PRIMERA PARTE.

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I.
En una calle
que tortuosa
con sus aleros
la luz estorba;
medrosa y lúgubre
cuando las sombras
de la alta noche
la envuelven lóbregas,
calle que llaman
de la Almanzora,
en la opulenta
rica paloma
de las ciudades,
que el nombre roba
á la Granada
que la blasona,
hay una casa,
que hoy se desploma,
cuyas paredes
el viento azota,
la lluvia inunda
y el sol empolva;
abandonada
se desmorona,
los jaramagos
en ella brotan
y entre ruinas
doliente asoma
el arco bello
que un tiempo alcoba
fué de la linda
Leila la Horra.

II.
En otros tiempos remotos,
dolor de la gente mora,
que de Granada recuerda
la prepotencia y la gloria,
aquella casa, hoy hundida,
alcázar fué y noble joya
de bravos Benimerines,
noble linaje que goza
por sus preclaras hazañas
alto renombre en la historia.
Ben-Jucef el Meriní,
de aquella casa que doran
la opulencia y la grandeza,
es el sostén y la honra,
y su luz y su delicia
es Leila la encantadora,
la de los negros luceros,
la de la faz majestosa,
la de los cabellos de oro,
la de la purpúrea boca,
la de la ebúrnea garganta,
la del talle de diosa,
la del seno palpitante,
la altiva, la que enamora
al que su belleza mira
si el céfiro la destoca,
ó al que su cantar escucha
en la noche silenciosa,
si al pié de sus miradores
pasa por su mal ó ronda.
Por pudorosa y honesta
la llaman Leila la Horra,
y tambien Leila la Hijara
porque su pecho es de roca:
y ella, el amor ignorando,
de su adolescencia goza,
como el naciente capullo
que áun no desplegó sus hojas.

III.
Pero llegó muy presto
su edad florida,
pasó su adolescencia
dulce y tranquila,
y los insomnios
encendieron en fiebre
sus bellos ojos.
Si ántes era una rosa
por linda y fresca,
es ya la triste niña
blanca azucena,
que sufre y llora,
y lágrimas y penas
la descoloran.
Y aunque el viejo la guarda
como un tesoro,
de las miradas torpes
de avaros ojos,
y celosías
no dejan ver su encanto
que el sol codicía;
y aunque esclavos feroces
y muros densos,
á audacias de galanes
ponen respeto,
ama la hermosa,
que no hay puertas ni muros
que amor no rompa.
Nace en la ardiente vida
y allí se esconde,
que el alma tiene el gérmen
de los amores,
y comprimidos,
se exhalan misteriosos
en los suspiros.

IV.
Y tales los de Leila se exhalaron,
tan apenados, tan profundos fueron,
tan claro al padre su dolor contaron,
que sus fieras entrañas abrasaron
y su altivez indómita rindieron.
—«¡Ah de la vida y su tormenta brava!—
siniestro el xeque murmuró, y sombrío:—
¡Surge á la luz la mariposa esclava,
el dormido volcan revienta en lava,
el arroyuelo se convierte en rio!»
Y tembló: formidable en su memoria
se alzó horrible, cual lúgubre agonía,
cual tremenda vision expiatoria,
la infinita amargura de su historia,
dolor tras de dolor, dia por dia.
¿Dónde estaban los lauros triunfadores
que arrancó de las lides su pujanza?
¿Dónde sus horas plácidas de amores?
¿Dónde las tiernas, las fragantes flores,
sér de su sér y luz de su esperanza?
El ciego incontrastable torbellino
rugiente se abatió sobre su casa,
cual fuego intenso, destructor, sanguino,
que al soplo misterioso del destino
deja luto y horror por donde pasa.
Sus mujeres las frentes doblegaron,
sus hijos en sus cunas se extinguieron,
los años con su peso le agobiaron,
y ya débil en brazo, se agostaron
los altos lauros que su faz ciñeron.
Todo perdido en sueños de agonía
y en el delirio del dolor flotaba;
todo en su corazon rugiente hervia,
y Leila sólo á su afanar reia
y con su dulce amor le consolaba.
¡Y ella tambien, el último tesoro,
la flor preciada de esplendor naciente,
ya en los ojos de luz acerbo el lloro,
y los reflejos de sus trenzas de oro
como nimbo fatal en su alba frente!
—«¡Oh santo Allah!—las ansias exclamaron
del postrado Jucef:—¡Oh Dios sombrío!—
y en sus ojos las lágrimas brotaron,
y por su blanca barba resbalaron
cual trasparentes gotas de rocío.
V.
¿Por qué su maldicion? Pasan los años,
pero no pasan nunca las memorias,
que en la conciencia ennegrecida encienden
siniestra luz entre la oscura sombra.
No, de la infamia el torcedor recuerdo
nunca el dolor y la vergüenza borran;
nunca de la crueldad la horrenda imágen
el sentimiento conturbado ahoga,
ni el crímen de brutales apetitos
en las alas del tiempo se evapora.
¿Qué fué de aquella triste, profanada
entre el horror de noche tormentosa,
al resplandor del implacable incendio
que las cabañas míseras devora,
muertos los padres, los hermanos muertos,
al pié de la tajada escueta roca
que vecina á la playa de Almuñécar,
eternas baten las inquietas olas?
Ellas, subiendo, largas se llevaron,
léjos, muy léjos, las cenizas rojas;
ellas, envueltas en su hirviente espuma,
al fondo de la gruta tenebrosa
lanzaron los cadáveres, y el alba
cuando, indecisa, esclareció la costa,
no encontró los vestigios miserables
de la infame tragedia pavorosa.
Pero no borró el mar de igual manera
en Jucef el recuerdo, que no hay onda
que lave la conciencia y que se lleve
lo que al hinchado corazon sofoca,
lo que en el alma perdurable grita,
lo que eterno ante Dios sangriento llora.
Y por eso Jucef del mirab santo
la blanca piedra con la frente choca,
y ruega á Allah con llanto de agonía
perdone, al ménos á su Leila hermosa.

VI.
Pero como Dios no oye
á los réprobos, y el llanto
de Jucef mojaba inútil
las losas del santuario,
y el semblante entristecido
de Leila más y más pálido
se mostraba, y más sus ojos
ardientes, febriles, lánguidos,
el cuidado paternal
por ciego dió en el engaño.
No vió que el amor es vida
cuando anhela un sér soñado,
y anhelándolo le goza,
y se sublima esperándolo.
Creyó que la helada muerte
ya alzaba el horrible brazo
sobre la rubia cabeza
que era su vida y su encanto,
y viendo que Dios no oia
sus ruegos, se volvió al diablo,
con la rabiosa esperanza
del que está desesperado.
La casa, hasta entónces triste,
de Jucef ardió en saraos,
en zambras y en regocijos,
y entre el giro acompasado
de indolentes bayaderas,
resonó sentido y largo,
como el suspiro del viento
de la palma en el penacho,
al compás de guzlas de oro,
el melancólico canto
del desierto, que suspira
el beduino cansado,
que sigue á la caravana
en sus amores soñando.
En Bib-Arrambla hubo justas,
cañas, sortijas y bravos
toros de Ronda, en que, audaces,
sus rejoncillos quebraron
caballeros de gran prez,
que ambicionaban el tálamo
de la incomparable Leila;
y aunque el mismo Rey, lanzado
á la arena y vencedor
en su triunfo confiando,
del airon de grana y oro,
con gran peligro arrancado
de la cerviz de una fiera,
á sus piés la hizo regalo,
al agradecerlo ella
lo dijo con tal desmayo,
que harto claro se entiende
lo inútil del agasajo.
Al fin ya de todo punto
loco Jucef é insensato
hizo venir de Marruecos,
en fuertes jaulas cerrados,
seis viejos leones rojos
para en la vega soltarlos,
y probar si en la árdua caza
algun galan abrasado
por los encantos de Leila
lograba al fin el milagro
de hacerse amar de la hermosa
por gentil y por bizarro,
que aquel que embiste á leones
por lograr un fin ansiado,
para no amarle es forzoso
tener corazon de mármol.
VII.
El dia va falleciendo,
en fúlgidos resplandores
se va el ocaso encendiendo,
y ya las sombras mayores
de los montes van cayendo.
Sobre la cumbre nevada
del Veleta, sonrosada
por el rojo sol poniente,
alza la luna la frente
por nubecillas velada.
Por el ameno pensil
del soto corre el Genil
entre floridas riberas,
y las gallardas palmeras,
y la alameda gentil,
y en peñascos y en colinas
los nopales, las encinas,
responden en són amante
al beso fresco y errante
de las auras vespertinas.
Bajo la enramada espesa,
clara y profunda la presa
como un espejo se tiende,
y en blancos chorros desciende,
y en su murmurio no cesa.
Leve el humo en la alquería
revela el fuego que arde
en el hogar, y á porfía
dan las aves su armonía
á la oracion de la tarde.
Todo es fresco y perfumado,
la vega, el soto y el monte;
y el valladar azulado
de las sierras, anegado
en el distante horizonte,
Para tener siempre á raya
al cristiano en la frontera,
porque ya la luz desmaya,
va previniendo la hoguera
en sus torres de atalaya.
Que en la tregua Alfonso afloja,
y ya blanden la cuchilla,
en las quebradas de Loja,
con gentes de la Cruz Roja,
los Infantes de Castilla.
En tanto el sol apresura
su ocaso, y con largos brillos
en las cúpulas fulgura
de Granada, que en la altura
muestra sus fuertes castillos.

VIII.
Por un sendero
que al soto baja
un bello jóven
gallardo avanza.
Al aire ondea
su toca blanca,
caftan le cubre
de burda lana,
su talle ciñe
revuelta faja
que el curvo alfanje
sostiene y guarda;
cubren sus piernas
rudas abarcas,
y el carcax lleno
de fuertes jaras,
y la ballesta
sobre la espalda,
y el cervatillo
que al hombro carga,
revelan, cierto,
que es pobre y caza,
y que cazando
su vida gana.
La res sangrienta
deja en la grama,
y en una piedra
que besa el agua,
se sienta y mira,
miéntras descansa,
absorto, inmóvil,
la faz nublada,
el sonoroso
raudal que canta,
y sobre el lecho
de piedras salta,
y allá se pierde,
y allá se escapa,
cual las mentidas
sombras livianas
de los ensueños
de la esperanza.
Tal vez Ataide,
que sufre y ama,
ve en la corriente,
pasando rápida,
su vida entera,
su vida ingrata,
en fugitivas
sombras fantásticas,
y en voz de llanto
doliente exclama:
«¡Ay vida triste!
¡Corriente amarga!»
Sus negros ojos
lucientes lanzan
fulgores lúgubres,
siniestras ráfagas,
cual si en su seno,
con furia insana,
se revolviese
tormenta brava.
Hay negros dias
de horas menguadas
en que anochece
por la mañana.
Consigo traen
nubes de lágrimas
y el duro cierzo
que hiela el alma.
¡Desheredado
desde la infancia!
Los años vienen,
corren, avanzan;
el niño es hombre,
la madre anciana,
y el raudal ciego
de la desgracia
siempre les dice
con voz aciaga:
«¡Ay vida triste!
¡Corriente amarga!»
Hondos suspiros
Ataide exhala,
que un imposible
su sér abrasa,
y al dueño hermoso
que así le encanta
decir no puede
sus tristes ánsias;
que ella es orgullo,
prodigio y gala
de la hermosura,
la vírgen lánguida,
la de las ricas
trenzas doradas,
ojos de fuego,
frente de nácar,
la dulce niña,
la altiva dama,
Leila la Horra,
Leila la Hijara.
¡Él tan humilde,
y ella tan alta!
¿Su amor en donde
potentes alas
hallar pudiera
para alcanzarla?
Y el pobre mozo
por sus entrañas
siente que corre
hiel que le mata,
algo que horrible
su sér desgarra;
y en el gemido
de su garganta
decir parece
con voz ahogada:
«¡Ay vida triste!
¡Corriente amarga!»
La vió en las fiestas
de Bib-Arrambla,
resplandeciente
como una hada;
hada sombría
doliente y pálida.
¿Por qué tan rica,
tan codiciada,
de la hermosura
gentil sultana,
así insensible
y así postrada?
¿Por qué en el Coso,
quebrando cañas,
lidiando toros,
rompiendo lanzas,
cien caballeros
de gran prosapia,
que prez y orgullo
son de Granada,
deslumbradores
de ricas galas,
lucientes joyas,
bruñidas armas,
sobre fogosos
potros del Atlas,
que el Coso barren
con sus gualdrapas,
en las cuadrillas
giran, se travan,
como un torrente
de fuego pasan
junto al estrado
de la acuitada,
y sus preseas
ante sus plantas
ansiosos ponen,
sin que una vaga,
leve sonrisa
conmueva plácida
su hermosa boca,
ni en dulce llama
sus negros ojos
lucientes ardan?
¿Por qué tal pena,
desdicha tanta?
Y cual si el sueño
que á Ataide embarga
fuese un conjuro
que la evocára,
en los fulgores
raudos de plata
que á la corriente
la luna arranca,
Leila aparece
trasfigurada,
los negros ojos
ardiendo en llamas,
voraz sonrisa
mostrando avara,
suelta la luenga
crencha dorada,
que en su aureola
radiante baña
las maravillas
de su garganta,
sus curvos hombros,
su seno que alza
aliento inmenso
que gime y canta
y en poderoso
volcan estalla.
Leila le absorbe,
Leila le abarca
en el encanto
de su mirada,
Leila le expresa
cuantas fragancias,
cuantas ternuras
enamoradas,
las almas sienten
que se embriagan
en el misterio
que amor se llama.
Dura un momento
la vision mágica,
la onda en que flota
léjos la arrastra,
y Ataide dice
con voz que espanta:
—¡Hay vida triste!
¡Corriente amarga!

IX.
Ya el crepúsculo en la noche
lentamente se va hundiendo;
con más esplendor la luna
brilla en el límpido cielo,
y en la inmensidad perdidos
resplandecen los luceros.
Es ya tarde: cuidadosa,
sin duda en ferviente rezo,
la infeliz Ayela aguarda
al hijo que es su consuelo,
su solo amor en el mundo,
su solo dolor acerbo.
De la piedra se alza Ataide
conmovido y macilento,
y sobre su res se inclina,
cuando un cavernoso estruendo,
atronador, formidable,
indescriptible, siniestro,
voz pavorosa de muerte,
que áun resonante á lo léjos
hiela la sangre de espanto,
pone de punta el cabello,
retemblar haciendo al soto
despierta aterrado al eco.
—¡Ah! ¡el leon!—Ataide exclama,
cuidadoso, mas sereno:—
¡el leon en montería,
el feroz divertimiento
que da á su doliente Leila
Aben Jucef el soberbio!
¿Mas por qué de las bocinas
no se percibe el acento,
ni los ardientes lelíes
de los ágiles monteros,
ni acorralando á la fiera
el ladrido de los perros?
¿Por qué esos rugidos suenan
solitarios y siniestros,
y la vega los repite
cual los repite el Desierto
cuando su rey vaga errante
de hambre y sed calenturiento.—
Cual respuesta pavorosa
se oyen gritos lastimeros
de mujer, gritos heridos,
insoportables, horrendos,
voz de espanto miserable
que pide amparo á los cielos,
y el escape redoblado
de un bruto que viene huyendo.
Y se acercan los rugidos,
los gritos son más intensos,
y ya se ven las centellas
que arrancan los cascos férreos
de los duros pedernales
en su escape turbulento.
—¡Santo Allah! ¡si fuese ella!—
exclama Ataide partiendo
como un rayo hácia el peligro,
de ansiedad henchido el pecho,
enardecido, magnífico,
ardientes los ojos fieros,
en el alma acariciando
de una esperanza el misterio,
y exclamando miéntras corre
más veloz y más intrépido:
—¡Ah, no! ¡que no sobrevengan
los altivos caballeros,
ni los monteros feroces,
ni los irritados perros!
¡Yo solo, yo, con tu amparo
Santo Allah, salvarla quiero!—
Al fin una blanca yegua,
impulsada por el vértigo,
cae sin vida en la rambla
agotado ya el aliento,
y soltando los estribos,
por buena dicha á buen tiempo,
queda una blanca figura
de pié, lanzando reflejos
de su rica pedrería,
que de la luna á los besos
irradia, cual los del sol,
deslumbradores destellos.
El leon avanza á saltos:
uno más para que hambriento
se cebe en su triste presa,
que inmóvil, resplandeciendo
más que por sus ricas joyas
de su beldad por lo inmenso,
parte el alma atribulada
entre el asombro y el miedo:
que la hace sentir Ataide
un inefable consuelo,
y el leon puede quitarle
lo que ya, sin comprenderlo,
siente en su sér conturbado
por un dulcísimo anhelo.
Suena un chasquido; una jara
hiere zumbando en el pecho
al leon, que se recoge,
y sus ijares batiendo
con la cola, rampa horrible
sobre su propio terreno,
la roja crencha erizada,
pavoroso, gigantesco:
sus fosforescentes ojos
muerte amenazan, y el suelo
con las garras formidables
cavando, ruge en el hueco.
De la vida ó de la muerte
es el solemne momento.
Por su amor engrandecido,
por él á todo resuelto,
olvidado de su madre,
viendo en su amor su universo,
Ataide al leon se arroja,
desnudo el tajante acero,
revuelto rápidamente,
el caftan al brazo izquierdo;
y resuena un grito herido,
un grito de horror supremo:
ella no ve más que un grupo
en que se agitan revueltos,
confundidos, hombre y fiera:
Ataide en círculo estrecho
se ciñe al leon, le evita,
al burlar su furor ciego
larga herida le produce,
y rápido revolviendo,
vuelve á burlarle y á herirle
y redobla su ardimiento,
siempre el caftan por escudo
y por ofensa el acero.
Á cada golpe que tira
le enrojece un chorro negro
de hirviente sangre que brota
de cien heridas á un tiempo;
y ella, extendidos los brazos,
de ansiedad y espanto trémulos,
agitado el corazon,
que quiere saltar del pecho,
más y más á Ataide siente
en el voraz pensamiento.
Al fin la tremenda lucha
cesa, profundo silencio
sucede á un postrer rugido
del monstruo espantable muerte;
y Leila, que ella es la dama,
mira á sus piés al mancebo,
y desmayada en sus brazos
se abandona sonriendo.

X.
—¡Alma, vida y amor del alma mia!—
exclamó Ataide los lucientes ojos
destellando una célica alegría;—
y Leila, trasportada, enloquecia,
trémulos de pasion los labios rojos.
No era ya la dulcísima apenada
que el alma ansiosa, el corazon ardiento
del dolor, en las sombras anegada,
de una pena indecible é ignorada
sucumbia al durísimo tormento.
El asombro, el delirio, la hermosura
de su alma vírgen, para amar nacida,
se exhalaban en ansia de ternura,
en explosion inmensa de ventura,
de amor supremo, de esplendente vida.
¡Él! ¡era él! ¡su encanto, su consuelo,
su abrasada ambicion, su sér divino,
la sombra misteriosa de su anhelo
que de improviso desgarraba el velo
que envolvia su amor y su destino!
Era su propio sér.—Ardiente, loca,
traspuesta é incitante la mirada,
mostraba en la entreabierta y dulce boca
cuanto el beso castísimo provoca,
desposorio del alma enamorada.
Sobresaltado, de delicias lleno,
á la presion de los amantes brazos,
á la desdicha y al temor ajeno,
su corazon del palpitante seno
pugnaba por saltar roto en pedazos.
La rica, la opulenta pedrería
que su garganta deliciosa ornaba
y que la luna con envidia heria,
con ménos esplendor resplandecia
que el que en sus negros ojos fulguraba.
Y luégo, ansiosa, loca, delirante,
con acento infinito de dulzura,
seductora, vivífica, anhelante,
así exclamó exhalando la fragante
deliciosa pasion de su alma pura:
—¡Oh ensueño encantador del ansia mia!
¡fe de mi vida, hasta tenerte amarga!
¿por qué triste en tus ojos la agonía
áun causa espanto á la ventura mia,
por qué áun la pena del temor te embarga?
¿Temes que pobre, y yo de altiva cuna,
imposible y mortal nuestro amor sea?
cuando Dios de dos almas hace una,
ni el humano poder ni la fortuna
pueden romper lo que el Eterno crea.
Mayor ventura á nuestro amor no pidas;
¿no ves que Allah, en sus juicios misterioso,
para siempre ha enlazado nuestras vidas,
lanzando entre venturas bendecidas,
á la esposa en los brazos del esposo?—
Y Leila su palabra entrecortaba,
y estremecida de placer gemia,
y hambrienta la belleza contemplaba
de Ataide, que en sus brazos la estrechaba
y de ansiedad y amor desfallecia.
—¡Sígueme!—Ataide al fin con voz medrosa
y trémula exclamó;—de la montaña
en el seno selvático, gozosa,
correrá nuestra vida venturosa
bajo el techo de paz de la cabaña.
Por tí en los manantiales mi ballesta
la caza matará, rica en sabores;
espléndida en matices la floresta
por Dios bordada y al placer dispuesta,
cuando la pises tú, brotará flores.
Fresca sombra, sonora y perfumada,
el ardor mitigando del estío,
te ofrecerá del huerto la enramada
blando lecho la grama regalada,
límpido baño el murmurante rio.
Sus auras la galana primavera
perfumará en la magia de tu encanto
difundiendo en el monte y la ladera
en lánguida cadencia y hechicera,
el suspiro ardoroso de tu canto.
Y en las veladas del invierno frio,
en el hogar, alcázar del contento,
zumbando fuera el huracan bravío,
yo gozaré tu amor, tú el amor mio,
junto á la alegre llama del sarmiento.
¡Oh, vén conmigo, vén, luz de mi vida,
alma de fuego para amar creada
y áun en el mismo infierno bendecida!
¡ah, no mates por Dios, mi alma querida,
el alma triste á amarte consagrada!
Deja ese mundo vano y mentiroso
correr tras la ambicion que engendra el crímen,
ese mundo de lágrimas ansioso,
que no sabe ser grande y venturoso
sin gozar el dolor de los que gimen.
Sígueme, vén, pues que el Señor, clemente,
en el fuego de amor unirnos quiso,
y el arduo monte, el mugidor torrente,
el dulce valle y la sonora fuente
serán nuestro encantado paraíso.—
Y anhelante calló.—La contemplaba
muriendo de ansiedad, y cual tesoro
que de su amante corazon brotaba
sangre del alma, largo resbalaba
por sus mejillas pálidas el lloro.
—¡Oh adorado señor!—enloquecida
Leila exclamó, resplandeciente en fuego:—
humilde, á tu mandato sometida,
sin otro bien que tú para mi vida,
¿cómo negarme á tu anhelante ruego?
¡Mira, atiende, señor! tan tuya soy,
tal te idolatra el pensamiento loco,
á tu merced tan entregada estoy,
que del amor que á tu delirio doy
para decir lo inmenso todo es poco.
Pero ¿por qué me pides que envilezca
del noble viejo las altivas canas,
que su terrible maldicion merezca,
si para que tu raza se ennoblezca
tienes allí las huestes castellanas?—
Y Leila, altiva, grande, destellando
el ínclito esplendor de su linaje,
el brazo eburneo á Loja amenazando,
así inspirada prosiguió exclamando,
resplandeciente de valor salvaje:
—¡De mi amor, de tu fe, todo lo espera!
¿no ves el monte oscuro allá perdido
que guarda de Granada la frontera?
¡bravo por mí levanta una bandera,
vuelve á buscar mi amor ennoblecido!—
Se irguió Ataide magnífico, esplendente,
de amor y de bravura trasportado,
y tendiendo su brazo al Occidente,
así exclamó en acento prepotente
por Leila y por la gloria arrebatado:
—¡Infantes de Castilla jactanciosos,
rey Adfun el rumy, que el fuerte muro
acechais de Granada cautelosos,
al logro de mis sueños venturosos
iré por vuestra sangre, yo os lo juro!
—¡Toma de mis alhajas el tesoro—
Leila le interrumpió;—gente esforzada
á sueldo toma, derramando el oro;
haz que brille en la lid el nombre moro,
corre la tierra infiel en algarada!
—¡Tus joyas no, porque en el logro fies—
exclamó Ataide—de mi noble empresa,
me bastan de la sierra los monfíes,
feroces cual los fuertes jabalíes
que se abren paso entre la jara espesa!
—¡Los monfíes! ¡fatídicos agüeros—
dijo Leila;—¿qué empresa enaltecida
se puede acometer con bandoleros?
—Ellos—exclamó Ataide—saben fieros
causar la muerte y despreciar la vida.
Ganarán el perdon de su delito
por Dios y el rey triunfando en la pelea.
—¡Dios sólo es vencedor! ¡estaba escrito!—
Leila exclamó.—¡Señor de lo infinito,
tu santa voluntad cumplida sea!
Y alzó los ojos, desolada, al cielo,
como buscando amparo en el altura;
cual si un horrible apenador recelo
de su amor y su encanto tras el velo
la hiciese presentir la desventura.
De improviso sus ojos irradiaron
un rápido fulgor vago y sombrío,
atentos al Oriente se tornaron,
y trémulos sus labios exclamaron,
con acento á la par triste y bravío:
—¡Ah! ¡en mi busca se acercan! ¡huye! ¡véte!
¿no escuchas el rumor vago y perdido
que crece, que se acerca, que arremete,
de la rauda carrera de un jinete
y de feroces perros el ladrido?
Es mi padre sin duda: ¡si te hallára!
¡oh, tú no sabes su altivez cuán fiera!
¡de la espesura próxima te ampara!
¡ten compasion de mí, que me matára
si una sombra de duda concibiera!
—¿Y no he de verte?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En la hora
del silencio y del sueño: ¡huye, bien mio!
—¿Y dónde te he de hallar?
—En la Almanzora:
yo en la reja estaré: ¡sálvate ahora!
¡líbrame del terror que siento impío!—
Y de nuevo en abrazo tembloroso
sus agitados senos se juntaron,
y en un beso infinito, silencioso,
la amante esposa, el delirante esposo,
de nuevo el pacto de su amor sellaron.
Y ella le rechazó, que ya el estruendo
más cerca y más distinto se sentia;
y él, apenado, de dolor gimiendo,
rápido se alejó, despareciendo
por el lóbrego seno de la umbría.
Y olvidó su cervato, su ballesta
y su roto caftan de sangre rojo,
y Leila, ansiosa, de terror traspuesta,
—¡Que él se salve!—exclamó—¡yo estoy dispuesta!
¡Sálvame tú, Señor, que á tí me acojo!

XI.
Á poco, fiero se mete
sobre un caballo lanzado
á rienda suelta, en el prado,
un fatídico jinete.
Deshecho su capellar,
al aire en desórden flota;
y de su roja marlota
el recrujiente ondear;
y la furia con que bate
los ijares del corcel,
desgarrándolos cruel
con el agudo acicate;
y el siniestro, el ronco grito
con que excita al corredor,
el aspecto aterrador
le dan de un genio maldito.
Fieros, el rastro siguiendo,
ante el rápido corcel,
vienen perros en tropel
ladrando, aullando, latiendo.
La brava y leal jauría,
al ver á su dueña hermosa,
á ella corre presurosa
trasportada de alegría,
y el jinete, que refrena
al bruto con fuerte mano,
ansioso, anhelante, insano,
del arzon salta á la arena.
—¡Hija!—al ver á Leila en pié,
llena de vida, radiante,
gritó el xeque delirante—
¿quién te salvó?
—No lo sé—
respondió Leila turbada
y presintiendo la ira
de su padre, á la mentira
por primera vez llevada;
que aunque sencillas alienten
la pureza y el candor,
para defender su amor
las mujeres, todas mienten.
—¡No lo sabes! ¡Mas Dios santo!—
Jucef con fiera sorpresa
añadió—¿qué sangre es esa
en tu seno y en tu manto?
Era la sangre traidora
que á Ataide bañado habia
del leon, que aparecia,
señalando, vengadora,
aquel abrazo de amor,
aquel delirio infinito;
y cual testimonio escrito,
indudable, acusador,
y cual señal de una afrenta,
en la blanca vestidura,
marcada su huella impura,
dejó una mano sangrienta.
—¿Por qué, si no estás herida,
si al leon no te acercaste—
gritó Jucef—te manchaste?
—¡No lo sé! Desvanecida
por el terror.....
—¡El terror!
¡y el infame á quien debiste
la vida, y al que ni áun viste,
cobró su precio en mi honor!
—¡Oh padre! ¡no te comprendo!—
relevando la cabeza
dijo Leila con fiereza.
—¡Que no me entiendes! ¡Mintiendo
tu torpe maldad aumentas!—
el xeque exclamó con furia.—
¡Estoy leyendo la injuria
en estas manos sangrientas!
—¡Injuria, no!—pudorosa
dijo Leila, en su bravura
aumentando su hermosura
hasta hacerla portentosa.—
¡Injuria! ¡Dios me maldiga
si yo te ofendí, señor;
que con espanto y horror
su maldicion me persiga!—
Y demudado el semblante,
deslumbradores los ojos,
ardientes los labios rojos,
alto el seno palpitante,
trasportada, poderosa,
más y más resplandeciente,
alzaba su pura frente
de candor esplendorosa.
En sus órbitas rodaron
los ojos del xeque fiero;
su diestra el brazo hechicero
que las Gracias modelaron
asió con fuerza brutal,
y doblegando á la triste
exclamó;
—Si no mentiste;
si la humillante señal
de los brazos de un insano,
que atreviéndose á mi honor
aprovechó tu pavor,
mienten tambien; si es en vano
de mi furor el recelo,
¿por qué en tus ojos fulgura
una inefable ventura,
una alegría del cielo?
¿por qué te miro trocada
de triste en resplandeciente?
¿es que tambien falaz miente
el amor en tu mirada?
—¡Oh padre!—en una explosion
Leila exclamó;—no tirano
pretendas romper insano
las leyes del corazon.
Si cual le vi le miráras,
por mí venciendo á una fiera,
tu gratitud le quisiera,
cual le amo yo, tú le amáras.
—¿Por qué se oculta, y por qué
tú no me dices su nombre?
—No lo sé, ni hay que te asombre,
que del amor en la fe,
de la ventura en la calma,
el espíritu anhelante
no pregunta, goza amante:
¿tiene acaso nombre el alma?
Y más no te he de decir,
aunque tu furor lo intente,
y aunque perezca inocente,
por mi amor sabré morir.
—¡Ah, la osada rebeldía!—
exclamó el xeque, la mano
llevando, en su furia insano,
al puño de su gumía.—
Su desventura midió
la triste, cerró los ojos,
y desplomada, de hinojos
ante su padre cayó.
—¡No!—murmuró en un rugido
el xeque;—¡la muerte fuera
tu perdon! ¡más te valiera,
infame, no haber nacido!—
Y despiadado, brutal,
del suelo la levantó,
con ella al corcel saltó,
partió como el vendaval;
sin ladridos la jauría
fué tras su fiero señor,
y á poco el postrer rumor
en la noche se perdia.
FIN DE LA PRIMERA PARTE.

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