I.

El rey Al-Hhamar, habia contemplado impasible aquel misterioso período de la historia que tanto atañia á su porvenir; su benévolo semblante no se habia contraido ante aquellas asechanzas contra su existencia; miraba con la atencion y curiosidad de un niño, y nada más.

El retrete de la casa del judío habia desaparecido, quedando en su lugar una sombra profunda, parecia que al salir el príncipe y Betsabé le habian arrastrado en pos de sí.

El genio tocó de nuevo con su vara mágica el denso humo, y otro espectáculo nuevo y sorprendente se mostró ante Al-Hhamar. Era la plaza de Bib-Rambla; pero como entonces, ostentando sus aéreas torrecillas; sus galerías afiligranadas, sus techos de pizarra y sus ostentosos miradores; la plaza de Bib-Rambla engalanada para un fiesta y alumbrada por el sol de uno de esos serenos dias con que espira el otoño.

Ordinariamente Bib-Rambla era el centro de todo lo hermoso, de todo lo rico de Granada; veíanse en sus bazares, ocupados por mercaderes venidos de todos los pueblos, cuanto puede soñar el deseo; allí se cruzaban las pláticas de amor y de combate; más de una hazaña tenia allí su orígen, y las profundas oscuridades de los bazares cubrian en su misterio más de un lance de amor.

Pero aquel dia los soportables habian desaparecido, cubiertos por una gradería, destinada á dar asiento á los que por su fortuna debian asistir á las fiestas de la proclamacion del príncipe Mohhanmed.

Una fuerte valla separaba el coso de la gradería, y tres puertas, la de Bib-Al-bolut, la del Zacatin y la de la Al-Kaissería, eran las destinadas á dar paso á los justadores y á los concurrentes.