Riéronse todos de la manera cómica con que el tío Manolillo dijo estas palabras, y uno de los oficiales contestó:

—No está su excelencia de humor para recibiros, tío.

—¡Quién le mete al menguado en lo que no le importa!—repuso gravemente el bufón—; diga al duque que Felipito mi amigo me envía.

—¡Ah! ¡si traéis orden del rey!...

—¡Qué pesado! ¿Te pagan para que repliques, ó para que hagas lo que se te mande?

—Vamos, no os incomodéis, tío—dijo el oficial—; decid á su excelencia, Lasala, que el bufón de su majestad quiere verle.

El enviado entró.

—Ya veréis cómo Lerma no me hace esperar tanto—dijo el bufón paseándose con gran prosopopeya por la secretaría.

En efecto, un momento después de haber entrado, Lasala abrió una mampara y dijo:

—Su excelencia espera al bufón de su majestad.

Cinco minutos después de haber entrado el tío Manolillo en el despacho del duque, éste subía por una escalera de servicio á la cámara del rey.

Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnífica escopeta de dos cañones que acababa de regalarle respetuosamente la muy noble y leal villa de Eibar.

—¡Eh! vienes á tiempo—dijo el rey al ver al duque—; tú que eres aficionado, ¿qué te parece este arcabuz de caza? Mira qué llaves, Lerma: una invención, una verdadera invención.

—En efecto, señor—dijo el duque—, los vizcaínos son muy hábiles y muy industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con licencia de vuestra majestad, vengo á hablarle de un negocio muy importante.

—¿Tan importante que no admite demora?

—De ningún modo, señor.

—No me dejarán reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma, vamos: y tú espera aquí—dijo el rey al montero mayor.

Felipe III y su secretario universal se encerraron.

—Veamos de qué se trata—dijo el rey con el empacho que le causaban todos los negocios.

—Del asunto de doña Clara Soldevilla.

—¡Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doña Clara me pidió ayer una audiencia, se la dí, me rogó por su esposo, se arrojó á los pies, lloró... y como tú me habías dicho que se trataba de un negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmayó doña Clara, y la llevaron á su cuarto sin sentido. Después he tenido una verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la obligase á hablar... y yo no sé qué tenga que hablar la reina en este asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes, eminentes servicios á ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo á don Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. ¿Qué dices tú á eso?

—Digo, señor, que su majestad la reina tiene mucha razón.

—¿Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte á ese don Juan y á don Francisco de Quevedo, su cómplice?

—Ayer estaba mal informado, señor; por las primeras diligencias del proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario, don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo más que ayudar como hidalgo á su amigo, y que don Juan se vió en la necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo.

—Pues entonces es necesario formar proceso á Calderón.

—Aconsejo á vuestra majestad que me permita echar tierra á este negocio.

—Pues bien, échasela; pon en libertad á don Juan y á Quevedo y que se vayan benditos de Dios á Napóles.

—Ya, contando con el beneplácito de vuestra majestad, he mandado al alcalde Ruy Pérez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de libertad para Quevedo y Girón; el auto de libertad de don Juan está aquí, señor.

—¡Ah! ¿Conque está todo hecho?

—Aún falta algo que hacer.

—¿Y qué hace falta?

—Tan activo ha andado el alcalde Ruy Pérez en este proceso y tan leal, que merece un premio.

—¡Ah, merece un premio! Pues dásele.

—Aquí está extendida ya la provisión para él, de oidor de la real audiencia de Méjico, con las costas del viaje, y sólo falta la firma de vuestra majestad.

El rey firmó la provisión, y la recogió el duque.

—Por aquí—dijo para sí Lerma, guardando la provisión del licenciado Sarmiento—, hemos salido de un testigo enojoso.

—¿Queda algo más que hacer?—dijo el rey, que en su marcada antipatía por los negocios deseaba verse libre.

—Sí, señor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasión de complacer á su majestad la reina.

—¿Y cómo?

—Dándola este auto, que pone á cubierto de todo proceso al marido de su dama favorita.

—Tienes razón, Lerma, tienes razón; y ahora más que nunca conozco el grande afecto que me tienes; no me gusta estar reñido con la reina. Voy... voy... adiós, Lerma, adiós.

Y el rey abrió una puerta, atravesó un largo corredor, abrió otra puerta y se encontró en la recámara de Margarita de Austria.

La reina leía.

Al ruido de los pasos del rey volvió la cabeza.

Al verle, dejó el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y miró al rey con severidad.

—Veo que aún estás enojada, Margarita—dijo el rey.

—En efecto, señor—contestó la reina—; tengo un profundo disgusto.

—¡Por tu queridísima doña Clara!

—Me he propuesto no volver á hablar más á vuestra majestad de este asunto.

—¡Mi majestad!... ¡Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos! ¡Siéntate aquí al lado mío! Vengo á que hagamos las paces.

La reina se sentó al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante nublado y sin mirar á Felipe III.

—¡Lo que yo digo! ¡eso, eso es!—exclamó con impaciencia el rey—; ¡yo soy lo último de todo!

—¡Señor!—dijo la reina con dignidad.

—Se me respeta, pero no se me ama; basta el más ligero motivo para que no se me oculte el desvío que causo. ¡Como ha de ser! ¡Y yo, á pesar de todo, me afano por complacerte, Margarita!

La reina comprendió que debía bajar del empinado lugar á que se había subido; que debía ser mujer, y combatir al hombre, no al rey.

—Sí—dijo, hiriendo con su pequeño pie la alfombra y mordiéndose impaciente su grueso labio austriaco—; sí se conoce que mi esposo... me ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa á ellos; ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; ¿qué puedo yo desear? ¿Qué reina ha tenido más influencia sobre su esposo?

—Puedo hacerte que llores de alegría, y que me abraces como una loca, Margarita—dijo el rey.

—¿De veras?—preguntó disimulando mal su ansiedad la reina, porque en las palabras y el aspecto del rey conoció que podía prometerse algo satisfactorio.

—Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondrá buena de repente á tu amiga doña Clara, que creo que anda enferma.

—¿Cómo queréis que esté una recién casada que adora á su marido, y que ni aun sabe dónde para?

—¡Es verdad! ¡es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado romper el proceso de don Juan Téllez Girón, y aquí está la orden de libertad.

El rey dió á Margarita de Austria el pliego cerrado que contenía el auto.

Pasó una alegría infinita por los ojos de la reina.

Rompió el sobre y leyó ávidamente la orden de soltura.

—¡En la torre de los Lujanes! ¡y allí está mi libertador preso, dudando, temiendo...!

—¡Tu libertador!—dijo el rey con asombro.

—¡Sí, mi generoso y valiente libertador!

—No te comprendo.

—¿Por qué he de callar más? Yo estaba resuelta á revelároslo todo, cuando no me quedase otro medio de salvar á ese caballero. ¿Por qué no he de ser franca y leal con vos, cuando está salvado?

—¡Qué! ¿tú me ocultabas algo, Margarita?

—¡Oh! ¡sí, señor! ¡no sé por qué he tenido miedo! vos no podéis dudar de mí, ¿no es verdad?

—¡Dudar yo de la reina! ¡de mi esposa!—dijo el rey en uno de los arranques de verdadera dignidad que á veces dejaba conocer—. ¡Cómo! ¿por qué había yo de dudar de vos, señora?

—Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi vida he obrado con ligereza.

—Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada—dijo el rey volviendo á su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en explicaciones que le asustaban, porque á primera vista parecían graves.

—No, no; me habéis de oír: os lo suplico—dijo la reina—, necesito librar mi conciencia de este peso.

Al oír la palabra conciencia, el rey, que tenía algo de lo asustadizo de su padre, aunque no su firmeza ni su sombrío recelo, se alarmó.

—¡Tú conciencia, dices!

—Sí, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no debía haberos callado.

—¿Tendremos alguna otra conspiración?—dijo todo asustado el rey.

—Sí; sí, señor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron.

—¿Conspiraciones vuestras?

—Por recobrar vuestra dignidad y la mía.

—Pues lo de siempre. ¿Y quién os ayudaba á conspirar? porque nadie conspira solo.

—Don Rodrigo Calderón.

—¡Ah! ¡ah!

—Se me mostró leal... cuando era traidor; le concedí algunas audiencias secretas.

—¿Contra el duque de Lerma?

—Contra el duque de Lerma.

—¡Ah! ¡don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre á quien todo lo debe! ¡No sabía yo que ese tal era tan malvado!

—Lo es más aún: ese hombre se ha atrevido á dictarme condiciones.

—¡Condiciones á la reina! ¡un vasallo! ¿pero cómo podía ese miserable atreverse á dictarte condiciones?

—Fuí imprudente; creyéndole un vasallo leal, le escribí algunas cartas de mi puño y letra, avisándole de la hora que podía entrar en palacio y verme.

—¡Y esas cartas! ¡esas cartas!

—Las he quemado yo por mi propia mano, gracias á don Juan Téllez Girón, que se las arrancó á estocadas.

—¡Ah!—dijo respirando el rey—; ¿y de resultas de esas estocadas está herido don Rodrigo?

—Sí, señor.

—¿Pero don Juan sabrá...?

—Don Juan entregó aquellas cartas sin leerlas á doña Clara.

—¡Ah! ya; sí... esas cartas acompañaban sin duda al rizo de cabellos aquel de doña Clara, y don Juan habrá creído que de doña Clara eran las cartas...

—Sí; sí, señor—dijo la reina, que no se atrevió á ser más explícita.

—Pues es necesario premiar á ese caballero.

—Harto premiado está ya con ser esposo de doña Clara; sólo os pido una cosa, señor.

—¡Qué!

—Que me perdonéis si por amor á vos, por la dignidad de la monarquía, pude ser una vez imprudente.

Y la reina se arrojó á los pies del rey.

—¡Oh! ¡no! ¡no! ¡en mis brazos, que tan ansiosos están de ti! ¡en mis brazos, Margarita mía! ¡oh, qué hermosa eres!

Y besó á la reina en la frente.

—¡Oh! ¡cuánto te amo, Felipe mío!—dijo la reina llorando de placer y estrechando al rey entre sus brazos.

—No me dices eso siempre—contestó el rey con el acento y la expresión de un niño voluntarioso.

—Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno, Felipe; has vuelto su esposo á mi buena doña Clara, y á pesar de lo que te he revelado, no has dudado de mí. ¡Te amo! ¡te amo!

—¡Oh, Dios mío!—dijo el rey—¡si esto durara mucho!...

—Durará... todo lo que tú quieras que dure, Felipe... ¡oh! ¡y qué feliz soy! pero hay alguien á quien debemos mucho, que llora por nosotros, y cuyas lágrimas es necesario enjugar.

—¡Doña Clara!

—Doña Clara... y voy... sin perder un momento.

—¡Ir tú!... ¡la reina!...—dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria.

—Iré... por las comunicaciones interiores... nadie me verá... enviaré delante á la duquesa de Gandía, para que doña Clara, cuando llegue yo, esté sola. Y adiós, adiós; es necesario no olvidarnos de que para el que sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adiós.

Y la reina escapó.

—¡Ah!—dijo el rey—; cuando se hace una buena acción se le queda á uno el alma tan llena de no sé qué... Vamos, Dios quiera que por estos momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva á ponernos tristes.

Y el rey, por el mismo sitio por donde había ido á la recámara de la reina, se volvió á la suya y al examen de la escopeta vizcaína que tenía aún entre las manos su montero mayor.

CAPÍTULO LXXV

EL SOL TRAS LA TORMENTA

Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la almohada, en una bellísima alcoba, había una mujer.

Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo desesperado hacía desgarrador su llanto.

En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los Dolores, había una lamparilla encendida.

Fuera de la alcoba, junto á la puerta, estaban sentadas dos dueñas silenciosas é inmóviles.

Pasó algún tiempo así.

Abrióse al cabo una puerta, y asomó por ella la cabeza de una doncella.

—La camarera mayor de la reina quiere ver á la señora—dijo la joven en voz baja.

—¿Qué hacemos, doña Inés?—dijo también en voz baja la una dueña á la otra.

—¿Qué os parece que hagamos, doña María?—preguntó la preguntada.

—La señora no duerme, que solloza—dijo doña María.

—Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doña Inés.

—Pues, avisémosla.

—Avisémosla.

—Id vos.

—No, vos.

—Cualquiera.

Y doña Inés se levantó, abrió las vidrieras, y de puntillas se acercó al lecho, y dijo casi al oído de su señora:

—La escelentísima señora camarera mayor de su majestad, quiere veros, señora.

—¡Oh! ¡que entre! ¡que entre al momento!—dijo doña Clara, apartándose de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; ¿por qué la habéis detenido?

La dueña salió como un relámpago.

Cuando doña Clara abrió las vidrieras y salió á la cámara, ya estaba en ella la duquesa de Gandía.

—¿Qué noticias me traéis, señora? exclamó anhelante la joven arrojándose al cuello de doña Juana de Velasco.

La duquesa miró en torno suyo, y al ver que habían quedado solas, exclamó llorando:

—¡Ah! no sé nada; ¡desdichado hijo mío!

—Me habíais hecho concebir una esperanza,—dijo con desaliento doña Clara.

—Su majestad está en la saleta azul,—dijo la duquesa enjugándose las lágrimas—; me ha enviado delante, para que apartéis de aquí las personas que pudieran verla. Su majestad os creía muy enferma.

—¡Ah! sí, del corazón, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan débil que no pueda ir á ver á su majestad. Vendrá á consolarme.

La reina viene alegre, impaciente.

—¡Oh! ¡Dios mío! exclamó doña Clara.

Y apartándose de la duquesa dió á correr, loca, anhelante, atravesó algunas habitaciones, y en una cayó entre los brazos de la reina que la había salido al encuentro.

—Oye, Clara,—la dijo Margarita—; consuélate, enjuga tus lágrimas; te traigo buenas noticias.

—¿Dónde está, señora?

—En la torre de los Lujanes.

—¿Y puedo verle?

—Sí.

—¡Ah! señora, perdonad... pero... permítame vuestra majestad que vaya al momento... le he creído perdido... son esos hombres tan infames... y... ¡le amo tanto!

—Espera, espera... serénate, tranquilízate, Clara, amiga mía: no ves que yo me sonrío, que estoy contenta. ¿Cómo podía estarlo si te amenazase una desgracia?

—¡No corre peligro su vida!

—No, ni mucho menos...

—Y entonces, ¿qué hay que temer?

—Nada.

—¡Nada! pues si no hay nada que temer, ¿por qué continúa preso?

—Tú eres valiente, Clara. Domínate, prepárate...

—¿Para qué?

—Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir la noticia inesperada de una dicha.

—¡Ah! ¡señora! tendré valor, le tengo.

—Pues bien: toma, Clara mía, toma, y ve tú misma á sacarle de su prisión.

Y la reina dió á doña Clara el auto de libertad.

La joven le leyó, se dominó, se puso pálida, y miró con una elocuente ansiedad á la reina.

—Sí, sí; ve amiga mía—dijo la reina—; pero no te olvides de decir á doña Juana que la espero para volverme á mi cámara.

Doña Clara se arrojó á los pies de la reina, y la cubrió las manos de besos y lágrimas.

Luego se levantó y dió á correr, como una loca, hacia sus habitaciones.

—¡Libre! ¡libre, madre mía!—exclamó arrojándose en los brazos de la duquesa y riendo y llorando á un tiempo—¡libre! y ¡libre de todo cargo!

—¡Ah! ¡gracias á Dios!

—Y no podía eso ser de otro modo, porque Dios no podía querer mi desesperación; pero la reina os espera. Y voy por él. ¡Un manto! ¡una litera!—añadió dirigiéndose á una puerta—. Después, venid, madre mía; él estará ya aquí. ¡No oís! ¡dueñas! ¡lacayos!

—Adiós, hija mía, adiós—dijo la duquesa viendo que se acercaba gente, y salió.

—Pronto, doña Inés, mi manto; que pongan una litera al momento—repitió con impaciencia doña Clara.

Y cinco minutos después, dentro de una litera salía del alcázar la joven.

Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban la litera iban de prisa, muy pronto la litera paró á la puerta de la torre, salió de ella doña Clara, y presentó la orden de soltura al alcaide.

—Y van dos, las dos principales y hermosas—dijo entre dientes el alcaide leyendo la orden.

Afortunadamente no le oyó doña Clara.

—No hay que oponer nada á esto—dijo el alcaide dando vueltas á la orden—; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los muebles...

—Bien, bien, pero llevadme á donde está—dijo doña Clara.

—¿Y quién le diré que le busca?

—Su esposa.

—¡Ah! perdonad, señora—dijo el carcelero quitándose su caperuza, que hasta entonces había tenido encasquetada—; como vuestro esposo es joven y gentilhombre, á estos tales señores suelen buscarlos...

—¿Pero hay algún inconveniente para que yo vea al momento á mi marido?

—Ninguno, señora. ¿Qué ha de haber? yo mismo voy á llevaros. Molinete, dame las llaves del encierro alto. Vamos, señora, vamos.

El alcaide se metió por una estrecha puerta y por una escalera obscura.

Doña Clara le seguía sin pensar en donde ponía los pies, acertando con los escalones y con las revueltas por instinto.

Al fin se vió alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas, á cuyo fin había una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados.

Doña Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir.

Golpeó con su pequeña mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus pulmones y toda la alegría de su alma:

—¡Juan! ¡Juan!

—¡Clara de mi alma!—gritó desde adentro el joven.

—Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan así delante de gentes—dijo el alcaide acabando de abrir.

Y cuando la puerta estuvo franca, como nada había ya que guardar allí, se volvió dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras:

—¡Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le dé la gana. ¡Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa.

Entre tanto doña Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados, mudos, en el primer momento de alegría. Parecíales á entrambos que habían resucitado el uno para el otro.

Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vió en los ojos de su mujer lo que jamás había visto, lo que ni aun había sospechado, lo que no sabía que existiese: un amor sobrenatural, una vida que vivía en su vida; una alegría que era su alegría; un alma que absorbía la suya, la envolvía, la acariciaba y la defendía; una fuerza infinita de absorción que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doña Clara.

Habíale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareció que la hermosura de su mujer no pertenecía á la vida, que tenía algo de fantástico, de divino.

—¡Juan de mi alma!—le dijo doña Clara—; vámonos de aquí: me parece que me van á arrancar de tus brazos, que se va á cerrar de nuevo esa puerta, que no te voy á volver á ver. Vámonos, vámonos; estás libre; he traído la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie, como no sea Dios, me volverá á separar de ti.

—¿Quién te ha dado esa orden, Clara mía?—dijo don Juan acordándose á pesar de todo de la pobre Dorotea.

—¡La reina!—contestó doña Clara—; no sé por qué medio: anoche yo me arrojé en balde á los pies de su majestad: en balde la reina suplicó al rey. Ni aun pudimos saber dónde estabas preso.

—¡La reina te ha dado esa orden!—dijo profundamente pensativo don Juan, que no acertaba á comprender cómo aquella orden había pasado de las manos de Dorotea á las de la reina.

—Sí, sí—repuso impaciente doña Clara—; ¿pero qué importa eso? Lo que importa es salir de aquí.

Y tiró de su marido, que se dejó conducir.

Al pasar por la alcaidía, el alcaide les salió al encuentro respetuosamente y gorra en mano.

En la otra mano tenía una daga y una espada, sencillas pero hermosas y fuertemente bruñidas las empuñaduras de acero.

—El señor alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, acaba de enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocupó cuando le prendió—dijo el alcaide.

El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y dió las gracias al alcaide.

—Perdonad, caballero—dijo el alcaide al ver que los dos esposos seguían hacia la puerta—; pero quisiera que antes de salir miráseis esta cuentecita.

Y presentó un papel á don Juan.

Aquel papel decía:

«Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Téllez Girón, en las veinte y cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes.

»Por alquiler de la habitación alta donde estuvo preso en otro tiempo el rey Francisco, y donde sólo se encierran personas principales, diez ducados.

»Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sábanas de holanda y repostero de damasco, mantas y demás, cinco ducados.

»Por ídem de doce sillas, un sillón, una mesa, un candelero de plata y una alfombra, seis ducados.

»Por una comida traída de la hostería de los Tudescos, ocho ducados.

»Por una cena de ídem, cuatro ducados.

»Por un almuerzo de ídem, cuatro ducados.

»Por una vela de cera, cuatro reales de vellón.

»Por asistencia, dos ducados.

»Por derechos de carcelaje, ocho ducados.

»Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales de vellón.—Ginés Piedrahita.»

Debemos advertir, que de esta cuenta sólo leyó don Juan la suma total.

—¿Traes contigo dinero, Clara?—dijo don Juan.

—Sí, por acaso; ¿qué se necesita?

—Da á este hombre, dos doblones de á ocho.

Doña Clara sacó un precioso bolsillo, y de él dos doblones.

—Aquí sobra dinero, señor—dijo con un acento particular el alcaide, al recibir las dos monedas de oro.

—Guardadlo—dijo don Juan.

—Viváis mil años, señor—dijo el alcaide apresurándose á abrir la puerta.

Doña Clara, llevando á don Juan de la mano, salió de la torre con la precipitación y alegría con que sale un pájaro á quien abren la jaula, y se metió con su marido en la litera.

—¡Ah!—dijo, cuando se vió caminando hacia el alcázar—, ¡gracias á Dios que ha pasado esta horrible pesadilla!

Y estrechó de una manera ardiente las manos de su marido que tenía entre las suyas.

Don Juan, sin embargo, se mostraba sombrío, pensativo y cabizbajo.

Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tenía aquella noche con ella en Puerta de Moros.

CAPÍTULO LXXVI

DE CÓMO EL COCINERO MAYOR CONOCIÓ CON DESPECHO QUE NO HABÍAN ACABADO PARA ÉL LAS ANGUSTIAS

Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tenía en su casa Francisco Martínez Montiño, se ocupaba en contar una gran cantidad de dinero que tenía sobre la mesa.

Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y á otro lado los escudos y los ducados de plata.

—Cabal, cabal—decía—, nada he perdido; ni un maravedí; mi mujer no me ha engañado; había puesto á cubierto mi dinero, y el señor Gabriel Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados están aquí... completos, justos. Sólo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y más que hubiera sido. El arca de hierro donde está el dinero de don Juan la tiene el mayordomo mayor del rey, y me será entregada, según me han dicho, para que yo responda de ella á su dueño. Además, ese bribón de sargento mayor que había llegado á inquietarme, ha muerto. Casaré á mi hija con ese Cristóbal Cuero, y allá se arreglen; haré lo posible para que el duque de Lerma dé un empleo al galopín Cosme Aldaba, y cuando todo esté hecho, me iré con Luisa y con lo que haya nacido á Asturias, compraré una tierra y viviré en paz.

El cocinero empezó á poner en sacos su dinero, y á colocar aquellos sacos en una arca.

—Sólo me inquieta una cosa—decía entre dientes y compungido...—la muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y á quien no me atrevo á delatar porque sería necesario delatar á mi mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo no he tenido la culpa; y luego, ¿quién sabe si aquellos polvos que me dió en la cárcel Cristóbal son un hechizo ó un veneno? los tengo aquí; me los metí sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevaré al señor Gabriel Cornejo que entiende de esto y él me lo dirá. Vamos... por último... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha sucedido.

Acabó de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y cerrándole cuidadosamente, se fué á una habitación donde su mujer y su hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden.

—¡Eh! ¿qué tal? ¿se te ha pasado ya el susto, mujercita mía?—dijo Montiño, en quien la debilidad era un defecto incurable.

—No ha sido tan pequeño que pase tan pronto, marido mío; si vos hubiérais sido mejor de lo que sois y no hubiérais pensado mal de vuestra mujer, y no la hubiérais hecho meter en la cárcel, estaríamos mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habéis hecho contra mí; yo no puedo perdonaros tan fácilmente.

Esto lo decía Luisa, subida en una silla, de espaldas á Montiño, clavando clavos en la pared y dejándole ver el pie más pequeño y el principio de unas piernas lo más bonito que podía darse.

—Vamos, no hablemos más de esto, mujercita mía; yo he estado loco y á los locos se les perdona todo; yo te compraré un justillo y una saya de terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te daré aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto.

—Ya sois bueno—dijo Luisa—, conocéis que habéis sido malvado, y queréis contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse el alma.

Y Luisa se echó á llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la muerte del sargento mayor á quien amaba, y con quien había pensado gozar fuera de España el dinero robado á su marido.

Pero Montiño era de esos ciegos que no ven ó no quieren ver, y exclamó:

—¡Válgame Dios y qué llanto tan inútil! ya no tienes nada que temer, y yo te amo más que nunca.

—No queréis que llore, ¡y me habéis llamado adúltera y miserable!—dijo Luisa buscando un pretexto á su llanto.

—Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba loco. ¿No estás bastante vengada de mí?

—No, no y no; necesito vengarme más.

—Pues bien, haz de mí lo que quieras, pero no me atormentes más con tus lágrimas. Tendrás todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas...

—¡Ah!—exclamó desconsoladamente Luisa.

—Y á mí, padre, ¿qué me daréis á mí?—dijo la Inesilla.

—A ti, hija mía, te daré un hermoso ajuar, un buen dote y te casaré con Cristóbal.

—¡Ay, padre! y ¡qué bueno es vuesa merced!

—No lo cree así tu madre, que dice que se ha de vengar de mí.

—¡Bah! madre Luisa está irritadilla... pero eso se le pasará: ¿no es verdad, madre?

—¡Eh! ¡no!—dijo Luisa.

—¡Todo sea por Dios!—dijo Montiño—; voy á las cocinas, que ya es tiempo de que yo vuelva de nuevo á mi obligación; quiera Dios que cuando vuelva te encuentre de mejor humor, mujer.

Y Montiño salió y se trasladó á las cocinas.

—Señor Gómez Puente—dijo al oficial mayor, que adelantó cuchilla y tenedor en mano—, ¿qué hacéis?

—Salpimento unos lechones, señor Francisco—contestó el oficial mayor.

—Muchas gracias, señor Gómez—dijo Montiño.

—¿De qué, señor Francisco?—dijo el oficial mayor.

—Todo está en orden, todo limpio, todo á punto; parece que no he faltado yo de las cocinas.

—Vos nos tenéis acostumbrados á trabajar bien.

—Veamos qué vianda habéis preparado á su majestad.

—Aquí está la lista—dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil.

Montiño desdobló con gran interés aquel papel y le recorrió.

—Bien, muy bien—dijo—; diez principios con perniles, diez platos de volatería, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos, seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estación y abundancia de conservas y dulces de repostería; bien, muy bien, señor Gómez; ya veo que no hago aquí gran falta. ¿Y la cena, señor Gómez?

—Hela aquí—dijo el oficial sacando otra lista.

Recorrióla con suma avidez Montiño y con cierto disgusto, porque no halló nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofendía su amor propio.

—Está visto que yo aquí no hago absolutamente falta—repitió—. Todo esto está muy bien.

—Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas—dijo Gómez—; hemos podido salir adelante dos días; pero si vuesa merced faltara un día más, no sabríamos cómo componernos. Así como así, faltan en estas dos listas algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan delicados, que sólo vuesa merced los sabe preparar.

—En efecto, y quiero hacer dos platillos de los míos reservados, para que el rey conozca que no me he muerto todavía. ¡Hola! Lamprea, hijo: prepárame unos filetes de ternera.

—Buenos días, ó más bien, buenos medios días, señor Francisco—dijo una voz áspera, en aquel punto, á las espaldas del cocinero, al mismo tiempo que una mano pesada se apoyaba en su hombro.

Volvióse de una manera nerviosa Montiño, y vió detrás al tío Manolillo que le presentaba una escudilla de madera.

Estremecióse el triste del cocinero.

El bufón le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresión que era un misterio para el cocinero mayor.

—¿Qué queréis?—dijo Montiño con la voz temblorosa de miedo.

—Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no puede esperar mi estómago á la mesa de mi hermano don Felipe; paréceme que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son de águilas; apropiadme una.

Montiño puso por sí mismo una hermosa empanada en la escudilla del bufón.

—Ahí veo formadas en batalla algunas botellas con telarañas; la masa, señor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella.

El cocinero dió al bufón una botella, que éste se puso debajo del brazo.

—Ahora, echadme aquí—dijo quitándose la caperuza—algunos pastelillos y confituras con que acabar mi almuerzo.

Montiño le llenó la caperuza.

—Muchas gracias, hermano—dijo el bufón.

—¿Y qué más queréis?—dijo con voz chillona, con impaciencia Montiño, viendo que el bufón con la botella bajo un brazo, la escudilla en una mano y la caperuza en otra, no se movía.

—Quiero que me acompañéis.

—Yo he almorzado ya.

—Que me acompañéis mientras almuerzo yo.

—No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera sobreasados por mi propia mano...

—Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado yo y que quiero que hagáis—dijo con voz ronca el bufón.

—¡Ah! ¡habéis inventado un manjar!...—dijo el cocinero, que tenía graves motivos para no atreverse á desobedecer al bufón—. Pues esto es distinto. Vamos, tío Manolillo, y veamos vuestra invención.

Y salió con el tío Manolillo.

—¡Pobre señor Francisco!—dijo el oficial mayor—. Cada día me convenzo más de que está loco.

—Tiene los ojos que le echan fuego—dijo otro de los oficiales.

—Y se sonríe de una manera que mete miedo—observó otro.

—¡Pobre señor Francisco!—dijeron todos.

Entretanto el bufón había llevado al cocinero á su aposento y se había encerrado con él.

Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empezó á comer con ansia.

—Es necesario alimentarse para tener fuerzas—dijo—, y sobre todo cuando hay que obrar.

—Decidme, tío Manolillo, ¿para qué me habéis traído aquí?

—Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al momento.

—Yo no puedo ir... y no iré...—dijo el cocinero.

—¿Cómo que no iréis? ¿Ignoráis que sobre vuestra cabeza pende un proceso de asesinato?

—El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso.

—¡Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandará prender de nuevo cuando se lo mande yo.

—¡En cuanto vos se lo mandéis! ¡Bah! vos sois algo fanfarrón, tío Manolillo.

—Oye, Montiño: si te vuelves á permitir burlas conmigo, te doy una paliza, ¿me entiendes?

El cocinero mayor se acobardó.

—Y si te niegas á servir á Dorotea te llevo á la horca.

Entróle pavor á Montiño.

—¿Pero en qué hay que servir á Dorotea?

—Puede suceder que Dorotea quiera matar á alguien.

—¿Y se valdrá de mí?

—Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno.

—Os digo que no, que no y que no—exclamó Montiño poniéndose lívido de miedo—; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo seré.

—Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy á revelar lo que sólo sabemos Lerma y yo; voy á convencerte de que Lerma es mi esclavo. Mira.

El bufón sacó de su pecho un legajo de papeles, le desató y, desdoblando uno de aquellos papeles, le dijo:

—Lee.

—¡Dios mío!—exclamó el cocinero después de haber leído aquella carta.

—Es una prueba de traición á favor de la Inglaterra contra el duque. ¿No es verdad? Pues lee estotra.

—¡Señor, señor!—exclamó el cocinero después de haber leído aquella segunda carta.

—Aquí se prueba que Lerma roba al rey, ¿no es verdad?

—Sí, sí.

—¿Y crees tú que quien tiene éstas y otras terribles pruebas contra Lerma no te tiene en sus manos?

—¡Dios mío!—exclamó medio muerto de terror el cocinero.

—¿Y crees tú que si yo digo á Lerma: «la vida de Francisco Martínez Montiño por estas cartas», no te llevará Lerma al cadalso?

—Tened compasión de mí, Manuel; tened lástima de un hombre de bien que ningún mal os ha hecho.

—Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. Tú eres mío y yo uso de ti. ¿Qué importa una muerte más? ¿No mataste anoche al amante de tu mujer?

—¡Le mató Dios, le mató Dios! ¡Yo solo fuí la mano de Dios!

—Pues bien, seguirás siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que Dorotea te mandará, habrás matado á ese infame.

—Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien.

—Lo tengo pensado.

—¿Y decís que...?

—Que si no obedeces á Dorotea vas á la horca.

—Dejadme tiempo para pensar.

—Si no te decides te dejo encerrado aquí, voy á ver á Lerma, le arranco la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia.

—Bien—dijo el cocinero sudando de angustia—, iré á casa de Dorotea.

—Vendrás conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con más fuerzas que nunca. Vamos.

Y llevándose tras sí á Montiño, que estaba adherido á él por el terror, salió de su aposento y poco después del alcázar.

Encamináronse á casa de la Dorotea.

Cuando llegaron á la puerta, el bufón dijo al cocinero:

—Llamad y entrad, aquí os aguardo.

Montiño llamó temblando.

Abrióse la puerta y apareció Pedro.

—Decid á vuestra señora—dijo Montiño con voz apenas inteligible—que aquí está el cocinero mayor del rey.

—No es necesario avisarla—dijo Pedro—; os espera y me ha dicho que en cuanto vengáis, entréis.

El cocinero entró, y poco después estaba á solas con Dorotea.

CAPÍTULO LXXVII

EN QUE SE ENNEGRECE Á SU VEZ EL CARÁCTER DE DOROTEA

La joven cerró las puertas en cuanto entró en la sala Montiño.

A pesar de su turbación, Montiño notó que Dorotea estaba llorosa, muy pálida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa había mucho dinero en oro.

—Tomad de aquí lo que necesitéis para una buena merienda para dos personas—dijo Dorotea.

Montiño, que iba resignado, contestó:

—¿Cómo queréis que sea esa merienda, señora?

—Como pudiera serlo para el rey.

—¿Con vinos y licores?

—Sí... sí... con vinos y licores.

—Pues bien, tomo diez doblones.

—Tomad lo que queráis.

—¿Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda?

—Para esta noche á las ocho.

—Es muy pronto.

—Tomad por vuestro trabajo lo que queráis.

—No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios.

—Cocina tendréis; utensilios, compradlos.

—Entonces se necesitan otros cuatro doblones.

—Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ahí está, os daré más.

—¡Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en palacio.

—Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda esté dispuesta para las ocho de la noche.

—Lo estará.

—El tío Manolillo os llevará á la casa donde habéis de guisar y servir esa merienda.

—¿Será necesario buscar vajilla?

—No, se llevará de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para lo cual no dudo que necesitáreis mucho dinero.

—¿Qué cosa, señora?

—Un veneno que mate como un rayo.

Y al decir estas palabras Dorotea, se cubrió el rostro con las manos y rompio á llorar.

—¡Un veneno, señora!—exclamó aterrado el cocinero—; ¡un veneno! ¿y para qué le queréis?

—Buscad un veneno; cuando habéis venido aquí, ¿no habéis venido resuelto á obedecerme?

—Sí.

—Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad más si es necesario. Ahí deben quedar sesenta doblones. ¿Habrá bastante?

—Sí; sí, señora.

—Pues tomadlos.

El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guardó.

—Oíd: el veneno le pondréis en una sola confitura, pero en gran cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaréis que no haya otra; á esa pera la pondréis un lazo rojo y negro.

—¡Señora! ¡señora!

—Estáis demasiado turbado; voy á escribiros lo que debéis envenenar, con la señal que debéis ponerle, para que no podáis equivocaros.

Y la joven se puso á escribir con mano segura, pero llorando sobre el papel.

Cuando hubo acabado de escribir, entregó el papel á Montiño.

—Tomad, idos—le dijo—; á las ocho todo ha de estar dispuesto. ¿Lo entendéis?

—¡Adiós, señora, adiós!—dijo Montiño, y salió apresurado, porque le parecía que saliendo de allí, se libertaba del horrible compromiso en que se veía metido.

Pero al abrir la puerta se encontró delante al tío Manolillo.

Entre él y el bufón creyó el cocinero ver levantarse los dos palos rojos de la horca, y se decidió á hacer todo lo que quisiese con tal de no verse colgado de aquel patíbulo horrible.

La fatalidad arrastraba á Montiño.

—¿Estáis dispuesto?—le dijo el bufón.

—Sí; sí, señor; estoy dispuesto á todo.

—Pues vamos á donde sea necesario ir.

—Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para preparar la vianda que quiere Dorotea.

—Vamos, pues.

No había pasado una hora, cuando Montiño, ayudado por el bufón, guisaba sin mandil y sin gorro, sin más oficial ni galopín que el tío Manolillo, en la cocina de una casa deshabitada.

Eran las dos de la tarde.

A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar á toda prisa un inmenso salón en aquella misma casa.

CAPÍTULO LXXVIII

EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA VERÍDICA HISTORIA

Era ya cerca del obscurecer.

En dos bufetes (así se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas aparadoras) se veían puestos en tres filas como hasta dos docenas de platos, conteniendo una riquísima variedad de manjares.

Sentado á un lado de la cocina, limpiándose el sudor que corría en abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable á pesar de la situación, su magnífica merienda, perfectamente arreglada, estaba el cocinero mayor.

Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnífica vajilla de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el tío Manolillo, ceñudo y taciturno.

Ninguno de los dos hablaba una palabra.

Pero como obscureció hasta el punto de que ya no se veía en la cocina, el bufón dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho á un criado:

—Encended una luz.

—Dejad, dejad que descanse un tanto, tío Manolillo—contestó humildemente el cocinero—; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las empanadas se han traído de fuera, pero así y todo, he hecho más de doce platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun siquiera galopines. Sólo yo podría hacer otro tanto; ¡qué día! ¡qué día, Señor!

—Después descansaréis—dijo el bufón—; pero antes, concluyamos; encended, encended la luz.

—¿Pues qué? ¿no hemos concluído?—dijo el cocinero levantándose.

—Yo creo que no.

—Pues yo creo que sí—dijo el cocinero mientras encendía una tras otra seis bujías que puso sobre los bufetes.

—¿No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir á la mesa, señalada con un lazo de seda negro y rojo?

Montiño se estremeció todo; sus ojos erraron vagos, atónitos, espantados, sin fijarse en ningún objeto.

—El lazo está aquí—dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el tío Manolillo—, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres reales, á pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montiño; ¿no es verdad que es muy bello?

Y desenvolvió el papel y mostró al cocinero un precioso lazo de seda.

Montiño miró y apartó instintivamente los ojos del terrible lazo.

—Además—dijo el tío Manolillo tomando otro papel más abultado—, aquí hay una porción de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese plato de confituras, Montiño, que esté vistoso; vamos, que se pasa el tiempo.

Montiño se acercó á uno de los bufetes, tomó un plato de frutas confitadas, y lentamente, pálido, convulso, fué poniendo á cada dulce un lazo, un adorno, una flor, que también las había.

Quedaba únicamente por poner el lazo negro y rojo.

Montiño le tomó con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que si hubiera sido un reptil ponzoñoso.

—Esperad, esperad—dijo el tío Manolillo—; voy á daros la confitura que debéis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa pera; tomad.

Y desenvolvió de un papel que tomó de sobre una mesa una magnífica pera confitada.

Montiño tomó la pera con la misma repugnancia que había tomado el lazo, y fué á adornarla con él.

—Esperad, esperad, Montiño—dijo el tío Manolillo—; aún falta algo á esa pera.

—¡Por Dios! ¡Por su Santísima Madre! ¡Por todos los santos y santas del cielo! ¡No me obliguéis á ser asesino!—exclamó el cocinero juntando las manos y llorando.

—Bien, no lo hagáis; todo se reduce á que desde aquí mismo os lleve yo á la cárcel.

—Pues bien—dijo Montiño desesperado—, no soy yo el asesino, sino vos, vos que me obligáis á elegir entre mi vida y la de otro; yo juro á Dios...

—Acabad, que lugar tendréis de jurar después.

—Pues bien, sea—dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregüescos—: que Dios tenga piedad de la criatura que va á morir.

Y sacó un papel ajado y le desenvolvió.

—¡Cuidado! ¡cuidado con lo que hacéis! no vaya á caer el tósigo en algún otro plato—dijo el bufón dando la confitura al cocinero y apartándole del bufete donde los otros platos estaban servidos—. Hacedlo aquí.

—Ni veo, ni sé lo que me hago—dijo el cocinero mirando con terror los polvos rojizos que contenía el papel.

—Pues ved de ver—dijo el bufón.

—¿Y cómo pongo yo esto en la pera?—dijo Montiño, cuya voz aterrada por el miedo, apenas se oía.

—Introducid el veneno con la punta de un cuchillo.

Montiño se dominó, tomó la pera, y con un cuchillo la hizo una hendedura. Luego, con una agonía infinita, llorando, rezando, estremeciéndose todo, tomó de aquellos polvos con la punta del cuchillo, é introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufón le hizo repetir esta operación tres veces consecutivas.

Una gran cantidad de los polvos había sido introducida en la pera.

—Ahora podéis ponerla ese lazo—dijo el tío Manolillo.

Montiño puso en la pera el lazo rojo y negro.

Tomó la pera el bufón, y colocándola sobre una hoja de parra contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras.

—Ahora podéis descansar cuanto queráis—dijo el bufón.

—No; no, señor—dijo el cocinero mayor—; lo que yo quiero es irme de aquí; irme muy lejos de aquí, porque aquí tengo mucho miedo, porque me muero aquí; porque creo que se me va á caer encima esta maldita casa. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Y se echó estrepitosamente á llorar.

El tío Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de arreglar la vajilla, una canción picaresca.

Pero había algo de horrible en el acento y en el canto del bufón.

—¿Dónde están mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?—dijo Montiño, que buscaba por todos los rincones.

—¿Cómo, os empeñáis en iros?

—Os juro que no me quedo aquí si no me matáis.

—Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa abandonada.

—Es que si he de quedarme solo, no me quedo.

—Y bien mirado—dijo el tío Manolillo, como hablando consigo mismo—, ¿para qué quiero yo á éste aquí? ¿para que cometa alguna imprudencia? Vamos, vamos, Montiño, saldremos juntos. Afuera están vuestras prendas.

Y tomando una bujía salió de la cocina.

En la pieza inmediata encontró el cocinero mayor su capa, su sombrero y sus armas.

Púsoselos como pudo, y siguió al tío Manolillo, que no se había detenido.

Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufón dejó la bujía en el patio, entró en el obscuro zaguán y abrió la puerta.

Montiño escapó con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa un pájaro á quien abren la jaula.

Y sin detenerse, sin volver la cara atrás, temeroso de ser cogido de nuevo, no paró de correr hasta que dobló tres esquinas.

Entonces se detuvo y escuchó con atención.

Nada se oía más que el rumor monótono y sostenido de la lluvia, porque seguía lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte á lo largo de las estrechas calles.

Miró y tampoco vió nada, porque la noche era obscura.

Montiño no podía apreciar en dónde estaba precisamente, porque había salido de la casa tan azorado, que no sabía si había tomado hacia la derecha ó hacia la izquierda.

Y tal era el miedo, tal la preocupación del menguado cocinero, que no se le ocurrió orientarse, ni otra cosa más que seguir adelante, y aun esto no se le ocurrió, sino que lo hizo maquinalmente.

Y siguió, siguió torciendo esquinas á la ventura, empapándose en agua, tropezando aquí, resbalando allá, sin encontrar ningún transeunte, sino de tiempo en tiempo y aun así sin reparar en él.

No se había atrevido á desenvainar la daga, porque temía no le aconteciese otra negra aventura como la que creía haberle acontecido la noche anterior; esto es: matar á un hombre entre lo obscuro, sin voluntad alguna de matarle.

Y siguió, siguió andando con paso tan rápido, que se cansó al fin y se sentó en el escalón de una puerta.

Y allí, encogido, temblando á un mismo tiempo de frío y de miedo, se puso á llorar sin saber por qué lloraba, porque el pobre cocinero mayor en aquellos momentos había perdido la conciencia de todo.

Pero pasó algún tiempo, y con el frío de la noche, con la lluvia, con el viento, afectado de una manera externa, fué volviendo al uso de sus facultades, recordando, apreciando su situación.

Entonces, no estando sujeto á la influencia próxima del tío Manolillo, la conciencia del cocinero se rebeló contra lo que había hecho, operóse en su alma una reacción poderosa, y se levantó como al impulso de un sacudimiento galvánico.

—¡Ah, Dios mío, Dios mío!—exclamó—; ¡no ha sido un sueño, no! ¡no ha sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo; de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee ese miserable, ¡ese infame Manolillo! ¡y por mi miedo va á morir una criatura humana y yo me condenaré! No, no; es necesario evitar... es necesario correr... avisar... ¿y á quién? á la justicia... porqué... ¿qué sé yo á quién quieren matar?...

El cocinero adelantó algunos pasos.

—Pero Dios mío—dijo al fin—, ¿dónde estoy yo? he venido hasta aquí sin saber por dónde he venido, y no pasa nadie, y la noche está obscura como boca de lobo.

En aquel momento y como contestando á la pregunta del cocinero, traído por el viento, llegó hasta él el sonido de un reloj cercano.

—¡Dios mío!—exclamó Montiño—; es el reloj de Nuestra Señora de Atocha. Me he perdido; estoy de extremo á extremo de palacio y son las nueve de la noche. Cuando yo salí de aquella maldita casa debían ser, cuando más, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa el crimen. Pero ¡ah! Dios sin duda me ha traído aquí cerca del padre Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelaré bajo secreto de confesión, y que tiene mucho ingenio y sabrá sacarme del paso sin comprometerme; y no hay que perder tiempo: ¡no, Dios mío, no!

Y siguió adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y casi á la carrera.

Cinco minutos después tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del convento y pedía al portero ver al padre Aliaga de orden del rey.

Inmediatamente fué introducido.

El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceñudo y sombrío, pensaba más que leía sobre un libro.

Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levantó la cabeza.

Al ver el aspecto de Montiño, su palidez singular, su temblor, y sobre todo, la extraña é insensata mirada de sus ojos, se estremeció instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, había creído ver el presagio de una desgracia.

—¿Qué sucede?—dijo cerrando el libro y levantándose.

—Sucede, que va á suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya.

—¿Un crimen? ¿Y por qué no habéis ido á la justicia en vez de venir á mi?

—Porque... porque... yo no revelaré ese crimen sino bajo sigilo de confesión.

—¿Pero no decís que va á cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el impedirlo.

—Por lo mismo, seguidme, señor, seguidme, y por el camino os haré mi confesión.

—Vamos—dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo sin avisar á nadie, de su celda con Montiño.

Cuando el portero vió salir no menos que á su señoría ilustrísima el inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, á tal hora y con tal prisa, y á pie con un hombre que había entrado en el convento trayendo órdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque aquello era verdaderamente extraordinario.

—Empezad, empezad, pues—dijo el padre Aliaga—, y sobre todo, sepamos á dónde me lleváis.

—A la calle de Don Pedro.

—Nos perderemos; está la noche muy obscura y nos hemos olvidado de tomar una linterna: esta calle está lejos. Volvamos al convento, y proveámonos de luz.

—No podemos perder un instante, señor; acaso ya no sea tiempo de impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asíos á mi brazo, que seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, á la calle de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; iría con los ojos vendados.

—Pues bien, vamos y apresurémonos—dijo el padre Aliaga recogiéndose con una mano los hábitos y asiéndose con otra del brazo de Montiño—; empezad, pues, os escucho—añadió el religioso.

—Advierto á vueseñoría que no le revelo nada sino bajo sigilo de confesión.

—Os prometo el sigilo por lo que respecta á vuestra persona, in verbo sacerdotis.

—¡Cómo!

—Bajo palabra de sacerdote.

Entonces, y con esta seguridad, Montiño se persignó y rezó apresuradamente la confesión general.

Después dijo:

—Hace dos horas envenené una confitura que ha de servir en una merienda.

Y apenas pronunciadas estas palabras, Montiño rompió á llorar.

El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montiño, hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtiéndose de fraile en hombre, y en hombre enérgico y terrible, exclamó sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa:

—¡Miserable! ¡habéis envenenado un manjar que debe comer una criatura de Dios!

Montiño tembló de los pies á la cabeza, vaciló y cayó de rodillas sobre el suelo encharcado, murmurando:

—¡Ah! ¡Perdón! ¡perdón, señor!—exclamó—; me aterraron... el tío Manolillo...

—¡El tío Manolillo!... ¡el bufón del rey!—exclamó aumentando en severidad el padre Aliaga—. ¡Pero levantáos y seguid! ¡Sigamos, corriendo, volando, si pudiéramos! ¡Llevadme al lugar donde esa criatura va á morir, donde está muriendo acaso!

El cocinero, que hacía ya mucho tiempo no era otra cosa que una máquina que se movía á voluntad de la potencia que tenía al lado, se levantó y dió á correr, temblando, llorando y rezando, todo á un tiempo.

El padre Aliaga, levantándose los hábitos, asido del brazo de Montiño, corría también.

—¿Y quién es la persona á quien mata el tío Manolillo?—dijo el padre Aliaga.

—¡No lo sé, no lo sé!—contestó todo gemibundo y miedoso Montiño.

—¡Cómo! ¿No os ha dicho el tío Manolillo?...

—No, ni la Dorotea tampoco.

—¿Qué decís de la Dorotea?

—La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar una merienda.

—¡La Dorotea!... ¡Dios mío! ¡Corred, corred, que la Dorotea quiere envenenar á una persona!... ¡Y no os ha dicho el nombre de esa persona!...

—No; no, señor.

—Si fuera por acaso don Juan Téllez Girón...

—¿Mi supuesto sobrino?

—Sí, sí; él ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le ama... le ama con toda su alma...

—Sí; sí, señor.

—Y pudiera suceder también que no sea á don Juan á quien se quiera matar... sino á su mujer... doña Clara de Soldevilla...

—¡Dios mío!

—¡Corramos! ¡Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y retrasan nuestra marcha.

Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse más que de tiempo en tiempo alguna exclamación angustiosa del cocinero.

Y así, sin encontrar á nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento, llegaron en muy poco tiempo á la calle de Don Pedro.

Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que se chocaban, y á poco un grito de agonía, tras el cual no se volvió á oír el choque del acero.

Montiño se detuvo, pero el padre Aliaga tiró violentamente de él y le arrastró hacia un lugar donde resonaban grandes golpes á la puerta de una casa.

CAPÍTULO LXXIX

DEL MEDIO EXTRAÑO DE QUE SE VALIÓ QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIÓN EN QUE LE HABÍA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS

Dejamos al final del capítulo LXXI á Quevedo y á la condesa de Lemos en un magnífico salón de una quinta, y sentados á una mesa admirablemente servida.

El moreno y hermosísimo semblante de la condesa estaba embellecido por el color febril de una excitación extraña; el amor, pero un amor lastimado, ofendido, receloso, entumecía sus ojos fijos en Quevedo.

Su mórbida garganta se hinchaba hasta el punto de que parecía no poderla contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qué la ceñía, y la magnífica cruz que pendía de esta gargantilla, se levantaba y descendía á impulsos de la continua dilatación y compresión del casi desnudo seno de doña Catalina; sus hermosas manos cuajadas de cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado blanco, temblaban al hacer el plato á Quevedo.

Este, por su parte, tenía fija una mirada atónita, ardiente, asombrada en la condesa.

Nunca la había visto, ni aun la había soñado tan hermosa.

Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar su hermosura.

El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cómo pensando en seducirle, en deslumbrarle, se había ataviado, todo lo cual la hacía resplandeciente, y luego el carácter particular de aquella aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban á la condesa un poderío terrible, tratándose de un hombre tan sensual y tan espiritual á un tiempo como Quevedo, que se sentía halagado por completo en los sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura, toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para él y sólo por él.

Y además, hasta la vanidad de Quevedo, que también tenía vanidad, estaba halagada, y su buen gusto, que le tenía exquisito, estaba satisfecho.

Todo lo que le rodeaba era magnífico, rico y bello; desde el techo, de madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una alfombra de terciopelo, las tapicerías, los cuadros, los cortinajes, los muebles, las arañas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de plata cincelada, las mesas cargadas de bujerías preciosas, aquella otra mesa con riquísimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y límpidos vinos generosos en costosas y raras cristalerías; el fausto, el brillo, la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para él solo, hermosa para él solo, enamorada para él solo, una mujer engalanada con un tesoro de joyas y del alhajas, semejante á un sueño, noble por su cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva, sensible, poética, valiente, obstinada, en lucha con él, todo esto mareaba á Quevedo, le aturdía, le adormecía, le fascinaba.

Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de Quevedo á un bello pórtico dorado y misterioso, á cuyo interior servía de telón una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse, por decirlo así, en los estribos y acordarse de su porvenir; sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza, á aquel su bellísimo presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la condesa.

Se encontraba en el alcázar mágico de una encantadora.

—Cuando hayamos dado un enorme escándalo—dijo la condesa sirviendo un plato á Quevedo y haciéndole la copa—; cuando sin temor á nadie ni á nada, seamos yo tuya y tú mío; cuando nuestro nido de amor sea más hermoso y más rico que éste; cuando nos rodee una familia tuya y mía...

—Dios me libre de bastardos..—dijo Quevedo mascando á dos carrillos y tomando una copa de oro rebosando de vino—. Un bastardo tiene la culpa de que nos suceda lo que no debía sucedernos.

—¡Qué! ¿te pesa... don Francisco?...

—Pesaríame por ti... ¿pero qué digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de mis ojos, bebe... embriaguémonos... olvidémonos de todo... pidamos á Dios que disponga como nos conviene de mi señor el conde de Lemos.

—¡Qué! ¿serías tú capaz?...

—Yo... ¡eh! ¡de qué he de ser yo capaz!... abriría yo de buena gana, que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte...

—¡Ah! sí... sí... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si tú fueras otro hombre, no sé á dónde me llevaría mi locura; pero si tú fueras capaz de una infamia... yo no te amaría...

—Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra conciencia. Pero... ¡no bebes, luz de mis ojos!

—No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el corazón no quiero perder la cabeza. Resígnate á ser mío, y no esperes escapar por ningún medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto.

—Hablemos con juicio, Catalina mía.

—¡Juicio! no sé si lo he tenido alguna vez; pero ahora sólo tengo amor y miedo de que te me vayas.

—No puedo irme; aunque estuviésemos separados, aunque tú, lo que Dios no permita, murieses, yo no me vería libre; tu memoria... la memoria de mi felicidad perdida, de mi corazón muerto...

—¡Ah! ¡don Francisco! ¡por qué antes no nos comprendimos!

—El hombre es necio é insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro para conocer que era suyo lo que le han robado... ¡oh! ¡si yo hubiera sido menos necio! ¡si no hubiera mirado en ti á tu padre!... porque en fin, ¿qué tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma, la has heredado de él; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros años he vivido soñando, y aún sueño... aún sueño...

Las dos últimas palabras de Quevedo fueron sombrías.

Después de pronunciarlas, inclinó la cabeza sobre el pecho, é instantáneamente la levantó, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos negros una expresión de soberbia y de blasfemia tales que aterraron á doña Catalina.

—¡Oh! ¡qué soy yo para ti!—dijo la joven comprendiendo la mirada de Quevedo.

—Tú... ¿qué puedes ser tú, Catalina? Tú puedes ser y eres mi diablo amor.

—¡Oh! ¡y qué palabras!

—Creo que he nacido maldito, Catalina—continuó Quevedo.

—Tú quieres asustarme.

—No...—respondió Quevedo con voz vibrante—; las palabras que te digo, se me salen á borbotones del corazón. Escúchame, Catalina: tú eres la única mujer nacida para mí; tú... tú tienes todo lo que yo he soñado en la mujer... ya lo ves, te estoy hablando frío y desnudo como si hablara conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo, porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos á ti, que eres mi mujer como yo tu hombre... ¿entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo de Satanás... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista fija en un punto, la cabeza firme en un propósito... ¿por qué te me pones delante de ese propósito? ¿por qué me has obligado á huir, á ofenderte?

Quevedo miraba de hito en hito á doña Catalina, que de hito en hito le miraba también.

Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias.

El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el mismo hombre que doña Catalina conocía; hasta su lenguaje, aquel lenguaje artificial, tan usado por él, había desaparecido.

Y era que doña Catalina, verdad para él, le arrastraba con su influencia, le llevaba por el camino de la verdad.

—Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco— dijo la condesa dejando su asiento, dando vuelta á la mesa, rodeando con un brazo el cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos.

—Ahora de mucho, de todo, Catalina mía—dijo Quevedo, rodeando la cintura de la condesa, que se estremeció.

—Cuenta conmigo.

—Cuidado con lo que ofreces—dijo Quevedo.

—Todo cuanto yo pueda es tuyo.

—¿La ambición de tu padre?...

—Sí...

—¿La vida de tu esposo?...

—Sí, y cien veces sí.

Pasó algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es, por sus ojos.

La condesa no vió aquella mirada breve y rápida, pero sombría, que pasó como un relámpago.

Si la hubiera visto se hubiera asustado.

Quevedo empezaba á cobrar miedo á la condesa.

Era demasiado enérgica, demasiado terrible.

Quevedo vió de un golpe que doña Catalina podía ser el obstáculo perenne de su vida.

Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio como doña Catalina, era respetable; más que respetable, terrible.

Quevedo llegó á temer si había más que amor en doña Catalina hacia él.

Si la ambición la impulsaba á recurrir á él por una poderosa simpatía.

Serenó su semblante, y atrayendo á sí con ambas manos la cabeza de la joven, la dijo:

—¡Oh, y cuan bien que brillaría sobre esta serena y noble frente una corona!

—Sí, una corona de mirto y rosas purpúreas—dijo doña Catalina sonriendo—; una corona de amor.

Desconcertóse Quevedo; doña Catalina no tenía más ambición que su amor.

Si la ambición de doña Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera tenido esperanzas de dominarla.

Para con doña Catalina no había otro dominio que el amor, y estaba escarmentada, recelosa.

—Dime, don Francisco—dijo doña Catalina sentándose sobre sus rodillas—: ¿es cierto que tú sueñas grandezas?...

—¿Yo?...

—¿Que, porque las sueñas, te sirves de la soberbia y de la locura del duque Osuna?

—El duque de Osuna es mi amigo.

—No; es tu criado.

—¡Catalina!

—¿No has pensado nunca en el reino de Nápoles?

Quevedo miró profundamente á la joven.

La joven sonreía de una manera singular.

—¡Rey!—dijo con acento hueco Quevedo—. ¿Y qué es ser rey?

—Ser esclavo de un favorito—dijo la condesa—; de modo que si el duque de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Nápoles, lo que no sería otra cosa que un reino más perdido para el rey de España, el secretario del virrey sería secretario del rey... ¿y quién sabe?...

—El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada más que para equivocarse.

—¿Y qué tiene que ver mi padre?...

—Tú... no has sido tú quien ha pensado ese desvarío que me supones... lo has oído al duque de Lerma.

—Es que te he adivinado, don Francisco.

—¡Y bien, qué! ¿Si eso fuera cierto?...

—Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de España, que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te amase... sería tus pies y tu cabeza; podrías obrar aquí y allá... aprovechar las ocasiones propicias... ¿Crees tú que yo puedo ser esa mujer?

—Sí.

—¿Crees tú que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti?

—Lo creo.

-¿Crees tú que sería capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase á ser reina?

—Sí.

—Y entonces, ¿por qué quieres destrozarme el corazón, abandonándome?

—Es que yo no te abandono, me ausento.

—Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. ¡Dicen que son tan hermosas las napolitanas! ¿No has dejado allí ningún amor, don Francisco?

—No he amado á nadie más que á ti; virgen del alma, me has tenido y no me has dejado alma para otra mujer.

—Pues bien; no nos separaremos.

—Es urgente, necesario, que yo salga de aquí esta noche. No sé lo que ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna.

—Yo lo sabré.

—Lo que yo puedo hacer por él no puede hacerlo nadie.

—¿Es decir, que tienes empeño en salir de aquí?

—Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al auxilio de don Juan.

—Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrás.

—Te aborreceré.

—Aunque me aborrezcas; ¿qué me importa, si insistiendo en huir de aquí me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la mujer de su amor.

Y doña Catalina se levantó irritada de sobre las rodillas de Quevedo.

—¿Conque somos decididamente enemigos?—dijo don Francisco.

—Aún hay un medio de entendernos.

—¿Cuál?

—Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Nápoles.

—¡Oh! pues entonces...

—Si me pruebas que me amas, abandono á España, y con el pretexto de la salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mías, me voy contigo.

—No puedes dudar de mi amor.

—Necesito una prueba.

—¿Cuál?

—Permanece aquí, deja á mi cuidado el salvar á ese don Juan, y cuando esté en salvo, partiremos juntos.

—A don Juan no puede salvarle nadie más que yo.

La condesa se irritó.

—Y bien—dijo—, tú me desprecias; á nada te avienes; quieres verte libre de mí... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; piérdete tú y piérdame yo en buen hora... todo me importa nada.

—Malhaya, amén, la primera mujer que vino al mundo para producir mujeres—exclamó perdida ya la paciencia Quevedo.

—Malditas sean—dijo la condesa—, si han nacido para ser tan desventuradas.

—Ello es necesario, señora, que yo salga de aquí—dijo Quevedo, acabando de perder completamente la paciencia.

—Por lo mismo que tú quieres salir, yo no quiero que salgas, y no saldrás.

—No me obliguéis á cometer una villanía.

—Será necesario que me mates, y nada me importa morir; ¿no te he dicho que estoy desesperada?

—Hasta en amor me persigue la desventura—dijo Quevedo.

—Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar.

Quevedo se puso á pasear á lo largo de la cámara; la condesa se sentó en un sillón silenciosa y sombría, y quedó profundamente pensativa.

Pasó algún tiempo, durante el que ni ella ni él hablaron una sola palabra.

De improviso se detuvo Quevedo.

—Paréceme que se acerca alguien—dijo.

La condesa se puso sobresaltada de pie.

—Y bien, ¿qué me importa?—dijo dominándose y sentándose de nuevo—; sea quien quiera, nada me importa.

—Pues no—dijo Quevedo—; oye, se acercan... llaman.

La condesa volvió á ponerse de pie.

Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oyó una voz de mujer que dijo recatadamente detrás de la puerta:

—¡Señora! ¡señora! ¡por amor de Dios! ¡oíd, si no queréis que suceda una desdicha!

La condesa se acercó á la puerta.

—¿Qué sucede, Josefina?—dijo.

—El señor conde de Lemos acaba de llegar á la quinta y pregunta por vuecencia.

—¡Ah! ¡mi marido!—dijo la condesa.

—¡Tu marido! ve, Catalina, evítame un desastre; el conde es orgulloso y yo estoy desarmado.

—¡Desarmado! ¡desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases, blancas, de fuego... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Espera, Josefina, espera... y tú espera también... Yo te juro que, á pesar de todos los condes y de todos los maridos del mundo, no te me escaparás, no huirás de mi.

Doña Catalina abrió violentamente la puerta y salió.

Quevedo la oyó cruzar por fuera una barra y echar llaves.

—Pues no—dijo Quevedo—, ella es muy capaz de engañar á ese imbécil de don Fernando de Castro, ó lo que es peor, de hacerle consentir en un convenio vergonzoso, como si lo viera; después de una hora de conversación con su marido, volverá para tenerme al lado y no separarse de mí en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ¡ah! ¡no! ¡Quevedo! ¡muy poco valdrás y merecerás todo cuanto te suceda si no logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel retrete hay armas, armémonos.

Quevedo tomó una bujía de sobre la mesa y se dirigió á una puerta situada á un extremo de la cámara, la abrió y entró.

En los ángulos había algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una especie de espeteras de madera rica y tallada, gran número de espadas y dagas; algunos preciosos pistoletes se veían acá y allá.

Quevedo tomó una espada, una daga y dos pistoletes, después de cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; á seguida salió de la cámara y abrió una de las puertas que suponía de balcón; pero se había engañado, aquella puerta tenía detrás una fuerte reja.

Quevedo era un hombre de imaginación pronta; recordó que en el estante, entre las armas de caza, había algunos frascos de pólvora, y entró, se apoderó de aquellos frascos y los puso junto á la reja; luego, con la daga, abrió algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellenó de pólvora aquellos huecos, puso en comunicación con ellos un reguero que llevó hasta un lugar desde donde podía ponerle fuego á cubierto de la explosión de las cargas de pólvora de la reja, y á continuación se puso á apilar las mesas, las sillas y los muebles junto á la puerta de entrada.

Luego se dirigió á aquel misterioso apartamiento, cubierto por una cortina, en el que tantas veces se había fijado la vista de la condesa, y se encontró en un precioso dormitorio. Quevedo suspiró, pero suspirando cargó con un colchón y le llevó á la cámara; volvió y cargó con otro, y así sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el montón que cubría la puerta de entrada de la cámara; y cortinas, tapices, cuadros, ropas, todo fué á parar allí, y todo esto en pocos momentos.

Entonces Quevedo aplicó la luz de una bujía á aquella especie de pira que casi tocaba al techo, y luego otra bujía y luego otra; una llama viva y brillante apareció á los pocos momentos, y un humo denso y blanco inundó la cámara.

Era inevitable un incendio.

La cámara debía convertirse en pocos minutos en una hoguera.

Quevedo aprovecho el tiempo, se fué al ángulo donde empezaba el reguero de pólvora que iba á terminar en los depósitos de pólvora de la reja y le puso fuego; instantáneamente retumbó una detonación y á seguida un golpe, como de un objeto desprendido y que había parado á poca profundidad.

Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies, corrió al vano cubierto antes por la reja, y la encontró franca.

Como había previsto Quevedo, la pólvora había hecho volar la reja.

Y sin pararse á meditar si la altura era ó no tal que pudiese arrojarse á tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dejó caer.

Pero Quevedo no había contado con el reblandecimiento de la tierra por una lluvia que había sido constante durante cuatro días, y sucedió lo que no podía menos de suceder: que al llegar al suelo se clavó hasta las rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa imposibilidad de salir por sí solo.

Dejémosle allí para concluir este capítulo y sigamos á la condesa de Lemos.

Su primer cuidado fué cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no se hiciese sospechoso á su marido.

Por poco que quiso tardar, tardó lo bastante para que, cuando fué á encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cámara principal de la quinta, éste la recibiese de una manera duramente excepcional.

Ni uno ni otro dieron señales de alegría al verse, como convenía á esposos que habían estado separados largo tiempo.

La condesa hizo una reverencia á su marido, y don Fernando de Castro bajó levemente la cabeza en contestación al saludo de doña Catalina.

—Paréceme, señora—dijo el conde—, que habíais tomado la resolución de haceros ermitaña.

—Si lo sabíais no debíais haber dado ocasión á disgustarme, respetando mi voluntad.

—Siempre nos hemos llevado mal, señora, desde el momento en que nos casamos, y en que tuvísteis la franqueza de decirme que, casada conmigo contra vuestra voluntad, nada podía esperar de vos, sino vuestra sumisión á vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisión; yo no he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habéis respetado mi honor.

—Bien; concluid.

—¡Tenéis un amante!

—Fuerza era que yo amara á alguien.

—¡Lo confesáis!

—Había pretendido que no lo supiérais; había tomado mis medidas para ocultároslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningún derecho tenéis sobre mí, sino delante del mundo, y aquí estamos solos, os lo confieso: amo á un hombre y soy suya... es más... lo seré.

—¿Y quién es ese hombre?

—Don Francisco de Quevedo.

—¿Y está aquí?

—Aquí está.

—Bien: esto me da ocasión para encerraros en un convento y matar á ese hombre.

—Al separaros de mí... ruidosamente, perderéis la administración de mis bienes.

Púsose pálido el conde.

—Si me servís—continuó la condesa—os pagaré bien.

—¿Meditáis bien lo que decís?—dijo aturdido el conde, porque la amenaza de perder la administración de los bienes de su mujer le había aterrado.

—Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo había querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera querido más bien que hubiérais meditado mejor lo que os convenía y que nos hubiéramos entendido tácitamente. Pero ya que me habéis amenazado, yo, que si estoy obligada á ser vuestra ante los hombres, no lo he estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que tengo un esposo del corazón; que digna y honrada he sido de ese esposo, por más que yo no se lo haya confesado; que suya seré únicamente, y no vuestra ni de ningún otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro nombre, que podrá suceder se necesite, tomad de mí lo que queráis y contad con mi apoyo en la corte.

—Lo que me decís—dijo balbuceando el conde—es horrible.

—Haced lo que mejor os plazca; en ocasión estáis de consentir ó de rehusar.

—Pero el escándalo...

—Evitaréle yo por mí misma.

—Lo pensaré.

—Pensadlo en buen hora.

En aquel momento sonó una detonación, y poco después se oyeron las voces de los criados que gritaban:

—¡Fuego! ¡fuego en la cámara de su excelencia la señora condesa!

—¡Eso es que Quevedo se me escapa!—exclamó doña Catalina.

Y corrió desolada al lugar del incendio.

Entre tanto el conde sacó del bolsillo una carta, la retorció y la puso á la luz.

Aquella carta ardió.

Aquella carta antes de quemarse decía:

«Excelentísimo señor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que habéis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro lugar un amante, y se solaza con él en vuestra hacienda del río.»

Esta carta no tenía fecha y era anónima.

CAPÍTULO LXXX

DE CÓMO EL INTERÉS AJENO INFLUYÓ EN LA SITUACIÓN DE QUEVEDO

No sabemos cuánto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso hubiera perecido, á no ser por un incidente imprevisto para él.

Y decimos si acaso hubiera perecido, porque el incendio había progresado con una voracidad tal, que las llamas salían en turbiones rugidores por las rejas de la cámara de la condesa de Lemos, al poco tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no debían tardar en caer, debían caer sobre él inflamados.

Al resplandor de estas llamas, Quevedo vió un hombre embozado que se deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no habían podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros.

—¿Quién será éste—dijo Quevedo—que adelanta y me mira? ¿estaría cercada la casa? pues si es así, á lo menos con éste me quedo.

Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le armó y apuntó.

—¡Eh! ¡vive Dios! ¡don Francisco!—dijo deteniéndose de repente el embozado que adelantaba—; ¿así queréis tratar á quien viene á salvaros?

—¡Ah! ¡por mis pecados! ¿conque eres tú, Francisco de Juara?—dijo todo admirado Quevedo—. ¡Milagro patente que tú hagas una buena acción!

—Me conviene. Os tengo cogida una palabra.

—Cógeme primero á mí, y sácame de este atollo.

—A eso vengo, y por vos esperaba. Allá va la punta de mi capa, que si yo me meto me atollo también y somos dos pájaros en vez de uno.

—Paréceme bien la idea y agárrome á ella—dijo Quevedo agarrándose á la punta de la capa que le había echado el matón.

Tiró éste, y crujiendo costuras, abriéndose telas, y con gran trabajo, logró verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en cada pierna y perdidos los zapatos.

—Descalzádome has, condesa—dijo Quevedo—, pero fuego te dejo; agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo y de ti me escapo; no creía tanto; pero días pasan y días vienen, y tal vez llegue alguno en que vuelva á pedirte lo que de mí contigo se queda. ¿Y á dónde vamos en esta guisa?—añadió Quevedo.

—Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un caballo.

—¿Está muy lejos ese ventorrillo?

—Como un tiro de arcabuz.

—¿Sabes que, sin ofensa, no me fío de ti, Juara?

—Hacéis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me confieso vuestro.

—Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que tú me veas las espaldas.

—No me quejo, y delante echo.

—Vóime fiando de ti, porque te tengo fiado.

—Dentro de poco fiaréis más.

—Paréceme que suena gritería en la quinta.

—Sin duda vienen á apagar el fuego.

—Pues andemos de prisa, si es que yo puedo.

—Ya no dan con nosotros; está muy lejos y por aquí hace obscuro.

—Pues silencio, no nos sientan.

Siguieron caminando en silencio.

Poco después estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un ventorrillo.

—Ahora—dijo Juan—, lo que importa es que vuesa merced se mude de medias y se ponga zapatos.

—¿Y con qué, voto á Baco?—dijo Quevedo.

—Con mis zapatos y con mis medias.

—Paréceme bien—dijo Quevedo echándose fuera las calzas enlodadas—, pues digo que el enclavamiento fué donoso.

—A él debéis la vida, que si la tierra no está blanda, os estrelláis.

—¿Y tú qué vas á ponerte?

—Las medias y los zapatos del ventero.

—¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape.

—Como gustéis.

—Pues en marcha—dijo Quevedo—, ya estoy listo.

—Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga.

Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos que le había dado el ventero.

—Saca los caballos—dijo á este último Juara—, y toma un ducado.

El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos.

Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid.

—¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!—dijo Juara—no entráis en parte donde no hagáis daño.

En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.

—Oblíganme—dijo Quevedo—, malo me hacen culpas ajenas; la maldición me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos trae el viento.

—¡Las nueve!—dijo Juara.

—Pues pica largo, y gracias que aún están abiertas las puertas; enderecemos á la de Segovia.

—Me place; que así podremos dejar en el mesón del Bizco los caballos.

—A caballo iré yo hasta el alcázar, que así llegaré más pronto.

—Como queráis.

—Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenías cogida una palabra.

—Sí por cierto: á prima noche, cuando os libré de los alguaciles que os llevaban á Segovia, para entregaros á cierta dama, me ofrecísteis si os soltaba dinero y una compañía en los tercios de Nápoles. Yo dije para mí: ahora no puedo soltar á don Francisco, porque la condesa de Lemos no me lo perdonaría nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no la tema; pero después que yo haya entregado á don Francisco, es distinto. En efecto, apenas entrásteis en el coche, dije á aquel criado de la condesa, amigo mío, si sabía á dónde os llevaban y aun tuve que darle algún dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no sé á dónde irá la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he oído allá en la casa que se había mandado arreglar la cámara de la señora en la quinta que tiene el señor junto al río.

—Bueno—dije para mí—; ya sabemos algo; y despidiéndome de mi compadre, me metí en Madrid y me fuí en derechura á casa del conde de Lemos. Yo esperaba que habiéndole sido levantado el destierro á su excelencia, y estando cerca, hubiese llegado á Madrid, y no me engañé. El conde de Lemos había llegado al obscurecer, y no encontrando á la condesa en su casa, se había ido á la del duque de Lerma; entonces, me metí en la primera taberna que encontré, escribí una carta al conde avisándole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un galán en la quinta del río, llevé la carta á casa del duque de Lerma, la entregué con un doblón á un criado para tener seguridad de que la carta había llegado á manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era para esperada, fuíme de allí al mesón del Bizco, alquilé dos caballos, y por lo que pudiera tronar me fuí á rondar la quinta.—Ya veis que si no es por mí no escapáis, y que he ganado bien todo el dinero que queráis darme, y á más mi compañía de los tercios de Nápoles.

—Rico serás y capitán, Juara, y perdónenme los soldados á quienes en ti tal capitán he de darles.

—Tendrán en mí una cabeza valiente.

—No lo dudo; ni tampoco de que les darás buen ejemplo; pero llegamos á la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alcázar.

Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco después Quevedo, echando pie á tierra en la puerta de las Meninas, dijo á Juara dándole las bridas:

—Desde ahora estás á mi servicio.

—Muy bien, don Francisco, y me alegro.

—Despídete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta misma noche marchamos á Nápoles.

—Todos los cuidados los llevo conmigo.

—Bien; busca un buen coche de camino, ajústalo para Barcelona y llévalo al mesón del Bizco.

—Muy bien.

—Después busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados á la jineta y con arcabuces, que no están los caminos muy buenos para ir desprevenidos.

—¿Y dinero para todo eso?

—Ya se te dará.

—¿Y para cuándo ha de estar todo preparado?

—Para las doce de la noche.

—Estará.

—Pues adiós, que me importa no perder tiempo.

—Quede vuesa merced con Dios.

Juara se alejó, y Quevedo se metió en el alcázar y se encaminó en derechura á la habitación de doña Clara Soldevilla.

CAPÍTULO LXXXI

DE CÓMO QUEVEDO SE ASUSTA MÁS DE SABER QUE DON JUAN ESTÁ EN LIBERTAD, QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO

Doña Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entró en su cuarto Quevedo.

La joven le recibió con alegría.

—Pláceme—la dijo Quevedo—, encontraros tan bien entretenida...

—Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte.

—Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de peligros; ¿conque nos vamos?

—Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os ha buscado.

—Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido.

—¿Qué os ha pasado?

—Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.

—Don Juan también ha estado preso.

—Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado.

—No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada; pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.

—¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina, os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!

—Sí; él y vos habéis sido declarados libres.

—¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey?

—Indudablemente ha sido el duque de Lerma.

—¡El duque de Lerma!—dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose pálido—; el duque de Lerma no hace nada de balde.

Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió:

—Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan, ¿dónde anda que junto á vos no le veo?

—Ha salido—dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en Quevedo—; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba...

—¿Y no le habéis preguntado?

—Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido.

—Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?...

—Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero pensar en ello.

—Ni hay para qué—dijo Quevedo—; amores de un día han sido, ó por mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple.

—Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa.

—¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?...

—Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante?

—¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa mujer.

—Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella.

—¿Pero no sabéis nada de cierto?

—No; Juana, mi doncella, fué á buscar á la comedianta con un pretexto: con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa mujer no estaba en casa... es decir, no recibía á nadie.

—Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, señora, que hemos de marchar esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de media hora á don Juan.

Y Quevedo, saludando á doña Clara y evitando prolongar la conversación, salió, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio.

—Y es muy posible—decía encaminándose hacia la casa de la Dorotea, bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento—; es muy posible que los celos de doña Clara sean verdades; se prende á don Juan, no bastan las lágrimas de una mujer como doña Clara para que le suelten, ni aprovechan para nada las súplicas de la reina. Después y de motu proprio, el rey nos pone en libertad. Veo detrás del rey á Lerma, detrás de Lerma al bufón, y detrás del bufón á la Dorotea. ¿Quién había de haber creído que esa muchacha era capaz de un amor tal? ¡pecador de mí! de modo que si le sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doña Clara, yo tengo también un presentimiento. ¡Dios quiera que quede en imaginación y en miedo, que tal podría suceder, que no lo olvidásemos en mucho tiempo!

Y don Francisco apretó cuanto pudo el paso, y llegó al fin casa de la Dorotea.

Llamó con la misma desenvoltura que si á la puerta de su casa hubiera llamado.

Pedro contestó desde arriba.

Quevedo intimó que le abriesen.

Pedro replicó que su señora no estaba en casa.

Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama dispensaba á Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir.

—Entrad y os convenceréis—le dijo—: si queréis esperar á la señora, esperadla.

—Dejadme, sin embargo, subir, hija.

—Subid enhorabuena.

Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la alcoba.

—Pues es verdad—dijo.

—¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?—dijo Casilda.

—Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad.

—Veamos—dijo Casilda.

—¿Dónde está tu señora?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de manos.

—Tú sabes dónde está tu señora—dijo Quevedo encarándose de repente á Pedro.

—¡Yo!

—Sí, tú: te estás rascando una oreja.

—Porque me pica.

—No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está mi señora.

—No; no, señor, yo no lo sé.

—¿A dónde has ido con un recado de tu señora?—dijo á bulto Quevedo, pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan dominadora, que Pedro se turbó.

—¡Pero don Francisco!...—dijo Casilda.

Quevedo no la dejó continuar.

—Vendrá la justicia, y se sabrá todo—dijo—, y os llevarán á la cárcel y... lo pasaréis mal... porque no sabéis de lo que se trata.

—¿Pues de qué se trata?

—¿Por qué nos han de llevar á la cárcel?—dijeron á un mismo tiempo los dos domésticos.

—Por encubridores.

—Nosotros no encubrimos nada—dijo Casilda.

—Yo no sé nada—añadió Pedro.

—Sabéis demasiado: peor para vosotros si no queréis declarar, porque todavía sería tiempo de impedir un gran crimen.

Quevedo, sin saberlo, decía la verdad.

Los criados de Dorotea se aterraron.

—Yo sólo sé que la señora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes de obscurecer se ha vestido como una diosa—dijo Casilda.

—Yo sólo he ido á llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal á una casa de la calle de Don Pedro.

—¡Vajilla! ¡copas! ¡botellas! ¿y dónde?... ¿hacia dónde de la calle de Don Pedro está esa casa?

—Hace esquina á la calle de la Flor.

Quevedo no esperó á saber más.

Una intuición poderosa le decía que habiendo salido Dorotea en silla de manos, vestida como una diosa, según el dicho de Casilda, no podía haber ido á otra parte que á aquella casa á donde Pedro había llevado vajillas de plata y de cristal.

Allí donde estuviese Dorotea, allí debía estar don Juan.

Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre ésta y el bastardo de Osuna, en que intervenía el tío Manolillo, asustaba á Quevedo.

Por la primera vez de su vida procuró correr.

No pudo; pero por la primera vez de su vida, á pesar de la defectuosa configuración de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa.

La calle á donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid.

CAPÍTULO LXXXII

EN QUE EL TÍO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA Á DOROTEA

Apenas había salido Quevedo del cuarto de doña Clara Soldevilla, cuando uno de sus criados la anunció que el bufón del rey quería hablarla.

En otras circunstancias doña Clara se hubiera negado á recibir al tío Manolillo; pero el tío Manolillo era una persona allegada á la comedianta Dorotea, á aquella mujer que la hacía probar la amargura mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su orgullo, en su dignidad; doña Clara, pues, mandó que introdujesen al tío Manolillo.

Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento.

Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte, instantánea.

Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral, terrible, que estremeció á doña Clara:

—¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!... ¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí?

Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles, incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de horrible alegría.

—¿Qué decís?—dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara.

—Digo que sois viuda.

—¡Viuda!—gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho!

—Sí, viuda—contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero sacudimiento—; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis daros por viuda porque os lo roban.

—¡Que me le roban!

—¡Sí, no volverá!

—Explicáos, ó por mi alma, llamo...

—Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por última vez á su hermoso don Juan?

—¡Está con ella!

—Sí, con Dorotea.

—¡Mentira!

—Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré.

—¿Dónde están ellos?

—Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la amo... la amo... y quiero... quiero venganza.

Doña Clara no le escuchaba.

Buscaba apresuradamente un objeto.

Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en él.

—¿Decís, Manuel—exclamó con voz concentrada y breve—, que sabéis dónde están juntos ese hombre y esa mujer?

—Sí—dijo el bufón.

—Venid.

Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar, como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de caracol.

El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía.

Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos guarnecidos de clavos.

Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura; salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta.

A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla.

El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón volvió á su paseo.

—Llevadme donde están—dijo doña Clara.

—Seguidme—contestó el bufón.

Y tiró adelante.

Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres cuando andan de prisa.

Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la joven, la ponía al otro lado del arroyo.

Luego él y ella seguían su rápida marcha.

En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.

De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío Manolillo y doña Clara:

—¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.

El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.

—¡Quevedo!—exclamó doña Clara.

Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del cual al parecer había salido la voz.

—¡Doña Clara!—exclamó Quevedo—, ¿con quién venís?

—Con el tío Manolillo.

—A mis espaldas, á mis espaldas, señora—exclamó Quevedo poniéndose rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.

—¡Ah! ¡ah!—dijo soltando una horrible carcajada el bufón—; ¿conque habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por medio?

Y acometió hierro en mano á Quevedo.

—Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara—dijo Quevedo parando los primeros golpes del tío Manolillo—; las habemos con un gato garduño, tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.

El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza de su rabia.

—Ved que me canso, tío—repitió Quevedo.

El tío Manolillo redobló su ataque.

—¡Ah!—dijo Quevedo—; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor, descansemos.

Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de debajo de los pies.

Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo, apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba jadeante.

Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y se preparó.

Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á la carrera.

—¿Quién va?—dijo Quevedo.

—El cocinero de su majestad—contestó una voz angustiosa.

—¿Y quién más?—repitió Quevedo.

—Fray Luis de Aliaga—contestó otra voz.

—¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía amigos.

Pero doña Clara no contestó.

Helósele la sangre á Quevedo.

Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.

—¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo—. ¿No traéis con vosotros una luz para ver lo que ha acontecido á doña Clara?

—¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?—dijo el padre Aliaga.

—La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.

—¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!—exclamó el padre Aliaga—. Pero socorrámosla; ¿dónde está?

—Vamos—dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña Clara—; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.

—¿A dónde vais?

—A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, Montiño.

—Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.

—Os ayudaremos los dos y es más breve—dijo el padre Aliaga.

Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.

Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre Aliaga.

A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en España.

Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor general.

Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto.

En efecto, sólo estaba desmayada.

Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era valiente, su valor era el valor de la mujer.

El cocinero mayor se quedó encerrado con ella.

Pero antes dijo á Quevedo:

—Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato envenenado.

—¡Ah!—exclamó Quevedo, y escapó.

Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró.

Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave.

El bufón no se movía.

Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le había seguido:

—Entremos, fray Luis, entremos.

Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta volvió á cerrarse.

CAPÍTULO LXXXIII

EN QUE SE VE QUE EL BUFÓN Y DOROTEA HABÍAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO

Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón magníficamente engalanado.

Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de cera encendidas.

Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y adornada con un lazo rojo y negro.

A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.

A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente contrahechas, salían las bujías.

Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa; una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices, y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos.

Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego.

Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por lo que habían pedido.

Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de ducados.

¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su amante en una habitación rica y bella.

Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer envuelta en un manto.

Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa.

La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado abajo su embozo.

Eran Dorotea y el bufón.

Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid; la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público, aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en hermosura.

La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.

Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin, emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada, sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como una sombra al ser tocadas.

Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos; estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea, contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón de brillantes y encendidos rubíes.

Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho, flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no había visto nadie.

Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.

Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas.

Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo.

—Gracias, Manuel—dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al bufón—; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico.

—Ha costado mucho y se ha trabajado bien—dijo el tío Manolillo con la voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.

—¿Qué hora es?—dijo la joven.

—Ya es hora de ir en su busca.

—Pues id; tengo grandes deseos de acabar.

—¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar?

—Esta agonía que me devora, esta muerte en vida.

—Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.

—¿Qué?—dijo Dorotea sonriendo tristemente—¡vengarme!

—¡No, tú no le matarás!—dijo el bufón—; ¡le amas demasiado! ¡no te atreverás!

—¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?—dijo Dorotea sin contestar á la observación del tío Manolillo.

—Aquí, en este plato del centro—dijo el bufón estremeciéndose—; esa pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno?

—Para un último caso.

—¿Pero qué último caso es ese?

—Que don Juan no quiera seguirme.

—Mientes; no hay nada preparado para una marcha.

—Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará.

—Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida.

—Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá nada; don Juan me debe la vida también.

—Don Juan no te ama.

—Peor para él.

—Doña Clara le tiene loco.

—¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á esa mujer.

—Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye, Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera...

Y el bufón tendió su mano hacia el plato.

—Dejadla, dejadla ahí—dijo Dorotea—; en cuanto á doña Clara, mirad, Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí...

—¡Oh!—dijo con alegría el bufón—, la traeré.

—Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel, caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo, se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero... quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella... quiero...

—¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón, tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada, muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito!

Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado.

Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo rojo y negro.

Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.

Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.

—Don Juan estará esperando—dijo al bufón.

—¡Oh! ¡no piensas más que en él!—dijo el tío Manolillo sin detenerse en su paseo.

—Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por él.

—¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.

—Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego, Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?

—Nadie te escuchará, hija mía—dijo dolorosamente el bufón.

—Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa, dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.

—¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?

—El.

—¡El!

—Sí, él.

—¡Pero entonces ese veneno!

—No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.

—Lo haré; pero no te comprendo.

—Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.

—Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?

—No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad á doña Clara en paz.

—¿Pero no habías pensado vengarte?...

—Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él.

—¿Pero qué es lo que ha de saber él?—exclamó el tenaz bufón.

Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia.

—¿Sois mi señor ó mi amigo?—exclamó—¿pretenderéis que os diga lo que cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no puedo deciros?

—Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.

Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.

—Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago. Voy por don Juan.

Y el bufón salió.

Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de Moros.

Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre.

Se acercó á él y le dijo:

—¿Esperáis á una persona?

—Sí.

—¿Os llamáis don Juan?

—Sí.

—Seguidme, os esperan.

—Guiad.

El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien aborrecía, porque no amaba á la comedianta.

Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco espacio á la calle de Don Pedro.

Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso.

—No receléis en entrar—dijo el tío Manolillo procurando dar á su acento el tono más amistoso posible—; venturas os esperan, que no desgracias; el amor os llama, no la traición.

—Adelante—dijo don Juan.

—Seguid mis pasos—dijo el bufón entrando y cerrando la puerta—; cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien—dijo el bufón deteniéndose—, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan. Adiós.

El bufón se volvió.

Don Juan entró.

Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo.

—No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre—dijo—; ella está fuera de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré, comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?

Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso en acecho.

CAPÍTULO LXXXIV

EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN

Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.

Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente bello y fuertemente voluptuoso.

Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.

Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.

A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.

Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.

Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa, tembló, se deslumbró.

Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.

De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.

Pero Dorotea la retiró.

—Perdonad, señor mío—le dijo sonriendo—; pero me hacéis mucho daño, y no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para no volverse á ver.

—¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?

—Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.

Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de Dorotea, y se sentó.

Dorotea retiró su sillón.

Don Juan dijo para sí:

—Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.

Entrambos guardaron por un momento silencio.

Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.

-¿Cuándo os vais?—le dijo Dorotea.

—Nunca—respondió el joven—; me quedo con vos.

—¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis?

—¡Oh, vos me amáis!

—Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra.

—¿No más que el alma?

—No más.

—¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada?

—¡Desesperada! ¿y por qué?

—Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un volcán comprimido...

—¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos.

—Tratándose de vos, yo soy enteramente libre.

—Pertenecéis á doña Clara.

—Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis...

—Yo no os diré eso jamás.

—Harélo yo... os seguiré.

—No me seguiréis... os lo juro.

—¿Y por qué?

—Porque no debéis seguirme.

—No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la vida?

—Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha tenido doña Clara.

—Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente.

—Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio.

—¡Vuestro aprecio!

—Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya que nosotros no podamos ser felices.

—Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea, una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad, Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que ponga á prueba vuestro amor.

—¿Y cómo le pondríais á prueba?

—Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles tentaciones.

—No... no moriréis...—dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano y dejándosela besar.

Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de que don Juan cubrió su mano.

—Basta de locuras, don Juan—dijo Dorotea—; os he llamado para cenar con vos antes de separarnos para siempre.

—¡Separarnos! pero eso no puede ser.

—¿No veis que estoy vestida de una manera particular?

—Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes, que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.

—No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.

—¡Ah! ¡para casaros conmigo!

—No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión; nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.

—¿Es decir, que me olvidaréis?

—Sí.

—No os creo.

—Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis.

—¿Habláis formalmente, Dorotea?

—¡Oh! ¡sí!

—¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea.

—Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido.

—¿Vais á meteros á monja?

—¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No, don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido, don Juan!

—No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos, en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible.

—Sí, el resultado de una decisión irrevocable.

—Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza?

—Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.

—Si vos cenáis—dijo sonriendo don Juan—, cenaré yo.

—Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca, que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada respiro más que el amor que siento por vos.

—¿Y á qué entonces esa extraña mentira?

—¿Qué mentira?

—La de vuestro casamiento.

—Quisiera que no fuese una horrible verdad.

—Os repito que no os comprendo.

—Dentro de poco me comprenderéis.

—¿Y me amáis?

—Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego. Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca, sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar, y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía, mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir, acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos... bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la locura, y yo estoy loca.

Dorotea se levantó y llenó dos copas.

Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan.

—Por mi amor—dijo don Juan bebiendo.

—Por mi vida—dijo bebiendo también Dorotea.

Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á sentarse en el sillón.

Don Juan acercó el suyo.

Por aquella vez Dorotea no se retiró.

Don Juan rodeó la cintura de Dorotea.

Dorotea se alzó radiante de dignidad.

—La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que vendía sus favores—dijo—; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.

Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.

Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.

—Dorotea—dijo al fin don Juan—, ¿queréis que hablemos seriamente?

—¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?

—Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en que estamos colocados.

—Hablemos.

—¿No hay un medio de unirnos?

—Ninguno.

—¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?

—Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.

—Vivamos como amantes.

—¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?

—Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.

—Y bien; suponiendo que yo consienta...

Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.

—Escucha, alma de mi alma—la dijo don Juan—; una casita bella, apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...

—¡Sin celos!...

—¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!

—¡Ay de mí!—exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.

—¡Bebamos, luz de mi alma!—dijo don Juan, y se levantó y llenó las copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que Dorotea tomase la suya.

Dorotea se inclinó para levantar á don Juan.

Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de amor y de deseo del joven.

Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble beso.

Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las escaleras:

—¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose, acariciándose, embriagados de amor.

Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos, abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña Clara.

Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho de nuevo.

—Sentáos, don Juan—le dijo—, y hablemos por último con seriedad; hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis propuesto es imposible.

—¡Imposible!

—Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened mucho valor si me amáis.

—¿Qué queréis decirme con esas palabras?

—Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me olvidaréis jamás.

—¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos, que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?...

—Mi amor.

—Extraño amor que se complace en despedazarme.

—Amor desdichado, muerto apenas nacido.

—Dorotea, no me obliguéis á ser villano.

—Conmigo no podéis ser más que lo que sois.

—Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo.

—¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay ninguno que comprenda el alma de una mujer.

Don Juan calló confundido.

—Oye, don Juan—dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y con los ojos arrasados de lágrimas—: yo no comprendo el amor como tú le comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más; tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada, cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria, y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre, porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti..

—¡Una carga!

—Sí, una carga enojosa.

—¿Crees tú que yo reparé jamás en...?

Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente.

Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había pronunciado; las oyó dentro de su corazón.

—No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso; el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después un remordimiento, porque me abandonaríais...

—Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo no te amo!

—Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás loco...

—No vivo más que para ti.

—Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo.

—¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable, ¿por qué me amas?

—¡Don Juan!—exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven—; ¡don Juan! ¡mira no mientas involuntariamente!

—No, no; te amo—dijo don Juan estrechándola contra su seno.

Dorotea pugnó por desasirse.

—Sólo á ti amo—murmuró el joven en su oído.

Dorotea rompió á llorar.

—Por ti y para ti viviré—continuó el joven—, y escucha: mi vida es tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid, pero saldré contigo, todo por ti y para ti.

—¡Separarte de doña Clara!—dijo Dorotea levantando de sobre el hombro de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa—. ¡Ser mío, únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta, contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!

—¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!

—¿Y partiremos?

—Sí.

—¿Desde esta casa?

—Sí.

—¿Y no volverás á ver á doña Clara?

—No amo á nadie más que á ti.

Y don Juan la atrajo á sus brazos.

Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma, que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.

En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad, alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una mujer vivamente deseada.

Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un violento esfuerzo para desasirse de ellos.

Su palidez había crecido.

Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.

Luego volvió á sonreir.

Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía completa.

—La hora de la partida se acerca—dijo apoyándose dulcemente en el hombro de don Juan.

—Partamos—dijo don Juan levantándose.

—Espera, espera un momento—dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.

Don Juan exhaló una exclamación de asombro.

Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.

Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.

—Siempre, siempre tu sed—dijo Dorotea—; nunca tu amor.

—¡Cómo! ¿aún dudas?

—No, no dudo ya—dijo la joven.

Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.

—¿Qué haces?—dijo don Juan.

—¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!—contestó Dorotea fijando una mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se veía en medio de la mesa.

Y tomó una botella y llenó de vino una copa.

—Yo también tengo sed—dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.

Dorotea llenó otra copa.

Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro y rojo.

Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus mejillas.

Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un frío agudo.

—Estos confites son muy buenos—dijo—; probémoslos antes de beber.

Y tomó la pera envenenada.

Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.

—Toma—le dijo, y le mostró la confitura.

Don Juan extendió la mano.

Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió exclamando:

—No, no; esta es para mí, para mí sola.

Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de aquel confite mortal, le devoró.

A seguida cayó de rodillas.

—¿Qué haces, Dorotea?—dijo don Juan.

—¡Dejadme! ¡dejadme orar!—exclamó la joven.

—¡Orar!—exclamó asombrado don Juan.

—Sí; orar por mi alma—respondió Dorotea.

Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.

En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de espadas.

Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en sus brazos.

La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera embriagadora.

—¡Oh! ¡no me olvidarás!—exclamó.

—¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!

Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.

—¡Adiós!—exclamó Dorotea entre un beso ardiente.

—¿Por qué me dices adiós, alma mía?

—Me llama mi esposo—dijo sonriendo siempre Dorotea.

—¡Tu esposo!

—Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo eternamente con él.

—Sí, sí—exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea—; no nos separaremos jamás.

—Sí—dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan—; vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.

—¡Con la muerte!—gritó don Juan.

—Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.

—¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!—gritó don Juan, llamando.

—¡No hay nadie! ¡estamos solos!—exclamó Dorotea.

Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.

—¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!—exclamó don Juan reteniendo entre sus brazos á Dorotea.

Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un dolor más agudo.

Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado.

Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á Dorotea.

—¡No me abandones! ¡no me dejes!—exclamó—; quiero morir en tus brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh Dios mío!

Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó sobre la alfombra.

Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror.

Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan; luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos pasos desatentados, y cayó desplomada.

Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de horror.

Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible.

Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte.

Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se hiela.

Momentos á los cuales sucede una reacción horrible.

Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer comprender:

—¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí!

Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca helada de Dorotea.

Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando violentamente su daga, exclamó:

—¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo!

Y volvió la punta de su daga al pecho.

Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos, retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena de hierro.

—¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!—dijo una voz.

Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.

Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de la situación los sintiera don Juan.

—¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro y se me escapa!—gritó Quevedo luchando con don Juan.

El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada.

—Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura—dijo Quevedo.

El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don Juan y le quitó dos pistoletes.

—¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!—dijo Quevedo soltando al joven.

Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre un sillón, y se cubrió el rostro con las manos.

—Vamos—dijo Quevedo—, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos salvar á esta infeliz.

—¡Muerta!—dijo el padre Aliaga roncamente.

Y se arrodilló junto al cadáver y oró.

Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno.

Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó:

«Don Juan—decía—: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me améis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me habéis hecho demasiado daño para que yo quiera vengarme de vos; me he vestido de boda para acudir á vuestra cita; de esa cita saldré envuelta en una mortaja; sois noble y generoso, y el único medio que tengo para que no me olvidéis jamás, es morir en vuestros brazos; cuando leáis este papel, habré muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo pierdo; hasta mi alma; sé que no me olvidaréis nunca, mientras viváis, y quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os haga infeliz; amad... amad mucho á vuestra esposa, porque si os ama como yo os amo, y un día se ve desdeñada por vos como yo me he visto, morirá como yo muero. Adiós, recibid mi alma.—Dorotea.»

Y por bajo se leía:

«Decid á don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajón de la mesa de la sala, está mi testamento; que lo haga cumplir.»

Dos lágrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel.

...arrancó la daga al joven y le quitó la espada.

Luego le dobló en silencio, y le guardó.

—Padre Aliaga—dijo dirigiéndose al religioso que oraba en silencio—, vos os quedaréis, ¿no es verdad?

—Debo orar junto á esta desgraciada, y tanto más, cuanto que es hija de otra infeliz, á quien he amado mucho, antes de dejar el mundo.

—Y yo necesito apartar de aquí á don Juan.

—Sí, sí; lleváoslo.

—Esperad, esperad—dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos hacia Dorotea.

—¡Que hacéis!—dijo dulcemente el padre Aliaga.

—¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez!

—Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver—dijo el padre Aliaga, poniéndose delante de Dorotea.

—¡Oh! ¡para qué quiero vivir!

—¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!—dijo severamente Quevedo—; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra desgracia mayor!

—¡Clara! ¡mi esposa!—exclamó don Juan.

Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y lloró.

—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo—; la vida es un sueño de Satanás!

—¡Sí, sí, un sueño horrible! ¡pero, seguidme! tomad vuestras armas, que ya no hay peligro en que las toméis, y vamos.

Don Juan tomó sus armas, su sombrero, su capa, y siguió á Quevedo; pero antes de salir se volvió hacia Dorotea.

—¡Doña Clara os espera!—dijo Quevedo.

Don Juan siguió á su amigo, y entrambos salieron de la casa.

El padre Aliaga se quedó orando al lado del cadáver de Dorotea.

CAPÍTULO LXXXV

EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUÍDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO QUEDEN SUELTOS

El cocinero de su majestad supo al día siguiente, al ir á oír misa á Santo Domingo el Real, una noticia horrible.

Al pasar junto á dos comadres que charlaban en una esquina, oyó las siguientes palabras:

—Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; está que da compasión verla: los ojos hundidos, que le cabe un puño en cada uno; la boca torcida... ¡ella, que era tan hermosa!... dicen que ha muerto de repente.

Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.

Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo:

—Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha trastornado.

—¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella casa parece un jubileo!—dijo una de las viejas—; yo he sudado y me he estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real! Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero. ¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida, vamos, que ya es tarde.

El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.

Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición, pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara y don Juan.

En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.

Por la mañana se durmió y despertó á las diez.

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...

(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro, y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una casualidad, pero una casualidad reparable.)

Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio, decíamos, el cocinero mayor saltó del lecho, se vistió apresuradamente, y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fué ir á arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le había sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la noticia de la muerte de su víctima.

Porque Montiño no tenía duda, no se atrevía á tenerla; Dorotea le había mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea había muerto de repente, luego Dorotea se había envenenado.

Nada tiene, pues, de extraño, la parálisis total que acometió al cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea.

Hacía un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todavía estaba Montiño hecho un garabito en el mismo lugar donde se había parado para informarse.

Pero de repente se enderezó, se volvió y dió á correr como un insensato en dirección á la calle Ancha de San Bernardo, atraído por ese magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino.

Cuando llegó hubo de detenerse; la afluencia de gentes le había cortado el paso.

La calle estaba llena.

Y nada tenía esto de extraño.

La Dorotea era muy conocida, y á más de esto, se daba una abundante limosna á la puerta de su casa.

Montiño codeaba á derecha é izquierda, pero no podía pasar.

Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada:

—¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar!

Y redoblaba sus gritos.

Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron paso.

Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa.

En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á los pobres que se presentaban.

Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno se colaba.

Colábase también Montiño.

—¡Eh! ¿á dónde vais?—le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del brazo.

—¿Que á dónde voy?—dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é insensata al alguacil—. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se la lleven?

A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió la cabeza y le reconoció.

—¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?—dijo también lloroso Pedro—. ¡Oh, qué desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos jamás!

—¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!—exclamó Montiño—; pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo?

—Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño. Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la casa—dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño.

El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras, atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la casa, y componían aquella especie de duelo criaderil.

—¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?—dijo Montiño dirigiendo bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea.

—¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena!

Y siguieron las lágrimas y los sollozos.

—¿Pero cómo se ha muerto la señora?—dijo Montiño, cuya voz tenía á cada momento una acentuación más extraña y más punzante.

—¿Y qué se yo?—dijo Casilda—; yo no la he visto morir.

—¿Pero no ha muerto en la casa?

—Sí; sí, señor, según dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray Luis de Aliaga, que la trajeron allá muy tarde.

—¿Que la trajeron?

—Sí, señor; la trajeron al obscurecer; la señora había salido muy engalanada con el tío Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado al tío Manolillo.

—Eso dicen, eso dicen—exclamó el cocinero mayor—; pero seguid, seguid; decíais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron á la señora.

—Sí; sí, señor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando; luego se encerraron con ella, y después salió don Francisco de Quevedo; á poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un escribano; entonces supe que mi señora había muerto; pero había tenido tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor general, ni escribano que autorizase su última voluntad.

—¿Y no vino ningún médico?

—Sí; sí, señor, el doctor Campillos, que era el médico del coliseo; allá dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de Quevedo.

—¿Y no dijo de qué había muerto?

—Sí; sí, señor: de repente, de enfermedad natural.

—¡Eso dijo!

—Sí; sí, señor, eso dijo.

—¿Y eso ha escrito la justicia?

—Sí, señor; eso ha escrito.

Al través de su locura un rayo de razón penetró en el pensamiento de Montiño, ó más bien un instinto de conservación.

Aguantóse, dejó las cosas como los hombres y la justicia de los hombres las habían puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, más poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte.

Y la fascinación que le había llevado hasta allí, poderosa, terrible, le arrastró todavía.

Se despidió de Casilda, y se entró en la sala.

Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo cubiertos con paños de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo cubierto con un paño negro.

En medio de la sala, sobre un magnífico lecho rodeado de gigantescos candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadáver, humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca.

A los cuatro ángulos del lecho había cuatro lacayos de gran librea, inmóviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos.

Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma.

Detrás del lecho se veía la manguilla negra de terciopelo bordado de oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martín.

El cura y los clérigos de la parroquia, y en medio de ellos el inquisidor general con sus hábitos negros y blancos de dominico, rezaban.

Detrás de los sacerdotes, arrodillados, rezando también, había una multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto.

Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cómicos de los coliseos de Madrid.

Al fondo de la sala, junto á la puerta de entrada, silenciosos y graves, había algunos hidalgos.

Al verse allí, el cocinero mayor sintió un vértigo horrible, parecióle que las luces se agrandaban, que se iban hacia él, que le rodeaban, que giraban, que subían, que bajaban, que se revolvían en un torbellino de fuego.

Parecióle ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro y flameante, levantarse el cadáver de Dorotea, adelantar, asirle, estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo.

Y presa de este vértigo infernal, Montiño adelantó con paso nervioso, lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente dilatados, con la boca contraída, temblorosa, con el semblante lívido, estremeciéndose todo, hacia el cadáver, junto al cual llegó y le contempló de una manera horrorosa en el momento que la clerecía empezaba á entonar el terrible salmo: Dies iræ, dies illæ.

Montiño no pudo resistir más; su cabeza se partía, su pecho se abrasaba, y antes de que pudiese separarse de allí, su locura estalló, y gritó con un acento espantoso:

—¡Perdón! ¡perdón! ¡yo pasaré todos los días de mi vida en la penitencia! ¡pero! ¡suéltame! ¡suéltame! ¡no me arrastres contigo! ¡yo pasaré mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti!

Y tras esto, en medio del escándalo de los que en la sala estaban, dió con su cuerpo en tierra.

—Este hombre está loco—dijo el padre Aliaga, mandando sacar de allí al cocinero mayor, y llevarle á un cuarto, en donde se encerró con él.

Pero había causado tal impresión la muerte de la Dorotea, habían dicho tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se había murmurado tanto, que se sospechó por todos, y aun se dió por seguro, que allí había gato encerrado.

El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento, á quien ya conocemos, había sido llamado entre doce y una de la noche anterior por el duque de Lerma.

El duque de Lerma había llamado al alcalde de casa y corte, porque entre diez y once de la noche había estado encerrado un largo espacio con él don Francisco de Quevedo.

Quevedo había hecho llegar, valiéndose de frases hinchadas y misteriosas para obligar á los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que sólo contenía estos tres renglones:

«Excelentísimo señor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros la cabeza; pero yo os daré este cuchillo si me dais licencia para hablaros.—Francisco de Quevedo.»

Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente á Quevedo, fué todo uno.

Quevedo entró con unos papeles en la mano.

Y por cierto que aquellos papeles estaban teñidos de sangre.

Pero digamos antes de dónde venía Quevedo.

Cuando salió con el corazón desgarrado de la casa donde había visto muerta á Dorotea, llevando consigo á don Juan, hizo dar á éste algunas vueltas por las tenebrosas calles.

Aún no había dejado de llover, y Quevedo, que como tenía de todo, era algo médico, esperó que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan.

Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en los nervios.

No se engañó don Francisco.

La excitación nerviosa del joven se modificó.

Anduvo por algún tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo.

Luego exclamó:

—¡Qué sueño tan horrible!

—Ya que de sueños habláis—dijo Quevedo—, tomad lo pasado como sueño y escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres son terribles. Olvidad.

—No puedo.

—Domináos.

—Tengo el corazón despedazado.

—Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra esposa.

—¡Clara!

—¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis!

—¡Dorotea!

—Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio.

Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la llaga y la estrujaba.

La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar.

Calumniaba á Dorotea.

—¿Qué decís, don Francisco?—exclamó el joven.

—Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos.

—¿Perderme y ha muerto por mí?

—Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?

—No... eso es inconcebible.

—Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la mujer que le ha desdeñado.

—¡Oh, no! ¡no puede ser!

—Y sin embargo, es.

—Yo... me había entregado enteramente á Dorotea.

—Dorotea sabía que mientras existiese doña Clara, ella no podía ser para vos más que un entretenimiento.

Quevedo estaba en la situación, y sus últimas palabras influyeron terriblemente en el ánimo del joven, porque había oído aquellas mismas palabras á Dorotea.

—¿Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?—dijo.

—No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la más terrible de las rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera satisfecho su deseo por vos, y á los quince días os hubiera burlado.

Don Juan no contestó.

Cada una de las palabras de Quevedo, le hacían experimentar el frío de la hoja de un puñal.

El implacable Quevedo continuó:

—Y dad gracias á Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me haya traído á tiempo de impedir el gran crimen que había meditado Dorotea, y su contrahecho amante el bufón del rey.

—¡Cómo! ¿aquel hombre era...?

—Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era su puñal.

—Me estáis revelando cosas horribles.

—Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en que se la quita la camisa.

—¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer?

Quevedo notó con alegría, con una alegría sui generis, que don Juan llamaba esa mujer á la desdichada Dorotea.

—Habían querido matar á un ángel.

—¿A Clara?

—Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos, porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa, os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera matado segura de que os dejaba á entrambos muertos.

—¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco!

—El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la aflige, es otro.

—¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera!

—Y sufre y llora.

—Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos?

—¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después de lo que habéis sufrido?

—Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado.

—Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos.

—Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha cerciorado.

—Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa fácil hacerla ver lo negro blanco.

—No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el cielo después de haber salido del infierno.

—Es necesario que la mintáis.

—La diré que he ido á ver á mi madre.

—No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma.

—¿Y para qué?

—¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey para partiros esta misma noche de Madrid?

—¡Ah, sí! ¡Es cierto!

—Pues vamos.

—Vamos.

—Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro.

Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para que compusiese su semblante.

Llegaron á la esquina y Quevedo le quitó el sombrero para verle mejor el rostro.

—No importa que os mojéis la cabeza—dijo—; cuanto más agua cae sobre el fuego, mejor.

—Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre—dijo don Juan sonriendo de una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedió espantado.

—Esperad; os he enseñado mi corazón, ahora voy á mostraros mi valor.

Y don Juan se sonrió de una manera franca, abierta, natural, tranquila.

—¡Oh! ¡Sí, sí, hijo mío!—dijo Quevedo conmovido—; tenéis un hermoso corazón y un valor como hay pocos; ello pasará, ello pasará; vuestro corazón es todo entero de doña Clara, y ella será el ángel glorioso que os cure de ese otro ángel condenado. Vamos, hijo mío, vamos; seguid siendo valiente y acordáos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la inapreciable compañera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras fuerzas, preparáos y no hablemos más.

Y tiró de don Juan. Algunas calles más allá se encontraron en la de Don Pedro. Quevedo llamó á la puerta de la casa donde estaba doña Clara Soldevilla.

Cuando entró en el aposento donde estaba ésta con don Juan, la joven se levantó de una silla y corrió á su marido, le asió las manos temblorosa y le miró con ansiedad.

Quevedo despidió al cocinero mayor, que todavía estaba allí. Don Juan sonrió enamorado, transportado de alegría, á doña Clara. Y esta alegría no era fingida.

Quevedo había operado con su cruel tratamiento una reacción en el ánimo del joven; le había ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le había hecho temblar por doña Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella, estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la agonía del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y enamorados, en contacto con aquella vigorosa organización que se estremecía aterrada.

Don Juan lo olvidó todo; no vió más que á doña Clara.

Su vista fué para él lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de placer, y de amor, y de alegría, y de esperanza, abrazó á doña Clara y la besó en la boca.

Quevedo miraba aquello con una triste gravedad.

—¡El alma de los jóvenes!—dijo—; ¡humo que agita el viento en el cielo de la esperanza! Helos curados á los dos.

—¿Dónde has estado?—dijo doña Clara.

—Casa del duque de Lerma.

—¡Oh! sí—dijo doña Clara con toda la fe de su alma—, no podía ser otra cosa; me habían engañado horriblemente.

Quevedo dejó á los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de los vecinos de la casa envió á pedir dos sillas de manos.

Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doña Clara y don Juan entraron y se dirigieron al alcázar.

Luego, con la otra silla de manos se fué á la casa donde estaba el padre Aliaga, con lo que había sido Dorotea, abrió, hizo que los ganapanes que conducían la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera.

Poco después Quevedo abrió é hizo que los conductores llevasen la silla, cerró la puerta, y á pie y lentamente escoltó la silla de manos.

Dentro de la silla iban el cadáver y el padre Aliaga.

Más allá de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el cadáver del tío Manolillo.

Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se encerraron con ella, Quevedo se fué sin vacilar al cajón de la mesa donde, según la postdata de la carta póstuma de Dorotea á don Juan, estaba el testamento de la comedianta.

Abrióle, y le encontró fechado y autorizado con muchos días de anterioridad, á pesar de que con arreglo á todos los indicios, había sido otorgado aquel mismo día.

Dorotea dejaba su hacienda al bufón, al cocinero mayor, á sus dos criados Pedro y Casilda, á los pobres y á su alma.

Al bufón, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al cocinero mayor, por un gran beneficio que le había hecho, mil doblones; á Pedro y Casilda, mil ducados á cada uno; cuatro mil ducados para los pobres, que debían darse de limosna para su alma, y diez mil ducados á la parroquia de San Martín por una sepultura en tierra, sin losa ni letrero, y para sufragios por su alma.

Esta cantidad debía encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto debía completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles.

Quevedo leyó conmovido este testamento, y sobre todo una cláusula en que Dorotea le constituía su albacea único y le suplicaba tomase en amor suyo, en memoria suya, la prenda que más quisiese de lo que dejaba.

Quevedo se enjugó las lágrimas con el envés de la mano, y luego escribió con mano firme al fin del testamento:

«No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrísimo señor Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de Nápoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro señor, que conmigo firma aceptando.—Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago.»

Esto escrito, Quevedo apartó del cádaver al padre Aliaga, y le leyó el testamento.

Oyólo en silencio el confesor del rey.

Pero cuando Quevedo leyó la nota adicional escrita por él, exclamó:

—¡Qué! ¿Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros?

—Antes de irme yo os abriré camino fray Luis.

—¿Y por qué no os quedáis? ¿por qué no nos ayudáis con vuestras grandes fuerzas á soportar el enorme peso de aconsejar á su majestad en la gobernación del reino?

—Líbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos serían para seguidos; y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir á donde mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queráis aquí; que en cuatro días que hace que en esta última vez en la corte ando, han sucedido cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que á donde yo voy va la desdicha, y el bien que hago sangre y lágrimas me cuesta.

—Os debemos, sin embargo, demasiado.

—Quédanse las cosas como se estaban, y no podía suceder de otro modo; que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja á quien se la va el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me mandáis para Nápoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera de Madrid antes de que acabe la noche.

—Sacadme antes de iros, si podéis, de este pantano en que me encuentro.

—A ver voy á Lerma y os le enviaré, y él hará lo que sea menester, que él lo puede todo.

—¿Y no volveremos á veros por aquí?

—Acaso.

—Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribiéndonos, no nos olvidaréis.

—Así haré, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy diligente. Y adiós, fray Luis, y no me detengáis más, que estoy decidido y aún me queda que hacer, y ansia tengo por acabar.

—¿Y no os despedís de esa desdichada?

Quevedo se volvió en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entró en ella, se acercó al lecho, asió una helada mano del cadáver y se descubrió.

Su ancha frente, nublada, sombría, transparentando un pensamiento desesperado, parecía absorber el amarillo reflejo de una lámpara que estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de una virgen de los Dolores.

La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadáver afeado por la muerte, de que quedaban aún los hombros desnudos, redondos y mórbidos, y las maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tenía algo de espantoso.

—Te he calumniado—dijo—en el corazón del hombre por quien has muerto; pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de ti quede algún tiempo sobre la tierra.

Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba.

—Adiós, fray Luis, adiós—dijo abrazándole—. Hasta que la desdicha nos vuelva á juntar.

—Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir vuestras amarguras.

Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho del duque.

Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer.

—Explicadme esto, don Francisco—le dijo.

—La explicación está en estos sangrientos papeles—dijo Quevedo entregando al duque los que llevaba en la mano.

El duque los examinó rápidamente.

Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían sujeto.

—¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco?

—Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que quería ya lo tengo, una audiencia vuestra.

El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles.

—Nada habéis hecho—dijo Quevedo—, si no quemáis también vuestra ambición y vuestra soberbia.

—¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis?

—Porque no quiero.

—¡Breve estáis!

—Tengo prisa.

—¿Y á qué habéis venido?

—A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos.

—Veamos.

—Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado.

—¿Habéis muerto ó herido?...

—He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa. Allá está en la calle de Don Pedro.

—Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte.

—Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido justa.

—Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto.

—Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa deshabitada, de cuya puerta es esta llave.

Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.

—En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que á Dorotea.

—¡Cómo! ¡pues qué ha sido de Dorotea!

—Debéis alegraros por lo que toca á vuestra hacienda, aunque la lloréis como cristiano; la Dorotea os tenía apurado; dándose muerte desesperada, os ha librado de apuros y de gastos.

Púsose densamente pálido el duque de Lerma.

—¿Pero quién ha asesinado á... Dorotea?

—Su despecho.

—Su muerte va á causar un alboroto, un escándalo; era muy querida del público.

—Pues ved ahí lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento en el escándalo que iba á dar matándose.

—Pero explicadme...

—Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre con la infeliz, como el otro con el bufón.

—Se enterrará, se enterrará. ¿Pero dónde está Dorotea?

—En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del inquisidor general.

—¿Y qué más queréis, don Francisco?

—Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.

—Pediré la licencia á su majestad.

—Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han dado sin que lo sepa su majestad.

El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa, escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió.

—Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias—dijo Quevedo tomando el pliego.

Y se encaminó á la puerta.

—No me atrevo á deciros más—dijo el duque—, porque estoy seguro de no reteneros.

—Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas—dijo con un acento singular Quevedo—; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su majestad.

Y Quevedo salió.

Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento.

—Tomad—dijo el duque dándole una orden firmada por el rey—; presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico.

—¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!—dijo doblegándose todo el alcalde.

—Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último servicio.

—Mandad, señor.

—En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro.

—¿Y quiere vuecencia que se descubra?...

—Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda, ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida.

—Lo haré, señor.

—Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda.

—A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo.

—Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os necesitaré aún.

Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su semblante.

Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal.

En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.

Pero el corazón humano es un abismo.

Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.

Le sacrificaba.

Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la magnificencia del duque de Lerma?

No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos.

Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.

Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.

Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de consuelo.

Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era hombre que lo entendía.

El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su entierro se terminó el proceso.

Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin piedra ni letrero.

Había cesado de llover y hacía sol.

Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una larga carta del duque de Osuna.

El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.

A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara.

Aquellas cartas respiraban felicidad.

El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus celos.

Atemos los últimos cabos.

Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don Rodrigo.

El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó del mismo modo el incendio del corazón de la condesa.

En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus posesiones de Nápoles.

En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos que acabamos de relatar?

La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un razonable odio.

Doña Clara tenía á su don Juan.

La condesa de Lemos á su don Francisco.

Dorotea y el bufón habían dejado de sufrir, porque los muertos no sufren.

Doña Ana seguía siendo la maestra de amor del príncipe de Asturias.

El padre Aliaga quedóse más desesperado que lo estaba cuatro días antes.

Unos personajes habían ganado.

Otros se habían quedado como estaban.

¡Pobre Francisco Martínez Montiño! Tú solo, parte paciente de esta historia; tú, pagador constante de pecados ajenos, tú solo fuiste la víctima superviviente á estas aventuras de cuatro días lluviosos.

Su locura se había determinado.

Perdió, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya pérdida no se le indemnizó sino con dejarle un mechinal donde vivía en palacio y una mezquina pensión nominal, porque no se le pagaba.

No le encerraron porque su locura era tranquila.

Consistía ésta en la manía de querer hacer creer á todo el mundo, que detrás de él, siguiéndole, persiguiéndole, engalanada con sedas y joyas, iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba, Dorotea se sentaba á la cabecera de su cama.

Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de palacio, era una verdad para el infeliz.

Veía por todas partes á Dorotea, engalanada, pero lívida, horrible. Huía de sí mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba consigo, porque su locura había dado una forma real á sus remordimientos.

El infeliz se había quedado solo.

Su mujer se había fugado con un nuevo amante, robándole su dinero ahorrado en tantos años, los dos mil doblones que había contenido el cofre de hierro que había traído de Navalcarnero Francisco Martínez Montiño, donde había hallado las pruebas de su nacimiento don Juan Téllez Girón, que éste le había cedido generosamente, y los dos mil ducados que le había legado Dorotea, como precio horrible de su envenenamiento.

Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas, comiendo de la caridad de los que en otro tiempo habían sido sus oficiales, fué necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria, le señalase una pensión decente, le diese aposento cómodo en uno de sus palacios de Madrid, y destinase una persona á su servicio que sólo tenía esta obligación, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien no hemos vuelto á ocuparnos desde el primer capítulo de este libro, de Cascabel, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual había entrado el señor Juan Montiño en Madrid.

Así pasaron algunos años.

El excocinero hablando siempre de Dorotea y viéndola siempre, pero sin nombrar jamás la palabra envenenamiento.

Cascabel, rumiando su pienso cernido en un rincón de las caballerizas del duque de Osuna.

Un día encontraron á Cascabel muerto.

Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama, mirando con extrañeza cuanto le rodeaba.

—¡Dónde estoy!—dijo—; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas!

El asistente le creyó más loco que nunca.

Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir.

Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo mortal.

Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron que le creyeron salvado.

Había dejado el lecho.

Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron en vano.

Llegó la noche y tampoco vino.

Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura de Dorotea.

Aquella sepultura no tenía losa ni nombre.

Montiño no había preguntado á nadie por el lugar de la sepultura de Dorotea.

¿Quién le había llevado á morir sobre la tumba de su víctima?

—¿Quién sabe? una casualidad tal vez.

Tal vez la mano de Dios.

Madrid, 1.º de Mayo de 1858.

FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD